
PIO XI, MAGISTERIO PONTIFICIO 147
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Así, con la gracia de Dios, la devoción de los fieles al Sacratísimo Corazon de Jesús ha ido de día en día creciendo; de aquí aquellas piadosas asociaciones, que por todas partes se multiplican, para promover el culto al Corazon divino; de aquí la costumbre, hoy ya extendida por todas partes, de comulgar el primer viernes de cada mes, conforme al deseo de Cristo Jesús.
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4. Mas, entre todo cuanto propiamente atane al culto del Sacratísimo Corazon, descuella la piadosa y memorable consagración con que nos ofrecemos al Corazon divino de Jesús, con todas nuestras cosas, reconociéndolas como recibidas de la eterna bondad de Dios. Después que nuestro Salvador, movido mas que por su propio derecho, por su inmensa caridad para nosotros, enseno a la inocentisima discipula de su Corazon, Santa Margarita María, cuanto deseaba que los hombres le rindiesen este tributo de devoción, ella fue, con su maestro espiritual, el P. Claudio de la Colombiére, la primera en rendirlo. Siguieron, andando el tiempo, los individuos particulares, después las familias privadas y las asociaciones y, finalmente, los magistrados, las ciudades y los reinos.
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Mas, como en el siglo precedente y en el nuestro, por las maquinaciones de los impios, se llego a despreciar el imperio de Cristo nuestro Señor y a declarar publicamente la guerra a la Iglesia, con leyes y mociones populares contrarias al derecho divino y a la ley natural, y hasta hubo asambleas que gritaban: "No queremos que reine sobre nosotros"(Lc 19,14), por esta consagración que deciamos, la voz de todos los amantes del Corazon de Jesús prorrumpia unanime oponiendo acérrimamente, para vindicar su gloria y asegurar sus derechos: "Es necesario que Cristo reine. Venga su reino" (1Co 15,25). De lo cual fue consecuencia feliz que todo el género humano, que por nativo derecho posee Jesucristo, "unico en quien todas las cosas se restauran" (Ep 1,10), al empezar este siglo, se consagra al Sacratísimo Corazon, por nuestro predecesor Leon XIII, de feliz memoria, aplaudiendo el orbe cristiano.
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Comienzos tan faustos y agradables, Nos, como ya dijimos en nuestra enciclica Quas primas, accediendo a los deseos y a las preces reiteradas y numerosas de obispos y fieles, con el favor de Dios completamos y perfeccionamos, cuando, al término del ano jubilar, instituimos la fiesta de Cristo Rey y su solemne celebración en todo el orbe cristiano.
Cuando eso hicimos, no solo declaramos el sumo imperio de Jesucristo sobre todas las cosas, sobre la sociedad civil y la doméstica y sobre cada uno de los hombres, mas también presentimos el jubilo de aquel faustísimo día en que el mundo entero espontaneamente y de buen grado aceptara la dominación suavisima de Cristo Rey. Por esto ordenabamos también que en el día de esta fiesta se renovase todos los anos aquella consagración para conseguir mas cierta y abundantemente sus frutos y para unir a los pueblos todos con el vinculo de la caridad cristiana y la conciliación de la paz en el Corazon de Cristo, Rey de Reyes y Señor de los que dominan.
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5. A estos deberes, especialmente a la consagración, tan fructifera y confirmada en la fiesta de Cristo Rey, necesario es anadir otro deber, del que un poco mas por extenso queremos, venerables hermanos, hablaros en las presentes letras; nos referimos al deber de tributar al Sacratísimo Corazon de Jesús aquella satisfacción honesta que llaman reparacion.
Si lo primero y principal de la consagración es que al amor del Creador responda el amor de la criatura, siguese espontaneamente otro deber: el de compensar las injurias de algun modo inferidas al Amor increado, si fue desdenado con el olvido o ultrajado con la ofensa. A este deber llamamos vulgarmente reparacion.
