Discursos 2008 36

A LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE COSTA RICA EN VISITA "AD LIMINA"

Viernes 8 de febrero de 2008



Queridos Hermanos en el Episcopado:

37 1. Me llena de gozo recibiros al final de vuestra visita ad Limina, lo cual me ofrece la ocasión de saludaros a todos juntos y alentaros en la esperanza, tan necesaria para el ministerio que se os ha confiado y que ejercéis con generosidad. Agradezco las palabras del Presidente de la Conferencia Episcopal, Mons. José Francisco Ulloa Rojas, el cual ha querido manifestar los desafíos y las esperanzas que encontráis en vuestro quehacer pastoral y expresar vuestra cercanía y estrecha comunión con el Obispo de Roma, Sede "en la que siempre residió la primacía de la cátedra apostólica" (S.Agustín, EP 43, 3, 7).

Este encuentro es en cierto modo nuevo para algunos de vosotros, agregados recientemente al colegio episcopal, para otros son nuevas las Iglesias particulares que traen en su corazón y, para todos, también el rostro del Sucesor de Pedro es nuevo. Es una novedad que puede contribuir a dar mayor intensidad aún a los propósitos de esta visita, entre los que sobresale la renovación ante los sepulcros de San Pedro y San Pablo de la fe en Cristo Jesús, transmitida por los Apóstoles, y que a vosotros os corresponde custodiar como sucesores suyos. Al mismo tiempo, ha de ayudar a reavivar vuestra «solicitud por toda la Iglesia» (Lumen gentium
LG 23), contribuyendo así a ensanchar también el corazón de todos los creyentes con la perspectiva de universalidad propia del mensaje cristiano.

2. Tenéis ante vosotros la tarea de buscar nuevas maneras de anunciar a Cristo en medio de una situación de rápidas y a menudo profundas transformaciones, acentuando el carácter misionero de toda actividad pastoral. En este sentido, la reciente Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, celebrada en Aparecida, ha puesto de relieve cómo el acoger y hacer propio el mensaje del Evangelio es algo que corresponde a cada persona y cada generación, en las diversas circunstancias y etapas de su vida.

También el pueblo costarricense necesita revitalizar constantemente sus antiguas y profundas raíces cristianas, su vigorosa religiosidad popular o su entrañable piedad mariana, para que den frutos de una vida digna de los discípulos de Jesús, alimentada por la oración y los sacramentos, de una coherencia de la existencia cotidiana con la fe profesada y de un compromiso de participar activamente en la misión de «abrir el mundo para que entre Dios y, de este modo, la verdad, el amor y el bien» (cf. Spe salvi ).

3. El Señor ha sido pródigo con su viña en Costa Rica, donde hay un buen número de sacerdotes que son los principales colaboradores del Obispo en su ministerio pastoral. Por eso necesitan, además de orientaciones y criterios claros, de una formación constante y de apoyo en el ejercicio de su ministerio, una cercanía propia de «hijos y amigos» (Lumen gentium LG 28), que les llegue al corazón, animándolos en sus esfuerzos, ayudándolos en sus dificultades y, si fuera preciso, corrigiendo y remediando eventuales situaciones que oscurecen la imagen del sacerdocio y de la Iglesia misma.

Este gran patrimonio de toda Iglesia particular se custodia y enriquece con una esmerada atención a los seminaristas, cuya idoneidad requiere un discernimiento riguroso, y a los que no basta una formación abstracta y formal, pues se preparan para vivir ellos mismos aquellas palabras del Apóstol: «Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis unidos a nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1Jn 1,3). Además, ésta es una perspectiva que puede suscitar en los jóvenes el entusiasmo por Jesús y su misión salvadora, haciendo brotar en su corazón el deseo de participar en ella como sacerdotes y consagrados.

