Congregacion para la Doctrina de la Fe - INTRODUCCION



1. EL PROBLEMA: AYER Y HOY


1.1. Antes del Vaticano II

El Jubileo se ha vivido siempre en la Iglesia como un tiempo de alegria por la salvacion otorgada en Cristo y como una ocasion privilegiada de penitencia y de reconciliacion por los pecados presentes en la vida del Pueblo de Dios. Desde su primera celebracion bajo Bonifacio VIII en el ano 1300, el peregrinaje penitencial a la tumba de los apostoles Pedro y Pablo ha estado asociado a la concesion de una indulgencia excepcional para procurar, con el perdon sacramental, la remision total o parcial de las penas temporales debidas por los pecados (2). En este contexto, tanto el perdon sacramental como la remision de las penas revisten un caracter personal. A lo largo del "ano de perdon y de gracia" (3), la Iglesia dispensa en modo particular el tesoro de gracias que Cristo ha constituido en su favor (4). En ninguno de los jubileos celebrados hasta ahora ha estado presente, sin embargo, una toma de conciencia de eventuales culpas del pasado de la Iglesia, ni tampoco de la necesidad de pedir perdon a Dios por los comportamientos del pasado proximo o remoto.

Mas aun, en la historia entera de la Iglesia no se encuentran precedentes de peticiones de perdon relativas a culpas del pasado, que hayan sido formuladas por el Magisterio. Los concilios y las decretales papales sancionaban, ciertamente, los abusos de que se hubieran hecho culpables clérigos o laicos, y no pocos pastores se esforzaban sinceramente en corregirlos. Sin embargo, han sido muy raras las ocasiones en las que las autoridades eclesiales (Papa, Obispos o Concilios) han reconocido abiertamente las culpas o los abusos de los que ellas mismas se habian hecho culpables. Un ejemplo célebre lo proporciona el papa reformador Adriano VI, quien reconocio abiertamente, en un mensaje a la Dieta de Nurenberg del 25 de noviembre de 1522, "las abominaciones, los abusos [...] y las prevaricaciones" de las que se habia hecho culpable "la corte romana" de su tiempo, "enfermedad [...] profundamente arraigada y desarrollada", extendida "desde la cabeza a los miembros" (5). Adriano VI deploraba culpas contemporaneas, precisamente las de su predecesor inmediato Leon X y las de su curia, sin asociar todavia a ello, no obstante, una peticion de perdon.

Sera necesario esperar hasta Pablo VI para ver como un Papa expresa una peticion de perdon dirigida tanto a Dios como a un grupo de contemporaneos. En el discurso de apertura de la segunda sesion del Concilio, el Papa "pide perdon a Dios [...] y a los hermanos separados" de Oriente que se sientan ofendidos "por nosotros" (Iglesia catolica) y se declara dispuesto, por parte suya, a perdonar las ofensas recibidas. En la optica de Pablo VI, la peticion y la oferta de perdon se referian unicamente al pecado de la division entre los cristianos y presuponian la reciprocidad.


1.2. La ensenanza del Concilio

El Vaticano II se pone en la misma perspectiva que Pablo VI. Por las culpas cometidas contra la unidad, afirman los Padres conciliares, "pedimos perdon a Dios y a los hermanos separados, asi como nosotros perdonamos a quienes nos hayan ofendido" (UR 7). Ademas de las culpas contra la unidad, el Concilio senala otros episodios negativos del pasado en los cuales los cristianos han tenido alguna responsabilidad. Asi, "deplora ciertas actitudes mentales que no han faltado a veces entre los propios cristianos" y que han podido hacer pensar en una oposicion entre la ciencia y la fe (Os 36). De manera semejante, considera que "en la génesis del ateismo" los cristianos han podido tener "una cierta responsabilidad", en la medida en que con su negligencia "han velado mas bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religion" (Os 19). Ademas, el Concilio "deplora" las persecuciones y manifestaciones de antisemitismo llevadas a cabo "en cualquier tiempo y por cualquier persona" (NAE 4). El Concilio, sin embargo, no asocia a los hechos citados una peticion de perdon.

