Pablo VI Magisterio ES


MAGISTERIO DEL PAPA PABLO VI


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DECLARACION: MARIA, MADRE DE LA IGLESIA

DEL DISCURSO DEL PAPA PABLO VI AL FINAL DE LA SESION DEL CONCILIO VATICANO II EN EL QUE SE PROCLAMA A MARIA, MADRE DE LA IGLESIA


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1. Nuestro pensamiento, venerables hermanos, no puede menos de elevarse, con sentimientos de sincera y filial gratitud, a la Virgen Santa, a Aquella que queremos considerar protectora de este Concilio, testigo de nuestros trabajos, nuestra amabilisima consejera, pues a Ella, como celestial Patrona, juntamente con San José, fuerón confiados por el Papa Juan XXIII, desde el comienzo, los trabajos de nuestras sesiones ecuménicas1.


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2. Animados por estos mismos sentimientos, el ano pasado quísimos ofrecer a María Santisima un solemne acto de culto en común, reuniéndonos en la basilica Liberiana, en torno a la imagen venerada con el glorioso titulo de Salus Populi Romani.


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3. Este año, el homenaje de nuestro Concilio se presenta mas precioso y significativo. Con la promulgación de la actual Constitución, que tiene como vértice y corona todo un capitulo dedicado a la Virgen, justamente podemos afirmar que la presente sesión se clausura como un incomparable himno de alabanza en honor de María.


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4. Es, en efecto, la primera vez -y decirlo Nos llena el corazón de profunda emoción- que un Concilio Ecuménico presenta una síntesis tan extensa de la doctrina católica sobre el puesto que María Santísima ocupa en el misterio de Cristo y de la Iglesia.


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5. Esto corresponde a la meta que este Concilio se ha prefijado: manifestar la faz de la Santa Iglesia, a la que María esta íntimamente unida, y de la cual, como egregiamente se ha afirmado, es "la parte mayor, la parte mejor, la parte principal y mas selecta"2.


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6. La realidad de la Iglesia ciertamente no se agota en su estructura jerárquica, en su liturgia, en sus sacramentos, ni en sus ordenamientos jurídicos. Su esencia intima, la principal fuente de su eficacia santificadora, se debe buscar en su mística unión con Cristo; unión que no podemos pensarla separada de Aquélla que es la Madre del Verbo Encarnado, y que Cristo mismo quiso tan íntimamente unida a Él para nuestra salvación. Y ciertamente que debe encuadrarse en la visión de la Iglesia la contemplación amorosa de las maravillas que Dios ha obrado en su Santa Madre. Y el conocimiento de la doctrina verdaderamente católica sobre María sera siempre la clave de la exacta comprensión del misterio de Cristo y de la Iglesia.


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7. La reflexión sobre estas intimas relaciones de María con la Iglesia, tan claramente establecidas por la actual Constitución conciliar, Nos permite creer que éste es el momento mas solemne y mas apropiado para dar satisfacción a un voto que, señalado por Nos al término de la sesión anterior, han hecho suyo muchísimos Padres Conciliares, pidiendo insistentemente una declaración explicita, durante este Concilio, de la función maternal que la Virgen ejerce sobre el pueblo cristiano. A este fin hemos creido oportuno consagrar en esta misma sesión publica un titulo en honor de la Virgen, sugerido por diferentes partes del orbe católico, y particularmente entranable para Nos, pues con sintesis maravillosa expresa el puesto privilegiado que este Concilio ha reconocido a la Virgen en la Santa Iglesia.


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8. Asi, pues, para gloria de la Virgen y consuelo nuestro, Nos proclamamos a María Santisima Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, asi de los fieles como de los pastores que la llaman Madre amorosa, y queremos que de ahora en adelante sea honrada e invocada por todo el pueblo cristiano con este gratisimo titulo.


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9. Se trata de un titulo, venerables hermanos, que no es nuevo para la piedad de los cristianos; antes bien, con este nombre de Madre, y con preferencia a cualquier otro, los fieles y la Iglesia entera acostumbran a dirigirse a María. Ciertamente que ese titulo pertenece a la esencia genuina de la devoción a María, encontrando su justificación en la dignidad misma de la Madre del Verbo Encarnado.


