Agustin - Confesiones 906

Capítulo 1V

De los libros que escribió, después de retirado con todos los suyos a la dicha heredad de Casiciaco


Y de las cartas a Nebridio; afectos que experimentaba leyendo los Salmos, y como sano milagrosamente de un vehementísimo dolor de dientes

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Llego, por fin, el día en que efectivamente había de exonerarme del empleo de maestro de retorica, como ya lo estaba con la intención y la voluntad. Efectuose la dimisión de dicho empleo, con lo cual sacasteis a mí lengua de las prisiones y grillos de que habíais sacado mi corazón; y yo, lleno de gozo y dándoos muchas gracias por ello, me retiré a la quinta de

Verecundo con todos los amigos (92).

Los libros que allí compuse, ya de las materias que trataba y controvertía con mis compañeros, ya conmigo (93) solo y en presencia vuestra, y las cartas que escribí a Nebridio, que estaba ausente, testifican la clase de estudios en que me ocupaba entonces, pues todas aquellas obras las escribí y ordené a vuestro servicio, no obstante que conservan todavía algún resabio de la escuela de la vanidad, lo cual puede compararse con aquel jadear o difícil respiración del que va corriendo, que le dura aun después de estar parado.

Pero ¿qué tiempo bastaría para que yo refiriese por menor los grandes beneficios que Vos me hicisteis en todo aquel tiempo, especialmente metiéndome mucha prisa en el deseo de llegar a referir otras mayores mercedes? Porque me está llamando y me deleita verdaderamente el acordarme, Señor, y publicar ahora con qué interiores estímulos domasteis mí ferocidad, de qué modo allanasteis en mí los montes y collados de mis altivos pensamientos, enderezasteis mis caminos torcidos y suavizasteis los ásperos y fragosos; de qué modo también a Alipio, hermano de mi corazón, le sujetasteis al nombre de vuestro unigénito Hijo, nuestro Señor y Salvador Jesucristo, cuyo nombre no quería él antes que sonase en mis escritos, gustando mas de que oliesen a las soberbias doctrinas de los filósofos, cedros (94) que el Señor había quebrantado, que a las saludables hierbas de las doctrinas sagradas, cuya virtud ahuyenta las serpientes ponzoñosas.

(92) A la quinta Casiciaco, que era propia de Verecundo acompañándole su madre, Alipio y otros, entre los cuales se han de contar su hijo Adeodato, Navigio su hermano; Trigecio y Licencio, paisanos y discípulos suyos; Lastidiano y Rustico, sus primos, y también Evodio, como él mismo dice en los libros De Ordine, De Vita beata y Contra Académicos. Durante su estancia en Casiciaco fue cuando vio el monasterio que había fuera de

Milán, de donde volvió muy edificado del método de vida que tenían aquellos solitarios, como él refiere en el libro De moribus Eccles., 33.

(93) Los primeros de que el Santo habla son los que acabo de nombrar en la nota anterior; estos segundos, que dice los compuso hablando consigo mismo, fueron los Soliloquios, que los escribió inmediatamente después de los otros citados.

(94) Llama cedros a los filósofos para significar la soberbia y vanidad de sus doctrinas, por la mucha altura y elevación que tienen los cedros; dice que el Señor los había ya quebrantado para significar que ya no le llevaban la atención ni hacia caso de ellos, y alude a lo del salmo XXVIII, 5: Et confringet Dominus cedros Libani.



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¡Qué voces os daba yo, Dios mío, cuando hallándome desocupado en aquella quinta, no obstante ser todavía catecúmeno, rudo y bisoño en amaros con verdadero amor, acompañado de Alipio, que era también catecúmeno, y de mi madre, que era por el traje mujer, por la fe varonil, por su ancianidad segura, por su maternidad amorosa, por su piedad muy cristiana, me ocupaba en leer los Salmos de David, canticos llenos de las verdades de nuestra fe, cantares que inspiran piedad y devoción y excluyen todo espíritu de soberbia y vanidad! ¡Qué voces os daba yo, Señor, leyendo aquellos salmos, y como ellos me inflamaban en vuestro amor y encendían en vivísimos deseos de irlos publicando por todo el mundo, si me fuera posible, contra la hinchazón y soberbia del género humano! Bien sé que ya se cantan en todo el universo, verificándose en esto también que no hay quien se esconda de vuestro calor y luz.

