Audiencias 2010 43

43 Quiero poner algunos ejemplos del contenido, sencillo, esencial y convincente, de las enseñanzas de santo Tomás. En su Opúsculo sobre el Símbolo de los Apóstoles explica el valor de la fe. Por medio de ella, dice, el alma se une a Dios, y se produce como un brote de vida eterna; la vida recibe una orientación segura, y nosotros superamos fácilmente las tentaciones. A quien objeta que la fe es una necedad, porque hace creer en algo que no entra en la experiencia de los sentidos, santo Tomás da una respuesta muy articulada, y recuerda que se trata de una duda inconsistente, porque la inteligencia humana es limitada y no puede conocerlo todo. Sólo en el caso de que pudiéramos conocer perfectamente todas las cosas visibles e invisibles, entonces sería una auténtica necedad aceptar verdades por pura fe. Por lo demás, es imposible vivir —observa santo Tomás— sin fiarse de la experiencia de los demás, donde el conocimiento personal no llega. Por tanto, es razonable tener fe en Dios que se revela y en el testimonio de los Apóstoles: eran pocos, sencillos y pobres, afligidos a causa de la crucifixión de su Maestro; y aun así, muchas personas sabias, nobles y ricas se convirtieron en poco tiempo al escuchar su predicación. Se trata, en efecto, de un fenómeno históricamente prodigioso, al cual difícilmente se puede dar otra respuesta razonable que no sea la del encuentro de los Apóstoles con el Señor resucitado.

Comentando el artículo del Símbolo sobre la encarnación del Verbo divino, santo Tomás hace algunas consideraciones. Afirma que la fe cristiana, considerando el misterio de la Encarnación, queda reforzada; la esperanza se eleva con más confianza al pensar que el Hijo de Dios vino en medio de nosotros, como uno de nosotros, para comunicar a los hombres su divinidad; la caridad se reaviva, porque no existe signo más evidente del amor de Dios por nosotros, que ver al Creador del universo que se hace él mismo criatura, uno de nosotros. Por último, considerando el misterio de la encarnación de Dios, sentimos que se inflama nuestro deseo de alcanzar a Cristo en la gloria. Haciendo una comparación sencilla y eficaz, santo Tomás observa: «Si el hermano de un rey estuviera lejos, ciertamente anhelaría poder vivir a su lado. Pues bien, Cristo es nuestro hermano: por tanto, debemos desear su compañía, llegar a ser un solo corazón con él» (Opuscoli teologico-spirituali, Roma 1976, p. 64).

Presentando la oración del Padre Nuestro, santo Tomás muestra que es perfecta en sí, pues tiene las cinco características que debería poseer una oración bien hecha: abandono confiado y tranquilo; conveniencia de su contenido, porque —observa santo Tomás— «es muy difícil saber exactamente lo que es oportuno pedir y lo que no, pues nos resulta difícil la selección de los deseos» (ib., p. 120); y, también, orden apropiado de las peticiones, fervor de caridad y sinceridad de la humildad.

Santo Tomás fue, como todos los santos, un gran devoto de la Virgen. La definió con un apelativo estupendo: Triclinium totius Trinitatis, triclinio, es decir, lugar donde la Trinidad encuentra su descanso, porque, con motivo de la Encarnación, en ninguna criatura, como en ella, las tres Personas divinas habitan y sienten delicia y alegría por vivir en su alma llena de gracia. Por su intercesión podemos obtener cualquier ayuda.

Con una oración, que tradicionalmente se atribuye a santo Tomás y que, en cualquier caso, refleja los elementos de su profunda devoción mariana, también nosotros digamos: «Oh santísima y dulcísima Virgen María, Madre de Dios..., encomiendo toda mi vida a tu corazón misericordioso... Alcánzame, oh dulcísima Señora mía, caridad verdadera, con la cual ame con todo mi corazón, sobre todas las cosas, a tu santísimo Hijo y, después de él, a ti, y al prójimo en Dios y por Dios».

