
CATECISMO ROMANO 1090
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"Creo en la Santa Iglesia católica, y en la comunión de los santos"
Una doble observación nos ayudará a descubrir la extraordinaria importancia de este artículo de la fe:
La primera nos la sugiere San Agustín. Según él, los profetas hablaron más clara y explícitamente de la Iglesia que del mismo Cristo, porque previeron que muchos habían de engañarse más fácilmente en este misterio que en el de la encarnación. De hecho no faltaron en la historia del cristianismo sectarios impíos que con refinada soberbia hicieron alarde - ¡también la mona se viste de hombre! - de ser ellos, sólo ellos, los verdaderos católicos, y sus sectas, sólo las suyas, la auténtica Iglesia católica.
La segunda es de índole práctica. Quien fije en su mente con claridad y precisión la doctrina sobre la Iglesia, difícilmente caerá en el lamentable y horrendo riesgo de la herejía. Herético en realidad no es quien simplemente yerra en materia de fe, sino quien, despreciando la autoridad de la Iglesia, sostiene con pertinacia sus impías opiniones. El que crea simplemente y practique la doctrina de fe propuesta en este artículo, difícilmente se manchará con la lacra de la herejía.
De aquí la capital importancia de este misterio y el sumo interés que debe ponerse en su estudio, para saber prevenir las astucias de los adversarios y poder perseverar en la verdad (143).
La conexión íntima de este artículo con el anterior es manifiesta: en aquél aparece el Espíritu Santo como fuente y dador de toda santidad; en éste confesamos que la Iglesia es santificada por el mismo Espíritu divino.
La palabra iglesia procede del griego. Una vez promulgado el Evangelio, se trasladó al latín para significar cosas sagradas. Conviene precisar bien su significado.
Iglesia significa convocación o llamamiento de muchos a un lugar. Por extensión pasó después a significar "asamblea" o reunión de fieles, ya se congreguen para el culto del verdadero Dios, ya para el de falsas divinidades. En los Hechos de los Apóstoles, hablando del pueblo de Éfeso, donde se daba culto a la diosa Diana, se dice que el secretario calmó a la muchedumbre con estas palabras: Si algo más pretendéis, debe tratarse en una asamblea () legal (Ac 19,39).
Y no sólo se denominan con la palabra iglesia las reuniones de los paganos, desconocedores del Dios verdadero, sino también las de los impíos y pecadores. El profeta David dice: Aborrezco el consorcio () de los malignos y no me siento con impíos (Ps 25,5).
La Sagrada Escritura, sin embargo, casi siempre utiliza la palabra iglesia únicamente para designar la "sociedad cristiana", es decir, "la asamblea de los fieles que fueron llamados por la fe al conocimiento de Dios y a la luz de la verdad, para que, libres de las sombras del error o la ignorancia, adoren al Dios vivo y verdadero con espíritu de piedad y santa vida y le sirvan de todo corazón".
Iglesia es, para decirlo con una sola palabra de San Agustín, "eJ pueblo fiel esparcido por todo el mundo" (144).
Son muchos los misterios encerrados en esta palabra. Ya en su común significado de llamamiento resplandece la bondad de la gracia divina y entrevemos la diferencia profunda existente entre la Iglesia y las demás sociedades públicas. Éstas se fundamentan en razones humanas y en motivos terrenos; aquélla, en cambio, se basa en la sabiduría y consejo de Dios: a todos cuantos la integramos nos llamó la bondad divina internamente por el soplo del Espíritu, que actúa en los corazones de los hombres, y externamente por el ministerio de la acción de los pastores y predicadores del Evangelio.
El fin que se nos propone en este llamamiento - el conocimiento y posesión de las realidades eternas - aparecerá claro si reflexionamos que el pueblo fiel, sujeto a la ley antigua, era llamado sinagoga, esto es, congregación. San Agustín explica este nombre diciendo que los hebreos formaban como una agregación () que busca exclusivamente los bienes terrenos y caducos; los cristianos, en cambio, somos llamados iglesia y no sinagoga porque, despreciando las cosas temporales y terrenas, hemos sido llamados a la posesión de los bienes eternos y celestiales (145).
