Belarmino: las 7 Palabras 14

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Nadie puede hallar falta en un hombre que se defiende por una causa justa, y la naturaleza nos ensena rechazar la fuerza con la fuerza, pero no nos ensena a tomar venganza nosotros mismos por una injuria que hayamos recibido.

Nadie nos impide tomar las precauciones necesarias para prepararnos para un ataque, pero la ley de Dios nos prohíbe ser vengativos. El castigar una injusticia pertenece no al individuo privado, sino al magistrado público, y porque Dios es el Rey de reyes, por eso l clama y dice: "Mía es la venganza, yo daré el pago merecido" (
Rm 12,19).

En cuanto al argumento de que un animal es arrastrado por su propia naturaleza para atacar al animal que es enemigo de su especie, respondo que esto es el resultado de ser animales irracionales, que no pueden distinguir entre la naturaleza y lo que es vicioso en la naturaleza. Pero los hombres, dotados de razón, han de trazar una línea entre la naturaleza o la persona que ha sido creadas por Dios y es buena, y el vicio o el pecado que es malo y no procede de Dios. De la misma manera, cuando un hombre ha sido insultado, él ha de amar a la persona de su enemigo y odiar el insulto, y debe más aun compadecerse de él que molestarse con él, así como un doctor ama a sus pacientes y prescribe para ellos con el necesario cuidado, pero odia la enfermedad y lucha con todos los recursos a sus disposición para alejarla, destruirla y hacerla inofensiva. Y esto es lo que el Maestro y Doctor de nuestras almas, Cristo nuestro Señor, ensena cuando dice: "Amad a vuestros enemigos, haced bien a aquellos que os odian, y rogad por los que os persiguen y calumnian" (Mt 5,44). Cristo nuestro Maestro no es como los Escribas y Fariseos que se sentaban en la silla de Moisés y ensenaban, pero no llevaban su enseñanza a la práctica. Cuando ascendió al pulpito de la Cruz, l practico lo que enseno, al orar por los enemigos que amaba: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". Ahora, la razón por la que la vista de un enemigo hace que en algunas personas la sangre hierva en las mismas venas es esta: que son animales que no han aprendido a tener las mociones de la parte inferior del alma, común tanto a la raza humana como a la creación salvaje, bajo el dominio de la razón, mientras que los hombres espirituales no son sujetos a estos movimientos de la carne, pero saben cómo mantenerlas controlados, no se molestan con aquellos que los han injuriado, sino que, por el contrario, se compadecen, y al mostrarles actos de bondad se esfuerzan por llevarlos a la paz y unidad.

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Se objeta que esto es una prueba demasiado difícil y severa para hombres de noble nacimiento, que han de ser diligentes por su honor. No es así sin embargo. La tarea es fácil, pues, como atestigua el Evangelista; "el yugo" de Cristo, que ha dado esta ley para la guía de sus seguidores, "es suave, y su carga ligera" (
Mt 11,39); y sus "mandamientos no son pesados" (1Jn 5,3), como afirma San Juan. Y si parecen difíciles y severos, parecen así por el poco o nada amor que tenemos por Dios, pues nada es difícil para aquel que ama, de acuerdo a lo dicho por el Apóstol: "la caridad es paciente, es servicial, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta" (1Co 13,4-7). Ni es Cristo el único que ha amado a sus enemigos, aunque en la perfección con la que practico la virtud ha sobrepasado a todos los demás, pues al Santo Patriarca José amo con amor especial a sus hermanos que lo habían vendido a la esclavitud. Y en la Sagrada Escritura leemos como David con mucha paciencia sobrellevo las persecuciones de su enemigo Saúl, quien por largo tiempo busco su muerte, y cuando estuvo en las manos de David quitarle la vida a Saúl, no lo mato. Y bajo la ley de la gracia el protomártir, San Esteban, imito el ejemplo de Cristo al hacer esta oración mientras era apedreado a muerte: "Señor, no les tengas en cuenta este pecado" (Ac 7,59). Y Santiago Apóstol, Obispo de Jerusalén, que fue arrojado de cabeza desde la cornisa del Templo, clamo al cielo en el momento de su muerte: "Señor, perdónalos, porque no saben lo que hacen". Y San Pablo escribe de sí mismo y de sus compañeros apóstoles: "Nos insultan y bendecimos, nos persiguen y lo soportamos, nos difaman y respondemos con bondad" (1Co 4,12 1Co 4,13).