Desde el punto de vista teologico el Vaticano II distingue entre la fidelidad indefectible de la Iglesia y las debilidades de sus miembros, clérigos o laicos, ayer como hoy (Os 43 Os 6); por tanto, entre ella, esposa de Cristo "sin mancha ni arruga [...] santa e inmaculada" (Ep 5,27), y sus hijos, pecadores perdonados, llamados a la metanoia permanente, a la renovacion en el Espiritu Santo. "La Iglesia, recibiendo en su propio seno a los pecadores, santa al mismo tiempo que necesitada de purificacion constante, busca sin cesar la penitencia y la renovacion" (6).

El Concilio ha elaborado también algunos criterios de discernimiento respecto a la culpabilidad o a la responsabilidad de los vivos por las culpas pasadas. En efecto, en dos contextos diferentes, ha recordado la no imputabilidad a los contemporaneos de culpas cometidas en el pasado por miembros de sus comunidades religiosas:

- "Lo que en su pasion (de Cristo) se perpetro no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judios que entonces vivian, ni a los judios de hoy" (NAE 4).

- "Comunidades no pequenas se separaron de la plena comunion de la Iglesia catolica, aveces no sin culpa de los hombres por una y otra parte. Sin embargo, quienes ahora nacen en esas comunidades y se nutren con la fe de Cristo no pueden ser acusados de pecado de separacion, y la Iglesia catolica los abraza con fraterno respeto y amor" (UR 3).

En el primer Ano Santo celebrado después del Concilio, en 1975, Pablo VI habia dado como tema "renovacion y reconciliacion" (7), precisando, en la Exhortacion apostolica Paterna cum benevolentia, que la reconciliacion debia sobre todo llevarse a cabo entre los fieles de la Iglesia catolica (8). Como en sus origenes, el Ano Santo seguia siendo una ocasion de conversion y de reconciliacion de los pecadores con Dios, a través de la economia sacramental de la Iglesia.


1.3. Las peticiones de perdon de Juan Pablo II

Juan Pablo LI no solo renueva el lamento por las "dolorosas memorias" que han ido marcando la historia de las divisiones entre los cristianos, como habian hecho Pablo VI y el concilio Vaticano II (9), sino que extiende la peticion de perdon también a una multitud de hechos historicos, en los cuales la Iglesia o grupos particulares de cristianos han estado implicados por diversos motivos' (10). En la Carta apostolica Tertio millennio adveniente (11), el Papa desea que el Jubileo del Ano 2000 sea la ocasion para una purificacion de la memoria de la Iglesia de "todas las formas de contratestimonio y de escandalo", que se han sucedido en el curso del milenio pasado (TMA 33).

La Iglesia es invitada a "asumir con conciencia mas viva el pecado de sus hijos". Ella "reconoce como suyos a los hijos pecadores", y los anima a "purificarse, en el arrepentimiento, de los errores, infidelidades, incoherencias y lentitudes" (TMA 33). La responsabilidad de los cristianos en los males de nuestro tiempo es igualmente evocada (TMA 36), si bien el acento recae particularmente sobre la solidaridad de la Iglesia de hoy con las culpas pasadas, de las que algunas son explicitamente mencionadas, como la division entre los cristianos (TMA 34) o los "métodos de violencia y de intolerancia" utilizados en el pasado para evangelizar (TMA 35).

El mismo Juan Pablo II estimula a profundizar teologicamente la asuncion de las culpas del pasado y la eventual peticion de perdon a los contemporaneos (12), cuando, en la Exhortacion Reconciliatio el paenitentia, afirma que en el sacramento de la penitencia "el pecador se encuentra solo ante Dios con su culpa, su arrepentimiento y su confianza. Nadie puede arrepentirse en lugar suyo o pedir perdon en su nombre". El pecado es, por tanto, siempre personal, también cuando hiere a la Iglesia entera que, representada por el sacerdote ministro de la penitencia, es mediadora sacramental de la gracia que reconcilia con Dios (RP 31). También las situaciones de "pecado social", que se verifican en el interior de las comunidades humanas cuando se lesionan la justicia, la libertad y la paz, "son siempre el fruto, la acumulacion y la concentracion de pecados personales". En el caso de que la responsabilidad moral quedara diluida en causas anonimas, entonces no se podria hablar de pecado social mas que por analogia (RP 16). De donde se deduce que la imputabilidad de una culpa no puede extenderse propiamente mas alla del grupo de personas que han consentido en ella voluntariamente, mediante acciones o por omisiones o por negligencia.


