Agustin - Confesiones 805

Capítulo 1II

Como Dios y los santos ángeles se alegran mucho de la conversión de los pecadores


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¡Oh buen Dios!, ¿de dónde, Señor, proviene que un hombre se alegra mucho mas de la salud de un alma que estaba sin esperanza de vida, o que se ha libertado de un peligro grande, que si siempre hubiera estado con esperanza de su salud eterna, o hubiera sido mayor el peligro en que se hallaba? También Vos, Señor, Padre misericordioso, mostráis mayor alegría por un solo pecador que hace verdadera penitencia, que por noventa y nueve justos que no la necesitan. Y nosotros con mucho regocijo oímos decir a San Lucas cuan grande es la alegría de los ángeles viendo que la oveja perdida vuelve a su rebano llevándola el pastor sobre sus hombros; y como dan el parabién las vecinas a la mujer que hallo aquella dracma que había perdido, y se vuelve a guardar en vuestro tesoro, y nos hace llorar de puro gozo la grande fiesta que hay en vuestra casa cuando en ella se refiere de vuestro hijo menor: Que había muerto y resucito, que se había perdido y volvió a parecer. Lo cual demuestra que Vos, Dios mío, os alegráis en nosotros, y en vuestros ángeles en cuanto somos santificados por una caridad santa, porque Vos, considerado solamente en Vos, siempre sois el mismo sin mudanza ni variedad alguna, que siempre y de un mismo modo conocéis todas las cosas, aunque ellas no sean siempre ni de un mismo modo existan.

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Pues ¿qué es, Dios mío, lo que pasa en el alma cuando se alegra mucho mas con las cosas que ama si las cosas que ama si las halla o recobra, que si siempre las hubiera poseído sin perderlas? Y esto mismo lo contestan también las demás cosas, todas llenas de testimonios y ejemplos que lo comprueban, clamando y diciendo: Así sucede, así es.

Triunfa un emperador cuando ha vencido; y no venciera si no hubiera peleado; y cuanto mayor fue el peligro en la batalla, tanto es mayor en el triunfo la alegría.

Acomete una tempestad a los navegantes, y al verse amenazados del naufragio, todos se ponen pálidos del miedo de la muerte, que consideran cercana, pero serénase el cielo y tranquilizase el mar, y todos se regocijan sumamente, porque también sumamente temieron.

Cae enferma una persona amada, y el pulso indica una calentura maligna y peligrosa, con lo cual todos los que desean su salud enferman igualmente, en cuanto a la pena y sentimiento que tienen en su alma. Hallase mejor y fuera de peligro, pero todavía no se ha restablecido ni ha recobrado sus antiguas fuerzas, y ya se alegran mucho mas de aquella mejoría que de la salud y robustez que antes gozaba. Aun los mismos deleites comunes y ordinarios de la vida humana los consiguen los hombres mediante algunos disgustos y molestias, no de las imprevistas y que les sobrevienen sin quererlas, sino procuradas y buscadas voluntariamente y de propósito. No hay deleite en el comer y beber, sin que preceda la molestia del hambre y de la sed, y por esto los bebedores de vino comen algunos bocadillos salados, con que se excita una sequedad y ardor molesto, que con beber se apaga, y al apagarse deleita. También es costumbre bien establecida que las mujeres tratadas de casar no las entreguen sus deudos y parientes a los que han de ser sus maridos inmediatamente que se hayan desposado, para que suspirando por ellas algún tiempo mientras son sus esposos, las amen y estimen mas cuando maridos.

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Esto mismo sucede en el deleite que es torpe y execrable; esto mismo en el que es lícito y permitido; esto mismo en la más pura, honesta y sincerísima amistad, y finalmente, esto mismo sucedió en la conversión de aquél que estaba muerto y resucito, que se había perdido y pareció. Siempre a la mayor alegría precede mayor molestia. Mas ¿de qué proviene esto, Dios y Señor mío, cuando Vos no solamente sois para Vos mismo un sumo gozo inalterable y eterno, sino también algunas criaturas reciben de Vos y en Vos una alegría y felicidad perpetua? ¿En qué consiste que en las cosas de acá abajo hay esta alternativa de atrasos y adelantamientos, de enemistades y reconciliaciones? ¿Es acaso esta variedad propia de su ser y lo que solamente concedisteis a estas cosas cuando desde lo más alto de los cielos hasta lo más profundo de la tierra, desde el principio del tiempo hasta el fin de los siglos, desde el ángel supremo hasta el mas vil gusanillo, desde el primer movimiento que hubo hasta el último que ha de haber, ordenasteis todos los géneros de bienes y todas vuestras obras cabales y perfectas, dándoles a todas sus convenientes lugares y distribuyéndolas en sus propios tiempos? ¡Ay de mí, Dios mío!, ¡qué investigable grandeza tenéis en las cosas grandes, y qué impenetrable profundidad en las pequeñas! ¡Vos nunca os apartáis de vuestras criaturas, y con todo eso, apenas andamos lo bastante para llegar a Vos!

