Agustin - Confesiones 718

Capítulo XIII

Como todas las criaturas dan alabanzas a Dios


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Por tanto, Dios mío, no es posible algún mal que os perjudique a Vos ni os haga el más leve daño, ni tampoco hay mal alguno que lo sea respecto de todo el universo, porque fuera de él no hay cosa alguna que pueda introducirse a perturbarle o a destruir el orden que Vos habéis determinado y establecido en él. Es verdad que algunas de sus partes no son convenientes a algunas otras, y por eso se tienen por malas y nocivas, pero esas mismas son convenientes y provechosas a otras, y son verdaderamente buenas en sí mismas. Todas las criaturas que entre sí son opuestas y desconvenientes, convienen mucho a la parte inferior del universo, que llamamos tierra, la cual tiene también su cielo oscurecido con nubes y alborotado con vientos, y es lo que ha menester y le conviene.

Bien lejos me hallaba yo de decir como antes: mejor seria que no hubiese estas cosas, porque aun dado caso que solo viese en el mundo estas criaturas desconvenientes entre sí y contrarias, desearía, sí, que las hubiese mejores, pero aun por solas aquéllas debería en tal caso daros alabanzas, porque claramente muestran que merecéis ser alabado; hasta los dragones y serpientes de la tierra, y todos los abismos y profundidades del agua; el fuego, el granizo, la nieve, el hielo y los aires tempestuosos, que no hacen más que obedecer vuestro mandato; los montes y todos los collados; los arboles fructíferos y todos los cedros; los animales feroces y las reses mansas; los que andan arrastrando por la tierra y los que vuelan por los aires; los reyes de la tierra y todos los pueblos, los príncipes y todos los jueces de la tierra, los jóvenes y vírgenes, y los ancianos juntamente con los de poca edad, alaban y bendicen vuestro nombre.

Al ver que no solamente os alaban todas estas criaturas terrenas, sino también las del cielo, pues se ocupan en alabaros desde las alturas todos vuestros ángeles, todas las virtudes, el Sol y la Luna, todas las estrellas y la luz, los cielos de los cielos y las aguas que están sobre los cielos, todos, todos alaban vuestro nombre, ya no deseaba que hubiese otras mejores criaturas, porque las contemplaba todas de una vez; y aunque juzgaba con mas prudente juicio que las cosas superiores tenían mayor bondad que las inferiores, pero también conocía que juntas ellas todas eran mejores que las superiores solas.

Capítulo XIV

Que al hombre cuerdo ninguna cosa desagrada de cuantas Dios ha creado


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No están en su sano juicio los que se desagradan de alguna de vuestras criaturas, como yo no lo estaba cuando no me gustaban muchas de las cosas que Vos habéis creado. Y porque mi alma no se atrevía a descontentarse de Vos, Dios mío, no quería reconocer por obra vuestra la que me desagradaba. De aquí provino el seguir la sentencia de las dos sustancias, pero no se aquietaba mi alma con aquel sistema y hablaba cosas extrañas. Y retirándose de él, llego mi alma a formar allá a su modo un dios, que se extendía por infinitos espacios y ocupaba todos los lugares, y juzgaba que Vos eráis este dios, al cual había colocado en su corazón: así es como ella se había hecho segunda vez templo abominable a Vos de aquel ídolo suyo. Pero después que Vos curasteis mis delirios e ignorancias y me hicisteis cerrar los ojos de mí entendimiento para que no mirase ni atendiese a las quimeras vanas que interiormente vela, cesé algún tiempo de imaginar fantásticas ideas y se adormeció aquella mí locura. Al fin, desperté para pensar en Vos y vi que verdaderamente sois infinito, pero muy de otra suerte que yo me lo había figurado: esta vista o conocimiento no pertenecía a los ojos corporales.

Capítulo XV

Del modo con que se halla en las criaturas, ya la verdad, ya la falsedad


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De aquí pasé a considerar las criaturas y vi que todas os debían a Vos el ser que tienen, y que en Vos, que sois infinito, están todas las cosas finitas y limitadas, pero no con aquel modo de limitación que tienen ocupando lugar, sino en cuanto Vos contenéis todas las cosas con la mano de vuestra eterna verdad, y todas participan de ella y son verdaderas, en cuanto existen y tienen ser; ni consiste en otra cosa la falsedad sino en juzgar que tiene ser aquello que no lo tiene. También vi que todas las cosas no solamente estaban colocadas en sus propios y convenientes lugares, sino también en los tiempos que a todas respectivamente les correspondían. Y finalmente, advertí que Vos, Señor, que solo sois el eterno, no comenzasteis la obra de vuestra creación después de pasados innumerables espacios de tiempos, porque antes bien, todos los tiempos que han pasado, y los que pasaran, ni hubieran podido pasar, ni hubieran podido venir, si Vos no hubierais hecho que llegaran y pasaran permaneciendo Vos eternamente.

