Audiencias 2010 66

66 Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a las Hermanas de la Compañía de la Cruz; a los miembros de la Hermandad de Nuestra Señora de la Estrella, de Sevilla; a los representantes de la Cofradía de Investigadores de Toledo, acompañados por el Señor Cardenal Antonio Cañizares Llovera; a los fieles de la Arquidiócesis de Santiago de los Caballeros, con su Arzobispo, Monseñor Ramón Benito de la Rosa Carpio, así como a los demás grupos procedentes de España, México, Honduras, Argentina y otros países latinoamericanos. Que la Beata Ángela de Foligno nos ayude a comprender que la verdadera felicidad consiste en la amistad con Cristo, crucificado por amor nuestro. A su divina bondad sigo encomendando con esperanza a los mineros de la región de Atacama, en Chile. Muchas gracias y que Dios os bendiga.





Plaza de San Pedro

Miércoles 20 de octubre de 2010

Santa Isabel de Hungría

Hoy quiero hablaros de una de las mujeres del Medievo que ha suscitado mayor admiración; se trata de santa Isabel de Hungría, también llamada Isabel de Turingia.

Nació en 1207; los historiadores discuten sobre el lugar. Su padre era Andrés II, rico y poderoso rey de Hungría, el cual, para reforzar los vínculos políticos, se había casado con la condesa alemana Gertrudis de Andechs-Merano, hermana de santa Eduvigis, la cual era esposa del duque de Silesia. Isabel vivió en la corte húngara sólo los primeros cuatro años de su infancia, junto a una hermana y tres hermanos. Le gustaban los juegos, la música y la danza; rezaba con fidelidad sus oraciones y ya mostraba una atención especial por los pobres, a quienes ayudaba con una buena palabra o con un gesto afectuoso.

Su niñez feliz se interrumpió bruscamente cuando, de la lejana Turingia, llegaron unos caballeros para llevarla a su nueva sede en Alemania central. En efecto, según las costumbres de aquel tiempo, su padre había decidido que Isabel se convirtiera en princesa de Turingia. El landgrave o conde de aquella región era uno de los soberanos más ricos e influyentes de Europa a comienzos del siglo XIII, y su castillo era centro de magnificencia y de cultura. Pero detrás de las fiestas y de la aparente gloria se escondían las ambiciones de los príncipes feudales, con frecuencia en guerra entre sí y en conflicto con las autoridades reales e imperiales. En este contexto, el landgrave Hermann acogió de muy buen grado el noviazgo entre su hijo Luis y la princesa húngara. Isabel dejó su patria con una rica dote y un gran séquito, incluidas sus doncellas personales, dos de las cuales fueron amigas fieles hasta el final. Son ellas quienes nos han dejado valiosas informaciones sobre la infancia y la vida de la santa.

Tras un largo viaje llegaron a Eisenach, para subir después a la fortaleza de Wartburg, el recio castillo que domina la ciudad. Allí se celebró el compromiso entre Luis e Isabel. En los años sucesivos, mientras Luis aprendía el oficio de caballero, Isabel y sus compañeras estudiaban alemán, francés, latín, música, literatura y bordado. Pese a que el noviazgo se había decidido por motivos políticos, entre los dos jóvenes nació un amor sincero, animado por la fe y el deseo de hacer la voluntad de Dios. A la edad de 18 años, Luis, después de la muerte de su padre, comenzó a reinar en Turingia. Pero Isabel se convirtió en objeto de solapadas críticas, porque su modo de comportarse no correspondía a la vida de corte. Así, incluso la celebración del matrimonio no fue suntuosa y el dinero de los costes del banquete se dio en parte a los pobres. En su profunda sensibilidad, Isabel veía las contradicciones entre la fe profesada y la práctica cristiana. No soportaba componendas. Una vez, entrando en la iglesia en la fiesta de la Asunción, se quitó la corona, la puso ante la cruz y permaneció postrada en el suelo con el rostro cubierto. Cuando su suegra la reprendió por ese gesto, ella respondió: «¿Cómo puedo yo, criatura miserable, seguir llevando una corona de dignidad terrena, cuando veo a mi Rey Jesucristo coronado de espinas?». Se comportaba con sus súbditos del mismo modo que se comportaba delante de Dios. En las Declaraciones de las cuatro doncellas encontramos este testimonio: «No consumía alimentos si antes no estaba segura de que provenían de las propiedades y de los legítimos bienes de su marido. En cambio, se abstenía de los bienes conseguidos ilícitamente, y se preocupaba incluso por indemnizar a aquellos que habían sufrido violencia» (nn. 25 y 37). Un verdadero ejemplo para todos aquellos que ocupan cargos de mando: el ejercicio de la autoridad, a todos los niveles, debe vivirse como un servicio a la justicia y a la caridad, en la búsqueda constante del bien común.