Capítulo 1V

Por qué razón debemos alegrarnos más con la conversión de aquellos pecadores que son personas nobles y principales


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¡Ea, Señor, hacedlo Vos todo, excitadnos y volved a llamarnos, encendednos y arrebatadnos, arded en nosotros y comunicadnos vuestras dulzuras, para que os amemos y corramos tras de Vos!

¿No es cierto que vuelven a Vos muchos que estaban en un abismo de ceguedad más profundo que aquél en que se hallaba Victorino, y se acercan a Vos y son iluminados, recibiendo aquella luz que a los que la reciben les da juntamente potestad para hacerse hijos vuestros? Pero si éstos que se convierten a Vos son poco conocidos en los pueblos, aun aquellos pocos que los conocen reciben menor alegría, porque cuando la alegría es de muchos, viene a ser mayor en cada uno de ellos, porque se la aumentan y comunican mutuamente los unos a los otros. A esto se añade que la conversión de los muy conocidos y famosos es de grande peso y autoridad para que muchos procuren su salvación y vengan también muchos a seguir su ejemplo. Por esto aun aquellos que los han precedido se alegran mucho con la conversión de semejantes sujetos, porque la alegría que reciben no es por ellos solos, sino por todos los demás que han de imitarlos. No quiero decir con esto que en vuestra casa, Señor, sean más bien recibidas las personas ricas y nobles que las pobres y plebeyas, pues antes bien Vos mismo elegisteis los endebles y flacos del mundo, para confundir a los fuertes y poderosos; y las cosas viles y despreciables de este mundo, y que son como si no fueran, las escogisteis para deshacer con ellas las que son principales en la estimación del mundo.

Pero no obstante esta doctrina, el mismo Apóstol, por cuya boca nos enseñasteis estas verdades, el cual se llama a sí mismo el menor de vuestros

Apóstoles, teniendo antes el nombre de Saulo, quiso tomar el de Pablo (78), para blasón y señal de aquella grande victoria que consiguió, cuando con las armas de su predicación venció y domo la soberbia del procónsul Pablo y le redujo a sujetarse al suave yugo de vuestro Hijo, Jesucristo, y a ser fiel vasallo y tributario humilde del Rey de todos los reyes. Porque más vencido queda el enemigo del género humano cuando se le quita uno a quien tenía más poseído y por quien poseía otros muchos; y cuanto más poseídos tiene a los grandes por su orgullo y soberbia, tanto más por el influjo de éstos posee a otros por medio de su ejemplo y autoridad.

Por eso, cuanto más gustosamente se consideraba el estado presente de Victorino, cuya alma había sido antes un castillo inexpugnable de que el demonio se había señoreado y de cuya lengua se había servido como de grande y aguda saeta para matar a muchos, tanto mayores demostraciones de gozo y alegría debían hacer vuestros hijos los fieles, viendo al fuerte aprisionado ya por nuestro Rey poderoso, que después de quitarle los despojos que había hecho y las armas de que se había servido, lo lavo y purifico todo, para que no solamente se pudiese emplear en honor vuestro, sino también ser útil y provechoso para cualquier obra buena.

(78) De este mismo sentir es San Jerónimo, diciendo que el Apóstol tomo entonces el nombre de Pablo para memoria del triunfo grande que había conseguido, mediante la gracia y favor de Jesucristo Señor Nuestro, convirtiendo a la fe al dicho Paulo Sergio, procónsul de la isla de Chipre, lo cual sucedió en el año 45 de Jesucristo. Otros dan otras razones para que tomase el nombre de Pablo, que se pueden ver en Baronio, al año 36 de Cristo.