Saludos

Saludo a los grupos de lengua española, en particular a los miembros de la Asociación pública de Fieles “Hogar de la Madre”, así como a los demás fieles provenientes de España, México y otros países latinoamericanos. Os invito a todos, a imitación de santo Tomás de Aquino, a profundizar, mediante el estudio y la oración, en los grandes misterios de la fe.

(A los diáconos del seminario mayor de Cracovia)

Agradeced a Dios el don de la vocación, cuidadla y viviendo una vida ejemplar suscitad la valentía de aquellos a los que el Señor llama, a fin de que no duden en responder: “Heme aquí, envíame” (
Is 6,8).

(A los peregrinos de Jimramov, República Checa)

Mañana celebraremos la fiesta de San Juan Bautista. La vocación de este gran profeta fue preparar el camino a nuestro Señor. También nosotros, cada uno según la propia vocación, debemos llevar a Cristo al mundo de hoy. ¡Sed fuertes en el Señor!

44 (A los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados)

Hoy celebramos la memoria litúrgica de san José Cafasso y el 150° aniversario de su muerte. Que el ejemplo de esta atractiva figura de sacerdote ejemplar, al que quiero dedicar mi próxima catequesis del miércoles, os ayude, queridos jóvenes, a experimentar personalmente la fuerza liberadora del amor de Cristo, que renueva profundamente la vida del hombre; a vosotros, queridos enfermos, os sostenga para que ofrezcáis vuestro sufrimiento por la conversión de quien es prisionero del mal; y a vosotros, queridos recién casados, os aliente a ser signo de la fidelidad de Dios también en el perdón mutuo, motivado por el amor.









Plaza de San Pedro

Miércoles 30 de junio de 2010



San José Cafasso

Queridos hermanos y hermanas:

Hemos concluido hace poco el Año sacerdotal: un tiempo de gracia que ha dado y dará frutos preciosos a la Iglesia; una oportunidad para recordar en la oración a todos los que han respondido a esta vocación particular. En este camino nos acompañaron como modelos e intercesores el santo cura de Ars y otras figuras de santos sacerdotes, verdaderas luces en la historia de la Iglesia. Como anuncié el pasado miércoles, hoy quiero recordar otra, que destaca en el grupo de los «santos sociales» del siglo xix en Turín: se trata de san José Cafasso.

Merece un recuerdo especial porque precisamente hace una semana se celebraba el 150° aniversario de su muerte, que tuvo lugar en la capital piamontesa el 23 de junio de 1860, a la edad de 49 años. Además, quiero recordar que el Papa Pío XI, el 1 de noviembre de 1924, al aprobar los milagros para la canonización de san Juan María Vianney y publicar el decreto de autorización para la beatificación de José Cafasso, unió estas dos figuras de sacerdotes con las siguientes palabras: «No sin una especial y benéfica disposición de la divina Bondad, hemos asistido a la aparición de nuevos astros en la Iglesia católica: el párroco de Ars y el venerable siervo de Dios José Cafasso. Precisamente estas dos hermosas, queridas, providencialmente oportunas figuras se nos debían presentar hoy; pequeña y humilde, pobre y sencilla, pero también gloriosa, la figura del párroco de Ars; y la otra bella, grande, compleja, rica figura de sacerdote, maestro y formador de sacerdotes, el venerable José Cafasso». Se trata de circunstancias que nos brindan la ocasión para conocer mejor el mensaje, vivo y actual que surge de la vida de este santo. No fue párroco como el cura de Ars, sino que fue sobre todo formador de párrocos y de sacerdotes diocesanos, más aún, de sacerdotes santos, entre ellos san Juan Bosco. No fundó institutos religiosos, como otros santos sacerdotes piamonteses del siglo XIX, porque su «fundación» fue la «escuela de vida y de santidad sacerdotal» que realizó, con el ejemplo y la enseñanza, en el Internado eclesiástico de San Francisco de Asís, en Turín.

