Del Vaticano, 2 de
diciembre de 2006
Mis queridos hermanos
sacerdotes:
Habiendo llegado el momento de poner punto final a mi
servicio, como Prefecto de la Congregación para el Clero, quiero reiterar a
todos Ustedes la expresión de mi más profundo afecto en el Señor.
Desde el mismo instante en el que acepté este encargo – julio de 1996 – fui consciente de mis
limitaciones, pero con gusto y confianza ofrecí al Señor mi pequeñez para poder
servir al Santo Padre con total y completa fidelidad, y de este modo participar
directamente al cuidado, que el Papa nutre por todos y cada uno de los
sacerdotes, diáconos y catequistas, esparcidos por el mundo entero.
Permítanme
una confidencia: No podía tener un modo mejor de servir a Cristo, mi Señor, al
aceptar tal encargo, pues ha sido para mi un privilegio inmerecido poder
colaborar con el Papa en su solicitud amorosa por el bien del Clero.
Durante este
largo decenio, he sido testigo privilegiado del trabajo gigantesco de los
sacerdotes en todos los ángulos de la Tierra, desde los vastos territorios en
países de misión hasta los más desarrolados centros urbanos, y he querido ver a
Cristo en cada uno de Ustedes.
Con renovada
alegría pascual, he podido constantemente comprobar la presencia de Jesús
Resucitado, que opera en cada uno de nosotros y que quiso escogernos,
mirándonos con amor selectivo desde el seno de nuestras madres. He podido vivir
muy de cerca la acción incontenible de esos millares de hombres, que dejaron
los caminos del mundo para seguir al Maestro, a quienes configuró ontológicamente
con su Sacerdocio. Por todo ello y más, agradezco a mis hermanos la alegría,
que durante estos diez años he experimentado, viendo su operar salvífico en
medio de las más contrastantes situaciones. Es y será siempre mi orgullo haber
podido ver a tantos hermanos sacerdotes – muchos dispuestos al martirio – como
testigos irrefutables de la trascendencia, no pocos entre ellos ya en la gloria
de los altares.
Mi palabra de hermano es la invitación para que mantengamos
siempre viva nuestra identidad sacerdotal a fin de que, en las oscuridades de
esta hora de placer y de muerte, de rebeldía y de ilusión vana, brille con
total fulgor la persona de Cristo, a quien nos hemos configurado como imagen
viva en nuestras vidas. La lucha y el esfuerzo por mantener siempre luminosa
nuestra identidad es el mejor y más personal estímulo hacia la santidad, en un continuo
esfuerzo para que Cristo se forje en cada uno.
Sea María, la Madre del Señor y nuestra, la Puerta
continuamente abierta para llegar a El desde nuestras debilidades y miserias,
desde nuestros gozos y alegrías; para vivir con El desde nuestra fe y nuestra
esperanza; para tenerlo como Verdad y Camino, desde nuestro amor para tener en
El la Vida del amor del Padre y del Espíritu.
Mis queridos hermanos, gracias por vuestra ayuda. Por
siempre y para siempre permaneceremos unidos en la Eucaristía y en la acción ministerial
por el Reino.
Darío
Card. Castrillón Hoyos