Audiencias 1980 60

Miércoles 16 de abril de 1980

Cristo apela al corazón del hombre

1. Como tema de nuestras futuras reflexiones —en el ámbito de los encuentros del miércoles— quiero desarrollar la siguiente afirmación de Cristo, que forma parte del sermón de la montaña: “Habéis oído que fue dicho: No adulterarás. Pero yo os digo que todo el que miro a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón” (Mt 5,27-28). Parece que este pasaje tiene un significado-clave para la teología del cuerpo, igual que aquel en el que Cristo hiño referencia al “principio”, y que nos ha servido de base para los análisis precedentes. Entonces hemos podido darnos cuenta de lo amplio que ha sido el contexto de una frase, más aún, de una palabra pronunciada por Cristo. Se ha tratado no sólo del contexto inmediato, surgido en el curso de la conversación con los fariseos, sino del contexto global, que no podemos penetrar sin remontarnos a los primeros capítulos del libro del Génesis (omitiendo las referencias que hay allí a los otros libros del Antiguo Testamento). Los análisis precedentes han demostrado cuán amplio es el contexto que comporta la referencia de Cristo al “principio”.

La enunciación, a la que ahora nos referimos, esto es, Mt 5,27-28, nos introducirá con seguridad, no sólo en el contexto inmediato en que aparece, sino también en su contexto más amplio, en el contexto global, por medio del cual se nos revelará gradualmente el significado clave de la teología del cuerpo. Esta enunciación constituye uno de los pasajes del sermón de la montaña, en los que Jesucristo realiza una revisión fundamental del modo de comprender y cumplir la ley moral de la Antigua Alianza. Esto se refiere, sucesivamente, a los siguientes mandamientos del Decálogo: al quinto “no matarás” (cf. Mt 5,21-26), al sexto “no adulterarás” (cf. ) - es significativo que al final de este pasaje aparezca también la cuestión del “libelo de repudio” (cf. Mt 5,31-32), a la que alude ya el capítulo anterior—, y al octavo mandamiento según el texto del libro del Éxodo (cf. Ex 20,7): “no perjurarás, antes cumplirás al Señor tus juramentos” (cf. Mt 5,33-37).

Sobre todo, son significativas las palabras que preceden a estos artículos —y a los siguientes— del sermón de la montaña, palabras con las que Jesús declara: “No penséis que he venido a abrogar la ley o los profetas; no he venido a abrogarla, sino a consumarla” (Mt 5,17). En las frases que siguen, Jesús explica el sentido de esta contraposición y la necesidad del “cumplimiento” de la ley para realizar el Reino de Dios: “El que... practicare y enseñare (estos mandamientos), éste será tenido por grande en el reino de los ciclos” (Mt 5,19). “Reino de los cielos” significa reino de Dios en la dimensión escatológica. El cumplimiento de la ley condiciona, de modo fundamental, este reino en la dimensión temporal de la existencia humana. Sin embargo, se trata de un cumplimiento que corresponde plenamente al sentido de la ley, del Decálogo, de cada uno de los mandamientos. Sólo este cumplimiento construye esa justicia que Dios-Legislador ha querido. Cristo-Maestro advierte que no se dé una interpretación humana de toda la ley y de cada uno de los mandamientos contenidos en ella, tal, que no construya la justicia que quiere Dios-Legislador: “Si vuestra justicia no supera a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 5,20).

2. En este contexto aparece la enunciación de Cristo según Mt 5, 27-28, que tratamos de tomar como base para los análisis presentes, considerándola juntamente con la otra enunciación según Mt 19, 3-9 (y Mc 10), como clave de la teología del cuerpo. Esta, lo mismo que la otra, tiene carácter explícitamente normativo. Confirma el principio de la moral humana contenida en el mandamiento “no adulterarás” y, al mismo tiempo, determina una apropiada y plena comprensión de este principio, esto es, una comprensión del fundamento y a la vez de la condición para su “cumplimiento” adecuado; esto se considera precisamente a la luz de las palabras de Mt 5,17-20, ya referidas antes, sobre las que hemos llamado la atención, hace poco. Se trata aquí, por un lado, de adherirse al significado que Dios-Legislador ha encerrado en el mandamiento “no adulterarás” y, por otro, de cumplir esa justicia por parte del hombre, que debe “sobreabundar” en el hombre mismo esto es, debe alcanzar en él su plenitud específica. Estos son, por así decirlo, los dos aspectos del “cumplimiento” en el sentido evangélico.