José Cafasso nació en Castelnuovo d'Asti, el mismo pueblo de san Juan Bosco, el 15 de enero de 1811. Fue el tercero de cuatro hijos. La última, su hermana Marianna, será la madre del beato José Allamano, fundador de los Misioneros y las Misioneras de la Consolata. Nació en el Piamonte del siglo XIX, caracterizado por graves problemas sociales, pero también por numerosos santos que se empeñaron en buscarles solución. Esos santos estaban unidos entre sí por un amor total a Cristo y por una profunda caridad hacia los más pobres: la gracia del Señor sabe difundir y multiplicar las semillas de santidad. José Cafasso realizó los estudios de secundaria y el bienio de filosofía en el colegio de Chieri y en 1830 pasó al seminario teológico, donde, en 1833, fue ordenado sacerdote. Cuatro meses más tarde hizo su ingreso en el lugar que para él sería la única y fundamental «etapa» de su vida sacerdotal: el Internado eclesiástico de San Francisco de Asís, en Turín. Entró para perfeccionarse en la pastoral y allí hizo fructificar sus dotes de director espiritual y su gran espíritu de caridad. El Internado, de hecho, no era sólo una escuela de teología moral, donde los jóvenes sacerdotes, procedentes sobre todo de zonas rurales, aprendían a confesar y a predicar; también era una verdadera escuela de vida sacerdotal, donde los presbíteros se formaban en la espiritualidad de san Ignacio de Loyola y en la teología moral y pastoral del gran obispo san Alfonso María de Ligorio. El tipo de sacerdote que José Cafasso encontró en el Internado y que él mismo contribuyó a reforzar —sobre todo como rector— era el del verdadero pastor con una rica vida interior y un profundo celo en el trabajo pastoral: fiel a la oración, comprometido en la predicación y en la catequesis, dedicado a la celebración de la Eucaristía y al ministerio de la Confesión, según el modelo encarnado por san Carlos Borromeo y san Francisco de Sales y promovido por el concilio de Trento. Una feliz expresión de san Juan Bosco sintetiza el sentido del trabajo educativo en aquella comunidad: «En el Internado se aprendía a ser sacerdotes».

San José Cafasso intentó realizar este modelo en la formación de los jóvenes sacerdotes, para que ellos, a su vez, se convirtieran en formadores de otros sacerdotes, religiosos y laicos, en una especial y eficaz cadena. Desde su cátedra de teología moral educaba a ser buenos confesores y directores espirituales, solícitos por el verdadero bien espiritual de la persona, animados por un gran equilibrio en hacer sentir la misericordia de Dios y, al mismo tiempo, un agudo y vivo sentido del pecado. Tres eran las virtudes principales de José Cafasso profesor, como recuerda san Juan Bosco: calma, agudeza y prudencia. Estaba convencido de que donde se verificaba la enseñanza transmitida era en el ministerio de la Confesión, a la cual él mismo dedicaba muchas horas de la jornada; a él acudían obispos, sacerdotes, religiosos, laicos eminentes y gente sencilla: a todos sabía dedicar el tiempo necesario. Fue sabio consejero espiritual de muchos que llegaron a ser santos y fundadores de institutos religiosos. Su enseñanza nunca era abstracta, basada sólo en los libros que se utilizaban en ese tiempo, sino que nacía de la experiencia viva de la misericordia de Dios y del profundo conocimiento del alma humana adquirido en el largo tiempo que pasaba en el confesonario y en la dirección espiritual: la suya era una verdadera escuela de vida sacerdotal.