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En fin, muchos mártires e innumerables otros, luego del ejemplo de Cristo, no han encontrado ninguna dificultad en cumplir este mandamiento. Pero pueden haber algunos que continuaran argumentando: no niego que debemos perdonar a nuestros enemigos, pero escogeré el tiempo que desee para hacerlo, cuando en realidad haya casi olvidado la injusticia que me ha sido hecha, y me haya calmado luego de haber pasado el primer arrebato de indignación. Pero cuales serán los pensamientos de estas personas si durante este tiempo fuesen llamado a dar su cuenta final, y fuesen encontrados sin el traje de la caridad, y fuesen preguntados: "¿Cómo has entrado aquí sin traje de boda?" (
Mt 12,12). No estarían acaso aturdidos de asombro mientras Nuestro Señor pronuncia la sentencia sobre ellos: "Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes" (Mt 21,13). Actúa mejor con prudencia ahora, e imita la conducta de Cristo, quien oro a su Padre "Padre, perdónalos" en el momento cuando era objeto de sus burlas, cuando la sangre le chorreaba gota a gota de sus manos y pies, y su cuerpo entero era presa de dolorosas torturas. El es el verdadero y único Maestro, a cuya voz todos deben escuchar quienes no serán guiados al error: a l se refirió el Padre Eterno cuando una voz fue escuchada del cielo diciendo: "Escuchadle" (Mt 17,5). En l están "todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento" de Dios (Col 2,3). Si pudieras preguntar la opinión de Salomón en cualquier punto, podrías con seguridad haber seguido su consejo, pero "aquí hay algo más que Salomón" (Mt 12,42).

Aun sigo escuchando más objeciones. Si decidimos devolver bien por mal, la bondad por el insulto, una bendición por una maldición, los malvados se harán insolentes, los canallas se harán más aplomados, los justo serán oprimidos, y la virtud será pisoteada bajo sus pies. Este resultado no se dará, pues a menudo, como dice el Hombre Sabio, "Una respuesta suave calma el furor" (Pr 15,1). Además, la paciencia de un hombre justo no pocas veces llena de admiración a su opresor, y lo persuade de ofrecer la mano de la amistad. Más aun, olvidamos que el Estado nombra magistrados, reyes y príncipes, cuyo deber es hacer que los malvados sientan la severidad de la ley, y proveer medios para que los hombres honestos vivan una vida tranquila y pacífica. Y si en algunos casos la justicia humana es tardía, la Providencia de Dios, que nunca permite que un acto malévolo pase sin castigo o un acto bueno sin recompensa, está continuamente observándonos, y está cuidando de una manera imprevista que las ocurrencias con las cuales los malvados creen que los aplastaran, conducirá a la exaltación y el honor de los virtuosos. Por lo menos así lo dice San León: "Has estado furioso, oh perseguidor de la Iglesia de Dios, has estado furioso con el mártir, y has aumentado su gloria al incrementar su dolor. Pues ¿qué ha ideado tu ingenuidad que se haya vuelto para su honor, cuando incluso los mismo instrumentos de su tortura han sido tomados en triunfo?". Lo mismo debe ser dicho de todos los mártires, así como los santos de la antigua ley. ¿Pues qué trajo más renombre y gloria al patriarca José que la persecución de sus hermanos? El haberlo vendido por envidia a los ismaelitas fue la ocasión de que se convirtiera en señor de todo Egipto y príncipe de todos sus hermanos.

