
Agustin - Confesiones 1334
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35. Pero ¿qué es esto, y qué misterio hay en ello? He aquí que bendecís, oh Señor, a los hombres, para que crezcan y se multipliquen y llenen la tierra (Gn 1,28). ¿Nada nos indicasteis en esto, para que algo entendamos por qué no bendijisteis del mismo modo a la luz, que llamasteis día, ni al firmamento del cielo, ni a sus lumbreras, ni a las estrellas ni a la tierra ni al mar?
Yo diría, Señor Dios nuestro, que nos criasteis a vuestra imagen; yo diría que Vos quisisteis otorgar particularmente al hombre este don de la bendición, si no hubieseis de esta manera bendecido a los peces, y cetáceos para que creciesen y se multiplicasen, e hínchense las aguas del mar, y las aves se multiplicasen sobre la tierra (Gn 1,22).
Asimismo diría yo que esta bendición pertenece a los géneros de los seres que se propagan engendrando de sí mismos, si la hallase en los arbustos y frutales y en las bestias de la tierra. Ahora bien: ni a las hierbas y árboles se dijo, ni a las bestias ni a las serpientes: Creced y multiplicaos, siendo así que todos estos seres, lo mismo que los peces y las aves y los hombres, por generación se aumentan y conservan su especie.
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36. ¿Qué diré, pues, oh Luz mía, oh Verdad? ¿Qué huelgan estas palabras, porque fueron dichas sin objeto? ¡De ninguna manera, oh Padre de piedad! Lejos esté de decir esto el siervo de vuestra palabra. Y si yo no entiendo lo que con esta expresión significáis, usen mejor de ella otros mejores, esto es, más inteligentes que yo, según el tanto de saber que a cada cual disteis.
Pero sea agradable a vuestros ojos mí confesión con que os confieso que creo que Vos no en vano hablasteis así; y no callaré lo que la ocasión de esta lectura me sugiere.
Porque ello es verdad y nada veo que me impida entender así las expresiones figuradas de vuestros Libros. Porque sé que de muchas maneras se expresa por signos corporales lo que de un solo modo se entiende por la mente; y, al contrario, de muchas maneras entiende la mente lo que de un solo modo expresan los signos corporales. Ved la simple dilección de Dios y del prójimo con cuánta multiplicidad de símbolos, y en innumerables lenguas, y en cada lengua con innumerables maneras de locuciones es corporalmente enunciada. ¡Así crecen y se multiplican las generaciones de las aguas! Atiende de nuevo, quienquiera que esto lees: repara lo que de un solo modo expresa la Escritura y la voz pronuncia: En el principio hizo Dios el cielo y la tierra, ¿acaso no se entiende de muchas maneras (Lib. XII, § 24-29), no por falacia de los errores, sino por diversidad de interpretaciones verdaderas? ¡Así crecen y se multiplican las generaciones de los hombres!
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37. Ahora, pues, si consideramos, no alegóricamente, sino en su sentido propio, la naturaleza de las cosas, a todas las que por simientes son engendradas conviene la palabra: Creced y multiplicaos. Pero si consideramos estas cosas tomándolas en sentido figurado -y éste pienso más bien que fue el intento de la Escritura, que no en vano, sin duda, atribuyó esta bendición a las generaciones de los acuáticos y de los hombres-, hallamos, ciertamente, multitudes en las criaturas espirituales, y en las corporales, como en el cielo y la tierra y en las almas justas y en las inicuas, como en la luz y en las tinieblas; y en los santos autores por los cuales nos fue comunicada la Ley, como en el firmamento que entre las aguas fue afirmado; y en la sociedad de los pueblos amargantes, como en el mar; y en el deseo de las almas piadosas, como en la tierra seca; y en las obras de misericordia según la vida presente, como en las hierbas de sementera y en los árboles frutales; y en los dones del Espíritu, manifestados para utilidad, como en las lumbreras del cielo; y en las pasiones reguladas por la templanza, como en el alma viviente. En todas estas cosas hallamos multitudes y fecundidad e incrementos; pero algo que crezca y se multiplique de suerte que una misma cosa sea enunciada de muchas maneras, y una sola enunciación sea da muchas maneras entendida, eso no lo hallamos sino en los signos corporalmente expresados y en los conceptos inteligiblemente excogitados. Por las generaciones de las aguas entendemos los signos corporalmente expresados, necesarios por causa de nuestra profunda carnalidad; y por las generaciones humanas entendemos los conceptos inteligiblemente excogitados por la fecundidad de la razón.
