
Agustin - Confesiones 1208
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9. Por eso el Espíritu, maestro de vuestro siervo (Moisés), cuando refiere que Vos hicisteis en el Principio el cielo y la tierra, no habla de tiempos, no menciona días. Sin duda, porque el cielo del cielo, que en el Principio hicisteis, es una criatura intelectual; y aunque de ningún modo coeterna con Vos, ¡oh Trinidad!, como es partícipe de vuestra eternidad, limita en gran manera la mutabilidad con la dulzura de vuestra felicísima contemplación, y sin ningún desfallecimiento adherida a Vos desde que fue creada, se eleva sobre toda voluble vicisitud de los tiempos.
Pero esta informidad, la tierra invisible e incompuesta, tampoco es contada entre los días; porque donde no hay forma, no hay orden; nada viene y nada pasa; y donde esto no sucede, no hay ciertamente vicisitud de espacios temporales.
Pide a Dios le dé a conocer las Escrituras.
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10. ¡Oh Verdad, luz de mi corazón, no me hablen mis tinieblas! Me volví hacia ellas, y me quedé a oscuras; pero aun desde ellas, sí, desde ellas estuve enamorado de Vos. Descarriado anduve, y me acordé de Vos. Oí vuestra voz detrás de mí, para que volviese, y a duras penas la oí por los tumultos de mis alborotadas pasiones. Pero ahora, he aquí que, abrasado y anhelante, vuelvo a vuestra fuente. Nadie me estorbe: en ella beberé; y de ella viviré. No sea yo mí propia vida; malamente he vivido de mí; la muerte fue para mí: en Vos torno a vivir. Habladme Vos; conversad Vos conmigo. He dado fe a vuestros Libros, y sus palabras son harto misteriosas.
Lo que Dios le ha dado a conocer.
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11. Ya me dijisteis, Señor, con voz poderosa al oído interior, que Vos sois eterno, el único que tiene inmortalidad (1Tm 6,16), porque con ninguna forma ni movimiento os mudáis, ni con los tiempos varía vuestra voluntad, puesto que no es inmortal la voluntad que ya es una, ya es otra. Esto lo veo claro en vuestra presencia, y os suplico se me esclarezca más y más, y en este conocimiento permanezca yo humilde debajo de vuestras alas.
También me dijisteis, Señor, con voz poderosa al oído interior que todas las naturalezas y sustancias que no son lo que sois Vos, y que, sin embargo, son Vos las hicisteis; y que solamente no procede de Vos lo que no es; y tampoco el movimiento de la voluntad que se aparta de Vos, que sois, hacia lo que es menos que Vos; porque tal movimiento es delito y pecado. Y que ningún pecado de nadie os daña a Vos, ni perturba el orden de vuestro imperio ni en lo sumo ni en lo ínfimo. Esto parece claro en vuestra presencia, y os suplico se me esclarezca más y más; y que en este conocimiento permanezca yo humilde debajo de vuestras alas.
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12. También me dijisteis con voz poderosa al oído interior, que ni aun aquella criatura es coeterna con Vos, cuyo deleite sois sólo Vos, y gozándoos en castidad perseverantísima, en ningún lugar ni tiempo experimenta su mutabilidad; y estándole siempre presente Vos, a quien ella con el afecto está asida, no teniendo futuro que esperar, ni transmitiendo al pasado objetos que recordar, no varía con ninguna vicisitud, ni se distiende a diversos tiempos. ¡Oh dichosa criatura -si alguna hay así-, por estar adherida a vuestra bienaventuranza; dichosa en teneros a Vos por su eterno morador e iluminador! No encuentro cosa que con más gusto juzgue se ha de llamar cielo del cielo para el Señor que vuestra misma casa, que contempla vuestra suavidad (Ps 26,4) sin ningún desfallecimiento por salir a otra cosa: inteligencia pura, concordisimamente unida con el vínculo de la paz de los santos espíritus, ciudadanos de vuestra ciudad, en aquellos cielos que están sobre esos cielos.