Pero omitiendo estas consideraciones, pasaremos revista a los muchos y grandes inconveniencias que sufren aquellos hombres que, para escapar meramente de una sombra de deshonra frente a los hombres, están obstinadamente determinados a tomar su venganza sobre aquellos que les han hecho cualquier mal. En primer lugar, hacen la parte de tontos al preferir un mayor mal que uno menor. Pues es un principio aceptado en todo lugar, y declarado a nosotros por el Apóstol en estas palabras: "no hagamos el mal para que venga el bien" (Rm 3,8). Se sigue que en consecuencia un mayor mal no ha de ser cometido para poder obtener alguna compensación por uno menor. Aquel que recibe la injuria recibe lo que es llamado el mal de la injuria: aquel que se venga de una injuria es culpable de lo que es llamado el mal del crimen. Ahora bien, sin duda, la desgracia de cometer un crimen es mayor que la desgracia de tener que soportar la injuria, pues aunque la ofensa puede hacer a un hombre miserable, no necesariamente lo hace malo. Un crimen, sin embargo, lo hace tanto miserable y malvado. La injuria priva al hombre del bien temporal, un crimen lo priva tanto del bien temporal y eterno. Así, un hombre que remedia el mal de una injuria cometiendo un crimen es como un hombre que se corta una parte de sus pies para que le entren un par de zapatos mas pequeños, lo cual sería un completo acto de locura. Nadie es culpable de tal insensatez en sus preocupaciones temporales, pero sin embargo hay algunos hombres tan ciegos a sus intereses reales que no temen ofender mortalmente a Dios para poder escapar aquello que tiene la apariencia de desgracia, y mantienen un honorable semblante a los ojos de los hombres. Pues ellos caen bajo el desagrado y la ira de Dios, y a menos que se corrijan a tiempo y hagan penitencia, tendrán que soportar la desgracia y el tormento eternos, y perderán el interminable honor de ser ciudadanos del cielo. Añádase a esto que realizan un acto de lo más agradable para el diablo y sus ángeles, que urgen a este hombre a hacer una cosa injusta a aquel hombre con el propósito de sembrar la discordia y la enemistad en el mundo. Y cada uno debe reflexionar con calma cuan desgraciado es agradar al enemigo más fiero de la raza humana, y desagradar a Cristo. Además, ocasionalmente sucede que el hombre injuriado que anhela venganza hiere mortalmente a su enemigo y lo mata, por lo que es ignominiosamente ejecutado por asesinato, y toda su propiedad es confiscada por el Estado, o por lo menos es forzado al exilio, y tanto él como su familia viven una miserable existencia. Así es como el diablo juega y se burla de aquellos que escogen aprisionarse con las ataduras del falso honor, más que hacerse siervos y amigos de Cristo, el mejor de los Reyes, y ser reconocidos como herederos del reino más vasto y más durable. Por lo tanto, puesto que el hombre insensato, a pesar del mandamiento de Cristo, se niega a reconciliarse con sus enemigos, se expone al desastre total, todos los que son sabios escucharán la doctrina que Cristo, el Señor de todo, nos ha ensenado en el Evangelio con sus palabras, y en la Cruz con sus obras.



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CAPITULO IV

Explicación literal de la segunda Palabra: "Amén, yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso"

(Lc 23,43)

La segunda palabra o la segunda frase pronunciada por Cristo en la Cruz fue, según el testimonio de San Lucas, la magnífica promesa que hizo al ladrón que pendía de una Cruz a su lado. La promesa fue hecha en las siguientes circunstancias. Dos ladrones habían sido crucificados junto con el Señor, uno a su mano derecha, el otro a su izquierda, y uno de ellos sumo a sus crímenes del pasado el pecado de blasfemar a Cristo y burlarse de l por su carencia de poder para salvarlos, diciendo: "¿No eres tu el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!" (Lc 23,39). De hecho, San Mateo y San Marcos acusan a ambos ladrones de este pecado, pero es lo más probable que los dos Evangelistas usen el plural para referirse al número singular, según se hace frecuentemente en las Sagradas Escrituras, como observa San Agustín en su trabajo sobre la Armonía de los Evangelios. Así San Pablo, en su Epístola a los Hebreos, dice de los Profetas: "cerraron la boca a los leones... apedreados..., aserrados...; anduvieron errantes cubiertos de pieles de oveja y de cabras" (He 11,33 He 11,37). Sin embargo hubo un solo Profeta, Daniel, que cerró la boca a los leones; hubo un solo Profeta, Jeremias, que fue apedreado; hubo un solo Profeta, Isaías, que fue aserrado. Más aun, ni San Mateo ni San Marcos son tan explícitos con respecto a este punto como San Lucas, que dice de manera muy clara, "Uno de los malhechores colgados le insultaba" (Lc 23,39). Ahora bien, incluso concediendo que los dos vituperaron al Señor, no hay razón para que el mismo hombre no lo haya maldecido en un momento, y en otro haya proclamado sus alabanzas.

