Discursos 1979 38

III. DEFENSORES Y PROMOTORES D ELA DIGNIDAD


III. 1. Quienes están familiarizados con la historia de la Iglesia, saben que en todos los tiempos ha habido admirables figuras de obispos profundamente empeñados en la promoción y en la valiente defensa de la dignidad humana de aquellos que el Señor les había confiado. Lo han hecho siempre bajo el imperativo de su misión episcopal, porque para ellos la dignidad humana es un valor evangélico que no puede ser despreciado sin grande ofensa al Creador.

Esta dignidad es conculcada, a nivel individual, cuando no son debidamente tenidos en cuenta valores como la libertad, el derecho a profesar la religión, la integridad física y síquica, el derecho a los bienes esenciales, a la vida... Es conculcada, a nivel social y político, cuando el hombre no puede ejercer su derecho de participación o es sujeto a injustas e ilegítimas coerciones, o sometido a torturas físicas o síquicas, etc.

No ignoro cuántos problemas se plantean hoy en esta materia en América Latina. Como obispos no podéis desinteresaros de ellos. Sé que os proponéis llevar a cabo una seria reflexión sobre las relaciones e implicaciones existentes entre evangelización y promoción humana o liberación, considerando, en campo tan amplio e importante, lo específico de la presencia de la Iglesia.

Aquí es donde encontramos, llevados a la práctica concretamente, los temas que hemos abordado al hablar de la verdad sobre Cristo, sobre la Iglesia y sobre el hombre.

39 III. 2. Si la Iglesia se hace presente en la defensa o en la promoción de la dignidad del hombre, lo hace en la línea de su misión, que aun siendo de carácter religioso y no social o político, no puede menos de considerar al hombre en la integridad de su ser. El Señor delineó en la parábola del buen samaritano el modelo de atención a todas las necesidades humanas (cf. Lc Lc 10, 29ss.), y declaró que en último término se identificará con los desheredados –enfermos, encarcelados, hambrientos, solitarios– a quienes se haya tendido la mano (cf. Mt Mt 25, 31ss.). La Iglesia ha aprendido en esta y otras páginas del Evangelio (cf. Mc Mc 6,35-44) que su misión evangelizadora tiene como parte indispensable la acción por la justicia y las tareas de promoción del hombre (cf. Documento final del Sínodo de los Obispos, octubre de 1971; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 12 de diciembre de 1971, págs. 6-9), y que entre evangelización y promoción humana hay lazos muy fuertes de orden antropológico, teológico y de caridad (cf. Evangelii nuntiandi EN 31);de manera que “la evangelización no sería completa si no tuviera en cuenta la interpelación recíproca que en el curso de los tiempos se establece entre el Evangelio y la vida concreta personal y social del hombre” (ib., 29).

Tengamos presente, por otra parte, que la acción de la Iglesia en terrenos como los de la promoción humana, del desarrollo, de la justicia, de los derechos de la persona, quiere estar siempre al servicio del hombre; y al hombre tal como ella lo ve en la visión cristiana de la antropología que adopta. Ella no necesita pues recurrir a sistemas e ideologías para amar, defender y colaborar en la liberación del hombre: en el centro del mensaje del cual es depositaria y pregonera, ella encuentra inspiración para actuar en favor de la fraternidad, de la justicia, de la paz, contra todas las dominaciones, esclavitudes, discriminaciones, violencias, atentados a la libertad religiosa, agresiones contra el hombre y cuanto atenta a la vida (cf Gaudium et spes GS 26,27 y 29)

III. 3. No es pues por oportunismo ni por afán de novedad que la Iglesia, “experta en humanidad” (Pablo VI, Discurso a la ONU, 4 de octubre de 1965), es defensora de los derechos humanos. Es por un auténtico compromiso evangélico, el cual, como sucedió con Cristo, es compromiso con los más necesitados.

Fiel a este compromiso, la Iglesia quiere mantenerse libre frente a los opuestos sistemas, para optar sólo por el hombre. Cualesquiera sean las miserias o sufrimientos que aflijan al hombre; no a través de la violencia, de los juegos de poder, de los sistemas políticos, sino por medio de la verdad sobre el hombre camino hacia un futuro mejor.

