Audiencias 2008 7


Miércoles 23 de enero de 2008

La Semana de oración por la unidad de los cristianos

Queridos hermanos y hermanas:

Estamos celebrando la Semana de oración por la unidad de los cristianos, que se concluirá el viernes próximo, 25 de enero, fiesta de la Conversión del apóstol san Pablo. Los cristianos de las diferentes Iglesias y comunidades eclesiales se unen en estos días en una invocación común para pedir al Señor Jesús el restablecimiento de la unidad plena entre todos sus discípulos.

8 Es una súplica concorde, hecha con una sola alma y un solo corazón, respondiendo al anhelo mismo del Redentor, que en la última Cena se dirigió al Padre con estas palabras: "No ruego sólo por estos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17,20-21). Al pedir la gracia de la unidad, los cristianos se unen a la oración misma de Cristo y se comprometen a obrar activamente para que toda la humanidad lo acoja y lo reconozca como al único Pastor y Señor, y de este modo pueda experimentar la alegría de su amor.

Este año, la Semana de oración por la unidad de los cristianos asume un valor y un significado particulares, porque celebra su primer centenario. Desde sus inicios se reveló una intuición verdaderamente fecunda. Fue en el año 1908: un anglicano estadounidense, que después entró en la comunión de la Iglesia católica, fundador de la Society of the Atonement (Comunidad de hermanos y hermanas del Atonement), el padre Paul Wattson, juntamente con otro episcopaliano, el padre Spencer Jones, lanzó la idea profética de un octavario de oraciones por la unidad de los cristianos.

La idea fue acogida favorablemente por el arzobispo de Nueva York y por el nuncio apostólico. Después, en 1916, el llamamiento a rezar por la unidad se extendió a toda la Iglesia católica gracias a la intervención de mi venerado predecesor el Papa Benedicto XV, con el breve Ad perpetuam rei memoriam. La iniciativa, que mientras tanto había suscitado gran interés, progresivamente se fue consolidando por doquier y, con el tiempo, fue precisando su estructura, desarrollándose gracias a la aportación del abad Couturier (1936).

Más tarde, cuando sopló el viento profético del concilio Vaticano II, se sintió aún más la urgencia de la unidad. Después de la asamblea conciliar continuó el camino paciente de la búsqueda de la comunión plena entre todos los cristianos, camino ecuménico que año tras año ha encontrado precisamente en la Semana de oración por la unidad de los cristianos uno de los momentos más relevantes y fecundos.

Cien años después del primer llamamiento a rezar juntos por la unidad, esta Semana de oración se ha convertido ya en una tradición consolidada, conservando el espíritu y las fechas escogidas al inicio por el padre Wattson. Las escogió por su carácter simbólico. En el calendario de ese tiempo, el 18 de enero era la fiesta de la Cátedra de San Pedro, que es fundamento firme y garantía segura de unidad de todo el pueblo de Dios, mientras que el 25 de enero, tanto entonces como hoy, la liturgia celebra la fiesta de la Conversión de San Pablo.

A la vez que damos gracias al Señor por estos cien años de oración y de compromiso común entre tantos discípulos de Cristo, recordamos con gratitud al que puso en marcha esta providencial iniciativa espiritual, el padre Wattson, y también a todos los que, juntamente con él, la han promovido y enriquecido con sus aportaciones, convirtiéndola en patrimonio común de todos los cristianos.

Acabo de recordar que el concilio Vaticano II prestó gran atención al tema de la unidad de los cristianos, especialmente con el decreto sobre el ecumenismo (Unitatis redintegratio), en el que, entre otras cosas, se subrayan con fuerza el papel y la importancia de la oración por la unidad. La oración —afirma el Concilio— está en el corazón mismo de todo el camino ecuménico. "Esta conversión del corazón y santidad de vida, junto con las oraciones públicas y privadas por la unidad de los cristianos, deben considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico" (Unitatis redintegratio UR 8).