Capítulo XVI

Que todas las criaturas son buenas, aunque algunas no son convenientes y acomodadas a otras


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Después conocí claramente, y experimenté también, que no debía extrañarse que a un paladar enfermo le sea áspero y penoso el pan, que es delicioso y suave al que está sano, a la par que la luz, que a los ojos enfermos es aborrecible, a los sanos es amable. También vuestra justicia es un atributo que desagrada a los inicuos y malos, y así no es mucho que les desagraden la víbora y el gusano, que Vos creasteis buenos, y son útiles y convenientes a esta parte inferior del universo, a la cual convienen y pertenecen juntamente los mismos inicuos y pecadores, cuanto mas se alejan de vuestra semejanza, al paso que tanto mas pertenecen y se adaptan a la superior clase de vuestras criaturas cuanto mas semejantes se hicieren a Vos.

Busqué también entonces qué cosa era la maldad y no hallé que fuese sustancia alguna, sino un desorden de la voluntad que se aparta de la sustancia suma que sois Vos, Dios mío, y se ladea y une a las criaturas inferiores, que desecha y arroja todos sus bienes interiores y se muestra en lo exterior soberbia y orgullosa.

Capítulo XVII

De las cosas que nos impiden el conocer a Dios


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Yo mismo me admiraba de que tan pronto hubiese podido amaros, en lugar de aquel fantasma que amaba antes teniéndole por Dios. Y no me detenía a gozar de aquel dios obra mía, sino que era arrebatado a Vos, con el poderoso atractivo de vuestra hermosura, pero luego era apartado de Vos por el peso y gravedad de mí miseria, y venía a caer gimiendo en estas cosas terrenas; este peso que así me precipitaba no era otra cosa sino la costumbre de seguir la carne y sangre. No obstante, os tenía presente en mi memoria, sin dudar de modo alguno que había y existía un sumo Bien, con quien debía unirme y estrecharme, al mismo tiempo que conocía que aun no estaba capaz de conseguirlo, porque este cuerpo corruptible comunica en cierto modo su pesadez al alma, por cuanto esta habitación terrena en que ella vive y obra, oprime y abate hacia lo terreno la potencia intelectiva, ocupándola con grande variedad de pensamientos. Estaba certísimo de que vuestras perfecciones y atributos, invisibles desde el principio del mundo, se descubren y manifiestan al entendimiento humano por medio de estas criaturas visibles que habéis hecho, por las cuales hasta se descubre vuestra sempiterna virtud y omnipotencia, y vuestra divinidad.

Porque indagando cual era el principio y causa de que yo aprobase la hermosura de los cuerpos, ya sean los celestiales, ya los terrenos, y cual era la regla por donde me guiaba cuando hacia un juicio recto y cabal de las cosas mudables, y decía: Esto esta como debe ser, aquello no lo esta, indagando, pues, cual era la regla que me guiaba para formar aquel juicio, cuando juzgaba de aquel modo tan cabal y recto, hallé que el principio de juzgar con aquel acierto era la inconmutable y verdadera eternidad de la Verdad, que estaba sobre mí mente mudable.

Fui subiendo de grado en grado desde la consideración de los cuerpos a la del alma, que siente mediante el cuerpo; y desde ésta a su potencia o facultad interior, a la cual los sentidos corporales avisan y participan las cosas exteriores y todas aquellas percepciones hasta donde pueden llegar los irracionales; desde aquí fui subiendo todavía a la facultad o potencia intelectiva, a la cual se presenta lo que han suministrado los sentidos corporales para que haga juicio de ello. Ésta, hallándose también mudable en mí, se levanto algo mas para entender del modo que le es propio, aparto su pensamiento del modo con que acostumbra entender las demás cosas, desviándose de la multitud de fantasmas que se le oponían y estorbaban para llegar a saber qué luz era la que la alumbraba, cuando con toda certeza, y sin quedarle la menor duda, decía y vociferaba que el bien inconmutable se debe anteponer a todo lo mudable. ¿Y de donde le venía la idea que tenía del mismo Ser inconmutable? Pues si de algún modo no le conociera, absolutamente sería imposible que con tanta certidumbre le antepusiese todo lo mudable. Llego hasta lo que por sí mismo tiene ser, pero tan repentina y pasajeramente, como lo que se ve en un solo abrir y cerrar de ojos.

Entonces por medio de las cosas visibles que Vos habéis creado, vi con mí entendimiento vuestras perfecciones invisibles, pero no pude fijar en ellas mí atención, antes bien, deslumbrada la flaqueza de mí vista, y vuelto a mis acostumbrados modos de conocer y pensar, no llevaba conmigo sino la memoria, enamorada de lo que había descubierto y deseosa de aquel manjar delicioso cuya fragancia había percibido, pero que todavía no podía poseerlo ni gustarlo.

Capítulo XVIII

Que solamente Cristo Señor Nuestro es el camino que guía a la salud eterna


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Buscaba entonces el camino de adquirir aquella robustez que es necesaria para gozar de Vos, y no podía hallarle hasta que me abrazase con Jesucristo, mediador entre Dios y los hombres, ensalzado sobre todas las criaturas y verdadero Dios bendito y alabado por todos los siglos, el cual me estaba llamando y diciendo: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Él es quien envolvió en carne aquel manjar, que por falta de fuerzas no podía yo comer, porque el Verbo eterno se hizo carne para que vuestra increada sabiduría, con que creasteis todas las cosas, pudiese ser alimento suavísimo y proporcionado a nuestra pequeñez e infancia. Pero como yo no era humilde, no me abrazaba con mi Señor Jesucristo, que se había humillado tanto, ni sabía yo qué virtud nos enseñaba vistiéndose de nuestra flaca y débil naturaleza.