Su secreto era sencillo: ser un hombre de Dios; hacer, en las pequeñas acciones cotidianas, «lo que pueda contribuir a mayor gloria de Dios y provecho de las almas». Amaba de forma total al Señor, estaba animado por una fe bien arraigada, sostenido por una oración profunda y prolongada, vivía una sincera caridad hacia todos. Conocía la teología moral, pero conocía también las situaciones y el corazón de la gente, cuyo bien procuraba, como el buen pastor. Cuantos tenían la gracia de estar cerca de él se transformaban también en buenos pastores y confesores válidos. Indicaba con claridad a todos los sacerdotes la santidad que se puede alcanzar precisamente en el ministerio pastoral. El beato don Clemente Marchisio, fundador de las Hijas de San José, afirmaba: «Cuando entré en el Internado era un muchacho travieso y alocado, no sabía lo que significaba ser sacerdote, y salí de él totalmente cambiado, plenamente imbuido de la dignidad del sacerdote». ¡A cuántos sacerdotes formó en el Internado y después los siguió espiritualmente! Entre ellos —como ya he dicho— destaca san Juan Bosco, que lo tuvo como director espiritual durante 25 años, desde 1835 hasta 1860: primero como clérigo, después como sacerdote y por último como fundador. Todas las decisiones fundamentales de la vida de san Juan Bosco tuvieron como consejero y guía a san José Cafasso, pero de un modo bien preciso: Cafasso no trató nunca de formar en don Bosco un discípulo «a su imagen y semejanza», y don Bosco no copió a Cafasso; ciertamente, lo imitó en las virtudes humanas y sacerdotales —definiéndolo «modelo de vida sacerdotal»—, pero según sus aptitudes personales y su vocación peculiar; un signo de la sabiduría del maestro espiritual y de la inteligencia del discípulo: el primero no se impuso sobre el segundo, sino que lo respetó en su personalidad y le ayudó a leer cuál era la voluntad de Dios para él. Queridos amigos, esta es una enseñanza valiosa para todos los que están comprometidos en la formación y educación de las generaciones jóvenes, y también es una fuerte llamada a valorar la importancia de tener un guía espiritual en la propia vida, que ayude a entender lo que Dios quiere de nosotros. Con sencillez y profundidad, nuestro santo afirmaba: «Toda la santidad, la perfección y el provecho de una persona está en hacer perfectamente la voluntad de Dios (...). Dichosos seríamos si consiguiéramos introducir así nuestro corazón dentro del de Dios, unir de tal forma nuestros deseos, nuestra voluntad a la suya, de modo que formen un solo corazón y una sola voluntad: querer lo que Dios quiere, quererlo en el modo, en el tiempo y en las circunstancias que él quiere, y querer todo eso únicamente porque Dios así lo quiere».

45 Pero otro elemento caracteriza el ministerio de nuestro santo: la atención a los últimos, en particular a los presos, que en Turín durante el siglo XIX vivían en en lugares inhumanos e inhumanizadores. También en este delicado servicio, llevado a cabo durante más de veinte años, Cafasso fue siempre el buen pastor, comprensivo y compasivo: cualidad percibida por los reclusos, que acababan por ser conquistados por ese amor sincero, cuyo origen era Dios mismo. La simple presencia de Cafasso hacía el bien: serenaba, tocaba los corazones endurecidos por las circunstancias de la vida y sobre todo iluminaba y sacudía las conciencias indiferentes. En los primeros tiempos de su ministerio entre los encarcelados, a menudo recurría a las grandes predicaciones, a las que asistían casi todos los reclusos. Con el paso del tiempo, privilegió la catequesis menuda, impartida en los coloquios y en los encuentros personales: respetuoso de las circunstancias de cada uno, afrontaba los grandes temas de la vida cristiana, hablando de la confianza en Dios, de la adhesión a su voluntad, de la utilidad de la oración y de los sacramentos, cuyo punto de llegada es la Confesión, el encuentro con Dios hecho para nosotros misericordia infinita. Los condenados a muerte fueron objeto de cuidados humanos y espirituales especialísimos. Acompañó al patíbulo, tras haberlos confesado y administrado la Eucaristía, a 57 condenados a muerte. Los acompañaba con profundo amor hasta el última aliento de su existencia terrena.

Murió el 23 de junio de 1860, tras una vida ofrecida totalmente al Señor y consumada por el prójimo. Mi predecesor, el venerable siervo de Dios Papa Pío XII, el 9 de abril de 1948, lo proclamó patrono de las cárceles italianas y, con la exhortación apostólica Menti nostrae, el 23 de septiembre de 1950, lo propuso como modelo a los sacerdotes comprometidos en la confesión y en la dirección espiritual.

