Agustin - Confesiones 604

Capítulo 1V

Como oyendo predicar a San Ambrosio entendió la doctrina de la Iglesia, que antes no entendía


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Supuesto que yo ignoraba como debía entenderse que el hombre era imagen vuestra, en lugar de insultar a los católicos y argüirlos como si ellos hubieran creído alguna vez lo que yo me había figurado, debiera consultarlos, para que, respondiendo a mis propuestas, me enseñasen como aquella razón de imagen debía tomarse y había de creerse. Así, tanto mas vivamente me consumía el cuidado y deseo de conocer lo cierto y abrazarlo, cuanto más me avergonzaba de haber vivido engañado tanto tiempo y burlado con la promesa de que hallaría lo cierto, de haber procedido con osadía y terquedad pueril en afirmar y sostener tanta multitud de cosas inciertas y dudosas como si fueran muy ciertas y averiguadas. Si más adelante conocí claramente que eran falsas, ya sabía antes que no eran ciertas, y no obstante obraba como si lo fuesen, cuando con ciega porfía acusaba a vuestra Iglesia católica. No me constaba todavía que ésta enseñase las doctrinas verdaderas; pero si el que no enseñaba aquellas cosas que yo tan gravemente había vituperado y reprendido.

Yo, pues, me avergonzaba, volvía sobre mí y me alegraba, Dios mío, de que vuestra Iglesia, única esposa de vuestro único Hijo, en la cual siendo yo niño se me comunico el nombre de Cristo, no adoptase ni creyese tan pueriles simplezas, ni tuviese entre los dogmas de su sana doctrina que Vos, que sois el Creador de todas las cosas, tuvieseis un cuerpo limitado por todas partes, como corresponde a la figura y miembros del cuerpo humano, y consiguientemente estuvieseis como encerrado en lugar o espacio alguno, aunque fuese muy grande y dilatado.

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También me alegraba de que las antiguas Escrituras de la Ley y los Profetas no se me proponían ya de modo que las leyese con los ojos con que antes las miraba, cuando me parecían absurdas, y cuando acusaba y reprendía a vuestros santos, imputándoles que creían aquellos absurdos que a mí me parecía haber allí, siendo así que ellos no sentían de aquel modo, ni creían lo que yo me había figurado. Muy alegre y contento oía predicar a Ambrosio, el cual, como si a propósito y con todo cuidado propusiera y recomendara la regla para entender la Escritura, repetía muchas veces aquello de San Pablo: La letra mata, pero el espíritu vivifica; cuando quitado el misterioso velo de algunos pasajes, que entendidos según la corteza de la letra parecía que autorizaban la maldad, los explicaba en sentido espiritual tan perfectamente, que nada decía que me disonase, aunque dijese cosas que todavía ignoraba yo si eran verdaderas.

Y era que temiendo yo precipitarme, suspendía mí juicio sin dar asenso a nada y me mataba, más que el precipicio, el estar así como colgado y suspenso. Quería yo que se me hubiera hecho tan clara demostración de las cosas que no veía, que tuviese tanta evidencia de ellas como la tenía de que siete y tres son diez. Pues no estaba yo tan loco que juzgase que ni aun esta verdad podía comprenderse, antes bien con la misma claridad y certidumbre con que conocía esta verdad, quería y deseaba comprender todas las demás cosas, ya fuesen corporales, pero ausentes o distantes de mis sentidos, ya fuesen espirituales, de las cuales no sabia formar sino ideas corpóreas.

Yo hubiera podido sanar, si me hubiera determinado a creer, pues siendo los ojos de mi alma purificados y fortalecidos por la fe, se dirigiera de algún modo a vuestra verdad, que siempre permanece y por ninguna parte es defectible. Pero como suele acontecer que el enfermo que cayó en manos de un mal médico teme después entregarse a otro, aunque sea bueno, así era la disposición y estado de mi alma, que no podía sanar sino creyendo, y rehusaba esta curación temiendo creer alguna falsedad. Por esto es que se resistía a ponerse en vuestras manos, con las que Vos, Dios mío, confeccionasteis la medicina de la fe y la esparcisteis por todo el mundo para curar sus dolencias, a cuyo efecto le disteis tan grande autoridad y preeminencia.

