Discursos 2011 67


A LA ASOCIACIÓN SANTOS PEDRO Y PABLO


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Sábado 25 de junio de 2011




Queridos amigos de la Asociación Santos Pedro y Pablo:

Os saludo con alegría y con afecto. Me alegra encontrarme con vosotros mientras estáis reunidos con ocasión del 40º aniversario de la Asociación: una conmemoración feliz, que invita al agradecimiento, al Señor ante todo, y al amado siervo de Dios Pablo VI, que tanto hizo para renovar también el ambiente Vaticano según las exigencias contemporáneas. Saludo en particular al presidente, doctor Calvino Gasparini, y le agradezco sus amables palabras; saludo al consiliario, monseñor Joseph Murphy, a los demás responsables y a todos los socios, como también a los exconsiliarios —entre los cuales el cardenal Coppa, que nos honra con su presencia— y el cardenal Bertone, que cuando era joven sacerdote fue formador ayudante de la entonces Guardia Palatina. Junto al altar del Señor y la tumba de san Pedro, elevamos en este momento un recuerdo especial por todos los que, en estos 40 años, se han sucedido en la dirección de la Asociación y que con entrega han formado parte de ella. Y a cuantos han dejado este mundo, que el Señor conceda la paz y la bienaventuranza de su reino.

También en mi espíritu, al encontrarme con vosotros, prevalece el sentimiento de gratitud, y está dirigido a vosotros, por el servicio que prestáis, sobre todo por el amor y el espíritu de fe con que lo realizáis. Vosotros dedicáis parte de vuestro tiempo, armonizándolo con los compromisos de familia y sustrayéndolo a menudo de vuestro descanso, para venir al Vaticano y colaborar en el buen orden de las celebraciones. Además, dais vida a numerosas iniciativas caritativas, en colaboración con las religiosas Hijas de la Caridad y con las Misioneras de la Caridad. Estos compromisos exigen una motivación profunda, que siempre es preciso renovar, gracias a una intensa vida espiritual. Para ayudar a los demás a orar, es necesario tener el corazón dirigido a Dios; para pedir respeto hacia los lugares sagrados y las cosas santas, es necesario que vosotros mismos tengáis el sentido cristiano de la sacralidad; para ayudar al prójimo con verdadero amor cristiano, debemos tener un espíritu humilde y una visión de fe. Vuestra actitud, a menudo sin palabras, constituye una indicación, un ejemplo, una llamada y, como tal, también tiene un valor educativo.

Naturalmente, presupuesto de todo esto es vuestra formación personal; y deseo deciros que precisamente por ella, como por todo lo que hacéis, os estoy particularmente agradecido. La Asociación Santos Pedro y Pablo, como toda auténtica asociación eclesial, se propone ante todo la formación de sus miembros, nunca como sustitución o alternativa a las parroquias, sino siempre de forma complementaria respecto a ellas. Por esto, me alegra que forméis parte de vuestras comunidades parroquiales y eduquéis a vuestros hijos en el sentido de la parroquia. Al mismo tiempo, me complace el hecho de que la Asociación sea, en su justa medida, exigente en prever periodos formativos específicos para los que desean hacerse socios efectivos, y ofrezca regularmente momentos oportunos para apoyar la perseverancia.

Un pensamiento especial dirijo a quienes, esta mañana, han pronunciado la solemne promesa de fidelidad; espero que tengan siempre la alegría de sentirse discípulos de Cristo en la Iglesia, y los exhorto a que den un buen testimonio del Evangelio en todos los ámbitos de su vida. También desde esta perspectiva, he apoyado desde el principio el proyecto de dar vida a un grupo juvenil. Saludo con especial afecto a los jóvenes y los animo a seguir el ejemplo del beato Pier Giorgio Frassati, amando a Dios con todo su corazón, gustando la belleza de la amistad cristiana y sirviendo a Cristo con gran discreción en los hermanos más pobres.

Queridos amigos, os agradezco también vuestra felicitación y, sobre todo, las oraciones con ocasión de mi 60º aniversario de sacerdocio. El regalo que habéis querido hacerme, una bella casulla, me recuerda que soy, antes que nada, sacerdote de Cristo, y me invita a acordarme de vosotros cuando celebro el Sacrificio redentor. ¡Gracias de corazón! Por último, quiero confiaros a todos a la Virgen María. Sé que en vuestra Asociación la veneráis con el título de Virgo fidelis. ¡Hoy más que nunca se necesita la fidelidad! Vivimos en una sociedad que ha perdido este valor. Se exalta mucho la capacidad de cambiar, la «movilidad», la «flexibilidad», por motivos económicos y organizativos incluso legítimos. Pero la calidad de una relación humana se ve en la fidelidad. La Sagrada Escritura nos muestra que Dios es fiel. Con su gracia y la ayuda de María, sed, por tanto, fieles a Cristo y a la Iglesia, dispuestos a soportar con humildad y paciencia el precio que eso conlleva. Que la Virgo fidelis os obtenga la paz en vuestras familias y que de ellas nazcan auténticas vocaciones cristianas, al matrimonio, al sacerdocio y a la vida consagrada. Por esto os aseguro un especial recuerdo en mi oración, a la vez que de corazón os bendigo a todos vosotros y a vuestros seres queridos.


MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI


A LA DELEGACIÓN DEL PATRIARCADO ECUMÉNICO


DE CONSTANTINOPLA


EN LA FIESTA DE SAN PEDRO Y SAN PABLO


Jueves 28 de junio de 2011




Queridos hermanos en Cristo:

Sed bienvenidos a Roma con ocasión de la fiesta de los patronos de esta Iglesia, los apóstoles san Pedro y san Pablo. Me complace particularmente saludaros con las palabras que san Pablo dirigió a los cristianos de esta ciudad: «Que el Dios de la paz esté con todos vosotros» (Rm 15,33). Agradezco de todo corazón al venerado hermano, el patriarca ecuménico Su Santidad Bartolomé I y al Santo Sínodo del Patriarcado ecuménico que os han enviado a vosotros, queridos hermanos, como sus representantes para participar aquí con nosotros en esta solemne celebración.

El Señor Jesucristo, que se apareció a sus discípulos después de su resurrección, les encomendó la misión de ser testigos del Evangelio de salvación. Los Apóstoles llevaron a cabo fielmente esta misión, dando testimonio, hasta llegar al sacrificio cruento de la vida, de la fe en Cristo Salvador y del amor a Dios Padre. En esta ciudad de Roma, los apóstoles san Pedro y san Pablo afrontaron el martirio y desde entonces sus tumbas son objeto de veneración. Vuestra participación en esta fiesta nuestra, como la presencia de nuestros representantes en Constantinopla para la fiesta del apóstol san Andrés, expresa la amistad y la auténtica fraternidad que une a la Iglesia de Roma y al Patriarcado ecuménico, vínculos que se fundan sólidamente en la fe recibida por el testimonio de los Apóstoles. La íntima cercanía espiritual que experimentamos cada vez que nos reunimos, es para mí motivo de profunda alegría y de gratitud a Dios. Al mismo tiempo, sin embargo, la comunión incompleta que ya nos une debe crecer hasta alcanzar la plena unidad visible.

69 Seguimos con gran atención el trabajo de la Comisión mixta para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa en su conjunto. Desde una perspectiva puramente humana, se podría tener la impresión de que el diálogo teológico sufre dificultades para avanzar. En realidad, el ritmo del diálogo está vinculado a la complejidad de los temas en discusión, que exigen un extraordinario esfuerzo de estudio, de reflexión y de apertura recíproca. Estamos llamados a proseguir juntos, en la caridad, este camino, invocando del Espíritu Santo luz e inspiración, con la certeza de que él nos quiere llevar al pleno cumplimiento de la voluntad de Cristo: que todos sean uno (cf. Jn Jn 17,21). Estoy particularmente agradecido con todos los miembros de la Comisión mixta y, en especial, con los co-presidentes, el metropolita de Pérgamo Ioannis y el cardenal Kurt Koch, por su infatigable dedicación, su paciencia y su competencia.

En un contexto histórico de violencia, indiferencia y egoísmo, muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo se sienten desorientados. Y precisamente con el testimonio común de la verdad del Evangelio podremos ayudar al hombre de nuestro tiempo a encontrar de nuevo el camino que conduce a la verdad. La búsqueda de la verdad, de hecho, es siempre también búsqueda de la justicia y de la paz; y con gran alegría constato el gran compromiso con que Su Santidad Bartolomé se prodiga en estos temas. En unión de propósitos y recordando el bello ejemplo de mi predecesor, el beato Juan Pablo II, he querido invitar a los hermanos cristianos, a los exponentes de las demás tradiciones religiosas del mundo y a personalidades del mundo de la cultura y de la ciencia, a participar el próximo 27 de octubre, en la ciudad de Asís, en una Jornada de reflexión, diálogo y oración por la paz y la justicia en el mundo, que tendrá como tema «Peregrinos en la verdad, peregrinos en la paz». Caminar juntos por las calles de la ciudad de San Francisco será el signo de la voluntad de seguir recorriendo la senda del diálogo y de la fraternidad.

