
PIO X, MAGISTERIO - CONCLUSION
Estas cosas, venerables hermanos, hemos creido deberos escribir para procurar la salud de todo creyente. Los adversarios de la Iglesia abusaran ciertamente de ellas para refrescar la antigua calumnia que nos designa como enemigos de la sabiduria y del progreso de la humanidad. Mas para oponer algo nuevo a estas acusaciones, que refuta con perpetuos argumentos la historia de la religión cristiana, tenemos designio de promover con todas nuestras fuerzas una Institución particular, en la cual, con ayuda de todos los católicos insignes por la fama de su sabiduria, se fomenten todas las ciencias y todo género de erudicion, teniendo por guia y maestra la verdad católica. Plegue a Dios que podamos realizar felizmente este proposito con el auxilio de todos los que aman sinceramente a la Iglesia de Cristo. Pero de esto os hablaremos en otra ocasion.
Entre tanto, venerables hermanos, para vosotros, en cuyo celo y diligencia tenemos puesta la mayor confianza, con toda nuestra alma pedimos la abundancia de luz muy soberana que, en medio de los peligros tan grandes para las almas a causa de los errores que de doquier nos invaden, os ilumine en cuanto os incumbe hacer y para que os entreguéis con enérgica fortaleza a cumplir lo que entendiereis. Asistaos con su virtud Jesucristo, autor y consumador de nuestra fe; y con su auxilio e intercesión asistaos la Virgen Inmaculada, destructora de todas las herejias, mientras Nos, en prenda de nuestra caridad y del divino consuelo en la adversidad, de todo corazón os damos, a vosotros y a vuestro clero y fieles, nuestra bendición apostolica.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 8 de septiembre de 1907, ano quinto de nuestro pontificado.
Notas
(1. Ac 20,30.
(2. Tt 1,10.
(3. 2Tm 3,13.
(4. De revelat. can.l.
(5. Ibid., can.2.
(6. De fide can.2.
(7. De revelat. can.3.
(8. Gregorio XVI, enc. Singulari Nos, 25 junio 1834.
(9. Brev. ad ep. Wratislav., 13 jun. 1857.
(10. Ep. ad Magistros Theolog. Paris, non. iul. 1223.
(11. Prop. 29 damn. a Leone X, Bulla Exsurge Domine, 16 maii 1520: "Hasenos abierto el camino de enervar la autoridad de los concilios, contradecir libremente sus hechos, juzgar sus decretos y confesar confiadamente lo que parezca verdadero, ya lo apruebe, ya lo repruebe cualquier concilio".
(12. Sess. 7. De sacramentis in genere can. 5.
(13. Prop. 2: "La proposición que dice que la potestad ha sido dada por Dios a la Iglesia para comunicarla a los Pastores, que son sus ministros, en orden a la salvación de las almas; entendida de modo que de la comunidad de los fieles se deriva en los Pastores el poder del ministerio y régimen eclesiastico, es herética". Prop. 3: "Ademas, la que afirma que el Pontifice Romano es cabeza ministerial, explicada de suerte que el Romano Pontifice, no de Cristo en la persona de San Pedro, sino de la Iglesia reciba la potestad de ministerio que, como sucesor de Pedro, verdadero Vicario de Cristo y cabeza de toda la Iglesia, posee en la universal Iglesia, es herética".
(14. Enc. Qui pluribus, 8 nov. 1846
(15. Syll. pr.5.
(16. Const. Dei Filius c.4.
(17. L. c.
(18. Rm 1,21.22.
(19. Conc. Vat. I, De revelat. c.2.
(20. Ep. 28,3.
(21. Enc. Singulari Nos.
(22. Syll. pr.13.
(23. Motu pr. Ut mysticam, 11 mart. 1891.
(24. León XIII, Enc. Aeterni Patris.
(25. León XIII, Litt. ap. In magna, 10 dic. 1889.
(26. Alloc. 7 mar 1880.
(27. L. c.
(28. Cf. ASS 29 (1896) 359.
(29. Ibid., 30 (1897) 39.
(30. Enc. Nobilissima Gallorum, 10 febr. 1884.
(31. Act. Consess. Ep. Umbriae, nov. 1849, tit.2 a.6.
(32. Instr. S. C. NN. EE. EE., 27 en. 1902.
(33. Decr. 2 mayo 1877.