Queridos hermanos y hermanas, que san José Cafasso sea una llamada para todos a intensificar el camino hacia la perfección de la vida cristiana, la santidad; que recuerde en particular a los sacerdotes la importancia de dedicar tiempo al sacramento de la Reconciliación y a la dirección espiritual, y a todos la atención que debemos prestar a los más necesitados. Que nos ayude la intercesión de la santísima Virgen María, de quien san José Cafasso era devotísimo y a quien llamaba «nuestra querida Madre, nuestro consuelo, nuestra esperanza».



Saludos

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, en particular a los señores arzobispos metropolitanos de Medellín y Nueva Pamplona, en Colombia; de Cuenca, en Ecuador; de Sevilla, Oviedo y Valladolid, en España; de Chihuahua y Acapulco, en México; y de Panamá. Ayer, en la solemne misa de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, tuve el gozo de imponerles el palio, como signo de estrecha comunión con el Papa, Sucesor de San Pedro y Pastor de la Iglesia universal. Invito a todos los que los acompañan a pedir a Dios por ellos, para que ejerzan su ministerio episcopal con los mismos sentimientos de Cristo, Buen Pastor. Muchas gracias.

(A los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados)

A la solemnidad de los apóstoles san Pedro y san Pablo que hemos celebrado ayer, sigue hoy la memoria de los primeros mártires romanos. Queridos jóvenes, imitad su heroico testimonio evangélico y sed fieles a Cristo en toda circunstancia de la vida. Os aliento a vosotros, queridos enfermos, a acoger el ejemplo de los protomártires para transformar vuestro sufrimiento en un acto de entrega por amor a Dios y a los hermanos. Vosotros, queridos recién casados, haced vuestro el proyecto que el Creador estableció para vuestra vocación, a fin de llegar así a realizar una unión familiar fecunda y duradera».







                                                                                Julio de 2010

Sala Pablo VI

Miércoles 7 de julio de 2010



Juan Duns Scoto

46 Queridos hermanos y hermanas:

Esta mañana, después de algunas catequesis sobre varios grandes teólogos, deseo presentaros otra figura importante en la historia de la teología: se trata del beato Juan Duns Scoto, que vivió a finales del siglo XIII. Una antigua inscripción en su sepultura resume las coordenadas geográficas de su biografía: «Inglaterra lo acogió; Francia lo educó; Colonia, en Alemania, conserva sus restos mortales; en Escocia nació». No podemos olvidar estas informaciones, entre otras cosas porque poseemos muy pocas noticias sobre la vida de Duns Scoto. Nació probablemente en 1266 en un pueblo, que se llamaba precisamente Duns, cerca de Edimburgo. Atraído por el carisma de san Francisco de Asís, ingresó en la familia de los Frailes Menores y en 1291 fue ordenado sacerdote. Dotado de una inteligencia brillante e inclinada a la especulación —la inteligencia que le mereció de la tradición el título de Doctor subtilis, «doctor sutil»— Duns Scoto fue orientado hacia los estudios de filosofía y de teología en las célebres universidades de Oxford y de París. Una vez concluida con éxito su formación, emprendió la enseñanza de la teología en las universidades de Oxford y de Cambridge, y más tarde en París, iniciando a comentar, como todos los maestros del tiempo, las Sentencias de Pedro Lombardo. Las obras principales de Duns Scoto representan el fruto maduro de estas lecciones, y toman el título de los lugares en los que enseñó: Ordinatio (llamada en el pasado Opus Oxoniense - Oxford, Reportatio Cantabrigensis (Cambridge), Reportata Parisiensia (París). A éstas se han de añadir, al menos, las Quodlibeta (o Quaestiones quodlibetales), una obra muy importante constituida por 21 cuestiones sobre diversos temas teológicos. De París se alejó cuando, al estallar un grave conflicto entre el rey Felipe IV el Hermoso y el Papa Bonifacio VIII, Duns Scoto prefirió el exilio voluntario a tener que firmar un documento hostil al Sumo Pontífice, como el rey había impuesto a todos los religiosos. Así —por amor a la Sede de Pedro—, junto a los frailes franciscanos, abandonó el país.

