Agustin - Confesiones 516

Capítulo X

De los errores en que andaba antes de recibir la doctrina evangélica


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Vos, Señor, me sanasteis de aquella enfermedad y sacasteis a salvo al hijo de vuestra sierva, dándome por entonces salud en el cuerpo, para darme después mejor y mas segura salud en el alma. También me juntaba en Roma por aquel tiempo con aquellos engañados y engañadores maniqueos que ellos llamaban santos, pues no solo trataba con los llamados oyentes (44), de cuyo número era mí huésped, en cuya casa había pasado mí enfermedad y convalecencia, sino también con los que llamaban electos.

Todavía estaba yo en la creencia de que no somos nosotros los que pecamos, sino que otra, no sé cual, naturaleza pecaba en nosotros, y se deleitaba mí soberbia con imaginarme libre de toda culpa, y cuando hiciese algo malo, con no confesar que era yo quien lo había hecho, para que sanarais mi alma, pues os ofendía, antes gustaba de disculparla, echando la culpa a no sé qué otra cosa que estaba conmigo, pero que no era yo.

Mas a la verdad yo era todo aquello, y contra mí mismo me había dividido mí impiedad; y aquél era mí mas incurable pecado, con el cual yo creía que no era pecador: era la iniquidad mas execrable, querer mas el que Vos, Dios mío todopoderoso, fueseis vencido por mí para mí perdición y daño, que el ser yo vencido por Vos para mí salud y provecho. No habíais puesto todavía guarda a mí boca, ni puerta que cerrase mis labios, para que mi corazón no se inclinase a las perversas palabras y doctrinas, con que en compañía de aquellos hombres pecadores y maniqueos disculpaba y daba por buenas las excusas en los pecados, así todavía estaba yo mezclado con sus electos (45).

(44) Ya se ha dicho anteriormente que los oyentes entre los maniqueos eran como los catecúmenos entre los cristianos, y así no estaban enteramente instruidos en todos los misterios de su secta, porque todavía no estaban incorporados o no hacían un cuerpo con ellos; por lo cual no eran propia y verdaderamente maniqueos sino aquellos que se llamaban electos.

Así, cuando dice que se juntaba y trataba con los maniqueos, no solo con los oyentes, sino también con los electos, da a entender que les oía sus platicas, doctrinas y lecciones como uno de sus discípulos, pero nunca llego a ser de los electos, y verdaderamente maniqueos, como él mismo testifica en el libro De utilitate credendi, cap. I.

Entre los electos había trece llamados maestros, uno de los cuales presidia a los demás, y todos ellos juntos ordenaban a sus obispos, que tenían el número fijo de setenta y dos. Estos obispos se hacían de los electos, como también los presbíteros y diáconos, a quienes escogían los obispos y los ordenaban. Como los electos pasaban por raza o estirpe sacerdotal, iban a misiones y suplían por los obispos, presbíteros o diáconos, o les ayudaban en sus respectivos ministerios.

Maniqueo había instituido un método de vida a los electos, que les era muy penoso y duro, porque su ley no les permitía comer ni carne ni huevos, ni leche, ni peces, ni tampoco beber vino. No les era permitido, aunque fuese para su sustento, arrancar una hierba, cortar una hoja de un árbol, ni coger de él fruto alguno arrancándolo con su mano. Ayunaban rigurosamente los domingos y lunes, en reverencia del Sol y de la Luna; y por estos ayunos los distinguían y reconocían los cristianos. Hacían profesión de guardar continencia y de abstenerse de tomar baños, por lo que andaban pálidos, consumidos y desfigurados; pero era porque ellos se procuraban artificiosamente un exterior penitente y mortificado, aunque en lo oculto tenían una vida muelle, delicada, regalona, deliciosa y muy desarreglada: eran muy dados a mujeres y no observaban ninguno de sus estatutos, como San Agustín les echa en cara muchas veces en sus escritos. No hablo de sus misterios y ritos, en los cuales la impureza y la abominación habían llegado a su colmo.

(45) Como David en este versículo 4 del salmo CXL (
Ps 140,4)usa de la palabra "electos", cum electis eorum, se la apropia a si con gracia y hermosura San Agustín, para acusarse de que comunicaba con los electos de los maniqueos.