Este documento subraya el valor que debe darse a las decisiones pontificias en materia biblica.
Tiene dos partes bien definidas. En la primera -relativa al valor de las respuestas de la Pontificia Comisión Biblica- se asimila este organismo a las demas Congregaciones romanas que velan por la pureza de la fe, y se acusa de temerarios y desobedientes con culpa grave a los detractores o contradictores de sus enseñanzas. En la segunda -que trata de la obediencia debida al decreto Lamentabili y a la encíclica Pascendi, en que se condena al modernismo- fulmina excomunión contra los detractores y declara incursos en excomunión latae sententiae Romano Pontifici simpliciter reservata a los que sostengan alguna de las proposiciones alli condenadas.
Después de encomiar las excelencias de la Sagrada Escritura (1) y recomendar su estudio, León XIII, nuestro predecesor de inmortal memoria, en sus letras encíclicas Providentissimus Deus, del 18 de noviembre de 1893, fijo las leyes por las que habia de regirse el estudio cientifico de la Sagrada Biblia y defendio los libros divinos contra los errores y calumnias de los racionalistas y, asimismo, contra las opiniones del nuevo método que se conoce con el nombre de alta critica, las cuales no son otra cosa, como escribia sabiamente el Pontifice, sino inventos del racionalismo violentamente deducidos de la filologia y ciencias similares.
Y para prevenir el peligro cada dia mayor que amenazaba con la propagación de opiniones ligeras y desviadas, con sus letras apostolicas Vigilantiae studiique memores, de 30 de octubre de 1902, nuestro mismo predecesor creo el Pontificio Consejo o Comisión de Asuntos Biblicos, formado por algunos cardenales de la Santa Romana Iglesia eminentes en doctrina y prudencia, a los cuales se anadian, con el nombre de consultores, varios sacerdotes escogidos entre los mas doctos en teologia y Sagrada Escritura de distintas naciones y de diferentes métodos y tendencias en estudios exegéticos. Con ello intentaba el Pontifice, como la cosa mas apropiada a estos estudios y a estos tiempos, que hubiera ocasión en el Consejo para proponer, estudiar y discutir cualquier sentencia con libertad omnimoda, y que nunca, según las dichas letras apostolicas, se pronunciaran los padres purpurados por una sentencia sin que antes se hubieran conocido y examinado los argumentos por una y otra parte, ni se hubiera omitido nada que pudiera poner en claro el verdadero y real estado de las cuestiones biblicas propuestas; y esto hecho, las sentencias debian ser sometidas a la aprobación del Sumo Pontifice y solo después divulgadas.
Tras largos dictamenes y cuidadosas consultas, el Pontificio Consejo de Asuntos Biblicos ha publicado felizmente algunos decretos utilisimos para promover los verdaderos estudios biblicos y para dirigirlos con norma segura. Pero venimos observando que no faltan quienes, demasiado propensos a opiniones y a métodos viciados de peligrosas novedades y llevados de un afan excesivo de falsa libertad, que no es sino libertinaje intemperante y que se muestra insidiosisima contra las doctrinas sagradas y fecunda en grandes males contra la pureza de la fe, no han aceptado o no aceptan con la reverencia debida dichos decretos de la Comision, a pesar de ir aprobados por el Pontifice.
Por lo cual estimamos que se debe declarar y mandar, como al presente declaramos y expresamente mandamos, que todos estén obligados en conciencia a someterse a las sentencias del Pontificio Consejo de Asuntos Biblicos hasta ahora publicadas o que en adelante se publiquen, igual que a los decretos, pertenecientes a la doctrina y aprobados por el Pontifice, de las demas Sagradas Congregaciones (2); y que no pueden evitar la nota de obediencia denegada y de temeridad, ni, por tanto, excusarse de culpa grave, quienes impugnen de palabra o por escrito dichas sentencias; y esto, aparte del escandalo en que incurran y de las demas cosas en que puedan faltar ante Dios al afirmar, como sucedera a menudo, cosas temerarias y falsas en estas materias.