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Sin embargo, la opinión de los que mantienen que uno de los ladrones blasfemadores se convirtió por la oración del Señor, "Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen", contradice manifiestamente la narración evangélica. Pues San Lucas dice que el ladrón recién empezó a blasfemar a Cristo luego de que l hiciera esta oración; por ello nos vemos conducidos a adoptar la opinión de San Agustín y de San Ambrosio, que dicen que solo uno de los ladrones lo vitupero, mientras el otro lo glorifico y defendió; y según esta narración el buen ladrón increpo al blasfemador: "¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena?" (
Lc 23,40). El ladrón fue feliz por su solidaridad con Cristo en la Cruz. Los rayos de la luz Divina que empezaban a penetrar la oscuridad de su alma, lo llevaron a increpar al compañero de su maldad y a convertirlo a una vida mejor; y este es el sentido pleno de su increpación: "Tu, pues, quieres imitar la blasfemia de los judíos, que no han aprendido aun a temer los juicios de Dios, sino que se ufanan de la victoria que creen haber alcanzado al clavar a Cristo a una cruz. Se consideran libres y seguros y no tienen aprensión alguna del castigo. ¿Pero acaso tú, que estas siendo crucificado por tus enormidades, no temes la justicia vengadora de Dios? ¿Por qué añades tu pecado a pecado?". Luego, procediendo de virtud a virtud, y ayudado por la creciente gracia de Dios, confiesa sus pecados y proclama que Cristo es inocente. "Y nosotros" dice, somos condenados "con razón" a la muerte de cruz, "porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho" (Lc 23,41). Finalmente, creciendo aun la luz de la gracia en su alma, añade: "Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino" (Lc 23,42). Fue admirable, pues, la gracia del Espíritu Santo que fue derramada en el corazón del buen ladrón. El Apóstol Pedro negó a su Maestro, el ladrón lo confesó, cuando l estaba clavado en su Cruz. Los discípulos yendo a Emaús dijeron, "Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel" (Lc 24,21). El ladrón pide con confianza, "Acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino". El Apóstol Santo Tomas declara que no creerá en la Resurrección hasta que haya visto a Cristo; el ladrón, contemplando a Cristo a quien vio sujeto a un patíbulo, nunca duda de que l será Rey después de su muerte.

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¿Quién ha instruido al ladrón en misterios tan profundos? Llama Señor a ese hombre a quien percibe desnudo, herido, en desgracia, insultado, despreciado, y pendiendo en una Cruz a su lado: dice que después de su muerte l vendrá a su reino. De lo cual podemos aprender que el ladrón no se figuro el reino de Cristo como temporal, como lo imaginaron ser los judíos, sino que después de su muerte l seria Rey para siempre en el cielo. ¿Quién ha sido su instructor en secretos tan sagrados y sublimes? Nadie, por cierto, a menos que sea el Espíritu de Verdad, que lo esperaba con Sus más dulces bendiciones. Cristo, luego de su Resurrección dijo a Sus Apóstoles: "¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?" (
Lc 24,26). Pero el ladrón milagrosamente previo esto, y confesó que Cristo era Rey en el momento en que no lo rodeaba ninguna semblanza de realeza. Los reyes reinan durante su vida, y cuando cesan de vivir cesan de reinar; el ladrón, sin embargo, proclama en alta voz que Cristo, por medio de su muerte heredaría un reino, que es lo que el Señor significa en la parábola: "Un hombre noble marcho a un país lejano, para recibir la investidura real y volverse" (Lc 19,12). Nuestro Señor dijo estas palabras un tiempo corto antes de su Pasión para mostrarnos que mediante su muerte l iría a un país lejano, es decir a otra vida; o en otras palabras, que l iría al cielo que está muy alejado de la tierra, para recibir un reino grande y eterno, pero que l volvería en el último día, y recompensaría a cada hombre de acuerdo a su conducta en esta vida, ya sea con premio o con castigo. Con respecto a este reino, por lo tanto, que Cristo recibiría inmediatamente después de su muerte, el ladrón dijo sabiamente: "Acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino".

