
Agustin - Confesiones 1053
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A todas éstas es preciso añadir otra especie de tentación, que es mucho más peligrosa. Además de aquella concupiscencia de la carne, que tiene por objeto el regalo de los sentidos y deleites, sirviendo y obedeciendo a la cual perecen los que se alejan de Vos, hay en el alma otra especie de concupiscencia vana y curiosa, disfrazada con el nombre de conocimiento y ciencia, que se vale y se sirve de los mismos sentidos corporales, no para que ellos perciban sus respectivos deleites, sino para que por medio de ellos consiga satisfacer su curiosidad y la pasión de saber siempre mas y mas.
Como esta concupiscencia del alma pertenece al apetito de conocer y saber, y los ojos son los principales en el conocimiento de las cosas sensibles, por eso en la Sagrada Escritura se llama concupiscencia de los ojos. Y aunque es cierto que el ver única y propiamente corresponde a los ojos, solemos usar también de esa palabra para explicar la acción de los demás sentidos, cuando los aplicamos a conocer sus propios objetos. Pero no al contrario, pues nunca decimos: oye como alumbra, ni oled como luce, ni gustad como brilla, ni palpad como resplandece, siendo así que todo esto lo llamamos ver. Porque no solo decimos mirad como luce (lo cual únicamente pertenece a los ojos), sino también mirad como suena, mirad como huele, mirad como sabe, mirad como esta duro.
Por eso todas las sensaciones de nuestros sentidos se comprenden de una vez llamándose, como ya dije, concupiscencia de los ojos, porque todos los demás sentidos, cuando conocen o perciben algo de sus objetos, usurpan en algún modo la acción y oficio del ver, que propia y principalmente pertenece a los ojos.
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De aquí se puede conocer mas claramente cuando es el deleite y cuando es la curiosidad quien hace obrar a nuestros sentidos, porque el deleite siempre busca lo hermoso, lo sonoro, lo fragante, lo sabroso, lo suave, pero la curiosidad busca aun lo contrario de todo esto, no para mortificarse (128), sino por el prurito de saberlo y experimentarlo todo. Porque a la verdad, ¿qué deleite puede haber en mirar un cadáver lleno de heridas y despedazado, siendo una cosa que espanta y horroriza? Con todo esto, si en alguna parte hay este lastimoso espectáculo, concurren todos a verle y, conseguido, se entristecen y asustan. Además de esto, temen ver eso mismo entre sueños, como si alguno los hubiera obligado a que lo vieran cuando despiertos, o la fama y noticia de que allí había que ver una grande hermosura los hubiera persuadido y llevado a que lo vieran. Lo mismo pudiéramos decir de los demás sentidos, pero seria muy largo ir poniendo ejemplos en todos.
De este achaque y dolencia de la curiosidad ha nacido todo cuanto se ejecuta de extraño y admirable en los espectáculos. Ella es la que nos hace andar investigando los efectos ocultos de la naturaleza, que no es exterior y esta fuera de nosotros, que para nada aprovecha averiguarlos, y los desean saber los hombres no más que por saberlos; con el mismo fin de satisfacer su curiosidad perversa procuran averiguar algunas cosas por arte mágica. Ella es, finalmente, la que en el seno mismo de la Religión ha incitado a los fieles a tentar a Dios, pidiéndole milagros y prodigios, no para conseguir algún bien o salud del cuerpo o alma, sino por espíritu de curiosidad.
(128) San Agustín entiende por concupiscencia de los ojos la curiosidad, o el excesivo y desordenado deseo de ver y conocer cualesquier cosas, y claramente explica como la concupiscencia de la carne, que comprende todos los deleites de los sentidos, se distinga de esta otra concupiscencia o curiosidad, que no solamente apetece conocer y experimentar las cosas suaves y hermosas, sino también las cosas feas, ásperas y horrendas. También Santo Tomas (1.ª, 2.ª, q. 77, a. 5) dice que se entiende por esta concupiscencia, ya el deseo de un saber y conocer desordenado, ya el deseo de las mismas cosas que exteriormente se proponen a la vista.
