
CATECISMO ROMANO 1010
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Esta primera profesión de fe significa exactamente: "Creo con toda certeza y confieso sin ninguna clase de duda que existe un Dios Padre, primera Persona de la Santísima Trinidad, que con su omnipotencia sacó de la nada el cielo, la tierra y todo cuanto hay bajo el cielo y la tierra; y una vez creadas todas las cosas, las conserva y gobierna (6). Y no solamente creo en Él interiormente y le confieso externamente, sino que anhelo con sumo afecto y piedad ir hacia Él, como al sumo y perfectísimo Bien".
Éste es, en síntesis, el significado del primer artículo del Credo. Pero puesto que cada una de sus palabras encierra grandes misterios, será conveniente desmenuzarlas cuidadosamente, para que el pueblo fiel pueda acercarse, con temor y temblor (7), a contemplar la gloria de la divina Majestad en la medida que el Señor se lo conceda.
Creer no significa aquí pensar, juzgar, opinar..., sino que, como enseña la Sagrada Escritura, tiene la fuerza de un asentimiento certísimo, por el que la inteligencia del hombre se adhiere de una manera segura y constante a Dios, que revela los misterios.
Cree, por consiguiente - en el sentido que la palabra creer tiene en este lugar -, quien, sin ninguna clase de duda, tiene certeza absoluta sobre alguna verdad.
Ni debe pensarse que el conocimiento de la fe sea menos seguro por el hecho de que las realidades que nos propone sean invisibles. La luz divina con que las conocemos, aunque no dé evidencia a las mismas cosas, no nos permite, sin embargo, dudar de ellas. Porque el mismo Dios que dijo: Brille la luz en el seno de la.s tinieblas, es el que ha hecho brillar la luz en nuestros corazones (2Co 4,6), para que la buena nueva del Evangelio no quedara encubierta para nosotros, como lo está para los fieles que van a la perdición (2Co 4,3).
De lo dicho se desprende que quien posea este divino conocimiento de la fe no debe perder el tiempo con vanas curiosidades. Cuando Dios nos manda creer, no nos quiere entretenidos en escudriñar sus juicios divinos o en averiguar su causa y razón; nos exige un asentimiento inalterable, que hace que el espíritu descanse en el conocimiento de la verdad eterna.
San Pablo ha escrito: Dios es veraz, y todo hombre falaz (Rm 3,4). Y, no obstante esto, calificaríamos de fatuo e imprudente a quien no quisiera dar crédito a las afirmaciones de un hombre sensato y sabio, exigiendo pruebas y testimonios para cada una de sus palabras. ¡Mucho más temerario, desvergonzado y necio sería quien, escuchando la voz de Dios, exigiera, para creer, las pruebas de esta doctrina divina!(8).
Y adviertan los cristianos que el que dice creo no puede conformarse con el asentimiento íntimo de su espíritu a la verdad revelada (), sino que debe manifestar externamente la fe que lleva en el corazón, confesándola explícitamente y con valentía (acto externo de la fe).
Todo discípulo de Cristo debe sentir y poder decir con el profeta: Creí y por esto hablé (Ps 115,10); y debe poseer el espíritu de los apóstoles cuando valientemente hablaron ante la autoridad: Porque nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído (Ac 4,20); y debe enardecerse ante el ejemplo y las palabras de Pablo: Pues no me avergüenzo del Evangelio, que es poder de Dios para la salud de todo el que cree (Rm 1,16). Y como última y más explícita confirmación de esta verdad, recordemos las palabras del mismo Apóstol: Porque con el corazón se cree para la justicia y con la boca se confiesa para la salud (Rm 10,10) (9).
Por lo dicho podremos apreciar ya la sublimidad y excelencia de la Revelación cristiana y cuan sin medida deba ser nuestra gratitud a la bondad de Dios, que nos ha concedido poder subir rápidamente por estos peldaños de la fe al conocimiento de la máxima y suprema realidad apetecible.
En esto estriba precisamente la gran diferencia entre la sabiduría cristiana y la humana filosofía. Ésta, guiada únicamente por la luz de la razón natural, partiendo de los efectos y procediendo gradualmente por las cosas sensibles, sólo a fuerza de muchos y laboriosos esfuerzos llega a vislumbrar las realidades invisibles de Dios, reconociéndole como Causa primera y Autor de todas las cosas. Aquélla, en cambio, de tal manera purifica y perfecciona el poder de nuestra humana inteligencia, que hace posible el penetrar, sin esfuerzo, en la región de lo sobrenatural; e, iluminada por ese divino resplandor, la mente del hombre puede llegar a la contemplación de la Fuente misma de la luz, y desde aquí al conocimiento de cuanto existe bajo ella y por ella, cumpliéndose de esta manera el dicho del Príncipe de los Apóstoles: Ese alegrarnos profundamente en nuestro espíritu por haber sido llamados de las tinieblas a la admirable luz (1P 2,9) y ese poder regocijarnos en el gozo inefable de nuestra fe (1P 1,8).
Con razón afirmamos los cristianos, ante todo, creer en aquel Dios cuija majestad es inefable (Jr 22,19), el único Señor inmortal que habita una luz inaccesible, a quien ningún hombre vio ni puede ver (1Tm 6,16). El mismo Señor, hablando a Moisés, dice: Mi faz no podrás verla, porque no puede verla el hombre y vivir (Ex 33,19).
En realidad, para que la inteligencia humana pueda llegar hasta Dios - la más sublime de todas las realidades - es necesario que se libere totalmente de la tiranía de les sentidos cosa que en esta vida no nos ha sido dada por naturaleza).
Pero, aun siendo esto así, no dejó Dios - en frase de San Pablo - de dar testimonio de sí, haciendo el bien y dispensando desde el cielo las lluvias y las estaciones fructíferas, llenando de alimento y alegría nuestros corazones (Ac 14,16-17).