Capítulo V

De la autoridad de los Libros Sagrados, y cuan necesario es el uso de ellos


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Pero también en esto daba yo la preferencia a la doctrina católica, pues conocía que si ella mandaba creer lo que no demostraba, ya fuese porque no había sujeto capaz a quien hacerle estas demostraciones, ya porque la materia no fuese demostrable, era modestamente y sin engaño alguno; a diferencia de la doctrina de los maniqueos, que comenzaban burlándose de la credulidad de los que los seguían, prometiéndoles con temeraria arrogancia no enseñarles cosa alguna que no fuese cierta y demostrada, y después los obligaban a creer ciegamente una infinidad de cosas falsísimas y absurdísimas, que no se las podían probar ni demostrar.

Después de esto, Vos, Señor, con vuestra mano suavísima y misericordiosísima, fuisteis poco a poco ablandando y componiendo mi corazón, haciéndome considerar cuan innumerable multitud de cosas creía yo sin haberlas visto y sin haberme hallado presente cuando se ejecutaron, como son tanta multitud de sucesos que refieren las historias de los gentiles, tantas noticias de pueblos y ciudades que yo no había visto, tantas cosas como había oído y creído a los amigos, a los médicos y a otras mil personas, las cuales cosas si no las creyéramos, no podríamos absolutamente hacer nada en esta vida. Y por último, consideraba con cuanta seguridad y firmeza creía yo quiénes fuesen mis padres que me habían dado el ser y vida, cosa que no pudiera saberla si no la hubiera creído solamente por haberla oído. Estando yo reflexionando todo esto, me persuadisteis a que, habiendo Vos establecido la autoridad de vuestras Sagradas Escrituras en casi todas las naciones del mundo, no debían culparse aquellos que las creían, sino los que no las creían, y que no habían de ser oídos los que acaso me dijesen:

¿De dónde sabes tú que aquellos Libros han sido dictados y dados a los hombres por el Espíritu de un verdadero Dios y veracísimo?

Porque esto mismo era lo que más principalmente se había de creer, puesto que ninguna conferencia, con motivo de las muchas cuestiones que yo había leído en diferentes filósofos que mutuamente se impugnaban y contradecían unos a otros, jamás me pudo inducir a que tuviese la menor duda acerca de vuestra existencia, aunque ignorase todo lo que Vos podíais ser, ni tampoco acerca del cuidado y providencia que tenéis de las cosas humanas.

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Es verdad que todo esto lo creía yo unas veces con mucha valentía y firmeza, otras veces con alguna flojedad; pero siempre creí que Vos existíais, y que teníais cuidado de nosotros, aunque no supiese ni lo que debíamos pensar y sentir de vuestra sustancia y naturaleza, ni cual era el camino por donde habíamos de ir o volver a Vos. Por eso, hallándome imposibilitado de encontrar la verdad con razones humanas, seguras y ciertas, vine a conocer que para esto nos era necesaria la autoridad de las Sagradas Escrituras, y comencé a creer que de ningún modo hubierais dado tan grande autoridad y aprecio en todo el mundo a aquellos Libros, si no quisierais que os creyésemos por aquella Escritura y os buscásemos por ella misma. Porque ya atribula a la profundidad de sus misterios todo lo que antes me parecía absurdo en tales Libros, después que muchos de aquellos pasajes que me repugnaban los oi explicar en un sentido probable.

Su autoridad me parecía tanto más respetable y más digna de creerse con una fe sacrosanta, cuanto la Escritura es por una parte fácil de ser leída de todos, y por otra esconde en un sentido más profundo toda la dignidad de sus misterios, dándose generalmente y acomodándose a todos por sus palabras llanísimas, por la sencillez humilde de su estilo, y ejercitando al mismo tiempo el entendimiento de los que no son leyes de corazón en el creer. De aquí resultan dos cosas muy importantes: la una es recibir a todos universalmente en su seno; y la otra, ser muy pocos los que llegan a Vos, Verdad eterna, teniendo que pasar e introducirse, como por estrechos poros, penetrando la corteza de la letra; los cuales pocos, sin embargo, son muchos más de los que serian si no estuviera la Escritura en tan altísimo grado de autoridad, o no recibiera y abrazara indiferentemente a todo el mundo en el seno de aquella santa humildad y sencillez de su estilo.