¡Con cuan vehemente y vivo sentimiento me indignaba contra los maniqueos, porque tan locamente procedían contra aquel antídoto que podría curar las dolencias de su alma!, aunque por otra parte me daba lástima que ignorasen aquellos misterios, que eran las medicinas más conducentes a su salud. Quisiera que hubieran estado allí, en un sitio inmediato, que sin saberlo yo, hubieran visto entonces mí semblante y oído las voces que daba para explicar los sentimientos y afectos que en mi alma había producido la lectura del cuarto salmo, cuando leí en el tiempo y lugar que he dicho repitiendo estas palabras: Luego que comencé a invocaros, Dios mío, principio y causa de toda mí justicia, luego al punto fue mí suplica bien oída y despachada de Vos; cuando me estrechaban las tribulaciones, me desahogasteis colocándome en espaciosas anchuras. Tened, Señor, misericordia de mí y concededme lo que os pido en mí oración. ¡Ojala que ellos hubieran oído todas las cosas que yo entonces mezclé entre estas palabras! Pero lo habían de haber oído, sin saber yo que me oían, para que no juzgasen que lo decía porque ellos me escuchaban. Porque, a la verdad, ni yo hubiera acertado a decir tan buenas cosas, ni las hubiera dicho de aquel modo y con tan vivos afectos si conociera que ellos me estaban viendo y escuchando. Y dado caso que las hubiera dicho, y del mismo modo, ellos no hubieran sacado de mis palabras tanto provecho como diciéndolas yo a mis solas y hablando conmigo mismo en presencia vuestra, movido solo del natural afecto de mi alma.

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Bien sabéis, Padre amantísimo, que me horroricé temiendo vuestra justicia y también me enfervoricé esperando y alegrándome mucho en vuestra misericordia, que estos mismos afectos se me salían por los ojos y boca cuando en el mismo salmo leí aquellas palabras que dice vuestro Espíritu Santo hablando con nosotros: Hijos de los hombres, ¿hasta cuando habéis de tener tan pesado y terreno el corazón? ¿Para qué amáis la vanidad y buscáis la mentira? Porque yo me hallaba comprendido en esto, pues había amado la vanidad y buscado la mentira; por eso ignoraba lo que allí dice el Profeta, esto es, que Vos, Señor, ya habíais glorificado a vuestro Santo, resucitándole de entre los muertos y colocándole a vuestra diestra, para que desde allí enviase al divino consolador, Espíritu de verdad, según lo había prometido, y como efectivamente ya le había enviado. Ya le había enviado, porque ya él había sido glorificado, resucitando de entre los muertos y subiendo a los cielos; que si hasta entonces el Espíritu Santo no había sido dado, era porque Jesucristo no había sido hasta entonces glorificado.

El Real Profeta clamaba: ¿Hasta cuándo habéis de tener pesado el corazón? ¿Para qué amáis la vanidad y buscáis la mentira? Sabed que el Señor ha glorificado ya a su SANTO (95). Primero clama diciéndonos: ¿Hasta cuándo? Después vuelve a clamar y decirnos: Sabed. Y yo, que fui por tanto tiempo ignorante, que amé la vanidad y busqué la mentira, por eso me estremecí todo al oír aquellas palabras, por acordarme muy bien de que yo había sido tal como aquellos a quienes se dirigían. Porque en aquellos fantasmas que yo había abrazado en lugar de la verdad no había otra cosa que vanidad y mentira. Por eso dije entonces muchas sentencias graves y fuertes hasta en el modo de decirlas, por el sentimiento y dolor que me causaba acordarme de aquellas cosas. ¡Ojalá que las hubieran oído los que todavía perseveran amando la vanidad y buscando la mentira! Puede ser que al oírme se hubieran conmovido tanto, que llegasen a vomitar aquel veneno, y Vos, Señor, los hubierais atendido cuando clamasen a Vos y confesasen que padeció por nosotros verdadera muerte en un cuerpo real y verdadero. El mismo que ahora os ruego y pide por nosotros.