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10. La divina maternidad es, en efecto, el fundamento de su especial relación con Cristo y de su presencia en la economia de la salvación operada por Cristo, y también constituye el fundamento principal de las relaciones de María con la Iglesia, por ser Madre de Aquél que, desde el primer instante de la Encarnación en su seno virginal, unio a Si mismo, como a Cabeza, su Cuerpo Mistico, que es la Iglesia. María, pues, como Madre de Cristo, es Madre también de todos los fieles y de todos los pastores, es decir, de toda la Iglesia.


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11. Con animo, por lo tanto, lleno de confianza y amor filial elevamos a Ella la mirada, no obstante nuestra indignidad y flaqueza. Ella, que nos dio con Cristo la fuente de la gracia, no dejara de socorrer a la Iglesia ahora, cuando, floreciendo en la abundancia de los dones del Espiritu Santo, se consagra con nuevo y mas empenado entusiasmo a su misión salvadora.


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12. Nuestra confianza se aviva y confirma, aun mas, al considerar los vinculos estrechos que ligan al género humano con nuestra Madre celestial. Aun en medio de la riqueza en maravillosas prerrogativas con que Dios la ha honrado, para hacerla digna Madre del Verbo Encarnado, esta muy proxima a nosotros. Hija de Adan, como nosotros, y, por lo tanto, Hermana nuestra con los lazos de la naturaleza, es, sin embargo, una criatura preservada del pecado original en previsión de los méritos de Cristo, y que a los privilegios obtenidos une la virtud personal de una fe total y ejemplar, mereciendo el elogio evangélico: "Bienaventurada, porque has creido". En su vida terrenal realizo la perfecta figura del discipulo de Cristo, espejo de todas las virtudes, y encarno las bienaventuranzas evangélicas proclamadas por Cristo. Por lo cual, toda la Iglesia, en su incomparable variedad de vida y de obras, encuentra en Ella la mas auténtica forma de la perfecta imitación de Cristo.


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13. Por lo tanto, esperamos que con la promulgación de la Constitución sobre la Iglesia, sellada por la proclamación de María Madre de la Iglesia, es decir, de todos los fieles y pastores, el pueblo cristiano se dirigira con mayor confianza y con fervor mayor a la Virgen Santisima y le tributara el culto y honor que le corresponden.


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14. En cuanto a nosotros, ya que entramos en el aula conciliar, a invitación del Papa Juan XXIII, el 11 de octubre de 1962, a una con María, Madre de Jesús, salgamos, ahora, al final de la tercera sesion, de este mismo templo, con el nombre santisimo y gratisimo de María, Madre de la Iglesia.


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15. En señal de gratitud por la amorosa asistencia que nos ha prodigado durante este ultimo periodo conciliar, que cada uno de vosotros, venerables hermanos, se comprometa a mantener alto en el pueblo cristiano el nombre y el honor de María, señalando en Ella el modelo de la fe y plena correspondencia a toda invitación de Dios, el modelo de la plena asimilación de la doctrina de Cristo y de su caridad, para que todos los fieles, unidos en el nombre de la Madre común, se sientan cada vez mas firmes en la fe y en la adhesión a Cristo, y a la vez fervorosos en la caridad para con los hermanos, promoviendo el amor a los pobres, la adhesión a la justicia, la defensa de la paz. Como ya exhortaba el gran San Ambrosio: Viva en cada uno el espiritu de María para ensalzar al Señor: reine en cada uno el alma de María para gloriarse en Dios3.


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16. Especialmente queremos que aparezca con toda claridad que María, humilde sierva del Señor, se relaciona completamente con Dios y con Cristo, unico Mediador y Redentor nuestro. E igualmente que se expliquen la naturaleza verdadera y la finalidad del culto mariano en la Iglesia, especialmente donde hay muchos hermanos separados, de forma que cuantos no forman parte de la comúnidad católica comprendan que la devoción a María, lejos de ser un fin en si misma, es un medio esencialmente ordenado para orientar las almas hacia Cristo, y de esta forma unirlas al Padre, en el amor del Espiritu Santo.


