PIOXII, MAGISTERIO PONTIFICIO - II. UNION DE LOS FIELES CON CRISTO

II. UNION DE LOS FIELES CON CRISTO


31. Placenos ahora, Venerables Hermanos, tratar muy de proposito de nuestra union con Cristo en el Cuerpo de la Iglesia, que si -como con toda razon afirma San Agustin(132)- es cosa grande, misteriosa y divina, por eso mosmo sucede con frecuencia que algunos la entienden y explican desacertadamente. Y, ante todo, es evidente que se trata de una mosion estrechisima. Y asi es como, en la Sagrada Escritura, se la coteja con el vinculo del santo matrimonio y se la compara con la unidad vital de los sarmientos y la vida y la del organismo de nuestro cuerpo(133); y en los mosmos libros inspirados se la presenta tan intima que antiquisimos documentos, constantemente transmitidos por los Santos Padres y fundados en aquello del Apostol: El mosmo (Cristo) es la cabeza de la Iglesia(134), ensenan que el Redentor divino constituye con su Cuerpo social una sola persona mistica, o, como dice San Agustin, el Cristo integro(135). Mas aun, nuestro mosmo Salvador, en su oracion sacerdotal, no dudo en comparar esta union con aquella admirable unidad por la que el Hijo esta en el Padre y el Padre en el Hijo(136).

VINCULOS JURIDICOS Y SOCIALES

Nuestra trabazon en Cristo y con Cristo consiste, en primer lugar, en que, siendo la muchedumbre cristiana por voluntad de su Fundador un Cuerpo social y perfecto, ha de haber una union de todos sus moembros por lo mosmo que todos tienden a un mosmo fin. Y cuanto mas noble es el fin que persigue esta union y mas divina la fuente de que brota, tanto mas excelente sera sin duda su unidad. Ahora bien; el fin es altisimo: la continua santificacion de los moembros del mosmo Cuerpo para gloria de Dios y del Cordero que fue sacrificado(137). Y la fuente es divinisima, a saber: no solo el beneplacito del Eterno Padre y la solicita voluntad de nuestro Salvador, sino también el interno soplo e impulso del Espiritu Santo en nuestras mentes y en nuestras almas. Porque si ni siquiera un monimo acto que lleve a la salvacion puede ser realizado sino en virtud del Espiritu Santo, ¿como podran tender innumerables muchedumbres de todas las naciones y pueblos de comun acuerdo a la mayor gloria de Dios trino y uno, sino por virtud de Aquel que procede del Padre y del Hijo por un solo y eterno halito de amor?

Por otra parte, debiendo ser este Cuerpo social de Cristo, como dijimos arriba, visible por voluntad de su Fundador, es menester que semejante union de todos los moembros se manifieste también exteriormente, ya en la profesion de una mosma fe, ya en la comunicacion de unos mosmos sacramentos, asi en la participacion de un mosmo sacrificio como, finalmente, en la activa observancia de unas mosmas leyes. Y, ademas, es absolutamente necesario que esté visible a los ojos de todos la Cabeza suprema que guie eficazmente, para obtener el fin que se pretende, la mutua cooperacion de todos: Nos referimos al Vicario de Jesucristo en la tierra. Porque asi como el Divino Redentor envio el Espiritu Paraclito de verdad para que, haciendo sus veces(138), asumiera el gobierno invisible de la Iglesia, asi también encargo a Pedro y a sus Sucesores que, haciendo sus veces en la tierra, desempenaran también el régimen visible de la sociedad cristiana.

VIRTUDES TEOLOGALES


32. A estos vinculos juridicos, que ya por si solos bastan para superar a todos los otros vinculos de cualquiera sociedad humana por elevada que sea, es necesario anadir otro motivo de unidad por razon de aquellas tres virtudes que tan estrechamente nos juntan uno a otro y con Dios, a saber: la fe, la esperanza y la caridad cristiana.

Pues, como ensena el Apostol, uno es el Senor, una la fe(139), es decir, la fe con la que nos adherimos a un solo Dios y al que él envio, Jesucristo(140). Y cuan intimamente nos une esta fe con Dios, nos lo ensenan las palabras del doscipulo predilecto de Jesus: Quienquiera que confesare que Jesus es el Hijo de Dios, Dios esta en él y él en Dios(141). Y no es menos lo que esta fe cristiana nos une mutuamente y con la divina Cabeza. Porque cuantos somos creyentes, teniendo... el mosmo espiritu de fe(142), nos alumbramos con la mosma luz de Cristo, nos alimentamos con el mosmo manjar de Cristo y somos gobernados por la misma autoridad y magisterio de Cristo. Y si en todos florece el mosmo espiritu de fe, vivimos todos también la misma vida en la fe del Hijo de Dios, que nos amo y se entrego por nosotros(143); y Cristo, Cabeza nuestra, acogido por nosotros y morando en nuestros corazones por la fe viva(144), asi como es el autor de nuestra fe, asi también sera su consumador(145).

Si por la fe nos adherimos a Dios en esta tierra como a fuente de verdad, por la virtud de la esperanza cristiana lo deseamos como a manantial de felicidad, aguardando la bienaventurada esperanza y la venida gloriosa del gran Dios(146). Y por aquel anhelo comun del Reino celestial, que nos hace renunciar aqui a una ciudadania permanente para buscar la futura(147) y aspirar a la gloria celestial, no dudo el Apostol de las Gentes en decir: Un Cuerpo y un Espiritu, como habéis sido llamados a una misma esperanza de vuestra vocacion(148); mas aun, Cristo reside en nosotros como esperanza de gloria(149).