4. Queridos Obispos, conocéis bien los riesgos de una vida de fe lánguida y superficial cuando se enfrenta a señuelos como el proselitismo de las sectas y grupos pseudorreligiosos, la multitud de promesas de un bienestar fácil e inmediato, pero que terminan en el desengaño y la desilusión, o la difusión de ideologías que, proclamando ensalzar al ser humano, en realidad lo banalizan. En una situación como ésta, cobra un inestimable valor el anuncio de «la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones y que es Dios, el Dios que nos ha amado y nos sigue amando» (cf. Spe salvi ).

Un testimonio vivo de esta esperanza, que eleva el ánimo y da fortaleza en los desvelos de la vida humana, corresponde de manera muy especial a los religiosos, religiosas y personas consagradas, que por su propia vocación están llamados ante todo a ser signo del «misterio del Reino de Dios que ya actúa en la historia» (Vita consecrata VC 1). Por eso son un don precioso para la Iglesia, «como elemento decisivo para su misión, ya que ‘indica la naturaleza misma de la vocación cristiana’» (ibíd, VC 3), por lo que se ha de agradecer al Señor su presencia en cada Iglesia particular.

También a los fieles laicos les corresponde participar en esta misión según su vocación específica, y es hermoso comprobar su colaboración eficaz para mantener y difundir la llama de la fe mediante la catequesis y la cooperación con las parroquias y las diversas organizaciones pastorales de las diócesis. Merecen sin duda la gratitud, el aliento y la atención constante de sus Pastores, para que reciban siempre y de manera sistemática una formación cristiana sólida, teniendo en cuenta, además, que son ellos los llamados a llevar los valores cristianos a los diversos sectores de la sociedad, al mundo del trabajo, de la convivencia civil o de la política. En efecto, el orden temporal es una obligación suya (cf. Apostólicam actuositatem AA 7), a ellos corresponde «configurar rectamente la vida social, respetando su legítima autonomía y cooperando con los otros ciudadanos según las respectivas competencias y bajo su propia responsabilidad» (Deus caritas est ).

Sobre los catequistas y animadores de las comunidades, en particular, conviene recordar la exigencia de que acompañen la transmisión de la recta doctrina con el testimonio personal, con el firme compromiso de vivir según los mandatos del Señor y con la experiencia viva de ser miembros fieles y activos de la Iglesia. En efecto, este ejemplo de vida es necesario para que su instrucción no se quede en una mera transmisión de conocimientos teóricos sobre los misterios de Dios, sino que conduzca a adoptar un modo de vida cristiano. Esto era decisivo ya en la Iglesia antigua, cuando se examinaba al final si los catecúmenos, «han vivido correctamente su catecumenado, si han honrado a las viudas, si han visitado a los enfermos, si han hecho obras buenas» (Traditio Apostolica, 20).

5. Con razón os preocupa un creciente deterioro de la institución familiar, con graves repercusiones tanto en el entramado social como en la vida eclesial. A este respecto, es necesario promover el bien de la familia y defender sus derechos ante las instancias pertinentes, así como desarrollar una atención pastoral que la proteja y ayude de manera directa en sus dificultades. Por ello es de la máxima importancia una adecuada catequesis prematrimonial, así como una cercanía cotidiana que lleve aliento a cada hogar y haga resonar en él aquel saludo de Jesús: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa» (Lc 19,9). Tampoco se han de olvidar los grupos de matrimonios y familias para ayudarse entre sí a cumplir su alta e indispensable vocación, ni los servicios específicos que alivien situaciones penosas, producidas por el abandono de la convivencia, la precariedad económica o la violencia doméstica, de la que son víctimas sobre todo las mujeres.

38 6. Al concluir este encuentro, deseo aseguraros mi especial cercanía, junto con mis plegarias al Señor por vuestro ministerio. Os ruego que seáis portadores de mi afecto a vuestros fieles, muy especialmente a los sacerdotes, a las comunidades religiosas y las personas consagradas, así como a los catequistas y a cuantos están comprometidos en la apasionante tarea de llevar y mantener viva la luz de Cristo en esta bendita tierra de Costa Rica.

