
Agustin - Confesiones 706
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Yo buscaba el origen del mal, y siendo así que lo buscaba malamente no echaba de ver el mal que había en el mismo modo con que le buscaba. Ponía yo delante de los ojos de mi alma todo lo que habéis creado, ya sean las cosas que podemos ver, como la tierra, el mar, el aire, los astros, los arboles y los animales, ya también todas las cosas que no vemos, como son el firmamento con todos los ángeles y todos los entes espirituales del universo; pero también estas cosas las fue colocando mí fantasía en diversos y respectivos lugares, como si verdaderamente fueran cuerpos. De todo ello formé en la imaginación como una gran masa compuesta de los distintos géneros de cuerpos de vuestras criaturas, tanto de aquellos que eran verdaderos cuerpos, como de los otros que yo había fingido y apropiado a los espíritus. Yo imaginaba esta masa muy grande y extensa, no tanto como ella lo fuera en sí misma, que esto no podía saberlo a punto fijo, sino cuanto le pareció a mí fantasía, pero siempre me la representaba finita y limitada por todas partes.
Después, os concebía a Vos, Señor, como una sustancia infinita sin término ni límite alguno, que rodeaba y penetraba por todas partes aquella gran masa: así como si el mar lo llenase todo y hacia todas partes por espacios inmensos solo hubiese un infinito mar, y dentro de si tuviese una esponja que aunque fuese muy grande, fuera limitada y finita, esta esponja verdaderamente estaría por todas partes rodeada y llena de aquel inmenso mar.
Así juzgaba yo que todas vuestras criaturas, que son finitas y limitadas, estaban por todas partes circunvaladas y llenas de Vos, que sois infinito, y decía: veis aquí a Dios y veis aquí todo lo que Dios ha creado; Dios es bueno y su bondad excede infinitamente a todo el conjunto de sus criaturas; mas como él es sumamente bueno, todas las cosas las crea buenas, y ved ahí como todas las abraza y llena de su bondad. Pues ¿en dónde está el mal?, ¿de dónde ha dimanado?, ¿por dónde se ha introducido en el universo?, ¿cuál es la raíz que lo produce?, ¿de qué semilla nace?
¿Acaso diremos que el mal no tiene ser alguno? Pues ¿por qué tememos y evitamos lo que no hay ni tiene ser? Y si es que tememos vanamente y sin fundamento, sin duda que este temor ya es algún mal que inútilmente atormenta y despedaza nuestro corazón, y este mal será tanto más grave cuanto mas tememos no habiendo que temer. Por lo cual, o hay algún mal que temamos, o el mal que hay es que tememos. Pues ¿de dónde vino este mal? Porque Dios, siendo todo bondad, hizo buenas todas estas cosas. El mayor y sumo bien hizo las criaturas que son bienes menores; pero así el Creador como las cosas creadas, todo es bueno. Pues ¿de dónde nace el mal?
¿Sera acaso que la materia de que hizo Dios todas las criaturas era en sí misma alguna cosa mala, y Dios la formo y ordeno, pero dejo algo en ella que no lo ordenase y convirtiese de mal en bien? Y si fue así, ¿qué causa hubo para esto? ¿Acaso no podía convertirla toda y mudarla en bien de modo que no quedase en ella nada de malo, siendo Él todopoderoso? Finalmente, ¿por qué quiso servirse de ella para formar de allí sus criaturas, y no usar de su misma omnipotencia para destruirla enteramente y aniquilarla? ¿O podrá decirse que ella podía existir contra la voluntad de Dios? Aun suponiendo que fuese eterna, ¿por qué la dejo durar antecedentemente por infinitos espacios de duraciones (64) y tanto después tuvo por bien servirse de aquella materia, y hacer de ella alguna cosa? Y ya que repentinamente determino y quiso hacer alguna obra, como omnipotente que es, comenzara antes aniquilando y deshaciendo enteramente aquella materia; y si así hubiera quedado Él siendo el todo, el verdadero, sumo e infinito bien. Y si no era conveniente a su bondad el que solo destruyese y no fabricase al mismo tiempo y produjese algún bien, siendo Él tan bueno, destruida aquella mala materia y reducida a la nada, podía haber creado otra buena, de la cual produjese todas las cosas. Porque no sería todopoderoso si no pudiera hacer algo bueno sin ayuda de aquella materia que Él no había creado.
