
Agustin - Confesiones 1001
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Aunque no quisiese yo confesarme, ni descubrirme a Vos, ¿qué cosa puede haber en mí que os sea oculta, Señor, a cuyos ojos están patentes y claros los más profundos y escondidos senos de nuestra conciencia? En tal caso, en lugar de ocultarme a vuestra vista, os alejaría a Vos de la mía. Pero ahora que mis gemidos y llantos testifican que verdaderamente me desagrado a mí mismo, Vos, Señor, os dignáis descubriros resplandeciente a mi alma; Vos sois toda mí complacencia, Vos sois el objeto de mí amor y de mis deseos; para que avergonzándome de mí mismo, me desprecie y deje a mí, y os escoja solo a Vos, de modo que ya no piense tener gusto en Vos ni en mí que no provenga de Vos.
Es certísimo, pues, que Vos, Señor, me conocéis claramente tal como soy; pero ya he dicho antes el provecho que espero sacar de confesarme a Vos. Así, no lo ejecuto con palabras ni voces formadas en mí boca, sino con palabras interiores de mi alma y clamores de mí pensamiento, que llegan a vuestros oídos. Si soy malo, no es otra cosa el confesarlo a Vos, que desagradarme de mí mismo; y si soy bueno, no es otra cosa el confesarlo a Vos que no atribuirme a mí mismo esa bondad, porque Vos sois el que dais vuestra bendición al justo, haciendo Vos mismo que lo sea el que antes era pecador y malo. Así, Dios mío, estas Confesiones que hago delante de Vos, las hago al mismo tiempo callando y no callando, porque si calla el ruido de la voz exterior, no calla mi corazón, ni cesa de clamar. Ni yo hablo ni comunico a los hombres alguna cosa buena que Vos antes no la hayáis oído de mí; ni tampoco pudiera ser que Vos la oyerais de mí si Vos mismo no me la hubierais dicho o inspirado.
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¿Qué me importa a mí que oigan o no los hombres las Confesiones mías, como si ellos hubieran de sanar todas las dolencias de mi alma, siendo ellos tan cuidadosos para saber la vida ajena como desidiosos para enmendar la suya? ¿Para qué desean oír de mí lo que soy, no queriendo escuchar de Vos lo que son ellos? Mas cuando me oigan hablar de mí mismo, ¿de dónde saben ellos si yo les digo la verdad, siendo así que ninguno de los hombres puede saber lo que pasa en el interior de cada uno, sino el espíritu humano que está en el hombre mismo? Pero si os oyeran hablar de ellos mismos, no pudieran decir nunca: el Señor nos engaña, o esto es mentira.
Porque oír ellos lo que decís de ellos mismos, ¿qué otra cosa es sino conocerse a si propios? ¿Y quién es el que habiendo llegado a este conocimiento, se atrevió a decir: es falso esto que conozco, sino mintiendo él mismo?
Mas como es propio de la caridad hacer que todos los que ella une de modo que tengan un solo corazón se crean todas las cosas mutuamente unos a otros, yo, Señor, también os hago mí confesión, de tal modo que pueda llegar a noticia de los hombres, aunque no pueda hacerles demostración de que os confieso realmente la verdad, porque estoy seguro que me creerán todos aquellos a quienes la caridad anima y les abre los oídos.
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No obstante, Dios mío y médico soberano de mi alma, dignaos declararme qué fruto puedo sacar de hacer esto. Ya veo que las confesiones de mis males pasados, que vos me perdonasteis y los borrasteis para comunicarme vuestra bienaventuranza, dando a mi alma nuevo ser con la fe y gracia de vuestro santo Bautismo, cuando se leen o se oyen, han de excitar precisamente el corazón humano, para que no se deje oprimir del letargo de la desesperación, ni diga "No puedo ya ser otro". Ellas servirán para despertarle de tan peligroso sueno y hacerle vigilante en el amor de vuestra misericordia y en la dulzura de vuestra gracia, que es la que da a los flacos el poder y robustez que necesitan, como también la luz que es necesaria para que reconozcan su flaqueza. Aun los buenos se deleitan con saber los males pasados, de los que ya se han librado ellos, pero no se deleitan porque son males, sino porque de tal modo lo fueron que ya no lo son.
