Discursos 2007 180

EN SU DESPEDIDA DE LORENZAGO DI CADORE

Jueves 26 de julio de 2007

Al final de estas dos semanas aquí, en la hermosa tierra dolomítica, quiero daros las gracias de corazón a todos y cada uno por vuestro servicio y vuestro compromiso. Vuestra presencia silenciosa, discreta y competente, día y noche, me ha permitido disfrutar de un período de descanso inolvidable, descanso del cuerpo y del alma. En el libro de los salmos leemos: "Tu bondad, Señor, me rodea como los montes eternos". Y nosotros estamos rodeados por esta bondad divina visible en la belleza de la montaña. Pero en todo este tiempo he estado rodeado, sobre todo, por la bondad humana, por vuestra bondad, que me ha acompañado siempre. Habéis sido para mí realmente "ángeles custodios" invisibles y silenciosos, pero siempre presentes, disponibles; y llevo grabado en la memoria el recuerdo de vuestra presencia durante todos estos días.


A SU LLEGADA A LA RESIDENCIA VERANIEGA


DE CASTELGANDOLFO

Viernes 27 de julio de 2007



Queridos amigos he pasado unas vacaciones muy agradables en la tierra de los Dolomitas, pero ahora me siento feliz de estar de nuevo aquí, en Castelgandolfo, que es para mí una segunda casa. Aquí, en Castelgandolfo, me encuentro siempre como en mi casa porque estoy rodeado de vuestra amistad y de vuestra hospitalidad. Espero veros el próximo domingo para el rezo del Ángelus. Os deseo una feliz semana, un feliz sábado, y unas felices vacaciones. Hasta pronto.

Agosto de 2007



A LOS JÓVENES MADRILEÑOS


PARTICIPANTES EN LA "MISIÓN JOVEN"


DE LA ARCHIDIÓCESIS Y LAS DIÓCESIS


DE LA PROVINCIA ECLESIÁSTICA DE MADRID

Jueves 9 de agosto de 2007

: Queridos hermanos y hermanas
Queridos jóvenes madrileños

181 Con sumo gusto os recibo hoy, queridos jóvenes que habéis participado en la "Misión Joven" de la archidiócesis de Madrid y las diócesis de esa Provincia eclesiástica. Habéis venido acompañados por el Señor Cardenal Antonio María Rouco Varela, Arzobispo de Madrid, al que agradezco las amables palabras que me ha dirigido en nombre de sus Obispos Auxiliares, y de los Obispos de Getafe y de Alcalá de Henares y, naturalmente, de todos vosotros. Habéis querido manifestar vuestro afecto al Papa, Sucesor del apóstol Pedro, así como vuestro compromiso de entrega y servicio a la Iglesia de Jesucristo. Os doy mi más cordial bienvenida y os agradezco vuestra presencia aquí, tan numerosa, y de modo especial todo lo que hacéis como fruto de esa intensa experiencia eclesial y de fe que habéis vivido.

Algunos de vosotros han dado antes un expresivo testimonio de ella, que he seguido con atención. He apreciado la intensidad con que se ha vivido la condición del misionero y el colorido que adquieren ciertas facetas de la vida cuando se decide anunciar a Cristo: el entusiasmo de salir al descubierto y comprobar con sorpresa que, contrariamente a lo que muchos piensan, el Evangelio atrae profundamente a los jóvenes; el descubrir en toda su amplitud el sentido eclesial de la vida cristiana; la finura y belleza de un amor y una familia vivida ante los ojos de Dios, o el descubrimiento de una inesperada llamada a servirlo por entero consagrándose al ministerio sacerdotal.

Visitando los lugares donde Pedro y Pablo anunciaron el Evangelio, donde dieron su vida por el Señor y donde muchos otros fueron también perseguidos y martirizados en los albores de la Iglesia, habréis podido entender mejor por qué la fe en Jesucristo, al abrir horizontes de una vida nueva, de auténtica libertad y de una esperanza sin límites, necesita la misión, el empuje que nace de un corazón entregado generosamente a Dios y del testimonio valiente de Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida. Así ocurrió aquí, en Roma, hace muchos siglos, en medio de un ambiente que desconocía a Cristo, único Salvador del género humano y del mundo; así ha ocurrido siempre, y ocurre también hoy, cuando a vuestro alrededor veis a muchos que lo han olvidado o que se desentienden de Él, cegados por tantos sueños pasajeros que prometen mucho pero que dejan el corazón vacío.