III. 4. Nace de ahí la constante preocupación de la Iglesia por la delicada cuestión de la propiedad. Una prueba de ello son los escritos de los Padres de la Iglesia a través del primer milenio del cristianismo (San Ambrosio, De Nabuthae, cap. 12, Nb 53 PL Nb 14,235). Lo demuestra claramente la doctrina vigorosa de Santo Tomás de Aquino, repetida tantas veces. En nuestros tiempos, la Iglesia ha hecho apelación a los mismos principios en documentos de tan largo alcance como son las Encíclicas sociales de los últimos Papas. Con una fuerza y profundidad particular, habló de este tema el Papa Pablo VI en su Encíclica Populorum progressio (23-24; cf. también Mater et Magistra MM 106).

Esta voz de la Iglesia, eco de la voz de la conciencia humana que no cesó de resonar a través de los siglos en medio de los más variados sistemas y condiciones socio-culturales, merece y necesita ser escuchada también en nuestra época, cuando la riqueza creciente de unos pocos sigue paralela a la creciente miseria de las masas.

Es entonces cuando adquiere carácter urgente la enseñanza de la Iglesia, según la cual sobre toda propiedad privada grava una hipoteca social. Con respecto a esta enseñanza, la Iglesia tiene una misión que cumplir: debe predicar, educar a las personas y a las colectividades, formar la opinión pública, orientar a los responsables de los pueblos. De este modo estará trabajando en favor de la sociedad, dentro de la cual este principio cristiano y evangélico terminará dando frutos de una distribución más justa y equitativa de los bienes, no sólo al interior de cada nación, sino también en el mundo internacional en general, evitando que los países más fuertes usen su poder en detrimento de los más débiles.

Aquellos sobre los cuales recae la responsabilidad de la vida pública de los Estados y naciones deberán comprender que la paz interna y la paz internacional sólo estará asegurada, si tiene vigencia un sistema social y económico basado sobre la justicia.

Cristo no permaneció indiferente frente a este vasto y exigente imperativo de la moral social. Tampoco podría hacerlo la Iglesia. En el espíritu de la Iglesia, que es el espíritu de Cristo, y apoyados en su doctrina amplia y sólida, volvamos al trabajo en este campo.

Hay que subrayar aquí nuevamente que la solicitud de la Iglesia mira al hombre en su integridad.

Por esta razón, es condición indispensable para que un sistema económico sea justo, que propicie el desarrollo y la difusión de la instrucción pública y de la cultura. Cuanto más justa sea la economía, tanto más profunda será la conciencia de la cultura. Esto está muy en línea con lo que afirmaba el Concilio: que para alcanzar una vida digna del hombre, no es posible limitarse a tener más, hay que aspirar a ser más (Gaudium et spes GS 35).

40 Bebed pues, hermanos, en estas fuentes auténticas. Hablad con el lenguaje del Concilio, de Juan XXIII, de Pablo VI: es el lenguaje de la experiencia, del dolor, de la esperanza de la humanidad contemporánea.

Cuando Pablo VI declaraba que “el desarrollo es el nuevo nombre de la paz” (Populorum progressio, 76), tenía presentes todos los lazos de interdependencia que existen no sólo dentro de las naciones, sino también fuera de ellas, a nivel mundial. El tomaba en consideración los mecanismos que, por encontrarse impregnados no de auténtico humanismo sino de materialismo, producen a nivel internacional ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres.

No hay regla económica capaz de cambiar por sí misma estos mecanismos. Hay que apelar en la vida internacional a los principios de la ética, a las exigencias de la justicia, al mandamiento primero que es el del amor. Hay que dar la primacía a lo moral, a lo espiritual, a lo que nace de la verdad plena sobre el hombre.

He querido manifestaros estas reflexiones, que creo muy importantes, aunque no deben distraeros del tema central de la Conferencia: al hombre, a la justicia, llegaremos mediante la evangelización.

