
CATECISMO ROMANO 1100
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El hecho mismo de ver enumerada entre los artículos de la fe la verdad del perdón de los pecados, no nos permite dudar que en ella se encierra un misterio no sólo divino, sino necesario para conseguir la salvación. La vida cristiana - lo hemos repetido ya más veces - se alimenta esencialmente de la fe en los dogmas contenidos en el Símbolo.
Y para confirmar esta verdad - ya de suyo evidente- tenemos un testimonio explícito de nuestro Salvador. Ppco antes de su ascensión, presentándose un día en medio de los apóstoles, les abrió la inteligencia para que entendiesen las Escrituras y les dijo que así estaba escrito: que el Mesías padeciese y al tercer día resucitase de entre los muertos y que se predicase en su nombre la penitencia para la remisión de los pecados a todas las naciones, comenzando por ]erusalén (Lc 24,45 Lc 47) (206).
Si los sacerdotes consideran detenidamente estas palabras, fácilmente advertirán que - siendo deber pastoral de su sacerdocio el enseñar a los fieles todas las verdades religiosas - aquí se trata de una obligación especial impuesta por el mismo Señor.
Conviene precisar, ante todo, que en la Iglesia no sólo se llevó a cabo una vez por obra de Cristo aquella remisión de los pecados que había profetizado Isaías: El pueblo obtendrá el perdón de sus iniquidades (Is 33,25), sino que en ella se encuentra de una manera permanente la potestad de perdonar pecados. Y hemos de creer que por esta potestad se remiten y perdonan realmente los pecados, siempre que los sacerdotes hacen uso legítimo de los poderes recibidos de Cristo.
La remisión de los pecados tiene lugar primeramente en el bautismo, cuando el alma profesa por vez primera la fe. Con el agua bautismal se nos concede un perdón tan amplio, que queda borrada toda culpa - ya sea original, ya personal por comisión u omisión voluntaria - y remitido todo reato de pena.
Sin embargo, con la gracia bautismal no queda libre nuestra naturaleza de sds debilidades (207). Más aún: son muy pocos los bautizados que en esta lucha contra la concupiscencia, estimuladora continua del pecado, puedan resistir con tanta energía o defenderse con tanta vigilancia, que consigan siempre evitar todas las heridas (208).
Se imponía, pues, una potestad de remitir los pecados por otro medio distinto del bautismo. Por eso Cristo entregó a la Iglesia las llaves del reino de los cielos, en virtud de las cuales pudiese perdonar a cualquier pecador arrepentido los pecados cometidos después del bautismo hasta el fin de su vida.
En el Evangelio tenemos clarísimos testimonios que confirman esta verdad. Cristo dijo a Pedro: Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos (Mt 16,19). En otra ocasión: En verdad os digo: cuanto atareis en la tierra será atado en el cielo, y cuanto desatareis en la tierra será desatado en el cielo (Mt 18,18). Y en San Juan cuando el Señor sopló sobre los apóstoles: Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados, le serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos (Jn 20,22 Jn 23).
Todo pecado
Esta potestad de la Iglesia no está limitada a determinadas especies de pecados; no existe ni puede imaginarse delito tan enorme que no pueda ser perdonado por la Iglesia, como tampoco existe hombre tan infame y malvado que, si verdaderamente se arrepiente de sus pecados, no tenga esperanza cierta de perdón (209).
Ni está limitada tampoco esta potestad a un tiempo determinado. En cualquier momento que un pecador quiera volver arrepentido al buen camino, debe ser bien acogido; lo dijo explícitamente Cristo cuando Pedro le preguntó sobre las veces que había de perdonar: No digo i/o hasta ¡siete veces, sino hasta setenta veces siete (Mt 18,21-22).
Cristo puso limitaciones, en cambio, respecto a los ministros de esta divina potestad. No quiso concederla a todos, sino solamente a los obispos y sacerdotes. Y dígase lo mismo en cuanto al modo de ejercerla: sólo puede ejercerse por medio de los sacramentos y usando la fórmula prescrita. Ni la misma Iglesia tiene derecho de remitir de otro modo.
De donde se sigue que, tanto los sacerdotes como los sacramentos, son meros instrumentos para la remisión de los pecados; por medio de ellos, Cristo nuestro Señor, autor y dador de la salvación, obra en nosotros el perdón de las culpas y la justificación.
Convendrá también hacer resaltar la amplitud y dignidad de este perdón concedido por Dios a las almas por medio de su Iglesia. Amplitud propia del poder divino, el único que puede perdonar pecados y transformar a los hombres de pecadores en justos. Esta consideración nos obligará a admirarle respetuosamente y nos enseñará a recibirlo con ardientes sentimientos de piedad.
La remisión de los pecados sólo puede realizarse en virtud del infinito poder de Dios. El mismo poder que creemos ser necesario para la creación del mundo y para la resurrección de los muertos (210).
San Agustín observa que es mucho mayor prodigio hacer justo a un hombre pecador que sacar de la nada el cielo v la tierra (211).
Y con San Agustín todos los Santos Padres afirman unánimemente que sólo Dios puede perdonar los pecados de los hombres, y que obra tan maravillosa a nadie puede atribuirse sino a su divina bondad c infinito poder. El mismo Señor dice por boca del Profeta: Soy yo, soy yo quien por amor de mí borro tus pecados y no me acuerdo más de tus rebeldías (Is 43,25).
Hablando de remisión de pecados, puede establecerse un paralelismo perfecto con las deudas: así como nadie puede remitir la deuda más que el acreedor, del mismo modo, estando nosotros obligados a Dios por los pecados - todos los días oramos: Perdónanos nuestras deudas (Mt 6,12)-, es evidente que nadie fuera de Él puede perdonárnoslos.
Este admirable poder no fue concedido jamás a ninguna criatura antes de Cristo. Por primera vez lo recibió Él, en cuanto hombre, de su Padre: Para que sepáis que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra poder de perdonar los pecados, dijo al paralítico: Levántate, toma tu lecho y vete a tu casa (Mt 9,6 Mc 2,9). Y, habiéndose hecho hombre para otorgar a los hombres el perdón de sus pecados, el Redentor, antes de ascender a los cielos para sentarse eternamente a la diestra del Padre, transmitió este poder a los obispos y sacerdotes en la Iglesia (2l2). Mas notemos de nuevo que Cristo perdona los pecados por propia virtud, mien tras que los sacerdotes lo hacen sólo como ministros suyos
Es claro que, si todcs los prodigios obrados por la divi na omnipotencia son grandes y admirables, éste es, entre todos, el más precioso concedido a la Iglesia por la misericordia de Jesucristo.
MISERICORDIA DE DlOS
Del mismo modo con que la bondad paternal de Dios ha establecido sean remitidos los pecados de los hombres, suscitará en nuestras almas sentimientos de la más viva admiración ante la grandeza del prodigio.
Quiso Dios que nuestros pecados fuesen expiados desde la cruz por la sangre de su Hijo unigénito (213), de manera que Él pagase voluntariamente la pena merecida por nuestras culpas: el Justo, condenado por nosotros pecadores; el Inocente, padeciendo muerte cruel por los culpables (214).
Cada vez que pensemos que hemos sido rescatados no con plata y oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de cordero sin defecto ni mancha (1P 1,18), comprenderemos que no pudo Dios concedernos nada más precioso ni nada más saludable que esta potestad remisiva del pecado; don que descubre toda la misteriosa providencia de un Dios lleno de amor hacia nosotros.
Es necesario, pues, que todos sepamos sacar de este don infinito todos los frutos posibles. Porque, si voluntariamente pecamos, después de recibir el conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio por los pecados (He 10,26). Cualquiera que ofende a Dios con pecado mortal, pierde instantáneamente los méritos que consiguió de la pasión y muerte del Salvador y la posibilidad de entrar en aquel reino que la sangre de Cristo nos mereció y abrió (215).
El recuerdo de la inmensa miseria de nuestra naturaleza no podrá menos de estremecernos seriamente. Pero, si pensamos en este admirable poder concedido por Dios a su Iglesia y, confortados por la fe de este dogma, creemos que a todos y cada uno se ofrece la posibilidad de retornar - con la ayuda de la gracia - a su antiguo estado de dignidad espiritual, nos sentiremos impulsados a saltar de gozo y a entonar en lo íntimo del alma un canto de profunda gratitud al Señor.
Si cuando estamos gravemente enfermos nos parecen preciosas y agradables las medicinas que la ciencia prescribe y prepara, ¿cuánto más estimables no deberán parecer - nos los remedios espirituales que la divina sabiduría ha instituido para curar nuestras almas y restaurar nuestra vida cristiana? Tanto más cuanto que éstos encierran, no una dudosa esperanza de curación, como las medicinas del cuerpo, sino una indudable certeza de salud para quienes quieren ser curados.
Conocidas las sublimes ventajas de este beneficio, procuremos aprovecharnos de él con toda devoción. El no hacer jamás uso de un don, no sólo útil, sino necesario, supondría un evidente desprecio del mismo; desprecio tanto más inexplicable cuanto que Cristo concedió esta potestad a la Iglesia para que todos nos aprovecháramos de tan saludable remedio.
Porque así como nadie puede reconquistar la inocencia sin el bautismo, igualmente quien quiera recuperar, después del bautismo, la gracia perdida por el pecado mortal, necesariamente ha de recurrir al sacramento de la penitencia.
Mas el hecho de que el beneficio del perdón se nos haya concedido con tal amplitud y generosidad no debe inducirnos a pecar más fácilmente o a demorar el arrepentimiento. En el primer caso, evidentemente culpables de irreverencia y desprecio hacia esta potestad, nos haríamos indignos de la divina misericordia (216). En el segundo, temamos seriamente no nos sorprenda la muerte de improviso como meros creyentes de una remisión de pecados que nosotros mismos convertimos culpablemente en imposible e inútil (217).
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La Sagrada Escritura no sólo propone explícitamente como dogma que hemos de creer el misterio de la resurrección de la carne, sino que además lo razona y confirma con múltiples argumentos () (218). Ello nos dará idea de la importancia especial de esta verdad - fundamento firmísimo de la esperanza de nuestra salvación - y de su valor respecto a la fe cristiana. San Pablo escribe: SÍ la resurrección de los muertos no se da, tampoco Cristo resucitó. Y, si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana vuestra fe (1Co 15,13-14).
Procuremos poner en el estudio y explicación de este dogma tanto interés al menos como han puesto muchos impíos para negarlo y destruirlo. Así lo exigen, además, los frutos inmensos que de él se derivan - en seguida lo veremos - para la vida espiritual de los cristianos.
Lo primero que se ha de notar en este artículo del Símbolo es que la resurrección de los hombres viene designada con el nombre de resurrección "de la carne". Y esto no se hizo arbitrariamente.
Con ello los apóstoles quisieron enseñarnos otra verdad: la inmortalidad del alma humana. Para que nadie creyese que el alma muere con el cuerpo y con él vuelve a la vida (), sólo se menciona en este artículo la resurrección de la carne.