Os animo a perseverar en el camino emprendido, dejándoos guiar por vuestros Pastores, colaborando con ellos en la apasionante tarea de hacer llegar a vuestros coetáneos la dicha indescriptible de saberse amados por Dios, el único amor que nunca falla ni termina. No dejéis de cultivar vosotros mismos el encuentro personal con Cristo, de tenerlo siempre en el centro de vuestro corazón, pues así toda vuestra vida se convertirá en misión; dejaréis trasparentar al Cristo que vive en vosotros.

Como jóvenes, estáis por decidir vuestro futuro. Hacedlo a la luz de Cristo, preguntadle ¿qué quieres de mi? y seguid la senda que Él os indique con generosidad y confianza, sabiendo que, como bautizados, todos sin distinción estamos llamados a la santidad y a ser miembros vivos de la Iglesia en cualquier forma de vida que nos corresponda.

La Virgen María, Reina de los Apóstoles y Madre de la Iglesia, fue presentada por el Concilio Vaticano II como "ejemplo de aquel amor de madre que debe animar a todos los que colaboran en la misión apostólica de la Iglesia para engendrar a los hombres a una vida nueva" (Lumen gentium
LG 65). Que su intercesión maternal os acompañe y os haga ser fieles a los compromisos que, dóciles al Espíritu Santo, habéis asumido para gloria de Dios y el bien de vuestros hermanos. Que os sea también de ayuda la Bendición Apostólica que os imparto con afecto.

Muchas gracias por vuestra visita.


Septiembre de 2007



VISITA PASTORAL

DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI

A LORETO

CON OCASIÓN DEL ÁGORA

DE LOS JÓVENES ITALIANOS


VIGILIA DE ORACIÓN CON LOS JÓVENES

Explanada de Montorso de Loreto

Sábado 1 de septiembre de 2007

RESPUESTAS DEL SANTO PADRE A LAS PREGUNTAS DE LOS JÓVENES DURANTE LA VIGILIA DE ORACIÓN

DISCURSO DEL SANTO PADRE

RESPUESTAS DEL SANTO PADRE A LAS PREGUNTAS DE LOS JÓVENES DURANTE LA VIGILIA DE ORACIÓN


Pregunta formulada por los jóvenes Piero Tisti y Giovanna Di Mucci:

A muchos de los jóvenes de la periferia nos falta un centro, un lugar o personas capaces de dar identidad. A menudo no tenemos historia ni perspectivas; por eso, no tenemos futuro. Parece que lo que esperamos nunca se hace realidad. De aquí la experiencia de la soledad y, a veces, de dependencias. Santidad, ¿hay alguien —o algo— para quien podamos llegar a ser importante? ¿Es posible esperar cuando la realidad nos niega cualquier sueño de felicidad, cualquier proyecto de vida?.

182 Respuesta del Santo Padre:

Gracias por esta pregunta y por la presentación tan realista de la situación.

Con respecto a las periferias de este mundo, en las que existen grandes problemas, no es fácil ahora responder. No queremos vivir en un fácil optimismo, pero, por otra parte, debemos ser valientes y seguir adelante. Podría anticipar así el núcleo de mi respuesta: "Sí, hay esperanza también hoy; cada uno de vosotros es importante, porque cada uno es conocido y querido por Dios; y Dios tiene un proyecto para cada uno. Debemos descubrirlo y corresponder a él, para que, a pesar de estas situaciones de precariedad y marginalidad, sea posible realizar el proyecto de Dios sobre nosotros".

Pero, entrando en detalles, usted nos ha presentado de forma realista la situación de una sociedad: en las periferias parece difícil salir adelante, cambiar el mundo mejorándolo. Todo parece concentrado en los grandes centros del poder económico y político; las grandes burocracias dominan y quienes se encuentran en las periferias, realmente parecen quedar excluidos de esta vida.
Un aspecto de esta situación de marginación de muchos es que las grandes células de la vida de la sociedad, que pueden construir centros también en la periferia, están desintegradas: la familia, que debería ser el lugar de encuentro de las generaciones —desde los bisabuelos hasta los nietos—; que no sólo debería ser un lugar donde se encuentren las generaciones, sino también donde se aprenda a vivir, donde se aprendan las virtudes esenciales para la vida, está desintegrada, se encuentra en peligro. Por eso, debemos hacer todo lo posible para que la familia sea viva, para que sea también hoy la célula vital, el centro en la periferia.