Queridos hermanos y hermanas, este hecho nos invita a recordar cuántas veces en la historia de la Iglesia los creyentes han encontrado hostilidades y sufrido incluso persecuciones a causa de su fidelidad y de su devoción a Cristo, a la Iglesia y al Papa. Todos nosotros miramos con admiración a estos cristianos, que nos enseñan a custodiar como un bien precioso la fe en Cristo y la comunión con el Sucesor de Pedro y, así, con la Iglesia universal.

Sin embargo, las relaciones entre el rey de Francia y el sucesor de Bonifacio VIII pronto volvieron a ser cordiales, y en 1305 Duns Scoto pudo regresar a París para enseñar allí teología con el título de Magister regens, que hoy equivaldría a catedrático. Sucesivamente, sus superiores lo enviaron a Colonia como profesor del Estudio teológico franciscano, pero murió el 8 de noviembre de 1308, con sólo 43 años, dejando, de todas formas, un número relevante de obras.

Con motivo de la fama de santidad de la que gozaba, en la Orden franciscana muy pronto se difundió su culto y el venerable Papa Juan Pablo II quiso confirmarlo solemnemente beato el 20 de marzo de 1993, definiéndolo «cantor del Verbo encarnado y defensor de la Inmaculada Concepción». En esta expresión se sintetiza la gran contribución que Duns Scoto dio a la historia de la teología.

Ante todo, meditó sobre el misterio de la encarnación y, a diferencia de muchos pensadores cristianos del tiempo, sostuvo que el Hijo de Dios se habría hecho hombre aunque la humanidad no hubiese pecado. Afirma en la «Reportata Parisiensia»: «¡Pensar que Dios habría renunciado a esa obra si Adán no hubiera pecado sería completamente irrazonable! Por tanto, digo que la caída no fue la causa de la predestinación de Cristo, y que —aunque nadie hubiese caído, ni el ángel ni el hombre— en esta hipótesis Cristo habría estado de todos modos predestinado de la misma manera» (en III Sent., d. 7, 4). Este pensamiento, quizá algo sorprendente, nace porque para Duns Scoto la encarnación del Hijo de Dios, proyectada desde la eternidad por Dios Padre en su designio de amor, es el cumplimiento de la creación, y hace posible a toda criatura, en Cristo y por medio de él, ser colmada de gracia, y alabar y dar gloria a Dios en la eternidad. Duns Scoto, aun consciente de que, en realidad, a causa del pecado original, Cristo nos redimió con su pasión, muerte y resurrección, confirma que la encarnación es la obra mayor y más bella de toda la historia de la salvación, y que no está condicionada por ningún hecho contingente, sino que es la idea original de Dios de unir finalmente toda la creación consigo mismo en la persona y en la carne del Hijo.

Fiel discípulo de san Francisco, a Duns Scoto le gustaba contemplar y predicar el misterio de la pasión salvífica de Cristo, expresión de la voluntad de amor, del amor inmenso de Dios, el cual comunica con grandísima generosidad fuera de sí los rayos de su bondad y de su amor (cf. Tractatus de primo principio, c. 4). Y este amor no se revela sólo en el Calvario, sino también en la santísima Eucaristía, de la que Duns Scoto era devotísimo y contemplaba como el sacramento de la presencia real de Jesús y de la unidad y la comunión que impulsa a amarnos los unos a los otros y a amar a Dios como el Sumo Bien común (cf. Reportata Parisiensia, en IV Sent., d. 8, q. 1, n. 3). «Y del mismo modo que este amor, esta caridad – escribí en la Carta con ocasión del Congreso Internacional en Colonia por al VII Centenario de la muerte del beato Duns Scoto, citando el pensamiento de nuestro autor – fue el inicio de todo, así también sólo en el amor y en la caridad estará nuestra felicidad: “El querer, o la voluntad amorosa, es simplemente la vida eterna, feliz y perfecta”». (L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 2 de enero de 2010, p. 5).

