PIO XI, MAGISTERIO PONTIFICIO




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MAGISTERIO PONTIFICIO

DE SU SANTIDAD PIO XI


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UBI ARCANO: La Paz de Cristo en el Reino de Cristo

PIO XI

I. INTRODUCCION

1. Ascensión al trono pontificio Preocupaciones y dolores.

Desde el momento en que por inescrutable designio de Dios Nos vimos exaltados, sin mérito alguno, a esta Cátedra de verdad y caridad, fue Nuestro animo, Venerables Hermanos, dirigiros cuanto antes y con el mayor afecto Nuestra palabra, y con vosotros a todos Nuestros amados hijos confiados directamente a vuestros cuidados. Un indicio de esta voluntad Nos parece haber dado cuando, apenas elegidos, desde lo alto de la Basílica Vaticana, y en presencia de una grandísima muchedumbre, dimos la bendición a la urbe y al orbe; bendición que todos vosotros, con el Sagrado Colegio de Cardenales al frente, recibisteis con tan grata alegría que para Nos, en el imponente momento de echar sobre Nuestros hombros casi de improviso el peso de este cargo, fue muy oportuno, y después de la confianza en el auxilio divino, muy grande consuelo y alivio Ahora, por fin, al llegar al Nacimiento de Nuestro Señor JESUCRISTO, y al comienzo del nuevo ano, Nuestra boca se abre para vosotros (2Co 11,28) ; y sea Nuestra palabra como solemne regalo que el padre envía a sus hijos para felicitarles.

El hacer esto antes de ahora, como habríamos deseado, Nos lo impidieron diversas causas. Lo primero, fue preciso corresponder a la atención y delicadeza de los católicos, de quienes cada día llegaban innumerables cartas para dar con expresiones de la mas ardiente devoción al nuevo sucesor de SAN PEDRO. Luego comenzamos al punto a experimentar lo que el Apóstol llama los cuidados que urgen cada día, la solicitud de todas las Iglesias (2Co 11,28) ; y a cuidados ordinarios de Nuestro Oficio se juntaron otros, como el de proseguir los gravísimos negocios que encontramos ya incoados, respecto a la Tierra Santa y al estado de aquellos cristianos y de aquellas Iglesias que son de las mas ilustres; el defender, según demanda Nuestro oficio, la causa de la caridad junto con la de la justicia en las conferencias de las naciones vencedoras, en las que se trataba la suerte de las otras naciones, exhortando especialmente a que se tuviera la debida cuenta con los intereses espirituales, que no son de menor, antes de mas valer que los otros; el procurar con todo empeño el socorro de inmensas muchedumbres de gentes lejanas consumidas por el hambre y por todo género de calamidades, lo cual hemos llevado a cabo mandando el mayor subsidio que Nos fue posible en las actuales estrecheces implorando socorros de todo el mundo el trabajar por componer en el mismo pueblo en que habíamos nacido, y en medio del cual Dios coloco la Sede de PEDRO, las luchas violentas que desde largo tiempo y con frecuencia ocurrían y que parecían poner en inminente peligro la suerte de la nación para Nos tan querida.

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Gozos y consuelos.

No faltaron, sin embargo, en el mismo tiempo acontecimientos que Nos llenaron de gozo. A la verdad, tanto en los días del XXVI Congreso Eucarístico internacional, como en los del III Centenario de Propaganda Fide, Nos experimentamos tanta abundancia de consuelos celestiales cuanta difícilmente habríamos esperado poder gozar en los comienzos de Nuestro Pontificado. Tuvimos ocasión de hablar con casi todos y cada uno de Nuestros amados hijos, los Cardenales, lo mismo con los Venerables Hermanos, los Obispos, en tanto numero, cuantos difícilmente habríamos podido ver en muchos anos. Pudimos también dar audiencia a grandes muchedumbres de fieles, como a otras porciones escogidas de la innumerable familia que el Señor Nos había confiado, de toda tribu y lengua y pueblo y nación, según se lee en el Apocalipsis, y dirigirles, como vivamente lo deseamos, Nuestra paternal palabra.

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Congreso Eucarístico Internacional de Roma.