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13. Por aquí entienda el alma, cuya peregrinación se ha prolongado, si ya tiene sed de Vos, si ya sus lágrimas han llegado a ser su pan, en tanto que le dicen cada día: ¿Dónde está tu Dios? (Ps 43,3): si ya una sola cosa os pide, y esta sola reclama: morar en vuestra casa todos los días de su vida (Ps 26,4) -y ¿cuál es su vida, sino Vos?, y ¿cuáles nuestros días, sino vuestra eternidad, como vuestros años que no fenecen porque sois siempre el mismo? (Ps 101,28)-; por aquí, pues, entienda el alma, la que es capaz, cuán soberanamente sobre todos los tiempos sois eterno, cuando vuestra casa, que no ha peregrinado (los ángeles), a pesar de que no es coeterna con Vos, sin embargo, por estar adherida incesante e inseparablemente a Vos, no padece vicisitud alguna de tiempo. Esto me parece claro en Vuestra presencia, y os suplico se me esclarezca más y más, y que en este conocimiento persevere yo humilde debajo de vuestras alas.
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14. Veo no sé qué de informe en estas mudanzas de las cosas inferiores e inconsistentes; mas ¿quién me dirá -si no es alguno que con sus fantasmas divaga y se revuelve por los vacíos de su espíritu-, quién, sino un tal, me dirá que, si, destruida y consumida toda forma, quedase aquella informidad, por medio de la cual la cosa se mudaba y se convertía de una forma en otra, podría producir las vicisitudes de los tiempos? Porque de ningún modo puede; porque sin variedad de movimientos no hay tiempos; y ninguna variedad hay donde no hay forma alguna.
Dos creaturas no sujetas al tiempo.
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15. Consideradas estas cosas, Dios mío, cuanto Vos me lo concedéis, cuanto Vos me incitáis a llamar, y cuanto abrís al que llama, dos cosas hallo que hicisteis que carecen de tiempo, aunque ninguna de las dos es coeterna con Vos: una, que de tal suerte está formada, que sin ningún desfallecimiento en la contemplación, sin ningún intervalo de alteración, aunque mudable, pero no mudada, goza de vuestra eternidad e inmutabilidad; otra, que de tal suerte era informe, que no tenía forma de que mudarse en otra forma ni de movimiento ni de reposo, por donde estuviese sujeta a los tiempos. Mas a ésta no la abandonasteis para que quedase informe. Porque hicisteis antes de todo día, en el Principio el cielo y la tierra, estas dos cosas de que vengo hablando. Mas la tierra era invisible e incompuesta y tinieblas sobre el abismo; con las cuales palabras se insinúa la informidad -a fin de que sean gradualmente preparados los que no pueden pensar una total privación de forma, que, sin embargo, no se reduce a la nada-, de donde se hiciese el otro cielo, y la tierra visible y compuesta, y el agua hermosa, y todas cuantas cosas después en la formación del mundo, no sin días, se conmemoran haber sido hechas; porque son tales, que en ellas se realizan las vicisitudes de los tiempos, por medio de las mudanzas de los movimientos y de las formas.
Cuáles son esas dos criaturas
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16. Esto es lo que por ahora entiendo, Dios mío, cuando oigo a vuestra Escritura que dice: En el Principio hizo Dios el cielo y la tierra; mas la tierra era invisible e incompuesta, y había tinieblas sobre el abismo; y no menciona qué día hicisteis; así por ahora lo entiendo, refiriéndolo a aquel cielo del cielo, cielo intelectual donde el entender es conocer de una vez, no parcialmente (1Co 1 1Co 12) no en enigma, no por espejo, sino totalmente, en manifestación, cara a cara, (l. c.); no ahora esto, ahora aquello, sino, como he dicho, conocer de una vez, sin vicisitud alguna de tiempos; y refiriéndolo a aquella tierra invisible e incompuesta, sin vicisitud alguna de tiempos, la cual suele tener ahora esto ahora aquello, porque donde no hay forma alguna, en ninguna parte hay esto ni aquello.
Por razón de estas criaturas, la una desde el principio formada y la otra totalmente informe; aquélla cielo, pero cielo del cielo, y ésta tierra, pero tierra invisible e incompuesta: por razón de estas dos entiendo por ahora, Dios mío, que sin hacer mención de días, dice vuestra Escritura: En el principio hizo Dios el cielo y la tierra; porque inmediatamente añadió de qué tierra hablaba. Y como el segundo día refiere que fue hecho firmamento y llamado cielo, da a entender de qué cielo habló primeramente sin mención de días.