Capítulo V

Qué cosas eran las que detenían a Agustín para no acabar de convertirse a Dios


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Luego que vuestro siervo Simpliciano me hizo esta relación de Victorino, me encendí en deseos de seguir su ejemplo, y con este fin me había él referido aquella historia. Pero después que prosiguió diciendo como en tiempo del emperador Juliano se promulgo aquella ley rigurosa contra los cristianos, en la cual se les prohibía que enseñasen letras humanas y retorica, y que Victorino, conformándose con dicha ley, quiso mas abandonar la cátedra en que enseñaba la elocuencia, que dejar vuestra divina palabra, con qué hacéis discretas y elegantes aun las lenguas de los niños que no saben hablar, me pareció que no había sido en esto tan fuerte y valeroso Victorino, como feliz y dichoso por hallar una ocasión tan oportuna para dedicarse únicamente a Vos.

Esto era lo que yo anhelaba y por lo que suspiraba, pero estaba aprisionado no con grillos ni cadenas de hierros exteriores, sino con la dureza y obstinación de mí propia voluntad. El enemigo estaba hecho dueño de mí voluntad y había formado de ella una cadena, con la cual me tenía estrechamente atado. Porque de haberse la voluntad pervertido, paso a ser apetito desordenado; y de ser éste servido y obedecido, vino a ser costumbre; y no siendo ésta contenida y refrenada, se hizo necesidad como naturaleza. De estos como eslabones unidos entre sí se formo la que llamé cadena, que me tenía estrechado a una dura servidumbre y penosa esclavitud.

Y aquella nueva voluntad que comenzaba yo a tener de serviros graciosamente y gozar de Vos, Dios mío, que sois el único y verdadero gozo, no era bastante fuerte todavía para vencer la otra voluntad primera, que con el tiempo se había hecho robusta y poderosa. Así, estas dos voluntades, una antigua y otra nueva, aquélla carnal, esta otra espiritual, batallaban entre sí, y con discordia disipaban y destruían a mi alma.

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Este combate que yo experimentaba en mí mismo me hacia entender claramente aquella sentencia que había leído en el Apóstol, que refiere como la carne tiene deseos contrarios al espíritu y el espíritu los tiene contrarios a la carne. Yo, verdaderamente, era el que obraba en uno y otro deseo, pero mas estaba yo en aquél que aprobaba en mí mismo, que en el otro, que en mí desaprobaba, por cuanto en éste mí voluntad no obraba con la misma eficacia, pues por la mayor parte mas era padecerlo, con repugnancia y violencia, que ejecutarlo espontáneamente. Pero ello es cierto que yo había sido la causa de estas superiores fuerzas que la costumbre tenía contra mí, pues queriendo yo, había llegado a un estado en que no quisiera hallarme. Y siendo esto así, ¿cómo pudiera con razón quejarme del estado en que me veía, siendo una pena justa que corresponde al que peca?

Ya no me podía valer aquella excusa con que antes solía persuadirme a mí mismo que el no acabar de despreciar el mundo y dedicarme a serviros consistía en que aun no estaba cierto de haber hallado la verdad, porque entonces ya lo estaba. Mas atado todavía a las cosas de la tierra, rehusaba alistarme en vuestra sagrada milicia; y tanto temía el librarme de todos los impedimentos que me lo estorbaban cuanto debiera temer el no estar libre de ellos.

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Así, con la pesada carga de las cosas del mundo me hallaba gustosamente oprimido, como sucede con un pesado sueno; así como los pensamientos con que meditaba en Vos eran semejantes a los esfuerzos que hacen para despertar los que están muy dormidos, que no pudiendo vencer aquella gana vehemente de dormir, vuelven a sumergirse en lo profundo del sueno. Y del mismo modo que no hay hombre alguno que quisiese estar siempre durmiendo, enseñándonos el buen juicio que es mejor velar que dormir, mas esto no obstante, dilata algunas veces el hombre el sacudir el sueno, cuando le tiene rendido, ocupados y entorpecidos sus miembros; y aunque le desagrada dormir tanto y sea llegada la hora de levantarse, vuelve a tomar el sueno con mas gusto, así yo estaba muy cierto de que era mejor entregarme a vuestro amor que rendirme a mis deseos y apetitos. Aquello me agradaba, pero sin acabar de vencerme y estotro tanto me deleitaba, que me ataba.