(95) A vuestro Santo, esto es, a Cristo, que es por antonomasia el Santo, y el Santo de los santos.



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Allí también leía: Servíos de vuestra ira para no pecar. Esto, Dios mío, ¡cuánto me conmovía, por haber aprendido ya a enojarme contra mí por mis pasados desordenes, para no volver a pecar en adelante! Y era justo enojarme contra mí, porque estaba plenamente convencido de que no era otra naturaleza del linaje de las tinieblas, distinta de la mía, la que pecaba en mí, como enseñaban aquellos que no se irritan ni enojan contra sí mismos, pero van atesorando contra si enojos para el día de la ira, que es el día de la manifestación de vuestro justo juicio.

Tampoco miraba ya estas cosas exteriores, como si fueran los verdaderos bienes a que debía aspirar, ni buscaba mí felicidad en estas cosas visibles a los ojos corporales y que se registran con la luz del sol. Porque aquellos herejes, que querían ser felices gozando de estas cosas corpóreas y exteriores, con facilidad se ven burlados y se vuelven inútiles y vanos sus deseos; como derrumban su corazón y lo entregan totalmente a estas cosas visibles que duran poco y las consume el tiempo, no tienen mas recurso que estar como lamiendo con la lengua de su hambrienta imaginación las especies o imágenes que de aquellas cosas han quedado en ella. Ojala que, siquiera acosados del hambre, llegasen a decir: ¿Quién nos manifestara los bienes sólidos y verdaderos?, para que entonces les digamos que atiendan al Real Profeta, que dice: Señor, la luz de vuestro divino rostro esta grabada en nuestro corazón. Porque nosotros no somos aquella luz que alumbra a todos los hombres, sino que somos iluminados de Vos, para que los que antes éramos tinieblas, seamos luz en Vos.

¡Oh, si ellos vieran en su interior aquel bien eterno que yo había comenzado a gustar! Me deshacía y consumía considerando que me era imposible hacérselo ver a ellos, aunque me preguntaran y dijeran: ¿quién nos manifestara los verdaderos bienes?, mientras me presentasen un corazón como el suyo, que solo cree y asiente al informe de sus ojos, y busca solamente los bienes fuera de Vos. Porque allá en lo mas íntimo de mi alma, donde yo me enojé contra mí mismo (96), donde sentí una verdadera compunción, donde os había ofrecido y sacrificado mis antiguas costumbres, y esperando en vuestra gracia había comenzado a pensar en hacer vida nueva; allí mismo fue donde Vos, Señor, comenzasteis a darme a conocer vuestra dulzura y a llenar mi corazón de alegría.

Al mismo tiempo que con los ojos del cuerpo iba leyendo estas cosas y con los de mí espíritu las iba conociendo, prorrumpía en varias exclamaciones, ordenadas a no querer dividir mi corazón, amando la diversidad y multitud de los bienes terrenos, en que precisamente había de gastar yo tiempo, y los tiempos me gastarían a mí; siendo así que hallaba y tenía en la simplicidad de un bien eterno otra suerte de pan, vino y aceite que alimenta eternamente las almas.

(96) Habla del enojo que concibió contra si, después de haber oído toda la relación de Ponticiano, como se dijo en el libro VIII, capítulo VII.



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También, cuando leía el verso que se sigue, exclamaba desde lo más profundo de mi corazón, diciendo aquellas palabras: ¡Oh paz!, ¡oh inalterable descanso! O lo que expresa el Profeta con decir: ¡En su paz y descanso dormiré y gozaré de un consuelo delicioso! Porque ¿quién se nos opondrá, cuando llegue a cumplirse aquella sentencia que consta en la

Escritura: Quedo la muerte aniquilada y convertida en victoria? (97). Vos, Señor, sois ese mismísimo Ser, que nunca puede mudarse; y en Vos es donde se halla este descanso perfecto que hace olvidar todos los trabajos, pues Vos sois el único que me establecisteis y disteis seguridad en aquella esperanza que mira a Vos solamente y no aspira a conseguir esa varia multitud de cosas que no son lo que Vos sois.