1.4. Las cuestiones planteadas

La Iglesia es una sociedad viva que atraviesa los siglos. Su memoria no esta solo constituida por la tradicion que se remonta a los Apostoles, normativa para su fe y para su vida, sino que es también rica por la variedad de las experiencias historicas, positivas y negativas, que ella ha vivido. El pasado de la Iglesia estructura en amplia medida su presente. La tradicion doctrinal, liturgica, canonica y ascética nutre la vida misma de la comunidad creyente, ofreciéndole un muestrario incomparable de modelos a imitar. A través del peregrinaje terreno, sin embargo, el grano bueno permanece siempre mezclado con la cizana de manera inextricable, la santidad se establece al lado de la infidelidad y del pecado (13). Y asi es como el recuerdo de los escandalos del pasado puede obstaculizar el testimonio de la Iglesia de hoy y el reconocimiento de las culpas cometidas por los hijos de la Iglesia de ayer puede favorecer la renovacion y la reconciliacion en el presente.

La dificultad que se perfila es la de definir las culpas pasadas, a causa sobre todo del juicio historico que esto exige, ya que en lo acontecido se ha de distinguir siempre la responsabilidad o la culpa atribuible a los miembros de la Iglesia en cuanto creyentes, de aquella referible a la sociedad de los siglos llamados "de cristiandad" o a las estructuras de poder en las que lo temporal y lo espiritual se hallaban entonces estrechamente entrelazados. Una hermenéutica historica es, por tanto, necesaria mas que nunca, para hacer una distincion adecuada entre la accion de la iglesia en cuanto comunidad de fe y la accion de la sociedad en tiempos de osmosis entre ellas.

Los pasos llevados a cabo por Juan Pablo II para pedir perdon de las culpas del pasado han sido comprendidos en muchisimos ambientes, eclesiales y no eclesiales, como signos de vitalidad y de autenticidad de la Iglesia, tales como para reforzar su credibilidad. Es justo, por otra parte, que la Iglesia contribuya a modificar imagenes de si falsas e inaceptables, especialmente en los campos en los que, por ignorancia o por mala fe, algunos sectores de opinion se complacen en identificarla con el oscurantismo y con la intolerancia. Las peticiones de perdon formuladas por el Papa han suscitado también una emulacion positiva en el ambito eclesial y mas alla de él. Jefes de estado o de gobierno, sociedades privadas y publicas, comunidades religiosas piden actualmente perdon por episodios o periodos historicos marcados por injusticias. Esta praxis no es en absoluto retorica, tanto que algunos dudan en acogerla al calcular los costes consiguientes a un reconocimiento de solidaridad con las culpas pasados, entre otros en el plano judicial. También desde este punto de vista urge, por tanto, un discernimiento riguroso.

No faltan, sin embargo, fieles desconcertados, en cuanto que su lealtad hacia la Iglesia parece quedar alterada. Algunos de ellos se preguntan como transmitir el amor a la Iglesia a las jovenes generaciones, si esta misma Iglesia esta imputada por crimenes y por culpas. Otros observan que el reconocimiento de las culpas es al menos unilateral y se ve aprovechado por los detractores de la Iglesia, satisfechos al verla confirmar los prejuicios que ellos mantienen a su respecto. Otros ponen en guardia ante la culpabilizacion arbitraria de generaciones actuales de creyentes por deficiencias en las que ellos no han consentido en modo alguno, aun declarandose dispuestos a asumir su responsabilidad en la medida en que grupos humanos se pudieran sentir todavia hoy afectados por las consecuencias de injusticias sufridas en otros tiempos por sus predecesores. Algunos, ademas, retienen que la Iglesia podra purificar su memoria respecto a las acciones ambiguas en las que ha estado implicada en el pasado tomando simplemente parte en el trabajo critico sobre la memoria, que se esta desarrollando en nuestra sociedad. Asi ella podria afirmar condividir con sus contemporaneos el rechazo de lo que la conciencia moral actual reprueba, sin proponerse como la unica culpable y responsable de los males del pasado, buscando al mismo tiempo el dialogo en la comprension reciproca con cuantos se sintieran todavia hoy heridos por hechos pasados imputables a los hijos de la Iglesia. Finalmente, es de esperarse que algunos grupos puedan reclamar una peticion de perdon en relacion con ellos, o por analogia con otros o porque retengan haber sufrido comportamientos ofensivos. En cualquier caso, la purificacion de la memoria no podra significar jamas que la Iglesia renuncie a proclamar la verdad revelada que le ha sido confiada, tanto en el campo de la fe como en el de la moral.

