
CATECISMO ROMANO 1050
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Muy interesante es, sin duda, que conozcamos la gloria de la sepultura de Jesucristo; pero importa mucho más que conozcamos los gloriosos laureles que consiguió venciendo al demonio y vaciando las sillas del infierno. De este misterio y de la triunfante resurrección de Jesucristo trata el presente artículo del Símbolo.
Podrían estudiarse perfectamente por separado estos dos misterios; aquí, sin embargo, siguiendo el ejemplo de los Santos Padres, los trataremos conjuntamente.
Esto hemos de creer en la primera parte del artículo: muerto Jesucristo, descendió a los infiernos su alma (85), y allí permaneció todo el tiempo que el cuerpo estuvo en el sepulcro.
Con ello afirmamos también que la misma Persona de Cristo estuvo presente a la vez en el infierno y en el sepulcro. Ni debe extrañarse nadie de esta afirmación, pues, como tantas veces hemos repetido, aunque el alma se separó del cuerpo, nunca se separó la divinidad ni del alma ni del cuerpo.
Y para mejor comprender estas verdades de nuestra fe católica, convendrá primero precisar bien el significado que aquí tiene la palabra infierno.
Algunos, impía y neciamente, quisieron hacerla sinónima de "sepulcro". En el artículo anterior afirmábamos que Cristo nuestro Señor fue sepultado; y no habría razón ninguna para que los apóstoles, en la redacción del Símbolo, repitieran la misma verdad y con una fórmula más oscura.
Por la palabra infierno se significa aquí aquella morada oscura donde estaban retenidas las almas de quienes, muertos antes de la venida de Cristo, no habían conseguido aún la bienaventuranza celestial.
La Sagrada Escritura nos ofrece numerosos ejemplos de esta significación. San Pablo escribe: Para que al nom bre de Jesús doble la rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los abismos (Ph 2,10). Y San Pedro, a su vez, en los Hechos de los Apóstoles: Dios le resucitó, rompiendo las ataduras del infierno (Ac 2,24).
Este lugar de las almas retenidas no era único:
1) Existe, ante todo, una cárcel horrible y tenebrosa, donde yacen, atormentadas con fuego eterno, las almas de los condenados y los demonios. Este lugar es llamado en la Sagrada Escritura "gehenna", "abismo" y propiamente "infierno" (86).
2) Existe, además, el fuego del purgatorio, donde, sufriendo por cierto tiempo, se purifican las almas de los justos antes de serles franqueadas las puertas del cielo, en el que no puede entrar cosa impura (Ap 21,27).
Es ésta una verdad de fe que, según la proclamación de los Concilios, está claramente contenida en la Sagrada Escritura y en la Tradición Apostólica. Hoy más que nunca urge predicarla diligentemente, porque vivimos tiempos en que los hombres no sufren la sana doctrina (2 Tm 4,3) (87).
3) Existía, por último, un tercera morada, donde estaban retenidas las almas de los justos muertos antes de la venida de Jesucristo. Allí, sin dolor alguno sensible y alimentados por la esperanza de redención, gozaban de una vida serena y apacible. A estas almas justas que esperaban la llegada del Salvador en el seno de Abraham libertó Jesucristo cuando descendió a los infiernos.
Y hemos de creer como, dogma de fe que Cristo bajó a los infiernos no sólo con su infinito poder y eficacia redentora, sino realmente, con su alma y su presencia.
La Sagrada Escritura lo afirma explícitamente en aquella profecía de David: No dejarás tú mi alma en el infierno (Ps 15,10).
Mas, aunque Cristo bajó realmente a los infiernos, no por eso sufrió mengua alguna su infinito poder, ni se mancilló un solo ápice su esplendorosa santidad. Este hecho, por el contrario, resultó una nueva y solemne confirmación de su santidad y divinidad, tantas veces demostradas con milagros. Lo entenderemos mejor si comparamos las causas por las que Cristo y los demás hombres bajaron a los infiernos:
1) Éstos bajaron como prisioneros; Él, en cambio, descendió como vencedor y libre entre los muertos, para ahuyentar a los demonios que tenían aprisionadas a aquellas almas.
2) Además, todos los hombres que bajaron a los infiemos fueron atormentados con penas terribles; muchos, con el suplicio eterno de la condenación; otros, aunque libres de las penas de sentido, con la privación de Dios y la angustiosa espera de la bienaventuranza. Cristo, en cambio, bajó no para sufrir, sino para liberar las almas de los justos de aquella cárcel molesta y comunicarles el fruto de su pasión.
Nada hubo, pues, en esta bajada de Cristo a los infiernos que disminuyera su infinita dignidad y poder.
1) Cristo nuestro Señor bajó a los infiernos principalmente para liberar las almas de los justos de aquella cárcel, donde el demonio las retenía como presa suya, y llevarlas consigo al cielo.
Prodigio que el Redentor llevó a cabo de una manera admirablemente gloriosa: apareció radiante entre los prisioneros, inundándoles de su esplendorosa luz; y en el mismo instante de su aparición, todos quedaron llenos de inmensa alegría; y les concedió, sobre todo, la más deseada Üe las bienaventuranzas: el ver a Dios. De esta manera cumplía Jesucristo la promesa que hiciera I al buen ladrón sobre la cruz; Hoy serás conmigo en el paraíso (Lc 23,43). Esta liberación de los justos había sido ya profetizada mucho antes por Oseas: ¿Dónde están, ¡oh muerte!, tus plagas? Yo los rescataré del infierno ().
Lo mismo fue significado por el profeta Zacarías cuando dijo: Mas cuanto a ti, por la sangre será consagrada tu alianza. Yo he sacado a tus cautivos del baño. Tus cautivos han vuelto a la fortaleza llenos de esperanzas (Za 9,11)/
Y el apóstol San Pablo: Despojando a los principados y las potestades, los sacó valientemente a la vergüenza, triunfando de ellos con la cruz (Col 2,15). ¦ /
Para entender mejor la fuerza de este misterio, conviene recordar que Cristo con su pasión, no sólo rescató a los justos que nacieron después de su venida, sino también a cuantos habían preexistido desde Adán y a cuantos habían de nacer hasta el fin de los tiempos. Antes de su muerte y resurrección, las puertas del cielo estuvieron cerradas para todos; las almas de los justos o entraban en el seno de Abraham o () iban al fuego del purgatorio, si tenían algo que satisfacer y expiar.
2) Hay, además, otra razón por la que Cristo bajó a los infiernos: para manifestar allí, como antes lo hiciera en el cielo y en la tierra, su eterno poder y su gloria. Para que al nombre de Jesús doble la rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los infiernos (Ph 2,10).
¿Quién no admirará aquí con estupor la inmensa bondad de Dios para con los hombres? No se conformó con sufrir por nosotros una muerte cruel, sino que quiso bajar a los mismos abismos de la tierra para libertar a las almas, por Él tan amadas, y llevarlas consigo al reino de su gloria.
5. DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS...
Especialísimo interés merece la explicación de esta secunda parte del artículo. Recordemos el encargo del Apóstol a su discípulo Timoteo y a cuantos, como él, sientan responsabilidad de las almas: Acuérdate de que Jesucristo, del linaje de David, resucitó de entre los muertos ().
El significado del artículo es éste: Nuestro Señor expiró sobre la cruz a la hora nona del viernes; el mismo día la tarde fue sepultado por los discípulos, quienes, autorizados por Pilatos (88), bajaron el cuerpo de la cruz y lo depositaron en el sepulcro nuevo de un huerto cercano; las al tercer día de la muerte (), a primera hora de la mañana el alma de Cristo se unió de nuevo con el cuerpo. De este modo nuestro Redentor, después de haber estado muerto durante tres días, volvió a la vida que había abandonado al morir y resucitó (89).
Con la palabra resurrección significamos no solamente que Cristo triunfó de la muerte (), sino, y sobre todo, que Cristo resucitó por su propia virtud v poder: cosa que sólo de Él puede afirmarse.
En realidad, poder volver a la vida después de muerto por propia virtud, ni entra en el ámbito de posibilidades de la naturaleza humana, ni jamás fue conceaido a hombre alguno. Es prodigio reservado exclusivamente al infinito poder divino, según testimonio de San Pablo: Porque, aunque fue crucificado en su debilidad, vive por el poder de Dios (2Co 13,4). Y como nunca se seoaró este divino poder ni del cuerpo en el sepulcro, ni del alma que descendió a los infiernos, pudo muy bien el cuerpo juntarse de nuevo con el alma, y el alma con el cuerpo.
De esta manera fue posible el retorno a la vida, por propia virtud y la resurrección de entre los muertos. David, inspirado por Dios, ya lo había profetizado: Han vencido su diestra u su santo brazo (). El mismo Señor lo confirmará más tarde con su palabra: Yo doy mi vida para tomarla de nuevo; tengo poder para volverla a tomar (Jn 10,17); v en otra ocasión dirá a los iudíos para corroborar la verdad de sus predicaciones: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré (): palabras que sus oyentes interpretaron del templo maemífico de piedra construido sobre el monte, pero que Cristo refería al templo de su cuerpo, como explícitamente consta en el mismo santo Evangelio.
Y cuando en las Sagradas Escrituras se afirma que Cristo fue resucitado por su Padre (90), se han de entender estas palabras dichas de Cristo sólo en cuanto hombre, del mismo modo que se han de referir a Él, en cuanto Dios, los textos en que se afirma que resucitó por su propia virtud.
Fue también singular privilegio de Cristo el ser el primero de todos en gozar del beneficio divino de la resurrección.
La Sagrada Escritura le llama el primogénito de los muertos (91). Y San Pablo escribió: Cristo ha resucitado de entre los muertos como primicia de los que mueren. Porque como por un hombre vino la muerte, también por un hombre vino la resurrección de los muertos. Y como en Adán hemos muerto todos, así también en Cristo somos todos vivificados. Pero cada uno a su tiempo; el primero. Cristo; luego, los de Cristo (1Co 15,20-23).
Estas palabras del Apóstol han de entenderse de la resurrección perfecta: aquella con la que seremos introducidos a la vida eterna después de haber sido suprimida definitivamente la muerte. Y es sólo en este sentido en el que atribuímos a Cristo la primacía de la resurrección.
Porque, si hablamos de resurrección temporal (), fueron muchos los hombres resucitados antes de Cristo (92); pero todos revivieron con la condición de volver a morir. Cristo nuestro Señor, en cambio, de tal manera resucitó después de haber vencido y sometido a la muerte, que no puede volver a morir. Así lo atestigua aquel clarísimo testimonio del mismo San Pablo: Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere; la muerte no tiene ya dominio sobve Él (Rm 6,9).
Con esta expresión no se pretende afirmar que Cristo permaneciese en el sepulcro tres días completos. Decimos con toda verdad y exactitud que "resucitó al tercer día de entre los muertos", porque su santo cuerpo permaneció en el sepulcro un día entero natural, parte del anterior y parte del siguiente.
Por un lado, no quiso el Señor dilatar su resurrección hasta el fin del mundo, para demostrarnos que era verdadero Dios; y por otrc, no quiso resucitar en seguida de entre los muertos, sino al tercer día, para que pudiéramos constatar y creer que era al mismo tiempo verdadero hombre y que su muerte había sido real. Los tres días transcurridos en el sepulcro fueron suficientes para demostrarnos que realmente había muerto.
Los Padres del primer Concilio de Constantinopla añadieron en este artículo las palabras según las Escrituras. Inspirándose en el Apóstol (93), quisieron ponerlo explícitamente en el Símbolo por ser fundamental para la fe cristiana el misterio de la resurrección de Cristo. Si Cristo no resucitó - escribe San Pablo -, vana es nuestra predicación, vana es nuestra fe...; y si Cristo no resucitó, vana es vuestra fe, aún estáis en vuestros pecados (1Co 15,14-17). Y San Agustín, maravillado ante la doctrina de este artículo de la fe, escribía: "No es cosa grande creer que Jesucristo murió: en esta creencia convienen fácilmente paganos, judíos, pecadores y todos los hombres. Mas los cristianos creemos en la resurrección; ésta es nuestra fe: creemos que Cristo ha resucitado" (94).
Por esto nos habló Cristo tantas veces de su resurrección. Casi nunca trató con sus discípulos de la pasión sin referirse también a la resurrección (95). Así cuando dice: El Hijo del hombre, que será entregado a los gentiles, y escarnecido, e insultado, y escupido, y, después de haberle azotado, le quitarán la vida, añade en seguida: Y al tercer día resucitará (Lc 18,32-33). Y en otra ocasión, pidiéndole los judíos algún milagro para demostrar su doctrina, les responde: La generación mala y adúltera busca una señal, pero no le será dada más señal que la de Jonás el profeta. Porque, como estuvo Jonás en el vientre de la ballena tres días y tres noches, así estará el Hijo del hombre tres días y tres noches en el seno de la tierra (Mt 12,39-40).
Las siguientes reflexiones nos ayudarán a comprender mejor el significado profundo de este misterio.
1) La resurrección del Señor fue necesaria en primer lugar, para demostrar la justicia de Dios. Era lógico que el Padre glorificara al Hijo, que por obediencia a Él había aceptado toda clase de humillaciones. Así pensaba San Pablo cuando escribía a los Filipenses: Se humilló hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, por lo cual Dios le exaltó (Ph 2,8-9).
2) En segundo lugar fue necesaria la resurrección para confirmar nuestra fe, sin la cual el hombre no puede justificarse. Y el argumento máximo de la divinidad de Jesucristo es, sin duda, el hecho de haber resucitado por su propia virtud.