Ve aquí las cosas que yo andaba revolviendo en mí infeliz espíritu lleno de cuidados que le consumían, causados del temor de la muerte y de no hallar la verdad; pero estaba firmemente arraigada en mi corazón la fe que en la católica iglesia se tiene de vuestro Hijo Jesucristo, Señor y Salvador nuestro; y aunque a la verdad era mí fe todavía imperfecta en muchas cosas y se salía fuera de las reglas de la sana doctrina, con todo no la dejaba mi alma, antes bien cada día se iba instruyendo e imbuyéndose mas y mas en ella.
(64) Aunque en la hipótesis que se hace San Agustín diga: Per infinita retro spatia temporum, por infinitos espacios de tiempos anteriores; no se ha de imaginar que antes de la creación hubiese tiempo alguno; que esto no puede establecerse en doctrina del Santo, ni tampoco puede imaginarse, porque el tiempo es una de las cosas que pertenecen a la creación y efecto de ella. Así, diciendo el santo por infinitos espacios de tiempo, bien da a entender que habla de la eternidad, que precedió a la creación y que como infinita duración abraza todos los tiempos, y virtualmente en todos ellos. Así, en el capítulo XV, dice que Dios no comenzó a producir las criaturas post innumerabilia spatia temporum.
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Ya también había yo desechado enteramente las engañosas predicciones y sacrílegas locuras de los astrólogos; y éste es, Dios mío, uno de los efectos de vuestras misericordias, por el cual os debo confesar y bendecir con todas las fuerzas de mi alma. Pues, Vos, Señor, Vos y no otro fuisteis quien me hizo este beneficio. Porque ¿quién puede librarnos y apartarnos de la muerte que nos acarrea todo error, sino Vos, que sois la vida que no puede morir y la sabiduría que sin necesitar de luz alguna ilumina los entendimientos que la necesitan, la misma con que es regido y gobernado todo el universo, hasta las hojas de los arboles que se lleva el viento?
Vos procurasteis el remedio de aquella mí terquedad con que resistí y me opuse a Vindiciano (65), que era anciano agudo y docto, y a
Nebridio, que era joven de un talento admirable: cuando el primero afirmaba resueltamente y el segundo, aunque con alguna duda, repetía muchas veces que no hay arte alguno para conocer las cosas venideras; pero que las conjeturas de los hombres tienen muchas veces fuerza, de suerte que diciendo los hombres multitud de cosas acertaban por casualidad a decir, entre tantas, algunas de las que han de suceder, sin saberlo los mismos que lo decían, sino tropezando a ciegas con la verdad de algunos sucesos, en fuerza de lo mucho que hablan.
Vos, pues, Señor, hicisteis que yo tomase amistad con un hombre que acostumbraba consultar a los astrólogos sobre varios asuntos, aunque él no sabía mucho de la astrología, pero los consultaba, digo, por curiosidad, el cual sabia cierta especie, que decía habérsela oído a su padre, pero no advertía él mismo cuan poderosa era aquella especie para echar a rodar la opinión y crédito de tal arte. Éste, pues, que se llamaba Fermín, sujeto instruido en las artes liberales y en la elocuencia, hablándome como a su mayor amigo sobre ciertas cosas suyas, a las cuales aspiraba por la esperanza grande que tenía de adelantar su fortuna, me instaba que le dijese el juicio que yo formara de aquellas pretensiones, según su horóscopo y constelaciones que le correspondían; y yo, que por entonces ya había comenzado a inclinarme a la sentencia de Nebridio, no me excusé de hacer mis conjeturas y decirle lo que me ocurría como dudosamente; pero le añadí que estaba casi persuadido y convencido de que todas aquellas cosas y observaciones eran vanas y ridículas.