Fuera de esto, para reprimir las audacias, cada dia mayores, de muchos modernistas, que se esfuerzan con sofismas y artificios de todo género para enervar la fuerza y eficacia no solo del decreto Lamentabili sane exitu, que publico el 3 de julio del presente ano, por mandato nuestro, la Santa Romana y Universal Inquisicion, sino también de nuestras letras encíclicas Pascendi Dominici gregis, del 8 de septiembre del mismo ano, reiteramos y confirmamos con nuestra autoridad apostolica tanto el citado decreto de la Sagrada Congregación Suprema cuanto las mencionadas letras apostolicas nuestras, anadiendo la pena de excomunión contra los contradictores; y asimismo declaramos y decretamos que si alguno, lo que Dios no permita, llegare con su audacia hasta el extremo de defender alguna de las proposiciones, opiniones y doctrinas reprobadas en los dos documentos antedichos, incurrira por el mismo hecho en la censura del capitulo Docentes de la constitución Apostolicae Sedis, que es la primera entre las excomuniones latae sententiae simplemente reservadas al Romano Pontifice. Esta excomunión debe entenderse, salvas las penas en que puedan incurrir los que faltaren contra dichos documentos como propagadores y propugnadores de herejia, si sus proposiciones, opiniones o doctrinas fueren heréticas, como mas de una vez sucede a los adversarios de los mencionados documentos, sobre todo si propugnan los errores de los modernistas, que son el conjunto de todas las herejias.
Esto establecido, recomendamos de nuevo y encarecidamente a los ordinarios de las diocesis y a los superiores de las Ordenes religiosas que estén muy atentos a los profesores de los seminarios en primer lugar; y a los que hallaren imbuidos de los errores modernistas y afanosos de novedades peligrosas o menos dociles a las prescripciones de cualquier manera provenientes de la Sede Apostolica, les prohiban la enseñanza en absoluto; e igualmente nieguen las sagradas ordenes a los jóvenes que infundan la mas leve sospecha de seguir las doctrinas condenadas o las novedades maléficas. Igualmente les exhortamos a que no dejen de observar cuidadosamente los libros y demas escritos, demasiado frecuentes, que expresen opiniones o inclinaciones de acuerdo con las reprobadas en las letras encíclicas y en el decreto arriba mencionados; procuren retirarlas de las librerias catolicas y, mas aun, de las manos de la juventud estudiosa y del clero. Si esto hacen cuidadosamente, habran favorecido la verdadera y solida formación de las mentes, en la cual debe ocuparse principalmente la solicitud de los sagrados pastores.
Queremos y mandamos con nuestra autoridad que estas cosas queden ratificadas y firmes, sin que obste nada en contrario.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 18 de noviembre de 1907, ano quinto de nuestro pontificado.
PIO PAPA X
(1) Pio X Acta, 4,233-236: ASS 40 (1907) 723-726.
(2) La edición del Enchiridión Biblicum hecha en 1927 por la Pontificia Comisión Biblica, incluia aqui, en nota, la epistola de Pio IX Tuas libenter (cf. Doc., n.66s.) y la observación con que terminan los canones de la sess. 3ª del Vaticano I (cf. Doc., n.74).
EXHORTACIÓN APOSTÓLICA DE SS SAN PÍO X
Grabadas en el ánimo profundamente y llenas de espanto se mantienen aquellas palabras que a los Hebreos dirigía el Apóstol de las Gentes cuando, al instruirles sobre la obediencia debida a los superiores, hablaba en estos gravísimos términos: Ellos en verdad velan por vosotros, como quienes han de dar cuenta de vuestras almas(1). Y si esta advertencia se refiere a cuantos en la Iglesia tienen autoridad, toca sobre todo a Nos que, a pesar de Nuestra insuficiencia, ejercemos en ella -por divina ordenación- la suprema autoridad. Por ello, con Nuestra incesante solicitud, día y noche nunca cesamos de pensar y de procurar todo cuanto atañe a la defensa y al aumento de la grey del Señor.