Eminencia, queridos miembros de la delegación, dándoos las gracias de nuevo por vuestra presencia en Roma en esta solemne circunstancia, os pido que llevéis mi fraternal saludo al venerado hermano el patriarca Bartolomé I, al Santo Sínodo, al clero y a todos los fieles del Patriarcado ecuménico, asegurándoles el afecto y la solidaridad de la Iglesia de Roma, que hoy está de fiesta por sus santos fundadores.
Vaticano, 28 de junio de 2011



ENTREGA DEL «PREMIO RATZINGER» EN SU PRIMERA EDICIÓN


Sala Clementina

Jueves 30 de junio de 2011




Señores cardenales,
venerados hermanos en el episcopado,
distinguidos señores y señoras:

Ante todo quiero expresar mi alegría y gratitud por el hecho de que, con la entrega de su premio teológico, la Fundación que lleva mi nombre reconoce públicamente la obra realizada a lo largo de toda una vida por dos grandes teólogos, y a un teólogo de la generación más joven le da un signo de estímulo para progresar en el camino emprendido. Con el profesor González de Cardedal me une un camino común de muchos decenios. Ambos comenzamos con san Buenaventura y dejamos que él nos indicara la dirección. En una larga vida de estudioso, el profesor González ha tratado todos los grandes temas de la teología, y eso no simplemente reflexionando y hablando de ella desde un escritorio, sino también confrontándose siempre con el drama de nuestro tiempo, viviendo y también sufriendo de una forma muy personal las grandes cuestiones de la fe y así las cuestiones del hombre de hoy. De este modo, la palabra de la fe no es algo del pasado; en sus obras se hace verdaderamente contemporánea a nosotros. El profesor Simonetti nos ha abierto de un modo nuevo el mundo de los Padres. Precisamente mostrándonos desde el punto de vista histórico con precisión y atención lo que dicen los Padres, ellos se vuelven personas contemporáneas a nosotros, que hablan con nosotros. El padre Maximilian Heim recientemente ha sido elegido abad del monasterio de Heiligenkreuz en Viena —un monasterio rico en tradición— asumiendo así la tarea de hacer actual una gran historia y llevarla hacia el futuro. En esto, espero que el trabajo sobre mi teología, que él nos ha ofrecido, pueda ser útil y que la abadía de Heiligenkreuz pueda desarrollar ulteriormente, en nuestro tiempo, la teología monástica, que siempre ha acompañado a la universitaria, formando con ella el conjunto de la teología occidental.

Con todo, no me corresponde a mí hacer aquí una laudatio de los premiados, pues ya la ha hecho el cardenal Ruini de manera competente. Ahora bien, la entrega del premio puede brindar la ocasión para reflexionar por un momento en la cuestión fundamental de qué es de verdad la «teología». La teología es ciencia de la fe, nos dice la tradición. Pero aquí surge inmediatamente la pregunta: realmente, ¿es posible esto?, o ¿no es en sí una contradicción? ¿Acaso ciencia no es lo contrario de fe? ¿No cesa la fe de ser fe cuando se convierte en ciencia? Y ¿no cesa la ciencia de ser ciencia cuando se ordena o incluso se subordina a la fe? Estas cuestiones, que constituían un serio problema ya para la teología medieval, con el concepto moderno de ciencia se han vuelto aún más apremiantes, a primera vista incluso sin solución. Así se comprende por qué, en la edad moderna, la teología en amplios sectores se ha retirado primariamente al campo de la historia, con el fin de demostrar aquí su seria cientificidad. Es preciso reconocer, con gratitud, que de ese modo se han realizado obras grandiosas, y el mensaje cristiano ha recibido nueva luz, capaz de hacer visible su íntima riqueza. Sin embargo, si la teología se retira totalmente al pasado, deja hoy a la fe en la oscuridad. En una segunda fase se ha concentrado en la praxis, para mostrar cómo la teología, en unión con la psicología y la sociología, es una ciencia útil que da indicaciones concretas para la vida. También esto es importante, pero si el fundamento de la teología, la fe, no se transforma simultáneamente en objeto del pensamiento, si la praxis se refiere sólo a sí misma, o vive únicamente de los préstamos de las ciencias humanas, entonces la praxis queda vacía y privada de fundamento.

70 Estos caminos, por tanto, no bastan. Por más útiles e importantes que sean, se convierten en subterfugios, si queda sin respuesta la verdadera pregunta: ¿es verdad aquello en lo que creemos, o no? En la teología está en juego la cuestión sobre la verdad, la cual es su fundamento último y esencial. Una expresión de Tertuliano puede ayudarnos a dar un paso adelante; él escribe: «Cristo no dijo: “Yo soy la costumbre”, sino “Yo soy la verdad”» — non consuetudo sed veritas (Virg. 1, 1). Christian Gnilka ha mostrado que el concepto consuetudo puede significar las religiones paganas que, según su naturaleza, no eran fe, sino que eran «costumbre»: se hace lo que se ha hecho siempre; se observan las formas cultuales tradicionales y así se espera estar en la justa relación con el ámbito misterioso de lo divino. El aspecto revolucionario del cristianismo en la antigüedad fue precisamente la ruptura con la «costumbre» por amor a la verdad. Tertuliano habla aquí sobre todo apoyándose en el Evangelio de san Juan, en el que se encuentra también la otra interpretación fundamental de la fe cristiana, que se expresa en la designación de Cristo como Logos.Si Cristo es el Logos, la verdad, el hombre debe corresponder a él con su propio logos, con su razón. Para llegar hasta Cristo, debe estar en el camino de la verdad. Debe abrirse al Logos, a la Razón creadora, de la que deriva su misma razón y a la que esta lo remite. De aquí se comprende que la fe cristiana, por su misma naturaleza, debe suscitar la teología; debía interrogarse sobre la racionabilidad de la fe, aunque naturalmente el concepto de razón y el de ciencia abarcan muchas dimensiones, y así la naturaleza concreta del nexo entre fe y razón debía y debe ser sondeada siempre de nuevo.