Y si unas mismas razones nos obligan a lo uno y a lo otro, con mas apremiante titulo de justicia y amor estamos obligados al deber de reparar y expiar: de, justicia, en cuanto a la expiación de la ofensa hecha a Dios por nuestras culpas y en cuanto a la reintegración del orden violado; de amor, en cuanto a padecer con Cristo paciente y "saturado de oprobio" y, según nuestra pobreza, ofrecerle algun consuelo.
Pecadores como somos todos, abrumados de muchas culpas, no hemos de limitarnos a honrar a nuestro Dios con solo aquel culto con que adoramos y damos los obsequios debidos a su Majestad suprema, o reconocemos suplicantes su absoluto dominio, o alabamos con acciones de gracias su largueza infinita; sino que, además de esto, es necesario satisfacer a Dios, juez justísimo, "por nuestros innumerables pecados, ofensas y negligencias". A la consagración, pues, con que nos ofrecemos a Dios, con aquella santidad y firmeza que, como dice el Angélico, son propias de la consagración (S. Th. II-II q.81, a.8c), ha de anadirse la expiación con que totalmente se extingan los pecados, no sea que la santidad de la divina justicia rechace nuestra indignidad impudente, y repulse nuestra ofrenda, siéndole ingrata, en vez de aceptarla como agradable.
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Este deber de expiación a todo el género humano incumbe, pues, como sabemos por la fe cristiana, después de la caida miserable de Adan el género humano, inficionado de la culpa hereditaria, sujeto a las concupiscencias y miseramente depravado, había merecido ser arrojado a la ruina sempiterna. Soberbios filosofos de nuestros tiempos, siguiendo el antiguo error de Pelagio, esto niegan blasonando de cierta virtud innata en la naturaleza humana, que por sus propias fuerzas continuamente progresa a perfecciones cada vez mas altas; pero estas inyecciones del orgullo rechaza el Apóstol cuando nos advierte que "éramos por naturaleza hijos de ira" (Ep 2,3).
En efecto, ya desde el principio los hombres en cierto modo reconocieron el deber de aquella común expiación y comenzaron a practicarlo guiados por cierto natural sentido, ofreciendo a Dios sacrificios, aun públicos, para aplacar su justicia.
6. Pero ninguna fuerza creada era suficiente para expiar los crimenes de los hombres si el Hijo de Dios no hubiese tomado la humana naturaleza para repararla. Así lo anuncio el mismo Salvador de los hombres por los labios del sagrado Salmista: "Hostia y oblación no quisiste; mas me apropiaste cuerpo. Holocaustos por el pecado no te agradaron; entonces dije: heme aquí" (He 10,5 He 10,7). Y "ciertamente El llevo nuestras enfermedades y sufrio nuestros dolores; herido fue por nuestras iniquidades" (Is 53,4-5); y "llevo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero" (1P 2,24); "borrando la cédula del decreto que nos era contrario, quitandole de en medio y enclavandole en la cruz" (Col 2,14), "para que, muertos al pecado, vivamos a la justicia" (1P 2,24).
7. Mas, aunque la copiosa redención de Cristo sobreabundantemente "perdono nuestros pecados" (Col 2,13); pero, por aquella admirable disposición de la divina Sabiduria, según la cual ha de completarse en nuestra carne lo que falta en la pasión de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia (Col 1,24), aun a las oraciones y satisfacciones "que Cristo ofrecio a Dios en nombre de los pecadores" podemos y debemos anadir también las nuestras.
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8. Necesario es no olvidar nunca que toda la fuerza de la expiación pende unicamente del cruento sacrificio de Cristo, que por modo incruento se renueva sin interrupción en nuestros altares; pues, ciertamente, "una y la misma es la Hostia, el mismo es el que ahora se ofrece mediante el ministerio de los sacerdotes que el que antes se ofrecio en la cruz; solo es diverso el modo de ofrecerse" (Conc. Trid., sess.22 c.2); por lo cual debe unirse con este augustísimo sacrificio eucaristico la inmolación de los ministros y de los otros fieles para que también se ofrezcan como "hostias vivas, santas, agradables a Dios" (Rm 12,1). Así, no duda afirmar San Cipriano "que el sacrificio del Señor no se celebra con la santificación debida si no corresponde a la pasión nuestra oblación y sacrificio" (Epist. 63 n.381).