¿Cual, pues, será el provecho, Dios y Señor mío, a cuya presencia se confiesa todos los días mi alma, quedando mas quieta y segura con la esperanza de vuestra misericordia que con su inocencia, cual, digo, será el provecho que puedo prometerme de hacer ante Vos estas Confesiones por escrito, por lo que toca a dar noticia a los hombres de lo que soy al presente, no de lo que antes de ahora he sido? Porque ya he visto el fruto que corresponde a confesar lo que fui, y ya hice antes conmemoración de él.
Lo que soy ahora en este mismo tiempo en que estoy escribiendo mis Confesiones hay muchos que lo desean saber, ya de los que me conocieron antes, ya también de los que no me conocieron, sino que a mí mismo o a otros han oído hablar de mí, aunque ni los unos ni los otros pueden aplicar sus oídos a las voces interiores de mi corazón, donde se halla realmente la verdad de lo que soy. Quieren, pues, oírme confesar lo que soy verdaderamente en mí interior, adonde no pueden aplicar sus ojos, ni sus oídos, ni su entendimiento; con todo eso ellos lo quieren, y están dispuestos a creerme; pero ¿acaso eso es bastante para que tengan un conocimiento cierto y seguro de lo que yo soy interiormente? La caridad que los hace tan buenos como ellos son es la que les persuade que yo no miento en estas Confesiones que hago de mí mismo, y ella es la que hace que den crédito a mis palabras.
Confesiones
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Pero ¿qué fruto esperan sacar de mis Confesiones éstos que las desean?, ¿será acaso que quieren alegrarse conmigo y darme parabienes, cuando sepan lo que por vuestra gracia he adelantado para acercarme a Vos y orar por mí, cuando me oigan confesar cuanto me estorbe para eso mismo el peso de mí corrupción? A estos tales yo me descubriré desde luego, porque ya no es pequeño fruto, Dios y Señor mío, que muchos os den gracias por los beneficios que me habéis hecho, y sean muchos también los que os supliquen y hagan oración por mí.
Bueno es que mis hermanos amen en mí lo que Vos ensenáis que debe ser amado; y bueno es que sientan ver en mí lo que Vos ensenáis que debe ser sentido. Haga esto el que me ame como verdadero hermano suyo, no aquél que por falta de caridad y de fe me sea extraño y permanezca en la clase de los que llama David hijos ajenos, cuya boca se emplea en doctrinas vanas, y cuya diestra lo es para la maldad. Haga esto, vuelvo a decir, el que me mire con fraternal afecto, porque éste, cuando me aprueba, se alegra de mí bien y, cuando me reprueba, se entristece de mí mal, porque ya apruebe o ya repruebe mí conducta, siempre me ama. Pues a éstos quiero darme a conocer, para que respiren con alegría cuando sepan lo que hay en mí de bueno y suspiren con tristeza por lo que hubiere de malo.
Cuanto hay en mí de bueno, de Vos, Señor, dimano, de Vos tuvo el principio, todo ello es don vuestro; pero cuánto hay de malo, o son mis propios delitos, o son penas que les corresponden por vuestros justos juicios. Pues respiren mis hermanos por aquellos bienes y suspiren llorosos por estos males; tanto sus alegres himnos como sus tristes llantos suban hasta el trono de Vuestra Majestad como oloroso incienso que exhalan los corazones de mis hermanos, como otros tantos racionales incensarios llenos del fuego de la caridad. Y Vos, Señor, aplacado con esa fragancia de vuestro santo templo, habed piedad de mí, según es propio de vuestra grande misericordia, por la gloria de vuestro santo nombre, y no cesando jamás de conservar lo bueno que en mí habéis comenzado, perfeccionad también lo que todavía hubiere de imperfecto.