Entonces él me conto que su padre había sido curiosísimo en la referida facultad, habiendo juntado y manejado muchos libros de esta materia, y que había tenido un amigo igualmente dedicado a la misma facultad, que habían estudiado juntos; que con igual deseo de adelantar en ella, conferenciaban los dos, y se comunicaban mutuamente sus reflexiones, como soplando y avivando el fuego que ardía en su corazón de adelantar en un estudio tan vano, de modo, que aun en los brutos que nacían en casa de ellos observaban los instantes de su nacimiento y la posición de los astros respecto de aquellos mismos instantes, para sacar de allí algunas experiencias con que apoyar aquella especie de arte.
Así, refería él que había oído decir a su padre que al tiempo que su mujer y madre del mismo Fermín estaba embarazada de él, estaba también encinta una criada de aquel amigo de su padre, lo cual no se le pudo encubrir al amo, que con las más exquisitas diligencias procuraba examinar y saber aun los partos de las perritas de su casa. Y que había sucedido que teniendo en cuenta el padre de Fermín con el parto de su mujer y el otro amigo suyo con el de su criada, y contando uno y otro con la mayor exactitud los días, las horas, minutos y segundos de la preñez de entrambas, vinieron a parir las dos al mismísimo tiempo; de modo que se vieron forzados a aplicar a los recién nacidos las mismas constelaciones, sin distinción alguna, que el uno había observado para su hijo y el otro para su siervo. Porque luego que a las dos mujeres les comenzaron los dolores de parto, se avisaron los dos amigos mutuamente lo que pasaba en la casa de uno y otro, y previnieron mensajeros de ambas partes, que al punto que supiesen lo que había nacido en cada una de las casas, lo avisasen a la otra sin dilatación alguna. Y como dueños que eran respectivamente de sus casas, con mucha facilidad habían dispuesto que al instante que se verificase el parto, se le hiciese saber al mensajero que estaba prevenido. Y así decía que los dos que habían sido enviados, se vinieron a encontrar uno a otro puntualmente en medio del camino y en tal distancia de las dos casas, que ni el padre de Fermín ni su amigo pudiesen notar diversa posición de astros, ni la mas mínima diferencia de tiempo con que distinguir el horóscopo de los dos recién nacidos; y no obstante Fermín, como nacido de familia distinguida en su país, seguía las carreras más lustrosas del siglo, se iba aumentando en riquezas y sublimando en honras; y el otro, sin poder sacudir el yugo de su servidumbre, servía como esclavo a sus señores, según contaba el mismo Fermín, que le había conocido.
(65) Véase el cap. III del lib. IV.
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Oídas por mí estas cosas, y creídas también por habérmelas contado tal sujeto, toda aquella oposición y resistencia que yo había hecho a las persuasiones de Vindiciano y Nebridio se desarmo enteramente y se deshizo. Y lo primero que intenté fue apartar al mismo Fermín de aquella vana curiosidad, diciéndole: que para responderle con verdad a lo que me había preguntado después de contempladas bien sus propias constelaciones, había de haber visto en ellas que sus padres eran de lo mas principal que había en su tierra, que su linaje y familia eran de la mayor nobleza de su propia ciudad, que habían concurrido en su nacimiento las circunstancias más honrosas que había tenido buena crianza, y los progresos que había hecho en el estudio de las artes liberales. Pero si aquel otro siervo me hubiera consultado sobre las mismas constelaciones (que correspondían a su nacimiento del mismo modo que al de Fermín), para que yo pudiera responderle la verdad, seria también necesario haber visto en ellas la bajeza de su linaje, su condición servil y todas las demás circunstancias suyas, que eran tan distintas y contrarias de las otras que allí mismo había yo antes visto y descubierto. Conque si viendo unas mismas constelaciones e influencias tenía que pronosticar y decir distintas y contrarias si había de acertar, y si pronosticaba los mismos acaecimientos y las mismas cosas al uno y al otro, erraba precisamente mí pronostico, es argumento certísimo que prueba evidentemente que aquellas cosas que se aciertan después de vistas y observadas las constelaciones, se aciertan por casualidad y no por arte ni reglas; y al contrario, que si las predicciones de esta clase salen falsas, no es por ignorancia de aquel arte, sino por falibilidad y yerro de la suerte.
