
Audiencias 2008 66
66 Queridos hermanos y hermanas:
El encuentro de hoy me brinda la oportunidad de repasar los diversos momentos de la visita pastoral que realicé en los días pasados a Francia; visita que culminó con la peregrinación a Lourdes, con ocasión del 150° aniversario de las apariciones de la Virgen a santa Bernardita. A la vez que doy fervientes gracias al Señor que me concedió esta posibilidad tan providencial, expreso nuevamente mi más vivo agradecimiento al arzobispo de París, al obispo de Tarbes y Lourdes, a sus respectivos colaboradores y a todos aquellos que de diversas formas cooperaron al éxito de mi peregrinación. También doy cordialmente las gracias al presidente de la República y a las demás autoridades que me acogieron con tanta cortesía.
La visita comenzó en París, donde me encontré idealmente con todo el pueblo francés, rindiendo homenaje así a una amada nación en la que la Iglesia, ya desde el siglo II, ha desarrollado un papel civilizador fundamental. Es interesante que, precisamente en este contexto, haya madurado la exigencia de una sana distinción entre la esfera política y la religiosa, según el célebre dicho de Jesús: "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" (Mc 12,17). Si en las monedas romanas estaba impresa la imagen del César y por eso a él se le debían dar, en el corazón del hombre está la huella del Creador, único Señor de nuestra vida. Por tanto, la auténtica laicidad no es prescindir de la dimensión espiritual, sino reconocer que precisamente esta dimensión, radicalmente, es garante de nuestra libertad y de la autonomía de las realidades terrenas, gracias a los dictados de la Sabiduría creadora que la conciencia humana sabe acoger y realizar.
En esta perspectiva se sitúa la amplia reflexión sobre el tema: "Los orígenes de la teología occidental y las raíces de la cultura europea", que desarrollé en el encuentro con el mundo de la cultura, en un lugar elegido por su valor simbólico. Se trata del Collège des Bernardins, que el recordado cardenal Jean-Marie Lustiger quiso revalorizar como centro de diálogo cultural, un edificio del siglo XII, construido por los cistercienses, donde han estudiado los jóvenes. Por tanto, allí se halla presente esta teología monástica que ha originado nuestra cultura occidental.
El punto de partida de mi discurso fue una reflexión sobre el monaquismo, cuya finalidad era buscar a Dios, quaerere Deum. En la época de crisis profunda de la civilización antigua, los monjes, orientados por la luz de la fe, eligieron el camino real: el camino de la escucha de la Palabra de Dios. Así pues, ellos fueron los grandes cultivadores de la sagrada Escritura, y los monasterios se convirtieron en escuelas de sabiduría y escuelas "dominici servitii", "del servicio del Señor", como los llamaba san Benito. Así, la búsqueda de Dios llevaba a los monjes, por su naturaleza, a una cultura de la palabra. Quaerere Deum, buscar a Dios: lo buscaban a la luz de su Palabra y, por tanto, debían conocer cada vez más profundamente esta Palabra. Era necesario penetrar en el secreto de la lengua, comprenderla en su estructura. Para buscar a Dios, que se nos ha revelado en la sagrada Escritura, eran muy importantes las ciencias profanas, que ayudan a profundizar en los secretos de las lenguas. En consecuencia, se desarrollaba en los monasterios la eruditio que permitiría la formación de la cultura. Precisamente por esto, quaerere Deum, buscar a Dios, estar en camino hacia Dios, sigue siendo hoy como ayer el camino real y el fundamento de toda verdadera cultura.
También la arquitectura es expresión artística de la búsqueda de Dios y no cabe duda de que la catedral de Notre Dame en París constituye un ejemplo de valor universal. Dentro de ese magnífico templo, donde tuve la alegría de presidir la celebración de las Vísperas de la Bienaventurada Virgen María, exhorté a los sacerdotes, a los diáconos, a los religiosos, a las religiosas y a los seminaristas, provenientes de todas partes de Francia, a dar prioridad a la escucha religiosa de la Palabra divina, mirando a la Virgen María como modelo sublime.