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Por ello nos amonesta el Apóstol que, "llevando en nuestro cuerpo la mortificación de Jesús" (2Co 4,10), y con Cristo sepultados y plantados, no solo a semejanza de su muerte crucifiquemos nuestra carne con sus vicios y concupiscencias (Ga 5,24), "huyendo de lo que en el mundo es corrupción de concupiscencia" (2P 1,4), sino que "en nuestros cuerpos se manifieste la vida de Jesús" (2Co 4,10), y, hechos participes de su eterno sacerdocio, "ofrezcamos dones y sacrificios por los pecados" (He 5,1).
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Ni solamente gozan de la participación de este misterioso sacerdocio y de este deber de satisfacer y sacrificar aquellos de quienes nuestro Señor Jesucristo se sirve para ofrecer a Dios la oblación inmaculada desde el oriente hasta el ocaso en todo lugar (Ml 1-2), sino que toda la grey cristiana, llamada con razon por el Principe de los Apostoles "linaje escogido, real sacerdocio" (1P 2,9), debe ofrecer por si y por todo el género humano sacrificios por los pecados, casi de la propia manera que todo sacerdote y pontifice "tomado entre los hombres, a favor de los hombres es constituido en lo que toca a Dios" (He 5,1).
Y cuanto mas perfectamente respondan al sacrificio del Señor nuestra oblación y sacrificio, que es inmolar nuestro amor propio y nuestras concupiscencias y crucificar nuestra carne con aquella crucifixión mistica de que habla el Apóstol, tantos mas abundantes frutos de propiciación y de expiación para nosotros y para los demás percibiremos. Hay una relación maravillosa de los fieles con Cristo, semejante a la que hay entre la cabeza y los demás miembros del cuerpo, y asimismo una misteriosa comunión de los santos, que por la fe catolica profesamos, por donde los individuos y los pueblos no solo se unen entre si, mas también con Jesucristo, que es la cabeza; "del cual, todo el cuerpo compuesto y bien ligado por todas las junturas, según la operación proporcionada de cada miembro, recibe aumento propio, edificandose en amor" (Ef 4,15-16). Lo cual el mismo Mediador de Dios y de los hombres, Jesucristo proximo a la muerte, lo pidio al Padre: "Yo en ellos y tu en mi, para que sean consumados en la unidad" (Jn 17,23).
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Así, pues, como la consagración profesa y afirma la unión con Cristo, así la expiación da principio a esta unión borrando las culpas, la perfecciona participando de sus padecimientos y la consuma ofreciendo sacrificios por los hermanos. Tal fue, ciertamente, el designio del misericordioso Jesús cuando quiso descubrirnos su Corazon con los emblemas de su pasión y echando de si llamas de caridad: que mirando de una parte la malicia infinita del pecado, y, admirando de otra la infinita caridad del Redentor, mas vehementemente detestasemos el pecado y mas ardientemente correspondiésemos a su caridad.
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9. Y ciertamente en el culto al Sacratísimo Corazon de Jesús tiene la primacia y la parte principal el espíritu de expiación y reparacion; ni hay nada mas conforme con el origen, indole, virtud y practicas propias de esta devoción, como la historia y la tradición, la sagrada liturgia y las actas de los Santos Pontifices confirman.
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Cuando Jesucristo se aparece a Santa Margarita María, predicandole la infinitud de su caridad, juntamente, como apenado, se queja de tantas injurias como recibe de los hombres por estas palabras que habian de grabarse en las almas piadosas de manera que jamas se olvidaran: "He aquí este Corazon que tanto ha amado a los hombres y de tantos beneficios los ha colmado, y que en pago a su amor infinito no halla gratitud alguna, sino ultrajes, a veces aun de aquellos que están obligados a amarle con especial amor". Para reparar estas y otras culpas recomendo entre otras cosas que los hombres comulgaran con animo de expiar, que es lo que llaman Comunión Reparadora, y las suplicas y preces durante una hora, que propiamente se llama la Hora Santa; ejercicios de piedad que la Iglesia no solo aprobo, sino que enriquecio con copiosos favores espirituales.