3. Nos hallamos así en la plenitud del ethos, o sea, en lo que puede ser definido la forma interior, como el alma de la moral humana. Los pensadores contemporáneos (por ejemplo, Scheler) ven en el sermón de la montaña un gran cambio precisamente en el campo del ethos [1]. Una moral viva, en el sentido existencial, no se forma solamente con las normas que revisten la forma de los mandamientos, de los preceptos y de las prohibiciones, como en el caso de “no adulterarás”. La moral en la que se realiza el sentido mismo del ser hombre —que es, al mismo tiempo, cumplimiento de la ley mediante la “sobreabundancia” de la justicia a través de la vitalidad subjetiva— se forma en la percepción interior de los valores, de la que nace el deber como expresión de la conciencia, como respuesta del propio “yo” personal. El ethos nos hace entrar simultáneamente en la profundidad de la norma misma y descender al interior del hombre-sujeto de la moral. El valor moral está unido al proceso dinámico de la intimidad del hombre. Para alcanzarlo, no basta detenerse “en la superficie” de las acciones humanas, es necesario penetrar precisamente en el interior.

4. Además del mandamiento “no adulterarás”, el Decálogo dice también «no desearás la mujer del... prójimo”[2]. En la enunciación del sermón de la montaña, Cristo une, en cierto sentido, el uno con el otro: “El que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón”. Sin embargo, no se trata tanto de distinguir el alcance de esos dos mandamientos del Decálogo. cuanto de poner de relieve la dimensión de la acción interior, a la que se refieren las palabras: “no adulterarás”. Esta acción encuentra su expresión visible en el “acto del cuerpo”, acto en el que participan el hombre y la mujer contra la ley que lo permite exclusivamente en el matrimonio. La casuística de los libros del Antiguo Testamento, que tendía a investigar lo que, según criterios exteriores, constituía este “acto del cuerpo” y, al mismo tiempo, se orientaba a combatir el adulterio, abría a éste varias “escapatorias” legales [3]. De este modo, basándose en múltiples compromisos “por la dureza del... corazón” (Mt 19,8), el sentido del mandamiento, querido por el Legislador, sufría una deformación. Se apoyaba en la observancia meramente legal de la fórmula, que no “sobreabundaba” en la justicia interior de los corazones. Cristo da otra dimensión a la esencia del problema, cuando dice: “El que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón”. (Según traducciones antiguas: “ya la hizo adúltera en su corazón”, fórmula que parece ser más exacta) [4].

Así, pues, Cristo apela al hombre interior. Lo hace muchas voces y en diversas circunstancias. En este caso, aparece particularmente explícito y elocuente, no sólo respecto a la configuración del ethos evangélico, sino también respecto al modo de ver al hombre. Por lo tanto, no es sólo la razón ética, sino también la antropológica la que nos aconseja detenernos más largamente sobre el texto de Mt 5, 27-28, que contiene las palabras que Cristo pronunció en el sermón de la montaña.

Notas

61 [1]1. “Ich kenne kein grandioseres Zeugnis für eine solche Nenerschliessung eines ganzen Wertbereiches, die das ältere Ethos relativiert, als die Bergpredigt, die auch in ihrer Form als Zeugnis solcher Neuerschliessung und Relativierong der älteren ‘Gesetzes’-werte sich überall kundgibt: ‘Ich aber sage euch'” (Max Scheler, Der Formalismus in der Ethik und die materiale Wertethik, Halle a.d.S., Verlag M. Niemeyer, 1921, p. 316, n. 1).

[2]2. Cf.
Ex 20,17 Dt 5,21.

[3]3. Sobre esto, cf. la continuación de las meditaciones presentes.

[4]4. El texto de la Vulgata ofrece una traducción fiel del original: iam moechatus est eam in corde suo. Efectivamente, el verbo griego moicheúo es transitivo. En cambio, en las modernas lenguas europeas, “adulterar” es un verbo intransitivo; de donde la versión: “ha cometido adulterio con ella”. Y así:

En italiano: “...ha già commesso adulterio con lei nel suo cuore” (versión a cargo de la Conferencia Episcopal Italiana 1971, muy similar la versión del Pontificio Instituto Bíblico, 1961, y la versión a cargo de S. Garofalo, 1966).

En francés: “...a déjà commis, dans son coeur, l’adultere avec elle” (Biblia de Jerusalén. París, l973; traducción ecuménica, París, 1972; Crampon); sólo Fillion traduce: “A déjà commis l’adultère dans son coeur”.

En inglés: “...has already committed adultery with her in his heart” (versión de Dounai, 1582; igualmente la versión Standard revisada, de 1611 a 1966; R. Knox, Nueva Biblia en inglés, Biblia de Jerusalén, 1966).