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Pero puede preguntarse, ¿no era Cristo nuestro Señor Rey antes de su muerte? Sin lugar a dudas lo era, y por eso los Magos inquirían continuamente: "¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?" (
Mt 2,2). Y Cristo mismo dijo a Pilato: "Si, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad" (Jn 18,37). Pero l era Rey en este mundo como un viajero entre extraños, por eso no fue reconocido como Rey sino por unos cuantos, y fue despreciado y mal recibido por la mayoría. Y así, en la parábola que acabamos de citar, dijo que l iría "a un país lejano, para recibir la investidura real". No dijo que l la adquiriría por parte de otro, sino que la recibiría como Suya propia, y volvería, y el ladrón observo sabiamente, "cuando vengas con tu Reino". El reino de Cristo no es sinónimo en este pasaje de poder o soberanía real, porque lo ejerció desde el comienzo de acuerdo a estos versículos de los salmos: "Ya tengo yo consagrado a mí rey en Sion mi monte santo" (Ps 2,6). "Dominara de mar a mar, desde el Rio hasta los confines de la tierra" (Ps 72,8). E Isaías dice, "Porque una criatura nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombro" (Is 9,5). Y Jeremias, "Suscitaré a David un Germen justo: reinara un rey prudente, practicara el derecho y la justicia en la tierra" (Jr 23,5). Y Zacarías, "¡Exulta sin freno, hija de Sion, grita de alegría, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey: justo él y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna" (Za 9,9). Por eso en la parábola de la recepción del reino, Cristo no se refería a un poder soberano, ni tampoco el buen ladrón en su petición, "Acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino", sino que ambos hablaron de esa dicha perfecta que libera al hombre de la servidumbre y de la angustia de los asuntos temporales, y lo somete solamente a Dios, Al cual servir es reinar, y por el cual ha sido puesto por encima de todas Sus obras. De este reino de dicha inefable del alma, Cristo gozo desde el momento de su concepción, pero la dicha del cuerpo, que era Suya por derecho, no la gozo actualmente hasta después de su Resurrección. Pues mientras fue un forastero en este valle de lágrimas, estaba sometido a fatigas, a hambre y sed, a lesiones, a heridas, y a la muerte. Pero como su Cuerpo siempre debió ser glorioso, por eso inmediatamente después de la muerte l entro en el gozo de la gloria que le pertenecía: y en estos términos se refirió a ello después de su Resurrección: "¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?". Esta gloria que l llama Suya propia, pues está en su poder hacer a otros participes de ella, y por esta razón l es llamado el "Rey de la gloria" (Ps 24,8) y "Señor de la gloria" (1Co 2,8), y "Rey de Reyes" (Ap 19,16) y l mismo dice a Sus Apóstoles, "yo, por mi parte, dispongo un Reino para vosotros" (Lc 22,29). l, en verdad, puede recibir gloria y un reino, pero nosotros no podemos conferir ni el uno ni el otro, y estamos invitados a entrar "en el gozo de tu señor" (Mt 25,21 y no en nuestro propio gozo. Este entonces es el reino del cual hablo el buen ladrón cuando dijo, "Cuando vengas con tu Reino".

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Pero no debemos pasar por alto las muchas excelentes virtudes que se manifiestan en la oración del santo ladrón. Una breve revista de ellas nos preparara para la respuesta de Cristo a la petición; "Señor, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino". En primer lugar lo llama Señor, para mostrar que se considera a sí mismo como un siervo, o más bien como un esclavo redimido, y reconoce que Cristo es su Redentor. Luego añade un pedido sencillo, pero lleno de fe, esperanza, amor, devoción, y humildad: "Acuérdate de mí". No dice: Acuérdate de mí si puedes, pues cree firmemente que Cristo puede hacer todo. No dice: Por favor, Señor, acuérdate de mí, pues tiene plena confianza en su caridad y compasión. No dice: Deseo, Señor, reinar contigo en tu reino, pues su humildad se lo prohibía. En fin, no pide ningún favor especial, sino que reza simplemente: "Acuérdate de mí", como si dijera: Todo lo que deseo, Señor, es que Tu te dignes recordarme, y vuelvas tus benignos ojos sobre mí, pues yo sé que eres todopoderoso y que sabes todo, y pongo mi entera confianza en tu bondad y amor. Es claro por las palabras conclusivas de su oración, "Cuando vengas con tu Reino", que no busca nada perecible y vano, sino que aspira a algo eterno y sublime.

