Balmes J. Cartas a un escéptico - Carta XIV: Los cristianos viciosos.


Carta XV: Destino de los niños que mueren sin bautismo.

Equivocación del escéptico. Pena de daño y de sentido. Las opiniones y el dogma. Protestantes y católicos. Santo Tomás. Ambrosio Catarino. Se defiende la justicia de Dios. El dogma no es duro. Razones.


Mi estimado amigo: La dificultad que usted me propone en su última apreciada, aunque no es tan fuerte como usted se figura, confieso que, considerada superficialmente, es bastante especiosa. Tiene, además, una circunstancia particular, y es que se funda, al parecer, en un principio de justicia. Esto la hace mucho más peligrosa; porque el hombre tiene tan profundamente grabados en su alma los principios y sentimientos de justicia, que, cuando puede apoyarse en ellos, se cree autorizado para atacarlo todo.

Desde luego convengo con usted en que la justicia y la religión no pueden ser enemigas; y que una creencia, fuera la que fuese, que se hallase en oposición con los eternos principios de justicia, debiera ser desechada por falsa. Admitida una de las bases sobre que usted levanta la dificultad, no puedo admitir la fuerza de la dificultad misma, por la sencilla razón de que estriba, además, en suposiciones completamente gratuitas. No sé en qué catecismo habrá usted leído que el dogma católico enseñe que los niños muertos sin bautismo son atormentados para siempre con el fuego del infierno; por mi parte confieso francamente que no tenía noticia de la existencia de tal dogma, y que, por lo mismo, no me había podido causar el horror que usted experimenta. Esto me hace suponer que se halla usted como tantos otros, en la mayor confusión de ideas sobre esta importante y delicada materia, y me indica la necesidad de aclarárselas algún tanto de la manera que me lo consiente la ligereza de discutir a que me condena la incesante movilidad de mi adversario.

Es absolutamente falso que la Iglesia enseñe como dogma de fe que los niños muertos sin bautismo sean castigados con el suplicio del fuego, ni con ninguna otra pena llamada de sentido. Basta abrir las obras de los teólogos, para ver reconocido por todos ellos que no es dogma de fe la pena de sentido aplicada a los niños; y que, antes por el contrario, sostienen, en su inmensa mayoría, la opinión opuesta. Fácil me sería aducir innumerables textos para probar esta aseveración; pero lo juzgo inútil, porque puede usted asegurarse de la verdad de este hecho empleando un rato en recorrer los índices de las principales obras teológicas, y ver las opiniones que allí se consignan.

No ignoro que ha habido algunos autores respetables que han opinado en favor de la pena de sentido; pero repito que éstos son en número muy escaso, que está contra ellos la inmensa mayoría; y sobre todo insisto en que la opinión de aquellos autores no es un dogma de la Iglesia, y, por consiguiente, rechazo las inculpaciones que con este motivo se dirigen contra la fe católica. Por sabio, por santo que sea un doctor de la Iglesia, su opinión no es autoridad bastante para fundar un dogma: de la doctrina de un autor a la enseñanza de la iglesia va la misma distancia que de la doctrina de un hombre a la enseñanza de Dios.

Para los católicos la autoridad de la iglesia es infalible porque tiene asegurada la asistencia del Espíritu Santo: a esta autoridad recurrimos en todas nuestras dudas y dificultades, en lo cual se cifra la principal diferencia entre nosotros y los protestantes. Ellos apelan al espíritu privado, que al fin viene a parar a las cavilaciones de la flaca razón, o a las sugestiones del orgullo; nosotros apelamos al Espíritu Divino, manifestado por el conducto establecido por el mismo Dios, que es la autoridad de la Iglesia.

Me preguntará V. cuál es el destino de estos niños privados de la gloria, y no castigados con pena de sentido; y hallará quizás que la dificultad renace, aunque bajo forma menos terrible, por el mero hecho de no otorgarles la eterna bienaventuranza. A primera vista parece una cosa muy dura que los niños, incapaces como son de pecado actual, hayan de ser excluidos de la gloria, por no habérseles borrado el original con las aguas regeneradoras del bautismo; pero, profundizando la cuestión, se descubre que no hay en esto injusticia ni dureza, y sí únicamente el resultado de un orden de cosas que Dios ha podido establecer, y del cual nadie tiene derecho a quejarse.