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Éste es, Señor, todo el fruto que pretendo sacar de estas mis Confesiones, no ya diciendo lo que he sido antes, sino lo que soy ahora. Lo confesaré no solamente en vuestra presencia con interior alegría mezclada de temor y con oculta tristeza acompañada de esperanza, sino también delante de todos los fieles hijos de los hombres, compañeros de mí gozo, participantes como yo de la humana y mortal naturaleza, conciudadanos míos de la celestial Jerusalén, a la cual se dirigen como peregrinos conmigo en la tierra, ya sean los que me preceden, ya los queme sigan, ya los que me acompañen durante el camino de mi vida. Éstos son vuestros siervos, y por eso mis hermanos: Vos, Señor, quisisteis que fuesen vuestros hijos y me habéis mandado que les sirva como a mis señores (112) si quiero vivir con Vos de vuestra misma vida.
Para que yo lo pudiese ejecutar no me bastaría que vuestra palabra solo hablando me lo mandase, si además no me hubiera precedido ejecutando lo mismo que había mandado. Pues también yo hago esto que me mandáis con mis hechos y con mis dichos. Esto hago bajo la protección de vuestras alas, y es cierto que lo haría con grandísimo peligro, a no estar mi alma debajo de la protección de vuestras alas y a no seros notoria mí flaqueza.
Es verdad que yo soy un parvulillo, pero mi Padre vive siempre y es eterno, y en él tengo el tutor que necesito. El mismo que me dio el ser es mí tutor; Vos, Señor, sois para mí todo esto y todos mis bienes juntos: Vos sois el Todopoderoso, que estáis siempre conmigo, aun antes que yo estuviese con Vos. A aquellos, pues, a quienes me mandáis que sirva en esto, me descubriré y les manifestaré, no ya lo que he sido antes, sino lo que ya soy (113), y lo que todavía soy; sin embargo, no me juzgo a mí mismo con el juicio más exacto, cabal y perfecto, bajo cuyo concepto se ha de entender lo que les voy a decir.
(112) Dice el Santo doctor que Dios le ha mandado que sirva a sus hermanos, aludiendo a lo que Su Majestad dijo por San Lucas (XXII, 26): El que sea el mayor entre vosotros, hágase como el menor; y el que fuere presidente y prelado, hágase y pórtese como el siervo y ministro de todos. Así San Agustín, aun siendo obispo, cumplia exactisimamente este precepto y no mandaba, sino que servía a sus clérigos, a sus frailes, a todos sus inferiores y súbditos.
(113) Lo que ya soy, esto es, lo que ya he adelantado en la virtud; y lo que soy, esto es, lo que todavía me falta para enmendar y perfeccionar. Esto mismo lo dice de otro modo al principio de este capítulo en aquellas palabras: lo que por vuestra gracia he adelantado para acercarme a
Vos, y... cuanto me estorbe el peso de mí corrupción. Pero los traductores no han explicado bien el quis jam sim, et quis adhuc sim del texto.
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Vos solamente, Señor, sois el que puede hacer juicio cabal de lo que soy, pues aunque es cierto que ninguno de los hombres puede llegar a saber lo que pasa en lo interior de otro hombre, sino el mismo espíritu que está en cada uno de ellos, hay, no obstante, algunas cosas en el hombre que aun el mismo espíritu que le anima no las sabe cabal y perfectamente. Solo Vos, Señor, que le habéis creado, conocéis todas sus cosas con ese cabal y perfectísimo conocimiento. Pero yo, aunque respecto de vuestra perspicacia me respete a mí mismo y conozca que soy tierra y ceniza, algunas sé y puedo afirmar de Vos que no las sé ni puedo afirmar de mí.
