Un nuevo hombre para una nueva
comunidad
I.
La cultura comunicacional como escenario
II.
Hacia la comunión en la cultura comunicacional
III.
El espacio virtual en la cultura comunicacional
IV.
El espacio virtual: ¿un lugar para la Catequesis?
V.
Un espacio eclesial en el espacio virtual
VI.
Los animadores de la comunidad virtual
VII.
Discípulos de Jesús en las comunidades eclesiales virtuales.
Un nuevo
hombre para una nueva comunidad
La sección de Catequesis del CELAM se ha propuesto
contribuir a la Vª Conferencia General del Episcopado Latinoamericano,
proponiendo caminos que ayuden a formar auténticos misioneros, para que la
Educación en la Fe en nuestro Continente sea evangélica, eficiente y eficaz.
En sintonía con este propósito, queremos hacer
llegar a los participantes del Seminario “Caminos para formar discípulos” este
aporte del Instituto Superior de Catequesis Argentino, que recoge la
experiencia y la reflexión de sus miembros acerca de la formación de
catequistas en los actuales contextos eclesiales y culturales.
I. La cultura comunicacional como escenario[1]
Diversas disciplinas toman hoy la metáfora del
“escenario” para definir y describir contextos plenos de significados y de
factores causales. Allí las personas viven, los hechos ocurren y se desarrollan
los procesos.
En este sentido, la cultura comunicacional [2]
es un escenario en el cual la Catequesis vive el desafío de comunicar hoy lo
que Dios nos ha revelado. Esta cultura
constituye un sistema hegemónico en el cual prevalecen los medios de comunicación
social y los nuevos medios electrónicos. No nos referimos aquí a la comunicación
como mero canal o como simple herramienta, sino que estamos expresando nuestra
concepción de comunicación como cultura.
En
este escenario, al igual que en el campo de la parábola, se hallan mezclados el
trigo y la cizaña.[3]
Lecturas encontradas y muchas veces irreconciliables han puesto, alternativamente,
el acento en uno o en otro aspecto. Los cambios vertiginosos, propios del
cambio epocal en el cual se desarrolla esta cultura, no contribuyen a una
reflexión integrada ni a un discernimiento profundo acerca de lo que ella
proporciona.
Los
medios de comunicación y las nuevas tecnologías han puesto todo hacia fuera. Como
en una gran vidriera, en la cual todo se muestra. La interioridad de la persona
y hasta su misma conciencia quedan, a veces, tristemente a merced de los
criterios de moda que esos mismos medios difunden. Todo se muestra relativo al
tiempo y a la sociedad. Se niega la universalidad de los valores y el subjetivismo
reinante avala la existencia de muchas verdades.
La
fragmentación del lenguaje, promovida por nuevas formas de comunicación, en las
cuales todo debe ser dicho rápidamente, y el advenimiento de una nueva sintaxis
que favorece la distorsión y el vaciamiento de los significados, se asocian a
la fragmentación del pensamiento y de la cultura en sí misma. Nos hemos quedado
en una morfología sin palabra, sin logos…
La
paradoja de la soledad y de la incomunicación en la cultura comunicacional es un hecho evidente y un concepto reiterado
acerca del cual ya muchos han hablado. El vacío existencial, que ningún bien
material ha logrado llenar, parece ser un rasgo repetido en el hombre de hoy,
quien se manifiesta relegado a un lugar de insatisfacción permanente y a una nostalgia
de la realidad consistente como continente seguro de su vida.
Perdido
en el sin - sentido y en la confusa búsqueda de algún puerto seguro, el hombre
de este tiempo se ha quedado sin horizonte, sin Padre y sin fe… ¿Cuáles habrán
sido aquellos factores causales que lo llevaron a negar su propia naturaleza?
Siendo un ser contingente, necesitado de Dios y llamado a salir de sí mismo
para ir al encuentro de los otros y del Otro, ¿cuáles habrán sido las razones
más profundas capaces de encerrarlo en el descreimiento, la desesperanza y el
egoísmo?
En
el escenario que describimos la experiencia religiosa ha quedado reducida a una
propuesta poco significativa. La religión ocupa sólo uno de los escaparates de
la gran vidriera, perdida y mezclada con las más diversas y disonantes
propuestas. A veces aparece, por acción de los medios de comunicación, como un
producto vistoso, pero tristemente fugaz y, muchas veces, se recurre a él con
una actitud mercantilista e infantil, sin compromiso alguno.