Del mismo modo, también la parroquia, célula viva de la Iglesia, debe ser realmente un lugar de inspiración, de vida, de solidaridad, que ayude a construir juntamente los centros en la periferia.
En la Iglesia se habla a menudo de periferia y de centro, que sería Roma, pero de hecho en la Iglesia no hay periferia, porque donde está Cristo allí está todo el centro. Donde se celebra la Eucaristía, donde está el sagrario, allí está Cristo y, por consiguiente, allí está el centro, y debemos hacer todo lo posible para que estos centros vivos sean eficaces, para que estén presentes y sean realmente una fuerza que se oponga a esa marginación.

La Iglesia viva, la Iglesia de las pequeñas comunidades, la Iglesia parroquial, los movimientos, deberían formar también centros en la periferia, para ayudar así a superar las dificultades que la gran política obviamente no supera. Al mismo tiempo, también debemos pensar que, a pesar de las grandes concentraciones de poder, precisamente la sociedad actual necesita la solidaridad, el sentido de la legalidad, la iniciativa y la creatividad de todos.

Sé que es más fácil decirlo que realizarlo, pero veo aquí personas que se comprometen para que surjan también centros en las periferias, para que crezca la esperanza. Por tanto, me parece que precisamente en las periferias debemos tomar la iniciativa. Es necesario que la Iglesia esté presente; que Cristo, el centro del mundo, esté presente.

Hemos visto, y vemos hoy en el evangelio, que para Dios no hay periferias. La Tierra Santa, en el vasto contexto del Imperio romano, era periferia; Nazaret era periferia, una aldea desconocida. Y, sin embargo, precisamente esa realidad fue de hecho el centro que cambió el mundo. Así, también nosotros debemos formar centros de fe, de esperanza, de amor y de solidaridad, de sentido de la justicia y de la legalidad, de cooperación.

Sólo así puede sobrevivir la sociedad moderna. Necesita esta valentía de crear centros, aunque aparentemente no parece existir esperanza. Debemos oponernos a esta desesperación; debemos colaborar con gran solidaridad y hacer todo lo posible para que aumente la esperanza, para que los hombres colaboren y vivan. Como vemos, es necesario cambiar el mundo; pero es precisamente la juventud la que tiene la misión de cambiarlo. No lo podemos hacer sólo con nuestras fuerzas, sino en comunión de fe y de camino. En comunión con María, con todos los santos; en comunión con Cristo, podemos hacer algo esencial.

183 Os estimulo y os invito a tener confianza en Cristo, a tener confianza en Dios. Estar en la gran compañía de los santos y avanzar con ellos puede cambiar el mundo, creando centros en la periferia, para que esa compañía sea realmente visible y así se haga realidad la esperanza de todos, de modo que cada uno pueda decir: "Yo soy importante en la totalidad de la historia. El Señor nos ayudará". Gracias.

Pregunta formulada por la joven Sara Simonetta:

Yo creo en el Dios que ha tocado mi corazón, pero son muchas las inseguridades, los interrogantes, los miedos que llevo en mi interior. No es fácil hablar de Dios con mis amigos; muchos de ellos ven a la Iglesia como una realidad que juzga a los jóvenes, que se opone a sus deseos de felicidad y de amor. Ante este rechazo siento fuertemente la soledad humana y quisiera sentir la cercanía de Dios. Santidad, ¿en este silencio dónde está Dios?

Respuesta del Santo Padre:

Sí, todos nosotros, aunque seamos creyentes, experimentamos el silencio de Dios. En el Salmo que acabamos de rezar se encuentra este grito casi desesperado: "Habla, Señor; no te escondas". Hace poco se publicó un libro con las experiencias espirituales de la madre Teresa. En él se pone de manifiesto aún más claramente lo que ya sabíamos: con toda su caridad, su fuerza de fe, la madre Teresa sufría el silencio de Dios.

Por una parte, debemos soportar este silencio de Dios también para poder comprender a nuestros hermanos que no conocen a Dios. Por otra, con el Salmo, podemos gritar continuamente a Dios: "Habla, muéstrate". Sin duda, en nuestra vida, si tenemos el corazón abierto, podemos encontrar los grandes momentos en los que realmente la presencia de Dios se hace sensible también para nosotros.