Y aunque es verdad que algunas veces en la Sagrada Escritura la palabra carne significa al hombre completo -toda carne es heno (Is 40,6); el Verbo se hizo carne ]n, 1,14), etc.-, aquí, sin embargo, se refiere únicamente al cuerpo, para que creamos que en esta dualidad delrtal (219). Como nadie puede resucitar si primero no muere, sería impropio hablar de resurrección del alma.
Otra razón de poner la palabra carne fue para refutar la herejía de Himeneo y Fileto, quienes, ya en tiempos de San Pablo, sostenían que la resurrección de que se habla en la Sagrada Escritura no es una resurrección corporal, sino meramente espiritual: de la muerte del pecado, a la vida de la gracia (220). Con la palabra carne queda refutado el error y confirmada la resurrección corporal.
Innumerables hechos de la Escritura y de la Historia eclesiástica confirman este dogma. El Antiguo Testamento nos habla de muertos resucitados por Elias y por Elíseo (221). El Evangelio nos narra las resurrecciones obradas por Cristo (222), por los apóstoles (223) y por otros (224). Todos estos pasajes constituyen la más espléndida confirmación de esta verdad.
Y, si creemos que muchos muertos resucitaron, también hemos de creer que todos nosotros resucitaremos un día. Éste es el mejor fruto que deben reportarnos tan estupendos milagros: la total adhesión de nuestra fe al misterio de la resurrección de la carne.
Son muchos textos de la Escritura que podrán utilizar aun los medianamente versados en las Sagradas Letras. Mención especial merecen en el Antiguo Testamento las palabras de Job: Porque lo sé: mi Redentor vive, y al fin ¡se erguirá como fiador sobre el polco; y después que mi piel se desprenda de mi carne, en mi carne contemplaré a Dios (), y las del profeta Daniel: Las muchedumbres de los que duermen en el polvo de la tierra, se despertarán, unos para eterna vida, otros para eterna ver güenza y confusión (). En el Nuevo Testamento, recordemos la disputa de Cristo con los saduceos sobre esta materia (225), el relato del último juicio (226) y la doctrina expuesta con tanta agudeza como claridad por San Pablo en sus epístolas a los fieles de Corinto y de Tesalónica (227).
Como premisa primera, quede bien claro el hecho: la resurrección de la carne es un dogma que tenemos que creer.
No obstante, siempre será muy útil demostrar con argumentos y ejemplos la conformidad de nuestros dogmas con la razón humana.
San Pablo responde a quien pregunte cómo pueden resucitar los muertos: ¡Necio! Lo que tú siembras no nace si no muere. Y lo que siembras no es el cuerpo que ha de nacer, sino un simple grano, por ejemplo, de trigo o algún otro tal. Y Dios le da el cuerpo según ha querido a cada una de las semillas el propio cuerpo. Y poco después: Se siembra en corrupción y se resucita en incorrupción (1Co 15,36-42).
San Gregorio apunta otras semejanzas: la luz cada día desaparece de nuestros ojos, como si muriera, y vuelve de nuevo, como si resucitara; los árboles pierden su verdor, y de nuevo lo adquieren, como si resucitaran; y las semillas mueren y se pudren, germinando de nuevo resucitadas (228).
Los teólogos aducen además valiosos argumentos para probar este dogma:
1) Siendo las almas inmortales por naturaleza, y te niendo una inclinación natural, como parte del hombre, a unirse con los cuerpos, el permanecer eternamente separadas de ellos sería algo contrario a su misma naturaleza.
Y como todo lo violento y contrario a la naturaleza no puede ser perdurable, parece muy lógico se unan de nuevo a los cuerpos. Luego se impone la resurrección de los mismos.
De este argumento se sirvió el mismo Jesucristo cuando, disputando con los saduceos, dedujo la resurrección de los cuerpos de la inmortalidad de las almas (229).
2) Dios justo ha establecido en la otra vida castigos para los malos y premios para los buenos. Muchos hombres mueren sin haber pagado las penas merecidas o sin haber recibido el premio de sus virtudes. Es justo, pues, y necesario que las almas se junten de nuevo con los cuerpos, para que también éstos, con quienes estuvieron unidas para el bien y para el mal, reciban el merecido premio o castigo.
Este argumento fue ampliamente desarrollado por San Juan Crisóstomo en una espléndida homilía al pueblo antioqueno (230). Y San Pablo había escrito también a propósito de lo mismo: Si sólo mirando a esta inda tenemos la espetanza puesta en Cristo, somos los más miserables de los hombres (1Co 15,19).
La miseria de que habla el Apóstol, evidentemente no se refiere al alma, que, siendo inmortal, podría gozar siempre de la bienaventuranza en la vida futura, aunque no resucitaran los cuerpos. San Pablo se refiere al hombre total, que sería la más miserable de todas las criaturas si su cuerpo no recibiera premio por tantos trabajos y sufrimientos como padecieron, por ejemplo, los apóstoles en esta vida.
Más claramente desarrolló el mismo San Pablo este pensamiento en su Carta a los Tesalonicenses: Y nosotros mismos nos gloriamos de vosotros en las iglesias de Dios, por vuestra paciencia y vuestra fe en todas vuestras persecuciones y en las tribulaciones que soportáis. Todo esto es prueba del justo juicio de Dios, para que seáis tenidos por dignos del reino de Dios, por el cual padecéis. Pues es justo a los ojos de Dios retribuir con tribulación a los que os atribulan, y a vosotros, atribulados, con descanso en compañía nuestra en la manifestación del Señor Jesús, desde el cielo, con sus milicias angélicas, tomando venganza en llamas de fuego sobre los que desconocen a Dios y no obedecen al Evangelio de nuestro Señor Jesús (2Th 1,4-8).
3) Por último, el hombre no puede conseguir la felicidad perfecta mientras el alma esté separada del cuerpo. Como toda parte separada del todo es imperfecta, así tambien el alma que no está unida al cuerpo. Es, pues, necesaria la resurrección de los cuerpos para que nada falte a la plena felicidad del alma.
Esto supuesto, salgamos al paso de una posible pregunta: ¿Quiénes han de resucitar?
San Pablo responde en su Carta a los Corintios: Y como en Adán hemos muerto todos, así también en Cristo somos todos vivificados (1Co 15,22).
Todos, pues, resucitaremos: los buenos y los malos. Sin embargo, no será igual la suerte de unos y otros; porque saldrán los que han obrado el bien para la resurrección de la vida, y los que han obrado el mal, para la resurrección del juicio (Jn 5,29) (231).
Y cuando decimos todos nos referimos a cuantos hayan1 muerto hasta el día del juicio y a cuantos morirán enton - ees. San Jerónimo afirma que la Iglesia sostiene como sentencia cierta que todos los hombres han de morir (232). Lo mismo opina San Agustín (233).
Ni se oponen a esta sentencia las palabras de San Pablo a los Tesalonicenses: Los muertos en Cristo resucitarán primero; después nosotros, los vivos, los que quedamos, jun - to con ellos seremos arrebatados en las nubes al encuentro del Señor en los aires (1Th 4,16). San Ambrosio las comenta de esta manera: "En el mismo rapto les sobrevendrá la muerte, y, como en un sueño, el alma salida del cuerpo al instante se volverá a él. Morirán, pues, al ser arrebatados, para que cuando lleguen a la vista del Señor () reciban la vida con su presencia" (234).
También será de sumo provecho precisar con certeza que cada uno resucitará con el mismísimo cuerpo que tuvo durante la vida, aunque antes se hubiere corrompido y reducido a cenizas.
1) Tal es el pensamiento del Apóstol: Porque es preciso que lo corruptible se vista de incorrupción y que este ser mortal se revista de inmortalidad (1Co 15,53). La palabra esíe se refiere evidentemente al cuerpo. Job había ya profetizado claramente lo mismo: En mi carne contemplaré a Dios. ¡Yo le veré, veránle mis ojos, no otros! ().
2) Por lo demás, esto se infiere de la misma definición de resurrección. Resucitar, según San Juan Damasceno, es "volver a la condición que habíamos perdido" (235).
3) Recordemos, por último, la razón anteriormente apuntada sobre la necesidad de la resurrección. Los cuerpos -decíamos - han de resucitar, porque todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo, para que reciba cada uno según lo que hubiere hecho por el cuerpo, bueno o malo (2Co 5,10). Luego conviene que el hombre resucite con el mismo cuerpo con que sirvió a Dios o al demonio, para que en aquel mismo cuerpo reciba la corona del triunfo y el premio o la pena eterna y el suplicio.
Y no solamente resucitará el cuerpo. Resucitará también todo aquello que pertenece a la realidad de la naturaleza corpórea y todo aquello que exige el decoro y perfección del hombre.
San Agustín tiene a este propósito un insigne testimonio: "No tendrán entonces los cuerpos defecto alguno. Si algunos fueron en vida demasiado gruesos y obesos, no volverán a tomar toda aquella corpulencia excesiva; será considerado como superfluo cuanto exceda la proporción normal. Y al contrario, todo aquello que se hubiere consumido en el organismo por enfermedad o vejez, será reintegrado por el divino poder de Cristo. Como en el caso de delgadez, raquitismo, etc. Porque Cristo no sólo reparará nuestro cuerpo, sino que además reformará todo aquello que perdimos por las miserias y deficiencias de la vida". Y más adelante: "El hombre no volverá a tomar los cabellos que tenía, sino únicamente los que le convengan, según aquello del Evangelio: Todos los cabellos de vuestra cabeza están contados" (236).
En primer lugar serán restituidos todos los miembros del cuerpo, por ser todos ellos partes integrantes de la naturaleza del hombre. Y así, los que por nacimiento o enfermedad estuvieron privados de la vista, los cojos, los mancos y los defectuosos en cualquier otro miembro, resucitarán con un cuerpo íntegro y perfecto. En caso contrario, no quedaría totalmente satisfecho el deseo natural del alma de unirse con su cuerpo; deseo que creemos con certeza ha de ser cumplido en la resurrección.
Es manifiesto, por otro lado, que la resurrección de los cuerpos, como la creación de los mismos, se encuentra entre las más estupendas obras divinas. Y así como en el principio hizo Dios todas las cosas perfectas, así también sucederá en la última resurrección.
A propósito de los mártires escribía San Agustín: "No estarán privados de aquellos miembros que les fueron amputados en el martirio. Semejante mutilación no dejaría de ser un defecto en sus cuerpos. De otra manera, los mártire* que fueron decapitados deberían resucitar sin cabeza. Pero permanecerán en sus miembros las cicatrices gloriosas de la espada, más resplandecientes que todo el oro y piedras preciosas, como lo son las cicatrices de las llagas de Cristo" (237).
Y no solamente los mártires. También los pecadores resucitarán con todos sus miembros aun cuando éstos le? hubieran sido amputados por su culpa. La acerbidad y agudeza de su suplicio estará en proporción con los miembros que poseen; por consiguiente, la íntegra restitución de los mismos no redundará para ellos en ventaja, sino en desgracia y miseria. Los méritos no se atribuyen a los miembros, sino a la persona con cuyo cuerpo están unidos; y así, a quienes hicieron penitencia, se les restituirán para premio, y a los malos para su suplicio.