La "sociedad cristiana" ha sido designada con otros muchos nombres profundamente significativos.
San Pablo llama a la Iglesia casa y edificio de Dios: Para que, si tardo - escribe a Timoteo - , veas por aquí cómo te conviene conducirte en la casa de Dios, que es la Iglesia de Dios vivo, columna y fundamento de la verdad (1Tm 3,15) (146). Es llamada "casa" la Iglesia por ser como una gran familia, regida por una sola cabeza, y en la que hay perfecta comunidad de bienes espirituales.
Llámasela otras veces grey de las ovejas de Cristo, cuya puerta y pastor es el mismo Jesús (147).
En otros pasajes de la Escritura se la denomina Esposa de Cristo: Os celo con celo de Dios - escribía el Apóstol a los Corintios -, pues os he desposado a un solo marido para presentaros a Cristo como carne virgen (2Co 11,2). Y a los Efesios: Vosotros, los maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella... Gran misterio es éste (), pero entendido de Cristo y de la Iglesia (Ep 5,25 Ep 32).
Por último, es llamada la Iglesia Cuerpo de Cristo: nombre y doctrina ampliamente desarrollados por San Pablo en sus Epístolas a los Efesios y a los Colosenses (148).
Todas estas significaciones deben ser para nosotros un estímulo eficaz, que nos haga mostrarnos dignos de la infinita clemencia y bondad de Dios, por quien fuimos elegidos para formar parte de su pueblo (149).
Previas estas nociones, convendrá distinguir las diversas partes de que consta la Iglesia, para poder entender mejor después su naturaleza, propiedades, dones y gracias; todo lo cual nos obligará una vez más a alabar incesantemente el santo nombre de Dios.
Divídese la Iglesia ante todo, en triunfante y militante.
La Iglesia triunfante comprende la corte nobilísima y feliz de los espíritus bienaventurados que vencieron al mundo, demonio y carne, y, libres ya de las miserias y luchas de esta vida, gozan de la eterna bienaventuranza.
La militante está integrada por todos los fieles que aun viven en el mundo. Llámase así porque sus miembros deben aún sostener una dura y continua lucha contra los terribles enemigos espirituales: mundo, demonio y carne.
Mas no se crea que son dos iglesias diferentes, sino dos parte* de una misma, como antes notábamos. La primera terminó ya su camino y goza de la patria celestial; la segunda sigue peregrinando día a día, hasta que, unida a su divino Salvador, llegue también a gozar la eterna bienaventuranza.
En la Iglesia militante hay dos clases de hombres: los buenos y los malos. Éstos participan los mismos sacramentos y profesan la misma fe que los buenos; pero se distinguen de ellos por su vida y costumbres.
Llamamos buenos en la Iglesia a quienes están unidos y compenetrados entre sí, no sólo por idéntica profesión de fe e idéntica comunión de sacramentos, sino también por la vida espiritual de la gracia y por el vínculo de la caridad.
De ellos está escrito: El Señor conoce a los que son suyos (2Tm 2,19). También nosotros podemos conjeturar por algunos indicios quiénes pertenecen a esta clase de los buenos, aunque nunca podremos saberlo con absoluta certeza.
Por esto no hemos de pensar que Cristo se refería exclusivamente a esta parte de los buenos cuando nos remitió a la Iglesia y nos mandó obedecerla (150). Si ni siquiera sabemos quiénes integran esta clase, ¿cómo descubriríamos al juez a quien hemos de someternos o a la autoridad que hemos de obedecer?
Es claro, pues, que la Iglesia comprende en sí misma a los buenos y a los malos, como expresamente lo afirman las Sagradas Escrituras y los Santos Padres (151). Esto significaba San Pablo cuando escribía: Un solo cuerpo y un solo Espíritu (Ep 4,4).
