Belarmino: las 7 Palabras 73


CAPITULO XI

El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la quinta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Aun queda un fruto más, y el más dulce de todos, para ser recogido de la consideración de esta palabra. San Agustín, en su explicación de la palabra "Tengo sed", a ser hallada en su tratado sobre el Salmo 68, dice que manifiesta no solo el deseo que Cristo tenía por beber, sino más aun el deseo con que estaba inflamado de que sus enemigos crean en l y se salven. Podemos ir un poco más lejos, y decir que Cristo tuvo sed por la gloria de Dios y salvación de los hombres, y nosotros hemos de tener sed por la gloria de Dios, honor de Cristo, y por nuestra propia salvación y la salvación de nuestros hermanos. No podemos dudar de que Cristo tuvo sed por la gloria de su Padre y la salvación de las almas, pues todas sus obras, toda su predicación, todos sus sufrimientos, todos sus milagros, así lo proclaman. Debemos considerar lo que tenemos que hacer para no mostrarnos ingratos a tal Benefactor, y qué medios hemos de tomar para inflamarnos de tal manera que realmente estemos sedientos por la gloria de Dios, que "tanto amo al mundo que dio a su único Hijo" (Jn 3,16), y ferviente y ardientemente estar sedientos por el honor de Cristo, quien "nos amo y se entrego por nosotros como oblación y víctima de suave aroma" (Ep 5,2), sintiendo tanta compasión por nuestros hermanos como un deseo celoso de su salvación. Aun lo más necesario para nosotros es anhelar cordial y ardorosamente nuestra propia salvación, que este deseo nos empuje, de acuerdo a nuestra fuerza, a pensar y hablar y hacer todo lo que nos pueda ayudar a salvar nuestras almas. Si no nos importa nada el honor de Dios, o la gloria de Cristo, y no sentimos ninguna ansiedad por nuestra propia salvación, o la de los otros, se sigue que Dios será privado del honor que le es debido, que Cristo perderá la gloria que es suya, que nuestro prójimo no llegara al cielo, y que nosotros mismos pereceremos miserablemente para la eternidad. Y por este relato estoy muchas veces lleno de asombro al reflexionar que todos sabemos cuán sinceramente estuvo sediento Cristo por nuestra salvación, y nosotros, que creemos a Cristo la Sabiduría del Dios viviente, no somos movidos a imitar su ejemplo en materia tan íntimamente conectada con nosotros. Ni estoy menos sorprendido de ver hombres correr tras bienes mundanos con tal avidez, como si no hubiera cielo, y preocupándose tan poco por su propia salvación que, lejos de andar sedientos de ella, con las justas piensan en ella de pasada, como material trivial de poca importancia. Más aun los bienes temporales, que no son placeres puros, sino que son acompañados de muchas desventuras, son buscados con vehemencia y ansiedad. Pero a la felicidad eterna, que es deleite absoluto, es dada tan poca importancia, querida con tan poca preocupación, como si no poseyese ventaja alguna. ¡Ilumina, Señor, los ojos de mí alma, para que pueda encontrar la causa de tan dolorosa indiferencia!

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El amor produce deseo, y el deseo, cuando es excesivo, es llamado sed. Ahora bien, ¿quién hay que no puede amar su propia felicidad temporal, particularmente cuando esa felicidad es libre de cualquier cosa que la puede dañar? Y si premio tan grande no puede ser sino amado, ¿por qué no puede ser ardientemente deseado, ansiosamente buscado, y con todas nuestras fuerzas estar sedientos de él? Tal vez la razón es que nuestra salvación no es materia que caiga bajo los sentidos, nunca hemos tenido experiencia de como es, como si la hemos tenido en materias que se relacionan al cuerpo; y estamos tan solícitos para él, pero tan fríamente indiferentes para la primera. Pero si tal es el caso, por qué David, que era hombre mortal como nosotros, anhelaba tan ansiosamente la visión de Dios, y la felicidad en el cielo que consiste en la visión de Dios, como para clamar:

"Como el ciervo desea las fuentes de agua, así te desea a ti, oh Dios, mi alma. Sedienta esta mi alma del Dios fuerte, vivo. ¿Cuándo vendré y apareceré ante la faz de Dios?" (
Ps 41,2-3). David no es el único en este valle de lágrimas que ha deseado con tal ardiente deseo alcanzar la visión de Dios. Han habido otros mas, distinguidos por su santidad, por quienes las cosas de este mundo fueron tenidas como despreciables e insípidas, y para quienes nada más el pensamiento y el recuerdo de Dios era agradable y delicioso. La razón entonces por la que no estamos sedientos de nuestra felicidad eterna no es porque el cielo es invisible, sino porque no pensamos con atención acerca de lo que esta ante nosotros, con asiduidad, con fe. Y la razón por la cual no tomamos en cuenta las materias celestiales como debiéramos es porque no somos hombres espirituales, sino sensuales: "El hombre sensual no percibe aquellas cosas que son del Espíritu de Dios" (1Co 2,14). Por lo que, alma mía, si deseas por tu propia salvación, y la de tu prójimo, si mantienes en el corazón el honor de Dios y la gloria de Cristo, escucha las palabras del santo Apóstol Santiago: "Si alguno de ustedes está falto de sabiduría, demándela a Dios que la da a todos copiosamente y no da improperios, y le será concedida" (Jc 1,5). Esta sublime sabiduría no ha de ser adquirida en las escuelas de este mundo, sino en la escuela del Espíritu Santo de Dios, quien convierte al hombre sensual en uno espiritual. Pero no es suficiente pedir por esta sabiduría solo una vez y con frialdad, sino demandarla con mucha insistencia de nuestro Padre celestial. Pues si un padre en la carne no puede rehusarse a su hijo cuando le pide pan, "¿Cuanto más su Padre celestial dará espíritu bueno a los que se lo pidieron?" (Lc 11,13).





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CAPITULO XII

Explicación literal de la sexta Palabra: "Todo está cumplido"

(Jn 19,30)

La sexta palabra dicha por Nuestro Señor en la Cruz es mencionada por San Juan como ligada de alguna manera a la quinta palabra. Pues tan pronto como Nuestro Señor había dicho "Tengo sed", y había probado el vinagre que le había sido ofrecido, San Juan añade: "Cuando tomo Jesús el vinagre, dijo: "Todo está cumplido"" (Jn 19,30). Y en verdad nada puede ser añadido a estas sencillas palabras: "Todo está cumplido", excepto que la obra de la Pasión estaba ahora perfeccionada y completada. Dios Padre había impuesto dos tareas a su Hijo: la primera predicar el Evangelio, la otra sufrir por la humanidad. En cuanto a la primera ya había dicho Cristo: "Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar" (Jn 17,4). Nuestro Señor dijo estas palabras luego de que había concluido el largo discurso de despedida a sus discípulos en las Ultima Cena. Ahí había cumplido la primera obra que su Padre Celestial le había impuesto. La segunda tarea, beber la amarga copa de su cáliz, faltaba aun. Había aludido a esto cuando pregunto a los dos hijos de Zebedeo "¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?" (Mt 20,22); y también: "Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz" (Lc 22,42); y en otro lugar: "El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?" (Jn 18,11). Sobre esta tarea, Cristo al momento de su muerte podía entonces exclamar: "Todo está cumplido, pues he apurado el cáliz del sufrimiento hasta lo último, nada nuevo me espera ahora sino morir". E inclinado la cabeza, expiro (Jn 19,30).