Semejantes reflexiones conseguirán inflamar y alentar nuestro espíritu en el amor a la virtud; contemplando las miserias y trabajos de esta vida, esperaremos ardientemente aquella dichosa gloria de la resurrección que está reservada para los buenos.
Resucitaremos con el mismo cuerpo substancial que tuvimos en la tierra. Pero, una vez resucitados, nuestra condición será muy distinta.
Ésta - entre otras - será la gran diferencia entre nuestros cuerpos resucitados y los que tuvimos en la tierra: aquí estaban sujetos a la ley de la muerte; pero, una vez resucitados, todos - los buenos y malos - seremos inmortales.
Esta maravillosa reintegración de la naturaleza es mérito de la victoria de Cristo sobre la muerte. Dice la Sagrada Escritura: Destruirá a la muerte para siempre (Is 25,8); y en otro lugar: ¿Dónde están, ¡oh muerte!, tus plagas? ¡Oh muerte!, yo mismo seré tu muerte (Os 13,14). Explicando estas palabras, escribe el Apóstol: El último enemigo reducido a la nada será la muerte (1Co 15,26). Y en San Juan leemos: La muerte no existirá más ().
Era muy conveniente que el pecado de Adán fuese vencido con inmensa superioridad por el mérito de Cristo, que destruyó el imperio de la muerte; como era igualmente muy conforme a la justicia divina que los buenos pudieran gozar para siempre de una vida bienaventurada, y que los pecadores, en cambio, sufriendo penas - eternas, buscasen la muerte, sin encontrarla; deseasen morir, y la muerte huyera de ellos ().
Y esta inmortalidad será, sin ninguna duda, común a los buenos y a los malos.
Los cuerpos resucitados de los santos tendrán ciertas propiedades maravillosas, que les harán inmensamente más nobles y espléndidos que fueron antes de la resurrección.
Los Padres, apoyándose en la doctrina de San Pablo, señalaron cuatro, llamadas dotes:
Es una cualidad por la que los cuerpos resucitados, en modo alguno podrán sufrir y se verán libres de todo dolor y molestia. Ni el frío, ni el calor, ni las lluvias podrán dañarlos. Pues así en la resurrección de los muertos: se siem bra en corrupción y resucita en incorrupción (1Co 15,42).
Los escolásticos llamaron a esta dote impasibilidad, y no incorrupción, para significar una cualidad exclusiva de los cuerpos gloriosos. Los de los condenados son también incorruptibles, mas no impasibles, y estarán sujetos a los rigores del frío, del calor y de cualquier otra molestia (238).
En virtud de esta dote, los cuerpos de los santos resplandecerán como el sol. Entonces los justos - dice Jesucristo en San Mateo - brillarán como el sol en el reino de mi Padre (Mt 13,43). Y para que nadie dudase de su palabra, lo confirmó con el ejemplo de su transfiguración (239).
San Pablo llama a esta dote unas veces gloria, y otras, claridad. Reformará el cuerpo de nuestra vileza conforme a su cuerpo glorioso en virtud del poder que tiene para someter a sí todas las cosas (Ph 3,21). Y en otro lugar: vSe siembra en ignominia y se levanta en gloria. Se siembra en flaqueza y se levanta en poder (1Co 15,43).
El pueblo de Israel vio en el desierto una pálida imagen de esta gloria, cuando Moisés, después de haber hablado con Dios en el Sinaí, apareció tan resplandeciente en su rostro, que los hebreos no podían sostener la mirada (240).
Consiste esta claridad en un resplandor que rebasará al cuerpo de la íntima y perfecta felicidad del alma; una especie de comunicación de esa misma felicidad que goza el alma, del mismo modo que el alma será bienaventurada por una comunicación de la felicidad de Dios.
Mas no poseerán todos los santos en igual medida esta propiedad (241): todos serán igualmente impasibles, pero no igualmente esplendorosos. Uno es el resplandor del sol -dice San Pablo-, oíro el de la luna y otro el de las estrellas; y una estrella se diferencia de la otra en el resplandor. Pues así en la resurrección de los muertos (1Co 15,41-42).
Es una dote por la que el cuerpo quedará libre del peso que ahora le oprime y podrá moverse con suma rapidez y facilidad extraordinaria a donde el alma quisiere (242).
Exponen ampliamente esta propiedad del cuerpo resucitado San Agustín en La ciudad de Dios (243) y San Jerónimo en su Comentario a Isaías (244). A ella alude también el Apóstol: Se siembra en ignominia y se levanta en gloria. Se siembra en flaqueza y ¡se levanta en poder (1Co 15,43).
En virtud de esta propiedad, el cuerpo estará sometido en todo al imperio del alma y la servirá y obedecerá perfectamente.
San Pablo la expresaba con aquellas palabras: Se siembra cuerpo animal y se levanta un cuerpo espiritual (1Co 15,44).
Consideremos por último los frutos que tantos y tan sublimes misterios pueden reportarnos.
1) Ante todo, debe brotar de nuestros corazones un grito de reconocimiento, agradeciendo al Señor se haya dignado revelar a los pequeñuelos las cosas que ocultó a los sabios y discretos (Mt 11,25). ¡Cuántos hombres ilustres, verdaderas lumbreras en la ciencia humana, desconocieron estas verdades para nosotros tan ciertas! El habér noslas Dios manifestado a nosotros, que jamás hubiéramos llegado a comprenderlas con nuestra pobre inteligencia, es motivo sobrado para que estemos alabando sin cesar su infinita misericordia.
2) Otro fruto espontáneo de estos misterios será la facilidad con que podemos consolarnos y consolar a los demás ante la muerte de amigos y allegados. San Pablo alude a estos motivos de conformidad cuando escribe a los fieles de Tesalónica sobre los difuntos (245).
Y no sólo ante la muerte. En todos los trabajos y miserias de esta vida nos servirá de gran alivio el pensamiento de nuestra futura resurrección. El santo Job animaba su espíritu dolorido con la esperanza de poder contemplar un día - en la resurrección - a su Dios y Señor (246).
3) El pensamiento de la resurrección, por último, será de una eficacia sin igual para ayudarnos a llevar una vida recta, íntegra y libre de pecado. Pensando en los inmensos tesoros que para entonces tenemos preparados, fácilmente nos animaremos a vivir santa y piadosamente. Y al contrario, pocos motivos tan eficaces para refrenar nuestros apetitos y apartarnos del pecado como el pensamiento de los suplicios y males con que serán castigados los condenados, que en el último juicio resucitarán para su condenación (247).
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Los apóstoles quisieron concluir el Símbolo - síntesis de nuestra fe - con la verdad de la vida eterna. Y esto por dos razones: a) porque después de la resurrección de la carne no restará a las almas más que recibir el premio de la vida eterna; b) y para que tuviéramos siempre ante los ojos, como pábulo del alma y fuente de santos pensamientos, la visión de aquella felicidad eterna, llena de todos los bienes.
El recuerdo de los premios eternos será siempre uno de los estímulos más eficaces en nuestra vida cristiana (248). Por grave y pesada que nos resulte en ciertas circunstancias la fidelidad a nuestra fe de cristianos, la esperanza del premio nos la hará más llevadera y reanimará nuestro espíritu, de modo que Dios nos encuentre siempre prontos y alegres en su divino servicio.
Muchos son los misterios ocultos en este último artículo del Credo. Procuremos penetrarlos diligentemente y acomodarlos a la capacidad de nuestros fieles.
Ante todo, notemos que la palabra vida eterna no significa tanto la perpetuidad de la vida - concedida también a los reprobos y a los demonios - cuanto la felicidad que hará eternamente dichosos a los buenos. Así nos parece debió pensar aquel doctor de la Ley cuando dijo al Señor: ¿Qué de bueno haré yo para conseguir la vida eterna? (Mt 19,16). Como si dijera: "¿Qué he de hacer yo para llegar allí donde se goza la felicidad perfecta?" (249) Éste es el auténtico sentido que en la Sagrada Escritura tienen las palabras vida eterna, como puede comprobarse en muchos de los textos (250).
1) Vida eterna ha sido llamada la última y suma felicidad, para que nadie creyere que ésta consiste en bienes materiales y caducos. La sola palabra bienaventuranza no expresa suficientemente la realidad de nuestro último destino, habiendo existido hombres, presuntuosamente sabios, que creyeron poder colocar el sumo bien en la felicidad que proviene de las cosas sensibles (251). Éstas envejecen y mueren; la bienaventuranza, en cambio, no puede circunscribirse a límites de tiempo.
Las cosas de la tierra distan tanto de la verdadera felicidad, que quien quiera alcanzar la eterna bienaventuranza debe necesariamente apartar de ellas su deseo y amor. Está escrito: No améis al mundo ni a lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él la caridad del Padre. El mundo pasa, y también sus concupiscencias (1Jn 2,15-17).
Aprendamos, pues, a despreciar las cosas caducas y convenzámonos de que es imposible conseguir la felicidad en esta vida, donde estamos, no como ciudadanos, sino como peregrinos advenedizos (1P 2,11). Aunque también aquí, en la tierra, podemos poseer la felicidad negándonos a la impiedad y a los deseos del mundo y viviendo sobria, justa y piadosamente en este siglo, con la bienaventurada esperanza en la vida gloriosa del gran Dios y de nuestro Salvador, Cristo Jesús (Tt 2,12-13).
Por no querer entender este lenguaje, muchos, alardeando de sabios, pensaron que la felicidad se ha de buscar en las cosas de la tierra; se hicieron necios y cayeron en gravísimas miserias, trocando la gloría del Dios incorruptible por la ¡semejanza de la imagen del hombre corruptible (Rm 1,21-22).
2) Significamos, además, con las palabras vida eterna, que la felicidad, una vez conseguida, jamás puede perderse. Algunos pensaban así, pero erróneamente; porque, siendo la felicidad el conjunto de todos los bienes sin mezcla de mal alguno, si su posesión no fuera estable, cierta y eterna, dejaría de ser felicidad para convertirse en angustioso suplicio de temor. Y si la felicidad debe llenar todas las aspiraciones del hombre, quien ha llegado a ser bienaventurado no puede dejar de querer que la posesión feliz de todos los bienes que ha conseguido dure para siempre.
Cuan grande sea la felicidad de los bienaventurados que están en la patria celestial, puede deducirse fácilmente de la misma expresión vida bienaventurada. Tan grande, que sólo ellos pueden comprenderla.
Cuando para significar una realidad cualquiera hemos de valemos de un bien común por carecer del propio, es claro que dicha realidad es inexpresable o inefable. Para designar esta bienaventuranza nos servimos de una expresión no exclusiva, sino común; la llamamos vida eterna, locución común a los bienaventurados del cielo y a cuantos poseen una eternidad de vida. Prueba evidente de su grandiosidad y sublimidad, que no puede expresarse con nombre propio.
