
Audiencias 2006 89
Queridos hermanos y hermanas:
Concluimos hoy nuestros encuentros con el apóstol san Pablo, dedicándole una última reflexión. No podemos despedirnos de él sin considerar uno de los elementos decisivos de su actividad y uno de los temas más importantes de su pensamiento: la realidad de la Iglesia. Tenemos que constatar, ante todo, que su primer contacto con la persona de Jesús tuvo lugar a través del testimonio de la comunidad cristiana de Jerusalén. Fue un contacto turbulento. Al conocer al nuevo grupo de creyentes, se transformó inmediatamente en su fiero perseguidor. Lo reconoce él mismo tres veces en diferentes cartas: "He perseguido a la Iglesia de Dios", escribe (1Co 15,9 Ga 1,13 Ph 3,6), presentando su comportamiento casi como el peor crimen.
La historia nos demuestra que normalmente se llega a Jesús pasando por la Iglesia. En cierto sentido, como decíamos, es lo que le sucedió también a san Pablo, el cual encontró a la Iglesia antes de encontrar a Jesús. Ahora bien, en su caso, este contacto fue contraproducente: no provocó la adhesión, sino más bien un rechazo violento.
La adhesión de Pablo a la Iglesia se realizó por una intervención directa de Cristo, quien al revelársele en el camino de Damasco, se identificó con la Iglesia y le hizo comprender que perseguir a la Iglesia era perseguirlo a él, el Señor. En efecto, el Resucitado dijo a Pablo, el perseguidor de la Iglesia: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" (Ac 9,4). Al perseguir a la Iglesia, perseguía a Cristo. Entonces, Pablo se convirtió, al mismo tiempo, a Cristo y a la Iglesia. Así se comprende por qué la Iglesia estuvo tan presente en el pensamiento, en el corazón y en la actividad de san Pablo.
En primer lugar estuvo presente en cuanto que fundó literalmente varias Iglesias en las diversas ciudades a las que llegó como evangelizador. Cuando habla de su "preocupación por todas las Iglesias" (2Co 11,28), piensa en las diferentes comunidades cristianas constituidas sucesivamente en Galacia, Jonia, Macedonia y Acaya. Algunas de esas Iglesias también le dieron preocupaciones y disgustos, como sucedió por ejemplo con las Iglesias de Galacia, que se pasaron "a otro evangelio" (Ga 1,6), a lo que él se opuso con firmeza. Sin embargo, no se sentía unido de manera fría o burocrática, sino intensa y apasionada, a las comunidades que fundó.
90 Por ejemplo, define a los filipenses "hermanos míos queridos y añorados, mi gozo y mi corona" (Ph 4,1). Otras veces compara a las diferentes comunidades con una carta de recomendación única en su género: "Vosotros sois nuestra carta, escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todos los hombres" (2Co 3,2). En otras ocasiones les demuestra un verdadero sentimiento no sólo de paternidad, sino también de maternidad, como cuando se dirige a sus destinatarios llamándolos "hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros" (Ga 4,19 cf. 1Co 4,14-15 1Th 2,7-8).
En sus cartas, san Pablo nos ilustra también su doctrina sobre la Iglesia en cuanto tal. Es muy conocida su original definición de la Iglesia como "cuerpo de Cristo", que no encontramos en otros autores cristianos del siglo I (cf. 1Co 12,27 Ep 4,12 Ep 5,30 Col 1,24). La raíz más profunda de esta sorprendente definición de la Iglesia la encontramos en el sacramento del Cuerpo de Cristo. Dice san Pablo: "Dado que hay un solo pan, nosotros, aun siendo muchos, somos un solo cuerpo" (1Co 10,17). En la misma Eucaristía Cristo nos da su Cuerpo y nos convierte en su Cuerpo. En este sentido, san Pablo dice a los Gálatas: "Todos vosotros sois uno en Cristo" (Ga 3,28).
Con todo esto, san Pablo nos da a entender que no sólo existe una pertenencia de la Iglesia a Cristo, sino también una cierta forma de equiparación e identificación de la Iglesia con Cristo mismo. Por tanto, la grandeza y la nobleza de la Iglesia, es decir, de todos los que formamos parte de ella, deriva del hecho de que somos miembros de Cristo, como una extensión de su presencia personal en el mundo.
Y de aquí deriva, naturalmente, nuestro deber de vivir realmente en conformidad con Cristo. De aquí derivan también las exhortaciones de san Pablo a propósito de los diferentes carismas que animan y estructuran a la comunidad cristiana. Todos se remontan a un único manantial, que es el Espíritu del Padre y del Hijo, sabiendo que en la Iglesia nadie carece de un carisma, pues, como escribe el Apóstol, "a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común" (1Co 12,7). Ahora bien, lo importante es que todos los carismas contribuyan juntos a la edificación de la comunidad y no se conviertan, por el contrario, en motivo de discordia. A este respecto, san Pablo se pregunta retóricamente: "¿Está dividido Cristo?" (1Co 1,13). Sabe bien y nos enseña que es necesario "conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz: un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados" (Ep 4,3-4).