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10. Mas ¿como podran estos actos de reparación consolar a Cristo, que dichosamente reina en los cielos? Respondemos con palabras de San Agustin: "Dame un corazon que ame y sentira lo que digo" (In Ioan. tr.XXVI 4).
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Un alma de veras amante de Dios, si mira al tiempo pasado, ve a Jesucristo trabajando, doliente, sufriendo durisimas penas "por nosotros los hombres y por nuestra salvación", tristeza, angustias, oprobios, "quebrantado por nuestras culpas" (Is 53,5) y sanandonos con sus llagas. De todo lo cual tanto mas hondamente se penetran las almas piadosas cuanto mas claro ven que los pecados de los hombres en cualquier tiempo cometidos fueron causa de que el Hijo de Dios se entregase a la muerte; y aun ahora esta misma muerte, con sus mismos dolores y tristezas, de nuevo le infieren, ya que cada pecado renueva a su modo la pasión del Señor, conforme a lo del Apóstol: "Nuevamente crucifican al Hijo de Dios y le exponen a vituperio"(Is 5). Que si a causa también de nuestros pecados futuros, pero previstos, el alma de Cristo Jesús estuvo triste hasta la muerte, sin duda algun consuelo recibiria de nuestra reparación también futura, pero prevista, cuando el angel del cielo (Lc 22,43) se le aparecio para consolar su Corazon oprimido de tristeza y angustias. Así, aun podemos y debemos consolar aquel Corazon sacratísimo, incesantemente ofendido por los pecados y la ingratitud de los hombres, por este modo admirable, pero verdadero; pues alguna vez, como se lee en la sagrada liturgia, el mismo Cristo se queja a sus amigos del desamparo, diciendo por los labios del Salmista: "Improperio y miseria espero mi corazon; y busqué quien compartiera mi tristeza y no lo hubo; busqué quien me consolara y no lo hallé" (Ps 68,21).
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11. Anadase que la pasión expiadora de Cristo se renueva y en cierto modo se continua y se completa en el Cuerpo místico, que es la Iglesia. Pues sirviéndonos de otras palabras de San Agustin (In Ps 86): "Cristo padecio cuanto debio padecer; nada falta a la medida de su pasion. Completa esta la pasión, pero en la cabeza; faltaban todavía las pasiones de Cristo en el cuerpo". Nuestro Señor se digno declarar esto mismo cuando, apareciéndose a Saulo, "que respiraba amenazas y muerte contra los discipulos" (Ac 91,1), le dijo: "Yo soy Jesús, a quien tu persigues" (Ac 5); significando claramente que en las persecuciones contra la Iglesia es a la Cabeza divina de la Iglesia a quien se veja e impugna. Con razon, pues, Jesucristo, que todavía en su Cuerpo místico padece, desea tenernos por socios en la expiación, y esto pide con El nuestra propia necesidad; porque siendo como somos "cuerpo de Cristo, y cada uno por su parte miembro" (1Co 2,27), necesario es que lo que padezca la cabeza lo padezcan con ella los miembros (Ibid).
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12. Cuanta sea, especialmente en nuestros tiempos, la necesidad de esta expiación y reparación, no se le ocultara a quien vea y contemple este mundo, como dijimos, "en poder del malo" (1Jn 5,19). De todas partes sube a Nos clamor de pueblos que gimen, cuyos principes o rectores se congregaron y confabularon a una contra el Señor y su Iglesia (2P 2,2). Por esas regiones vemos atropellados todos los derechos divinos y humanos; derribados y destruidos los templos, los religiosos y religiosas expulsados de sus casas, afligidos con ultrajes, tormentos, carceles y hambre; multitudes de niños y niñas arrancados del seno de la Madre Iglesia, e inducidos a renegar y blasfemar de Jesucristo y a los mas horrendos crimenes de la lujuria; todo el pueblo cristiano duramente amenazado y oprimido, puesto en el trance de apostatar de la fe o de padecer muerte crudelisima. Todo lo cual es tan triste que por estos acontecimientos parecen manifestarse "los principios de aquellos dolores" que habian de preceder "al hombre de pecado que se levanta contra todo lo que se llama Dios o que se adora" (2Th 2,4).