Esto explica que los filósofos no se atrevieran a pensar nada bajo de Dios y que removieran de Él todo concepto de corporeidad, limitación y composición, atribuyéndole, en cambio, la esencia perfecta y la plenitud de todos los bienes, como a fuente perenne e inagotable de bondad y misericordia, de donde proceden las perfecciones de todas las cosas creadas. Llamáronle Sabio, Autor y Amador de la verdad, Justo, Bienhechor por excelencia; nombres todos con los que expresaban el concepto de su suprema y absoluta perfección y notaban que su infinito e inmenso poder llena todo lugar y abraza todas las cosas.
Todo esto, por lo demás, lo expresa con mayor fuerza y claridad la Sagrada Escritura: Dios es espíritu (Jn 4,24); Sed, pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial (Mt 5,48); No hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes son todas desnudas y manifiestas a los ojos de Aquel a quien hemon de dar cuenta (He 4,13); ¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dias! (Rm 11,33); Dios es verdad (Rm 3,4); Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6); Tu diestra está llena de bondad (Ps 47,11); Abres tu mano y das a todo viviente la grata saciedad (Ps 144,16); ¿Dónde podría alejarme de tu espíritu? ¿Adonde huir de tu presencia? (Ps 138,7); Si subiera a los cielos, allí estás tú; si bajare a los abismos, allí estás presente; si, robando las plumas a la aurora, quisiera habitar al extremo del mar, también allí me cogería tu mano y me tendería tu. diestra (Ps 138,8-10); Por mucho que uno se oculte en escondrijos, ¿no le veré yo? Palabra de Yavé. ¿No lleno yo los cielos y la tierra? (Jr 23,24).
Ciertamente son admirables y magníficas todas estas verdades sobre la naturaleza de Dios, que los filósofos, en perfecta armonía con la Sagrada Escritura, dedujeron como conclusiones de la contemplación de las cosas creadas. Pero aun en esto mismo aparece clara la necesidad de la Revelación, si se tiene en cuenta - como notábamos antes - que la fe no sólo sirve para que los hombres rudos e ignorantes lleguen con facilidad y rapidez al conocimiento de las cosas que los sabios adquirieron después de laboriosos esfuerzos, sino que logra también que todo este bagaje de conocimientos que nos da la Revelación se fije en nuestra inteligencia de una manera mucho más segura, límpida y nítida de todo error que si esas mismas cosas las conociéramos sólo por ciencia humana. ¡Cuánto más admirable es el conocimiento de Dios que nos facilita la luz de la fe, propia de los creyentes, que el adquirido por la mera contemplación de las cosas creadas, común a todos!
Y ésta es la luz que encierran los artículos del Credo cuando nos hablan de la unidad de la esencia divina, de la distinción de las tres Personas, de Dios nuestro último fin, en quien hemos de buscar y esperar la posesión de la bienaventuranza celestial y eterna.
San Pablo nos dice que Dios es remunerador de los que le buscan (He 11,6). Y mucho antes que San Pablo, el profeta Isaías nos hablaba de la existencia y sublime valor de estos tesoros divinos, totalmente inaccesibles a la inteligencia humana: Jamás oyeron oídos, jamás vieron ojos, lo que Dios tiene preparado para los que en Él confían (Is 64,4 1Co 2,9).
De todo lo dicho se deduce que hemos de confesar que hay un solo Dios, no muchos dioses. Si atribuímos a Dios la suma bondad y la perfección absoluta, nos resultará evidente la imposibilidad de que lo infinito y absoluto puedan encontrarse en más de un sujeto; a quien faltare el más insignificante detalle de perfección, se convertiría por lo mismo en imperfecto, y en modo alguno podría convenirle la naturaleza divina.
Numerosos textos de la Sagrada Escritura afirman y prueban esta veidad: Oye, Israel: Y ave, nuestro Dios, es el solo Y ave (Dt 6,4); No tendrás otro Dios que a mí (Ex 20,3); Así habla Y ave: Yo soy el primero y el último; y no hay otro Dios fuera de mí (Is 44,6); Sólo un Señor, una fe, un bautismo (Ep 4,5) (10).
Ni ofrece dificultad alguna el hecho de que en la Biblia se atribuya a veces a las criaturas el nombre de Dios. Cuando en ella sz llama dioses a los profetas o a los jueces (ll), no se pretende seguir la costumbre de los paganos, que necia e impíamente multiplicaban sus divinidades; es un mero modo de decir para ponderar algunas de sus virtudes excelentes o alguna de las misiones a ellos encomendadas por Dios.
La fe cristiana cree, pues, y confiesa un solo Dios: único en naturaleza, en sustancia y en esencia, como se dijo para confirmar esta verdad en el Símbolo del Concilio de Nicea. Y, elevándose todavía más, la fe de tal manera entiende esta Unidad, que venera la Unidad en la Trinidad y la Trinidad en la Unidad (12).
De este misterio trataremos a continuación, siguiendo el orden del Credo,
Y puesto que la palabra Padre se atribuye a Dios por distintos motivos, declararemos primero el sentido específico en que aquí la tomamos.
Algunos paganos, cuyas tinieblas no habían sido iluminadas por la luz de la fe, concibieron a Dios como una sustancia eterna, de la que proceden todas las cosas y por cuya providencia son gobernadas y conservadas en su respectivo orden y estado. Utilizando una semejanza humana, llamaron Padre a Dios, a quien reconocían creador y rector de todas las cosas, lo mismo que llamamos padre a aquel de quien procede y por quien es dirigida y gobernada una familia.
La Sagrada Escritura utiliza también este nombre al hablar de Dios, creador, señor y providente de todas las cosas: ¿No es Él el padre que te crió, el que por sí mismo te hizo y te formó? (Dt 32,6) ; ¿No tenemos todos un padre? ¿No nos ha creado a todos un Dios? ().