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Daremos oído ahora a la respuesta de Cristo: "Amén, yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso". La palabra "Amén" era usada por Cristo cada vez que quería hacer un anuncio solemne y serio a Sus seguidores. San Agustín no ha dudado en afirmar que esta palabra era, en boca de nuestro Señor, una suerte de juramento. No podía por cierto ser un juramento, de acuerdo a las palabras de Cristo: "Pues yo digo que no juréis en modo alguno... Sea vuestro lenguaje: "Si, si"; "no, no": que lo que pasa de aquí viene del Maligno" (
Mt 5,34 Mt 5,37). No podemos, por lo tanto, concluir que nuestro Señor realizara un juramento cada vez que uso la palabra Amén. Amén era un término frecuente en sus labios, y algunas veces no solo precedía sus afirmaciones con Amén, sino con Amén, amén. Así pues la observación de San Agustín de que la palabra Amén no es un juramento, sino una suerte de juramento, es perfectamente justa, porque el sentido de la palabra es verdaderamente: en verdad, y cuando Cristo dice: Verdaderamente os digo, cree seriamente lo que dice, y en consecuencia la expresión tiene casi la misma fuerza que un juramento. Con gran razón, por ello, se dirigió al ladrón diciendo: "Amén, yo te aseguro", esto es, yo te aseguro del modo más solemne que puedo sin hacer un juramento; pues el ladrón podría haberse negado por tres razones a dar crédito a la promesa de Cristo si l no la hubiera aseverado solemnemente. En primer lugar, pudiera haberse negado a creer por razón de su indignidad de ser el receptor de un premio tan grande, de un favor tan alto. ¿Pues quién habría podido imaginar que el ladrón sería transferido de pronto de una cruz a un reino? En segundo lugar podría haberse negado a creer por razón de la persona que hizo la promesa, viendo que l estaba en ese momento reducido al extremo de la pobreza, debilidad e infortunio, y el ladrón podría por ello haberse argumentado: Si este hombre no puede durante su vida hacer un favor a Sus amigos, ¿cómo va a ser capaz de asistirlos después de su muerte? Por último, podría haberse negado a creer por razón de la promesa misma. Cristo prometió el Paraíso. Ahora bien, los Judíos interpretaban la palabra Paraíso en referencia al cuerpo y no al alma, pues siempre la usaban en el sentido de un Paraíso terrestre. Si nuestro Señor hubiera querido decir: Este día tu estarás conmigo en un lugar de reposo con Abraham, Isaac, y Jacob, el ladrón podría haberle creído con facilidad; pero como no quiso decir esto, por eso precedió su promesa con esta garantía: "Amén, yo te aseguro".

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"Hoy". No dice: Te pondré a Mi Mano Derecha en medio de los justos en el Día del Juicio. Ni dice: Te llevaré a un lugar de descanso luego de algunos años de sufrir en el Purgatorio. Ni tampoco: Te consolaré dentro de algunos meses o días, sino este mismo día, antes que el sol se ponga, pasaras conmigo del patíbulo de la cruz a las delicias del Paraíso. Maravillosa es la liberalidad de Cristo, maravillosa también es la buena fortuna del pecador. San Agustín, en su trabajo sobre el Origen del Alma, considera con San Cipriano que el ladrón puede ser considerado un mártir, y que su alma fue directamente al cielo sin pasar por el Purgatorio. El buen ladrón puede ser llamado mártir porque confesó públicamente a Cristo cuando ni siquiera los Apóstoles se atrevieron a decir una palabra a su favor, y por razón de esta confesión espontanea, la muerte que sufrió en compañía de Cristo mereció un premio tan grande ante Dios como si la hubiera sufrido por el nombre de Cristo. Si nuestro Señor no hubiera hecho otra promesa que: "Hoy estarás conmigo", esto solo hubiera sido una bendición inefable para el ladrón, pues San Agustín escribe: "¿Dónde puede haber algo malo con l, y sin l donde puede haber algo bueno?". En verdad Cristo no hizo una promesa trivial a los que lo siguen cuando dijo: "Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor" (
Jn 12,26). Al ladrón, sin embargo, le prometió no solo su compañía, sino también el Paraíso.

Aunque algunas personas han discutido acerca del sentido de la palabra Paraíso en este texto, no parece haber fundamento para la discusión. Pues es seguro, porque es un artículo de fe, que en el mismo día de su muerte el Cuerpo de Cristo fue colocado en el sepulcro, y su Alma descendió al Limbo, y es igualmente cierto que la palabra Paraíso, ya sea que hablemos del Paraíso celeste o terrestre, no se puede aplicar ni al sepulcro ni al Limbo. No puede aplicarse al sepulcro, pues era un lugar muy triste, la primera morada de los cadáveres, y Cristo fue el único enterrado en el sepulcro: el ladrón fue enterrado en otro lugar. Más aun, las palabras, "estarás conmigo" no se hubieran cumplido, si Cristo hubiera hablado meramente del sepulcro. Tampoco se puede aplicar la palabra Paraíso al Limbo. Pues Paraíso es un jardín de delicias, e incluso en el paraíso terrenal habían flores y frutas, aguas límpidas y una deliciosa suavidad en el aire. En el Paraíso celestial habían delicias sin fin, gloria interminable, y los lugares de los bienaventurados. Pero en el Limbo, donde las almas de los justos estaban detenidas, no había luz, ni alegría, ni placer; no por cierto que estas almas estuviesen sufriendo, pues la esperanza de la redención y la perspectiva de ver a Cristo era sujeto de consuelo y gozo para ellos, pero se mantenían como cautivos en prisión. Y en este sentido el Apóstol, explicando a los profetas, dice: "Subiendo a la altura, llevo cautivos" (Ep 4,8). Y Zacarías dice: "En cuanto a ti, por la sangre de tu alianza, yo soltaré a tus cautivos de la fosa en la que no hay agua" (Za 9,11), donde las palabras "tus cautivos" y "la fosa en la que no hay agua" apuntan evidentemente no a lo delicioso del Paraíso sino a la oscuridad de una prisión.

