
Audiencias 2006 79
Queridos hermanos y hermanas:
Al terminar hoy de recorrer la galería de retratos de los Apóstoles llamados directamente por Jesús durante su vida terrena, no podemos dejar de mencionar a quien siempre aparece en último lugar en las listas de los Doce: Judas Iscariote. Y queremos referirnos también a la persona que después fue escogida para sustituirlo, es decir, Matías.
Ya sólo el nombre de Judas suscita entre los cristianos una reacción instintiva de reprobación y de condena. El significado del apelativo "Iscariote" es controvertido: la explicación más común dice que significa "hombre de Keriot", aludiendo a su pueblo de origen, situado cerca de Hebrón y mencionado dos veces en la sagrada Escritura (cf. Jos 15,25 Am 2,2). Otros lo interpretan como una variación del término "sicario", como si aludiera a un guerrillero armado de puñal, llamado en latín "sica". Por último, algunos ven en ese apodo la simple trascripción de una raíz hebreo-aramea que significa: "el que iba a entregarlo". Esta designación se encuentra dos veces en el cuarto Evangelio: después de una confesión de fe de Pedro (cf. Jn 6,71) y luego durante la unción de Betania (cf. Jn 12,4).
Otros pasajes muestran que la traición se estaba gestando: "aquel que lo traicionaba", se dice de él durante la última Cena, después del anuncio de la traición (cf. Mt 26,25) y luego en el momento en que Jesús fue arrestado (cf. Mt 26,46 Mt 26,48 Jn 18,2 Jn 18,5). Sin embargo, las listas de los Doce recuerdan la traición como algo ya acontecido: "Judas Iscariote, el mismo que lo entregó", dice Marcos (Mc 3,19); Mateo (Mt 10,4) y Lucas (Lc 6,16) utilizan fórmulas equivalentes. La traición en cuanto tal tuvo lugar en dos momentos: ante todo en su gestación, cuando Judas se pone de acuerdo con los enemigos de Jesús por treinta monedas de plata (cf. Mt 26,14-16), y después en su ejecución con el beso que dio al Maestro en Getsemaní (cf. Mt 26,46-50).
En cualquier caso, los evangelistas insisten en que le correspondía con pleno derecho el título de Apóstol: repetidamente se le llama "uno de los Doce" (Mt 26,14 Mt 26,47 Mc 14,10 Mc 14,20 Jn 6,71) o "del número de los Doce" (Lc 22,3). Más aún, en dos ocasiones Jesús, dirigiéndose a los Apóstoles y hablando precisamente de él, lo indica como "uno de vosotros" (Mt 26,21 Mc 14,18 Jn 6,70 Jn 13,21). Y Pedro dirá de Judas que "era uno de los nuestros y obtuvo un puesto en este ministerio" (Ac 1,17).
Se trata, por tanto, de una figura perteneciente al grupo de los que Jesús se había escogido como compañeros y colaboradores cercanos. Esto plantea dos preguntas al intentar explicar lo sucedido. La primera consiste en preguntarnos cómo es posible que Jesús escogiera a este hombre y confiara en él. Ante todo, aunque Judas era de hecho el ecónomo del grupo (cf. Jn 12,6 Jn 13,29), en realidad también se le llama "ladrón" (Jn 12,6). Es un misterio su elección, sobre todo teniendo en cuenta que Jesús pronuncia un juicio muy severo sobre él: "¡Ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!" (Mt 26,24). Es todavía más profundo el misterio sobre su suerte eterna, sabiendo que Judas "acosado por el remordimiento, devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: "Pequé entregando sangre inocente"" (Mt 27,3-4).
Aunque luego se alejó para ahorcarse (cf. Mt 27,5), a nosotros no nos corresponde juzgar su gesto, poniéndonos en el lugar de Dios, infinitamente misericordioso y justo.
80 Una segunda pregunta atañe al motivo del comportamiento de Judas: ¿por qué traicionó a Jesús? Para responder a este interrogante se han hecho varias hipótesis. Algunos recurren al factor de la avidez por el dinero; otros dan una explicación de carácter mesiánico: Judas habría quedado decepcionado al ver que Jesús no incluía en su programa la liberación político-militar de su país.
En realidad, los textos evangélicos insisten en otro aspecto: Juan dice expresamente que "el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo" (Jn 13,2); de manera semejante, Lucas escribe: "Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, que era del número de los Doce" (Lc 22,3). De este modo, se va más allá de las motivaciones históricas y se explica lo sucedido basándose en la responsabilidad personal de Judas, que cedió miserablemente a una tentación del Maligno. En todo caso, la traición de Judas sigue siendo un misterio. Jesús lo trató como a un amigo (cf. Mt 26,50), pero en sus invitaciones a seguirlo por el camino de las bienaventuranzas no forzaba las voluntades ni les impedía caer en las tentaciones de Satanás, respetando la libertad humana.