La felicidad eterna, que, según el dogma católico, consiste en la visión intuitiva de Dios, no es natural al hombre, ni a ninguna criatura. Es un estado sobrenatural al que no podemos llegar sino con auxilios sobrenaturales. Dios, sin ser injusto ni duro, podía no haber elevado a ninguna criatura a la visión beatífica, y establecer premios de un orden puramente natural, ya en esta vida, ya en la otra. De donde resulta que el estar privadas de la visión beatífica un cierto número de criaturas, no arguye injusticia ni dureza en los decretos de Dios, supuesto que se habría podido verificar lo mismo con todos los seres criados; y hasta se debiera haber verificado, si la infinita bondad del Criador no los hubiese querido levantar a un estado superior a la naturaleza de los mismos.

Ya estoy previendo que se me hará la réplica de que la situación de las cosas es ahora muy diferente; y que, si bien es verdad que la privación de la visión beatífica no habría sido una pena para las criaturas que no hubiesen tenido noticia de ella, lo es ahora, y muy dolorosa, para los que se ven excluidos de la misma. Convengo en que esta privación es una pena del pecado original, pero no en que sea tan dolorosa como se quiere suponer. Para afirmar esto último sería preciso determinar hasta qué punto conocen la privación los mismos que la padecen, y saber la disposición en que se encuentran, para lamentar la pérdida de un bien, que con el bautismo hubieran podido conseguir.

Santo Tomás observa, con mucha oportunidad, que hay gran diferencia entre el efecto que debe producir en los niños la falta de la visión beatífica, y el que causa a los condenados. En éstos hubo libre albedrío, con el cual, ayudados de la gracia, pudieron merecer la gloria eterna; aquéllos se hallaron fuera de esta vida antes del uso de la razón: a éstos les fue posible alcanzar aquello de que se encuentran privados; no así a los primeros, que, sin el concurso de su libertad, se vieron trasladados a otro mundo, en el cual no hay los medios para merecer la eterna bienaventuranza. Los niños muertos sin bautismo se hallan en un caso semejante a los que nacen en una condición inferior, en la cual no les es posible gozar de ciertas ventajas sociales de que disfrutan otros más afortunados. Esta diferencia no los aflige, y se resignan sin dificultad al estado que les ha cabido en suerte.

Tocante al conocimiento que tienen de su situación los niños no bautizados, es probable que ni siquiera conocen que haya tal visión beatífica; así no pueden afligirse por no poseerla. Ésta es la opinión de Santo Tomás, quien afirma que estos niños tienen noticia de la felicidad en general, pero no en especial; y, por lo tanto, no se duelen de haberla perdido: «cognoscunt quidem beatitudinem in generali, secundum communem rationem, non autem in speciali; ideo de eius amissione non dolent.»

El estar separados para siempre de Dios parece que ha de ser una aflicción muy grande para estos niños; porque, no pudiéndolos suponer privados de todo conocimiento de su Autor, han de tener un deseo vivo de verle, y han de sentir una pena profunda al hallarse faltos de dicho bien por toda la eternidad. Este argumento supone el mismo hecho que se ha negado más arriba, a saber, que los niños tienen conocimiento del orden sobrenatural. Santo Tomás lo niega redondamente: y dice que están separados de Dios perpetuamente por la pérdida de la gloria que ignoran, pero no en cuanto a la participación de los bienes naturales que conocen: «pueri in originali peccato decedentes sunt quidem separati a Deo perpetuo, quantum ad amissionem gloriae quam ignorant; non tamen quantum ad participationem naturalium bonorum, quae cognoscunt.»