33. Pero si los lazos de la fe y esperanza que nos unen a nuestro Divino Redentor en su Cuerpo mistico son de gran firmeza e importancia, no son de menor valor y eficacia los vinculo de la caridad. Porque si, aun en las cosas naturales, el amor, que engendra la verdadera amistad, es de lo mas excelente, ¿qué diremos de aquel amor celestial que el mosmo Dios infunde en nuestras almas? Dios es caridad: y quien permanece en la caridad, permanece en Dios y Dios en él(150). En virtud, por decirlo asi, de una ley establecida por Dios, esta caridad hace que al amarle nosotros le hagamos descender amoroso, conforme a aquello: Si alguno me ama..., mi Padre le amara, y vendremos a él y pondremos en él nuestra morada(151). La caridad, por consiguiente, es la virtud que -mas estrechamente que toda otra virtud- nos une con Cristo, en cuyo celestial amor abrasados tantos hijos de la Iglesia se alegraron al sufrir injurias por El y soportarlo y superarlo todo, aun lo mas arduo, hasta el ultimo aliento y hasta derramar su sangre. Por lo cual nuestro Divino Salvador nos exhorta encarecidamente con estas palabras: Permaneced en mo amor. Y como quiera que la caridad es una cosa estéril y completamente vana si no se manifiesta y actua en las buenas obras, por eso anadio en seguida: Si observais mis preceptos, permaneceréis en mo amor, como yo mosmo he observado los preceptos de mi Padre y permanezco en su amor(152).

Pero es menester que a este amor a Dios y a Cristo corresponda la caridad para con el projimo. Porque ¿como podremos asegurar que amamos a nuestro Divino Redentor, si odiamos a los que él redimio con su preciosa sangre para hacerlos moembros de su Cuerpo mistico? Por eso el Apostol predilecto de Cristo nos amonesta asi: Si alguno dijere que ama a Dios mientras odia a su hermano, es mentiroso. Porque quien no ama a su hermano, a quien tiene ante los ojos, ¿como puede amar a Dios, a quien no ve? Y este mandato hemos recibido de Dios: que quien ame a Dios, ame también a su hermano(153). Mas aun: se debe afirmar que estaremos tanto mas unidos con Dios y con Cristo, cuanto mas seamos miembros uno de otro(154) y mas solicitos reciprocamente(155); como, por otra parte, tanto mas unidos y estrechados estaremos por la caridad cuanto mas encendido sea el amor que nos junte a Dios y a nuestra divina Cabeza.


34. Ya antes del principio del mundo el Unigénito Hijo de Dios nos abrazo con su eterno e infinito conocimiento y con su amor perpetuo. Y, para manifestarnos éste de un modo visible y admirable, unio a si nuestra naturaleza con union hipostatica, en virtud de la cual -advierte San Maximo de Turin con candorosa sencillez-: en Cristo nos ama nuestra carne(156).

Mas aquel amorosisimo conocimiento, que desde el primer momento de su Encarnacion tuvo de nosotros el Redentor divino, esta por encima de todo el alcance escrutador de la mente humana, porque, en virtud de aquella vision beatifica de que disfruto, apenas recibido en el seno de la madre divina, tiene siempre y continuamente presentes a todos los miembros del Cuerpo mistico y los abraza con su amor salvifico. ¡Oh admirable dignacion de la piedad divina para con nosotros! ¡Oh inapreciable orden de la caridad infinita! En el pesebre, en la Cruz, en la gloria eterna del Padre, Cristo ve ante sus ojos y tiene a si unidos a todos los miembros de la Iglesia con mucha mas claridad y mucho mas amor que una madre conoce y ama al hijo que lleva en su regazo, que cualquiera se conoce y ama a si mismo.

Por lo dicho se ve facilmente, Venerables Hermanos, por qué escribe tantas veces San Pablo que Cristo esta en nosotros y nosotros en Cristo. Ello ciertamente se confirma con una razon mas profunda. Porque, como expusimos antes con suficiente amplitud, Cristo esta en nosotros por su Espiritu, el cual nos comunica, y por el que de tal suerte obra en nosotros, que todas las cosas divinas, llevadas a cabo por el Espiritu Santo en las almas, se han de decir también realizadas por Cristo(157). Si alguien no tiene el Espiritu de Cristo -dice el Apostol-, no es de El; pero si Cristo esta en vosotros..., el espiritu vive en virtud de la justificacion(158).

Esta misma comunicacion del Espiritu de Cristo hace que, al derivarse a todos los miembros de la Iglesia todos los dones, virtudes y carismas que con la maxima excelencia, abundancia y eficacia encierra la Cabeza, y al perfeccionarse en ellos dia por dia segun el sitio que ocupan en el Cuerpo mistico de Jesucristo, la Iglesia viene a ser como la plenitud y el complemento del Redentor; y Cristo viene en cierto modo a completarse del todo en la Iglesia(159). Con las cuales palabras hemos tocado la misma razon por la cual, segun la ya indicada doctrina de San Agustin, la Cabeza mistica, que es Cristo, y la Iglesia, que en esta tierra hace sus veces, como un segundo Cristo, constituyen un solo hombre nuevo, en el que se juntan cielo y tierra para perpetuar la obra salvifica de la Cruz; este hombre nuevo es Cristo, Cabeza y Cuerpo, el Cristo integro.


35. No ignoramos, ciertamente, que para la inteligencia y explicacion de esta recondita doctrina -que se refiere a nuestra union con el Divino Redentor y de modo especial a la inhabitacion del Espiritu Santo en nuestras almas- se interponen muchos velos, en los que la misma doctrina queda como envuelta por cierta oscuridad, supuesta la debilidad de nuestra mente. Pero sabemos que de la recta y asidua investigacion de esta cuestion, asi como del contraste de las diversas opiniones y de la coincidencia de pareceres, cuando el amor de la verdad y el rendimiento debido a la Iglesia guian el estudio, brotan y se desprenden preciosos rayos con los que se logra un adelanto real también en estas disciplinas sagradas. No censuramos, por lo tanto, a los que usan diversos métodos para penetrar e ilustrar en lo posible tan profundo misterio de nuestra admirable union con Cristo. Pero todos tengan por norma general e inconcusa, si no quieren apartarse de la genuina doctrina y del verdadero magisterio de la Iglesia, la siguiente: han de rechazar, tratandose de esta union mistica, toda forma que haga a los fieles traspasar de cualquier modo el orden de las cosas creadas e invadir erroneamente lo divino, sin que ni un solo atributo, propio del sempiterno Dios, pueda atribuirsele como propio. Y, ademas, sostengan firmemente y con toda certeza que en estas cosas todo es comun a la Santisima Trinidad, puesto que todo se refiere a Dios como a suprema cosa eficiente.