La
religiosidad del hombre que vive en este escenario ha recorrido, en los últimos
años, un frustrante proceso que lo ha llevado del ateísmo práctico a la
indiferencia religiosa o a un fundamentalismo exacerbado traducido en violencia
y en intentos autoritarios de restauración.
Últimamente
asistimos, también, a una actitud bastante generalizada de agresión hacia lo
religioso. La crisis global de las instituciones y de su contenido axiológico
está emparentada con estas agresiones y los medios de comunicación no contribuyen
a una clarificación. Muy por el contrario, en la búsqueda de la primicia, ellos
mismos provocan la agresión.
Pero
también hay trigo en el campo de la cultura
comunicacional. Oculto entre la cizaña corre el riesgo de no ser
descubierto. Estamos expuestos al peligro de la ignorancia, el pesimismo y la
indiferencia.
Sin
percibir las semillas del Verbo diseminadas en esta cultura y sin aprovechar
las todavía impensadas posibilidades que ella ofrece; podemos llegar a ignorar
que, a pesar de sus rasgos inequívocos de deshumanización y descristianización,
ella presenta, al mismo tiempo, valores fundamentales que piden ser
explicitados y encarnados en la vida de las personas.
II. Hacia la
comunión en la cultura comunicacional
El
individualismo, la soledad sin límites y la incomunicación tienen su contrapartida,
en el tiempo actual, en la búsqueda de auténticas experiencias de comunidad y
de comunión. Experiencias que, a través del encuentro, permitan a las personas
sentirse aceptadas, valoradas y partícipes de la solidaridad, la justicia y el
bien común.
Nosotros
creemos que las nuevas tecnologías de la información y la comunicación y los medios
de comunicación social, en general, pueden contribuir significativamente a la comunión.
Nos acercan al extranjero, al que piensa distinto, al diferente. Ellos
entran a nuestra casa “en simultáneo”, invitándonos permanentemente a la
hospitalidad y al discernimiento.
Afirmamos, por lo tanto, que esta cultura no ha sido todavía desplegada
en toda su potencialidad y que el Evangelio no la ha penetrado en su toda su
hondura. Toda ella nos interpela a la búsqueda de caminos para formar
verdaderos discípulos de Jesús en los modernos aerópagos que la habitan.
III.
El espacio virtual en la cultura comunicacional
Ya hace treinta años, los
Obispos de Latinoamérica reunidos en Puebla definieron así el concepto de cultura[4]:
El modo particular como, en un pueblo, los hombres
cultivan su relación con la naturaleza, entre sí mismos y con Dios (GS 53b) de modo que puedan llegar a
«un nivel verdadera y plenamente humano» (GS 53a). Es «el estilo de vida común» (GS 53c) que caracteriza a los diversos pueblos; por ello se
habla de «pluralidad de culturas» (GS
53c).
Y también expresaron[5]:
Siempre sometidas a nuevos desarrollos,
al recíproco encuentro e interpretación, las culturas pasan, en su proceso
histórico, por períodos en que se ven desafiadas por nuevos valores o
desvalores, por la necesidad de realización de nuevas síntesis vitales. La
Iglesia se siente llamada a estar presente con el Evangelio, particularmente en
los períodos en que decaen y mueren viejas formas según las cuales el hombre ha
organizado sus valores y su convivencia, para dar lugar a nuevas síntesis. Es
mejor evangelizar las nuevas formas culturales en su mismo nacimiento y no
cuando ya están crecidas y estabilizadas. Éste es el actual desafío global que
enfrenta la Iglesia, ya que «se puede hablar con razón de una nueva época de la
historia humana» (GS 54). Por
esto, la Iglesia latinoamericana busca dar un nuevo impulso a la evangelización
de nuestro Continente.
Los Obispos de la
IIIª Conferencia Latinoamericana no se refirieron a la cultura comunicacional ni
al espacio virtual, pero se
identificaron con los padres conciliares cuando afirmaron proféticamente que
«se puede hablar con razón de una
nueva época de la historia humana»[6].
Es, precisamente, esta nueva época ya instalada entre
nosotros con un dinamismo inusitado que le ha ganado la denominación de “cambio
epocal”; la que nos convoca a pensar y a pronunciarnos acerca de aquello mismo
que, desde hace tiempo, estamos viviendo.
Primero se vive y, luego, se reflexiona acerca de lo vivido[7].