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No obstante, habiendo enteramente perdido la esperanza de hacer algún progreso en aquella falsa doctrina aun en aquellos puntos en que yo había determinado perseverar, ínterin no hallase otra cosa mejor, ya los miraba y sostenía con disgusto y negligencia. Además de eso se me ofreció también el pensamiento de que aquellos filósofos que llaman académicos (46), habían sido mas sabios y prudentes que todos los demás, porque defendían y enseñaban que de todas las cosas debíamos dudar, y que ningún hombre podía llegar a comprender ni una sola verdad.

Ésta me parecía haber sido claramente su sentencia (y así se juzga vulgarmente), porque aun no penetraba ni entendía bien su sistema. Y no dejé de apartar a mí huésped de la demasiada confianza que conocí tenía en aquella multitud de fabulas de que están llenos los libros de los maniqueos.

Sin embargo, yo trataba más familiar y amistosamente con éstos que con los otros hombres que nunca habían seguido aquella herejía. Bien es verdad que no la defendía ya con aquella eficacia y fervor que antes acostumbraba; pero el continuo trato con los de aquella secta (que ocultamente tenía muchos secuaces en Roma) me hacia menos diligente para buscar otro rumbo de doctrina, especialmente habiendo yo perdido la esperanza de poder hallarse la verdad en vuestra Iglesia, de donde ellos me habían apartado. Pareciame cosa torpísima el creer que Vos, soberano Señor de cielo y tierra, Creador de todas las cosas visibles e invisibles, tuvieseis figura de carne humana, que constase de miembros corporales como los nuestros y de una cantidad y extensión determinada. La causa principal y casi única que hacía que fuese mí error inevitable era que siempre que yo quería pensar en mi Dios, no acertaba a pensar ni se me representaba otra cosa que cantidades corpóreas, por estar yo persuadido de que no había cosa alguna que no fuese cuerpo.

(46) El dudar de todo, y enseñar que todo era dudoso, es lo que siempre se ha atribuido a la secta de los académicos, si bien privadamente creían que el descubrimiento de la verdad estaba totalmente en la percepción de los sentidos. Pero no se atrevían a decirlo, temiendo que los epicúreos, y otros filósofos semejantes, convirtiesen en veneno este principio y máxima, que según ellos era la llave de la verdadera filosofía. De todo lo cual da noticia el mismo San Agustín en la epístola 1, en la 113, y en los libros que escribió contra los académicos. Arcesilao, filósofo griego, que floreció trescientos años antes de Jesucristo, fue el príncipe y cabeza de esta secta, que intento reducir el método de disputar al modo del de Sócrates, no afirmando ni estableciendo nada, pero impugnándolo todo, como dice Luis Vives sobre el cap. XII del lib. VIII de La Ciudad de Dios de San Agustín.



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De aquí nacía que también al mal le aprendía yo como una cierta sustancia corpórea, que tenía su correspondiente magnitud oscura y fea, sustancia que o era gruesa y pesada, y la llamaban tierra, o era leve y sutil como el cuerpo del aire, y la llamaban espíritu maligno, el cual imaginaban ellos que se introducía y se calaba en aquella otra sustancia llamada tierra. Y como la piedad (por corta que en mí fuese) me obligaba a creer que un Dios bueno no había de haber creado una naturaleza mala, establecía yo dos sustancias grandes y corpulentas, contrarias entre sí y entrambas infinitas, pero con la diferencia de que la mala era menor y la buena mayor. Ve aquí el principio pestilencial de donde se originaban las demás doctrinas sacrílegas, porque intentando mi alma recurrir a buscar la verdad en la doctrina católica, me hacia retroceder y desistir de mí intento la idea que yo me había formado de ella, juzgando por doctrina católica la que verdaderamente no lo era.

Me parecía más conforme a la piadosa idea que debía tener de Vos, Dios mío (cuyas misericordias usadas conmigo son motivo de eternas alabanzas), creer que por todas partes eráis infinito, aunque me viese obligado a confesar que no lo eráis por una sola parte, esto es, por parte de la contrariedad y competencia que teníais con la sustancia del real, que creer o imaginar que por todas partes eráis finito, atribuyéndoos los miembros y figura del cuerpo humano.