En aquellas ocasiones Nos parecía asistir a espectáculos divinos: cuando Nuestro Redentor JESUCRISTO bajo los velos eucarísticos era llevado en triunfo por las calles de Roma, seguido de un innumerable y apinado acompañamiento de devotos, venidos de todos los países, y parecia haber vuelto a granjearse el amor que se le debe como a Rey de los hombres y de las naciones; cuando los sacerdotes y piadosos seglares, como si sobre ellos hubiera de nuevo descendido el Espíritu Santo, se mostraban inflamados del espíritu de oración y del fuego del apostolado y cuando la fe viva del pueblo romano, para mucha gloria de Dios y para salvación de muchas almas, otra vez en tiempos pasados se manifestaba a la faz del universo mundo.

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Devoción a María.

Entre tanto la Virgen MARIA, Madre de Dios y benignísima Madre de todos nosotros, que Nos había sonreído ya en los Santuarios de Czenstochowa y de Ostrabrarna, en la gruta milagrosa de Lourdes y sobre todo en Milán desde la aérea cúspide del Duomo y desde el vecino santuario de Rho, parecio aceptar el homenaje de Nuestra piedad, cuando en el santísimo santuario de Loreto, después de restaurados los destrozos causados por el incendio, quisimos que se repusiese su venerable imagen, que junto a Nos había sido rehecha con toda perfección y por Nuestra propias manos había sido consagrada y coronada. Fue éste un magnifico y espléndido triunfo de la Santísima Virgen, que desde el Vaticano hasta Loreto, dondequiera que paso la santa imagen, fue honrada por la religiosidad de los pueblos con una no interrumpida serie de obsequios, hechos por gentes de toda clase que en gran numero salían a recibirla y con vivisimas expresiones mostraban su devoción a MARIA y al Vicario de Cristo.

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Objetivo de la Encíclica y del Pontificado: la pacificación del mundo.

Con el aviso de estos sucesos, tristes y alegres, cuya memoria queremos quede aquí consignada para la posteridad, se iba poco a poco haciendo para Nos cada vez mas claro qué es lo que debíamos llevar mas en el alma durante Nuestro Pontificado, y aquello de que debíamos hablar en la primera Encíclica.

Nadie hay que ignore que ni para los hombres en particular, ni para la sociedad, ni para los pueblos, se ha conseguido todavía una paz verdadera después de la guerra calamitosa, y que todavía se echa de menos la tranquilidad activa y fructuosa que todos desean. Pero de este mal es preciso ante todo examinar la grandeza y gravedad, e indagar después las causas y las raíces, si se quiere, como Nos queremos, poner el oportuno remedio Y esto es lo que por deber de Nuestro Apostólico oficio Nos proponemos comenzar con esta Encíclica, y esto lo que nunca después cesaremos de procurar. Es decir, que así como las condiciones de los presentes tiempos son las mismas que tanto preocuparon a BENEDICTO XV, Nuestro llorado Predecesor, en todo el tiempo de su Pontificado, es lógico que los mismos pensamientos y cuidados que él tuvo, Nos mismo los hagamos Nuestros. Y es de desear que todos los buenos tengan un mismo sentir y querer con Nos, y que con Nos trabajen para impetrar de Dios en favor de los hombres una reconciliación de verdad y duradera.

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II. LOS MALES PRESENTES

2. La falta de paz.

Admirablemente cuadran a nuestra Edad aquellas palabras de los Profetas: Esperamos la paz y este bien no vino, el tiempo de la curación, y he aquí el terror (Jr 8,15) ; el tiempo de restaurarnos, y he aquí a todos turbados (Jr 14,19) . Esperamos la luz, y he aquí las tinieblas...; y la justicia, y no viene; la salud, y se ha alejado de nosotros (Is 59, 9, 11) . Pues aunque hace tiempo en Europa se han depuesto las armas, sin embargo sabéis como en el vecino Oriente se levantan peligros de nuevas guerras, y allí mismo, en una región inmensa como hemos antes dicho, todo esta lleno de horrores y miserias, y todos los días una ingente muchedumbre de infelices, sobre todo de ancianos, mujeres y ninfos, mueren de hambre, de peste y por los saqueos; y donde quiera que hubo guerra no están todavía apagadas las viejas rivalidades, que se dan a conocer: o con disimulo en los asuntos políticos, o de una manera encubierta en la variedad de los cambios monetarios, o sin rebozo en las paginas de los diarios y periódicos; y hasta invaden los confines de aquellas cosas que por su naturaleza deben permanecer extrañas a toda lucha acerba, como son los estudios de las artes y de las letras.

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3. Falta la paz internacional.