En efecto, las posibilidades de perversión del corazón humano son realmente muchas. El único modo de prevenirlas consiste en no cultivar una visión de las cosas meramente individualista, autónoma, sino, por el contrario, en ponerse siempre del lado de Jesús, asumiendo su punto de vista. Día tras día debemos esforzarnos por estar en plena comunión con él.
Recordemos que incluso Pedro quería oponerse a él y a lo que le esperaba en Jerusalén, pero recibió una fortísima reprensión: "Tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres" (Mc 8,33). Tras su caída, Pedro se arrepintió y encontró perdón y gracia. También Judas se arrepintió, pero su arrepentimiento degeneró en desesperación y así se transformó en autodestrucción. Para nosotros es una invitación a tener siempre presente lo que dice san Benito al final del capítulo V de su "Regla", un capítulo fundamental: "No desesperar nunca de la misericordia de Dios". En realidad, "Dios es mayor que nuestra conciencia", como dice san Juan (1Jn 3,20).
Recordemos dos cosas. La primera: Jesús respeta nuestra libertad. La segunda: Jesús espera que queramos arrepentirnos y convertirnos; es rico en misericordia y perdón. Por lo demás, cuando pensamos en el papel negativo que desempeñó Judas, debemos enmarcarlo en el designio superior de Dios que guía los acontecimientos. Su traición llevó a la muerte de Jesús, quien transformó este tremendo suplicio en un espacio de amor salvífico y en entrega de sí mismo al Padre (cf. Ga 2,20 Ep 5,2 Ep 5,25). El verbo "traicionar" es la versión de una palabra griega que significa "entregar". A veces su sujeto es incluso Dios en persona: él mismo por amor "entregó" a Jesús por todos nosotros (cf. Rm 8,32). En su misterioso plan de salvación, Dios asume el gesto injustificable de Judas como ocasión de la entrega total del Hijo por la redención del mundo.
Como conclusión, queremos recordar también a quien, después de Pascua, fue elegido para ocupar el lugar del traidor. En la Iglesia de Jerusalén la comunidad presentó a dos discípulos; y después echaron suertes: "José, llamado Barsabás, por sobrenombre Justo, y Matías" (Ac 1,23).
Precisamente este último fue el escogido y de este modo "fue agregado al número de los doce Apóstoles" (Ac 1,26). No sabemos nada más de él, salvo que fue testigo de la vida pública de Jesús (cf. Ac 1,21-22), siéndole fiel hasta el final. A la grandeza de su fidelidad se añadió después la llamada divina a tomar el lugar de Judas, como para compensar su traición.
De aquí sacamos una última lección: aunque en la Iglesia no faltan cristianos indignos y traidores, a cada uno de nosotros nos corresponde contrarrestar el mal que ellos realizan con nuestro testimonio fiel a Jesucristo, nuestro Señor y Salvador.
Saludos
Saludo cordialmente a los visitantes de lengua española, en especial a los diversos grupos parroquiales de España, así como a los peregrinos de México y de otros países latinoamericanos. Os animo a que, siguiendo el ejemplo de los Apóstoles, deis un testimonio de Cristo cada vez más fiel y coherente, transmitiendo a otros la alegría de la fe y el amor. Que Dios os bendiga.
(En eslovaco)
81 Queridos hermanos y hermanas, con gratitud os imparto la bendición apostólica a vosotros y a vuestros seres queridos en la patria. ¡Alabado sea Jesucristo!
(En polaco)
En esta semana se cumple el aniversario de la elección de mi amado predecesor Juan Pablo II a la Sede de Pedro. Os deseo a vosotros, aquí presentes, y a toda la comunidad cristiana, que el testimonio de vida y el rico magisterio pastoral del venerado siervo de Dios den frutos con actos de amor y de fe. Que Dios os bendiga.
(En italiano)
Me dirijo por último a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Contemplando el admirable ejemplo de san Lucas evangelista, os invito a vosotros, queridos jóvenes, a ser heraldos valientes de Cristo, Palabra de salvación "que no pasa"; a vosotros, queridos enfermos, os exhorto a afrontar los sufrimientos con espíritu de fe y esperanza cristiana; y a vosotros, queridos recién casados, os deseo que encontréis siempre en el Señor crucificado y resucitado el amor divino que hace fuerte y fecunda vuestra unión.
* * *
Me ha entristecido profundamente la noticia del accidente que se produjo ayer en el Metro de Roma. En este momento de dolor, estoy particularmente cerca de los que se han visto afectados por este trágico suceso. Deseo expresarles sentimientos de consuelo y afecto, asegurándoles un recuerdo especial en mi oración.
Queridos hermanos y hermanas:
Hemos concluido nuestras reflexiones sobre los doce Apóstoles, llamados directamente por Jesús durante su vida terrena. Hoy comenzamos a tratar sobre las figuras de otros personajes importantes de la Iglesia primitiva. También ellos entregaron su vida por el Señor, por el Evangelio y por la Iglesia. Se trata de hombres y mujeres que, como escribe san Lucas en los Hechos de los Apóstoles, "entregaron su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo" (Ac 15,26).