En alemán: “...hat in seinem Herzen schon Ehebruch mit ihr begangen” (traducción unificada de la Sagrada Escritura, por encargo de los obispos de los países de lengua alemana, 1979).

En español: “...ya cometió adulterio con ella en su corazón” (Bibl. Societ., 1966).

En portugués: “...já cometeu adulterio com ela no seu coração” (M. Soares, São Paulo, 1933).

En polaco: Traducción antigua: “...juz ja scudzolozyl w sercu swoim; última traducción: “...juz sie w swoim sercu dopuscil z nia cudzolostwa” (Biblia Tysiaclecia).



Saludos

(En francés)

62 Me da alegría saludar a varias peregrinaciones importantes de Francia, que sus obispos han querido acompañar. Reconozco en primer lugar al querido cardenal Renard. Se trata de las diócesis de Lión y Saint-Etienne, de Bayona y de Aire y Dax. Que esta venida comunitaria a las tumbas de los Apóstoles Pedro y Pablo, testigos de Cristo resucitado, robustezca vuestra fe en este tiempo pascual y vuestra adhesión a la Iglesia. Sí, amad a la Iglesia como a Madre que os ha iniciado en el Evangelio; que incesantemente os vuelve a insertar, al igual que María, en los caminos de Cristo; y que ha producido los santos y santas cuya fe y caridad nos atraen, y elevan nuestra vida por encima de la banalidad y la mediocridad.

Dedico una palabra amistosa de aliento a los numerosos jóvenes de Périgueux y de Sarlat, y a los demás jóvenes; bien seguros por todas las posibilidades que Dios ha depositado en vosotros, aspirad a ponerlas al servicio de una causa grande, la de la fe, la del servicio a los hermanos.

Finalmente saludo con emoción a los peregrinos del centro sanitario de Saint-Brieuc y, en especial, a los enfermos de todas las edades. Gracias por esta venida tan meritoria que preparabais desde hace tiempo. El Papa cuenta con vuestra oración y con la oblación de vuestra cruz por la salvación de los hermanos. Y os desea que alcancéis con la entrega fraterna de las personas que os cuidan y de las que os acompañan, el valor de vivir, la serenidad, la paz y la esperanza que son dones de Dios.

A todos mi afectuosa bendición apostólica.

(En inglés)

Me complace tener hoy aquí a un grupo de estudiantes del Colegio Norteamericano que serán ordenados diáconos mañana. Vais a ser admitidos en el ministerio de servicio a los necesitados, y la necesidad mayor es la de oír la Palabra de Dios, como dice el Profeta Amós: "No hambre de pan ni sed de agua, sino de oír la Palabra de Yavé" (
Am 8,11). Que Dios os ayude en el cumplimiento de vuestro ministerio. Y os bendiga a vosotros y a todos los miembros de vuestras familias.

(En alemán)

Un saludo muy cordial de bienvenida dirijo hoy a la peregrinación jubilar de Osnabrück en el 1.200 aniversario de la erección de su diócesis, peregrinación que viene presidida por el obispo y su auxiliar, mons. Wittler y mons. Siegel, respectivamente. Un jubileo tan memorable es, en efecto, una buena ocasión para la reflexión, la acción de gracias y la alabanza a Dios, que es lo que vosotros queréis manífestar abiertamente con esta peregrinación a las tumbas de los primeros Apóstoles en la Ciudad Eterna. El Patrón de vuestra iglesia episcopal, San Pedro, une de un modo especial vuestra diócesis con el centro de la cristiandad. La fe cristiana que predicaron en vuestro país los primeros heraldos del Evangelio, y que todas las generaciones posteriores os han transmitido con fidelidad hasta el día de hoy, es la misma fe que confesó Pedro y que aquí en Roma selló con la ofrenda de su vida: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16,16). Este testimonio de fe se os confía ahora a vosotros. De vuestra valentía en la fe y de vuestro celo misionero depende, queridos hermanos y hermanas, que esta misma fe cristiana permanezca viva también hoy y que ella, como levadura, penetre y cambie en el espíritu de Cristo vuestra vida, la sociedad y el mundo de nuestro tiempo. De vuestra fidelidad en la fe depende que esta misma fe continúe incólume en vuestros descendientes y en las generaciones sucesivas. ¡Que esta peregrinación a Roma, unida a la celebración del aniversario de vuestra diócesis, os haga más fuertes en la fe y os impulse a dar un testimonio de vida cristiana cada vez más decidido! Con este deseo pido para vosotros, mediante la intercesión de vuestro Patrono diocesano, San José, la gracia protectora y singular de Cristo, y os imparto de corazón, a vosotros y a toda la diócesis, la bendición apostólica.