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Y aun es mas triste, venerables hermanos, que entre los mismos fieles, lavados en el bautismo con la sangre del Cordero inmaculado y enriquecidos con la gracia, haya tantos hombres, de todo orden o clase, que con increible ignorancia de las cosas divinas, inficionados de doctrinas falsas, viven vida llena de vicios, lejos de la casa del Padre; vida no iluminada por la luz de la fe, ni alentada de la esperanza en la felicidad futura, ni caldeada y fomentada por el calor de la caridad, de manera que verdaderamente parecen sentados en las tinieblas y en la sombra de la muerte. Cunde además entre los fieles la incuria de la eclesiastica disciplina y de aquellas antiguas instituciones en que toda la vida cristiana se funda y con que se rige la sociedad doméstica y se defiende la santidad del matrimonio; menospreciada totalmente o depravada con muelles halagos la educación de los niños, aun negada a la Iglesia la facultad de educar a la juventud cristiana; el olvido deplorable del pudor cristiano en la vida y principalmente en el vestido de la mujer; la codicia desenfrenada de las cosas perecederas, el ansia desapoderada de aura popular; la difamación de la autoridad legitima, y, finalmente, el menosprecio de la palabra de Dios, con que la fe se destruye o se pone al borde de la ruina.
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Forman el cumulo de estos males la pereza y la necedad de los que, durmiendo o huyendo como los discipulos, vacilantes en la fe miseramente desamparan a Cristo, oprimido de angustias o rodeado de los satélites de Satanas; no menos que la perfidia de los que, a imitación del traidor Judas, o temeraria o sacrilegamente comulgan o se pasan a los campamentos enemigos. Y así aun involuntariamente se ofrece la idea de que se acercan los tiempos vaticinados por nuestro Señor: "Y porque abundo la iniquidad, se enfrio la caridad de muchos" (Mt 24,12).
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13. Cuantos fieles mediten piadosamente todo esto, no podran menos de sentir, encendidos en amor a Cristo apenado, el ansia ardiente de expiar sus culpas y las de los demás; de reparar el honor de Cristo, de acudir a la salud eterna de las almas. Las palabras del Apóstol: "Donde abundo el delito, sobreabundo la gracia" (Rm 5,20), de alguna manera se acomodan también para describir nuestros tiempos; pues si bien la perversidad de los hombres sobremanera crece, maravillosamente crece también, inspirando el Espíritu Santo, el numero de los fieles de uno y otro sexo, que con resuelto animo procuran satisfacer al Corazon divino por todas las ofensas que se le hacen, y aun no dudan ofrecerse a Cristo como victimas.
Quien con amor medite cuanto hemos dicho y en lo profundo del corazon lo grabe, no podra menos de aborrecer y de abstenerse de todo pecado como de sumo mal; se entregara a la voluntad divina y se afanara por reparar el ofendido honor de la divina Majestad, ya orando asiduamente, ya sufriendo pacientemente las mortificaciones voluntarias, y las aflicciones que sobrevinieren, ya, en fin, ordenando a la expiación toda su vida.
Aquí tienen su origen muchas familias religiosas de varones y mujeres que, con celo ferviente y como ambicioso de servir, se proponen hacer día y noche las veces del Angel que consolo a Jesús en el Huerto; de aquí las piadosas asociaciones asimismo aprobadas por la Sede Apostolica y enriquecidas con indulgencias, que hacen suyo también este oficio de la expiación con ejercicios convenientes de piedad y de virtudes; de aquí finalmente los frecuentes y solemnes actos de desagravio encaminados a reparar el honor divino, no solo por los fieles particulares, sino también por las parroquias, las diocesis y ciudades.