Y, entre todos, Nos preocupa sobremanera este asunto: el que los ministros sean plenamente cual deben ser por su cargo. Pues bien persuadidos estamos de que así es, sobre todo, como puede esperarse el buen estado y el progreso de la Religión. Por ello, desde que fuimos investidos del Pontificado, aunque, considerado el clero en general, bien claros se veían sus muchos méritos, creímos, sin embargo, que debíamos exhortar con todo empeño a Nuestros venerables Hermanos, los Obispos de todo el orbe católico, para que de nada se ocuparan con mayor constancia y actividad como de formar a Cristo en todos los que por su ministerio están destinados a formar al mismo Cristo en los demás. Y bien hemos comprobado Nos cuál ha sido el celo de los Prelados en cumplir Nuestro cargo. Bien hemos comprobado con qué vigilancia y con cuánta solicitud se han aplicado asiduamente a formar a su clero en la virtud: por ello queremos, más que alabarles, darles las gracias públicamente. Ahora bien: si, a consecuencia de este cuidado de los Obispos, vemos con regocijo cómo se ha reanimado el fuego divino en un gran número de sacerdotes, de suerte que recobrarán o aumentarán la gracia de Dios que recibieron por la imposición de las manos de los presbíteros; pero aun Nos hemos de lamentar de que otros, en algunos países, no se muestran tales que el pueblo cristiano, al poner con razón sus ojos en ellos como en un espejo, pueda ver lo que ha de imitar. A éstos, pues, queremos manifestar Nuestro corazón en esta Carta: corazón en verdad paterno, que late con amor lleno de angustia a la vista de su hijo gravemente enfermo. Inspirados en este amor, queremos añadir Nuestras exhortaciones a las del Episcopado; y, aunque, sobre todo, tienen por objeto el reducir a los extraviados y a los tibios, queremos que también a los demás sirvan de estímulo. Queremos señalarles el camino seguro que cada cual ha de esforzarse por seguir cada día con mayor empeño, para ser verdaderamente, según la clara expresión del Apóstol, el hombre de Dios(2), y para corresponder a todo lo que tan justamente espera la Iglesia.
4. Pide renovación a propósito de sus bodas de oro sacerdotales
Nada os diremos que no os sea conocido, ni nuevo para nadie, sino lo que importa bien que todos recuerden: Dios Nos hace sentir que Nuestra palabra producirá abundante fruto. Ved, pues, lo que os pedimos: Renovaos... en el espíritu de vuestra vocación y revestíos del hombre nuevo, que ha sido creado según Dios en justicia y en verdad(3); para Nos, éste será vuestro presente más hermoso y más agradable en el quincuagésimo aniversario de Nuestro sacerdocio. Cuando examinemos Nos ante Dios con un corazón contrito y espíritu de humildad(4) estos años pasados en el sacerdocio, Nos parecerá poder expiar en alguna manera todo cuanto de humano haya de llorarse, recomendándoos y exhortándoos a caminar dignamente para en todo agradar a Dios(5). -Mas con esta exhortación no sólo miramos por vuestro bien particular, sino también por el bien general de los católicos todos, pues no puede separarse el uno del otro. Porque no es tal la condición del sacerdote que pueda ser bueno o malo sólo para sí, ya que su vida y costumbres tan poderosamente influyen en el pueblo. Allí donde haya un buen sacerdote, ¡qué bien tan grande y precioso tienen!
Comenzaremos, por lo tanto, queridos hijos, Nuestra exhortación excitándoos a la santidad de vida que la excelencia de vuestra dignidad requiere. -Todo el que ejerce el sacerdocio no lo ejerce sólo para sí, sino también para los demás: Porque todo Pontífice tomado de entre los hombres está constituido para bien de los hombres en las cosas que miran a Dios(6). El mismo pensamiento expresó Jesucristo cuando, para mostrar la finalidad de la acción de los sacerdotes, los comparó con la sal y con la luz. El sacerdote es, por lo tanto, luz del mundo y sal de la tierra. Nadie ignora que esto se realiza, sobre todo, cuando se comunica la verdad cristiana; pero ¿puede ignorarse ya que este ministerio casi nada vale, si el sacerdote no apoya con su ejemplo lo que enseña con su palabra? Quienes le escuchan podrían decir entonces, con injuria, es verdad, pero no sin razón: Hacen profesión de conocer a Dios, pero le niegan con sus obras(7); y así rechazarían la doctrina del sacerdote y no gozarían de su luz. Por eso el mismo Jesucristo, constituido como modelo de los sacerdotes, enseñó primero con el