Pido a la Santísima Virgen María, a la que con tanta devoción invocan los costarricenses bajo la advocación de Nuestra Señora de los Ángeles, que proteja a sus hijos en esa querida Nación, y los lleve con ternura a conocer y amar cada vez más a su divino Hijo. A ellos y a vosotros, os imparto de corazón la Bendición Apostólica.


A UN CONGRESO INTERNACIONAL PARA CONMEMORAR EL XX ANIVERSARIO DE LA CARTA APOSTÓLICA "MULIERIS DIGNITATEM"

Sábado 9 de febrero de 2008



Queridos hermanos y hermanas:

Con verdadero placer os acojo y os saludo a todos vosotros, que participáis en el Congreso internacional sobre el tema: "Mujer y hombre: el humanum en su totalidad", organizado con ocasión del XX aniversario de la publicación de la carta apostólica Mulieris dignitatem. Saludo al señor cardenal Stanislaw Rylko, presidente del Consejo pontificio para los laicos, y le estoy agradecido por haberse hecho intérprete de vuestros sentimientos comunes. Saludo al secretario, monseñor Josef Clemens, a los miembros y a los colaboradores del dicasterio. En particular, saludo a las mujeres, que son la gran mayoría de los presentes, y que han enriquecido con su experiencia y competencia los trabajos del congreso.

El tema sobre el que estáis reflexionando es de gran actualidad: desde la segunda mitad del siglo XX hasta hoy, el movimiento de valoración de la mujer en los diversos ámbitos de la vida social ha suscitado innumerables reflexiones y debates, y ha visto multiplicarse muchas iniciativas que la Iglesia católica ha seguido y a menudo acompañado con atento interés. La relación hombre-mujer en su respectiva especificidad, reciprocidad y complementariedad constituye sin duda alguna un punto central de la "cuestión antropológica", tan decisiva para la cultura contemporánea y en definitiva para toda cultura. Numerosas son las intervenciones y los documentos pontificios que han abordado la realidad emergente de la cuestión femenina. Me limito a recordar los de mi amado predecesor Juan Pablo II, el cual, en junio de 1995, escribió una Carta a las mujeres, y el 15 de agosto de 1988, hace exactamente veinte años, publicó la carta apostólica Mulieris dignitatem. Este texto sobre la vocación y dignidad de la mujer, de gran riqueza teológica, espiritual y cultural, inspiró a su vez la Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y en el mundo, de la Congregación para la doctrina de la fe.

En la Mulieris dignitatem, Juan Pablo II profundizó las verdades antropológicas fundamentales del hombre y de la mujer, la igualdad en dignidad y la unidad de los dos, la diversidad arraigada y profunda entre lo masculino y lo femenino, y su vocación a la reciprocidad y a la complementariedad, a la colaboración y a la comunión (cf. n. MD 6). Esta unidad-dual del hombre y de la mujer se basa en el fundamento de la dignidad de toda persona, creada a imagen y semejanza de Dios, el cual "varón y mujer los creó" (Gn 1,27), evitando tanto una uniformidad indistinta y una igualdad estática y empobrecedora, como una diferencia abismal y conflictiva (cf. Juan Pablo II, Carta a las mujeres, 8). Esta unidad dual lleva consigo, inscrita en los cuerpos y en las almas, la relación con el otro, el amor al otro y la comunión interpersonal, que indica "que en la creación del hombre se ha inscrito también una cierta semejanza con la comunión divina" (n. 7). Por tanto, cuando el hombre o la mujer pretenden ser autónomos y totalmente auto-suficientes, corren el riesgo de encerrarse en una autorrealización que considera como conquista de libertad la superación de todo vínculo natural, social o religioso, pero que, de hecho, los reduce a una soledad agobiante. Para favorecer y sostener la promoción real de la mujer y del hombre, no se puede menos de tener en cuenta esta realidad.