Pensaba yo todas estas cosas y Vos, Señor, me asistíais, suspiraba y me escuchabais, vacilaba y me gobernabais, proseguía caminando por el anchuroso camino el siglo y Vos no me dejabais solo.

Capítulo VI

Del infeliz estado de los ambiciosos, al través del ejemplo de un pobre mendigo que estaba muy alegre


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Ardía mi alma en deseos de honores, de riquezas y de matrimonio, y Vos, Señor, os burlabais de mis ansias y proyectos. Padecía en semejantes deseos amarguísimos trabajos, siéndome Vos en esto tanto más propicio y favorable, cuanto menos permitíais que hallase dulzura en todo lo que no eráis Vos. Ved como os manifiesto todo mi corazón, pues habéis querido, Señor, que me acuerde de todos estos beneficios y os rinda gracias por ellos. Haced que de aquí en adelante esté mi alma unida a Vos, que la desembarazasteis de aquella tan tenaz y pegajosa liga de la muerte.

¡Qué infeliz era aquel estado de mi alma, cuando Vos teníais que punzarla en lo más delicado y sensible de sus llagas, para que dejadas todas las cosas se convirtiese a Vos, que sois sobre todas ellas, y convirtiéndose a Vos lograse su sanidad! ¡Qué miserable era yo entonces y de qué modo hicisteis que conociese mí miseria! Llego el día en que habiéndome preparado para decir en alabanza y presencia del emperador un panegírico, en el cual había de mezclar mentiras y lisonjas con que merecer el aplauso y favor de los mismos que sabían la falsedad de mis elogios, en aquel día, pues, en que mi corazón no respiraba sino estos cuidados, abrasado en los ardores de varios pensamientos que le angustiaban, pasando por una calle de Milán, eché de ver a un pobre mendigo, que después de bien harto, según creo, estaba retozando y alegrándose. Esta ocasión me hizo suspirar y decir a los amigos que me acompañaban muchos sentimientos y quejas de nuestras locuras, pues con todos nuestros estudios y conatos, cuáles eran los que entonces me afligían, estimulándome con los acicates de mis codicias y ambiciones a traer sobre mí la pesada carga de mí infelicidad, y haciéndola más pesada solo con traerla, no pretendía otra cosa ni aspiraba a otro fin que llegar a conseguir una alegre tranquilidad, adonde había llegado antes que nosotros aquel pobre mendigo, y acaso no llegaríamos jamás a conseguirla. Porque la alegría de una felicidad temporal, que aquel pobre había alcanzado ya con unos pocos dineros que le habían dado de limosna, esa misma era la que yo anhelaba y la que buscaba por tan penosos caminos y trabajosos rodeos. Es cierto que la alegría que aquel pobre gozaba no es la verdadera alegría, pero mucho más falsa era la que yo buscaba por los medios que me sugería mí ambición, y a lo menos aquel pobre estaba alegre y yo angustiado, él estaba seguro y yo temeroso.

Ahora bien, si alguno me pregunta qué querría mas, estar con alegría o estar con temor, respondería sin duda que más querría estar alegre. Y si me volviera a preguntar si quería mas ser tal como era aquél o ser tal como me hallaba entonces, escogiera primero ser lo que yo era, aunque tan lleno de cuidados y temores; pero esta elección la haría mí perversidad, no la recta razón fundada en la verdad. Porque el ser yo mas sabio que él no era la razón que me debía mover para anteponer mí estado al suyo, supuesto que de mí ciencia no sacaba yo gozo ni alegría, sino que me valía de ella para agradar a los hombres, no con el fin de instruirlos, sino solamente con el designio de agradarles. Por eso Vos, Dios mío, con el báculo de vuestra corrección y enseñanza quebrantabais los huesos de mí dureza.

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Nadie diga, pues, que hay mucha diferencia en los motivos y causas que tiene un hombre para su alegría, pues que si aquel mendigo se alegraba con su embriaguez, yo deseaba alegrarme con aplauso y gloria. Porque ¿con qué gloria, Señor, había de alegrarme, siendo una gloria que no estaba en Vos? Que si la alegría de aquel pobre no era verdadera, tampoco era verdadera gloria la que yo buscaba y que entorpecía y trastornaba mí razón, más que al otro su embriaguez. Además en aquella misma noche había de digerir aquel mendigo el vino con que se había embriagado, pero yo había ya muchos días que dormía y me levantaba con mí embriaguez, y había de proseguir durmiendo y volviéndome a levantar muchos días sin desecharla.