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En este tan inmenso y enmarañado bosque de deseos, y tan lleno de asechanzas y peligros, ya veis, Dios mío y salud mía, cuanta maleza he cortado y arrojado de mi corazón, según Vos me disteis gracia para ejecutarlo, y que efectivamente ejecuté; pero no obstante, ¿cuándo me atreveré a decir, sabiendo que nuestra vida continuamente y por todas partes esta cercada y combatida de tan grande multitud de cosas semejantes, cuando me atreveré a decir que estoy seguro y que ninguna de ellas excita mí atención siquiera para mirarla, y que nunca he de caer en lazo alguno de la vana curiosidad?
A la verdad, los teatros ya no me arrastran ni llevan tras de si, ya no cuido de saber el curso de los astros, ni mi alma consulto jamás las sombras de que se vale la magia para sus respuestas, antes bien detesto y abomino todos sus misterios sacrílegos y supersticiosos. Pero ¿con cuantas maquinas y ardides me combate el enemigo para obligarme a que os pida un milagro a Vos, Dios y Señor mío, a quien solo debo servir humilde y sencillamente? Pero yo, Señor, por Jesucristo Rey nuestro, y por toda su corte celestial, esa triunfante Jerusalén, que es nuestra patria, inocente y casta esposa vuestra, os ruego y suplico que así como al presente estoy lejos de consentir a semejante tentación, así lo esté siempre y cada día mas.
Pero cuando os ruego por la salud de alguno, es muy diferente y mejor el fin de mí intención, y además de eso, me concedéis entonces, y espero que siempre me lo concedáis, el que gustosamente me conforme con vuestra voluntad.
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No obstante, ¿quién hay que pueda contar la innumerable multitud de cosas menudísimas y despreciables con que es tentada nuestra curiosidad todos los días, y nuestras caídas? ¿Cuántas veces nos sucede que comenzamos a oír con gusto algunas conversaciones inútiles y vanas, que al principio aguantamos por no ofender a los que están hablando, y después venimos poco a poco a oírlas con voluntad y gusto? Ya no voy al circo a ver a un perro correr tras de una liebre, pero si sucede esto en el campo, y casualmente paso por allí al mismo tiempo, acaso me distrae y aparta de algún pensamiento grande y bueno, y me hace mirar y atender a aquella caza, no de modo que me haga extraviar con el caballo, pero si con la voluntad y afecto. Si Vos, dándome entonces a conocer mí flaqueza, no me excitarais prontamente a que de aquello mismo que estoy viendo, levante mí espíritu y consideración a Vos, o por lo menos a que desprecie todo aquello y prosiga mí camino, me estaría embebecido vanamente. ¿Cuántas veces también, estando en casa, me tiene entretenido ya el animalejo que llaman alguacil de moscas, parandome a mirar como las caza, ya una araña, observando como las aprisiona, después de que caen en sus redes? ¿Acaso porque sean pequeños animales se podrá decir que no ejercitaron mí curiosidad ni causaron verdadera distraccion? Es verdad que de esto mismo paso después a alabaros, por el orden admirable que habéis establecido y guardan entre sí todas las criaturas del universo; pero también es verdad que cuando comencé a atender, no comencé con este fin. Una cosa es levantarse presto y otra no caer.
De semejantes cosas esta llena mi vida, y por eso toda mí esperanza estriba únicamente en vuestra grande e infinita misericordia. Porque si llega a hacerse nuestra alma un deposito y receptáculo de semejantes cosas tan fútiles y vanas, y lleva dentro de si copiosa multitud de especies a cual más frívolas, sucederá que nuestras oraciones se interrumpirán y perturbaran no una sino muchas veces. Así, aun cuando nos contemplamos delante de vuestra presencia, y queremos que las voces de nuestro corazón lleguen a los oídos de vuestra divina Majestad, no sé cómo, ofreciéndose a nuestro pensamiento una infinidad de bagatelas y fruslerías, se viene a interrumpir una cosa de tanta importancia. ¿Por ventura contaremos también esto entre las cosas de poca monta y de que no debemos hacer caso? O bien considerado, ¿habrá cosa alguna con que pueda alentar nuestra esperanza, sino el considerar que, habiendo vuestra misericordia comenzado la obra de nuestra conversión y mudanza de vida, la ha de continuar y concluir, para que así sea completa y total la misericordia?