Ciertamente, se necesita una renovada investigación antropológica que, basándose en la gran tradición cristiana, incorpore los nuevos progresos de la ciencia y el dato de las actuales sensibilidades culturales, contribuyendo de este modo a profundizar no sólo la identidad femenina, sino también la masculina, también ella a menudo objeto de reflexiones parciales e ideológicas. Ante corrientes culturales y políticas que tratan de eliminar o, al menos, ofuscar y confundir las diferencias sexuales inscritas en la naturaleza humana, considerándolas una construcción cultural, es necesario recordar el designio de Dios, que ha creado el ser humano varón y mujer, con una unidad y al mismo tiempo con una diferencia originaria y complementaria. La naturaleza humana y la dimensión cultural se integran en un proceso amplio y complejo, que constituye la formación de la propia identidad, en la que ambas dimensiones, la femenina y la masculina, se corresponden y se completan.

Al inaugurar los trabajos de la V Conferencia general del Episcopado latinoamericano y del Caribe, en mayo del año pasado en Brasil, recordé que aún persiste una mentalidad machista, que ignora la novedad del cristianismo, el cual reconoce y proclama la igual dignidad y responsabilidad de la mujer con respecto al hombre. Hay lugares y culturas donde la mujer es discriminada o subestimada por el solo hecho de ser mujer, donde se recurre incluso a argumentos religiosos y a presiones familiares, sociales y culturales para sostener la desigualdad de los sexos, donde se perpetran actos de violencia contra la mujer, convirtiéndola en objeto de maltratos y de explotación en la publicidad y en la industria del consumo y de la diversión. Ante fenómenos tan graves y persistentes, es más urgente aún el compromiso de los cristianos de hacerse por doquier promotores de una cultura que reconozca a la mujer, en el derecho y en la realidad de los hechos, la dignidad que le compete.

Dios confía a la mujer y al hombre, según sus peculiaridades propias, una específica vocación y misión en la Iglesia y en el mundo. Pienso aquí en la familia, comunidad de amor abierto a la vida, célula fundamental de la sociedad. En ella la mujer y el hombre, gracias al don de la maternidad y de la paternidad, desempeñan juntos un papel insustituible con respecto a la vida. Desde su concepción, los hijos tienen el derecho de poder contar con el padre y con la madre, que los cuiden y los acompañen en su crecimiento. Por su parte, el Estado debe apoyar con adecuadas políticas sociales todo lo que promueve la estabilidad y la unidad del matrimonio, la dignidad y la responsabilidad de los esposos, su derecho y su tarea insustituible de educadores de los hijos. Además, es necesario que también la mujer tenga la posibilidad de colaborar en la construcción de la sociedad, valorando su típico "genio femenino".

Queridos hermanos y hermanas, os agradezco una vez más vuestra visita y, al mismo tiempo que deseo pleno éxito para los trabajos del congreso, os aseguro un recuerdo en la oración, invocando la intercesión materna de María para que ayude a las mujeres de nuestro tiempo a realizar su vocación y su misión en la comunidad eclesial y civil. Con estos deseos, os imparto a vosotros aquí presentes y a vuestros seres queridos una especial bendición apostólica.



DISCURSO DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI A LA XXIII ASAMBLEA GENERAL DE LA FEDERACIÓN ITALIANA DE EJERCICIOS ESPIRITUALES

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Sábado 9 de febrero de 2008



Señor cardenal;
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
queridos hermanos y hermanas:

Me alegra encontrarme con vosotros al final de la asamblea nacional de la Federación italiana de ejercicios espirituales (FIES). Saludo al presidente, cardenal Salvatore De Giorgi, y le agradezco las amables palabras con las que se ha hecho intérprete de vuestros sentimientos. Os doy las gracias también por vuestra oración y vuestro canto. Saludo a los obispos delegados de las Conferencias episcopales regionales, a los miembros de la presidencia y del consejo nacional, a los delegados regionales y diocesanos, a los directores de algunas casas de ejercicios espirituales y al grupo de animadores de ejercicios para jóvenes. El tema de vuestra asamblea: "Para una espiritualidad cristiana auténticamente eucarística", lo habéis tomado de la invitación que dirigí a todos los pastores de la Iglesia en la conclusión de la exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis (cf. n. 94), en la que se han centrado las diversas relaciones y los grupos de estudio. Esta elección temática manifiesta cuánto os preocupa acoger, con espíritu de fe, el magisterio del Papa, para integrarlo en las iniciativas de estudio y traducirlo correctamente en la práctica pastoral. Por la misma razón, en vuestros trabajos habéis tenido presentes las dos encíclicas Deus caritas est y Spe salvi. Gracias por todo este empeño.

El estatuto de la FIES afirma claramente que tiene como fin "dar a conocer y promover de todos los modos posibles y en el respeto de la normativa canónica los ejercicios espirituales, entendidos como una experiencia fuerte de Dios en un clima de escucha de la palabra de Dios, en orden a una conversión y entrega cada vez más total a Cristo y a la Iglesia" (art. 2). Para ello, "reúne con libre adhesión a cuantos, en Italia, se ocupan de ejercicios espirituales en el contexto de la pastoral de los tiempos del Espíritu" (ib.). Por tanto, vuestra Federación quiere incrementar la espiritualidad como fundamento y alma de toda la pastoral. Ha nacido y crecido atesorando las exhortaciones sobre la necesidad de la oración y sobre el primado de la vida espiritual, dirigidas insistentemente por mis venerados predecesores los siervos de Dios Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II. Siguiendo sus pasos, también yo, en la encíclica Deus caritas est, quise "reafirmar la importancia de la oración ante el activismo y el secularismo de muchos cristianos comprometidos en el servicio caritativo" (), y en la Spe salvi puse la oración en el primer puesto entre "los lugares de aprendizaje y de ejercicio de la esperanza" (nn. ). En efecto, la insistencia en la necesidad de la oración es siempre actual y urgente.

En Italia, aunque crecen y se difunden providencialmente múltiples iniciativas de espiritualidad, sobre todo entre los jóvenes, parece que disminuye el número de quienes participan en verdaderas tandas de ejercicios espirituales, y esto se verificaría también entre los sacerdotes y los miembros de institutos de vida consagrada. Por tanto, vale la pena recordar que los "ejercicios" son una experiencia del espíritu con características propias y específicas, bien resumidas en una definición vuestra, que me complace citar: "Una fuerte experiencia de Dios, suscitada por la escucha de su Palabra, comprendida y acogida en la propia vida, bajo la acción del Espíritu Santo, la cual, en un clima de silencio, de oración y con la mediación de un guía espiritual, capacita para el discernimiento en orden a la purificación del corazón, a la conversión de vida y al seguimiento de Cristo, para el cumplimiento de la propia misión en la Iglesia y en el mundo". Junto a otras formas de retiro espiritual, por lo demás loables, es bueno que no falte la participación en los ejercicios espirituales, caracterizados por el clima de silencio completo y profundo que favorece el encuentro personal y comunitario con Dios y la contemplación del rostro de Cristo. Jamás se insistirá suficientemente en esta exigencia, que mis predecesores y yo mismo hemos recordado muchas veces.

En una época en la que la influencia de la secularización es cada vez más fuerte y, por otra parte, se nota una necesidad generalizada de encontrar a Dios, no debe faltar la posibilidad de ofrecer espacios de intensa escucha de su Palabra en el silencio y en la oración. Lugares privilegiados para dicha experiencia espiritual son especialmente las casas de ejercicios espirituales a las que, con este fin, hay que sostener materialmente y dotar de personal adecuado. Animo a los pastores de las diversas comunidades a preocuparse de que no falten en las casas de ejercicios responsables y agentes bien formados, guías, animadores y animadoras disponibles y preparados, dotados de las cualidades doctrinales y espirituales que hagan de ellos verdaderos maestros del espíritu, expertos y apasionados de la palabra de Dios y fieles al magisterio de la Iglesia. Una buena tanda de ejercicios espirituales contribuye a renovar en quien participa la alegría y el gusto por la liturgia, en particular por la celebración digna de las Horas y, sobre todo, de la Eucaristía; ayuda a redescubrir la importancia del sacramento de la Penitencia, meta del camino de conversión y don de reconciliación, así como el valor y el significado de la adoración eucarística. Durante los ejercicios es posible recuperar con fruto también el sentido pleno y auténtico del santo rosario y de la práctica piadosa del vía crucis.