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14. Pues bien: venerables hermanos, así como la devoción de la consagración, en sus comienzos humilde, extendida después, empieza a tener su deseado esplendor con nuestra confirmación, así la devoción de la expiación o reparación, desde un principio santamente introducida y santamente propagada. Nos deseamos mucho que, mas firmemente sancionada por nuestra autoridad apostolica, mas solemnemente se practique por todo el universo católico. A este fin disponemos y mandamos que cada ano en la fiesta del Sacratísimo Corazon de Jesús - fiesta que con esta ocasión ordenamos se eleve al grado liturgico de doble de primera clase con octava - en todos los templos del mundo se rece solemnemente el acto de reparación al Sacratísimo Corazon de Jesús, cuya oración ponemos al pie de esta carta para que se reparen nuestras culpas y se resarzan los derechos violados de Cristo, Sumo Rey y amantísimo Señor.
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No es de dudar, venerables hermanos, sino que de esta devoción santamente establecida y mandada a toda la Iglesia, muchos y preclaros bienes sobrevendran no solo a los individuos, sino a la sociedad sagrada, a la civil y a la doméstica, ya que nuestro mismo Redentor prometio a Santa Margarita María "que todos aquellos que con esta devoción honraran su Corazon, serian colmados con gracias celestiales".
Los pecadores, ciertamente, "viendo al que traspasaron" (Jn 19,37), y conmovidos por los gemidos y llantos de toda la Iglesia, doliéndose de las injurias inferidas al Sumo Rey, "volveran a su corazon" (Is 46,8); no sea que obcecados e impenitentes en sus culpas, cuando vieren a Aquel a quien hirieron "venir en las nubes del cielo" (Mt 26,64), tarde y en vano lloren sobre El (Ap 1,7).
Los justos mas y mas se justificaran y se santificaran, y con nuevas fervores se entregaran al servicio de su Rey, a quien miran tan menospreciado y combatido y con tantas contumelias ultrajado; pero especialmente se sentiran enardecidos para trabajar por la salvación de las almas, penetrados de aquella queja de la divina Victima: "¿Qué utilidad en mi sangre?" (Ps 19,10); y de aquel gozo que recibira el Corazon sacratísimo de Jesús "por un solo pecador que hiciere penitencia" (Lc 15,4).
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Especialmente anhelamos y esperamos que aquélla justicia de Dios, que por diez justos movido a misericordia perdono a los de Sodoma, mucho mas perdonara a todos los hombres, suplicantemente invocada y felizmente aplacada por toda la comunidad de los fieles unidos con Cristo, su Mediador y Cabeza.
15. Plazcan, finalmente, a la benignisima Virgen Madre de Dios nuestros deseos y esfuerzos; que cuando nos dio al Redentor, cuando lo alimentaba, cuando al pie de la cruz lo ofrecio como hostia, por su unión misteriosa con Cristo y singular privilegio de su gracia fue, como se la llama piadosamente, reparadora. Nos, confiados en su intercesión con Cristo, que siendo el "unico Mediador entre Dios y los hombres" (Tt 2,3), quiso asociarse a su Madre como abogada de los pecadores, dispensadora de la gracia y mediadora, amantisimamente os damos como prenda de los dones celestiales de nuestra paternal benevolencia, a vosotros, venerables hermanos, y a toda la grey confiada a vuestro cuidado, la bendición apostolica.
Dado en Roma, junto a San Pedro, día 8 de mayo de 1928, séptimo de nuestro pontificado.