Y por eso hemos creído que a uno y a otro de estos géneros dijisteis Vos, Señor: Creced y multiplicaos; pues en esta bendición recibo la facultad y poder que por Vos se nos concede, ya para enunciar de muchas maneras lo que de una sola tenemos entendido, ya para entender de muchas maneras lo que leemos oscuramente enunciado de una sola. Así es como se hinchen de peces las aguas del mar, que no son movidas sino por los diversos signos corporales. Así también se hinche de seres humanos la tierra, cuya avidez se manifiesta en el afán da saber, dominado empero por la razón.
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38. Deseo también decir, Señor Dios mío, lo que a continuación me amonesta vuestra Escritura; y lo diré y no temeré, porque diré la verdad, inspirándome Vos lo que sobre aquellas palabras habéis querido que yo diga. Porque inspirándome otro que Vos, no creo que dice la verdad, pues Vos sois la verdad (Jn 14,6), y todo hombre es mentiroso (Rm 3 Rm 4). Y por eso, quien habla mentira habla de su cosecha (Jn 8,44). Para decir, pues, verdad, hablo por cuenta vuestra.
He aquí que nos disteis para mantenimiento toda hierba de siembra que produce semilla que existe sobre la tierra, y todo árbol que lleva en sí fruto de semilla para sembrar. Y no para nosotros solos, sino también para todas las aves del cielo, y para las bestias de la tierra, y para los reptiles (Gn 1,29 Gn 30); pero a los peces y grandes cetáceos no les disteis este alimento.
Decíamos, pues, que estos frutos de la tierra significaban y figuraban en alegoría las obras de misericordia que en las necesidades de la vida nos ofrece la tierra fructífera (Vid. § 21). Una tierra así era el piadoso Onesíforo, con cuya casa hicisteis misericordia, porque él frecuentemente ofreció alivio a vuestro Pablo y no se avergonzó de su cadena (2Tm 1,16). Esto hicieron también, y con igual fruto fructificaron, los hermanos que, viniendo de Macedonia, suplieron lo que a Pablo le faltaba (2Co 11,3). ¡Cómo se duele él, en cambio, de ciertos árboles que no le dieron el fruto que le debían, donde dice: En mí primera defensa nadie me patrocinó, antes todos me desampararon: que no se les tome en cuenta (2Tm 4,16). Porque estos frutos son debidos a los que ministran la doctrina racional mediante las inteligencias de los divinos misterios: y así les son debidos como a hombres (Vid. § 37). Además, les son debidos como a alma viviente, por cuanto se nos ofrecen para ser imitados en toda continencia (§ 32). Asimismo les son debidos como a volátiles por sus bendiciones, que se multiplican sobre la tierra (§ 36); porque a toda la tierra llegó el sonido de su palabra (Ps 18,5).
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39. Aliméntanse con estos manjares los que en ellos se gozan. Mas no se gozan en ellos aquellos cuyo dios es el vientre (Ph 3,19). Porque tampoco en aquellos que los ofrecen son el fruto los dones que ofrecen, sino el espíritu con que los ofrecen. Y así, aquel Apóstol que servía a Dios, no a su vientre (Rm 16,18), veo claramente de qué se goza; lo veo, y con él me congratulo en extremo. Porque había recibido de los filipenses lo que por Epafrodito le habían enviado; pero con todo, veo de qué se goza; y aquello de que se goza es lo mismo de que se alimenta; porque hablando en verdad, dice: Magníficamente me gocé en el Señor de que ya por fin ha retoñado el interés que por mí sentís, como ya lo sentíais, pero habíais tomado hastío (Ph 4,10). Los filipenses, pues, por el largo hastío se habían marchitado y casi secado, sin dar este fruto de la buena obra; y Pablo se goza por ellos, porque han rebrotado, no por sí mismo, porque socorrieran su indigencia. Por eso añade a continuación: No lo digo porque algo me falte, pues yo aprendí a bastarme con lo que tengo. Sé tener menos y sé también tener abundancia; en todo caso y en todas las cosas he aprendido a estar harto y a estar hambriento, a estar sobrado y a padecer penuria. Todo lo puedo en Aquel que me conforta (Ph 4,89).