Isabel practicaba asiduamente las obras de misericordia: daba de beber y de comer a quien llamaba a su puerta, proporcionaba vestidos, pagaba las deudas, se hacía cargo de los enfermos y enterraba a los muertos. Bajando de su castillo, a menudo iba con sus doncellas a las casas de los pobres, les llevaba pan, carne, harina y otros alimentos. Entregaba los alimentos personalmente y controlaba con atención los vestidos y las camas de los pobres. Cuando refirieron este comportamiento a su marido, este no sólo no se disgustó, sino que respondió a los acusadores: «Mientras no me venda el castillo, me alegro». En este contexto se sitúa el milagro del pan transformado en rosas: mientras Isabel iba por la calle con su delantal lleno de pan para los pobres, se encontró con su marido que le preguntó qué llevaba. Ella abrió el delantal y, en lugar de pan, aparecieron magníficas rosas. Este símbolo de caridad está presente muchas veces en las representaciones de santa Isabel.

Su matrimonio fue profundamente feliz: Isabel ayudaba a su esposo a elevar sus cualidades humanas a nivel sobrenatural, y él, en cambio, protegía a su mujer en su generosidad hacia los pobres y en sus prácticas religiosas. Cada vez más admirado de la gran fe de su esposa, Luis, refiriéndose a su atención por los pobres, le dijo: «Querida Isabel, es a Cristo a quien has lavado, alimentado y cuidado». Un testimonio claro de cómo la fe y el amor a Dios y al prójimo refuerzan la vida familiar y hacen todavía más profunda la unión matrimonial.

67 La joven pareja encontró apoyo espiritual en los Frailes Menores, que, desde 1222, se difundieron en Turingia. Entre ellos Isabel eligió a fray Rogelio (Rüdiger) como director espiritual. Cuando este le contó la historia de la conversión del joven y rico comerciante Francisco de Asís, Isabel se entusiasmó todavía más en su camino de vida cristiana. Desde aquel momento, siguió con más decisión aún a Cristo pobre y crucificado, presente en los pobres. Incluso cuando nació su primer hijo, al que siguieron después otros dos, nuestra santa no abandonó nunca sus obras de caridad. Además ayudó a los Frailes Menores a construir un convento en Halberstadt, del cual fray Rogelio se convirtió en superior. La dirección espiritual de Isabel pasó, así, a Conrado de Marburgo.

Una dura prueba fue el adiós a su marido, a finales de junio de 1227 cuando Luis IV se unió a la cruzada del emperador Federico II, recordando a su esposa que se trataba de una tradición para los soberanos de Turingia. Isabel respondió: «No te retendré. He entregado toda mi persona a Dios y ahora también tengo que darte a ti». Sin embargo, la fiebre diezmó las tropas y Luis cayó enfermo y murió en Otranto, antes de embarcarse, en septiembre de 1227, a la edad de veintisiete años. Isabel, al conocer la noticia, se afligió tanto que se retiró a la soledad, pero después, fortalecida por la oración y consolada por la esperanza de volver a verlo en el cielo, comenzó a interesarse de nuevo por los asuntos del reino. Pero la esperaba otra prueba: su cuñado usurpó el gobierno de Turingia, declarándose auténtico heredero de Luis y acusando a Isabel de ser una mujer devota incompetente para gobernar. La joven viuda, junto con sus tres hijos, fue expulsada del castillo de Wartburg y buscó un lugar donde refugiarse. Sólo dos de sus doncellas permanecieron a su lado, la acompañaron y confiaron a los tres hijos a los cuidados de los amigos de Luis. Peregrinando por las aldeas, Isabel trabajaba donde recibía acogida, asistía a los enfermos, hilaba y cosía. Durante este calvario, soportado con gran fe, con paciencia y entrega a Dios, algunos parientes, que le seguían siendo fieles y consideraban ilegítimo el gobierno de su cuñado, rehabilitaron su nombre. Así Isabel, a principios de 1228, pudo recibir una renta apropiada para retirarse en el castillo de la familia en Marburgo, donde vivía también su director espiritual Conrado. Fue él quien refirió al Papa Gregorio IX el siguiente hecho: «El viernes santo de 1228, poniendo las manos sobre el altar de la capilla de su ciudad, Eisenach, donde había acogido a los Frailes Menores, en presencia de algunos frailes y familiares, Isabel renunció a su propia voluntad y a todas las vanidades del mundo. Quería renunciar también a todas las posesiones, pero yo la disuadí por amor de los pobres. Poco después construyó un hospital, recogió a enfermos e inválidos y sirvió en su propia mesa a los más miserables y desamparados. Al reprenderla yo por estas cosas, Isabel respondió que de los pobres recibía una gracia especial y humildad» (Epistula magistri Conradi, 14-17).