Me viene a la mente en este momento una anécdota que refirió Juan Pablo II en los ejercicios espirituales que predicó en el Vaticano cuando aún no era Papa. Contó que después de la guerra lo visitó un oficial ruso, que era científico, el cual le dijo: "Como científico, estoy seguro de que Dios no existe; pero cuando me encuentro en una montaña, ante su majestuosa belleza, ante su grandeza, también estoy seguro de que el Creador existe y de que Dios existe".

La belleza de la creación es una de las fuentes donde realmente podemos descubrir la belleza de Dios, donde podemos ver que el Creador existe y es bueno, que es verdad lo que dice la sagrada Escritura en el relato de la creación, o sea, que Dios pensó e hizo este mundo con su corazón, con su voluntad, con su razón, y vio que era bueno. También nosotros debemos ser buenos, teniendo el corazón abierto a percibir realmente la presencia de Dios.

Asimismo, al escuchar la palabra de Dios en las grandes celebraciones litúrgicas, en las fiestas de la fe, en la gran música de la fe, percibimos esta presencia.

Recuerdo en este momento otra anécdota que me contó hace poco tiempo un obispo en visita "ad limina": una mujer no cristiana muy inteligente comenzó a escuchar la gran música de Bach, Händel, Mozart. Estaba fascinada y un día dijo: "Debo encontrar la fuente de donde pudo brotar esta belleza". Esa mujer se convirtió al cristianismo, a la fe católica, porque había descubierto que esa belleza tiene una fuente, y la fuente es precisamente la presencia de Cristo en los corazones, es la revelación de Cristo en este mundo.

Por consiguiente, las grandes fiestas de la fe, de la celebración litúrgica, pero también el diálogo personal con Cristo: él no siempre responde, pero hay momentos en que realmente responde.

184 Luego viene la amistad, la compañía de la fe. Ahora, reunidos aquí en Loreto, vemos cómo la fe une, la amistad crea una compañía de personas en camino. Y sentimos que todo esto no viene de la nada, sino que realmente tiene una fuente, que el Dios silencioso es también un Dios que habla, que se revela, y sobre todo que nosotros mismos podemos ser testigos de su presencia, que nuestra fe proyecta realmente una luz también para los demás.

Así pues, por una parte, debemos aceptar que en este mundo Dios es silencioso, pero no debemos ser sordos cuando habla, cuando se nos muestra en muchas ocasiones; vemos la presencia del Señor sobre todo en la creación, en una hermosa liturgia, en la amistad dentro de la Iglesia; y, llenos de su presencia, también nosotros podemos iluminar a los demás.

Paso a la segunda parte de su pregunta: hoy es difícil hablar de Dios a los amigos y tal vez resulta aún más difícil hablar de la Iglesia, porque ven a Dios sólo como el límite de nuestra libertad, un Dios de mandamientos, de prohibiciones, y a la Iglesia como una institución que limita nuestra libertad, que nos impone prohibiciones.

Pero debemos tratar de presentarles la Iglesia viva, no esa idea de un centro de poder en la Iglesia con estas etiquetas, sino las comunidades de compañía en las que, a pesar de todos los problemas de la vida, que todos tenemos, nace la alegría de vivir.

Aquí me viene a la mente un tercer recuerdo. En Brasil estuve en la "Hacienda de la Esperanza", una gran realidad donde los drogadictos se curan y recobran la esperanza, recobran la alegría de vivir. Los drogadictos testimoniaron que precisamente descubrir que Dios existe significó para ellos la curación de la desesperación. Así comprendieron que su vida tiene un sentido y recobraron la alegría de estar en este mundo, la alegría de afrontar los problemas de la vida humana.

Por tanto, en todo corazón humano, a pesar de los problemas que existen, hay sed de Dios; y donde Dios desaparece, desaparece también el sol que da luz y alegría. Esta sed de infinito que hay en nuestro corazón se demuestra también en la realidad de la droga: el hombre quiere ensanchar su vida, quiere obtener más de la vida, quiere alcanzar el infinito, pero la droga es una mentira, una estafa, porque no ensancha la vida, sino que la destruye.