También me parecía que mejor era creer que Vos no habíais creado mal alguno, que creer que habíais creado la naturaleza del mal del modo que yo lo imaginaba, pues como ignorante creía que el mal no solamente era sustancia, sino también corpórea, porque no sabia imaginar que espíritu fuese otra cosa que un cuerpo sutil que se esparcía por los espacios y lugares.

También a vuestro unigénito Hijo y nuestro Salvador, de tal modo le contemplaba haber salido de aquella masa y cuerpo lucidísimo que yo os atribuía, para que obrase nuestra salud, que no creía de Él otra cosa, sino lo que mis vanas imaginaciones podían alcanzar. Así pensaba que una tal naturaleza no podía haber nacido de la Virgen Maria sin mezclarse e incorporarse con la carne, y no me parecía posible que se mezclase de este modo con la carne aquel ser y naturaleza lucidísima que yo le atribuía, y que no se manchase. De suerte que rehusaba creer que Jesucristo hubiese nacido en verdadera carne humana, por no verme obligado a creer que se había manchado con la carne misma.

Al llegar aquí, supongo que vuestro siervos y personas espirituales se reirán de mí amorosa y caritativamente, si leyeren estas mis Confesiones; pero ello es cierto que yo era tal como digo.

Capítulo XI

Como trato y confirió sus dudas con los católicos


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Además de lo dicho, no juzgaba yo que podían bien defenderse aquellos lugares de vuestra Escritura, que los maniqueos reprendían e impugnaban; pero deseaba verdaderamente tener alguna ocasión de comunicarlos y conferirlos todos en particular con algún hombre muy docto y muy versado en la Sagrada Escritura, y ver como él los explicaba y entendía.

Porque ya me habían comenzado a mover, estando en Cartago, las razones de Helpidio, que públicamente predico y disputo contra los maniqueos, habiendo alegado tales textos de la Sagrada Escritura, que no se podían resistir ni darles fácil respuesta, y la que dieron los maniqueos me había parecido muy endeble y flaca. Aun ésta no la manifestaban fácilmente en público, sino secretamente a nosotros los de su secta, diciéndonos que las Escrituras del Nuevo Testamento habían sido falseadas por no sé quiénes, que quisieron mezclar y unir la ley de los judíos con la fe de los cristianos. Pero ellos no probaban esto, ni nos mostraban algunos otros ejemplares, incorruptos y que estuviesen sin la mezcla que decían. Mas mí costumbre de no pensar ni imaginar sino cosas corpóreas y abultadas me tenía tan preso y poseído, que como si las tuviera sobre mí me oprimían y agobiaban las mismas corpulencias de las cosas, bajo de cuya pesadez anhelaba fatigado, sin poder salir a respirar el aire puro de vuestra verdad.

Capítulo XII

Del engaño que practicaban en Roma los discípulos con sus maestros


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Como el venir a Roma fue para enseñar allí el arte de la retorica, lo comencé a ejecutar con toda diligencia: al principio junté en mí casa algunos estudiantes que habían tenido noticia de mí, por los cuales también se divulgo mí fama, y antes de mucho conocí que tendría que sufrir en los estudiantes de Roma muchas cosas que no había experimentado en los de África. Pues aunque me aseguraron que en Roma no se ejecutaban aquellas eversiones y burlas perjudiciales que hacían los jóvenes perdidos de Cartago, también me informaron de que allí los estudiantes, por no pagar al maestro, se conspiraban repentinamente muchos de una vez y se pasaban a estudiar con otro, faltando a su fe y palabra, y haciendo poco aprecio de la justicia por amor del dinero.

También a éstos los aborrecía mi corazón, aunque aquel odio no era muy justo y perfecto, porque acaso más aborrecía el perjuicio que de ellos se me había de seguir, que el que hiciesen aquellas injusticias, que a todos les son ilícitas.

Como quiera, ellos verdaderamente afeaban sus almas, y se divorciaban y separaban de Vos, amando unas burlas y engaños que vuelan con el tiempo, y una ganancia de lodo que no se puede coger sin ensuciarse la mano; abrazando el mundo, que huye, os despreciaban a Vos, que sois permanente, y que estáis llamando al alma que os ha dejado, y perdonáis las ofensas que os ha hecho, como vuelva y se convierta a Vos. Yo aborrezco ahora también a semejantes hombres depravados e inicuos, al paso que amo y quiero que se corrijan y enmienden, para que estimen la doctrina que aprenden más que a su dinero; y a la misma doctrina y enseñanza os antepongan a Vos, Dios mío, que sois la verdad por esencia, la abundancia de todo bien seguro y cierto, y la unión y paz castísima de las almas. Pero entonces mas repugnaba yo que fuesen malos, mirando a mí interés, que deseaba que se hiciesen buenos, atendiendo a vuestro amor.