3) Además fue necesaria la resurrección para alentar y apoyar nuestra esperanza. Si Cristo ha resucitado, nosotros podemos tener la certeza de que también un día resucitaremos con Él, debiendo seguir los miembros la misma suerte que la cabeza. Así concluye San Pablo toda su argumentación cuando escribe sobre este punto a los fieles de Corinto (96) ya los de Tesalónica (97). Y el Príncipe de los Apóstoles: Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por su gran misericordia nos engendró a una viva esperanza por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos para una herencia incorruptible (1P 1,34). 4) Por último, la resurrección del Señor fue necesaria como precioso broche de oro del misterio de nuestra redención. Con su muerte nos había liberado del pecado y con su resurrección nos restituyó los bienes superiores que habíamos perdido por la culpa. Por eso escribía San Pablo: Nuestro Señor Jesús, que fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación (Rm 4,24-25). Para que nada faltara a la salud del hombre, fue necesario que Cristo resucitase, como antes había sido necesaria su muerte.
De todo lo dicho podremos deducir ya y comprender las grandes utilidades que la resurrección de Cristo reportó a nuestras almas.
1) En ella reconocemos a un Dios inmortal, lleno de gloria, vencedor de la muerte y del demonio. Y todo esto lo creemos y confesamos con toda verdad de Jesucristo.
2) Fruto de la resurrección de Cristo es también la resurrección de nuestro cuerpo. Ella es la causa eficiente y ejemplar de la nuestra; todos resucitaremos como y porque Cristo resucitó.
Refiriéndose a esta resurrección de los cuerpos, escribía San Pablo: Porque, como por un hombre vino la muerte, también por un hombre vino la resurrección de los muertos (). Dios se valió de la humanidad de Cristo como de instrumento eficiente para todo cuanto obró en el misterio de nuestra redención; por tanto, su resurrección fue una especie de instrumento para conseguir la nuestra.
Fue también ejemplar, por ser la de Cristo la más perfecta de todas las resurrecciones. Y así como el cuerpo de Cristo al resucitar a gloria inmortal fue transformado, también nuestros cuerpos, débiles y mortales, resucitarán transformados en gloria de inmortalidad (98). Esto predicaba el mismo San Pablo: Esperamos al Salvador y Señor Jesucristo, que reformará el cuerpo de nuestra vileza conforme a su cuerpo glorioso (Ph 3,20-21).
El mismo concepto puede aplicarse al alma muerta por el pecado. San Pablo notó también cómo la resurrección de Cristo puede servir de ejemplo a esta resurrección espiritual: Para que como Él resucitó de entre los muertos para la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque, si hemos sido injertados en Él por la semejanza de su muerte, también lo seremos por la de su resurrección (Rm 6,4-5). Y poco más adelante añade: Pues sabemos que Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere; la muerte ya no tiene dominio sobre Él. Porque, muriendo, murió al pecado una vez para siempre; pero, viviendo, vive para Dios. Así, pues, haced cuenta de que estáis muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús (Rm 6,9-11).
Dos son los ejemplos que debemos imitar en la resurrección de Cristo. Uno es que, purificados de todo pecado, iniciemos una nueva vida, en la que deben resplandecer la honestidad de costumbres, la pureza, la santidad, la modestia, la justicia, la caridad y la humildad.
Otro es el perseverar en esta nueva vida para que, con la ayuda de Dios, no nos separemos jamás del camino de la justicia que una vez emprendimos.
Las palabras de San Pablo no sólo proponen la resurrección de Cristo como ejemplar de la nuestra, sino afirman también que ella nos ofrece y concede la energía necesaria para resucitar y la fortaleza y aliento precisos para perseverar en la santidad, en la justicia y en la observancia de los mandamientos divinos (99).
Así como de la muerte de Cristo no solamente tomamos ejemplo para morir al pecado, sino también la fuerza necesaria para hacer efectiva esta muerte espiritual, del mismo modo su resurrección nos da fuerzas para conseguir la santidad y para caminar - sirviendo a Dios piadosa y santamente - en esta nueva vida a la que hemos resucitado.
Esto fue, sobre todo, lo que quiso conseguir el Señor con su resurrección: que los que antes estábamos muertos con Él al mundo y al pecado, con Él resucitáramos a una nueva forma y a una nueva ley de vida.
El apóstol San Pablo enumera las señales que deben manifestar nuestra propia resurrección espiritual: Si fuisteis, pues, resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios (Col 3,1).
Sólo quien aspire a tener su vida, sus honores, su descanso y riquezas allí donde está Cristo, realmente ha resucitado con Él.
Y cuando añade el Apóstol: Pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra (Col 3,2), nos ofrece otra nota distintiva con la que podemos constatar si de verdad hemos resucitado con Cristo. Pues así como el gusto suele indicar la salud o enfermedad de nuestro cuerpo, así también quien saboree las cosas verdaderas, puras, justas, santas (100); quien, con íntimo gusto espiritual aprecie la dulzura de las cosas celestiales, tendrá en esto la mejor garantía de haber resucitado realmente con Cristo a una nueva vida espiritual.
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El profeta David, al contemplar, lleno del espíritu de Dios, la gloriosa ascensión del Señor, invita a todos los hombres a celebrar con el máximo gozo posible este triunfo divino: ¡Oh pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con voces jubilosas!... Porque sube Dios entre voces de júbilo, entre el resonar de las trompetas (Ps 46,2-6).
Misterio profundo, que los cristianos debemos no sólo meditar con atención, sino, en cuanto nos sea posible, y con la gracia de Dios, reproducir en nuestras propias vidas.
Y, empezando por la primera parte del artículo, veamos cuál es la fuerza de esta verdad dogmática.
A) En cuanto hombre
Es de fe que Cristo Jesús, consumada nuestra redención, subió a los cielos en cuerpo y alma.
Y esto en cuanto hombre, porque, en cuanto Dios, jamás estuvo ausente de él, estando presente en todas partes con 1 su divinidad.
B) Por su propia virtud
Confesamos también que Cristo subió a los cielos por su propia virtud, no por extraño poder, como sucedió a Elias, que fue llevado a los cielos sobre un carro de fuego (101), o al profeta Habacuc (102), o al diácono Felipe (103), que salvaron notables distancias sostenidos y elevados en el aire por el poder de Dios.
Y no sólo ascendió en cuanto Dios, por la omnipotencia y virtud de su divinidad, sino también en cuanto hombre: porque, si bien es cierto que esta gloriosa ascensión no hubiera podido realizarse con las solas fuerzas naturales, sin embargo, aquella divina virtud de que estaba dotada el alma gloriosa de Cristo pudo mover a su placer el cuerpo (104); y el cuerpo, también en estado glorioso, pudo obedecer fácilmente a los deseos del alma que le movía. Por esto creemos que Cristo subió a los cielos por su propia virtud en cuanto Dios y en cuanto hombre.