No tenía verdaderamente qué responderos cuando os dignabais decirme por el Apóstol: Levántate de ese profundo sueno en que te hallas, acaba de salir de entre los muertos y recibirás la luz de Jesucristo. Y como por todas partes me hacíais conocer que todo cuanto me decíais era verdad; convencido de ella no tenía absolutamente qué responder, sino aquellas palabras lentas y soñolientas: Luego al punto, si, luego al instante: déjame estar otro ratito. Pero este luego no tenía término y el déjame otro ratito iba muy largo.

En vano me deleitaba en vuestra ley con mi alma, que es el hombre interior, porque otra ley que reside en los miembros corporales repugnaba y contradecía a la ley de mí espíritu, y me llevaba cautivo a la del pecado, la cual estaba en los miembros de mí cuerpo. Porque ley es del pecado la fuerte violencia de una costumbre, que arrastra y sujeta al alma a pesar suyo, en justa pena de haber ella caído voluntariamente en aquella costumbre.

Pues hallándome en tan miserable estado, ¿quién me había de librar del cuerpo de esta muerte, sino vuestra divina gracia por los méritos de Jesucristo Señor nuestro?

Capítulo VI

Cuéntale Ponticiano la vida de San Antonio abad


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También quiero referir el modo con que me librasteis de aquel lazo estrechísimo con que el deseo de mujer me tenía fuertemente atado y de la servidumbre en que me tenían los cuidados y negocios seculares, para alabar por ello vuestro nombre, Dios y Señor mío, mí amparo y Redentor.

Vivía yo padeciendo siempre mayores congojas, y todos los días suspiraba en vuestra presencia; frecuentaba vuestra iglesia cuanto me lo permitían los negocios y ocupaciones que tenía sobre mí y bajo de cuyo peso gemia.

Estaba conmigo Alipio, desocupado entonces, y sin tener que trabajar en su empleo y facultad de jurista, después de haber sido tres veces asesor del magistrado, y aguardando otros a quienes vender sus pareceres y consejos, así como yo vendia la elocuencia, si alguna se puede comunicar con enseñarla.

Nebridio no pudo negar a nuestra amistad el encargarse de sustituir en la cátedra de gramática que tenía Verecundo, familiarísimo amigo nuestro y ciudadano de Milán, el cual deseaba mucho, y lo pedía encarecidamente por la ley de nuestra amistad, que alguno de nosotros le ayudase fielmente en aquel ministerio, porque lo necesitaba en extremo. Nebridio, pues, aunque se encargo de esto, no fue movido de interés, ni por el deseo de mayores conveniencias, porque si él quisiera aprovecharse para eso de su literatura, las hubiera logrado mucho más ventajosas, sino que por ser él un amigo dulcísimo y suavísimo, no quiso desatender nuestra suplica sino condescender a nuestro ruego por este acto de su benevolencia. Se portaba Nebridio en aquel cargo con gran prudencia y cautela, precaviéndose de ser conocido de los grandes y poderosos del mundo y evitando todo lo que por causa de ellos pudiera inquietar a su espíritu, al cual quería tener libre y desembarazado de otros asuntos, para emplearle cuantas más horas pudiese en inquirir, en leer o en oír alguna cosa perteneciente a la sabiduría.