III. 5. Ante los dicho hasta aquí, la Iglesia ve con profundo dolor “el aumento masivo, a veces, de violaciones de derechos humanos en muchas partes del mundo... ¿Quién puede negar que hoy día hay personas individuales y poderes civiles que violan impunemente derechos fundamentales de la persona humana, tales como el derecho a nacer, el derecho a la vida, el derecho a la procreación responsable, al trabajo, a la paz, a la libertad y a la justicia social; el derecho a participar en las decisiones que conciernen al pueblo y a las naciones? ¿Y qué decir cuando nos encontramos ante formas variadas de violencia colectiva, como la discriminación racial de individuos y grupos, la tortura física y sicológica de prisioneros y disidentes políticos? Crece el elenco cuando miramos los ejemplos de secuestros de personas, los raptos motivados por afán de lucro material que embisten con tanto dramatismo contra la vida familiar y trama social” (Mensaje del Papa Juan Pablo II a la ONU; L'Osservatore Romano, Edición en lengua Española, 24 de diciembre de 1978, pág. 13).Clamamos nuevamente: ¡Respetad al hombre! ¡El es imagen de Dios! ¡Evangelizad para que esto sea una realidad! Para que el Señor transforme los corazones y humanice los sistemas políticos y económicos, partiendo del empeño responsable del hombre.

III. 6. Hay que alentar los compromisos pastorales en este campo con una recta concepción cristiana de la liberación. La Iglesia siente el deber de anunciar la liberación de millones de seres humanos, el deber de ayudar a que se consolide esta liberación (cf. Evangelii nuntiandi
EN 30); pero siente también el deber correspondiente de proclamar la liberación en su sentido integral, profundo, como lo anunció y realizó Jesús (cf. ib., 31). “Liberación de todo lo que oprime al hombre, pero que es, ante todo, salvación del pecado y del maligno, dentro de la alegría de conocer a Dios y de ser conocido por El” (ib., 9). Liberación hecha de reconciliación y perdón. Liberación que arranca de la realidad de ser hijos de Dios, a quien somos capaces de llamar Abba, ¡Padre! (cf. Rm Rm 8,15), y por la cual reconocemos en todo hombre a nuestro hermano, capaz de ser transformado en su corazón por la misericordia de Dios. Liberación que nos empuja, con la energía de la caridad, a la comunión, cuya cumbre y plenitud encontramos en el Señor. Liberación como superación de las diversas servidumbres e ídolos que el hombre se forja y como crecimiento del hombre nuevo.

Liberación que dentro de la misión propia de la Iglesia no se reduzca a la simple y estrecha dimensión económica, política, social o cultural, que no se sacrifique a las exigencias de una estrategia cualquiera, de una praxis o de un éxito a corto plazo (cf. Evangelii nuntiandi EN 33)

Para salvaguardar la originalidad de la liberación cristiana a las energías que es capaz de desplegar, es necesario a toda costa, como lo pedía el Papa Pablo VI, evitar reduccionismos y ambigüedades: “La Iglesia perdería su significación más profunda. Su mensaje de liberación no tendría ninguna originalidad y se prestaría a ser acaparado y manipulado por los sistemas ideológicos y los partidos políticos” (ib., 32). Hay muchos signos que ayudan a discernir cuándo se trata de una liberación cristiana y cuándo, en cambio, se nutre más bien de ideologías que le sustraen la coherencia con una visión evangélica del hombre, de las cosas, de los acontecimientos (cf. ib., 35). Son signos que derivan ya de los contenidos que anuncian o de las actitudes concretas que asumen los evangelizadores. Es preciso observar, a nivel de contenidos, cuál es la fidelidad a la Palabra de Dios, a la Tradición viva de la Iglesia, a su Magisterio. En cuanto a las actitudes, hay que ponderar cuál es su sentido de comunión con los obispos, en primer lugar, y con los demás sectores del Pueblo de Dios; cuál es el aporte que se da a la construcción efectiva de la comunidad y cuál la forma de volcar con amor su solicitud hacia los pobres, los enfermos, los desposeídos, los desamparados, los agobiados y cómo descubriendo en ellos la imagen de Jesús “pobre y paciente se esfuerza en remediar sus necesidades y servir en ellos a Cristo” (Lumen gentium LG 8). No nos engañemos: los fieles humildes y sencillos, como por instinto evangélico, captan espontáneamente cuándo se sirve en la Iglesia al Evangelio y cuándo se lo vacía y asfixia con otros intereses.