Queridos hermanos y hermanas, os agradezco el valioso servicio que prestáis a la Iglesia y el empeño que ponéis para que la "red" de ejercicios espirituales en Italia sea cada vez más vasta y cualificada. Por mi parte, os aseguro un recuerdo en el Señor a la vez que, invocando la intercesión de María santísima, os imparto a todos vosotros y a vuestros colaboradores la bendición apostólica.


AL FINAL DE LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES

Sábado 16 de febrero de 2008



Queridos hermanos:

40 Al final de estos días de ejercicios espirituales, le doy las gracias de todo corazón a usted, eminencia, por su guía espiritual, ofrecida con tanta competencia teológica y con tanta profundidad espiritual. Desde mi perspectiva visual, he tenido siempre ante mis ojos la imagen de Jesús de rodillas delante de san Pedro, lavándole los pies. A través de sus meditaciones, esta imagen me ha hablado. He visto que precisamente aquí, en este comportamiento, en este acto de suma humildad, se realiza el nuevo sacerdocio de Jesús. Y se realiza precisamente en el acto de solidaridad con nosotros, con nuestras debilidades, con nuestro sufrimiento, con nuestras pruebas, hasta la muerte. Así, he visto con ojos nuevos también la vestidura roja de Jesús, que nos habla de su sangre. Usted, señor cardenal, nos ha enseñado que la sangre de Jesús, a causa de su oración, estaba "oxigenada" por el Espíritu Santo. Y así ha llegado a ser fuerza de resurrección y fuente de vida para nosotros.

Pero no podía dejar de meditar también en la figura de san Pedro con el dedo sobre la frente. Es el momento en el que pide al Señor que no sólo le lave los pies, sino también la cabeza y las manos. Me parece que expresa —más allá de aquel momento— la dificultad de san Pedro y de todos los discípulos del Señor para comprender la sorprendente novedad del sacerdocio de Jesús, de este sacerdocio que es precisamente humillación, solidaridad con nosotros, y así nos abre el acceso al verdadero santuario, el cuerpo resucitado de Jesús.

Durante todo el tiempo de su discipulado y —me parece— hasta su propia crucifixión, san Pedro debió escuchar constantemente a Jesús, para entrar más profundamente en el misterio de su sacerdocio, del sacerdocio de Cristo transmitido a los Apóstoles y a sus sucesores.

En este sentido, la figura de san Pedro me parece como la figura de todos nosotros durante estos días. Usted, eminencia, nos ha ayudado a escuchar la voz del Señor, a aprender así de nuevo lo que es el sacerdocio suyo y nuestro. Nos ha ayudado a entrar en la participación del sacerdocio de Cristo, y así a recibir también el corazón nuevo, el corazón de Jesús, como centro del misterio de la nueva alianza.

Gracias por todo esto, eminencia. Sus palabras y sus meditaciones nos acompañarán durante este tiempo de Cuaresma en nuestro camino hacia la Pascua del Señor. En este sentido, os deseo a todos vosotros, queridos hermanos, una buena Cuaresma, espiritualmente fecunda, para que podamos realmente llegar a la Pascua con una participación cada vez más profunda en el sacerdocio de nuestro Señor.