En la segunda parte del artículo confesamos: "Está sentado a la diestra del Padre". Adviértese en esta expresión una figura usada frecuentemente en los libros sagrados: atribuir a Dios cualidades humanas y aun miembros corpóreos por acomodación a nuestro modo de entender y de expresar las cosas. Siendo espíritu puro, no puede concebirse en Dios nada corpóreo. Y como en lo humano se estima señal de honor el estar sentado a la derecha de una persona, de ahí que -trasladando el ejemplo a las realidades divinas - confesemos en el Símbolo que Cristo está sentado a la diestra de su Padre, significando con ello la gloria que Él consiguió en cuanto hombre sobre todos los demás hombres.
"Estar sentado" no significa aquí la posición del cuerpo, sino expresa simbólicamente la firme y estable posesión de aquella suprema potestad y gloria que Cristo recibió de su Padre. Así dice el Apóstol: Según la fuerza de su poderosa virtud que Él ejerció en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos por encima de todo principado, potestad, virtud y dominación y de todo cuanto tiene nombre, no sólo en este siglo, sino también en el venidero. A Él sujetó todas las cosas bajo sus pies (Ep 1,20-22). Resulta, pues, claro que esta gloria es tan propia y exclusiva de Cristo, que en modo alguno puede convenir a ninguna otra criatura humana. El mismo San Pablo lo repite en otro lugar más claramente: ¿Ya cuál de los ángeles dijo alguna vez: Siéntate a mi diestra mientras pongo a tus enemigos por escabel de tus pies? (He 1,13 Ps 109,1).
A) Ultima meta de toda una vida
Un análisis más profundo de la historia de la ascensión - admirablemente narrada por San Lucas en los Hechos de los Apóstoles (105) - nos hará ver que todos los demás misterios de la vida de Cristo se refieren, como a su fin, al de la ascensión y en ella encuentran su más perfecto cumplimiento: en la encarnación tuvieron principio todos los misterios de nuestra religión y la ascensión representa el término de la vida del Salvador sobre la tierra.
Los demás artículos del Símbolo que se refieren a Jesucristo nos muestran su inmensa bondad en la humillación: nada, en efecto, puede concebirse más humillante que el hecho de que Él haya querido asumir nuestra humana y débil naturaleza y padecer y morir por nosotros. La resurrección, en cambio (), y la ascensión, con el consiguiente triunfo a la diestra del Padre, representan lo más grandioso y admirable que puede decirse para la glorificación de su divina y gloriosa majestad.
B) ¿Por qué ascendió Cristo?
Merecen especial atención los motivos por los que Cristo subió a los cielos.
a) Y en primer lugar subió porque a su cuerpo, revestido de inmortalidad en la resurrección, no le convenía esta nuestra oscura y tenebrosa morada, sino la excelsa y esplendorosa del cielo. Subió, pues, no solamente para tomar posesión de aquella gloria y reino, que había conquistado con su sangre, sino también para preocuparse y cuidarse de todo lo conveniente a nuestra eterna salvación.
b) Subió en segundo lugar para demostrarnos "que su reino no es de este mundo" (106). Los reinos de la tierra son temporales y perecederos, y sólo pueden sostenerse con abundancia de riquezas y con potencia de armas; el reino de Cristo, en cambio, es espiritual y eterno, no terreno y carnal, como esperaban los judíos. Colocando su trono en el cielo, Jesús nos enseña que sus tesoros y sus bienes son espirituales, y que en su reino los más ricos y poseedores de bienes serán quienes más se hubieren afanado en buscar las cosas de Dios. Escuchad, hermanos míos carísimos - nos dice el apóstol Santiago -, ¿no escogió Dios a los pobres según el mundo para enriquecerlos en la fe y hacerlos herederos del reino que tiene prometido a los que le aman? ().
c) Quiso el Señor, por último, al subir a los cielos, que nosotros le siguiéramos en su ascensión con toda el alma y con todo el deseo. En su muerte y resurrección nos enseñó a morir y resucitar espiritualmente, y en su ascensión nos enseña a levantar nuestro pensamiento al cielo, y nos recuerda que mientras estamos en la tierra somos peregrinos y huéspedes que buscan la patria (He 11,13), conciudadanos de los santos y familiares de Dios (), porque somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos al Salvador y Señor Jesucristo (Ph 3,20).
C) Los beneficios de la ascensión
Mucho antes de que sucediera, el profeta David cantaba ya () la eficacia y grandeza de la ascensión de Cristo y los indecibles bienes que la divina misericordia había de derramar sobre nosotros: Subiendo a las alturas, llevó cautiva a la cautividad y repartió dones a los hombres (Ep 4,8 Ps 67,19).
1) Cristo, subido a los cielos, envió el Espíritu Santo (107), que llenó con su fecundidad y poder a aquella multitud de fieles presentes en el cenáculo, cumpliendo así su I divina promesa: Pero yo os digo la verdad: os conviene que I yo me vaya. Porque, si no me fuere, el Abogado no vendrá a vosotros; pero, si me fuere, os le enviaré (Jn 16,7).
2) Según San Pablo, subió Jesús a los cielos además para comparecer en la presencia de Dios a favor nuestro (He 9,24). Hijitos míos - escribía San Juan -, os escribo esto para que no pequéis. Si alguno peca, Abogado tenemos ante el Padre, a Jesucristo, justo, Él es la propiciación por nuestras pecados (1Jn 2,1-2). Nada puede llenar de más alegría y esperanza nuestros corazones como el pensar que Jesucristo - que goza ante el Padre de toda gracia y autoridad - es el defensor de nuestra causa y el intercesor de nuestra salvación.
3) Por último, Cristo "nos preparó un lugar en el cielo", según había prometido (108), y tomó posesión en nombre de todos - como cabeza del cuerpo místico - de la gloria celestial. Con su ascensión abrió las puertas, cerradas por el pecado de Adán, y nos allanó el camino que conduce a la bienaventuranza, como también lo había prometido a los discípulos en la última cena (109). Y como garantía del cumplimiento de esta promesa, llevó consigo a las moradas celestiales las almas de los justos, rescatadas del infierno.
A este admirable conjunto de dones divinos siguió toda una serie de saludables y eficaces ventajas:
a) En primer lugar acrecentó el mérito de nuestra fe.
Siendo las cosas invisibles - ¡tan distantes de nuestra pobre inteligencia humana! - el objeto de esta virtud teologal, si el Señor no se hubiera alejado de nosotros, no hubiéramos tenido tanto mérito en creer en Él. Cristo mismo llamó bienaventurados a los que sin ver creyeron (Jn 20,29).
b) En segundo lugar, la ascensión del Señor fortaleció válidamente la esperanza en nuestros corazones. Creyendo que Jesucristo en cuanto hombre subió a los cielos y colocó la humana naturaleza a la diestra de Dios Padre, tenemos gran esperanza de subir también nosotros - sus miembros - y unirnos allí a nuestra Cabeza. Él mismo se expresaba de esta manera: Padre, los que tú me has dado, quiero que don de esté yo, estén ellos también conmigo, para que vean mi gloria, que tú me has dado, porque me amaste antes de la creación del mundo (Jn 17,24).
c) Pero más que nada, hemos conseguido el notabilísimo beneficio de haber orientado y arrebatado al cielo nuestro amor, inflamado en el divino Espíritu. Con toda verdad está escrito que donde está tu tesoro, allí estará tu corazón (Mt 6,21 Lc 13,24).