Es muy cierto que ahora no os vemos sino confusamente como por un espejo y en enigmas, no habiendo llegado todavía a veros cara a cara. Por eso mientras dura mí peregrinación en la tierra me veo mas cerca a mí mismo que no a Vos, y no obstante eso sé ciertamente de Vos que de ningún modo podéis padecer violencias ni daño alguno, cuando de mí mismo ignoro enteramente a qué tentaciones sabré resistir y a cuales no sabré. Tengo esperanza de salir con victoria, fundándola en que Vos sois fiel en vuestras promesas, y no permitís que seamos tentados más de lo que nuestras fuerzas pueden resistir; antes bien hacéis que saquemos provecho de la tentación, para que al fin salgamos victoriosos. Confesaré, pues, lo que sé de mí y confesaré también qué es lo que de mí no sé. Porque todo lo que sé de mí, lo sé mediante la luz que Vos me habéis comunicado para que lo sepa; y lo que no sé de mí, estaré sin saberlo hasta que estas tinieblas de mí ignorancia se conviertan en luz tan clara como la del mediodía con el resplandor de vuestra divina presencia.
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Yo, Señor, sé con certeza que os amo, y no tengo duda en ello. Heristeis mi corazón con vuestra palabra y luego al punto os amé. Además de esto, también el cielo, la tierra y todas las criaturas que en ellos se contienen por todas partes me están diciendo que os ame; y no cesan de decirselo a todos los hombres, de modo que no puedan tener excusa si lo omiten.
Pero el más alto y seguro principio de ese amor es que Vos usáis con ellos vuestra misericordia, haciendo que os amen aquellos con quienes habéis determinado ser misericordioso. Concedéis por vuestra piedad que os tengan amor los que por misericordia vuestra teníais escogidos para que os amaran; sin lo cual serian inútiles las voces con que el cielo y la tierra se explican incesantemente en vuestras alabanzas, como si las dijeran a los sordos.
Pero ¿qué es lo que yo amo cuando os amo? No es hermosura corpórea, ni bondad transitoria, ni luz material agradable a estos ojos; no suaves melodías de cualesquiera canciones, no la gustosa fragancia de las flores, ungüento o aromas; no la dulzura del mana, o la miel, ni finalmente deleite alguno que pertenezca al tacto o a otros sentidos del cuerpo.
Nada de eso es lo que amo, cuando amo a mi Dios; y no obstante eso, amo una cierta luz, una cierta armonía, una cierta fragancia, un cierto manjar y un cierto deleite cuando amo a mi Dios, que es luz, melodía, fragancia, alimento y deleite de mi alma. Resplandece entonces en mi alma una luz que no ocupa lugar; se percibe un sonido que no lo arrebata el tiempo; se siente fragancia que no la esparce el aire; se recibe gusto de un manjar que no se consume comiéndose; y se posee estrechamente un bien tan delicioso, que por más que se goce y se sacie el deseo, nunca puede dejarse por fastidio. Pues todo esto es lo que amo cuando amo a mi Dios.
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Pero ¿qué viene a ser esto? Yo pregunté a la tierra y respondió: No soy yo eso; y cuantas cosas se contienen en la tierra me respondieron lo mismo. Pregúntele al mar y a los abismos, y a todos los animales que viven en las aguas y respondieron: No somos tu Dios; búscale más arriba de nosotros. Pregunté al aire que respiramos y respondió todo él con los que le habitan: Anaxímenes (114) se engaña porque no soy tu Dios. Pregunté al cielo, Sol, Luna y estrellas, y me dijeron: Tampoco somos nosotros ese Dios que buscas. Entonces dije a todas las cosas que por todas partes rodean mis sentidos: Ya que todas vosotras me habéis dicho que no sois mi Dios, decidme por lo menos algo de él. Y con una gran voz clamaron todas: Él es el que nos ha hecho.
Estas preguntas que digo yo que hacía a todas las criaturas era solo mirarlas yo atentamente y contemplarlas, y las respuestas que digo me daban ellas es solo presentárseme todas con la hermosura y orden que tienen en sí mismas.