Estas cosas leía en aquel salmo, y leyéndolas me enardecía, pero no hallaba como darme a entender a aquellos herejes tan sordos como muertos, de cuya pestífera secta había sido yo antes, cuando poseído de aquella amargura y ceguedad había ladrado contra las Sagradas Escrituras, que comunican una dulzura que es como una miel del cielo y una luz y resplandor que es vuestra misma luz; por eso me abrasaba la ira, me consumía el enojo de que hubiese quien contradijese a tan divina Escritura.

(97) San Agustín lee aquí victoriam.



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¿Cuándo podré recordar ni referir todos los beneficios y dulzuras que experimento mi alma en aquellos días que estuvimos allí desocupados? Pero no tengo olvidado ni quiero pasar en silencio el riguroso azote con que me castigo vuestra justicia y la admirable prontitud con que me remedio vuestra misericordia. Dispusisteis, Señor, que me acometiese un gran dolor de dientes, que me mortificaba sobremanera, y habiéndose agravado tanto que ya no podía hablar, se me ofreció al pensamiento el pedir a todos mis amigos que me acompañaban, que rogasen por mí a Vos, que sois Dios y Señor de toda la salud. Escribí esto en una tabla encerada y se la di a ellos para que lo leyesen. Y lo mismo fue ponernos de rodillas para haceros la suplica, que desaparecer enteramente aquel dolor. Pero ¡qué dolor era!, ¡y qué repentinamente desapareció! Confieso, Dios y Señor mío, que me quede atónito y espantado, porque en toda mi vida no había experimentado semejante cosa. Este admirable suceso grabo en mi corazón la idea que yo debía formar de la eficacia de vuestro poder; y alegrándome mucho de la fe que ya tenía en Vos, alabé vuestro santo nombre. Pero esta misma fe no me dejaba tener seguridad y quietud a vista de mis pecados anteriores, que todavía no se me habían perdonado por medio de vuestro santo Bautismo.

Capítulo V

Consulta con San Ambrosio sobre qué Libros Sagrados le seria mas conveniente leer


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Concluido el término de aquellas vacaciones, avisé a los magistrados de Milán que proveyesen a sus estudiantes de otro maestro de retorica, ya porque había determinado ocuparme en vuestro servicio, ya porque no podía continuar en aquel ministerio a causa de la difícil respiración y dolor que padecía en el pecho. También escribí al santo prelado Ambrosio mis pasados errores y extravíos, y los buenos deseos con que al presente me hallaba, a fin de que me dijese cuales de vuestros Libros Sagrados me convendría mas leer, para mejor disponerme a prepararme a recibir dignamente una tangrande gracia como la del Bautismo. Él me mando que leyese al profeta Isaías, y creo que lo hizo así porque entre los demás profetas éste es el que anuncia con mayor claridad la doctrina del Evangelio y la gracia de la vocación de los gentiles. Pero yo, no habiendo entendido bien lo que leí la primera vez en Isaías, y creyendo que todo lo demás estaría oscuro para mí y tan dificultoso de entender como lo primero, dejé de continuar en aquella lectura con ánimo de volver a ella cuando estuviese mas hecho al estilo y lenguaje de la Sagrada Escritura.

Capítulo VI

Vuelve Agustín a Milán, y en compañía de Alipio y Adeodato recibe el sagrado Bautismo


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Habiendo llegado el tiempo en que debía inscribirse mí nombre en el catalogo de los que estaban admitidos para recibir el Bautismo y se llamaban competentes (98), dejamos la quinta y nos volvimos a Milán (99). Alipio quiso también acompañarme en renacer a Vos, para lo cual se había preparado con la grande humildad que requieren vuestros santos Sacramentos, y con tan grave y rigurosa mortificación de su cuerpo, que se atrevió a andar descalzo por aquella tierra de Italia que se hallaba cubierta de hielo, no estando él acostumbrado a eso.

Juntamos también con nosotros al joven Adeodato (100), que era mi hijo natural, fruto de mi pecado; pero Vos, Señor le dotasteis de unas cualidades muy buenas y excelentes. Aun no tenía quince años, y ya se aventajaba en el ingenio a otros muchos que por la edad y literatura pasaban por hombres graves y doctos.