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Tomando de aquí principio y meditando todo esto dentro de mí mismo para que ninguno de aquellos delirantes que vivían de hacer estas predicciones (con los cuales deseaba yo verme para argüirlos y ridiculizarlos), burlase la fuerza del argumento, con decir que Fermín me habría engañado a mí en aquella relación, o que su padre le habría engañado a él, para evitar, digo, que tuviesen este efugio, puse la consideración en el nacimiento de los que nacen juntos y se llaman mellizos: muchos de los cuales nacen tan inmediatamente uno tras otro, que aquel brevísimo espacio que media entre los dos, por más fuerza que tenga en la naturaleza para diferenciarlos, según pretenden los astrólogos, no hay diligencia ni observación humana que baste a conocerle o advertirle; ni puede señalarse en aquellos caracteres y figuras que tiene que mirar el astrologo para hacer verdaderos sus pronósticos. Pero es imposible que en este caso salgan verdaderos, porque mirando unos mismos caracteres y figuras que correspondían al nacimiento de Jacob y Esaú, debería un astrologo pronosticar las mismas cosas respecto de entrambos, siendo así que en uno y otro fueron muy diferentes los sucesos. Conque si para entrambos anunciaba las mismas cosas, salían falsos sus pronósticos; y si salían verdaderos, seria no anunciando ni diciendo las mismas cosas para entrambos, no obstante que eran unas mismas las figuras y caracteres que veía convenir al uno y al otro: de donde se sigue, que si hubiera acertado en sus pronósticos, acertaría por casualidad, y no por regla de alguna ciencia o arte.
Vos, Señor, que perfectísimamente gobernáis todo el universo, hacéis por medio de un influjo y dirección imperceptible que cuando alguno consulta a los astrólogos sobre algún suceso, sin saberlo ni advertirlo los consultados, ni los que los consultan, cada uno reciba aquella respuesta que le corresponde, atendidos los méritos de su alma: nace aquella respuesta del abismo impenetrable de vuestro juicio, siempre justo y recto, que ningún hombre debe extrañar, diciendo: ¿Qué viene a ser esto?, ¿para qué es esto? No diga tal cosa, no la diga, porque él no puede salirse de los límites de hombre.
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Ya Vos, Señor, me habíais librado de aquellas cadenas, cuando me ocupaba en buscar el origen del mal y no hallaba salida a mis dificultades. Pero no permitíais Vos que por mas olas de varios pensamientos que me combatiesen, fuesen poderosas para apartarme de aquella fe con que creía vuestra existencia, y que sois una sustancia inconmutable; creía la providencia con que tenéis cuidado de los hombres y los juzgáis, y que en Jesucristo vuestro Hijo y Señor nuestro, y en las Santas Escrituras, que aprueba y recomienda la autoridad de vuestra Iglesia católica, habíais dispuesto a los hombres el camino de la salud por donde han de llegar a conseguir aquella vida dichosa que ha de haber después de nuestra muerte.