También es necesario que adviertan que aqui se trata de un misterio oculto, el cual, mientras estemos en este destierro terrenal, de ningun modo se podra penetrar con plena claridad ni expresarse con lengua humana. Se dice que las divinas Personas habitan en cuanto que, estando presentes de una manera inescrutable en las almas creadas dotadas de entendimiento, entran en relacion con ellas por el conocimiento y el amor(160), aunque completamente intimo y singular, absolutamente sobrenatural. Para aproximarnos un tanto a comprender esto hemos de usar el método que el Concilio Vaticano(161) recomienda mucho en estas materias: esto es, que si se procura obtener luz para conocer un tanto los arcanos de Dios, se consigue comparando los mismos entre si y con el fin ultimo al que estan enderezados. Oportunamente, segun eso, al hablar Nuestro sapientisimo Antecesor Leon XIII, de feliz memoria, de esta nuestra union con Cristo y del divino Paraclito que en nosotros habita, tiende sus ojos a aquella vision beatifica por la que esta misma trabazon mistica obtendra algun dia en los cielos su cumplimiento y perfeccion, y dice: Esta admirable union, que propiamente se llama inhabitacion, y que solo en la condicion o estado (viadores, en la tierra), mas no en la esencia, se diferencia de aquella con que Dios abraza a los del cielo, beatificandolos(162). Con la cual vision sera posible, de una manera absolutamente inefable, contemplar al Padre, al Hijo y al Espiritu Santo con los ojos de la mente, elevados por luz superior; asistir de cerca por toda la eternidad a las procesiones de las personas divinas y ser feliz con un gozo muy semejante al que hace feliz a la santisima e indivisa Trinidad.

Lo que llevamos expuesto de esta estrechisima union del Cuerpo mistico de Jesucristo con su Cabeza, Nos pareceria incompleto si no anadiéramos aqui algo cuando menos acerca de la Santisima Eucaristia, que lleva esta union como a su cumbre en esta vida mortal.


36. Cristo nuestro Senor quiso que esta admirable y nunca bastante alabada union, por la que nos juntamos entre nosotros y con nuestra divina Cabeza, se manifestara a los fieles de un modo singular por medio del Sacrificio Eucaristico. Porque en él los ministros sagrados hacen las veces no solo de nuestro Salvador, sino también del Cuerpo mistico y de cada uno de los fieles; y en él también los mismos fieles reunidos en comunes deseos y oraciones, ofrecen al Eterno Padre por las manos del sacerdote el Cordero sin mancilla hecho presente en el altar a la sola voz del mismo sacerdote, como hostia agradabilisima de alabanza y propiciacion por las necesidades de toda la Iglesia. Y asi como el Divino Redentor, al morir en la Cruz, se ofrecio, a si mismo, al Eterno Padre como Cabeza de todo el género humano, asi también en esta oblacion pura(163) no solamente se ofrece al Padre Celestial como Cabeza de la Iglesia, sino que ofrece en si mismo a sus miembros misticos, ya que a todos ellos, aun a los mas débiles y enfermos, los incluye amorosisimamente en su Corazon.

El sacramento de la Eucaristia, ademas de ser una imagen viva y admirabilisima de la unidad de la Iglesia -puesto que el pan que se consagra se compone de muchos granos que se juntan, para formar una sola cosa(164)- nos da al mismo autor de la gracia sobrenatural, para que tomemos de él aquel Espiritu de caridad que nos haga vivir no ya nuestra vida, sino la de Cristo y amar al mismo Redentor en todos los miembros de su Cuerpo social.

Si, pues, en las tristisimas circunstancias que hoy nos acongojan son muy numerosos los que tienen tal devocion a Cristo Nuestro Senor, oculto bajo los velos eucaristicos, que ni la tribulacion, ni la angustia, ni el hambre, ni la desnudez, ni el peligro, ni la persecucion, ni la espada los pueden separar de su caridad(165), ciertamente en este caso la sagrada Comunion, que no sin designio de la divina Providencia ha vuelto a recibirse en estos ultimos tiempos con mayor frecuencia, ya desde la ninez, llegara a ser fuente de la fortaleza que no rara vez suscita y forja verdaderos héroes cristianos.



(132) Contra Faust. 21,8 PL 42,392.

(133) Cf. Ep 5,22-23; Jn 15,1-5; Ep 4,16.

(134) Col 1,18.

(135) Cf. Enarr. in Ps 17,51 et 90,2,1 PL 36,154; 37,1159.

(136) Jn 17,21-23.

(137) Ap 5,12-13.

(138) Cf. Jn 14,16. 26.

(139) Ep 4,5.

(140) Cf. Jn 17,3.

(141) 1 Jn 4,15.

(142) 2Co 4,13.

(143) Cf. Ga 2,20.

(144) Cf. Ep 3,17.

(145) Cf. He 12,2.

(146) Tt 2,13.

(147) Cf. He 13,14.

(148) Ep 4,4.

(149) Cf. Col 1,27.

(150) 1Jn 4,16.

(151) Jn 14,23.

(152) Jn 15,9-10.

(153) 1 Jn 4,20-21.

(154) Rm 12,5.

(155) 1Co 12,25.

(156) Serm. 29, PL 57,594.

(157) Cf. S. Thom. Comm. in Ep. ad Ep c. 2,1. 5.

(158) Rm 8,9-10.

(159) Cf. S. Thom. Comm. in Ep. ad Ep c. 1,1. 8.

(160) Cf. S. Thom. 1,43,3.

(161) Sess. 3 Const. de fide cath. c. 4.

(162) Cf. Divinum illud: A.S.S. 29,653.

(163) Mal. 1,11.

(164) Cf. Didache 9,4.

(165) Cf. Rm 8,35.



III. EXHORTACION PASTORAL


37. Esto es, Venerables Hermanos, lo que piadosa y rectamente entendido y diligentemente mantenido por los fieles, les podra librar mas facilmente de aquellos errores que provienen de haber emprendido algunos arbitrariamente el estudio de esta dificil cuestion no sin gran riesgo de la fe catolica y perturbacion de los animos.