Profundidad de las Escrituras.
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17. ¡Maravillosa profundidad la de vuestras Escrituras, cuya superficie, he aquí, se nos presenta acariciando a los pequeñuelos; pero maravillosa profundidad, Dios mío, maravillosa profundidad! Vértigo da fijar la vista en ella: vértigo de respeto y temblor de amor. Violentamente aborrezco a sus enemigos. ¡Oh si les dieráis muerte con la espada de dos filos, y no fueran sus enemigos! Porque de tal suerte quiero que sean muertos para sí, que vivan para Vos.
Mas he aquí otros, no detractores, sino encomiadores del libro del Génesis, que dicen: No es eso lo que en estas palabras quiso dar a entender el Espíritu de Dios que por su siervo Moisés escribió estas cosas: no quiso dar a entender eso que tú dices, sino otra cosa, lo que decimos nosotros. A los cuales yo, tomándoos por árbitro a Vos, Dios de todas las cosas, respondo de esta manera.
Lo que de Dios, de los ángeles y de la primera materia afirma el autor es indiscutible.
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18. ¿Acaso diréis que son falsas las cosas que la verdad con voz poderosa me dice al oído interior sobre la verdadera eternidad del Creador: que su sustancia de ninguna manera varía a través de los tiempos, y que su voluntad no está fuera de su sustancia? De ahí que Él no quiere ahora esto y luego aquello, sino de una vez y simultáneamente y siempre quiere todo lo que quiere; no una vez y otra vez, ni ahora esto y luego aquello, ni quiere después lo que antes no quería; porque semejante voluntad es mudable, y todo lo mudable no es eterno; mas nuestro Dios es eterno (Ps 47,15).
¿Asimismo (diréis que es falso) lo que me dice al oído interior: que la expectación de las cosas venideras se torna visión cuando llegan; y que esta visión, cuando han pasado, se torna memoria? Y todo conocimiento que de esta suene varía, es mudable; y todo lo que es mudable, no es eterno; mas nuestro Dios es eterno.
Estas verdades recojo y las junto, y hallo que mi Dios, Dios eterno, no formó la creación por una nueva voluntad, ni su ciencia está sujeta a nada transitorio.
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19. ¿Qué, pues, diréis, contradictores? ¿Son, por ventura, falsas estas cosas?
-No -dicen.
-¿Qué, pues? ¿Es acaso falso que toda naturaleza formada, o la materia formable, no tiene el ser sino recibido de Aquel que es sumamente bueno, porque sumamente es?
-Tampoco negamos esto -dicen.
-¿Qué, pues? ¿Negáis tal vez que exista una criatura sublime, unida con casto amor al Dios verdadero y verdaderamente eterno, que de Él no se desprende, ni cae en ninguna variedad o vicisitud de los tiempos, sino reposa en la verdaderísima contemplación de solo Él? Porque Vos, oh Dios, os mostráis a quien os ama cuanto Vos mandáis; y le bastáis, y por eso no se desvía de Vos, ni siquiera hacia sí mismo.
Esta es la casa de Dios, no terrena ni corpórea, con mole alguna, aunque sea celestial, sino espiritual y participante de vuestra eternidad, puesto que está sin mancha para siempre. Porque Vos la fundasteis por los siglos de los siglos; pusísteisle un precepto, y no pasará (Ps 148,6). Y, sin embargo, no es coeterna con Vos, porque no es sin principio, pues ha sido hecha.