Obviamente, subrayar la exigencia de la unidad no significa decir que se debe uniformar o aplanar la vida eclesial según una manera única de actuar. En otro lugar, san Pablo invita a "no extinguir el Espíritu" (1Th 5,19), es decir, a dejar generosamente espacio al dinamismo imprevisible de las manifestaciones carismáticas del Espíritu, el cual es una fuente de energía y de vitalidad siempre nueva. Pero para san Pablo la edificación mutua es un criterio especialmente importante: "Que todo sea para edificación" (1Co 14,26). Todo debe ayudar a construir ordenadamente el tejido eclesial, no sólo sin estancamientos, sino también sin fugas ni desgarramientos.
En una de sus cartas san Pablo presenta a la Iglesia como esposa de Cristo (cf. Ep 5,21-33), utilizando una antigua metáfora profética, que consideraba al pueblo de Israel como la esposa del Dios de la alianza (cf. Os 2,4 Os 2,21 Is 54,5-8): así se pone de relieve la gran intimidad de las relaciones entre Cristo y su Iglesia, ya sea porque es objeto del más tierno amor por parte de su Señor, ya sea porque el amor debe ser recíproco, y por consiguiente, también nosotros, en cuanto miembros de la Iglesia, debemos demostrarle una fidelidad apasionada.
Así pues, en definitiva, está en juego una relación de comunión: la relación ?por decirlo así? vertical, entre Jesucristo y todos nosotros, pero también la horizontal, entre todos los que se distinguen en el mundo por "invocar el nombre de Jesucristo, Señor nuestro" (1Co 1,2). Esta es nuestra definición: formamos parte de los que invocan el nombre del Señor Jesucristo. De este modo se entiende cuán deseable es que se realice lo que el mismo san Pablo dice en su carta a los Corintios: "Por el contrario, si todos profetizan y entra un infiel o un no iniciado, será convencido por todos, juzgado por todos. Los secretos de su corazón quedarán al descubierto y, postrado rostro en tierra, adorará a Dios confesando que Dios está verdaderamente entre vosotros" (1Co 14,24-25).
Así deberían ser nuestros encuentros litúrgicos. Si entrara un no cristiano en una de nuestras asambleas, al final debería poder decir: "Verdaderamente Dios está con vosotros". Pidamos al Señor que vivamos así, en comunión con Cristo y en comunión entre nosotros.
Saludos
Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a las religiosas de la Compañía de Santa Teresa, a las Siervas del Hogar de la Madre, a los antiguos alumnos del Colegio mayor San Pablo, y a los demás grupos venidos de España, México y otros países de Latinoamérica. Invito a todos a amar a la Iglesia y a vivir con gozo en su seno la plena comunión. Muchas gracias por vuestra presencia.
91 (Dolor del Santo Padre por el asesinato del ministro de Industria del Líbano, Pierre Gemayel)
He recibido con profundo dolor la noticia del asesinato del honorable Pierre Gemayel, ministro de Industria del Gobierno libanés. Además de condenar enérgicamente ese brutal atentado, aseguro mi oración y mi cercanía espiritual a la familia que está de luto y al amado pueblo libanés. Ante las fuerzas oscuras que buscan destruir el país, invito a todos los libaneses a no dejarse vencer por el odio, sino a fortalecer la unidad nacional, la justicia y la reconciliación, y a trabajar juntos para construir un futuro de paz. Por último, invito a los responsables de los países que se interesan por el destino de esa región a que contribuyan a una solución global y negociada de las diversas situaciones de injusticia que la caracterizan desde hace ya demasiados años.
(A un grupo de peregrinos acompañados del administrador apostólico de Atyrau, en Kazajstán, que al día siguiente recibiría la ordenación episcopal)
Sostenedlo con vuestras oraciones a él y a toda la comunidad de la Iglesia a cuyo servicio está. Os bendigo cordialmente a todos. ¡Alabado sea Jesucristo!
(A los fieles de las diócesis italianas de Abruzos y Molise)
Recordando con gratitud mi reciente viaje al santuario de Manoppello, deseo animaros a todos vosotros, queridos amigos, a proseguir los esfuerzos por hacer que el Evangelio sea el punto de referencia fundamental para todas vuestras comunidades. Ante la amplitud de la misión encomendada a vuestras Iglesias no os dejéis vencer por el cansancio o el desaliento. El Señor esté con vosotros y haga fecundos todos vuestros sinceros esfuerzos a su servicio.