Si Cristo se hubiera quedado en la tierra, todo nuestro afán se habría limitado a mirarle y tratarle humanamente; le habríamos considerado como al hombre que nos ha hecho grandes beneficios y le habríamos quizás amado con amor puramente terreno. Con su ascensión a los cielos ha sobre - naturalizado nuestro amor y ha conseguido que le veneremos y amemos - ausente - como a Dios (110).
El Evangelio nos ofrece una doble demostración de este hecho; por un lado, el caso de los apóstoles, quienes, mientras Cristo estuvo presente, le juzgaron con criterios humanos; y por el otro, el testimonio del mismo Señor: Pero yo os digo la verdad: os conviene que yo me vaya (Jn 16,7). Aquel amor imperfecto con el que los apóstoles amaban a Cristo presente había de perfeccionarse, con infusión de amor divino, en la venida del Espíritu Santo. Por eso añadió el Señor en seguida: Porque, si no me fuere, el Abogado no vendrá a vosotros; pero, si me fuere, os lo enviaré (Jn 16,7).
Añádase a esto que después de la ascensión de Cristo fue ampliada su casa terrena, la Iglesia, gobernada por la virtud y asistencia del Espíritu Santo; dejó entre los hombres como pastor universal y pontífice sumo a Pedro, el Príncipe de los Apóstoles (111), y constituyó a unos como apóstoles, a otros como profetas, a otros como evangelistas y a otros como pastores y lectores (1Co 12,28). Y de esta manera, sentado a la diestra de su Padre, Cristo está siempre repartiendo entre todos sus divinos dones: A cada uno de nosotros - afirma San Pablo - ha sido dada la gracia en la medida del don de Cristo (Ep 4,7).
Por último, debe referirse a la ascensión del Señor lo que antes dijimos a propósito del misterio de su muerte y resurrección: porque así como debemos nuestra redención y salvación a la pasión de Cristo, que con sus méritos abrió las puertas del cielo a los justos, del mismo modo su ascensión es para nosotros no solamente el modelo que nos enseña a mirar al cielo y a ascender a él en espíritu, sino también una fuerza divina v eficaz que nos hace posible el poder realizar este deseo. •
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Tres son los grandes oficios que resumen la divina misión de Cristo para con su Iglesia: Redentor, Protector y Juez. En los artículos precedentes hemos considerado cómo Jesús redimió a la humanidad con su pasión y muerte y cómo asumió para siempre el patrocinio de nuestra causa con su ascensión a los cielos. Réstanos verle en su función de Juez.
Y éste es el contenido del presente artículo: que Cristo nuestro Señor ha de juzgar a todos los hombres en el último día.
La Sagrada Escritura nos habla de una doble venida de nuestro Señor: la primera tuvo lugar cuando, para salvarnos, asumió la naturaleza humana y se hizo hombre en el seno de la Virgen; la segunda tendrá lugar al fin de los tiempos, en que ha de venir a juzgar a todos los hombres.
Esta segunda venida es llamada en la Sagrada Escritura "el día del Señor" (112). De ella dice San Pablo: Sabéis bien que el día del Señor llegará como el ladrón con la noche (1Th 5,2). Y el mismo Salvador: De aquel día y de aquella hora nadie sabe, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre (Mt 24,36) (113).
De la verdad de este supremo juicio divino testifica de nuevo la autoridad del Apóstol: Puesto que todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo, para que reciba cada uno según lo que hubiere hecho por el cuerpo, bueno o malo (2Co 5,10 Rm 14,10).
Son innumerables, por lo demás, los textos sagrados que pueden aducirse para probar y esclarecer este dogma de fe (114). Bástenos esta reflexión: así como desde el principio del mundo los hombres desearon ardiente y tenazmente el día de la encarnación del Señor, por esperar de este misterio la liberación de la humanidad, así, después de la muerte y ascensión del Hijo de Dios, y con el mismo ardiente deseo, hemos de suspirar por su segunda venida, para que vivamos sobria, justa y piadosamente en este siglo, con la bienaventurada esperanza en la venida gloriosa del gran Dios y de nuestro Salvador, Cristo Jesús (Tt 2,12-13).
A) El doble juicio
Recordemos, además, que todos los hombres habremos de comparecer dos veces delante del Señor para dar cuenta de todos y cada uno de nuestros pensamientos, palabras y acciones, y para escuchar su sentencia de Juez.
El primero tendrá lugar inmediatamente después de la muerte de cada uno (115). Es el juicio particular, y en él nos pedirá Dios estrechísima cuenta de todo cuanto hicimos, dijimos y pensamos en la vida.
El segundo será el universal. En un mismo día y en un mismo lugar compareceremos todos ante el tribunal divino, y todos y cada uno, en presencia de los hombres de todos los siglos, conoceremos nuestra propia y eterna sentencia (116). Y no será ésta la menor de las penas y tormentos para los impíos y malvados. Los justos, en cambio, recibirán entonces gran premio y alegría, porque entonces aparecerá lo que fue cada uno en esta vida.
B) Necesidad del juicio universal
Conviene explicar las razones por las que, además del juicio particular, tendrá lugar el universal.
1) Sucede con frecuencia que, muertos los padres, sobreviven los hijos y nietos, imitadores de sus vicios y virtudes; y muertos los maestros, sobreviven los discípulos, entusiastas y ejecutores de sus ejemplos, palabras y acciones. Esto necesariamente ha de concurrir a aumentar el premio o la pena de los muertos. Y como esta influencia para el bien o para el mal ha de propagarse de unos a otros hasta el fin del mundo, lógico y justo será que de todas estas enseñanzas y obras, buenas o malas, se haga un proceso y balance completo. Y esto no podría realizarse sin un juicio universal.
2) Sucede también con frecuencia que el buen nombre de los justos es conculcado, mientras los impíos gozan de buena reputación (117). La justicia divina exige que aquéllos recuperen delante de todos, en un juicio público, la buena fama que injustamente les fue arrebatada.
3) Todos los hombres, tanto los buenos como los malos, utilizaron en su obrar el cuerpo como instrumento. Justo es que también el cuerpo participe de cierta responsabilidad sobre las obras buenas y malas y que reciba, juntamente con el alma, el merecido premio o castigo. Y esto tampoco hubiera podido hacerse sin la resurrección final de los cuerpos y sin el consiguiente juicio universal (118).