La Iglesia militante es manifiesta y visible. En el Evangelio se la compara a una ciudad asentada sobre un monte (Mt 5,14), donde todos pueden verla, porque todos tienen obligación de obedecerla. Y comprende a todos los hombres, buenos y malos, como aparece también claro en muchas parábolas evangélicas. Se la compara, por ejemplo, a una red barredera que se echa en el mar y recoge peces de toda suerte (Mt 13,47); o a un campo sembrado de buena semilla; pero, mientras su gente dormía, vino el enemigo y sembró cizaña entre el trigo (Mt 13,24-25); o a una era, de la que se recogerá el trigo en el granero y se quemará la paja en fuego inextinguible (Mt 3,12); o a las diez vírgenes..., cinco de ellas necias y cinco prudentes (Mt 25,1-2); etc. (152). Y ya en el Antiguo Testamento vemos figurada la Iglesia en el arca de Noé, donde estaban encerrados animales puros e impuros (153).
Es, por consiguiente, verdad de fe, constantemente repetida, que pertenecen a la Iglesia los buenos y los malos. Esto no obstante, hemos de notar, según las reglas de la misma fe, que es muy distinta, dentro de ella, la condición de los unos y de los otros: los malos están en la Iglesia como en la era está la paja mezclada con el grano o como los miembros purulentos unidos al cuerpo mismo.
Es claro, según esto, que sólo son tres las categorías de hombres excluidos de la Iglesia: los infieles, los herejes y cismáticos y los excomulgados.
Los infieles, porque nunca entraron en la Iglesia, ni jamás la conocieron, ni participaron de los sacramentos en la comunión del pueblo cristiano (154).
Los herejes y cismáticos, porque, separados de la Iglesia, no tienen más relación con ella que la de un desertor con el ejército del que huyó. Esto sin negar que siguen sujetos a la potestad de la Iglesia, que puede juzgarles, castigarles y anatematizarles (155).
Los excomulgados, finalmente, porque la Iglesia los excluyó con una sentencia de la comunidadcristiana, y no pueden volver a formar parte de ella mientras no se conviertan (156).
Todos los demás hombres, por impíos y pecadores que sean, es indudable que pertenecen, como miembros, a la Iglesia.
Quede bien claro este concepto entre los fieles para que si, por ejemplo, un prelado lleva una, vida viciosa, no duden que sigue perteneciendo a la Iglesia y conserva inalterables todos sus poderes ().
Con la palabra iglesia suelen significarse también las distintas partes de la Iglesia universal. San Pablo nombra a la iglesia de Corinto, de Galacia, de Laodicea y de Tesalónica (158).
El mismo San Pablo llama también iglesia a las familias privadas de los fieles. Así, manda saludar a la iglesia doméstica de Prisca y Aquila (159). Y en otra ocasión: Os saludan las iglesias de Asia. También os mandan muchos saludos en el Señor Aquila y Prisca, con su iglesia doméstica (1Co 16,19). Y en la Carta a Filemón usa el mismo nombre (160).
Otras veces se utiliza la palabra iglesia para significar a sus prelados y pastores: Si los desoyere, comunícalo a la Iglesia; y si a la Iglesia desoye, sea para ti como gentil y publicano (Mt 18,17); palabras que evidentemente se refieren a las jerarquías eclesiásticas.
Finalmente, se llama iglesia al lugar donde se reúnen los fieles para oír la predicación o celebrar las funciones litúrgicas (161).
Pero en este artículo de la fe la palabra iglesia significa, ante todo, la reunión de todos los fieles, buenos y malos, superiores y subditos.
Particular atención merecen las notas o propiedades que caracterizan a la Iglesia verdadera. En su análisis descubriremos una vez más el inmenso beneficio que hemos recibido de Dios quienes nacimos y somos educados en el seno de esta gran madre.
La primera propiedad de la Iglesia señalada en el Símbolo de los Padres es la unidad: Única es mi paloma, mi perfecta; es la única hija de su madre, la predilecta de quien la engendró (Ct 6,8) (162).