Después de esto, volviendo hacia mí la consideración, me pregunté a mí mismo: Tu ¿qué eres? Y me respondí: Soy hombre. Y bien claramente conozco que soy un todo compuesto de dos partes: cuerpo y alma, una de las cuales es visible y exterior, y la otra, invisible e interior. ¿Y de las dos es de las que debo valerme para buscar a mi Dios, después de haberle buscado recorriendo todas las criaturas corporales que hay desde la tierra al cielo, hasta donde pude enviar por mensajeros los rayos visuales de mis ojos? No hay duda en que la parte interior es la mejor y más principal, pues ella era a quien todos los sentidos corporales que habían ido por mensajeros referían las respuestas que daban las criaturas, y la que como superior juzgaba de lo que habían respondido cielo y tierra, y todas las cosas que hay en ellos, diciendo: Nosotras no somos Dios, pero somos obra suya. El hombre interior que hay en mí es el que recibió esta respuesta y conoció esta verdad, mediante el ministerio del hombre exterior. Es decir, que yo considero según la parte interior de que me compongo, yo mismo, en cuanto al alma, conocí estas cosas por medio de los sentidos de mí cuerpo. Pregunté por mi Dios a toda esta grande máquina del mundo y me respondió: Yo no soy Dios, pero soy hechura suya.
(114) Anaxímenes se engaña. Este filósofo, que florecía durante el cautiverio de los israelitas en Babilonia, enseñaba que el aire es infinito y que era el principio y causa de todas las cosas, aun de los mismos dioses. Fue discípulo de Anaximandro y maestro de Diógenes y de Anaxágoras, como dice el mismo Santo en el libro III De Civitate Dei, capítulo II.
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Esta hermosura y orden del universo, ¿no se presenta igualmente a todos los que tienen cabales sus sentidos? Pues ¿cómo a todos no les responde eso mismo?
Todos los animales, desde los más pequeños hasta los mayores, ven esta hermosa máquina del universo, pero no pueden hacerle aquellas preguntas, porque no tienen entendimiento, que como superior juzgue de las noticias y especies que traen los sentidos. Los hombres sí que pueden ejecutarlo, y por el conocimiento de estas criaturas visibles pueden subir a conocer las perfecciones invisibles de Dios, aunque sucede que, llevados del amor de estas cosas visibles, se sujetan a ellas como esclavos, y así no pueden juzgar de las criaturas, pues para eso habían de ser superiores a ellas. Ni estas cosas visibles responden a los que solamente les preguntan, sino a los que al mismo tiempo que preguntan, saben juzgar de sus respuestas. Ni ellas mudan su voz, esto es, su natural hermosura, ni respecto de uno que no hace más que verlas, ni respecto de otro, que además de esto se detiene a preguntarles; no es que a aquél parezcan de un modo y a éste de otro, sino que presentándose a entrambos con igual hermosura, hablan con el uno y son mudas para con el otro, o por mejor decir, a entrambos y a todos hablan, pero solamente las entienden los que saben cotejar aquella voz que perciben por los sentidos exteriores con la verdad que reside en su interior.
Esta verdad es la que me dice: No es tu Dios el cielo ni la tierra, ni todo lo demás que tiene cuerpo. La misma naturaleza de las cosas corporales, a cualquiera que tenga ojos para verlas, le está diciendo: Esto es una cantidad abultada; y ésta precisamente es menor en la parte que en el todo. De aquí se infiere que tu, alma mía, eres mejor que todo lo corpóreo, porque tu animas esa abultada cantidad de tu cuerpo y le das la vida que goza, lo que cuerpo ninguno puede hacer con otro cuerpo. Pero tu Dios esta tan lejos de ser corpóreo, que aun respecto de ti, que eres vida del cuerpo, es Dios tu vida.
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Pues ¿qué es lo que yo amo, cuando amo a mi Dios? ¿Qué ser tiene aquél que es superior a lo que hay mas alto y superior en mi alma? Es menester que ella me sirva como de escala para subir hasta Él. Pasaré, pues, más arriba de aquella facultad que ejerce mi alma en el cuerpo, comunicando la vida a todas las partes de que se compone, pues con sola esta facultad o potencia de mi alma no puedo hablar a mi Dios; porque de lo contrario se siguiera que también le hallarían el caballo y el mulo, que no tienen entendimiento, pues también ellos tienen esa facultad que da vida a sus cuerpos.