Podemos descubrir en esta afirmación una cierta experiencia mística parecida a la que vivió san Francisco: en efecto, el Poverello de Asís declaró en su testamento que, sirviendo a los leprosos, lo que antes le resultaba amargo se transformó en dulzura del alma y del cuerpo (Testamentum, 1-3). Isabel pasó los últimos tres años de su vida en el hospital que ella misma había fundado, sirviendo a los enfermos, velando por los moribundos. Siempre trataba de realizar los servicios más humildes y los trabajos repugnantes. Se convirtió en lo que podríamos llamar una mujer consagrada en medio del mundo (soror in saeculo) y formó, con algunas de sus amigas, vestidas con hábitos grises, una comunidad religiosa. No es casualidad que sea patrona de la Tercera Orden Regular de San Francisco y de la Orden Franciscana Secular.

En noviembre de 1231 la atacaron fuertes fiebres. Cuando la noticia de su enfermedad se propagó, muchísima gente acudió a verla. Unos diez días después, pidió que se cerraran las puertas, para quedarse sola con Dios. En la noche del 17 de noviembre se durmió dulcemente en el Señor. Los testimonios de su santidad fueron tantos y tales que, sólo cuatro años más tarde, el Papa Gregorio IX la proclamó santa y, el mismo año, fue consagrada la hermosa iglesia construida en su honor en Marburgo.

Queridos hermanos y hermanas, en la figura de santa Isabel vemos que la fe y la amistad con Cristo crean el sentido de la justicia, de la igualdad de todos, de los derechos de los demás, y crean el amor, la caridad. Y de esta caridad nace también la esperanza, la certeza de que Cristo nos ama y de que el amor de Cristo nos espera y así nos hace capaces de imitar a Cristo y de ver a Cristo en los demás. Santa Isabel nos invita a redescubrir a Cristo, a amarlo, a tener fe y de este modo a encontrar la verdadera justicia y el amor, así como la alegría de que un día estaremos inmersos en el amor divino, en el gozo de la eternidad con Dios. Gracias.

Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los miembros de la Cofradía escolapia del Santísimo Cristo de la Expiración y María Santísima del mayor dolor, de Granada; a los fieles de Alcobendas, a los Oficiales del curso de Estado Mayor de la Academia Aérea de Ecuador, así como a los demás grupos provenientes de España, México y otros países latinoamericanos. Que la figura de Santa Isabel de Hungría, modelo de caridad, nos inspire también a nosotros a un amor intenso hacia Dios y hacia el prójimo. Muchas gracias.

(A los jóvenes, los enfermos y los recién casados)

Se despidió dirigiendo a los jóvenes, los enfermos y los recién casados estas palabras: «Queridos amigos, el mes de octubre nos invita a renovar nuestra activa cooperación a la misión de la Iglesia. Con las energías lozanas de la juventud, con la fuerza de la oración y del sacrificio, y con las potencialidades de la vida conyugal, sed misioneros del Evangelio, ofreciendo vuestro apoyo concreto a cuantos se esfuerzan por llevarlo a quien todavía no lo conoce».
* * *


ANUNCIO DE CONSISTORIO


PARA LA CREACIÓN DE NUEVOS CARDENALES


Ahora, con alegría, anuncio que el próximo 20 de noviembre tendré un consistorio en el cual nombraré nuevos miembros del Colegio cardenalicio. Los cardenales tienen la tarea de ayudar al Sucesor del Apóstol san Pedro en el cumplimiento de su misión de principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad de la fe y de la comunión en la Iglesia (cf. Lumen gentium LG 18).

68 He aquí los nombres de los nuevos purpurados:

1. Monseñor Angelo Amato, S.D.B., prefecto de la Congregación para las causas de los santos.

2. Su Beatitud Antonios Naguib, patriarca de Alejandría de los coptos (Egipto).

3. Monseñor Robert Sarah, presidente del Consejo pontificio «Cor unum».

4. Monseñor Francesco Monterisi, arcipreste de la basílica papal de San Pablo Extramuros.

5. Monseñor Fortunato Baldelli, penitenciario mayor.

6. Monseñor Raymond Leo Burke, prefecto del Tribunal supremo de la Signatura apostólica.

7. Monseñor Kurt Koch, presidente del Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos.

8. Monseñor Paolo Sardi, vicecamarlengo de santa Iglesia romana.

9. Monseñor Mauro Piacenza, prefecto de la Congregación para el clero.

10. Monseñor Velasio De Paolis, C.S., presidente de la Prefectura para los asuntos económicos de la Santa Sede.

69 11. Monseñor Gianfranco Ravasi, presidente del Consejo pontificio para la cultura.