Algunos teólogos, entre los que se cuenta Ambrosio Catarino, han llegado a defender que estos niños tienen una especie de bienaventuranza natural, la que no explican en qué consiste, por la sencilla razón de que en estas materias sólo se puede discurrir por conjeturas. Sin embargo, no dejaré de observar que esta doctrina no ha sido condenada por la Iglesia, siendo notable que el mismo Santo Tomás, tan mesurado en todas sus palabras, no deja de decir que estos niños se unen a Dios por la participación de los bienes naturales, y así podrán alegrarse también de los mismos con conocimiento y amor natural: «sibi (Deo) coniungentur per participationem naturalium bonorum; et ita etiam de ipso gaudere poterunt naturali cognitione et dilectione» (22 D. 33., Q. 2, ar. 2. ad 5).

Ya ve V. que la cosa no es tan horrible como V. se figuraba; y que no se complace la Iglesia en pintarnos entregados a espantosos tormentos los niños que han tenido la desgracia de no recibir el bautismo. La pena que padecen estos niños la compara muy oportunamente Santo Tomás a la que sufren los que, estando ausentes, son despojados de sus bienes, pero ignorándolo ellos. Con esta explicación se concilia la realidad de la pena con la ninguna aflicción del que la padece; y henos aquí conducidos a un punto en que permanece salvo el dogma del pecado original y el de la pena que sigue, sin vernos precisados a imaginarnos un número inmenso de niños atormentados por toda la eternidad, cuando por su parte no han podido ejercer ningún acto por el cual lo merecieran.

Hasta aquí me he ceñido a la defensa del dogma católico, y a la exposición de las doctrinas de los teólogos; y creo haber manifestado que, limitándose aquél a la simple privación de la visión beatífica, por efecto del pecado original no borrado por el bautismo, está muy lejos de hallarse en contradicción con los principios de justicia, ni trae consigo la pretendida dureza que V. le achacaba. Como es natural, los teólogos se han aprovechado de esta latitud para emitir varias opiniones más o menos fundadas, sobre las que es difícil formar un juicio acertado, faltándonos noticias que sólo pudiera proporcionarnos la revelación. Como quiera, parece muy razonable la doctrina de Santo Tomás de que estos niños podrán tener un conocimiento y amor de Dios en el orden puramente natural, y que podrán gozarse en estos bienes que les ha otorgado el Criador. Siendo criaturas inteligentes y libres, no podemos suponerlos privados del ejercicio de sus facultades; pues, de lo contrario, sería preciso considerar sus espíritus como substancias inertes, no por su naturaleza, sino por estar ligadas sus potencias del orden intelectual y moral. Y como, por otra parte, no se admite que sufran pena de sentido, y se afirma que no se duelen de la de daño, es preciso otorgarles las afecciones que en todo ser resultan naturalmente del ejercicio de sus facultades. Queda de V. su afectísimo y S. S. Q. S. M. B.

J.B.



Carta XVI: Los que viven fuera de la Iglesia.

Equivocación del escéptico. Justicia de Dios. La culpa supone la libertad. Se establecen algunos principios. Cuestión de doctrinas y de aplicación. Se deslindan y caracterizan estas dos cuestiones. Se aclara la materia con un corto diálogo. Observaciones sobre la obscuridad de los misterios.


Mi estimado amigo: Mucho me alegro que la carta anterior haya disipado el horror que le inspiraba el dogma católico sobre la suerte de los niños que mueren sin bautismo, manifestándole que atribuía a la Iglesia una doctrina que ella jamás reconoció por suya: el haberse V. convencido de la equivocación que en este punto padecía, hará menos difícil el que se persuada de que está igualmente equivocado en lo tocante a la doctrina de la Iglesia sobre la suerte de los que viven fuera de su seno. Está V. en la creencia de que es un dogma de nuestra religión que todos los que no viven en el seno de la Iglesia católica serán por este mero hecho condenados a penas eternas: éste es un error que nosotros no profesamos, ni podemos profesar, porque es ofensivo a la justicia divina. Para proceder con buen orden y claridad, voy a exponer sucintamente la doctrina católica sobre este particular.

Dios es justo: y, como tal, no castiga ni puede castigar al inocente: cuando no hay pecado, no hay pena, ni la puede haber.