Hay además en mi alma otra virtud y facultad superior a ésta, la cual no solamente hace que viva el cuerpo, sino también que sea sensitivo. El mismo Señor que creó a mi alma con esta facultad marido y dispuso que no oyera por los ojos, ni viera por los oídos, sino que se sirviera de aquellos para ver y de estotros para oír, y así respectivamente de los demás sentidos, a los cuales señaló sus propios y peculiares órganos para los diversos oficios que mi alma, siendo única, ejecuta por diferentes sentidos.
Pues también debo pasar más arriba de esta facultad de mi alma que me da la vida sensitiva, porque ésta es común al caballo y demás brutos, que igualmente sienten por medio de los órganos y sentidos de su cuerpo.
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Continuando, pues, en servirme de las potencias de mi alma, como de una escala de diversos grados para subir por ellos hasta mí Creador, y pasando más arriba de lo sensitivo, vengo a dar en el anchuroso campo y espaciosa jurisdicción de mi memoria, donde se guarda el tesoro de innumerables imágenes de todos los objetos que de cualquier modo sean sensibles, las cuales han pasado al depósito de la memoria por la aduana de los sentidos. Además de estas imágenes, se guardan allí todos los pensamientos, discursos y reflexiones que hacemos, ya aumentando, ya disminuyendo, ya variando de otro modo aquellas mismas cosas que fueron el objeto de nuestros sentidos; y en fin, allí se guardan cualesquiera especies, que por diversos caminos se han confiado y depositado en la memoria, si todavía no las ha deshecho y sepultado el olvido.
Cuando mi alma se ha de servir de esta potencia pide que se le presenten todas las imágenes que quiere considerar; algunas se le presentan inmediatamente, pero otras hay que buscarlas más despacio, como si fuese menester sacarlas de unos senos mas retirados y ocultos. Otras suelen salir amontonadas y de tropel; y aunque no sean aquéllas las especies que entonces se pedían y buscaban, ellas se ponen delante, como diciendo: ¿Por ventura somos nosotras las que buscais? Yo las aparto de la vista y aspecto de mi memoria con la mano y entendimiento, hasta que se descubra lo que busco y acabe de dejarse ver, saliendo de aquellos senos donde estaba escondido. También hay otras que se presentan fácilmente y con el mismo orden con que se las va llamando; entonces las primeras ceden su lugar a las que siguen, y cediéndolo, vuelven a guardarse. Todo esto sucede verdaderamente cuando digo alguna cosa de memoria.
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Allí están guardadas con orden y distinción todas las cosas, y según el órgano o conducto por donde ha entrado cada una de ellas, como, por ejemplo, la luz y todos los colores, la figura y hermosura de los cuerpos, por los ojos; todos los géneros y especies que hay de sonidos y voces, por los oídos; todos los olores, por el órgano del olfato; todos los sabores, por el gusto; y finalmente, por el sentido del tacto, que se extiende generalmente por todo el cuerpo, todas las especies de que es duro o blando, caliente o frio, suave o áspero, pesado o ligero, ya sean estas cosas exteriores, ya interiores al cuerpo. Este capacísimo retrete de la memoria recibe, en no sé qué secretos e inexplicables senos que tiene, todas estas cosas, que por las diferentes puertas de los sentidos entran en la memoria y en ella se depositan y guardan, de modo que puedan volver a descubrirse y presentarse cuando fuere necesario.
Pero no entran allí estas mismas cosas materiales, sino que unas imágenes que representan esas mismas cosas sensibles son las que se ofrecen y presentan al pensamiento cuando sucede que uno se acuerda de ellas. Mas ¿quién sabe ni podrá decir cómo fueron formadas estas especies o imágenes, no obstante que claramente consta por qué sentidos fueron atraídas y guardadas allí dentro?
Porque aun cuando estoy a oscuras y en silencio, si yo quiero, saco en mi memoria varios colores y hago distinción entre lo blanco y lo negro, y entre los demás colores que quiero; y los ruidos o sonidos no se presentan entonces ni perturban lo que estoy considerando, y que ha entrado por los ojos; siendo así que también los sonidos están allí, aunque puestos como separadamente y escondidos. Porque también, si me agrada, pido que salgan ellos, y al instante se me presentan; y entonces, sin mover la lengua y callando la garganta, canto en mí interior todo lo que quiero. Y no obstante que están allí también las dichas imágenes de los colores, no se mezclan con estotras, ni sirven de estorbo cuando se está disfrutando aquel otro depósito de imágenes que entraron por los oídos.