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Vos, Señor, sabéis cuanto me habéis mudado en algunas cosas, sanándome primeramente del deseo de vengarme, para que, perdonando yo, me perdonéis a mí también todas las demás maldades, sanéis todas mis dolencias, redimáis mi alma de la perdición y muerte eterna, me deis la corona ganada con vuestras gracias y misericordias, y saciéis mis deseos con bienes interminables e infinitos.
Vos me hicisteis temer el rigor de vuestro juicio, y con este temor santo reprimisteis mí soberbia y me hicisteis que sujetase dócilmente mí cerviz al yugo de vuestra ley. Ahora llevo este yugo y me parece suave, porque Vos prometisteis que lo seria, y habéis hecho que lo sea: verdaderamente era suave, y no lo sabía yo cuando tenía miedo de sujetarme a él.
Mas ¿por ventura, Señor, que sois el único que domina sin fausto ni altivez, porque también sois el único verdadero Señor, que no reconocéis otro, por ventura, vuelvo a decir, podré esperar verme libre enteramente de esta tercera especie de tentación que trae consigo el mandar, o es posible librarse de ella durante todo el curso de esta vida?
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Desear ser temido y amado de los hombres, no por otra cosa sino para tener en esto un gozo que no es gozo, es miseria de la vida humana y una jactancia fea. He aquí de donde principalmente dimana el no amaros los hombres a Vos solo ni temeros con temor filial y santo. Por eso resistís a los soberbios y dais gracia a los humildes, por eso tronáis sobre los ambiciosos del mundo, haciendo que se estremezcan los cimientos de los montes mas altos. Pero como sea necesario para el desempeño y cumplimiento de algunos empleos de la república, el que sean temidos y amados de los hombres los que están destinados a aquellos cargos o empleos, el enemigo de nuestra verdadera felicidad y bienaventuranza nos estrecha mas para hacernos caer en esta vana complacencia, y por todas partes tiende los lazos de aplausos y lisonjas, para que recogiéndolas con ansia y afición, caigamos incautamente en aquella vanidad y dejemos de poner nuestro gozo en vuestra verdad, colocándolo en el engaño y falacia de los hombres, y lleguemos a tener gusto y complacencia de ser amados y temidos de los hombres por nosotros mismos y no por Vos. Así intenta el enemigo, haciéndonos semejantes a él en la soberbia, llevarnos también a su compañía, no para usar con nosotros de caridad y concordia, sino para hacemos compañeros de sus penas y tormentos; porque él, aspirando soberbiamente a ser semejante a Vos, tiro a imitaros malamente por el torcido rumbo y contrario extremo de la desemejanza, queriendo poner su trono en el
Aquilón (129), para que los hombres, deslumbrados y fríos por faltos de fe y caridad, le sirvan y obedezcan a él.
Pero nosotros, Señor, que somos vuestro pequeño rebano, vuestros somos, poseednos siempre Vos. Extended vuestras alas, para que huyendo de nuestros enemigos, nos refugiemos y acojamos debajo de ellas. Sed Vos nuestro única gloria y haced que solamente en Vos nos gloriemos, y que si nos aman, seamos amados por Vos; si nos temen, sea vuestra divina palabra la que se tema y se respete en nosotros. El que quiere ser amado de los hombres, vituperándole Vos, no será defendido de los hombres cuando Vos le juzguéis, ni ellos podrán libertarle si le condenáis.
Pero cuando la alabanza es tal que ni con ella es alabado el pecador en los malos deseos de su alma, ni bendecido el inicuo, sino que es alabado el hombre por alguna gracia y don que Vos le concedisteis, y él se alegra mas de ser alabado que de tener aquel don por el cual le alaban, se verifica que éste es alabado vituperándole Vos; y es mejor el otro que le alabo que éste que fue alabado, porque a aquél le agrado en el hombre el don de Dios, y a este otro le agrado mas el don del hombre que el de Dios.
(129) Alude primeramente al texto de Isaías, que dice de Luzbel que intento poner su trono a los lados del Aquilón, y como éste es el aire que hay mas frio entre todos, porque viene del Septentrión, por donde nunca anda el sol ni puede andar (sino en la fabula de Faeton), allí todo es oscuridad y frio, y así metafóricamente significa el reino de las tinieblas y a su príncipe el demonio; y por eso dice aquí con hermosa alegoría San Agustín, que los soberbios que siguen al demonio en el Aquilón, están sin luz de fe en el entendimiento, y sin calor de caridad en la voluntad, pues ni hay luz ni calor en el Aquilón o Septentrión.