Saludo, por último, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. El domingo próximo, último del tiempo ordinario, celebraremos la solemnidad de Cristo, Rey del universo. Queridos jóvenes, poned a Jesús en el centro de vuestra vida y recibiréis de él luz y valentía en todas vuestras decisiones. Cristo, que hizo de la cruz su trono regio, os ayude a vosotros, queridos enfermos, a comprender el valor redentor del sufrimiento vivido en unión con él. Y a vosotros, queridos recién casados, recordando que precisamente hoy se cumple el 25° aniversario de la promulgación de la exhortación apostólica Familiaris consortio, que dio gran impulso a la pastoral familiar en la Iglesia, os deseo que recorráis vuestro camino matrimonial siempre unidos a Cristo.
Queridos hermanos y hermanas:
Como ya es costumbre después de cada viaje apostólico, en esta audiencia general quisiera repasar las diferentes etapas de la peregrinación que realicé a Turquía del martes al viernes de la semana pasada. Esta visita, como sabéis, no se presentaba fácil en varios aspectos, pero Dios la acompañó desde el principio y así pudo llevarse a cabo felizmente. Por tanto, del mismo modo que os había pedido prepararla y acompañarla con la oración, ahora os pido que os unáis a mí para dar gracias al Señor por su desarrollo y su conclusión. Pongo en manos de Dios los frutos que espero broten de ella, tanto por lo que atañe a las relaciones con nuestros hermanos ortodoxos como al diálogo con los musulmanes.
En primer lugar, siento el deber de renovar mi sincero agradecimiento al presidente de la República, al primer ministro, y a las demás autoridades, que me acogieron con tanta cortesía y aseguraron las condiciones necesarias para que todo se desarrollara de la mejor manera posible. Doy las gracias fraternamente a los obispos de la Iglesia católica en Turquía, y a sus colaboradores, por todo lo que han hecho. Expreso mi gratitud en particular al Patriarca ecuménico Bartolomé I, que me acogió en su casa, al Patriarca armenio Mesrob II, al metropolita siro-ortodoxo Mor Filüksinos y a las demás autoridades religiosas.
92 A lo largo de todo el viaje me sentí espiritualmente sostenido por mis venerados predecesores los siervos de Dios Pablo VI y Juan Pablo II, que realizaron una memorable visita a Turquía, y sobre todo por el beato Juan XXIII, que fue representante pontificio en ese noble país de 1935 a 1944, dejando un recuerdo lleno de afecto y devoción.
Remontándome a la visión de la Iglesia que presenta el concilio Vaticano II (cf. Lumen gentium LG 14-16), podría decir que también los viajes pastorales del Papa contribuyen a realizar su misión, que se desarrolla en "círculos concéntricos". En el círculo más interno, el Sucesor de Pedro confirma a los católicos en la fe; en el intermedio, se encuentra con los demás cristianos; y en el más externo se dirige a los no cristianos y a la humanidad entera.
La primera jornada de mi visita a Turquía se desarrolló en el ámbito de este tercer "círculo", el más amplio: me reuní con el primer ministro, con el presidente de la República y con el presidente para Asuntos religiosos, dirigiendo a este último mi primer discurso; rendí homenaje al Mausoleo del "padre de la patria" Mustafá Kemal Ataturk; después hablé al Cuerpo diplomático en la nunciatura apostólica de Ankara.
Esta intensa serie de encuentros constituyó una parte importante de la visita, sobre todo porque Turquía es un país en su gran mayoría musulmán, pero que se regula por una Constitución que afirma la laicidad del Estado. Por tanto, es un país emblemático por lo que atañe al gran reto que hoy se plantea a nivel mundial: por una parte, es necesario redescubrir la realidad de Dios y la importancia pública de la fe religiosa y, por otra, garantizar que la expresión de esa fe sea libre, sin degeneraciones fundamentalistas, capaz de rechazar decididamente cualquier forma de violencia.
Así pues, fue una oportunidad propicia para renovar mis sentimientos de estima con respecto a los musulmanes y a la civilización islámica. Al mismo tiempo, insistí en la importancia de que cristianos y musulmanes trabajen juntos por el hombre, la vida, la paz y la justicia, reafirmando que la distinción entre la esfera civil y la religiosa constituye un valor, y que el Estado debe garantizar al ciudadano y a las comunidades religiosas la efectiva libertad de culto.
En el ámbito del diálogo interreligioso, la divina Providencia me permitió realizar, casi al final de mi viaje, un gesto que en un primer momento no estaba previsto y que resultó muy significativo: la visita a la célebre Mezquita Azul de Estambul. En unos minutos de recogimiento en ese lugar de oración, oré al único Señor del cielo y de la tierra, Padre misericordioso de toda la humanidad, para que todos los creyentes se reconozcan como criaturas suyas y den testimonio de auténtica fraternidad.
La segunda jornada me llevó a Éfeso; de este modo, me encontré rápidamente en el "círculo" más interno del viaje, en contacto directo con la comunidad católica. En efecto, en Éfeso, en una agradable localidad llamada "Colina del ruiseñor", mirando al mar Egeo, se halla el santuario de la Casa de María. Se trata de una antigua y pequeña capilla, edificada en torno a una casita que, según una antiquísima tradición, el apóstol san Juan mandó construir para la Virgen María, después de haberla llevado consigo a Éfeso. El mismo Jesús los había encomendado el uno a la otra y viceversa cuando, antes de morir en la cruz, le dijo a María: "Mujer, ahí tienes a tu hijo", y a Juan: "Ahí tienes a tu madre" (Jn 19,26-27).