Pero como ni Nuestro Señor, ni San Juan, quienes fueron concisos en lo que dijeron, han explicado qué fue lo cumplido, tenemos la oportunidad de aplicar la palabra con gran razón y ventaja a diversos misterios. San Agustín, en su comentario sobre este pasaje, refiere la palabra al cumplimiento de todas las profecías que se referían al Señor. "Luego de que Jesús supiera que todas las cosas estaban ahora cumplidas, para que sea cumplida la Escritura, dijo: tengo sed", y "Cuando había tomado el vinagre, dijo: "Todo está cumplido"" (Jn 19,28 Jn 19,30), lo que significa que lo que quedaba todavía por cumplir había sido cumplido, y por tanto podemos concluir que Nuestro Señor quería manifestar que todo lo que había sido predicho por los profetas en relación a su Vida y Muerte había sido hecho y cumplido. En verdad, todas las predicciones habían sido verificadas. Su concepción: "He aquí que una virgen concebirá, y dará a luz un hijo" (Is 7,14). Su nacimiento en Belén: "Mas tu, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti me ha de salir aquel que ha de dominar Israel" (Mi 5,2). La aparición de una nueva estrella: "De Jacob nacerá una estrella" (Nb 24,17). La adoración de los Reyes: "Los reyes de Tarsis y las islas le ofrecerán dones, los reyes de Arabia y de Saba le traerán presentes" (Ps 71,10). La predicación del Evangelio: "El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ungió, me envió para evangelizar a los pobres, para sanar a los contritos de corazón, anunciar la remisión de los cautivos y la libertad a los encarcelados" (Is 61,1). Sus milagros: "El mismo Dios vendrá y les salvara. Entonces serán abiertos los ojos de los ciegos, se abrirán los oídos de los sordos. Entonces el cojo saltara como el ciervo y la lengua de los mudos será desatada" (Is 35,4 Is 35,5 Is 35,6). El cabalgar sobre un asno: "Mira que tu rey vendrá a ti, justo y salvador, vendrá pobre y sentado sobre un asno, sobre un pollino, hijo de asna" (Za 9,9). Y toda la Pasión había sido gráficamente predicha por David en los Salmos, por Isaías, Jeremias, Zacarías, y otros. Este es el significado de lo que Nuestro Señor decía cuando estaba a punto de comenzar su Pasión: "Miren, subimos a Jerusalén y va a cumplirse todo lo que escribieron los profetas sobre el Hijo del hombre" (Lc 18,31). De las cosas que debían cumplirse, ahora dice: "Todo está cumplido", todo está terminado, para que lo que los profetas predijeron sea ahora encontrado como verdad.

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En segundo lugar, San Juan Crisóstomo dice que la palabra "Todo está cumplido" manifiesta que el poder que había sido dado a los hombres y demonios sobre la persona de Cristo les había sido quitado con la muerte de Cristo. Cuando Nuestro Señor dijo a los Sumos Sacerdotes y maestros del Templo "esta es su hora y el poder de las tinieblas" (
Lc 22,53), aludía a este poder. Todo el periodo de tiempo durante el cual, con el permiso de Dios, los malvados tuvieron poder sobre Cristo, fue concluido cuando exclamo "Todo está cumplido", pues la peregrinación del Hijo de Dios entre los hombres, que había predicho Baruc, vino a su fin: "Este es nuestro Dios y ningún otro será tenido en cuenta ante él. l penetro los caminos de la sabiduría y la dio a Jacob, su siervo, y a Israel, su amado. Después fue vista en la tierra y converso con los hombres" (Ba 3,36-38). Y junto con su peregrinaje, aquella condición de su vida mortal fue terminada, aquella por la que sentía hambre y sed, dormía y se fatigaba, fue sujeto de afrentas y flagelos, heridas y a la muerte. Y así cuando Cristo en la Cruz exclamo "Todo está cumplido, e inclinando la cabeza, expiro", concluyo el camino del que había dicho: "Salí del Padre y vine al mundo; otra vez dejo el mundo y voy al Padre" (Jn 16,28). Esa laboriosa peregrinación fue terminada, sobre lo que había dicho Jeremias: "Esperanza de Israel, salvador en tiempo de la tribulación, ¿por qué estas en esta tierra como un extraño o como un viajero que pasa?" (Jr 14,8). La sujeción de su naturaleza humana a la muerte fue terminada, el poder de sus enemigos sobre l fue acabado.

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En tercer lugar concluyo el mayor de todos los sacrificios. En comparación al real y verdadero Sacrificio todos los sacrificios de la Antigua Ley son tenidos como meras sombras y figuras. San León dice: "Has atraído todas las cosas hacia ti, Señor, pues cuando el velo del Templo fue rasgado, el Santo de los Santos se aparto de los sacerdotes indignos: las figuras se convirtieron en verdades, las profecías se manifestaron, la Ley se convirtió en el Evangelio". Y un poco más adelante, dice: "Al cesar la variedad de sacrificios en los que las víctimas era ofrecidas, la única oblación de tu Cuerpo y Sangre cubre por las diferencias de las víctimas" (Serm. 8. De Pass. Dom). Pues en este único Sacrificio de Cristo, el sacerdote es el Dios-Hombre, el altar es la Cruz, la víctima es el cordero de Dios, el fuego para el holocausto es la caridad, el fruto del sacrificio es la redención del mundo. El sacerdote, digo, era el Hombre-Dios. No hay nadie mayor: "Tu eres sacerdote para siempre, de acuerdo al rito de Melquisedec" (
Ps 109,4), y con justicia de acuerdo al rito de Melquisedec, porque leemos en la Escritura que Melquisedec no tenía padre o madre o genealogía, y Cristo no tenía Padre en la tierra, o madre en el cielo, y no tenía genealogía, pues "¿Quien contara su generación?" (Is 53,8); "De mi seno, antes del lucero, te engendré" (Ps 109,3); "y su salida desde el principio, desde los días de la eternidad" (Mi 5,2). El altar fue la Cruz. Y así como previamente al tiempo en que Cristo sufrió sobre ella era el signo de la más grande ignominia, así ahora se ha dignificado y ennoblecido, y en el último día aparecerá en el cielo más brillante que el sol. La Iglesia aplica a la Cruz las palabras del Evangelista: "Entonces aparecerá la señal del Hijo del hombre en el cielo" (Mt 24,30), pues ella canta: "Esta señal de la Cruz aparecerá en el cielo cuando el Señor venga a juzgar".