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17. Al paso que elevamos nuestro espiritu en ardiente oración a la Virgen, para que bendiga el Concilio Ecuménico y a toda la Iglesia, acelerando la hora de la unión entre todos los cristianos, nuestra mirada se abre a los ilimitados horizontes del mundo entero, objeto de las mas vivas atenciones del Concilio Ecuménico, y que nuestro predecesor, Pio XII, de viva memoria, no sin una inspiración del Altisimo, consagro solemnemente al Corazón Inmaculado de María. Creemos oportuno, particularmente hoy, recordar este acto de consagracion. Con este fin hemos decidido enviar proximamente, por medio de una misión especial, la Rosa de Oro al santuario de la Virgen de Fatima, muy querido no solo por la noble nación portuguesa -siempre, pero especialmente hoy, apreciada por Nos-, sino también conocido y venerado por los fieles de todo el mundo católico. Asi es como también Nos pretendemos confiar a los cuidados de la Madre celestial toda la familia humana, con sus problemas y sus afanes, con sus legitimas aspiraciones y ardientes esperanzas.


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18. Virgen María Madre de la Iglesia, te recomendamos toda la Iglesia, nuestro Concilio Ecuménico.


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19. Tu, "Socorro de los obispos", protege y asiste a los obispo, en su misión apostolica, y a todos aquellos, sacerdotes, religiosos y seglares, que con ellos colaboran en su arduo trabajo.


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20. Tu, que por tu mismo divino Hijo, en el momento de su muerte redentora, fuiste presentada como Madre al discipulo predilecto, acuérdate del pueblo cristiano que se confia a Ti.


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21. Acuérdate de todos tus hijos; presenta sus preces ante Dios; conserva solida su fe; fortifica su esperanza; aumenta su caridad.


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22. Acuérdate de los que viven en la tribulacion, en las necesidades, en los peligros, especialmente de los que sufren persecución y se encuentran en la carcel por la fe. Para ellos, Virgen Santisima, solicita la fortaleza y acelera el ansiado dia de su justa libertad.


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23. Mira con ojos benignos a nuestros hermanos separados, y dignate unirlos, Tu, que has engendrado a Cristo, puente de unión entre Dios y los hombres.


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24. Templo de la luz sin sombra y sin mancha, intercede ante tu Hijo Unigénito, Mediador de nuestra reconciliación con el Padre4, para que perdone todas nuestras faltas y aleje de nosotros toda discordia, dando a nuestros animos la alegria de amar.


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25. Finalmente, a tu Corazón Inmaculado encomendamos todo el género humano; conducelo al conocimiento del unico y verdadero Salvador, Cristo Jesús; aleja de él los males del pecado, concede a todo el mundo la paz en la verdad, en la justicia, en la libertad y en el amor.


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26. Y haz que toda la Iglesia, al celebrar esta gran asamblea ecuménica, pueda elevar al Dios de las misericordias el majestuoso himno de alabanza y agradecimiento, el himno de gozo y alegria, puesto que grandes cosas ha obrado el Señor por medio de Ti, oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María.

.......................

(1 Cf. A.A.S. 53 (1961) 37 ss.,211 ss.,54 (1962),727.

Se refiere a la Constitución dogmatica sobre la Iglesia (Lumen gentium), cuyo capitulo VIII, esta dedicado a la Virgen (N. del E.).

(2. Rupett. In Apoc 1,7,12; PL 169,1043.

(3 S. Ambr. Exp. in Lc 2,26 PL 15,1642,

(4
Rm 5,11,


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CREDO DEL PUEBLO DE DIOS

EL TEXTO DE LA PROFESIÓN DE FE DE PAULO VI

que Pablo VI pronuncio el 30 de junio de 1968, al concluir el Ano de la fe proclamado con motivo del XlX centenario del martirio de los apostoles Pedro y Pablo en Roma

Creemos en un solo Dios, Padre, Hijo y Espiritu Santo, Creador de las cosas visibles -como es este mundo en que pasamos nuestra breve vida- y de las cosas invisibles -como són los espiritus puros, que llamamos también angeles1- y también Creador, en cada hombre, del alma espiritual e inmortal.