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Un día, pues, estando ausente Nebridio (no me acuerdo por qué causa), vino a nuestra casa, donde estábamos Alipio y yo, un paisano nuestro, porque era natural de África, llamado Ponticiano, sujeto principal (79) y distinguido en palacio, y no sé por cierto qué era lo que nos quería. Sentámonos para hablar, y sobre una mesa de juego que había delante de nosotros había por casualidad un libro. Viole Ponticiano, lo tomo, lo abrió y hallo que eran las cartas de San Pablo, lo que le sorprendió mucho, porque él juzgo que sería alguno de los libros de retorica, cuya profesión me agobiaba y consumía. Entonces él se sonrió hacia mí, mirándome como quien se complacía y me daba la enhorabuena, pero extrañando y admirándose de que cogiéndome desprevenido hubiese encontrado delante de mí aquel libro, y ese único y solo, pues él era fiel cristiano, y muy a menudo acudía a vuestra iglesia, Dios mío, donde postrado ante vuestra divina Majestad, os hacia frecuentes y largas oraciones. Así fue que habiéndole yo dicho que aquellas Escrituras me ocupaban con preferencia a todo otro cuidado, comenzó a hablarnos de Antonio, monje de Egipto, cuyo nombre era famoso y celebrado entre vuestros siervos, aunque hasta entonces había sido ignorado de nosotros. Viendo él que esta especie nos era tan nueva, se detuvo y extendió más en la plática, para hacernos conocer a tan grande hombre, de quien estábamos enteramente ignorantes, admirándose él de esta ignorancia nuestra. Nosotros nos espantábamos oyendo la relación de tantas y tan estupendas maravillas, como acababais de obrar en el gremio de los que profesan la verdadera fe, y dentro de la católica Iglesia, las cuales, además de ser muy probadas y certísimas, estaban tan recientes, que habían sucedido casi en nuestros días. Por eso nos admirábamos a un tiempo nosotros y Ponticiano; nosotros, por ser aquellas cosas tan grandes y extraordinarias; y él, porque eran para nosotros tan nuevas e inauditas.

(79) Diciendo San Agustín que Ponticiano proeclare in palatio militabat, da a entender que tenía uno de los empleos más honoríficos de palacio. Porque primeramente se ha de suponer que entre los romanos todo oficio y servicio público se llamaba entonces militia, y el ejercerlo militare; y que solamente había tres géneros de servir o militar de este modo: el primero y más honroso era el militar o servir en palacio, y se llamaba militia palatina; el segundo era el militar y servir en todo lo concerniente a la guerra, y se llamaba militia castrensis sive armata; y el tercer género venía a ser el seguir la carrera de las letras, como leyes, artes, etc., y se llamaba militia cohortis sive togata, a cuya clase pertenecían los jueces, prefectos, presidentes, abogados, curiales y otros semejantes, como dicen Gotofredo y Valesio, citados por Selvagio, en las Antigüedades cristianas, lib. I, pag. 2, cap. IV, § III, n. 10. De donde infiero que Ponticiano, que seguía la milicia o servidumbre palatina, era uno de los sujetos más visibles y considerados de palacio.



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De aquí vino a parar su conversación en tratar de los muchos monjes congregados en los monasterios, de las costumbres y método de vida que observan los que siguen mas de cerca vuestra divina ley; y finalmente de los muchos penitentes, virtuosos y santos varones que poblaron las soledades del yermo, de todo lo cual no sabíamos nosotros cosa alguna. Y no solo esto, sino que en la misma Milán, fuera de los muros de la ciudad, había un monasterio lleno de buenos y virtuosos frailes (80), de cuya dirección y sustento cuidaba el obispo Ambrosio; y tampoco lo habíamos sabido. Proseguía Ponticiano hablando aun del mismo asunto, y nosotros le oíamos con atención y silencio, contándonos entre otras cosas que hallándose una vez en la ciudad de Tréveris, mientras que el emperador asistía al espectáculo de los juegos circenses, que se tenían después del mediodía, se había salido con otros tres amigos y compañeros suyos a pasear por unas huertas que estaban contiguas a los muros de la ciudad, y que estando en ellas se pusieron a pasear de dos en dos, según los combino entre sí la casualidad. Ponticiano con uno de ellos echó por una parte y los otros dos echaron por otra, y se fueron alejando los unos de los otros. Los primeros, siguiendo su paseo sin rumbo ni camino determinado, vinieron a parar en una pobre casilla en que habitaban algunos de vuestros siervos que profesan la pobreza de espíritu, de los cuales es el reino de los cielos, y allí encontraron un libro en que estaba escrita la vida del santo abad Antonio. Comenzó a leerla el uno de ellos y comenzó también a admirarse y encenderse en devoción; al mismo tiempo que leía, iba pensando en abrazar aquel genero de vida, para emplear la suya en serviros a Vos únicamente, dejando todos los empleos y ocupaciones del siglo, donde eran aquellos dos compañeros agentes (81) de negocios. Y repentinamente lleno de un amor santo y religioso pudor, enojándose contra sí mismo, volvió los ojos para mirar al otro amigo suyo, hablándole de este modo: "Ruégote, hombre, que me digas, ¿adónde aspiramos y pretendemos llegar nosotros con todas nuestras fatigas y trabajos?, ¿qué es lo que buscamos?, ¿cuál es el fin con que seguimos a la corte? ¿Podrá nuestra esperanza prometerse mayor fortuna en palacio que llegar a ser amigos del emperador?, ¿y qué hay en ese punto que no sea frágil, de corta duración y lleno de peligros? ¿Y por cuantos peligros hay que pasar precisamente para llegar a ese peligro más grande? ¿Y cuanto tiempo fuera necesario para conseguir eso siendo así que si quiero ser amigo de Dios, en este mismo instante lo puedo ser?" Dichas estas palabras, y como atribulado con el proyecto que había concebido de mudar de vida, volvió los ojos al libro, y conforme iba leyendo, se iba mudando en su interior, adonde solamente vuestros ojos podían penetrar, y su alma se iba desnudando de los afectos del mundo, como se mostro después. Porque mientras leyó y se agito su corazón con las olas de varios afectos y pensamientos, dio algunos grandes sollozos y suspiros, y conoció claramente lo que le estaba mejor, y determino seguirlo; y hecho ya amigo vuestro, hablo de esta suerte al otro amigo suyo: "Yo estoy ya enteramente separado de todo lo que hasta ahora fue el objeto de nuestras esperanzas; estoy resuelto a servir a Dios y quiero comenzar desde este punto, y en este mismo sitio. Si tú no te hallas en estado de seguir mí ejemplo no quieras oponerte a mí designio". El otro le respondió que quería serle compañero en tan digna servidumbre y en recibir el gran premio que le corresponde. Así quedándose entrambos a ser vuestros siervos, comenzaron a edificar la torre de perfección evangélica con el caudal que tenía proporcionado para la obra, y consistía en dejar todas las cosas del mundo y seguiros a Vos.