82 El primero de estos, llamado por el Señor mismo, por el Resucitado, a ser también él auténtico Apóstol, es sin duda Pablo de Tarso. Brilla como una estrella de primera magnitud en la historia de la Iglesia, y no sólo en la de los orígenes. San Juan Crisóstomo lo exalta como personaje superior incluso a muchos ángeles y arcángeles (cf. Panegírico 7, 3). Dante Alighieri, en la Divina Comedia, inspirándose en la narración de san Lucas en los Hechos de los Apóstoles (cf. Ac 9,15), lo define sencillamente como "vaso de elección" (Infierno 2, 28), que significa: instrumento escogido por Dios. Otros lo han llamado el "decimotercer apóstol" -y realmente él insiste mucho en que es un verdadero apóstol, habiendo sido llamado por el Resucitado-, o incluso "el primero después del Único".
Ciertamente, después de Jesús, él es el personaje de los orígenes del que tenemos más información, pues no sólo contamos con los relatos de san Lucas en los Hechos de los Apóstoles, sino también con un grupo de cartas que provienen directamente de su mano y que, sin intermediarios, nos revelan su personalidad y su pensamiento. San Lucas nos informa de que su nombre original era Saulo (cf. Ac 7,58 Ac 8,1 etc.), en hebreo Saúl (cf. Ac 9,14 Ac 9,17 Ac 22,7 Ac 22,13 Ac 26,14), como el rey Saúl (cf. Ac 13,21), y era un judío de la diáspora, dado que la ciudad de Tarso está situada entre Anatolia y Siria. Muy pronto había ido a Jerusalén para estudiar a fondo la Ley mosaica a los pies del gran rabino Gamaliel (cf. Ac 22,3). Había aprendido también un trabajo manual y rudo, la fabricación de tiendas (cf. Ac 18,3), que más tarde le permitiría proveer él mismo a su propio sustento sin ser una carga para las Iglesias (cf. Ac 20,34 1Co 4,12 2Co 12,13-14).
Para él fue decisivo conocer a la comunidad de quienes se declaraban discípulos de Jesús. Por ellos tuvo noticia de una nueva fe, un nuevo "camino", como se decía, que no ponía en el centro la Ley de Dios, sino la persona de Jesús, crucificado y resucitado, a quien se le atribuía el perdón de los pecados. Como judío celoso, consideraba este mensaje inaceptable, más aún, escandaloso, y por eso sintió el deber de perseguir a los discípulos de Cristo incluso fuera de Jerusalén. Precisamente, en el camino hacia Damasco, a inicios de los años treinta, Saulo, según sus palabras, fue "alcanzado por Cristo Jesús" (Ph 3,12).
Mientras san Lucas cuenta el hecho con abundancia de detalles -la manera en que la luz del Resucitado le alcanzó, cambiando radicalmente toda su vida-, él en sus cartas va a lo esencial y no habla sólo de una visión (cf. 1Co 9,1), sino también de una iluminación (cf. 2Co 4,6) y sobre todo de una revelación y una vocación en el encuentro con el Resucitado (cf. Ga 1,15-16). De hecho, se definirá explícitamente "apóstol por vocación" (cf. Rm 1,1 1Co 1,1) o "apóstol por voluntad de Dios" (2Co 1,1 Ep 1,1 Col 1,1), como para subrayar que su conversión no fue resultado de pensamientos o reflexiones, sino fruto de una intervención divina, de una gracia divina imprevisible. A partir de entonces, todo lo que antes tenía valor para él se convirtió paradójicamente, según sus palabras, en pérdida y basura (cf. Ph 3,7-10). Y desde aquel momento puso todas sus energías al servicio exclusivo de Jesucristo y de su Evangelio. Desde entonces su vida fue la de un apóstol deseoso de "hacerse todo a todos" (1Co 9,22) sin reservas.
De aquí se deriva una lección muy importante para nosotros: lo que cuenta es poner en el centro de nuestra vida a Jesucristo, de manera que nuestra identidad se caracterice esencialmente por el encuentro, por la comunión con Cristo y con su palabra. A su luz, cualquier otro valor se recupera y a la vez se purifica de posibles escorias.
Otra lección fundamental que nos da san Pablo es la dimensión universal que caracteriza a su apostolado. Sintiendo agudamente el problema del acceso de los gentiles, o sea, de los paganos, a Dios, que en Jesucristo crucificado y resucitado ofrece la salvación a todos los hombres sin excepción, se dedicó a dar a conocer este Evangelio, literalmente "buena nueva", es decir, el anuncio de gracia destinado a reconciliar al hombre con Dios, consigo mismo y con los demás. Desde el primer momento había comprendido que esta realidad no estaba destinada sólo a los judíos, a un grupo determinado de hombres, sino que tenía un valor universal y afectaba a todos, porque Dios es el Dios de todos.