Porque vuestro divino Verbo y verdad eterna, siendo infinitamente superior a la mas noble porción de vuestras criaturas, levanta hasta sí mismo a los que se le humillan y sujetan; y acá abajo, en la inferior porción del universo, se digno edificar para sí mismo una humilde casa de nuestro propio barro, para enseñar con el ejemplo de tan profundísima humildad que depusiesen su orgullo los que habían de ser sus súbditos y siervos, y que a fuer de humildes había de trasladarlos y ensalzarlos hasta sí mismo. Sanando en ellos la hinchazón de su soberbia, les inspiro su amor y caridad, para que la necia confianza en sí mismos no los apartase y llevase cada vez más lejos, antes bien reconociesen su bajeza, viendo a sus pies humillada la Divinidad, por haber participado del traje tosco de nuestra naturaleza, para que en sus apuros y trabajos se arrojasen a los pies de Su Majestad humanada, que al exaltarse gloriosa los levantara del polvo de la tierra a la mayor altura.

Capítulo XIX

De lo que sentía Agustín acerca de la Encarnación de Cristo Señor Nuestro


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No pensaba yo entonces estas cosas, sino otras muy distintas; y así de Jesucristo mí Salvador había formado el gran concepto que correspondía a un hombre de sabiduría tan excelente y superior que ninguno se le pudiese igualar, y principalmente me parecía que por haber nacido maravillosamente de una madre virgen, para enseñarnos con su ejemplo a despreciar los bienes temporales por conseguir los inmortales y eternos, cuidando tan extraordinaria y divinamente de nosotros, por eso había merecido tan grande autoridad en todo el mundo su enseñanza y magisterio. Por lo demás, ni siquiera llegaba a sospechar que hubiese algún misterio en aquellas palabras: El Verbo se hizo carne. Solamente por las cosas que de su vida andaban escritas, esto es, que había comido y bebido, dormido y paseado, que se había alegrado, entristecido y predicado, sacaba yo que no se había unido al Verbo la carne sola, sino juntamente con el alma y entendimiento humano. Esto lo conoce cualquiera que sabe la inmutabilidad de vuestro divino Verbo, como yo lo sabía entonces cuanto me era posible, ni tenía acerca de esto la duda más leve. Porque mover unas veces voluntariamente los miembros corporales y otras no moverlos, querer al presente una cosa y luego no quererla, proferir unas veces sentencias maravillosas y otras guardar mucho silencio, son cosas éstas propias de un alma y entendimiento mudables. Pues si todo esto se hubiera escrito falsamente del Verbo encarnado, todas las demás cosas se pudiera sospechar también que no eran verdaderas, y no quedaría cosa alguna digna de fe en todo el Evangelio, que es donde estriba la salud del género humano.

Pero como no se puede dudar que es cierto todo lo que allí está escrito, reconocía yo y confesaba en Cristo todo aquello de que consta un hombre verdadero, esto es, no solamente el cuerpo humano, o cuerpo y alma sin la parte intelectiva, sino uno y otro, y todo lo que es el hombre; mas juzgaba yo que ese mismo hombre, solamente por cierta grande singular excelencia con que estaba en él la naturaleza humana, y por su mayor y mas perfecta participación de sabiduría, era preferido a todos los demás hombres, no por estar en él personalmente la Verdad eterna.

Al contrario, juzgaba Alipio que los católicos creían haberse Dios vestido de nuestra carne de tal modo que, además de la divinidad y de la carne, no hubiese en Cristo alma ni tampoco entendimiento humano. Y porque estaba convencido de que aquellas acciones que se refieren de Cristo no podían ejecutarse sino por alguna criatura viviente y racional, se detenía en abrazar la religión cristiana. Mas sabiendo después que esta doctrina que él juzgaba ser de los católicos era el error de los herejes sectarios de Apolinar (70), se alegro y conformo con la creencia y fe católica.

Pero yo confieso que hasta después de pasado algún tiempo, no supe la diferencia que hay entre la verdad católica y la falsedad de Fotino (71) acerca de la Encarnación de Cristo y de haberse tomado carne humana con el Verbo divino. Porque el desaprobar la doctrina de los herejes hace que resplandezca y sobresalga lo que enseña vuestra Iglesia y se sepa lo que es sana doctrina. Así es que conviene que haya herejías para que se descubran los probados y escogidos entre los que son flacos y vacilantes en la fe.

(70) Obispo que fue de Laodicea, en Siria, y se aparto de la Iglesia por los años de 376; contra cuyos errores escribieron casi todos los Santos Padres griegos y latinos de su tiempo. Enseñó que el Verbo tomó un cuerpo sin alma.