Salvas estas verdades y fijadas en mi alma inalterablemente, buscaba con ansia cual sea el principio y origen que tiene el mal. ¡Y qué tormentos y dolores como de parto sufrió mi corazón para salir de esta duda, y qué gemidos le costó, Dios mío! Vos lo estabais oyendo sin saberlo yo. Cuando en el mayor silencio buscaba esta causa del mal con más fino ahincó, aquel silencioso tormento que deshacía mi corazón era una voz muy grande que llegaba a vuestra misericordia. Solo Vos, y no hombre alguno, sabíais lo que yo estaba padeciendo. Porque de estas ansias mías, ¿cuánto era lo que por mí boca venía a descubrirse a mis amigos mas íntimos y familiares? ¿Por ventura llegaba a sus oídos todo aquel gran tumulto de mi alma, para cuya explicación no había tiempo ni lengua que bastase? Pero todo llegaba a vuestros oídos, y lo que gimiendo bramaba mi corazón, y todos mis deseos os eran muy patentes, pero la luz que había de aclarar mis ojos me faltaba, porque ella estaba dentro de mi alma y no andaba por fuera. Ni ella ocupa algún lugar; y yo la buscaba entre aquellas cosas que le ocupan, y así no hallaba lugar alguno para mí descanso; ni estas cosas corpóreas me detenían tanto, que pudiese decir: Estoy bien, esto me basta, ni dejaban que me apartase de ellas para volver adonde me fuese bastantemente bien. Porque yo era superior a todas estas cosas, aunque inferior a Vos, y solo Vos pudierais ser mí verdadero gozo, si yo estuviera sujeto y subordinado a Vos, que las cosas inferiores que criasteis, las sujetasteis a mí. Y éste era aquel igual y bien regalado temperamento que yo había de haber tenido en mis acciones y la región media que convenía a mí salud para permanecer como hecho a imagen vuestra, por manera que perseverando en serviros y obedeceros a Vos, dominase yo a mí cuerpo y él me obedeciese a mí. Pero en castigo del pecado con que me sublevé contra Vos soberbiamente y os hice guerra, corriendo contra mí legitimo Señor, escudado solamente de mí orgullo y osadia, todas las criaturas que me eran inferiores se habían levantado también contra mí y se habían puesto sobre mí, oprimiéndome tan fuerte y pesadamente, que por parte ninguna me permitían algún desahogo, ni tomar aliento. Si abría los ojos, no descubría por todas partes sino esas mismas criaturas, que amontonadas y de tropel se entraban por mis ojos; si me ponía a examinar y pensar lo que había visto, no se me presentaban a la imaginación y al pensamiento sino imágenes corpóreas; y si quería retirarme y apartarme de ellas, se me volvían a poner delante, como si me dijeran: ¿Adonde piensas ir, indigno y sucio?
Estos sentimientos provenían de mis llagas, con las cuales Vos quisisteis humillar al soberbio, poniéndole como a un hombre todo llagado; creciendo la hinchazón de mí soberbia, me separaba de Vos, y llego la inflamación a apoderarse tanto de mí rostro, que ya me tenía con los ojos cerrados.
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Pero aunque Vos, Señor, eternamente permanecéis, vuestro enojo no permanece eternamente contra nosotros, pues tuvisteis compasión de mí, que soy tierra y ceniza y fue del agrado vuestro el reformar mis deformaciones, y así, con interiores estímulos me inquietabais para que no sosegase hasta tener conocimiento de Vos, por medio de la vista de mi alma. Se iba disminuyendo mi hinchazón, con el medicamento que ocultamente me aplicaba vuestra divina mano; y la turbada y oscurecida vista de mi alma se iba aclarando y sanando de día en día con el fuerte colirio de los saludables dolores que interiormente pasaba.
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Primeramente queriendo Vos hacerme conocer cuánto resistís a los soberbios, y cuan segura tienen vuestra gracia los humildes, y con cuanta misericordia mostrasteis a los hombres el camino de la humildad, pues se hizo hombre vuestro divino Verbo y habito entre los hombres, dispusisteis que por medio de un hombre lleno de una soberbia intolerable viniesen a mis manos (66) unos libros de los platónicos, traducidos de la lengua griega a la latina.
En estos libros hallé (no con las mismas palabras con que yo lo refiero, pero si las mismas cosas y sentencias puntualísimamente) apoyado con muchas pruebas y gran multitud de razones, que en el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y Dios era el Verbo: Éste estaba desde el principio con Dios. Que todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él nada se hizo. Lo que se hizo en Él es vida, y la vida era la luz de los hombres, y la luz luce en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron. Que aunque el alma del hombre dé testimonio de la luz, no obstante, ella misma no es la luz, sino que el Verbo de Dios, que es Dios, es la verdadera luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Y que Él estaba en este mundo y el mundo fue hecho por Él, y el mundo no le conoció.