Las razones por las que él llamaba una a esta gran multitud de hombres extendida a lo largo y a lo ancho del mundo, las señala San Pablo en su Carta a los Efesios:
1) Porque uno solo es el Señor, una sola la fe y uno solo el bautismo (Ep 4,5).
2) Porque uno es su Rector invisible, Jesucristo, a quien el Padre Eterno sujetó todas las cosas baio sus pies y le puso por cabeza de todas las cosas en la Iglesia, que es su cuervo (Ep 1,22).
3) Porque uno es el jefe visible, el que ocupa la Cátedra de Roma, como legítimo sucesor de Pedro, Príncipe de los Apóstoles (163).
Ha sido siempre unánime el sentir de los Padres sobre la necesidad de esta Cabeza visible, para establecer y confirmar la unidad de la Iglesia. San Jerónimo escribe así a Joviniano: "Uno solo es el elegido, para que, constituida la cabeza, se quite toda ocasión de cisma". Y al papa San Dámaso: "Lejos toda envidia y lejos toda ambición de la dignidad romana; hablo con el sucesor del Pescador, con el discípulo de la Cruz.
"Yo no sigo, como a Cabeza, más que a Cristo; mas me uno en comunión con vuestra Beatitud, esto es, con la Cátedra de Fedro, porque yo sé que sobre esa piedra está constituida la Iglesia. Cualquiera que comiere el cordero fuera de esta Casa, es un extraño, y el que no estuviera en el arca de Noé, perecerá en las aguas del diluvio" (164). Mucho antes de San Jerónimo expresaba estos mismos conceptos San Ireneo (165).
San Cipriano escribía: "Habla el Señor a Pedro: Yo, Pedro, te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Sobre uno solo edifica la Iglesia. Y aunque después de su resurrección conceda a todos los apóstoles igual potestad, diciéndoles: Como el Padre me envió, así yo os envío a vosotros; recibid el Espíritu Santo (Jn 20,21-22), con todo, queriendo manifestar la unidad, dispuso con su autoridad que el origen de esta unidad tuviera principio en uno solo" (166).
San Optato de Milevi: "No te puede excusar la ignorancia, porque tú bien sabes que en Roma tiene sentada su cátedra episcopal, sobre la cual él se sentó como cabeza de todos los apóstoles, para que todos tuvieran en él solo la unidad de la Cátedra y no pretendieran cada uno de los apóstoles imponer la suya propia. Y así sea cismático y prevaricador quien contra esta suprema y única Cátedra pretendiera levantar otra" (167).
San Basilio: "Pedro ha sido colocado como fundamento. Él había dicho: Tu er&s el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Y en retorno escuchó que él era piedra, aunque no de la misma manera que Cristo. Cristo es piedra inmóvil por naturaleza. Pedro, en cambio, lo es en virtud de aquella piedra divina. Jesús da a otros sus poderes: es Sacerdote, y constituye a los sacerdotes; es Piedra, y hace a otro piedra; concede a sus siervos lo que es propiamente suyo" (168).
Y, por último, San Ambrosio: "Porque él solo, entre los demás apóstoles, hace la profesión de fe, él solo es antepuesto a todos" (169).
Si alguno objetara que la Iglesia no debe buscar otra Cabeza ni otro Esposo fuera de Jesucristo (170), le responderíamos: así como Cristo es no sólo el Autor, sino también el Ministro último de los sacramentos - Él es, en efecto, quien bautiza y quien absuelve (171)-, y, sin embargo, constituyó a los hombres como ministros externos de los mismos (172), de igual modo, aunque es Él quien gobierna la Iglesia, con su íntima gracia, ha querido poner al frente de ella un hombre, que fuera vicario suyo y ministro de sus poderes.
Una Iglesia visible necesitaba un jefe también visible. Por eso nuestro Salvador, imponiendo a Pedro con solemne investidura el mandato de apacentar su grey, le constituyó cabeza y pastor de la gran familia de los fieles; y quiso que todos sus sucesores tuvieran enteramente la misma potestad de regir v gobernar a toda la Iglesia (173).