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San Juan Crisóstomo confirma esta opinión, y observa que cuando "el sol sea oscurecido, y la luna no de su luz" (
Mt 24,29), la Cruz se verá más brillante que el sol en su esplendor al medio día. La víctima fue el cordero de Dios, todo inocente e inmaculado, de quien Isaías dice: "Como oveja será llevado al matadero, como cordero, delante del que lo trasquila, enmudecerá y no abrirá su boca" (Is 53,7), y de quien su Precursor había dicho: "He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29); y San Pedro: "Sabiendo que han sido redimidos, no con oro, ni con plata, sino con la preciosa sangre de Cristo, como cordero inmaculado y sin mancilla" (1Pe 1,18-19). Es llamado también en el Apocalipsis "el cordero que fue muerto desde el principio del mundo" (Ap 13,8), porque el mérito de su sacrificio fue previsto por Dios y fue en beneficio de aquellos que vivieron antes de la venida de Cristo. El fuego que consume el holocausto y completa el sacrifico es el inmenso amor que, como en hoguera ardiente, ardió en el Corazón del Hijo de Dios, y el cual las muchas aguas de su Pasión no pudieron extinguir. Finalmente, el fruto del Sacrificio fue la expiación de los pecados para todos los hijos de Adán, o en otras palabras, la reconciliación del mundo entero con Dios. San Juan en su primera Carta, dice: "l es propiciación por nuestros pecados, y no tan solo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo" (1Jn 2,2) y esta es solo otra manera de expresar la idea de San Juan Bautista: "He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29). Una dificultad surge aquí. ¿Cómo pudo Cristo ser al mismo tiempo sacerdote y víctima, puesto que era deber del sacerdote matar a la víctima? Ahora bien, Cristo no se mato a sí mismo, ni podía hacerlo, pues si lo hubiese hecho habría cometido un sacrilegio y no ofrecido un sacrificio. Es verdad que Cristo no se mato a sí mismo, aun así ofreció un sacrificio real, porque pronta y alegremente se ofreció a sí mismo a la muerte por la gloria de Dios y la salvación de los hombres. Pues ni los soldados hubiesen podido aprehenderlo, ni los clavos traspasado sus manos y pies, ni la muerte, aunque estuviese clavado a la Cruz, hubiese tenido ningún poder sobre l si el mismo no lo hubiese querido así. En consecuencia, con gran verdad dijo Isaías: "l se ofreció porque él mismo lo quiso" (Is 53,7); y Nuestro Señor: "Yo doy mi vida; no me la quita ninguno, yo la doy por mí mismo" (Jn 10,17 Jn 10,18). Y aun más claramente San Pablo: "Cristo nos amo y se entrego a sí mismo por nosotros como ofrenda y sacrificio de suave aroma" (Ep 5,2). Por tanto, de manera maravillosa fue dispuesto que todo el mal, todo el pecado, todo el crimen cometido al poner a muerte a Cristo fuese cometido por Judas y los judíos, por Pilato y los soldados. Ellos no ofrecieron ningún sacrificio, sino que fueron culpables del sacrilegio, y merecían ser llamados no sacerdotes sino miserables sacrílegos. Y toda la virtud, toda la santidad, toda la obediencia de Cristo, que se ofreció a sí mismo como víctima a Dios al soportar pacientemente la muerte, incluso muerte de Cruz, para poder apaciguar la ira de su Padre, reconciliar a la humanidad con Dios, satisfacer la justicia Divina, y salvar la raza caída de Adán. San León expresa de manera hermosa este pensamiento en pocas palabras: "Permitió que las manos impuras de los miserables se vuelvan contra l, y se convirtieran en cooperadores con el Redentor en el momento en que cometían un abominable pecado".