De ahí que los odios y las mutuas ofensas entre los diversos Estados no den tregua a los pueblos. ni perduren solamente las enemistades entre vencidos y vencedores, sino entre las mismas naciones vencedoras, ya que las menores se quejan de ser oprimidas y explotadas por las mayores, y las mayores se lamentan de ser el blanco de los odios y de las insidias de las menores. Y los Estados, sin excepción, experimentan los tristes efectos de la pasada guerra; peores ciertamente los vencidos, y no pequeños los mismos que no tomaron parte alguna en la guerra. Y los dichos males van cada día agravándose mas, por irse retardando el remedio; tanto mas, que las diversas propuestas y las repetidas tentativas de los hombres de Estado para remediar tan tristes condiciones de cosas han sido inútiles, si ya no es que las han empeorado. Por todo lo cual, creciendo cada día el temor de nuevas guerras y mas espantosas, todos los Estados se ven casi en la necesidad de vivir preparados para la guerra, y con eso quedan exhaustos los erarios, pierde el vigor de la raza y padecen gran menoscabo los estudios y la vida religiosa y moral de los pueblos.

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4. Falta la paz social y política.

Y lo que es mas deplorable, a las externas enemistades de los pueblos se juntan las discordias intestinas que ponen en peligro no solo los ordenamiento sociales, sino la misma trabazón de la sociedad.

Debe contarse en primer lugar la "lucha de clases", que, inveterada ya como llaga mortal en el mismo seno de las naciones, inficiona las obras todas, las artes, el comercio; en una palabra, todo lo que contribuye a la prosperidad publica y privada, y este mal se hace cada vez mas pernicioso por la codicia de bienes materiales de una parte, y de la otra por la tenacidad en conservarlos, y en ambas a dos por el ansia de riquezas y de mando. De aquí las frecuentes huelgas, voluntarias y forzosas; de aquí los tumultos públicos y las consiguientes represiones, con descontento y daño de todos.

Añádanse las luchas de partido para el gobierno de la cosa publica, en la que las partes contendientes suelen de ordinario hostilizarse con la mira puesta, no sinceramente, según las varias opiniones, en el bien publico, sino el logro del propio provecho con daño del bien común. Y así vemos como van en aumento las conjuras, como se originan insidias, atentados contra los ciudadanos y contra los mismos ministros de la autoridad; como se acude al terror, a las amenazas, a las francas rebeliones y a otros desordenes semejantes, tanto mas perjudiciales cuanto mayor es la parte que en el gobierno tiene el pueblo, cual sucede con las modernas formas representativas. Estas formas de gobierno, si bien no están condenadas por la doctrina de la Iglesia (como no esta condenada forma alguna de régimen justo y razonable) , sin embargo, conocido es de todos cuan fácilmente se prestan a la maldad de las facciones.

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5. Falta la paz doméstica.

Y es verdaderamente doloroso ver como un mal tan pernicioso ha penetrado hasta las raíces mismas de la sociedad, es decir, hasta en las familias, cuya disgregación hace tiempo iniciada ha sido como muy favorecida por el terrible azote de la guerra, merced al alejamiento del techo doméstico de los padres y de los hijos, y merced a la licencia de las costumbres, en muchos modos aumentada. Así se ve muchas veces olvidado el honor en que debe tenerse la autoridad paterna; desatendidos los vínculos de la sangre: los amos y criados se miran como adversarios; se viola con demasiada frecuencia la misma fe conyugal, y son conculcados los deberes que el matrimonio impone ante Dios y ante la sociedad.

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Falta la paz del individuo.

De ahí que, como el mal que afecta a un organismo o a una de sus partes principalmente hace que también los otros miembros, aun los mas pequeños, sufran, así también es natural que las dolencias que hemos visto afligir a la sociedad y a la familia alcancen también a cada uno de los individuos. Vemos, en efecto, cuan extendida se halla entre los hombres de toda edad y condición una gran inquietud de animo que les hace exigentes y díscolos, y como se ha hecho ya costumbre el desprecio de la obediencia y la impaciencia en el trabajo. Observamos también como ha pasado los limites del pudor la ligereza de las mujeres y de las niñas, especialmente en el vestir y en el bailar, con tanto lujo y refinamiento, que exacerba las iras de los menesterosos. Vemos, en fin, como aumenta el numero de los que se ven reducidos a la miseria, de entre los cuales se reclutan en masa los que sin cesar van engrosando el ejército de los perturbadores del orden.