Pero que Él vino a los suyos, y los suyos no le recibieron, y que a todos los que creyendo en su nombre le recibieron, les concedió la potestad de hacerse hijos de Dios; esto no lo leí ni encontré en aquellos libros.
Leí también allí que Dios Verbo no nació de la carne ni de la sangre, ni por voluntad de varón ni voluntad de la carne, sino que nació de Dios. Pero que el Verbo se hizo carne y que habito entre nosotros no lo leí allí.
(66) Estos libros vinieron a sus manos en el año 385, de los cuales dice después que estaban traducidos por Victorino, célebre profesor de Roma. En otra parte dice que estos libros le trocaron enteramente, y que eran como preciosos bálsamos de la Arabia, de los cuales cayendo algunas gotas sobre las centellas que tenía él en el corazón, acabaron de encenderle y abrasarle.
Antepuso San Agustín los platónicos a los demás filósofos, porque disputando de la Santísima Trinidad, y especialmente del Verbo divino, no se apartaron mucho de la verdad cristiana, como el Santo dice en el libro X de La Ciudad de Dios, capítulos 1 y 19; añadiendo que, mudando solamente algunas cosas, fácilmente se podían concordar con las verdades cristianas.
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Hallé también esparcido por aquellos libros, dicho de varios modos y repetidas veces, que teniendo el Hijo la misma forma del Padre, nada le usurpa en juzgarse igual a Dios, porque naturalmente lo es. Pero que se anonado a sí mismo, tomando la forma de siervo hecho semejante a los hombres, y fue reputado y tenido por hombre que se humillo a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, y que por todo esto Dios le resucito de entre los muertos, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se arrodillen todas las criaturas en el cielo, en la tierra y en los infiernos, y toda lengua confiese que Nuestro Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre; esto no se contenía en aquellos libros.
También se dice allí que antes de todos los tiempos, y sobre todos los tiempos, es y permanece inconmutablemente vuestro unigénito Hijo, coeterno a Vos, y que de su plenitud reciben las almas lo que las hace bienaventuradas, y también que participando de aquella infinita sabiduría que en sí misma es permanente y eterna, se renuevan ellas y se hacen sabias. Mas que padeció Él muerte temporal por los pecadores, y que no perdonasteis a vuestro Hijo único, sino que le entregasteis a la muerte por todos nosotros, no se refiere allí. Porque estos misterios de la humildad de Jesucristo los escondisteis y ocultasteis a los sabios, y los revelasteis y descubristeis a los pequeñuelos, para que los que padecen trabajos y se ven agobiados con pesadas cargas, vengan a buscar a Jesús, y él los alivie y conforte, porque es manso y humilde de corazón. Así, a los que imitan su blandura y mansedumbre, los guía a la justicia y santidad, y les enseña a seguir los caminos que él anduvo; y viendo con ojos compasivos nuestra humildad, nuestros trabajos y fatigas, nos perdona todos nuestros pecados. Pero aquellos que, soberbios y engreídos por parecerles que poseen la mas sublime doctrina, no atienden al Maestro que les dice: Aprended de Mi, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas; aunque conocen a Dios, no le glorifican como corresponde a Dios, ni le dan gracias, sino que se desvanecen con sus propios pensamientos y su necio corazón se cubre de tinieblas; por manera que diciendo ellos que son sabios, se hacen conocidamente fatuos.