12. Monseñor Medardo Joseph Mazombwe, arzobispo emérito de Lusaka (Zambia).

13. Monseñor Raúl Eduardo Vela Chiriboga, arzobispo emérito de Quito (Ecuador).

14. Monseñor Laurent Monsengwo Pasinya, arzobispo de Kinshasa (República democrática del Congo).

15. Monseñor Paolo Romeo, arzobispo de Palermo (Italia).

16. Monseñor Donald William Wuerl, arzobispo de Washington (Estados Unidos).

17. Monseñor Raymundo Damasceno Assis, arzobispo de Aparecida (Brasil).

18. Monseñor Kazimierz Nycz, arzobispo de Varsovia (Polonia).

19. Monseñor Albert Malcolm Ranjith Patabendige Don, arzobispo de Colombo (Sri Lanka).

20. Monseñor Reinhard Marx, arzobispo de Munich y Freising (Alemania).

Además, he decidido elevar a la dignidad cardenalicia a dos prelados y dos clérigos, que se han distinguido por su generosidad y entrega al servicio de la Iglesia. Son:

70 1. Monseñor José Manuel Estepa Llaurens, arzobispo Ordinario militar emérito (España).

2. Monseñor Elio Sgreccia, ex presidente de la Academia pontificia para la vida (Italia).

3. Monseñor Walter Brandmüller, ex presidente del Comité pontificio de ciencias históricas (Alemania).

4. Monseñor Domenico Bartolucci, ex maestro director de la Capilla musical pontificia (Italia).

En la lista de los nuevos purpurados se refleja la universalidad de la Iglesia, pues provienen de varias partes del mundo y desempeñan diferentes tareas al servicio de la Santa Sede o en contacto directo con el pueblo de Dios como padres y pastores de Iglesias particulares.

Os invito a rezar por los nuevos cardenales, pidiendo la intercesión especial de la santísima Madre de Dios, a fin de que desempeñen con fruto su ministerio en la Iglesia.







Plaza de San Pedro

Miércoles 27 de octubre de 2010

Santa Brígida

Queridos hermanos y hermanas:

71 En la ferviente vigilia del gran jubileo del año 2000, el venerable siervo de Dios Juan Pablo II proclamó copatrona de toda Europa a santa Brígida de Suecia. Esta mañana quiero presentar su figura, su mensaje y las razones por las que esta santa mujer tiene mucho que enseñar —todavía hoy— a la Iglesia y al mundo.

Conocemos bien los acontecimientos de la vida de santa Brígida, porque sus padres espirituales redactaron su biografía para promover su proceso de canonización inmediatamente después de su muerte, acontecida en 1373. Brígida nació setenta años antes, en 1303, en Finster, Suecia, una nación del norte de Europa que desde hacía tres siglos había acogido la fe cristiana con el mismo entusiasmo con el que la santa la había recibido de sus padres, personas muy piadosas, pertenecientes a familias nobles cercanas a la Casa reinante.

Podemos distinguir dos períodos en la vida de esta santa. El primero se caracteriza por su condición de mujer felizmente casada. Su marido se llamaba Ulf y era gobernador de una importante provincia del reino de Suecia. El matrimonio duró veintiocho años, hasta la muerte de Ulf. Nacieron ocho hijos, la segunda de los cuales, Karin (Catalina), es venerada como santa. Se trata de un signo elocuente del compromiso educativo de Brígida respecto de sus hijos. Por lo demás, su sabiduría pedagógica fue apreciada hasta tal punto que el rey de Suecia, Magnus, la llamó a la corte durante cierto tiempo, con el fin de instruir a su joven esposa, Blanca de Namur, en la cultura sueca.

Brígida, guiada espiritualmente por un docto religioso que la inició en el estudio de las Escrituras, ejerció una influencia muy positiva sobre su familia que, gracias a su presencia, se convirtió en una verdadera «iglesia doméstica». Junto con su marido, adoptó la regla de los Terciarios franciscanos. Practicaba con generosidad obras de caridad con los indigentes; incluso fundó un hospital. Al lado de su esposa, Ulf aprendió a mejorar su carácter y a progresar en la vida cristiana. Al regreso de una larga peregrinación a Santiago de Compostela, realizada en 1341 junto a otros miembros de la familia, los esposos maduraron el proyecto de vivir en continencia; pero poco tiempo después, en la paz de un monasterio donde se había retirado, Ulf concluyó su vida terrena.

Este primer período de la vida de Brígida nos ayuda a apreciar lo que hoy podríamos definir una auténtica «espiritualidad conyugal»: los esposos cristianos pueden recorrer juntos un camino de santidad, sostenidos por la gracia del sacramento del Matrimonio. No pocas veces, precisamente como sucedió en la vida de santa Brígida y de Ulf, es la mujer quien con su sensibilidad religiosa, con la delicadeza y la dulzura logra que el marido recorra un camino de fe. Pienso con reconocimiento en tantas mujeres que, día tras día, también hoy iluminan a su familia con su testimonio de vida cristiana. Que el Espíritu del Señor suscite también hoy la santidad de los esposos cristianos, para mostrar al mundo la belleza del matrimonio vivido según los valores del Evangelio: el amor, la ternura, la ayuda recíproca, la fecundidad en la generación y en la educación de los hijos, la apertura y la solidaridad hacia el mundo, la participación en la vida de la Iglesia.

