
CATECISMO ROMANO 1030
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"Que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, y nació de Santa María Virgen"
Por lo dicho en el artículo precedente podremos entender ya el inmenso y singular beneficio concedido por Cristo al hombre, al redimirle le la esclavitud de Satanás. Si consideramos, además, el modo y los medios con que Él quiso actuar su don, aparecerá más insigne y maravillosa esta bondad y misericordia divina.
Empezaremos la explicación de este tercer artículo de la fe exponiendo la grandeza del inefable misterio, tantas veces propuesto a nuestra consideración en la Sagrada Escritura como fundamento principal de nuestra salud eterna.
Su sentido preciso es éste: creemos y confesamos que Jesucristo, único Señor nuestro e Hijo de Dios, cuando por nosotros se encarnó en las entrañas de la Virgen, fue concebido no por obra de varón, como los demás hombres, sino - superado todo orden natural - por virtud del Espíritu Santo (40). Y de esta manera, una misma Persona, sin dejar de ser el Dios que era desde toda la eternidad, empezó a ser hombre, cosa que antes no era.
Que sólo así deba entenderse esta verdad de fe aparece claramente en la fórmula del Concilio Constantinopolitano: "Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó de los cielos, y tomó carne de María Virgen por obra del Espíritu Santo, y se hizo hombre" (41). Lo mismo expresaba San Juan Evangelista, el apóstol virgen, que pudo beber en el pecho mismo del Maestro el más profundo conocimiento de este altísimo misterio. En el prólogo de su Evangelio empieza hablándonos de la naturaleza divina del Verbo: Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios, para concluir: Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotras (Jn 1,1 Jn 14).
El Verbo, que es una de las Personas de la naturaleza divina, asumió la naturaleza humana, de tal modo que fuese una misma y sola la hipóstasis o persona de las dos naturalezas; y así esta maravillosa unión de las dos naturalezas conservó las acciones y las propiedades de una y otra; y, en expresión del gran pontífice San León, "ni fue anulada la naturaleza inferior al ser glorificada ni disminuyó la superior por asumir la humana" (42).
Especial explicación merecen las palabras con que se enuncia este misterio: "Fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo".
Con ellas no se pretende decir que sólo la tercera Persona de la Santísima Trinidad fue la que obró el misterio de la Encarnación. Porque, aunque es cierto que solamente el Hijo se encarnó, también lo es que las tres divinas Personas - Padre, Hijo y Espíritu Santo - obraron el misterio.
Es regla absoluta de fe cristiana "que todo cuanto Dios obra fuera de sí en las criaturas es común a las tres Personas, sin que jamás obre una más que otra o sin las otras" (43). Lo único que no puede ser común a todas es el proceder una de la otra. De hecho solamente el Hijo es engendrado por el Padre y sólo el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo.
Fuera de esto, todas las demás obras externas - llamadas por los teólogos ad extra - corresponden por igual a las tres divinas Personas. Y a esta categoría de operaciones pertenece la encarnación del Hijo de Dios (44).
Esto no obstante, la Sagrada Escritura suele atribuir a determinada Persona alguna de las propiedades comunes a las tres: el dominio de todas las cosas, al Padre; la sabiduria, al Hijo, y al Espíritu Santo, el amor. Y como el misterio de la Encarnación revela el inmenso amor de Dios para con los hombres, es atribuido de manera especial al Espíritu Santo.
A) Lo natural y lo sobrenatural en la encarnación de Cristo
Conviene distinguir en este misterio las realidades que trascienden el orden natural y las puramente naturales:
1) Realidad del orden natural fue la formación del cuerpo de Cristo de la sangre purísima de la Virgen Madre.
Es propio de iodos los cuerpos de los hombres el ser formados de la sangre materna.
2) Supera, en cambio, todo orden natural y toda capacidad de inteligencia humana el hecho de que, apenas la Virgen dio su asentimiento a la propuesta del ángel: He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38), inmediatamente quedó formado el santísimo cuerpo de Cristo y unida a él el alma racional, y de este modo, en el mismo instante, fue perfecto Dios y perfecto hombre.
No puede dudarse que esto fue obra admirable y prodigiosa del Espíritu Santo, porque, según el orden natural, ningún cuerpo puede ser informado por el alma antes de transcurrir un determinado espacio de tiempo.
