Agustin - Confesiones 617

Capítulo XI

Trata Agustín de ordenar su vida


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Me causaba muy grande admiración el contemplar cuan largo espacio de tiempo había pasado desde el año diecinueve de mí edad, en que comencé a enfervorizarme en el estudio de la sabiduría, proponiendo que después de hallarla, había de abandonar todas las vanas esperanzas y engañosas locuras con que se fomentan los apetitos y codicias de los hombres. Andaba ya en los treinta años de mí edad y todavía estaba atollado en el mismo lodo con el ansia de gozar de los bienes presentes, fugitivos, y que me destruían, mientras yo me decía a mí mismo: "Mañana encontraré la verdad: ya se descubrirá lo cierto y yo lo asiré fuertemente. Fausto esta para venir, y él declarara todas las dificultades. ¡Oh, qué grandes hombres son los académicos, enseñando que ninguna cosa se puede tener por cierta para el régimen de esta vida! Pero busquemos la verdad con mayor cuidado y diligencia, y no perdamos del todo la esperanza. Mira como no tienes ya por desatinos y absurdos los que antes te lo parecían en los libros eclesiásticos, sino que conoces que se pueden bien entender en otro sentido muy diferente y fundado. Pues me estaré quieto y firme en aquel primer grado en que me pusieron mis padres cuando era niño (59), hasta que se descubra claramente la verdad. Pero ¿dónde ha de buscarse? Ambrosio no tiene tiempo desocupado; yo tampoco tengo oportunidad de leer tanto. ¿Dónde iré a buscar los libros necesarios?, ¿con qué dinero y cuando los compraré?, ¿quiénes son los que me los darán?

"No obstante, es menester repartir bien el tiempo y señalar algunas horas para tratar de la salud del alma. Grande esperanza he concebido viendo que la religión católica no enseña lo que yo pensaba y vanamente reprendía. Los católicos instruidos y doctos tienen por un grande error el creer que Dios tenga la forma o figura de cuerpo humano; pues ¿por qué dudamos llamar a la misma puerta por donde se nos descubrió esto, para que se nos manifieste lo demás? Las horas de la mañana me las ocupan los discípulos; ¿y qué es lo que hago en las restantes?, ¿por qué no las empleo en esto?

"Pero ¿cuándo visitaré a los amigos poderosos, de cuyos favores y protección necesito?, ¿cuándo trabajaré los cartapacios que compran los estudiantes? Y finalmente, ¿cuándo repararé las fueras del cuerpo con el alimento y sueno, y las del alma con algún descanso de tan continuas tareas y cuidados?

(59) Esto es, el grado de catecúmeno.



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"Piérdase todo y abandonemos estas cosas inútiles y vanas, y dediquémonos solamente a la investigación de la verdad. Esta vida esta llena de miserias y no tenemos certeza de la hora de la muerte. Si me acomete repentinamente, ¿en qué estado saldré de este mundo y adonde aprenderé lo que no he cuidado de aprender aquí? O por mejor decir, ¿no tendré que padecer allá por este mí descuido y negligencia?

"¿Y se sabe si la muerte misma, que nos corta el hilo de la vida, acabara también con todos nuestros cuidados? Conque también esto es menester averiguarlo y saberlo. Pero ¿qué?, no es posible que eso sea. No es en balde, no es sin utilidad y provecho que una autoridad tan eminente como la de la fe y religión cristiana esté tan extendida por el universo. Ni Dios hubiera hecho tantas y tan admirables cosas por nosotros, si con la muerte del cuerpo hubiera de acabar también la vida del alma. Pues ¿qué es lo que me detiene para que, abandonando todas las esperanzas de este mundo, me entregue totalmente a buscar a Dios y a la vida bienaventurada?