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Todos los días somos tentados, Señor, con estas tentaciones, sin darnos treguas ni cesar de combatirnos. Las lenguas de los hombres que nos alaban vienen a ser nuestro horno, que cotidianamente nos examina y prueba. Vos nos habéis mandado que también en esta especie de tentación seamos cautelosos y contenidos. Dadme, Señor, lo que mandáis y mandadme lo que queráis. Vos sabéis los muchos suspiros que esto me cuesta y los ríos de lágrimas que en vuestra presencia han derramado mis ojos por esta causa. Porque no puedo fácilmente conocer cuanto haya adelantado en preservarme de este contagio, y temo mucho que haya varios defectos ocultos y escondidos en lo interior de mi alma, los cuales claramente los descubren vuestros ojos, pero no los ven los míos. En los otros géneros de tentaciones tengo algún arbitrio y facultad para examinarme a mí mismo, y conocer en qué disposición me hallo, pero en esta materia casi no hay medio alguno por donde conocerlo.
Porque yo bien conozco y veo cuanto es lo que tengo adelantado y adquirido de fuerzas para refrenar mí ánimo, ya sea de los deleites sensuales, ya sea de la vana curiosidad y deseo de saber cosas inútiles, cuando actualmente carezco de aquellos objetos, o porque me privo de ellos por mí voluntad, o porque no los tengo presentes a mí disposición; en tal caso me pregunto yo a mí mismo cuanta sea la molestia que me causa el carecer de aquellas cosas, y conozco si es mayor o menor que la que otras veces me causaba. Por lo que mira a las riquezas, se desean únicamente para satisfacer a alguna de estas tres suertes de concupiscencias, o dos de ellas, o todas tres: si poseyéndolas actualmente no puede el ánimo conocer bien sí las desprecia o no, tiene el arbitrio de renunciarlas enteramente, y entonces lo conocerá.
Para carecer de las alabanzas, y hacer entonces experiencia de si sentimos o no su falta, ¿por ventura hemos de vivir mal y desordenadamente, y ser tan perdidos, crueles y desalmados, que cuantos nos conozcan, nos abominen y digan mal de nosotros?, ¿qué mayor locura puede pedirse o pensarse? Pues si la alabanza suele y debe ser compañera inseparable de la buena vida y de las buenas obras, así como no debemos dejar la vida y costumbres buenas, tampoco podemos abandonar el acompañamiento que llevan de las alabanzas. Ello es cierto que solo careciendo de una cosa es cuando puedo conocer y experimentar si siento el que me falte o no lo siento.
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Pues, Dios mío, ¿qué confesión es la que puedo haceros de lo que me sucede con este género de tentación, sino que me deleitan las alabanzas, aunque mas me deleito con la verdad que con ellas? Si me propusiera cuál de estas cosas quería mas, o ser un hombre furioso y desatinado, que no obraba con rectitud y acierto en materia alguna, pero no obstante era muy alabado de todos los hombres, o por el contrario, verme vituperado de todos, siendo yo cuerdo y juicioso, y teniendo verdadera ciencia y sabiduría, que es certísimo conocimiento de la verdad, veo claramente lo que en tal caso había de escoger.
Pero yo no quisiera que la aprobación y alabanza ajena me aumentase el gozo que puedo tener de alguna bondad mía, aunque conozco y confieso que no solo me lo aumenta la alabanza, sino que el vituperio me lo disminuye. Cuando me veo atribulado con semejante flaqueza, propia de mí miseria, se me ofrece luego una disculpa, que Vos, Dios mío, sabéis si es buena o mala, pues yo no me atrevo a calificarla con certeza. La razón con que tiro a disculpar mí alegría y gozo de la alabanza consiste en que, como Vos nos habéis mandado no solo la continencia y templanza, que nos enseña de qué cosas debemos apartar nuestra afición, sino también la justicia, que nos muestra en qué cosas debemos poner nuestro amor y voluntad, y como por otra parte nos habéis mandado que no solamente os amemos a Vos, sino también al prójimo, fundado yo en todo esto, me parece que muchas veces que me deleito oyendo que me alaban, no nace mí deleite y alegría de aquella alabanza, sino del aprovechamiento que muestra el prójimo y de las buenas esperanzas que da de su talento, pues alaba lo que merece ser alabado; por el contrario, si me entristezco cuando me vitupera, me parece que solo es de su mal, oyendo que desprecia y vitupera lo que él no sabe ni entiende, o lo que realmente es bueno. También cuando me alaban, me suelo entristecer algunas veces, o porque alaban en mí algunas cosas que me disgustan a mí mismo, o porque también hacen más estimación y aprecio del que debieran hacer de algunos pequeños y leves bienes que experimentan en mí.