Queridos hermanos y hermanas, esta visión teológica, fuertemente «cristocéntrica», nos abre a la contemplación, al estupor y a la gratitud: Cristo es el centro de la historia y del cosmos, es quien que da sentido, dignidad y valor a nuestra vida. Como el Papa Pablo VI en Manila, también hoy quiero gritar al mundo: «[Cristo] es el que manifiesta al Dios invisible, es el primogénito de toda criatura, es el fundamento de todas las cosas; él es el Maestro de la humanidad, es el Redentor; él nació, murió y resucitó por nosotros; él es el centro de la historia y del mundo; él es aquel que nos conoce y nos ama; él es el compañero y el amigo de nuestra vida... Yo no acabaría nunca de hablar de él» (Homilía, 29 de noviembre de 1970: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 13 de diciembre de 1970, p. 2).

No sólo el papel de Cristo en la historia de la salvación, sino también el de María es objeto de la reflexión del Doctor subtilis. En los tiempos de Duns Scoto la mayoría de los teólogos oponía una objeción, que parecía insuperable, a la doctrina según la cual María santísima estuvo exenta del pecado original desde el primer instante de su concepción: de hecho la universalidad de la redención que realiza Cristo, a primera vista, podía parecer comprometida por una afirmación semejante, como si María no hubiera necesitado a Cristo y su redención. Por esto, los teólogos se oponían a esta tesis. Duns Scoto, para que se comprendiera esta preservación del pecado original, desarrolló un argumento que más tarde adoptará también el beato Papa Pío IX en 1854, cuando definió solemnemente el dogma de la Inmaculada Concepción de María. Y este argumento es el de la «redención preventiva», según el cual la Inmaculada Concepción representa la obra maestra de la redención realizada por Cristo, porque precisamente el poder de su amor y de su mediación obtuvo que la Madre fuera preservada del pecado original. Por tanto, María es totalmente redimida por Cristo, pero ya antes de la concepción. Los franciscanos, sus hermanos, acogieron y difundieron con entusiasmo esta doctrina, y otros teólogos —a menudo con juramento solemne— se comprometieron a defenderla y a perfeccionarla.

Al respecto, quiero poner de relieve un dato que me parece importante. Teólogos de valía, como Duns Scoto acerca de la doctrina sobre la Inmaculada Concepción, han enriquecido con su específica contribución de pensamiento lo que el pueblo de Dios ya creía espontáneamente sobre la Virgen santísima, y manifestaba en los actos de piedad, en las expresiones del arte y, en general, en la vida cristiana. Así, la fe, tanto en la Inmaculada Concepción como en la Asunción corporal de la Virgen, ya estaba presente en el pueblo de Dios, mientras que la teología todavía no había encontrado la clave para interpretarla en la totalidad de la doctrina de la fe. Por tanto, el pueblo de Dios precede a los teólogos y todo esto gracias a ese sobrenatural sensus fidei, es decir, a la capacidad infusa del Espíritu Santo, que habilita para abrazar la realidad de la fe, con la humildad del corazón y de la mente. En este sentido, el pueblo de Dios es «magisterio que precede», y que después la teología debe profundizar y acoger intelectualmente. ¡Ojalá los teólogos escuchen siempre esta fuente de la fe y conserven la humildad y la sencillez de los pequeños! Lo recordé hace algunos meses diciendo: «Hay grandes doctos, grandes especialistas, grandes teólogos, maestros de la fe, que nos han enseñado muchas cosas. Han penetrado en los detalles de la Sagrada Escritura... pero no han podido ver el misterio mismo, el núcleo verdadero... Lo esencial ha quedado oculto... En cambio, también en nuestro tiempo están los pequeños que han conocido ese misterio. Pensemos en santa Bernardita Soubirous; en santa Teresa de Lisieux, con su nueva lectura de la Biblia “no científica”», pero que entra en el corazón de la Sagrada Escritura» (Homilía en la santa misa con los miembros de la Comisión teológica internacional, 1 de diciembre de 2009: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 4 de diciembre de 2009, p. 10).