(71) Era obispo de Sirmio en el Ilirico y por los años 345 renovó la herejía de Sabelio y Paulo Samosateno, enseñando que Cristo era hombre puramente y no Dios.


Capítulo XX

Como el haber manejado los libros platónicos le hizo a la verdad mas instruido, pero también más soberbio


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Había antes leído aquellos libros de los platónicos y excitado después con su leyenda a buscar la verdad incorpórea, llegué a descubrir y ver con el entendimiento vuestras perfecciones invisibles, por medio de estas obras que habíais hecho en el mundo. Deslumbrado y rebatido mí entendimiento con tan excesivo resplandor, conocí claramente que por las tinieblas que padecía mi alma no se me permitía contemplar luz tan divina, la cual, sin embargo, me dejo cerciorado y convencido de vuestra existencia y de que vuestro ser es infinito, sin que por eso estéis como extendido y derramado localmente por espacios finitos ni infinitos. También quedé certificado de que Vos sois el que verdaderamente existe y tiene un ser verdadero, porque siempre sois el mismo, sin que por parte ni afección alguna tengáis variedad, alteración o mudanza, y que todas las demás cosas han dimanado y procedido de Vos, costando esto certísimamente por solo el documento irrefragable y firmísimo de que tienen ser.

Acerca de todas estas cosas estaba yo muy cierto, pero flaco y sin fuerzas para gozar de Vos. Hablaba mucho de ellas como si estuviera muy instruido, siendo así que si no buscara en Jesucristo, Señor y Salvador nuestro, el camino que nos guía y lleva a Vos, no sería yo instruido, sino destruido. Ello es que ya había comenzado a desear que me tuviesen por sabio, lleno de ignorancia, que es castigo de la culpa, y en lugar de llorar mí ignorancia, me desvanecía y ensoberbecía con mí afectada ciencia. Porque ¿adónde estaba entonces la caridad, que edifica sobre el fundamento de la humildad, que es Jesucristo? ¿O cuando aquellos libros me la hubieran enseñado?

Yo me persuado que Vos quisisteis que leyese aquellos libros antes de las Sagradas Escrituras para que siempre me acordase de los afectos y disposiciones que habían causado en mi alma; y cuando después, con la lectura de vuestros Libros Santos, se amansase y humillase mí altanería y orgullo, y mis llagas se dejasen manosear de vuestros dedos, que me las iban curando, supiese hacer diferencia y distinguir entre la presunción de filósofo y la confesión humilde de cristiano; y entre la ciencia de los filósofos, que ven y enseñan el fin adonde debemos caminar, pero no ven ni enseñan el camino, y la que nos muestra este camino, que nos guía y lleva a la patria bienaventurada, no solamente hasta llegar a verla, sino también a habitarla. Pues si primeramente me hubiera instruido en nuestras Santas Escrituras, y con su frecuente lectura me hubierais hecho participante de vuestra dulzura y después hubieran venido a mis manos aquellos libros, puede ser que me hubiesen apartado de los principios y sólidos cimientos de la piedad, o si perseveraba firmemente en el piadoso afecto que vuestros libros me hubiesen inspirado, acaso juzgara que si alguno leyera solamente aquellos, pudiera también haber producido en él igual efecto.

Capítulo XXI

De lo que hallo en los Libros Sagrados, que no hallo en los platónicos


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Así, tomé en mis manos con vivísimas ansias las Santas y venerables Escrituras, dictadas por vuestro divino Espíritu, y principalmente las cartas de San Pablo; y luego al punto se desvanecieron mis dudas y dificultades sobre la doctrina del Apóstol, la que antes me había parecido contradecirse en algunos pasajes, y que no concordaba con los textos de la Ley y de los Profetas. Entonces conocí que en todo el cuerpo de los Libros Santos era uno mismo el espíritu, y esto me enseno a leerlos con alegría, mezclada de temor y de respeto. Al punto conocí que todas las verdades que yo había leído en otros libros se contenían en los vuestros y se comprendían con el auxilio de vuestra gracia, para que el que alcanzara a descubrirlas no se gloríe de haberlas por sí mismo alcanzado, ignorando que a la gracia que recibiera debe no solamente lo que ve y descubre, sino también el que descubra y vea, pues, como dice San Pablo: ¿qué tiene el hombre que no lo haya recibido? Y también para que sea amonestado y enseñado el hombre no solo a poner su atención en Vos, que sois el mismo siempre, sino también a ser curado de sus llagas y llegar a poseeros.

Y el que por hallarse muy distante de Vos no puede alcanzar a veros, ande y camine la senda que conduce y guía a Vos, hasta que llegue, vea y os posea, pues aunque interiormente se deleita el hombre con la ley de Dios, ¿cómo podrá resistirse a la otra ley de su cuerpo, que se opone y contradice a la de su espíritu, y le tiene cautivo en la del pecado, la cual reside en los miembros de su mismo cuerpo? Eso mismo, Señor, nos hace ver que sois justo, porque nosotros hemos obrado mal y procedido inicuamente; y por eso la mano de vuestra justicia esta sobre nosotros tan gravosa, y justamente nos ha entregado a las instigaciones del primer pecador entre todas las criaturas y principal autor de la muerte, quien persuadió a la voluntad humana que imitase su rebeldía, con que se separo de su verdad eterna.