Añádase a esto algo todavía más admirable: apenas el alma se unió al cuerpo, se unió también a uno y otra la divinidad. Todo se realizó en un instante: la formación del cuerpo, el ser informado por el alma, la unión de la divinidad con el cuerpo y con el alma.
Y así, ya en este primer instante, Cristo fue perfecto Dios y perfecto hombre; y la Virgen Santísima puede ser llamada con toda propiedad y verdad Madre de Dios y Madre del hombre, porque concibió en el mismo instante al Dios y al hombre. Así se lo había anunciado el ángel:
Y concebirás en tu seno y darás a luz un Hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y llamado Hijo del Altísimo (Lc 1,31-32).
De esta manera tuvo cumplimiento la profecía de Isaías: He aquí que la virgen grávida da a luz un Hijo (Is 7,14).
Y lo mismo declaraba Santa Isabel al descubrir, iluminada por el Espíritu Santo, el misterio de la concepción del Hijo de Dios: ¿De dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a mí? (Lc 1,43) (45).
B) Cristo no es hijo "adoptivo" de Dios Así como el cuerpo de Cristo fue formado de la purísima sangre de la Virgen, no por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo, así también en el mismo instante de su concepción recibió su alma santísima una maravillosa plenitud del Espíritu divino, crue le colmó de aradas v dones. En frase de San Juan, Dios no le dio el Espíritu con medida (Jn 3,34), como a los demás hombres dotados de gracia y santidad, sino que derramó sobre fil la gracia superabundantemente para que todos la recibiéramos de su plenitud (46).
Mas, no obstante poseer Él este don del Espíritu Santo, por el que los hombres justos consiguen la adopción de hijos de Dios, Cristo no puede ser llamado hijo adoptivo de Dios (47). Siendo verdadero Hijo de Dios por naturaleza, en modo alguno pueden convenirle ni el título ni la gracia de la adopción.
Los puntos más importantes que creemos deben explicarse acerca del admirable misterio de la encarnación, y de cuya meditación podremos derivar saludables frutos de gracia, son los siguientes:
1) Dios tomó nuestra carne y se hizo hombre.
2) E) modo íntimo como se realizó esta encarnación excede la capacidad de nuestra mente, ni puede ser explicado con palabras humanas.
3) Por último, Dios quiso hacerse hombre para que nosotros renaciéramos como hijos de Dios.
Meditemos piadosamente, creamos y adoremos con confiada humildad los misterios que se contienen en este artículo de la fe, sin olvidar que una excesiva curiosidad de análisis e investigación podría exponer nuestra fe a serios peligros.
La segunda verdad de fe contenida en este artículo es ésta: que Jesucristo no sólo fue concebido por obra del Espíritu Santo, sino que también nació y apareció en la tierra de Santa María Virgen.
Misterio sublime, que debe llenar nuestros corazones de íntimo gozo, como lo declaró el primer mensajero de la Buena Nueva al mundo: Os anuncio una gran alegría que e¡s para todo el pueblo (Lc 2,10). XD como cantaban los ángeles en la noche de Navidad: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad (Lc 2,14).
Así empezó a cumplirse la gran promesa hecha por Dios a Abraham: V todos los pueblos de la tierra bendecirán tu descendencia (Gn 22,18). Porque María, a quien reconocemos y veneramos como verdadera Madre de Dios por haber dado a luz a Jesucristo, Dios verdadero y hombre verdadero, fue descendiente de David y Abraham (48).
Si en la prodigiosa concepción de Cristo todo excedió el orden natural, tampoco en su nacimiento puede explicarse nada sin especial intervención divina.
Nace de una madre sin detrimento de su virginidad: no cabe suponer milagro más sorprendente. Como más tarde saldrá del sepulcro cerrado y sellado (49); como se presentará a los discípulos estando cerradas las puertas (50); o como - para usar una comparación tomada de las cosas naturales - el rayo del sol penetra el cuerpo sólido de cristal sin romperlo ni dañarlo, del mismo modo, pero de una manera infinitamente más sublime, Cristo salió del seno de la Madre sin detrimento alguno de su virginidad.
Con razón podremos ya cantar la incorruptible y perpetua virginidad de María.
Semejante prodigio es evidente que sólo pudo llevarlo a cabo la infinita virtud del Espíritu Santo, que asistió a la Virgen en la concepción y parto de su Hijo, "dándole fecundidad sin privarla de su perpetua virginidad" (51).