AL CONSEJO EJECUTIVO DE LAS UNIONES INTERNACIONALES


DE SUPERIORES Y SUPERIORAS GENERALES

Lunes 18 de febrero de 2008



Queridos hermanos y hermanas:

Al final de esta mañana de reflexión común sobre algunos aspectos particularmente actuales e importantes de la vida consagrada en nuestro tiempo, quiero ante todo dar gracias al Señor porque nos ha ofrecido la posibilidad de este encuentro sumamente provechoso para todos. Hemos podido analizar juntos las potencialidades y las expectativas, las esperanzas y las dificultades que encuentran hoy los institutos de vida consagrada.

He escuchado con gran atención e interés vuestros testimonios, vuestras experiencias, y he tomado nota de vuestras peticiones. Todos constatamos que en la sociedad moderna globalizada resulta cada vez más difícil anunciar y testimoniar el Evangelio. Si esto vale para todos los bautizados, con mayor razón es verdad para las personas que Jesús llama a su seguimiento de manera más radical a través de la consagración religiosa. Por desgracia, el proceso de secularización que avanza en la cultura contemporánea afecta también a las comunidades religiosas.

Sin embargo no hay que desalentarse porque, como se ha recordado oportunamente, aunque no pocas nubes se ciernen sobre el horizonte de la vida religiosa, también van surgiendo, más aún, aumentan constantemente las señales de un despertar providencial que suscita motivos de esperanza consoladora. El Espíritu Santo sopla con fuerza por doquier en la Iglesia, suscitando un nuevo compromiso de fidelidad en los institutos históricos, junto a formas nuevas de consagración religiosa en consonancia con las exigencias de los tiempos.

Hoy, como en todas las épocas, no faltan almas generosas dispuestas a dejarlo todo y a todos para abrazar a Cristo y su Evangelio, consagrando a su servicio su existencia dentro de comunidades impregnadas de entusiasmo, generosidad y alegría. Lo que caracteriza a estas nuevas experiencias de vida consagrada es el deseo común, compartido con pronta adhesión, de pobreza evangélica practicada radicalmente, de amor fiel a la Iglesia, de dedicación generosa al prójimo necesitado, prestando atención especial a las pobrezas espirituales más generalizadas en la época contemporánea.

41 Al igual que mis venerados predecesores, en varias ocasiones yo también he reafirmado que los hombres de hoy experimentan una fuerte atracción religiosa y espiritual, pero sólo están dispuestos a escuchar y a seguir a quienes testimonian con coherencia su adhesión a Cristo. Y es interesante constatar que tienen abundantes vocaciones precisamente aquellos institutos que han conservado o han escogido un estilo de vida con frecuencia muy austero y fiel al Evangelio vivido "sine glossa".

Pienso en tantas comunidades de fieles y en las nuevas experiencias de vida consagrada que vosotros conocéis muy bien; pienso en el trabajo misionero de numerosos grupos y movimientos eclesiales, de los que surgen muchas vocaciones sacerdotales y religiosas; pienso en las muchachas y en los jóvenes que lo dejan todo para entrar en monasterios y conventos de clausura. Es verdad —lo podemos decir con alegría—: también hoy el Señor sigue mandando obreros a su viña y enriqueciendo a su pueblo con muchas y santas vocaciones. Le damos las gracias por esto y le pedimos que al entusiasmo de las decisiones iniciales —muchos jóvenes emprenden la senda de la perfección evangélica y entran en nuevas formas de vida consagrada tras conmovedoras conversiones— le siga el compromiso de la perseverancia en un auténtico camino de perfección ascética y espiritual, en un camino de verdadera santidad.

Por lo que se refiere a las Órdenes y congregaciones con una larga tradición en la Iglesia, como habéis subrayado, se constata que a lo largo de los últimos decenios casi todas —tanto las masculinas como las femeninas— han atravesado una difícil crisis, debida al envejecimiento de sus miembros, a una disminución más o menos acentuada de las vocaciones, y a veces incluso a un "cansancio" espiritual y carismático.