En el atrio de Notre Dame saludé después a los jóvenes, que habían acudido en gran número y con gran entusiasmo. A ellos, que estaban a punto de comenzar una larga vigilia de oración, les entregué dos tesoros de la fe cristiana: el Espíritu Santo y la cruz. El Espíritu abre la inteligencia humana a horizontes que la superan y le hace comprender la belleza y la verdad del amor de Dios revelado precisamente en la cruz. Un amor del que nada podrá separarnos jamás, y que se experimenta entregando la propia vida a ejemplo de Cristo.
Después hice una breve visita al Instituto de Francia, sede de las cinco Academias nacionales: al ser yo miembro de una de las Academias, vi con gran alegría a mis colegas. Después, mi visita culminó con la celebración eucarística en la explanada de los Inválidos. Haciéndome eco de las palabras del apóstol san Pablo a los Corintios, invité a los fieles de París y de toda Francia a buscar al Dios vivo, que nos ha mostrado su verdadero rostro en Jesús presente en la Eucaristía, impulsándonos a amar a nuestros hermanos como él nos ha amado a nosotros.
Luego me dirigí a Lourdes, donde inmediatamente me uní a miles de fieles en el "Camino del Jubileo", que recorre los lugares de la vida de santa Bernardita: la iglesia parroquial con la pila bautismal donde fue bautizada; el "Cachot" donde vivió de niña en gran pobreza; la gruta de Massabielle, donde la Virgen se le apareció dieciocho veces. Por la tarde participé en la tradicional procesión de las antorchas, estupenda manifestación de fe en Dios y de devoción a su Madre y nuestra Madre. Lourdes es verdaderamente un lugar de luz, de oración, de esperanza y de conversión, fundadas sobre la roca del amor de Dios, que tuvo su revelación culminante en la cruz gloriosa de Cristo.
67 Por una feliz coincidencia, el domingo pasado la liturgia conmemoraba la Exaltación de la Santa Cruz, signo de esperanza por excelencia, porque es el testimonio supremo del amor. En Lourdes, en la escuela de María, primera y perfecta discípula de Cristo crucificado, los peregrinos aprenden a considerar las cruces de su propia vida a la luz de la cruz gloriosa de Cristo. Al aparecerse a Bernardita, en la gruta de Massabielle, el primer gesto que hizo María fue precisamente la señal de la cruz, en silencio y sin palabras. Y Bernardita la imitó haciendo a su vez la señal de la cruz, aunque temblándole la mano. Así la Virgen dio una primera iniciación en la esencia del cristianismo: la señal de la cruz es la síntesis de nuestra fe y, haciéndola con corazón atento, entramos en el misterio pleno de nuestra salvación. En ese gesto de la Virgen se encierra todo el mensaje de Lourdes. Dios nos ha amado tanto que se ha entregado a sí mismo por nosotros: este es el mensaje de la cruz, "misterio de muerte y de gloria". La cruz nos recuerda que no existe verdadero amor sin sufrimiento, que no se puede dar la vida sin dolor. Muchos aprenden esta verdad en Lourdes, que es una escuela de fe y de esperanza, porque es también escuela de caridad y de servicio a los hermanos. En este contexto de fe y de oración se celebró el importante encuentro con el Episcopado francés: fue un momento de intensa comunión espiritual, en el que encomendamos juntos a la Virgen las esperanzas y las preocupaciones pastorales comunes.
La etapa sucesiva fue la procesión eucarística con miles de fieles, entre los cuales, como siempre, había muchos enfermos. Ante el santísimo Sacramento, nuestra comunión espiritual con María se hizo aún más intensa y profunda, porque ella nos da ojos y corazón capaces de contemplar a su Hijo divino en la sagrada Eucaristía. Era conmovedor el silencio de esas miles de personas ante el Señor; no un silencio vacío, sino lleno de oración y de conciencia de la presencia del Señor, que nos amó hasta subir a la cruz por nosotros.