Porque no faltan quienes -no advirtiendo bastante que el apostol Pablo hablo de esta materia solo metaforicamente, y no distinguiendo suficientemente, como conviene, los significados propios y peculiares de cuerpo fisico, moral y mistico-, fingen una unidad falsa y equivocada, juntando y reuniendo en una misma persona fisica al Divino Redentor con los miembros de la Iglesia y, mientras atribuyen a los hombres propiedades divinas, hacen a Cristo nuestro Senor sujeto a los errores y a las debilidades humanas. Esta doctrina falaz, en pugna completa con la fe catolica y con los preceptos de los Santos Padres, es también abiertamente contraria a la mente y al pensamiento del Apostol, quien aun uniendo entre si con admirable trabazon a Cristo y su Cuerpo mistico, los opone uno a otro como el Esposo a la Esposa(166).


38. Ni menos alejado de la verdad esta el peligroso error de los que pretenden deducir de nuestra union mistica con Cristo una especie de quietismo disparatado, que atribuye unicamente a la accion del Espiritu divino toda la vida espiritual del cristiano y su progreso en la virtud, excluyendo -por lo tanto- y despreciando la cooperacion y ayuda que nosotros debemos prestarle. Nadie, en verdad, podra negar que el Santo Espiritu de Jesucristo es el unico manantial del que proviene a la Iglesia y sus miembros toda virtud sobrenatural. Porque, como dice el Salmista, la gracia y la gloria la dara el Senor(167). Sin embargo, el que los hombres perseveren constantes en sus santas obras, el que aprovechen con fervor en gracia y en virtud, el que no solo tiendan con esfuerzo a la cima de la perfeccion cristiana sino que estimulen también en lo posible a los otros a conseguirla, todo esto el Espiritu celestial no lo quiere obrar sin que los mismos hombres pongan su parte con diligencia activa y cotidiana. Porque los beneficios divinos -dice San Ambrosio- no se otorgan a los que duermen, sino a los que velan(168). Que si en nuestro cuerpo mortal los miembros adquiere fuerza y vigor con el ejercicio constante, con mayor razon sucedera eso en el Cuerpo social de Jesucristo, en el que cada uno de los miembros goza de propia libertad, conciencia e iniciativa. Por eso quien dijo: Y yo vivo, o mas bien yo no soy el que vivo: sino que Cristo vive en mi(169), no dudo en afirmar: la gracia suya (es decir, de Dios) no estuvo baldia en mi, sino que trabajé mas que todos aquellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo(170). Es, pues, del todo evidente que con estas enganosas doctrinas el misterio de que tratamos, lejos de ser de provecho espiritual para los fieles, se convierte miserablemente en su rutina.


39. Esto mismo sucede con las falsas opiniones de los que aseguran que no hay que hacer tanto caso de la confesion frecuente de los pecados veniales, cuando tenemos aquélla mas aventajada confesion general que la Esposa de Cristo hace cada dia, con sus hijos unidos a ella en el Senor, por medio de los sacerdotes, cuando estan para ascender al altar de Dios. Cierto que, como bien sabéis, Venerables Hermanos, estos pecados veniales se pueden expiar de muchas y muy loables maneras; mas para progresar cada dia con mayor fervor en el camino de la virtud, queremos recomendar con mucho encarecimiento el piadoso uso de la confesion frecuente, introducido por la Iglesia no sin una inspiracion del Espiritu Santo: con él se aumenta el justo conocimiento propio, crece la humildad cristiana, se hace frente a la tibieza e indolencia espiritual, se purifica la conciencia, se robustece la voluntad, se lleva a cabo la saludable direccion de las conciencias y aumenta la gracia en virtud del Sacramento mismo. Adviertan, pues, los que disminuyen y rebajan el aprecio de la confesion frecuente entre los seminaristas, que acometen empresa extrana al Espiritu de Cristo y funestisima para el Cuerpo mistico de nuestro Salvador.


40. Hay, ademas, algunos que niegan a nuestras oraciones toda eficacia propiamente impetratoria o que se esfuerzan por insinuar entre las gentes que las oraciones dirigidas a Dios en privado son de poca monta, mientras las que valen de hecho son mas bien las publicas, hechas en nombre de la Iglesia, pues brotan del Cuerpo mistico de Jesucristo. Todo eso es, ciertamente, erroneo: porque el Divino Redentor tiene estrechamente unidas a si no solo a su Iglesia, como a Esposa que es amadisima, sino en ella también a las almas de cada uno de los fieles, con quienes ansia conversar muy intimamente, sobre todo después que se acercaren a la Mesa Eucaristica. Y aunque la oracion comun y publica, como procedente de la misma Madre Iglesia, aventaja a todas las otras por razon de la dignidad de la Esposa de Cristo, sin embargo, todas las plegarias, aun las dichas muy en privado, lejos de carecer de dignidad y virtud, contribuyen muchisimo a la utilidad del mismo Cuerpo mistico en general, ya que en él todo lo bueno y justo que obra cada uno de los miembros redunda, por la Comunion de los Santos, en bien de todos. Y nada impide a cada uno de los hombres, por el hecho de ser miembros de este Cuerpo, el que pidan para si mismos gracias especiales, aun de orden terrenal, mas guardando la sumision a la voluntad divina, pues son personas libres y sujetas a sus propias necesidades individuales(171). Y cuan grande aprecio hayan de tener todos de la meditacion de las cosas celestiales se demuestra no solo por las ensenanzas de la Iglesia, sino también por el uso y ejemplo de todos los santos.

