
Audiencias 2008 29
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy voy a hablar de san Benito, fundador del monacato occidental y también patrono de mi pontificado. Comienzo citando una frase de san Gregorio Magno que, refiriéndose a san Benito, dice: «Este hombre de Dios, que brilló sobre esta tierra con tantos milagros, no resplandeció menos por la elocuencia con la que supo exponer su doctrina» (Dial. II, 36). El gran Papa escribió estas palabras en el año 592; el santo monje había muerto cincuenta años antes y todavía seguía vivo en la memoria de la gente y sobre todo en la floreciente Orden religiosa que fundó. San Benito de Nursia, con su vida y su obra, ejerció una influencia fundamental en el desarrollo de la civilización y de la cultura europea.
La fuente más importante sobre su vida es el segundo libro de los Diálogos de san Gregorio Magno. No es una biografía en el sentido clásico. Según las ideas de su época, san Gregorio quiso ilustrar mediante el ejemplo de un hombre concreto —precisamente san Benito— la ascensión a las cumbres de la contemplación, que puede realizar quien se abandona en manos de Dios. Por tanto, nos presenta un modelo de vida humana como ascensión hacia la cumbre de la perfección.
En el libro de los Diálogos, san Gregorio Magno narra también muchos milagros realizados por el santo. También en este caso no quiere simplemente contar algo extraño, sino demostrar cómo Dios, advirtiendo, ayudando e incluso castigando, interviene en las situaciones concretas de la vida del hombre. Quiere mostrar que Dios no es una hipótesis lejana, situada en el origen del mundo, sino que está presente en la vida del hombre, de cada hombre.
Esta perspectiva del «biógrafo» se explica también a la luz del contexto general de su tiempo: entre los siglos V y VI, el mundo sufría una tremenda crisis de valores y de instituciones, provocada por el derrumbamiento del Imperio Romano, por la invasión de los nuevos pueblos y por la decadencia de las costumbres. Al presentar a san Benito como «astro luminoso», san Gregorio quería indicar en esta tremenda situación, precisamente aquí, en esta ciudad de Roma, el camino de salida de la «noche oscura de la historia» (cf. Juan Pablo II, Discurso en la abadía de Montecassino, 18 de mayo de 1979, n. 2: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 27 de mayo de 1979, p. 11).
De hecho, la obra del santo, y en especial su Regla, fueron una auténtica levadura espiritual, que cambió, con el paso de los siglos, mucho más allá de los confines de su patria y de su época, el rostro de Europa, suscitando tras la caída de la unidad política creada por el Imperio Romano una nueva unidad espiritual y cultural, la de la fe cristiana compartida por los pueblos del continente. De este modo nació la realidad que llamamos «Europa».
30 La fecha del nacimiento de san Benito se sitúa alrededor del año 480. Procedía, según dice san Gregorio de la región de Nursia, ex provincia Nursiae. Sus padres, de clase acomodada, lo enviaron a estudiar a Roma. Él, sin embargo, no se quedó mucho tiempo en la ciudad eterna. Como explicación totalmente creíble, san Gregorio alude al hecho de que al joven Benito le disgustaba el estilo de vida de muchos de sus compañeros de estudios, que vivían de manera disoluta, y no quería caer en los mismos errores. Sólo quería agradar a Dios: «soli Deo placere desiderans» (Dial. II, Prol. 1).
Así, antes de concluir sus estudios, san Benito dejó Roma y se retiró a la soledad de los montes que se encuentran al este de la ciudad eterna. Después de una primera estancia en el pueblo de Effide (hoy Affile), donde se unió durante algún tiempo a una «comunidad religiosa» de monjes, se hizo eremita en la cercana Subiaco. Allí vivió durante tres años, completamente solo, en una gruta que, desde la alta Edad Media, constituye el «corazón» de un monasterio benedictino llamado «Sacro Speco» (Gruta sagrada).