Por último, la jornada del lunes 15 de septiembre, memoria litúrgica de Nuestra Señora, la Virgen de los Dolores, estuvo dedicada de forma especial a los enfermos. Tras una breve visita a la capilla del Hospital, donde Bernardita recibió la primera Comunión, en el atrio de la basílica del Rosario presidí la celebración de la santa misa, durante la cual administré el sacramento de la Unción de los enfermos. Con los enfermos y con cuantos los atienden, quise meditar sobre las lágrimas de María derramadas al pie de la cruz, y sobre su sonrisa, que ilumina la mañana de Pascua.
Queridos hermanos y hermanas, juntos demos gracias al Señor por este viaje apostólico lleno de tantos dones espirituales. Particularmente, alabémoslo porque María, al aparecerse a santa Bernardita, abrió en el mundo un espacio privilegiado para encontrar el amor divino que cura y salva. En Lourdes, la Virgen santísima invita a todos a considerar la tierra como lugar de nuestra peregrinación hacia la patria definitiva, que es el cielo. En realidad, todos somos peregrinos, tenemos necesidad de la Madre que nos guía; y, en Lourdes, su sonrisa nos invita a seguir adelante con gran confianza, conscientes de que Dios es bueno, de que Dios es amor.
Saludos
:Saludo cordialmente a los visitantes de lengua española. En particular, al capítulo de Caballeros del Corpus Christi, de Toledo, a los seminaristas de El Salvador y a los estudiantes de Salta. Saludo también a los peregrinos y grupos parroquiales venidos de Costa Rica, España, México, Paraguay, y de otros países latinoamericanos. Os invito a acudir con fe y devoción a la Virgen María para que ella os enseñe en vuestra vida a ser expresión de caridad y de servicio a los hermanos, siguiendo el ejemplo de Cristo en la cruz. Que Dios os bendiga.
Mi pensamiento va, por último, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Queridos jóvenes, que la amistad con Jesús sea para vosotros fuente de gozo y motivo inspirador de todas vuestras opciones. Queridos enfermos, sacad de la oración consuelo y serenidad en los momentos de sufrimiento y de prueba. Queridos recién casados, que el contacto constante con el Señor os sirva de estímulo para corresponder a vuestra vocación familiar.
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy quiero hablar sobre la relación entre san Pablo y los Apóstoles que lo habían precedido en el seguimiento de Jesús. Estas relaciones estuvieron siempre marcadas por un profundo respeto y por la franqueza que en san Pablo derivaba de la defensa de la verdad del Evangelio. Aunque era prácticamente contemporáneo de Jesús de Nazaret, nunca tuvo la oportunidad de encontrarse con él durante su vida pública. Por eso, tras quedar deslumbrado en el camino de Damasco, sintió la necesidad de consultar a los primeros discípulos del Maestro, que él había elegido para que llevaran su Evangelio hasta los confines del mundo.
68 En la carta a los Gálatas san Pablo elabora un importante informe sobre los contactos mantenidos con algunos de los Doce: ante todo con Pedro, que había sido elegido como Kephas, palabra aramea que significa roca, sobre la que se estaba edificando la Iglesia (cf. Ga 1,18); con Santiago, "el hermano del Señor" (cf. Ga 1,19); y con Juan (cf. Ga 2,9): san Pablo no duda en reconocerlos como "las columnas" de la Iglesia. Particularmente significativo es el encuentro con Cefas (Pedro), que tuvo lugar en Jerusalén: san Pablo se quedó con él 15 días para "consultarlo" (cf. Ga 1,19), es decir, para informarse sobre la vida terrena del Resucitado, que lo había "atrapado" en el camino de Damasco y le estaba cambiando la vida de modo radical: de perseguidor de la Iglesia de Dios se había transformado en evangelizador de la fe en el Mesías crucificado e Hijo de Dios que en el pasado había intentado destruir (cf. Ga 1,23).