En la Sagrada Escritura se la designa con múltiples nombres: reino de Dios, reino de Cristo, reino de los cielos, paraíso, ciudad santa, nueva Jerusalén, casa del Padre (252).
Pero es claro que ninguno de ellos expresa suficientemente su grandeza.
El recuerdo de los bienes y premios sublimes expresados en las palabras vida eterna, debe estimularnos a todos a la práctica de la piedad, de la santidad y de todas las virtudes.
La vida es, en verdad, uno de los mayores bienes que el hombre apetece por naturaleza. Por eso al decir vida eterna se define la bienaventuranza como el mejor de los bienes. Si esta misma pobre vida terrena, tan llena de miserias que más que vida podría llamarse muerte, nos resulta tan amable y gustosa, ¿con cuánto mayor ardor y alegría no debemos anhelar aquella vida eterna, que llevará consigo - superados todos los males - la razón absoluta y perfecta de todos los bienes?
Según la concorde opinión de los Padres (253), la felicidad eterna consistirá en la posesión de todos los bienes sin mezcla alguna de mal. Por lo que respecta a la exclusión de los males, son clarísimos los testimonios de la Sagrada Escritura. En el Apocalipsis está escrito: Ya no tendrán hambre, ni tendrán ya sed, ni caerá sobre ellos el sol ni ardor alguno (). Y en otra parte: Enjugará Dios las lágrimas de sus ojos y la muerte no existirá más, ni habrá duelo, ni gritos, ni trabajo, porque todo esto ya es pasado (). Será inmensa la gloria de los bienaventurados e incontables las especies de sus eternas delicias.
Mas lo que en modo alguno puede comprender nuestra inteligencia es la grandeza de esta gloria celeste. Para comprenderla y medirla será necesario que entremos nosotros en aquel gozo del Señor (Mt 25,21), que penetrandonos, saciará perfectamente todos los deseos de nuestro corazón.
San Agustín dice que es más fácil enumerar los males de que estaremos privados que los bienes que hemos de gozar (254). Convendrá, sin embargo, pensar frecuentemente en ellos para inflamarnos en el deseo de conseguir tan gran felicidad.
Y ante todo es necesario distinguir las dos clases de bienes de que nos hablan los más autorizados teólogos:
1) los que constituyen la esencia misma de la bienaventuranza, y
2) los que se derivan de ella como natural consecuencia. Los primeros son llamados esenciales, y los segundos accidentales.
La bienaventuranza esencial consiste en ver a Dios y gozar de Él como de fuente y principio de toda bondad y perfección.
Ésta es la vida eterna - dice el Señor-; que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo (Jn 17,13). Y San Juan parece querer explicar estas palabras del Maestro cuando escribe: Carísimos, ahora somos hijos de Dios, aunque aún no se ha manifestado lo que he - mos de ser. Sabemos que, cuando aparezca, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es (1Jn 3,2).
Esto significa que la vida eterna consistirá en dos cosas: ver a Dios como es en su naturaleza y substancia y llegar nosotros a ser "como dioses". Porque los que gozan de Él, aunque conservan su propia naturaleza, se revisten de una forma tan admirable y casi divina, que más parecen dioses que hombres.
Una pálida idea de este misterio podremos descubrirla en el hecho de que cualquier realidad es conocida por nosotros o en su misma esencia o a través de alguna semejanza o analogía. Y como no existe cosa alguna que tenga tal semejanza con Dios que pueda conducirnos a su perfecto conocimiento, es claro que nadie podrá ver su naturaleza y esencia divina si esa misma esencia no se une de alguna manera a nosotros. Esto parecen significar aquellas palabras del Apóstol: Ahora vemos por un espejo y oscuramente; entonces veremos cara a cara (1Co 13,12). Con la palabra oscuramente - comenta San Agustín - San Pablo quiso significar que no existe semejanza alguna entre las cosas creadas y la íntima esencia de Dios 2o". Lo mismo afirma San Dionisio cuando escribe: "Las cosas superiores no pueden ser conocidas por semejanza de las cosas terrenas" (256).
En realidad, las cosas terrenas únicamente pueden proporcionarnos imágenes corpóreas; y jamás lo corpóreo podrá darnos una idea de las realidades incorpóreas. Tanto más cuanto que las imágenes de las cosas deben tener menos materialidad y ser más espirituales que las cosas mismas que representan, como fácilmente puede apreciarse en cualquiera de nuestros conocimientos. Y como es totalmente imposible que una realidad cualquiera creada pueda darnos una semejanza tan pura y espiritual como es el mismo Dios, de ahí que ninguna de las semejanzas humanas pueda llevarnos a un conocimiento perfecto de la esencia divina.
Las cosas creadas, además, están circunscritas y limitadas en su perfección; Dios, en cambio, es infinito. Ninguna de aquéllas puede, pues, darnos una idea de su infinita e ilimitada inmensidad divina. No queda, pues, otro medio de conocer la esencia divina sino que ella, de algún modo, se una con nosotros, elevando de manera misteriosa e inefable nuestra inteligencia hasta hacerla capaz de contemplar la naturaleza de Dios.
Esto lo conseguiremos con la luz de la gloría (). Iluminados con este resplandor, veremos en su luz la luz (Ps 35,10) (257). Los bienaventurados contemplarán a Dios siempre presente. Y con el don divino de esta luz intelectual - el más grande y perfecto de todos los dones celestiales - serán hechos partícipes de la naturaleza divina (2P 1,4) y gozarán de la verdadera y eterna felicidad.
La certeza de que también nosotros hemos de gozar un día esta divina bienaventuranza es tal, que el Símbolo nos obliga a esperarla con toda seguridad, fundados en la benignidad divina: "Espero la resurrección de los muertos y la vida del siglo futuro".
Cierto que la verdad de la bienaventuranza será siempre un misterio para nosotros, por tratarse de una realidad enteramente divina, que ni puede expresarse con palabras ni ser comprendida por el entendimiento. No obstante, podemos vislumbrarla en algunas pálidas imágenes tomadas de las cosas sensibles: pues así como el hierro puesto al fuego se hace ascua y, conservando su propia naturaleza de hierro, nos parece, sin embargo, fuego verdadero, del mismo modo los bienaventurados admitidos a la gloria celestial, inflamados en amor de Dios, de tal manera se transforman, que, sin perder su naturaleza humana, puede decirse con razón se diferencian más de los que aún viven en la tierra que el hierro incandescente del totalmente frío.
Concluyendo: la suprema y perfecta bienaventuranza que llamamos "esencial" consiste en la posesión de Dios. Y ¿qué podrá faltar para ser perfectamente feliz al que posee a Dios, sumo y perfectísimo bien?
A esta suprema y perfecta felicidad esencial de los bienaventurados hay que añadir otras perfecciones que, por estar más al alcance de la inteligencia humana, suelen conmover y excitar más vehementemente nuestras almas. A ellas parece aludir San Pablo en su Carta a los Romanos: Gloria, honor y paz para iodo el que hace el bien (Rm 2,10).
Los bienaventurados gozaran, en efecto, no solamente de aquella gloria que hemos declarado ser la bienaventuranza esencial o está íntimamente ligada con ella, sino también de la gloria que les producirá el conocimiento claro y preciso que todos y cada uno han de tener del esplendor v dignidad de los demás bienaventurados. Para todos será inmenso honor el sentirse llamados por Dios no ya siervos, sino amigos, hermanos e hijos (258).
Jesucristo, nuestro divino Salvador, les introducirá en su reino con tan consoladoras y amorosas palabras: Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mando (Mt 25,34). Con razón sentirán necesidad de gritar: ¡Cuan sobremanera has honrado a tus amigos, oh Dios! (Ps 138,17). Y el mismo Cristo les alabará delante de su Padre celestial y de sus ángeles y santos (259).
Si a esto añadimos que, por instinto natural, todos deseamos ser estimados y alabados por personajes ilustres en ciencia (), ¿cuan no será el aumento de gloria de los bienaventurados, que tan profunda estima se profesarán los unos a los otros?
Sería también interminable querer enumerar todos los bienes y goces de que estará llena la gloria de los bienaventurados (260); ni aun siquiera podríamos imaginarlos. Baste apuntar que allí poseeremos y gozaremos todos los bienes, todos los goces posibles y apetecibles de esta vida, lo mismo los bienes de la inteligencia que las perfecciones naturales del cuerpo; y esto en tan supremo grado, que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni puede venir a la mente del hombre lo que Dios tiene preparado para los que le aman (1Co 2,9 Is 64,3).
El cuerpo, transformado de terreno en espiritual y de pasible en inmortal, no experimentará allí ninguna de las necesidades de aquí abajo (261).
El alma tendrá la suma felicidad y la plena saciedad en el manjar de la gloria, que Dios irá ofreciendo a todos en su banquete celestial (262).
¿Quién echará allí de menos los vestidos preciosos o los pomposos adornos del cuerpo, inútiles cosas donde todos estarán revestidos de esplendor de inmortalidad (263) y adornados con corona de gloria eterna? (264) O ¿quién suspirará allí por palacios espaciosos y suntuosamente amueblados, cuando será suyo el mismo vastísimo y maravilloso cielo, enteramente iluminado por divino esplendor? Razón tenía el profeta para exclamar cuando contemplaba la belleza de aquella morada del cielo y ardía en deseos de penetrarla: ¡Cuan amables son tus moradas, oh Y ave Sebaot! Anhela mi alma y ardientemente desea los atrios de Y ave. Mi corazón y mi carne saltan de júbilo por el Dios vivo (Ps 88,2-3). ¡Ojalá sea también ésta la súplica constante de todos los cristianos!
En la casa del Padre - dice el Señor - hay muchas moradas (Jn 14,2), en las cuales se dará a cada uno según sus obras (Ps 61,13). Porque el que escaso siembra, escaso cosecha; el que siembra con largura, con largura cosechará (2Co 9,6) (265).
No nos quedemos, pues, en un puro e ineficaz deseo de la eterna bienaventuranza. Recordemos constantemente que los medios seguros para llegar a poseerla son la vida de fe y de caridad, la perseverancia en la oración, la frecuencia de los sacramentos y de la práctica constante de las obras de misericordia hacia el prójimo. Sólo así podemos esperar que la benignidad de Dios, que ha preparado para quienes le aman esta gloria bienaventurada, realice un día en nosotros la promesa que nos hizo por el profeta: Mi pueblo habitará en morada de paz, en la habitación de seguridad, en asilo de reposo (Is 32,18).