Así pues, aunque el nexo fundamental entre Logos, verdad y fe, se presente claro en el cristianismo, la forma concreta de ese nexo ha suscitado y suscita siempre nuevas preguntas. Es evidente que en este momento esa pregunta, que ha interesado e interesará a todas las generaciones, no puede tratarse detalladamente, ni siquiera en grandes líneas. Yo sólo quiero proponer una pequeñísima nota. San Buenaventura, en el prólogo a su Comentario a las Sentencias habla de un doble uso de la razón, de un uso que es inconciliable con la naturaleza de la fe y de otro que, en cambio, pertenece propiamente a la naturaleza de la fe. Existe —así se dice— la violentia rationis, el despotismo de la razón, que se constituye en juez supremo y último de todo. Este tipo de uso de la razón ciertamente es imposible en el ámbito de la fe. ¿Qué entiende con ello san Buenaventura? Una expresión del Salmo 95, 9 puede mostrarnos de qué se trata. Aquí dice Dios a su pueblo: «En el desierto… vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron aunque habían visto mis obras». Aquí se alude a un doble encuentro con Dios: ellos «habían visto». Pero esto a ellos no les basta. Ponen «a prueba» a Dios. Quieren someterlo al experimento. Por decirlo así, Dios es sometido a un interrogatorio y debe someterse a un procedimiento de prueba experimental. Esta modalidad de uso de la razón, en la edad moderna, alcanzó el culmen de su desarrollo en el ámbito de las ciencias naturales. La razón experimental se presenta hoy ampliamente como la única forma de racionalidad declarada científica. Lo que no se puede verificar o falsificar científicamente cae fuera del ámbito científico. Con este planteamiento, como sabemos, se han realizado obras grandiosas. Que ese planteamiento es justo y necesario en el ámbito del conocimiento de la naturaleza y de sus leyes, nadie querrá seriamente ponerlo en duda. Pero existe un límite a ese uso de la razón: Dios no es un objeto de la experimentación humana. Él es Sujeto y se manifiesta sólo en la relación de persona a persona: eso forma parte de la esencia de la persona.

En esta perspectiva san Buenaventura alude a un segundo uso de la razón, que vale para el ámbito de lo «personal», para las grandes cuestiones del hecho mismo de ser hombres. El amor quiere conocer mejor a aquel a quien ama. El amor, el amor verdadero, no hace ciegos, sino videntes. De él forma parte precisamente la sed de conocimiento, de un verdadero conocimiento del otro. Por eso, los Padres de la Iglesia encontraron los precursores y predecesores del cristianismo —fuera del mundo de la revelación de Israel— no en el ámbito de la religión consuetudinaria, sino en los hombres que buscaban a Dios, que buscaban la verdad, en los «filósofos»: en personas que estaban sedientas de la verdad y por tanto se encontraban en camino hacia Dios. Cuando no hay este uso de la razón, entonces las grandes cuestiones de la humanidad caen fuera del ámbito de la razón y desembocan en la irracionalidad. Por eso es tan importante una auténtica teología. La fe recta orienta a la razón a abrirse a lo divino, para que, guiada por el amor a la verdad, pueda conocer a Dios más de cerca. La iniciativa para este camino pertenece a Dios, que ha puesto en el corazón del hombre la búsqueda de su Rostro. Por consiguiente, forman parte de la teología, por un lado, la humildad que se deja «tocar» por Dios; y, por otro, la disciplina que va unida al orden de la razón, preserva el amor de la ceguera y ayuda a desarrollar su fuerza visual.

Soy muy consciente de que con todo esto no se ha dado una respuesta a la cuestión sobre la posibilidad y la tarea de la recta teología, sino que sólo se ha puesto de relieve la grandeza del desafío ínsito en la naturaleza de la teología. Sin embargo, el hombre necesita precisamente este desafío, porque ella nos impulsa a abrir nuestra razón interrogándonos sobre la verdad misma, sobre el rostro de Dios. Por ello damos las gracias a los premiados, que en su obra han mostrado que la razón, caminando por la pista trazada por la fe, no es una razón alienada, sino la razón que responde a su altísima vocación. Gracias.