¿Qué tipo de información sobre Jesucristo obtuvo san Pablo en los tres años sucesivos al encuentro de Damasco? En la primera carta a los Corintios podemos encontrar dos pasajes que san Pablo había conocido en Jerusalén y que ya habían sido formulados como elementos centrales de la tradición cristiana, una tradición constitutiva. Él los transmite verbalmente tal como los había recibido, con una fórmula muy solemne: "Os transmito lo que a mi vez recibí". Insiste, por tanto, en la fidelidad a cuanto él mismo había recibido y que transmite fielmente a los nuevos cristianos. Son elementos constitutivos y conciernen a la Eucaristía y a la Resurrección; se trata de textos ya formulados en los años treinta. Así llegamos a la muerte, sepultura en el seno de la tierra y a la resurrección de Jesús (cf. 1Co 15,3-4).
Tomemos ambos textos: las palabras de Jesús en la última Cena (cf. 1Co 11,23-25) son realmente para san Pablo centro de la vida de la Iglesia: la Iglesia se edifica a partir de este centro, llegando a ser así ella misma. Además de este centro eucarístico, del que vuelve a nacer siempre la Iglesia —también para toda la teología de san Pablo, para todo su pensamiento—, estas palabras tuvieron un notable impacto sobre la relación personal de san Pablo con Jesús. Por una parte, atestiguan que la Eucaristía ilumina la maldición de la cruz, convirtiéndola en bendición (cf. Ga 3,13-14); y por otra, explican el alcance de la misma muerte y resurrección de Jesús. En sus cartas el "por vosotros" de la institución se convierte en "por mí" (Ga 2,20) —personalizando, sabiendo que en ese "vosotros" él mismo era conocido y amado por Jesús— y, por otra parte, en "por todos" (2Co 5,14); este "por vosotros" se convierte en "por mí" y "por la Iglesia" (Ep 5,25), es decir, también "por todos" del sacrificio expiatorio de la cruz (cf. Rm 3,25). Por la Eucaristía y en la Eucaristía la Iglesia se edifica y se reconoce como "Cuerpo de Cristo" (1Co 12,27), alimentado cada día por la fuerza del Espíritu del Resucitado.
El otro texto, sobre la Resurrección, nos transmite de nuevo la misma fórmula de fidelidad. San Pablo escribe: "Os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce" (1Co 15,3-5). También en esta tradición transmitida a san Pablo vuelve a aparecer la expresión "por nuestros pecados", que subraya la entrega de Jesús al Padre para liberarnos del pecado y de la muerte. De esta entrega san Pablo saca las expresiones más conmovedoras y fascinantes de nuestra relación con Cristo: "A quien no conoció pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él" (2Co 5,21); "Conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre, a fin de que os enriquecierais con su pobreza" (2Co 8,9). Vale la pena recordar el comentario con el que Martín Lutero, entonces monje agustino, acompañaba estas expresiones paradójicas de san Pablo: "Este es el grandioso misterio de la gracia divina hacia los pecadores: por un admirable intercambio, nuestros pecados ya no son nuestros, sino de Cristo; y la justicia de Cristo ya no es de Cristo, sino nuestra" (Comentario a los Salmos de 1513-1515). Y así somos salvados.
En el kerygma (anuncio) original, transmitido de boca a boca, merece señalarse el uso del verbo "ha resucitado", en lugar de "fue resucitado", que habría sido más lógico utilizar, en continuidad con el "murió" y "fue sepultado". La forma verbal "ha resucitado" se eligió para subrayar que la resurrección de Cristo influye hasta el presente de la existencia de los creyentes: podemos traducirlo por "ha resucitado y sigue vivo" en la Eucaristía y en la Iglesia. Así todas las Escrituras dan testimonio de la muerte y la resurrección de Cristo, porque —como escribió Hugo de San Víctor— "toda la divina Escritura constituye un único libro, y este único libro es Cristo, porque toda la Escritura habla de Cristo y tiene en Cristo su cumplimiento" (De arca Noe, 2, 8). Si san Ambrosio de Milán pudo decir que "en la Escritura leemos a Cristo", es porque la Iglesia de los orígenes leyó todas las Escrituras de Israel partiendo de Cristo y volviendo a él.