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PIO XI
20 de diciembre de 1928
Venerables Hermanos Salud y bendición apostolica
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Habiendo la Iglesia recibido de su fundador JESUCRISTO el encargo de velar por la santidad del culto divino, tiene indudablemente autoridad, dejando siempre a salvo lo substancial del Sacrificio y de los Sa cramentos, de prescribir todo aquello que sirva para regular dignamente di cho augusto ministerio publico, como ceremonias, ritos, formulas, oraciones y canto, cuyo conjunto recibe el nom bre especial de Liturgia, o sea la acción sagrada por excelencia.
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Y verdaderamente es cosa sagrada la liturgia, no solo como elevación y unión de las almas hasta Dios, sino también como testimonio de nuestra fe y la estrechisima deuda que con Dios tenemos por los beneficios recibidos y de los cuales siempre necesitamos. De aquí la intima unión que hay entre el dogma y la liturgia, lo mismo que entre el culto cristiano y la santificación del pueblo. Por eso CELESTINO I enseñaba ya que el canon de la fe se hallaba expreso en las venerandas formulas de la liturgia, y escribia: Las normas de la fe quedan establecidas por las normas de la oración. Los pas tores de la grey cristiana desempeñan la misión que se les ha encomendado, y, por tanto, abogan ante la divina clemencia por la causa del género humano, y cuanto piden y oran, lo hacen acompañados de los gemidos de toda la Iglesia(2).
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Estas oraciones colectivas que prime ro se llamaron opus Dei(3), y después officium divinum, como deuda que debe pagarse diariamente al Señor, du rante los primeros siglos de la Iglesia, hacianse de día y de noche con gran concurso de fieles. Y es indecible cuan admirablemente ayudaban aquellas ingenuas melodias, que acompañaban a las sagradas preces y el Santo Sacrificio
a encender la piedad cristiana en el pueblo. Fue entonces, especialmente en las vetustas basilicas, donde Obispos, Clero y pueblo alternaban en las divi nas alabanzas, cuando, como dice la Historia, muchos de los barbaros se educaron en la civilización cristiana. Allí, en el templo, era donde el propio opresor de la familia cristiana sentia, me jor el valor y la eficacia del dogma de la comunión de los santos. Así, el em perador arriano VALENTE quedo como anonadado ante la majestad con que SAN BASILIO celebro los divinos misterios; y en Milán los herejes acusaban a SAN AMBROSIO de hechizar a las turbas con el canto de sus himnos liturgicos; y cierto es que aquellos mismos himnos que tanto conmovieron a SAN AGUSTIN, le decidieron a abrazar la fe de Cristo. Fue también en las iglesias, donde casi todos los ciudadanos formaban como inmenso coro, en el que los artistas, arquitectos, pintores, y escultores y los mismos literatos aprendieron de la liturgia aquel conjunto de conocimientos teologicos que hoy tanto resplandecen y se admiran en los insignes monumentos de la Edad Media.
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Por aquí se echa de ver por qué los Romanos Pontifices mostrar on tan grande solicitud en fomentar y proteger la Liturgia sagrada; y así como o pusieron tanto cuidado en expresar el dogma con palabras exactas, también se aplicaron a poner en en las sagradas normas de la liturgia, defendiéndolas y preservandolas de adulteracion. Por eso también encon tramos que los Santos Padres han reco mendado la liturgia, en sus homilias y el Concilio de Trento ha querido qu e sea expuesta y explicada al pueblo cristiano.
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Por lo que toca a los tiempos m odemos, el Sumo Pontifice Pio X, de feliz memoria, al promulgar hace veinticinco anos el Motu proprio sobre la musica sagrada y el canto gregoriano, habiase prefijado corno fin principal hacer que volviese a florecer y se conserva se en los fieles el verdadero espiri tu cristiano, tendiendo con oportunas ordenes y sabias disposiciones a suprimir cuanto pudiera oponerse a la dignidad del templo, donde los fieles se reunen cabalmente para beber ese fervor de piedad en su primera e indispensable fuente, que es la participación activa en los sacrosantos misterios y en la ora ción solemne de la Iglesia. Importa, pue s, muchísimo, que cuanto sea ornamento de la sagrada liturgia esté conten ido en las formulas y en los limites impuestos y deseados por la Iglesia, para que las artes, como es deber esencial suyo, sirvan verdaderamente como nobilisimas siervas al culto divino; lo cual no redundara en menoscabo de ella antes bien dara mayor dignidad y e splendor al desarrollo de las artes mis mas en el lugar sagrado.