Cuando Brígida se quedó viuda, comenzó el segundo período de su vida. Renunció a otras nupcias para intensificar la unión con el Señor a través de la oración, la penitencia y las obras de caridad. También las viudas cristianas, por tanto, pueden encontrar en esta santa un modelo a seguir. En efecto, Brígida, tras la muerte de su marido, después de distribuir sus bienes a los pobres, aunque nunca accedió a la consagración religiosa, se estableció en el monasterio cisterciense de Alvastra. Allí comenzaron las revelaciones divinas, que la acompañaron durante todo el resto de su vida. Brígida las dictó a sus secretarios-confesores, que las tradujeron del sueco al latín y las recogieron en una edición de ocho libros, titulados Revelationes (Revelaciones). A estos libros se añadió un suplemento, que lleva por título precisamente Revelationes extravagantes (Revelaciones suplementarias).

Las Revelaciones de santa Brígida presentan un contenido y un estilo muy variados. A veces la revelación se presenta en forma de diálogos entre las Personas divinas, la Virgen, los santos y también los demonios; diálogos en los cuales también Brígida interviene. Otras veces, en cambio, se trata del relato de una visión particular; y en otras se narra lo que la Virgen María le revela acerca de la vida y los misterios del Hijo. El valor de las Revelaciones de santa Brígida, a veces objeto de alguna duda, lo precisa el venerable Juan Pablo II en la carta Spes aedificandi: «Al reconocer la santidad de Brígida, la Iglesia, sin pronunciarse sobre cada una de las revelaciones que tuvo, aceptó la autenticidad global de su experiencia interior» (n. 5).

De hecho, leyendo estas Revelaciones nos sentimos interpelados sobre numerosos temas importantes. Por ejemplo, aparece con frecuencia la descripción, con detalles bastante realistas, de la Pasión de Cristo, hacia la cual Brígida tuvo siempre una devoción privilegiada, contemplando en ella el amor infinito de Dios a los hombres. En labios del Señor que le habla, ella pone con audacia estas conmovedoras palabras: «Oh, amigos míos, yo amo con tanta ternura a mis ovejas que, si fuera posible, quisiera morir muchas otras veces por cada una de ellas con la misma muerte que sufrí para la redención de todas» (Revelationes, libro I, c. 59). También la dolorosa maternidad de María, que la convirtió en Mediadora y Madre de misericordia, es un tema que se repite en las Revelaciones.

Al recibir estos carismas, Brígida era consciente de ser destinataria de un don de gran predilección de parte del Señor: «Hija mía —leemos en el primer libro de las Revelaciones—, te he elegido a ti para mí, ámame con todo tu corazón... más que a todo lo que existe en el mundo» (c. 1). Por otra parte, Brígida sabía bien y estaba firmemente convencida de que todo carisma está destinado a edificar a la Iglesia. Precisamente por este motivo, no pocas de sus revelaciones iban dirigidas, en forma de amonestaciones incluso severas, a los creyentes de su tiempo, incluidas las autoridades religiosas y políticas, para que vivieran su vida cristiana con coherencia; pero siempre lo hacía con una actitud de respeto y fidelidad plena al Magisterio de la Iglesia, en particular al Sucesor del apóstol Pedro.

En 1349 Brígida dejó Suecia para siempre y peregrinó a Roma. No sólo quería participar en el jubileo de 1350, sino que deseaba también obtener del Papa la aprobación de la Regla de una Orden religiosa que quería fundar, dedicada al Santo Salvador y compuesta de monjes y monjas bajo la autoridad de la abadesa. Este es un elemento que no nos debe sorprender: en el Medievo existían fundaciones monásticas con una rama masculina y una rama femenina, pero con la práctica de la misma Regla monástica, que preveía la dirección de la abadesa. De hecho, en la gran tradición cristiana se reconoce a la mujer una dignidad propia, y —siguiendo el ejemplo de María, Reina de los Apóstoles— un lugar propio en la Iglesia, que, sin coincidir con el sacerdocio ordenado, es igualmente importante para el crecimiento espiritual de la comunidad. Además, la colaboración de consagrados y consagradas, siempre en el respeto de su vocación específica, reviste una gran importancia en el mundo de hoy.