El punto de partida de sus viajes fue la Iglesia de Antioquía de Siria, donde por primera vez se anunció el Evangelio a los griegos y donde se acuñó también la denominación de "cristianos" (cf. Ac 11,20 Ac 11,26), es decir, creyentes en Cristo. Desde allí en un primer momento se dirigió a Chipre; luego, en diferentes ocasiones, a las regiones de Asia Menor (Pisidia, Licaonia, Galacia); y después a las de Europa (Macedonia, Grecia). Más importantes fueron las ciudades de Éfeso, Filipos, Tesalónica, Corinto, sin olvidar Berea, Atenas y Mileto.
En el apostolado de san Pablo no faltaron dificultades, que afrontó con valentía por amor a Cristo. Él mismo recuerda que tuvo que soportar "trabajos..., cárceles..., azotes; muchas veces peligros de muerte. Tres veces fui azotado con varas; una vez lapidado; tres veces naufragué. Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en ciudad; peligros en despoblado; peligros por mar; peligros entre falsos hermanos; trabajo y fatiga; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez. Y aparte de otras cosas, mi responsabilidad diaria: la preocupación por todas las Iglesias" (2Co 11,23-28).
En un pasaje de la carta a los Romanos (cf. Rm 15,24 Rm 15,28) se refleja su propósito de llegar hasta España, el extremo de Occidente, para anunciar el Evangelio por doquier hasta los confines de la tierra entonces conocida. ¿Cómo no admirar a un hombre así? ¿Cómo no dar gracias al Señor por habernos dado un Apóstol de esta talla? Es evidente que no hubiera podido afrontar situaciones tan difíciles, a veces desesperadas, si no hubiera tenido una razón de valor absoluto ante la que ningún límite podía considerarse insuperable. Para san Pablo, como sabemos, esta razón es Jesucristo, de quien escribe: "El amor de Cristo nos apremia al pensar que (...) murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos" (2Co 5,14-15), por nosotros, por todos.
De hecho, el Apóstol dio el testimonio supremo con su sangre bajo el emperador Nerón aquí, en Roma, donde conservamos y veneramos sus restos mortales. San Clemente Romano, mi predecesor en esta Sede apostólica en los últimos años del siglo I, escribió: "Por la envidia y rivalidad mostró Pablo el galardón de la paciencia. (...) Después de haber enseñado a todo el mundo la justicia y de haber llegado hasta el límite de Occidente, sufrió el martirio ante los gobernantes; salió así de este mundo y marchó al lugar santo, dejándonos el más alto dechado de perseverancia".
Que el Señor nos ayude a poner en práctica la exhortación que nos dejó el apóstol en sus cartas: "Sed mis imitadores, como yo lo soy de Cristo" (1Co 11,1).
Saludos
83 Me es grato saludar a los visitantes de lengua española, en particular a los sacerdotes latinoamericanos del curso de espiritualidad y animación misionera, al grupo de Alianza de amor con el Sagrado Corazón de Jesús, a la peregrinación de la parroquia Santa Teresa del Niño Jesús, de Barcelona, y a la Adoración nocturna de Villacarrillo, Jaén. Saludo también a los demás grupos parroquiales y asociaciones, así como a los peregrinos de México y del Perú. Os invito a seguir las enseñanzas de san Pablo: que el amor de Cristo nos impulse siempre a vivir no ya para nosotros mismos, sino para él, que por nosotros murió y resucitó. Que el Señor os bendiga a todos.
En polaco saludó a los miembros del coro de la Academia teológica de Cracovia y los exhortó a llevar a la práctica la recomendación de san Pablo: no vivir para sí, sino para aquel que murió y resucitó por nosotros.
(A un grupo de peregrinos eslovacos)
En estos días se nos invita a reflexionar más intensamente en el compromiso misionero de la Iglesia. También vosotros estáis llamados a evangelizar en el ambiente donde vivís.
(En croata)
Saludo con alegría a los peregrinos croatas, de modo particular a los fieles de la parroquia San Jorge de Gornja Stubica. Al visitar las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo, fortaleced vuestra fe, el amor a la Iglesia y la decisión de seguir el camino de la santidad de vida.
(En italiano)
(A un grupo de peregrinos procedentes de Santa Maria di Castellabate)
Queridos amigos, os exhorto a vivir con entusiasmo vuestra vocación cristiana. La Virgen santísima, tan venerada en vuestra comunidad, os guíe y sostenga en vuestros propósitos de fidelidad al evangelio.