Mientras tanto Ponticiano y su compañero, que se paseaban por otras partes de la huerta, después de haberlos andado buscando algún tiempo, llegaron a aquella misma casilla; y habiéndolos hallado, les dijeron que ya era hora de volverse, porque se iba acabando la tarde. Pero ellos, después de referirles la determinación y propósito que tenían y el modo con que había comenzado aquella voluntad, y llegado a ser firme resolución, les suplicaron, que si no querían quedarse a acompañarlos, no les molestasen tirando a disuadirlos. Mas estotros, no moviéndose con nada de esto a mudar su método antiguo, se lloraron a sí mismos por verse tan poco fervorosos, como Ponticiano refería; y después de darles piadosas enhorabuenas por su determinación y encomendarse a sus oraciones, llevando el corazón inclinado a lo terreno, se volvieron a palacio, quedándose les otros dos en la casilla con sus corazones fijados en el cielo.

Y es de notar que estos dos estaban ya desposados; y luego que sus esposas supieron aquella determinación de los que habían de ser sus maridos, imitaron su ejemplo y consagraron a Vos, Dios mío, su virginidad.

(80) En este monasterio fue donde Joviniano y otros compañeros de su impiedad estuvieron algún tiempo, disimulando con el nombre católico su maldad y cubriendo con el hábito de frailes sus perversas intenciones. Pero a poco tiempo, como dice Baronio, los arrojo de si aquella santa casa, como el mar arroja los cadáveres a la orilla. Baron A. C. 382. También allí profesaron la vida monástica Sarmaciano y Barbación, que dieron mucho que sentir al gran padre San Ambrosio y al prelado de dicho monasterio, por la vida desarreglada que tenían y la mala doctrina que enseñaban.

(81) Agentes de los negocios del emperador. No se ha de entender que fuesen semejantes a los que ahora llamamos agentes de negocios, porque éstos solo tienen los poderes y hacen las veces de toda clase de personas particulares, pero el empleo de aquellos consistía en llevar ellos mismos las ordenes del emperador y hacerlas obedecer y ejecutar.

Había cinco clases de estos agentes: ducenarios, centenarios, biarcos, circitores y caballeros. Véase al citado Gotofredo sobre el Cod. Theod., título I, pagina 164.