4) Porque uno e idéntico es el Espíritu que infunde la gracia a los fieles (1Co 22,11), como única es el alma que vivifica todos los miembros del cuerpo. Y otra vez á los de Éfeso, invitándoles a ipantener esta unidad: Sed solícitos en conservar la unidad del espíritu mediante el vínculo de la paz. Soto hay un cuerpo u un Espíritu (Ep 4,3-4).
Como el cuerpo humano se compone de muchos miembros, vivificados todos por una sola alma, que da vista a los oíos, oído a las orejas, y diversas virtudes a los demás sentidos, también el Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia, está compuesto de muchos fieles.
5) Porque una sola es la esperanza de nuestra vocación (Ep 4,4): la vida eterna y bienaventurada que todos los cristianos esperamos.
6) Porque una es la fe que todos recibimos y profesamos: Os ruego, hermanos, por si nombre de nuestro Señor Jesucristo, que no haya entre vosotros cismas, antes seáis concordes en el mismo pensar y en el mismo sentir (1Co 1,10).
7) Porque uno mismo es para todos el bautismo, el sacramento de la fe cristiana (174).
La segunda propiedad de la Iglesia es la santidad. San Pedro habla explícitamente de ella: Vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa (2P 2,9).
1) Llámase sania la Iglesia por estar consagrada y dedicada a Dios. Es costumbre llamar santas a todas las cosas - también a las materiales - ordenadas y destinadas al culto divino. Ya en el Antiguo Testamento eran llamados santos los vasos, los ornamentos, los altares y los primogénitos ofrecidos al Altísimo (175).
Ni debe maravillar a nadie que la Iglesia sea llamada santa (176), aunque en ella vivan muchos pecadores. Los fieles en tanto son llamados santos en cuanto han venido a ser el pueblo de Dios, y, mediante la fe y el bautismo, han sido consagrados a Dios, aunque después de hecho pequen y no mantengan sus promesas. Lo mismo que siempre es llamado artista el que ejercita un arte cualquiera, aunque de hecho no siempre observe las reglas del arte (177).
San Pablo llamaba santos y santificados a los fieles de Corinto, entre quienes no faltaban algunos a los que él mismo reprendió fuertemente, llamándoles carnales y otros nombres más duros (178).
2) Se llama también santa la Iglesia porque está unida como cuerpo a su santísima Cabeza, Cristo Jesús, fuente de toda santidad, de quien proceden los dones del Espíritu Santo y los tesoros de la divina gracia (179).
San Agustín, interpretando aquellas palabras del Salmo: Guarda, Señor, mi alma, porque soy santo (Ps 85,2), escribe: "Atrévase el Cuerpo místico de Cristo; atrévase cada uno de los miembros que le constituyen; atrévanse a gritar desde los más extremos confines de la tierra y a decir con su Cabeza y bajo su Cabeza: Yo soy santo, porque he recibido la gracia de la santidad, la gracia del bautismo y la remisión de los pecados". Y más adelante: "Si es verdad que todos los cristianos, los fieles bautizados de Cristo, se han revestido de Cristo, como dice San Pablo: Cuantos en Cristo habéis sido bautizados, os habéis vestido de Cristo (Ga 3,27); si es verdad que han venido a ser miembros de su cuerpo y dicen que no son santos, hacen injuria a la misma Cabeza, cuyos miembros son santos" (180).
3) Añádase, por último, que sólo la Iqlesia posee el legítimo culto del sacrificio y el uso saludable de los sacramentos, a través de los cuales - misteriosas arterias de la divina gracia - Dios produce la verdadera santidad, de tal manera que realmente no puede haber santos fuera de la Iglesia (181).
Es claro, pues, que la Iglesia es santa por ser el cuerpo de Cristo, por quien es santificada y con cuya sangre continuamente se purifica (182).
La tercera propiedad de la Iglesia es su catolicidad o universalidad.