Dones son y beneficios vuestros estos que os confieso, Dios y Señor mío, Creador de todas las cosas, que sois poderosísimo para reformar nuestras deformidades, pues yo en aquel muchacho no tenía otra cosa mía sino el pecado. Porque el que yo le crease, enseñándole vuestro temor y doctrina, Vos, Señor, me lo inspirasteis y no otro alguno: conque dones son y beneficios vuestros estos que os confieso.

Un libro hay mío, que se intitula Del Maestro, y Adeodato es aquel interlocutor que habla allí conmigo. Bien sabéis Vos, Señor, que aquellos pensamientos y sentencias que pongo allí en nombre del que introduzco hablando conmigo, todos son verdaderamente de Adeodato, cuando solo tenía dieciséis años de edad. Pero otras cosas experimenté en él que eran mucho más admirables. Asombrado me tenía aquel ingenio. ¿Y quién sino Vos puede ser el autor de tan grandes maravillas? Bien presto le sacasteis de este mundo; por eso me acuerdo de él ahora con mayor seguridad, sin temer que le suceda alguna desgracia, pues ni en la puericia, ni en la adolescencia, ni en toda su vida encuentro ni descubro cosa alguna que de ningún modo pueda darme cuidado.

Juntamos, pues, a Adeodato con nosotros, para que en la vida de la gracia fuese nuestro coetáneo y para continuar educándole con arreglo a vuestra ley y doctrina. Finalmente recibimos el Bautismo (101); y luego al punto se nos quito aquel cuidado en que nos tenía la memoria de nuestra vida pasada.

Ni me hartaba en aquellos días de la dulzura admirable que causaba en mi alma el considerar vuestra altísima e inescrutable providencia en orden a la salud del género humano. ¡Cuánto lloré también oyendo los himnos y canticos que para alabanza vuestra se cantaban en la iglesia, cuyo suave acento me conmovía fuertemente y me excitaba a devoción y ternura! Aquellas voces se insinuaban por mis oídos y llevaban hasta mi corazón vuestras verdades, que causaban en mí tan fervorosos afectos de piedad, que me hacían derramar copiosas lágrimas, con las cuales me hallaba bien y contento.

(98) En la Iglesia de Milán, y en otras muchas del Occidente, se llamaban competentes aquellos catecúmenos que, estando ya suficientemente instruidos, y reconocidos por de buenas costumbres, pretendían el Bautismo. A éstos les inscribían antes de la Cuaresma en un libro de registro que había para este fin: tenían que ir a la iglesia en aquellos días y horas que les señalaban para recibir allí nuevas instrucciones y sujetarse a nuevas experiencias y exámenes. San Agustín hace mención, aunque de paso, en el libro De Fide et operibus, de la atención, cuidado y respeto con que él oía y atendía las instrucciones de aquellos que enseñaban los principios de la Religión cuando pretendía recibir el Bautismo y estaba en el grado de los competentes.

(99) En el intervalo de tiempo que paso desde su llegada a Milán hasta la Pascua del año 387, hizo y escribió algunas otras obras que las pasa en silencio: entre ellas fueron la de la Inmortalidad del alma, la de la Gramática, los principios de los Tratados de la Dialéctica, de la Retorica, de la Geometría, de la Aritmética, de la Filosofía y Sobre las categorías, etc.

(100) Adeodato había nacido en el año 372, no teniendo su padre más que dieciocho años de edad; con que venía a tener Adeodato quince años, y su padre treinta y tres.

(101) En 25 de abril del año 387.