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20. Pues si bien antes de ella no hallamos tiempo, porque primero que todas las cosas fue creada la sabiduría (), no ciertamente aquella Sabiduría enteramente coeterna e igual a Vos, nuestro Dios, su Padre, y por la cual fueron creadas todas las cosas, y que es Principio en el cual hicisteis el cielo y la tierra, sino precisamente la sabiduría que fue creada es, a saber, la naturaleza intelectual que por la contemplación de la Luz es luz, puesto que ella también, aunque creada, se llama sabiduría. Sino que, cuanta diferencia hay entre la Luz que ilumina y la que es iluminada, tanta hay entre la Sabiduría que crea y ésta que es creada; como entre la Justicia justificante y la justicia que en la justificación ha sido hecha. Porque también nosotros hemos sido llamados justicia vuestra, pues dice así uno de vuestros siervos: A fin de que nosotros seamos justicia de Dios en Él (en Cristo) (2Co 5,21), primero, pues, que todas las cosas fue creada una cierta sabiduría, la que es creada, la mente racional e intelectual de vuestra casta ciudad, madre nuestra, que es de arriba y es libre (Ga 4,26) y eterna en los cielos: ¿en qué cielos, sino en los cielos de los cielos que os alaban? (Ps 148,4). Porque esto es también: Los cielos de los cielos para el Señor. Si bien antes de ella no hallamos tiempo, por cuanto la que primero que todas las cosas fue creada, precede aun a la creación del tiempo; antes de ella, sin embargo, existe la eternidad del mismo Creador, hecha por el cual tuvo principio, aunque no de tiempo, pues aún no existía el tiempo, pero sí de su propia creación.
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21. De donde en tal manera procede de Vos, Dios nuestro, que es totalmente otra cosa que Vos y no lo mismo. Y si bien no hallamos tiempo, no ya antes de ella, pero ni siquiera en ella -porque es idónea para ver siempre vuestra faz, y jamás se aparta de ella, lo cual hace que no varíe con mudanza alguna-, le es, sin embargo, inherente la mutabilidad; por donde se entenebrecería y enfriaría, si no fuese porque, adhiriéndose a Vos con grande amor, resplandece y arde de Vos como perpetua mediodía.
¡Oh casa luminosa y hermosa! ¡Amo tu hermosura y el lugar donde mora la gloria (Ps 25,8) de mi Señor, tu Hacedor y poseedor! A ti suspire mí peregrinación; y digo a Aquel que te hizo, que a mí también me posea en ti, pues Él me hizo también a mí. Erré como oveja perdida (Ps 118,176); pero en los hombros de mí Pastor (Lc 15,5), tu Hacedor, espero ser a ti reducido.
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22. ¿Qué me decís, contradictores a quienes me iba dirigiendo, que, sin embargo, creéis a Moisés, siervo piadoso de Dios, y sus libros, oráculos del Espíritu Santo? ¿Es o no esta casa de Dios, no digo coeterna con Dios, pero sí, a su modo, eterna en los cielos (2Co 5,1), en donde inútilmente buscáis vicisitudes de tiempos que no encontráis? Porque sobrepasa toda distensión y todo espacio voluble de edad, ella, cuyo bien es estar siempre adherida a Dios (Ps 72,28).
-Sí lo es -dicen.
-Pues ¿cuál de las cosas que mi corazón clamó al Señor, cuando oía interiormente la voz de su alabanza (Ps 25,7), cuál de ellas, finalmente, protestáis que es falsa? ¿Acaso que existía la materia informe, en la cual, porque no había forma alguna, no había ningún orden? Pero donde no hay ningún orden no podía haber vicisitud alguna de tiempo. Y, sin embargo, esta nonada, por cuanto no era pura nada, ciertamente, procedía de Aquel de quien procede cuanto es, cuanto en alguna manera es algo.
-Eso tampoco lo negamos -dicen.
Con quiénes desea discutir el autor.
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23. Pues quiero hablar un poco delante de Vos, Dios mío, con los que conceden ser verdadero todo lo que interiormente en mí inteligencia no cesa de enseñarme vuestra verdad. Porque los que esto niegan, ladren cuanto quieran, y atruénense a sí mismos. Yo me esforzaré en persuadirles que se calmen y abran camino hacia ellos para vuestra palabra. Y si ellos no quisieren y me rechazaren, os suplico, Dios mío, que Vos no calléis para mí (Ps 27,1). Hablad Vos a mi corazón verazmente, pues sois el único que así habla. Y a ellos los dejaré fuera soplando en el polvo y levantando tierra sobre sus propios ojos. Y entraré en mí cámara y os cantaré canciones de amor gimiendo con gemidos inenarrables (Rm 8,26) en mí peregrinación, y acordándome de Jerusalén, dilatando en alto hacia ella mi corazón, hacia Jerusalén, mí patria; Jerusalén, mi madre (Ga 4,26), y hacia Vos, que le sois rey, sol, padre, tutor, marido, castas y fieles delicias, gozo sólido y todos sus bienes inefables, todos a la vez, porque sois el único, supremo y verdadero Bien. Y no me apartaré hasta tanto que me recojáis, todo cuanto soy, de esta dispersión y deformidad, y me confirméis para siempre en aquella paz de Jerusalén, mi madre carísima, en donde están las primicias de mí espíritu, de donde me vienen estas certidumbres, ¡oh Dios mío, misericordia mía!