1) Esta propiedad le conviene de derecho, porque - en frase de San Agustín - "de Oriente a Occidente se extiende con el resplandor de una única fe" (183).
La Iqlesia no está ceñida, como las naciones civiles o las sectas heréticas, a los confines de un reino o al ámbito de una raza. Con maternal caridad abraza a todos los hombres, bárbaros o escitas, siervos o libres, hombres o mujeres, porque Cristo lo es todo en todos (Col 3,11 Ga 3,28).
En el Apocalipsis se ha escrito: Con tu sangre has comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación, y los hiciste para nuestro Dios reino u sacerdotes, y reinan sobre la tierra (Ap 5,9-10). Y el profeta afirmaba de la Iglesia: Pídeme y haré de las gentes tu heredad, te daré en posesión los confines de la tierra (Ps 2,8); contaré a Rahab y a Babilonia entre los que me conocen: la Filistea. Tiro con los etíopes, éstos allí nacieron. Y de Sión dirán: Este y el ofro alli han nacido y es el Altísimo mismo el que la fundó (Ps 86,4-5) (184).
2) Además, desde Adán hasta hoy y desde hoy hasta el fin del mundo, todos los fieles que profesan la fe verdadera pertenecen a la misma Iglesia, edificada sobre el fundamento de los apóstoles y de los profetas (Ep 2,20). Todos están constituidos y edificados sobre Cristo, piedra angular, que con los dos muros () hizo un solo edificio "para anunciar la paz a los de lejos y a los de cerca" (185).
3) Llámase, finalmente, católica la Iglesia porque todos cuantos quieran conseguir la salvación eterna deben adherirse a ella, como en tiempos de Noé debían entrar en el arca quienes no querían perecer en el diluvio (186).
Otra nota segura para distinguir la verdadera Iglesia es la de su apostolicidad u origen apostólico.
La verdad de su doctrina no es de hoy ni de ayer; arranca, por divina institución, de los mismos apóstoles, quienes la transmitieron y difundieron por todo el mundo.
Es evidente, pues, que las teorías de los herejes - tan contrarias a la doctrina que la Iglesia recibió de los apóstoles y ha predicado hasta nuestros días - no son más que auténticas aberraciones y desviaciones de la verdadera fe. Y para que todos comprendieran cuál es la verdadera Iglesia, los Padres, por inspiración divina, añadieron en el Credo el calificativo apostólica.
El Espíritu Santo, que preside la Iglesia, no la gobierna más que por los ministros sucesores de los apóstoles. Este Espíritu divino fue enviado primeramente a los Doce, y después, por infinita bondad de Dios, ha permanecido siempre en la Iglesia (187). Y así como solamente esta Iglesia - por estar gobernada por el Espíritu Santo - no puede errar en materia de fe y de costumbres, todas las demás sectas que, guiadas por el espíritu del demonio, se arrogan el nombre de iglesia, necesariamente caen en gravísimos errores tanto en materia de fe como en materia de costumbres (188).
Los mismos apóstoles vieron simbolizada la Iglesia en diversas figuras del Antiguo Testamento, notablemente eficaces para nuestro adoctrinamiento v edificación espiritual.
Sobresale entre ellas el arca de Noé (189), construida por exoreso mandato de Dios para que nadie dudase de su simbolismo con la Iglesia. Así como sólo fue posible librarse del diluvio entrando en el arca, del mismo modo sólo quienes entran en la Iglesia por el bautismo pueden salvarse del peligro de la muerte eterna; quienes queden fuera de ella, oerecerán sumergidos en el aaua de sus pecados.
Otra figura es la gran ciudad de Jerusalén (190), con cuyo nombre se sianifica frecuentemente en la Escritura la Iglesia. Sólo en ella era lícito ofrecer sacrificios al Señor, como sólo en la Iqlesia - jamás fuera de ella - se encuentra el verdadero culto y el único sacrificio agradable a Dios.
Veamos, por último, en qué sentido la Iglesia es un docrma de nuestra fe.