"Pero vamos despacio: también estas cosas terrenas son bien apetecibles y gustosas, no es pequeña su suavidad y dulzura, por lo cual no se ha de romper por todo tan ligera y repentinamente, porque seria cosa fea y vergonzosa volver a estas delicias del mundo después de haberlas dejado. Considera también que no es dificultoso que consigas algún empleo honorifico. Y entonces, ¿qué habría más que desear en este mundo? Yo tengo abundancia de amigos muy autorizados y así, cuando no haya otra cosa y te corra mucha prisa, se te puede dar el cargo de una judicatura con que podrás casarte con una mujer que tenga bastante dote para que no se desfalquen tus rentas y caudales, y éste seria el término de todos tus deseos. Muchos grandes hombres, y muy dignos de imitarse, siendo casados fueron muy dedicados al estudio de la sabiduría".

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Mientras yo decía todas estas cosas, y como encontrados vientos combatían mi corazón todas estas imaginaciones y alternativamente le impelían de una parte a otra, se iban pasando los tiempos y yo retardaba el convertirme al Señor y dilataba de un día para otro el vivir en Vos, pero no dilataba el morir en mí mismo cada día. Amando la vida bienaventurada, temía buscarla en Vos, donde tiene su asiento; y así huyendo de ella era como la buscaba. Juzgaba que seria sumamente infeliz y desdichado si me privara de la mujer y no pensaba en la medicina preparada por vuestra misericordia para curar esta misma dolencia, porque no la había experimentado y porque creía que la continencia se había de alcanzar con nuestras propias fuerzas naturales, las cuales no las veía en mí, siendo tan ignorante que no sabia, según dice la Sagrada Escritura: Que nadie puede ser continente si Vos no le dais esta virtud. Y ciertamente me la hubierais dado, si con gemidos íntimos de mi corazón os la hubiera pedido, y con una firme confianza hubiera colocado en Vos todos mis cuidados.

Capítulo XII

Disputa de Agustín con Alipio acerca del matrimonio y del celibato o vida de solteros


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Alipio me impedía el que me casase, alegando que era absolutamente imposible, si me casaba, que viviésemos los dos juntos y dedicados quieta y seguramente al amor y estudio de la sabiduría, como había mucho tiempo que deseábamos. Porque él aun en aquella edad era castísimo, y tanto que causaba admiración, pues aunque a la entrada de su juventud comenzó a experimentar el vicio opuesto, en lugar de atollarse en aquel lodo, quedo muy arrepentido y desprecio de tal suerte los deleites de la sensualidad, que desde entonces vivía con muy grande continencia.

Mas yo le contradecía, oponiendo contra su sentencia los ejemplos de aquellos que siendo casados habían continuado el estudio de la sabiduría, habían servido a Dios y conservado y amado fielmente a sus amigos. Pero a la verdad, estaba yo muy lejos de la grandeza de ánimo de aquellos que citaba: atado a la dolencia de mí carne con el mortífero deleite que me tenía esclavizado, arrastraba mí cadena temiendo ser desatado de ella; y al modo que una llaga se estremece solo con que la toque la mano que va a curarla, así desechaba yo los buenos consejos y palabras de Alipio, que eran como la mano que me iba a desatar de mí cadena. Además de eso, la serpiente infernal se valía de mí boca para hablar a Alipio; por medio de mí lengua tejía dulces lazas y los esparcía en el camino de su vida, para que se enredasen en ellos aquellos pies tan libres como honestos.

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Porque admirándose Alipio de que un hombre como yo, a quien él tenía en gran concepto, estuviese tan preso con la liga de aquel deleite, que siempre que hablábamos de esto, le decía que de ningún modo me era posible el vivir sin casarme, y viendo también que yo me defendía al mismo tiempo que él se admiraba diciéndole que había mucha diferencia entre lo que él había experimentado muy ligera y furtivamente (de lo cual apenas ya se acordaba y por eso podía despreciarlo fácilmente y sin trabajo alguno), y los deleites de mí larga costumbre, que se cohonestaron con el nombre del matrimonio, no tendría razón de maravillarse de que yo me hallase imposibilitado de mirar aquella vida con desprecio; comenzaba ya él también a desear casarse, no vencido ni por asomo de aquel deleite, sino únicamente movido de la curiosidad. Porque decía que solamente deseaba saber qué delicias venían a ser las de aquel estado sin las cuales mi vida, que él amaba tanto, no me parecía vida, sino tormento. Y es que su ánimo, como estaba libre de aquella prisión, se espantaba de la esclavitud del mío y admirándose de ella caminaba por el deseo de experimentarla, hasta llegar a la experiencia misma, para caer acaso en la misma esclavitud que en mí admiraba, porque esto sería contratar con la muerte, pues quien ama el peligro caerá en él.