Pero es en el Nuevo Testamento donde con más frecuencia y de manera más propia se llama a Dios Padre de los cristianos, que no hemos recibido el espíritu de siervos, para decaer en el temor; antes hemos recibido el espíritu de adopción, por el que clamamos: ¡Abba, Padre! (Rm 8,15); Ved qué amor nos ha mostrado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios y lo seamos (1Jn 3,1); Y si hijos, también herederos; herederos de Dios, coherederos de Cristo, que es el Primogénito entre muchos hermanos (Rm 8,17) y no se avergüenza de llamarnos hermanos (He 2,11),
Por consiguiente, ya consideremos el motivo de la creación y de la providencia, ya nos fijemos en el aspecto especialísimo de la adopción sobrenatural, con toda razón confesamos los cristianos creer en un Dios Padre.
Esto supuesto, hemos de procurar los cristianos levantar el alma a la contemplación de más altos misterios cuando pronunciemos o escuchemos la palabra Padre. Con ella empieza a descubrirnos la divina Revelación lo más sublime y misterioso, oculto en aquella luz inaccesible, donde habita Dios; luz que ningún hombre vio ni puede ver (1Tm 6,16).
Significa la palabra Padre que hemos de reconocer en la única esencia divina no una sola Persona, sino distinción de Personas. Porque tres son las Personas en Dios: el Padre, que es ingénito; el Hijo, que es engendrado por el Padre desde toda la eternidad, y el Espíritu Santo, que eternamente procede del Padre y del Hijo.
Y es el Padre, en una única esencia divina, la primera Persona, el cual, con su unigénito Hijo y con el Espíritu Santo, es un solo Dios y un solo Señor; no en la singularidad de una única Persona, sino en la trinidad de una sola sustancia (13).
Las tres divinas Personas se distinguen entre sí únicamente por sus propiedades. Sería absurdo y herético suponer cualquier diferencia o desigualdad entre ellas.
Es propio del Padre el ser ingénito; del Hijo, el ser engendrado por el Padre, y del Espíritu Santo, el proceder del Padre y del Hijo.
De esta manera reconocemos tal identidad de esencia y sustancia en las tres Personas divinas, que, al confesar al verdadero y eterno Dios, creemos debe ser adorada piadosa y santamente:
1) la propiedad en las Personas;
2) la unidad en la Esencia y
3) la igualdad en la Trinidad.
Y cuando decimos que el Padre es la primera Persona, no queremos afirmar que en la Trinidad exista el antes y el después, lo más y lo menos; esto constituiría una verdadera impiedad, contraria a la religión cristiana, que predica una misma eternidad y una misma majestad de gloria en las tres Personas. Si afirmamos con propiedad, y sin lugar alguno a duda, que el Padre es la primera Persona, lo hacemos porque Él es el principio sin principio; y, puesto que Él es la Persona distinta con la propiedad de Padre, a Él solo determinadamente conviene engendrar al Hijo desde toda la eternidad.
Cuando en este artículo del Credo pronunciamos juntos los nombres Dios y Padre, queremos recordar esto: que Él siempre fue, y al mismo tiempo, Dios y Padre.
Tratándose, por lo demás, del más difícil y sublime mis^ terio de la Revelación, una excesiva insistencia investigadora o un exagerado afán de explicaciones podría exponernos a serios peligros de gravísimos errores. Bástenos retener con religiosa exactitud los vocablos de Esencia y Persona, con los que está formulado el misterio, y creer que la unidad está en la Esencia, y la distinción en las Personas.
Ni son necesarias ulteriores y más sutiles aclaraciones acordándonos de la frase de la Escritura: Quien pretenda escudriñar la Majestad, se verá oprimido por la gloria (Pr 25,27). Démonos por satisfechos con saber que todo cuanto por la fe tenemos como cierto y seguro, lo aprendimos del mismo Dios. ¡Sería incalificable necedad no prestar asentimiento a las palabras de un Dios!
El mismo Jesucristo se dignó revelarnos con toda claridad el misterio: Enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo (Mt 28,19). Porque tres son los que dan testimonio en el cielo - añade San Juan -: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y los tres son uno (1Jn 5,7).
Son muchos los nombres con que la Sagrada Escritura suele significar el infinito poder y majestad de Dios, para inculcarnos la idea de veneración y respetuoso acatamiento debidos a su santísimo nombre. Pero el más frecuente de todos es, sin duda, el de todopoderoso u omnipotente.
El mismo Dios dice de sí: Yo, Dios omnipotente (Gn 17,1). Jacob, cuando envió sus hijos a José, oraba también de esta manera: Que el Dios omnipotente os haga hallar gracia ante ese hombre (Gn 43,14). En el Apocalipsis: El Señor Dios todopoderoso, el que era, el que es y el que vive (Ap 4,8); El día grande del Dios todopoderoso (Ap 16,14). Y con palabras equivalentes se expresa el mismo concepto en otros muchos pasajes: Porque nada hay imposible para Dios (Lc 1,37); ¿Acaso se ha acortado el brazo de Y ave? (Nb 11,23); Pues, cuando quieres, tienes el poder en la mano (Sg 12,18). Es evidente que todas estas expresiones encierran un único e idéntico concepto de omnipotencia.
Significamos con este título que ni existe ni puede pensarse cosa alguna que Dios no pueda hacer. Cabe bajo su poder no sólo realizar aquello que, aunque inmenso, de alguna manera entra en el ámbito de nuestra comprensión (), sino también maravillas infinitamente más grandes, que la mente del hombre no puede pensar ni aun siquiera imaginar.