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Por eso, en la promesa de Cristo, la palabra Paraíso no podía significar otra cosa que la bienaventuranza del alma, que consiste en la visión de Dios, y esta es verdaderamente un paraíso de delicias, no un paraíso corpóreo o local, sino uno espiritual y celestial. Por esta razón, al pedido del ladrón, "Acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino", el Señor no replico "hoy estarás conmigo" en Mi reino, sino "Estarás conmigo en el Paraíso", porque en ese día Cristo no entro en su reino, y no entro en él hasta el día de su Resurrección, cuando su Cuerpo se volvió inmortal, impasible, glorioso, y ya no era pasible de servidumbre o sujeción alguna. Y no tendrá al buen ladrón como compañero suyo en su reino hasta la resurrección de todos los hombres en el último día. Sin embargo, con gran verdad y propiedad, le dijo: "Hoy estarás conmigo en el Paraíso", pues en este mismo día comunicaría tanto al alma del buen ladrón como a las almas de los santos en el Limbo esa gloria de la visión de Dios que l había recibido en su concepción; pues ésta es verdadera gloria y felicidad esencial; éste es el gozo supremo del Paraíso celeste. Debe admirarse también mucho la elección de las palabras utilizadas por Cristo en esta ocasión. No dijo: Hoy estaremos en el Paraíso, sino: "hoy estarás conmigo en el Paraíso", como si quisiera explicarse más extensamente, de la siguiente manera: Este día tú estás conmigo en la Cruz, pero tú no estás conmigo en el Paraíso en el cual estoy con respecto a la parte superior de Mi Alma. Pero en poco tiempo, incluso hoy, tú estarás conmigo, no solo liberado de los brazos de la cruz, sino abrazado en el seno del Paraíso.





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CAPITULO V

El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la segunda Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Podemos recoger algunos frutos escogidos de la segunda palabra dicha desde la Cruz. El primer fruto es la consideración de la inmensa misericordia y liberalidad de Cristo, y qué cosa buena y útil es servirlo. Los muchos dolores que l estaba sufriendo podrían haber sido alegados como excusa por nuestro Señor para no escuchar la petición del ladrón, pero en su caridad prefirió olvidar Sus propios graves dolores a no escuchar la oración de un pobre pecador penitente. Este mismo Señor no contesto una palabra a las maldiciones y reproches de los sacerdotes y soldados, pero ante el clamor de un pecador confesándose, su caridad le prohibió permanecer en silencio. Cuando es injuriado no abre su boca, porque l es paciente; cuando un pecador confiesa su culpa, habla, porque l es benigno. ¿Pero qué hemos de decir de su liberalidad? Aquellos que sirven a amos temporales obtienen con frecuencia una magra recompensa por muchas labores. Incluso en este día vemos a no pocos que han gastado los mejores años de su vida al servicio de príncipes, y se retiran a edad avanzada con un magro salario. Pero Cristo es un Príncipe verdaderamente liberal, un Amo verdaderamente magnánimo. No recibe servicio alguno de manos del buen ladrón, excepto algunas palabras bondadosas y el deseo cordial de asistirlo, y ¡contemplad con qué gran premio le devuelve! En este mismo día todos los pecados que había cometido durante su vida son perdonados; es puesto al mismo nivel con los príncipes de su pueblo, a saber, con los patriarcas y los profetas; y finalmente Cristo lo eleva a la solidaridad de su mesa, de su dignidad, de su gloria, y de todos Sus bienes. "Hoy", dice, "estarás conmigo en el Paraíso". Y lo que Dios dice, lo hace. Tampoco difiere esta recompensa a algún día distante, sino que en este mismo día derrama en su seno "una medida buena, apretada, remecida, rebosante" (Lc 6,38).