San Pablo llama con frecuencia a Cristo "el nuevo Adán", estableciendo un paralelismo entre Él y nuestro primer padre (52). En realidad, si en el primero todos encontramos la muerte, en Cristo todos recibimos de nuevo la vida; y si Adán fue el padre de la humanidad en el orden de la naturaleza, Cristo es el autor de la vida de gracia y de la gloria.
Lógicamente habremos de establecer idéntico paralelismo entre la Virgen Madre y la primera madre Eva. Ésta, dando oídos a la serpiente, atrajo la maldición y la muerte sobre el mundo (53); María, en cambio, creyendo las palabras del ángel (54), consiguió que la bondad de Dios derramase sobre los hombres la bendición y la vida. Por causa de Eva nacimos todos hijos de ira (55); por María, en cambio, recibimos a Jesucristo, por quien resucitamos a la vida de la gracia. A Eva le fue dicho: Parirás con dolor los hijos (Gn 3,16); María fue exenta de esta ley, y, sin detrimento de su virginidad ni dolor alguno, dio a luz a Jesús, Hijo de Dios (56).
Siendo tantos y tan sublimes los misterios de la concepción y nacimiento de Cristo, no es de extrañar que la divina Providencia los preanunciara con admirables figuras y profecías. Son muchos los pasajes escriturísticos que los santos doctores han interpretado refiriéndolos a este misterio.
Recordemos, entre otros, aquella puerta del santuario que Ezequiel vio cerrada (57); aquella piedra arrancada por sí sola del monte (58); aquella vara de Aarón que prodigiosamente floreció sola entre la de los príncipes de Israel (59); aquella zarza ,que vio Moisés arder sin consumirse (60).
No es necesario insistir demasiado en los detalles históricos del nacimiento de Cristo, pudiendo todos tener a mano los santos Evangelios, donde tan minuciosamente se nos describen (61).
Importa sobre todo que estos santos misterios narrados por los evangelistas lleguen a impresionar nuestra mente y nuestro corazón.
Dos son los frutos principales que debemos sacar de su contemplación: un sentimiento generoso de gratitud a Dios, su autor, y un sincero deseo de reflejar en la realidad de nuestras vidas tan sorprendente y singular ejemplo de humildad.
El recordar con frecuencia la humillación de Jesucristo, que para comunicarnos su gloria no tuvo inconveniente en asumir nuestra misma pequenez y fragilidad; el contemplar hecho hombre a un Dios, ante cuya suprema e infinita majestad tiemblan las columnas del cielo y se estremecen a una amenaza suya (); el meditar cómo nace en la tierra Aquel a quien sirven los ángeles en el cielo... (62), todo esto constituirá, sin duda, el más útil de los ejercicios espirituales para reprimir nuestra vanidad y soberbia. Si Cristo no tuvo reparo en hacer todo esto por nosotros, ¿qué no deberemos hacer nosotros por Él? ¿Con cuánta prontitud y gozo del alma no deberemos estimar, amar y practicar las exigencias de la humildad?
Fijémonos en las grandes lecciones que el Niño Dios nos da, sin haber pronunciado aún una sola palabra: nace pobre, peregrino en tierra extraña, en un miserable portal, en el rigor del invierno. Así lo cuenta San Lucas: Estando alli, se cumplieron los días de su parto, y dio a luz a su hijo primogénito, y le envolvió en pañales, y le acostó en un pesebre por no haber sitio para ellos en el mesón (Lc 2,6-7). ¡No pudo el evangelista esconder en palabras más humildes toda la gloria y majestad del cielo y de la tierra!
Y notemos que el Evangelio no dice simplemente que "no había sitio en el mesón", sino que no había sitio para Aquel que pudo decir con verdad: Mío es el mundo y cuanto lo llena (Ps 49,12). San Juan nos dirá también: Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron (Jn 1,11).
Al contemplar estos ejemplos, pensemos que Dios quiso asumir la humilde fragilidad de nuestra carne para levantar a los hombres al más alto grado de dignidad. Es evidente que toda la sublime grandeza concedida a los hombres en la encarnación deriva de este solo hecho: haberse querido hacer hombre el que es verdadero y perfecto Dios.