(En esloveno)

Saludo cordialmente al grupo de peregrinos de la parroquia de Komen del Carso presentes aquí con nosotros.

Queridísimos: Os deseo que este encuentro de hoy robustezca en vosotros el espíritu de fe, esperanza y caridad, para que deis testimonio cristiano entre vuestros compatriotas eslovenos.

63 Os acompañe mi bendición a vosotros Y vuestros seres queridos.

(En italiano)

Dedico un saludo particularmente afectuoso a las peregrinaciones de la archidiócesis de Reggio Calabria y de la diócesis de Boya, acompañadas del arzobispo de ambas Aurelio Sorrentino. :Queridísimos: Sé que habéis emprendido el viaje juntos, con espíritu de fe y devoción, para visitar las tumbas de los Apóstoles Pedro y Pablo y rendir homenaje a quien es el Sucesor actual de Pedro en la sede episcopal romana. Os lo agradezco y me complazco en está intenciones vuestras genuinamente cristianas. Por mi parte, os deseo que conservéis y acrecentéis una comunión con el Señor cada vez más firme y fecunda, que se refleja oportunamente en vuestra vida diaria. A El os encomiendo de corazón, a la vez que concedo la bendición apostólica propiciatoria, que os ruego transmitáis a todos vuestros seres queridos en señal de mi afecto.

,También está presente una peregrinación, de la ciudad de Subiaco, presidida por el abad Stanislao Andreotti. La constituyen varios grupos de cantores, incluso de procedencia internacional, participantes en el "Primer concurso de Corales de la conmemoración del XV centenario de San Benito", además del personal del laboratorio-escuela de "San Benito" y de los niños del parvulario de "María Inmaculada"

Queridísimos: A todos saludo y agradezco vuestra presencia, que es particularmente significativa en este año benedictino. Habéis aprendido la lección fundamental del gran Santo de Nursia que ha unido su nombre también a Subiaco, esto es, la lección de trabajar y orar, y vosotros oráis cantando al Señor. Ojalá hagáis de toda vuestra vida una armonía verdadera entre estos dos elementos.

Me complace asimismo la idea de erigir una estatua digna de San Benito en Subiaco. Y a todos bendigo de corazón.

(A los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados)

Un saludo lleno de afecto dirijo a todos los jóvenes presentes en esta audiencia, entre los que prevalecen los estudiantes. A vosotros, que lleváis en el corazón vuestras esperanzas y las del mundo entero, deseo dirigiros en este clima pascual las palabras de San Pablo: "Si fuisteis, pues, resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está sentado Cristo a la diestra de Dios" (
Col 3,1). Para vosotros, jóvenes, ¿qué significa "buscad las cosas de arriba"? Claro está que no significa, ciertamente, desinteresarse de las "cosas de la tierra", esto es, de los problemas de la vida concreta y cotidiana del hombre; por el contrario, quiere decir dar, perspectiva y sentido "cristiano" a toda la realidad humana en que estáis inmersos: el estudio, el trabajo, la vida asociada, la vida sentimental y también las diversiones, de modo que difundáis siempre el gozo pascual que os desborda del corazón.

En esta circunstancia no puedo olvidar a los amadísimos hermanos enfermos, a quienes quiero decir una palabra de aliento y certeza cristiana haciéndome así intérprete de los sentimientos de todos los participantes en este encuentro.

A vosotros que lleváis en el corazón y en el cuerpo las señales de la pasión, en este momento os recuerdo las palabras de Cristo a los discípulos que iban a Emaús desanimados y humillados por el fin trágico de su Maestro: "¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria?" (Lc 24,26). Esta afirmación ilumina poderosamente no sólo la existencia terrena de Jesús, sino también la vida de todos vosotros que estáis marcados por los estigmas de la enfermedad. Unid vuestros sufrimientos a los de Jesús; ofrecedlos como sacrificio puro a la Trinidad Santísima para bien de la Iglesia y de la humanidad. A la vez que todos nos encomendamos a vuestras oraciones, os damos un "gracias" emocionado por vuestro testimonio continuo de fe y esperanza.

Y a vosotros, recién casados, felices de vuestra donación recíproca total realizada en el sacramento del matrimonio, expreso el deseo ferviente de todo el Pueblo de Dios: mantened toda la vida la ilusión y entusiasmo de estos días, recordando siempre que sois vosotros en la tierra el signo concreto y visible del amor misterioso e inmenso que une Cristo a su Esposa, la Iglesia (cf. Ep 5,22-23). El Señor os dará su gracia, su fuerza y su gozo para que construyáis vuestra familia "cristiana" con temor de Dios, amor mutuo y apertura a los demás.