Precisamente gracias a este ecumenismo espiritual —santidad de vida, conversión del corazón, oraciones privadas y públicas—, la búsqueda común de la unidad ha experimentado en estas décadas un gran desarrollo, que se ha diversificado en múltiples iniciativas: conocimiento recíproco, contacto fraterno entre miembros de diversas Iglesias y comunidades eclesiales, conversaciones cada vez más amistosas, colaboraciones en diferentes campos, diálogo teológico, búsqueda de formas concretas de comunión y de colaboración. Lo que ha vivificado y sigue vivificando este camino hacia la comunión plena entre todos los cristianos es ante todo la oración: "Orad sin cesar" (1Th 5,17) es el tema de la Semana de este año; al mismo tiempo, es la invitación que no deja de resonar nunca en nuestras comunidades para que la oración sea la luz, la fuerza, la orientación de nuestros pasos, con una actitud de humilde y dócil escucha de nuestro Señor común.

En segundo lugar, el Concilio pone de relieve la oración común, la que elevan conjuntamente católicos y otros cristianos al único Padre celestial. El decreto sobre el ecumenismo afirma al respecto: "Estas oraciones en común son un medio sumamente eficaz para alcanzar la gracia de la unidad" (Unitatis redintegratio UR 8), porque en la oración común las comunidades cristianas se ponen en presencia del Señor y, tomando conciencia de las contradicciones engendradas por la división, manifiestan la voluntad de obedecer a su voluntad, recurriendo con confianza a su auxilio omnipotente.

El decreto añade, también, que estas oraciones son "la expresión auténtica de los vínculos con que están unidos los católicos con los hermanos separados (seiuncti)" (ib.). La oración común no es, por tanto, un acto voluntarista o meramente sociológico, sino que es expresión de la fe que une a todos los discípulos de Cristo. En el transcurso de los años se ha instaurado una fecunda colaboración en este campo y desde 1968 el entonces Secretariado para la unidad de los cristianos, convertido después en Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos, y el Consejo mundial de Iglesias, preparan juntos los subsidios de la Semana de oración por la unidad, que después se divulgan conjuntamente en el mundo, cubriendo zonas que no se hubieran podido alcanzar si se actuara separadamente.

El decreto conciliar sobre el ecumenismo se refiere a la oración por la unidad cuando, precisamente al final, afirma que el Concilio es consciente de que "este santo propósito de reconciliar a todos los cristianos en la unidad de la única Iglesia de Jesucristo excede las fuerzas y la capacidad humanas. Por eso pone toda su esperanza en la oración de Cristo por la Iglesia" (Unitatis redintegratio UR 24). La conciencia de nuestros límites humanos nos lleva a abandonarnos confiadamente en las manos del Señor.

9 Si se analiza detenidamente, esta Semana de oración tiene como finalidad profunda apoyarse firmemente en la oración de Cristo, que en su Iglesia sigue rezando para que "todos sean uno... para que el mundo crea..." (Jn 17,21). Hoy percibimos claramente el realismo de estas palabras. El mundo sufre por la ausencia de Dios, por la inaccesibilidad de Dios; desea conocer el rostro de Dios. Pero, ¿cómo podrían y pueden los hombres de hoy reconocer este rostro de Dios en el rostro de Jesucristo si los cristianos estamos divididos, si uno enseña contra el otro, si uno está contra el otro? Sólo en la unidad podemos mostrar realmente a este mundo, que lo necesita, el rostro de Dios, el rostro de Cristo.

También es evidente que esta unidad no la podemos alcanzar únicamente con nuestras estrategias, con el diálogo y con todo lo que hacemos, aunque sea muy necesario. Lo que podemos hacer es ofrecer nuestra disponibilidad y nuestro deseo de acoger esta unidad cuando el Señor nos la conceda. Este es el sentido de la oración: abrir nuestro corazón, crear en nosotros esta disponibilidad que abre el camino a Cristo. En la liturgia de la Iglesia antigua, después de la homilía del obispo o del que presidía la celebración, el celebrante principal decía: "Conversi ad Dominum". A continuación, él mismo y todos se levantaban y se volvían hacia Oriente. Todos querían mirar hacia Cristo. Sólo convertidos, sólo con esta conversión a Cristo, con esta mirada común dirigida a Cristo, podemos encontrar el don de la unidad.