La enumeración de las apariciones del Resucitado a Cefas, a los Doce, a más de quinientos hermanos, y a Santiago se cierra con la referencia a la aparición personal que recibió san Pablo en el camino de Damasco: "Y en último término se me apareció también a mí, como a un abortivo" (1Co 15,8). Dado que él había perseguido a la Iglesia de Dios, en esta confesión expresa su indignidad de ser considerado apóstol al mismo nivel que los que le han precedido: pero la gracia de Dios no fue estéril en él (cf. 1Co 15,10). Por tanto, la actuación prepotente de la gracia divina une a san Pablo con los primeros testigos de la resurrección de Cristo: "Tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído" (1Co 15,11). Es importante la identidad y la unicidad del anuncio del Evangelio: tanto ellos como yo predicamos la misma fe, el mismo Evangelio de Jesucristo muerto y resucitado, que se entrega en la santísima Eucaristía.
La importancia que san Pablo confiere a la Tradición viva de la Iglesia, que transmite a sus comunidades, demuestra cuán equivocada es la idea de quienes afirman que fue san Pablo quien inventó el cristianismo: antes de proclamar el evangelio de Jesucristo, su Señor, se encontró con él en el camino de Damasco y lo frecuentó en la Iglesia, observando su vida en los Doce y en aquellos que lo habían seguido por los caminos de Galilea. En las próximas catequesis tendremos la oportunidad de profundizar en las contribuciones que san Pablo dio a la Iglesia de los orígenes; pero la misión que recibió del Resucitado en orden a la evangelización de los gentiles necesita ser confirmada y garantizada por aquellos que le dieron a él y a Bernabé la mano derecha como señal de aprobación de su apostolado y de su evangelización, así como de acogida en la única comunión de la Iglesia de Cristo (cf. Ga 2,9).
Se comprende entonces que la expresión: "Si conocimos a Cristo según la carne" (2Co 5,16) no significa que su existencia terrena tenga poca importancia para nuestra maduración en la fe, sino que desde el momento de la Resurrección cambia nuestra forma de relacionarnos con él. Él es, al mismo tiempo, el Hijo de Dios, "nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder, según el espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos", como recuerda san Pablo al principio de la carta a los Romanos (Rm 1,3-4).
Cuanto más tratamos de seguir las huellas de Jesús de Nazaret por los caminos de Galilea, tanto más podemos comprender que él asumió nuestra humanidad, compartiéndola en todo, excepto en el pecado. Nuestra fe no nace de un mito ni de una idea, sino del encuentro con el Resucitado, en la vida de la Iglesia.
Saludos
Saludo a los peregrinos y visitantes de España y Latinoamérica, en particular a los sacerdotes de San Juan de Puerto Rico, con el cardenal Luis Aponte y el arzobispo metropolitano Roberto González, así como a los alumnos del Colegio sacerdotal argentino en Roma, a los venidos de Paraná, con su arzobispo, mons. Mario Maulión y a los demás grupos de Puerto Rico, México, Panamá, El Salvador, Venezuela, Argentina y otros países latinoamericanos. Muchas gracias por vuestra visita.
(En portugués)
69 Aquí, en Roma, los apóstoles san Pedro y san Pablo derramaron su sangre, confesando su fe en el Señor Jesús. Las generaciones recogieron y transmitieron ese testimonio. Hoy es nuestra hora. Mostrad a todos la felicidad que hay en amar a Jesucristo. Aprended a seguirlo e imitarlo, como hizo la Virgen María.
(En polaco)
San Pablo enseña que nuestra fe no nace de un mito ni de una idea, sino del encuentro personal con el Resucitado. El Apóstol lo experimentó en el camino de Damasco. Nosotros lo vivimos gracias a la Palabra de Dios y a los sacramentos en la vida de la Iglesia. Os deseo que la experiencia de la presencia cercana del Señor esté siempre viva en vuestro corazón.