Es verdad que debe considerarse la diferencia que hay entre los motivos y causas de la alegría; bien lo conozco, y lo sé, que la alegría que nace de la esperanza cristiana es mayor incomparablemente que la que provenía de aquella vanagloria. Aun bajo este concepto, entre mí y el pobre había una distancia y diferencia muy grande, conviene a saber, que él era actualmente más feliz que yo, no solo porque estaba rebosando alegría, al mismo tiempo que yo estaba lleno de cuidados que me arrancaban las entrañas, sino también porque él con buenas palabras había adquirido el vino y yo con mentiras buscaba mí vanagloria.

Estas y otras muchas cosas semejantes dije entonces a mis amigos, y en tales reflexiones que hacía con frecuencia consideraba cual era mí estado y cuan mal me hallaba; y en medio del sentimiento y tristeza que me causaba esto, duplicaba mí mal de tal modo, que si me sucedía alguna cosa favorable, tenía repugnancia a aprovecharme de ella, porque, casi antes de asirla, se me iba de las manos y volaba.

Capítulo VII

Como aparto a su amigo Alipio de la locura de los juegos circenses


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Sentíamos y llorábamos estas cosas todos los que vivíamos junta y amigablemente, pero en especial, y con grandísima familiaridad y confianza, las trataba con Alipio y Nebridio, el primero de los cuales era como yo, natural de Tagaste, de las más nobles y primeras familias de aquel pueblo, si bien era más joven, pues había sido mí discípulo cuando comencé a enseñar en dicha ciudad, y luego después en Cartago. Éste me amaba mucho, porque me tenía por hombre de bien y docto; e igualmente amábale yo por su bella índole y gran muestra que daba de virtud, que aun en sus pocos años se descubría. Pero la impetuosa corriente de las costumbres de los cartagineses, aficionadísimos a vanos espectáculos, le había sumergido y llevado a la locura de los juegos circenses (53). Al mismo tiempo que él andaba miserablemente envuelto y agitado de estas olas, enseñaba yo la retorica en las escuelas públicas de la ciudad, pero él todavía no estudiaba conmigo entonces, ni me tenía por maestro, a causa de cierto disgusto que entre su padre y yo se había suscitado.

La noticia que yo tenía de su funesta pasión por aquellos juegos me afligía gravemente, por parecerme que estaban para perderse o ya podían darse por perdidas las grandes esperanzas que de él se tenían. Mas no tenía yo proporción alguna para amonestarle con la satisfacción de amigo, ni para apartarle de aquellos juegos con alguna reprensión, usando con él de la autoridad de maestro, porque yo juzgaba que en orden a mí estaría en la misma disposición que su padre, y a la verdad no era así. En efecto, posponiendo él la voluntad de su padre, en cuanto al resentimiento que había entre los dos, me había comenzado a saludar y a venir a mí aula, donde estaba un rato oyendo lo que yo explicaba y luego se iba.