Ni a él ni a mí nos movía mucho al estado conyugal lo que hace decoroso y recomendable el matrimonio, como es la buena dirección de una familia y la procreación de los hijos, sino que lo que a mí me llevaba principalmente y con vehemencia era la costumbre de saciar la insaciable concupiscencia que me tenía cautivo y me atormentaba, y al otro la admiración era lo que le traía a ser cautivo.

En este estado nos hallábamos, Señor, hasta que Vos, que siendo infinitamente excelso, no desamparáis a los que hicisteis del lodo, teniendo misericordia de nuestras miserias, nos socorristeis por unos medios y modos maravillosos y ocultos.

Capítulo XIII

Hácense diligencias de que se case Agustín


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Me instaban fuertemente a que me casase. Ya había llegado a pedir a una joven para mujer mía, y ya también me la habían prometido, procurándolo principalmente mi madre, para que después de casado recibiese el saludable Bautismo, al cual ella se alegraba de verme mas dispuesto y proporcionado de día en día, considerando que sus deseos y vuestras promesas se cumplirían con abrazar yo la fe. No obstante, Vos, Señor, no quisisteis darle a conocer en alguna visión qué suceso tendría el matrimonio mío que se trataba, aunque ella con grandes voces de su corazón os lo suplicase todos los días, ya por cumplir en esto su deseo, ya por haberla yo rogado que lo hiciese.

Bien veía ella en sueños algunas especies vanas y fantásticas, causadas en su imaginación por la solicitud y cuidado que ocupaba a su espíritu sobre este punto; y me las refería, no con aquella seguridad y confianza que acostumbraba, cuando eráis Vos quien le hablabais o manifestabais alguna cosa, sino haciendo muy poco caso de ellas y despreciándolas. Porque decía que en cierto sabor y gusto que no sabia explicar con palabras conocía la diferencia que había entre las revelaciones que eran vuestras y las que eran solamente sueños de su fantasía. No obstante, se trataba con instancia mí casamiento, y estaba pedida una mocita, cuya edad era casi dos años menos de los que se requieren para el matrimonio, y porque aquélla parecía a propósito, esperábamos hasta que cumpliese la edad competente.

Capítulo XIV

Determina Agustín instituir el método de vida común que él y sus amigos habían de observar


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Muchos amigos, que en nuestras conversaciones abominábamos las inquietudes y molestias de la vida humana, habíamos premeditado y casi resuelto ya el vivir apartados del bullicio de las gentes en un ocio tranquilo, lo cual habíamos trazado de tal suerte, que todo lo que tuviésemos o pudiésemos tener lo habíamos de juntar y hacer de todos nuestros haberes una hacienda y masa común a todos nosotros, de modo que, en fuerza de una sincera amistad, no fuese una cosa de éste y otra de aquél, sino que de todos nuestros bienes se hiciese un cumulo y todo él fuese de cada uno, y todas las cosas fuesen comunes a todos.

Parecíanos que nos podríamos juntar como hasta unos diez compañeros, habiendo entre nosotros algunos muy ricos, especialmente

Romaniano (60), que era mí compatriota, y desde nuestra niñez amigo mío muy familiar, el cual por entonces había venido de África a nuestra compañía, traído de negocios graves que se le habían ofrecido. Éste era el que más instaba para que se pusiese en ejecución el plan de nuestra vida común y tenía su voto mucha autoridad para persuadirlo, por ser su riqueza mucho mayor que la de los demás. Habíamos convenido en que todos los años se habían de nombrar dos de nosotros, que como los anuales magistrados, cuidasen de todas las cosas temporales que nos fuesen necesarias, y los demás gozasen de una vida sosegada y quieta. Pero luego que comenzamos a pensar si este proyecto podía subsistir debiendo de haber mujeres en nuestra compañía (pues algunos de nosotros ya las tenían y otros queríamos tenerlas), todo aquel proyecto que diariamente íbamos perfeccionando se nos deshizo entre las manos, se desbarato y se dejo enteramente.