Pero ¿qué sé yo si este sentimiento mío nacerá de que no llevo a bien que el que me alaba piense de mí mismo de diferente modo que yo pienso, no porque a esto me mueva su bien y utilidad, sino el que aquellos mismos bienes que tengo yo y me alegro de tenerlos, se me hacen mas gustosos y agradables cuando también agradan a los otros? Porque en algún modo no soy yo alabado, cuando no lo es también aquel juicio y concepto que tengo formado de mí mismo; supuesto que se alaban en mí las cosas que a mí mismo me disgustan, o se alaban mas las que a mí me agradan menos. ¿No es verdad, pues, que acerca de la excusa referida estoy dudoso y no puedo calificarla con certeza?
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Bien veo en Vos, Verdad eterna, que de las alabanzas que me dieren no debo alegrarme por el bien mío, sino por el bien y utilidad de mí prójimo; mas no sé si lo hago así, porque más bien os conozco a Vos que a mí mismo en este punto. Yo os suplico, Dios mío, que hagáis que yo me conozca perfectamente, para que a todos mis hermanos, que os pedirán por mí, pueda yo descubrirles en esta confesión todo cuanto hubiese en mí de heridas y de llagas, lo cual supuesto, vuelvo a examinar mí interior con más cuidado.
Si el gozo que experimento cuando soy alabado es nacido del bien y provecho de mí prójimo, ¿por qué el vituperio que injustamente se hace a otro me contrista menos que si se me hiciera a mí?, ¿por qué me duele más la contumelia que me hacen a mí mismo, que la que en mí presencia le hacen a mí prójimo, siendo igual la malicia de una y otra? ¿Por ventura ignoro también esto?, ¿había de llegar a tanto que me engañase a mí mismo, y que en presencia vuestra faltase a la verdad con el corazón y con la boca? Apartad Vos, Señor, lejos de mí tan gran locura y no permitáis que mí boca delante de Vos oculte mis defectos, ni sea como el aceite, con que, en frase de David, desfigura el pecador su rostro.
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Muy pobre y necesitado estoy de vuestra luz y enseñanza; mejor seré desagradándome a mí mismo con gemidos y sollozos ocultos, y buscando sin cesar vuestra misericordia, hasta que os dignéis reparar mis defectos, y darme tal perfección, que goce aquella tranquilidad y paz que no sabe ni conoce el soberbio y arrogante.
Pero las palabras que uno dice y las obras que hace, como son públicas y notorias a los hombres, están expuestas a la peligrosísima tentación del amor y deseo de las alabanzas, el cual busca los votos y pareceres ajenos, y los junta y ordena para conseguir con ellos una cierta excelencia y distinción particular. Aun cuando me reprendo a mí mismo por este mal deseo, me tienta también a desear alabanza, por la misma razón con que le he afeado y reprendido.
Muchas veces sucede también que de haber el hombre despreciado la vanagloria viene a caer en otra gloria mas vana; en tal caso tampoco puede decirse que se gloríe de haber menospreciado la vanagloria, porque no puede ser verdad que ella esté menospreciada en un hombre que tan vana e íntimamente se gloríe.
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En esta misma especie de tentación hay también otro mal, todavía más disimulado y oculto, en que caen aquellos hombres vanos que están muy preciados de sí mismos, aunque sus cosas no agraden, antes bien desagraden a los otros, ni ellos tampoco intentan agradarles.
Pero éstos, Señor, que se agradan a sí mismos, os desagradan mucho a Vos, porque se glorían no solo de las cosas malas como si fueran buenas, sino también de las que son buenas y dones vuestros, como si solo fuesen bienes suyos, o porque de tal manera los reconocen dones vuestros, que los juzgan debidos a sus méritos, y cuando los atribuyen únicamente a vuestra gracia, no se alegran amigablemente de que otros también los tengan, antes por eso mismo les tienen envidia.