Se perfilan asi diversos interrogantes: ¿se puede hacer pesar sobre la conciencia actual una "culpa" vinculada a fenomenos historicos irrepetibles, como las cruzadas o la inquisicion? ¿No es demasiado facil juzgar a los protagonistas del pasado con la conciencia actual (como hacen escribas y fariseos, segun Mt 23,29-32), como si la conciencia moral no se hallara situada en el tiempo? ¿Se puede acaso, por otra parte, negar que el juicio ético siempre tiene vigencia, por el simple hecho de que la verdad de Dios y sus exigencias morales siempre tienen valor? Cualquiera que sea la actitud a adoptar, ésta debe confrontarse con estos interrogantes y buscar respuestas que estén fundadas en la revelacion y en su transmision viva en la fe de la Iglesia. La cuestion prioritaria es, por tanto, la de esclarecer en qué medida las peticiones de perdon por las culpas del pasado, sobre todo cuando se dirigen a grupos humanos actuales, entran en el horizonte biblico y teologico de la reconciliacion con Dios y con el projimo.



2. APROXIMACION BIBLICA

Es posible desarrollar de varios modos una indagacion sobre el reconocimiento que Israel hace de sus culpas en el Antiguo Testamento y sobre el tema de la confesion de las culpas tal como ésta se presenta en las tradiciones del Nuevo Testamento (14). La naturaleza teologica de la reflexion aqui llevada a cabo induce a privilegiar una aproximacion de tipo prevalentemente tematico, partiendo de la pregunta siguiente: ¿qué trasfondo ofrece el testimonio de la Sagrada Escritura a la invitacion que Juan Pablo II hace a la Iglesia para que confiese las culpas del pasado?


2.1. El Antiguo Testamento

Confesiones de pecado y consecuentes peticiones de perdon se encuentran en toda la Biblia, tanto en las narraciones del Antiguo Testamento, como en los salmos, en los profetas, en los evangelios, asi como, mas esporadicamente, en la literatura sapiencial y en las cartas del Nuevo Testamento. Dada la abundancia y difusion de estos testimonios, se plantea la pregunta de como seleccionar y catalogar el conjunto de los textos significativos. Puede preguntarse acerca de los textos biblicos relativos ala confesion de los pecados: ¿quién esta confesando qué cosa (y qué género de culpa) a quién? Plantear asi la cuestion ayuda a distinguir dos categorias principales de "textos de confesion", cada una de las cuales comprende diversas subcategorias, a saber: a) textos de confesion de pecados individuales; b) textos de confesion de los pecados del pueblo entero (y de aquellos de sus antepasados). En relacion con la reciente praxis eclesial, de la que parte nuestra investigacion, conviene restringir el analisis a la segunda categoria.

En ella pueden identificarse diversas posibilidades, segun quién haga la confesion de los pecados del pueblo y quién esté asociado o no a la culpa comun, prescindiendo de la presencia o no de una conciencia de la responsabilidad personal (madurada solo de manera progresiva, Ez 14,12-23 Ez 18,1-32 Ez 33,10-20). Basandose en estos criterios, pueden distinguirse los siguientes casos, por otra parte mas bien flexibles:

- Una primera serie de textos representa al pueblo entero (a veces personificado como un "Yo" singular), el cual, en un momento particular de su historia, confiesa o alude a sus pecados contra Dios sin ninguna referencia (explicita) a las culpas de las generaciones precedentes (15).

- Otro grupo de textos situa la confesion de los pecados actuales del pueblo, dirigida a Dios, en los labios de uno o mas jefes (religiosos), que pueden o no incluirse explicitamente en el pueblo pecador por el cual oran (16).

- Un tercer grupo de textos presenta al pueblo o a uno de sus jefes en el acto de evocar los pecados de los antepasados, sin mencionar, no obstante, los de la generacion presente (17).

- Con mas frecuencia, las confesiones que mencionan las culpas de los antepasados las vinculan expresamente a los errores de la generacion presente (18).