El pecado, dice San Agustín, es voluntario, de tal manera, que, si deja de ser voluntario, ya no es pecado. La voluntad que se necesita para hacernos culpables a los ojos de Dios, es la de libre albedrío. Para constituir la culpa no bastaría la voluntad, si ésta no fuese libre.

No se concibe el ejercicio de la libertad, si no va acompañado de la deliberación correspondiente; y ésta implica conocimiento de lo que se hace, y de la ley que se observa, o se infringe. Una ley no conocida no puede ser obligatoria.

La ignorancia de la ley es culpable en algunos casos, es decir, cuando el que la padece ha podido vencerla: entonces la infracción de la ley no es excusable por la ignorancia.

La Iglesia, columna y firmamento de la verdad, depositaria de la augusta enseñanza del Divino Maestro, no admite el error de que todas las religiones sean indiferentes a los ojos de Dios, y que el hombre pueda salvarse en cualquiera de ellas, de tal modo, que no esté ni siquiera obligado a buscar la verdad en un asunto tan importante. Estas monstruosidades las condena la Iglesia con mucha razón; y no puede menos de condenarlas, so pena de negarse a sí propia. Decir que todas las religiones son indiferentes a los ojos de Dios, equivale a decir que todas son igualmente verdaderas, lo que en último resultado viene a parar a que todas son igualmente falsas. La religión que, enseñando dogmas opuestos a los de otras religiones, las tuviese a todas por igualmente verdaderas, sería el mayor de los absurdos, una contradicción viviente.

La Iglesia católica se tiene a sí misma por la verdadera Iglesia, fundada por Jesucristo, iluminada y vivificada por el Espíritu Santo, depositaria del dogma y de la moral, y encargada de conducir a los hombres, por el camino de la virtud, a la eterna bienaventuranza. En este supuesto, proclama la obligación en que todos estamos de vivir y morir en su seno, profesando una misma fe, recibiendo la gracia por sus sacramentos, obedeciendo a sus legítimos pastores, y muy particularmente al sucesor de San Pedro y vicario de Jesucristo, el romano Pontífice.

Ésta es la enseñanza de la Iglesia; y no veo que se le pueda objetar nada sólido, aun examinada la cuestión en el terreno de la filosofía. De los principios arriba enunciados, unos son conocidos por la simple razón natural, otros por la revelación. A la primera clase pertenecen los que se refieren a la justicia divina y a la libertad del hombre; corresponden a la segunda los que versan sobre la autoridad e infalibilidad de la Iglesia. Estos últimos, considerados en sí mismos, nada encierran contrario a la justicia y a la misericordia divina; porque es evidente que Dios, sin faltar a ninguno de estos atributos, ha podido instituir un cuerpo depositario de la verdad y sometido a las leyes y condiciones que hayan sido de su agrado en los arcanos inescrutables de su infinita sabiduría.

Hasta aquí se ha examinado la cuestión de derecho, o sea de doctrinas; descendamos ahora a la cuestión de hecho, en la cual se fundan las dificultades que a V. le abruman. Es necesario no perder de vista la diferencia de estas dos cuestiones: una cosa son las doctrinas, otra su aplicación; aquéllas son claras, explícitas, terminantes; ésta se resiente de la obscuridad a que están sujetos los hechos, cuya exacta apreciación depende de muchas y muy varias circunstancias.

Debe tenerse por cierto que no se condenará ningún hombre por sólo no haber pertenecido a la Iglesia católica, con tal que haya estado en ignorancia invencible de la verdad de la religión, y, por consiguiente, de la ley que le obligaba a abrazarla. Esto es tan cierto, que fue condenada la siguiente proposición de Bayo: «La infidelidad puramente negativa es pecado.» La doctrina de la Iglesia sobre este punto se funda en principios muy sencillos: no hay pecado sin libertad, no hay libertad sin conocimiento.

Cuándo existe el conocimiento necesario para constituir una verdadera culpa a los ojos de Dios en lo tocante a no abrazar la verdadera religión; quiénes se hallan en ignorancia vencible, quiénes en ignorancia invencible; entre los cismáticos, entre los protestantes, entre los infieles, hasta dónde llega la ignorancia invencible, quiénes son los culpables a los ojos de Dios por no abrazar la verdadera religión, quiénes son los inocentes: éstas son cuestiones de hecho, a las que no desciende la enseñanza de la Iglesia. Ésta nada enseña sobre dichos puntos: se limita a establecer la doctrina general, y deja su aplicación a la justicia y a la misericordia de Dios.