De aquí volvimos a nuestros suspiros y gemidos acostumbrados, y a seguir los anchurosos y frecuentados caminos del siglo, porque nuestro corazón estaba combatido de muchos y diversos pensamientos, pero vuestros juicios y decretos permanecen eternamente; en fuerza de los cuales decretos burlabais, Señor, nuestras disposiciones y hacíais que se fuesen cumpliendo las vuestras, para darnos el alimento en el tiempo más propio y oportuno, y extender vuestra liberal mano para llenar nuestras almas de gracias y bendiciones.

(60) Romaniano, paisano, amigo y bienhechor suyo, como se dijo en el capítulo XI del lib. III, es a quien dedico los tres libros que escribió contra los académicos, y el De vera Religione. Hace mención Agustín de las excelentes prendas que tenía Romaniano al principio de los lib. I y II contra los académicos. No obstante, sabemos que había un hombre poderoso y rico, cuyo nombre no se sabe, que perseguía a Romaniano y no le dejaba gozar de toda la tranquilidad que pudiera prometerse por sus circunstancias.


Capítulo XV

Toma Agustín otra amiga, en lugar de la primera, que se volvió al África


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Entretanto se iban multiplicando mis pecados, y siendo violentamente arrancada de mí lado como estorbo para mí casamiento aquella mujer con quien yo estaba acostumbrado a tratar y en quien tenía puesto mi corazón, me quedo éste tan lastimado y herido que la daga todavía estaba fluyendo sangre.

Ella, después de hacer a Vos el voto de no conocer otro varón en toda su vida, se había vuelto al África, dejando en mí compañía un hijo natural que tuve de la misma. Pero yo, infeliz, que aun no tuve valor para imitar el de una mujer, pareciéndome mucha dilación la de dos años que habían de pasar antes de recibir la que había pretendido por mí mujer legitima, por no aguardar tanto tiempo y porque no era tan amante del matrimonio como esclavo del deleite lascivo, tomé amistad con otra, para que la continuación de mí mala costumbre conservase la enfermedad de mi alma y me la hiciese llevar entera o mas agravada cuando llegase al estado matrimonial. Ni por eso se me curo la llaga que se había hecho en mi corazón con el apartamiento de la primera amiga; antes bien, además de haberme causado agudísimos dolores con el ardor primero, después, empobreciéndose la llaga, cuanto más fría estaba, tanto dolía mas insufrible y desesperadamente.

Capítulo XVI

Como nunca llego a perder el miedo de la muerte y del juicio


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Alabado y glorificado seáis, Dios mío, fuente inagotable de misericordia. Yo cada día me iba haciendo mas miserable y Vos cada día os ibais acercando mas a mí. Ya vuestra mano diestra y poderosa me iba a asir para sacarme del cieno y lavar todas las manchas y yo no lo conocía.

Ninguna cosa me estimulaba mas para salir del abismo profundo de los deleites carnales en que estaba atollado, que el miedo de la muerte y de vuestro juicio final, miedo que nunca se aparto de mi alma, no obstante la multitud de opiniones que seguí en otras materias. Decía, hablando con mis amigos Alipio y Nebridio acerca del fin que habían de tener los buenos y los malos, que por mí voto se hubiera llevado la palma

Epicuro (61) entre los demás filósofos, si no fuera porque yo creía ciertamente que después de la muerte le quedaba otra vida a nuestra alma, y el premio o castigo correspondiente a sus obras, lo cual nunca quiso creer Epicuro. "Dado caso que nunca hubiésemos de morir, les proponía yo, y que continuamente estuviésemos gozando de deleites corporales, sin temor alguno de perderlos nunca, ¿qué nos faltaría para ser bienaventurados o qué otra cosa habría que apetecer?". Y es que no conocía que este mismo modo de pensar era parte de mí gran miseria, pues por estar yo tan anegado y ciego, no se levantaban mis pensamientos hasta la luz de aquella purísima y soberana hermosura, que por sí misma merece ser amada, la cual no se ve con los ojos corporales, sino solamente con los ojos del alma. Ni siquiera consideraba, miserable de mí, el principio y fuente de donde dimanaba el placer y gusto con que yo trataba con mis amigos estas mismas cosas, aunque torpes y feas; ni tampoco sin ellos pudiera ser bienaventurado, según el modo de pensar que yo tenía entonces, por más que gozase de la mayor abundancia de deleites corporales. A estos amigos los amaba sin interés alguno y conocía que ellos me correspondían, amándome también del mismo modo.