Capítulo XIII

Como fue enviado a Milán por catedrático de retorica, donde fue bien recibido de San Ambrosio


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Así, con la noticia que tuve de que los magistrados de Milán habían escrito a Simaco (47), prefecto de Roma, para que proveyese a aquella ciudad de un maestro de retorica, dándole también su pasaporte (48) y privilegio de tomar postas, y costeándole el viaje, yo mismo solicité que se me propusiese asunto para un discurso oratorio, y oído y aprobado, me enviase allá el prefecto. Para esta pretensión me valí de los mismos que estaban embriagados con los errores maniqueos, de los cuales iba a librarme en Milán, sin saberlo ellos ni yo.

Llegué, pues, a Milán (49), y fui a ver al obispo Ambrosio, fiel siervo vuestro, varón celebrado y distinguido entre los mejores del mundo, quien en sus platicas y sermones ministraba entonces diestra y cuidadosamente a vuestro pueblo vuestra doctrina, que es para las almas aquel pan que las sustenta, aquel oleo que les da alegría y aquel vino que sobria y templadamente las embriaga. Pero Vos eráis quien me conducíais y llevabais a él ignorándolo yo, para que después, sabiéndolo, me llevase y condujese él a Vos.

Aquel hombre, todo de Dios, me recibió con un agrado paternal, y todo el tiempo que estuve allí, aunque extranjero, me trato con el amor y caridad que debía esperarse de un obispo. Yo también comencé a amarle, aunque al principio le amaba, no como a doctor y maestro de la verdad (la cual no esperaba yo que se pudiese hallar en vuestra Iglesia), sino como a un hombre que me mostraba benignidad y afición.

Yo le oía cuidadosamente cuando predicaba y enseñaba al pueblo, aunque mí intención no era la que debía ser, pues iba como a explorar su facundia y elocuencia, y a ver si era correspondiente a su fama, o si era mayor o menor de lo que se decía. Yo estaba atento y colgado de sus palabras, pero sin cuidar de las cosas que decía, antes las menospreciaba, me deleitaba con la dulzura y suavidad de sus sermones, que eran más doctos y llenos de erudición que los de Fausto, bien que no tan festivos y halagüeños por lo que toca al modo de decir; en cuanto a lo sustancial de las doctrinas y cosas que decían, no había comparación entre los dos, porque Fausto, caminando por los rodeos, engaños y falacias de los maniqueos, se apartaba de la verdad y Ambrosio, con la doctrina más sana, enseñaba la salud eterna. Pero esta salud está lejos de los pecadores, como entonces era yo, aunque me iba acercando a ella poco a poco, sin saberlo ni advertirlo.

(47) Simaco es aquel célebre personaje de la ciudad de Roma cuyos escritos se han conservado y llegado a nuestros tiempos, el cual por su nacimiento ilustre, por sus empleos honoríficos y por su talento y elocuencia había sido escogido por la nobleza de Roma para que hiciese frente a los progresos del Cristianismo y se opusiese a la destrucción de los ídolos; pero de él triunfo gloriosamente San Ambrosio.

(48) Todo esto me parece dio a entender San Agustín diciendo: Imperita etiam evectione pública. Véase la edición del padre J. M. y a Budeo.

(49) San Agustín permaneció en Cartago desde el principio del curso del año 377 hasta cerca de las vacaciones del año 383; conque estuvo enseñando allí retorica por espacio de seis años; y así en Roma estuvo solamente algunos meses, pues en el año de 384 fue cuando salió de allí para Milán.