Como veis, conserva toda su validez el conjunto de observaciones que sobre el tema de la liberación ha hecho la Evangelii nuntiandi.

III. 7. Cuanto hemos recordado antes constituye un rico y complejo patrimonio, que la Evangelii nuntiandi denomina doctrina social o enseñanza social de la Iglesia (cf. ib., 38). Esta nace a la luz de la Palabra de Dios y del Magisterio auténtico, de la presencia de los cristianos en el seno de las situaciones cambiantes del mundo, a contacto con los desafíos que de ésas provienen. Tal doctrina social comporta por lo tanto principios de reflexión, pero también normas de juicio y directrices de acción (cf. Octogesima adveniens, 4.

Confiar responsablemente en esta doctrina social, aunque algunos traten de sembrar dudas y desconfianzas sobre ella, estudiarla con seriedad, procurar aplicarla, enseñarla, ser fiel a ella es, en un hijo de la Iglesia, garantía de la autenticidad de su compromiso en las delicadas y exigentes tareas sociales, y de sus esfuerzos en favor de la liberación o de la promoción de sus hermanos.

41 Permitid, pues, que recomiende a vuestra especial atención pastoral la urgencia de sensibilizar a vuestros fieles acerca de esta doctrina social de la Iglesia.

Hay que poner particular cuidado en la formación de una conciencia social a todos los niveles y en todos los sectores. Cuando arrecian las injusticias y crece dolorosamente la distancia entre pobres y ricos, la doctrina social, en forma creativa y abierta a los amplios campos de la presencia de la Iglesia, debe ser precioso instrumento de formación y de acción. Esto vale particularmente en relación con los laicos: “Competen a los laicos propiamente, aunque no exclusivamente, las tareas y el dinamismo seculares”(Gaudium et spes
GS 43). Es necesario evitar suplantaciones y estudiar seriamente cuándo ciertas formas de suplencia mantienen su razón de ser. ¿No son los laicos los llamados, en virtud de su vocación en la Iglesia, a dar su aporte en las dimensiones políticas, económicas, y a estar eficazmente presentes en la tutela y promoción de los derechos humanos?

IV. ALGUNAS TAREAS PRIORITARIAS


Muchos temas pastorales, de gran significación, vais a considerar. El tiempo me impide aludir a ellos. A algunos me he referido o me referiré en los encuentros con los sacerdotes, los religiosos, los seminaristas, los laicos.

IV. 1. Los temas que aquí os señalo tienen, por diferentes motivos, una gran importancia. No dejaréis de considerarlos, entre tantos otros que vuestra clarividencia pastoral os indicará.

a) La familia: Haced todos los esfuerzos para que haya una pastoral familiar. Atended a campo tan prioritario con la certeza de que la evangelización en el futuro depende en gran parte de la “Iglesia doméstica”. Es la escuela del amor, del conocimiento de Dios, del respeto a la vida, a la dignidad del hombre. Es esta pastoral tanto más importante cuanto la familia es objeto de tantas amenazas. Pensad en las campañas favorables al divorcio, al uso de prácticas anticoncepcionales, al aborto, que destruyen la sociedad.

b) Las vocaciones sacerdotales y religiosas. En la mayoría de vuestros países, no obstante un esperanzador despertar de vocaciones, es un problema grave y crónico la falta de las mismas. La desproporción es inmensa entre el número creciente de habitantes y el de agentes de la evangelización. Importa esto sobremanera a la comunidad cristiana. Toda comunidad ha de procurar sus vocaciones, como señal incluso de su vitalidad y madurez. Hay que reactivar una intensa acción pastoral que, partiendo de la vocación cristiana en general, de una pastoral juvenil entusiasta, dé a la Iglesia los servidores que necesita. Las vocaciones laicales, tan indispensables, no pueden ser una compensación. Más aún, una de las pruebas del compromiso del laico es la fecundidad en las vocaciones a la vida consagrada.

c) La juventud: ¡Cuánta esperanza pone en ella la Iglesia! ¡Cuántas energías circulan en la juventud, en América Latina, que necesita la Iglesia! Cómo hemos de estar cerca de ella los Pastores, para que Cristo y la Iglesia, para que el amor del hermano calen profundamente en su corazón.