Julio de 2011


DISCURSO EL SANTO PADRE BENEDICTO XVI


A LOS PARTICIPANTES EN LA XXXVII CONFERENCIA DE LA FAO


Sala Clementina

Viernes 1 de julio de 2011




Señor presidente,
señores ministros,
señor director general,
ilustres señores, amables señoras:

1. Me alegra particularmente acogeros a todos vosotros, que participáis en la XXXVII Conferencia de la Organización de las Naciones Unidas para la agricultura y la alimentación, prosiguiendo una larga y feliz tradición iniciada hace sesenta años con el asentamiento de la FAO en Roma.

71 A través de usted, señor presidente, deseo dar las gracias a las numerosas delegaciones gubernamentales que han querido estar presentes en este encuentro, testimoniando así la efectiva universalidad de la FAO. También quiero renovar el apoyo de la Santa Sede a la meritoria e irreemplazable labor de la Organización y confirmaros que la Iglesia católica se compromete a colaborar con vuestros esfuerzos para responder a las necesidades reales de tantos hermanos y hermanas nuestros en humanidad.

Aprovecho esta ocasión para saludar al señor Jacques Diouf, director general, que con competencia y dedicación ha permitido a la FAO afrontar los problemas y las crisis suscitadas por las realidades globales cambiantes que han afectado, incluso de un modo dramático, a su específico campo de acción.

Al director general electo, el señor José Graziano da Silva, expreso mis mejores deseos de éxito en su actividad futura, con la esperanza de que la fao responda cada vez más y mejor a las expectativas de sus Estados miembros y aporte soluciones concretas a las personas que sufren a causa del hambre y la malnutrición.

2. Vuestros trabajos han indicado políticas y estrategias capaces de contribuir al importante relanzamiento del sector agrícola, de los niveles de producción alimentaria y del desarrollo más general de las zonas rurales. La crisis actual que afecta ya a todos los aspectos de la realidad económica y social requiere, de hecho, todos los esfuerzos para concurrir a eliminar la pobreza, primer paso para liberar del hambre a millones de hombres, mujeres y niños que no disponen del pan de cada día. Una reflexión completa, sin embargo, exige buscar las causas de esta situación sin limitarse a los niveles de producción, a la creciente demanda de alimentos o a la volatilidad de los precios: factores que, aunque sean importantes, pueden hacer que el drama del hambre se lea en términos exclusivamente técnicos.

La pobreza, el subdesarrollo y, por tanto, el hambre a menudo son el resultado de comportamientos egoístas que, partiendo del corazón del hombre, se manifiestan en su actividad social, en los intercambios económicos, en las condiciones de mercado, en la falta de acceso a la comida, y se traducen en la negación del derecho primario de toda persona a alimentarse y, por tanto, a no pasar hambre. ¿Cómo podemos callar el hecho de que incluso el alimento se ha convertido en objeto de especulaciones o está vinculado a los cambios de un mercado financiero que, privado de leyes seguras y pobre en principios morales, parece anclado sólo al objetivo del lucro? La alimentación es una condición que concierne al derecho fundamental a la vida. Garantizarla significa también actuar directamente y sin demora sobre los factores que, en el sector agrícola, pesan de manera negativa sobre la capacidad de fabricación, sobre los mecanismos de la distribución y sobre el mercado internacional. Y esto, a pesar de una producción alimentaria global que, según la fao y expertos autorizados, es capaz de alimentar a la población mundial.

3. El marco internacional y los frecuentes temores causados por la inestabilidad y el aumento de los precios exigen respuestas concretas y necesariamente unitarias para conseguir resultados que los Estados, individualmente, no pueden garantizar. Esto significa hacer de la solidaridad un criterio esencial para toda acción política y toda estrategia, a fin de que la actividad internacional y sus reglas sean instrumentos de servicio efectivo a toda la familia humana y de modo especial a los más necesitados. Es, por tanto, urgente un modelo de desarrollo que considere no sólo la amplitud económica de las necesidades o la fiabilidad técnica de las estrategias a seguir, sino también la dimensión humana de todas las iniciativas, y que sea capaz de llevar a cabo una auténtica fraternidad (cf. Caritas in veritate ), apelando a la recomendación ética de «dar de comer al hambriento», que pertenece al sentimiento de compasión y de humanidad inscrito en el corazón de toda persona y que la Iglesia cuenta entre las obras de misericordia. Desde esta perspectiva, las instituciones de la comunidad internacional están llamadas a trabajar de manera coherente siguiendo su mandato para apoyar los valores propios de la dignidad humana, eliminando las actitudes cerradas y sin dejar espacio a instancias particulares que se presentan como intereses generales.