Capítulo VII

Como en Milán comenzó la costumbre de cantarse himnos y salmos en la iglesia. Y como fueron hallados los cuerpos de los santos mártires Protasio y Gervasio


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No había mucho que la Iglesia de Milán había comenzado a practicar este género de ejercicio piadoso, que es de tanto consuelo y edificación para los fieles, los cuales concurrían a él con gran celo y devoción, cantando juntamente con las voces y con los corazones. Habría un año, o poco mas, que la emperatriz Justina (102), madre del joven emperador Valentiniano, había dado en perseguir a vuestro siervo Ambrosio, por causa de la herejía de los arrianos con que ella estaba inficionada y seducida; pasaban los fieles las noches en la iglesia, determinados y dispuestos a morir por su obispo y siervo vuestro. Mi madre, vuestra fiel sierva, a quien tocaba la mayor parte del cuidado y consternación que padecían los fieles, era la primera en concurrir también a aquellas vigilias que celebraban, de modo que no vivía sino de sus oraciones. Yo, que todavía estaba frio en la devoción y falto de calor y fervor de vuestro espíritu, no dejaba de conmoverme con el susto y turbación que padecía toda la ciudad. Entonces fue cuando se estableció que cantasen los fieles himnos y salmos, según se acostumbraba ya en las iglesias de Oriente, para entretener y divertir el tedio y la tristeza que pudiera acabar de sobrecoger al pueblo, y desde entonces hasta el día de hoy se ha continuado este piadoso ejercicio, que han adoptado ya casi todas las Iglesias del universo, siguiendo el ejemplo de la de Milán (103).

(102) La emperatriz Justina, que era arriana, perseguía a San Ambrosio porque no había querido ceder a los arrianos una iglesia; y estaba tan enconada contra él, que envió a su casa un asesino para que le matase, al cual, yendo a ejecutar el golpe, se le quedo yerto el brazo y sin movimiento alguno.

(103) Este fue el origen de la costumbre que siguió la Iglesia de Occidente de cantar himnos y salmos. San Ambrosio entonces compuso muchos himnos, que cantaban los fieles en la iglesia; y al mismo tiempo que servían a Dios de alabanza, a ellos les servían de consuelo en la dura y cruel persecución que padecían.



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En este mismo tiempo fue cuando en una visión manifestasteis a vuestro santo obispo el lugar donde estaban enterrados los cuerpos de los santos mártires Protasio y Gervasio, que por tantos años habíais conservado incorruptos y escondidos en el secreto de vuestros tesoros, para manifestarlos oportunamente cuando conviniese y reprimir la rabiosa furia de una mujer, que además de eso era emperatriz. Porque habiéndolos descubierto y desenterrado (104), al tiempo de trasladarlos a la basílica ambrosiana con el honor y pompa que correspondía, no solo quedaban sanos y salvos los energúmenos a quienes mortificaban antes los espíritus inmundos, confesando vuestro poder los mismos demonios, sino que también un ciudadano que había muchos años que estaba ciego, y era muy conocido en toda la ciudad, preguntando el motivo que tenía el pueblo para aquellas demostraciones que hacía de júbilo y regocijo, e informado bien de todo, salto de contento y rogo al que lo iba guiando que le llevase al paraje por donde pasaba la procesión. Llevado allá, suplico que le permitiesen tocar con un pañuelo el féretro donde iban los cuerpos de aquellos santos cuya muerte había sido preciosa en vuestros ojos. Toco al féretro el pañuelo, se lo aplico el ciego a los ojos e inmediatamente recobro la vista. Al instante se divulgo por todas partes la fama de este milagro; al instante resonaron por toda la ciudad vuestras alabanzas publicas y fervorosas; y con esto el ánimo de aquella enemiga del santo obispo Ambrosio, ya que no se extendió ni dilató de modo que consiguiese la santidad de la fe, a lo menos se reprimió y estrecho, cesando de perseguirle con tan gran furor.

Infinitas gracias os sean dadas, Dios mío. Pero ¿cómo y hasta donde habéis ido gobernando mi memoria, para que también os alabase y bendijese por estas cosas, que no obstante ser tan grandes y maravillosas, las había olvidado y omitido? Con todo eso, extendiéndose tanto la fragancia de vuestros olorosos ungüentos y aromas, no os seguía yo entonces todavía, ni corría (105) tras de Vos. He aquí lo que me daba después mas motivo de llorar entre los himnos y canticos de vuestras alabanzas; en otro tiempo, antes de ahora, como quien suspiraba por Vos, pero ahora desahogado y como quien ya respira con tanta libertad como la que tiene el aire en una casa de heno (106).