Ya podemos repetir con orgullo - cosa que no pueden hacer los ángeles - que el Hijo de Dios es hueso de nuestros huesos y carne de nuestra carne. No socorrió a los ángeles - escribe San Pablo -, sino a la descendencia de Abraham (He 2,16).
Una última reflexión se impone: cuidemos no se repita, para desgracia nuestra, la escena de Belén. ¡Seria muy triste para Cristo "no encontrar sitio" en nuestros corazones para nacer espíritualmente, como entonces no lo encontró para nacer según la carne!
Ansioso de nuestra salvación, nada desea Jesús tan ardientemente como este nuestro místico nacimiento.
A imitación suya, que por obra del Espíritu Santo y sobre todo orden natural, se hizo hombre, y nació, y fue santo, y aun la santidad misma, quiere que nosotros renazcamos no de la sangre, ni de la voluntad carnal, sino de Dios (Jn 1,13). Y, una vez renacidos, quiere nos comportemos como criaturas nuevas (Ga 6,15), viviendo una vida nueva (Rm 6,4) y guardando celosamente aquella santidad y pureza de espíritu que corresponde a hombres reengendrados en el Espíritu de Dios.
Sólo así reproduciremos, de alguna manera, en nosotros mismos el misterio de la concepción y nacimiento del Hijo de Dios, que firmemente creemos; y al creerlo, veneramos y adoramos la sabiduría de Dios misteriosa, escondida (1Co 2,7).
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"Padeció bajo el poder de Pondo Pilato; fue crucificado, muerto y sepultado"
El apóstol Pablo nos habló luminosamente de la necesidad de conocer este artículo de la fe y de la devota Diedad con que debe meditarse frecuentemente la pasión del Señor, al afirmarnos que él nunca se preció de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, u éste crucificado (1Co 2,2).
A imitación suva. procuremos también nosotros qastar todo el tiempo posible en el estudio y contemplación de este santo misterio, hasta consequir que, movidos por el recuerdo de tan sublime beneficio, correspondamos debidamente a tan gran amor y bondad de Dios para con los hombres.
Y en la primera parte de este artículo - de la sequnda hablaremos más adelante - ésto es lo que hemos de creer: aue Cristo nuestro Señor fue crucificado, siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, como representante del cesar Tiberio. Hecho prisionero primero, escarnecido, injuriado y maltratado más tarde, nuestro Redentor murió por último clavado en una cruz.
Ante todo, nadie puede poner en duda que Cristo sufrió, en su sensibilidad, indecibles torturas: habiendo asumido realmente nuestra naturaleza humana, su alma no pudo menos de experimentar e) dolor.
Él mismo nos lo dijo: Triste está mi alma hasta la muerte (Mt 26,38) (63).
Y, aunque su naturaleza humana estaba unida a la Persona divina, no por eso dejó de sentir la amargura de la pasión; la experimentó como si no hubiera existido aquella unión, porque en la única Persona de Cristo cada una de las naturalezas conservaba perfectamente sus propiedades: lo que era pasible y mortal permaneció mortal y pasible, como inmortal e impasible permaneció en Él su naturaleza divina.
El hecho de notar con toda precisión que Cristo padeció V murió siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, obedece a una doble finalidad:
Así nos consta que argumentaba San Pablo (64).
Que Cristo eligiera, entre otros, el suplicio de la cruz, obedece igualmente a un determinado designio divino: "Para que de donde nació la muerte, de allí mismo renaciese la vida" (65). La serpiente que venció a nuestros Primeros padres en el árbol del paraíso debía ser vencida por Cristo en el árbol de la cruz.
Los Santos Padres han subrayado y desarrollado múltiples razones por las que convenía que Cristo, nuestro Redentor, muriera en la cruz. Bástenos a nosotros saber que quiso elegir este suplicio, como el más apto para redimir al mundo, por ser entre todos el más ignominioso y humillante (66). En realidad, no sólo los paganos le consideraban como el más infamante y execrable, sino que en la misma ley mosaica estaba escrito: Maldito todo el que es colgado del madero (Dt 21,23; Ga 3,13).
Meditemos frecuentemente este artículo de la fe - tan detalladamente narrado por los evangelistas - y procuremos conocer perfectamente al menos los pasajes más importantes de la pasión del Señor, tan necesarios para confirmarnos en nuestra santa fe. En ellos se apoya, como en inconmovible base granítica, todo el majestuoso edificio de nuestra santa religión (67).