Realmente, tenemos una gran sed, que nos habla de Dios y nos pone en camino hacia Dios, pero debemos ayudarnos mutuamente. Cristo vino precisamente para crear una red de comunión en el mundo, donde todos podemos apoyarnos unos a otros, ayudándonos a encontrar juntos el camino de la vida y a comprender que los mandamientos de Dios no son limitaciones de nuestra libertad, sino las señales de carretera que nos orientan hacia Dios, hacia la plenitud de la vida.
Pidamos a Dios que nos ayude a descubrir su presencia, a estar llenos de su Revelación, de su alegría, a ayudarnos unos a otros en la compañía de la fe para avanzar y encontrar cada vez más, con Cristo, el verdadero rostro de Dios, y así la vida verdadera.

* * *



Queridos jóvenes, que constituís la esperanza de la Iglesia en Italia:

Me alegra encontrarme con vosotros en este lugar tan singular, en esta velada especial, en la que se entrelazan oraciones, cantos y silencios, una velada llena de esperanzas y profundas emociones. Este valle, donde en el pasado también mi amado predecesor Juan Pablo II se encontró con muchos de vosotros, ya se ha convertido en vuestra "ágora", en vuestra plaza sin muros y sin barreras, donde convergen y parten mil caminos.

185 He escuchado con atención al que ha hablado en nombre de todos vosotros. A este lugar de encuentro pacífico, auténtico y jubiloso, habéis llegado impulsados por mil motivos diversos: unos por pertenecer a un grupo; otros, invitados por algún amigo; otros, por íntima convicción; otros, con alguna duda en el corazón; y otros, por simple curiosidad...

Cualquiera que sea el motivo que os ha traído aquí, quiero deciros que quien nos ha reunido aquí, aunque hace falta valentía para decirlo, es el Espíritu Santo. Sí, esto es lo que ha sucedido. Quien os ha guiado hasta aquí es el Espíritu. Habéis venido con vuestras dudas y vuestras certezas, con vuestras alegrías y vuestras preocupaciones. Ahora nos toca a todos nosotros, a todos vosotros, abrir el corazón y ofrecer todo a Jesús.

Decidle: "Heme aquí. Ciertamente no soy todavía como tú quisieras que fuera; ni siquiera logro entenderme a fondo a mí mismo, pero con tu ayuda estoy dispuesto a seguirte. Señor Jesús, esta tarde quisiera hablarte, haciendo mía la actitud interior y el abandono confiado de aquella joven que hace dos mil años pronunció su "sí" al Padre, que la escogía para ser tu Madre. El Padre la eligió porque era dócil y obediente a su voluntad". Como ella, como la pequeña María, cada uno de vosotros, queridos jóvenes amigos, diga con fe a Dios: "Heme aquí, hágase en mí según tu palabra".

¡Qué espectáculo tan admirable de fe joven y comprometedora estamos viviendo esta tarde! Esta tarde, gracias a vosotros, Loreto se ha convertido en la capital espiritual de los jóvenes, en el centro hacia el que convergen idealmente las multitudes de jóvenes que pueblan los cinco continentes.

En este momento nos sentimos, en cierto modo, rodeados por las expectativas y las esperanzas de millones de jóvenes del mundo entero: en esta misma hora unos están en vela, otros se encuentran durmiendo y otros están estudiando o trabajando; unos esperan y otros desesperan; unos creen y otros no logran creer; unos aman la vida y otros, en cambio, la están desperdiciando.

Quisiera que a todos llegaran mis palabras: el Papa está cerca de vosotros, comparte vuestras alegrías y vuestras tristezas; y comparte sobre todo las esperanzas más íntimas que lleváis en vuestro corazón. Para cada uno pide al Señor el don de una vida plena y feliz, una vida llena de sentido, una vida verdadera.

Por desgracia, hoy, con frecuencia, muchos jóvenes creen que una existencia plena y feliz es un sueño difícil —hemos escuchado muchos testimonios—, a veces casi irrealizable. Muchos coetáneos vuestros piensan en el futuro con miedo y se plantean no pocos interrogantes. Se preguntan, preocupados: ¿Cómo integrarse en una sociedad marcada por numerosas y graves injusticias y sufrimientos? ¿Cómo reaccionar ante el egoísmo y la violencia, que a menudo parecen prevalecer? ¿Cómo dar sentido pleno a la vida?