Las investigaciones arqueológicas han demostrado que ese lugar es desde tiempo inmemorial un lugar de culto mariano, muy querido también por los musulmanes, que acuden habitualmente a él para venerar a la que llaman "Meryem Ana", la Madre María. En el jardín situado delante del santuario celebré la santa misa para un grupo de fieles que acudieron de la cercana ciudad de Esmirna y de otras partes de Turquía, e incluso del extranjero. En la "Casa de María" nos sentimos realmente "en casa", y en ese clima de paz oramos por la paz en Tierra Santa y en todo el mundo. Allí recordé a don Andrea Santoro, sacerdote romano, que en tierra turca dio testimonio del Evangelio con su sangre.
El "círculo" intermedio, el de las relaciones ecuménicas, ocupó la parte central de este viaje, realizado con ocasión de la fiesta de san Andrés, el 30 de noviembre. Esta fiesta sirvió de contexto ideal para consolidar las relaciones fraternas entre el Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, y el Patriarca ecuménico de Constantinopla, Iglesia fundada según la tradición por el apóstol san Andrés, hermano de Simón Pedro. Siguiendo las huellas de Pablo VI, que se encontró con el Patriarca Atenágoras, y de Juan Pablo II, que fue acogido por el sucesor de Atenágoras, Dimitrios I, renové junto con Su Santidad Bartolomé I este gesto de gran valor simbólico, para confirmar el compromiso recíproco de proseguir el camino hacia el restablecimiento de la comunión plena entre católicos y ortodoxos.
Para reafirmar este decidido propósito firmé, juntamente con el Patriarca ecuménico, una Declaración común, que constituye una etapa ulterior en este camino. Fue sumamente significativo que este acto tuviera lugar al final de la Divina Liturgia de la fiesta de san Andrés, a la que asistí y que se concluyó con la doble bendición impartida por el Obispo de Roma y el Patriarca de Constantinopla, sucesores respectivamente de los apóstoles Pedro y Andrés. De este modo manifestamos que en la base de todo compromiso ecuménico está siempre la oración y la perseverante invocación al Espíritu Santo.
En este mismo ámbito, en Estambul, tuve la alegría de visitar al Patriarca de la Iglesia armenia apostólica, Su Beatitud Mesrob II, y de encontrarme con el metropolita siro-ortodoxo. Asimismo, en este contexto, me complace recordar la conversación que mantuve con el gran rabino de Turquía.
93 Mi visita se concluyó, poco antes de partir para Roma, regresando al "círculo" más interno, es decir, encontrándome con la comunidad católica, presente con todos sus componentes, en la catedral latina del Espíritu Santo, en Estambul. También asistieron a esa santa misa el Patriarca ecuménico, el Patriarca armenio, el metropolita siro-ortodoxo y los representantes de las Iglesias protestantes. Es decir, estaban reunidos en oración todos los cristianos, con sus diversas tradiciones, ritos e idiomas. Confortados por la palabra de Cristo, que promete a los creyentes "ríos de agua viva" (Jn 7,38), y por la imagen de los numerosos miembros unidos en un solo cuerpo (cf. 1Co 12,12-13), vivimos la experiencia de un renovado Pentecostés.
Queridos hermanos y hermanas, volví al Vaticano con el alma llena de gratitud a Dios y con sentimientos de sincero afecto y estima por los habitantes de la querida nación turca, por quienes me sentí acogido y comprendido. La simpatía y la cordialidad que manifestaron, a pesar de las dificultades inevitables que provocó mi visita al desarrollo normal de sus actividades cotidianas, las conservo como un intenso recuerdo que me impulsa a la oración.
Que Dios omnipotente y misericordioso ayude al pueblo turco, a sus gobernantes y a los representantes de las diversas religiones a construir juntos un futuro de paz, para que Turquía sea un "puente" de amistad y de colaboración fraterna entre Occidente y Oriente.
Oremos también para que, por intercesión de María santísima, el Espíritu Santo haga fecundo este viaje apostólico y anime en todo el mundo la misión de la Iglesia, instituida por Cristo para anunciar a todos los pueblos el Evangelio de la verdad, de la paz y del amor.
Saludos
(A los fieles congregados en la basílica vaticana)
Queridos amigos, os animo a profundizar cada vez más vuestra vida de fe, teniendo muy presentes las orientaciones surgidas de la reciente asamblea de la Iglesia italiana en Verona. Una valiente acción evangelizadora suscitará sin duda la anhelada renovación del compromiso de los católicos en la sociedad. Una tarea primaria de la evangelización es indicar a Jesucristo como el Salvador de todo hombre. No os canséis de anunciarlo con vuestra vida en la familia y en todos los ambientes. Esto es lo que los hombres, también hoy, esperan de la Iglesia.