De los testimonios recogidos resulta que en todos los casos donde son mencionados los "pecados de los padres" la confesion esta dirigida unicamente a Dios y los pecados confesados por el pueblo o para el pueblo son aquellos cometidos directamente contra l, mas bien que los cometidos (también) contra otros seres humanos (solo en Nb 27,7 se hace alusion a una parte humana ofendida, Moisés) (19). Surge la cuestion de por qué los escritores biblicos no han sentido la necesidad de peticiones de perdon dirigidas a interlocutores presentes a proposito de culpas cometidas por los padres, a pesar de su fuerte sentido de la solidaridad entre las generaciones, tanto en el bien como en el mal (se piense en la idea de la "personalidad corporativa"). Varias hipotesis podrian avanzarse como respuesta a esta cuestion. Hay, sobre todo, el difuso teocentrismo de la Biblia, que da la precedencia al reconocimiento tanto individual como nacional de las culpas cometidas contra Dios. Ademas, actos de violencia perpetrados por Israel contra otros pueblos, que parecerian exigir una peticion de perdon a aquellos pueblos o a sus descendientes, son comprendidos como la ejecucion de directrices divinas respecto a ellos, como, por ejemplo, Jos 2-11 y Dt 7,2 (el exterminio de los cananeos) o 1 Sani 15 y Dt 25,19 (la destruccion de los amalecitas). En tales casos, el mandato divino implicado pareceria excluir toda posible peticion de perdon que habria de hacerse (20). Las experiencias de malos tratos por parte de otros pueblos, sufridas por Israel, y la animosidad asi suscitada, podrian haber militado también contra la idea de pedir perdon a estos pueblos por el mal causado a ellos (21).

Queda, a pesar de todo, como algo relevante en el testimonio biblico el sentido de la solidaridad intergeneracional en el pecado (y en la gracia), que se expresa en la confesion ante Dios de los "pecados de los antepasados", tanto que, citando la espléndida oracion de Azarias, Juan Pablo II ha podido afirmar "Bendito eres tu, Senor, Dios de nuestros padres [...] nosotros hemos pecado, hemos actuado como inicuos, alejandonos de ti, hemos faltado en todo modo y manera. No hemos obedecido tus mandatos' (Da 3,26 Da 3,29). Asi oraban los hebreos después del exilio (cf. también Ba 2,11-13), haciéndose cargo de las culpas cometidas por sus padres. La Iglesia imita su ejemplo y pide perdon por las culpas también historicas de sus hijos" (22).


2.2. El Nuevo Testamento

Un tema fundamental, unido a la idea de la culpa y ampliamente presente en el Nuevo Testamento, ese! de la absoluta santidad de Dios. El Dios de Jesús es el Dios de Israel (Jn 4,22), invocado como "Padre santo" (Jn 17,11), llamado "el Santo" en 1 Jn 2,20 (Ap 6,10). La triple proclamacion de Dios como "santo" en Is 6,3 retorna en Ap 4,8, mientras que 1P 1,16 insiste en el hecho de que los cristianos deben ser santos "porque esta escrito: vosotros seréis santos, porque yo soy santo" (Lv 11,44-45 Lv 19,2). Todo esto refleja la nocion veterotestamentaria de la absoluta santidad de Dios. Sin embargo, para la fe cristiana la santidad divina ha entrado en la historia en la persona de Jesús de Nazaret: la nocion veterotestamentaria no se ha visto abandonada, sino desarrollada, en el sentido de que la santidad de Dios se hace presente en la santidad del Hijo encarnado (Mc 1,24 Le Mc 1,35 Mc 4,34 Jn 6,69 Ac 4,27 Ac 4,30 Ap 3,7), y la santidad del Hijo esta participada por los "suyos" (Jn 17,16-19), hechos hijos en el Hijo (Ga 4,4-6 Rm 8,14-17). No puede darse, sin embargo, aspiracion alguna a la filiacion divina en Jesús mientras no se dé amor al projimo (cf. Mc12,29-3 1; Mt 22,37-38 Lc 10,27-28).

Este motivo, decisivo en la ensenanza de Jesús, se convierte en el "mandamiento nuevo" en el evangelio de Juan: los discipulos deben amar como l ha amado (Jn 13,34-35 Jn 15,12 Jn 15,17), es decir, perfectamente, "hasta el fin" (Jn 13,1). El cristiano, por tanto, esta llamado a amar y a perdonar segun una medida que transciende toda medida humana dejusticia y produce una reciprocidad entre los seres humanos, que refleja la existente entre Jesús y el Padre (cf. Jn 13,34s; 15,1-11; 17,21-26). En esta optica se da un gran relieve al tema de la reconciliacion y del perdon de las ofensas. A sus discipulos Jesús les pide estar siempre dispuestos a perdonar a cuantos les hayan ofendido, asi como Dios mismo ofrece siempre su perdon: "Perdona nuestras deudas asi como nosotros perdonamos a nuestros deudores" (Mt 6,12 Mt 6,12-15). Quien se halla en grado de perdonar al projimo demuestra haber comprendido la necesidad que personalmente tiene del perdon de Dios. El discipulo esta invitado a perdonar "hasta setenta veces siete" a quien le ofende, incluso aunque éste no pidiera perdon (Mt 18,21-22).