(En lengua checa)
La Iglesia en la República Checa festejará el próximo domingo la solemnidad de san Wenceslao, patrono principal de la nación checa. Por gracia de Dios, fue ejemplar en la práctica de la fe. Conservad vuestra herencia espiritual; transmitidla intacta a vuestros hijos. Os bendigo a vosotros y a vuestras familias.
(En italiano)
Mi pensamiento va, por último, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Queridos jóvenes, sed siempre fieles al ideal evangélico y realizadlo en vuestras actividades diarias. Queridos enfermos, que cada día os sirva de apoyo en vuestros sufrimientos la gracia del Señor. Y a vosotros, queridos recién casados, os doy una bienvenida paterna, invitándoos a abrir vuestro corazón al amor divino para que vivifique vuestra vida familiar.
Queridos hermanos y hermanas:
70 El respeto y la veneración que san Pablo cultivó siempre hacia los Doce no disminuyeron cuando él defendía con franqueza la verdad del Evangelio, que no es otro que Jesucristo, el Señor. Hoy queremos detenernos en dos episodios que demuestran la veneración y, al mismo tiempo, la libertad con la que el Apóstol se dirige a Cefas y a los demás Apóstoles: el llamado "Concilio" de Jerusalén y la controversia de Antioquía de Siria, relatados en la carta a los Gálatas (cf. Ga 2,1-10 Ga 2,11-14).
Todo concilio y sínodo de la Iglesia es "acontecimiento del Espíritu" y reúne en su realización las solicitudes de todo el pueblo de Dios: lo experimentaron personalmente quienes tuvieron el don de participar en el concilio Vaticano II. Por eso san Lucas, al informarnos sobre el primer Concilio de la Iglesia, que tuvo lugar en Jerusalén, introduce así la carta que los Apóstoles enviaron en esta circunstancia a las comunidades cristianas de la diáspora: "Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros..." (Ac 15,28). El Espíritu, que obra en toda la Iglesia, conduce de la mano a los Apóstoles a la hora de tomar nuevos caminos para realizar sus proyectos: Él es el artífice principal de la edificación de la Iglesia.
Y sin embargo, la asamblea de Jerusalén tuvo lugar en un momento de no poca tensión dentro de la comunidad de los orígenes. Se trataba de responder a la pregunta de si era indispensable exigir a los paganos que se estaban convirtiendo a Jesucristo, el Señor, la circuncisión, o si era lícito dejarlos libres de la Ley mosaica, es decir, de la observancia de las normas necesarias para ser hombres justos, obedientes a la Ley, y sobre todo, libres de las normas relativas a las purificaciones rituales, los alimentos puros e impuros y el sábado. A la asamblea de Jerusalén se refiere también san Pablo en la carta a los Gálatas (Ga 2,1-10): tras catorce años de su encuentro con el Resucitado en Damasco —estamos en la segunda mitad de la década del 40 d.C.—, Pablo parte con Bernabé desde Antioquía de Siria y se hace acompañar de Tito, su fiel colaborador que, aun siendo de origen griego, no había sido obligado a hacerse circuncidar cuando entró en la Iglesia. En esta ocasión, san Pablo expuso a los Doce, definidos como las personas más relevantes, su evangelio de libertad de la Ley (cf. Ga 2,6). A la luz del encuentro con Cristo resucitado, él había comprendido que en el momento del paso al evangelio de Jesucristo, a los paganos ya no les eran necesarias la circuncisión, las leyes sobre el alimento y sobre el sábado, como muestra de justicia: Cristo es nuestra justicia y "justo" es todo lo que es conforme a él. No son necesarios otros signos para ser justos. En la carta a los Gálatas refiere, con pocas palabras, el desarrollo de la Asamblea: recuerda con entusiasmo que el evangelio de la libertad de la Ley fue aprobado por Santiago, Cefas y Juan, "las columnas", que le ofrecieron a él y a Bernabé la mano derecha en signo de comunión eclesial en Cristo (cf. Ga 2,9). Si, como hemos notado, para san Lucas el concilio de Jerusalén expresa la acción del Espíritu Santo, para san Pablo representa el reconocimiento decisivo de la libertad compartida entre todos aquellos que participaron en él: libertad de las obligaciones provenientes de la circuncisión y de la Ley; la libertad por la que "Cristo nos ha liberado, para que seamos libres" y no nos dejemos imponer ya el yugo de la esclavitud (cf. Ga 5,1). Las dos modalidades con que san Pablo y san Lucas describen la asamblea de Jerusalén se unen por la acción liberadora del Espíritu, porque "donde está el Espíritu del Señor hay libertad", como dice en la segunda carta a los Corintios (cf. 2Co 3,17).