(1) La palabra fe, correspondiente a muchos vocablos griegos y hebreos, presenta múltiples significados en los textos escri - turísticos :a) Significa unas veces la fidelidad en el cumplimiento de las promesas para con Dios o para con los hombres (2R 12,15 2R 22,7 1Co 9,22 Ps 32,4 Si 6,15 Si 22,28 Si 27,18 Si 40,12 Si 45,4 Si 46,17 Is 11,5 Is 33,6 Jr 5,1 Lm 3,23 Os 2,20 Os 5,9 Ha 2,4 1MC 10,27 1MC 10,37).b) Otras, la credulidad o asentimiento de la mente a los dichos de los demás (Gn 15,6 Si 25,16 Si 27,17 1MC 15,11 2MC 9,26 2MC 11,19 2MC 12,8).c) Otras, la persuasión firme del poder, benignidad, etc., de Dios (Mt 8,8-13 Mt 9,20-22 Mt 15,28 Rm 4,3 He 11,1-4).d) Otras se emplea en vez de la revelación divina, que es objeto de la fe (Mc 11,22 Jn 14,1).e) Otras, finalmente, se emplea en lugar de la misma conciencia (Rm 14,23).
(2) El acto de fe es psicológicamente complejo y teológicamente dificultoso, porque es oscuridad por esencia, aunque también seguridad y certeza inamovibles.La teología católica, basada primordialmente en los Concilios Tridentino y Vaticano - cada uno enfoca el problema por distinto ángulo: Trento lucha contra la preocupación protestán - tica de la justificación; los Padres del Vaticano, contra el racionalismo imperante en el siglo xix-, nos lo presenta así:"Un asentimiento de la razón (aunque intervenga también la voluntad), cuyo objeto son las verdades reveladas, y cuyo motivo es, no su intrínseca claridad captada por la luz natural de la razón, sino /a autoridad del mismo Dios que revela, que nos merece crédito absoluto, porque ni puede engañarse ni engañarnos" (Trid., ses.6 c.6: DS 498; Vat., ses.3 c.3: DS 1789; cn. 2 de fide: DS 1811).De esta definición, o mejor, descripción, brotan espontáneamente todas las propiedades de la fe:1) El acto de la fe es esencialmente oscuro, porque es un asentimiento intelectual, sin evidencia; no vemos con claridad, como cuando nos dicen que dos y dos son cuatro o cuando se nos ofrece un aserto científico.2) Es, no obstante, infaliblemente cierto, sin posibilidad de equivocación. Con certeza subjetiva de adhesión (nunca el entendimiento asiente tan convencido y tan sin temor a equivocarse) y con certeza objetiva de infalibilidad (nunca existe una garantía tan segura: la misma omnisciencia y veracidad de Dios).3) Consiguientemente, el acto de fe, aunque sea un asentimiento de la razón, debe ser imperado por la voluntad. Porque el entendimiento sólo puede asentir ante la evidencia (es el caso de la ciencia), y ni el objeto ni el motivo de la fe le ofrecen esa evidencia. ¿Cómo actúa entonces el motivo, es decir, la autoridad de Dios, en el entendimiento? ¿Qué hace? No determinarlo a prestar su asentimiento, que es imposible, sino moverlo suficientemente en su línea intelectual para que, determinado por la voluntad, pueda dar su asentimiento. En otras palabras: el entendimiento ve razonable dar un sí, porque la autoridad de Dios le ofrece plena garantía, pero no puede darlo si no se lo manda la voluntad, porque por sí mismo el entendimiento sólo cede ante la evidencia.Es importantísimo el papel que la voluntad desempeña en la fe. Una voluntad sincera, despojada de pasiones, prejuicios y respetos humanos. Muchos* son incrédulos, no por cuestiones de entendimiento, sino porque anda por medio el corazón con sus pasiones: prefieren vivir a sus anchas antes que someterse al yugo de la obediencia.4) Como lógica consecuencia, el acto de fe ha de ser y es esencialmente libre (Vat., ses.3 c.3: DS 1791; ses.3 c.4: DS 1798); porque, aunque sea acto del entendimiento - y éste es faoultad que se mueve necesariamente ante su objeto-, como no se determina por sí mismo, al no haber evidencia, sino por el imperio de la voluntad, ésta puede imperarle o no, porque es libre de hacerlo. Por eso, si ese asentimiento no se prestara libremente, de ninguna manera podría ser un acto de fe.
(3) Al fin se manifestó a los once... Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura (Mc 16,14-15). Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios os exhortase por medio de nosotros (2Co 5,20).
(4) Llámase Símbolo Apostólico por decir relación a los apóstoles. Cómo deba entenderse esta apostolicidad, ha sido y sigue siendo tema de muchas discusiones, aun en el campo católico,Rufino de Aquileya reseña una tradición antigua, según la cual el Símbolo Apostólico era atribuido a los mismos apóstoles. Conviene también en ello San Ambrosio, si bien se refieren los dos a una forma anterior a la redacción definitiva. Más tarde, en el siglo vi, nació la hipótesis de que cada apóstol había compuesto un artículo del mismo.Durante mucho tiempo, en Occidente se admitió sin réplica dicha apostolicidad. En Oriente, en cambio, según testimonio de Marco Efesino en el Concilio de Ferrara - Florencia (1348)-, se ignoraba la existencia de un Símbolo de filiación propiamente apostólica. Por fin, el humanista Lorenzo Valla (f 1457) refutó la apostolicidad estricta de dicho Símbolo.Recientemente, los historiadores se inclinan en general a negar el origen apostólico estricto, conformándose con la admisión de una apostolicidad entendida en sentido lato. Desde luego, católicos y no católicos rechazan de plano la creencia histórica popular de que cada apóstol compusiera su artículo. Están de acuerdo igualmente en suponer que ninguna de las redacciones transmitidas provenga de los apóstoles mismos.Sin embargo, todos opinan también que debe defenderse una verdadera apostolicidad en cuanto a la materia, por coincidií ésta plenamente con la predicación apostólica, y aun en parte en cuanto a la forma, que, sin duda, denuncia una remotísima antigüedad por su Sencillez y concisión notables y por su estilo, eminentemente lapidario.La redacción completa del texto hoy en uso aparece por vez primera en Cesáreo de Arles, a principios del siglo vi. En los siglos iv y v constaba solamente de nueve artículos. Hacia el año 400, Rufino y Nicetas de Remesiana transmitían en latín una fórmula idéntica a la que Marcelo de Ancira enviaba en griego al papa Julio hacia el año 310. Y ambos textos, griego y latino, reflejaban el Símbolo de la antigua liturgia bautismal romana, testimoniada por Tertuliano e Hipólito.Es muy probable que en su primer estadio se trate de la reunión de dos fórmulas de fe antiquísimas : una trinitaria (Padre - Hijo - Espíritu Santo) y otra cristológica (nacimiento, pasión, muerte, resurrección...), ambas del tiempo apostólico (las dos primeras generaciones cristianas), enseñadas con insistencia por el catequista a sus catecúmenos y exigidas ritualmente corno profesión de fe al recibir el bautismo.También es muy probable que la Iglesia romana tuviera muy pronto un texto determinado, basado en la predicación de Pedro y Pablo. En este sentido, algunos autores católicos han opinado que la apostolicidad le viene por esta parte de Pedro y Pablo, como fundadores de la Iglesia romana.Sea de ello lo que fuere, lo que siempre queda seguro es que al Símbolo Apostólico en su contenido podemos aplicarle la idea de apostolicidad que refleja el título del primer catecismo cristiano, la Didajé: "Doctrina del Señor a las gentes por medio de los doce apóstoles".
(5) El Símbolo Apostólico es el más antiguo, pero no el único de la Iglesia. Recordemos junto a él, por su particular importancia, los siguientes:1 ) El Símbolo Niceno - Constantinopolitano, compuesto para aclarar la doctrina sobre la divinidad de la segunda y tercera Persona de la Santísima Trinidad (Nicea, a.325; Constantino - pla, a.381). Este Símbolo es el que recitan actualmente los sacerdotes en la santa misa (D 86).2) El Símbolo Atanasiano, atribuido a San Atanasio de Alejandría (). Es una amplia profesión de fe sobre los dogmas trinitarios y cristológicos. Probablemente fue compuesto en Francia hacia la segunda mitad del siglo v. Aunque los autores modernos sigan disputando sobre el verdadero autor de este Símbolo, todos coinciden, sin embargo, que llegó a alcanzar tanta autoridad en la Iglesia, lo mismo Occidental que Oriental, que entró en el uso litúrgico y ha de tenerse por verdadera definición de fe (D 39).3) Otros Símbolos importantes son: el Toledano (); el de León IX (1049-1054), usado en la consagración de los obispos (D 343); la profesión de fe propuesta por Inocencio III a Durando deHuesca y a sus compañeros valdenses () ; el Símbolo Lateranense (), etc.4) El último de los grandes Símbolos de la Iglesia es la profesión de fe tridentina, síntesis de la doctrina del Concilio de Trento ().5) Tiene también carácter de verdadera profesión de fe el Juramento contra los errores del modernismo ().
(6) El hecho de la creación es dogma fundamental en nuestra santa religión. Son muchos los pasajes de la Sagrada Escritura donde de una manera más o menos explícita se afirma que Dios creó de la nada el mundo y todas las cosas en él existentes. Recordemos, entre ellos, algunos más notables:Al principio creó Dios los cielos y la tierra (Gn 1,1).El creó todas las cosas (Sg 1,14).El que vive eternamente creó juntamente todas las cosas (Si 18,1).Ruégote, hijo, que mires al cielo y a la tierra y veas cuanto hay en ellos, y entiendas que de la nada lo hizo todo Dios, y todo el humano linaje ha venido de igual modo (2 Mac. 7,28).Tal como no la hubo () desde el principio de la creación que Dios creó (Mc 13,19).Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho (Jn 1,3).Porque en Él fueron creadas todas las cosas del cielo y de la tierra, las visibles y las invisibles, los tronos, las dominaciones, los principados, las potestades; todo fue creado por Él y para Él (Col 1,16).Por la fe conocemos que los mundos han sido dispuestos por la palabra de Dios, de suerte qu& de lo invisible ha tenido origen loi visible (He 11,3).Digno eres, Señor, Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú creaste todas las cosas y por tu voluntad existen y fueron creadas (Ap 4,11).Son numerosos los falsos sistemas filosóficos y religiosos que han puesto empeño en negar esta verdad:a) Los materialistas de todos los tiempos (Demócrito, Epicuro, Lucrecio..., Haeckel, Moleschott...), según los cuales el mundo existe desde toda la eternidad, sin que nadie lo haya producido ()b) Los panteístas y emanatisias defienden que todas las cosas finitas, tanto corpóreas como espirituales, han emanado de la substancia divina, o que la esencia divina, por manifestación y evolución de sí misma, se hace todas las cosas ().c) El maniquetsmo enseñó la existencia de dos principios iguales, el bueno y el malo, siempre en lucha continua. Dios () es el autor de las cosas buenas, y otro ser distinto de Dios sería causa de las cosas que ellos llaman malas ().Contra todos ellos están, además de los citados testimonios de la Escritura, las explícitas definiciones de los Concilios de la Iglesia:Firmemente creemos y simplemente confesamos que uno solo es el verdadero Dios, eterno...: uno solo principio de todas las cosas, Creador de todas las cosas, de las visibles y de las invisibles, espirituales y corporales; que por su omnipotente virtud a la vez desde el principio del tiempo creó de la nada a una y otra criatura, la espiritual y la corporal ().Si alguno no confiesa que el mundo y todas las cosas que en él se contienen, espirituales y materiales, han sido producidas por Dios de la nada según toda su substancia, sea anatema ().