64 A todos mi bendición en señal de mi afecto y simpatía.



Miércoles 23 de abril de 1980

El pecado de adulterio

1. Recordemos las palabras del sermón de la montaña, a las que hicimos referencia en el presente ciclo de nuestras reflexiones del miércoles: “Habéis oído —dice el Señor— que fue dicho: No adulterarás. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón” (Mt 5,27-28).

El hombre, al que se refiere Jesús aquí, es precisamente el hombre “histórico”, ése cuyo “principio” y “prehistoria teológica” hemos hallado en la precedente serie de análisis. Directamente, se trata del que escucha con sus propios oídos el sermón de la montaña. Pero se trata también de todo otro hombre, situado frente a ese momento de la historia, tanto en el inmenso espacio del pasado, como en el igualmente amplio del futuro. A este “futuro”, con relación al sermón de la montaña, pertenece también nuestro presente, nuestra contemporaneidad. Este hombre es, en cierto sentido, “cada” hombre, “ cada uno” de nosotros. Lo mismo el hombre del pasado, que el hombre del futuro puede ser el que conoce el mandamiento positivo “no adulterarás” como “contenido de la ley” (cf. Rm 2,22-23), pero puede ser igualmente el que, según la Carta a los Romanos, tiene este mandamiento solamente “escrito en (su) corazón” (Rm 2,15)[1]. A la luz de las reflexiones desarrolladas precedentemente, se trata del hombre que desde su “principio” ha adquirido un sentido preciso del significado del cuerpo, ya antes de atravesar “los umbrales” de sus experiencias históricas, en el misterio mismo de la creación, dado que emerge de él “como varón y mujer” (Gn 1,27). Se trata del hombre histórico, que al “principio” de su aventura terrena se encontró “dentro” el conocimiento del bien y del mal, al romper la Alianza con su Creador. Se trata del hombre-varón que “conoció (a la mujer) su mujer” y la “conoció” varias veces, y ella “concibió y parió” (cf. Gn 4,1-2), en conformidad con el designio del Creador, que se remontaba al estado de inocencia originaria (cf. Gn 1,28 Gn 2,24).

2. En su sermón de la montaña, Cristo se dirige, especialmente con las palabras de Mt 5,27-28, precisamente a ese hombre. Se dirige al hombre de un determinado momento de la historia y, a la vez, a todos los hombres que pertenecen a la misma historia humana. Se dirige, como ya hemos comprobado, al hombre “interior”. Las palabras de Cristo tienen un explícito contenido antropológico; tocan esos significados perennes, por medio de los cuales se constituye la antropología “adecuada”. Estas palabras mediante su contenido ético, constituyen simultáneamente esta antropología, y exigen, por decirlo así, que el hombre entre en su plena imagen. El hombre que es “carne”, y que como varón está en relación, a través de su cuerpo y sexo, con la mujer (efectivamente, esto indica también la expresión “no adulterarás”), debe, a la luz de estas palabras de Cristo, encontrarse en su interior, en su “corazón”[2]. El “corazón” es esta dimensión de la humanidad, con la que está vinculado directamente el sentido del significado del cuerpo humano, y el orden de este sentido. Se trata aquí, tanto de ese significado que en los análisis precedentes hemos llamado “esponsalicio”, como del que hemos denominado “generador”. Y, ¿de qué orden se trata?

3. Esta parte de nuestras consideraciones debe dar una respuesta precisamente a esta pregunta, una respuesta que llega no sólo a las razones éticas, sino también a las antropológicas; efectivamente, están en relación recíproca. Por ahora, preliminarmente, es preciso establecer el significado del texto de Mt 5, 27-28, el significado de las expresiones usadas en él y su relación recíproca. El adulterio, al que se refiere directamente el citado mandamiento, significa la infracción de la unidad, mediante la cual el hombre y la mujer, solamente como esposos, pueden unirse tan estrechamente, que vengan a ser “una sola carne” (Gn 2,24). El hombre comete adulterio, si se une de ese modo con una mujer que no es su esposa. También comete adulterio la mujer, si se une de ese modo con un hombre que no es su marido. Es necesario deducir de esto que “el adulterio en el corazón”, cometido por el hombre cuando “mira a una mujer deseándola”, significa un acto interior bien definido. Se trata de un deseo, en este caso, que el hombre dirige hacia una mujer que no es su esposa, para unirse con ella como si lo fuese, esto es —utilizando una vez más las palabras del Gén 2, 24—, de tal manera que “los dos sean una sola carne”. Este deseo, como acto interior, se expresa por medio del sentido de la vista, es decir, con la mirada, como en el caso de David y Betsabé, para servirnos de un ejemplo tomado de la Biblia (cf. 2S 11,2)[3]. La relación del deseo con el sentido de la vista ha sido puesto particularmente de relieve en las palabras de Cristo.