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En cuarto lugar, por la muerte de Cristo la gran lucha entre l mismo y el príncipe del mundo llego a su fin. Al aludir a esta lucha, el Señor hizo uso de estas palabras: "El juicio del mundo comienza ahora; ahora será expulsado fuera el príncipe de este mundo, cuando sea alzado de la tierra, todo lo atraeré a mí mismo" (
Jn 12,31-32). La lucha fue judicial, no militar. La lucha fue entre dos demandantes, no dos ejércitos rivales. Satanás disputo con Cristo la posesión del mundo, el dominio sobre la humanidad. Por largo tiempo el demonio se había lanzado ilegítimamente a poseerlo, porque había vencido al primer hombre, y había hecho a él y a todos sus descendientes esclavos suyos. Por esta razón, San Pablo llama a los demonios "principados y potestades, gobernadores de estas tinieblas del mundo" (Ep 6,12). Y como dijimos antes, incluso Cristo llama al demonio "príncipe de este mundo". Ahora el demonio no solamente quiso ser príncipe, sino incluso el dios de este mundo, y así exclama el Salmo: "Porque todos los dioses de las naciones son demonios, pero el Señor hizo los cielos" (Ps 95,5). Satanás era adorado en los ídolos de los gentiles, y era rendido culto en sus sacrificios de corderos y terneros. Por otro lado, el Hijo de Dios, como verdadero y legítimo heredero del universo, demando el principado de este mundo para l. Esta fue la disputa decidida en la Cruz, y el juicio fue pronunciado en favor del Señor Jesús, porque en la Cruz expió plenamente los pecados del primer hombre y de todos sus hijos. Pues la obediencia mostrada al Padre Eterno por su Hijo fue mayor que la desobediencia de un siervo a su Señor, y la humildad con la que murió el Hijo de Dios en la Cruz redundo mas para el honor del Padre que el orgullo de un siervo sirvió para su injuria. Así Dios, por los méritos de su Hijo, fue reconciliado con la humanidad, y la humanidad fue arrancada del poder del demonio, y "nos traslado al reino de su Hijo muy amado" (Col 1,13).

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Hay otra razón que San León aduce, y la daremos en sus propias palabras. "Si nuestro orgulloso y cruel enemigo hubiese podido conocer el plan que la misericordia de Dios había adoptado, habría reprimido las pasiones de los judíos, y no los habría incitado con odio injusto, por lo que pudiese perder su poder sobre los cautivos al atacar infructuosamente la libertad de Aquel que nada le debía". Esta es una razón de muchísimo peso. Puesto que es justo que el demonio perdiera toda su autoridad sobre todos aquellos que por el pecado se habían hecho esclavos suyos, porque se había atrevido a poner sus manos sobre Cristo, quien no era su esclavo, quien nunca había pecado, y a quien sin embargo había perseguido a muerte. Ahora, si tal es el estado del caso, si la batalla ha terminado, si el Hijo de Dios ha ganado la victoria, y si "quiere que todos los hombres se salven" (
1Tm 2,4), ¿cómo es que tantos en esta vida están bajo el poder del demonio, y sufren los tormentos del infierno en la próxima? Lo respondo en una palabra: lo quieren. Cristo salió victorioso de la contienda, luego de otorgar dos indecibles favores a la raza humana. Primero el abrir a los justos las puertas del cielo, que habían estado cerradas desde la caída de Adán hasta aquel día, y en el día de su victoria, dijo al ladrón que había sido justificado por los méritos de su sangre, a través de la fe, la esperanza, y la caridad: "Este día estarás conmigo en el Paraíso" (Lc 23,43), y la Iglesia en su exultación, clama: "Tu, habiendo vencido al aguijón de la muerte, abriste a los creyentes el Reino de los Cielos". El segundo, la institución de los Sacramentos, que tienen el poder de perdonar los pecados y conferir la gracia. Envía a los predicadores de su Palabra a todas las partes del mundo a proclamar: "Aquel que cree, y sea bautizado, será salvado" (Mc 16,16). Y así nuestro victorioso Señor ha abierto el camino a todos para adquirir la gloriosa libertad de los hijos de Dios, y si hay algunos que no quieren entrar en este camino, mueren por su propia culpa, y no por la falta de poder o la falta de querer de su Redentor.