Este principio puede aplicarse con legitimidad a la reflexión acerca del espacio virtual, pero el peligro que nos
acosa, en esta secuencia, es no llegar a pronunciarnos, no llegar a hacer y
expresar la teoría sobre lo vivido. Porque, rápidamente, en lo vivido se
producen otras realidades que invitan a una nueva reflexión.
Como muy bien, nos dijeron los Obispos de Puebla, “es mejor evangelizar las nuevas formas
culturales en su mismo nacimiento”[8].
El espacio virtual es una forma
cultural innegable. Está instalado entre nosotros y nos convoca a…
ü reconocernos dentro de
él. No somos extranjeros en este “tiempo”,
ü contemplarlo para
conocerlo,
ü reflexionar acerca de
él, para pronunciarnos en teorías que lo expresen integralmente,
ü evangelizarlo,
reconociendo en él un elemento cultural altamente influyente y muy
representativo de la cultura
comunicacional,
ü realizar nuevas síntesis
vitales que permitan formas de evangelización acordes a las nuevas formas
culturales.
Reconocemos en el espacio virtual un elemento
cultural que se constituye en un reclamo a la Nueva Evangelización[9]
y, al mismo tiempo, vemos en él un verdadero y nuevo aerópago desde el cual es
posible evangelizar.
Este espacio, como elemento constitutivo
de la cultura comunicacional, ha recibido,
como ella misma lo ha hecho, lecturas diversas y raramente integradas.
En ellas han prevalecido, la mayoría de
las veces, los aspectos negativos que pueden sintetizarse, fundamentalmente, en
estas dos posturas.
-
Banalización del
espacio virtual: es la lectura de los que consideran que toda propuesta
que utiliza este espacio es superficial, con más anclaje en lo vistoso y fugaz
que en lo profundo y duradero. Mientras tanto, viven como si el espacio no
existiera o como si sólo lo utilizaran algunos pocos a los que no vale la pena
tener en cuenta. Ignoran su existencia y se mantienen en la rutina de antiguas
prácticas, con la seguridad de que darán resultado porque responden a la
justificación del “siempre se hizo así.”
-
Demonización del
espacio virtual: es la lectura de los que ponen el origen de muchos
de los males actuales en la existencia de este espacio. Esto los lleva no tanto
a ignorarlo, sino más bien a oponerse tenazmente a él. Se niegan a conocerlo y
a explorarlo, o sólo lo conocen para criticarlo o para estar prevenidos ante
los peligros que él, eventualmente, conlleva.
A pesar de estas actitudes, diversos
ámbitos recurren a este espacio con mayor o menor frecuencia y con mejores o
peores resultados: la educación, la empresa, el periodismo, el comercio, las
comunicaciones, la Iglesia Católica y otras Iglesias y grupos religiosos, entre
otros.
IV. El espacio virtual: ¿un lugar para la Catequesis?Esta
pregunta, deviene de la constatación que hacíamos en el párrafo anterior. Si
diversos ámbitos han encontrado ya un sitio en el espacio virtual, es legítimo preguntarnos…
ü
¿es este espacio un lugar para la Catequesis?
ü
¿es posible impulsar el discipulado a través de este
medio?
ü
¿es un ámbito pertinente para la formación de
catequistas?
Antes de continuar avanzando en nuestro
razonamiento, será conveniente precisar un modelo catequético de referencia. No
es posible contestar estas preguntas sin antes haber explicitado a qué
Catequesis nos referimos.
Para ello, fundamentándonos en el DGC que
concibe a la comunidad como fuente, lugar y meta de la Catequesis y como el
lugar que cuida la formación de sus miembros, acogiéndolos como familia de Dios[10];
situamos nuestro modelo catequético a la luz del signo eclesial de la koinonía.
Lejos del modelo tridentino, que la
concibe como enseñanza doctrinal; la Catequesis es una acción esencialmente eclesial. El verdadero sujeto de la Catequesis
es la Iglesia que, como continuadora de la misión de Jesucristo Maestro y
animada por el Espíritu, ha sido enviada para ser maestra de la fe… Ella
transmite la fe que ella misma vive… y lo hace de forma activa, la siembra en
el corazón de los catecúmenos y de los catequizandos para que fecunde sus
experiencias más hondas…[11]
Es, por lo tanto, un servicio eclesial al crecimiento de la fe,
articulándose orgánicamente con las otras funciones eclesiales y con las otras
tareas del Ministerio de la Palabra, al cual ella misma pertenece.