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Se me había olvidado en todas estas ocasiones el tratar con él lo que tenía pensado, para que su pasión ciega y violenta por aquellos vanos e inútiles juegos no apagase las luces de tan buen ingenio. Pero Vos, Señor, que con altísima providencia gobernáis todas las cosas que habéis creado, no os olvidasteis de Alipio, a quien habíais destinado para que fuese pastor (54) de vuestros hijos y ministro que les dispensase vuestros Sacramentos; y para que su corrección se atribuyese a Vos solamente, la obrasteis por medio de mí, pero sin saberlo ni advertirlo yo. Porque un día, estando yo en mí escuela, sentado en el lugar que acostumbraba y delante de mis discípulos, vino Alipio, me saludo, tomo asiento y se puso a atender a las cosas que yo estaba tratando. Por casualidad tenía cierta lección entre manos que, para declararla de modo que su explicación se hiciese más perceptible y gustosa, me pareció que era oportuno traer la similitud y ejemplo de lo que sucedía en los juegos del circo, haciendo burla y como satirizando a los que se dejaban cautivar de semejante locura. Bien sabéis Vos, Dios y Señor Nuestro, que por entonces no pensaba yo en sanar a Alipio de aquella contagiosa enfermedad, mas él tomo para si lo que yo dije y creyó que solamente lo había dicho por él. Y lo que hubiera sido para otro causa de enojarse conmigo, aquel prudente mancebo lo tomo por motivo para enojarse contra sí y para encenderse en amor vivo, verificándose lo que mucho tiempo antes habíais dicho e insertado en vuestras Sagradas Escrituras: Reprende al sabio y él te amara. Y ciertamente que no era yo quien le había reprendido, sino que Vos, Dios mío, que usáis de todos los hombres como de instrumentos, ya con advertencia suya, ya sin ella, con aquel justo orden que Vos solo conocéis, formasteis de mi corazón y lengua carbones encendidos con que cauterizar la podrida llaga que aquel joven de tan buenas esperanzas tenía en el ánimo para sanarle con aquel cauterio.

Solamente podrá callar vuestras alabanzas quien no considere vuestras misericordias; las cuales me obligan a que yo os confiese y alabe con lo más íntimo de mi corazón, acordándome de que al instante que él acabo de oír aquellas palabras, salió de aquella hoya profunda en que voluntariamente se había hundido y en que perseveraba ciego con aquel miserable deleite; y sacudiendo su ánimo con una fuerte templanza, saltaron fuera de él todas las manchas y lodos de aquellos juegos del circo, y no volvió jamás ni se acerco a ellos. Además de esto, venció la repugnancia que había en su padre para que yo fuese su maestro; y al fin, el padre cedió y se lo concedió. Volviendo a ser mí discípulo segunda vez, se hizo también compañero y participante de mí superstición, amando él en los maniqueos aquella continencia que aparentaban y que creía legitima y verdadera. Pero ella era fingida y engañosa, acomodada solo a cautivar almas sencillas y preciosas, que no sabiendo todavía llegar a lo profundo e interior de la virtud verdadera, son fáciles de engañar con el buen exterior de la virtud fingida y aparente.

(54) En Tagaste, donde San Agustín y Alipio habían nacido, fue creado obispo Alipio en el año 394, según el cómputo de Baronio, y se puede colegir de la epístola que en este mismo año escribió San Agustín a San Jerónimo. Fue Alipio el compañero más amado y amante de San Agustín en toda su vida, y como por seguir a Agustín se hizo maniqueo, por seguirle también se hizo cristiano, y a un tiempo recibieron el bautismo; le siguió y acompañó cuando se retiro a las cercanías de Milán; después le acompañó a Tagaste y a Hipona, y finalmente vivió y murió no haciendo los dos más que un alma y un corazón. De él habla siempre San Agustín con singulares elogios y esta puesto en el catalogo de los Santos, y reza de él toda la Orden de San Agustín en el día 16 de agosto.


Capítulo VIII

Como Alipio se aficiono a la loca diversión del juego de los gladiadores, que él mismo aborrecía antes


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Continuando Alipio la carrera regular de los estudios, que sus padres le habían encargado mucho que siguiese, antes que yo se fue a Roma (55), para aprender allí el derecho, donde se dejo arrebatar increíblemente de una extraordinaria afición y ansia de asistir al espectáculo de los gladiadores (56). Porque siendo así que él aborrecía tales espectáculos y le horrorizaban, encontrándose un día de los que estaban dedicados a tan crueles como funestos juegos con unos amigos y condiscípulos suyos, que venían de comer, con una amigable y familiar violencia le llevaron al anfiteatro, no obstante que él lo rehusó y resistió fuertemente, y que les iba diciendo: Aunque a mí cuerpo le llevéis por fuerza a ese lugar y le coloquéis en él, ¿por ventura podréis obligar a mis ojos ni a mi alma a que atienda y mire tan barbaros espectáculos? Por lo cual yo estaré allí como si no estuviera, y de este modo triunfaré de vosotros y de tales espectáculos. Mas ellos, aunque oyeron esto, no desistieron de su empresa y le llevaron consigo, acaso deseando experimentar si podía cumplir lo que había dicho.