Jesús insiste sobre la actitud requerida de la persona ofendida respecto a sus ofensores: ella esta llamada a dar el primer paso, cancelando la ofensa mediante el perdon ofrecido "de corazon" (Mt 18,35 Mc 11,25), consciente de ser ella misma pecadora ante Dios, quien jamas rechaza el perdon invocado con sinceridad. En Mt 5,23-24 Jesús pide al ofensor "ir a reconciliarse con el propio hermano, que tenga algo contra él", antes de presentar su ofrenda sobre el altar: no es agradable a Dios un acto de culto llevado a cabo por quien no quiera reparar primero el dano causado al propio projimo. Lo que cuenta es cambiar el propio corazon y mostrar de manera adecuada que se quiere realmente la reconciliacion. El pecador, no obstante, en la conciencia de que sus pecados hieren al mismo tiempo su relacion con Dios y con e! projimo (Lc 15,21), puede esperarse el perdon solamente de Dios, ya que solamente Dios es siempre misericordioso y dispuesto a cancelar los pecados. ste es también el significado del sacrificio de Cristo, que de una vez para siempre nos ha purificado de nuestros pecados (He 9,22 He 10,18). Asi el ofensor y el ofendido son reconciliados por Dios en la misericordia suya, que a todos acoge y perdona.

En este cuadro, que podria ampliarse mediante el analisis de las cartas de Pablo y de las cartas catolicas, no hay indicio alguno de que la Iglesia de los origenes haya dirigido su atencion a los pecados del pasado para pedir perdon. Lo cual puede explicarse por la fuerte conciencia de la novedad cristiana, que proyecta a la comunidad mas bien hacia el futuro que hacia el pasado. No obstante, se encuentra una insistencia mas amplia y sutil, que atraviesa el Nuevo Testamento: en los evangelios y en las cartas la ambivalencia propia de la experiencia cristiana se halla ampliamente reconocida. Para Pablo, por ejemplo, la comunidad cristiana es un pueblo escatologico, que vive ya la "nueva creacion" (2Co 5,17 Ga 6,15), pero esta experiencia, hecha posible por la muerte y resurreccion de Jesús (Rm 3,2 Rm 1-26 Rm 5,6-11 Rm 8,1-11 1Co 15,54-57), no nos libra de la inclinacion al pecado, presente en el mundo a causa de la caida de Adan. Como resultado de la intervencion divina en y a través de la muerte y resurreccion de Jesús, hay ahora dos escenarios posibles: la historia de Adan y la de Cristo. Ambas discurren la una al lado de la otra y el creyente deber contar sobre la muerte y la resurreccion del Senor Jesús (cf., p. ej., Rm 6,1-li; Ga 3,27-28 Col 3,10 2Co 5,14-15) para ser parte de la historia en la que "sobreabunda la gracia" (Rm 5,12-21).

Una tal relectura teologica del acontecimiento pascual de Cristo muestra como la Iglesia de los origenes tenia una conciencia aguda de las posibles deficiencias de los bautizados. Se podria decir que el entero "corpus paulinum" llama a los creyentes a un reconocimiento pleno de su dignidad, aun contando con la conciencia viva de la fragilidad de su condicion humana: "Cristo nos ha liberado para que permanezcamos libres; manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud" (Ga 5,19). Un motivo analogo puede hallarse en las narraciones de los evangelios. Emerge incisivamente en Marcos, donde las carencias de los discipulos de Jesús son uno de los temas dominantes de la narracion (cf. Mc 4,40-41;6,36-37.51-52; 8,14-21.31-33; 9,5-6.32-41; 10,32-45; 14,10-11.17-21.50; 16,8). El mismo motivo retorna en todos los evangelistas, aunque se halle comprensiblemente difuminado. Judas y Pedro son respectivamente el traidor y el que reniega de su Maestro, si bien Judas llega a la desesperacion por la accion cometida (Ac 1,15-20), mientras que Pedro se arrepiente (Lc 22,61 s) y llega a la triple profesion de amor (Jn 21,15-19). En Mateo, incluso durante la aparicion final del Senor resucitado, mientras los discipulos lo adoran, "algunos todavia dudaban" (Mt 28,17). El cuarto evangelio presenta a los discipulos como aquellos a los cuales se les ha otorgado un amor inconmensurable, a pesar de que su respuesta esté hecha de ignorancia, deficiencias, negaciones y traicion (cf. 13,1-38).