Podemos decir que la oración por la unidad ha impulsado y acompañado las diferentes etapas del movimiento ecuménico, especialmente a partir del concilio Vaticano II. En este período la Iglesia católica ha entrado en contacto con las diversas Iglesias y comunidades eclesiales de Oriente y de Occidente con diferentes formas de diálogo, afrontando con cada una los problemas teológicos e históricos surgidos en el transcurso de los siglos y que se han convertido en elementos de división. El Señor ha hecho que estas relaciones amistosas hayan mejorado el conocimiento recíproco, que hayan intensificado la comunión, haciendo al mismo tiempo más clara la percepción de los problemas que quedan por resolver y que fomentan la división. Hoy, en esta Semana, damos gracias a Dios que ha sostenido e iluminado el camino recorrido hasta ahora, un camino fecundo que el decreto conciliar sobre el ecumenismo describía como "surgido por el impulso del Espíritu Santo" y "cada día más amplio" (Unitatis redintegratio UR 1).

Queridos hermanos y hermanas, acojamos la invitación a "orar sin cesar" que el apóstol san Pablo dirigió a los primeros cristianos de Tesalónica, comunidad que él mismo había fundado. Y precisamente porque sabía que habían surgido discordias quiso recomendar que fueran pacientes con todos, que no devolvieran mal por mal, que buscaran siempre el bien entre ellos y con todos, permaneciendo alegres en toda circunstancia, felices porque el Señor está cerca.

Los consejos que san Pablo dio a los tesalonicenses pueden inspirar también hoy el comportamiento de los cristianos en el ámbito de las relaciones ecuménicas. Sobre todo, dice: "Vivid en paz unos con otros" y añade: "Orad sin cesar. En todo dad gracias" (cf. 1Th 5,13 1Th 5,18). Acojamos también nosotros esta apremiante exhortación del Apóstol tanto para dar gracias al Señor por los progresos realizados en el movimiento ecuménico, como para pedir la unidad plena.

Que la Virgen María, Madre de la Iglesia, alcance para todos los discípulos de su divino Hijo la gracia de vivir cuanto antes en paz y en caridad recíproca, para dar un testimonio convincente de reconciliación ante el mundo entero, a fin de hacer accesible el rostro de Dios en el rostro de Cristo, que es el Dios-con-nosotros, el Dios de la paz y de la unidad.

Saludos

Saludo a los peregrinos de lengua española, especialmente a la Guardia de honor del Sagrado Corazón de Jesús, de México; a la Scuola italiana de Valparaíso, Chile; y a los grupos llegados de España y de otros países latinoamericanos. Os invito a "ser constantes en la oración" para impetrar la plena comunión de los bautizados en Cristo, y a vivir en paz y caridad fraterna, que son requisitos de toda concordia y unidad. ¡Muchas gracias!

(En polaco)
Hermanos y hermanas, os exhorto a desear ardientemente la unidad de los cristianos, acogiendo la exhortación del apóstol san Pablo: "Vivid en paz unos con otros. Sed pacientes con todos. Procurad siempre el bien mutuo y el de todos. Estad siempre alegres. Orad sin cesar" (cf. 1Th 5,13-17). Que Dios confirme en vosotros estos santos deseos y os bendiga.

(En eslovaco)
10 Hermanos y hermanas, durante la Semana de oración por la unidad de los cristianos, os invito a elevar intensas oraciones al Señor para que realice las palabras de Cristo: "Que todos sean uno". Con afecto os bendigo a vosotros y a vuestros seres queridos.

(En italiano)
Saludo, por último, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Mañana celebraremos la memoria litúrgica de san Francisco de Sales, patrono de la prensa católica. Obispo de Ginebra en una época de graves conflictos, fue hombre de paz y de comunión. Maestro de vida espiritual, enseñó que la perfección cristiana está al alcance de todas las personas. Queridos jóvenes, enfermos y recién casados, por intercesión de san Francisco de Sales, vivid también vosotros vuestra vocación en las circunstancias concretas en que os encontráis, confiando en el amor de Dios que siempre nos acompaña.