4. Estas palabras no dicen claramente si la mujer —objeto del deseo— es la esposa de otro, o sencillamente la mujer del hombre que la mira de ese modo. Puede ser esposa de otro, o también no casada. Más bien, es necesario intuirlo, basándonos sobre todo en la expresión que define precisamente adulterio lo que el hombre cometió “en su corazón” con la mirada. Es preciso deducir correctamente de esto que una tal mirada de deseo dirigida a la propia esposa no es adulterio “en el corazón”, precisamente porque el correspondiente acto interior del hombre se refiere a la mujer que es su esposa, con la que no puede cometerse el adulterio. Si el acto conyugal como acto exterior, en el que “los dos se unen de modo que vienen a ser una sola carne”, es lícito en la relación del hombre en cuestión con la mujer que es su esposa, análogamente está conforme con la ética también el acto interior en la misma relación.

5. No obstante, ese deseo que indica la expresión acerca de “todo el que mira a una mujer, deseándola”, tiene una propia dimensión bíblica y teológica, que aquí no podemos menos de aclarar. Aún cuando esta dimensión no se manifiesta directamente en esta única expresión concreta de Mt 5,27-28, sin embargo está profundamente arraigada en el contexto global, que se refiere a la revelación del cuerpo. Debemos remontarnos a este contexto, a fin de que la apelación de Cristo “al corazón”, al hombre interior, resuene en toda la plenitud de su verdad. La citada enunciación del sermón de la montaña (cf. Mt 5,27-28) tiene fundamentalmente un carácter indicativo. El que Cristo se dirija directamente al hombre como a aquel que “mira a una mujer, deseándola”, no quiere decir que estas palabras, en su sentido ético, no se refieran también a la mujer. Cristo se expresa así para ilustrar con un ejemplo concreto cómo es preciso comprender “el cumplimiento de la ley”, según el significado que le ha dado Dios-Legislador, y además cómo conviene entender esa “sobreabundancia de la justicia” en el hombre, que observa el sexto mandamiento del Decálogo. Al hablar de este modo, Cristo quiere que no nos detengamos en el ejemplo en sí mismo, sino que penetramos también en el pleno sentido ético y antropológico del enunciado. Si éste tiene un carácter indicativo, significa que, siguiendo sus huellas, podemos llegar a comprender la verdad general sobre el hombre “histórico”, válida también para la teología del cuerpo. Las ulteriores etapas de nuestras reflexiones tendrán la finalidad de acercarnos a comprender esta verdad.

Notas
65
[1] De este modo el contenido de nuestras reflexiones quedaría ubicado en cierto sentido en el terreno de la “ley natural”. Las palabras de la Carta a los Romanos (
Rm 2,15) citadas, han sido consideradas siempre, en la Revelación, como fuente de confirmación para la existencia de la ley natural. Así, el concepto de la ley natural adquiere también un significado teológico.

Cf., entre otros, D. Composta, Teologia del diritto naturale, status quaestionis, Brescia 1972 (Ed. Civiltà), págs. 7-22, 41-53; J. Fuchs, s.j., Lex naturae. Zur Theologie des Naturrechts, Düsseldorf 1955, págs. 22-30, E. Hamel, s.j. Loi naturelle et loi du Christ, Brujas” París 1964 (Desclée de Brouwer), pág. 18: A. Sacchi, “La legge naturale nella Bibbia”, en: La legge naturale. Le relazioni del Convegno dei teologi moralisti dell’Italia settentrionale (11-13 septiembre 1969), Bolonia 1970 (Ed. Dehoniana), pág. 53; F. Böckle, “La ley natural y la ley cristiana”, ib, págs. 214-215; A. Feuillet, “Le fondement de la morale ancienne et chrétienne d’apres l’Epître aux Romains”, Revue Thomiste 78 (1970), págs. 357-386, Th. Herr, Naturrecht aus der kritischen Sicht des Neuen Testaments, Munich 1976 (Schöningh), págs. 155-164.

[2] “The typically Hebraic usage reflected in the New Testament implies an understand ing of man as unity of thought, will and feeling. (...) It depicts man as a whole, viewed from his intentionality, the heart as the center of man is thought of as source of will, emotion, thoughts and aflections.

This traditional Judaic conception was related by Paul to Hellenistic categories, such as “mind”, “attitude”, “thoughts” and “desires”. Such a co-ordination between the Judaic and Hellenistic categories is found la Ph 1,7 Ph 4,7 Rm 1,21 Rm 1,24, where “heart” is thought of as center from which these things flow (R. Jewett, Paul’s Anthoprological Terms. A. Study of their Use in Conflict Settings, Leiden 1971 [Brill], pág. 448).