Entonces, cualquier lugar catequístico ha
de ser esencialmente un lugar eclesial. No hay Catequesis posible sin comunidad
eclesial. La Catequesis es una acción de la Iglesia, aunque, en este sentido,
la prioridad corresponde siempre a la Iglesia particular.[12]
La
clave para dar una respuesta afirmativa a las preguntas que nos hacíamos al
inicio de este apartado queda, entonces, determinada por la eventual
posibilidad de construir un espacio eclesial en el espacio virtual.
V.
Un espacio eclesial en el espacio virtual
La
comunidad cristiana es la realización histórica del don de la comunión (koinonía),
que es un fruto del Espíritu Santo. La ‘comunión’ expresa el núcleo profundo de
la Iglesia universal y de las Iglesias particulares, que constituyen la
comunidad cristiana referencial. Ésta se hace cercana y se visibiliza en la
rica variedad de las comunidades cristianas inmediatas…[13]
La comunión es, por lo tanto, el rasgo por
excelencia de una auténtica comunidad eclesial. Don del Espíritu Santo y reflejo
de la comunión trinitaria. Sólo si el espacio
virtual admite la conformación de una comunidad con este talante, estamos
en condiciones de afirmar su eclesialidad y su potencialidad catequística.
Cualquier comunidad, sea eclesial o no, se
diferencia de una mera asociación porque en la comunidad las personas no valen por su productividad; sino por lo
que ellas son. El valor de cada miembro de la comunidad cristiana se funda en
la dignidad de ser hijo de Dios. Su singularidad lo define como único e irrepetible,
con carismas y capacidades personales valiosas y necesarias para la
construcción del Reino en esa comunidad.
Nosotros afirmamos que más allá de las
formas tradicionales de comunidad eclesial y, por ende, más allá de los lugares
ya conocidos de la Catequesis; el espacio
virtual, como nueva forma cultural, aporta la existencia de verdaderas
comunidades virtuales que viven el don de la comunión.
Las siguientes dimensiones resultan
verdaderas notas esenciales de una comunidad eclesial y pueden estar presentes
en una comunidad virtual:
-
La
dimensión fraternal o de la comunión.
-
La
dimensión profética o de la fe
anunciada.
-
La
dimensión celebrativa o de la fe hecha oración, canto y fiesta.
-
La
dimensión diaconal o de la fe vivida y testimoniada.
Creer que el espacio virtual puede
albergar a una comunidad eclesial es creer en la potencialidad comunicativa de
las nuevas tecnologías para la información y la comunicación; pero también es
creer en la capacidad relacional del hombre, en su existencial necesidad de trascendencia,
que lo hace salir de sí mismo para entablar los vínculos interpersonales en los
que se apoya una verdadera comunidad. Pero, por sobre todas las cosas, es creer
en la creatividad del Espíritu Santo que, como Señor y dador de vida, otorga a la
comunidad el don de la comunión.
Estas comunidades, como las otras comunidades eclesiales,
constituyen espacios privilegiados para hacer explícita la comunión con Jesús,
como Hermano y Señor; con la Iglesia universal; con las Iglesias particulares;
con otras Iglesias y con los hombres y mujeres de las diversas religiones.
Esta referencia, que se da por descontada
en otras formas comunitarias convencionales, como la Parroquia, las comunidades
eclesiales de base o los movimientos eclesiales; pide ser explicitada y
realizada concreta y elocuentemente en
las comunidades virtuales.
Ellas constituyen, en nuestra experiencia,
un camino válido para…
1. Evangelizar el espacio virtual, como forma cultural relevante y
representativa de la cultura
comunicacional, que también ha de ser evangelizada en la diversidad de sus
manifestaciones. Considerando, además, que este espacio virtual, como cualquier otra realidad humana, atesora la
presencia de Dios. Opacado por la oscuridad y oculto entre la cizaña, el
Evangelio resuena en su núcleo más esencial y nos invita a reconocerlo, a
darnos cuenta de su presencia, a explicitarla y a enriquecerla con nuestro
aporte consciente.
2. Realizar la comunión en el espacio virtual, haciendo que la
comunicación entre sus miembros vaya constituyendo, poco a poco, un entramado
vital en el cual sea posible la circulación de los valores del Evangelio. Al
servicio de la comunión se encuentran todos los recursos humanos, pedagógicos y
tecnológicos existentes en la virtualidad. La interactividad es el resultado
visible de la adecuada utilización de esos recursos. La comunión de la
comunidad, en cambio, no queda garantizada por ninguna mediación humana.