Mas de que Dios sea todopoderoso no se deduce que pueda mentir, engañar, ser engañado, pecar, morir o ignorar cosa alguna. Todos estos actos suponen naturaleza imperfecta, y es claro que en Dios, cuya naturaleza y actos son siempre perfectísimos, nada de esto puede tener cabida. Semejante posibilidad argüiría debilidad e imperfección, no sumo e infinito poder.
Al afirmar, pues, nuestra fe en Dios todopoderoso, alejamos de Él todo aquello que repugna o no se conforma con la suprema perfección de su esencia divina,
De todos los atributos divinos, solamente se nos propuso en el Credo de nuestra fe el de la omnipotencia. Y ello no carece de razón, porque al afirmar la omnipotencia de Dios, implícitamente proclamamos su omnisciencia y su señorío y absoluto dominio de todas las cosas. Creyendo firmemente que Dios todo lo puede, nos resultará fácil comprender y reconocer en È1 todas las demás perfecciones; si le faltara alguna, no entenderíamos cómo es todopoderoso.
Nada mejor, además, ni más eficaz para fortalecer nuestra fe y confirmar nuestra esperanza como la íntima persuasión de que Dios todo lo puede.
Si hemos logrado asimilar bien el concepto de un Dios todopoderoso, nuestra razón aceptará, sin ninguna clase de duda, todas las demps verdades que es necesario creer, por grandes y maravillosas que sean y aunque superen las leye" ordinarias de la naturaleza. Más aún: creerá con mayor facilidad y gusto cuanto más sublimes sean las verdades reveladas por Dios.
Y en el campo de la esperanza cristiana, jamás desfallecerá el ánimo ante la grandiosidad de los bienes que vivamente deseamos y esperamos, antes bien se enardecerá y fortalecerá pensando que para Dios no hay nada imposible. Por esto conviene mucho estar bien robustecidos en la creencia de un Dios todopoderoso, especialmente cuando hemos de emprender alguna obra extraordinaria para bien del prójimo o cuando deseemos conseguir algo del cielo por medio de la oración. En el primer caso, acordémonos de las palabras con que Cristo reprendió la incredulidad de los apóstoles: Si tuviereis fe como un grano de mostaza, diríais a este monte: Vete de aquí a allá, y se iría, y nada os sería imposible (Mt 17,20). En el segundo, actuemos la frase del apóstol Santiago: Pero pida con fe, sin vacilar en nada; que quien vacila es semejante a las olas del mar, movidas por el viento y llevadas de una a otra parte. Hombre semejante no piense que recibirá nada de Dios ().
Otros muchos e importantes provechos espirituales debe reportarnos la fe en la omnipotencia divina:
1) Nos formará, ante todo, en humildad y sencillez de espíritu: Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios (1P 5,6).
2) Nos enseñará a no temer a nada ni a nadie, fuera de Dios, bajo cuyo poder estamos y están todas nuestras cosas: Yo os mostraré a quién habéis de temer; temed al que, después de haber dado la muerte, tiene poder para echar en la gehenna (Lc 12,5).
3) Nos ayudará, por último, a reconocer y a agradecer los inmensos beneficios que Dios nos ha hecho. El verdadero creyente en un Dios todopoderoso no puede ser desagradecido ni dejar de exclamar muchas veces con la Virgen: Porque ha hecho en mí maravillas el Todopoderoso (Lc 1,49).
Hemos proclamado en este artículo todopoderoso al Padre. Pero nadie caiga en el error de creer que atribuimos este nombre a la primera Persona, como si no fuera igualmente común al Hijo y al Espíritu Santo. Porque lo mismo que decimos Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, sin que sean tres Dioses, sino un solo Dios, así también confesamos todopoderoso al Padre, al Hijo y al Espíritu, sin que sean tres todopoderosos, sino uno solo.
Es cierto, sin embargo, que este título se le atribuye de manera especial al Padre, por ser Él la fuente de todo lo que tiene principio, lo mismo que atribuímos al Hijo la sabiduría, por ser el Verbo eterno del Padre, y al Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo, la bondad.
Por lo demás, es evidente - según la norma de la fe católica - que estos y otros nombres semejantes han de aplicarse comúnmente a las tres divinas Personas.
Y al tener que explicar ahora la creación del universo, comprenderemos cuan necesarias fueron las anteriores nociones sobre la omnipotencia divina: el milagro de una obra tan estupenda solamente puede creerse cuando no hay duda alguna del infinito poder del Creador.
Dios no formó el mundo de una materia preexistente, sino que lo sacó de la nada. Y esto sin necesidad ni coacción alguna, sino libre y espontáneamente.
La única causa que determinó a Dios a crear fue el deseo de comunicar su bondad a las cosas por Él creadas. Porque la naturaleza divina, infinitamente bienaventurada en sí misma, no tiene necesidad de ninguna otra cosa. El profeta David cantaba de esta manera: Yo digo a Yapé: Mi Señor eres tú, porque no tienes necesidad de mis bienes (Ps 15,2).
Y así como Dios, movido únicamente por su bondad, hizo cuanto quiso (Ps 113,3), del mismo modo, al crear el universo, no se inspiró en ningún ejemplar o modelo existente fuera de Él, sino que, existiendo en su mente divina la idea tipo o ejemplar de todas las cosas, el soberano Artífice las creó contemplándolas en sí y como reproduciéndolas de sí mismo con la suprema sabiduría e infinito poder que le son propios. Porque dijo Él, y fue hecho; mandó, y fue creado (Ps 32,9).
Con las palabras cielo y tierra significamos aquí todo cuanto contienen los cielos y la tierra. Porque además de los cielos - que el profeta llamó la obra de sus manos (Ps 8,4) - creó Dios también el esplendor del sol y la belleza de la luna y de los demás astros. Y para que sirvieran de señales a estaciones, días y años, puso en el firmamento del cielo lumbreras (Gn 1,14), y estableció que el movimiento de estos astros fuera tan seguro y constante, que no hay nada más movible que su continua rotación, ni nada, al mismo tiempo, tan regular y seguro como el movimiento de los mismos.