Ni faltan, finalmente, quienes dicen que no hemos de dirigir nuestras oraciones a la persona misma de Jesucristo, sino mas bien a Dios o al Eterno Padre por medio de Cristo, puesto que se ha de tener a nuestro Salvador, en cuanto Cabeza de su Cuerpo mistico, tan solo en razon de "mediador entre Dios y los hombres"(172). Sin embargo, esto no solo se opone a la mente de la Iglesia y a la costumbre de los cristianos, sino que contraria aun a la verdad. Porque, hablando con propiedad y exactitud, Cristo es a la vez, segun su doble naturaleza, Cabeza de toda la Iglesia(173). Ademas, El mismo aseguro solemnemente: Si algo me pidiereis en mi nombre, lo haré(174). Y aunque principalmente en el Sacrificio Eucaristico -en el cual Cristo es a un tiempo sacerdote y hostia y desempena de una manera peculiar el oficio de conciliador- las oraciones se dirigen con frecuencia al Eterno Padre por medio de su Unigénito, sin embargo, no es raro que aun en este mismo sacrificio se eleven también preces al mismo Divino Redentor; ya que todos los cristianos deben conocer y entender claramente que el hombre Cristo Jesus es el mismo Hijo de Dios, y el mismo Dios. Aun mas: mientras la Iglesia militante adora y ruega al Cordero sin mancha y a la sagrada Hostia, en cierta manera parece responder a la voz de la Iglesia triunfante que perpetuamente canta: Al que esta sentado en el trono y al Cordero: bendicion y honor y gloria e imperio por los siglos de los siglos(175).


41. Después que, como Maestro de la Iglesia Universal, hemos iluminado las mentes con la luz de la verdad, explicando cuidadosamente este misterio que comprende la arcana union de todos nosotros con Cristo, juzgamos, Venerables Hermanos, propio de Nuestro oficio pastoral estimular también los animos a amar intimamente este mistico Cuerpo con aquella encendida caridad que se manifiesta no solo en el pensamiento y en las palabras, sino también en las mismas obras.

Porque si los que profesaban la Antigua Ley cantaron de su Ciudad terrenal: Si me olvidare de ti, Jerusalén, sea entregada al olvido mi diestra: mi lengua péguese a mis fauces, si no me acordare de ti, si no me propusiere a Jerusalén como el principio de mi alegria(176), con cuanta mayor gloria y mas efusivo gozo no nos hemos de regocijar nosotros porque habitamos una Ciudad construida en el monte santo con vivas y escogidas piedras, siendo Cristo Jesus la primera piedra angular(177).

Puesto que nada mas glorioso, nada mas noble, nada, a la verdad, mas honroso se puede pensar que formar parte de la Iglesia santa, catolica, apostolica y Romana, por medio de la cual somos hechos miembros de un solo y tan venerado Cuerpo, somos dirigidos por una sola y excelsa Cabeza, somos penetrados de un solo y divino Espiritu; somos, por ultimo, alimentados en este terrenal destierro con una misma doctrina y un mismo angélico Pan, hasta que, por fin, gocemos en los cielos de una misma felicidad eterna.


42. Mas, para que no seamos enganados pro el angel de las tinieblas que se transfigura en angel de luz(178), sea ésta la suprema ley de nuestro amor: que amemos a la Esposa de Cristo cual Cristo mismo la quiso, al conquistarla con su sangre. Conviene, pues, que tengamos gran afecto no solo a los Sacramentos con los que la Iglesia, piadosa Madre, nos alimenta; no solo a las solemnidades con las que nos solaza y alegra, y a los sagrados cantos y a los ritos liturgicos que elevan nuestras mentes a las cosas celestiales, sino también a los sacramentales y a los diversos ejercicios de piedad, mediante los cuales la misma Iglesia suavemente atiende a que las almas de los fieles, con gran consuelo, se sientan suavemente llenas del Espiritu de Cristo. Ni solo tenemos el deber de corresponder, como conviene a hijos, a aquella su maternal piedad para con nosotros, sino también el de reverenciar su autoridad recibida de Cristo y que cautiva nuestros entendimientos en obsequio del mismo Cristo(179); y por esta razon se nos ordena sujetarnos a sus leyes y a sus preceptos morales, a veces un tanto duros para nuestra naturaleza, caida de su primera inocencia; y que reprimamos con la mortificacion voluntaria nuestro cuerpo rebelde; mas aun, se nos aconseja abstenernos también, de vez en cuando, de las cosas agradables aunque sean licitas. No basta amar este Cuerpo mistico por el esplendor de su divina Cabeza y de sus celestiales dotes, sino que debemos amarlo también con amor eficaz, segun se manifiesta en nuestra carne mortal, es decir, constituido por elementos humanos y débiles, aun cuando éstos a veces no respondan debidamente al lugar que ocupan en aquel venerable Cuerpo.


43. Mas, para que este amor solido e integro more en nuestras almas y aumente de dia en dia, es necesario que nos acostumbremos a ver en la Iglesia al mismo Cristo. Porque Cristo es quien vive en su Iglesia, quien por medio de ella ensena, gobierna y confiere la santidad; Cristo es también quien de varios modos se manifiesta en sus diversos miembros sociales. Cuando, segun eso, los fieles todos se esfuercen realmente por vivir con este espiritu de fe viva, entonces ciertamente no solo honraran y rendiran el debido acatamiento a los miembros mas elevados de este Cuerpo mistico y, sobre todo, a los que, por mandato de la divina Cabeza, habran de dar un dia cuenta de nuestras almas(180), sino que también tendran su preocupacion por quienes nuestro Salvador mostro amor singularisimo: es decir, por los débiles, por los heridos, por los enfermos, que necesitan la medicina natural o sobrenatural; por los ninos, cuya inocencia corre hoy tantos peligros y cuyas tiernas almas se modelan como la cera; por los pobres, finalmente, a quienes debemos socorrer reconociendo en ellos con suma piedad la misma persona de Jesucristo.

Porque, como justamente advierte el Apostol: Mucho mas necesarios son aquellos miembros del cuerpo que parecen mas débiles; y a los que juzgamos miembros mas viles del cuerpo, a éstos cenimos con mayor adorno(181). Expresion gravisima, que, por razon de Nuestro altisimo oficio, juzgamos deber repetir ahora, cuando con intima afliccion vemos como a veces se priva de la vida a los contrahechos, a los dementes, a los afectados por enfermedades hereditarias, por considerarlos como una carga molesta para la sociedad; y como algunos alaban esta manera de proceder como una nueva invencion del progreso humano, sumamente provechoso a la utilidad comun. Pero ¿qué hombre sensato no ve que esto se opone gravisimamente no solo a la ley natural y divina(182), grabada en la conciencia de todos, sino también a los mas nobles sentimientos humanos? La sangre de estos hombres, tanto mas amados del Redentor cuanto mas dignos de compasion, clama a Dios desde la tierra(183).