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En quinto lugar, la palabra "Todo está cumplido" puede ser con justicia aplicada a la conclusión del edificio, esto es, la Iglesia. Cristo nuestro Señor usa esta misma palabra en referencia a un edificio: "Hic homo coepit aedificare et non potuit consummare", "Este hombre empezó a edificar y no ha podido acabar" (
Lc 14,30). Los Padres ensenan que la fundación de la Iglesia fue hecha cuando Cristo fue bautizado, y el edificio completado cuando murió. Epifanio, en su tercer libro contra los herejes, y San Agustín en el último libro de la Ciudad de Dios, muestran que Eva, que fue hecha a partir de una costilla de Adán mientras dormía, tipifica a la Iglesia, que fue hecha del costado de Cristo mientras dormía en la muerte. Y resaltan que no sin razón el libro del Génesis usa la palabra "construyo", y no "formo". San Agustín ("De Civit." l. 27, c. 8) prueba que el edificio de la Iglesia comenzó con el bautismo de Cristo, con las palabras del Salmista: "Dominara de mar a mar y desde el rio hasta los confines de la redondez de la tierra" (Ps 71,8). El reino de Cristo, que es la Iglesia, comenzó con el bautismo que recibió de manos de San Juan, por la que consagro las aguas e instituyo ese sacramento que es la puerta de la Iglesia, y cuando la voz de su Padre fue claramente escuchada en los cielos: "Este es mi Hijo amado, en quien me complazco" (Mt 3,17). Desde ese momento nuestro Señor empezó a predicar y a reunir discípulos, quienes fueron los primeros hijos de la Iglesia. Y todos los sacramentos derivan su eficacia de la Pasión de Cristo, aunque el costado de Nuestro Señor fue abierto después de su muerte, y sangre y agua, que tipifican los dos sacramentos principales de la Iglesia, fluyeron. El fluir de la sangre y el agua del costado de Cristo luego de su muerte fue una señal de los sacramentos, no de su institución. Podemos concluir entonces que la edificación de la Iglesia fue completada cuando Cristo dijo: "Todo está cumplido", porque nada quedo luego más que la muerte, que sucedió inmediatamente, y cumplió el precio de nuestra redención.





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CAPITULO XIII

El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

Cualquiera que con atención reflexione sobre la sexta palabra ha de obtener muchas ventajas de sus reflexiones. San Agustín saca una lección muy útil del hecho de que la palabra "Todo está cumplido" muestra el cumplimiento de todas las profecías que hacen referencia a Nuestro Señor. Puesto que estamos seguros por lo que paso que las profecías relacionadas a Nuestro Señor fueron verdaderas, así nosotros deberíamos tener la misma certeza de que otras cosas que los mismos Profetas han profetizado y que aun no han sucedido son igualmente ciertas. Los Profetas hablaron no de lo que quisieron, sino bajo inspiración del Espíritu Santo, y como el Espíritu Santo es Dios, quien no puede engañar o extraviar, nosotros deberíamos estar muy confiados de que todo lo que predijeron sucederá, si es que no ha sucedido ya. "Pues hasta ahora, decía San Agustín, todo ha sido realizado, por lo que ha de cumplirse con certeza sucederá. Tengamos un temor reverente en el Día del Juicio, pues el Señor vendrá. l, que vino como un humilde bebé, vendrá de nuevo como un Dios poderoso". Nosotros tenemos más razones que los santos del Antiguo Testamento para nunca flaquear en nuestra fe, o en lo que creemos que vendrá. Aquellos que vivieron antes de la venida de Cristo estaban obligados a creer, sin prueba alguna, muchas cosas de las que nosotros ya tenemos abundantes testimonios, y por todo aquello que ya ha sido cumplido podemos deducir fácilmente que las otras profecías también se cumplirán. Los contemporáneos de Noé habían escuchado acerca del Diluvio Universal, no solo a través de los labios del profeta de Dios, sino también al mirarlo trabajando tan diligentemente en la construcción del Arca; y aun así, como nunca antes había habido un diluvio o algo similar a ello, no se convencieron, y en consecuencia la ira Divina los tomo desprevenidos. Así como nosotros sabemos que la profecía de Noé se cumplió, no deberíamos tener ninguna dificultad en creer que el mundo y todo lo que ahora estimamos tanto será un día destruido por el fuego. Sin embargo, aun hay algunos pocos que poseen una fe tan viva en todo esto como para desprenderse ellos mismos de las cosas perejiles, y fijar sus corazones en los gozos de arriba, que son reales y eternos.