Es cierto que cualquiera puede con su sola inteligencia y sentidos percibir la existencia de la Iglesia en este mundo, es decir, la existencia de una comunidad de hombres consaqrados a Tesucristo. Y para comprender esto no narece necesaria la fe; los mismos judíos y turcos lo admitieron.
Sin embargo, sólo la mente puramente iluminada por la fe, no en virtud de consideraciones humanas, puede comprender los santos misterios que encierra la Iglesia de Dios, de los que en parte hemos hablado ya y en parte volveremos a hablar cuando expliquemos el sacramento del orden.
Es ésta una verdad que supera la capacidad y fuerzas de nuestra humana inteligencia; sólo con ojos de fe podremos percibir y comprender la fundación, poderes, misión y dignidad de la Iglesia de Cristo (191).
No fueron los hombres, sino el mismo Dios inmortal, quien edificó la Iglesia sobre una solidísima piedra (Mt 6,18). Muchos siglos antes había sido ya profetizado: Y es el Altísimo mismo el que la fundó (Ps 86,5). Por eso fue llamada heredad de Dios y pueblo de Dios (192).
Ni tampoco son humanos sus poderes, sino divinos; poderes que no pueden conquistarse con fuerzas naturales. Sólo la fe nos permite comprender que la Iglesia es la depositaría de las llaves del reino de los cielos (193); que a ella se le concedió el poder perdonar los pecados (194); el poder excomulgar y el poder consagrar el cuerpo de Cristo (195); finalmente, que los ciudadanos que en ella habitan no tienen aquí ciudad permanente, antes buscan la futura (He 13,14).
Es, pues, de absoluta necesidad creer que la Iglesia es una, santa, católica y apostólica. En los artículos anteriores del Credo afirmábamos nuestra fe en las tres Personas de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. En éste, en cambio, variando la fórmula, afirmamos creer no en la santa Iglesia católica, sino la santa Iglesia católica; y esto para distinguir, aun en el mismo modo de hablar, al Dios creador de las realidades creadas, y para referir a su inmensa bondad divina todos los beneficios concedidos a la Iglesia.
San Juan Evangelista, escribiendo a los primeros cristianos sobre altísimos misterios de la fe, justificaba así su predicación: Lo que hemos visto u oído, os lo anunciamos a vosotros, a fin de que viváis también en comunión con nosotros. Y esta comunión nuestra es con el Padre y con su Hijo Jesucristo (1Jn 1,3).
De esta comunión de los santos, fundamento de nuestra unión, trataremos en el presente artículo del Credo. ¡Ojalá logremos penetrar y vivir tan sublime misterio con el mismo celo v diligencia con que supieron predicarlo y vivirlo Pablo v los demás apóstoles! (196)
Encierra esta doctrina - cargada de ubérrimos frutos - no sólo una nueva interpretación de la verdad de la Iglesia, sino también una profunda visión del valor que todos los demás misterios de nuestra fe tienen para la vida cristiana. Es necesario tender a una mayor penetración y a una cada vez más íntima percepción de todos ellos para poder participar en esta comunión de los santos y poder perseverar dando gracias al Padre, que nos ha hecho capaces de participar de la herencia de los santos en el reino de la luz (Col 1,12).
La comunión de los santos es una nueva explicación del concepto mismo de la Iglesia, una, santa y católica. La unidad del Espíritu, que la anima y gobierna, hace que todo cuanto posee la Iglesia sea poseído comúnmente por cuantos la integran. Y así el fruto de todos los sacramentos pertenece a todos los fieles, quienes por medio de ellos - como por otras tantas arterias misteriosas - están unidos e incorporados a Cristo. Y esto de manera especial por el sacramento del bautismo, puerta por la que los cristianos ingresan en la Iglesia.
Que la comunión de los santos signifique esta unión operada por los sacramentos entre Cristo y los fieles, expresamente lo declararon los Padres en aquellas palabras del Concilio: Confieso un solo bautismo. Al bautismo sigue primeramente la Eucaristía, y después los demás sacramentos. Y si bien este nombre de comunión conviene a todos ellos, puesto que todos nos unen a Dios y nos hacen partícipes de su vida mediante la gracia, es, sin embargo, más propio de la Eucaristía, que de manera especialísimá produce esta comunión.