¡Oh torcidos caminos de los hombres! ¡Desdichada el alma que se atreve a esperar que había de hallar mejoría alejándose de Vos! Por más vueltas que dé, atrás y adelante, a los lados, hacia todas partes, cuanto halle será tormentos, y solo en Vos encontrara su descanso. Vos, Señor, estáis siempre presente y prevenido para librarnos de todos nuestros lamentables extravíos y nos ponéis en el camino vuestro, y nos consoláis y animáis, diciéndonos: Ea, corred por este camino vuestro, y nos consoláis y animáis, diciéndonos: Ea, corred por este camino, que yo os iré sosteniendo, yo os conduciré hasta el fin y os colocaré en donde deseáis.

(61) Aquí se ve claramente que San Agustín era del numero de toda aquella multitud de autores antiguos que dijeron y creyeron que Epicuro había colocado la suma felicidad en los deleites de los sentidos; no obstante que algunos han querido disculparle, diciendo que colocaba la felicidad en el deleite del alma, que no estuviese acompañado de dolor ni pena alguna. Pero San Agustín y todos los antiguos dijeron lo contrario, y aun el poeta llama a un voluptuoso: Epicuri de grege porcum.



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Libro VII


Explica las ansias de su alma, que se fatigaba en la imaginación del mal; como llego también a conocer que ninguna sustancia era mala; y que en los libros de los platónicos hallo el conocimiento de la verdad incorpórea y del verbo divino, pero no hallo su humildad y anonadamiento

Capítulo 1

Como Agustín todavía imaginaba a Dios al modo de un ente corpóreo, que estaba difundido por todas partes y llenando unos espacios infinitos


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Ya todo el tiempo de mí adolescencia mala y perversa se había pasado y comenzaba el de la juventud, siendo yo cuanto mayor en la edad (62), tanto mas torpe en la vanidad. Aunque yo no acertaba a imaginar sustancia alguna que no fuese corpórea y semejante a lo que suele percibir la vista, no imaginaba, Dios mío, que tuvieseis figura de cuerpo humano, porque desde que comencé a oír y saber algo de filosofía, siempre había huido de semejante pensamiento; y me alegraba de haber hallado esta misma verdad en la doctrina y creencia de nuestra madre espiritual, vuestra Iglesia católica. Pero no se me ocurría alguna otra idea que poder formar de Vos; al paso que no obstante ser yo hombre, y tan mal hombre, intentaba llegar a conoceros, siendo Vos el altísimo, único y verdadero Dios. Bien creía yo firmemente y con lo más íntimo de mi corazón, que Vos eráis incorruptible, inviolable, incapaz de alteración y mudanza, pues sin saber yo de donde o como tenía esta noticia, veía claramente y tenía por muy cierto que todo aquello que puede admitir corrupción no es tan bueno como lo que no puede corromperse, y lo inviolable o incapaz de padecer algún daño lo anteponía sin duda alguna, a lo que es violable o capaz de alteración, y lo que no padece mutación alguna lo tenía por mejor que todo lo que puede padecerla.