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40. ¿De qué, pues, te alegras, oh gran Pablo? ¿De qué te alegras y de qué te alimentas, oh hombre renovado para el conocimiento de Dios conforme a la imagen del que te creó (Col 3,10), y alma viviente con tan gran continencia, y lengua alada que habla misterios? (1Co 14,2). Porque a tales vivientes tal manjar se les debe. ¿Qué es lo que te alimenta? La alegría. Oiré lo que sigue: Sin embargo, hicisteis bien tomando parte en mí tribulación (Ph 4,141) De esto se goza, de esto se alimenta: porque ellos hicieron bien, no porque fue aliviada la angustia de aquel que os dice: En la tribulación me ensanchasteis (Ps 4,2); porque no sólo abundar, sino padecer penuria sabe en Vos que le confortáis. Porque sabéis también vosotros, filipenses -dice-, que en los comienzos del Evangelio, cuando salí de Macedonia, ninguna Iglesia abrió conmigo cuentas de Haber y Debe, sino vosotros solos; pues ya en Tesalónica una vez y otra vez me enviasteis con qué atender a mis necesidades (Ph 4,15 Ph 16). Gózase, pues, de que ahora hayan vuelto a estas buenas obras, y se alegra de que hayan retoñado, como barbecho que renueva su fertilidad.
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41. ¿No será por causa de su propia utilidad, puesto que dice: Me enviasteis para mis necesidades? ¿No será acaso por esto por lo que se alegra?
-No es por esto.
-Y ¿cómo lo sabemos?
-Porque él mismo continúa diciendo: No porque yo busco el don, sino porque deseo el fruto. He aprendido de Vos, Dios mío, a distinguir entre el don y el fruto. Don es la cosa misma que da el que comunica estas cosas necesarias, como es dinero, comida, bebida, vestido, techo, socorro; fruto, empero, es la buena y recta voluntad del donante. Porque no dice solamente el Maestro bueno (Mt 10,41 Mt 42): El que recibe a un profeta; sino añadió: a título de profeta. Ni dice solamente: El que recibe a un justo; sino añadió: a título de justo: puesto que así es como aquél recibirá recompensa de profeta, y éste recompensa de justo. Ni solamente dice: Quien diere de beber un vaso de agua fría a uno de mis pequeñuelos; sino añadió: sólo que sea a título de discípulo; y así agrega: En verdad os digo que no perderá su recompensa.
El don es recibir a un profeta, recibir a un justo, ofrecer un vaso de agua fría a un discípulo; el fruto es hacerlo a título de profeta, a título de justo, a titulo de discípulo.
Con el fruto es alimentado Elías por la viuda, sabedora de que alimentaba a un varón de Dios; pero con el don era alimentado por el cuervo (); y no el Elías interior, sino el exterior, que también era el que, por falta de tal manjar, podría fenecer.
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42. Y por eso diré una cosa que es verdadera en vuestra presencia, Señor. Cuando hombres idiotas e infieles (1Co 14,23) -que para ser iniciados y ganados tienen necesidad de los sacramentos iniciadores y de grandiosos milagros que yo creo designados con el nombre de peces y grandes cetáceos- reciben a vuestros siervos para alimentarlos corporalmente o para ayudarles en alguna necesidad de la vida presente, comoquiera que ignoran por qué motivo se ha de hacer y a qué fin se ordena, ni aquellos les ofrecen, ni éstos reciben mantenimiento; porque ni aquellos lo hacen con santa y recta intención, ni éstos se gozan en sus dones, donde todavía no ven fruto. Porque es así que el alma se mantiene de aquello en que se goza.
Y por eso los peces y cetáceos no comen los alimentos que solamente produce la tierra, ya separada y apartada de la amargura de las ondas marinas.
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43. Y visteis, oh Dios, todas las cosas que hicisteis, y he aquí que eran muy buenas (Gn 1,31); porque también nosotros las vemos, y hallamos que todas son muy buenas. En cada uno de los géneros de vuestras obras, cuando hubisteis dicho que se hiciesen, y fueron hechas, esto y aquello visteis que era bueno. He contado que siete veces está escrito que Vos visteis ser bueno lo que habíais hecho; y esta octava es que visteis las obras todas que hicisteis, y hallasteis que no sólo eran buenas, sino muy buenas, como el conjunto de todas. Porque una por una eran solamente buenas; pero todas juntas son buenas y muy buenas.