Ya veis, Señor, cuanto tiembla mi alma a vista de todos estos y otros semejantes peligros y dificultades de que se ve rodeada y, por tanto, más bien creo y soy de sentir que Vos me curéis mis heridas y llagas, que el que entre tantos peligros deje yo de recibirlas y tenerlas.
(130) Siguiendo el ejemplo y fundamentos del padre J. M. de la Congregación de San Mauro, de los caps. XXXVII y XXXVIII, de otras ediciones, hemos formado uno solo, porque así lo pide la conexión de la materia.
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Mientras que yo, Dios mío y Verdad eterna, me he ocupado en referiros todo cuanto he podido llegar a conocer de estas cosas inferiores, y he consultado con Vos, ¿cuándo ni dónde me dejasteis solo, o no anduvisteis conmigo, enseñándome lo que tengo de evitar y lo que tengo de apetecer? Registré primeramente las cosas exteriores de que consta el universo, según y como pude valerme de mis sentidos, después consideré la vida que mí cuerpo recibe de mi alma, y los sentidos mismos con que obra.
De allí entré a contemplar los senos de mi memoria, la vastísima capacidad que tienen, lo llenos que están de innumerable multitud de especies y los modos admirables con que allí se colocan y conservan. Consideré todo esto y quedé atónito y espantado; no pude entender sin Vos ninguna cosa de aquéllas, pero hallé y conocí que ninguna de ellas era lo que Vos; ni aun yo mismo, que descubrí y conocí todas aquellas cosas, imágenes y especies, y las fui recorriendo todas y procuré distinguirlas y apreciarlas según la estimación y dignidad que corresponde a cada una de ellas; ya recibiendo alguna de estas especies por medio de los sentidos, y examinándolas y reconociéndolas después; ya reflexionando algunas otras cosas que están como mezcladas conmigo, y examinando también el numero, naturaleza y propiedades de los mismos sentidos que me daban noticia de ellas, y finalmente, aprovechándome de aquel tesoro de mi memoria, y usando diferentemente de sus grandes riquezas, manifestando unas, reservando otras y descubriendo las que estaban ocultas y guardadas, conocí que ni yo mismo, que hacia todas estas operaciones, o por mejor decir, ni la misma virtud y potencia con que las hacía, somos lo que Vos, que tenéis otro ser muy superior, porque Vos sois aquella luz permanente, con quien iba yo a consultar todas aquellas cosas, para saber si verdaderamente existían, qué ser y naturaleza era la suya, y qué precio y estimación debía hacerse de ellas, y oía lo que Vos me enseñabais y lo que me mandabais.
Esto mismo lo hago también ahora muchas veces; y esto es lo que me deleita, y así, cuando puedo eximirme de las ocupaciones que me son precisas y necesarias, me refugio a este deleite. Porque en ninguna de estas cosas, que he estado recorriendo y consultando con Vos, hallo un lugar seguro para mi alma sino en Vos, que sois el único donde caben y pueden reunirse todos los afectos de mí voluntad, que han estado esparcidos por las criaturas, de modo que ninguno de ellos se aparte jamás de Vos.
También algunas veces hacéis que en lo interior de mi alma prorrumpa en un afecto de amor muy extraordinario (131), que me lleva a una incomprensible dulzura, la cual, si enteramente se me comunicara, sería una cosa que no puedo comprenderla, pero sé que sería muy superior a todo lo de esta vida. Con el peso de mis miserias vuelvo a dar en estas cosas terrenas, donde mis ocupaciones acostumbradas por todas partes me rodean, quedando como sumergido en ellas y como aprisionado; mucho lo siento y lloro, pero también lo que me estorban y detienen es mucho. ¡Tanto es lo que nos agobia la pesada carga de una costumbre! Como en este último estado puedo permanecer, pero no quiero, y en aquel otro quiero perseverar, pero no puedo, vengo a ser infeliz en uno y otro.