Creemos que este Dios unico es tan absolutamente uno en su santisima esencia como en todas sus demas perfecciones: en su omnipotencia, en su ciencia infinita, en su providencia, en su voluntad y caridad. l es el que es, como él mismo revelo a Moisés2, él es Amor, como nos enseno el apóstol Juan3: de tal manera que estos dos nombres, Ser y Amor, expresan inefablemente la misma divina esencia de aquel que quiso manifestarse a si mismo a nosotros y que, "habitando la luz inaccesible"4, esta en si mismo sobre todo nombre y sobre todas las cosas e inteligencias creadas. Solo Dios puede otorgarnos un conocimiento recto y pleno de si mismo, revelandose a si mismo como Padre, Hijo y Espiritu Santo, de cuya vida eterna estamos llamados por la gracia a participar, aqui, en la tierra, en la oscuridad de la fe, y después de la muerte, en la luz sempiterna. Los vinculos mutuos que constituyen a las tres personas desde toda la eternidad, cada una de las cuales es el unico y mismo Ser divino, són la vida intima y dichosa del Dios santisimo, la cual supera infinitamente todo aquello que nosotros podemos entender de modo humano5. Sin embargo, damos gracias a la divina bondad de que tantísimos creyentes puedan testificar con nosotros ante los hombres la unidad de Dios, aunque no conozcan el misterio de la Santisima Trinidad.

Creemos, pues, en Dios, que en toda la eternidad engendra al Hijo; creemos en el Hijo, Verbo de Dios, que es engendrado desde la eternidad; creemos en el Espiritu Santo, persona increada, que procede del Padre y del Hijo como Amor sempiterno de ellos. Asi, en las tres personas divinas, que són eternas entre si e iguales entre si6, la vida y la felicidad de Dios enteramente uno abundan sobremanera y se consuman con excelencia suma y gloria propia de la esencia increada; y siempre <<hay que venerar la unidad en la trinidad y la trinidad en la unidad"7.

Creemos en nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios. El es el Verbo eterno, nacido del Padre antes de todos los siglos y consustancial al Padre, u homoousios to Patri8; por quien han sido hechas todas las cosas. Y se encarno por obra del Espiritu Santo, de María la Virgen, y se hizo hombre: igual, por tanto, al Padre según la divinidad, menor que el Padre según la humanidad, completamente uno, no por confusión (que no puede hacerse) de la sustancia, sino por unidad de la persona9.

l mismo habito entre nosotros lleno de gracia y de verdad. Anuncio y fundo el reino de Dios, manifestandonos en si mismo al Padre. Nos dio su mandamiento nuevo de que nos amaramos los unos a los otros como él nos amo. Nos enseno el camino de las bienaventuranzas evangélicas, a saber: ser pobres en espiritu y mansos, tolerar los dolores con paciencia, tener sed de justicia, ser misericordiosos, limpios de corazon, pacificos, padecer persecución por la justicia. Padecio bajo Poncio Pilato; Cordero de Dios, que lleva los pecados del mundo, murio por nosotros clavado a la cruz, trayéndonos la salvación con la sangre de la redencion. Fue sepultado, y resucito por su propio poder al tercer dia, elevandonos por su resurrección a la participación de la vida divina, que es la gracia. Subio al cielo, de donde ha de venir de nuevo, entonces con gloria, para juzgar a los vivos y a los muertos, a cada uno según los propios méritos: los que hayan respondido al amor y a la piedad de Dios iran a la vida eterna, pero los que los hayan rechazado hasta el final seran destinados al fuego que nunca cesara. Y su reino no tendra fin.

Creemos en el Espiritu Santo, Señor y vivificador que, con el Padre y el Hijo, es juntamente adorado y glorificado. Que hablo por los profetas; nos fue enviado por Cristo después de su resurrección y ascensión al Padre; ilumina, vivifica, protege y rige la Iglesia, cuyos miembros purifica con tal que no desechen la gracia. Su accion, que penetra lo intimo del alma, hace apto al hombre de responder a aquel precepto de Cristo: "Sed perfectos como también es perfecto vuestro Padre celeste"10.