Mas a estos otros que no dicen ser falsas todas estas cosas que son verdaderas, y que honran y ponen como nosotros en la cumbre de la autoridad que ha de seguirse aquella vuestra santa Escritura, promulgada por el santo Moisés, pero que, no obstante, en algo nos contradicen, he aquí lo que les digo:
-Vos, Dios nuestro, sed el árbitro entre mis confesiones y sus contradicciones.
Diversas significaciones de «el cielo y la tierra»
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24. Dicen, pues: Aunque eso sea verdad, Moisés no pensaba en esas dos cosas cuando, por revelación del Espíritu, dijo: En el principio creó Dios el cielo y la tierra. Por el nombre cielo no significó aquella creatura espiritual o intelectual que contempla siempre la faz de Dios; ni por el nombre tierra la materia informe.
-¿Qué significó, pues?
-Lo que nosotros decimos -responden- eso es lo que sintió aquel varón, y eso es lo que expresó en aquellas palabras.
-Y eso, ¿qué es?
-Con el nombre de cielo y tierra -añaden- quiso, primero, en general y brevemente, significar todo este mundo visible, para después exponer en particular, con la enumeración de los días, las cosas que al Espíritu Santo plugo enunciar de esta manera. Porque eran tales hombres los de aquel pueblo rudo y carnal a quien hablaba, que juzgó no debía encomendarles otras obras de Dios, sino solas las visibles.
Pero convienen en que por la tierra invisible e incompuesta, y el abismo tenebroso, de donde a continuación se muestra haber sido hechas y dispuestas, durante aquellos días, todas estas cosas visibles que son conocidas de todos, no es incongruente entender aquella materia informe.
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25. Y ¿qué, si algún otro dijese que la misma informidad y confusión de la materia fue primero significada por el nombre de el cielo y la tierra, porque de ella fue formado y perfeccionado este mundo visible, con todas las naturalezas que en él manifestísimamente aparecen, que suelen frecuentemente llamarse con el nombre de el cielo y la tierra?
¿Y qué si algún otro dijese que la naturaleza invisible y la visible, no, cierto, impropiamente son denominadas el cielo y la tierra; y, por tanto, toda la creación que Dios hizo en la Sabiduría y en el Principio está comprendida en estas dos palabras?; pero, sin embargo, como todas las cosas fueron hechas, no de la sustancia de Dios, sino de la nada -porque no son lo mismo que Dios, y hay en todas ellas alguna mutabilidad, sea que permanezcan como la eterna Casa de Dios (los ángeles), sea que se muden, como el alma y el cuerpo del hombre-, por eso la materia común de todas las cosas, invisibles y visibles, materia todavía informe, pero ciertamente formable, de donde debían hacerse el cielo y la tierra, es decir, la creación invisible y la visible, una y otra ya formadas, fue designada con aquellos nombres, apellidándose tierra invisible e incompuesta, y tinieblas sobre el abismo, con esta distinción: que por tierra invisible e incompuesta se entienda la materia corpórea, antes de toda cualidad de forma; y por tinieblas sobre el abismo, la materia espiritual (los ángeles), antes de serle cohibida cierta no moderada fluidez, y de ser iluminada por la Sabiduría.
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26. Cabe todavía otra interpretación, si alguno la prefiere; es, a saber: Cuando se lee En el principio hizo Dios el cielo y la tierra, por el nombre del cielo y la tierra no se significan las naturalezas invisibles y visibles, ya acabadas y formadas, sino que por aquellos nombres se designa la misma incoación, todavía informe, de las cosas, la materia formable y creable, porque en ella estaban ya, confusas todavía, no distintas por cualidades y formas, estas cosas que ahora distribuidas en sus órdenes, se llaman El cielo y la tierra: aquél, creación espiritual; ésta, corporal.
Que cuando es incierto el sentido de la Escritura, basta atribuirle uno verdadero.