(7) Así, pues, amados míos.,,, con temor y temblor trabajad vuestra salud, pues Dios es el que obra en vosotros el querer y el obrar según su beneplácito (Ph 2,12 2Co 7,15 Ep 6,5).
(8) "Dependiendo el hombre totalmente de Dios, como de su Creador y Señor, y estando la razón humana enteramente sujeta a la Verdad increada, cuando Dios revela, estamos obligados a prestarle por la fe plena obediencia de entendimiento y de voluntad" ().
(9) Lutero, a quien siguió el protestantismo de la primera época, introdujo en teología la noción de fe fiducial, llevado no tanto por razones objetivas cuanto por la necesidad psicológica de dar sosiego a sus dudas y angustias interiores.La justificación, ese proceso por el que el hombre alcanza o recupera la amistad divina perdida por el pecado, es para el protestantismo algo puramente extrínseco; no hay verdadera remisión del pecado ni renovación del alma. El perdón de Dios, un no querer mirar nuestras miserias, que, "aunque encubiertas y tapadas por la justicia y santidad de Cristo", en definitiva permanecen en el alma. El hombre, corrompido y sin libertad, no puede aportar nada positivo a ese proceso: su actitud es la de un ser inerte que espera pasivamente. ¿Qué hará entonces? Lo único que le queda es revestirse de esa fe que Luterò llama "fiducial"; fe que no exige nada en nuestra vida de cristianos; fe que se reduce a una confianza entregada, meramente pasiva, y en pura actitud de espera.Frente a esa concepción protestante, el Concilio de Trento enseñó que el hombre, aunque viciado por el pecado original, aún tiene energías para cooperar libremente con la gracia. La justificación es una verdadera transformación; los pecados, al ser perdonados, no dejan ni huella siquiera en el alma. Por ella el pecador se renueva por completo y se adorna con la misma amistad divina que tuviera antes del pecado. El hombre, por tanto, puede y debe cooperar, aunque libremente, en ese proceso de acercamiento a Dios.El primer acto de la justificación es la profesión de fe; fe que en nuestra doctrina es ante todo un asentimiento de la razón a la verdad revelada; fe racional, fe dogmática, como se la llama en teología, en oposición a la fiducial de los protestantes. Pero además, una fe que no consiste ni puede consistir en la pasividad de la fe fiducial, inerte y lánguida; para ser verdadera fe ha de ir acompañada, como dice el Tridentino, de actos de otras virtudes. En otras palabras: fe viva y operante, corroborada por nuestra vida y obras; fe, en suma, que tenga un eco constante en nuestra conducta de cristianos.Así lo enseñó San Pablo en sus Epístolas, especialmente en la dirigida a los fieles de Roma. Ya entonces no faltó quien falsificara la doctrina del Apóstol, entendiendo una fe fría y sin aliento vital, porque San Pablo insistía en la fuerza de la fe frente a las obras de la ley mosaica. Más tarde los protestantes hurgaron en San Pablo para presentarlo como primer patrón de la justificación por la sola fe sin obras.Pero la doctrina que se defendió en Trento era ya muy antigua y tradicional. Tan antigua como el mismo Cristo. El apóstol Santiago, saliendo al paso de las torcidas interpretaciones a la Carta de los Romanos, escribía hacia la mitad del siglo I: ¿Qué le aprovecha, hermanos míos, a uno decir: Yo tengo fe, si no tiene obras? ¿Podrá salvarle la fe? Si el hermano o la hermana están desnudos y carecen del alimento cotidiano, y alguno de vosotros le dijere: Id en paz que podáis calentaros y hartaros, pero no le diereis con qué satisfacer la necesidad de su cuerpo, ¿qué provecho le vendría? Así también la fe, si no tiene obras, es de suyo muerta... Pues como el cuerpo sin el espíritu es muerto, así también es muerta la fe sin las obras ().Estas palabras del apóstol Santiago, a la vez que son defensa inconmovible de la verdad católica contra el protestantismo, constituyen para todos un importante tema de reflexión y consideración. La Iglesia necesita hombres con obras; hombres que encarnen en su vida hasta las últimas exigencias de esa fe que pregonan con los labios; sobran los teorizantes y faltan los convencidos de verdad. Porque el mundo se va cansando ya de tanta palabrería y de tantos programas, de tantos apóstoles de oratoria y de tantos profetas jeremíacos, que no se cuidan de confirmar con sus vidas lo que predican con sus labios o fustigan en los demás. Hoy más que nunca van sobrando los espíritus sentimentalistas, las almas de cuatro nociones generales y otros cuatro ritos o devocioncitas mal entendidas y peor practicadas. Nos urgen espíritus recios, almas vigorosas, cristianos de auténtico temple, lo mismo dentro que fuera, en casa que en la calle.Como el árbol se conoce y valora por los frutos, así la intensidad de influencia de nuestra fe no puede medirse más que por los frutos de vida cristiana con que respondamos a ella. El Papa se quejaba no hace mucho de este lamentable fallo de nuestro cristianismo actual, y pedía a las Juventudes Femeninas de Acción Católica que, como mayor baluarte y defensa del cristianismo, fueran conscientes de su fe y consecuentes con ella. No olvidemos las palabras de Jesús: No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre (Mt 7,21); y aquellas otras: Pues a todo el que me confesare delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre, que está en los cielos; pero a todo el que me negare delante de los hombres, yo le negaré también delante de mi Padre, que está en los cielos (Mt 10,32-33).
(10) El dogma de la existencia de un solo Dios, Creador y Señor de cielos y tierra, fue siempre la primera y más solemne profesión de fe de todos lols Símbolos de la Iglesia y una de las verdades más insistentemente definidas en los Concilios:La santa Iglesia católica, apostólica y romana cree y confiesa que hay un solo Dios verdadero, creador y señor del cielo y de la tierra, omnipotente, inmenso, incomprensible, infinito en su entendí* miento y voluntad y en toda perfección ().Sería igualmente interminable la enumeración de textos es - criturísticos donde explícitamente se afirma la existencia de un solo y verdadero Dios ().
(11) Dijo Yavé a Moisés": Mira, te he puesto como dios parael Faraón, y Arón, tu hermano, será tu profeta (Ex 7,1).Yo dije: Sois dioses, todos vosotros sois hijos del Altísimo (Ps 82,6).
(12) Prefacio de la Santísima Trinidad ().
(13) Prefacio de la Santísima Trinidad ().
(14) SAN AGUSTÍN, De civitate Dei, 1.12 c.9: ML 41,357.
(15) Niegan esta verdad los fatalistas y deterministas. Con sus pesimistas teorías filosóficas pretenden destruir la moral y la religión, haciendo del hombre una máquina automática y un esclavo de las circunstancias y negando que seamos responsables de nuestras acciones, buenas o malas.Que el hombre está dotado de libre albedrío, es decir, que goza de plena libertad en el orden psicológico y moral, es un hecho de palpable evidencia (), una verdad perfectamente demostrada en sana filosofía y, poi si faltara algo, una tesis definida por la Iglesia como verdad de fe. En ella radica precisamente el fundamento de la responsabilidad moral de nuestros actos:"Si alguno dijere que el libre albedrío del hombre, movido y excitado por Dios, no coopera en nada, asintiendo a Dios, que le excita y llama para que se disponga y prepare para obtener la gracia de la justificación, y que no puede discutir, si quiere, sino que, como un ser inánime, nada absolutamente hace, y se comporta de modo meramente pasivo, sea anatema"."Si alguno dijere que el libre albedrío del hombre se perdió y extinguió después del pecado de Adán, o que es cosa de sólo título o más bien título sin cosa, invención, en fin, introducida por Satanás en la Iglesia, sea anatema"."Si alguno dijere que no es facultad del hombre hacer malos sus propios caminos, sino que es Dios el que obra así las malas como las buenas obras, no sólo permisivamente, sino propiamente y por sí, hasta el punto de ser propia obra suya no menos la traición de Judas que la vocación de Pablo, sea anatema" ().Ni son menos explícitos los testimonios de la Sagrada Escritura a este respecto. Baste como botón de muestra el siguiente:Dios hizo al hombre desde el principio y le dejó en manos de su libre albedrío.Si tú quieras, puedes guardar sus mandamientos, y es de sabios hacer su voluntad.Ante ti puso el fuego y el agua; a lo que tú quieras tenderás la mano.
Ante el hombre están la vida y la muerte; lo que cada uno quiere le será dado (Si 15,14-18).
(16) "Creemos en un solo Dios Padre omnipotente, creador de todas las cosas, de las visibles y de las invisibles" (C. Nic. I () contra los arríanos: D 54).