Creemos que la Bienaventurada María, que permanecio siempre Virgen, fue la Madre del Verbo encarnado, Dios y Salvador nuestro, Jesucristo11 y que ella, por su singular eleccion, en atención a los méritos de su Hijo redimida de modo mas sublime12, fue preservada inmune de toda mancha de culpa original13 y que supera ampliamente en dón de gracia eximia a todas las demas criaturas14.

Ligada por un vinculo estrecho e indisoluble15 al misterio de la encarnación y de la redencion, la Beatisima Virgen María, Inmaculada, terminado el curso de la vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste16, y hecha semejante a su Hijo, que resucito de los muertos, recibio anticipadamente la suerte de todos los justos; creemos que la Santisima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia17, continua en el cielo ejercitando su oficio materno con respecto a los miembros de Cristo, por el que contribuye para engendrar y aumentar la vida divina en cada una de las almas de los hombres redimidos18.

Creemos que todos pecarón en Adan, lo que significa que la culpa original cometida por él hizo que la naturaleza, común a todos los hombres, cayera en un estado tal en el que padeciese las consecuencias de aquella culpa. Este estado ya no es aquel en el que la naturaleza humana se encontraba al principio en nuestros primeros padres, ya que estaban constituidos en santidad y justicia, y en el que el hombre estaba exento del mal y de la muerte. Asi, pues, esta naturaleza humana, caida de esta manera destituida del dón de la gracia del que antes estaba adornada, herida en sus mismas fuerzas naturales y sometida al imperio de la muerte, es dada a todos los hombres; por tanto, en este sentido, todo hombre nace en pecado. Mantenemos, pues, siguiendo el concilio de Trento, que el pecado original se transmite, juntamente con la naturaleza humana, "por propagacion, no por imitacion", y que <<se halla como propio en cada uno"19.

Creemos que nuestro Señor Jesucristo nos redimio, por el sacrificio de la cruz, del pecado original y de todos los pecados personales cometidos por cada uno de nosotros, de modo que se mantenga verdadera la afirmación del Apóstol: <<Donde abundo el pecado sobreabundo la gracia"20.

Confesamos creyendo un solo bautismo instituido por nuestro Señor Jesucristo para el perdón de los pecados. Que el bautismo hay que conferirlo también a los ninos, que todavia no han podido cometer por si mismos ningun pecado, de modo que, privados de la gracia sobrenatural en el nacimiento nazcan de nuevo, "del agua y del Espiritu Santo", a la vida divina en Cristo Jesus21.

Creemos en la Iglesia una, santa, católica y apostolica, edificada por Jesucristo sobre la piedra, que es Pedro. Ella es el Cuerpo mistico de Cristo, sociedad visible, equipada de organos jerarquicos, y, a la vez, comúnidad espiritual; Iglesia terrestre, Pueblo de Dios peregrinante aqui en la tierra e Iglesia enriquecida por bienes celestes, germen y comienzo del reino de Dios, por el que la obra y los sufrimientos de la redención se continuan a través de la historia humana, y que con todas las fuerzas anhela la consumación perfecta, que ha de ser conseguida después del fin de los tiempos en la gloria celeste22. Durante el transcurso de los tiempos el Señor Jesús forma a su Iglesia por medio de los sacramentos, que manan de su plenitud23. Porque la Iglesia hace por ellos que sus miembros participen del misterio de la muerte y la resurrección de Jesucristo, por la gracia del Espiritu Santo, que la vivifica y la mueve24. Es, pues, santa, aunque abarque en su seno pecadores, porque ella no goza de otra vida que de la vida de la gracia; sus miembros, ciertamente, si se alimentan de esta vida, se santifican; si se apartan de ella, contraen pecados y manchas del alma que impiden que la santidad de ella se difunda radiante. Por lo que se aflige y hace penitencia por aquellos pecados, teniendo poder de librar de ellos a sus hijos por la sangre de Cristo y el dón del Espiritu Santo.

Heredera de las divinas promesas e hija de Abrahan según el Espiritu, por medio de aquel Israel, cuyos libros sagrados conserva con amor y cuyos patriarcas y profetas venera con piedad; edificada sobre el fundamento de los apostoles, cuya palabra siempre viva y cuyos propios poderes de pastores transmite fielmente a través de los siglos en el Sucesor de Pedro y en los obispos que guardan comúnión con él; gozando finalmente de la perpetua asistencia del Espiritu Santo, compete a la Iglesia la misión de conservar, enseñar, explicar y difundir aquella verdad que, bosquejada hasta cierto punto por los profetas, Dios revelo a los hombres plenamente por el Señor Jesús.