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27. Oídas y consideradas todas estas cosas, no quiero contiendas de palabras, pues para nada aprovechan, sino para trastornar a los oyentes (2Tm 2,14). Mas para edificación, buena es la ley, si alguno usa legítimamente de ella; porque su fin es la caridad, que nace de corazón puro y de buena conciencia y de fe no fingida (1Tm 1,8); y sabe nuestro Maestro de qué dos preceptos hizo depender toda la Ley y los Profetas (Mt 22,40). Y confesando yo esto ardientemente, Dios mío, luz de mis ojos en lo interior, ¿qué mal se me sigue, pudiendo por estas palabras entenderse diversas cosas -que son, sin embargo, verdaderas-, qué mal se me sigue, repito, si yo entiendo cosa distinta de lo que otro entiende que intentó el que lo escribió? Sin duda, todos los que leemos nos esforzamos por indagar y comprender lo que quiso decir el autor que leemos; y cuando le creemos verídico, no osamos pensar que haya dicho cosa alguna que nosotros conocemos o juzgamos que es falsa. Así, pues, cuando cada cual se esfuerza por entender en las Escrituras santas lo que en ellas entendió el que las escribió, ¿qué mal hay en que entienda lo que Vos, luz de todas las mentes verídicas, le mostráis ser verdadero, aunque no lo entendió así el autor que lee, pues él también entendió algo verdadero, aunque no esto mismo?
Verdades que de lo dicho se desprenden.
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28. Porque es verdad, Señor, que Vos hicisteis el cielo y la tierra; y es verdad que el Principio es vuestra Sabiduría, en la cual hicisteis todas las cosas (Ps 103,24).
Asimismo, es verdad que este mundo visible tiene dos grandes partes: el cielo y la tierra, compendiando brevemente todas las naturalezas hechas y creadas.
Y es verdad que todo lo mudable sugiere a nuestro pensamiento una cierta informidad, en virtud de la cual toma forma o se muda y se trueca.
Es verdad que ninguna acción de los tiempos experimenta lo que de tal manera está adherido a la forma inconmutable, que, aunque sea mudable, no se muda
Es verdad que la informidad, que es casi nada, no puede experimentar las vicisitudes de los tiempos.
Es verdad que aquello de que una cosa se hace, puede, según la forma de hablar, tener ya el nombre de la cosa que de ella se hace; y así puede llamarse cielo y tierra cualquiera informidad de donde fueron hechos el cielo y la tierra.
Es verdad que de todo lo creado y formado nada está más próximo a lo informe que la tierra y el abismo.
Es verdad que no sólo todo lo creado y formado, sino también todo lo que es creable y formable, lo hicisteis Vos, de quien proceden todas las cosas (1Co 8,6).
Es verdad que todo lo que es formado de lo informe, primeramente es informe y después formado.
Diversos sentidos de estas palabras: «En el principio hizo Dios el cielo y la tierra.»
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29. De todas estas verdades, de las cuales no dudan aquellos a quienes habéis concedido verlas con los ojos interiores, e inconmoviblemente creen que vuestro siervo Moisés habló en espíritu de verdad; de todas estas verdades, pues, una toma para sí el que dice: En el principio hizo Dios el cielo y la tierra; esto es: en su Verbo, coeterno con Él, hizo Dios la creación invisible y la visible, o sea, la espiritual y la corporal.
Otra, el que dice: En el principio hizo Dios el cielo y la tierra; esto es: En su Verbo, coeterno con Él, hizo Dios toda esa mole de este mundo corpóreo, con todas las naturalezas manifiestas y conocidas que contiene.
Otra, el que dice: En el principio hizo Dios el cielo y la tierra; esto es: En su Verbo, coeterno con El, hizo Dios la materia informe de la creación espiritual y de la corporal.
Otra, el que dice: En el principio hizo Dios el cielo y la tierra; esto es: En su Verbo, coeterno con Él, hizo Dios la materia informe de la creación corporal, donde todavía estaban confundidos el cielo y la tierra, que ahora ya vemos distintos y formados en la mole de este mundo.
Otra, el que dice: En el principio hizo Dios el cielo y la tierra; esto es: En el comienzo mismo de su crear y obrar hizo Dios la materia informe que confusamente contenía el cielo y la tierra, los cuales, formados de ella, ahora campean y hacen muestra de sí con todos los seres que en ellos hay.