Capítulo VII

Como interiormente se deshacía Agustín, al oír esta relación de Ponticiano


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Todo esto nos contaba Ponticiano, y mientras él lo estaba refiriendo, Vos, Señor, me obligabais a que volviese en mí y me considerase, haciendo que todo el feo semblante de mí mala vida, que yo había echado a las espaldas por no verme, se me pusiese delante de mí, para que viese cuan feo era, cuan descompuesto y sucio, manchado y lleno de llagas. Yo me veía y me horrorizaba y no tenía adonde huir de mí mismo. Si procuraba apartar de mí la vista, prosiguiendo Ponticiano su relación, volvíais a ponerme enfrente de mí y hacíais que me viese y me mirase a mí mismo, para que claramente conociese mí maldad y la aborreciese. Bien la conocía yo, pero disimulaba: pasaba por ella y la olvidaba.

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Sin embargo, en aquella ocasión, cuanto más me encendía en amor de aquellos de quienes oía tan santos y saludables ejemplos, porque enteramente se habían entregado a Vos para que los sanarais, tanto más me abominaba y aborrecía a mí mismo, comparándome con ellos. Porque ya habían pasado muchos años (creo que eran doce) desde que a los diecinueve de mí edad, habiendo leído el Hortensio de Cicerón, me sentí excitado al amor y deseo de la verdadera sabiduría, pero desde entonces había ido dilatando el dedicarme a investigarla, mediante el desprecio de toda felicidad terrena; siendo así que aquella sabiduría es tan grande, que no solamente su adquisición, sino también su inquisición se debe anteponer a la posesión de los tesoros y reinos del mundo, y a toda especie de deleites que voluntaria y abundantemente pueda gozar el cuerpo. Mas yo, infeliz joven, y en sumo grado infeliz, desde el principio mismo de mi juventud os había pedido castidad, diciendo: Dadme, Señor, castidad y continencia, pero no ahora. Porque yo temía que despachaseis luego al punto mí petición, y luego al punto que sanaseis de la enfermedad de mí concupiscencia, la cual más quería ver la saciada que extinguida. Y además de eso, había yo seguido las torcidas sendas de una religión y doctrina supersticiosa y sacrílega, no de suerte que asintiese a ella con certidumbre, sino prefiriéndola a las demás doctrinas ciertas, las cuales en vez de investigarlas con piedad, las impugnaba con ojeriza y encono.

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También antes me había parecido que el motivo que me hacia diferir de día en día el seguiros a Vos únicamente, despreciando la esperanza del siglo, era porque no se me descubría alguna cosa cierta hacia donde pudiese yo enderezar los pasos de mi vida. Pero al fin llego el día en que mi corazón se me manifestase desnudo y sin rebozo, y mí conciencia me reprendiese diciendo: ¿Qué respondes ahora? Tu decías que por no tener certeza de la verdad rehusabas arrojar de ti la pesada carga de vanidad. Ya al presente conoces la verdad y todavía la vanidad te oprime; cuando otros que ni se han consumido como tu inquiriendo la verdad, ni han gastado diez años y mas en reflexiones y disgustos para hallarla, en lugar de sentir peso en sus hombros, han cobrado alas con que volar en su seguimiento. De este modo me consumía interiormente y se cubría mi alma de una vehemente y horrible confusión y vergüenza, mientras que Ponticiano refería aquellas cosas.

Pero acabada la plática, y concluido el negocio a que venía, se volvió a marchar. Y yo vuelto a mí entonces, ¿qué cosas no dije contra mí? ¿Con qué aspereza de sentenciosas palabras no castigué y estimulé a mi alma, para que ella ayudase los esfuerzos que yo hacía para irme tras de Vos? Ella lo rehusaba y resistía, pero no se excusaba. Todos los argumentos y pretextos que hasta entonces había alegado estaban ya confutados y deshechos, y le había quedado solamente un temor mudo que no explicaba, y consistía en que temía como el morir el apartarse de la corriente de su costumbre, que la consumía y llevaba a la perdición eterna.

Capítulo VIII

Como Agustín se retiro a un huerto de su casa, y lo que en él le sucedió


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Entonces en medio de aquella gran contienda que en lo mas íntimo de mi corazón había yo excitado y sostenido fuertemente con mi alma, lleno de turbación, así en el ánimo como en el rostro, me volví hacia Alipio atropelladamente, y exclamé diciendo: ¿Qué es esto que pasa por nosotros?, ¿qué es lo que nos sucede?, ¿qué es esto que has oído? Levantanse de la tierra los indoctos y se apoderan del cielo, ¿y nosotros, con todas nuestras doctrinas, sin juicio ni cordura, nos estamos revolcando en el cieno de la carne y sangre? ¿Por ventura nos da vergüenza el seguirlos, porque ellos van delante de nosotros? ¿Y no tendremos vergüenza siquiera de no seguirlos?