El período que pasó en Subiaco, un tiempo de soledad con Dios, fue para san Benito un momento de maduración. Allí tuvo que soportar y superar las tres tentaciones fundamentales de todo ser humano: la tentación de autoafirmarse y el deseo de ponerse a sí mismo en el centro; la tentación de la sensualidad; y, por último, la tentación de la ira y de la venganza.
San Benito estaba convencido de que sólo después de haber vencido estas tentaciones podía dirigir a los demás palabras útiles para sus situaciones de necesidad. De este modo, tras pacificar su alma, podía controlar plenamente los impulsos de su yo, para ser artífice de paz a su alrededor. Sólo entonces decidió fundar sus primeros monasterios en el valle del Anio, cerca de Subiaco.
En el año 529, san Benito dejó Subiaco para asentarse en Montecassino. Algunos han explicado que este cambio fue una manera de huir de las intrigas de un eclesiástico local envidioso. Pero esta explicación resulta poco convincente, pues su muerte repentina no impulsó a san Benito a regresar (Dial. II, 8). En realidad, tomó esta decisión porque había entrado en una nueva fase de su maduración interior y de su experiencia monástica.
Según san Gregorio Magno, su salida del remoto valle del Anio hacia el monte Cassio —una altura que, dominando la llanura circunstante, es visible desde lejos—, tiene un carácter simbólico: la vida monástica en el ocultamiento tiene una razón de ser, pero un monasterio también tiene una finalidad pública en la vida de la Iglesia y de la sociedad: debe dar visibilidad a la fe como fuerza de vida. De hecho, cuando el 21 de marzo del año 547 san Benito concluyó su vida terrena, dejó con su Regla y con la familia benedictina que fundó, un patrimonio que ha dado frutos a través de los siglos y que los sigue dando en el mundo entero.
En todo el segundo libro de los Diálogos, san Gregorio nos muestra cómo la vida de san Benito estaba inmersa en un clima de oración, fundamento de su existencia. Sin oración no hay experiencia de Dios. Pero la espiritualidad de san Benito no era una interioridad alejada de la realidad. En la inquietud y en el caos de su época, vivía bajo la mirada de Dios y precisamente así nunca perdió de vista los deberes de la vida cotidiana ni al hombre con sus necesidades concretas.
Al contemplar a Dios comprendió la realidad del hombre y su misión. En su Regla se refiere a la vida monástica como «escuela del servicio del Señor» (Prol. RB 1,45) y pide a sus monjes que «nada se anteponga a la Obra de Dios» (RB 143, 3), es decir, al Oficio divino o Liturgia de las Horas. Sin embargo, subraya que la oración es, en primer lugar, un acto de escucha (Prol. RB 19-11), que después debe traducirse en la acción concreta. «El Señor espera que respondamos diariamente con obras a sus santos consejos», afirma (Prol. RB 135).
Así, la vida del monje se convierte en una simbiosis fecunda entre acción y contemplación «para que en todo sea glorificado Dios» (RB 57, 9). En contraste con una autorrealización fácil y egocéntrica, que hoy con frecuencia se exalta, el compromiso primero e irrenunciable del discípulo de san Benito es la sincera búsqueda de Dios (RB 58, 7) en el camino trazado por Cristo, humilde y obediente (RB 5, 13), a cuyo amor no debe anteponer nada (RB 4,21 RB 72,11), y precisamente así, sirviendo a los demás, se convierte en hombre de servicio y de paz. En el ejercicio de la obediencia vivida con una fe animada por el amor (5, 2), el monje conquista la humildad (5, 1), a la que dedica todo un capítulo de su Regla (RB 7). De este modo, el hombre se configura cada vez más con Cristo y alcanza la auténtica autorrealización como criatura a imagen y semejanza de Dios.