Miércoles 30 de enero de 2008

San Agustín

Armonía entre fe y razón

Queridos amigos:

Después de la Semana de oración por la unidad de los cristianos volvemos hoy a hablar de la gran figura de san Agustín. Mi querido predecesor Juan Pablo II le dedicó, en 1986, es decir, en el decimosexto centenario de su conversión, un largo y denso documento, la carta apostólica Augustinum Hipponensem (cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 14 de septiembre de 1986, pp. 15-21). El mismo Papa definió ese texto como «una acción de gracias a Dios por el don que hizo a la Iglesia, y mediante ella a la humanidad entera, gracias a aquella admirable conversión» (n. 1).

Sobre el tema de la conversión hablaré en una próxima audiencia. Es un tema fundamental, no sólo para su vida personal, sino también para la nuestra. En el evangelio del domingo pasado el Señor mismo resumió su predicación con la palabra: "Convertíos". Siguiendo el camino de san Agustín, podríamos meditar en lo que significa esta conversión: es algo definitivo, decisivo, pero la decisión fundamental debe desarrollarse, debe realizarse en toda nuestra vida.

La catequesis de hoy está dedicada, en cambio, al tema de la fe y la razón, un tema determinante, o mejor, el tema determinante de la biografía de san Agustín. De niño había aprendido de su madre, santa Mónica, la fe católica. Pero siendo adolescente había abandonado esta fe porque ya no lograba ver su racionalidad y no quería una religión que no fuera también para él expresión de la razón, es decir, de la verdad. Su sed de verdad era radical y lo llevó a alejarse de la fe católica. Pero era tan radical que no podía contentarse con filosofías que no llegaran a la verdad misma, que no llegaran hasta Dios. Y a un Dios que no fuera sólo una hipótesis cosmológica última, sino que fuera el verdadero Dios, el Dios que da la vida y que entra en nuestra misma vida. De este modo, todo el itinerario intelectual y espiritual de san Agustín constituye un modelo válido también hoy en la relación entre fe y razón, tema no sólo para hombres creyentes, sino también para todo hombre que busca la verdad, tema central para el equilibrio y el destino de todo ser humano.

Estas dos dimensiones, fe y razón, no deben separarse ni contraponerse, sino que deben estar siempre unidas. Como escribió san Agustín tras su conversión, fe y razón son "las dos fuerzas que nos llevan a conocer" (Contra academicos , III, 20,43). A este respecto, son justamente célebres sus dos fórmulas (cf. Sermones, 43, 9) con las que expresa esta síntesis coherente entre fe y razón: crede ut intelligas ("cree para comprender") —creer abre el camino para cruzar la puerta de la verdad—, pero también y de manera inseparable, intellige ut credas ("comprende para creer"), escruta la verdad para poder encontrar a Dios y creer.

11 Las dos afirmaciones de san Agustín expresan con gran eficacia y profundidad la síntesis de este problema, en la que la Iglesia católica ve manifestado su camino. Históricamente esta síntesis se fue formando, ya antes de la venida de Cristo, en el encuentro entre la fe judía y el pensamiento griego en el judaísmo helenístico. Sucesivamente, en la historia, esta síntesis fue retomada y desarrollada por muchos pensadores cristianos. La armonía entre fe y razón significa sobre todo que Dios no está lejos: no está lejos de nuestra razón y de nuestra vida; está cerca de todo ser humano, cerca de nuestro corazón y de nuestra razón, si realmente nos ponemos en camino.

San Agustín experimentó con extraordinaria intensidad esta cercanía de Dios al hombre. La presencia de Dios en el hombre es profunda y al mismo tiempo misteriosa, pero puede reconocerse y descubrirse en la propia intimidad: no hay que salir fuera —afirma el convertido—; "vuelve a ti mismo. La verdad habita en lo más íntimo del hombre. Y si encuentras que tu naturaleza es mudable, trasciéndete a ti mismo. Pero, al hacerlo, recuerda que trasciendes un alma que razona. Así pues, dirígete adonde se enciende la luz misma de la razón" (De vera religione, 39, 72). Con una afirmación famosísima del inicio de las Confesiones, autobiografía espiritual escrita en alabanza de Dios, él mismo subraya: "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti" (I, 1, 1).