Sin duda que el misterio de Cristo crucificado chocará violentamente con nuestra pobre razón humana. No nos cabe en la cabeza, y hasta nos resulta repugnante, pensar que nuestra salvación pueda radicar en una cruz y en un crucificado. Pero es precisamente aquí donde una vez más resplandece la admirable providencia de Dios, como dice el Apóstol: Pues, por no haber conocido el mundo a Dios, en la sabiduría de Dios, por la humana sabiduría, plugo a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación (1Co 1,21).
Figuras y profecías de la muerte, de Cristo
No nos extrañará, pues, que los profetas () y los apóstoles () se esforzaran tan tenazmente en demostrar a los hombres que el Cristo de la cruz era el Redentor del mundo y pretendieran someterles a la obediencia del Rey crucificado.
Y puesto que la inteligencia humana habría de experimentar fuerte repugnancia en admitir el misterio de la cruz, no cesó el mismo Dios de anunciarnos con figuras y profecías la pasión y muerte de su Hijo uniqénito. Y esto inmediatamente después del pecado original.
Entre las figuras recordemos algunas: Abel, víctima de la envidia de su hermano (68); el sacrificio de Isaac (69); el cordero inmolado por los judíos, a su salida de Egipto (70); la serpiente de bronce levantada por Moisés en el desierto (71): figuras todas que preanunciaban la pasión y muerte de Jesucristo.
Las profecías son tantas y tan explícitas, que no es posible ni preciso hacer una enumeración detallada de ellas. Entre todas () sobresalen las del profeta Isaías, quien escribió sobre estos misterios páginas tan claras y precisas que, más que profecías, parecen narraciones históricas de hechos pasados (73).
Con estas palabras afirmamos creer que Cristo, después de haber sido crucificado, murió realmente y fue sepultado.
Y no sin motivo se nos manda expresamente creer en esta verdad, ya que algunos se atrevieron a negar la muerte de Cristo en la cruz (74). Por esto los apóstoles juzgaron necesario oponer a tal error esta verdad de fe, que nadie puede dudar cuando todos los evangelistas unánimemente convienen en afirmar que Cristo expiró en la cruz (75).
Ni supone dificultad alguna el hecho de que Cristo fuese Dios verdadero, pues, sin dejar de serlo, era al mismo tiempo hombre también verdadero y perfecto; y en cuanto hombre pudo perfectamente morir, ya que la muerte no es otra cosa que la separación del alma y del cuerpo.
Al afirmar, pues, que Cristo murió, queremos decir que su alma se separó del cuerpo, sin que con ello signifiquemos que se separara también la divinidad: al contrario, creemos y confesamos firmemente que, separada el alma del cuerpo, la divinidad permaneció siempre unida al cuerpo en el sepulcro, y al alma, que bajó a los infiernos.
Recordemos por último que convenía que el Hijo de Dios muriera para destruir con la muerte al que tenía el imperio de la muerte, al diablo, y librar a aquellos que por el temor de la muerte estaban toda la vida sujetos a servidumbre (He 2,10 He 14 He 15).
Se ofreció porque quiso
Otra cosa característica hay que notar en la muerte de Jesucristo: que murió cuando quiso y con muerte voluntaria, no provocada violentamente por mano extraña. Ni sólo eligió la muerte, sino también el lugar y tiempo en que había de suceder.
Isaías había escrito: Se ofreció en sacrificio, porque él mismo lo quiso (Is 53,7). Y el mismo Cristo afirmaba antes de su pasión; Yo doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita; soy yo quien la doy de mí mismo. Tengo poder para darla y poder para volver a tomarla (Jn 10,17-18).
En cuanto al tiempo y lugar, también nos dijo el Señor cuando Herodes quiso atentar contra su vida: Id y decid a esa raposa: Yo expulso demonios y hago curaciones hoy, y las haré mañana, y al día siguiente... Porque no puede ser que un profeta perezca fuera de Jerusalén (Lc 13,32-33).
No hizo nada Jesús obligado, ni por coacción extraña, sino que se ofreció porque quiso. Saliendo al encuentro de sus enemigos, les dijo en el huerto: Yo soy (Jn 18,5), sobrellevando después voluntariamente todos los injustos y crueles tormentos con que le maltrataron.