Esto dicen también todos los cuerpos hermosos: porque incomparablemente más hermoso es el cuerpo que se compone de miembros todos hermosos, que no cada uno de esos miembros de cuyo ordenadísimo conjunto se completa el todo, por más que singularmente cada uno de ellos sea también hermoso.
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44. Y puse atención para hallar si siete u ocho veces visteis que eran buenas vuestras obras cuando os agradaron; y en vuestra visión no hallé tiempos por los que entendiese que tantas veces visteis lo que hicisteis; y dije: ¡Oh Señor!, ¿acaso no es verdadera esta vuestra Escritura, siendo así que Vos, veraz y verdad (Jn 3,33 Jn 14,6), la habéis dictado? ¿Por qué, pues, me decís Vos que en vuestra visión no hay tiempos, y esta Escritura vuestra me dice que día por día visteis que las cosas que hicisteis eran buenas; y yo, habiéndolas contado, he hallado cuántas veces?
A esto me decís Vos, porque Vos sois mi Dios (Ps 49,7), y lo decís con voz recia al oído interior de vuestro siervo, rompiendo mí sordera y clamando: ¡Oh hombre!, sin duda lo que mí escritura dice, lo digo Yo; sino que ella habla temporalmente, pero a mí Verbo no tiene acceso el tiempo, porque subsiste en la misma eternidad que Yo. De esta suerte, las cosas que por mí Espíritu veis vosotros, Yo las veo; así como aquellas que por mí Espíritu decís vosotros, Yo las digo. De modo que viéndolas temporalmente vosotros, Yo no las veo temporalmente, así como diciéndolas temporalmente vosotros, Yo no las digo temporalmente.
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45. Y oí, Señor Dios mío, y gusté una gota de la dulzura de vuestra verdad. Y entendí que hay algunos a quienes desagradan vuestras obras; y muchas de ellas afirman que las hicisteis Vos compelido por la necesidad, como la fábrica de los cielos y el ordenamiento de los astros; y eso no de materia creada por Vos, sino que ya habían sido creados en otro lugar y de otro origen; y que Vos los redujisteis y los ajustasteis y coordinasteis cuando de los enemigos vencidos construisteis las murallas de este mundo, para que, aprisionados en esta construcción, no pudiesen rebelarse de nuevo contra Vos. Y que las otras cosas, como son todos los compuestos de carne, y todos los animales diminutos, y todo lo que echa raíces en la tierra, ni lo hicisteis Vos, ni de ninguna manera lo organizasteis, sino una inteligencia enemiga, de naturaleza diversa, no creada por Vos y contraria a Vos, engendró y formó estas cosas en las partes inferiores del mundo. Insensatos, dicen esto porque no por vuestro Espíritu ven vuestras obras ni os conocen en ellas.
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46. Mas aquellos que por vuestro Espíritu las ven, Vos las veis en ellos. Por consiguiente, cuando ellos ven que son buenas, Vos veis que son buenas; y cualesquiera de ellas que por Vos les agradan, Vos os agradáis en ellas; y las que por el Espíritu vuestro nos agradan, a Vos agradan en nosotros. Porque ¿quién de los hombres conoce las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así también las cosas de Dios nadie las conoce sino el Espíritu de Dios. Mas nosotros, dice, no hemos recibido el espíritu de este mundo, sino el espíritu que viene de Dios, para que conozcamos las cosas que Dios graciosamente nos dio (1Co 2,10-12). Y soy amonestado a decir: Ciertamente, ninguno sabe las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios; ¿cómo, pues, sabemos también nosotros las cosas que Dios graciosamente nos dio? Se me responde que las cosas que por su Espíritu sabemos, aun así ninguno las sabe sino el Espíritu de Dios. Porque así como a los que habían de hablar por el Espíritu de Dios se dijo rectamente: No sois vosotros los que habláis (Mt 10,20), así también a los que conocen las cosas por el Espíritu de Dios, rectamente se dice: No sois vosotros los que sabéis. Y, por tanto, a los que ven en el Espíritu de Dios, no menos rectamente se dice: No sois vosotros los que veis; así, todo cuanto en el Espíritu de Dios ven que es bueno, no ellos, sino Dios ve que es bueno.