(Palabras pronunciadas en la sala Pablo VI):
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, especialmente a las religiosas de María Inmaculada, a los numerosos fieles de distintas parroquias, cofradías y colegios de España, así como a los de América Latina. Pidamos al Espíritu Santo que haga fecundo este viaje apostólico y aliente la misión de la Iglesia, instituida por Cristo para anunciar a todos los pueblos el Evangelio de la verdad, de la paz y del amor.
(En italiano)
El tiempo de Adviento, que acabamos de iniciar, nos presenta en estos días el resplandeciente ejemplo de la Virgen Inmaculada. Que ella os impulse, queridos jóvenes, en vuestro camino de adhesión a Cristo. Que para vosotros, queridos enfermos, María sea el apoyo para una renovada esperanza; y para vosotros, queridos recién casados, una guía en la formación de vuestra familia.
94 La audiencia se concluyó con el canto del paternóster y la bendición apostólica. Antes de salir de la sala, el Santo Padre saludó a los obispos presentes, a numerosos fieles y a los enfermos.
Queridos hermanos y hermanas:
Después de haber hablado ampliamente del gran apóstol Pablo, hoy nos referiremos a dos de sus colaboradores más íntimos: Timoteo y Tito. A ellos están dirigidas tres cartas tradicionalmente atribuidas a san Pablo, dos de las cuales están destinadas a Timoteo y una a Tito.
Timoteo es nombre griego y significa "que honra a Dios". San Lucas lo menciona seis veces en los Hechos de los Apóstoles; san Pablo en sus cartas lo nombra en 17 ocasiones (además, aparece una vez en la carta a los Hebreos). De ello se deduce que para san Pablo gozaba de gran consideración, aunque san Lucas no nos ha contado todo lo que se refiere a él. En efecto, el Apóstol le encargó misiones importantes y vio en él una especie de alter ego, como lo demuestra el gran elogio que hace de él en la carta a los Filipenses."A nadie tengo de tan iguales sentimientos (isópsychon) que se preocupe sinceramente de vuestros intereses" (Ph 2,20).
Timoteo nació en Listra (a unos 200 kilómetros al noroeste de Tarso) de madre judía y de padre pagano (cf. Ac 16,1). El hecho de que su madre hubiera contraído un matrimonio mixto y no hubiera circuncidado a su hijo hace pensar que Timoteo se crió en una familia que no era estrictamente observante, aunque se dice que conocía las Escrituras desde su infancia (cf. 2Tm 3,15). Se nos ha transmitido el nombre de su madre, Eunice, y el de su abuela, Loida (cf. 2Tm 1,5).
Cuando san Pablo pasó por Listra al inicio del segundo viaje misionero, escogió a Timoteo como compañero, pues "los hermanos de Listra e Iconio daban de él un buen testimonio" (Ac 16,2), pero "lo circuncidó a causa de los judíos que había por aquellos lugares" (Ac 16,3). Junto a Pablo y Silas, Timoteo atravesó Asia menor hasta Tróada, desde donde pasó a Macedonia. Sabemos que en Filipos, donde Pablo y Silas fueron acusados de alborotar la ciudad y encarcelados por haberse opuesto a que algunos individuos sin escrúpulos explotaran a una joven como adivina (cf. Ac 16,16-40), Timoteo quedó libre. Después, cuando Pablo se vio obligado a proseguir hasta Atenas, Timoteo se reunió con él en esa ciudad y desde allí fue enviado a la joven Iglesia de Tesalónica para tener noticias y para confirmarla en la fe (cf. 1Th 3,1-2). Volvió a unirse después al Apóstol en Corinto, dándole buenas noticias sobre los tesalonicenses y colaborando con él en la evangelización de esa ciudad (cf. 2Co 1,19).
Volvemos a encontrar a Timoteo en Éfeso durante el tercer viaje misionero de Pablo. Probablemente desde allí, el Apóstol escribió a Filemón y a los Filipenses, y en ambas cartas aparece también Timoteo como remitente (cf. Phm 1 Ph 1,1). Desde Éfeso Pablo lo envió a Macedonia junto con un cierto Erasto (cf. Ac 19,22) y después también a Corinto con el encargo de llevar una carta, en la que recomendaba a los corintios que le dieran buena acogida (cf. 1Co 4,17 1Co 16,10-11).
También aparece como remitente, junto con san Pablo, de la segunda carta a los Corintios; y cuando desde Corinto san Pablo escribe la carta a los Romanos, transmite saludos de Timoteo y de otros (cf. Rm 16,21). Desde Corinto, el discípulo volvió a viajar a Tróada, en la orilla asiática del mar Egeo, para esperar allí al Apóstol, que se dirigía hacia Jerusalén al concluir su tercer viaje misionero (cf. Ac 20,4).