Los terrores del Último Día han sido profetizados por Cristo mismo, por lo que es totalmente inexcusable que alguien no pueda convencerse de que, así como algunas profecías han sido ya cumplidas, otras también lo serán. Estas son las palabras de Cristo: "Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. Porque como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entro Noé en el Arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastro a todos, así será también la venida del Hijo de hombre. Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor" (Mt 24,37 Mt 24,38 Mt 24,39 Mt 24,4). Y San Pedro dijo: "El Día del Señor llegara como un ladrón; en aquel día, los cielos, con ruido ensordecedor, se desharán; los elementos, abrasados, se disolverán, y la tierra y cuanto ella encierra se consumirá" (2Pe 3,1).

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Pero algunos argumentaran que todas estas cosas están sumamente lejanas. Concedamos que efectivamente están aun lejanas, y si lo están, el día de la muerte ciertamente no está muy lejano: su hora es incierta, lo que sí es cierto es que en el juicio particular cada uno deberá rendir cuenta sobre cada palabra vana. Y si esto por cada palabra vana ¿qué sobre las palabras pecaminosas, y las blasfemias, que son tan comunes? Y si tenemos que rendir cuenta sobre cada palabra vana ¿Qué de las acciones, de los robos, adulterios, fraudes, asesinatos, injusticias, y otros pecados mortales? Por lo tanto el cumplimiento de algunas profecías nos harán aun más culpables si es que no creemos que las otras profecías se cumplirán. Ni es suficiente solamente creer, a menos que nuestra fe eficazmente mueva nuestra voluntad a hacer o evitar aquello que nuestro entendimiento nos ensena que debe ser hecho o evitado. Si un arquitecto opina que una casa está a punto de desplomarse, y sus habitantes creen en las palabras del arquitecto, pero aun así no abandonan la casa y terminan sepultados en sus ruinas, ¿Qué dirá la gente de ésa fe? Ellos dirán con el Apóstol: "Profesan conocer a Dios, mas con sus obras le niegan" (
Tt 1,16). O, ¿Qué se diría si un doctor le ordena a su paciente no tomar vino, y el paciente lo asume como un buen consejo, pero aun así continua tomando vino, y se molesta si es que no se lo dan? ¿No deberíamos decir que ése paciente estaba loco y que en realidad no confiaba en su doctor? ¡Quisiera que no hubieran tantos cristianos que profesan creer en los juicios de Dios y en otras cosas, y con su conducta contradicen sus palabras!





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CAPITULO XIV

El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

Otra ventaja puede ser sacada de la segunda interpretación que dimos a la palabra "todo está cumplido". Junto con San Juan Crisóstomo dijimos que por su muerte Cristo concluyo su estadía laboriosa entre nosotros. Nadie puede negar que su vida mortal fue sumamente dura, pero su misma dureza fue compensada por su cortedad, su fruto, su gloria, y su honor. Duro treinta tres años. ¿Qué es una labor de treinta tres años comparado a un descanso eterno? Nuestro Señor trabajo con hambre y sed, en medio de muchas penalidades, de insultos innumerables, de golpes, heridas, de la muerte misma. Pero ahora bebe de la fuente de la alegría, y su alegría será eterna. Fue humillado, y por un corto tiempo fue "oprobio de los hombres y desecho del pueblo" (Ps 21,7), pero "Dios le exalto, y le otorgo el Nombre que esta sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, toda rodilla se doble, en los cielos, en la tierra y en los abismos" (Ph 2,9-10). Por otro lado, los pérfidos judíos se regocijaron durante una hora por Cristo y sus sufrimientos. Judas por una hora disfruto el precio de su avaricia: unas pocas monedas de plata. Pilato por una hora se glorifico porque no había perdido la amistad de Tiberio, y había vuelto a ganar la de Herodes. Pero por casi dos mil años han estado sufriendo los tormentos del infierno, y sus gritos de desesperanza será escuchados por siempre y para siempre.