(166) Cf. Ep 5,22-23.

(167) Ps 83,12.

(168) Expos. Evang. sec. Lc 4,49 PL 15,1626.

(169) Ga 2,20.

(170) 1Co 15,10.

(171) Cf. S. Thom. 2. 2.ae,83,5 et 6.

(172) 1Tm 2,5.

(173) Cf. S. Thom. De veritate,29,4, c.

(174) Jn 14,14.

(175) Ap 5,13.

(176) Ps 136,5-6.

(177) Ep 2,20; 1 Pet. 2,4-5.

(178) 2Co 11,14.

(179) 2Co 10,5.

(180) Cf. He 13,17.

(181) 1Co 12,22-23.

(182) Cf. Decr. S. Officii 2 dec. 1940 A.A.S. 1940,553.

(183) Cf. Gn 4,10.


IMITEMOS EL AMOR DE CRISTO


44. Mas, para que poco a poco no se vaya enfriando la sincera caridad con que debemos mirar a nuestro Salvador en la Iglesia y en los miembros de ella, es muy conveniente contemplar al mismo Jesus como ejemplar supremo del amor a la Iglesia.

a) con largueza del amor

Y, en primer lugar, imitemos la amplitud de este amor. Una es, a la verdad, la Esposa de Cristo, la Iglesia; sin embargo, el amor del Divino Esposo es tan vasto que no excluye a nadie, sino que abraza en su Esposa a todo el género humano. Y asi nuestro Salvador derramo su sangre para reconciliar con Dios en la Cruz a todos los hombres de distintas naciones y pueblos, mandando que formasen un solo Cuerpo. Por lo tanto, el verdadero amor a la Iglesia exige no solo que en el mismo Cuerpo seamos reciprocamente miembros solicitos los unos de los otros(184), que se alegran si un miembro es glorificado y se compadecen si otro sufre(185), sino que aun en los demas hombres, que todavia no estan unidos con nosotros en el Cuerpo de la Iglesia, reconozcamos hermanos de Cristo segun la carne, llamados juntamente con nosotros a la misma salvacion eterna. Es verdad, por desgracia, que principalmente en nuestros dias no faltan quienes en su soberbia ensalzan la aversion, el odio, la envidia, como algo con que se eleva y enaltece la dignidad y el valor humano. Pero nosotros, mientras contemplamos con dolor los funestos frutos de esta doctrina, sigamos a nuestro pacifico Rey, que nos enseno a amar no solo a los que no provienen de la misma nacion ni de la misma raza(186), sino aun a los mismos enemigos(187). Nosotros, penetrados los animos por la suavisima frase del Apostol de las Gentes, cantemos con él mismo cual sea la longitud, la anchura, la altura y la profundidad de la caridad de Cristo(188), que, ciertamente, ni la diversidad de pueblos y costumbres puede romper, ni el espacio del inmenso océano disminuir ni las guerras, emprendidas por causa justa o injusta, destruir.

En esta gravisima hora, Venerables Hermanos, en la que tantos dolores desgarran los cuerpos y tantas aflicciones las almas, conviene que todos se estimulen a esta celestial caridad para que, aunadas las fuerzas de todos los buenos -y mencionamos principalmente a los que en toda clase de asociaciones se ocupan en socorrer a los demas-, se venga en auxilio de tan ingentes necesidades de alma y cuerpo con admirable emulacion de piedad y misericordia: asi llegaran a resplandecer en todas partes la solicita generosidad y la inagotable fecundidad del Cuerpo mistico de Jesucristo.

b) con asidua laboriosidad


45. Y puesto que a la amplitud de la caridad con que Cristo amo a su Iglesia corresponde en El una constante eficacia de esa misma caridad, también nosotros debemos amar el Cuerpo mistico de Cristo con asidua y fervorosa voluntad. Ciertamente no puede senalarse un momento en el cual nuestro Redentor, desde su Encarnacion, cuando puso el primer fundamento de su Iglesia, hasta el término de su vida mortal, no haya trabajado hasta el cansancio, a pesar de ser Hijo de Dios, ya con los fulgidos ejemplos de su santidad, ya predicando, conversando, reuniendo y estableciendo para formar o confirmar su Iglesia. Deseamos, pues, que todos cuantos reconocen a la Iglesia como a Madre, ponderen atentamente que no solo los ministros sagrados y los que se han consagrado a Dios en la vida religiosa, sino también los demas miembros del Cuerpo mistico de Jesucristo, tienen obligacion, cada uno segun sus fuerzas, de colaborar intensa y diligentemente en la edificacion e incremento del mismo Cuerpo. Y deseamos que de una manera especial adviertan esto -aunque por lo demas lo hacen ya loablemente- los que, militando en las filas de la Accion Catolica, cooperan en el ministerio apostolico con los Obispos y los sacerdotes, como también los que en asociaciones piadosas prestan como auxiliares su ayuda al mismo fin. Y no hay quien no vea que el celo iluminado de todos éstos es ciertamente, en las presentes condiciones, de suma importancia y de maxima trascendencia.

Y no podemos pasar aqui en silencio a los padres y madres de familia, a quienes nuestro Salvador confio los miembros mas delicados de su Cuerpo mistico; insistentemente, pues, les conjuramos, por amor a Cristo y a la Iglesia, a que miren con diligentisimo cuidado por la prole que se les ha encomendado, y se esfuercen por preservarla de todo género de insidias con las cuales hoy tan facilmente se la seduce.

c) sin descuidar las oraciones


46. De una manera muy particular mostro nuestro Redentor su ardentisimo amor para con la Iglesia en las piadosas suplicas que por ella dirigia al Padre celestial. Puesto que -bastenos recordar solo esto- todos conocen, Venerables Hermanos, que El, cuando estaba ya para subir al patibulo de la cruz, oro fervorosamente por Pedro(189), por los demas Apostoles(190), y, finalmente, por todos cuantos, mediante la predicacion de la palabra divina, habian de creer en El(191).