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Resumen de males.

En vez, pues, de la confianza y seguridad reina la congojosa incertidumbre y el temor; en vez del trabajo y la actividad, la inercia y la desidia; en vez de la tranquilidad del orden, en que consiste la paz, la perturbación de las empresas industriales, la languidez del comercio, la decadencia en el estudio de las letras y de las artes; de ahí también, lo que es mas de lamentar, el que se eche de menos en muchas partes la conducta de vida verdadera mente cristiana, de modo que no solamente la sociedad parece no progresar en la verdadera civilización de que suelen gloriarse los hombres, sino que parece querer volver a la barbarie.

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6. Falta la paz religiosa. Danos espirituales.

Y a todos estos males aquí enumerados vienen a poner el colmo aquellos que, cierto, no percibe el hombre animal (1Co 2,14) , pero que son, sin embargo, los mas graves de nuestro tiempo. Queremos decir los danos causados en todo lo que se refiere a los intereses espirituales y sobrenaturales, de los que tan íntimamente depende la vida de las almas; y tales danos, como fácilmente se comprende, son tanto mas de llorar que las pérdidas de los bienes terrenos, cuanto el espíritu aventaja a la materia. Porque fuera de tan extendido olvido de los deberes cristianos, arriba recordado, cuan grandes penas nos causa, Venerables Hermanos, lo mismo que a vosotros, el ver que de tantas Iglesias destinadas por la guerra a usos profanos no pocas están todavía sin abrirse al culto divino; que muchos seminarios, cerrados entonces, y tan necesarios para la formación de los maestros y guías de los pueblos, no pueden todavía abrirse; que en todas partes haya disminuido tanto el numero de sacerdotes arrebatados unos por la guerra mientras se ocupaban en el ministerio, extraviados otros de su santa vocación por la extraordinaria gravedad de los peligros, y que por lo mismo en muchos sitios se vea reducida al silencio la predicación de la palabra divina, tan necesaria para la edificación del cuerpo místico de Cristo (Ep 4,12) .

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Efectos en las Misiones y en la Patria. Daño en aquéllas; aprecio del sacerdote en ésta.

¿Y qué decir al recordar como desde los últimos confines de la tierra y del centro mismo de las regiones en que reina la barbarie nuestros misioneros, llamados frecuentemente a la patria para ayudar en las fatigas de la guerra, debieron abandonar los campos fertilisimos, donde con tanto fruto vertían sus sudores por la causa de la Religión y de la civilización, y cuan pocos de ellos pudieron volver incolumes? Es cierto que estos danos los vemos compensados también en alguna parte con excelentes frutos, porque aparecio entonces mas en el corazon del Clero el amor a la patria y la conciencia de todos sus deberes, de modo que muchas almas, a las puertas mismas de la muerte, admirando en el trato cotidiano los hermosos ejemplos de magnanimidad y de trabajo del Clero, se llegaron de nuevo al sacerdocio y a la Iglesia. Pero en esto hemos de admirar la bondad de Dios, que aun del mal sabe sacar bien.

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III. CAUSAS DE ESTOS MALES

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Introducción al tercer punto.

Hasta aquí hemos hablado de los males de estos tiempos. Indaguemos ahora sus causas mas detenidamente, si bien ya, sin poderlo evitar, algo hemos indicado. Y ante todo, parécenos oír de nuevo al divino Consolador y Médico de las humanas enfermedades repetir aquellas palabras: Todos estos males proceden del interior (Mc 7,23) .

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7. El olvido de la caridad.

Firmose, si, la paz solemnemente entre beligerantes, pero quedose escrita en los documentos públicos, mas no grabada en los corazones; vivo esta todavía en esto, el espíritu bélico y de él brotan cada día los mayores danos a la sociedad. Porque el derecho de la fuerza paseose mucho tiempo triunfante por todas partes, y poco a poco fue apagando en los hombres los sentimientos de benevolencia y compasión que, recibidos de la naturaleza, son por la ley cristiana perfeccionados, y hasta la fecha no han vuelto a renacer ni con la reconciliación de una paz hecha mas en apariencia que en realidad. De aquí que el odio, al que se han habituado los hombres por largo tiempo, se haya hecho en muchos una segúnda naturaleza, y que predomine aquella ley ciega que el Apóstol lamentaba sentir en sus miembros, guerreando contra la ley del espíritu (Rm 7,2) , Y así sucede con frecuencia que el hombre no parece ya, como debería considerarse según el mandamiento de Cristo, hermano de los demás, sino extraño y enemigo; que perdido el sentimiento de la dignidad personal y de la misma naturaleza humana, solo se tiene cuenta con la fuerza y con el numero, y que procuran los unos oprimir a los otros por el solo fin de gozar cuanto puedan de los bienes de esta vida.