Al meditar su pasión, nada sin duda nos conmoverá tan profundamente como esta reflexión: que alguien ofrezca por nosotros dolores que necesaria e inevitablemente ha de sufrir, no nos parece beneficio de extraordinaria importancia; mas que un hombre sólo por nuestro amor acepte voluntariamente la muerte - muerte que le hubiera sido muy fácil evitar -, esto constituye un beneficio tan sumamente extraordinario, que aun el más agradecido se sentirá impotente no sólo para corresponderlo, sino aun para reconocerlo como se merece. De aquí podremos colegir la infinita e indecible caridad con que Cristo divinamente nos benefició.
El hecho de confesar explícitamente que "Cristo fue sepultado", no supone que exista dificultad alguna especial distinta de las ya apuntadas al hablar de su muerte; si creemos con toda certeza que Cristo murió, no nos costará demasiado trabajo admitir igualmente que fue sepultado.
Pero se añadieron estas palabras por una doble razón:
1) como prueba ulterior de la verdad de la muerte de Cristo ();
2) como premisa y confirmación espléndida del milagro de la resurrección.
Con estas palabras del Símbolo no solamente confesamos que el cuerpo de Cristo fue sepultado, sino además, y principalmente, creemos que Dios fue sepultado. Lo mismo que decimos - perfectamente de acuerdo con la regla de la fe católica - que Dios murió y que Dios nació de la Virgen. Si la divinidad estuvo siempre unida al cuerpo encerrado en el sepulcro, lógicamente habremos de confesar que Dios fue sepultado.
En cuanto al modo y lugar de la sepultura, bástenos saber lo que dice el Evangelio (76). Dos cosas deben notarse, sin embargo:
1) que el cuerpo de Cristo no sufrió corrupción alguna en el sepulcro, como había vaticinado el profeta: No dejarás que tu Santo experimente corrupción (Ps 15,10 Ac 2,31);
2) y esta consideración debe extenderse a todas las partes del artículo - la sepultura, pasión y muerte convienen a Cristo en cuanto hombre, no en cuanto Dios, porque sólo la naturaleza humana pudo padecer y morir. Y si también atribuímos estas realidades a Dios, lo hacemos porque en Cristo no hay más que una sola Persona, que es al mismo tiempo perfecto Dios y perfecto hombre.
Fijados estos conceptos, detengámonos en algunas reflexiones que, sin duda, nos ayudarán, si no a comprender, al menos a contemplar con fervorosa piedad los sublimes misterios de la pasión del Señor.
Y, ante todo, consideremos quién es el que padece. Su dignidad infinita no cabe en la mente del hombre, ni puede ser expresada con palabra humana. San Juan le llama el Verbo, que estaba en Dios (Jn 1,1). Y el Apóstol nos lo pinta con trazos llenos de magnificencia: Aquel a quien constituyó heredero de todo, por quien también hizo el mundo: y que, siendo el esplendor de su gloria y la imagen de su sustancia, y el que con su poderosa palabra sustenta todas las cosas, después de hacer la purificación de los pecados se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas (He 1,2-3) (77).
Para decirlo en una sola palabra: el que padece es Jesucristo, Dios verdadero y hombre verdadero. Sufre el Creador por sus creaturas, el Rey por sus subditos y siervos; padece Aquel que sacó de la nada a los ángeles y a los hombres, a los cielos y a las cosas: Aquel de quien, por quien y en quien existen todos los seres (Rm 11,36).
No nos maraville, pues, que la máquina del universo entero se estremeciera al ver a su Autor traspasado y molido por los tormentos de la pasión: La tierra tembló y se hendieron las rocas (Mt 27,51); las tinieblas cubrieron toda la tierra y el sol se oscureció (Lc 23,44).
Y si las criaturas insensibles y sin voz lloraron la pasión del Creador, ¿con qué lágrimas deberán expresar su dolor los fieles redimidos, piedras vivas de este templo santo de Dios? (1P 2,5).
1) Además del pecado de origen, heredado de nuestros primeros padres, la causa principal de tan dolorosa pasión hay que buscarla en los pecados cometidos por los hombres desde el principio del mundo hasta nuestros días y en los que se cometerán hasta el fin de los siglos. A esto atendió en su pasión y muerte el Hijo de Dios, nuestro Salvador: a redimir y cancelar los pecados de todos los tiempos, ofreciendo a su Padre una satisfacción universal y superabundante.