4) Es claro que, en todas las circunstancias prósperas o adversas de la vida, nada sucede, ni a los buenos ni a los malos, que no haya sido dispuesto por la infinita sabiduría y justicia divinas (119). Convenía, pues, no sólo determinar penas para los malos y premios para los buenos en la otra vida, sino también decretarlos en juicio público y universal para que todos los conocieran y todos alabaran la justicia y providencia de Dios, y cesara así aquella queja injusta con la que se lamentaban aun los varones más santos - hombres al fin - cuando contemplaban la riqueza y prosperidad de los impíos: Estaban ya deslizándose mis pies, casi me había extraviado. Porque miré con envidia a los impíos, viendo la prosperidad de los malos (Ps 72,2-3). Y más adelante: Ésos, impíos son. Y, con todo, a mansalva amontonan grandes riquezas. En vano, pues, he conservado limpio mi corazón y he lavado mis manos en la inocencia (Ps 72,12-14). Éste era el lamento ordinario de muchos justos (120).
Se imponía, por consiguiente, un juicio universal para que nadie pudiera decir que Dios, paseándose por las alturas del cielo, no se preocupaba de las cosas de la tierral (121).
El Símbolo de la fe cristiana recuerda explícitamente este dogma para que, si alguno duda de la justicia o providencia de Dios, fortalezca su fe con tan saludable doctrina.
5) Por último, el pensamiento del juicio universal estimulará a los buenos y atemorizará a los malos, para que, ante la perspectiva del juicio final de la justicia divina, los unos no desfallezcan y los otros se aparten del mal por temor al castigo.
Nuestro Señor y Salvador, hablando del último día, declaró que habría un juicio universal y nos describió las señales que han de precederlo, para que, al verlas, entendiésemos la próxima venida del fin del mundo (122). Y más tarde, cuando ascendió a los cielos, envió a sus ángeles para que consolaran a los apóstoles - tristes por su ausencia - con estas palabras: Varones galileos, ¿qué estáis mirando al cielo? Ese Jesús que ha sido llevado de entre vosotros al cielo, vendrá así como le habéis visto ir al cielo (Ac 1,11).
C) Cristo es Juez también como hombre
Según las Sagradas Escrituras, este juicio de la humanidad competerá a Cristo, no sólo en cuanto Dios, sino también en cuanto hombre. Porque, si bien es cierto que la potestad de juzgar es común a las tres Personas de la Santísima Trinidad, se le atribuye de manera especial al Hijo, como igualmente se le atribuye la sabiduría.
Y que también en cuanto hombre tiene potestad Jesús para juzgar al mundo, lo afirma Él mismo en aquellas palabras: Pues así como el Padre tiene la vida en sí mismo, así dio también al Hijo tener vida en sí mismo y le dio poder de juzgar, por cuanto Él es el Hijo del hombre (Jn 5,26-27).
Era lógico, por lo demás, que el juicio de la humanidad fuera presidido por Jesucristo. Tratándose de juzgar a hombres, convenia que éstos pudieran ver con sus ojos corporales al Juez, escuchar con sus oídos la sentencia y percibir con todos los sentidos el juicio.
Como era muy justo también que aquel hombre condenado por la más inicua de las sentencias humanas fuera contemplado por todos en su sede de Juez. Por eso San Pedro, después de haber expuesto en casa de Cornelio los principales puntos de la religión cristiana y haber enseñado que Cristo fue crucificado y muerto por los judíos y que resucitó al tercer día, añade: Y nos ordenó predicar al pueblo y atestiguar que por Dios ha sido instituido Juez de vivos y muertos (Ac 10,42).
D) Las señales precursoras del juicio
Tres son las señales principales que según la Sagrada Escritura precederán al juicio divino: la predicación del Evangelio en todo el mundo, la apostasía y el anticristo.
Jesucristo dijo: Será predicado este Evangelio del reino en todo el mundo, testimonio para todas las naciones, y entonces vendrá el fin (Mt 24,14). Y el Apóstol nos amonesta: Que nadie en modo alguno os engañe, porque antes ha de venir la apostasía y ha de manifestarse el hombre de la iniquidad, el hijo de la perdición (2Th 2,3) (123).
E) Venid, benditos de mi Padre
La naturaleza y modo del juicio divino fácilmente podemos conocerlas por las profecías de Daniel (124), por los santos Evangelios y por San Pablo (125).
Atención especial merece la sentencia que ha de pronunciar el divino Juez, Cristo nuestro Salvador. Fijando su mirada alegre en los justos, colocados a su derecha, pronunciará con suma dulzura esta sentencia: Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo (Mt 25,34).
No cabe pensar palabras más consoladoras, sobre todo si se las compara con las de la sentencia de los pecadores. Con ellas los justos se sentirán llamados por Dios de las fatigas al descanso, del valle de lágrimas a la suprema alegría, de la miseria a la bienaventuranza, que merecieron con obras de caridad.
F) Apartaos, malditos
Después, vuelto a los que están a su izquierda, fulminará Cristo contra ellos su inexorable justicia con estas palabras: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y para sus ángeles (Mt 25,41). Con las primeras palabras - apartaos de mí - expresará el Señor lo más terrible de las penas que han de sufrir los condenados: estar alejados totalmente de la vista de Dios y sin esperanza alguna de poder gozar algún día de tan inmenso bien. Es la pena que los teólogos llaman de daño, por la que los reprobos estarán privados para siempre de la visión de Dios.
La palabra malditos aumentará más sensiblemente su miseria y su desgracia. Porque, si al ser arrojados de la presencia de Dios se les considerara dignos de alguna bendición, esto les serviría de no pequeño consuelo; mas como nada pueden esperar que de alguna manera atenúe su desgracia, justísimamente, al ser arrojados, les perseguirá la ira divina con toda su maldición.
Con las palabras fuego eterno viene significada la pena llamada por los teólogos de sentido, por percibirse con los sentidos del cuerpo, como son los azotes, las heridas o cualquier otra clase más grave de suplicios. Entre ellos, el tormento del fuego causará un dolor sumamente sensible.
A todo esto hay que añadir lo más terrible de todo: su duración eterna.
El cúmulo y atrocidad de las penas sensibles que han de padecer los condenados queda indicado en las últimas palabras de la sentencia: Preparado para el diablo y para sus ángeles. Soportamos mejor las desgracias cuando encontramos un buen amigo que con caridad y prudencia sabe proporcionarnos algún consuelo. Pero ¿cuál no será la miseria de los condenados, quienes, en medio de tantos tormentos, no encontrarán más compañía que la pésima de los terribles demonios?
Sentencia justísima por lo demás, ya que ellos descuidaron durante su vida todas las obras de auténtica caridad: no dieron de comer al hambriento ni de beber al sediento, no hospedaron al peregrino ni vistieron al desnudo; no visitaron al enfermo ni consolaron al encarcelado.
Deben los cristianos meditar con frecuencia esta verdad de fe. En su consideración encontrarán un poderoso estímulo para frenar las malas concupiscencias y aborrecer el pecado. En el Eclesiástico se nos dice: En todas tus obras acuérdate de tus postrimerías, y no pecarás jamás (Si 7,40).
Porque, en efecto, ¿quién se sentirá tan tenazmente inclinado al mal que no logre convertirse al deseo de la virtud ante el pensamiento de que un día ha de rendir cuentas al Juez divino de sus palabras, de sus obras y aun de sus pensamientos más ocultos y de que ha de expiar la pena de sus pecados?