Me dirijo por último a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Ayer la liturgia nos hizo recordar al obispo san Antonio María Claret, que trabajó con gran celo por la salvación de las almas. Que su glorioso testimonio evangélico os sostenga a vosotros, queridos jóvenes, en vuestro compromiso de fidelidad diaria a Cristo; os estimule a vosotros, queridos enfermos, a seguir siempre a Jesús por el camino de la prueba y el sufrimiento; y os ayude a vosotros, queridos recién casados, a hacer de vuestra familia el lugar del encuentro con Dios y los hermanos.
84 Queridos hermanos y hermanas:
En la catequesis anterior, hace quince días, traté de trazar las líneas esenciales de la biografía del apóstol san Pablo. Vimos cómo el encuentro con Cristo en el camino de Damasco revolucionó literalmente su vida. Cristo se convirtió en su razón de ser y en el motivo profundo de todo su trabajo apostólico. En sus cartas, después del nombre de Dios, que aparece más de 500 veces, el nombre mencionado con más frecuencia es el de Cristo (380 veces). Por consiguiente, es importante que nos demos cuenta de cómo Jesucristo puede influir en la vida de una persona y, por tanto, también en nuestra propia vida. En realidad, Jesucristo es el culmen de la historia de la salvación y, por tanto, el verdadero punto que marca la diferencia también en el diálogo con las demás religiones.
Al ver a san Pablo, podríamos formular así la pregunta de fondo: ¿Cómo se produce el encuentro de un ser humano con Cristo? ¿En qué consiste la relación que se deriva de él? La respuesta que da san Pablo se puede dividir en dos momentos.
En primer lugar, san Pablo nos ayuda a comprender el valor fundamental e insustituible de la fe. En la carta a los Romanos escribe: "Pensamos que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley" (Rm 3,28). Y también en la carta a los Gálatas: "El hombre no se justifica por las obras de la ley sino sólo por la fe en Jesucristo; por eso nosotros hemos creído en Cristo Jesús a fin de conseguir la justificación por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley, pues por las obras de la ley nadie será justificado" (Rm 2,16).
"Ser justificados" significa ser hechos justos, es decir, ser acogidos por la justicia misericordiosa de Dios y entrar en comunión con él; en consecuencia, poder entablar una relación mucho más auténtica con todos nuestros hermanos: y esto sobre la base de un perdón total de nuestros pecados. Pues bien, san Pablo dice con toda claridad que esta condición de vida no depende de nuestras posibles buenas obras, sino solamente de la gracia de Dios: "Somos justificados gratuitamente por su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús" (Rm 3,24).
Con estas palabras, san Pablo expresa el contenido fundamental de su conversión, el nuevo rumbo que tomó su vida como resultado de su encuentro con Cristo resucitado. San Pablo, antes de la conversión, no era un hombre alejado de Dios y de su ley. Al contrario, era observante, con una observancia fiel que rayaba en el fanatismo. Sin embargo, a la luz del encuentro con Cristo comprendió que con ello sólo había buscado construirse a sí mismo, su propia justicia, y que con toda esa justicia sólo había vivido para sí mismo. Comprendió que su vida necesitaba absolutamente una nueva orientación. Y esta nueva orientación la expresa así: "La vida, que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2,20).
Así pues, san Pablo ya no vive para sí mismo, para su propia justicia. Vive de Cristo y con Cristo: dándose a sí mismo; ya no buscándose y construyéndose a sí mismo. Esta es la nueva justicia, la nueva orientación que nos da el Señor, que nos da la fe. Ante la cruz de Cristo, expresión máxima de su entrega, ya nadie puede gloriarse de sí mismo, de su propia justicia, conseguida por sí mismo y para sí mismo.
En otro pasaje, san Pablo, haciéndose eco del profeta Jeremías, aclara su pensamiento: "El que se gloríe, gloríese en el Señor" (1Co 1,31 Jr 9,22 s); o también: "En cuanto a mí ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo!" (Ga 6,14).
Al reflexionar sobre lo que quiere decir justificación no por las obras sino por la fe, hemos llegado al segundo elemento que define la identidad cristiana descrita por san Pablo en su vida. Esta identidad cristiana consta precisamente de dos elementos: no buscarse a sí mismo, sino revestirse de Cristo y entregarse con Cristo, para participar así personalmente en la vida de Cristo hasta sumergirse en él y compartir tanto su muerte como su vida.
Es lo que escribe san Pablo en la carta a los Romanos: "Hemos sido bautizados en su muerte. Hemos sido sepultados con él. Somos una misma cosa con él. Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús" (cf. Rm 6,3 Rm 6,4 Rm 6,5 Rm 6,11). Precisamente esta última expresión es sintomática, pues para san Pablo no basta decir que los cristianos son bautizados o creyentes; para él es igualmente importante decir que ellos "están en Cristo Jesús" (cf. también Rm 8,1 Rm 8,2 Rm 8,39; Rm 12,5 Rm 16,3 Rm 16,7 Rm 16,10; 1Co 1,2, etc.).