Con todo, como aparece con gran claridad en las cartas de san Pablo, la libertad cristiana no se identifica nunca con el libertinaje o con el arbitrio de hacer lo que se quiere; esta se realiza en conformidad con Cristo y por eso, en el auténtico servicio a los hermanos, sobre todo a los más necesitados. Por esta razón, el relato de san Pablo sobre la asamblea se cierra con el recuerdo de la recomendación que le dirigieron los Apóstoles: "Sólo que nosotros debíamos tener presentes a los pobres, cosa que he procurado cumplir con todo esmero" (Ga 2,10). Cada concilio nace de la Iglesia y vuelve a la Iglesia: en aquella ocasión vuelve con la atención a los pobres que, de las diversas anotaciones de san Pablo en sus cartas, se trata sobre todo de los de la Iglesia de Jerusalén. En la preocupación por los pobres, atestiguada particularmente en la segunda carta a los Corintios (cf. 2Co 8-9) y en la conclusión de la carta a los Romanos (cf. Rm 15), san Pablo demuestra su fidelidad a las decisiones maduradas durante la Asamblea.
Quizás ya no seamos capaces de comprender plenamente el significado que san Pablo y sus comunidades atribuyeron a la colecta para los pobres de Jerusalén. Se trató de una iniciativa totalmente nueva en el ámbito de las actividades religiosas: no fue obligatoria, sino libre y espontánea; tomaron parte todas las Iglesias fundadas por san Pablo en Occidente. La colecta expresaba la deuda de sus comunidades a la Iglesia madre de Palestina, de la que habían recibido el don inefable del Evangelio. Tan grande es el valor que Pablo atribuye a este gesto de participación que raramente la llama simplemente "colecta": para él es más bien "servicio", "bendición", "amor", "gracia", más aún, "liturgia" (2Co 9). Sorprende, particularmente, este último término, que confiere a la colecta en dinero un valor incluso de culto: por una parte es un gesto litúrgico o "servicio", ofrecido por cada comunidad a Dios, y por otra es acción de amor cumplida a favor del pueblo. Amor a los pobres y liturgia divina van juntas, el amor a los pobres es liturgia. Los dos horizontes están presentes en toda liturgia celebrada y vivida en la Iglesia, que por su naturaleza se opone a la separación entre el culto y la vida, entre la fe y las obras, entre la oración y la caridad para con los hermanos. Así el concilio de Jerusalén nace para dirimir la cuestión sobre cómo comportarse con los paganos que llegaban a la fe, optando por la libertad de la circuncisión y de las observancias impuestas por la Ley, y se resuelve en la solicitud eclesial y pastoral que pone en el centro la fe en Cristo Jesús y el amor a los pobres de Jerusalén y de toda la Iglesia.