Esta creencia hacia que mi corazón clamase con vehemencia contra todos los fantasmas o ideas materiales que yo formaba imaginando vuestro ser; con solo ese golpe procuraba espantar la multitud de especies inmundas y corpóreas que, revoloteando alrededor de mí entendimiento, le confundían y ofuscaban. Apenas ellas se habían apartado de mí por un instante, cuando mas amontonadas que antes volvían a presentarse y arrojándose de tropel sobre la vista de mi alma, me la oscurecían y anublaban de tal modo, que aunque yo no pensase que aquel mismo Ser incorruptible, inviolable, inconmutable, que yo prefería a todo lo corruptible, violable y mudable, tenía forma exterior de cuerpo humano, me veía precisado a pensar que era alguna cosa corpórea, que se extendía por todos los espacios y lugares, ya fuese infundida solamente en todas las cosas que hay dentro del mundo, ya también estuviese difundida por los espacios infinitos que se imaginan fuera del universo, porque todo lo que concebía sin orden ni respecto a algún espacio me parecía la nada sin ser alguno. Pero tan enteramente nada, que aunque no fuese como se imagina el vacuo, que es como si un cuerpo se quitara del lugar que ocupa y quedase el lugar vacio de todo cuerpo, ya terreno, ya acuoso, ya aéreo, ya celestial, sino que quedase el lugar vacio enteramente y desocupado, como un nada con extensión ancho y espacioso.

(62) Comenzaba entonces el año 31 de su edad.



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Yo, pues, como tal material y espeso en mis pensamientos, que aun para conocerme a mí mismo no estaba transparente y claro, pensaba que todo lo que no se extendiese por algunos espacios de lugar, o no se ensanchase, o no se juntase, o no se entumeciese, o no recibiese dentro de si alguna cosa de esta calidad, o no fuese capaz de recibirla, no tenía ser alguno, y absolutamente era nada. Porque mí entendimiento no formaba otras ideas o imágenes interiores, sino semejantes a las formas o especies que recibían mis ojos y demás sentidos corporales; y no advertía ni reflexionaba que la interior potencia y facultad con que yo formaba aquellas mismas imágenes o ideas no era corpórea ni abultada, siendo no obstante alguna cosa grande, pues a no serlo, no podría formarlas.

Así, Dios mío, vida de mi vida, también imaginaba que, siendo Vos grande por infinitos espacios y lugares, llenabais y penetrabais por todas partes la gran máquina del universo. Que también fuera de ella, hacia cualquier parte que se considere, os extendíais por inmensos espacios que no tenían fin ni término alguno, de suerte que la tierra, el cielo y todas las cosas os poseyesen y por dentro y fuera estuviesen llenas y rodeadas de Vos, y dentro de Vos mismo tuviesen su fin y término, pero Vos no le tuvieseis por ninguna parte. Pues así como el cuerpo de este aire que esta sobre la tierra no impide que la luz del sol le traspase y le penetre, no rompiéndole o dividiéndole, sino llenándole todo de su claridad, así juzgaba yo que penetrabais todos los cuerpos, no solamente del cielo, del aire, del mar, sino también de la tierra, y que todos ellos, en todas sus partes, grandes y pequeñas, eran respecto de Vos penetrables y como transparentes, para llenarse de vuestra presencia, que con oculta inspiración e influencia secretísima gobernáis todas vuestras criaturas por lo interior y exterior de todas ellas.

De este modo discurría entonces porque no estaba en estado de pensar otra cosa, pero era falso lo que pensaba, porque si aquello fuera cierto, la parte mayor de tierra tendría en sí mayor parte de vuestra sustancia, y la que fuese menor, tendría menor parte de Vos; y de tal suerte llenaríais todas las cosas, que tanto mas tuviese de Vos el cuerpo de un elefante que el de un pajarillo, cuanto el Cuerpo de aquél es mayor y ocupa mas lugar que el cuerpo de éste: así estaríais dividido en tantas partes grandes y pequeñas cuantas hay en todo el universo, para comunicar y hacer presente a las grandes otra igual y tan gran parte de Vos, y a las pequeñas otra igual y tan pequeña parte vuestra. Pero no sois Vos así, aunque yo entonces no lo conocía, porque aun no habíais alumbrado las tinieblas de mí ignorancia.