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Encontré allí también que la gloria debida solamente a Dios incorruptible estaba trasladada y atribuida a los ídolos y vanos simulacros, hechos a semejanza del hombre corruptible, y de aves, de cuadrúpedos y de serpientes. Esto era puntualmente apetecer aquel manjar de Egipto por el cual dejo y perdió Esaú su mayorazgo, es decir, que aquel pueblo que habíais escogido y privilegiado como a primogénito, teniendo su corazón y voluntad puestos en las cosas de Egipto, honro en lugar de Vos y dio adoración y culto a la cabeza de un animal cuadrúpedo, abatiendo su alma, que es imagen vuestra, delante de la imagen y figura de un becerro que se apacienta de hierba.
Este manjar (67) de idolatría hallé en aquellos libros, pero no quise alimentarme de él. Porque Vos, Señor, fuisteis servido de quitar el oprobio de Jacob, haciendo que el hermano que era mayor sirviese al menor; y también llamasteis a los gentiles para que fuesen vuestro pueblo y heredad, como antes los judíos. Y como yo era de los gentiles que Vos habíais llamado y habían venido al conocimiento vuestro, en aquella leyenda no hice más que coger (68) el oro que Vos mandasteis a vuestro pueblo quitar a los de Egipto, porque aquel otro en cualquiera parte que estuviera, siempre era vuestro. Que también dijisteis a los atenienses, por boca de vuestro Apóstol, que en Vos vivimos, nos movemos y existimos, como ya lo habían dicho antes algunos de sus sabios; y los libros de que hablo también eran de allí (69). Pero al leerlos yo, no hice caso ni puse mí atención en los ídolos de los egipcios, a cuyo culto hacían servir aquellos autores el oro que es tan vuestro, dando a la mentira de un simulacro la adoración debida al Dios verdadero, y adorando y sirviendo a la criatura en lugar del Creador.
(67) Con esta alegoría explica la doctrina de los platónicos acerca de la multitud de dioses, en lo cual, como Esaú, vendieron y perdieron la primogenitura o primacía de la sabiduría, imitando a los israelitas, que dieron adoración a un becerro. Pues este manjar es el que dice que no quiso comerlo, sino que lo desecho. Véase el libro 8 de La Ciudad de Dios, capítulos 12 y 18, y en el libro 10, el capítulo I.
(68) Quiere decir que se dedico a coger de los libros de los filósofos lo que tenían de bueno y provechoso para convencer su espíritu, y hacer que adelantase más y más en el conocimiento de Dios y de la verdad.
(69) Eran de allí, esto es, de la Grecia.
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Todo esto sirvió de amonestarme que volviese hacia mí mis reflexiones y pensamientos, y guiándome Vos, entré hasta lo mas íntimo de mi alma; y pude hacerlo así porque Vos os dignasteis darme auxilio y favor. Entré y con los ojos de mi alma (tales cuales son) vi sobre mí entendimiento y sobre mi alma misma una luz inconmutable; no ésta vulgar y visible a todos los ojos corporales ni semejante a ella, o que siendo de su misma especie y naturaleza, se distinguiese en ser mayor, como sucedería si esta luz corporal fuese aumentando mas y mas su claridad y resplandor, y extendiéndose tanto, que ocupase con su grandeza el universo. No era así aquella luz de este género, sino otra cosa muy distinta y superior infinitamente a todo lo que vemos. Ni tampoco estaba sobre mí entendimiento, al modo que el aceite esta sobre el agua o el cielo sobre la tierra, sino que estaba superior a mí, como el Creador respecto a sus criaturas, porque ella misma es la que me creo, y yo estaba debajo, como que soy hechura suya. El que conoce la verdad, conoce esta soberana luz; y el que la conoce, conoce la eternidad. La caridad es quien la conoce.