Requiere, como en toda obra humano – divina, del auxilio de la Gracia.
3. Recorrer itinerarios formativos a
través de diversas propuestas virtuales, que contemplan la gradualidad de las
distintas etapas de la iniciación y de la educación en la fe. En el caso de los
catecúmenos y catequizandos estos itinerarios no reemplazan, sino que
complementan y enriquecen los procesos que ellos recorren en sus comunidades
eclesiales reales. En el caso de la formación
de catequistas; podemos afirmar, con toda la certeza que nos da el camino
recorrido en nuestro Instituto, que los itinerarios formativos pueden ser
semipresenciales o totalmente virtuales.
4. Explicitar y realizar concreta y
elocuentemente la referencia a las Iglesias particulares. Sin
esta realización la comunidad virtual no sería una comunidad eclesial. En la
comunidad virtual sus miembros pueden: aprender, reflexionar, rezar, practicar
la diaconía, trabajar colaborativamente, investigar, planificar, crecer juntos
en la fe… Pero no pueden celebrar los sacramentos ni hacer real y
substancialmente presente a Jesús en la Eucaristía. Por eso, parte de la
experiencia eclesial debe darse, necesariamente, en la comunidad real de
pertenencia. El servicio a la Evangelización, a través de las comunidades
virtuales, será siempre un servicio a las Iglesias particulares.
VI. Los animadores de la comunidad virtual
La opción por la Iglesia – Comunión marca también, como
hemos expresado más arriba, la opción por un paradigma catequético comunional
que concibe la Catequesis como acción eclesial al servicio de la fe y la
comunidad cristiana como fuente, lugar y meta de la Catequesis. La existencia
de la comunidad cristiana, su vitalidad y significatividad, son condiciones indispensables para la transmisión de la fe
En esa comunidad los dones, carismas y capacidades de sus
miembros se ponen en relación y se potencian mutuamente a través de las
distintas áreas de la Pastoral con las cuales la Catequesis interactúa. La
comunidad eclesial virtual también, como cualquier otra comunidad eclesial,
está llamada a ser fuente, lugar y meta de la Catequesis.
En este paradigma va tomando, cada vez más
relieve la misión – rol del animador de la comunidad. En el ámbito
catequístico, propiamente dicho, el catequista es un forjador de comunidades y
los itinerarios formativos incluyen, cada día con más fuerza, este aspecto de
su identidad.
En una comunidad eclesial virtual se va gestando
la comunión por la gracia de Dios y por la acción del hombre, que pone sus
capacidades y carismas comunicacionales al servicio de esa misma comunión. En
este sentido, el animador de la comunidad virtual…
-
promueve la
comunicación entre sus miembros;
-
facilita la integración comunitaria;
-
alienta la participación responsable;
-
acompaña el crecimiento en las diversas dimensiones de
la fe de los miembros que integran la comunidad virtual;
-
favorece la cohesión y el sentido de pertenencia;
-
organiza encuentros virtuales sincrónicos y
asincrónicos;
-
explicita, permanentemente, la referencia a la Iglesia
particular de pertenencia; alentando y acompañando, en todo lo posible, la
participación en las experiencias eclesiales que ella misma propone;
-
anima encuentros virtuales de oración, de formación y
de reflexión;
-
propone experiencias diversas e innovadoras que, a
través de la virtualidad, favorezcan el crecimiento espiritual de sus miembros;
-
atiende a su propia formación permanente no sólo en lo
referente a las cuestiones tecnológicas, psicológicas y pastorales, que
necesita conocer para realizar su rol, sino fundamentalmente, en todo lo que
respecta a su propio crecimiento espiritual y eclesial. El animador de la
comunidad eclesial virtual es, antes que nada, un hombre o una mujer de la
Iglesia que realiza su ministerio en la Iglesia al servicio del Reino.
La misión – rol del animador de la
comunidad eclesial virtual bien puede ser considerado un nuevo ministerio en la
Iglesia inserta en la cultura comunicacional.