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8. El ansia inmoderada de los bienes de la tierra.

Nada mas ordinario entre los hombres que desdeñar los bienes eternos que JESUCRISTO propone a todos continuamente por medio de su Iglesia y apetecer insaciables la consecución de los bienes terrenos y caducos. Ahora bien: los bienes materiales, por la misma naturaleza, son de tal condición, que en buscarlos desordenadamente se halla la raíz de todos los males, y en especial del descontento y de la degradación moral, de las luchas y las discordias. En efecto, por una parte esos bienes, viles y finitos como son, no pueden saciar las nobles aspiraciones del corazón humano que, criado por Dios y para Dios, se halla necesariamente inquieto mientras no descanse en Dios. Por otra parte, como los bienes del espíritu, comunicados con otros, a todos enriquecen, sin padecer mengua, así, por el contrario, los bienes materiales, limitados como son, cuanto mas se reparten tanto menos toca a cada uno. De donde resulta que los bienes terrenos incapaces de contentar a todos por igual, ni de saciar plenamente a ninguno, son causas de divisiones y de tristeza, verdadera vanidad de vanidades y aflicción del espíritu (Qo 1,2 Qo 1,14) , como las llamo el sabio SALOMON, después de bien experimentado. Y esto que acaece a los individuos acaece lo mismo a la sociedad. ¿De donde nacen las guerras y contiendas entre nosotros?, pregunta JC Apóstol, ¿No es verdad que de vuestras pasiones? (Jc 4,1) .

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9. Las tres concupiscencias.

Porque la concupiscencia de la carne, o sea el deseo de placeres, es la peste mas funesta que se puede pensar para perturbar las familias y la misma sociedad: de la concupiscencia de los ojos, o sea de la codicia de poseer, nacen las despiadadas luchas de las clases sociales, atento cada cual en demasía a sus propios intereses; y la soberbia de vida es decir, el ansia de mandar a los demás, ha llevado a los partidos políticos a contiendas tan encarnizadas, que no se detienen ni ante la rebelión, ni ante el crimen de lesa majestad, ni ante el parricidio mismo de la patria.

Y a esta intemperancia de las pasiones, cuando se cubre con el especioso manto de bien publico y del amor a la patria, es a quien hay que atribuir las enemistades internacionales. Pues aun este amor patrio, que de suyo es fuerte estimulo para muchas obras de virtud y de heroismo cuando esta dirigido por la ley cristiana, es también fuente de muchas injusticias cuando pasados los justos limites se convierte en amor patrio desmesurado. Los que de este amor se dejan llevar olvidan no solo que los pueblos todos están unidos entre si con vínculos de hermanos, como miembros que son de la gran familia humana, y que las otras naciones tienen derecho a vivir y a prosperar, sino también que no es licito ni conveniente el separar lo util de lo honesto. Porque la justicia eleva las gentes y el pecado hace miserables a los pueblos (Pr 14,34) . Y si el obtener ventajas para la propia familia, ciudad o nación con daño de los demás puede parecer a los hombres una obra gloriosa y magnifica, no hay que olvidar, como nos advierte SAN AGUSTIN, que ni sera duradera, ni se vera libre del amor de la ruina: vitrea laetitia fragiliter splendida, cui timeatur horribilius ne repente frangatur. "Una vidriosa alegría, fragilmente espléndida de la cual se teme, de un modo terrible, el repentino rompimiento" (De Civ. Dei, 1, 4, c. S.).

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10. El olvido de Dios, causa de la inestabilidad.