Significados de las palabras «La tierra era invisible», etc.
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30. Asimismo, por lo que atañe al sentido de las palabras siguientes, de todas aquellas verdades (c. 19), una toma para sí el que dice: Pero la tierra era invisible e incompuesta, y las tinieblas estaban sobre el abismo; esto es: aquello corpóreo que hizo Dios era la materia de las cosas corpóreas, todavía informe, sin orden, sin luz.
Otro, el que dice: Pero la tierra era invisible e incompuesta, y las tinieblas estaban sobre el abismo; esto es: este todo que se ha denominado cielo y tierra era la materia todavía informe y tenebrosa, de la cual se habían de hacer el cielo corpóreo y la tierra corpórea, con todos los seres que en ellos hay, conocidos por los sentidos del cuerpo.
Otro, el que dice: Pero la tierra era invisible e incompuesta, y las tinieblas estaban sobre el abismo; esto es: este todo que se ha denominado cielo y tierra era la materia todavía informe y tenebrosa, de la cual se había de hacer el cielo inteligible -que en otro lugar se llama cielo del cielo- y la tierra, es decir, toda la naturaleza corpórea, bajo cuyo nombre se ha de entender también el cielo corpóreo; esto es: de ella se había de hacer toda la creación invisible y visible.
Otro, el que dice: Pero la tierra era invisible e incompuesta, y las tinieblas estaban sobre el abismo; esto es: con los nombres de cielo y tierra no designó la Escritura aquella informidad; sino ya existía -dice- la dicha informidad, que denominó tierra invisible e incompuesta y abismo tenebroso, de la cual había dicho antes que hizo Dios el cielo y la tierra, es, a saber: la creación espiritual y la corporal.
Otro, el que dice: Pero la tierra era invisible e incompuesta, y las tinieblas estaban sobre el abismo; esto es: era ya una cierta informidad la materia de que antes dijo la Escritura que había Dios hecho el cielo y la tierra, es decir, toda la mole corpórea del mundo, distribuida en dos grandísimas partes, la superior y la inferior, con todas las criaturas que en ellas existen y nos son familiares y conocidas.
Se responde a algunas dificultades.
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31. Porque cuando alguien intentase oponerse a estas dos últimas opiniones, diciendo:
Si no queréis ver designada con el nombre de el cielo y la tierra la materia informe, entonces había algo que Dios no había creado, de donde hiciese el cielo y la tierra; porque la Escritura no ha contado que Dios hubiera hecho semejante materia; a no ser que la entendamos significada por el vocablo el cielo y la tierra, o solamente la tierra, donde se dice: En el principio hizo Dios el cielo y la tierra; de suerte que lo que se sigue: Pero la tierra era invisible e incompuesta, aunque (a Moisés) le pluguiese denominar así a la materia informe, no hemos de entender, sin embargo, sino aquella misma tierra que hizo Dios, de la cual había escrito: hizo Dios el cielo y la tierra; los defensores de estas dos opiniones que en último lugar (cap. 21) mencionamos, o los de la una o los de la otra, responderán al oír esto y dirán:
No negamos, ciertamente, que esta materia informe haya sido hecha por Dios; por Dios, de quien procede toda la creación sobre manera buena. Porque como decimos que es más bueno lo que fue creado y formado, así confesamos que es menos bueno lo que fue hecho creable y formable, pero, al cabo, bueno. Mas la Escritura no mencionó que Dios hubiese hecho esta materia informe, como no mencionó otros muchos seres, por ejemplo, los querubines y serafines, y aquellos que distintamente nombra el Apóstol: los tronos, dominaciones, principados y potestades (Col 1,16), y, sin embargo, es manifiesto que todos ellos fueron hechos por Dios.