El justo, por el contrario, se sentirá acuciado por un deseo cada día más ardiente de practicar la virtud; y, aun en medio de la pobreza, del deshonor y de los sufrimientos, se llenará de gozo acordándose de aquel día en que, después de esta vida de luchas y tormentos, Dios le declarará vencedor con honores eternos y divinos.
No resta, pues, sino decidirnos a llevar una vida verdaderamente santa, rica en prácticas de virtud y piedad, para poder esperar con toda seguridad el gran día del Señor que se acerca, y aun desearle vivamente, como conviene a hijos de Dios.
Hasta aquí hemos expuesto la doctrina católica acerca de las dos primeras Personas de la Santísima Trinidad, como parecía exigirlo la materia de los artículos comentados. Réstanos ahora explicar lo que en el Credo se contiene acerca de la tercera Persona, el Espíritu Santo.
Es evidente que el tema merece toda atención y diligencia, pues no sería lícito que el cristiano ignorara o estimara en menos esta doctrina que la expuesta en los capítulos anteriores.
San Pablo no toleró que los fieles de Éfeso la desconocieran; preguntándoles si habían recibido el Espíritu Santo
y viendo en sus respuestas que ignoraban su misma existencia, les increpó: ¿Pues qué bautismo habéis recibido? (Ac 19,2). Con estas palabras significó el Apóstol que es de absoluta necesidad - para la fe y la vida cristiana - un conocimiento claro y distinto de esta doctrina. Fruto de este conocimiento será la íntima persuasión de que todo cuanto poseemos en el orden de la gracia es don y beneficio del Espiritu Santo126. Esta persuasión engendrará en nosotros una profunda humildad y una gran confianza en la ayuda de Dios. Y éstos deben ser los primeros pasos del auténtico seguidor de Cristo, que aspira a la verdadera sabiduría y a la suprema felicidad.
Particular atención merece, ante todo, precisar bien el significado de la expresión Espíritu Santo.
Con toda propiedad y verdad pueden aplicarse estas mismas palabras al Padre y al Hijo - uno y otro son de hecho Espíritu (127) y Santidad (l28), como también a los ángeles (129) y aun a las almas de los justos (130).
Pero quede bien claro - no sea que incurramos en errores por la ambigüedad de la palabra - que en este artículo con el nombre de Espíritu Santo significamos la tercera Persona de la Santísima Trinidad. En este sentido la usan las Sagradas Escrituras, tanto en el Antiguo como, sobre todo, en el Nuevo Testamento.
David oraba de esta manera: No me arrojes de tu presencia, y no quites de mí tu santo Espíritu (Ps 50,13). En el libro de la Sabiduría leemos también: ¿Quién conoció tu consejo, si tú no le diste la sabiduría y enviaste de lo alto tu Espíritu Santo? (Sg 9,17). Y en otro lugar: Es el Señor quien creó la Sabiduría en el Espíritu Santo (Si 1,9).
En el Nuevo Testamento se nos manda ser bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo (Mt 28,19); y se afirma que la Santísima Virgen concibió por obra del Espíritu Santo (Lc 1,35 Mt 1,10); y se nos dice que San Juan remitía a Cristo, que es quien bautiza en el Espíritu Santo (Jn 1,33 Mc 1,8). En otros muchos lugares encontramos la misma palabra con este significado.
A) Por qué la tercera Persona carece de nombre propio
No debe extrañarnos que la tercera Persona de la Santísima Trinidad no tenga, como la primera y la segunda, un nombre propio.
Lo tiene la segunda porque su procesión eterna del Padre con toda propiedad se llama generación, según dejamos explicado en los artículos precedentes. Y como a ese proceder lo llamamos generación, así llamamos Hijo a la Persona que procede, y Padre a la Persona de quien procede. El acto, en cambio, con que procede la tercera Persona del Padre y del Hijo, no tiene un nombre propio, sino que lo denominamos de una manera general espiración y procesión. De ahí que la Persona que procede de esta manera carezca de nombre propio.
Los hombres nos vemos obligados a trasladar a las, realidades divinas los mismos nombres que utilizamos para designar las cosas humanas. Y no conocemos ningún otro modo de comunicación de vida más que la generación. Desconocemos cómo pueda comunicarse la propia naturaleza y esencia únicamente en fuerza del amor; de ahí que no podamos expresar esa realidad con un vocablo adecuado.
Denominamos a la tercera Persona con el nombre genérico de Espíritu Santo, nombre que le conviene con toda perfección, porque Él es quien infunde en nuestras almas la vida espiritual, y sin el aliento de su divina inspiración nada podemos hacer digno de la vida eterna,
E) El Espíritu Santo es en todo igual al Padre y al Hijo
Explicado el significado de la palabra, sentemos esta primera verdad: el Espíritu Santo es Dios, como el Padre y el Hijo, con idéntica naturaleza que ellos, y como ellos omnipotente y eterno, infinitamente perfecto, bueno y sabio.
Verdad explícitamente incluida en la partícula en de la fórmula: creo en el Espíritu Santo, que anteponemos por igual al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, para significar la fuerza de nuestra fe en las tres divinas Personas.
La Sagrada Escritura testimonia frecuentemente esta perfecta igualdad de las Personas de la Santísima Trinidad. San Pedro, después de amonestar a Ananías en los Hechos de los Apóstoles: ¿Por qué se ha apoderado Satanás de tu corazón, moviéndote a engañar al Espíritu Santo?, denominando Dios a quien primero había llamado Espíritu Santo, concluye: No has mentido a los hombres, sino a Dios (Ac 5,3-4). Y lo mismo San Pablo en su Carta a los Corintios: Hay diversidad de operaciones, pero uno mismo es Dios, que obra todas las cosas en todos. Todas estas cosas las obra el único y mismo Espíritu, que distribuye a cada uno ¡según quiere (1Co 12,6-11).
En los Hechos de los Apóstoles, San Pablo apropia al Espíritu Santo lo que los profetas habían escrito de Dios. Isaías, por ejemplo, había dicho: Oí la voz del Señor que decía: ¿A quién enviaré...? Y me dijo: Ve y di a ese pueblo: Oíd y no entendáis, ved y no conozcáis. Endurece el corazón de ese pueblo, tapa sus oídas y cierra sus ojos. Que no vea con sus ojos ni oiga con sus oídos (Is 6,8-10); y comenta el Apóstol al citar estas palabras: Bien habló el Espíritu Santo por el profeta Isaías a nuestros padres (Ac 28,25).
La Sagrada Escritura, además, une la Persona del Espíritu Santo con la del Padre y la del Hijo en la fórmula del bautismo: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28,19); prueba evidente de la perfecta igualdad de las tres divinas Personas, porque, si el Padre es Dios y el Hijo es Dios, nos vemos obligados a confesar que lo es igualmente el Espíritu Santo, unido a ellos en igual grado de honor.