Capítulo XIV

Como oyendo a San Ambrosio fue poco a poco saliendo de sus errores


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No solicitando yo aprender lo que predicaba Ambrosio, sino oír solamente el modo con que lo decía, que era el cuidado único y vano que me había quedado, perdida ya la esperanza de que hubiese para el hombre algún camino que le condujese a Vos, juntamente con las palabras y expresiones que yo deseaba oír, entraban también en mi alma las doctrinas y las cosas de que yo no cuidaba, porque no podía separar las unas de las otras. Y abriendo mi corazón para recibir la discreción y elocuencia de estas palabras, se entraba al mismo tiempo la verdad de sus sentencias; pero esto era poco a poco y por sus grados. Porque primeramente comencé a sentir que también aquellas doctrinas podían defenderse; después ya juzgaba que positivamente se podía afirmar con fundamento la fe católica, que hasta entonces me había parecido que nada tenía que responder a los argumentos con que los maniqueos la impugnaban, y especialmente después de estar instruido en uno y otro sistema y haber visto disueltas las dificultades que me hacían algunos pasajes oscuros y enigmáticos del Antiguo Testamento, los cuales, tomados según el sonido de la letra, no los entendía bien, y daban muerte a mi alma.

Viendo, pues, declarados en sentido espiritual muchos pasajes de aquellos libros sagrados, ya me reprendía aquella preocupación en que había estado, creyendo que los libros de la Ley y de los Profetas no se podían explicar de modo que se diese satisfacción y respuesta a los que los detestaban y se burlaban de ellos. Mas no por eso me parecía que debía yo seguir el camino de la religión católica por tener ella también hombres doctos que la defendiesen, respondiendo abundantemente y con fundamento a las objeciones de los contrarios, ni tampoco creía que debía ya condenar la que hasta ahí había seguido, porque estaban iguales en cuanto a poder una y otra defenderse. Porque me parecía que la religión católica de tal suerte no era vencida, que tampoco fuese todavía vencedora.

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Entonces me apliqué seria y eficazmente a buscar algunas razones solidas, y documentos firmes y seguros con que poder de algún modo convencer la falsedad de la doctrina de los maniqueos.

Que si yo hubiese podido concebir una sustancia espiritual, al instante se hubieran desbaratado todas aquellas maquinas de la doctrina maniquea, y las hubiera arrojado enteramente de la imaginación, pero no podía concebirla. No obstante, considerando cada día mas y mas lo que otros muchos filósofos habían dicho acerca de esta máquina del universo y de toda la naturaleza de las cosas que se perciben y tocan por los sentidos corporales, juzgaba que muchas de sus sentencias eran más probables que las de los maniqueos. Por lo cual, dudando de todas las cosas, como se dice que acostumbran los académicos, y fluctuando entre todas las sentencias, fue mí determinación que debía dejar a los maniqueos, porque una vez que me hallaba en aquel estado de duda y de incertidumbre, juzgaba que ya no debía permanecer en aquella secta, que aun en mí dictamen no era tan probable como las de otros filósofos; a los cuales rehusaba también encomendar la curación de mi alma porque no tenían ni profesaban el nombre que da la salud, que es el de Jesucristo. Y así determiné permanecer catecúmeno en la Iglesia católica, que mis padres me habían alabado, hasta que descubriese alguna cosa cierta adonde pudiese dirigir la carrera de mi vida.

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Libro VI


Cuenta lo que hizo en Milán en el año 30 de su edad, fluctuando en sus dudas todavía. Confiesa que San Ambrosio poco a poco le hizo ir conociendo que la verdad de la fe católica era probable. Mezcla también muchas cosas de Alipio y de sus buenas costumbres, y refiere el intento que él y su madre tenían de que tomase el estado del matrimonio

Capítulo 1

Como Agustín ni era maniqueo ni católico


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¿Dónde estabais, Señor, y adonde os habíais retirado por lo tocante a mí, Dios mío y toda mí esperanza, desde mi juventud? ¿Por ventura no me habíais Vos creado y llenado de dones que me diferenciaban de todos los animales de la tierra y de las aves del aire? Mas sabio y capaz me hicisteis que todos ellos, pero yo andaba por lo sombrío de la tierra como los unos y por lo resbaladizo del aire como los otros: os buscaba fuera de mí, Dios de mi corazón, y no os hallaba; antes vine a parar en un profundo abismo, desmayando y perdiendo la esperanza de hallar yo la verdad.