La lejanía de Dios equivale, por tanto, a la lejanía de sí mismos. "Porque tú —reconoce san Agustín (Confesiones , III,
III 6,11)— estabas más dentro de mí que lo más íntimo de mí, y más alto que lo supremo de mi ser" ("interior intimo meo et superior summo meo"), hasta el punto de que, como añade en otro pasaje recordando el tiempo precedente a su conversión, "tú estabas, ciertamente, delante de mí, mas yo me había alejado también de mí, y no acertaba a hallarme, ¡cuánto menos a ti!" (Confesiones, V, 2, 2).

Precisamente porque san Agustín vivió a fondo este itinerario intelectual y espiritual, supo presentarlo en sus obras con tanta claridad, profundidad y sabiduría, reconociendo en otros dos famosos pasajes de las Confesiones (IV, 4, 9 y 14, 22) que el hombre es "un gran enigma" (magna quaestio) y "un gran abismo" (grande profundum), enigma y abismo que sólo Cristo ilumina y colma. Esto es importante: quien está lejos de Dios también está lejos de sí mismo, alienado de sí mismo, y sólo puede encontrarse a sí mismo si se encuentra con Dios. De este modo logra llegar a sí mismo, a su verdadero yo, a su verdadera identidad.

El ser humano —subraya después san Agustín en el De civitate Dei (XII, 27)— es sociable por naturaleza pero antisocial por vicio, y quien lo salva es Cristo, único mediador entre Dios y la humanidad, y "camino universal de la libertad y de la salvación", como repitió mi predecesor Juan Pablo II (Augustinum Hipponensem, 21). Fuera de este camino, que nunca le ha faltado al género humano —afirma también san Agustín en esa misma obra— "nadie ha sido liberado nunca, nadie es liberado y nadie será liberado" (De civitate Dei X, 32, 2). Como único mediador de la salvación, Cristo es cabeza de la Iglesia y está unido místicamente a ella, hasta el punto de que san Agustín puede afirmar: "Nos hemos convertido en Cristo. En efecto, si él es la cabeza, nosotros somos sus miembros; el hombre total es él y nosotros" (In Iohannis evangelium tractatus, 21, 8).

Según la concepción de san Agustín, la Iglesia, pueblo de Dios y casa de Dios, está por tanto íntimamente vinculada al concepto de Cuerpo de Cristo, fundamentada en la relectura cristológica del Antiguo Testamento y en la vida sacramental centrada en la Eucaristía, en la que el Señor nos da su Cuerpo y nos transforma en su Cuerpo. Por tanto, es fundamental que la Iglesia, pueblo de Dios, en sentido cristológico y no en sentido sociológico, esté verdaderamente insertada en Cristo, el cual, como afirma san Agustín en una página hermosísima, "ora por nosotros, ora en nosotros; nosotros oramos a él; él ora por nosotros como sacerdote; ora en nosotros como nuestra cabeza; y nosotros oramos a él como a nuestro Dios; por tanto, reconocemos en él nuestra voz y la suya en nosotros" (Enarrationes in Psalmos, 85, 1).

En la conclusión de la carta apostólica Augustinum Hipponensem, Juan Pablo II pregunta al mismo santo qué quería decir a los hombres de hoy y responde, ante todo, con las palabras que san Agustín escribió en una carta dictada poco después de su conversión: "A mí me parece que hay que conducir de nuevo a los hombres... a la esperanza de encontrar la verdad" (EP 1,1), la verdad que es Cristo mismo, Dios verdadero, a quien se dirige una de las oraciones más hermosas y famosas de las Confesiones (X, 27, 38): "Tarde te amé, hermosura tan antigua, y tan nueva, tarde te amé. Y he aquí que tú estabas dentro de mí, y yo fuera, y fuera te buscaba yo, y me arrojaba sobre esas hermosuras que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me mantenían lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Llamaste y gritaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y ahuyentaste mi ceguera; exhalaste tu fragancia, la respiré y suspiro por ti; te gusté y tengo hambre y sed de ti; me tocaste y me abrasé en tu paz".