85 En otras ocasiones invierte los términos y escribe que "Cristo está en nosotros/vosotros" (Rm 8,10 2Co 13,5) o "en mí" (Ga 2,20). Esta compenetración mutua entre Cristo y el cristiano, característica de la enseñanza de san Pablo, completa su reflexión sobre la fe, pues la fe, aunque nos une íntimamente a Cristo, subraya la distinción entre nosotros y él. Pero, según san Pablo, la vida del cristiano tiene también un componente que podríamos llamar "místico", puesto que implica ensimismarnos en Cristo y Cristo en nosotros. En este sentido, el Apóstol llega incluso a calificar nuestros sufrimientos como los "sufrimientos de Cristo en nosotros" (2Co 1,5), de manera que "llevamos siempre en nuestro cuerpo por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo" (2Co 4,10).
Todo esto debemos aplicarlo a nuestra vida cotidiana siguiendo el ejemplo de san Pablo, que vivió siempre con este gran horizonte espiritual. Por una parte, la fe debe mantenernos en una actitud constante de humildad ante Dios, más aún, de adoración y alabanza en relación con él. En efecto, lo que somos como cristianos se lo debemos sólo a él y a su gracia. Por tanto, dado que nada ni nadie puede tomar su lugar, es necesario que a nada ni nadie rindamos el homenaje que le rendimos a él.
Ningún ídolo debe contaminar nuestro universo espiritual; de lo contrario, en vez de gozar de la libertad alcanzada, volveremos a caer en una forma de esclavitud humillante. Por otra parte, nuestra radical pertenencia a Cristo y el hecho de que "estamos en él" tiene que infundirnos una actitud de total confianza y de inmensa alegría.
En definitiva, debemos exclamar con san Pablo: "Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros?" (Rm 8,31). Y la respuesta es que nada ni nadie "podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro" (Rm 8,39). Por tanto, nuestra vida cristiana se apoya en la roca más estable y segura que pueda imaginarse. De ella sacamos toda nuestra energía, como escribe precisamente el Apóstol: "Todo lo puedo en Aquel que me conforta" (Ph 4,13).
Así pues, afrontemos nuestra existencia, con sus alegrías y dolores, sostenidos por estos grandes sentimientos que san Pablo nos ofrece. Si los vivimos, podremos comprender cuánta verdad encierra lo que el mismo Apóstol escribe: "Yo sé bien en quién tengo puesta mi fe, y estoy convencido de que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel día", es decir, hasta el día definitivo (2Tm 1,12) de nuestro encuentro con Cristo juez, Salvador del mundo y nuestro.
Saludos
Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a las Siervas de María Ministras de los Enfermos, al grupo de la Fundación Casa Museu, de Mallorca, España; a la "Scuola Italiana" de Chile, así como a los demás participantes de España, México y otros países latinoamericanos. Muchas gracias por vuestra atención.
(En polaco)
Junto con san Pablo agradecemos hoy a Dios la gracia de la fe, el don de la justificación y la vida en Cristo muerto y resucitado. Estos son los tres elementos básicos de la visión del cristianismo que nos dejó el Apóstol de las gentes. A su protección os encomiendo a vosotros y a vuestros seres queridos. ¡Que Dios os bendiga!
(En esloveno)
Dirijo un cordial saludo a las Religiosas de María de la Medalla Milagrosa. Me alegro con vosotras por el 80° aniversario de vuestra congregación. Os deseo que prosigáis con alegría y fervor en el servicio a los enfermos y a cuantos necesitan vuestra ayuda. Que os acompañe mi bendición.
86 (A los fieles croatas)
Observando el ejemplo de la vida del apóstol san Pablo, reconocemos también nosotros el amor y la misericordia de Dios, y le damos gracias con una vida santa y el cumplimiento fiel de su voluntad.
(En italiano)
Os saludo a vosotros, que participáis en el encuentro organizado por los padres mercedarios y deseo que estas jornadas de estudio susciten en todos un nuevo entusiasmo por anunciar a Cristo a los hermanos. Os saludo también a vosotros, representantes de la asociación "Artesanos cristianos del mundo del trabajo", y os animo a servir cada vez más con alegría al prójimo.
* * *
Saludo por último a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Queridos jóvenes, proyectad vuestro futuro con plena fidelidad al Evangelio, según la enseñanza y el ejemplo de Jesús. Vosotros, queridos enfermos, ofreced vuestro sufrimiento al Señor, a fin de que él extienda su acción salvífica en el mundo. Y vosotros, queridos recién casados, en el camino que habéis emprendido dejaos guiar siempre por una fe viva, para crecer en el fervor espiritual y en el amor.
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy, al igual que en las dos catequesis anteriores, volvemos a hablar de san Pablo y de su pensamiento. Nos encontramos ante un gigante no sólo por su apostolado concreto, sino también por su doctrina teológica, extraordinariamente profunda y estimulante. Después de haber meditado, la vez pasada, en lo que escribió san Pablo sobre el puesto central que ocupa Jesucristo en nuestra vida de fe, hoy veremos lo que nos dice sobre el Espíritu Santo y su presencia en nosotros, pues también en esto el Apóstol tiene algo muy importante que enseñarnos.