Con amor y convicción os repito a vosotros, jóvenes aquí presentes, y a través de vosotros a vuestros coetáneos del mundo entero: ¡No tengáis miedo! Cristo puede colmar las aspiraciones más íntimas de vuestro corazón. ¿Acaso existen sueños irrealizables cuando es el Espíritu de Dios quien los suscita y cultiva en el corazón? ¿Hay algo que pueda frenar nuestro entusiasmo cuando estamos unidos a Cristo? Nada ni nadie, diría el apóstol san Pablo, podrá separarnos del amor de Dios, en Cristo Jesús, Señor nuestro (cf.
Rm 8,35-39).

Permitidme que os repita esta tarde: cada uno de vosotros, si permanece unido a Cristo, puede realizar grandes cosas. Por eso, queridos amigos, no debéis tener miedo de soñar, con los ojos abiertos, en grandes proyectos de bien y no debéis desalentaros ante las dificultades. Cristo confía en vosotros y desea que realicéis todos vuestros sueños más nobles y elevados de auténtica felicidad.

Nada es imposible para quien se fía de Dios y se entrega a Dios. Mirad a la joven María. El ángel le propuso algo realmente inconcebible: participar del modo más comprometedor posible en el más grandioso de los planes de Dios, la salvación de la humanidad. Como hemos escuchado en el evangelio, ante esa propuesta María se turbó, pues era consciente de la pequeñez de su ser frente a la omnipotencia de Dios, y se preguntó: ¿Cómo es posible? ¿Por qué precisamente yo? Sin embargo, dispuesta a cumplir la voluntad divina, pronunció prontamente su "sí", que cambió su vida y la historia de la humanidad entera. Gracias a su "sí" hoy también nosotros nos encontramos reunidos esta tarde.

Me pregunto y os pregunto: lo que Dios nos pide, por más arduo que pueda parecernos, ¿podrá equipararse a lo que pidió a la joven María? Queridos muchachos y muchachas, aprendamos de María a pronunciar nuestro "sí", porque ella sabe de verdad lo que significa responder con generosidad a lo que pide el Señor. María, queridos jóvenes, conoce vuestras aspiraciones más nobles y profundas. Conoce bien, sobre todo, vuestro gran anhelo de amor, vuestra necesidad de amar y ser amados. Mirándola a ella, siguiéndola dócilmente, descubriréis la belleza del amor, pero no de un amor que se usa y se tira, pasajero y engañoso, prisionero de una mentalidad egoísta y materialista, sino del amor verdadero y profundo.

186 En lo más íntimo del corazón, todo muchacho y toda muchacha que se abre a la vida cultiva el sueño de un amor que dé pleno sentido a su futuro. Para muchos este sueño se realiza en la opción del matrimonio y en la formación de una familia, donde el amor entre un hombre y una mujer se vive como don recíproco y fiel, como entrega definitiva, sellada por el "sí" pronunciado ante Dios el día del matrimonio, un "sí" para toda la vida.

Sé bien que este sueño hoy es cada vez más difícil de realizar. ¡Cuántos fracasos del amor contempláis en vuestro entorno! ¡Cuántas parejas inclinan la cabeza, rindiéndose, y se separan! ¡Cuántas familias se desintegran! ¡Cuántos muchachos, incluso entre vosotros, han visto la separación y el divorcio de sus padres!

A quienes se encuentran en situaciones tan delicadas y complejas quisiera decirles esta tarde: la Madre de Dios, la comunidad de los creyentes, el Papa están cerca de vosotros y oran para que la crisis que afecta a las familias de nuestro tiempo no se transforme en un fracaso irreversible. Ojalá que las familias cristianas, con la ayuda de la gracia divina, se mantengan fieles al solemne compromiso de amor asumido con alegría ante el sacerdote y ante la comunidad cristiana el día solemne del matrimonio.

Frente a tantos fracasos con frecuencia se formula esta pregunta: "¿Soy yo mejor que mis amigos y que mis parientes, que lo han intentado y han fracasado? ¿Por qué yo, precisamente yo, debería triunfar donde tantos otros se rinden?". Este temor humano puede frenar incluso a los corazones más valientes, pero en esta noche que nos espera, a los pies de su Santa Casa, María os repetirá a cada uno de vosotros, queridos jóvenes amigos, las palabras que el ángel le dirigió a ella: "¡No temáis! ¡No tengáis miedo! El Espíritu Santo está con vosotros y no os abandona jamás. Nada es imposible para quien confía en Dios".