Nosotros creemos todas aquella cosas que se contienen en la palabra de Dios escrita o transmitida y són propuestas por la Iglesia, o con juicio solemne, o con magisterio ordinario y universal, para ser creidas como divinamente reveladas25. Nosotros creemos en aquella infalibilidad de que goza el Sucesor de Pedro cuando habla ex cathedra26 y que reside también en el Cuerpo de los obispos cuando ejerce con el mismo el supremo magisterio27.

Nosotros creemos que la Iglesia, que Cristo fundo y por la que rogo, es sin cesar una por la fe, y el culto, y el vinculo de la comúnión jerarquica. La abundantisima variedad de ritos liturgicos en el seno de esta Iglesia o la diferencia legitima de patrimonio teologico y espiritual y de disciplina peculiares no solo no danan a la unidad de la misma, sino que mas bien la manifiestan28.

Nosotros también, reconociendo por una parte que fuera de la estructura de la Iglesia de Cristo se encuentran muchos elementos de santificación y verdad, que como dones propios de la misma Iglesia empujan a la unidad catolica29, y creyendo, por otra parte, en la acción del Espiritu Santo, que suscita en todos los discipulos de Cristo el deseo de esta unidad30, esperamos que los cristianos que no gozan todavia de la plena comúnión de la unica Iglesia se unan finalmente en un solo rebano con un solo Pastor.

Nosotros creemos que la Iglesia es necesaria para la salvacion. Porque solo Cristo es el Mediador y el camino de la salvación que, en su Cuerpo, que es la Iglesia31 se nos hace presente. Pero el proposito divino de salvación abarca a todos los hombres: y aquellos que, ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan, sin embargo, a Dios con corazón sincero y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, por cumplir con obras su voluntad, conocida por el dictamen de la conciencia, ellos también, en un número ciertamente que solo Dios conoce, pueden conseguir la salvación eterna32.

Nosotros creemos que la misa que es celebrada por el sacerdote representando la persona de Cristo, en virtud de la potestad recibida por el sacramento del orden, y que es ofrecida por él en nombre de Cristo y de los miembros de su Cuerpo mistico, es realmente el sacrificio del Calvario, que se hace sacramentalmente presente en nuestros altares. Nosotros creemos que, como el pan y el vino consagrados por el Señor en la ultima Cena se convirtierón en su cuerpo y su sangre, que en seguida iban a ser ofrecidos por nosotros en la cruz, asi también el pan y el vino consagrados por el sacerdote se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo, sentado gloriosamente en los cielos; y creemos que la presencia misteriosa del Señor bajo la apariencia de aquellas cosas, que continuan apareciendo a nuestros sentidos de la misma manera que antes, es verdadera, real y sustancial33. En este sacramento, Cristo no puede hacerse presente de otra manera que por la conversión de toda la sustancia del pan en su cuerpo y la conversión de toda la sustancia del vino en su sangre, permaneciendo solamente integras las propiedades del pan y del vino, que percibimos con nuestros sentidos. La cual conversión misteriosa es llamada por la Santa Iglesia conveniente y propiamente transustanciacion. Cualquier interpretación de teologos que busca alguna inteligencia de este misterio, para que concuerde con la fe católica, debe poner a salvo que, en la misma naturaleza de las cosas, independientemente de nuestro espiritu, el pan y el vino, realizada la consagracion, han dejado de existir, de modo que, el adorable cuerpo y sangre de Cristo, después de ella, estan verdaderamente presentes delante de nosotros bajo las especies sacramentales del pan y del vino34, como el mismo Señor quiso, para darsenos en alimento y unirnos en la unidad de su Cuerpo mistico35. La unica e indivisible existencia de Cristo, el Señor glorioso en los cielos, no se multiplica, pero por el sacramento se hace presente en los varios lugares del orbe de la tierra, donde se realiza el sacrificio eucaristico. La misma existencia, después de celebrado el sacrificio, permanece presente en el Santisimo Sacramento, el cual, en el tabernaculo del altar, es como el corazón vivo de nuestros templos. Por lo cual estamos obligados, por obligación ciertamente suavisima, a honrar y adorar en la Hostia Santa que nuestros ojos ven, al mismo Verbo encarnado que ellos no pueden ver, y que, sin embargo, se ha hecho presente delante de nosotros sin haber dejado los cielos.