(17) La verdad de la Providencia divina, que ordena todas las cosas a un fin, es un principio que la sana razón demuestra con absoluta certeza y la fe nos obliga a retener. Tan primaria y profunda es esta enseñanza, que existe arraigada en el sentir de todos los pueblos y ha sido defendida en todos los tiempos. Los errores, siempre en pequeñas minorías, radican casi siempre en la dificultad de conciliación con otras verdades que, por evidentes, tampoco es posible negar. Que estas dificultades son serias, es indudable. Es condición de la mente humana y exigencia de aquellas verdades, que son expresión de una realidad divina. En ésta se esconde siempre, por su infinita y trascendente grandeza, un algo que escapa a la mente humana, pequeña y limitada. Es la razón suprema de misterio, que nos oculta a la divinidad, con la que primordialmente nos une la fe. Mas ante el misterio no cabe la negación o la duda, sino la aceptación reverente. Por otra parte, como veremos, las dificultades tienen solución plena en la teología católica y en la razón.La Providencia es la ordenación que existe en la mente divina de todas las cosas al fin. Supone, pues, un acto de la mente en Dios por el que conoce el fin y los medios, y otro en la voluntad, por el que intenta el fin y exige los medios que a él conducen.El C. Vaticano () definió solemnemente la verdad de la Providencia divina: "Dios con su providencia conserva y gobierna cuanto creó, alcanzando de un confín a otro poderosamente y disponiéndolo todo suavemente" (Sg 8,1). Porque todo está patente y desnudo ante sus ojos (He 4,13), aun lo que ha de acontecer por libre acción de las criaturas" (D 1784).Ya anteriormente había sido enseñada la misma verdad por el C. Bracarense, contra el fatalismo priscilianista (D 239); e Inocencio II en la profesión de fe propuesta a los valdenses (421) exigía admitir como perteneciente a la fe la existen - cía de la providencia universal.En la Sagrada Escritura y en la Tradición abundan igualmente textos explícitos y terminantes:Dios es el que cubre el cielo de nubes, el que prepara la lluvia para la tierra, el que hace que broten hierba los montes para pasto de los que sirven al hombre... (Ps 147,8).Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Mirad a los lirios del campo cómo ciccen: no se fatigan ni hilan. Y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se arroja al fuego, Dios así la viste, ¿no hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe? (Mt 6,28-30).La gran dificultad contra la Providencia es la existencia del mal en el mundo. Si Dios se acuerda de sus criaturas y se preocupa de ellas, ¿por qué permite el mal en el mundo? Siendo como es bueno y omnipotente, ¿por qué deja Dios que prosperen los malos, mientras tantos virtuosos y aun santos se ven afligidos por injusticias y Isujetos a mil miserias?Reconocemos la arduidad del problema. Sería jactancia ridicula el querer resolverlo de un simple plumazo. Nos encontramos ante un verdadero misterio: ¿Qué hombre podrá conocer los consejos de Dios y quién podrá atinar con lo que Él quiere? (Sg 9,13),Condenamos desde luego como absurdas las soluciones inventadas por religiones y filosofías extrañas. No resuelven el problema ni el dualismo maniqueo de Persia, con su doble principio, bueno y malo, siempre en lucha continua; ni el pesimismo fundamental de Schopenhauer, que declaró ser el mundo demasiado malo para haber salido de las manos de Dios; ni el optimismo metafisico de Leibniíz, según el cual este mundo es el mejor (?) de todos los mundos posibles; ni la fútil e ingenua explicación del dios "finito", que nos aligera la carga del mal, llevando Él parte de lo que no puede aniquilar.Para solucionar la dificultad, tengamos presentes los siguientes principios: 1) la distinción entre providencia general y particular. Aunque en Dios, unidad simplicísima, no cabe distinción en su obrar, podemos aplicarle, según nuestro modo de concebir, doble actuación de una misma providencia; como provisor general, ordena todas las cosas a un fin común: la gloria divina, prescindiendo de las circunstancias concretas de cada cosa; como provisor particular, dirige a cada una a su fin propio, que es la perfección de su ser, en cuya consecución realiza el fin supremo.2) El mal, que no es simple carencia de bien, sino privación de un bien que debía existir, puede ser físico y moral.3) La voluntad se puede determinar a un objeto aceptán dolo con un acto positivo de quererlo, puede permitirlo o puede rechazarlo positivamente.Esto supuesto, podrá ya nuestra pobre razón, siempre iluminada por la fe, arrojar alguna luz sobre el misterioso problema:a) El mal físico repugnaría en Dios como provisor particular, porque no estaría de acuerdo con su santidad ni sabiduría querer ese mal para una criatura, considerada en concreto y sin ninguna relación a otro fin.Pero no repugna, y hasta puede quererlo positivamente, como provisor general, ordenándolo a un fin superior, que en este caso puede ser el mismo bien moral de la criatura. El martirio, mal físico por excelencia, es el mayor bien que se le puede conceder a una criatura en el orden moral.b) El mal moral encierra mayor dificultad, porque no se ve cómo lo pueda ordenar Dios a otro fin. Conviene distinguir lo que en el pecado - mal moral - hay de entidad física () de lo que tiene de desviación de una norma de moralidad ().El mal moral sólo puede darse en los seres racionales, dotados, por tanto, de libertad.Según esto, el primer aspecto del mal moral (), Dios no puede rechazarlo, lo quiere. El segundo aspecto, es decir, aquella desviación que dice a una regla, Dios ni lo quiere ni puede quererlo; simplemente lo permite, respetando el don más precioso del hombre, la libertad, que, aunque concedida a éste para su perfección, a veces, abusando de él, lo utiliza para ofenderle.Ahora bien: ¿se puede explicar la permisión del mal moral? Es decir, ¿existe alguna causa que dé tazón - cohoneste, podemos decir - esta divina permisión? Sí, y son éstas:a) la suavidad de la Providencia divina, que se acomoda a la naturaleza de todos los seres. Y es propio de los seres libres poder obrar conforme a una norma establecida por Dios, o separarse de ella;b) la natural defectibilidad de las cosas creadas, por su propia limitación;c) la plena manifestación de todas las perfecciones divinas: su justicia en el castigo del mal y su bondad en el premio de los buenos.d) el mal puede ser ordenado al bien. Dios, como provisor general, ordena infaliblemente todo al fin común; como provisor particular, ordena todas las cosas a su fin concreto; mas, respetando su propia naturaleza, permite que puedan no conseguirlo.
(18) Hablan los teólogos de varios estados de naturaleza. Unos posibles, que nunca llegaron a la realidad; otros reales a lo largo de la historia.
A) Posibles: 1) Naturaleza pura: el hombre con todo lo que es, exige y sobreviene a su naturaleza. El hombre sin los dones preternaturales (), sin los sobrenaturales y sin el pecado original, que es extranatural.
2) Naturaleza íntegra: el hombre natural con el don de la inmortalidad y el de la integridad ().
3) Naturaleza elevada: el hombre natural sin inmortalidad ni integridad, pero adornado con los dones sobrenaturales.
B) Reales:
1) Estado de justicia original: el de Adán, antes del pecado. Dones sobrenaturales y preternaturales ornamentando los dones naturales.
2) Naturaleza caída: despojada de los dones sobrenaturales y preternaturales y desvirtuada aún en los mismos naturales.
3) Naturaleza caído - reparada.- reintegrada a su primitivo estado por la gracia de Cristo. Libre del pecado original, el hombre recibe realmente en esta vida los dones sobrenaturales y espera los preternaturales en la otra vida. Respecto de los naturales, aunque recuperado, no los adquiere en su pleno vigor.
Estos dos últimos estados se consideran a veces como uno solo, en cuanto que, después de la caída original, aunque no hubiera reparación real e instantánea, ya la hubo intencional -podríamos decir - por la promesa liberadora. En ese caso no habría discontinuidad entre la caída y la reparación; sería un solo estado: naturaleza caído - reparada ().
(19) La existencia del pecado original es una verdad que nos consta solamente por la fe. La razón natural no puede conocerla por sí sola. Es más: las mismas miserias corporales y morales de esta vida no inducen tampoco a su existencia, como a veces se pretende, porque en última instancia esas mismas miserias existirían en el estado de naturaleza pura.
¿Qué nos enseña la fe sobre el pecado original? Empecemos por decir que el pecado, transgresión voluntaria de la ley de Dios, encierra en su concepto dos notas esenciales: desorden () y voluntariedad (). Estas dos condiciones de uno u otro modo se encuentran necesariamente en toda clase de pecado; de fallar alguna de ellas, no habría pecado.
Por tazón de la causa de que proceden, dividen los teólogos los pecados en original () y pecado personal ().
El pecado original no lo hemos cometido los hombres por un acto propio, pero lo hemos contraído ciertamente como propio, transmitido a través de la generación. Es una verdad inaccesible a la razón. La fe, basada en la Sagrada Escritura (Rm 5,12-19) y definida en Cartago (), Orange () y sobre todo en Trento (), enseña:
a) que Adán pecó;
b) que con su pecado no sólo se perjudicó a sí mismo, si no a toda su descendencia;
c) que para sí y para su estirpe perdió aquella santidad () y dones extraordinarios () con que Dios le adornara al crearlo;
d) que, en fin, no sólo hemos heredado de Adán esas desgracias, sino su mismo pecado, que también a nosotros se nos imputa como propio, aunque de distinta manera. En Adán, el pecado original ("originante", que llaman los teólogos) es personal, cometido por un acto físico de su voluntad; en nosotros () es pecado también propio, pero habitual, "mancha de pecado" que dice Santo Tomás ().
(20) El Concilio Tridentino, al explicar el modo de transmisión del pecado original, se limitó a decir que se verifica por la generación (). Es ésta, por tanto, una verdad de fe.
Pero ¿en qué sentido influye la generación en la transmisión del pecado original? Aquí es donde intervienen ya los teólogos, aplicando los conceptos de "causa" y "condición sine gua non". Causa supone una influencia, una verdadera actuación en el nacimiento del ser de otra cosa; la condición, en cambio, no influye sobre el ser; es absolutamente necesaria () para que la cosa suceda; sin ella la causa no podía producir el ser, pero de ella no depende ese ser.
Aplicando estos conceptos al dogma de la transmisión del pecado original, diremos que la generación es causa de la propagación de la naturaleza (), pero con relación al pecado original, no es más que condición. Sin la generación no se transmite el pecado, pero de ella no depende ese ser de pecado. Aquilatando un poco, diríase más bien que el pecado se transmite con la generación, no por generación. De igual manera que se transmitiría con la generación, no precisamente por la generación, aquella santidad primera de Adán, de no haber incurrido él en el pecado.
Otro problema que atormenta a veces a las almas con relación al pecado original es el de su voluntamdc.J. Voluntariedad que por otra parte hay que salvar a toda costa, pues de lo contrario no habría pecado. Se trata de un elemento esencial al mismo.
¿Cómo puede imputarse a nuestra voluntad un pecado que nosotros no hemos cometido? ¿No es acaso Dios injusto? Aquí está precisamente el punto neurálgico: el misterio del pecado original.
Los teólogos han excogitado diversas teorías para explicarlo, sin que tal vez ninguna de ellas satisfaga completamente. Acaso podamos decir que la de Santo Tomás es la que más aquieta nuestra incertidumbre: el Señor - según la concepción tomista - concedió aquellos privilegios sobrenaturales y preternaturales no a la persona de Adán, no al Adán histórico, sino al Adán cabeza del género humano, como depositario de unos tesoros que no eran Sólo para él, sino para todos sus deseen-
dientes; porque nosotros, eternamente presentes a Dios, estábamos concentrados en aquel instante, todos unidos por la misma naturaleza en Adán. De esta manera, al pecar Adán, no sólo hemos heredado las consecuencias de su pecado, sino que de algún modo pecamos todos.
Ciertamente el velo del misterio no se descorre, porque entonces dejaría de serlo, pero de algún modo pueden comprenderse con esta explicación los inescrutables juicios de Dios. Por tanto, no se puede tachar de injusto a Dios, porque del castigo infligido por Él también nos hicimos nosotros acreedores en virtud de un pecado que es tan nuestro como de Adán, aunque de distinta manera. Además de que, como dones enteramente gratuitos, Dios podía quitárnoslos cuando quisiera.
(21) En la sesión 5.a () del Concilio de Trento se definió que sólo por el mérito de Cristo podía perdonarse el pecado original (D 790). El hombre, corrompido por el pecado, había contraído en cierto modo una deuda infinita con Dios, porque el pecado, por razón de la persona ofendida, contenía en sí cierta infinitud ("pecado de algún modo infinito", que dice Santo Tomás).
¿Cómo salir de ese estado de postración? El hombre no podía hacerlo con sus propias fuerzas, según doctrina de los Padres. "Podrá el hombre - escribe San Agustín - venderse por el pecado, pero no puede redimirse a sí mismo de sus propias iniquidades" ().
Por otro lado, es cierto que Dios podía no querer la redención del hombre. Era absolutamente libre en concedérsela o no, porque en definitiva se trataba de algo sobrenatural, enteramente gratuito para el hombre. Gratuitamente le elevó al orden sobrenatural, y gratuitamente también lo reintegraría a ese mismo orden (Ep 1,7 Ep 2,4 Rm 9,16 Rm 9,18).