En Roma, en compañía de su hija Karin, Brígida se dedicó a una vida de intenso apostolado y de oración. Y desde Roma se dirigió en peregrinación a varios santuarios italianos, en particular a Asís, patria de san Francisco, hacia el cual Brígida nutrió siempre gran devoción. Por último, en 1371, se cumplió su mayor deseo: el viaje a Tierra Santa, adonde fue en compañía de sus hijos espirituales, un grupo que Brígida llamaba «los amigos de Dios».

72 Durante esos años, los Pontífices estaban en Aviñón, lejos de Roma: Brígida se dirigió a ellos pidiéndoles encarecidamente que volvieran a la sede de Pedro, en la ciudad eterna.

Murió en 1373, antes de que el Papa Gregorio XI regresara definitivamente a Roma. Fue enterrada provisionalmente en la iglesia romana de San Lorenzo en Panisperna, pero en 1374 sus hijos Birger y Karin la llevaron de nuevo a su patria, al monasterio de Vadstena, sede de la Orden religiosa fundada por santa Brígida, que conoció en seguida una notable expansión. En 1391 el Papa Bonifacio IX la canonizó solemnemente.

La santidad de Brígida, caracterizada por la multiplicidad de los dones y las experiencias que he querido recordar en este breve perfil biográfico-espiritual, hace de ella una figura eminente en la historia de Europa. Proveniente de Escandinavia, santa Brígida testimonia que el cristianismo ha impregnado profundamente la vida de todos los pueblos de este continente. Al declararla copatrona de Europa, el Papa Juan Pablo II deseó que santa Brígida —que vivió en el siglo XIV, cuando la cristiandad occidental todavía no estaba herida por la división— interceda eficazmente ante Dios para obtener la gracia tan esperada de la unidad plena de todos los cristianos. Por esta misma intención, tan importante para nosotros, y para que Europa sepa alimentarse siempre de sus raíces cristianas, queremos rezar, queridos hermanos y hermanas, invocando la poderosa intercesión de santa Brígida de Suecia, discípula fiel de Dios, copatrona de Europa. Gracias por vuestra atención.

Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a las Religiosas Carmelitas Misioneras Teresianas; a los miembros de la Cofradía de Nuestra Señora de la Cabeza, de Andújar; al grupo de la parroquia de Nuestra Señora del Rescate, de Ujarrás, en Costa Rica, así como a los demás grupos provenientes de España, México y otros países latinoamericanos. Invito a todos a llevar una intensa vida de oración, a ejemplo de Santa Brígida de Suecia, copatrona de Europa. Muchas gracias.





                                                                            Noviembre de 2010

Sala Pablo VI

Miércoles 3 de noviembre de 2010

Margarita de Oingt

Queridos hermanos y hermanas:

73 Margarita de Oingt, de la cual quiero hablaros hoy, nos introduce en la espiritualidad cartuja, que se inspira en la síntesis evangélica que vivió y propuso san Bruno. No conocemos su fecha de nacimiento, aunque algunos la sitúan alrededor de 1240. Margarita proviene de una poderosa familia de antigua nobleza del Lyonesado, los Oingt. Sabemos que su madre también se llamaba Margarita y que tenía dos hermanos —Guiscardo y Luis— y tres hermanas: Catalina, Isabel e Inés. Esta última la seguirá al monasterio, en la Cartuja, donde más tarde le sucederá como priora.

No tenemos noticias acerca de su infancia, pero por sus escritos podemos intuir que transcurrió tranquila, en un ambiente familiar afectuoso. De hecho, para expresar el amor ilimitado de Dios, ella valoraba muchas imágenes vinculadas a su familia, en especial las referidas a las figuras de su padre y su madre. En una meditación reza así: «Dulce y buen Señor, cuando pienso en las gracias especiales que me has hecho por tu solicitud: ante todo, cómo me has custodiado desde mi infancia, y cómo me has preservado del peligro de este mundo y me has llamado a dedicarme a tu santo servicio, y cómo me has provisto de todo lo que necesitaba para comer, beber, vestir y calzarme, (y lo has hecho) de modo que no he tenido que pensar en todas estas cosas, sino sólo en tu gran misericordia» (Margarita de Oingt, Scritti spirituali, Meditación v, 100, Cinisello Balsamo 1997, p. 74).

También por sus meditaciones intuimos que entró en la Cartuja de Poleteins en respuesta a la llamada del Señor, dejándolo todo y aceptando la severa regla cartuja, para ser totalmente del Señor, para estar siempre con él. Escribe: «Dulce Señor, dejé a mi padre, a mi madre y a mis hermanos y todas las cosas de este mundo por tu amor; pero esto es poquísimo, puesto que las riquezas de este mundo no son más que espinas punzantes; y quien más posee es más desafortunado. Por esto me parece que no he dejado más que miseria y pobreza; pero tú sabes, dulce Señor, que si yo poseyera mil mundos y pudiera disponer de ellos a mi antojo, lo abandonaría todo por tu amor; e incluso si tú me dieras todo lo que posees en el cielo y en la tierra, no me sentiría satisfecha hasta que no te tuviera a ti, porque tú eres la vida de mi alma, y no tengo ni quiero tener padre y madre fuera de ti» (ib., Meditación II, 32, p. 59).