Esta crisis, en ciertos casos, ha sido incluso preocupante. Sin embargo, junto a situaciones difíciles, que conviene mirar con valentía y verdad, se dan también signos de recuperación positiva, sobre todo cuando las comunidades deciden volver a sus orígenes para vivir en mayor consonancia con el espíritu del fundador. En casi todos los recientes capítulos generales de los institutos religiosos, el tema recurrente ha sido precisamente el redescubrimiento del carisma fundacional para encarnarlo y actuarlo de forma nueva en el tiempo presente. Redescubrir el espíritu de los orígenes, profundizar en el conocimiento del fundador o de la fundadora, ha ayudado a dar a los institutos un nuevo y prometedor impulso ascético, apostólico y misionero. De este modo se han revitalizado obras y actividades de siglos; y hay nuevas iniciativas de auténtica actuación del carisma de los fundadores. Es necesario seguir avanzando por este camino, orando al Señor para que lleve a pleno cumplimiento la obra que él mismo ha comenzado.

Al entrar en el tercer milenio, mi venerado predecesor el siervo de Dios Juan Pablo II invitó a toda la comunidad eclesial a "recomenzar desde Cristo" (cf. carta apostólica Novo millennio ineunte
NM 29 ss). ¡Sí! También los institutos de vida consagrada, si quieren mantener o recobrar su vitalidad y eficacia apostólica, tienen que "recomenzar desde Cristo" continuamente. Él es la roca firme sobre la que debéis construir vuestras comunidades y cada uno de vuestros proyectos de renovación comunitaria y apostólica.

Queridos hermanos y hermanas, gracias de corazón por la atención que prestáis al cumplimiento de vuestro comprometedor servicio de guía de vuestras familias religiosas. El Papa está junto a vosotros, os alienta y asegura a cada una de vuestras comunidades un recuerdo diario en la oración.

Al terminar este encuentro, quiero saludar con afecto una vez más al cardenal secretario de Estado y al cardenal Franc Rodé, así como a cada uno de vosotros. Asimismo, os pido que saludéis a todos vuestros hermanos y hermanas en religión, en particular a los ancianos que han servido durante mucho tiempo a vuestros institutos, a los enfermos que contribuyen a la obra de redención con sus sufrimientos, a los jóvenes que son la esperanza de vuestras diferentes familias religiosas y de la Iglesia. A todos os encomiendo a la maternal protección de María, modelo excelso de vida consagrada, a la vez que os bendigo cordialmente.

DISCURSO DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI A LOS PARTICIPANTES EN LA 35ª CONGREGACIÓN GENERAL DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

Jueves 21 de febrero de 2008

Queridos padres de la Congregación general de la Compañía de Jesús:

Me alegra recibiros hoy, mientras vuestros importantes trabajos están entrando en su fase conclusiva. Doy las gracias al nuevo prepósito general, el padre Adolfo Nicolás, por haberse hecho intérprete de vuestros sentimientos y de vuestro compromiso de responder a las expectativas que la Iglesia tiene en vosotros. De ellas os hablé en el mensaje que dirigí al reverendo padre Kolvenbach y, por medio de él, a toda vuestra Congregación, al inicio de vuestros trabajos. Doy una más vez más las gracias al padre Peter-Hans Kolvenbach por el valioso servicio de gobierno que ha prestado a vuestra Orden durante casi un cuarto de siglo. Saludo también a los miembros del nuevo consejo general y a los asistentes que ayudarán al prepósito en su delicadísima tarea de guía religioso y apostólico de toda vuestra Compañía.

Vuestra Congregación tiene lugar en un período de profundos cambios sociales, económicos y políticos; de urgentes problemas éticos, culturales y medioambientales, y de conflictos de todo tipo; pero también de comunicaciones más intensas entre los pueblos, de nuevas posibilidades de conocimiento y diálogo, de hondas aspiraciones a la paz. Se trata de situaciones que constituyen un reto importante para la Iglesia católica y para su capacidad de anunciar a nuestros contemporáneos la Palabra de esperanza y de salvación.


Discursos 2008 36