Imitando, pues, este ejemplo de Cristo, roguemos cada dia al Senor de la mies para que envie operarios a su mies(192), y elevemos todos cada dia a los cielos la comun plegaria y encomendemos a todos los miembros del Cuerpo mistico de Jesucristo. Y ante todo, a los Obispos, a quienes se les ha confiado especialmente el cuidado de sus respectivas diocesis; luego a los sacerdotes y a los religiosos y religiosas, quienes, llamados a la herencia de Dios, ya en la propia patria, ya en lejanas regiones de infieles, defienden, acrecientan y propagan el Reino del Divino Redentor. Esta comun plegaria no olvide, pues, a ningun miembro de este venerable Cuerpo, pero recuerde principalmente a quienes estan agobiados por los dolores y las angustias de esta vida terrenal, o a los que, ya fallecidos, se purifican en el fuego del purgatorio. Tampoco olvide a quienes se instruyen en la doctrina cristiana para que cuanto antes puedan ser purificados con las aguas del Bautismo.

Y ardientemente deseamos que, con encendida caridad, estas comunes plegarias comprendan también a aquellos que o todavia no han sido iluminados con la verdad del Evangelio ni han entrado en el seguro aprisco de la Iglesia, o, por una lamentable escision de fe y de unidad, estan separados de Nos, que, aunque inmerecidamente, representamos en este mundo la persona de Jesucristo. Por esta causa repitamos una y otra vez aquella oracion de nuestro Salvador al Padre celestial: Que todos sean una misma cosa: como tu, Padre, estas en mi y yo en ti, asi también ellos sean una misma cosa en nosotros, para que crea el mundo que tu me has enviado(193).

ni aun por los que todavia no son miembros suyos

También a aquellos que no pertenecen al organismo visible de la Iglesia Catolica, ya desde el comienzo de Nuestro Pontificado, como bien sabéis, Venerables Hermanos, Nos los hemos confiado a la celestial tutela y providencia, afirmando solemnemente, a ejemplo del Buen Pastor, que nada Nos preocupa mas sino que tengan vida y la tengan con mayor abundancia(194). Esta Nuestra solemne afirmacion deseamos repetirla por medio de esta Carta Enciclica, en la cual hemos cantado las alabanzas del grande y glorioso Cuerpo de Cristo(195), implorando oraciones de toda la Iglesia para invitar, de lo mas intimo del corazon, a todos y a cada uno de ellos a que, rindiéndose libre y espontaneamente a los internos impulsos de la gracia divina, se esfuercen por salir de ese estado, en el que no pueden estar seguros de su propia salvacion eterna(196); pues, aunque por cierto inconsciente deseo y aspiracion estan ordenados al Cuerpo mistico del Redentor, carecen, sin embargo, de tantos y tan grandes dones y socorros celestiales, como solo en la Iglesia Catolica es posible gozar. Entren, pues, en la unidad catolica, y, unidos todos con Nos en el unico organismo del Cuerpo de Jesucristo, se acerquen con Nos a la unica cabeza en comunion de un amor gloriosisimo(197). Sin interrumpir jamas las plegarias al Espiritu de amor y de verdad, Nos les esperamos con los brazos elevados y abiertos, no como a quienes vienen a casa ajena, sino como a hijos que llegan a su propia casa paterna.


47. Pero si deseamos que la incesante plegaria comun de todo este Cuerpo mistico se eleve hasta Dios, para que todos los descarriados entren cuanto antes en el unico redil de Jesucristo, declaramos con todo que es absolutamente necesario que esto se haga libre y espontaneamente, porque nadie cree sino queriendo(198). Por esta razon, si algunos, sin fe, son de hecho obligados a entrar en el edificio de la Iglesia, a acercarse al altar, a recibir los Sacramentos, no hay duda de que los tales no por ello se convierten en verdaderos fieles de Cristo(199); porque la fe, sin la cual es imposible agradar a Dios(200), debe ser un libérrimo homenaje del entendimiento y de la voluntad(201). Si alguna vez, pues, aconteciere que contra la constante doctrina de esta Sede Apostolica(202), alguien es llevado contra su voluntad a abrazar la fe catolica, Nos, conscientes de Nuestro oficio, no podemos menos de reprobarlo. Pero, puesto que los hombres gozan de una voluntad libre y pueden también, impulsados por las perturbaciones del alma y por las depravadas pasiones, abusar de su libertad, por eso es necesario que sean eficazmente atraidos por el Padre de las luces a la verdad, mediante el Espiritu de su amado Hijo. Y si muchos, por desgracia, viven aun alejados de la verdad catolica y no se someten gustosos al impulso de la gracia divina, se debe a que ni ellos(203) ni los fieles dirigen a Dios oraciones fervorosas por esta intencion. Nos, por consiguiente, a todos exhortamos una y otra vez a que, inflamados en amor a la Iglesia, siguiendo el ejemplo del Divino Redentor, eleven continuamente estas plegarias.