Por último, Duns Scoto desarrolló un punto sobre el cual la modernidad es muy sensible. Se trata del tema de la libertad y de su relación con la voluntad y con el intelecto. Nuestro autor subraya la libertad como cualidad fundamental de la voluntad, comenzando un planteamiento che valora mayormente la voluntad. En autores posteriores, por desgracia, esta línea de pensamiento se desarrolló en un voluntarismo, en contraste con el llamado intelectualismo agustiniano y tomista. Para santo Tomás de Aquino, que sigue a san Agustín, la libertad no puede considerarse una cualidad innata de la voluntad, sino el fruto de la colaboración de la voluntad y del intelecto. En efecto, una idea de la libertad innata y absoluta - tal como se desarrolló precisamente después de Duns Scoto - situada en la voluntad que precede al intelecto, tanto en Dios como en el hombre, corre el riesgo de llevar a la idea de un Dios que tampoco estaría vinculado a la verdad y al bien. El deseo de salvar la absoluta trascendencia y diversidad de Dios con una acentuación tan radical e impenetrable de su voluntad no tiene en cuenta que el Dios que se ha revelado en Cristo es el Dios «logos», que ha actuado y actúa lleno de amor por nosotros. Ciertamente, el amor rebasa el conocimiento y es capaz de percibir más que el simple pensamiento, pero es siempre el amor del Dios «logos» (cf. Benedicto XVI, Discurso en la universidad de Ratisbona: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 22 de septiembre de 2006, p. 12). También en el hombre la idea de libertad absoluta, situada en la voluntad, olvidando el nexo con la verdad, ignora que la misma libertad debe ser liberada de los límites que le vienen del pecado. En todo caso, la visión de Scoto no cae en estos extremismos: para él, un acto libre resulta del concurso de la inteligencia y de la voluntad; y si é habla de un “primado” de la voluntad, lo justifica precisamente porque la voluntad sigue siempre al intelecto.

47 El año pasado, hablando a los seminaristas romanos, recordaba que «en todas las épocas, desde los comienzos, pero de modo especial en la época moderna, la libertad ha sido el gran sueño de la humanidad» (Discurso al Pontificio Seminario romano mayor, 20 de febrero de 2009: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 27 de febrero de 2009, p. 9). Pero precisamente la historia moderna, además de nuestra experiencia cotidiana, nos enseña que la libertad es auténtica, y ayuda a la construcción de una civilización verdaderamente humana, sólo cuando está reconciliada con la verdad. Separada de la verdad, la libertad se convierte trágicamente en principio de destrucción de la armonía interior de la persona humana, fuente de prevaricación de los más fuertes y de los violentos, y causa de sufrimientos y de lutos. La libertad, como todas las facultades de las que el hombre está dotado, crece y se perfecciona —afirma Duns Scoto— cuando el hombre se abre a Dios, valorizando la disposición a la escucha de la voz divina: cuando escuchamos la revelación divina la Palabra de Dios, para acogerla, nos alcanza un mensaje que llena de luz y de esperanza nuestra vida y somos verdaderamente libres.

Queridos hermanos y hermanas, el beato Duns Scoto nos enseña que lo esencial en nuestra vida es creer que Dios está cerca de nosotros y nos ama en Jesucristo y, por tanto, cultivar un profundo amor a él y a su Iglesia. De este amor nosotros somos testigos en esta tierra. Que María santísima nos ayude a recibir este infinito amor de Dios del que gozaremos plenamente, por la eternidad, en el cielo, cuando finalmente nuestra alma se unirá para siempre a Dios, en la comunión de los santos.

Saludos

Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a los fieles de la Parroquia de la Inmaculada Concepción de Mengíbar, a los componentes de la Escolanía de la Santa Iglesia Catedral de Jaén, así como a los demás grupos venidos de España y Latinoamérica. Siguiendo a Juan Duns Scoto, os invito a custodiar como un tesoro la fe en Cristo y la comunión con el Sucesor de San Pedro. Muchas gracias.

Al final recordó a santa María Goretti:

Jovencísima, supo demostrar fortaleza y valentía contra el mal [...]. La invoco por vosotros, queridos jóvenes, para que os ayude a elegir siempre el bien, aún cuando cueste; por vosotros, queridos enfermos, para que os sostenga al soportar los sufrimientos cotidianos; y por vosotros, queridos recién casados, para que vuestro amor sea siempre fiel y lleno de respeto.





                                                                           Agosto de 2010

Audiencias 2010 43