A la obediencia del discípulo debe corresponder la sabiduría del abad, que en el monasterio «hace las veces de Cristo» (RB 2,2 RB 63,13). Su figura, descrita sobre todo en el segundo capítulo de la Regla, con un perfil de belleza espiritual y de compromiso exigente, puede considerarse un autorretrato de san Benito, pues —como escribe san Gregorio Magno— «el santo de ninguna manera podía enseñar algo diferente de lo que vivía» (Dial. II, 36). El abad debe ser un padre tierno y al mismo tiempo un maestro severo (RB 2,24), un verdadero educador. Aun siendo inflexible contra los vicios, sobre todo está llamado a imitar la ternura del buen Pastor (RB 27,8), a «servir más que a mandar» (RB 64,8), y a «enseñar todo lo bueno y lo santo más con obras que con palabras» (RB 2,12). Para poder decidir con responsabilidad, el abad también debe escuchar «el consejo de los hermanos» (RB 3,2), porque «muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor» (RB 3,3). Esta disposición hace sorprendentemente moderna una Regla escrita hace casi quince siglos. Un hombre de responsabilidad pública, incluso en ámbitos privados, siempre debe saber escuchar y aprender de lo que escucha.
San Benito califica la Regla como «mínima, escrita sólo para el inicio» (RB 73,8); pero, en realidad, ofrece indicaciones útiles no sólo para los monjes, sino también para todos los que buscan orientación en su camino hacia Dios. Por su moderación, su humanidad y su sobrio discernimiento entre lo esencial y lo secundario en la vida espiritual, ha mantenido su fuerza iluminadora hasta hoy.
31 Pablo VI, al proclamar el 24 de octubre de 1964 a san Benito patrono de Europa, pretendía reconocer la admirable obra llevada a cabo por el santo a través de la Regla para la formación de la civilización y de la cultura europea. Hoy Europa, recién salida de un siglo herido profundamente por dos guerras mundiales y después del derrumbe de las grandes ideologías que se han revelado trágicas utopías, se encuentra en búsqueda de su propia identidad.
Para crear una unidad nueva y duradera, ciertamente son importantes los instrumentos políticos, económicos y jurídicos, pero es necesario también suscitar una renovación ética y espiritual que se inspire en las raíces cristianas del continente. De lo contrario no se puede reconstruir Europa. Sin esta savia vital, el hombre queda expuesto al peligro de sucumbir a la antigua tentación de querer redimirse por sí mismo, utopía que de diferentes maneras, en la Europa del siglo XX, como puso de relieve el Papa Juan Pablo II, provocó «una regresión sin precedentes en la atormentada historia de la humanidad» (Discurso a la asamblea plenaria del Consejo pontificio para la cultura, 12 de enero de 1990, n. 1: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 28 de enero de 1990, p. 6). Al buscar el verdadero progreso, escuchemos también hoy la Regla de san Benito como una luz para nuestro camino. El gran monje sigue siendo un verdadero maestro que enseña el arte de vivir el verdadero humanismo.
Saludos
Saludo cordialmente a los fieles de lengua española, en particular, a los miembros del curso de actualización sacerdotal del Pontificio Colegio Español de Roma, al grupo de Lleida con su obispo administrador apostólico, mons. Javier Salinas, a la Institución «Padre Rubinos» de A Coruña, y a los demás peregrinos venidos de España, Argentina, Ecuador y otros países latinoamericanos. Os exhorto a que, siguiendo las huellas de san Benito, no antepongáis nada al amor de Cristo. Muchas gracias.
(En italiano)
Saludo a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados, exhortando a todos a vivir intensamente este tiempo pascual, testimoniando la alegría que Cristo muerto y resucitado da a cuantos se encomiendan a él. .
Queridos hermanos y hermanas:
Aunque ya han pasado varios días desde mi regreso, deseo dedicar la catequesis de hoy, como de costumbre, al viaje apostólico que realicé a la Organización de las Naciones Unidas y a Estados Unidos del 15 al 21 de abril. Ante todo renuevo mi más cordial agradecimiento a la Conferencia episcopal estadounidense, así como al presidente Bush, por haberme invitado y por la cálida acogida que me brindaron. Pero quisiera extender mi agradecimiento a todos los que, en Washington y en Nueva York, acudieron a saludarme y a manifestar su amor al Papa, y a los que me acompañaron y apoyaron con la oración y con el ofrecimiento de sus sacrificios.