Pero el que se haya ausentado la paz, y que después de haberse remediado tantos males todavía se le eche de menos, tiene que tener causa mas honda que la que hasta ahora hemos visto. Porque ya mucho antes que estallara la guerra europea venia preparándose por culpa de los hombres y de las sociedades la principal causa engendradora de tan grandes calamidades, causa que debía haber desaparecido con la misma espantosa grandeza del conflicto si los hombres hubieran entendido las significación de tan grandes acontecimientos. ¿Quién no sabe aquello de la Escritura: Los que abandonaron al Señor serán consumidos? (Is 1,28) ; ni son menos conocidas aquellas gravísimas palabras del Redentor y Maestro de los hombres JESUCRISTO: Sin mi nada podéis hacer (Jn 15,5) , y aquellas otras: El que no allega conmigo, dispersa (Lc 11,23) .

Sentencias éstas de Dios que en todo tiempo se han verificado y ahora sobre todo las vemos realizarse ante Nuestros mismos ojos. Alejáronse en mala hora los hombres de Dios y de JESUCRISTO, y por eso precisamente de aquel estado feliz han venido a caer en este torbellino de males y por la misma razón se ven frustradas y sin efecto la mayor parte de las veces las tentativas para reparar los danos y para conservar lo que se ha salvado de tanta ruina. Y así, arrojados Dios y JESUCRISTO de las leyes y del gobierno, haciendo derivar la autoridad no de Dios, sino de los hombres, ha sucedido que, además de quitar a las leyes verdaderas y sólidas sanciones y los primeros principios de la justicia, que aun los mismos filósofos paganos, como CICERON, comprendieron que no podían tener su apoyo sino en la ley eterna de Dios, han sido arrancados los fundamentos mismos de la autoridad, una vez desaparecida la razón principal de que unos tengan el derecho de mandar y otros la obligación de obedecer. Y he ahí las violentas agitaciones de toda la sociedad, falta de todo apoyo y defensa por alcanzar el poder atentos a los propios intereses y no a los de la patria.

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11. La exclusión de Dios de la familia.

Es también ya cosa decidida que ni Dios ni JESUCRISTO han de presidir el origen de la familia, reducido a mero contrato civil el matrimonio, que JESUCRISTO había hecho un sacramento grande (Ep 5,32) , y había querido que fuese una figura, santa y santificante, del vinculo indisoluble con que él se halla unido a su Iglesia. Y debido a esto hemos visto frecuentemente como en el pueblo se hallan oscurecidas las ideas y amortiguados los sentimientos religiosos con que la Iglesia había rodeado ese germen de la sociedad que se llama familia: vemos perturbados el orden doméstico y la paz doméstica; cada día mas insegura la unión y estabilidad de la familia; con tanta frecuencia profanada la santidad conyugal por el ardor de sórdidas pasiones y por el ansia mortífera de las mas viles utilidades, hasta quedar inficionadas las fuentes mismas de la vida, tanto de las familias como de los pueblos.

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Educación laica y antirreligiosa.

Finalmente, se ha querido prescindir de Dios y de su Cristo en la educación de la juventud; pero necesariamente se ha seguido, no ya que la religión fuese excluida de las escuelas sino que en ellas fuese de una manera oculta o patente combatida y que los niños se llegasen a persuadir que para bien vivir son de ninguna o de poca importancia las verdades religiosas, de las que nunca oyen hablar, o si oyen, es con palabras de desprecio Pero así excluidos de la enseñanza Dios y su ley, no se ve ya el modo como pueda educarse la conciencia de los jóvenes, en orden a evitar el mal y a llevar una vida honesta y virtuosa; ni tampoco como puedan irse formando para la familia y para la sociedad hombres morigerados, amantes del orden y de la paz, aptos y útiles para la común prosperidad.

La guerra es el producto de todo ello. Desatendidos, pues, los preceptos de la sabiduría cristiana, no nos debe admirar que las semillas de discordias sembradas por doquiera en terreno bien dispuesto viniesen por fin a producir aquélla tan desastrosa guerra, que lejos de apagar con el cansancio los odios entre las diversas clases sociales, los encendió mucho mas con la violencia y la sangre.

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IV. REMEDIOS DE ESTOS MALES

Ya hemos enumerado brevemente, Venerables Hermanos, las causas de los males que afligen a la sociedad; veamos los remedios aptos para sanarla, sugeridos por la naturaleza misma del mal.