Habiendo llegado allá y tomado los asientos que pudieron, en todo aquel gran concurso no se veía otra cosa que deleites crudelísimos. Cerrando Alipio las puertas de sus ojos, estorbo que su alma saliese a ver tantos males, ¡y ojala que también hubiese cerrado enteramente los oídos! Porque en un lance de aquella lucha fue tan grande el clamor de todo el pueblo, que movido fuertemente de aquellas voces y vencido de la curiosidad (pareciéndole que estaba prevenido interiormente para despreciarlo, fuese ello lo que fuese, y quedar victorioso), abrió los ojos y recibió mayor herida en su alma que el otro a quien deseaba ver había recibido en el cuerpo. Así cayo él mas lastimosa y miserablemente que el otro a quien quiso ver, cuya caída ocasiono aquella gritería, que entrándole por los oídos, le hizo abrir los ojos, para que su ánimo, que entonces era aun mas presuntuoso que fuerte, fuese herido y derribado, y conociese que tanto era más flaco, cuanto más había presumido de sí mismo, debiendo solamente confiar en Vos. Porque luego que vio la sangre derramada, bebió también por los ojos la crueldad (57), pues no los aparto de aquel espectáculo, antes fijo en él la vista, y embebido en aquel furor, sin advertirlo se iba deleitando en la maldad de la pelea y embriagándose con tan sangriento deleite.

Ya no era verdaderamente el mismo que había venido, sino uno de los muchos que allí estaban y con quienes se había mezclado, y verdadero compañero de aquellos que por fuerza le habían atraído. Pero ¿qué hay que decir más? Vio, clamo, se enardeció y de allí llevo consigo la loca afición que le estimulase a volver, no solo igualando en esta afición a los otros que le habían llevado a él, sino aventajándose a ellos y llevando también a otros.

Pero Vos, Señor, con vuestra mano omnipotente y misericordiosa le sacasteis también de aquel abismo y le enseñasteis a que no presumiese ni confiase de sí mismo, sino de Vos solamente, aunque esto fue mucho después.

(55) Hacia fines del año 381 fue San Alipio a Roma y salió de allí acompañando a San Agustín el año 384, conque dos años más que nuestro Padre San Agustín estuvo en Roma San Alipio, y en ese tiempo fue cuando le sucedió lo que de él refiere nuestro santo Padre acerca de sus adelantamientos en los estudios, afición en los espectáculos, etc.

(56) Este espectáculo, originario de Etruria, les era muy delicioso a los romanos. Siempre en él había derramamiento de sangre humana y muertes de los que caían heridos, si los espectadores no les daban la vida, clamando y gritando para que no los acabasen de matar. Llego a dividirse Roma en dos partidos o facciones, apasionándose unos y declarándose por los luchadores que llamaban reciarios, o tracios, y otros por los mirmillones, que eran dos suertes de luchadores que había. Y aunque los unos y los otros fuesen la gente más vil y baja y las heces de la república, llego a estar la maldad tan aplaudida y la inhumanidad y barbarie tan patrocinada, que no solamente el vulgo y populacho, sino también la gente distinguida, la nobleza y los mismos emperadores se declaraban partidarios de alguna de aquellas dos facciones, como se refiere de Calígula y Tito, que se declararon a favor de los tracios o reciarios, y de Domiciano, que era apasionado de los mirmillones.

Como era tan grande la crueldad que se ejecutaba en estos espectáculos (pues se mataban los hombres unos a otros y se criaban, alimentaban y adiestraban para esto), siempre se tuvo por malo el asistir a tan cruel diversión, de que debían no solo abstenerse, sino huir con horror todos los cristianos. Teodorico, rey de los godos, la prohibió y quito enteramente.

(57) Éstos son los efectos que natural y necesariamente causan las diversiones crueles y sanguinarias, que son tan extremadamente opuestas a la blandura, piedad y compasión que debe hallarse en los corazones cristianos.