(104) Fue este descubrimiento de los cuerpos de San Gervasio y Protasio a 17 de junio del año 386, según Mr. Tillemont, aunque Baronio lo aplica al año siguiente.

(105) Como este suceso fue un año antes de que recibiese San Agustín el Bautismo, por eso dice que todavía no corría él tras la fragancia y aromas que Dios comunicaba a los fieles.

(106) Con esta frase me parece quiere significar San Agustín la libertad con que ya respiraba su corazón, cuando antes oprimido suspiraba.


Capítulo VIII

De la conversión de Evodio; de la muerte de su santa madre, Mónica, y de la crianza y educación que tuvo desde sus primeros años


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Vos, Señor, que hacéis que vivan juntos en una misma casa los que tienen una misma voluntad, trajisteis a nuestra compañía al joven Evodio (107), que era natural de mí mismo pueblo. El que era agente de los negocios del príncipe se convirtió a Vos y se bautizo antes que nosotros, y dejando el servicio del emperador, se dedico al vuestro.

Vivíamos, pues, en amigable compañía y con la santa resolución de no separarnos nunca. Buscando un lugar que nos fuese más cómodo y proporcionado para establecernos en él y emplearnos en vuestro servicio, determinamos volvernos a África todos juntos (108): estábamos en el puerto de Ostia, por donde desemboca el Tiber en el mar, y allí falleció mi madre.

Muchas cosas paso aquí en silencio, porque voy muy deprisa para referir otras que no quiero omitir. Aceptad, Dios mío, las alabanzas que deseo daros y la acción de gracias que os doy también en silencio por las innumerables cosas que dejo de referir. Pero no omitiré todas cuantas especies pueda parir mi memoria de aquella sierva vuestra, que me pario a mí, no solo en cuanto al cuerpo a esta vida temporal, sino también en el espíritu en orden a la eterna. Las cosas que de mi madre voy a referir, fueron dones y gracias vuestras, no suyas, pues ni ella se hizo a si propia, ni se educo a sí misma.

Vos, Señor, la creasteis, sin que tampoco supiesen su padre ni su madre qué tal seria en lo venidero aquella hija que les había nacido. La recta disciplina de Jesucristo, vuestro unigénito Hijo, régimen que observaba en la casa de sus fieles padres, que era una buena parte de vuestra Iglesia, fue quien la hizo instruirse en vuestro santo temor. Porque, a la verdad, no solía alabar tanto mi madre, Mónica, el cuidado de la suya en orden a su educación y enseñanza, como el de una criada que había muy anciana, la cual en otro tiempo había traído también en brazos a su padre cuando era niño, como suelen las muchachas grandecillas traer los niños en brazos.

En atención a esto, como también por su ancianidad, y las loables costumbres que siempre había practicado en una casa tan cristiana, era muy querida y honrada de los amos.

Por eso también ella cuidaba mucho de las hijas de sus amos, cuya educación le habían encargado. Para reprenderlas, cuando era menester, era áspera con una severidad santa; y para enseñarlas, moderada y suave con prudencia. Así, fuera de aquellas horas en que las niñas tomaban su alimento, muy corto y moderado, en la mesa de sus padres, aunque estuviesen abrasándose de sed, no les permitía beber ni aun agua sola, para que no tomasen alguna mala costumbre, añadiéndoles estas prudentes palabras: Ahora bebéis agua, porque no tenéis el vino a vuestra disposición; pero cuando lleguéis a estar casadas y seáis dueñas de las bodegas y despensas, os parecerá mal el agua, y la costumbre de beber se os quedara siempre. Con esta razón que presidia en lo que mandaba, y con la autoridad y poder que tenía para que ejecutasen lo mandado, conseguía refrenar los antojos de aquella edad más tierna, y arreglaba la sed de aquellas niñas a las leyes de la templanza, para que nunca les agradase lo que no fuese decoroso.

(107) Este Evodio fue después obispo de Uzales, y se hizo muy ilustre por su virtud, por su ciencia y por los muchos y grandes servicios que hizo a la Iglesia. Este mismo es con quien habla San Agustín en el libro De quantitate animae, y en los De libero arbitrio.