4. La fao también está llamada a relanzar su estructura liberándola de obstáculos que la alejan del objetivo indicado por su Constitución: garantizar el crecimiento nutricional, la disponibilidad de la producción alimentaria, el desarrollo de las zonas rurales, a fin de asegurar a la humanidad la liberación del hambre (cf. FAO, Constitución, Preámbulo). Con este objetivo, resulta esencial una plena sintonía de la Organización con los Gobiernos para orientar y apoyar las iniciativas, especialmente en la coyuntura actual, en la que disminuyen los recursos económico-financieros, mientras que el número de personas que pasan hambre en el mundo no disminuye según los objetivos esperados.

5. Mi pensamiento se dirige a la situación de millones de niños que, primeras víctimas de esta tragedia, se ven condenados a una muerte prematura, a un retraso en su desarrollo físico y psíquico, u obligados a formas de explotación para recibir un mínimo de alimento. La atención hacia las generaciones jóvenes puede ser un modo de contrastar el abandono de las zonas rurales y del trabajo agrícola, para permitir a comunidades enteras, cuya supervivencia está amenazada por el hambre, mirar su futuro con mayor confianza. De hecho, debemos constatar que, a pesar de los compromisos asumidos y las consiguientes obligaciones, a menudo la asistencia y las ayudas concretas se limitan a las emergencias, olvidando que una coherente concepción del desarrollo debe ser capaz de diseñar un futuro para toda persona, familia y comunidad, favoreciendo objetivos a largo plazo.

Por tanto, hay que apoyar las iniciativas que se desean llevar a cabo en el ámbito de toda la comunidad internacional para redescubrir el valor de la empresa familiar rural y apoyar su función central para alcanzar una seguridad alimentaria estable. De hecho, en el mundo rural, el núcleo familiar tradicional se esfuerza por favorecer la producción agrícola mediante la sabia transmisión de padres a hijos no sólo de sistemas de cultivo o de conservación y distribución de los alimentos, sino también de modos de vida, de principios educativos, de la cultura, de la religiosidad, de la concepción del carácter sagrado de la persona en todas las fases de su existencia. La familia rural es un modelo no sólo de trabajo, sino de vida y de expresión concreta de la solidaridad, donde se confirma el papel esencial de la mujer.

Señor presidente, señoras, señores:

6. El objetivo de la seguridad alimentaria es una exigencia auténticamente humana; somos conscientes de ello. Garantizarla a las generaciones presentes y a las futuras significa también preservar los recursos naturales de una explotación frenética, porque la carrera al consumo y al despilfarro parece ignorar toda consideración del patrimonio genético y de las diversidades biológicas, tan importantes para las actividades agrícolas. Pero a la idea de una apropiación exclusiva de esos recursos se opone la llamada que Dios dirige a los hombres y las mujeres para que «labrando y cuidando» la tierra (cf. Gn
Gn 2,8-17) promuevan una participación en el uso de los bienes de la creación, objetivo que la actividad multilateral y las reglas internacionales ciertamente pueden ayudar a alcanzar.

72 En nuestra época, en la que a los numerosos problemas que afectan a la actividad agrícola se añaden nuevas oportunidades para contribuir a aliviar el drama del hambre, podéis esforzaros para que, a través de la garantía de una alimentación que responda a las necesidades, cada persona pueda crecer según su verdadera dimensión de criatura hecha a semejanza de Dios.

Este es el deseo que quiero expresar, mientras invoco sobre todos vosotros y sobre vuestro trabajo la abundancia de las bendiciones divinas.




PALABRAS DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI


EN EL ALMUERZO OFRECIDO POR EL COLEGIO CARDENALICIO,


CON MOTIVO DEL 60° ANIVERSARIO


DE SU ORDENACIÓN SACERDOTAL


Sala Ducal del Palacio Apostólico

Viernes 1 de julio de 2011




Queridos hermanos:

Ecce quam bonum et quam iucundum habitare fratres in unum (Ps 133,1). Estas palabras del Salmo son para mí en este momento una realidad vivida. Vemos cuán hermoso es que los hermanos estén juntos y vivan juntos la alegría del sacerdocio, de estar llamados a la viña del Señor. Quiero darle las gracias de todo corazón a usted, cardenal decano, por sus hermosas, conmovedoras y confortadoras palabras, y sobre todo también por el donativo que me ha dado, porque así nuestro «estar juntos» se amplía a los pobres de Roma. No estamos sólo nosotros comiendo aquí; están con nosotros los pobres que necesitan nuestra ayuda y nuestra asistencia, nuestro amor, que se realiza concretamente en la posibilidad de comer, de vivir bien; en la medida de nuestras posibilidades, queremos actuar en este sentido. Y para mí es una señal importante que en esta hora solemne no estamos sólo nosotros, sino que están con nosotros los pobres de Roma, que son amados particularmente por el Señor.