Tanto más que, como explícitamente enseña San Pablo, el bautismo administrado en el nombre de una criatura o persona cualquiera no puede producir fruto alguno en orden a la salvación: ¿Está dividido Cristo? ¿O ha sido Pablo crucificado por vosotros, o habéis sido bautizados en su nombre? (1Co 1,13). Luego, si hemos de ser bautizados en el nombre del Espíritu Santo, señal evidente de que Él es Dios.
Esta unión constante de las tres divinas Personas y este constante orden con el que siempre se nombran en la Sagrada Escritura - prueba evidente de la divinidad del Espíritu Santo -, lo encontramos también en la Carta de San Juan: Porque tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y los tres son uno (1Jn 5,7). Y en la célebre doxología trinitaria con que terminan todos los salmos y oraciones litúrgicas: Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Por último (), todas aquellas cosas que creemos ser propias de Dios se atribuyen en la Sagrada Escritura al Espíritu Santo. San Pablo, por ejemplo, escribe, atribuyéndole el honor de los templos: ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que, por tanto, no os pertene céis? (1Co 6,19); y en otros muchos lugares se le atribuye la santificación, la fecundidad, el escudriñar los misterios divinos, el hablar por boca de los profetas, el estar en todo lugar131; cosas todas exclusivamente propias de Dios.
C) Persona distinta
Mas quede bien claro no sólo que el Espíritu Santo es Dios, sino, además, que constituye una tercera Persona en la naturaleza divina distinta del Padre y del Hijo y procedente del amor de uno y otro.
Prescindiendo de otros muchos textos escriturísticos, la fórmula del bautismo, enseñada por nuestro Salvador132, muestra claramente que el Espíritu Santo es la tercera Persona de la Santísima Trinidad, subsistente por sí misma en la naturaleza divina y distinta de las otras dos. San Pablo expresa la misma verdad con una nueva fórmula: La gracia del Señor Jesucristo, y la caridad de Dios, y la comunicación del Espíritu Santo sean con todos vosotros (2Co 13,13).
Y mucho más explícitamente afirmaron esta verdad contra el error de los macedonios 1S3 los Padres del primer Concilio de Constantinopla en la fórmula añadida a este artículo del Credo: "Y en el Espíritu Santo, Señor y vivificador, que procede del Padre y del Hijo; que juntamente con el Padre y el Hijo es adorado y glorificado; que habló por medio de los profetas".
Proclamando al Espíritu Santo Señor, confesaban los Padres su superioridad sobre los ángeles, los cuales, aunque espíritus nobilísimos, fueron creados por Dios y son - en frase de San Pablo - administradores, enviados para servicio, en favor de aquellos que han de heredar la salud (He 1,14). Y al llamarle con toda propiedad vivificador, referíanse los Padres a la vida del alma, unida a Dios -mucho más real que la del cuerpo, sustentada y alimentada por su unión con el alma -, que la Sagrada Escritura atribuye al Espíritu Santo 134.
D) Procede del Padre y del Hijo
La fórmula que procede del Padre y del Hijo significa que el Espíritu Santo procede de las dos primeras Personas de la Santísima Trinidad, como único principio y desde toda la eternidad.
Es verdad de fe que todo cristiano debe creer, confirmada por la Sagrada Escritura y por los Concilios (135). El mismo Señor, refiriéndose al Espíritu Santo, dice: Él me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo dará a conocer (Jn 16,14). Por esta misma razón en la Sagrada Escritura se llama al Espíritu Santo "Espíritu de Cristo" (136) unas veces, y otras "Espíritu del Padre" (137), y se dice que es enviado por el Padre y enviado por el Hijo para significar que procede igualmente de los dos. Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, ése no es de Cristo (Rm 8,9). Y escribiendo a los Gálatas: Envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que grita: ¡Abba, Padre! (Ga 4,6). San Mateo, en cambio, le llama Espíritu del Padre: No seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hable en vosotros (Mt 10,20). Y en la cena dijo el Señor: Cuando venga el Abogado, que yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí (Jn 15,26). Y en otro lugar afirma que el Espíritu Santo ha de ser enviado por el Padre: Pero el Abogado, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, ése os lo enseñará todo y os traerá a la memoria todo lo que yo os he dicho (Jn 14,26). Es evidente que todas estas expresiones se refieren al Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo.
Y esto es cuanto la fe católica nos enseña acerca de la Persona del Espíritu Santo (138).
Y consideremos los admirables dones y gracias que del Espíritu Santo - como de divina e inagotable fuente de bondad - nos nacen y provienen.
Si bien es cierto que las operaciones ad extra de la Santísima Trinidad son comunes a las tres divinas Personas, muchas de ellas se atribuyen, sin embargo, como propias a la Tercera, para que entendamos que proceden del amor infinito que Dios nos tiene.
El Espíritu Santo procede de la divina voluntad del Padre y del Hijo, como de su eterno y recíproco amor; por eso se le atribuyen las operaciones que proceden del infinito amor de Dios hacia nosotros. Y para que con espíritu agradecido reconozcamos que Él se nos da con bondad y largueza infinitas, sin buscar nuestra recompensa, y que por Él y en Él Dios nos concede todos los dones y gracias - ¿Qué tienes, pregunta San Pablo, que no lo hayas recibido? (1Co 4,7)-, le llamamos también Don.
Muchos son los frutos que proceden de este Espíritu divino. Prescindiendo de la creación del mundo (139) y de la conservación y gobierno de todas las cosas (140), de lo cual habíanlos ya en el primer artículo del Credo, hemos de atribuirle ante todo - ya lo demostrábamos antes - el don de la vida. Ezequiel dice: Yo os infundiré Espíritu y viviréis (Ez 37,6). Isaías enumera como efectos principales y particularmente propios del Espíritu Santo el espíritu de sabiduría y de entendimiento, el espíritu de consejo y fortaleza, el espíritu de ciencia y piedad y el espíritu de temor de Dios (141) que comúnmente denominamos dones del Espirita Santo, y aun a veces simplemente Espíritu Santo. Por esto advierte oportunamente San Agustín que, cuando en la Sagrada Escritura nos encontramos con las palabras "Espíritu Santo", conviene precisar si se refieren a la tercera Persona de la Santísima Trinidad o a sus efectos u operaciones: dos realidades entre las que media la misma diferencia que existe entre el Creador y las criaturas.
Procuremos estudiar y meditar con exquisita diligencia los dones del Espiritu Santo, porque de ellos hemos de derivar todos los preceptos de la vida cristiana y por ellos hemos de ver si el Espíritu Santo habita en nuestras almas.
Y entre todos merece especial atención el don divino de la gracia, que nos hace justos y nos sella con el sello del Espíritu Santo prometido, prenda de nuestra herencia (Ep 1,13). Esta divina gracia une nuestas almas con Dios en un apretado lazo de amor, y por ella - encendidos en ardientes sentimientos de piedad -comienza en nosotros la nueva vida de cristianos: ser partícipes de la divina naturaleza (2P 1,4) y llamarnos y ser realmente hijos de Dios (1Jn 3,1) (142).
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CATECISMO ROMANO 1050