12. La paz de Cristo.

Y ante todo es necesario que la paz reine en los corazones. Porque de poco valdría una exterior apariencia de paz, que hace que los hombres se traten mutuamente con urbanidad y cortesía, sino que es necesaria una paz que llegue al espíritu, los tranquilice e incline y disponga a los hombres a una mutua benevolencia fraternal. Y no hay semejante paz si no es la de Cristo; y la paz de Cristo triunfe en nuestros corazones (Col 3,15) ; ni puede ser otra la paz suya, la que l da a los suyos (Jn 14,17) , ya que siendo Dios, ve los corazones (1R 16,7) , y en los corazones tiene su reino. Por otra parte, con todo derecho pudo JESUCRISTO llamar suya esta paz, ya que fue el primero que dijo a los hombres: Todos vosotros sois hermanos (Mt 23,8) , y promulgo sellandola con su propia sangre la ley de la mutua caridad y paciencia entre todos los hombres: este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado (Jn 15,12) : soportad los unos las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo (Ga 6,2) .

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13. La paz de Cristo, garantía del derecho y fruto de la caridad.

Síguese de ahí claramente que la verdadera paz de Cristo no puede apartarse de las normas de justicia, ya porque es Dios mismo el que juzga la justicia (Ps 9,5) , ya porque la paz es obra de la justicia (Is 32,17) ; pero no debe constar tan solo de la dura e inflexible justicia sino que a suavizarla ha de entrar en no menor parte la caridad que es la virtud apta por su misma naturaleza para reconciliar los hombres con los hombres. Esta es la paz que JESUCRISTO conquisto para los hombres; mas aun, según la expresión enérgica de SAN PABLO, El mismo es nuestra paz; porque satisfaciendo a la divina justicia con el suplicio de su carne en la cruz, dio muerte a las enemistades en si mismo..., haciendo la paz (Ep 2,14) , y reconcilio en si a todos (2Co 5,18 Ep 2,16) y todas las cosas con Dios; y en la misma redención no ve y considera SAN PABLO tanto la obra divina de la justicia, como en realidad lo es, cuanto la obra de la reconciliación y de la caridad: Dios era el que reconciliaba consigo al mundo en Jesucristo (2Co 5,18) ; de tal manera amo Dios al mundo que le dio su Hijo unigénito (Jn 3,6) . Con el gran acierto que suele, escribe sobre este punto el Doctor Angélico que la verdadera y genuina paz pertenece mas bien a la caridad que a la justicia, ya que lo que ésta hace es remover los impedimentos de la paz, como son las injurias, los danos, pero la paz es un acto propio y peculiar de la caridad (Suma Theol. II-II 29,3 ad 3.) .

El reino de la paz esta en nuestro interior. Por tanto, a la paz de Cristo, que, nacida de la caridad, reside en lo intimo del alma, se acomoda muy bien a lo que SAN PABLO dice del reino de Dios que por la caridad se adueña de las almas: no consiste el reino de Dios en comer y beber (Rm 14,17) ; es decir, que la paz de Cristo no se alimenta de bienes caducos, sino de los espirituales y eternos, cuya excelencia y ventaja el mismo Cristo declaro al mundo y no ceso de persuadir a los hombres. Pues por eso dijo: ¿Qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde el alma? o ¿qué cosa dará el hombre en cambio te su alma? (Mt 16,26) . Y enseñó además la constancia y firmeza de animo que ha de tener el cristiano: ni temáis a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma, sino temed a los que puedan arrojar el alma y el cuerpo en el infierno (Mt 10,28) .

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Los frutos de la paz.

No que el que quiera gozar de esta paz haya de renunciar a los bienes de esta vida; antes al contrario, es promesa de Cristo que os tendrá en abundancia: Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura (Mt 6,33 Lc 12,31) . Pero: la paz de Dios sobrepuja todo entendimiento (Ph 4,7) , y por lo mismo domina a las ciegas pasiones y evita las disensiones y discordias que necesariamente brotan del ansia de poseer,

Refrenadas, pues, con la virtud las pasiones, y dado el honor debido a las cosas del espíritu, seguirase como fruto espontaneo la ventaja de que la paz cristiana traera consigo la integridad le las costumbres y el ennoblecimiento de la dignidad del hombre; el cual, después que fue redimido con la sangre de Cristo, esta como consagrado por la adopción del Padre celestial y por el parentesco de hermano con el mismo Cristo, hecho con las oraciones y sacramentos participante de la gracia y consorte de la naturaleza divina, hasta el punto de que, en premio de haber vivido bien en esta vida, llegue a gozar por toda una eternidad de la posesión de la gloria divina.

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Fortalece el orden y la autoridad.