“Das Herz... ist die verborgene, inwendige Mitte und Wurzel des Menschen und damit seiner Welt..., der unergründliche Grund und die lebendige Kraft aller Daseinserfahrung und -entscheidung” (H. Schlier, Das Menschenherz nach dem Apostel Paulus, en: Lebendiges Zeugnis, 1965, pág. 123).

Cf. también F. Baumgärtel -J. Behm, “Kardía”, en: Theologisches Wörterbuch zum Neuen Testament, II, Stuttgart 1933 (Kohlhammer), págs. 609-616.

[3] Este es quizá el más conocido; pero en la Biblia se pueden encontrar otros ejemplos parecidos (cf. Gn 34,2 Jg 14,1 Jg 16,1).

Saludos

El Santo Padre dedicó saludos especiales a algunos de los grupos presentes, aunque por la lluvia no pronunció todos los que tenía preparados.

(En inglés)

Se está acercando el momento de mi visita a África, y por ello dedico un saludo especial a los africanos presentes, en particular a las peregrinaciones de Uganda y Zimbabwe. Uno de los grupos, presidido por el cardenal Nsubuga, está aquí para asistir a los actos conmemorativos organizados en relación con la consagración de la nueva iglesia de Roma dedicada a los mártires de Uganda. El otro grupo ha venido en el momento en que su país está comenzando una etapa nueva de su historia; oro para que ésta señale un tiempo de paz, armonía y progreso espiritual y material. Dios os bendiga a todos. Dios bendiga a Uganda. Dios bendiga a Zimbabwe. Dios bendiga a África.

(En alemán)

66 Dirijo ahora mi enhorabuena y mí cordial felicitación a los dos grupos de sacerdotes, procedentes de las diócesis de Rothenburgo-Stuttgart y Würzburg, que celebran respectivamente su 25 y 20 aniversario de la ordenación sacerdotal: Quisiera hoy, queridos hermanos en el sacerdocio, aseguraros de nuevo lo que os dije ya el año pasado en mi carta de Jueves Santo: "Pienso incesantemente en vosotros, rezo por vosotros y con vosotros busco los caminos de la unión espiritual y de la colaboración, porque sois hermanos míos en virtud del sacramento del orden..." (N. 1). Con motivo de esta peregrinación a las tumbas de los Apóstoles renovad la gracia que por la imposición de las manos habita en vosotros; renovad vuestro "sí" incondicional a la misión sagrada que Cristo os ha confiado a través de la Iglesia para el Pueblo de Dios y para el mundo. Compartid conmigo y con vuestros obispos la preocupación y el esfuerzo. Por un aumento de las vocaciones sacerdotales y religiosas, vocaciones por las que pediremos a Dios el próximo domingo en unión con toda la Iglesia. ¡Que su gracia os conserve y os haga fuertes en su servicio! Esto es lo que yo deseo y lo que en vuestro aniversario sacerdotal pido para vosotros de todo corazón, con mi especial bendición apostólica.

(En holandés)

Queridos amigos de Holanda, os saludo cordialmente.

Sabéis que hace un par de meses tuve un Sínodo especial con vuestros obispos aquí en Roma. Me agrada pediros que oréis conmigo para que la gracia del Sínodo se difunda por todo el país. ¡Cuento con vosotros!

Os doy a vosotros y a vuestras familias mi mejor bendición.

(En italiano)

Saludo con afecto particular a las Voluntarias del Movimiento de los Focolares que toman parte estos días en su congreso anual celebrado en la Mariápolis de Grottaferrata, para profundizar este año en un tema sumamente esencial para una vida genuinamente cristiana: "La caridad como ideal". Queridísimas: Que el fuego de la caridad de Cristo encendido en vosotras y reavivado estos días de reflexión y oración a la luz del Redentor resucitado, no se extinga jamás en vuestro corazón, sino que resplandezca cada vez más y hasta llegue a ser señal distintiva y lema de vuestro Movimiento. Sabed acrecentar en vuestros encuentros el entusiasmo y el gozo, del que tenéis necesidad sobre todo vosotras, para vivir en profundidad las exigencias del Evangelio, y del que tiene necesidad el mundo que os rodea, que está siempre a la búsqueda de un testimonio coherente del amor verdadero. Y ¿qué testimonio puede ser más creíble que el presentado por la alegría auténtica qUe resulta .del ideal cristiano de la caridad que sobrepuja toda ciencia? (cf.
Ep 3,18-19). Os sirva de estímulo en vuestro afán mi bendición.