95 Desde ese momento, respecto de la biografía de Timoteo las fuentes antiguas sólo nos ofrecen una mención en la carta a los Hebreos, donde se lee: "Sabed que nuestro hermano Timoteo ha sido liberado. Si viene pronto, iré con él a veros" (He 13,23).
Para concluir, podemos decir que Timoteo destaca como un pastor de gran importancia. Según la posterior Historia eclesiástica de Eusebio, Timoteo fue el primer obispo de Éfeso (cf. 3, 4). Algunas reliquias suyas se encuentran desde 1239 en Italia, en la catedral de Térmoli, en Molise, procedentes de Constantinopla.
Por lo que se refiere a Tito, cuyo nombre es de origen latino, sabemos que era griego de nacimiento, es decir, pagano (cf. Ga 2,3). San Pablo lo llevó consigo a Jerusalén con motivo del así llamado Concilio apostólico, en el que se aceptó solemnemente la predicación del Evangelio a los paganos, sin los condicionamientos de la ley de Moisés.
En la carta que dirige a Tito, el Apóstol lo elogia definiéndolo "verdadero hijo según la fe común" (Tt 1,4). Cuando Timoteo se fue de Corinto, san Pablo envió a Tito para hacer que esa comunidad rebelde volviera a la obediencia. Tito restableció la paz entre la Iglesia de Corinto y el Apóstol, el cual escribió a esas Iglesia: "El Dios que consuela a los humillados, nos consoló con la llegada de Tito, y no sólo con su llegada, sino también con el consuelo que le habíais proporcionado, comunicándonos vuestra añoranza, vuestro pesar, vuestro celo por mí (...). Y mucho más que por este consuelo, nos hemos alegrado por el gozo de Tito, cuyo espíritu fue tranquilizado por todos vosotros" (2Co 7,6-7 2Co 7,13).
San Pablo volvió a enviar a Tito —a quien llama "compañero y colaborador" (2Co 8,23)— para organizar la conclusión de las colectas en favor de los cristianos de Jerusalén (cf. 2Co 8,6). Ulteriores noticias que nos refieren las cartas pastorales lo presentan como obispo de Creta (cf. Tt 1,5), desde donde, por invitación de san Pablo, se unió al Apóstol en Nicópolis, en Epiro, (cf. Tt 3,12). Más tarde fue también a Dalmacia (cf. 2Tm 4,10). No tenemos más información sobre los viajes sucesivos de Tito ni sobre su muerte.
Para concluir, si consideramos juntamente las figuras de Timoteo y de Tito, nos damos cuenta de algunos datos muy significativos. El más importante es que san Pablo se sirvió de colaboradores para el cumplimiento de sus misiones. Él es, ciertamente, el Apóstol por antonomasia, fundador y pastor de muchas Iglesias. Sin embargo, es evidente que no lo hacía todo él solo, sino que se apoyaba en personas de confianza que compartían sus esfuerzos y sus responsabilidades.
Conviene destacar, además, la disponibilidad de estos colaboradores. Las fuentes con que contamos sobre Timoteo y Tito subrayan su disponibilidad para asumir las diferentes tareas, que con frecuencia consistían en representar a san Pablo incluso en circunstancias difíciles. Es decir, nos enseñan a servir al Evangelio con generosidad, sabiendo que esto implica también un servicio a la misma Iglesia.
Acojamos, por último, la recomendación que el apóstol san Pablo hace a Tito en la carta que le dirige: "Es cierta esta afirmación, y quiero que en esto te mantengas firme, para que los que creen en Dios traten de sobresalir en la práctica de las buenas obras. Esto es bueno y provechoso para los hombres" (Tt 3,8). Con nuestro compromiso concreto, debemos y podemos descubrir la verdad de estas palabras, y realizar en este tiempo de Adviento obras buenas para abrir las puertas del mundo a Cristo, nuestro Salvador.
Saludos
A los fieles congregados en la basílica vaticana
Os agradezco vuestra presencia y me alegra dar a cada uno mi cordial bienvenida. Saludo ante todo a los fieles de las diócesis de Calabria, que han venido aquí acompañando a sus obispos con ocasión de la visita "ad limina Apostolorum". Queridos amigos, la Iglesia que vive en Calabria y que está aquí representada en sus componentes vivos —obispos, sacerdotes, personas consagradas y fieles laicos— debe seguir desempeñando un papel fundamental en la sociedad calabresa. Me refiero ante todo a su misión evangelizadora, más urgente que nunca en nuestro tiempo para afrontar los actuales desafíos culturales, sociales y religiosos.
96 Por tanto, no os canséis de sacar con valentía del Evangelio la luz y la fuerza para promover una auténtica renovación moral, social y económica de vuestra región. Sed testigos gozosos de Cristo e incansables constructores de su reino de justicia y de amor.
Por último, expreso mi sincera gratitud a Calabria por el regalo del árbol de Navidad, árbol grande y hermoso, que precisamente hoy ha sido colocado en la plaza de San Pedro. Lo he visto desde mi ventana.