Permítame V. que le llame la atención sobre esta diferencia, a la que no siempre se atiende como sería menester. Los incrédulos nos abruman con preguntas sobre la suerte de los que no pertenecen a la Iglesia católica; y como que nos exigen que los salvemos a todos, so pena de que nuestros dogmas sean acusados de ofensivos a la justicia y misericordia de Dios. Con esto nos tienden un lazo, en el cual es muy fácil que se dejen enredar los incautos, incurriendo en uno de dos extremos: o echando al infierno a todos los que no pertenecen a la Iglesia, o abriendo las puertas del cielo a los hombres de todas las religiones. Lo primero puede dimanar del celo para poner en salvo nuestro dogma sobre la necesidad de la fe para salvarse; y lo segundo puede nacer de un espíritu de condescendencia y del deseo de defender el dogma católico de las acusaciones de duro e injusto. Yo creo que no hay necesidad de incurrir en ninguno de estos extremos, y que la posición de un católico es en este punto más desembarazada de lo que parece a primera vista. ¿Se le pregunta sobre la doctrina, o, valiéndome de otras palabras, sobre la cuestión de derecho? Puede presentar el dogma católico con entera seguridad de que nadie podrá tacharlo de contrario a la razón. ¿Se le pregunta sobre los hechos? Puede confesar francamente su ignorancia, y envolver en ella al mismo incrédulo, que por cierto no sabe más sobre el particular que el católico a quien impugna.

Para que V. se convenza de lo expedita que es nuestra posición, con tal que sepamos colocarnos en ella y mantenernos constantemente en la misma, voy a hacer un ensayo en forma de diálogo entre un incrédulo y un católico.

INCRÉDULO. El dogma católico es injusto porque condena a los que no viven en la Iglesia, no obstante haber muchos que no pueden tener conocimiento de la verdadera religión.

CATÓLICO. Esto es falso; cuando hay ignorancia invencible, no hay pecado; y tan lejos está la Iglesia de enseñar lo que V. dice, que antes bien enseña lo contrario. Los hombres que hayan tenido ignorancia invencible de la divinidad de la Iglesia católica, no son culpables a los ojos de Dios de no haber entrado en ella.

INCRÉDULO. Pero, ¿cuándo, en quiénes se hallará esta ignorancia invencible? Señáleme V. un límite que separe estas dos cosas, según las diferentes circunstancias en que se hallan los hombres y los pueblos.

CATÓLICO. ¿Tendrá V. la bondad de señalármelo a mí?

INCRÉDULO. Yo no lo sé.

CATÓLICO. Pues yo tampoco, y así estamos iguales.

INCRÉDULO. Es verdad; pero Vds. hablan de condenación, y yo no me acuerdo de ella.

CATÓLICO. Es cierto; pero advierta V., que nosotros sólo hablamos de condenación con respecto a los culpables, y no creo que nadie se atreva a negarme que la culpa merezca pena; pero, cuando V. me viene preguntando quiénes y cuántos son, la ignorancia es igual por parte de ambos. Yo me atengo a la doctrina; y para su aplicación me limito a preguntar quiénes son los culpables. Si V. no me lo puede decir, es injusto el exigirme que yo se lo diga.

Por este pequeño diálogo se echa de ver que hay aquí dos cosas: por una parte, el dogma, que, a más de ser enseñado por la Iglesia, está de acuerdo con la sana razón; por otra, la ignorancia de los hombres, que no conocemos bastante los secretos de la conciencia para poder determinar siempre a punto fijo en qué individuos, en qué pueblos, en qué circunstancias deja la ignorancia de ser invencible en materia de religión, y constituye una culpa grave a los ojos de Dios.