87 Ya conocemos lo que nos dice san Lucas sobre el Espíritu Santo en los Hechos de los Apóstoles al describir el acontecimiento de Pentecostés. El Espíritu en Pentecostés impulsa con fuerza a asumir el compromiso de la misión para testimoniar el Evangelio por los caminos del mundo. De hecho, el libro de los Hechos de los Apóstoles narra una serie de misiones realizadas por los Apóstoles, primero en Samaría, después en la franja de la costa de Palestina, y luego en Siria.
Sobre todo se narran los tres grandes viajes misioneros realizados por san Pablo, como ya recordé en un anterior encuentro del miércoles.
Ahora bien, san Pablo, en sus cartas nos habla del Espíritu también desde otra perspectiva. No se limita a ilustrar la dimensión dinámica y operativa de la tercera Persona de la santísima Trinidad, sino que analiza también su presencia en la vida del cristiano, cuya identidad queda marcada por él. Es decir, san Pablo reflexiona sobre el Espíritu mostrando su influjo no solamente sobre el actuar del cristiano sino también sobre su ser. En efecto, dice que el Espíritu de Dios habita en nosotros (cf. Rm 8,9 1Co 3,16) y que "Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo" (Ga 4,6).
Por tanto, para san Pablo el Espíritu nos penetra hasta lo más profundo de nuestro ser. A este propósito escribe estas importantes palabras: "La ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte. (...) Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!" (Rm 8,2 Rm 8,15), dado que somos hijos, podemos llamar "Padre" a Dios.
Así pues, se ve claramente que el cristiano, incluso antes de actuar, ya posee una interioridad rica y fecunda, que le ha sido donada en los sacramentos del Bautismo y la Confirmación, una interioridad que lo sitúa en una relación objetiva y original de filiación con respecto a Dios. Nuestra gran dignidad consiste precisamente en que no sólo somos imagen, sino también hijos de Dios. Y esto es una invitación a vivir nuestra filiación, a tomar cada vez mayor conciencia de que somos hijos adoptivos en la gran familia de Dios. Es una invitación a transformar este don objetivo en una realidad subjetiva, decisiva para nuestro pensar, para nuestro actuar, para nuestro ser. Dios nos considera hijos suyos, pues nos ha elevado a una dignidad semejante, aunque no igual, a la de Jesús mismo, el único Hijo verdadero en sentido pleno. En él se nos da o se nos restituye la condición filial y la libertad confiada en relación con el Padre.
De este modo descubrimos que para el cristiano el Espíritu ya no es sólo el "Espíritu de Dios", como se dice normalmente en el Antiguo Testamento y como se sigue repitiendo en el lenguaje cristiano (cf. Gn 41,38 Ex 31,3 1Co 2,11-12 Ph 3,3 etc.). Y tampoco es sólo un "Espíritu Santo" entendido genéricamente, según la manera de expresarse del Antiguo Testamento (cf. Is 63,10-11 Ps 51,13), y del mismo judaísmo en sus escritos (cf. Qumrán, rabinismo). Es específica de la fe cristiana la convicción de que el Señor resucitado, el cual se ha convertido él mismo en "Espíritu que da vida" (1Co 15,45), nos da una participación original de este Espíritu.
Precisamente por este motivo san Pablo habla directamente del "Espíritu de Cristo" (Rm 8,9), del "Espíritu del Hijo" (Ga 4,6) o del "Espíritu de Jesucristo" (Ph 1,19). Es como si quisiera decir que no sólo Dios Padre es visible en el Hijo (cf. Jn 14,9), sino que también el Espíritu de Dios se manifiesta en la vida y en la acción del Señor crucificado y resucitado.
San Pablo nos enseña también otra cosa importante: dice que no puede haber auténtica oración sin la presencia del Espíritu en nosotros. En efecto, escribe: "El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene ?¡realmente no sabemos hablar con Dios!?; mas el Espíritu mismo intercede continuamente por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios" (Rm 8,26-27). Es como decir que el Espíritu Santo, o sea, el Espíritu del Padre y del Hijo, es ya como el alma de nuestra alma, la parte más secreta de nuestro ser, de la que se eleva incesantemente hacia Dios un movimiento de oración, cuyos términos no podemos ni siquiera precisar.
En efecto, el Espíritu, siempre activo en nosotros, suple nuestras carencias y ofrece al Padre nuestra adoración, junto con nuestras aspiraciones más profundas. Obviamente esto exige un nivel de gran comunión vital con el Espíritu. Es una invitación a ser cada vez más sensibles, más atentos a esta presencia del Espíritu en nosotros, a transformarla en oración, a experimentar esta presencia y a aprender así a orar, a hablar con el Padre como hijos en el Espíritu Santo.