Creó Dios también de la nada la naturaleza espiritual y una multitud inmensa de ángeles para que le sirvieran y asistieran; y les adornó y enriqueció con el admirable don de la gracia y con sublimes poderes.
1) La misma Sagrada Escritura deja entender claramente que Lucifer y los demás ángeles prevaricadores habían sido adornados en el principio de su creación con el don de la gracia divina: El diablo es homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad (Jn 8,44). San Agustín escribe: "Creó Dios los ángeles dotados de buena voluntad, esto es, animados de un amor puro, que les unía a È1, dándoles al mismo tiempo el ser y la gracia. Y así hemos de creer que los ángeles buenos jamás estuvieron sin rectitud en la voluntad o, lo que es lo mismo, sin amor de Dios"(14).
2) En cuanto a su ciencia, tenemos también el testimonio explícito de la Sagrada Escritura: Porque mi Señor es sabio, con la sabiduría de un ángel de Dios, para conocer cuanto pasa en la tierra (2R 14,20).
3) De sus poderes nos habla David: Bendecid a Yave vosotros, sus ángeles, que sois poderosos y cumplís sus órdenes (Ps 102,20). Y en otros varios lugares de la Sagrada Escritura se les llama poderes del Señor y ejércitos de Dios (Ps 102,21).
Pero, aunque todos habían sido enriquecidos con estos dones celestiales, gran parte de ellos se rebelaron contra Dios, su Creador y Padre, y fueron arrojados del reino de los cielos y precipitados en la tenebrosa cárcel de la tierra, donde pagan la pena eterna de su soberbia. De ellos escribía el Príncipe de los Apóstoles: Porque Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que, precipitados en el tártaro, los entregó a las prisiones tenebrosas, reservándolos para el juicio (2P 2,4).
Más tarde fundó Dios la tierra sobre sus bases para que nunca después vacilara (Ps 103,5), y se alzaron los montes y se abajaron los valles hasta el lugar que Él les había señalado (Ps 103,8).
Y para que no fuera anegada la tierra por las fuerzas de las aguas, púsoles un límite, que no traspasarán, ni volverán a cubrir la tierra (Ps 103,9).
Adornó luego la tierra y la revistió de árboles y de toda clase de plantas y flores; y la pobló, como antes hiciera con el mar y con el aire, de innumerables especies de animales.
Por último formò Dios al hombre del polvo de /a tierra (Gn 2,7), dotándole de un cuerpo capaz de inmortalidad e impasibilidad, no por exigencia de su naturaleza, sino por gracioso beneficio divino.
Y creó el alma a su propia imagen y semejanza, dotándola de libre albedrío (15); y moderó sus instintos y deseos para que en todo estuviesen sometidos al imperio de la razón. Coronó su obra con el don maravilloso de la justicia origina] y quiso que el hombre fuera el rey de los vivientes.
Todas estas verdades pueden deducirse y probarse fácilmente de la misma narración del Génesis.
Esto es en síntesis lo que debe entenderse con las palabras creó Dios el cielo y la tierra. El profeta lo resumía de esta manera: Tuyos son los cielos, tuya la tierra; el orbe de la tierra y cuanto lo llena, tú lo formaste (Ps 88,12). Y mucho más brevemente aún lo expresaron los Padres del Concilio de Nicea, añadiendo al Símbolo aquellas palabras: Las cosas visibles y las invisibles (16). Porque todas las cosas existentes, que confesamos haber sido creadas por Dios, o pueden ser percibidas por los sentidos - y entonces las llamamos sensibles - o sólo son percibidas por la inteligencia, y entonces las denominamos invisibles
Mas no concibamos nuestra fe en Dios, creador y autor de todas las cosas, como si éstas, terminada la acción creadora por parte de Dios, pudieran subsistir por sí mismas, independientes de su infinito poder. Porque así como sólo por el absoluto poder, sabiduría y bondad del Creador fueron creadas todas las cosas, del mismo modo todas volverían instantáneamente a la nada si no estuvieran asistidas por la divina Providencia, que perpetuamente las conserva en la existencia con el mismo poder que las hizo existir.
Expresamente lo afirma la Sagrada Escritura: ¿Y cómo podría subsistir nada si tú no quisieras? O ¿cómo podría conservarse sin ti? (Sg 11,26).
Y esta divina Providencia no solamente conserva y gobierna las cosas que existen, sino que también impele, can íntima eficacia, al movimiento y a la acción a todo cuanto en el mundo es capaz de moverse u obrar, no destruyendo, pero sí previniendo la acción de las causas segundas. Su misterioso poder se extiende a todas y cada una de las cosas existentes: Se extiende poderosa del uno al otro extremo y lo gobierna todo con suavidad (Ps 8,1). Por esto exclamaba el Apóstol cuando anunciaba a los atenienses el Dios desconocido: Él no está lejos de nosotros, porque en Él vivimos, y nos movemos, y existimos (Ac 17,27-28) (17).
Bastará lo dicho para entender este primer artículo del Credo. Pero antes de teiminar, notemos que la obra de la creación es común a todas las Personas de la Santísima Trinidad. Pues si en este primer artículo, siguiendo la doctrina de los apóstoles, confesamos nuestra fe en Dios Padre, como creador del cielo y de la tierra, en la Sagrada Escritura leemos igualmente del Hijo: Todas las cosas fueron hechas por Él (Jn 1,3); y del Espíritu Santo: El Espíritu de Dios estaba incubando sobre la superficie de las aguas (Gn 1,2); y en otro lugar: Por la palabra de Y ave fueron hechos los cielos, y todo su ejército por el Espíritu de su boca (Ps 36,6) ; El Espíritu de Dios me creó ().