Saludo también a los numerosos estudiantes aquí presentes. En este tiempo de Adviento, María nos acompaña hacia el encuentro con Jesús, en el misterio de su Nacimiento. A ella, a quien ayer veneramos con el título de Virgen de Guadalupe, patrona del continente americano, os encomiendo a todos vosotros, queridos muchachos. La invitación que dirigió en Caná a los servidores: "Haced lo que él os diga" (Jn 2,5), os impulse a abrir el corazón a la palabra de Cristo y hacerla fructificar en vuestra vida. Os bendigo a todos con afecto.
En la sala Pablo VI
Saludo cordialmente a los visitantes de lengua española. En especial a la parroquia Santa María Reina, de Barcelona, a la estudiantina de la Universidad autónoma de Querétaro (México) —muchas gracias por vuestro canto—, así como a los demás peregrinos de España y Latinoamérica. Siguiendo el ejemplo de aquellos primeros colaboradores de los Apóstoles, os animo a anunciar, con valentía y entrega en vuestra vida, a Cristo, el único Salvador de los hombres. Muchas gracias por vuestra visita.
(En italiano)
Saludo, por último, a los enfermos y a los recién casados. A vosotros, queridos enfermos, que en vuestra experiencia de la enfermedad compartís con Cristo el peso de la cruz, os deseo que las próximas fiestas navideñas os proporcionen serenidad y consuelo. A vosotros, queridos recién casados, que acabáis de fundar vuestra familia, os invito a crecer cada vez más en el amor que Jesús nos ha dado en su Navidad.
Queridos hermanos y hermanas:
"El Señor está cerca: venid, adorémoslo". Con esta invocación, la liturgia nos invita, en estos últimos días del Adviento, a acercarnos, como de puntillas, a la cueva de Belén, donde tuvo lugar el acontecimiento extraordinario que cambió el rumbo de la historia: el nacimiento del Redentor. En la noche de Navidad nos detendremos una vez más ante el belén para contemplar, maravillados, al "Verbo hecho carne". En nuestro corazón se renovarán, como cada año, sentimientos de alegría y de gratitud al escuchar los villancicos que en tantos idiomas cantan el mismo extraordinario prodigio. El Creador del universo vino por amor a poner su morada entre los hombres.
97 En la carta a los Filipenses san Pablo afirma que Cristo, "a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos" (Ph 2,6). Actuando como un hombre cualquiera, añade el Apóstol, se rebajó. En la santa Navidad reviviremos la realización de este sublime misterio de gracia y misericordia.
San Pablo dice también: "Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, para que recibiéramos la filiación adoptiva" (Ga 4,4-5). Efectivamente, desde hacía muchos siglos el pueblo elegido esperaba al Mesías, pero lo imaginaba como un caudillo poderoso y victorioso, que libraría a los suyos de la opresión de los extranjeros. En cambio, el Salvador nació en el silencio y en la pobreza más completa. Vino como luz que ilumina a todos los hombres —constata el evangelista san Juan—, "pero los suyos no lo recibieron" (Jn 1,9 Jn 1,11). Sin embargo, el Apóstol añade: "A todos los que lo recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios" (Jn 1,12). La luz prometida iluminó los corazones de quienes habían perseverado en la espera vigilante y activa.
La liturgia de Adviento nos exhorta también a nosotros a ser sobrios y vigilantes, para evitar que nos agobien el peso del pecado y las excesivas preocupaciones del mundo. En efecto, vigilando y orando podremos reconocer y acoger el resplandor de la Navidad de Cristo. San Máximo de Turín, obispo que vivió entre los siglos IV y V, afirma en una de sus homilías: "El tiempo nos advierte de que la Navidad de Cristo nuestro Señor está cerca. El mundo, incluso con sus angustias, habla de la inminencia de algo que lo renovará, y desea con una espera impaciente que el esplendor de un sol más brillante ilumine sus tinieblas. (...) Esta espera de la creación también nos lleva a nosotros a esperar el nacimiento de Cristo, nuevo Sol" (Discurso 61 a, 1-3). Así pues, la creación misma nos lleva a descubrir y a reconocer a Aquel que tiene que venir.
Pero la pregunta es: la humanidad de nuestro tiempo, ¿espera todavía un Salvador? Da la impresión de que muchos consideran que Dios es ajeno a sus intereses. Aparentemente no tienen necesidad de él, viven como si no existiera y, peor aún, como si fuera un "obstáculo" que hay que quitar para poder realizarse. Seguramente también entre los creyentes algunos se dejan atraer por seductoras quimeras y desviar por doctrinas engañosas que proponen atajos ilusorios para alcanzar la felicidad.
Sin embargo, a pesar de sus contradicciones, angustias y dramas, y quizá precisamente por ellos, la humanidad de hoy busca un camino de renovación, de salvación; busca un Salvador y espera, a veces sin saberlo, la venida del Señor que renueva el mundo y nuestra vida, la venida de Cristo, el único Redentor verdadero del hombre y de todo el hombre. Ciertamente, falsos profetas siguen proponiendo una salvación "barata", que acaba siempre por provocar fuertes decepciones.