Eso vale para quien está llamado a la vida matrimonial, y mucho más para aquellos a quienes Dios propone una vida de total desprendimiento de los bienes de la tierra a fin de entregarse a tiempo completo a su reino. Algunos de entre vosotros habéis emprendido el camino del sacerdocio, de la vida consagrada; algunos aspiráis a ser misioneros, conscientes de cuántos y cuáles peligros implica. Pienso en los sacerdotes, en las religiosas y en los laicos misioneros que han caído en la trinchera del amor al servicio del Evangelio.

Nos podría decir muchas cosas al respecto el padre Giancarlo Bossi, por el que oramos durante el tiempo de su secuestro en Filipinas, y hoy nos alegramos de que esté aquí con nosotros. A través de él quisiera saludar y dar las gracias a todos los que consagran su vida a Cristo en las fronteras de la evangelización. Queridos jóvenes, si el Señor os llama a vivir más íntimamente a su servicio, responded con generosidad. Tened la certeza de que la vida dedicada a Dios nunca se gasta en vano.

Queridos jóvenes, antes de concluir estas palabras, quiero abrazaros con corazón de padre. Os abrazo a cada uno, y os saludo cordialmente. Saludo a los obispos presentes, comenzando por el arzobispo Angelo Bagnasco, presidente de la Conferencia episcopal italiana, y al arzobispo Gianni Danzi, que nos acoge en su comunidad eclesial. Saludo a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas y a los animadores que os acompañan. Saludo a las autoridades civiles y a los que se han ocupado de la organización de este encuentro.

Nos uniremos "virtualmente" más tarde y nos volveremos a ver mañana por la mañana, al terminar esta noche de vela, para el momento más importante de nuestro encuentro, cuando Jesús mismo se haga realmente presente en su Palabra y en el misterio de la Eucaristía. Sin embargo, ya desde ahora quisiera daros cita, a vosotros jóvenes, en Sydney, donde dentro de un año se celebrará la próxima Jornada mundial de la juventud. Sé que Australia está muy lejos y para los jóvenes italianos se encuentra literalmente en los antípodas del mundo...

Oremos para que el Señor, que realiza todo prodigio, conceda a muchos de vosotros estar allí; para que me lo conceda a mí y os lo conceda a vosotros. Este es uno de los muchos sueños que esta noche, orando juntos, encomendamos a María. Amén.


VISITA AL SANTUARIO LAURETANO

ORACIÓN DEL PAPA BENEDICTO XVI A LA VIRGEN DE LORETO


María, Madre del sí, tú escuchaste a Jesús
y conoces el timbre de su voz
187 y el latido de su corazón.

Estrella de la mañana, háblanos de él
y descríbenos tu camino
para seguirlo por la senda de la fe.

María, que en Nazaret habitaste con Jesús,
imprime en nuestra vida tus sentimientos,
tu docilidad, tu silencio que escucha y hace florecer
la Palabra en opciones de auténtica libertad.

María, háblanos de Jesús, para que el frescor
de nuestra fe brille en nuestros ojos
y caliente el corazón de aquellos
188 con quienes nos encontremos,
como tú hiciste al visitar a Isabel,
que en su vejez se alegró contigo
por el don de la vida.

María, Virgen del Magníficat
ayúdanos a llevar la alegría al mundo
y, como en Caná, impulsa a todos los jóvenes
comprometidos en el servicio a los hermanos
a hacer sólo lo que Jesús les diga.

María, dirige tu mirada al ágora de los jóvenes,
para que sea el terreno fecundo de la Iglesia italiana.
189 Ora para que Jesús, muerto y resucitado,
renazca en nosotros
y nos transforme en una noche llena de luz,
llena de él.

María, Virgen de Loreto, puerta del cielo,
ayúdanos a elevar nuestra mirada a las alturas.
Queremos ver a Jesús, hablar con él
y anunciar a todos su amor.



PALABRAS DE AGRADECIMIENTO DEL PAPA BENEDICTO XVI A LOS FRAILES CAPUCHINOS Y A LAS MONJAS DE CLAUSURA DE LORETO

Sábado 1 de septiembre de 2007



Queridos padres y queridas hermanas:

En este momento de recogimiento y oración, quiero solamente daros las gracias a todos vosotros. Ante todo, a los padres capuchinos, que ayudan para que esta Casa de la Virgen se mantenga siempre realmente viva, para que sea un lugar de oración, de conversión y de alegría en la fe.