Esta constante presentacion de los discipulos llamados a seguir a Jesús, que titubean al abandonarse al pecado, no es simplemente una relectura critica de los origenes. Los relatos se hallan planteados de tal modo que se dirigen a todo discipulo sucesivo de Cristo que se halle en dificultad y contemple el Evangelio como la propia guia e inspiracion. Por otra parte, el Evangelio esta lleno de recomendaciones a portarse bien, a vivir un nivel mas alto de compromiso, a evitar el mal (cf., p. ej., Sant 1,5-8.19-21; 2,1-7; 4,1-10; 1 Pc 1,13-25; 2P 2,1-22 Jud 3-13 1Jn 1,5-10 1Jn 2,1-11 1Jn 2,18-27 1Jn 4,1-6 2Jn 7-11 3Jn 9-10). No hay, sin embargo, ninguna llamada explicita, dirigida a los primeros cristianos, a confesar las culpas del pasado, si bien es. ciertamente muy significativo el reconocimiento de la realidad del pecado y del mal en el interior del pueblo llamado a la existencia escatologica, propia de la condicion cristiana (se piense solo en los reproches contenidos en las cartas a las siete Iglesias del Apocalipsis). Segun la peticion que se encuentra en la oracion del Senor, este pueblo invoca: "Perdonanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo deudor nuestro" (Lc 11,4 Mt 6,12). Los primeros cristianos, en fin de cuentas, manifiestan ser bien conscientes de poder comportarse en manera no correspondiente a la vocacion recibida, no viviendo el bautismo de la muerte y resurreccion de Jesús, con el cual habian sido bautizados.


2.3. El Jubileo biblico

Un significativo trasfondo biblico de la reconciliacion vinculada a la superacion de situaciones pasadas lo representa la celebracion del Jubileo, tal como esta regulada en el libro del Levitico (cap. 25). En una estructura social hecha de tribus, clanes y familias se creaban inevitablemente situaciones de desorden cuando individuos o familias de condiciones precarias debian "rescatarse" a si mismos de las propias dificultades, entregando la propiedad de su tierra o casa, siervos o hijos a aquellos que se encontraban en condiciones mejores que las suyas. Un sistema como éste producia el efecto de que algunos israelitas llegaban a sufrir situaciones intolerables de deuda, pobreza y esclavitud, para beneficio de otros hijos de Israel, en aquella misma tierra que les habia sido dada por Dios. Todo esto podia traer consigo que en periodos mas o menos largos de tiempo un territorio o un clan cayeran en las manos de pocos ricos, mientras que el resto de las familias del clan llegaba a encontrarse en una forma tal de endeudamiento o de esclavitud que les obligaba a vivir en total dependencia de los mas acomodados.

La legislacion de Lev 25 constituye un intento de subvertir todo esto (¡hasta el punto de poder dudar que jamas se haya puesto en practica de una manera plena!); la legislacion convocaba la celebracion del Jubileo cada cincuenta anos con el fin de preservara el tejido social del pueblo de Dios y restituir la independencia también a la familia mas pequena del pais. Para Lev 25 es decisiva la repeticion regular de la confesion de fe de Israel en el Dios que ha liberado a su pueblo a través del éxodo: "Yo soy el Senor, vuestro Dios, que os saqué de la tierra de Egipto, para daros la tierra de Canaan y ser vuestro Dios" (Lv 25,38 cf. vv. Lv 42 Lv 45). La celebracion del Jubileo era una admision implicita de culpa y un intento de restablecer un orden justo. Todo sistema que llevara a la alienacion de cualquier israelita, esclavo en otro tiempo, pero ahora liberado por el brazo poderoso de Dios, venia de hecho a desmentir la accion salvifica divina en el éxodo y a través del éxodo.