Conclusión

IV. 2. Al término de este mensaje no puedo dejar de invocar una vez más la protección de la Madre de Dios sobre vuestras personas y vuestro trabajo en estos días. El hecho de que este nuestro encuentro tenga lugar a la presencia espiritual de Nuestra Señora de Guadalupe, venerada en México y en todos los otros países como Madre de la Iglesia en América Latina, es para mí un motivo de alegría y una fuente de esperanza. “Estrella de la evangelización”, sea ella vuestra guía en las reflexiones que haréis y en las decisiones que tomaréis. Que ella alcance de su divino Hijo para vosotros: audacia de profetas y prudencia evangélica de Pastores; clarividencia de maestros y seguridad de guías y orientadores; fuerza de ánimo como testigos, y serenidad, paciencia y mansedumbre de padres.

IV. 3. El Señor bendiga vuestros trabajos. Estáis acompañados por representantes selectos: presbíteros, diáconos, religiosos, religiosas, laicos, expertos, observadores, cuya colaboración os será muy útil. Toda la Iglesia tiene puestos los ojos en vosotros, con confianza y esperanza. Queréis responder a tales expectativas con plena fidelidad a Cristo, a la Iglesia, al hombre. El futuro está en las manos de Dios, pero, en cierta manera, ese futuro de un nuevo impulso evangelizador, Dios lo pone también en las vuestras. “Id, pues, enseñad a todas las gentes”.







VIAJE A LA REPÚBLICA DOMINICANA,

MÉXICO Y BAHAMAS


A LOS NIÑOS ENFERMOS DEL HOSPITAL INFANTIL


DE CIUDAD DE MÉXICO


Lunes 29 de enero de 1979

Queridos hijos:

42 Al venir a pasar estos momentos entre vosotros, quiero saludar a los dirigentes del Centro, a todos los niños y niñas enfermos de este hospital infantil y a todos los niños que sufren en sus hogares, en cualquier parte de México.

La enfermedad no os permite jugar con vuestros amigos; por eso ha querido venir a veros otro amigo, el Papa, que tantas veces piensa en vosotros y reza por vosotros.

Saludo también a vuestros padres, hermanos, hermanas, familiares y cuantos se preocupan de vuestra salud y os atienden con tanto esmero y afecto.

Os invito ahora a rezar un Avemaría a la Virgen de Guadalupe por vosotros, que tan pronto encontráis el dolor y la enfermedad en vuestra vida.

Queridos niños: El Papa os seguirá recordando y se lleva vuestro sonriente saludo de brazos abiertos, dejándoos su abrazo y su bendición.







VIAJE A LA REPÚBLICA DOMINICANA,

MÉXICO Y BAHAMAS


AL ARZOBISPO DE OAXACA


DURANTE LA CEREMONIA DE BIENVENIDA


Oaxaca, México

Lunes 29 de enero de 1979

Señor arzobispo,
hermanos e hijos queridísimos:

Muchas gracias a todos por este recibimiento tan cordial que me habéis dispensado, llegando a estas tierras de Oaxaca. Muchas gracias también al señor arzobispo por sus palabras de bienvenida.

No salgo de mi admiración, emocionada y agradecida, al ver con cuánta afabilidad, con cuánto entusiasmo me acogéis entre vosotros: signo sin duda alguna de que os habéis sentido desde siempre muy cercanos en el afecto al Vicario de Cristo, Pastor de la Iglesia universa! y por tanto también vuestro.

43 En este primer encuentro con vosotros, deseo solamente manifestaros mi profundo respeto y aprecio por esta sierra de Oaxaca, rica de historia, tradiciones y religiosidad; cuna además de diversos pueblos nativos de esta zona, que han dejado huella imborrable en la historia mexicana. Pueblos y hombres que os han dejado en herencia algo que vosotros cultiváis como genuino patrimonio: una profunda estima por los valores morales y espirituales.

Saludo también muy cordialmente a cuantos no han podido venir por estar impedidos, en particular a los enfermos y ancianos. A todos, a ellos y a vosotros, mi mejor bendición.