Hay, además, en la Iglesia otra especie de comunión: todo cuanto santamente practica cada uno de los cristianos pertenece a los demás y a todos aprovecha en virtud de la caridad, que no es interesada (1Co 13,5).
San Ambrosio, comentando aquella expresión del salmista: Soy amigo de cuantos me temen (Ps 118,63), escribe: "Como decimos que un miembro participa de todo el cuerpo, igualmente afirmamos que el que teme al Señor está unido a todos los que le temen" (197). Y el mismo Cristo, enseñándonos a orar, nos hace decir: El pan nuestro de cada día (Mt 6,11), y no el pan mío; y en todo lo demás hemos de atender igualmente al bien de todos y no al exclusivo de cada uno.
Esta comunión de bienes se explica frecuentemente en la Sagrada Escritura con la analogía de los miembros del cuerpo humano (198). En el hombre, de hecho, hay muchos miembros, y entre todos no forman más que un solo cuerpo, en el que cada uno cumple su función específica. Ni todos tienen la misma dignidad ni cumplen funciones igualmente útiles y decorosas (199). Ninguno atiende a su propio provecho, sino todos al bien común del organismo. Y todos están tan unidos y compenetrados que, si uno sufre, todos los demás se resienten por una cierta natural afinidad; y si, al contrario, un miembro goza, todos los demás experimentan igual bienestar (200).
Esto mismo sucede en la Iglesia. En ella también hay diversidad de miembros, cristianos de distintas nacionalidades y condiciones: judíos y gentiles, libres v siervos, pobres y ricos. Mas, una vez bautizados, todos forman un solo cuerpo, cuya Cabeza es Cristo (201). Y cada miembro tiene asignado su oficio en la Iglesia: unos apóstoles, otros doctores; unos gobiernan y enseñan, otros se someten y obedecen; pero todos están constituidos para el bien de los demás (202).
Pero notemos que solamente gozan de tantos bienes divinos y beneficios espirituales concedidos a la Iqlesia quienes viven la vida cristiana en gracia y son justos y agradables a Dios.
Los miembros muertos, es decir, los pecadores, privados de la gracia de Dios, no dejan áz pertenecer como miembros al cuerpo de la Iglesia; mas no participan - precisamente por estar muertos - del fruto espiritual aue gozan los iustos que viven en gracia (203). Sin embargo, por pertenecer aún a la Iglesia, estos miembros áridos son ayudados a recuperar la gracia y la vida divina por quienes viven según el espíritu; frutos que en modo alguno perciben, en cambio, quienes están totalmente separados de la Iglesia.
Bienes comunes en la Iglesia son no solamente aquellos que hacen a los hombres justos y amados de Dios, sino también las gracias gratuitamente concedidas (), como son la ciencia, la profecía, el don de lenguas y milagros, etc.(204) Y estos dones pueden poseerlos también los malos, no para propio provecho, sino por motivos de pública utilidad y para edificación general de la Iglesia. La virtud de la curación, por ejemplo, no se concede para utilidad del que la posee, sino para provecho del enfermo.
Piense el verdadero cristiano que nada posee que no sea común a los demás y sepa estar pronto y solícito en remediar la miseria de los hermanos más pobres. El que tuviere bienes de este mundo y, viendo a su hermano padecer necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo podrá decir que mora en él la caridad de Dios? (1Jn 3,17).
Quienes con realidad de hechos vivan esta sublime comunión de vida espiritual sentirán invadírsele el corazón de una íntima alegría y podrán exclamar con el profeta: Cuan amables son tus moradas, ¡oh Señor! Anhela mi alma y ardientemente desea los atrios de Y ave... Bienaventurados los que moran en tu casa y continuamente te alaban (Ps 83,2 Ps 3 Ps 5) (205).
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