Nada más fácil que extenderse en conjeturas sobre la suerte de los cismáticos, de los protestantes y aun de los infieles; pero nada más difícil que apoyarlas en fundamentos sólidos. Dios, que nos ha revelado lo necesario para santificarnos en esta vida y alcanzar la felicidad eterna, no ha querido satisfacer nuestra curiosidad haciéndonos saber cosas que de nada nos servirían. Estas sombras de que están rodeados los dogmas de la religión, nos son altamente provechosas para ejercitar la sumisión y la humildad, poniéndonos de manifiesto nuestra ignorancia, y recordándonos la degeneración primitiva del humano linaje. Preguntar por qué Dios ha llevado la luz de la verdad a unos pueblos y permitido que otros continuasen sumidos en las tinieblas, equivale a investigar la razón de los secretos de la Providencia, y a empeñarse en rasgar el velo que cubre a nuestros ojos los arcanos de lo pasado y de lo futuro. Sabemos que Dios es justo, y que al propio tiempo es misericordioso; sentimos nuestra debilidad, conocemos su omnipotencia. En nuestro modo de concebir, se nos presentan a menudo graves dificultades para conciliar la justicia con la misericordia, y no figurarnos a un ser sumamente débil cual víctima de un ser infinitamente fuerte. Estas dificultades se disipan a la luz de una reflexión severa, profunda, y, sobre todo, exenta de las preocupaciones con que nos ciegan las inspiraciones del sentimiento. Y si, merced a nuestra flaqueza, restan todavía algunas sombras, esperemos que se desvanecerán en la otra vida, cuando, libertados del cuerpo mortal que agrava al alma, veremos a Dios como es en sí y presenciaremos el encuentro amistoso de la misericordia y de la verdad y el santo ósculo de la justicia y de la paz. Queda de V. su afectísimo y S. S. Q. S. M. B.

J.B.



Carta XVII: La visión beatífica.

Dificultad del escéptico. El conocimiento y el afecto en sus relaciones con la felicidad. Dos conocimientos de intuición y de concepto. En qué consiste el dogma de la visión beatífica. Sublimidad de este dogma.


Mi estimado amigo: Las últimas palabras de mi carta anterior han excitado en V. el deseo de que yo me extienda en algunas aclaraciones sobre la visión beatífica, porque, según dice, nunca ha podido formarse una idea bien clara de lo que entendemos por esta soberana felicidad. Por cierto que me ha complacido sobremanera el que se me llame la atención hacia este punto, que no deja en el alma las dolorosas impresiones con que nos afligen algunos de los examinados en otras cartas. Al fin se trata de felicidad, y ésta no puede causar más afecciones ingratas que el temor de no conseguirla.

Según veo, no comprende V. bien «cómo puede constituir felicidad cumplida un simple conocimiento; y no ha de ser otra cosa la visión intuitiva de Dios. No puede negarse que el ejercicio de las facultades intelectuales nos proporciona algunos goces; pero también es positivo que éstos necesitan la concomitancia del sentimiento, sin el cual son fríos y severos como la razón de la cual dimanan.» Quisiera V. que nos hubiésemos hecho cargo los católicos de «este carácter de nuestro espíritu, el cual, si bien por medio del entendimiento llega a los objetos, no se une íntimamente con ellos de manera que le produzcan el goce, hasta que viene el sentimiento a realizar esa misteriosa expansión del alma, con la cual nos adherimos al objeto percibido, estableciéndose entre él y nosotros una afectuosa compenetración.» Estas palabras de V. encierran un fondo de verdad, en cuanto para la felicidad del ser inteligente exigen, a más del acto intelectual, la unión de amor. Es indudable que, si falta esta última, el conocimiento puro no nos ofrece la idea de felicidad. Sea cual fuere el objeto conocido, no nos haría felices, si lo contemplásemos con indiferencia. Admito sin dificultad que el alma no sería dichosa si, conociendo el objeto que la ha de hacer feliz, no le amase. Sin amor no hay felicidad.

