
Audiencias 2005 56
Esta audiencia general se celebra en el clima de alegre y ferviente espera de las festividades navideñas, ya inminentes. Durante estos días repetimos en la oración "¡Ven, Señor Jesús!", disponiendo nuestro corazón para gustar la alegría del nacimiento del Redentor. De modo especial en esta última semana de Adviento la liturgia acompaña y sostiene nuestro camino interior con repetidas invitaciones a acoger al Salvador, reconociéndolo en el humilde Niño que yace en un pesebre.
57 Este es el misterio de la Navidad, que tantos símbolos nos ayudan a comprender mejor. Entre esos símbolos se encuentra el de la luz, que es uno de los más ricos en significado espiritual. Sobre él quiero reflexionar brevemente.
La fiesta de la Navidad, en nuestro hemisferio, coincide con los días del año en que el sol termina su parábola descendente y comienza a alargar gradualmente el tiempo de luz diurna, según la recurrente sucesión de las estaciones. Esto nos ayuda a comprender mejor el tema de la luz, que vence a las tinieblas.
Este símbolo evoca una realidad que afecta a lo más íntimo del hombre: me refiero a la luz del bien que vence al mal, del amor que supera al odio, de la vida que derrota a la muerte. En esta luz interior, en la luz divina, nos hace pensar la Navidad, que vuelve a proponernos el anuncio de la victoria definitiva del amor de Dios sobre el pecado y sobre la muerte.
Por este motivo, en la novena de la santa Navidad que estamos haciendo, son numerosas y significativas las alusiones a la luz. Nos lo recuerda también la antífona que se ha cantado al inicio de este encuentro. Al Salvador esperado por las naciones se le aclama como "Astro naciente", la estrella que indica el camino y guía a los hombres, caminantes en medio de la oscuridad y los peligros del mundo, hacia la salvación prometida por Dios y realizada en Jesucristo.
Al prepararnos para celebrar con alegría el nacimiento del Salvador en nuestras familias y en nuestras comunidades eclesiales, mientras cierta cultura moderna y consumista tiende a suprimir los símbolos cristianos de la celebración de la Navidad, todos debemos esforzarnos por captar el valor de las tradiciones navideñas, que forman parte del patrimonio de nuestra fe y de nuestra cultura, para transmitirlas a las nuevas generaciones.
En particular, al ver las calles y las plazas de las ciudades adornadas con luces brillantes, recordemos que estas luces nos remiten a otra luz, invisible para los ojos, pero no para el corazón.
Mientras las admiramos, mientras encendemos las velas en las iglesias o la iluminación del belén y del árbol de Navidad en nuestras casas, nuestra alma debe abrirse a la verdadera luz espiritual traída a todos los hombres de buena voluntad. El Dios con nosotros, nacido en Belén de la Virgen María, es la Estrella de nuestra vida.
"¡Oh Astro naciente, Resplandor de la luz eterna, Sol de justicia, ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte!" (Antífona del Magníficat). Haciendo nuestra esta invocación de la liturgia de hoy, pidamos al Señor que apresure su venida gloriosa entre nosotros, entre todos los que sufren, porque sólo él puede satisfacer las auténticas expectativas del corazón humano. Este Astro luminoso que no tiene ocaso nos comunique la fuerza para seguir siempre el camino de la verdad, de la justicia y del amor.
Vivamos intensamente, junto con María, la Virgen del silencio y de la escucha, estos últimos días que faltan para la Navidad. Ella, que fue totalmente envuelta por la luz del Espíritu Santo, nos ayude a comprender y a vivir en plenitud el misterio de la Navidad de Cristo.
Con estos sentimientos, a la vez que os exhorto a mantener vivo el asombro interior en la ferviente espera de la celebración ya próxima del nacimiento del Salvador, me complace expresar ya desde ahora mis más cordiales deseos de una santa y feliz Navidad a todos vosotros, aquí presentes, a vuestros familiares, a vuestras comunidades y a vuestros seres queridos.
¡Feliz Navidad a todos!
Saludos
58 Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, en particular a los llegados de España y de México. Que el Salvador, "Astro naciente", sea la estrella que os guía hacia la salvación y os ilumine en el camino de la verdad, de la justicia y del amor. A todos vosotros, a vuestros familiares y demás seres queridos, os deseo una santa y feliz Navidad.
(A los fieles polacos)
Dentro de algunos días celebramos la vigilia de la Navidad y vosotros, en vuestras familias, compartiréis con vuestros seres queridos el pan navideño, intercambiándoos las felicitaciones. Que Jesús encuentre siempre un lugar especial en vuestro corazón y lo llene de amor y de paz. A todos deseo una feliz Navidad.
(En italiano)
A todos os deseo que os dispongáis a vivir una santa y feliz Navidad, preparando el corazón para recibir al Niño Jesús, que viene a colmar de alegría y paz a quienes lo esperan con fe, como la Virgen María.
1. En esta audiencia general del miércoles de la octava de Navidad, fiesta litúrgica de los Santos Inocentes, reanudamos nuestra meditación sobre el salmo 138, cuya lectura orante nos propone la liturgia de las Vísperas en dos etapas distintas. Después de contemplar en la primera parte (cf. vv. Ps 138,1-12) al Dios omnisciente y omnipotente, Señor del ser y de la historia, ahora este himno sapiencial de intensa belleza y pasión se fija en la realidad más alta y admirable de todo el universo, el hombre, definido como el "prodigio" de Dios (cf. v. Ps 138,14). En realidad, se trata de un tema en profunda sintonía con el clima navideño que estamos viviendo en estos días, en los que celebramos el gran misterio del Hijo de Dios hecho hombre, más aún, hecho Niño por nuestra salvación.