190 Queridos padres, sé que pasáis mucho tiempo en el confesionario y ayudáis a numerosas personas a volver a encontrar a Jesús, a convertirse para avanzar por el camino que Jesús nos enseña, para avanzar en comunión con el "sí" de la Virgen, que nos ayuda con su ternura, con su bondad, con su generosidad. Así pues, os doy las gracias, queridos padres capuchinos. Para mí, bávaro, los capuchinos son los padres por definición, ya desde mi juventud, porque eran padres capuchinos quienes iban en misión y sabían predicar con fuerza y también con alegría.

Queridas hermanas, también a vosotras os doy las gracias. Vosotras sois realmente la casa orante, viva, que renueva aquí el "sí" de la Virgen, el "sí" de la disponibilidad total de la vida para Jesús. Así actualizáis el "sí" de la Virgen, lo realizáis día a día, y sé que también lleváis una vida de sacrificios. No es fácil pronunciar constantemente este "sí" y ponerse a disposición del Señor cada día. Gracias a todas vosotras y gracias sobre todo porque estoy seguro de que oráis por el Papa, el cual necesita esta ayuda de la oración.

Ahora quiero impartir la bendición a todos. Una vez más, me encomiendo a vuestras oraciones.

De nuevo, gracias. El Señor os bendiga a todos.



DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI A LOS FIELES DE LORETO PRESENTES EN LA PLAZA SITUADA DELANTE DEL SANTUARIO

Domingo 2 de septiembre de 2007



Querido hermano, pastor de esta Iglesia que está en Loreto;
señor alcalde de esta singular ciudad mariana;
queridos fieles:

Gracias por este encuentro, con el que se concluye mi estancia aquí, en Loreto, donde he podido reunirme con numerosísimos jóvenes y vivir juntamente con ellos experiencias de fuerte espiritualidad eucarística y mariana.

Con todo, no podía faltar un momento, aunque sea breve, dedicado expresamente a la comunidad de Loreto. Las amables palabras de vuestro pastor y las de vuestro primer ciudadano han manifestado los sentimientos de estima y afecto que albergáis hacia la persona del Papa. Os doy las gracias de corazón y os saludo a cada uno con gran cordialidad. Gracias por vuestra acogida.

Como ha dicho vuestro alcalde, citando palabras de mi amado predecesor Juan Pablo II, Loreto es también la casa del Papa, y puedo asegurar que aquí, en estas horas, me he sentido realmente en mi casa. Gracias por lo que habéis hecho con el fin de que fuera fructuosa no sólo mi permanencia y la de mis colaboradores, sino también la de los jóvenes del "Ágora".

191 En verdad, vosotros, los habitantes de Loreto, ya estáis acostumbrados a estas imponentes reuniones juveniles con el Papa. A este respecto, nos acaban de recordar la de los jóvenes europeos con Juan Pablo II en 1995, llamada "Eurhope". Estoy seguro de que estos acontecimientos religiosos, así como el flujo diario de peregrinos procedentes de todas las partes de Italia y de otras partes del mundo, más allá de las inevitables molestias que implican necesariamente, constituyen para vosotros una valiosa oportunidad que conviene valorar cada vez más. Son una invitación constante a crecer en la fe y en la devoción a la Virgen.

No olvidéis nunca el gran privilegio que tenéis de vivir a la sombra de la Santa Casa. Aprovechadlo para mantener con María, nuestra Madre celestial, un diálogo filial lleno de confianza y amor. Además, con vuestra acogida dais a los visitantes y a los devotos un testimonio diario del amor maternal que en este lugar María quiere dispensar a todos sus hijos. La Santa Casa ha de ser, en verdad, el centro y el corazón de vuestra ciudad.

Al despedirme de vosotros, queridos amigos, os pido que transmitáis a vuestras familias mi saludo y la seguridad de que seguiré teniendo presente a Loreto en mi oración. Recordaré a cada uno de sus habitantes y, en particular, a los que sufren y atraviesan dificultades materiales y espirituales. De modo especial recordaré a los enfermos del Hospital, a los que no me ha sido posible visitar, y a los que envío mi afectuoso saludo. Para todos y cada uno invoco una vez más la asistencia maternal de María y, renovándoos la manifestación de mi gratitud, os bendigo a todos con afecto.


Discursos 2007 180