VIAJE A LA REPÚBLICA DOMINICANA,

MÉXICO Y BAHAMAS


A LOS INDÍGENAS Y CAMPESINOS DE MÉXICO


Cuilapán, México

Lunes 29 de enero de 1979

Amadísimos hermanos indígenas y campesinos:

Os saludo con alegría y agradezco vuestra presencia entusiasta y las palabras de bienvenida que me habéis dirigido. No encuentro mejor saludo, para expresaros los sentimientos que ahora embargan mi corazón, que la frase de San Pedro, el primer Papa de la Iglesia: “Paz a vosotros los que estáis en Cristo”. Paz a vosotros, que formáis un grupo tan numeroso.

También a vosotros, habitantes de Oaxaca, de Chiapas, de Culiacán y los venidos de tantas otras partes, herederos de la sangre y de la cultura de vuestros nobles antepasados –sobre todo los mixtecas y los zapotecas–, fuisteis “llamados a ser santos, con todos aquellos que invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (1Co 1,2).

El Hijo de Dios “habitó entre nosotros” para hacer hijos de Dios a aquellos que creen en su nombre (cf. Jn Jn 1, 11ss.); y confió a la Iglesia la continuación de esta misión salvadora allí donde haya hombres. Nada tiene pues de extrañar que un día, en el ya lejano siglo XVI, llegaran aquí por fidelidad a la Iglesia, misioneros intrépidos, deseosos de asimilar vuestro estilo de vida y costumbres para revelar mejor y dar expresión viva a la imagen de Cristo. Vaya nuestro recuerdo agradecido al primer obispo de Oaxaca, Juan José López de Zárate y tantos misioneros –franciscanos, dominicos, agustinos y jesuitas–, hombres admirables por su fe y por su generosidad humana.

Ellos sabían muy bien cuán importante es la cultura como vehículo para transmitir la fe, para que los hombres progresen en el conocimiento de Dios. En esto no puede haber distinción de razas ni de culturas, “no hay griego ni judío..., ni esclavo ni libre, sino que Cristo es todo en todos” (cf. Col Col 3,9-11). Esto constituye un desafío y un estímulo para la Iglesia, ya que, siendo fiel al mensaje genuino y total del Señor, ha de abrirse e interpretar toda realidad humana para impregnarla de la fuerza del Evangelio (cf. Evangelii nuntiandi EN 20,40).

Amadísimos hermanos: mi presencia entre vosotros quiere ser un signo vivo y fehaciente de esta preocupación universal de la Iglesia. El Papa y la Iglesia están con vosotros y os aman: aman vuestras personas, vuestra cultura, vuestras tradiciones; admiran vuestro maravilloso pasado, os alientan en el presente y esperan tanto para en adelante.

Pero no sólo de eso os quiero hablar. A través de vosotros, campesinos e indígenas, aparece ante mis ojos esa muchedumbre inmensa del mundo agrícola, parte todavía prevalente en el continente latinoamericano y un sector muy grande, aun hoy día, en nuestro planeta.

44 Ante ese espectáculo imponente que se refleja en mis pupilas, no puedo menos de pensar en el idéntico cuadro que hace diez años contemplaba mi predecesor Pablo VI, en su memorable visita a Colombia y más concretamente en su encuentro con los campesinos.

Con él quiero repetir –si fuera posible, con acento aún más fuerte en mi voz– que el Papa actual quiere ser “solidario con vuestra causa, que es la causa del pueblo humilde, la de la gente pobre” (Homilía durante la santa misa para los campesinos colombianos, 23 de agosto de 1968). El Papa está con esas masas de población “casi siempre abandonadas en un innoble nivel de vida y a veces tratadas y explotadas duramente” (ib.).

Haciendo mía la línea de mis predecesores Juan XXIII y Pablo VI, así como la del Concilio, (cf. Mater et Magistra, Populorum progressio , Gaudium et spes
GS 9, 71, etc.), y en vista de una situación que continúa siendo alarmante, no muchas veces mejor y a veces aún peor, el Papa quiere ser vuestra voz, la voz de quien no puede hablar o de quien es silenciado, para ser conciencia de las conciencias, invitación a la acción, para recuperar el tiempo perdido, que es frecuentemente tiempo de sufrimientos prolongados y de esperanzas no satisfechas.