Como es sabido, la ocasión de la visita fue el bicentenario de la elevación de la primera diócesis del país, Baltimore, a sede metropolitana, y de la fundación de las sedes de Nueva York, Boston, Filadelfia y Louisville. Por eso, en este aniversario típicamente eclesial, tuve la alegría de visitar personalmente, por primera vez como sucesor de Pedro, al querido pueblo de Estados Unidos, para confirmar en la fe a los católicos, para renovar e incrementar la fraternidad con todos los cristianos, y para anunciar a todos el mensaje de "Cristo, nuestra esperanza", como rezaba el lema del viaje.
32 En el encuentro con el señor presidente, en su residencia, rendí homenaje a ese gran país, que desde los inicios se edificó sobre la base de una feliz conjugación entre principios religiosos, éticos y políticos, y que sigue siendo un ejemplo válido de sana laicidad, donde la dimensión religiosa, en la diversidad de sus expresiones, no sólo se tolera, sino que también se valora como "alma" de la nación y garantía fundamental de los derechos y los deberes del hombre. En ese contexto la Iglesia puede desempeñar con libertad y compromiso su misión de evangelización y promoción humana, y también de "conciencia crítica", contribuyendo a la construcción de una sociedad digna de la persona humana y, al mismo tiempo, estimulando a un país, como Estados Unidos, al que todos consideran como uno de los principales actores del escenario internacional, hacia la solidaridad global, cada vez más necesaria y urgente, y hacia el ejercicio paciente del diálogo en las relaciones internacionales.
Naturalmente, la misión y el papel de la comunidad eclesial estuvieron en el centro del encuentro con los obispos, que tuvo lugar en el santuario nacional de la Inmaculada Concepción, en Washington. En el contexto litúrgico de las Vísperas, alabamos al Señor por el camino recorrido por el pueblo de Dios en Estados Unidos, por el celo de sus pastores, y por el fervor y la generosidad de sus fieles, que se manifiesta en la elevada y abierta consideración de la fe y en innumerables iniciativas caritativas y humanitarias en el país y en el extranjero.
Al mismo tiempo, apoyé a mis hermanos en el episcopado en su difícil tarea de sembrar el Evangelio en una sociedad marcada por muchas contradicciones, que amenazan la coherencia de los católicos e incluso del clero. Los animé a elevar su voz sobre las cuestiones morales y sociales actuales y a formar a los fieles laicos para que sean buena "levadura" en la comunidad civil, desde la célula fundamental que es la familia. En este sentido, los exhorté a volver a proponer el sacramento del matrimonio como don y compromiso indisoluble entre un hombre y una mujer, ámbito natural de acogida y de educación de los hijos. La Iglesia y la familia, juntamente con la escuela, especialmente la de inspiración cristiana, deben cooperar para impartir a los jóvenes una sólida educación moral, pero en esta tarea también tienen una gran responsabilidad los agentes de la comunicación y del entretenimiento.
Pensando en el doloroso caso de los abusos sexuales a menores cometidos por ministros ordenados, expresé a los obispos mi cercanía, animándolos en el compromiso de curar las heridas y de reforzar las relaciones con sus sacerdotes. Respondiendo a algunas preguntas planteadas por los obispos, subrayé algunos aspectos importantes: la relación intrínseca entre el Evangelio y la "ley natural"; la sana concepción de la libertad, que se comprende y se realiza en el amor; la dimensión eclesial de la experiencia cristiana; la exigencia de anunciar de manera nueva, en especial a los jóvenes, la "salvación" como plenitud de vida, y de educar en la oración, de la que brotan las respuestas generosas a la llamada del Señor.