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Cuan copiosa y admirable riqueza de frutos haya redundado a la humanidad de este artículo de la fe, puede colegirse de aquellas palabras de San Juan: Quien confiese que Jesús es Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios (1Jn 4,15). Y lo confirma el mismo Señor con el elogio de bienaventuranza que tributó al Príncipe de los Apóstoles: Bienaventurado tú, Simón Bar Joña, porque no es la carne ni la sangre quien eso te ha revelado, sino mi Padre, que está en los cielos (Mt 16,17). Este misterio es, en realidad, el fundamento más sólido de nuestra salvación y de nuestra redención. Mas para comprender mejor su benéfica fecundidad convendrá analizar primero la caída de nuestros primeros padres de aquel estado de felicidad suma en que Dios les había colocado. Ello nos facilitará una idea más exacta del origen de todas nuestras miserias y calamidades (18).
Dios había impuesto un precepto a nuestro primer padre: De todos los árboles del paraíso puedes comer; pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieres, ciertamente morirás (Gn 2,16-17). Pero Adán desobedeció, e incurrió en la desgracia de perder aquel estado de gracia y santidad en que había sido creado, y quedó sometido a todos aquellos males explicados ampliamente en el Concilio de Trento (19).
Recordemos, además, que el pecado y la pena del pecado no quedaron limitados a Adán, sino que de él, como de causa y semilla fecunda, trascendieron naturalmente a toda su descendencia (20).
Caído nuestro linaje de tan excelso grado de dignidad, ni los hombres ni los ángeles con sus solas fuerzas podían levantarlo y restituirlo a su primitivo estado. Quedaba un único remedio para tanta ruina y tan desastrosos males: que el infinito poder del Hijo de Dios, tomando la debilidad de nuestra carne, cancelara la infinita gravedad del pecado y nos reconciliara con Dios al precio de su sangre (21)
Y, puesto que el misterio de la redención es, y fue siempre, condición necesaria para conseguir la salvación, Dios lo anunció desde el principio.
Fue en el mismo acto de condenación del género humano - inmediatamente después del pecado - donde apareció la esperanza de redención con aquellas palabras mensajeras del daño que para el demonio había de suponer la liberación de los hombres: Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y el suyo; éste te aplastará la cabeza y tú le morderás a él el calcañal (Gn 3,15). Más tarde Dios confirmó repetidamente esta promesa, dando mayores y más explícitas muestras de su secreto, especialmente a aquellos a quienes quiso expresar una singular benevolencia.
Entre otros, al patriarca Abraham se le había insinuado repetidas veces este misterio (22), y se le declaró abiertamente cuando, obediente al mandato de Dios, se mostró pronto a sacrificarle su único hijo Isaac: Por mí mismo juro, palabra de Y ave, que por haber tú hecho cosa tal, de no perdonar a tu hijo, a tu unigénito, te bendeciré largamente y multiplicaré largamente tu descendencia como las estrellas del cielo y como las arenas de la orilla del mar. Y se adueñará tu descendencia de las puertas de sus enemigos y la bendecirán todos los pueblos de la tierra por haberme tú obedecido (Gn 22,16-18). Donde aparece claro que sería un descendiente de Abraham el que había de salvarnos, librándonos de la cruel esclavitud de Satanás; este liberador no podía ser sino el Hijo de Dios, nacido, según la carne, de la raza de Abraham.
Poco después, y para que no se olvidara la primitiva promesa, Dios establece el mismo pacto con Jacob, nieto de Abraham: Tuvo un sueño. Veía una escala que, apoyándose sobre la tierra, tocaba con la cabeza en los cielos, y por ella subían y bajaban los ángeles de Dios. Sobre ella estaba Y ave, que le dijo: Yo soy Y ave, el Dios de Abraham, tu padre, y el Dios de Isaac; la tierra sobre la cual estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia. Será ésta como el polvo de la tierra, y te ensancharás a occidente y a oriente, a norte y mediodía, y en ti y en tu descendencia serán bendecidas todas las naciones de la tierra (Gn 28,12-14). Numerosas veces después seguirá Dios renovando la memoria de la promesa y avivando la esperanza en el Salvador entre los descendientes de Abraham y entre los demás hombres.
Más tarde, mejor organizados los judíos social y religiosamente, el sentido de la promesa vino a hacerse cada vez más familiar en el pueblo, multiplicándose las figuras y profecías de los inmensos beneficios que había de reportarnos la venida del Salvador y Redentor. Los profetas iluminados por Dios, abiertamente anunciaron a su pueblo - como si entonces estuviera sucediendo - el nacimiento del Hijo de Dios, las obras admirables que había de realizar, su doctrina, sus acciones, su vida, su muerte, resurrección y todos los demás misterios de su existencia sobre la tierra. Tan exactamente que, prescindiendo del tiempo, no existe diferencia alguna entre los vaticinios de los profetas y la predicación de los apóstoles, entre la fe de los antiguos patriarcas y la nuestra (23).
Jesús significa Salvador, y es nombre propio de Aquel que es Dios y hombre. Le fue impuesto no casualmente, ni por voluntad o determinación de los hombres, sino por consejo y mandato de Dios. Así lo anunció el ángel a su madre María: Y concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús (Lc 1,31). Y más tarde, a su esposo José repite el mandato de llamar al Niño con este nombre, y le explica su significado: José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1,20-21).
Son muchos los personajes que - según testimonio de la Sagrada Escritura -tuvieron este mismo nombre. Entre otros Josué, el hijo de Nave, que sucedió a Moisés e introdujo en la tierra prometida al pueblo liberado de la esclavitud de Egipto, gracia que no le fue concedida al mismo Moisés, el liberador (24). Con el mismo nombre fue llamado también el hijo del gran sacerdote Josedech (25).