Precisamente la historia de los últimos cincuenta años demuestra esta búsqueda de un Salvador "barato" y pone de manifiesto todas las decepciones que se han derivado de ello. Los cristianos tenemos la misión de difundir, con el testimonio de la vida, la verdad de la Navidad, que Cristo trae a todo hombre y mujer de buena voluntad. Al nacer en la pobreza del pesebre, Jesús viene a ofrecer a todos la única alegría y la única paz que pueden colmar las expectativas del alma humana.
Pero, ¿cómo prepararnos para abrir el corazón al Señor que viene? La actitud espiritual de la espera vigilante y orante sigue siendo la característica fundamental del cristiano en este tiempo de Adviento. Es la actitud que adoptaron los protagonistas de entonces: Zacarías e Isabel, los pastores, los Magos, el pueblo sencillo y humilde, pero, sobre todo, la espera de María y de José. Estos últimos, más que nadie, experimentaron personalmente la emoción y la trepidación por el Niño que debía nacer. No es difícil imaginar cómo pasaron los últimos días, esperando abrazar al recién nacido entre sus brazos. Hagamos nuestra su actitud, queridos hermanos y hermanas.
Escuchemos, a este respecto, la exhortación de san Máximo, obispo de Turín, citado ya antes: "Mientras nos preparamos a acoger la Navidad del Señor, revistámonos con vestidos limpios, sin mancha. Hablo de la vestidura del alma, no del cuerpo. No tenemos que vestirnos con vestiduras de seda, sino con obras santas. Los vestidos lujosos pueden cubrir los miembros del cuerpo, pero no adornan la conciencia" (ib.).
Que el Niño Jesús, al nacer entre nosotros, no nos encuentre distraídos o dedicados simplemente a decorar con luces nuestra casa. Más bien, preparemos en nuestra alma y en nuestra familia una digna morada en la que él se sienta acogido con fe y amor. Que nos ayuden la Virgen y san José a vivir el misterio de la Navidad con nuevo asombro y serenidad tranquilizante.
Con estos sentimientos, quiero expresaros a todos los que estáis aquí presentes y a vuestros familiares mi más cordial felicitación, deseándoos una santa y feliz Navidad, recordando en particular a quienes atraviesan dificultades o sufren en el cuerpo y en el espíritu. ¡Feliz Navidad a todos!
Saludos
98 Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, venidos de Latinoamérica y España. Ya cercanos a las fiestas navideñas, os invito a vosotros aquí presentes y a vuestros familiares a celebrarlas con verdadero espíritu religioso. En estos días recordemos también de modo especial a cuantos se encuentran solos, en dificultad, sufren o están privados de la libertad. A todos os deseo una feliz Navidad.
(En portugués)
Saludo con particular afecto a los visitantes y oyentes de lengua portuguesa. Deseo que vuestra visita a Roma os anime a participar activamente en la vida de la Iglesia, y os invito a acoger, en la próxima Navidad, al Hijo de Dios hecho hombre, que se hizo pobre para que nosotros nos hiciéramos ricos con su pobreza. Que el Señor bendiga a vuestras familias y comunidades, y de modo especial a los que sufren en el cuerpo y en el espíritu. ¡Feliz Navidad y un año nuevo lleno de alegría!
(En polaco)
Dentro de poco estaremos asombrados en torno al pesebre de Belén para contemplar el misterio del nacimiento de Dios. Junto a los pastores alabaremos a Aquel que "se despojó de sí mismo (...) haciéndose semejante a los hombres", para traerles la salvación. Que la paz y la alegría de esta solemnidad os acompañen siempre a vosotros y a vuestros seres queridos. Que el Niño Dios bendiga a todos.
(En italiano)
Dirijo mi saludo a los peregrinos de lengua italiana. En particular saludo a la delegación de la región de Calabria, que ha venido con ocasión de la presentación oficial del gran árbol de Navidad colocado en la plaza de San Pedro, y de los otros colocados en esta sala, en el palacio apostólico y en otros lugares del Vaticano. Os doy las gracias por este regalo de vuestra tierra de Calabria. Gracias, de corazón, especialmente a cuantos han hecho posible este homenaje, que recuerda a los visitantes el nacimiento de Jesús, luz del mundo.
Deseo finalmente saludar a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Queridos amigos, os agradezco vuestra participación en este encuentro. Dentro de pocos días será Navidad e imagino que en vuestras casas se estará concluyendo la preparación del belén, que constituye una representación sugestiva de la Navidad. Deseo que un elemento tan importante, no sólo de nuestra espiritualidad sino también de nuestra cultura y del arte, siga siendo un modo sencillo y elocuente de recordar a aquel que ha venido "para habitar en medio de nosotros". ¡Feliz Navidad a todos!
Audiencias 2006 89