En la grande y festiva celebración eucarística en el estadio Nationals Park de Washington invocamos al Espíritu Santo sobre toda la Iglesia que está en Estados Unidos para que, firmemente arraigada en la fe transmitida por los padres, profundamente unida y renovada, afronte los desafíos presentes y futuros con valentía y esperanza, la esperanza que "no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo" (Rm 5,5).
Ciertamente, uno de estos desafíos es el de la educación; por eso, en la Universidad católica de América me reuní con los rectores de universidades y de centros universitarios católicos, con los responsables diocesanos de la enseñanza, y con los representantes de los profesores y los alumnos. La tarea educativa es parte integrante de la misión de la Iglesia, y la comunidad eclesial estadounidense siempre se ha comprometido mucho en este campo, prestando al mismo tiempo un gran servicio social y cultural a todo el país. Es importante que esto continúe. También es importante cuidar la calidad de los centros católicos de enseñanza, para que en ellos se forme a las personas verdaderamente según "la medida de la madurez" de Cristo (cf. Ep 4,13), conjugando fe y razón, libertad y verdad. Por tanto, con alegría confirmé a los formadores en su valioso compromiso de caridad intelectual.
En un país con una vocación multicultural, como Estados Unidos, asumieron un relieve especial los encuentros con los representantes de otras religiones: en Washington, en el Centro cultural Juan Pablo II, con judíos, musulmanes, hindúes, budistas y jainistas; y en Nueva York, la visita a la Sinagoga. Momentos —especialmente este último— muy cordiales, que confirmaron el compromiso común por el diálogo y la promoción de la paz y de los valores espirituales y morales. En la que puede considerarse como la patria de la libertad religiosa, recordé que es preciso defender siempre esta libertad con un esfuerzo conjunto, para evitar toda forma de discriminación y prejuicio. Y puse de relieve la gran responsabilidad de los líderes religiosos, tanto al enseñar el respeto y la no violencia, como al mantener vivos los interrogantes más profundos de la conciencia humana. También la celebración ecuménica en la iglesia parroquial de San José se caracterizó por una gran cordialidad. Juntos oramos al Señor para que aumente en los cristianos la capacidad de dar razón, también con una unidad cada vez mayor, de su única gran esperanza (cf. 1P 3,15), basada en la fe común en Jesucristo.
Otro objetivo principal de mi viaje fue la visita a la sede central de la ONU: la cuarta visita de un Papa, después de la de Pablo VI en 1965 y de las dos de Juan Pablo II, en 1979 y en 1995. En el sexagésimo aniversario de la Declaración universal de derechos humanos, la Providencia me permitió confirmar, en la más amplia y autorizada asamblea supranacional, el valor de esa Carta, recordando su fundamento universal, es decir, la dignidad de la persona humana, creada por Dios a su imagen y semejanza para cooperar en el mundo en su gran designio de vida y de paz.
Al igual que la paz, también el respeto de los derechos humanos está arraigado en la "justicia", es decir, en un orden ético válido para todos los tiempos y para todos los pueblos, que se puede resumir en la célebre máxima: "No hagas a los demás lo que no quisieras que te hicieran a ti", o expresada de manera positiva con las palabras de Jesús: "Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos" (Mt 7,12). Sobre esta base, que constituye la contribución típica de la Santa Sede a la Organización de las Naciones Unidas, renové, y vuelvo a renovar hoy, el compromiso efectivo de la Iglesia católica de contribuir a reforzar relaciones internacionales caracterizadas por los principios de responsabilidad y solidaridad.
En mi corazón han quedado fuertemente grabados también otros momentos de mi permanencia en Nueva York. En la catedral de San Patricio, en el corazón de Manhattan —verdaderamente una "casa de oración para todos los pueblos"—, celebré la santa misa con los sacerdotes y los consagrados, que acudieron de todas las partes del país. No olvidaré nunca la cordialidad con que me felicitaron por el tercer aniversario de mi elección a la sede de Pedro. Fue un momento conmovedor, en el que experimenté de manera sensible todo el apoyo de la Iglesia a mi ministerio. Lo mismo puedo decir del encuentro con los jóvenes y los seminaristas, que se celebró precisamente en el seminario diocesano, precedido por una cita muy significativa con muchachos y jóvenes discapacitados, acompañados de sus familiares.