Ya mi madre había venido a mí (50), siguiéndome por mar y tierra, llena de fortaleza y piedad, y segura en todos los peligros por la confianza que tenía en Vos, pues en los riesgos del mar y tormentas que padecieron en el viaje, ella misma consolaba a los marineros, siendo ellos los que suelen consolar y animar a los otros navegantes que, por falta de experiencia de los peligros del mar, se afligen y atribulan en semejantes ocasiones, y además de eso les prometía que habían de llegar sanos y salvos al puerto deseado, porque Vos en una visión se lo habíais revelado y prometido (51).

Al fin me hallo en tan grave peligro como es el estar desesperado de poder hallar la verdad. No obstante, habiéndole yo dicho que ya no era maniqueo, pero que tampoco era católico cristiano, mostro mucha alegría, aunque no tanta como si oyera una cosa no pensada, porque ya contaba verme libre de aquella parte de mí miseria que la había obligado a llorarme como muerto, pero como un muerto a quien Vos habíais de resucitar para vuestro servicio, y que ella traía siempre en las andas de su pensamiento, esperando que dijeseis al hijo de esta viuda, como al de la otra del Evangelio: Mancebo, contigo hablo, levántate; y que él resucitase y comenzase a hablar, y Vos se lo entregaseis a su madre. Habiendo, pues, oído que ya habíais hecho en mí mucha y gran parte de lo que todos los días os pedía con lágrimas que hicieseis (pues si yo no estaba todavía aquietado en la verdad, estaba ya quitado del error y falsedad), no por eso se altero su corazón con ningún movimiento de alegría inmoderada, antes bien porque estaba muy segura de que también le habíais de conceder la parte que faltaba, porque Vos le habíais prometido el todo, me respondió muy sosegadamente y con un corazón lleno de confianza, que la fe que tenía en Jesucristo le hacía esperar firmemente que antes que ella saliese de esta vida me había de ver católico cristiano.

Esto es lo que me dijo a mí; pero delante de Vos, fuente inagotable de misericordias, multiplicaba oraciones y derramaba más copiosas lágrimas para que os dignaseis acelerar vuestros auxilios y alumbrar mis tinieblas. Acostumbraba acudir más cuidadosa y apresuradamente a vuestro templo, y pendiente de las palabras de Ambrosio recibía de su boca aquellas aguas vivas que dan la vida eterna, pues ella amaba y respetaba a aquel varón santo como a un ángel de Dios, porque sabía que él era quien me había puesto en aquel estado de dudas en que yo vacilaba, el cual presentía mi madre con toda certidumbre que era el medio por donde había yo de pasar desde mí dolencia a la sanidad, interponiéndose provechosamente aquel mayor peligro en que me hallaba, al modo del que los médicos llaman accesión critica.

(50) La ida de Santa Mónica a buscar a su hijo fue por la primavera del año 385.

(51) Alude al sueño, y a lo demás de que se hablo en el lib. V, cap. IX.


Capítulo 1I

De las viandas y ofrendas que acostumbraban llevar los fieles en África a los sepulcros de los santos mártires


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Queriendo mi madre llevar a la iglesia, donde se veneraban las reliquias de algunos santos, la ofrenda de pan, vino y otras viandas (52), como lo acostumbraba en África, fue detenida por el ostiario del templo, pero luego que supo que aquello estaba prohibido en Milán por el obispo, con tal piedad y obediencia abrazo el mandato, que yo me admiré de ver con qué facilidad eligió antes reprenderse a sí misma sobre aquella costumbre, que examinar las razones que había para que se prohibiese. No estaba poseída del vicio de la embriaguez, ni el amor al vino la incitaba a aborrecer la verdad, como a otros muchos hombres y mujeres, a quienes hablarles de la templanza y sobriedad les mueve tanto a vomito como el vino con mucha agua a los que se han embriagado. Mi madre, trayendo su canastillo a la iglesia con las viandas acostumbradas, las cuales se debían probar antes de ofrecerse, no ponía en él más que un pequeño vaso de vino tan aguado como pedía su paladar, acostumbrado a la sobriedad y templanza, para tomar de allí aquel sorbo que requería la ceremonia, y si eran muchas las reliquias de los santos que ella quería venerar con aquella ofrenda, llevaba aquel mismo vasito para ponerle en todos los sepulcros donde ponía su ofrenda, porque lo que ella pretendía en esto era cumplir con su piedad y devoción, sin buscar el deleite y gusto del paladar.