Capítulo 1X

Como en una ocasión fue Alipio preso por sospecha de un hurto


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Todo este suceso se conservo en su memoria para que más adelante le sirviese de medicina, como también el otro lance, que siendo estudiante todavía y discípulo mío, le sucedió en Cartago, pues estando él al mediodía en la plaza repasando la lección que había de dar después, como se acostumbra para ejercitar a los estudiantes, Vos, Señor, permitisteis que los guardas de dicha plaza lo prendiesen como ladrón. Lo cual, Dios y Señor nuestro, no me persuado que lo permitisteis por otra causa o motivo sino a fin de que aquél que había de ser tan grande hombre comenzase a aprender desde entonces cuan necesaria es una madura consideración en el conocimiento de las causas y delitos de los hombres, y no determinarse a condenar un hombre a otro ligeramente, llevado de una temeraria credulidad.

Fue el caso que Alipio se paseaba solo delante de la casa del consistorio con sus tablas (58) y punzón de hierro, con que entonces se escribía, cuando hete aquí que un mozuelo del numero también de los estudiantes, pero verdadero ladrón, llevando escondida un hacha, se entro sin verle Alipio hasta los enrejados de plomo que vienen a dar a la platería y sobre las tiendas de los plateros y comenzó a cortar el plomo de aquellas rejas. Al ruido del hacha dieron voces los plateros que estaban debajo y enviaron a algunos que fuesen allá arriba y prendiesen a cualquiera que por casualidad hallasen. El muchacho, habiendo oído las voces de aquellos, se escapo dejándose allí el hacha, temiendo ser cogido con ella en las manos. Alipio, que no le había visto entrar, le sintió salir y le vio escapar corriendo. Deseando saber la causa por qué huía, se entro hasta aquel paraje y, hallando el hacha, se puso a mirarla y se estaba allí parado admirándose del hecho. Los que habían sido enviados a prender al ladrón encontraron solo a Alipio, que tenía en la mano el hacha, a cuyos golpes habían acudido ellos. Echan mano de él, le llevan por fuerza y, juntándose todos los inquilinos de dicha casa, se gloriaban de haberle cogido como a manifiesto ladrón, y desde allí le llevaban a presentarle al juez.

(58) Por aquel tiempo se usaba todavía escribir con un punzón de hierro, bronce u otro metal en unas tablillas que estaban enceradas, y en ellas con facilidad escribían. Éstas eran las que Alipio tenía en la mano cuando le sucedió este lance que refiere nuestro Santo.



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Hasta aquí no mas llego la enseñanza que había menester, porque al instante, Señor, acudisteis a socorrer su inocencia, de la cual solo Vos eráis testigo. Pues cuando le llevaban a la cárcel o al castigo, les salió al encuentro un arquitecto, cuyo empleo principal era el cuidado de los edificios públicos. Los que le llevaban se alegraron de haberse encontrado determinadamente con aquél, que sospechaba de los inquilinos de las Casas consistoriales siempre que faltaba alguna cosa de ellas, para que conociese quién era el que hurtaba aquellas cosas.

Este arquitecto había visto muchas veces a Alipio en casa de un senador, a quien él solía visitar a menudo; así que le conoció, cogiéndole de la mano le aparto de aquel tropel, y preguntándole la causa de tan grave mal, le informo Alipio de la verdad del hecho. Entonces vuelto el artífice a toda aquella gente alborotada que se hallaba presente y se explicaba con furiosas amenazas, mando a todos que le siguiesen, y todos juntos fueron a la casa del mancebo autor del delito. Delante de la puerta había un muchachuelo de la misma casa, de tan poca edad, que fácilmente pudo declarar todo el suceso sin recelar que a su amo se le siguiese daño alguno, pues era paje de aquel mismo mancebo a quien había seguido y acompañado cuando iba a cometer su atentado. Habiéndole reconocido Alipio, se lo dijo también al arquitecto. Éste enseno el hacha al muchacho, preguntándole de quién era. Sin detenerse, respondió el chico: Es nuestra; y consecutivamente fue descubierto todo lo demás, según se le fue preguntando.

Así, recayendo el delito sobre los de aquella casa, y quedando corrida toda aquella multitud de gente que había comenzado ya a triunfar de Alipio, éste, que había de llegar a ser en vuestra Iglesia predicador de vuestra divina palabra, y juez que había de fallar en su diócesis muchas causas eclesiásticas, se retiro de allí mucho mas instruido a costa de su experiencia propia.