Del mismo modo recuerdo a mis solas, cuando quiero, todas las demás cosas, cuyas imágenes entraron a juntarse en la memoria por los otros sentidos; y sin oler cosa alguna, discierno entre el olor de los lirios y de las violetas; y sin valerme del gusto ni del tacto, sino solamente repasando las especies que enviaron a mi memoria estos sentidos, prefiero la dulzura de la miel a la del arrope, y lo que es suave a lo que es áspero.
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Todo esto lo ejecuto dentro del gran salón de mi memoria. Allí se me presentan el cielo, la tierra, el mar y todas las cosas que mis sentidos han podido percibir en ellos, excepto las que ya se me hayan olvidado. Allí también me encuentro yo a mí mismo, me acuerdo de mí y de lo que hice, y en qué tiempo y en qué lugar lo hice, y en qué disposición y circunstancias me hallaba cuando lo hice. Allí se hallan finalmente todas las cosas de que me acuerdo, ya sean las que he sabido por experiencia propia, ya las que he creído por relación ajena. A todas estas imágenes añado yo mismo una innumerable multitud de otras, que formo sobre las cosas que he experimentado, o que fundado sobre éstas he creído por diversos modos, y son las semejanzas y respectos que todas ellas dicen entre sí y esas otras. Además de esto, se han de añadir las ilaciones que hago de todas estas especies, como las acciones futuras, los sucesos venideros y las esperanzas; todo lo cual lo considero y miro en la memoria como presente, sin salir de aquel capacísimo seno de mi alma, lleno de tantas imágenes de tan diversas cosas. Y suelo decirme a mí mismo: Yo he de hacer esto o aquello, y de aquí se seguirá esto o lo otro. ¡Ojala que sucediera tal o tal cosa! ¡No quiera Dios que esto o aquello suceda! Todo esto lo digo en mí interior y, cuando lo digo, salen de aquel tesoro de mi memoria y se me presentan las imágenes de todas las cosas que digo; y nada de eso pudiera decir si aquellas imágenes no se me presentaran.
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Grande es, Dios mío, esta virtud y facultad de la memoria; grandísima es y de una extensión y capacidad que no se le halla fin. ¿Quién ha llegado al término de su profundidad? Pues ella es una facultad y potencia de mi alma y pertenece a mí naturaleza; y no obstante, yo mismo no acabo de entender todo lo que soy. Pues qué, ¿el alma no tiene bastante capacidad para que quepa en ella todo su propio ser? ¿Y donde ha de quedarse aquello que de su ser no cabe dentro de ella misma? ¿Acaso ha de estar fuera de ella y no en ella misma? Pues ¿cómo puede ser verdad que no se entienda ni comprenda toda a sí misma?
Esto me causa grande admiración y me tiene atónito y pasmado, Los hombres por lo común se admiran de ver la altura de los montes, las grandes olas del mar, las anchurosas corrientes de los ríos, la latitud inmensa del océano, el curso de los astros, y se olvidan de lo mucho que tienen que admirar en sí mismos. No admiran ellos que cuando yo nombraba estas cosas que acabo de decir no las estaba viendo con mis ojos; y no obstante, era preciso, para nombrarlas, que interiormente viese en mi memoria los montes, las olas, los ríos y los astros, que son cosas que he visto, y el océano, de que otros me han informado; y que se me presentasen con tan grandes espacios y extensión como tienen en sí mismos, y como si los estuviera viendo con mis ojos. Tampoco cuando vi estas cosas se me introdujeron por los ojos ellas mismas; ni son ellas las que están dentro de mí en el deposito de mi memoria, sino solamente unas imágenes suyas; también sé y conozco clara y distintamente por cual de los sentidos de mí cuerpo ha entrado cada una de ellas y la impresión que han hecho en mi memoria.