(131) Éste es uno de los varios pasajes que en esta misma obra se pueden alegar en prueba de que favoreció Dios a San Agustín y Santa Mónica, comunicándoles algunas veces en esta vida la unión íntima de Su Majestad. Así, la descripción que en otras partes y aquí hace el Santo de este singular favor es admirable y le da a conocer por cosa sobrenatural. Lo que el Santo doctor dice, puede servir para enmendar los términos e ideas con que los místicos modernos explican la unión íntima con Dios, pues según la doctrina de San Agustín, no es más que un sentimiento extraordinario de amor de Dios y un exceso de dulzura, que si llegara a toda su perfección, sería una cosa que infinitamente sobrepujara a todo cuanto hay delicioso en esta vida. San Pablo, que lo había experimentado y que fue arrebatado al tercer cielo, no nos dijo más que San Agustín en este punto, como dice el padre J. M.
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Por eso consideré todas las dolencias de mis pecados en los tres géneros de concupiscencias que he referido e invoqué vuestra mano poderosa para que sanase las dolencias de mi alma. Como puse mis ojos en vuestros divinos resplandores, teniendo todavía el corazón herido y llagado, no pude resistir tan grande golpe de luz, y como deslumbrado, dije: ¿Quién será capaz de ver tan excesiva luz? Por lo que a mí toca, yo me veo infelizmente arrojado de vuestra presencia.
Vos sois la verdad suma y superior a todas las cosas; mas yo con una especie de avaricia no quería privarme de Vos, sino que juntamente con Vos quería poseer la mentira y falsedad, así como ninguno hay que de tal modo quiera ser mentiroso, que ni él mismo conozca lo que es verdadero. Por eso os pedí yo, Verdad eterna, por no ser Vos poseído de un alma juntamente con la mentira.
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¿Quién había yo de hallar que pudiese reconciliarme con Vos? ¿Había de acudir a los ángeles? ¿Y con qué oraciones, con qué sacrificios había de atraerlos? Muchos pecadores, deseando volver a Vos, y no pudiendo lograrlo por si solos, se valieron (132) (según he oído decir) de semejantes medios; pero vencidos del deseo de tener apariciones o visiones curiosas, se hicieron dignos de engañosas ilusiones. Como os buscaban llenos de orgullo y presentaban con arrogancia su pecho, en lugar de herírsele con humildad, por eso solamente pudieron atraer a si (por medio de alguna imagen o semejanza) a las rebeldes aéreas potestades, esto es, los demonios, compañeros de su soberbia, que los engañaron con la magia cuando ellos buscaban un medianero que les iluminase y purificase; y entre ellos no había sino el demonio, que se transformaba en ángel de luz. Lo que ayudo mucho a que los hombres soberbios y camales cayesen en semejante desvario de solicitar al demonio para su medianero fue que, siendo ellos mortales y pecadores, y deseando (aunque soberbiamente) reconciliarse con Vos, que sois inmortal e impecable, les pareció que aquel maligno espíritu sería el más oportuno, por la ventaja de no tener cuerpo formado de carne como ellos.
Pero es menester que el mediador entre Dios y los hombres tuviese algo en que fuese semejante a Dios, y algo también que fuese semejante a los hombres, porque si en todo fuera semejante a los hombres, estaría muy apartado de Dios, y si en todo fuera semejante a Dios, estaría muy lejos de los hombres, y así no podría ser medianero.
Aquel, pues, mediador falso, por el cual, conforme a vuestros ocultos juicios, merecen ser engañados los soberbios, tiene una cosa por donde es semejante a los hombres, que es el pecado, y quiere dar a entender que tiene otra cosa por donde sea semejante a Dios, jactándose de ser inmortal, por cuanto no está vestido de la mortalidad de nuestra carne. Pero siendo como es la muerte, la paga y estipendio del pecado, en el cual es semejante a los hombres, también lo es en estar juntamente con ellos condenado a muerte.
(132) Estos tales fueron Pitágoras, Apolonio Tianeo, Porfirio, Proclo, Pselo, Máximo el Cínico, Juliano Apostata y otros muchos, que siguiendo la doctrina de los caldeos y egipcios, creían que todos los entes sublunares habían sido puestos por el Creador del universo al cuidado de las potestades celestiales, que gobernaban a su gusto el principio, la duración y el fin de todas estas cosas de acá abajo; y que por medio de algunos sacrificios que se les ofrecían se hacían visibles y servían a los hombres de escala para elevarse y llegar hasta Dios.