Una cosa, pues, es que uno piense que es malo lo que es bueno, como los maniqueos mencionados arriba; otra, que lo que es bueno vea el hombre que es bueno, como a muchos agrada vuestra creación porque es buena; a los cuales, sin embargo, no agradáis Vos en ella, por lo cual quieren gozar más de ella que de Vos; y otra, que cuando el hombre ve que una cosa es buena, Dios vea en él que es buena, a fin de que Él sea amado en su obra; y no fuera amado sino por el Espíritu Santo que Él dio; porque la caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rm 5,5); por el cual vemos que es bueno lo que de alguna manera es; porque proviene de Aquel que es, no de alguna manera, sino que es, es.
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47. ¡Gracias a Vos, Señor!
Vemos el cielo y la tierra: ya entendamos las dos partes de la creación corpórea, la superior y la inferior, ya sea la creación espiritual y la corporal.
Y en el adorno de estas partes de que se compone, o bien toda la fábrica del mundo, o bien absolutamente toda la creación, vemos creada la luz y separada de las tinieblas.
Vemos el firmamento del cielo: sea que esté entre las aguas espirituales superiores y las corporales inferiores (), el primer cuerpo del mundo; sea este espacio del aire -porque también éste se llama cielo-, por el cual vagan las aves del cielo, entre las aguas que en forma de vapor flotan sobre ellas y en las noches serenas se condensan en rocío, y estas otras que corren pesadamente sobre la tierra.
Vemos por las llanuras del mar la hermosura de las aguas reunidas; y la tierra seca, primero informe, y luego formada, de suerte que fuera visible y compuesta, y madre de hierbas y de árboles.
Vemos resplandecer desde lo alto las lumbreras: que al día le basta el sol; que la luna y las estrellas consuelan la noche, y que todas ellas marcan y señalan los tiempos (Gn 1,138).
Vemos el húmedo elemento por todas partes fecundo de peces, de monstruos y de aves; porque el espesor del aire que sostiene el vuelo de las aves se forma con la vaporación de las aguas.
Vemos que la faz de la tierra se hermosea con los animales terrestres; y que el hombre, hecho a imagen y semejanza vuestra, por esta misma imagen y semejanza vuestra, esto es, por la fuerza de la razón y de la inteligencia, ejerce señorío sobre todos los animales irracionales; y que así como en su alma una cosa es lo que domina por el consejo, y otra lo que está sujeto para que obedezca, así aun corporalmente ha sido hecha para el varón la mujer, que tuviera, sí, cuanto al alma, igual naturaleza de inteligencia racional; pero cuanto al sexo del cuerpo, de tal modo estuviera sometida al sexo masculino, como el apetito de la acción (la pasión) está sometido a la razón de la mente para concebir de ella destreza en rectamente obrar.
Vemos estas cosas, y cada una de ellas es buena, y todas juntas en gran manera buenas.
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48. Os alaban vuestras obras para que nosotros os amemos; y nosotros os amamos para que vuestras obras os alaben. Tienen ellas principio y fin en el tiempo, nacimiento y ocaso, crecimiento y mengua, belleza y privación. Tienen, pues, consecutivamente mañana y tarde (Gn 1), en parte ocultas, en parte manifiestas. Porque de la nada fueron formadas por Vos; no de Vos ni de alguna sustancia no vuestra o que antes existiese, sino de la materia concreada, esto es, simultáneamente creada por Vos, que, sin ningún intervalo de tiempo, disteis forma a su informidad. Porque siendo una cosa la materia del cielo y la tierra, y otra la forma del cielo y la tierra, Vos hicisteis de la pura nada la materia, y de la materia informe la forma del mundo, de suerte que a la materia siguiese la forma sin intervalo alguno de demora.
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49. También hemos examinado qué pretendisteis figurar cuando quisisteis que estas cosas fueran hechas en tal orden, o en tal orden fuesen escritas; y echamos de ver que una por una son buenas, y todas juntas muy buenas en vuestro Verbo, en vuestro Unigénito: el cielo y la tierra, la cabeza y el cuerpo de vuestra Iglesia en la predestinación antes de todos los tiempos, sin mañana y tarde.
Mas cuando comenzasteis a poner por obra en el tiempo lo que teníais predestinado, para manifestar lo oculto, y componer lo que en nosotros estaba descompuesto -porque sobre nosotros estaban nuestros pecados, y alejándonos de Vos, habíamos llegado a un abismo tenebroso, sobre el cual se cernía vuestro Espíritu (§ 8) para socorrernos en tiempo oportuno-, justificasteis a los impíos y los separasteis de los inicuos (§ 13); consolidasteis la autoridad de vuestro Libro (§ 16) entre los superiores que serían enseñados por Vos, y los inferiores que les serían sometidos.