Pero a ninguno conviene tan propiamente este nombre como a nuestro Salvador, que salvó, liberó e iluminó no a un solo pueblo, sino a la humanidad de todos los tiempos, no oprimida por el hambre o la tiranía de Egipto y Babilonia, sino sumida en inmensas tinieblas de muerte y aherrojada con las fuertes cadenas del pecado y del diablo. Jesús nos consiguió a todos el derecho a la herencia del reino de los cielos y nos reconcilió con Dios Padre. En aquellos personajes antiguos vemos figuras simbólicas de nuestro Señor, por quien fue enriquecida la humanidad con el inmenso cúmulo de bienes referido.
Todos los demás nombres que, según las profecías y por divina disposición, habían de imponerse al Hijo de Dios (26), se reducen al de Jesús. Aquéllos - cada uno desde un punto de vista especial - significan aspectos aislados de la salvación, que Él había de traernos; éste sintetiza admirablemente toda la realidad, razón y eficacia de su obra salvadora.
Al nombre de Jesús se añadió también el de Cristo, que significa Ungido. Es nombre de honor y de ministerio, y no de una particular atribución, sino común a muchos.
Los antiguos llamaban cristos a los sacerdotes y a los reyes, a quienes Dios mandaba ungir por la dignidad de su oficio (27).
Los sacerdotes eran, en efecto, quienes constantemente oraban por el pueblo, ofrecían a Dios sacrificios e imploraban gracias para la humanidad.
A los reyes estaba encomendado el gobierno de los pueblos, y a ellos competía velar por el cumplimiento de las leyes, defender al inocente y castigar al malvado.
Y, puesto que cada una de estas funciones refleja la autoridad de Dios en la tierra, pareció natural que los elegidos para desempeñar la dignidad real o sacerdotal fueran ungidos con el óleo (28).
También fue costumbre antigua el ungir a los profetas, intérpretes del Dios inmortal, heraldos entre los hombres de los arcanos divinos, videntes del futuro y predicadores eficaces de la virtud con santas exhortaciones (29).
Jesucristo, nuestro Salvador, en el instante mismo de su encarnación asumió el tríplice oficio de profeta, sacerdote y rey. Y por esto fue llamado Cristo, y fue ungido para el desempeño de este triple ministerio, no por manos de hombre, sino por el poder del Padre, y no con ungüento material, sino con el óleo espiritual. Y el Espíritu Santo derramó
sobre su alma santísima tal plenitud de gracia y de dones, que supera la capacidad de cualquier otra naturaleza creada, como escribía el profeta: Amas la justicia y aborreces la iniquidad; por eso tu Dias te ha ungido con el óleo de la alegría más que a tus compañeros (Ps 44,8 He 1,9). E Isaías de una manera aún más clara: El Espíritu del Señor, Y ave, descansa sobre mí, pues Y ave me ha ungido y me ha enviado para predicar la buena nueva a los abatidos (Is 61,1).
Y así fue Cristo el Profeta y Maestro por excelencia, que nos manifestó la voluntad divina y por cuyo mensaje el mundo conoció al Padre celestial.
Conviénele este titulo con toda justicia y preferencia, ya que todos los demás llamados profetas fueron, en definitiva, discípulos suyos y enviados para anunciarle a Él, el gran Profeta que había de venir para salvarnos a todos (30).
Y fue Sacerdote. Pero no según el orden levítico de la antigua ley, sino como cantó el profeta David: Tú eres sacerdote eterno según el orden de Melquisedec (Ps 109,4).
El concepto exacto de este nuevo sacerdocio está explicado y desarrollado maravillosamente en la Epístola de San Pablo a los Hebreos (31).
Por último, Cristo es Rey. Y no sólo en cuanto Dios, sino también en cuanto hombre y partícipe de nuestra condición humana. De Él dijo el ángel: Y reinará en la casa de Jacob, por los siglos y su reino no tendrá fin (Lc 1,33).
El reino de Jesucristo es espiritual y eterno: se inicia en la tierra y se completa en el cielo. Con admirable providencia desempeña los oficios de rey en su Iglesia: ía gobierna y la defiende de las acometidas y asechanzas de sus enemigos, la impone leyes, la confiere santidad y justicia y la comunica fuerza y vigor suficientes para perseverar con firmeza.
Aunque este reino de Cristo abarca a los buenos y a los malos, y todos los hombres por derecho pertenecen a él, sin embargo, sólo aquellos que, fieles a sus preceptos, llevan una vida íntegra e inmaculada, experimentan la gran bondad y largueza del Rey.
Y no fue Cristo rey por derecho humano o hereditario (); lo fue porque Dios acumuló sobre Él, en cuanto hombre, todo el poder, grandeza y dignidad que puede poseer una naturaleza humana: Le ha sido dado todo poder y señorío en el cielo y en la tierra (Mt 28,18). Y en el día del juicio veremos sometérsele total y perfectamente todos los seres, como ya ha comenzado a realizarse en esta vida (33).
Con las palabras su único Hijo se nos propone creer y contemplar los más sublimes misterios de Jesucristo: que es Hijo de Dios, verdadero Dios como el Padre, engendrado por Él desde toda la eternidad. Le confesamos, además, como la segunda Persona de la Santísima Trinidad, igual en todo a las otras dos: no puede pensarse ni siquiera imaginarse disparidad o diferencia alguna en las divinas Personas, siendo única e idéntica la esencia, voluntad y poder de las tres.
Esta verdad se repite claramente en muchos textos de la Sagrada Escritura. Recordemos las palabras de San Juan: Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios (Jn 1,1).
Mas, al hablar de Jesús como Hijo de Dios, a nadie se le ocurra pensar en un nacimiento u origen terreno y mortal. Jamás podremos comprender con nuestra razón, ni siquiera imaginar, el misterioso modo con que el Padre engendra desde toda la eternidad a su Hijo; pero hemos de creerlo con toda nuestra fe y adorarlo en lo más íntimo del corazón, repitiendo estremecidos las palabras del profeta: Su generación, ¿quién la contará? (Is 53,8).