Hay, además, otro aspecto típico del Espíritu que nos enseña san Pablo: su relación con el amor. El Apóstol escribe: "La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado" (Rm 5,5). En mi carta encíclica Deus caritas est cité una frase muy elocuente de san Agustín: "Ves la Trinidad si ves el amor" (n. ), y luego expliqué: "El Espíritu es esa potencia interior que armoniza su corazón (de los creyentes) con el corazón de Cristo y los mueve a amar a los hermanos como él los ha amado" (ib.). El Espíritu nos sitúa en el mismo ritmo de la vida divina, que es vida de amor, haciéndonos participar personalmente en las relaciones que se dan entre el Padre y el Hijo.
De forma muy significativa, san Pablo, cuando enumera los diferentes frutos del Espíritu, menciona en primer lugar el amor: "El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz..." (Ga 5,22). Y, dado que por definición el amor une, el Espíritu es ante todo creador de comunión dentro de la comunidad cristiana, como decimos al inicio de la santa misa con una expresión de san Pablo: "La comunión del Espíritu Santo (es decir, la que él realiza) esté con todos vosotros" (2Co 13,13). Ahora bien, por otra parte, también es verdad que el Espíritu nos estimula a entablar relaciones de caridad con todos los hombres. De este modo, cuando amamos dejamos espacio al Espíritu, le permitimos expresarse en plenitud. Así se comprende por qué san Pablo une en la misma página de la carta a los Romanos estas dos exhortaciones: "Sed fervorosos en el Espíritu" y "No devolváis a nadie mal por mal" (Rm 12,11 Rm 12,17).
88 Por último, el Espíritu, según san Pablo, es una prenda generosa que el mismo Dios nos ha dado como anticipación y al mismo tiempo como garantía de nuestra herencia futura (cf. 2Co 1,22 2Co 5,5 Ep 1,13-14). Aprendamos así de san Pablo que la acción del Espíritu orienta nuestra vida hacia los grandes valores del amor, la alegría, la comunión y la esperanza. Debemos hacer cada día esta experiencia, secundando las mociones interiores del Espíritu; en el discernimiento contamos con la guía iluminadora del Apóstol.
Saludos
Saludo cordialmente a los visitantes de lengua española. En especial a los fieles de diversas parroquias de México y a la delegación de la Academia militar de la Armada ecuatoriana, así como a los demás peregrinos de España y Latinoamérica. Os animo a ser dóciles a la acción del Espíritu Santo, que infunde el amor en los corazones para que podáis identificaros cada vez más con Cristo nuestro Señor. ¡Muchas gracias por vuestra visita!
(En portugués)
A los peregrinos de lengua portuguesa, especialmente a los grupos venidos de Portugal y Brasil, un saludo fraterno en Cristo Señor. Por él recibimos el Espíritu Santo, que nos hace hijos de Dios y nos da el atrevimiento y la felicidad de llamarle "Padre". Sobre cada uno de vosotros, en los lugares y momentos más diversos de la vida, vela un Padre. En su nombre os bendigo a todos.
(En polaco)
Bendigo vuestros preparativos para el encuentro de los jóvenes el año próximo en honor de san Jacinto, patrono de las misiones. Con el espíritu de san Pablo apóstol, invoco sobre todos los presentes abundantes frutos del Espíritu: amor, paz, alegría y esperanza. ¡Alabado sea Jesucristo!".
(En eslovaco a los peregrinos procedentes de Skalica)
En los próximos días celebraremos la dedicación de las basílicas de los apóstoles san Pedro y san Pablo. Que la visita a estos templos profundice vuestro amor a la Iglesia, fundada en los Apóstoles.
(En esloveno)
Dirijo un cordial saludo a todos los eslovenos aquí presentes, especialmente a los que proceden de la parroquia de Bloke. Ojalá que, al llegar el frío del invierno a vuestra tierra, esta peregrinación aumente en vosotros el fuego del amor a Dios y al prójimo. De corazón os imparto la bendición apostólica.
(En croata)
89 Sigamos las mociones interiores del Espíritu Santo, derramado en nuestros corazones, y manteniendo una fuerte comunión vital con él, como el apóstol san Pablo, demos gracias a nuestro Padre con las plegarias y las obras.
(En italiano)
Mi saludo va, por último, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Celebramos hoy la memoria del obispo san Alberto Magno, que se esforzó continuamente por promover la paz entre las poblaciones de su tiempo. Que su ejemplo os sirva de estímulo, queridos jóvenes, para ser agentes de justicia y artífices de reconciliación; para vosotros, queridos enfermos, sea un impulso a confiar en el Señor, que nunca nos abandona en el momento de la prueba; y a vosotros, recién casados, os aliente a hallar en el Evangelio la alegría de acoger y servir generosamente a la vida, don inmenso de Dios.
Audiencias 2006 79