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El verdadero mediador es Aquél que por vuestra inescrutable misericordia os dignasteis manifestar a los humildes y le enviasteis para que con su ejemplo aprendiesen la verdadera humildad. Este mediador entre Dios y los hombres es el Hombre Jesucristo, que se manifestó mediando entre los pecadores y mortales, y entre el que esencialmente es justo e inmortal; conviniendo en lo mortal con los hombres, y en la justicia y santidad con Dios, para que, supuesto que la vida y la paz eterna es la paga y estipendio de la santidad y justicia, lograse con la justicia y santidad, en que convenía con Dios, que cesase la sentencia de muerte fulminada contra los pecadores e impíos, a quienes justifico, y cuya muerte quiso padecer como ellos. Este mismo medianero fue anunciado y revelado a los santos y patriarcas antiguos, para que ellos se salvasen, teniendo fe en la muerte que había de padecer, así como nosotros nos salvamos, teniendo fe en la muerte que efectivamente padeció. Éste, pues, en cuanto es hombre, en tanto es medianero, porque, en cuanto es Verbo divino, no media entre Dios y el hombre, sino que es igual a Dios, y tan Dios, que con el Padre y el Espíritu Santo es un mismo Dios.
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¡Oh eterno y amantísimo Padre!, ¡qué grande fue el exceso de vuestro amor para con los hombres, pues no perdonasteis a vuestro unigénito Hijo, sino que le entregasteis a que muriese por nosotros pecadores!, ¡qué grande fue el amor que nos mostrasteis, pues llego a tal extremo, que aquel mismo Señor, que en tenerse por igual a Vos no os usurpara cosa alguna, se sujetase a padecer por nosotros la ignominiosa muerte de cruz! Así Él había sido el único libre entre los muertos, que tuvo potestad de morir y también la tuvo de resucitar. Él mismo fue el vencedor (133) y la victima que se ofreció a Vos por nosotros, y por eso fue vencedor, porque fue víctima. Se hizo para con Vos sacerdote, y sacrificio por nosotros; y por eso fue el sacerdote, porque Él mismo fue el sacrificio. Y finalmente, de siervos que éramos, nos hizo vuestros hijos el que, siendo Hijo vuestro, se hizo nuestro siervo.
Con razón, pues, Dios mío, tengo grande y firmísima esperanza de que sanaréis todas mis dolencias, por este mismo Señor, que está sentado a vuestra diestra y os ruega incesantemente por nosotros, que si no desesperaría de mí salud. Verdaderamente son muchas y grandes mis dolencias, muchas son y grandes; pero mayor, mas copiosa y eficaz es vuestra medicina. Si el divino Verbo no se hubiera hecho hombre, ni habitado entre nosotros, hubiéramos podido juzgar que estaba muy ajeno de unirse con la humana naturaleza, y desesperar enteramente de nuestra salvación.
(133) En estas palabras vencedor y victima alude el Santo a la etimología que tienen algunos del verbo vencer; pero en el latín se conoce mejor la alusión y hermosura que causa la cercanía de las voces victor y victima.
Por esto se entenderá mejor lo que añade San Agustín diciendo que Cristo Señor Nuestro fue sacerdote y sacrificio, porque uno y otro son derivados de sacrum facere, que significa consagrar alguna cosa a la Divinidad. Pero en castellano (ni en otro idioma fuera del latino) tampoco se conocen esta y otras alusiones que usa el Santo, porque distan casi tanto entre sí los sonidos de las voces como los significados.
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Confieso que, aterrado de mis culpas y oprimido del peso de mis miserias, había pensado en mí interior, muchas veces, y formado intención de dejarlo todo y huir a una soledad; pero Vos me lo estorbasteis y me animasteis diciéndome: Jesucristo murió por todos, para que los que viven, no vivan ya para sí mismos, sino para aquél que murió por ellos. Pues, Señor, en Vos pongo todo el cuidado de mí salud, para vivir y emplearme en contemplar las maravillas de vuestra santa ley. Vos sabéis mis ignorancias y conocéis mis dolencias, pues enseñadme y sanadme. Este vuestro único Hijo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, me redimió con su sangre. Pues no me inquieten los soberbios con sus calumnias, porque me ocupo en meditar el precio de mi rescate, porque le como y bebo, y porque le distribuyo, y porque reconociendo mí pobreza y necesidad, deseo saciarme de Él entre aquellos que ya le están comiendo y saciándose de Él, y alaban eternamente al Señor los que le buscan.
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Agustin - Confesiones 1053