Esto es lo que hemos de creer: que, el Hijo posee la misma e idéntica naturaleza, sabiduría y poder que el Padre, como explícitamente confiesa el Símbolo de Nicea: Y en un solo Señor, Jesucristo, Hijo unigénito de Dios y nacido del Padre antes de todos los siglos; Dios de Dios, Luz de luz; verdadero Dios de Dios verdadero; engendrado, no hecho; consubstancial al Padre, por quien todas las cosas han sido hechas (34), B) Hijo de Dios e Hijo de María
Entre los varios símiles utilizados para explicar la naturaleza y el modo de la eterna generación del Hijo, nos parece más propio y expresivo el tomado de nuestro mismo modo de pensar. San Juan llama Verbo a la segunda Persona de la Santísima Trinidad. Porque así como nuestra mente, al conocerse de algún modo a sí misma, forma una imagen suya, que los teólogos llaman verbo, del mismo modo - en cuanto las cosas humanas se pueden comparar con las divinas - Dios, al conocerse a sí mismo, engendra al Verbo eterno.
Mas lo mejor será inclinarnos respetuosa y profundamente ante el misterio que la fe nos propone: creer y confesar que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre; en cuanto Dios, engendrado por el Padre desde toda la eternidad; en cuanto hombre, nacido en el tiempo de María, virgen y madre (35).
Y, aunque reconocemos esta doble generación de Cristo, creemos, sin embargo, que es un solo Hijo, porque una sola es la Persona divina en la que están unidas las dos naturalezas: la humana y la divina (36).
Atendiendo a la generación divina, Cristo no tiene hermanos ni coherederos, porque es Hijo único del Padre, y nosotros, los hombres, somos hechura y obra de sus manos.
Mas, si atendemos a la generación humana, Cristo no sólo llama, sino que de hecho considera a muchos hombres como hermanos, para que junto con Él consigan la gloria de la herencia del Padre. Estos hombres son los que le reciben con fe y muestran con obras de caridad la fe que profesan con los labios. A esto se refería San Pablo cuando nos hablaba de Cristo: Primogénito entre muchos her manos (Rm 8,29).
Son muchos los títulos y operaciones que la Sagrada Escritura refiere a nuestro Salvador (37). Unos le convienen en cuanto Dios, y otros en cuanto hombre, porque a diversas naturalezas corresponden diversas propiedades.
Decimos con toda verdad que Cristo - por tener una naturaleza divina - es omnipotente, eterno e inmenso. Afirmamos igualmente - y esto le conviene por su naturaleza humana - que padeció, murió y resucitó.
Pero algunos atributos convienen indistintamente a una y otra naturaleza. Precisamente en este artículo del Credo profesamos creer en Jesucristo nuestro Señor; nombre que con todo derecho puede aplicarse a cualquiera de las dos naturalezas. Porque, siendo Dios eterno como el Padre, es igualmente Señor de todas las cosas como Él. El Hijo y el Padre no son dos Dioses, sino uno solo, como no son dos Señores, sino un solo Señor. Mas también en cuanto hombre podemos llamarle Señor. Y esto por muchos motivos :
1) Ante todo, porque fue nuestro Redentor y nos liberó de la esclavitud del pecado, adquirió Jesucristo en estricta justicia el poder y señorío sobre todos los hombres. San Pablo dijo: Se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz; por lo cual Dios le exaltó y le otorgó un nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús doble la rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre (Ph 2,8-11). Y el mismo Jesucristo afirmó de sí después de su resurrección: Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra (Mt 18,18).
2) Es, además, Señor, por estar unidas en su única Persona las dos naturalezas, divina y humana. Por esta maravillosa unión mereció - aun cuando no hubiera muerto por nosotros - ser constituido Señor universal de todas las criaturas, especialmente de aquellas que habían de obedecerle y servirle con íntimo afecto del alma.
Procuremos suscitar y avivar en nuestros corazones la conciencia del gran deber que a todo cristiano alcanza, en lógica consecuencia, de darse y consagrarse enteramente y para siempre, como verdadero esclavo a Jesucristo, su divino Redentor y Señor.
Lógica consecuencia hemos dicho y obligada gratitud. De Él hemos recibido nuestro nombre de cristianos y por Él hemos sido colmados de inmensos beneficios, no siendo el menor de ellos el poder entender por la fe estos sublimes misterios.
Ofrecimiento y consagración que ya prometimos en la puerta de la iglesia al ser bautizados: "Renuncio a Satanás y a sus pompas - dijimos entonces - y me entrego totalmente a Jesucristo" (38).
Si para alistarnos en la milicia cristiana nos consagramos entonces a Cristo con tan solemne y santa promesa, ¿de qué castigos no nos haríamos merecedores, si después de haber ingresado en la Iglesia, después de haber conocido la voluntad y la ley de Dios y haber recibido la gracia de los sacramentos, viviéramos - en la realidad práctica de nuestros hechos - según las máximas y exigencias del mundo y Satanás, como si a ellos, y no a Cristo, hubiéramos dado nuestro nombre en el día del bautismo?
Y ¿podrá haber alma que no se encienda en fuego de amor al ver a un Señor tan grande, benigno y misericordioso que, teniéndonos bajo su pleno dominio, como auténticos siervos rescatados por su sangre, prefiere, en fuerza de su amor, llamarnos no siervos, sino amigos y hermanos? (39).
Semejante caridad es motivo justísimo - sin duda el mayor de todos - por el que perpetuamente debemos reconocer, servir y venerar a Cristo como a verdadero Señor nuestro.
CATECISMO ROMANO 1010