ejemplo y después con las palabras: Empezó Jesús a hacer y a enseñar(8). -Además, si el sacerdote descuida su santificación, de ningún modo podrá ser la sal de la tierra, porque lo corrompido y contaminado en manera alguna puede servir para dar la salud, y allí, donde falta la santidad, inevitable es que entre la corrupción. Por ello Jesucristo, al continuar aquella comparación, a tales sacerdotes les llama sal insípida que para nada sirve ya sino para ser tirada, y por ello ser pisada por los hombres(9). Verdades éstas, que con mayor claridad aparecen, si se considera que nosotros, los sacerdotes, no ejercemos la función sacerdotal en nombre propio, sino en el de Cristo Jesús. Así, dice el Apóstol, nos considere todo hombre como ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios(10); somos embajadores de Cristo(11). -Por esta razón, Jesucristo mismo nos miró como amigos y no como siervos. Ya no os llamaré siervos..., os he llamado amigos: porque todo lo que he oído de mi Padre os lo he hecho conocer a vosotros... Os he escogido y destinado para que vayáis al mundo y hagáis fruto(12). -Tenemos, pues, que representar a la persona de Cristo; pero la embajada, por El mismo dada, ha de cumplirse de tal modo que alcancemos lo que él se propuso. Y como querer o no querer la misma cosa es la sólida amistad, estamos obligados, como amigos, a sentir en nosotros lo que vemos en Jesucristo, que es santo, inocente, inmaculado(13): como embajadores suyos, hemos de ganar -para sus doctrinas y leyes- la confianza de los hombres, comenzando antes por observarlas nosotros mismos; como participantes de su poder, tenemos que liberar las almas de los demás de los lazos del pecado, pero hemos de procurar con todo cuidado no enredarnos nosotros mismos en ellos. Pero sobre todo, como ministros suyos, al ofrecer el sacrificio por excelencia, que cada día se renueva -en virtud de una fuerza perenne- por la salud del mundo, nos hemos de poner en aquella misma disposición de alma con que El se ofreció a Dios cual hostia inmaculada en el ara de la Cruz. Si antiguamente, cuando no había sino símbolos y figuras, se requería santidad tan grande en los sacerdotes, ¿qué no habrá de exigirse a nosotros, cuando Cristo mismo es la víctima? ¿A quién no debe aventajar en pureza el que goza de semejante sacrificio? ¿A qué rayo de sol en esplendor la manos que parte esta carne, la boca que se llena del fuego espiritual, la lengua que se enrojece con la sangre que hace temblar?(14). Con gran razón insistía así San Carlos Borromeo, en sus discursos al clero: "Si nos acordáramos, queridísimos hermanos, de cuán grandes y cuán dignas cosas ha puesto Dios en nuestras manos, ¡qué fuerza tendría esta consideración para excitarnos a vivir una vida digna de sacerdotes! ¿Qué no ha puesto el Señor en mi mano, cuando ha puesto a su propio Hijo, unigénito, coeterno y consubstancial a sí mismo? En mi mano ha puesto todos sus tesoros, los sacramentos, la gracia; ha puesto las almas, para él lo más precioso, que ha amado más que a sí mismo, pues las ha comprado a precio de su misma sangre; en mi mano ha puesto el mismo cielo, que yo pueda abrir y cerrar a los demás... ¿Cómo podría, pues, yo ser tan ingrato a tan gran dignación y amor, que llegue a pecar contra El, a ofender su honor, a contaminar este cuerpo que es suyo, a profanar esta dignidad, esta vida consagrada a su servicio?".
A esta santidad de vida, de la que aún queremos hablar más todavía, atiende la Iglesia por medio de esfuerzos tan grandes como continuos. Para ello instituyó los Seminarios: en éstos, los jóvenes que se educan para el sacerdocio han de ser imbuidos en ciencias y letras, han de ser al mismo tiempo, pero de un modo especial, formados desde sus más tiernos años en todo cuanto a la piedad concierne. Después, como solícita madre, la Iglesia los conduce gradualmente al sacerdocio, con largos intervalos en los que no perdona medio alguno para exhortarles a que adquieran la santidad. Place bien recordar aquí todo esto. Cuando ya la Iglesia nos alistó en la sagrada milicia, quiso confesáramos con verdad que el Señor es parte de mi herencia y de mi suerte: Vos sois, Dios mío, quien me devolveréis esta herencia(15). Por estas palabras -dice San Jerónimo- el clérigo queda bien avisado de que él, que es parte del Señor o tiene al Señor por parte suya, se muestre tal, que también posea al Señor y sea poseído por El(16).