Luego, pues, que entendió que aquel insigne y apostólico predicador y prelado celosísimo de la piedad había mandado que no hiciesen ofrendas semejantes aun aquellas personas que sobria y templadamente las hacían, ya por no darles ocasión alguna de embriaguez a los destemplados y vinosos, ya también porque aquéllas, como honras funerales, tenían mucha semejanza con la superstición de los gentiles, pronta y gustosamente se abstuvo de continuarlas, y en lugar del canastillo lleno de frutos terrenos, aprendió a llevar a los sepulcros de los mártires su mismo corazón lleno de los más puros y fervorosos afectos, como también algo que pudiese dar a los pobres, para que así se celebrase la comunicación con el cuerpo de Cristo, a cuya imitación fueron sacrificados y coronados los mártires.

Pero me parece, Dios y Señor mío (y no me queda otra cosa acerca de esto en mi corazón, como Vos lo veis), que acaso mi madre no hubiera desistido fácilmente de aquella costumbre que debía atajarse si se la hubiese prohibido otro a quien no amase tanto como a Ambrosio, al cual por lo que cooperaba a mí salvación, amaba con muchísimo extremo. Él también la amaba por el método de su vida religiosísima y el fervor de espíritu con que se ejercitaba en buenas obras y frecuentaba la iglesia, tanto que muchas veces cuando me veía, prorrumpía en sus alabanzas, dándome la enhorabuena de que tuviese tal madre, no sabiendo él cual hijo era yo, que dudaba de todas aquellas obras de piedad y no creía que se pudiese hallar el camino de la vida eterna.

(52) Santa Mónica, como en la primitiva Iglesia acostumbraban hacer todos los fieles (a excepción de los que eran muy pobres), seguía en Milán la costumbre que tenía en África de llevar a la iglesia pan, vino y otros manjares, de lo cual se formaba el agape o convite de los pobres; costumbre que observaron todas las iglesias de Oriente y Occidente, practicada en los primeros siglos por todos los cristianos y dimanada de los mismos apóstoles. Y, según San Gregorio Nacianceno, por tres motivos se hacían estos convites: en los días del nacimiento, en los de las bodas y en los de los entierros. De estos convites se comenzó a abusar, y en diversas iglesias se fueron quitando poco a poco. San Ambrosio los había prohibido en su tiempo, según prueban de este pasaje de San Agustín los autores que tratan de esta materia, y detenidamente Julio Selvagio, en el lib. III de sus Antigüedades cristianas, cap. IX, num. 35.

(53) La institución de estos juegos es casi tan antigua como la fundación de Roma, pues en el día que Rómulo robo a las Sabinas, instituyo estos juegos, que se llaman circenses por el lugar en que se tenían, que era un sitio no perfectamente redondo, sino ovalado, de suerte que fuese más largo que ancho. Estaba rodeado de gradas, que se levantaban las unas más que las otras, para que todos pudiesen estar sentados y ver los juegos y espectáculos sin estorbarse los unos a los otros. Aquí luchaban unas veces hombres a caballo, otras los púgiles a pie, otras los gladiadores reciarios, etc. Véase lo que se dijo en el lib. IV, cap. XIV, nota 36*.

* ["nota 1" en el original (N. del E.)]

Capítulo 1II

De las ocupaciones y estudios de San Ambrosio


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No cuidaba yo entonces de gemir orando delante de Vos para que me socorrieseis, sino que toda mi alma estaba cuidadosa y ocupada en inquirir la verdad, e inquieta y desasosegada en discursos y disputas para hallarla. Al mismo Ambrosio le consideraba como un hombre dichoso y feliz según el mundo, viéndole tan honrado de los grandes y poderosos de la tierra, si bien el celibato que él observaba me parecía cosa dura y trabajosa. Pero ni yo había experimentado en mí, ni aun por conjeturas podía conocer la grande y firme esperanza que él tenía en Vos; sus combates contra las tentaciones de vanidad y soberbia que le ocasionaba su excelencia misma; los consuelos que le comunicabais en sus adversidades, y los sabrosos gustos que percibía el interior paladar de su alma rumiando el pan de vuestra celestial doctrina; ni tampoco él sabía las congojas de mi corazón, ni la profundidad del precipicio adonde estaba yo para caer. Porque yo no podía preguntarle todo lo que quería y del modo que quería, por la multitud de gentes que le ocupaban con diversos negocios y cuyas urgencias y necesidades se llevaban los cuidados de quien deseaba aprovechar y servir a todos; eso me impedía a mí el poder hablarle y aun el verle. Cuando no estaba con aquellas ocupaciones y negocios, que era por muy poco tiempo, lo gastaba en dar a su cuerpo el sustento necesario, o en la lección, que es el alimento del alma. Pero cuando leía, llevaba los ojos por los renglones y planas, percibiendo su alma el sentido e inteligencia de las cosas que leía para sí, de modo que ni movía los labios ni su lengua pronunciaba una palabra.