Dedico también un saludo a los participantes en el III Congreso internacional' "De unitate et varietate hominum ad pacem confirmandam conciliandis", organizado por la Academia internacional de Propaganda cultural. Os agradezco vuestra participación en esta audiencia y, sobre todo, la obra que lleváis a cabo por el progreso de la causa, tan noble y ennoblecedora, de la paz. En vuestras investigaciones dentro de la Academia, que en último término se proponen la verdad en todos sus aspectos y facetas, recordad siempre que el alma de la paz es la verdad, como dije en el Mensaje de la Jornada de la Paz de 1980. Sí, es cabalmente la verdad lo que da vida a la paz y produce la reconciliación al superar las discordias y antipatías. Auguro feliz éxito a vuestro Congreso y os bendigo.


Y ahora un recuerdo cordial a los alumnos del colegio-residencia Canova de Possagno, y a todos sus amigos del instituto Cavanis.

Extiendo asimismo mi saludo y bendición a todos los otros grupos, entre los que quiero mencionar las numerosas peregrinaciones parroquiales.


Dedico un saludo particularmente cordial a los dirigentes, médicos y enfermeras de la Asociación universitaria de Cooperación internacional, fundada por iniciativa de la Facultad de Medicina y Cirugía de la Universidad Católica del Sagrado Corazón. Doy sinceras gracias a cuantos de vosotros vuelven ahora del campo somalí de refugiados de Ogaden, y mis mejores deseos para los que están a punto de partir al mismo lugar de misión. Quiero manifestar a todos mi complacencia y enhorabuena por el interés con que han acogido el mandamiento nuevo del amor que nos transmitió el Maestro divino.


67 Me dirijo ahora a los grupos numerosos y bulliciosos del Voluntariado Vicentino de la región de Campania. Queridísimos hermanos y hermanas: Me complace grandemente contemplaros tan entusiastas y alabaros al ver vuestra dedicación al servicio de los pobres, los necesitados y los afligidos, siguiendo el ejemplo fascinante de San Vicente de Paúl. Os doy las gracias sobre todo por la atención que prestáis a los ancianos y abandonados en las dos casas de Torre Annunziata y Amalfi, y de vuestra entrega y abnegación en la asistencia a niños de los barrios más pobres de la ciudad de Nápoles. El Señor os ayude en esta obra auténticamente evangélica y os la premie.

(A los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados)

Saludo también a todos los jóvenes presentes en esta audiencia. Queridísimos: Estáis en el umbral de la edad en que deberéis asumir la responsabilidad personal de vuestro destino. Os guíe en vuestras opciones la convicción de que Cristo ha resucitado y está vivo junto a vosotros. Conocerlo y amarlo, darlo a conocer y hacerlo amar, constituye el significado más profundo de la vida. Os auguro que lleguéis a alcanzar la madurez plena en El, que es el hombre perfecto y el Hijo de Dios al mismo tiempo. A cada uno de vosotros mi afectuosa bendición apostólica.

Una palabra particular de saludo, simpatía y aliento a los enfermos aquí presentes. Queridísimos: La liturgia de este tiempo pascual nos presenta las apariciones de Jesús resucitado a los Apóstoles; y Jesús se hace reconocer mostrando en las manos y el costado las huellas de las heridas de la pasión. Desde aquellos días hasta hoy, la "señal de los clavos" es el carácter distintivo de la presencia del Señor en su Iglesia y en la vida de cada uno. Queridísimos hermanos y hermanas: Tratad de enfocar vuestros sufrimientos a la luz de la cruz y resurrección de Cristo. Estas constituyen hoy una riqueza inestimable para vosotros y para la Iglesia, y serán mañana el motivo más alto de vuestra gloria junto a Cristo resucitado. Con mi bendición apostólica.

En las audiencias de este tiempo son particularmente numerosas las parejas de recién casados. Queridísimos: A vosotros mi saludo y enhorabuena. Estáis viviendo la primavera de vuestro amor. Vividla con la perspectiva de la fe. La gracia del sacramento ha elevado vuestro amor humano a la altura en que Cristo resucitado renueva el ofrecimiento de sí a la Iglesia, que lo acoge y se entrega a su vez con plenitud de amor. Esto significa que todo esposo cristiano representa a Cristo en cuanto que se ofrece al otro, y representa a la Iglesia en cuanto que recibe la entrega del otro. Que vuestra vida sea testimonio concreto de este "gran misterio" (cf.
Ep 5), del que os ha hecho partícipes el matrimonio. Os bendigo de corazón y oro por vosotros y vuestra nueva familia.




Audiencias 1980 60