A los jóvenes, que por naturaleza tienen sed de verdad y de amor, les propuse algunas figuras de hombres y mujeres que han testimoniado de manera ejemplar el Evangelio en tierra estadounidense, el Evangelio de la verdad que hace libres en el amor, en el servicio, en la vida entregada por los demás. Al ver las tinieblas que hoy amenazan su vida, los jóvenes pueden encontrar en los santos la luz que las disipa: la luz de Cristo, esperanza para todo hombre.
33 Esta esperanza, más fuerte que el pecado y la muerte, animó el momento lleno de emoción que pasé en silencio en el cráter de la Zona Cero, donde encendí un cirio orando por todas las víctimas de esa terrible tragedia.
Por último, mi visita culminó con la celebración eucarística en el Yankee Stadium de Nueva York: llevo todavía en el corazón esa fiesta de fe y de fraternidad, con la que celebramos el bicentenario de las diócesis más antiguas de Estados Unidos. El pequeño rebaño de los orígenes se ha desarrollado enormemente, enriqueciéndose con la fe y las tradiciones de sucesivas oleadas de inmigración. A esa Iglesia, que ahora afronta los desafíos del presente, tuve la alegría de anunciar nuevamente a "Cristo nuestra esperanza" ayer, hoy y siempre.
Queridos hermanos y hermanas, os invito a uniros a mí en la acción de gracias por el alentador resultado de este viaje apostólico y en la súplica a Dios, por intercesión de la Virgen María, para que produzca abundantes frutos para la Iglesia en Estados Unidos y en todas las partes del mundo.
Saludos
Saludo a los peregrinos de lengua española. Os invito a dar conmigo gracias a Dios por este viaje apostólico y a seguir pidiendo por los frutos espirituales del mismo.
(En italiano)
Mi pensamiento va, por último, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Hoy la liturgia celebra la memoria del Pontífice san Pío V que, impulsado por un profundo amor a la Iglesia, promovió con celo incansable la propagación de la fe y reformó el culto litúrgico. Que su ejemplo y su intercesión os animen a vosotros, queridos jóvenes, a realizar de modo auténtico y coherente vuestra vocación cristiana; que os sostengan a vosotros, queridos enfermos, para perseverar en la esperanza y para ofrecer vuestros sufrimientos en unión con los de Cristo por la salvación de la humanidad; y que os hagan crecer a vosotros, queridos recién casados, en vuestro compromiso recíproco de fidelidad y de amor.
Palabras del Santo Padre al Patriarca Karekin II
Con gran alegría saludo hoy a Su Santidad el Catholicós Karekin II, Patriarca supremo de todos los armenios, y a la distinguida delegación que lo acompaña. Santidad, rezo para que la luz del Espíritu Santo ilumine su peregrinación a las tumbas de los apóstoles san Pedro y san Pablo, los importantes encuentros que celebrará aquí y, en particular, nuestras conversaciones personales.
Pido a todos los presentes que recen para que Dios bendiga esta visita.
34 Santidad, le doy las gracias por su compromiso personal para hacer que crezca la amistad entre la Iglesia apostólica armenia y la Iglesia católica. En el año 2000, poco después de su elección, usted vino a Roma para reunirse con el Papa Juan Pablo II y, un año después, lo recibió en la santa Echmiadzin. Con motivo de su funeral, vino usted de nuevo a Roma, junto con numerosos líderes eclesiales de Oriente y de Occidente. Estoy seguro de que este espíritu de amistad se profundizará aún más en los próximos días.
En una hornacina exterior de la basílica de San Pedro se encuentra una bella estatua de san Gregorio el Iluminador, fundador de la Iglesia armenia. Nos recuerda las duras persecuciones que han sufrido los cristianos armenios, en particular, durante el siglo pasado. Los numerosos mártires de Armenia son un signo de la fuerza del Espíritu Santo, que actúa en tiempos de oscuridad, y una prenda de esperanza para los cristianos de todas las partes del mundo.