Notemos, además - y esto valora más la importancia de su obra - no sólo que Cristo padeció por los pecadores, sino que los pecadores fueron la causa e instrumento de sus torturas. San Pablo escribía en la Carta a los Hebreos: Traed, pues, a vuestra consideración al que soportó tal contradicción de los pecadores contra sí mismo, para que no decaigáis de ánimo rendidos por la fatiga (He 12,3). Y es evidente que aquí son más gravemente culpables quienes con más frecuencia recaen en el pecado: si las culpas de todos condujeron a Cristo al suplicio de la cruz, quienes se revuelcan en maldades y torpezas, de nuevo, en cuanto de ellos depende, crucifican para sí mismos al Hijo de Dios y le exponen a la afrenta (He 6,6). Y este delito es mucho más grave en nosotros que en los judíos deicidas, quienes, si le hubieran conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria (1Co 2,8); nosotros, en cambio, los cristianos, confesando, por un lado, que le conocemos, y negándole, por otro, con nuestras obras, levantamos contra Él nuestras manos violentas y pecadoras.
2) La Sagrada Escritura afirma, además, que Jesucristo murió por voluntad del Padre y por su propia voluntad (79). Isaías había escrito: Yo le maltraté y maté por las iniquidades de su pueblo (Is 53,8). Poco antes, el mismo profeta, iluminado por el Espíritu de Dios, exclamaba viendo al Redentor llagado y herido: Todos nosotros andábamos errantes, como ovejas, siguiendo cada uno su camino, y Yavé cargó sobre Él la iniquidad de todos nosotros (Is 53,6). Y poco después vaticinaba del mismo Cristo: Ofreciendo su vida en sacrificio por el pecado, tendrá posteridad y vivirá largos días (Is 53,10).
El apóstol San Pablo, señalando los motivos que tenemos para esperar en la bondad y misericordia de Dios, dice más expresamente: El que no perdonó a su propio Hijo, antes le entregó por nosotros, ¿cómo no nos ha de dar con Él todas las cosas? (Rm 8,32).
Bastará recordar que la sola contemplación de los tormentos y espasmos de su pasión provocaron en Él, postrado en el huerto de los Olivos, un sudor de sangre tan copioso, que chorreó hasta la tierra (80). Esta sola circunstancia nos habla elocuentemente del sumo dolor de Cristo en la cruz: si el mero pensamiento de los males inminentes le resultó tan indeciblemente amargo - testimonio elocuente es el sudor de sangre -, ¿qué no habremos de decir de la real pasión de los mismos?
Jesucristo, nuestro Redentor, sufrió de hecho los más atroces tormentos en su cuerpo y en su alma.
1) En cuanto al cuerpo, no escapó a este inmenso dolor ninguna de sus partes: sus manos y pies fueron cosidos a la cruz con clavos; la cabeza, traspasada por las espinas y herida con una caña; la cara, manchada de salivazos y abofeteada; todo el cuerpo, atormentado con azotes.
Hombres de toda clase y condición se confabularon contra Y ave y contra su Ungido (Ps 2,2); los judíos y gentiles fueron los instigadores, autores e instrumentos "de su pasión; Judas le entregó, Pedro le negó y todos los demás apóstoles y discípulos le abandonaron (81).
En la misma muerte de cruz no sabe uno si conmoverse más ante la crueldad o ante la ignominia, o ante las dos cosas juntas. En realidad, no pudo excogitarse un género de muerte más vergonzoso ni más cruel; era costumbre reservarlo para los mayores criminales y para los delincuentes más peligrosos; y la lentitud del suplicio hacía más intolerables los sufrimientos de la muerte.
Recordemos, además, que la misma constitución física de Cristo necesariamente tuvo que hacer más agudo el dolor. Formado por el Espíritu Santo, su cuerpo poseía en sumo grado - más que el de todos los demás hombres - aquella finura y delicadeza de sentimientos que, por lo sensible, agranda la capacidad para sufrir.
2) Por lo que se refiere al alma, el dolor de Cristo llegó a su máximo grado.
A los mártires en su tormento no les faltó el consuelo divino, y fortalecidos por él soportaron los suplicios con serena energía. Algunos hubo incluso que en medio de los más atroces tormentos se sintieron como arrebatados en una expresión de profunda alegría interior. San Pablo mismo exclamaba: Me alegro de mis padecimientos por vosotros, y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, por su cuerpo, que es la Iglesia (Col 1,24). Y en otra ocasión: Estoy lleno de consuelo, reboso de gozo en todas mis tribulaciones (2Co 7,4).