Mas entonces, ¿qué ha de hacer el hombre en tan miserable estado? ¿Quién le libertara del cuerpo de esta muerte sino vuestra gracia, por los méritos de Jesucristo, Señor Nuestro, a quien engendrasteis coeterno a Vos, y en cuanto hombre le criasteis en tiempo y en el principio de vuestros caminos, en el cual no hallo el príncipe de este mundo cosa digna de muerte, y no obstante le quito la vida, con cuyo enorme atentado se anulo y cancelo la sentencia y escritura que a todos nos era contraria?

Nada de eso contenían aquellos libros platónicos. No se hallan en aquellas páginas expresiones de piedad, como lágrimas de compunción, sacrificio vuestro que consta de un espíritu abatido, corazón contrito y humillado, la salvación de vuestro pueblo, la Iglesia vuestra esposa, la celestial ciudad de Dios, las arras del Espíritu Santo y el cáliz de nuestra redención.

No se halla en aquellos libros el canto del Salmista, cuando dice: ¿No será justo que mi alma sirva y obedezca a Dios, pues de su divina mano ha de venir mí salud? Él es mi Dios y mí Salvador, es mí apoyo firme, de quien cosa ninguna me apartara eternamente. Tampoco se oye allí la voz de Jesucristo que nos llama y dice: Venid a Mi los que padecéis trabajos, porque se desdeñan de aprender de Él, que es manso y humilde de corazón. Porque ésta es una doctrina misteriosa que Vos habéis escondido a los sabios y prudentes del mundo, y la revelasteis a los humildes y pequeñuelos.

Es cosa muy diferente alcanzar a ver la patria de la paz desde la cumbre de un monte, sin descubrir empero el camino que conduce a ella, intentando vanamente llegar allá por extravíos y derrumbaderos, estando cercados por todas partes de los malignos espíritus, que siguiendo al dragón su príncipe, se ocupan en poner asechanzas a los viadores, y otra cosa es el conocer y andar el camino que guía a la misma patria, defendido por el cuidado y providencia del celestial Emperador, para que los rebeldes desertores de la milicia del cielo no hagan en él latrocinios, huyendo de él como de su pena y tormento.

Todas estas cosas se entraban a lo íntimo de mi alma con ciertos y varios modos admirables cuando yo leía a San Pablo, que se llama a sí mismo el mínimo de nuestros Apóstoles; y considerando lo maravilloso de vuestras obras, quedaba asombrado y como fuera de mí.

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Libro VIII


Desechados todos los errores; encendido con los consejos de Simpliciano, con los ejemplos de Victorino, de Antonio, de los dos magnates y de otros siervos de Dios; después de una gran contienda y lucha con la concupiscencia, y una dificultosa deliberación; amonestado con una voz divina, y leídas las palabras de San Pablo en la Epístola a los romanos (cap. XIII, 13 y 14), se convirtió todo a Dios, imitándole Alipio y alegrándose mucho su madre

Capítulo 1

Determina Agustín ir a verse con Simpliciano, movido del deseo de disponer y arreglar mejor su vida


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Justo es, Dios mío, que yo recuerde y confiese las misericordias que habéis usado conmigo, y os muestre en acción de gracias mi reconocimiento.

Penetrados y llenos de vuestro amor todos mis huesos, deben clamar, diciendo: Señor, ¿quién hay semejante a Vos? Pues rompisteis mis lazos y prisiones, corresponda yo ofreciéndoos sacrificio de alabanza. Voy a referir el modo con que me los rompisteis para que oyéndolo todos aquellos que os adoran, digan: Bendito sea el Señor en el cielo y en la tierra: grande y maravilloso es su nombre.

Todas vuestras palabras se me habían quedado impresas en el corazón y me hallaba cercado y sitiado de Vos por todas partes. Yo estaba muy cierto de vuestra vida eterna, pues aunque la había visto confusamente y como por un espejo, no me había quedado duda alguna acerca de la existencia de una sustancia incorruptible por haber dimanado y procedido de ella todas las demás sustancias, y ya no deseaba estar más certificado de Vos, sino estar más firme y constante en Vos. Pero acerca del género de vida que había de seguir, se me ofrecían mil dudas y dificultades, y conocía que era necesario limpiar primero mi corazón de la antigua levadura que me lo tenía acedado y corrompido. Me agradaba el camino que debía seguir, que es el mismo Salvador; pero todavía estaba perezoso para entrar y pasar lo que tiene de estrecho ese camino.

Vos, Señor, me inspirasteis entonces el pensamiento (que a mí me pareció bueno y oportuno) de ir a verme con Simpliciano (72), que le tenía por el fiel siervo vuestro, y resplandecía en él vuestra divina gracia. También había oído decir que desde su juventud estaba dedicado y consagrado a Vos, y siendo entonces ya anciano, me parecía que en una edad tan larga, que había empleado en tan buenos ejercicios de vuestra ley, estaría muy práctico, experto y muy instruido en ella; y verdaderamente era así como yo lo pensaba.