Dije no sé qué otras cosas de este modo, y arrebatado del ímpetu de mí interior congoja me aparté de Alipio, que sin hablarme palabra, atónito y espantado, me miraba, ya porque no hablaba yo las cosas que solía, ya porque echaba él de ver que con mí semblante, con las mejillas, con los ojos, con el color, con el tono de la voz, explicaba yo más bien el estado de mi alma que con las palabras y sentencias que decía.

Había un pequeño huerto en la posada donde estábamos, del cual como también de toda la casa usábamos libremente, porque nuestro huésped y dueño no habitaba en ella. A este huerto me condujo el desasosiego de mi corazón, para que nadie impidiese la encendida guerra que contra mí mismo había yo comenzado, hasta que se acabase del modo que solo Vos sabíais, pues yo mismo lo ignoraba, y no hacía más que enloquecerme con una locura que me era saludable, y padecer las ansias de una muerte que me daba la vida, conociendo solamente lo que en mí había de malo e ignorando lo que de allí a poco había de tener de bueno.

Retíreme, pues, al huerto, siguiéndome Alipio sin apartarse de mí un paso, porque aunque él estuviese conmigo, no me estorbaba para estar solo. ¿Y como había de dejarme, viéndome en aquel estado? Sentamonos lo más lejos que pudimos de la casa y allí bramaba yo, enfurecido e irritado contra mí mismo, reprendiéndome con un enojo inquietísimo el que retardase el ir a abrazarme con Vos, Dios mío, cumpliendo vuestra voluntad y ley, como todos mis sentidos interiores y exteriores, todas mis facultades y potencias me persuadían y clamaban que debía ejecutarlo, elevando hasta el cielo con los mayores elogios esta noble empresa; siendo así que el ir a Vos no había de ser con naves ni carrozas, ni siquiera había que andar tan pocos pasos como los que habíamos dado desde la casa hasta el paraje en que estábamos. Porque no solo para ir caminando hacia Vos, sino también para llegar a Vos, bastaba solamente el querer ir, siendo un querer perfecto y eficaz, y no una voluntad mudable y achacosa, que de una parte a otra anda variando agitada y sin firmeza, cuyas partes inferior y superior están desavenidas y luchando una con otra.

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Finalmente, entre las ansias que padecí en aquel tiempo que tardé en resolverme, ejecuté con los miembros de mí cuerpo muchas y variadas acciones, que algunas veces quieren los hombres ejecutarlas y no pueden, o porque les faltan aquellos miembros, o porque los tienen aprisionados, o sin bastantes fuerzas por alguna enfermedad, o por tenerlos de cualquier modo impedidos. De modo, que si en aquel lance me arranqué (82) los cabellos, si me herí la frente, si con las manos cruzadas me apreté las rodillas, fueron acciones que las hice por querer yo hacerlas; y pudo haber sucedido que quisiese ejecutarlas y no las ejecutase, porque los brazos y manos con que las había de ejecutar no me obedeciesen. Hice, pues, entonces muchísimas acciones, no obstante que no era lo mismo el querer, que el poder hacerlas; y no hacia lo que me agradaba mucho más que todo aquello sin comparación alguna, siendo así que luego que hubiera querido, hubiera podido también ejecutarlo, porque era imposible que no quisiese lo que efectivamente quería; y respecto de los actos de la voluntad, lo mismo es el querer que el poder, pues aun el mismo acto de querer ya es hacer y ejecutar; con todo eso no se hacía en aquella ocasión lo mismo que quería mí voluntad.

De modo que más fácilmente obedecía el cuerpo a la más leve insinuación del alma, moviéndose todo él luego al punto a su mandato, sin resistencia ni dilación alguna, que ella propia se obedecía a sí misma en cumplir aquella grande e importante voluntad, que solamente con su voluntad misma había de cumplirse y perfeccionarse.

(82) Es menester inferir de este pasaje que la turbación y aflicción en que se hallaba su alma en aquella lucha que tuvo consigo mismo en el huerto le obligaba a hacer todas estas acciones que aquí dice, y otras semejantes.


Capítulo 1X


Agustin - Confesiones 805