San Agustín encontró a Dios y durante toda su vida lo experimentó hasta el punto de que esta realidad —que es ante todo el encuentro con una Persona, Jesús— cambió su vida, como cambia la de cuantos, hombres y mujeres, en cualquier tiempo, tienen la gracia de encontrarse con él. Pidamos al Señor que nos dé esta gracia y nos haga encontrar así su paz.



Saludos

Saludo cordialmente a los visitantes de lengua española. En particular, a los distintos grupos de estudiantes y peregrinos venidos de Argentina, Chile, España y de otros países latinoamericanos. Siguiendo el ejemplo y las enseñanzas de san Agustín, os animo a buscar a Cristo con todas las fuerzas, para encontrar en él la verdad de vuestras vidas. ¡Muchas gracias!

(En polaco)
12 San Agustín nos enseña la amistad con Dios. En la oración famosa confiesa: "¡Tarde te amé! De ti me mantenían alejado aquellas cosas (que, si no fuesen en ti, no existirían). Has mostrado tu esplendor y has disipado mi ceguera... Me has tocado y me he inflamado en tu paz" (cf. Confesiones X, 27, 38). Que esta oración despierte también en nosotros la voluntad de conocer a Dios. ¡Alabado sea Jesucristo!.

(En italiano)

(A los fieles de la parroquia de Santa Catalina de Nardò y en especial a un grupo de jóvenes músicos)

Queridos amigos, os doy las gracias por vuestra presencia y os deseo que este encuentro acreciente en cada uno el deseo de testimoniar con alegría el Evangelio en la vida de cada día. Os acompaño con mi oración, a fin de que podáis edificar todos vuestros proyectos sobre las bases sólidas de la fidelidad a Dios. Saludo también a los agentes de Cáritas de la diócesis de Sabina-Poggio Mirteto y los animo a proseguir con generosidad su obra en favor de los más necesitados.



Me dirijo, finalmente, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Mañana se celebra la memoria litúrgica de san Juan Bosco, sacerdote y educador. Miradlo como un auténtico maestro de vida, queridos jóvenes, especialmente vosotros de Serroni di Battipaglia que vais a ser confirmados. Vosotros, queridos enfermos, aprended de su experiencia espiritual a confiar en toda circunstancia en Cristo crucificado. Y vosotros, queridos recién casados, recurrid a su intercesión para asumir con empeño generoso vuestra misión de esposos.





Miércoles de Ceniza, 6 de febrero de 2008



La Cuaresma, camino de auténtica conversión

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, miércoles de Ceniza, volvemos a emprender, como todos los años, el camino cuaresmal animados por un espíritu más intenso de oración y de reflexión, de penitencia y de ayuno. Entramos en un tiempo litúrgico "fuerte" que, mientras nos prepara para las celebraciones de la Pascua —corazón y centro del año litúrgico y de toda nuestra vida—, nos invita, más aún, nos estimula a dar un impulso más decidido a nuestra vida cristiana.

Dado que los compromisos, los afanes y las preocupaciones nos hacen caer en la rutina y nos exponen al peligro de olvidar cuán extraordinaria es la aventura en la que nos ha implicado Jesús, necesitamos recomenzar cada día nuestro exigente itinerario de vida evangélica, recogiéndonos interiormente con momentos de pausa que regeneran el espíritu. Con el antiguo rito de la imposición de la ceniza, la Iglesia nos introduce en la Cuaresma como en un gran retiro espiritual que dura cuarenta días.