¡Qué lenguaje tan grave emplea la Iglesia con aquellos que van a ser promovidos al subdiaconado! Una y muchas veces habréis de considerar la carga que voluntariamente tomáis sobre vuestros hombros... Porque, si recibís este orden, no os será permitido volver atrás en vuestra decisión, sino que tendréis que servir siempre a Dios y guardar, con su ayuda, la castidad. Y, por fin: Si hasta el presente habéis estado retraídos de la Iglesia, desde ahora debéis ser asiduos en frecuentarla; si hasta hoy soñolientos, desde ahora vigilantes...; si hasta aquí deshonestos, en lo sucesivo castos... ¡Ved qué ministerio se os confiere! -Por los que van a pasar al diaconado, la Iglesia ruega así a Dios, por la voz del Obispo: Que en ellos abunde el modelo de toda virtud, una autoridad modesta, un pudor constante, la pureza de la inocencia y la observancia de la disciplina espiritual... Que en sus costumbres brillen tus preceptos, a fin de que, con el ejemplo de su castidad el pueblo fiel tenga como propio un modelo que imitar. -Más conmovedora aún es la advertencia dirigida a los que han de ser elevados al sacerdocio: Preciso es subir con gran temor a grado tan alto y procurar que la sabiduría celestial, la probidad de las costumbres y la perpetua observancia de la justicia recomienden a los escogidos para tal cargo... Que el perfume de vuestra vida sea la alegría de la Iglesia de Dios, de manera que por la predicación y el ejemplo construyáis la casa, es decir, la familia de Dios. Pero, sobre todo, nos ha de mover aquel gravísimo mandato que añade: Imitad lo que tenéis entre manos, el cual ciertamente concuerda con aquel precepto de San Pablo: Hagamos a todo hombre perfecto en Jesucristo(17).
Siendo, por lo tanto, éste el pensamiento de la Iglesia, en cuanto a la vida sacerdotal, a nadie podrá parecer extraño que los Santos Padres y Doctores estén todos tan unánimes en este asunto que hasta puedan parecer quizá demasiado prolijos; y, sin embargo, si los juzgamos con prudencia, concluiremos que nada han enseñado que no sea plenamente recto y verdadero. A esto se reducen sus palabras: Entre el sacerdote y cualquier hombre probo debe haber tanta diferencia como entre el cielo y la tierra, por cuya razón se ha de procurar que la virtud del sacerdote no sólo esté exenta de las más graves culpas, sino también aun de las más leves. El Concilio de Trento siguió en esto el juicio de hombres tan venerables, cuando advirtió a los clérigos que huyesen hasta de las faltas leves, que en ellos serían muy grandes(18); muy grandes, en efecto, no en sí, sino con relación al que las comete, y a quien, con mayor razón que a las paredes de nuestros templos, ha de aplicarse esta frase de la Escritura: La santidad es propia de tu casa(19).
NOTAS
(1) He 13, 17.
2) 1Tm 6,11.
3) Ep 4,23-24.
4) Dan. 3, 39.
5) Col 1, 10.
6) He 5, 1.
7) Tit. 1, 16.
8) Act. 1, 1.
9) Mt 5, 13.
10) 1 Cor. 14, 1.
11) 2 Cor. 5, 20. volver)
12) Io. 15, 15-16.
13) He 7, 26.
14) S. Io. Chrysost. In Mt hom. 82, n. 5.
15) Ps . 15, 5.
16) Ep. 52, ad Nepot. n. 5.
17) Col 1, 28.
18) Sess. 22 de reform. c. 1.
19) Ps . 92, 5.