También de su vida en la Cartuja poseemos pocos datos. Sabemos que en 1288 se convirtió en su cuarta priora, cargo que mantuvo hasta su muerte, acontecida el 11 de febrero de 1310. En cualquier caso, sus escritos no manifiestan virajes particulares en su itinerario espiritual. Ella concibe toda la vida como un camino de purificación hasta la plena configuración con Cristo, el cual es el Libro que hay que escribir, que hay que grabar diariamente en el propio corazón y en la propia vida, de modo especial su pasión salvífica. En la obra Speculum, Margarita, refiriéndose a sí misma en tercera persona, subraya que por gracia del Señor «había grabado en su corazón la santa vida que Dios Jesucristo llevó en la tierra, sus buenos ejemplos y su buena doctrina. Había puesto tan plenamente al dulce Jesucristo en su corazón que le parecía incluso presente, con un libro cerrado en su mano, para instruirla» (ib., I, 2-3, p. 81). «En este libro ella encontraba escrita la vida que Jesucristo llevó en la tierra, desde su nacimiento hasta la ascensión al cielo» (ib., i, 12, p. 83).

Cada día, desde muy temprano, Margarita se aplica al estudio de este libro. Y, tras haberlo mirado bien, comienza a leer en el libro de su propia conciencia, que revela las falsedades y las mentiras de su vida (cf. ib., I, 6-7, p. 82); escribe de sí misma para ayudar a los demás y para fijar más profundamente en su corazón la gracia de la presencia de Dios, es decir, para hacer que cada día su existencia esté marcada por la confrontación con las palabras y las acciones de Jesús, con el Libro de su vida. Y esto para que la vida de Cristo esté impresa en el alma de modo estable y profundo, hasta llegar a ver el Libro dentro, o sea, hasta llegar a contemplar el misterio de Dios Trinidad (cf. ib., II, 14-22; III 23-40, pp. 84-90).

A través de sus escritos, Margarita nos ofrece algunos datos de su espiritualidad, permitiéndonos conocer algunos rasgos de su personalidad y de sus dotes de gobierno. Es una mujer muy culta; escribe habitualmente en latín, la lengua de los eruditos, pero escribe también en franco provenzal y también esto es algo raro: sus escritos son, así, los primeros, de los que se tiene memoria, redactados en esta lengua. Vive una existencia rica en experiencias místicas, descritas con sencillez, dejando intuir el inefable misterio de Dios, subrayando los límites de la mente al querer aferrarlo y la inadecuación del lenguaje humano para expresarlo. Tiene una personalidad lineal, sencilla, abierta, de dulce carga afectiva, de gran equilibrio y agudo discernimiento, capaz de entrar en las profundidades del espíritu humano, de captar sus límites, sus ambigüedades, pero también sus aspiraciones, el impulso del alma hacia Dios. Muestra una destacada aptitud para el gobierno, uniendo su profunda vida espiritual mística con el servicio a las hermanas y a la comunidad. En este sentido es significativo un pasaje de una carta a su padre: «Dulce padre mío, os comunico que me encuentro tan ocupada a causa de las necesidades de nuestra casa, que no me es posible aplicar el espíritu en los buenos pensamientos; de hecho tengo tantas cosas que hacer que no sé por dónde empezar. No hemos recogido el trigo en el séptimo mes del año y la tempestad ha destruido nuestros viñedos. Además, nuestra iglesia se encuentra en tan malas condiciones que nos vemos obligados a rehacerla en parte» (ib., Lettere, III 14, p. 127).

Una monja cartuja delinea así la figura de Margarita: «A través de su obra nos revela una personalidad fascinante, con una inteligencia viva, orientada hacia la especulación y, al mismo tiempo, favorecida por gracias místicas: en una palabra, una mujer santa y sabia que sabe expresar con cierto humorismo una afectividad totalmente espiritual» (Una monja cartuja, Certosine, en Dizionario degli Istituti di Perfezione, Roma 1975,
Col 777). En el dinamismo de la vida mística, Margarita valoriza la experiencia de los afectos naturales, purificados por la gracia, como medio privilegiado para comprender más profundamente y secundar con mayor prontitud y ardor la acción divina. El motivo reside en el hecho de que la persona humana ha sido creada a imagen de Dios y, por esto, está llamada a construir con Dios una maravillosa historia de amor, dejándose comprometer totalmente por su iniciativa.