Después de considerar la mirada y la presencia del Creador que se extienden por todo el horizonte cósmico, en la segunda parte del salmo que meditamos hoy, la mirada amorosa de Dios se fija en el ser humano, considerado en su inicio pleno y completo. Aún es un ser "informe" en el seno materno: algunos estudiosos de la Biblia interpretan la palabra hebrea que usa el salmo como equivalente a "embrión", descrito mediante esa palabra como una pequeña realidad oval, enrollada, pero sobre la cual ya se posa la mirada benévola y amorosa de los ojos de Dios (cf. v. Ps 138,16).
2. El salmista, para definir la acción divina dentro del seno materno, recurre a las clásicas imágenes bíblicas, mientras que la cavidad generadora de la madre se compara a "lo profundo de la tierra", es decir, a la constante vitalidad de la gran madre tierra (cf. v. Ps 138,15).
Ante todo, se utiliza el símbolo del alfarero y del escultor, que "forma", que plasma su creación artística, su obra maestra, precisamente como se decía en el libro del Génesis con respecto a la creación del hombre: "El Señor Dios formó al hombre con polvo del suelo" (Gn 2,7). Luego viene el símbolo del "tejido", que evoca la delicadeza de la piel, de la carne, de los nervios "entretejidos" sobre el esqueleto.
59 También Job evocaba con fuerza estas y otras imágenes para exaltar la obra maestra que es la persona humana, a pesar de estar golpeada y herida por el sufrimiento: "Tus manos me formaron, me plasmaron (...). Recuerda que me hiciste como se amasa el barro (...). ¿No me vertiste como leche y me cuajaste como queso? De piel y de carne me vestiste y me tejiste de huesos y de nervios" (Jb 10,8-11).
3. Sumamente fuerte es, en nuestro salmo, la idea de que Dios ya ve todo el futuro de ese embrión aún "informe": en el libro de la vida del Señor ya están escritos los días que esa criatura vivirá y colmará de obras durante su existencia terrena. Así vuelve a manifestarse la grandeza trascendente del conocimiento divino, que no sólo abarca el pasado y el presente de la humanidad, sino también el arco todavía oculto del futuro. También se manifiesta la grandeza de esta pequeña criatura humana, que aún no ha nacido, formada por las manos de Dios y envuelta en su amor: un elogio bíblico del ser humano desde el primer momento de su existencia.
Ahora releamos la reflexión que san Gregorio Magno, en sus Homilías sobre Ezequiel, hizo sobre la frase del salmo que hemos comentado: "Siendo todavía informe me han visto tus ojos y todo estaba escrito en tu libro" (v. 16). Sobre esas palabras el Pontífice y Padre de la Iglesia construyó una original y delicada meditación acerca de los que en la comunidad cristiana son más débiles en su camino espiritual.
Y dice que también los débiles en la fe y en la vida cristiana forman parte de la arquitectura de la Iglesia, "son incluidos en ella (...) en virtud de su buen deseo. Es verdad que son imperfectos y pequeños, pero, en la medida en que logran comprender, aman a Dios y al prójimo, y no dejan de realizar el bien que pueden. A pesar de que aún no llegan a los dones espirituales hasta el punto de abrir el alma a la acción perfecta y a la ardiente contemplación, no se apartan del amor a Dios y al prójimo, en la medida en que son capaces de comprenderlo. Por eso, sucede que también ellos, aunque estén situados en un lugar menos importante, contribuyen a la edificación de la Iglesia, pues, si bien son inferiores por doctrina, profecía, gracia de milagros y completo desprecio del mundo, se apoyan en el fundamento del temor y del amor, en el que encuentran su solidez" (2, 3, 12-13: Opere di Gregorio Magno III/2, Roma 1993, pp. 79-81).
El mensaje de san Gregorio es un gran consuelo para todos nosotros que a menudo avanzamos con dificultad por el camino de la vida espiritual y eclesial. El Señor nos conoce y nos envuelve con su amor.
Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española que participan en esta audiencia. En estos días navideños, invito a todos a contemplar en el Niño Jesús la grandeza del amor de Dios por todos nosotros. Muchas gracias y, de nuevo, ¡Feliz Navidad!
(En italiano)
Felicito cordialmente la Navidad a los peregrinos de lengua italiana. En particular, saludo a la comunidad de los Legionarios de Cristo; a los fieles de la parroquia del Santísimo Nombre de María, en Caserta; a los Voluntarios de don Bosco y a los representantes del Mando provincial de la Guardia de finanza, de Livorno. Saludo, asimismo, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados.
La luz de Cristo, que en la Noche de Navidad resplandeció sobre la humanidad, brille sobre cada uno de vosotros, queridos amigos, y os guíe en el compromiso de un valiente testimonio cristiano.
Por último, me uno al recuerdo que en estos días se hace por las queridas poblaciones afectadas hace un año por el maremoto, que causó innumerables víctimas humanas y enormes daños ambientales. Pidamos al Señor por ellos y por todos los que, también en otras regiones del mundo, han sufrido calamidades naturales y esperan nuestra solidaridad concreta y efectiva.
Audiencias 2005 56