Por eso quería yo que me dirigiese y después de comunicarle mis deseos, me manifestase qué modo de vida sería el mas a propósito a quien se hallaba en la disposición que yo tenía para seguir vuestra ley, observando aquel método que él me señalase.

(72) San Simpliciano fue enviado por San Dámaso a Milán, para que ayudase a San Ambrosio, recién electo obispo de aquella iglesia. Era muy sabio, había hecho muchos viajes para instruirse en varias materias y no cesaba de leer y de estudiar. San Ambrosio le dedico varias obras suyas; y le sucedió a San Ambrosio en el obispado, al cual fue promovido en el año 397. Era grande la fama de su virtud y sabiduría, como insinúa aquí San Agustín, y se conoce tan bien porque los concilios de África y de Toledo no determinaban cosa alguna de importancia sin haberla tratado y consultado antes con San Simpliciano. Murió lleno de años y méritos por el mes de mayo del año 400. Toda la religión agustiniana reza de él en el día 13 de agosto.



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Porque yo veía la iglesia llena de fieles, y que unos iban por un camino y otros iban por otro; pero a mí me desagradaba el método y ocupación que yo seguía en el siglo, y era para mí una carga insoportable, después que cesaron de inflamarse, como solían, mis deseos, con la esperanza de adquirir honra y dinero, para tolerar aquella sujeción y servidumbre tan gravosa. Ya no me deleitaba cosa alguna de ésas en comparación de vuestra dulzura y suavidad, y de la hermosura de vuestra casa, que amaba más que todo esto; pero aun me sentía atado fuertemente con el amor a la mujer; ni el Apóstol me prohibía el casarme, aunque me exhortaba a lo mejor y más perfecto, queriendo principalmente y deseando que todos los hombres fuesen libres como él lo era. Pero yo, como más flaco, escogía lo más blando y suave; y lo que hacia que me portase en todo lo demás con languidez y me consumiese con molestos cuidados era solamente el considerar que la vida conyugal, a la que yo estaba tan inclinado y rendido, tenía anejas muchas cosas que no quería padecerlas ni sufrirlas. Bien sabia yo que la Verdad misma había dicho por su boca: que hay hombres que a sí mismos se han hecho eunucos para conseguir el reino de los cielos; pero añadió también que esto lo ejecute el que tuviere fuerzas para ejecutarlo.

Vanos son ciertamente todos aquellos hombres que no tienen conocimiento de Dios, y que de todas estas cosas y criaturas buenas que están viendo, no han podido llegar a conocer al que verdaderamente existe. Pero yo no estaba ya comprendido en el numero de aquellos hombres vanos. Ya había pasado más adelante de aquella vanidad e ignorancia, y por la contestación de todas vuestras criaturas, había hallado que Vos eráis nuestro Creador, juntamente con vuestro divino Verbo, por el cual creasteis todas las cosas, el cual eternamente dimanando de Vos es Dios que con Vos y el Espíritu Santo no hace más que un solo Dios verdadero.

Hay otra clase de gentes impías y pecadoras, que habiendo conocido a Dios no le glorifican como a Dios, ni le dan las gracias que le son debidas. También en esta impiedad había yo caído, pero vuestra diestra me recibió y levanto, y además de sacarme de aquel atolladero, me puso en lugar acomodado y propio para que convaleciese de tan peligrosa caída, porque me hicisteis saber aquella sentencia en que dijisteis al hombre: Mira que la piedad es verdadera sabiduría; y también aquella otra: No quieras parecer sabio, porque los que dicen que son sabios, ellos mismos se hacen necios. Por lo cual es cierto que ya había hallado aquella perla preciosa, que había de comprarse vendiendo cuanto tuviese, pero aun no me resolvía a ejecutarlo.

Capítulo 1I

De como Victorino, célebre orador romano, se convirtió a la fe de Jesucristo


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Fui, pues, a buscar a Simpliciano, que había sido padre espiritual de Ambrosio (ya entonces obispo), por cuanto en el Bautismo le había conferido vuestra gracia, a quien amaba Ambrosio verdaderamente como a padre. Le hice relación de mis extravíos y de los rodeos y errados caminos por donde había andado. Luego le dije como había leído algunos libros de los platónicos, traducidos al latín por Victorino, que en los años anteriores fue profesor de retorica en la ciudad de Roma, y que según había oído murió cristiano; él se alegro mucho y me dio el parabién de que no hubiese ido a dar con las obras de otros filósofos, que están llenas de falsedades y engaños, propios de una ciencia enteramente mundana, pero en estos otros libros a cada paso y de todos modos se insinúa y da a conocer a Dios y su divino Verbo.

Después, para exhortarme a la humildad de Cristo, escondida a los sabios y revelada a los pequeñuelos, me propuso el ejemplo de Victorino (73), a quien él había tratado muy familiarmente cuando estuvo en Roma; y me refirió de él lo que no pasaré en silencio, porque contiene grandes motivos para alabar vuestra divina gracia, como es justo y debido ejecutarlo.