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Est o se ha visto realizado y confirmado maravillosa manera en lo que atane a la musica y al canto liturgicos, puesto allí donde se han observado y cumplido integramente las disposiciones de PIO X, se ha logrado la restauración de las mas escogidas formas del arte y el con solador reflorecimiento del espíritu reli gioso, ya que el pueblo cristiano, compenetrado por un mas profundo sen timiento liturgico, empezo a tomar par te mas activa en el rito eucaristico, la oración publica y en la salmodia rada. Y Nos mismo tuvimos una con soladora confirmación de ello, cuando en el primer ano de Nuestro Pontificado, un inmenso coro de clérigos de todas las naciones acompano con melodias gregorianas el solemne acto liturgico celebrado por Nos en la Basílica Vaticana.
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Nos duele, sin embargo advertir que las sab ias disposiciones de Nuestro antecesor no han logrado en todas partes la aplicación debida, y por eso no se han obtenido las mejoras que se esperaban. Sabemos, en efecto, que algunos han pretendido no estar obligados a la obs ervancia de aquellas disposiciones y leyes, no obstante la solemnidad con que fueron promulgadas; que otros, después de los primeros anos de feliz enmienda han vuelto insensiblemente a permitir cierto género de musica, que debe ser totalmente desterrado del templo, y, finalmente, que en algunos sitios, con ocasión principalmente de conmemoraciones centenarias de ilus tres musicos, se han buscado pretextos para interpretar composiciones que, aun siendo hermosas en si mismas, no responden ni a la majestad del lugar sagrado, ni a la santidad de las normas liturgicas, y, por tanto, no se deben interpretar en la iglesia.
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Así, pues, precisamente para que el pueblo y el clero obedezcan en adelante con mas exactitud las normas impuestas por Pio X a toda la Iglesia, Nos place aquí dar algunas singulares disposiciones, sugeridas por la expe riencia de veinticinco anos. Y esto lo hacemos con tanto mayor gusto, cuanto que este ano, además de cumplirse el primer cuarto de siglo de la citada res tauración de la musica sacra, se celebra también el centenario del monje GUIDO DE AREZZO, que hoy hace cerca de no vecientos anos, llamado a Roma por el Sumo Pontifice, expuso los felices re sultados del sistema por él habilmente inventado para fijar, conservar y divul gar mas fácilmente y con mayor esplen dor de la Iglesia y del Arte aquella me lodia liturgica que trae su origen de los primeros días del Cristianismo. En el glorioso templo Lateranense, primer lugar donde SAN GREGORIO MAGNO, recogiendo, ordenando y acreciendo el tesoro de la monodia sagrada, herencia y monumento de los Santos Padres, ha bia instituido la famosa Escuela que había de perpetuar la interpretación genuina y tradicional de los cantos li turgicos, allí el monje GUIDO hizo la primera experiencia de su invento, de lante del clero de Roma, y en presencia del mismo Sumo Pontifice, el cual, aprobando y elogiando la innovación, procuro que ésta se pudiese poco a poco difundir por todas partes, con inmensas ventajas para todo género de musica.
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Por eso a todos los Obispos y Ordinarios, a quienes corresponde de modo singu lar la custodia de la liturgia y el cui dado de las artes sagradas en el templo, les prescribimos aquí algunas normas, como respuesta a los innumerables votos que de todos los Congresos musica, y especialmente del celebrado hace poco en Roma, Nos han enviado muchos sagrados Pastores e ilustres he raldos de la restauración musical, a todos los cuales tributamos aquí merecida alabanza. Y prescribimos que estas normas se cumplan y observen según los medios y métodos mas eficaces, que aquí resumimos.
PIO XI, MAGISTERIO PONTIFICIO 147