Confesamos igualmente que el reino de Dios, que ha tenido en la Iglesia de Cristo sus comienzos aqui en la tierra, no es de este mundo, cuya figura pasa, y también que sus crecimientos propios no pueden juzgarse idénticos al progreso de la cultura de la humanidad o de las ciencias o de las artes técnicas, sino que consiste en que se conozcan cada vez mas profundamente las riquezas insondables de Cristo, en que se ponga cada vez con mayor constancia la esperanza en los bienes eternos, en que cada vez mas ardientemente se responda al amor de Dios; finalmente, en que la gracia y la santidad se difundan cada vez mas abundantemente entre los hombres. Pero con el mismo amor es impulsada la Iglesia para interesarse continuamente también por el verdadero bien temporal de los hombres. Porque, mientras no cesa de amonestar a todos sus hijos que no tienen aqui en la tierra ciudad permanente, los estimula también, a cada uno según su condición de vida y sus recursos, a que fomenten el desarrollo de la propia ciudad humana, promuevan la justicia, la paz y la concordia fraterna entre los hombres y presten ayuda a sus hermanos, sobre todo a los mas pobres y a los mas infelices. Por lo cual, la gran solicitud con que la Iglesia Esposa de Cristo, sigue de cerca las necesidades de los hombres, es decir, sus alegrias y esperanzas, dolores y trabajos, no es otra cosa sino el deseo que la impele vehementemente a estar presente a ellos, ciertamente con la voluntad de iluminar a los hombres con la luz de Cristo, y de congregar y unir a todos en aquel que es su unico Salvador. Pero jamas debe interpretarse esta solicitud como si la Iglesia se acomodase a las cosas de este mundo o se resfriase el ardor con que ella espera a su Señor y el reino eterno.

Creemos en la vida eterna. Creemos que las almas de todos aquellos que mueren en la gracia de Cristo -tanto las que todavia deben ser purificadas con el fuego del purgatorio como las que són recibidas por Jesús en el paraiso en seguida que se separan del cuerpo, como el Buen Ladron- constituyen el Pueblo de Dios después de la muerte, la cual sera destruida totalmente el dia de la resurreccion, en el que estas almas se uniran con sus cuerpos.

Creemos que la multitud de aquellas almas que con Jesús y María se congregan en el paraiso, forma la Iglesia celeste, donde ellas, gozando de la bienaventuranza eterna, ven a Dios, como l es36 y participan también, ciertamente en grado y modo diverso, juntamente con los santos angeles, en el gobierno divino de las cosas, que ejerce Cristo glorificado, como quiera que interceden por nosotros y con su fraterna solicitud ayudan grandemente nuestra flaqueza37.

Creemos en la comúnión de todos los fieles cristianos, es decir, de los que peregrinan en la tierra, de los que se purifican después de muertos y de los que gozan de la bienaventuranza celeste, y que todos se unen en una sola Iglesia; y creemos igualmente que en esa comúnión esta a nuestra disposición el amor misericordioso de Dios y de sus santos, que siempre ofrecen oidos atentos a nuestras oraciones, como nos aseguro Jesús: Pedid y recibiréis38. Profesando esta fe y apoyados en esta esperanza, esperamos la resurrección de los muertos y la vida del siglo venidero.

Bendito sea Dios, santo, santo, santo. Amén.

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(1) Cf. Denzinger-Schonmetzar 3002.

(2) Cf. Ex 3,14.

(3) Cf. 1Jn 4,8.

(4) Cf. 1Tm 16.

(5) Cf. DS 804.

(6) Cf. DS 75.

(7) Cf. DS 75.

(8) Cf. DS 150.

(9) Cf. DS 76.

(10) Cf. Mt 5,48

(11) Cf. DS 251-252.