Muchas veces me hallaba yo presente a su lección, pues a ninguno se le prohibía entrar, ni había costumbre en su casa de entrarle recado para avisarle de quién venía; y siempre le vi leer silenciosamente, y como decimos, para si, nunca de otro modo. En tales casos, después de haberme estado sentado y en silencio por un gran rato (porque ¿quién se había de atrever a interrumpir con molestia a un hombre que estaba tan embebido en lo que leía?) me retiraba de allí, conjeturando que él no quería que le ocupasen en otra cosa aquel corto tiempo que tomaba para recrear su espíritu, ya que por entonces estaba libre del ruido de los negocios y dependencias ajenas. También juzgaba yo que el leer de aquel modo seria acaso para no verse en la precisión de detenerse a explicar a los que estaban presentes, y le oirían atentos y suspensos de sus palabras, los pasajes que hubiese mas oscuros y dificultosos en lo que iba leyendo, o por no distraerse en disputar de otras cuestiones mas intrincadas, y gastando el tiempo en esto repetidas veces, privarse de leer todos los libros que él quería. Sin embargo, el conservar la voz, que con mucha facilidad se le enronquecía, podía también ser causa muy suficiente para que leyese callando y solo para sí; en fin, cualquiera que fuese la intención con que aquel gran varón lo ejecutara, seria verdaderamente intención buena.

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Lo cierto es que yo no podía lograr la ocasión de preguntarle todo lo que deseaba, ni oír las respuestas de aquel tan sagrado oráculo, que Vos teníais en el corazón de Ambrosio, sino que fuese acerca de alguna cosa que brevemente y como de paso se hubiese de resolver. Pero aquellos mis cuidados y desasosiegos requerían que estuviese muy desocupado el sujeto con quien habían de comunicarse, y ése no le hallaban. Oíale, si, predicar al pueblo todos los domingos y explicar rectamente el Evangelio, con lo cual mas y mas me confirmaba en el juicio que ya tenía hecho de que muy bien podían desatarse los nudos de maliciosas calumnias que aquellos impostores maniqueos hacían contra los Libros

Sagrados.

Luego que llegué también a averiguar que aquello de la Escritura que dice: que hicisteis al hombre a vuestra imagen y semejanza, vuestros hijos espirituales, que por la gracia reengendrasteis en el seno de nuestra madre la Iglesia católica, no lo entendían de tal suerte que ellos creyesen ni pensasen que Vos teníais un cuerpo también de la forma y figura del cuerpo humano, aunque yo todavía no alcanzaba a imaginar y formar concepto de lo que es un puro espíritu o sustancia espiritual, siquiera levemente y en confuso; con todo eso tuve una alegría mezclada de vergüenza de ver que tantos años hubiese yo ladrado, no contra la fe católica, sino contra las ficciones y quimeras que los vanos y carnales pensamientos de los hombres habían fabricado. En tanto había incurrido en aquella temeridad e impiedad, en cuanto había dicho reprendiendo lo que debía haber aprendido preguntando. Así habría conocido que Vos, Señor, aunque seáis altísimo y ocultísimo, estáis al mismo tiempo próximo y presentísimo a todas las cosas: que no constáis de miembros, unos mayores y otros menores, sino que todo entero estáis en todas partes, y no estáis contenido en ningún lugar o espacio, que no tenéis esta configuración del cuerpo humano, y con todo eso es certísimo que hicisteis al hombre a vuestra imagen y semejanza, siendo así que él desde la cabeza a los pies tiene extensión y está ocupando lugar.

Capítulo 1V


Agustin - Confesiones 516