Capítulo X

De la bondad y desinterés de Alipio, y llegada de Nebridio


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Hallé, pues, en Roma a Alipio, el cual se unió a mí con tan estrecho y fuerte lazo de amistad, que se partió a Milán en mí compañía, ya por no apartarse de mí, ya también por practicar allí algo de lo que había aprendido de jurisprudencia, facultad que seguía él mas por voluntad de sus padres que por inclinación suya.

Ya por tres veces había ejercido el oficio de asesor, mostrando tan gran desinterés que admiraba a los demás abogados, cuando él se admiraba mucho mas de los que anteponían el oro a la inocencia. También fue probada su buena inclinación con el cebo halagüeño de la codicia y con el duro y fuerte estimulo del temor, pues siendo en Roma asesor de un señor tesorero general del emperador por lo tocante a los tributos de Italia, había al mismo tiempo un senador muy poderoso, que tenía obligados a muchos con sus beneficios, y a otros muchos los tenía sujetos por el temor. Quiso este magistrado, según la costumbre que tenía de usar de su poder absoluto, que le fuese permitido hacer no sé qué cosa que estaba prohibida por las leyes, pero Alipio se le opuso. Le prometieron premios y se burlo de la oferta; le hicieron amenazas y él no hizo caso de ellas. Todos se admiraron de un ánimo tan nunca visto y extraordinario, que a un hombre de tanta autoridad y tan celebrado por la fama, que tenía innumerables modos de hacerle bien o mal, no desease tenerle por amigo, o no temiese tenerlo por contrario. Aun el mismo juez, cuyo asesor era Alipio, si bien no quería que se ejecutase lo que pretendía el senador, no se atrevía a negarlo abiertamente, sino que echando toda la culpa a Alipio, decía que no se lo permitía su asesor, porque a la verdad, si el juez lo hubiera hecho, Alipio se despediría y le hubiera dejado.

Lo que únicamente le tenía ya casi vencido por su afición a las letras era el poder emplear aquel caudal que le ofrecían en hacer que le escribiesen y copiasen varios códices de que forman su biblioteca, pero consultando con la justicia, se determino a escoger lo mejor, juzgando que le era más útil sujetarse a la equidad que se lo prohibía, que seguir su libertad y el poder que se lo facilitaba. Poco es esto, pero el que es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho. Ni puede dejar de ser cierto lo que salió de la boca de vuestro Hijo, que es la misma Verdad, cuando dijo: Si en el uso de la riqueza injusta no procedisteis con fidelidad, ¿quién os confiara las verdaderas riquezas? Y si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿quién os querrá dar lo que es vuestro? Tal era entonces este mí amigo íntimo, y juntamente conmigo vacilaba sobre qué modo de vida habíamos de seguir.

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Lo mismo le sucedía a Nebridio, el cual dejada su patria, que era cerca de Cartago, y dejada esta ciudad, que era donde él estaba lo mas del tiempo, dejada su hacienda, que era considerable, y dejada, finalmente, su casa y su propia madre, que no había de seguirle, no se había venido a Milán por otra causa que por vivir en mí compañía y ocuparse conmigo en el ardentísimo estudio de la verdad y sabiduría. Juntamente con nosotros suspiraba y vacilaba, dedicándose con ardientes deseos a inquirir la vida bienaventurada y a escudriñar acérrimamente las cuestiones mas arduas y dificultosas.

Así estábamos todos tres hambrientos y necesitados de enseñanza, y mutuamente nos comunicábamos nuestra pobreza y miseria, esperando de Vos que nos dieseis oportunamente el alimento que necesitaban nuestras almas. En todas las amarguras que vuestra misericordia esparcía sobre todas las acciones de nuestra vida mundana, queriendo nosotros averiguar la razón por qué las padecíamos, no se nos presentaban sino oscuridades y tinieblas, y nosotros para resistirlas no hacíamos sino gemir y exclamar diciendo: ¿Cuanto durara este estado? Eso lo repetíamos muchas veces, pero diciéndolo, no dejábamos nuestro modo de pensar y de proceder, porque no se nos presentaba alguna cosa clara y cierta, que dejadas nuestras confusiones y dudas, pudiésemos seguramente abrazar.

Capítulo XI


Agustin - Confesiones 604