Jesucristo, en cambio, apuró hasta las heces el cáliz amarguísimo de su pasión sin mezcla alguna de consuelo (82).
Quiso que la naturaleza humana, que había asumido, soportara todos los tormentos, como si fuera solamente hombre y no también Dios.
Añadamos, por último, una nueva y profunda reflexión: los beneficios inmensos que hemos recibido de la pasión de Cristo.
1) El primero de todos, haber sido redimidos del pecado. Nos amó y nos absolvió de nuestros pecados por la virtud de su sangre (). Y San Pablo: Os vivificó con Él, perdonándoos todos vuestros delitos, borrando el acta de las decretos que nos era contraria, que era contra nosotros, quitándola de en medio y clavándola en la cruz (Col 2,13-14).
2) En segundo lugar, nos rescató de la esclavitud del demonio. El mismo Jesús afirma en el Evangelio de San Juan: Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera, u no, si fuere levantado de la tierra, atraeré todos a mí (Jn 12,31-32).
3) Además, pagó el débito que habíamos contraído por nuestros pecados, ofreciendo el sacrificio más aceptable y grato a Dios; nos reconcilió con su Padre, volviéndonosle aplacado y propicio (83).
4) Por último, borrado el pecado, nos abrió las puertas del cíelo míe la culna de nuestros prímeros padres había cerrado. El Apóstol lo afirma explícitamente: Tenemos, pues, hermanos, en virtud de la spnnre de Cristo, firme confianza de entrar en el santuario (He 10,19).
Todos estos frutos habían sido ya preanunciados en el Antiguo Testamento con diversos símbolos y finuras. Cuando, por eiemplo, se dice en el libro de los Números que nadie podía volver a la patria antes de la muerte del sumo sacerdote, quería significarse que a ninguno - por justo y santo que fuere - le era posible entrar en el cielo antes que hubiera muerto el Sumo y Eterno Sacerdote, Jesucristo (84). Después de su muerte, en cambio, quedaron abiertas las puertas del cielo para todos aquellos que, purificados por los sacramentos y adornados por las tres virtudes teologales, participen de los frutos de su pasión.
Todos estos preciosos y divinos dones fueron fruto maduro de la muerte dolorosa de Jesucristo:
a) Ante todo, porque Cristo satisfizo ínteqra v perfectamente a su Eterno Padre por nuestros pecados. El precio que paqó por ellos no sólo igualó, sino que sobrepasó cumplidamente el débito contraído.
b) Además, fue muy del agrado del Padre aquel sacrificio. Al ofrecerse el Hijo sobre el ara de la cruz, quedaron aplacadas su ira e indignación divinas. San Pablo escribe: Cristo nos amó y se entregó por nosotros en oblación y sacrificio a Dios en olor suave (Ep 5,2). Y el Príncipe de los Apóstoles hablando de la redención: Habéis sido rescatados de vuestro vano vivir según la tradición de vuestros padres, no con plata y oro. corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de cordero sin defecto ni mancha (1P 1,18-19 Ap 5,9). Y de nuevo San Pablo: Cristo nos redimió de la maldición de la ley haciéndose por nosotros maldición (Ga 3,13).
Unido a estos inmensos beneficios, encontramos en la pasión de Cristo el no menos pequeño de ofrecérsenos Él como modelo acabado de todas las virtudes.
Sufriendo por nosotros, Jesucristo nos dio consumados ejemplos de paciencia, humildad, inmensa caridad, mansedumbre, obediencia y perfecta fortaleza de alma para soportar por la justicia no sólo toda clase de dolores, sino aun la misma muerte. ¡Como si el divino Maestro hubiera querido resumir y practicar personalmente en un solo día de pasión - el último de su vida - todo cuanto nos predicó durante tres años de vida pública!
¡Ojalá meditemos con frecuencia estos misterios para aprender a sufrir, morir y ser sepultados con Él! Y así, eliminada toda mancha de pecado, podamos resucitar con Cristo a nueva vida y, con su gracia y misericordia, merezcamos un día participar del reino de su gloria celestial.
CATECISMO ROMANO 1030