Pero, si bien es verdadera en el fondo la doctrina de V., está aplicada con mucha inexactitud e inoportunidad, cuando se pretende fundar en ella un argumento en contra de la visión beatífica, tal como la enseñan los católicos. La eterna bienaventuranza la hacemos consistir en la visión intuitiva de Dios; mas no por esto excluimos el amor, antes por el contrario, decimos que este amor está necesariamente ligado con la visión intuitiva. Por manera que los teólogos han llegado a disputar si la esencia de la bienaventuranza consistía en la visión o en el amor; pero todos están de acuerdo en que éste es cuando menos una consecuencia necesaria de aquélla. Bien se conoce que hace largo tiempo ha dado V. de mano a los libros místicos, y aun a todos los que tratan de religión, puesto que piensa mejorar la felicidad cristiana con este filosófico sentimentalismo, que está muy lejos de levantarse a la purísima altura del amor de caridad que reconocemos los católicos, imperfecto en esta vida, y perfecto en la otra.

El simple conocimiento de que V. habla al tratar de la visión intuitiva de Dios, me hace sospechar con harto fundamento que no comprende V. bien lo que entendemos por visión intuitiva, y que confunde este acto del alma con el ejercicio común de las facultades intelectuales, a la manera que le experimentamos en esta vida. Séame, pues, permitido entrar en algunas consideraciones filosóficas sobre los diferentes modos con que podemos conocer un objeto.

Nuestro entendimiento puede conocer de dos maneras: por intuición o por conceptos. Hay conocimiento de intuición, cuando el objeto se ofrece inmediatamente a la facultad perceptiva, sin que ésta necesite combinaciones de ninguna clase para completar el conocimiento. En esta operación, el entendimiento se limita a contemplar lo que tiene delante: no compone, no divide, no abstrae, no aplica, no hace nada más que ver lo que está patente a los ojos. El objeto, tal como es en sí, le es dado inmediatamente, se le presenta con toda claridad; y, si bien termina objetivamente la operación, y en este sentido ejercita la actividad del sujeto, influye también a su vez sobre éste, señoreándole, por decirlo así, y embargándole con su íntima presencia.

El conocimiento por concepto es de naturaleza muy diferente. El objeto no es dado inmediatamente a la facultad perceptiva: ésta se ocupa en una idea que en cierto modo es obra del entendimiento mismo, el cual ha llegado a formarla combinando, dividiendo, comparando, abstrayendo, y recorriendo a veces la dilatada cadena de un discurso complicado y penoso.

Aunque estoy seguro de que no se ocultará a la penetración de V. la profunda diferencia que hay entre estas dos clases de conocimiento, voy a hacerla sensible en un ejemplo que está al alcance de todo el mundo. El conocimiento intuitivo se puede comparar a la vista de los objetos; el que se hace por conceptos es semejante a la idea que nos formamos por medio de las descripciones. V., como aficionado a las bellas artes, habrá admirado mil veces las preciosidades de algunos museos, y habrá leído las descripciones de otras que no le ha sido dado contemplar. ¿Encuentra V. alguna diferencia entre un cuadro visto y un cuadro descrito? Inmensa, me dirá V. El cuadro visto me presenta de golpe su belleza; no necesito producir, me basta mirar; no combino, contemplo; mi alma está más bien pasiva que activa; y, si en algún modo ejerce su actividad, es para abrirse más y más a las gratas impresiones que recibe, como las plantas se dilatan con suave expansión para ser mejor penetradas por una atmósfera vivificante. En la descripción, necesito ir recogiendo los elementos que se me dan, combinarlos con arreglo a las condiciones que se me determinan, y elaborar de esta manera el conjunto del cuadro, con imperfección, de una manera incompleta, sospechando la distancia que va de la idea a la realidad, distancia que se me presenta instantáneamente, tan pronto como se ofrece la ocasión de ver el cuadro descrito.