Contó me, pues, como aquel doctísimo anciano, y sapientísimo en todas las ciencias y artes liberales, que había leído tantas obras de filósofos y las había criticado e ilustrado, que había sido maestro de tantos nobles senadores, que por la excelencia de su sabiduría y doctrina mereció y obtuvo que se le erigiese una estatua en la plaza pública de Roma (que es lo más glorioso que hay para los ciudadanos de este mundo), que hasta aquella edad tan avanzada había adorado y venerado los ídolos, y concurrido a celebrar las fiestas y sacrificios sacrílegos, con que casi toda la romana nobleza inspiraba ya entonces y enseñaba a todo el pueblo los monstruos de todos los dioses egipcios, y entre ellos también a Anubis (74) con figura de perro, los cuales en alguna ocasión tomaron las armas contra Neptuno, Venus y Minerva, deidades de Roma; y ella suplicaba ahora a aquellos mismos dioses contra quienes había peleado y a quienes había vencido (75); que finalmente por espacio de tantos años había defendido todas estas idolatrías con su famosa elocuencia; siendo ya anciano, no se avergonzó de humillarse como un párvulo, para ser marcado por siervo de vuestro Hijo Jesucristo, y renacer como nuevo infante en la fuente del Bautismo, doblando su cuello al yugo de la humildad evangélica, y sujetándose a llevar en su frente la señal de la cruz, tenida antes por oprobio.

(73) Sobre las noticias y elogios de Victorino, que refiere aquí San Agustín de boca de San Simpliciano, puede añadirse lo que refiere San Jerónimo, que en el libro de los Escritores eclesiásticos, dice que se llamaba C. Mario Victorino, que era africano de nación y que enseno en Roma la retorica en tiempo del emperador Constantino, y hacia los últimos plazos de su vida se hizo cristiano, admirándose Roma, y alegrándose la Iglesia, como dice San Agustín. Escribió varios libros contra los arrianos, y también unos comentarios sobre las epístolas de San Pablo.

(74) En el texto latino, dice el Santo: Omnigenumque deum monstra, et Anubim latratorem, que es puntualmente el verso de Virgilio: Omnigenumque deum monstra, et latrator Anubis. Y le llama latrator, porque Anubis en lengua egipciaca es lo mismo que perro en lengua castellana; y debajo de la figura de perro adoraban a Mercurio, como dice Servio sobre el citado verso de Virgilio (Aen., 8). Otros explican de otro modo esta fabula, diciendo que Anubis era un famoso capitán hijo de Osiris, que siguiendo a su padre en las expediciones que hizo (como de Hércules se dice que iba cubierto de la piel de un león), "él se cubrió con la de un perro, y le tenía por su divisa"; y que de aquí provino que los egipcios diesen la preferencia al perro entre los demás animales de que ellos formaban su apoteosis; pero que perdieron esta preferencia cuando, habiendo Cambises hecho matar y arrojar al dios Apis, fue el perro el único que se lo comió. No obstante, persevero el culto del perro en Cinopolis, que era la ciudad capital (y quiere decir ciudad de perros), que estaba consagrada a aquel animal, y sus habitantes conservaban un fondo considerable, de donde se sacaba para el sagrado alimento de los perros, como dice Diodoro Siculo, libro IV.

(75) Los romanos, y generalmente todos los gentiles, creían que cada reino, cada estado, cada provincia, cada ciudad y, en una palabra, cada lugar, estaba bajo la protección de algunas deidades particulares, que velaban para su conservación. No obstante, los romanos peleaban contra todos aquellos reinos, ciudades y pueblos, los sujetaban y triunfaban de ellos, y por consiguiente triunfaban de aquellos dioses que eran protectores de aquellos lugares, y se tenían por vencedores de ellos. Sobre cuyo supuesto se funda la sátira que les hace a los romanos San Agustín ya en este capítulo, diciendo que Roma suplicaba y ofrecía sacrificios a aquellos mismos dioses contra quienes había peleado en otro tiempo y a quienes había vencido, y ya también en el libro I de La Ciudad de Dios, cap. III, donde los satiriza del mismo modo, haciéndoles ver la inconsecuencia con que procedían en sus idolatrías, pues les atribuían poder para defenderlos a ellos, cuando no lo habían tenido para defenderse a sí mismos de ellos ni para defender aquellos pueblos de quienes se suponían protectores, y habían sido vencidos y avasallados por los romanos. Con lo cual se entenderá bien todo este pasaje de San Agustín, que se les haría oscuro a los que no tienen alguna tintura de mitología.



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¡Oh Señor, Señor, que inclinasteis los cielos y bajasteis a nosotros, que tocasteis los montes y exhalaron humo, con qué modos o de qué manera os insinuasteis en aquel pecho!

Leía él, según me conto Simpliciano, la Sagrada Escritura y buscaba con grandísimo cuidado todas las obras que trataban de la religión cristiana, instruyéndose en ellas; y decía a Simpliciano, aunque no públicamente, sino en secreto y en confianza de amigo: Sábete que yo ya soy cristiano; a lo que Simpliciano respondía: Yo no lo creeré ni te contaré entre los cristianos, hasta que te vea en la iglesia de Cristo. Pero él, como burlándose, decía: Pues qué, ¿son las paredes las que hacen cristianos a los hombres? Y esto lo repetía muchas veces, diciendo que él ya era cristiano, y otras tantas le respondía Simpliciano lo mismo que antes, pero él volvía a burlarse, con decir que eso no lo hacen las paredes.