Ahora bien: preciso es determinar en qué haya de consistir esta santidad, de la cual no es lícito que carezca el sacerdote; porque el que lo ignore o lo entienda mal, está ciertamente expuesto a un peligro muy grave. Piensan algunos, y hasta lo pregonan, que el sacerdote ha de colocar todo su empeño en emplearse sin reserva en el bien de los demás; por ello, dejando casi todo el cuidado de aquellas virtudes -que ellos llaman pasivas- por las cuales el hombre se perfecciona a sí mismo, dicen que toda actividad y todo el esfuerzo han de concentrarse en la adquisición y en el ejercicio de las virtudes activas. Maravilla cuánto engaño y cuánto mal contiene esta doctrina. De ella escribió muy sabiamente Nuestro Predecesor, de feliz memoria: Sólo aquel que no se acuerde de las palabras del Apóstol: "Los que El previó, también predestinó a ser conformes a la imagen de su Hijo"(1), sólo aquél -digo- podrá pensar que las virtudes cristianas son acomodadas las unas a un tiempo y las otras a otro. Cristo es el Maestro y el ejemplo de toda santidad, a cuya norma se ajusten todos cuantos deseen ocupar un lugar entre los bienaventurados. Ahora bien: a medida que pasan los siglos, Cristo no cambia, sino que es el mismo "ayer y hoy, y será el mismo por todos los siglos"(2). Por lo tanto, a todos los hombres de todos los tiempos se dirige aquello: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón"(3): y en todo momento se nos muestra Cristo "hecho obediente hasta la muerte"(4). También aquellas palabras del Apóstol: "Los que son de Cristo han crucificado su carne con los vicios y las concupiscencias"(5) valen igualmente para todos los tiempos. Verdad es que estas enseñanzas se aplican por igual a todos los fieles, pero dicen mejor con los sacerdotes; y, como dicho a ellos antes que a los demás, han de tomar lo que Nuestro Predecesor añadía con su apostólico celo: Quisiera Dios que estas virtudes fuesen practicadas ahora por mayor número de gente, como lo fueron por tantos santos personajes de tiempos pasados, que en humildad de corazón, obediencia y abstinencia fueron "poderosos en obras y palabras", con provecho muy grande para la religión y la sociedad. Ni está fuera de lugar el recordar cómo el sapientísimo Pontífice con toda razón hace una muy singular mención de aquella abstinencia que, en lenguaje evangélico, llamamos "abnegación de sí mismo". En efecto, queridos hijos, en ella principalmente están contenidas la fuerza, la eficacia y todo el fruto del ministerio sacerdotal; así como de su negligencia procede todo cuanto en las costumbres del sacerdote puede ofender los ojos y las conciencias de los fieles. Porque, si alguno obra por un vergonzoso afán de lucro, si se enreda en negocios temporales, si ambiciona los primeros puestos y desprecia los demás, si se hace esclavo de la carne y de la sangre, si busca el agradar a los hombres, si confía en las palabras persuasivas de la sabiduría humana, todo ello proviene de que desdeña el mandato de Cristo y desprecia la condición por El puesta: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo(6). Mientras Nos inculcamos tanto todo esto, no dejamos de advertir al sacerdote que no ha de vivir santamente para sí solo, pues él es el obrero que Cristo salió a contratar para su viña(7). Le corresponde, pues, arrancar las perniciosas hierbas, sembrar las útiles, regarlas y velar para que el enemigo no siembre luego la cizaña. Guárdese bien, por lo tanto, el sacerdote, no sea que, al dejarse llevar por un afán inconsiderado de su perfección interior, descuide alguna de las obligaciones de su ministerio que al bien de los fieles se refieren. Tales son: predicar la palabra divina, oír confesiones cual conviene, asistir a los enfermos, sobre todo a los moribundos, enseñar la fe a los que no la conocen, consolar a los afligidos, hacer que vuelvan al camino los que yerran, imitar siempre y en todo a Cristo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los tiranizados por el diablo(8). Pero, en medio de toda esta actividad, que en su alma esté siempre profundamente grabada la advertencia insigne de San Pablo: Ni el que planta es algo, ni el que riega; sino el que obra el crecimiento, Dios(9). Bien está que entre lágrimas vaya echando las semillas, bien que luego las cuide con todo esmero; pero que germinen y den el fruto deseado, sólo pertenece a Dios y a su auxilio todopoderoso. Y es que, sobre todo, siempre se ha de tener muy presente que los hombres no son sino instrumentos que usa Dios para la salvación de las almas; por ello, siempre han de estar muy bien preparados para que Dios pueda servirse de ellos. Pero ¿de qué modo? ¿Creemos, por ventura, que Dios se moverá a valerse de nuestra actividad, en el extender su gloria, por alguna excelencia nuestra ingénita o lograda por el trabajo? En manera alguna; porque escrito está: Dios se escogió lo necio del mundo para confundir al sabio; y lo débil del mundo, para confundir lo fuerte; y lo vil del mundo, lo tenido en nada y lo que no es se lo escogió Dios para anular lo que es(10).