Capítulo 1I

Argumento con que Nebridio impugno a los maniqueos


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Bástame, Señor, contra aquellos hombres engañosos y engañadores de otros, habladores mudos, porque no se oía de su boca vuestra divina palabra, bástame, digo, para confundir a los maniqueos el argumento que mucho tiempo antes, estando nosotros en Cartago, había propuesto Nebridio, que nos hizo mucha fuerza a todos los que le oímos. Porque preguntaba él: ¿qué haría contra Vos aquella no sé qué raza de tinieblas (que los maniqueos dicen ser una gran masa opuesta a Vos), dado caso que Vos no quisieseis pelear contra ella? Pues si responden que todavía podía haceros algún daño, sería decir que Vos no sois inviolable e incorruptible; si por el contrario, respondieran que de ningún modo os podría dañar o hacer algún perjuicio, en tal caso no pueden señalar causa o motivo de reñir y pelear, y menos para pelear y reñir como ellos dicen, esto es, de tal modo, que una porción o miembro de vuestra sustancia, una producción de vuestra sustancia misma, se mezclaría con las potestades contrarias a Vos, que eran naturalezas que Vos no habíais creado, y de tal suerte la corrompían y trocaban de buena en mala, que su felicidad y bienaventuranza se convertía en infelicidad y miseria, y venía a tener necesidad de auxilios que la librasen de aquel estado y la purificasen de las manchas que había contraído. Esta porción de vuestra sustancia decían que era nuestra alma, a la cual viéndola así esclavizada, manchada y corrupta, la venía a socorrer vuestro divino Verbo, que había quedado libre, puro y entero, pero que también él mismo era corruptible, como de la misma naturaleza y sustancia que había sido corrompida.

Por lo cual, si los maniqueos decían o confesaban que Vos o vuestra sustancia, sea ella la que fuese en sí misma, era incorruptible, se seguía claramente que todo aquello que decían era falso y detestable; y si decían que era corruptible vuestra sustancia propia, ello mismo se daba a conocer por falso y abominable desde luego. Bastabame, pues, este argumento solo contra los maniqueos para desechar y arrojar fuera de mí toda la doctrina de que me tenían imbuido y con que mi corazón estaba oprimido y angustiado, porque no tenían salida alguna que dar al argumento, sin que cayesen su corazón y su lengua en el horrible sacrilegio de creer y proferir estas blasfemias.

Capítulo 1II

Que el libre albedrio es la causa del pecado


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Pero aunque yo confesaba y creía firmemente que Vos, mi Señor y verdadero Dios, sois incorruptible, invariable y por todas partes ajeno de mutabilidad y alteración, y que criasteis no solamente nuestras almas, sino también los cuerpos y generalmente todas las criaturas, todavía no entendía yo bien claramente cuál es la causa del mal o de lo malo; eso sí, conocía que cualquiera que ella fuese, debía buscarla de tal modo, que no me viese precisado por ella a creer que Vos, Dios y Señor inconmutable, eráis capaz de alguna mudanza o variedad, para no hacerme yo malo a mí mismo, al indagar la causa de lo malo. Así la buscaba tan seguro de no dar en aquel desvario, como estaba convencido y certificado de que no era verdad la doctrina de los maniqueos, que huia y detestaba con todo mi corazón, porque veía claramente que buscando ellos la causa y origen del mal, estaban llenos de maldad tan excesiva, que antes creían que vuestra naturaleza y sustancia malamente padecía, que el que la suya obrara malamente.

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Yo me esforzaba cuanto podía para entender lo que había oído decir, esto es, que el libre albedrio de nuestra voluntad era la causa del mal que obrábamos y la rectitud de vuestro juicio la causa del mal que padecíamos; pero yo no podía entender esto clara y distintamente. Y así procurando sacar la atención de mí entendimiento de estas profundas tinieblas, volvía a sumergirme en ellas otra vez, y esforzándome repetidas veces a lo mismo, me hundía del mismo modo otras tantas veces.

Me levantaba algún poco hacia vuestra luz el saber yo con tanta certeza que tenía mí voluntad propia, como estaba cierto de que tenía vida. Así cuando quería o no quería algo, estaba certísimo de que yo mismo, y no otro, era el que quería o no quería aquello, y ya casi conocía que allí estaba la causa y principio de mi pecado.

También veía que hacer yo alguna cosa forzado y contra mí voluntad mas era padecer que hacer, y esto juzgaba que no era culpa, sino pena, con la cual confesaba ser justamente castigado de Vos, a quien reconocía siempre como justo.