El ladrón no es el único que ha experimentado la liberalidad de Cristo. Los apóstoles, que dejaron o bien una barca, o bien un despacho de impuestos, o bien un hogar para servir a Cristo, fueron hechos por l "príncipes sobre toda la tierra" (Ps 45,17) y los diablos, serpientes, y toda clase de enfermedades les fueron sometidos. Si algún hombre ha dado alimento o vestido a los pobres como limosna en el nombre de Cristo, escuchará estas palabras consoladoras en el Día del Juicio: "Tuve hambre, y me disteis de comer... estaba desnudo, y me vestisteis" (Mt 25,35 Mt 25,36), recibid, por lo tanto, y poseed mi Reino eterno. En fin, para no detenernos en muchas otras promesas de recompensas, ¿podría hombre alguno creer la casi increíble liberalidad de Cristo, si no hubiera sido Dios Mismo Quien prometió que "todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredara vida eterna" (Mt 19,29)? San Jerónimo y los otros santos Doctores interpretan el texto arriba citado de esta manera. Si un hombre, por el amor de Cristo, abandona cualquier cosa en esta vida presente, recibirá una recompensa doble, junto con una vida de valor incomparablemente mayor que la pequeñez que ha dejado por Cristo. En primer lugar, recibirá un gozo espiritual o un don espiritual en esta vida, cien veces más precioso que la cosa temporal que desprecio por Cristo; y un hombre espiritual escogería más bien mantener este don que cambiarlo por cien casas o campos, u otras cosas semejantes. En segundo lugar, como si Dios Todopoderoso considerase esta recompensa como de pequeño o ningún valor, el feliz mercader que negocia bienes terrenos por celestiales recibirá en el próximo mundo la vida eterna, en la cual palabra esta contenido un océano de todo lo bueno.

Tal, pues, es la manera en que Cristo, el gran Rey, muestra su liberalidad a aquellos que se dan a su servicio sin reservas. ¿No son acaso necios aquellos hombres que, dejando de lado la bandera de Monarca como este, desean hacerse esclavos de Mamón, de la gula, de la lujuria? Pero aquellos que no saben qué cosas Cristo considera ser verdaderas riquezas, podrían decir que estas promesas son meras palabras, pues muchas veces hallamos que Sus amigos queridos son pobres, escuálidos, abyectos y sufridos, y por el otro lado, nunca vemos esta recompensa centuplicada que se proclama como tan verdaderamente magnifica. Así es: el hombre carnal nunca vera el ciento por uno que Cristo ha prometido, porque no tiene ojos con los cuales pueda verlo; ni participara jamás en ese gozo solido que engendra una pura conciencia y un verdadero amor de Dios. Aduciré, sin embargo, un ejemplo para mostrar que incluso un hombre carnal puede apreciar los deleites espirituales y las riquezas espirituales. Leemos en un libro de ejemplos acerca de los hombres ilustres de la Orden Cisterciense, que un cierto hombre noble y rico, llamado Arnulfo, dejo toda su fortuna y se convirtió en monje Cisterciense, bajo la autoridad de San Bernardo. Dios probo la virtud de este hombre mediante los amargos dolores de muchos tipos de sufrimientos, particularmente hacia el final de su vida; y en una ocasión, cuando estaba sufriendo mas agudamente que de costumbre, clamo con voz fuerte: "Todo lo que has dicho, Oh Señor Jesús, es verdad". Al preguntarle los que estaban presentes, cual era la razón de su exclamación, replico:

"El Señor, en su Evangelio, dice que aquellos que dejan sus riquezas y todas las cosas por l, recibirán el ciento por uno en esta vida, y después la vida eterna. Yo entiendo largamente la fuerza y gravedad de esta promesa, y yo reconozco que ahora estoy recibiendo el ciento por uno por todo lo que dejé. Verdaderamente, la gran amargura de este dolor me es tan placentera por la esperanza de la Divina misericordia que se me extenderá a causa de mis sufrimientos, que no consentiría ser liberado de mis dolores por cien veces el valor de la materia mundana que dejé. Porque, verdaderamente, la alegría espiritual que se centra en la esperanza de lo que vendrá, sobrepasa cien veces toda la alegría mundana, que brota del presente". El lector, al ponderar estas palabras, podrá juzgar qué tan grande estima ha de tenerse por la virtud venida del cielo de la esperanza cierta de la felicidad eterna.






Belarmino: las 7 Palabras 14