Temía Victorino disgustar a sus amigos, soberbios idolatras que adoraban al demonio, que por ser muy poderosos y hallarse constituidos en la cumbre de las mayores dignidades que hay en la Babilonia de este mundo, y eran como elevados cedros del Libano, que aun no había el Señor derribado y deshecho, juzgaba que habían de caer sobre él con mas ímpetu y fuerza sus odios y enemistades.

Pero después que con su estudio y lección continua adquirió mas fortaleza, temió que Cristo no le había de reconocer por suyo en presencia de los santos ángeles, si él temía confesarle ahora delante de los hombres; y conociendo que se hacia reo de un delito muy grave en avergonzarse de recibir los Sacramentos que nuestro Verbo humano había instituido, no habiéndose avergonzado de cooperar a los sacrílegos sacrificios y cultos inventados por la soberbia de los demonios, a quienes él, soberbio, también había imitado, recibiendo las sacrílegas ordenes con que se dedicaban los hombres y destinaban al culto y sacrificios de los ídolos, perdió la vergüenza, que le era nociva y le hacia perseverar en la vanidad mundana, trocándola en provechosa vergüenza de no seguir la verdad que conoció, repentinamente se resolvió, y sin mas pensar en ello, dijo a Simpliciano, según este mismo contaba: Ea, vamos a la iglesia, que quiero hacerme cristiano.

Entonces, Simpliciano, no cabiendo en sí de alegría, marcho con él a la iglesia. Luego que se le catequizo y recibió toda la instrucción necesaria en los principales misterios de nuestra fe, de allí a poco dio su nombre para que se le escribiese en el catalogo (76) de los que pedían ser reengendrados por el santo Bautismo, maravillándose Roma, y alegrándose la Iglesia. Veían esto los soberbios, y se enojaban y enfurecían, rechinaban sus dientes de cólera y se consumían de rabia, pero vuestro siervo tenía puesta su esperanza en Vos, y no atendía a la vanidad de las doctrinas pasadas, ni a las locuras tan falsas y engañosas.

(76) Como en aquel tiempo no se daba el Bautismo, por lo común, sino en los sábados de la vigilia de Pascua y de Pentecostés, aquellos que habían de recibirlo eran obligados a dar antes su nombre, para que se les pusiese en la matricula de los que habían de ser bautizados, y el obispo y clero hiciesen con ellos aquellas diligencias preparatorias, exámenes, escrutinios y ceremonias que se usaban, como se ha insinuado en el cap. IX del lib. I, y se dirá mas abajo.



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Finalmente, cuando llego la hora de hacer la profesión de la fe (que en Roma es costumbre hacerla en presencia de todos los fieles que concurren, con ciertas y determinadas palabras aprendidas de memoria y pronunciadas desde un lugar eminente por los mismos que han de recibir en el Bautismo vuestra gracia), le propusieron a Victorino los sacerdotes, según contaba Simpliciano, que hiciese aquella profesión de fe secretamente, como se solía conceder también a algunos de quienes se juzgaba que por vergüenza se retraían de hacerlo en público, pero que él prefirió hacer la profesión de la fe y de la doctrina de su salud públicamente y a presencia de aquella multitud de fieles, conociendo que su salvación no estaba en la retorica, que enseñaba, ni en los errores que hasta entonces había profesado públicamente en Roma. Y a la verdad, ¡cuanto menos tenía que temer al manso rebano vuestro al decir y pronunciar vuestras palabras el que usando de las suyas propias no había temido ni respetado ni tropas enteras de locos!

Así, luego que subió al sitio determinado para hacer la profesión de la fe, todos los que allí estaban, según que cada uno le iba conociendo (77), mutuamente unos a otros le iban nombrando con ruidosa aclamación de enhorabuenas. Pero ¿quién había allí que no le conociese? Así entre todos formaban una voz y murmullo, con que alegres y festivos, decían ¡Victorino, Victorino! Tan presto como se levanto aquel murmullo con la alegría que causo a todos el verle, tan presto ceso repentinamente con el deseo de oírle. Pronuncio él con noble y excelente confianza su protestación de la fe verdadera, y todos querían arrebatarle y meterle dentro de sus corazones, y efectivamente lo conseguían con el amor y el gozo que mostraban: estos afectos eran las manos que le arrebataban y metían dentro de las almas.

(77) La ciencia de Victorino y sus escritos, sus discípulos y la estatua que se había erigido para su memoria en la plaza de Trajano le hacían sumamente célebre y famoso. Él profeso la retorica en Roma, no solamente bajo el imperio de Constantino, como se ha dicho antes, sino también en el imperio de Constancio y de Juliano Apostata. El tratamiento que se le daba era el de clarísimo, título que no se daba sino a los senadores y a las personas de la primera distinción y clase.


Capítulo 1II


Agustin - Confesiones 718