Y congregasteis la sociedad de los infieles en una misma conspiración (§ 20), para que apareciese el celo de los fieles, para que te ofreciesen obras de misericordia, distribuyendo también entre los pobres las riquezas terrenas para adquirir las celestiales (§ 21).
Luego encendisteis algunas lumbreras en el firmamento, vuestros santos, que tienen la palabra de vida y resplandecen por sus espirituales carismas, representando sublime autoridad (§ 25).
Y después para instruir a las gentes infieles, produjisteis de la materia corpórea sacramentos y milagros visibles, y voces de palabras conforme al firmamento de vuestro Libro, de donde también vuestros fieles fuesen bendecidos (§ 26 y 35).
Y después formasteis el alma viviente de los fieles por los afectos ordenados con el rigor de la continencia (§ 29).
Y en seguida renovasteis a vuestra imagen y semejanza el alma sometida exclusivamente a Vos, y no necesitada de ejemplo humano alguno para imitarlo (§ 32). Y subordinasteis a la prestancia del entendimiento la actividad racional como al varón la mujer (§ 33 y 47).
Y quisisteis que todos vuestros ministerios, necesarios para perfeccionar a los fieles en esta vida, fuesen socorridos por los mismos fieles, cuanto a las necesidades temporales, con obras fructuosas para el futuro (§ 39 y 41).
Todas estas cosas vemos, y son en gran manera buenas; porque en nosotros las veis Vos, que nos disteis el Espíritu con que las viésemos y en ellas os amásemos (§ 46).
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50. Señor Dios, dadnos la paz -puesto que todas las cosas nos habéis dado-, la paz del descanso, la paz del sábado, la paz sin tarde. Pues ello es así que todo este orden hermosísimo de las cosas en extremo buenas, cumplidas sus medidas, ha de pasar: ha de tener, pues, mañana y tarde.
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51. Mas el día séptimo es sin tarde y no tiene ocaso, porque Vos lo santificasteis para sempiterna permanencia; para que, lo mismo que Vos, después de vuestras obras sobre manera buenas, con todo y haberlas hecho en reposo, descansasteis el día séptimo, nos amoneste por adelantado vuestro Libro, que también nosotros, después de nuestras obras, por eso sobre manera buenas, porque Vos nos las otorgasteis, el sábado de la vida eterna descansaremos en Vos.
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52. Porque también Vos reposaréis entonces en nosotros, así como ahora trabajáis en nosotros; y de tal manera aquel descanso será vuestro por nosotros, como ahora estas obras son vuestras por nosotros.
Mas Vos, Señor, siempre obráis y siempre reposáis. Ni veis por un tiempo, ni os movéis por un tiempo, ni reposáis por un tiempo; y, sin embargo, Vos hacéis que veamos en el tiempo, y el tiempo mismo, y el descanso después del tiempo.
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53. Nosotros, pues, vemos estas criaturas que Vos hicisteis porque son; mas, porque Vos las veis, ellas son.
Y nosotros por fuera vemos que son, y por dentro que son buenas; mas Vos, después de hechas, las veis en Vos mismo, donde visteis que habían de ser hechas.
Y nosotros posteriormente nos sentimos movidos a hacer bien, después que nuestro corazón concibió del Espíritu vuestro; pero anteriormente nos movíamos a obrar mal abandonándoos a Vos. Mas Vos, Dios solo bueno, nunca cesasteis de hacer el bien.
Y alguna de nuestras obras, justamente por dádiva vuestra, son buenas, paro no son eternas; después de ellas esperamos reposar en el gran día santificado por Vos (). Mas Vos, Bien, que no necesitáis de otro bien, siempre estáis en reposo, porque Vos mismo sois vuestro reposo.
Y esto, ¿cuál de los hombres lo dará a entender a otro hombre? ¿Qué ángel a otro ángel? ¿Qué ángel al hombre? A Vos se ha de pedir, en Vos se ha de buscar, a vuestra puerta se ha de llamar. Así, así se recibirá, así se hallará, así se nos abrirá (Mt 7,8).
Agustin - Confesiones 1334