13 Entremos, por tanto, en el clima cuaresmal, que nos ayuda a redescubrir el don de la fe recibida con el Bautismo y nos lleva a acercarnos al sacramento de la Reconciliación, poniendo nuestro esfuerzo de conversión bajo el signo de la misericordia divina. En los orígenes, en la Iglesia primitiva, la Cuaresma era el tiempo privilegiado para la preparación de los catecúmenos a los sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía, que se celebraban en la Vigilia pascual. La Cuaresma se consideraba el tiempo para llegar a ser cristianos, lo cual no se lograba en un solo momento, sino que exigía un largo camino de conversión y renovación.

A esta preparación se unían también los que ya estaban bautizados, reactivando el recuerdo del sacramento recibido y disponiéndose a una renovada comunión con Cristo en la celebración gozosa de la Pascua. Así, la Cuaresma tenía, y sigue teniendo, el carácter de un itinerario bautismal, en el sentido de que ayuda a mantener despierta la conciencia de que ser cristianos se realiza siempre como un nuevo hacerse cristianos: nunca es una historia concluida que queda a nuestras espaldas, sino un camino que exige siempre un nuevo ejercicio.

Al imponer sobre la cabeza la ceniza, el celebrante dice: "Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás" (cf.
Gn 3,19), o repite la invitación de Jesús: "Convertíos y creed en el Evangelio" (cf. Mc 1,15). Ambas fórmulas recuerdan la verdad de la existencia humana: somos criaturas limitadas, pecadores que siempre necesitamos penitencia y conversión. ¡Qué importante es escuchar y acoger este llamamiento en nuestro tiempo! El hombre contemporáneo, cuando proclama su total autonomía de Dios, se hace esclavo de sí mismo, y con frecuencia se encuentra en una soledad sin consuelo.

Por tanto, la invitación a la conversión es un impulso a volver a los brazos de Dios, Padre tierno y misericordioso, a fiarse de él, a abandonarse a él como hijos adoptivos, regenerados por su amor. La Iglesia, con sabia pedagogía, repite que la conversión es ante todo una gracia, un don que abre el corazón a la infinita bondad de Dios. Él mismo previene con su gracia nuestro deseo de conversión y acompaña nuestros esfuerzos hacia la plena adhesión a su voluntad salvífica. Así, convertirse quiere decir dejarse conquistar por Jesús (cf. Ph 3,12) y "volver" con él al Padre.

La conversión implica, por tanto, aprender humildemente en la escuela de Jesús y caminar siguiendo dócilmente sus huellas. Son iluminadoras las palabras con que él mismo indica las condiciones para ser de verdad sus discípulos. Después de afirmar: "Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará", añade: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?" (Mc 8,35-36).

La conquista del éxito, la obsesión por el prestigio y la búsqueda de las comodidades, cuando absorben totalmente la vida hasta excluir a Dios del propio horizonte, ¿llevan verdaderamente a la felicidad? ¿Puede haber felicidad auténtica prescindiendo de Dios? La experiencia demuestra que no se es feliz por el hecho de satisfacer las expectativas y las exigencias materiales. En realidad, la única alegría que llena el corazón humano es la que procede de Dios. De hecho, tenemos necesidad de la alegría infinita. Ni las preocupaciones diarias, ni las dificultades de la vida logran apagar la alegría que nace de la amistad con Dios.

La invitación de Jesús a cargar con la propia cruz y seguirle, en un primer momento puede parecer dura y contraria de lo que queremos; nos puede parecer que va contra nuestro deseo de realización personal. Pero si lo miramos bien, nos damos cuenta de que no es así: el testimonio de los santos demuestra que en la cruz de Cristo, en el amor que se entrega, renunciando a la posesión de sí mismo, se encuentra la profunda serenidad que es manantial de entrega generosa a los hermanos, en especial, a los pobres y necesitados. Y esto también nos da alegría a nosotros mismos.

El camino cuaresmal de conversión, que hoy emprendemos con toda la Iglesia, se convierte, por tanto, en la ocasión propicia, "el momento favorable" (cf. 2Co 6,2) para renovar nuestro abandono filial en las manos de Dios y para poner en práctica lo que Jesús sigue repitiéndonos: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Mc 8,34), y así emprenda el camino del amor y de la auténtica felicidad.