El mundo deprimido del campo, el trabajador que con su sudor riega también su desconsuelo, no puede esperar más a que se reconozca plena y eficazmente su dignidad no inferior a la de cualquier otro sector social. Tiene derecho a que se le respete, a que no se le prive –con maniobras que a veces equivalen a verdaderos despojos– de lo poco que tiene; a que no se impida su aspiración a ser parte en su propia elevación. Tiene derecho a que se le quiten las barreras de explotación, hechas frecuentemente de egoísmos intolerables y contra los que se estrellan sus mejores esfuerzos de promoción. Tiene derecho a la ayuda eficaz –que no es limosna ni migajas de justicia– para que tenga acceso al desarrollo que su dignidad de hombre y de hijo de Dios merece.

Para ellos, hay que actuar pronto y en profundidad. Hay que poner en práctica transformaciones audaces, profundamente innovadoras. Hay que emprender sin esperar más, reformas urgentes (cf. Populorum progressio, 32).

No puede olvidarse que las medidas a tomar han de ser adecuadas. La Iglesia defiende, sí, el legítimo derecho a la propiedad privada, pero enseña con no menor claridad que sobre toda propiedad privada grava siempre una hipoteca social, para que los bienes sirvan a la destinación general que Dios les ha dado. Y si el bien común lo exige, no hay que dudar ante la misma expropiación, hecha en la debida forma (cf. ib., 24).

El mundo agrícola tiene una gran importancia y una gran dignidad. El es el que ofrece a la sociedad los productos necesarios para su nutrición. Es una tarea que merece el aprecio y estima agradecida de todos, lo cual es un reconocimiento a la dignidad de quien de ello se ocupa.

Una dignidad que puede y debe acrecentarse con la contemplación de Dios que favorece el contacto con la naturaleza, reflejo de la acción divina, que cuida de la hierba del campo, la hace crecer, la nutre y fecunda la tierra, enviándole la lluvia y el viento, para que alimente también a los animales que ayudan al hombre, como leemos al principio del Génesis.

El trabajo del campo comporta dificultades no pequeñas por el esfuerzo que exige, por el desprecio con el que a veces es mirado o por las trabas que encuentra, y que sólo una acción de largo alcance puede resolver. Sin ello, continuará la fuga del campo hacia las ciudades, creando frecuentemente problemas de proletarización extensa y angustiosa, hacinamiento en viviendas indignas de seres humanos, etc.

Un mal bastante extendido es la tendencia al individualismo entre los trabajadores del campo, mientras que una acción mejor coordinada y solidaria podría servir de no poca ayuda. Pensad en esto, queridos hijos.

A pesar de todo ello, el mundo campesino posee riquezas humanas y religiosas envidiables: un arraigado amor a la familia, sentido de la amistad, ayuda al más necesitado, profundo humanismo, amor a la paz y convivencia cívica, vivencia de lo religioso, confianza y apertura a Dios, cultivo del amor a la Virgen María y tantos otros. Es un merecido tributo de reconocimiento que el Papa quiere expresaros y al que sois acreedores por parte de la sociedad. Gracias, campesinos, por vuestra valiosa aportación al bien social, la humanidad os debe mucho. Podéis sentiros orgullosos de vuestra contribución al bien común.

45 Por parte vuestra, responsables de los pueblos, clases poderosas que tenéis a veces improductivas las tierras que esconden el pan que a tantas familias falta, la conciencia humana, la conciencia de los pueblos, el grito del desvalido, y sobre todo la voz de Dios, la voz de la Iglesia os repiten conmigo: non es justo, no es humano, no es cristiano continuar con ciertas situaciones claramente injustas. Hay que poner en práctica medidas reales, eficaces, a nivel local, nacional e internacional, en la amplia línea marcada por la encíclica Mater et Magistra. Y es claro que quien más debe colaborar en ello, es quien más puede.