Fratres in unum: la experiencia de la fraternidad es una realidad interna al sacerdocio, porque uno no es ordenado nunca por sí mismo sino que es incorporado en un presbiterio o, como obispo, en el colegio episcopal. Así el «nosotros» de la Iglesia se acompaña y se manifiesta en esta hora. Esta hora es un tiempo de gratitud por la guía del Señor, por todo lo que me ha dado y perdonado en estos años, pero también es un momento de memoria. En 1951 el mundo era muy diferente: no había televisión, no había internet, no había ordenadores, no había teléfonos móviles. El mundo del que venimos parece realmente prehistórico; y sobre todo nuestras ciudades estaban destruidas, la economía arruinada, había una gran pobreza material y espiritual, pero también una fuerte energía y voluntad de reconstruir este país y de renovarlo, especialmente en la Comunidad europea, sobre el fundamento de nuestra fe, e insertarse en la gran Iglesia de Cristo, que es el pueblo de Dios y nos guía hacia el mundo de Dios. Así comenzamos con gran entusiasmo y con alegría en aquel momento. Vino luego el momento del concilio Vaticano II, donde todas esas esperanzas que habíamos sembrado parecían realizarse; después, el momento de la revolución cultural de 1968, años difíciles en los que la barca del Señor parecía llena de agua, casi a punto de hundirse; y, sin embargo, el Señor, que en ese momento parecía dormido, estaba presente y nos guió para salir adelante. Eran los años en que trabajé junto al beato Juan Pablo II: años inolvidables. Y luego, por último, la hora totalmente inesperada del 19 de abril de 2005, cuando el Señor me llamó a un nuevo compromiso y, confiando sólo en su fuerza, abandonándome a él, pude decir el «sí» de ese momento.

En estos sesenta años ha cambiado casi todo, pero ha permanecido la fidelidad del Señor. Él es el mismo ayer, hoy y siempre, y esta es nuestra certeza, que nos indica el camino hacia el futuro. El momento de la memoria, el momento de la gratitud, es también el momento de la esperanza: In te Domine speravi, non confundar in aeternum.

Gracias al Señor en este momento por su guía. Gracias a todos vosotros por la compañía fraterna. Que el Señor os bendiga a todos. Y gracias por el donativo y por toda la colaboración. Con la ayuda del Señor, sigamos adelante.



A LOS FIELES DE LA DIÓCESIS ITALIANA


DE ALTAMURA-GRAVINA-ACQUAVIVA DELLE FONTI


Sala Pablo VI

sábado 2 de julio




Excelencia,
73 queridos hermanos y hermanas:

Me alegra realmente acogeros a vosotros en tan gran número y tan llenos del entusiasmo de la fe. ¡Gracias a vosotros! Agradezco al obispo, monseñor Mario Paciello, las palabras que me ha dirigido en nombre de todos. Saludo a las autoridades civiles, a los sacerdotes, a los religiosos y las religiosas, a los seminaristas y a cada uno de vosotros, extendiendo mi pensamiento y afecto a vuestra comunidad diocesana, en particular a los que viven situaciones de sufrimiento y dificultad. Estoy agradecido al Señor porque vuestra visita me ofrece la posibilidad de compartir un momento del camino sinodal de la Iglesia que está en Altamura-Gravina-Acquaviva delle Fonti. El Sínodo es un acontecimiento que hace vivir concretamente la experiencia de ser «pueblo de Dios» en camino, de ser Iglesia, comunidad peregrina en la historia hacia su cumplimiento escatológico en Dios. Esto significa reconocer que la Iglesia no posee en sí misma el principio vital, sino que depende de Cristo, de quien es signo e instrumento eficaz. En la relación con el Señor Jesús encuentra su identidad más profunda: ser don de Dios para la humanidad, prolongando la presencia y la obra de salvación del Hijo de Dios por medio del Espíritu Santo. En este horizonte comprendemos que la Iglesia es esencialmente un misterio de amor al servicio de la humanidad con vistas a su santificación. El concilio Vaticano II afirmó sobre este punto: «Quiso Dios santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados, sin conexión entre sí, sino hacer de ellos un pueblo para que le conociera de verdad y le sirviera con una vida santa» (Lumen gentium
LG 9). Vemos aquí que realmente la Palabra de Dios ha creado un pueblo, una comunidad, ha creado una alegría común, una peregrinación común hacia el Señor. El ser Iglesia, por tanto, no viene sólo de una fuerza organizativa nuestra, humana, sino que encuentra su manantial y su verdadero significado en la comunión de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: este amor eterno es la fuente de la que procede la Iglesia, y la Trinidad santísima es el modelo de unidad en la diversidad y genera y plasma la Iglesia como misterio de comunión.