Mas si en aquellas palabras: hizo el cielo y la tierra están comprendidas todas las cosas, ¿qué decir de las aguas, sobre las cuales era llevado el Espíritu de Dios? (Gn 1,2). Porque si con nombrar la tierra van incluidas todas ellas, ¿cómo por el nombre de la tierra se ha de entender ya la tierra informe, cuando vemos las aguas tan hermosas? Y dado que lo entendamos así, ¿por qué dice la Escritura que de la misma materia informe fue hecho el firmamento y llamado cielo, y no dice que fueran hechas las aguas? Porque no son ya informes ni invisibles las que vemos correr con tan hermoso aspecto. Y si tal hermosura recibieron cuando dijo Dios: Congréguese el agua que está bajo el firmamento (Gn 1,7), de suerte que esta reunión sea su misma formación, ¿qué se responderá de las aguas que están encima del firmamento, las cuales, de ser informes, no habrían merecido recibir tan honorable asientos ni está escrito con qué palabra fueron formadas?
De donde, si el Génesis calla haber hecho Dios alguna cosa, que, sin embargo, ni la sana fe ni la razón segura dudan haberla hecho Dios, ni por eso ninguna juiciosa doctrina osará decir que aquellas aguas son coeternas con Dios, porque en el libro del Génesis lo oímos mencionar, pero no hallamos cuándo hayan sido formadas, ¿por qué no hemos de entender, enseñados por la verdad, que también la materia informe que la Escritura llama tierra invisible e incompuesta ha sido por Dios hecha de la nada, y, por tanto, no es coeterna con Él, por más de que la narración bíblica haya dejado de contar cuándo fue hecha?
Dos géneros de divergencias.
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32. Oídas y consideradas estas opiniones según la capacidad de mí flaqueza -la cual os confieso, Dios mío, a Vos, que la conocéis-, veo que pueden originarse dos géneros de divergencias, cuando con la pluma se consigna un hecho por narradores verídicos: uno, si hay divergencia sobre la verdad de las cosas; otro, si la hay sobre la intención del que lo narra. Porque una cosa es inquirir qué hay de verdad sobre la naturaleza de las cosas creadas, y otra diferente qué fue lo que Moisés, egregio siervo de vuestra fe, quiso que el lector y el oyente entendiesen por aquellas palabras.
En el primer género de divergencias, apártense de mí todos los que tienen por verdaderas doctrinas falsas; igualmente, en el segundo género, apártense de mí todos los que piensan que Moisés dijo cosas que son falsas.
Mas dejadme, Señor, que a Vos me junte y en Vos me goce con aquellos que se apacientan de vuestra verdad en la anchura de la caridad; y juntos nos acerquemos a las palabras de vuestro Libro, y busquemos en ella el intento vuestro por medio del intento de vuestro siervo, por cuya pluma nos la comunicasteis.
Dificultad de acertar con el verdadero sentido del Génesis.
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33. Mas entre tanta abundancia de verdades como en aquellas palabras diversamente entendidas se ofrecen a los que investigan vuestro intento, ¿quién de nosotros lo encuentra de tal suerte, que pueda con tanta seguridad afirmar ser esto lo que sintió Moisés, esto lo que quiso se entendiese en aquella narración, como afirma seguramente que tal cosa es verdad, tanto si es eso lo que dice Moisés, como si él habló de otra cosa? Porque ved aquí, Dios mío, que yo, siervo vuestro, que os he ofrecido sacrificio de alabanza en esto que escribo, y os pido que por vuestra misericordia os cumpla yo mis promesas (Ps 115,16), he aquí que ya con la confianza que digo que en vuestro Verbo inconmutable hicisteis todas las cosas, invisibles y visibles, ¿acaso con igual confianza digo que no otra cosa sino ésta pensaba Moisés cuando escribía: En el principio hizo Dios el cielo y la tierra? Porque así como en vuestra verdad veo ser esto cierto, así no veo en la mente de él que lo pensase cuando esto escribía. Porque cuando decía: En el principio, pudo pensar en el comienzo mismo de vuestras obras; pudo también pretender que por el cielo y la tierra se entendiese en este lugar la naturaleza espiritual y corporal, no ya formada y perfecta, sino incoada y todavía informe.
Veo, sin duda, que cualquiera de estas cosas que se dijesen podrían decirse con verdad; pero cuál de ellas pensaba decir Moisés en estas palabras, no lo veo de la misma manera: si bien lo que aquel gran varón tuvo en su mente al escribir estas palabras, ya sea alguna de estas cosas, ya alguna otra que por mí no ha sido mencionada, no dudo que él veía la verdad y convenientemente la enunciaba.
Agustin - Confesiones 1208