El segundo episodio es la conocida controversia de Antioquía, en Siria, que atestigua la libertad interior de que gozaba san Pablo: ¿Cómo comportarse en ocasión de la comunión de mesa entre creyentes de origen judío y los procedentes de los gentiles? Aquí se pone de manifiesto el otro epicentro de la observancia mosaica: la distinción entre alimentos puros e impuros, que dividía profundamente a los hebreos observantes de los paganos. Inicialmente Cefas, Pedro, compartía la mesa con unos y con otros: pero con la llegada de algunos cristianos vinculados a Santiago, "el hermano del Señor" (Ga 1,19), Pedro había empezado a evitar los contactos en la mesa con los paganos, para no escandalizar a los que continuaban observando las leyes de pureza alimentaria; y la opción era compartida por Bernabé. Tal opción dividía profundamente a los cristianos procedentes de la circuncisión y los cristianos venidos del paganismo. Este comportamiento, que amenazaba realmente la unidad y la libertad de la Iglesia, suscitó las encendidas reacciones de Pablo, que llegó a acusar a Pedro y a los demás de hipocresía: "Si tú, siendo judío, vives como gentil y no como judío, ¿cómo fuerzas a los gentiles a judaizar?" (Ga 2,14). En realidad, las preocupaciones de Pablo, por una parte, y de Pedro y Bernabé, por otro, eran distintas: para los últimos la separación de los paganos representaba una modalidad para tutelar y para no escandalizar a los creyentes provenientes del judaísmo; para Pablo constituía, en cambio, un peligro de malentendido de la salvación universal en Cristo ofrecida tanto a los paganos como a los judíos. Si la justificación se realiza sólo en virtud de la fe en Cristo, de la conformidad con él, sin obra alguna de la Ley, ¿qué sentido tiene observar aún la pureza alimentaria con ocasión de la participación en la mesa? Muy probablemente las perspectivas de Pedro y de Pablo eran distintas: para el primero, no perder a los judíos que se habían adherido al Evangelio; para el segundo, no disminuir el valor salvífico de la muerte de Cristo para todos los creyentes.
Es extraño decirlo, pero al escribir a los cristianos de Roma, algunos años después (hacia la mitad de la década del 50 d.C.), san Pablo mismo se encontrará ante una situación análoga y pedirá a los fuertes que no coman comida impura para no perder o para no escandalizar a los débiles: "Bueno es no comer carne, ni beber vino, ni hacer nada en que tu hermano tropiece, o se escandalice, o flaquee" (Rm 14,21). La controversia de Antioquía se reveló así como una lección tanto para san Pedro como para san Pablo. Sólo el diálogo sincero, abierto a la verdad del Evangelio, pudo orientar el camino de la Iglesia: "El reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo" (Rm 14,17). Es una lección que debemos aprender también nosotros: con los diversos carismas confiados a san Pedro y a san Pablo, dejémonos todos guiar por el Espíritu, intentando vivir en la libertad que encuentra su orientación en la fe en Cristo y se concreta en el servicio a los hermanos. Es esencial conformarnos cada vez más a Cristo. De esta forma se es realmente libre. Así se expresa en nosotros el núcleo más profundo de la Ley: el amor a Dios y al prójimo. Pidamos al Señor que nos enseñe a compartir sus sentimientos, para aprender de él la verdadera libertad y el amor evangélico que abraza a todo ser humano.
Saludos
Saludo cordialmente a los visitantes de lengua española. En particular, a los peregrinos y grupos parroquiales venidos de Alemania, Chile, Colombia, España, México y de otros países latinoamericanos. Os invito a que, siguiendo el ejemplo de san Pablo, os dejéis guiar por el Espíritu Santo para comportaros siempre en vuestra vida según la verdad del Evangelio. Que Dios os bendiga.
(En portugués)
Siguiendo las pautas de la catequesis de hoy, hago votos para que acompañéis, unidos a las intenciones del Papa, las celebraciones de la X Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos, que tiene por tema: "La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia". Todo concilio y sínodo es un acontecimiento del Espíritu. Por eso, asistidos por los dones del Altísimo, confiamos en el buen éxito de este significativo acontecimiento eclesial.
(En italiano)
71 Mi pensamiento va, por último, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Recordamos hoy a santa Teresa del Niño Jesús, una joven monja de clausura de Lisieux, doctora de la Iglesia y patrona de las misiones. Que su testimonio evangélico os sostenga a vosotros, queridos jóvenes, en el compromiso diario de fidelidad a Cristo; os aliente a vosotros, queridos enfermos, a seguir a Jesús por el camino de la prueba y del sufrimiento; y os ayude a vosotros, queridos recién casados, a hacer de vuestra familia un espacio de crecimiento en el amor a Dios y a los hermanos.
Audiencias 2008 66