Amadísimos hermanos e hijos: Trabajad en vuestra elevación humana, pero no os detengáis ahí. Haceos cada vez más dignos en lo moral y religioso. No abriguéis sentimientos de odio o de violencia, sino mirad hacia el dueño y señor de todos, que a cada uno da la recompensa que sus actos merecen. La Iglesia está con vosotros y os anima a vivir vuestra condición de hijos de Dios, unidos a Cristo, bajo la mirada de María nuestra Madre Santísima.

El Papa os pide vuestra oración y os ofrece la suya. Y al bendeciros a vosotros y a vuestras familias, se despide de vosotros con las palabras del Apóstol San Pablo: “Llevad un saludo a todos los hermanos con el ósculo santo”. Sea esto una llamada a la esperanza. Así sea.





VIAJE A LA REPÚBLICA DOMINICANA,

MÉXICO Y BAHAMAS


A LAS ORGANIZACIONES CATÓLICAS NACIONALES DE MÉXICO


Ciudad de México

Lunes 29 de enero de 1979



Amadísimos hijos de las Organizaciones Católicas nacionales de México:

Bendito sea el Señor que me permite también —en mi permanencia en esta querida tierra de Nuestra Señora de Guadalupe— tener el gozo de un encuentro con vosotros.

Agradezco vuestras vivas demostraciones de afecto filial y puedo confesaros cuánto me gustaría detenerme con cada cual de vosotros para conoceros personalmente, para saber más de vuestro servicio eclesial, para abundar sobre tantos aspectos fundamentales de vuestra proyección apostólica. Deseo, de todos modos, que estas palabras sean testimonio elocuente de compañía, aprecio, estímulo y orientación de vuestros mejores esfuerzos como laicos —y como laicado católico organizado— por parte de quien ha sido llamado al servicio, como Sucesor de Pedro, de todos los servidores del Señor.

Vosotros sabéis bien cómo el Concilio Vaticano II recogió esa gran corriente histórica contemporánea de “promoción del laicado”, profundizándola en sus fundamentos teológicos, integrándola e iluminándola cabalmente en la eclesiología de la Lumen gentium, convocando e impulsando la activa participación de los laicos en la vida y misión de la Iglesia. En el Cuerpo de Cristo constituido en “pluralidad de ministerios pero unidad de misión” (Apostolicam actuositatem AA 2 cf. Lumen gentium LG 10,32 Lumen gentium LG 10, Lumen gentium LG 10, Lumen gentium ), los laicos, en cuanto fieles cristianos “incorporados a Cristo por el bautismo, constituidos en pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo”, están llamados a ejercer su apostolado, en particular, “en todas y cada una de las actividades y profesiones” que desempeñan, “así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social...” (Lumen gentium LG 31) para “impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico” (Apostolicam actuositatem AA 5).

En el cuadro global de las enseñanzas conciliares y especialmente a la luz de la “Constitución sobre la Iglesia”, se han abierto vastas exigencias y renovadas perspectivas de acción de los laicos en muy variados campos de la vida eclesial y secular. Sin mengua del apostolado individual, reconocido como su presupuesto ineludible, el Decreto Apostolicam actuositatem señalaba también el aprecio de la Iglesia por las formas asociativas del apostolado seglar, congeniales al ser comunitario de la Iglesia y a las exigencias de evangelización del mundo moderno.

Vosotros sois, pues, signos y protagonistas de esa “promoción del laicado” que tantos frutos ha dado a la vida eclesial en estos años de aplicación del Concilio. A vosotros —y a través de vosotros, a todos los laicos y asociaciones laicales de la Iglesia de América Latina— invito a renovar una doble dimensión de vuestro compromiso laical y eclesial. Por una parte, a testimoniar valientemente a Cristo, a confesar con alegría y docilidad vuestra plena fidelidad al Magisterio eclesial, a asegurar vuestra filial obediencia y colaboración a vuestros Pastores, a buscar la más adecuada inserción orgánica y dinámica de vuestro apostolado en la misión de la Iglesia y, en particular, de la pastora! de vuestras Iglesias locales. Muchos y muy probados ejemplos de ello ha dado y da el laicado mexicano. Y es con alegría y agradecimiento que quiero recordar en particular la conmemoración, en este año 1979, del cincuentenario de la Acción Católica Mexicana, columna vertebral del laicado organizado en el país.


Discursos 1979 38