He aquí un ejemplo, que, aunque inexacto, nos da una idea de la diferencia de estas dos clases de conocimiento, y que manifiesta en algún modo la distancia que va del conocimiento de Dios a la visión de Dios. En aquél tenemos reunidas en un concepto las ideas de ser necesario, inteligente, libre, todopoderoso, infinitamente perfecto, causa de todo, fin de todo; en ésta, se ofrecerá la esencia divina inmediatamente a nuestro espíritu, sin comparaciones, sin combinaciones, sin raciocinios de ninguna especie: íntimamente presente a nuestro entendimiento, le dominará, le embargará; los ojos del alma no podrán dirigirse a otro objeto, y entonces experimentaremos de una manera purísima, inefable, para el débil mortal, aquella compenetración afectuosa, aquella íntima unión del seráfico amor, descrito con tan magníficas pinceladas por algunos Santos, que, llenos del Espíritu Divino, presentían en esta vida lo que bien pronto habían de experimentar en la mansión de los bienaventurados.

Permítame V. que le manifieste la extrañeza que me causa el notar que V. no ha sentido la belleza y sublimidad del dogma católico sobre la felicidad de los bienaventurados. Prescindiendo de toda consideración religiosa, no puede imaginarse cosa más grande, más elevada, que el constituir la dicha suprema en la visión intuitiva del Ser infinito. Si este pensamiento fuese debido a una escuela filosófica, no habría bastantes lenguas para ponderarle. El autor que le hubiese concebido sería el filósofo por excelencia, digno de la apoteosis, y de que le tributasen incienso todos los amantes de una filosofía sublime. El vago idealismo de los alemanes, ese confuso sentimiento de lo infinito que respira en sus enigmáticos escritos; esa tendencia a confundirlo todo en una unidad monstruosa, en un ser obscuro e ignorado, que se llama absoluto; todos esos sueños, todos esos delirios, encuentran admiradores y entusiastas, y conmueven profundamente algunos espíritus, sólo porque agitan las grandes ideas de unidad e infinidad; ¿y no tendrá derecho a la admiración y entusiasmo la sublime enseñanza de la Iglesia católica, que, presentándonos a Dios como principio y fin de todas las existencias, nos le ofrece de una manera particular como objeto de las criaturas intelectuales, cual un océano de luz y de amor en que irán a sumergirse las que lo hayan merecido por la observancia de las leyes emanadas de la sabiduría infinita? ¿No es digno de admiración y de entusiasmo, aun cuando se le mirara como un simple sistema filosófico, el augusto dogma que nos presenta a todos los espíritus finitos sacados de la nada por la palabra todopoderosa, dotados de una centella intelectual, participación e imagen de la inteligencia divina, destinados a morar por breve espacio de tiempo en uno de los globos del universo, donde puedan contraer mérito para unirse con el mismo Ser que los ha criado, y vivir después con Él en intimidad de conocimiento y de amor, por la eternidad?

Si esto no es grande, si esto no es sublime, si esto no es digno de excitar la admiración y el entusiasmo, no alcanzo en qué consisten la sublimidad y la grandeza. Ninguna secta filosófica, ninguna religión ha tenido un pensamiento semejante. Bien puede asegurarse que las primeras palabras del catecismo encierran infinitamente más sublimidad de la que se contiene en los más altos conceptos de Platón, apellidado por sobrenombre el Divino. Es lamentable que Vds., preciados de filósofos, traten con tamaña ligereza misterios tan profundos. Cuanto más se medita sobre ellos, más crece la convicción de que sólo han podido emanar de la inteligencia infinita. En medio de las sombras que los rodean, al través de los augustos velos que encubren a nuestra vista profundidades inefables, se columbran destellos de vivísima luz, que, fulgurando repentinamente, iluminan el cielo y la tierra. Durante los momentos felices en que la inspiración desciende sobre la frente del mortal, se descubren tesoros de infinito valor en aquello mismo que el escéptico mira desdeñoso cual miserable pábulo de la superstición y del fanatismo. No se deje V. dominar, mi estimado amigo, por esas mezquinas preocupaciones que obscurecen el entendimiento y cortan al espíritu sus alas: medite, profundice V. enhorabuena las verdades religiosas: ellas no temen el examen, porque están seguras de alcanzar victoria tanto más cumplida, cuanto sea más dura la prueba a que se las sujete. Queda de V. su afectísimo y S. S. Q. B. S. M.

J.B.



Balmes J. Cartas a un escéptico - Carta XIV: Los cristianos viciosos.