(12) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmatica LG 53.

(13) Cf. DS 2803.

(14) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmatica LG 53.

(15) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmatica LG 53 LG 58 LG 61.

(16) Cf. DS 3903.

(17) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmatica LG 53 LG 56 LG 61 LG 63; cf, Pablo Vl Allocutio in conclusione lIl Sessionis Concilii Vaticani II, en Acta Apostalicae Sedis 56,1964, p. 1016; exhortación apostolica Signum magnum. Introduccion.

(18) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmatica LG 62; Pablo Vl, exhortación apostolica Signum magnum, p.1, n.1.

(19) Cf. DS 1513.

(20) Cf. Rm 5,20.

(21) Cf. DS 1514.

(22) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmatica LG 8 LG 50.

(23) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmatica LG 7 LG 11.

(24) Cf. Concilio Vaticano II, constitución SC 5 SC 6; Concilio Vaticano II, constitución dogmatica LG 7 LG 12 LG 50.

(25) Cf. DS 3011.

(26) Cf. DS 3074.

(27) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmatica LG 25.

(28) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmatica LG 23. Cf. Concilio Vaticano II, decreto Orientalium Ecclesiarum, OE 2 OE 3 OE 5 OE 6.

(29) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmatica LG 8.

(30) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmatica Lumen gentium, LG 15.

(31) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmatica LG 14.

(32) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmatica LG 16.

(33) Cf. DS 1651.

(34) Cf. DS 1642 DS 1651-1654; Pablo Vl, carta encíclica Mysterium fidei.

(35) Cf. Santo Tomas, Summa Theologica III 73,3.

(36) Cf. 1Jn 3,2; DS 1000.

(37) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmatica LG 49
(38) Cf. Lc 11,9-10 Jn 16,24.

Letras Apostolicas en las que se decretan los Honores de los Santos


1400

AL BEATO JUAN DE AVILA

Pablo, Obispo, Siervo de los Siervos de Dios para perpetua memoria:


1401
1. Introduccion

Las palabras santísimas de Cristo: "ld por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creacion. El que crea y sea bautizado se salvara; el que no crea se condenara" (
Mc 16,19), claramente indican que la salvación de los hombres se apoya sobre todo en la predicación de los Obispos, sucesores de los Apostoles y también en la predicación de aquellos que con ellos participan en este ministerio santisimo, es decir los Sacerdotes. Y ésta es en realidad la razón por la cual la Iglesia ha puesto su confianza sobre todo en los Obispos y Sacerdotes, tanto en las épocas dificiles como en los tiempos buenos.


1402
2. La conciencia de la dignidad sacerdotal y la reforma de las costumbres, motivos de la canonizacion

Por lo tanto, ya que el colegio de nuestros Venerables Hermanos, los Obispos de Espana, en su propio nombre, en el nombre del clero y de todo el pueblo, han pedido que el Beato Juan de Avila, Sacerdote integérrimo y a la vez propulsor de la religión cristiana en aquella nobilisima tierra, lo elevaramos al número de los Santos, Nos, deseosos por una parte de aumentar la gloria de tan esclarecida nacion, patria de tantos Santos y varones ilustres, y por otra, juzgando que ello ha de contribuir de una manera fausta y feliz a la prosperidad de la Iglesia, después de considerado el asunto con la ponderación debida, accedemos muy gustosos a sus ruegos y procedemos en consecuencia.

Porque si la Iglesia, afligida por aquel entonces con muchas dificultades, al surgir las herejias por todas partes, y también caidas en cierta languidez la piedad y la disciplina. se robustecio sobre todo en Espana con la virtud de este bienaventurado varon, confia que su santidad. proclamada por la suprema Silla de Pedro. animara a los Sacerdotes, para que conscientes de su dignidad acomoden su vida según todas las exigencias, criterios y normas de la virtud. De este modo podran iluminar a los fieles como luz puesta sobre el candelero y apartarlos de la corrupción de las malas costumbres.

Todos ven cuanta ayuda proporcionara esto a la Iglesia oprimida por el peso de los grandes deberes que le han sido encomendados, y qué vigor le infundira a la manera de un viento favorable para que pueda arribar al puerto final.


Pablo VI Magisterio ES