En realidad, tan sólo hay una cosa que une al hombre con Dios, haciéndole agradable a sus ojos e instrumento no indigno de su misericordia: la santidad de vida y de costumbres. Si esta santidad, que no es otra que la eminente ciencia de Jesucristo, faltare al sacerdote, le falta todo. Pues, separados de esta santidad, el caudal mismo de la ciencia más escogida -que Nos mismo procuramos promover en el clero-, la actividad y el acierto en el obrar, aunque puedan ser de alguna utilidad, ya a la Iglesia, ya a cada uno de los cristianos, no rara vez les son lamentable causa de perjuicios. Pero cuánto pueda, por ínfimo que sea, emprender y lograr con gran beneficio para el pueblo de Dios quien esté adornado de santidad y por la santidad se distinga, lo prueban numerosos testimonios de todos los tiempos, y admirablemente el no lejano de Juan B. Vianney, ejemplar cura de almas, a quien Nos tuvimos gran placer en decretar el honor debido a los Beatos. -Unicamente la santidad nos hace tales como nos quiere nuestra divina vocación, esto es, hombres que estén crucificados para el mundo y para quienes el mundo mismo esté crucificado, hombres que caminen en una nueva vida y que, como enseña San Pablo, en medio de trabajos, de vigilias, de ayunos, por la castidad, por la ciencia, por la longanimidad, por la suavidad, por el Espíritu Santo, por la caridad no fingida, por la palabra de verdad(11), se muestren ministros de Dios, que se dirijan exclusivamente hacia las cosas celestiales y que pongan todo su esfuerzo en llevar también a los demás hacia ellas. Mas, como nadie ignora, la santidad de la vida en tanto es fruto de nuestra voluntad, en cuanto es fortificada por Dios mediante el auxilio de la gracia; y Dios mismo nos ha provisto colmadamente para que no careciésemos jamás, si no queremos, del don de la gracia, lo cual logramos principalmente por el espíritu de oración. En efecto, entre la santidad y la oración existe dicha relación tan necesariamente que de ningún modo puede existir la una sin la otra. Por esto, muy conforme a la verdad es la frase del Crisóstomo: Yo creo ser evidente para todos que es sencillamente imposible el vivir en la virtud sin la defensa de la oración(12); y San Agustín, agudamente, formula esta conclusión: Verdaderamente sabe vivir bien quien sabe orar bien(13). Jesucristo mismo nos persuade con más fuerza estas enseñanzas por la exhortación constante de su palabra, y más todavía con su ejemplo: sabido es cómo para orar, se retiraba a los desiertos, o se acogía a la soledad de las montañas; gastaba noches enteras con gran empeño en esta ocupación; iba frecuentemente al templo, y hasta rodeado de las muchedumbres oraba en público con los ojos alzados al cielo; en fin, clavado en la cruz, aun entre los mismos dolores de la muerte, llorando y con gran clamor suplicó a su Padre. Tengamos, por lo tanto, como cierto y probado que el sacerdote, a fin de poder cumplir dignamente con su puesto y su deber, necesita darse de lleno a la oración. No es raro tener que deplorar que lo haga más por costumbre que por devoción interior; que a su tiempo rece el oficio con descuido o que recite a veces algunas oraciones, pero después ya no se acuerde de consagrar parte alguna del día para hablar con Dios, elevando su corazón al cielo. Y sin embargo, el sacerdote, mucho más que cualquier otro, debe obedecer al precepto de Cristo: Preciso es orar siempre(14); precepto que seguía San Pablo, cuando insistía con tanto empeño: Perseverad en la oración, pasando en ella las vigilias con acción de gracias(15); Orad sin cesar(16).
Y ¡cuántas ocasiones se presentan durante el día para elevarse hacia Dios a un alma poseída por el deseo de la propia santificación y de la salvación de las otras almas! Angustias íntimas, fuerza y pertinacia de las tentaciones, falta de virtudes, desaliento y esterilidad en los trabajos, innumerables ofensas o negligencia y, finalmente, el temor a los juicios divinos: todas estas cosas nos incitan poderosamente a llorar ante el Señor para enriquecernos fácilmente, a sus ojos, de méritos y, además, conseguir su protección. Y hemos de llorar no tan sólo por nosotros. Entre el gran diluvio de pecados que, sin cesar se extiende por todas partes, a nosotros nos corresponde, sobre todo, el implorar y suplicar la divina clemencia, así como el insistir ante Cristo, dador muy benigno de toda gracia, en el admirable Sacramento: Perdona, Señor, perdona a tu pueblo.
PIO X, MAGISTERIO - CONCLUSION