En el tiempo de Cuaresma, la Iglesia, haciéndose eco del Evangelio, propone algunos compromisos específicos que acompañan a los fieles en este itinerario de renovación interior: la oración, el ayuno y la limosna. En el Mensaje para la Cuaresma de este año, publicado hace pocos días, he querido reflexionar sobre "la práctica de la limosna, que representa una manera concreta de ayudar a los necesitados y, al mismo tiempo, un ejercicio ascético para liberarse del apego a los bienes terrenales" (n. 1: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 1 de febrero de 2008, p. 8).

Sabemos que, por desgracia, la sociedad moderna está profundamente invadida por la sugestión de las riquezas materiales. Como discípulos de Jesucristo, no debemos idolatrar los bienes terrenales, sino utilizarlos como medios para vivir y para ayudar a los necesitados. Al indicarnos la práctica de la limosna, la Iglesia nos educa a salir al paso de las necesidades del prójimo, a imitación de Jesús, que, como afirma san Pablo, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cf. 2Co 8,9).

"Siguiendo sus enseñanzas —escribí en el mencionado Mensaje—, podemos aprender a hacer de nuestra vida un don total; imitándolo estaremos dispuestos a dar, no tanto algo de lo que poseemos, sino a darnos a nosotros mismos". Y añadí: "¿Acaso no se resume todo el Evangelio en el único mandamiento de la caridad? Por tanto, la práctica cuaresmal de la limosna se convierte en un medio para profundizar nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando gratuitamente se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor" (n. 5).

14 Queridos hermanos y hermanas, pidamos a la Virgen, Madre de Dios y de la Iglesia, que nos acompañe en el camino cuaresmal, para que sea un camino de auténtica conversión. Dejémonos guiar por ella y llegaremos interiormente renovados a la celebración del gran misterio de la Pascua de Cristo, revelación suprema del amor misericordioso de Dios.
¡Buena Cuaresma a todos!

Saludos

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española. En particular, a los fieles venidos de San Sebastián, de las parroquias de El Salvador de La Roda y de San Juan Bautista de Carballo, a la Asociación "Palabra culta y buenas costumbres", así como a los demás grupos procedentes de España, México y otros países latinoamericanos. Dejémonos guiar por la Virgen María en el camino cuaresmal y llegaremos renovados interiormente a la celebración de la Pascua de Cristo, revelación suprema del amor misericordioso de Dios. Os deseo a todos una santa Cuaresma. Muchas gracias.

(En italiano)
En estos días estoy especialmente cercano a las queridas poblaciones de Chad, sacudidas por dolorosos combates, que han causado numerosas víctimas y la fuga de miles de personas civiles de la capital. Encomiendo también a vuestra oración y a vuestra solidaridad a estos hermanos y hermanas que sufren, pidiendo que se les ahorre ulteriores violencias y se les asegure la necesaria asistencia humanitaria, al mismo tiempo que hago un apremiante llamamiento a deponer las armas y a recorrer el camino del diálogo y la reconciliación.

(A un grupo de Senigallia en el 130° aniversario de la muerte de Pío IX)
Os agradezco vuestro generoso empeño en llamar la atención sobre la figura y el ejemplo de este gran Pontífice, que desempeñó con heroica caridad la misión de pastor universal de la Iglesia, teniendo siempre como objetivo la salvación de las almas. En su largo pontificado, marcado por acontecimientos borrascosos, trató de reafirmar con fuerza las verdades de la fe cristiana ante una sociedad expuesta a una progresiva secularización. Su testimonio de audaz y valiente servidor de Cristo y de la Iglesia constituye también hoy una luminosa enseñanza para todos. Deseo de corazón que este significativo aniversario contribuya a dar a conocer mejor el espíritu y la "figura" de este beato predecesor mío y a hacer que se aprecie cada vez más su sabiduría evangélica y su fortaleza interior.


Saludo, por último, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados, invitando a todos a acoger con prontitud y a poner en práctica con generosa perseverancia la invitación a la conversión, que la Iglesia nos dirige hoy de modo especial.




Audiencias 2008 7