Es necesario partir siempre y de un modo nuevo de esta verdad para comprender y vivir más intensamente el ser Iglesia, «Pueblo de Dios», «Cuerpo de Cristo», «Comunión». De otra manera se corre el riesgo de reducirlo todo a una dimensión horizontal, que desvirtúe la identidad de la Iglesia y el anuncio de la fe y haga más pobre nuestra vida y la vida de la Iglesia. Es importante destacar que la Iglesia no es una organización social, filantrópica, como muchas otras: es la comunidad de Dios, es la comunidad que cree, que ama, que adora al Señor Jesús y abre las «velas» al soplo del Espíritu Santo, y por esto es una comunidad capaz de evangelizar y de humanizar. La relación profunda con Cristo, vivida y alimentada por la Palabra y por la Eucaristía, hace eficaz el anuncio, motiva el compromiso por la catequesis y anima el testimonio de la caridad. Muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo necesitan encontrarse con Dios, encontrarse con Cristo o redescubrir la belleza del Dios cercano, del Dios que en Jesucristo ha mostrado su rostro de Padre y que llama a reconocer el sentido y el valor de la existencia. Hacer entender que es un bien vivir como hombre. El momento histórico actual, como sabemos, está marcado por luces y sombras. Asistimos a comportamientos complejos: encerramiento en sí mismo, narcisismo, deseo de poseer y de consumir, sentimientos y afectos desligados de la responsabilidad. Muchas son las causas de esta desorientación, que se manifiesta en un profundo malestar existencial, pero en el fondo de todo se puede entrever la negación de la dimensión trascendente del hombre y de la relación fundamental con Dios. Por esto es decisivo que las comunidades cristianas promuevan itinerarios de fe válidos y comprometidos.

Queridos amigos, hay que prestar particular atención al modo de considerar la educación a la vida cristiana para que toda persona pueda realizar un auténtico camino de fe, a través de las diversas edades de la vida; un camino en el cual —como la Virgen María— la persona acoge profundamente la Palabra de Dios y la pone en práctica, convirtiéndose en testigo del Evangelio. El concilio Vaticano II en la declaración Gravissimum educationis, afirma: «La educación cristiana busca que los bautizados, mientras se inician gradualmente en el conocimiento del misterio de la salvación, sean cada vez más conscientes del don recibido de la fe (...) y se dispongan a vivir según el hombre nuevo en justicia y santidad de verdad» (n. 2). En este compromiso educativo la familia es la primera responsable. Queridos padres, ¡sois los primeros testigos de la fe! No tengáis miedo de las dificultades en las que estáis llamados a realizar vuestra misión. ¡No estáis solos! La comunidad cristiana está cerca de vosotros y os sostiene. La catequesis acompaña a vuestros hijos en su crecimiento humano y espiritual, pero se ha de considerar como una formación permanente, no limitada a la preparación para recibir los sacramentos; en toda nuestra vida debemos crecer en el conocimiento de Dios y en el conocimiento de lo que significa ser hombre. Sabed sacar siempre fuerza y luz de la liturgia: la participación en la celebración eucarística en el día del Señor es decisiva para la familia, para toda la comunidad; es la estructura de nuestro tiempo. Recordemos siempre que en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, el Señor Jesús actúa para la transformación de los hombres haciéndonos semejantes a sí. Gracias al encuentro con Cristo, a la comunión con él, la comunidad cristiana puede testimoniar la comunión, abriéndose al servicio, acogiendo a los pobres y a los últimos, reconociendo el rostro de Dios en los enfermos y en todos los necesitados. Os invito, por tanto, partiendo del contacto con el Señor en la oración cotidiana y sobre todo en la Eucaristía, a valorar de modo adecuado las propuestas educativas y los caminos de voluntariado existentes en la diócesis, para formar personas solidarias, abiertas y atentas a las situaciones de malestar espiritual y material. En definitiva, la acción pastoral debe orientarse a formar personas maduras en la fe, para vivir en contextos en los que a menudo se ignora a Dios; personas coherentes con la fe, para que se lleve a todos los ambientes la luz de Cristo; personas que vivan con alegría la fe, para transmitir la belleza del ser cristianos.

Por último, deseo dirigir un pensamiento especial a vosotros, queridos sacerdotes. Agradeced siempre el don recibido, para que podáis servir, con amor y entrega, al pueblo de Dios encomendado a vuestros cuidados. Anunciad el Evangelio con valentía y fidelidad, sed testigos de la misericordia de Dios y, guiados por el Espíritu Santo, sabed indicar la verdad, sin temer el diálogo con la cultura y con los que buscan a Dios.

Queridos hermanos y hermanas, encomendamos el camino de vuestra comunidad diocesana a María santísima, Madre del Señor y Madre de la Iglesia, Madre nuestra. En ella contemplamos lo que la Iglesia está llamada a ser. Con su «sí» dio al mundo a Jesús y ahora participa plenamente de la gloria de Dios. También nosotros estamos llamados a dar al Señor Jesús a la humanidad, sin olvidar ser siempre sus discípulos. Os agradezco de nuevo vuestra bella visita y de todo corazón os agradezco vuestra fe y os acompaño con la oración, impartiéndoos a todos vosotros y a toda la diócesis la bendición apostólica.


Discursos 2011 67