La liberacion de las victimas y de los que sufren se convierte en parte del mas amplio programa de los profetas. El Déutero-Isaias, en los poemas del Siervo sufriente (Is 42,1-9 Is 49,1-6 50,13-53,12), desarrolla estas alusiones a la practica del Jubileo juntamente con los temas del rescate y de la libertad, del retorno y de la redencion. Isaias 58 es un ataque contra la observancia ritual que no tiene en cuenta la justicia social, una llamada a la liberacion de los oprimidos (Is 58,6), centrada especificamente en las obligaciones de parentesco (v. 7). mas claramente, Isaias 61 usa las imagenes del Jubileo para representar al Ungido como el heraldo de Dios enviado a "evangelizar" a los pobres, a proclamar la libertad a los prisioneros ya anunciar el ano de gracia del Senor. Significativamente es este mismo texto, con una alusion a Isaias 58,6, el que Jesús usa para presentar la finalidad de su vida y de su ministerio en Lucas 4,17-21.


2.4. Conclusion

De todo lo dicho se puede concluir que la llamada dirigida por Juan Pablo II a la Iglesia para que caracterice el ano jubilar con una admision de culpa por todos los sufrimientos y las ofensas de que se han hecho responsables en el pasado sus hijos (TMA 33-36), asi como la praxis unida a ello, no encuentran una verificacion univoca en el testimonio biblico. Sin embargo, se basan en todo lo que Sagrada Escritura afirma respecto a la santidad de Dios, a la solidaridad intergeneracional de su pueblo y al reconocimiento de su ser pecador. La apelacion del Papa asume ademas correctamente el espiritu del Jubileo biblico, que requiere que sean llevados a cabo actos destinados a restablecer el orden del designio originario de Dios sobre la creacion. Esto exige que la proclamacion del "hoy" del Jubileo, iniciado por Jesús (cf. Le 4,21), se continue en la celebracion jubilar de su Iglesia. Ademas, esta singular experiencia de gracia empuja al pueblo de Dios todo entero, asi como a cada uno de los bautizados, a tomar una conciencia todavia mayor del mandato recibido del Senor para estar siempre dispuestos a perdonar las ofensas recibidas.



3. FUNDAMENTOS TEOLOGICOS

"Es justo que, mientras el segundo milenio del cristianismo llega a su fin, la Iglesia asuma con una conciencia mas viva el pecado de sus hijos recordando todas las circunstancias en las que, a lo largo de la historia, se han alejado del espiritu de Cristo y de su evangelio, ofreciendo al mundo, en vez del testimonio de una vida inspirada en los valores de la fe, el espectaculo de modos de pensar y actuar que eran verdaderas formas de antitestimonio y de escandalo. La Iglesia, aun siendo santa por su incorporacion a Cristo, no se cansa de hacer penitencia: ella reconoce siempre como suyos, delante de Dios y delante de los hombres, a los hf/os pecadores" (TMA 33). Estas palabras de Juan Pablo II subrayan como la Iglesia se encuentra afectada por el pecado de sus hijos: santa, en cuanto hecha tal por el Padre mediante el sacrificio del Hijo y el don del Espiritu, es en un cierto sentido también pecadora, en cuanto asume realmente sobre ella el pecado de aquellos a quienes ha engendrado en el bautismo, analogamente a como Cristo Jesús ha asumido el pecado del mundo (Rm 8,3 2Co 5,21 Ga 3,13 1P 2,24) (23). Por otra parte, pertenece a la mas profunda autoconciencia eclesial en el tiempo el convencimiento de que la Iglesia no es solo una comunidad de elegidos, sino que comprende en su seno justos y pecadores, del presente y del pasado, en la unidad del misterio que la constituye. De hecho, tanto en la gracia como en la herida del pecado, los bautizados de hoy son convecinos y solidarios con los de ayer. Por ello se puede decir que la Iglesia, una en el tiempo y en el espacio en Cristo y en el Espiritu, es verdaderamente "santa al mismo tiempo y siempre necesitada de purificacion" (LG 8). De esta paradoja, caracteristica del misterio eclesial, nace el interrogante de como conciliar los dos aspectos: de una parte, la afirmacion de fe de la santidad de la Iglesia, de otra parte, su necesidad incesante de penitencia y de purificacion.


Congregacion para la Doctrina de la Fe - INTRODUCCION