Santidad, queridos obispos y queridos amigos, junto con vosotros imploro a Dios todopoderoso, por intercesión de san Gregorio el Iluminador, que nos ayude a crecer en la unidad, en el único y santo vínculo de la fe, la esperanza, y el amor cristianos.
* * *
Queridos hermanos y hermanas:
Como veis, se encuentra entre nosotros esta mañana Su Santidad Karekin II, Patriarca supremo y Catholicós de todos los armenios, acompañado por una distinguida delegación. Expreso de nuevo mi alegría por haberlo podido acoger esta mañana: su presencia reaviva en nosotros la esperanza de la unidad plena de todos los cristianos. Aprovecho la oportunidad para darle las gracias también por la amable acogida que dispensó recientemente en Armenia a mi cardenal secretario de Estado. Para mí es un placer recordar la inolvidable visita que el Catholicós hizo a Roma en el año 2000, poco después de su elección. Durante su encuentro con él, mi querido predecesor Juan Pablo II le entregó una insigne reliquia de san Gregorio el Iluminador y a continuación viajó a Armenia para devolverle la visita.
Es conocido el compromiso de la Iglesia apostólica armenia en favor del diálogo ecuménico y estoy seguro de que también esta visita del venerado Patriarca supremo y Catholicós de todos los armenios contribuirá a intensificar las relaciones de amistad fraterna que unen a nuestras Iglesias. Estos días de preparación inmediata para la solemnidad de Pentecostés nos impulsan a reavivar la esperanza en la ayuda del Espíritu Santo para avanzar por el camino del ecumenismo. Tenemos la certeza de que el Señor Jesús no nos abandona nunca en la búsqueda de la unidad, dado que su Espíritu actúa incansablemente para apoyar nuestros esfuerzos orientados a superar toda división y a volver a coser todo desgarro en el tejido vivo de la Iglesia.
Esto es precisamente lo que Jesús prometió a los discípulos en los últimos días de su misión terrena, como acabamos de escuchar en el pasaje del Evangelio: les aseguró la asistencia del Espíritu Santo, que él mandaría para que siguiera haciéndoles experimentar su presencia (cf. Jn 14,16-17). Esta promesa se hizo realidad cuando, tras la resurrección, Jesús entró en el Cenáculo, saludó a los discípulos con las palabras: "La paz esté con vosotros" y, soplando sobre ellos, les dijo: "Recibid el Espíritu Santo" (Jn 20,22). Les autorizaba a perdonar los pecados. Por tanto, el Espíritu Santo se presenta como fuerza del perdón de los pecados, de renovación de nuestro corazón y de nuestra vida; así renueva la tierra y crea unidad donde había división.
Después, en la fiesta de Pentecostés, el Espíritu Santo se manifiesta mediante otros signos: un viento impetuoso, lenguas de fuego, y los Apóstoles hablando todas las lenguas. Este es un signo de que la dispersión de Babilonia, fruto de la soberbia que separa a los hombres, ha quedado superada por el Espíritu, que es caridad y da unidad en la diversidad. Desde el primer momento de su existencia la Iglesia habla todas las lenguas —gracias a la fuerza del Espíritu Santo y a las lenguas de fuego— y vive en todas las culturas, no destruye nada de los diversos dones, de los diferentes carismas, sino que lo reúne todo en una nueva y gran unidad que reconcilia: la unidad y la variedad.