Mas otras veces decía: "¿Quién es el que me ha hecho? ¿Por ventura no es mi Dios, que no solamente es bueno, sino la misma bondad? Pues ¿de dónde me ha venido a mí el querer desordenadamente unas cosas (63) y ordenadamente no querer otras, por manera que esta repugnancia fuese justa pena de aquella voluntad injusta? ¿Quién puso en mí este veneno?

¿Quién injirió en mi alma esta raíz de amargura, habiendo sido yo todo y totalmente hecho por mí dulcísimo Dios? Si el diablo es el autor de este mal, ¿quién fue el que le hizo a él? Porque si él mismo por su mala y perversa voluntad, de buen ángel que era, se hizo y se mudo en demonio, ¿de dónde le vino a él esa mala voluntad con la cual se hizo demonio, supuesto que todo él fue criado bueno por el Hacedor de todas las cosas, que es infinitamente bueno?"

Con estos pensamientos volvía otra vez a sumergirme en mis tinieblas y ahogarme entre mis dudas; pero no me llevaban tan a lo hondo, que llegase a lo profundo del error de los maniqueos, donde ninguno confiesa Vuestra bondad infinita, cuando antes juzgan que Vos estáis sujeto a padecer males que el que los hagan los hombres.

(63) Unde igitur mihi malè vello, et benè nolle?, dice el Santo. Como antes deja dicho que el hacer una cosa contra su voluntad y con repugnancia suya mas propiamente era padecer que hacer, en el malè velle explica el mal de la culpa, y en el benè nolle el mal de la pena, que justamente se padece contra la voluntad propia, en castigo del otro mal de la culpa, que se hizo por su propia voluntad. Así nadie malè velle quiere decir querer malamente y pecando, o injustamente querer alguna cosa; y el benè nolle quiere decir que justamente, bien y ordenadamente padece y sufre aquella repugnancia de no querer alguna cosa, y hacerla como por fuerza (que mas es padecer que hacer), y esto en justa pena de su voluntad injusta.


Capítulo 1V

Como necesariamente Dios es invariable e incorruptible


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Del mismo modo procuraba entender claramente todo lo demás, así como había averiguado que lo incorruptible es mejor que lo corruptible, y por tanto, confesaba que cualquiera que fuese vuestro ser y naturaleza, precisamente había de ser incorruptible. Porque nadie pudo ni podrá jamás pensar cosa alguna que sea mejor que Vos, que sois el sumo y perfectísimo bien. Y como es verdad certísima que lo incorruptible se debe anteponer a lo que es corruptible, como yo lo conocía y ejecutaba, si Vos no fuerais incorruptible, pudiera mí entendimiento hallar alguna cosa mejor que Vos.

Conque allí mismo donde yo advertía que lo incorruptible es mejor que lo que puede corromperse, era donde debía buscaros y desde allí descubrir el origen del mal, esto es, el principio de la corrupción, de la cual no es capaz vuestra divina sustancia. Porque de ningún modo, por ninguna voluntad, por ninguna violencia, por ninguna casualidad, puede la corrupción manchar e inficionar la naturaleza de nuestro Dios, pues él es Dios, y todo lo que quiere para si es de la línea del bien, y aun él mismo es el mismo bien que quiere, pero el poder corromperse no se ha juzgado jamás por bien alguno.

Ni tampoco cabe en Vos, Señor, el ser forzado a cosa alguna contra vuestra voluntad, ya que vuestra voluntad no es mayor que vuestro poder, a no ser que se diga que Vos sois mayor que Vos mismo, porque la voluntad y la potencia de Dios son el mismo Dios. Finalmente, ¿qué casualidad puede haber impensada para Vos, que sabéis y conocéis todas las cosas perfectísimamente? Además de que ninguna naturaleza ni criatura alguna existe sino porque Vos la conocéis.

Pero ¿para qué gasto tantas palabras en probar que la naturaleza de Dios no puede ser corruptible, cuando es evidente que si lo fuera no sería Dios?

Capítulo V


Agustin - Confesiones 617