Y ya que arriba hemos demostrado que una de las principales causas de la confusión en que vivimos es el hallarse muy menoscabada la autoridad del derecho y el respeto a los que mandan - por haberse negado que el derecho y el poder vienen de Dios, creador y gobernador del mundo -, también a este desorden pondrá remedio la paz cristiana, ya que es una paz divina, y por lo mismo manda que se respeten el orden, la ley y el poder. Pues así nos lo enseña la Escritura: Conservad en paz la disciplina (Si 41,17) , Gran paz para aquellos que aman tu ley, Señor (Ps 118,165) , El que teme el precepto, se hallara en paz (Pr 13,13) . y nuestro Señor JESUCRISTO, no solo dijo aquello de: Dad al Cesar lo que es del Cesar (Mt 22,21) , sino que declaro respetar en el mismo PILATO el poder que le había sido dado de lo alto (Jn 19,11) , de la misma manera que había mandado a los discípulos que reverenciasen a los Escribas y Fariseos que se sentaron en la cátedra del Moisés (Mt 23,2) . Y es cosa admirable la estima que hizo de la autoridad paterna en la vida de familia, viviendo para dar ejemplo, sumiso y obediente a JOS y MARIA. Y de l es también aquella ley promulgada por sus Apóstoles: Toda persona esté sujeta a las potestades superiores; porque no hay potestad que no provenga de Dios (Rm 13,1) .

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14. La Iglesia depositaria de esta paz.

Y si se considera que todo cuanto Cristo enseñó y estableció acerca de la dignidad de la persona humana, de la inocencia de vida, de la obligación de obedecer, de la ordenación divina de la sociedad, del sacramento del matrimonio y de la santidad de la familia cristiana; si se considera, decimos, que estas y otras doctrinas que trajo del cielo a la tierra las entrego a sola su Iglesia, y con promesa solemne de su auxilio y perpetua asistencia, y que le dio el encargo, como maestra infalible que era, que no dejase nunca de anunciarlas a las gentes todas hasta el fin de los tiempos, fácilmente se entiende cuan gran parte puede y debe tener la Iglesia para poner el remedio conducente a la pacificación del mundo.

Porque, instituida por Dios única intérprete y depositaria de estas verdades y preceptos, es ella únicamente el verdadero e inexhausto poder para alejar de la vida común, de la familia y de la sociedad la lacra del materialismo, tantos danos en ellas ha causado, y para introducir en su lugar la doctrina cristiana acerca del espíritu, o sea sobre la inmortalidad del alma, doctrina muy superior a cuanto enseña la mera filosofía; también para unir entre si las diversas clases sociales y el pueblo en general con sentimiento de elevada benevolencia y con cierta fraternidad (S. August. De mor. Eccl. cath., 1, 30.) , y para elevar hasta el mismo Dios la dignidad humana, con justicia restaurada, y, finalmente, para procurar que, corregidas las costumbres publicas y privadas, y mas conformes con las leyes sanas, se someta todo plenamente a Dios que ve los corazones (I2R 16, 7.) , y que todo se halle informado íntimamente de sus doctrinas y leyes, que, bien penetrado de la ciencia de su sagrado deber el animo de todos, de los particulares, de los gobernantes, y hasta de los organismos públicos de la sociedad civil, sea Cristo todo en todos (Col 3,11) .

Las enseñanzas de la Iglesia aseguran la paz.

Por lo cual, siendo propio de sola la Iglesia, por hallarse en posesión de la verdad y de la virtud de Cristo, el formar rectamente el animo de los hombres, ella es la única que puede, no solo arreglar la paz por el momento, sino afirmarla para el porvenir, conjurando los peligros de nuevas guerras que dijimos nos amenazan. Porque únicamente la Iglesia es la que por orden y mandato divino enseña que los hombres deben conformarse con la ley eterna de Dios, en todo cuanto hagan, lo mismo en la vida publica que en la privada, lo mismo como individuos que unidos en sociedad. Y es cosa clara que es de mucha mayor importancia y gravedad todo aquello en que va el bien y provecho de muchos.

Pues bien: cuando las sociedades y los estados miren como un deber sagrado el atenerse a las enseñanzas y prescripciones de JESUCRISTO en sus relaciones interiores y exteriores, entonces si llegaran a gozar, en el interior, de una paz buena, tendrán entre si mutua confianza y arreglaran pacíficamente sus diferencias, si es que algunas se originan.


PIO XI, MAGISTERIO PONTIFICIO