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Pero no son solas éstas las cosas que se encierran en la inmensa capacidad de mi memoria, pues también están allí como apartadas en un lugar mas profundo (aunque propiamente no es lugar) todas las cosas que he aprendido de las artes liberales, si no se han olvidado; y conservo allí guardadas, no las imágenes de estas cosas (115), sino las cosas mismas. Porque lo que sé de la gramática, de la lógica y de la retorica no está de tal modo en mi memoria que dentro de ella estén las imágenes de las ciencias, y éstas se quedasen fuera. Porque esto no es una cosa que sonó y pasó, como la voz que sonó en los oídos y pasó dejando un rastro o señal de sí, que nos acordamos de ella como si sonara, cuando ya no suena; ni como un olor, que según ya pasando y esparciéndose por el aire, mueve al olfato, desde donde envía a la memoria una imagen suya, la cual tenemos presente cuando nos acordamos del olor; ni tampoco como el manjar, que estando en el estomago verdaderamente no tiene ya sabor, pero parece lo tiene en la memoria; ni como lo que se siente por medio del tacto, lo cual, aunque esté distante, queda en la memoria su imagen, que nos lo representa. Todas estas cosas no entran en la memoria, según el ser que tienen en sí mismas, sino solamente como unas imágenes suyas, que con maravillosa facilidad y presteza se forman y se depositan en aquellos senos como en celdillas admirables que tiene la memoria, de donde también maravillosamente vuelven a salir cuando uno las recuerda.
(115) Aunque el Santo doctor conoció y adopto las especies que se llaman intencionales de las cosas corpóreas, y las admitió en los sentidos externos e internos, no admitió especies inteligibles de las ciencias y artes, y otras cosas espirituales que, en sentencia del Santo, están impresas en nuestra alma y como congénitas con ella.
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Cuando oigo decir a alguno que acerca de cualquiera cosa se pueden hacer tres distintas cuestiones, a saber: Si ella es, qué ser tiene y qué tal es; es cierto que conservo en mi memoria las imágenes de los sonidos con que se formaron y pronunciaron estas palabras; también sé que los tales sonidos, pasando por los aires, se disiparon y desvanecieron enteramente, de modo que ya no existen; pero las cosas significadas por aquellas voces no pude tocarlas ni percibirlas por algunos de mis sentidos corporales, ni tampoco las vi en parte alguna, sino en mi alma: yo guardé en mi memoria, no las imágenes de aquellas cosas, sino a ellas mismas; mas por donde entraron en mi alma, ellas solamente lo han de decir, si pueden.
Por más que recorra y examine bien todas las puertas de mis sentidos, no encuentro por cual de ellas puedan haber entrado, porque los ojos dicen: Si tienen algún color, nosotros fuimos los que dimos noticia de ellas; los oídos dicen: Si hicieron algún sonido, nosotros te las mostramos; el olfato dice: Si fueron olorosas, por aquí solamente habran pasado. También el sentido del gusto dice: Si no tienen algún sabor, no hay que preguntarme a mí; el tacto dice: Si no es alguna cosa corpulenta, yo no he podido tocarla; si no la he tocado, tampoco puedo dar noticia de ella.
¿De dónde, pues, han venido estas ciencias y por donde han entrado en mi memoria? Lo ignoro, porque cuando las aprendí, no fue dando crédito a lo que otros me dijeron, sino que yo mismo las descubrí en mi alma desde luego y, habiéndolas aprobado como verdaderas, las encomendé a la memoria, como depositándolas allí para volverlas a sacar cuando quisiese. Luego estaban dentro de mi alma aun antes de que yo las aprendiese, pero todavía no estaban en mi memoria. Pues ¿dónde estaban? Y si no, ¿por qué las reconocí luego que me hablaron de ellas y por qué dije: Esto es así, esto es verdad, sino porque ya estaban en mi memoria, aunque tan escondidas y encerradas en sus senos profundísimos y ocultisimos, que si alguno no las excitara ni me hubiera hablado de ellas, puede ser que jamás se me hubieran ofrecido al pensamiento?
Agustin - Confesiones 1001