48. Y principalmente en las presentes circunstancias parece ser, mas que oportuno, necesario, que se ruegue con fervor por los reyes y principes y por todos aquellos que, gobernando a los pueblos, pueden con su tutela externa ayudar a la Iglesia; para que, restablecido el recto orden de las cosas, la paz, que es obra de la justicia(204), emerja para el atormentado género humano de entre las aterradoras olas de esta tempestad, mediante el soplo vivificante de la caridad divina y para que nuestra santa Madre la Iglesia pueda llevar una vida quieta y tranquila, en toda piedad y castidad(205). Insistentemente se ha de suplicar a Dios que todos cuantos estan al frente de los pueblos amen la sabiduria(206), de tal suerte que jamas caiga sobre ellos aquella gravisima sentencia del Espiritu Santo:

El Altisimo examinara vuestras obras y escudrinara los pensamientos porque, siendo ministros de su reino, no habéis juzgado rectamente ni observado la ley de la justicia, ni habéis procedido segun la voluntad de Dios. De manera espantosa y repentina se os presentara, porque se hara un riguroso juicio de aquellos que ejercen potestad sobre otros. Porque con los pequenos se usara misericordia, mas los poderosos sufriran grandes tormentos. Porque Dios no exceptuara persona alguna ni respetara la grandeza de nadie; ya que El ha hecho al pequeno y al grande y cuida por igual de todos; si bien a los mas grandes amenaza un tormento mayor. A vosotros, por lo tanto, Reyes, se dirigen estas mis palabras, para que aprendais la sabiduria y no perezcais(207).

d) cumpliendo lo que falta en la pasion de Cristo


49. Cristo nuestro Senor mostro su amor a la Esposa sin mancilla, no solo con su intenso trabajo y su constante oracion, sino también con sus dolores y angustias, que sufrio libre y amorosamente, por amor de ella: Habiendo amado a los suyos..., los amo hasta el fin(208). Mas aun, no conquisto la Iglesia sino con su sangre(209). Decididos, pues, sigamos estas huellas sangrientas de nuestro Rey, como lo exige nuestra salvacion, que hemos de poner a buen seguro: Porque si hemos sido injertados con El por medio de la representacion de su muerte, igualmente lo hemos de ser representando su resurreccion(210), y, si morimos con él, también con él viviremos(211). Esto lo exige, también, la caridad genuina y eficaz de la Iglesia y de las almas por ella engendradas para Cristo: pues, aunque nuestro Salvador, por medio de crueles sufrimientos y de una acerba muerte, merecio para su Iglesia un tesoro infinito de gracias, sin embargo, estas gracias, por disposicion de la Divina Providencia, no se nos conceden todas de una vez; y la mayor o menor abundancia de las mismas depende también no poco de nuestras buenas obras, con las que se atrae sobre las almas de los hombres esta verdadera lluvia divina de celestiales dones, gratuitamente dados por Dios. Y esta misma lluvia de celestiales gracias sera ciertamente superabundante, si no solamente elevamos a Dios ardientes plegarias, sobre todo participando con devocion, si es posible diariamente, del Sacrificio Eucaristico; si no solamente nos esforzamos en aliviar con obras de caridad los sufrimientos de tantos menesterosos; mas si también preferimos a las cosas caducas de este siglo los bienes imperecederos y si domamos con mortificaciones voluntarias este cuerpo mortal, negandole las cosas ilicitas e imponiéndole las asperas y arduas; si, en fin, aceptamos con animo resignado, como de la mano de Dios, los trabajos y dolores de esta vida presente. Porque asi, segun el Apostol, cumpliremos en nuestra carne lo que resta que padecer a Cristo, en pro de su Cuerpo mistico que es la Iglesia(212).


50. Al escribir esto, se presenta desgraciadamente ante Nuestros ojos una ingente multitud de infelices desventurados que Nos hace llorar amargamente: Nos referimos a los enfermos, a los pobres, a los mutilados, a las viudas y huérfanos y a muchos otros que por sus propias calamidades o las de los suyos no raras veces desfallecen hasta morir. A todos aquellos, pues, que por cualquier causa yacen en la tristeza y en la congoja, con animo paterno les exhortamos a que, confiados, levanten sus ojos al Cielo y ofrezcan sus aflicciones a Aquel que un dia les ha de recompensar con abundante galardon. Recuerden todos que su dolor no es inutil, sino que para ellos mismos y para la Iglesia ha de ser de gran provecho, si animados con esta intencion lo toleran pacientemente. A la mas perfecta realizacion de este designio contribuye en gran manera la cotidiana oblacion de si mismos a Dios, que suelen hacer los miembros de la piadosa asociacion llamada Apostolado de la Oracion; asociacion que, como gratisima a Dios, deseamos de corazon recomendar aqui con el mayor encarecimiento.

Y si en todo tiempo hemos de unir nuestros dolores a los sufrimientos del Divino Redentor, para procurar la salvacion de las almas, en nuestros dias especialisimamente, Venerables Hermanos, tomen todos como un deber el hacerlo asi, cuando la espantosa conflagracion bélica incendia casi todo el orbe y es causa de tantas muertes, tantas miserias, tantas calamidades: igualmente hoy dia de un modo particular sea obligacion de todos el apartarse de los vicios, de los halagos del siglo y de los desenfrenados placeres del cuerpo, y aun de aquella futilidad y vanidad de las cosas terrenas que en nada ayudan a la formacion cristiana del alma ni a la consecucion del Cielo. Mas bien hemos de inculcar en nuestra mente aquellas gravisimas palabras de Nuestro inmortal Predecesor San Leon Magno, quien afirma que por el bautismo hemos sido hechos carne del Crucificado(213); y aquella hermosisima suplica de San Ambrosio: Llévame, oh Cristo, en la Cruz, que es salud para los que yerran; solo en ella esta el descanso de los fatigados; solo en ella viven cuantos mueren(214).

Antes de terminar, no podemos menos de exhortar una y otra vez a todos a que amen a la santa Madre Iglesia con caridad solicita y eficaz. Ofrezcamos cada dia al Eterno Padre nuestras oraciones, nuestros trabajos, nuestra congojas, por su incolumidad y por su mas prospero y vasto desarrollo, si en realidad deseamos ardientemente la salvacion de todo el género humano redimido con la sangre divina. Y mientras el cielo se entenebrece con centelleantes nubarrones y grandes peligros se ciernen sobre toda la Humanidad y sobre la misma Iglesia, confiemos nuestras personas y todas nuestras cosas al Padre de la Misericordia, suplicandole: Vuelve tu mirada, Senor, te lo rogamos, sobre esta tu familia, por la cual nuestro Senor Jesucristo no dudo en entregarse en manos de los malhechores y padecer el tormento de la Cruz(215).

LA SANTISIMA VIRGEN MARIA


PIOXII, MAGISTERIO PONTIFICIO - II. UNION DE LOS FIELES CON CRISTO