El Dios Trinidad, el Dios amor que se revela en Cristo la fascina, y Margarita vive una relación de amor profundo al Señor y, por contraste, ve la ingratitud humana hasta la vileza, hasta la paradoja de la cruz. Afirma que la cruz de Cristo es semejante al lecho del parto. Compara el dolor de Jesús en la cruz con el de una madre. Escribe: «La madre que me llevó en su seno sufrió agudamente al darme a luz, durante un día o una noche, pero tú, dulce y buen Señor, por mí fuiste torturado no una noche o un día solamente, sino más de treinta años (…); ¡cuán amargamente sufriste por mi causa durante toda tu vida! Y cuando llegó el momento del parto, tu sufrimiento fue tan doloroso que tu santo sudor se convirtió en gotas de sangre que corrían por todo tu cuerpo hasta el suelo» (Scritti spirituali, Meditación I, 33, p. 59).

Margarita, evocando los relatos de la Pasión de Jesús, contempla estos dolores con profunda compasión: «Tú fuiste puesto en el duro lecho de la cruz, de tal modo que no podías moverte o girarte o agitar tus miembros, como suele hacer un hombre que padece un gran dolor, puesto que te extendieron completamente y te hundieron los clavos (…) y (…) desgarraron todos tus músculos y tus venas. (…) Pero todos estos dolores (…) todavía no te bastaban, hasta el punto de que quisiste que te traspasaran el costado con la lanza de un modo tan cruel que tu manso cuerpo quedó completamente surcado y torturado; y tu preciosa sangre brotaba con tanta violencia que formaba un largo reguero, casi como si fuera un gran arroyo». Refiriéndose a María afirma: «No hay que asombrarse de que la espada que te desgarró el cuerpo haya penetrado en el corazón de tu gloriosa madre que tanto amaba sostenerte (…) puesto que tu amor fue superior a todos los demás amores» (ib., Meditación II, 36-39.42, p. 60 s).

Queridos amigos, Margarita de Oingt nos invita a meditar diariamente la vida de dolor y de amor de Jesús y la de su Madre, María. Aquí está nuestra esperanza, el sentido de nuestra existencia. De la contemplación del amor de Cristo por nosotros nacen la fuerza y la alegría de responder con el mismo amor, poniendo nuestra vida al servicio de Dios y de los demás. Con Margarita digamos también nosotros: «Dulce Señor, todo lo que has realizado por amor mío y de todo el género humano me impulsa a amarte, pero el recuerdo de tu santísima Pasión da un vigor sin igual a mi potencia de afecto para amarte. Por esto me parece (…) que he encontrado lo que tanto he deseado: no amar nada más que a ti o en ti o por tu amor» (ib., Meditación II, 46, p. 62).

A primera vista esta figura de cartuja medieval, así como toda su vida y su pensamiento, parecen muy lejanos a nosotros, a nuestra vida, a nuestro modo de pensar y de actuar. Pero si miramos lo esencial de esta vida, vemos que nos toca también a nosotros y debería llegar a ser esencial también para nuestra existencia.

74 Hemos escuchado que Margarita consideró al Señor como un libro, fijó la mirada en el Señor, lo consideró como un espejo en el cual se ve también la propia conciencia. Y por este espejo entró la luz en su alma: dejó entrar la palabra, la vida de Cristo en su ser y así quedó transformada; su conciencia se vio iluminada, encontró criterios, luz, y quedó limpia. Precisamente esto es lo que necesitamos también nosotros: dejar entrar las palabras, la vida, la luz de Cristo en nuestra conciencia para que se vea iluminada, y comprenda lo que es verdadero y bueno y lo que está mal; para que nuestra conciencia se vea iluminada y quede limpia. La basura no está sólo en algunas calles del mundo. Hay basura también en nuestras conciencias y en nuestras almas. Sólo la luz del Señor, su fuerza y su amor nos limpia, nos purifica y nos da el camino recto. Por tanto, imitemos a santa Margarita mirando a Jesús. Leamos en el libro de su vida, dejémonos iluminar y limpiar, para aprender la verdadera vida. Gracias.



Saludos

Saludo a los grupos de lengua española, en particular a los peregrinos de Alcobendas, así como a los demás fieles provenientes de España, México y otros países latinoamericanos. Os invito a que me acompañéis con vuestra ferviente oración durante el próximo fin de semana, en el que realizaré una visita pastoral a Santiago de Compostela, uniéndome así a los peregrinos que llegan hasta los pies del Apóstol en este Año Santo. Iré también a Barcelona, donde tendré la alegría de dedicar el maravilloso templo de la Sagrada Familia, obra del genial arquitecto Antoni Gaudí. Voy como testigo de Cristo Resucitado, con el deseo de llevar a todos su Palabra, en la que pueden encontrar luz para vivir con dignidad y esperanza para construir un mundo mejor. Muchas gracias.





Audiencias 2010 66