VII. Discípulos de Jesús en las comunidades eclesiales virtuales
La formación de los discípulos de Jesús en
las comunidades eclesiales virtuales está sustentada en el mismo itinerario que
se propone a todo bautizado que, en cualquier ámbito eclesial, se sienta
llamado a seguir a su Maestro para hacerse, luego, su testigo y convocar a
nuevos discípulos a la escucha de Jesús:
-
VOCACIÓN
-
RESPUESTA LIBRE
-
SEGUIMIENTO DE JESÚS
-
INICIACIÓN EN LA VIDA COMUNITARIA
-
CRECIMIENTO Y MADURACIÓN
-
ENVÍO
En estas nuevas comunidades, como en toda
la Iglesia, la dinámica del discípulo – testigo es el fermento de una nueva
humanidad. Humanidad nueva que, a la escucha de la Palabra, redescubre su
horizonte y se pone en camino, siguiendo los pasos de Jesús.
El espacio
virtual se extiende a lo largo y a lo ancho de una distancia inabarcable,
pero paradójicamente, en ese espacio de inusitada grandeza, se hace cercano lo
distante. Como en la inmensidad del mar que parece estar hecho para las
distancias y las despedidas y, sin embargo, provoca reencuentros y regresos.
Del mismo modo, la comunidad virtual en el gran espacio genera cercanía y comunión.
El mar orilla la costa y le habla secretamente.
Éste es el lugar del llamado. En la costa del mar de Galilea estaban Simón y su
hermano Andrés y Santiago y su hermano Juan, cuando Jesús los llamó
convocándolos a ser pescadores de hombres.[14]
En la orilla del corazón, donde Dios
habla, allí se produce la cercanía más íntima. Allí se escucha el llamado de
Dios y allí resuena también la respuesta del que acepta ser su discípulo.
Este diálogo de interioridades se hace
posible en la comunidad eclesial virtual. A pesar de la inmensidad del espacio,
el discípulo puede escuchar a su Maestro y puede pronunciar la opción libre de
seguirlo. En la comunidad eclesial virtual las interioridades están entrelazadas
por la fuerza de la comunión que supera todas las distancias físicas.
Esta constatación nos conmovió una vez,
casi al principio de la implementación de nuestra propuesta formativa virtual,
cuando falleció una de nuestras alumnas y, a los pocos minutos, la noticia ya
había viajado a través de la web para resonar en nuestro interior y hacerse sentimiento
y emoción.
o
Si el discípulo necesita escuchar un llamado para dar
una respuesta libre, la comunidad virtual le ofrece el espacio para ese diálogo.
o
Si el discípulo necesita escuchar la Palabra del
Maestro para poder seguirlo, la comunidad virtual le ofrece el espacio para esa
escucha.
o
Si el discípulo necesita la vida de una comunidad para
iniciar y madurar allí su experiencia cristiana, la comunidad virtual se ofrece
a sí misma como comunidad iniciadora y educadora.
o
Si el discípulo necesita una comunidad que lo envíe a
ser testigo de Jesús, la comunidad virtual se ofrece a sí misma para el envío.
Si el discípulo es un nuevo hombre,
renacido a la luz de la Palabra de su Maestro, la comunidad eclesial virtual es
una nueva comunidad. Sin renunciar a ninguna de sus notas esenciales y en
permanente servicio a la Iglesia particular, la comunidad eclesial virtual es
hoy un nuevo lugar para la formación de discípulos y testigos de Jesús.
Pbro.
José Luis Quijano
Rector del ISCA
[1]Para profundizar en el tema del sujeto de la Catequesis en la cultura comunicacional, sugerimos la lectura del Documento de Apertura de las III Jornadas Nacionales de Catequética realizadas por el Instituto Superior de Catequesis Argentino. www.isca.org.ar
[2] Concepto acuñado por los Obispos de la Argentina en “La Patria requiere algo inédito”. Nº 6. 81ª Asamblea Plenaria de la CEA. 12 de mayo de 2001.
[3] Mateo 13, 24 - 30
[4] Documento de Puebla Nº 387
[5] Documento citado Nº 393
[6] GS 54
[7] Cfr. De Vos, Frans. “Que nuestra alegría sea perfecta. Metodología Catequística”. Ed. La Semilla. Lomas de Zamora. 2000.
[8] Cfr. Documento de Puebla Nº 393
[9] Cfr. Navega Mar Adentro Nº 21. CEA. 2003
[10] Cfr DGC Nº 158
[11] Cfr. DGC 78
[12] Así lo expresa el DGC en su número 217 cuando afirma “El anuncio, la transmisión y la vivencia del Evangelio se realizan en el seno de una Iglesia Particular o Diócesis… En cada Iglesia Particular se hace presente la Iglesia Universal con todos sus elementos esenciales”.
[13] DGC Nº 253
[14] Cfr. Mc. 1, 16 - 20