¡Oh, eterna Verdad, y verdadera caridad, y amada eternidad! Vos sois, Dios mío, por quien de día y de noche suspiro. Desde el primer momento en que os conocí, me elevasteis a que conociese con vuestra luz que había infinito que ver y que yo todavía no estaba capaz de verlo. Y fueron tan claros y activos los rayos de la luz con que iluminasteis mi alma, que deslumbrada la flaqueza de mí vista, no pudo resistir la vehemencia de luz tan excesiva: todo me estremecí de amor y espanto; hallé que estaba yo muy lejos de Vos y muy desemejante, y como que oía vuestra voz allá desde lo alto, que me decía: Yo soy manjar de los que son ya grandes y robustos: crece, y entonces te serviré de alimento. Pero no me mudaras en tu sustancia propia, como le sucede al manjar de que se alimenta tu cuerpo, sino al contrario, tu te mudaras en mí. Entonces eché de ver que para mí enseñanza y en pena de mí maldad habíais dejado que mi alma se disipase y consumiese inútilmente como la araña, y hablando conmigo mismo dije: ¿juzgaras ya por ventura que la verdad es nada y que no tiene existencia porque no está esparcida ni se difunde por lugares y espacios finitos ni infinitos? Y Vos, Señor, como desde muy lejos disteis una voz, diciendo: Antes bien al contrario. Yo soy el que existo. Habiendo oído esto, como se suelen oír en el alma las hablas interiores, quedé certificado sin tener de qué dudar, de modo que primero dudaria si yo estaba vivo, que dudase de la existencia de aquella verdad que se ve y conoce por las criaturas.
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Y mirando todas las demás cosas que están debajo de Vos, vi que absolutamente no se pudiera afirmar, ni que de todo punto tenían ser, ni que de todo punto dejaban de tenerle. Que tienen ser verdadero porque Vos las habéis creado; que no lo tienen porque no tienen el ser que tenéis Vos, y solo existe y tiene ser, verdaderamente, lo que siempre permanece inconmutable. Así mí bien consiste en estar unido con mi Dios, pues sien Él no permanezco, menos podré permanecer en mí mismo. Pero Dios da nuevo ser a todas las cosas, permaneciendo él mismo sin novedad alguna; y como no tiene necesidad de mí ni de mis bienes, le reconozco por mi Señor y mi Dios.
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También me hicisteis conocer, Señor, que todas las cosas que se corrompen son buenas, porque no pudieran corromperse si no tuvieran alguna bondad, ni tampoco pudieran si su bondad fuera suma, pues si fueran sumamente buenas, serian incorruptibles, y si no tuvieran alguna bondad no hubiera en ellas cosa alguna que se pudiera corromper.
Porque es certísimo que la corrupción causa algún daño, y si no disminuyera algún bien, no lo causaría. Luego o se ha de decir que la corrupción no causa daño alguno, lo cual es falso e imposible, o se ha de confesar que todas las cosas que se corrompen se privan de algún bien con la corrupción, lo cual es certísimo y evidente.
Y si se privaran enteramente de toda su bondad, absolutamente dejarían de ser, porque si todavía existieran sin bondad alguna, quedarían incapaces de ser corrompidas, y por consiguiente, mucho mejores que antes, pues permanecerían incorruptibles. ¿Y qué desatino mas monstruoso se puede imaginar que el decir que perdiendo aquellas cosas toda la bondad que tenían se habían hecho mejores de lo que antes eran? Conque es evidente que si se privaran enteramente de toda su bondad, absolutamente dejarían de ser: luego, mientras que tienen ser, tienen alguna bondad, y así es cierto que todas las cosas que son, son buenas. Lo cual prueba convincentemente que el mal, cuyo principio andaba yo buscando, no es alguna sustancia, porque si lo fuera, algún bien seria. Pues o había de ser una sustancia incorruptible, y esto era un bien muy grande, o sustancia corruptible, la cual, si no tuviera alguna bondad, no pudiera corromperse.
Así llegué a conocer claramente, y Vos me lo manifestasteis, que todas las cosas que Vos hicisteis son buenas, y que no hay sustancia alguna en todo el mundo que Vos no la hayáis creado. Y por lo mismo que no hicisteis todas las criaturas iguales en bondad, por eso mismo son todas y tienen su propio y distinto ser: cada una de por si tiene su particular bondad y, miradas todas juntas, son muy buenas, porque nuestro Dios y Señor hizo todas las cosas, no buenas solamente, sino en grado superlativo muy buenas.
Agustin - Confesiones 706