35 El Espíritu Santo, que es la caridad eterna, el vínculo de la unidad en la Trinidad, une con su fuerza en la caridad divina a los hombres dispersos, creando así la grande y multiforme comunidad de la Iglesia en todo el mundo. En los días que pasaron entre la Ascensión del Señor y el domingo de Pentecostés, los discípulos estaban reunidos con María en el Cenáculo para orar. Sabían que por sí solos no podían crear, organizar la Iglesia: la Iglesia debe nacer y organizarse por iniciativa divina; no es una criatura nuestra, sino un don de Dios. Sólo así crea también unidad, una unidad que debe crecer. La Iglesia en todo tiempo —y de modo especial en estos nueve días entre la Ascensión y Pentecostés— se une espiritualmente en el Cenáculo con los apóstoles y con María para implorar incesantemente la efusión del Espíritu Santo. Así, impulsada por su viento impetuoso, será capaz de anunciar el Evangelio hasta los últimos confines de la tierra.
Precisamente por eso, a pesar de las dificultades y las divisiones, los cristianos no pueden resignarse ni caer en el desaliento. El Señor nos pide perseverar en la oración para mantener viva la llama de la fe, de la caridad y de la esperanza, de las que se alimenta el anhelo de unidad plena. Ut unum sint!, dice el Señor. En nuestro corazón resuena siempre esta invitación de Cristo; una invitación que renové en mi reciente viaje apostólico a Estados Unidos, donde puse de relieve la centralidad de la oración en el movimiento ecuménico.
En este tiempo de globalización, y al mismo tiempo de fragmentación, "sin oración las estructuras, las instituciones y los programas ecuménicos quedarían despojados de su corazón y de su alma" (Encuentro ecuménico en la iglesia de San José, Nueva York, 18 de abril de 2008: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 25 de abril de 2008, p. 15). Demos gracias al Señor por las metas alcanzadas en el diálogo ecuménico por la acción del Espíritu Santo; seamos dóciles al escuchar su voz, para que nuestro corazón, lleno de esperanza, recorra sin pausa el camino que lleva a la comunión plena de todos los discípulos de Cristo.
San Pablo, en la carta a los Gálatas, recuerda que "el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí" (Ga 5,22-23). Estos son los dones del Espíritu Santo que invocamos también hoy para todos los cristianos, a fin de que en el servicio común y generoso al Evangelio sean en el mundo signo del amor de Dios a la humanidad. Dirijamos, con confianza, la mirada a María, santuario del Espíritu Santo, y por su intercesión pidamos: "Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor". Amén.
Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos y visitantes de lengua española venidos de España, México y otros países latinoamericanos. Exhorto a todos a orar incesantemente por el progreso ecuménico, pues la plegaria es el corazón del camino hacia la unidad entre los cristianos. Muchas gracias por vuestra visita.
(A los fieles procedentes de Portugal y Brasil)
Amados peregrinos de lengua portuguesa, os saludo y doy la bienvenida a todos en este mes de mayo, que tradicionalmente invita al pueblo cristiano a multiplicar sus gestos diarios de veneración e imitación de Nuestra Señora. Mostraos agradecidos, no regateéis a Dios el tiempo que le debéis. Rezad el rosario todos los días. Dejad que la Virgen Madre posea vuestro corazón: confiadle todo lo que sois y todo lo que tenéis. Y Dios será todo en todos... Esto es lo que más deseo al impartiros mi bendición apostólica, que extiendo a vuestros familiares.
(A los polacos)
A imagen del buen Pastor que da la vida por sus ovejas, él vigilaba por el orden moral y protegía los derechos de la Iglesia. Invito a vuestras familias, a las parroquias y a cada uno de vosotros a mantener el respeto de los mandamientos y el cuidado por la Iglesia. Que Cristo sea el fundamento de vuestra vida.
(En italiano)
36 Saludo, por último, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Queridos jóvenes, en este mes de mayo, que acabamos de comenzar y que la tradición popular dedica a María, aprended de ella a cumplir siempre la voluntad de Dios. Al contemplar a la Madre de Cristo crucificado, vosotros, queridos enfermos, reconoced el valor salvífico de toda cruz; y vosotros, queridos recién casados, encomendaos a la protección de la santísima Virgen, para crear en vuestra familia el clima de oración y serenidad que reinaba en la casa de Nazaret.
Audiencias 2008 29