Desde su miseria, todos los siervos de la Cruz pueden aprender cuan bueno y fructuoso es ser humildes, dóciles, pacientes, cargar su Cruz en esta vida, seguir a Cristo como su guía, y de ninguna manera envidiar a aquellos que parecen estar alegres en este mundo. Las vidas de Cristo y de sus apóstoles y mártires son un verdadero comentario a las palabras del Señor de señores. "Bienaventurados los pobres, bienaventurados los mansos, bienaventurados los que lloran, bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos" (Mt 5,3 Mt 5,10) Y por otro lado "ay de vosotros los ricos, porque habéis recibido vuestro consuelo. Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre. Ay de los que reis ahora, porque tendréis aflicción y llanto" (Lc 6,24 Lc 6,25).

Aunque ni las palabras, ni la vida y muerte de Cristo son entendidas o seguidas por el mundo, aun quien sea que desee dejar los afanes del mundo y entrar en su corazón y meditar seriamente y decirse a sí mismo: "Escucharé lo que Dios me va a hablar" (Ps 84,9), e importuna a su Divino Señor con humilde plegaria y lamento de espíritu, entenderá sin dificultad toda la verdad, y la verdad lo hará libre de todos sus errores, y lo que antes parecía imposible será entonces fácil.





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CAPITULO XV

El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

El tercer fruto a ser recogido por la consideración de la sexta palabra es que debemos aprender a ser sacerdotes espirituales, "para ofrecer a Dios sacrificios espirituales" (1Pe 2,5), como nos dice San Pedro, o como advierte San Pablo, "ofrecer" nuestros "cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios", nuestro "culto racional" (Rm 12,1). Pues si esta palabra "todo está cumplido" nos muestra que el Sacrificio de nuestro Sumo Sacerdote ha sido cumplido en la Cruz, es justo y propio que los discípulos de un Dios crucificado, deseosos, hasta donde puedan, de imitar a su Señor, se ofrezcan ellos mismos como un sacrificio a Dios, de acuerdo a su debilidad y pobreza. Ciertamente, San Pedro dice que todos los cristianos son sacerdotes, no estrictamente como aquellos que son ordenados por obispos en la Santa Iglesia Católica para ofrecer el Sacrificio del Cuerpo y Sangre de Cristo, sino sacerdotes espirituales para ofrecer víctimas espirituales, no tales como leemos en el Antiguo Testamento, ovejas y bueyes, tórtolas y palomas, o la Victima del Nuevo Testamento, el Cuerpo de Cristo en la Sagrada Eucaristía, sino víctimas místicas que pueden ser ofrecidas por todos, como la oración y la alabanza y las obras buenas y los ayunos y las obras de misericordia, como dice San Pablo: "ofrezcamos siempre un sacrificio de alabanza a Dios, es decir, el fruto de los labios que confiesan su Nombre" (He 13,15). En su Carta a los Romanos, el mismo Apóstol nos dice, resaltándolo de manera especial, que ofrezcamos a Dios el sacrificio místico de nuestros cuerpos tras los sacrificios de la Antigua Ley, que eran regulados por cuatro decretos. El primero era que la víctima debía ser algo consagrado a Dios, por lo que era ilegitimo darle algún uso profano. El segundo era que la víctima debía ser una creatura viviente, como una oveja, una cabra o un ternero. El tercero, que debía ser sagrado, es decir, limpio, pues los judíos consideraban algunos animales limpios y otros no. Ovejas, bueyes, cabras, tórtolas, gorriones y palomas eran limpios, mientras que el caballo, el león, el zorro, el águila, el cuervo, entre otros, no eran limpios. El cuarto, que la víctima debía ser quemada, y despedir un olor de suavidad. Todas estas cosas enumera el Apóstol. "Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios, tal será vuestro culto espiritual" (Rm 12,1). Como entiendo al Apóstol, no nos está exhortando a ofrecer un sacrificio estrictamente hablando, como si quisiese que nuestros cuerpos fuesen muertos y quemados, como los cuerpos de las ovejas al ser ofrecidas en sacrificio, sino ofrecer un sacrificio místico y razonable, un sacrificio que es similar, pero no igual, espiritual y no corporal. El Apóstol por tanto nos exhorta a la imitación de Cristo ya que l ofreció en la Cruz para beneficio nuestro el Sacrificio de su Cuerpo en una muerte real y verdadera, para que, por honor suyo, ofrezcamos nuestros cuerpos como víctimas vivas, santas y perfectas, una víctima que es agradable a Dios, y que es de manera espiritual muerta y quemada.


Belarmino: las 7 Palabras 73