(108) En el poco tiempo que se detuvo en Roma, volviendo de Milán para África, escribió un libro De las costumbres de la Iglesia católica, otro De las costumbres de los maniqueos y el ya citado De la cuantidad del alma y los Del libre albedrio; de los cuales el segundo y el tercero dice que los concluyo estando ya en África.



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No obstante todo este cuidado y enseñanza, imperceptiblemente se le introdujo en el corazón a mi madre y sierva vuestra el gusto y afición al vino, como ella misma me lo contaba. Porque en la confianza de que era niña, y que no bebia vino, ella era la que por mandato de sus padres iba regularmente a sacarle de la cuba, y antes de echarlo en la vasija en que lo había de llevar, aplicaba los labios al vaso con que lo sacaba, dando un pequeño sorbito, porque su paladar mismo repugnaba el beber algo más. Pues no hacia esto en fuerza de alguna pasión que tuviese al vino, sino impelida de ciertos excesillos y antojos de que abunda aquella edad, y se desahogan y explican en unos movimientos como burlescos, los cuales, con el peso y gravedad de los mayores y maestros, suelen contenerse y reprimirse en los ánimos de los muchachos. Así, añadiendo a aquel pequeño sorbo primero otros pequeños sorbos cotidianos (como el que desprecia lo poco, viene a caer en lo mucho), llego a contraer tal costumbre, que ya bebía con gran gusto una copa de vino casi llena.

¿Dónde estaba entonces aquella prudente anciana, y aquella su prohibición severa y rigurosa? Mas ¿por ventura habría alguna cosa que fuese de provecho para curar una enfermedad oculta, si Vos, Señor, que sois el verdadero médico de todos nuestros males, no estuvierais siempre velando sobre nosotros? Así, un día, estando ausente el padre y la madre, y también los que cuidaban de su educación, Vos, Señor, que estáis presente a todos, que nos habéis creado, que nos llamáis en todo tiempo, que hasta por medio de los hombres que son contrarios nos procuráis lo que es bueno para la salud de nuestras almas, ¿qué fue, Dios mío, lo que hicisteis en aquella ocasión?, ¿con qué remedio la curasteis?, ¿con qué medicina la sanasteis? ¿No es cierto, Señor, que os servisteis de aquel fuerte y agudo dicterio que le dijo aquella otra criatura, cuya injuriosa afrenta fue como un hierro cortante y medicinal, que sacasteis de los secretos senos de vuestra providencia, con el cual de un solo golpe cortasteis toda aquella corrupción?

Porque aquel día que ella estaba sola con una criada, que era precisamente la que solía acompañarla cuando iba por el vino, riñeron las dos entre sí, como muchas veces sucede en las casas; la criada le echo en rostro esta mala costumbre que su ama menor tenía, y con un modo áspero y desabrido la insulto llamándola borrachuela. Estimulada la niña con esta injuria, abrió los ojos para ver aquella fea costumbre, y desde aquel instante la condeno ella misma y la dejo.

Ello es cierto que así como los amigos adulando nos pervierten, así muchas veces los enemigos injuriando nos corrigen; pero Vos, Señor, les daréis el pago que corresponde a la voluntad e intención que ellos tuvieron, y no el que corresponde a lo que Vos mismo hacéis por medio de ellos. Porque aquella criada, llevada de la ira, no pretendía verdaderamente sanar a su ama menor, sino injuriarla y zaherirla; así fue que aquella reprensión se la dio sin testigos y a escondidas, o porque el lugar y tiempo de la riña casualmente las cogió solas, o acaso recelosa de que a ella le viniese algún daño por no haberlo descubierto antes. Mas Vos, Señor, que gobernáis todas las cosas del cielo y de la tierra, que de todas usáis, haciendo que sirvan al cumplimiento de vuestra voluntad y dando su debida ordenación, aun a las cosas que desordenadamente siguen el curso perturbado de los siglos, hasta de la misma enfermedad de la una os servisteis para sanar a la otra, conque cualquiera que advierta y reflexione esto, no tendrá motivo para atribuirse a sí mismo el buen efecto que sus palabras hicieron tal vez en otro a quien quería corregir de algún defecto.

Capítulo 1X


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