Ahora bien, supuesta la libre voluntad divina de redimir al hombre, ¿era necesaria la encarnación del Verbo? ¿En qué sentido? Los teólogos desentrañan a este respecto los conceptos de satisfacción y mérito, distinguiendo como un triple grado de reparación :
1) rigurosamente justa;
2) de condigno;
3) de congruo.
En otras palabras: en la relación que lleva consigo la justicia hay cuatro términos correlativos, dos a dos: ofensa y mérito, ofendido y reparador. Si hay igualdad absoluta entre los cuatro, la satisfacción es rigurosamente justa; si sólo la hay entre la ofensa y el mérito, pero no entre el ofendido y el reparador, porque éste recibe del primero la posibilidad y hasta el mismo modo de reparación, la satisfacción es sólo de condigno. Si ni siquiera hay igualdad entre ofensa y mérito, y el perdón proviene únicamente de la aceptación misericordiosa de Dios, entonces la reparación se llama de congruo.
Supuestos estos principios, es lógico concluir que la encarnación del Verbo de Dios no es necesaria en absoluto para la redención del hombre, porque esto supondría una limitación de la omnipotencia divina.
Es doctrina cierta en teología que, si Dios quería una reparación con todo el rigor de la justicia, era absolutamente necesario que el Verbo se encarnara, aunando en su persona la doble naturaleza humana y divina. ¿Por qué? Porque sólo así podía salvarse la igualdad entre los cuatro términos mencionados. Cristo, en cuanto hombre, tenía plena capacidad de padecer y merecer; y en cuanto Dios daba valor infinito a esos merecimientos, ostentando una verdadera igualdad con el ofendido (), porque en cuanto Dios no le era inferior.
También se sigue lógicamente que para los otros dos modos de reparación (de condigno y de congruo), en común sentir de los teólogos, no era necesaria la Encarnación. Dios podía crear para repararle, una criatura adornada de las gracias más extraordinarias o podía simplemente aceptar el obrar recto del hombre.
Como quiera que sea, siempre se puede decir que la encarnación del Verbo, si no necesaria, sí era al menos muy conveniente para el hombre, como brillantemente expone Santo Tomás, porque por ella el hombre se acerca más al bien y se aparta más fácilmente del mal. Por ella se excita en nosotros la fe, porque el Dios escondido de la fe se nos hace palpable en la humanidad de Cristo: En verdad os digo que el que cree en mi tiene ya la vida eterna (Jn 6,47). Por la Encarnación reverdece en nosotros la esperanza, porque ese Dios socorredor que invocamos por ella es el mismo que nos dice: Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré (Mt 11,28). La Encarnación, en fin, hizo renacer en nosotros la menospreciada virtud de la caridad: Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo (Jn 3,16). ¡Quién no amará a quien tanto nos amó! (cf. Adeste, fideles, en la liturgia de Navidad). Y más razones bellas y expresivas expone Santo Tomás (III 1,2).
(22) Dijo Y ave a Abraham: "Sarai, tu mujer, no se llamará ya Sarai, sino Sara, pues la bendeciré, y te daré de ella un hijo, a quien bendeciré, y engendrará pueblos, y saldrán de él reyes de pueblos (Gn 17,15-16).
Yavé dijo: "¿Voy a encubrir yo a Abraham lo que voy a hacer, habiendo él de ser, como será, un pueblo grande y fuerte y habiendo de bendecirle todos los pueblos de la tierra? (Gn 18,17-18).
(23) El cumplimiento de las profecías mesiánicas es una de las garantías fundamentales de la divinidad de Jesucristo y, por consiguiente, del origen divino del cristianismo.
El ciclo de los profetas mesiánicos se abre con la primera página de la Biblia en el llamado Protoevangelio, o primer anuncio del Salvador. Después todo el Antiguo Testamento tendrá una función profética prefigurativa y preparatoria de los tiempos mesiánicos.
Los profetas (profeta o "nabí" es el que habla en nombre de Diosi) anunciaron cada uno parcialmente, pero en conjunto de una manera maravillosamente completa, las dotes esenciales y rasgos característicos de la persona y de la obra del Mesías venidero.
El cumplimiento de tales profecías en la persona de Cristo es evidente a través del Evangelio, de la literatura neotesta - mentaria y de la historia de la Iglesia. Jesucristo mismo acudió muchas veces al argumento de los vaticinios cumplidos en su propia persona. Y lo mismo hacen los escritores sagrados del Nuevo Testamento, constatando expresamente en sus narraciones hechos anunciados muchos siglos antes por los profetas.
Las profecías mesiánicas pueden reducirse a cinco grupos:
1.° Profecías sobre las circunstancias históricas y ascendencia humana del Mesías.-Será la expectación de todas las naciones (Ag 2); le precederá un precursor (Is 40); nacerá cuando a Judá le haya sido arrebatado el cetro, o sea, el poder y la independencia política (Gn 49 Ag 2); será descendiente de Abraham (Gn 22); de la tribu de Judá (Gn 49); de la estirpe de David (Is 9); nacerá de una virgen (Is 7); en Belén ().
2.° Profecías sobre las obras de Jesucristo.-Andará en busca de las ovejas descarriadas, lavantará a los caídos, curará a los heridos, confortará a los débiles, conducirá las almas por el camino de la justicia (Ez 34); consolará a los afligidos, anunciará la Buena Nueva a los humildes y a los pobres (Is 71); obrará grandes prodigios en favor de los ciegos, de los sordos, de los mudos y de los lisiados (Is 35); lleno del espíritu de Dios, llevará a cabo su misión con mansedumbre y dulzura (Is 42).
3." Profecías sobre su pasión y muerte.-Será el varón de dolores (Is 53); traicionado (Ps 51); vendido por treinta de - narios (Za 11); será abofeteado y le darán a beber hiél (Is 50 Ps 69); muerto (Da 2); taladrado de manos y pies (Ps 22); sus vestidos serán repartidos y echados en suerte (Ps 22).
4." Profecías sobre la fundación y difusión del cristianismo. Predicará primero en Judea; la palabra de Dios será después anunciada al mundo, a los pueblos sumergidos en las sombras de la muerte, que vendrán a la luz del Evangelio (Is 43,60); una nueva alianza reunirá a todos los pueblos (Is 49 Jr 21).
5.° Profecías sobre la institución de un nuevo culto y sacri - ficio divino.-Los sacrificios del templo de Jerusalén serán sustituidos por una oblación pura, que será ofrecida en todos los pueblos (); y el sacrificio de la nueva alianza será ofrecido por los sacerdotes de todas las naciones (Is 65); ministros de un Pontífice supremo, eterno, prefigurado en el rey - sacerdote Melquisedec, que ofreció a Dios un sacrificio de pan y vino (Is 66 Ps 110).
(24) Cf. Si 46,1 Za 3,1-9 Za 6,11 Ag 1,1-12 Ag 1,14.
(25) Cf. 1Ch 6,14 2Ch 3,2-8 2Ch 5,2 2Ch 10,18 Si 49,14 Ag 1,1 Ag 1,12 Ag 1,14 Ag 2,3 Ag 2,5 Za 6,11.
(26) Y dile: así habla Y ave Sebaot, diciendo: He aquí que el varón cuyo nombre es Germen, y del cual se producirá germinación... (Za 6,12). Porque nos ha nacido un niño, nos ha sido dado un hijo, que tiene sobre su hombro la soberanía, y que se llamará maravilloso Consejero, Dios fuerte. Padre sempiterno, Príncipe de la paz (Is 9,6).
(27) Y luego revestirás a Arón de sus vestiduras sagradas, y le ungirás, y le consagrarás, y será sacerdote a mi servicio (Ex 40,13). Mañana, a esta misma hora, yo te mandaré a un hombre de Benjamín, y tú le ungirás por jefe de mi pueblo (1S 9,16). Pero David le dijo: "No le mates. Quien pusiere su mano sobre el ungido de Yavé, ¿quedaría impune?" (1S 26,9).
(28) La unción de los sacerdotes y reyes en Israel vino a tener una significación especial, equivalente a nuestra coronación y consagración.
Cogió Samuel una redoma de óleo, la vertió sobre la cabeza de Saúl y le besó diciendo: "Yave te unge por príncipe de su heredad. Tú reinarás sobre el pueblo de Yavé y le salvarás de la mano de los enemigos que le rodean. Esto te será señal de que Yavé te ha ungido como jefe de su heredad..." (1S 10,1).
Vinieron los hombres de Judá y ungieron allí a David rey de la casa de Judá (2S 2,4).
(29) No toquéis a mis ungidos, no hagáis mal a mis profetas (1S 26,9 y 1Ch 16,22).
(30) Yo les suscitaré de en medio de sus hermanos un Profeta como tú, pondré en su boca mis palabras, y él les comunicará todo cuanto yo le mande (Dt 18,18).
Y "les habló Jesús, diciendo- Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá luz de vida (Jn 12,1).
Yo soy el que da testimonio de mí mismo (Jn 12,18).
Tenga, pues, por cierto toda la casa de Israel que Dios le ha hecho Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado (Ac 2,36).
(31) Dentro de la finalidad primaria de esta Carta - demostrar la superioridad de la ley evangélica y su culto sobre la ley y el culto mosaico-, ofrece extraordinario interés la comparación que hace San Pablo entre el sacerdocio de Cristo y el sacerdocio de Arón, para concluir después la absoluta superioridad del sacerdocio cristiano sobre el sacerdocio levítico.
Comienza San Pablo anunciándonos un gran Pontífice, que penetró en los cielos, Jesús, el hijo de Dios..., que fue tentado a semejanza nuestra, menos en el pecado (He 4,14).
En los primeros versos del capítulo 5 define a todo pontífice como tomado de entre los hombres, en favor de los hombres e instituido para las cosas que miran a Dios, para ofrecer ofrendas y sacrificios por los pecados, para que pueda compadecerse de los ignorantes y extraviados, por cuanto él está también rodeado de flaqueza, y a causa de ella debe por sí mismo ofrecer sacrificios por los pecados igual que por el pueblo (He 5,1-3).
Insiste el Apóstol en la experiencia que tenía Jesucristo de nuestra flaqueza para compadecerse de nosotros, símbolo de la bondad comprensiva con que todo sacerdote debe tratar a sus hermanos.
Cristo es sacerdote según el orden de Melquisedec. Y su sacerdocio es infinitamente superior al levítico, imagen y sombra de aquél (He 7,5-19).
Mientras los sacerdotes de la Ley ofrecían sus oblaciones y sacrificios en un santuario que es imagen y sombra del celestial (He 8,5), Cristo está sentado a la diestra del trono de la Majestad de los cielos (He 8,1) y es mediador de una más excelente alianza, concertada sobre mejores promesas (He 8,6).
A continuación describe el Apóstol el santuario de la antigua alianza, figura todo ello que mira a los tiempos presentes (He 9,9). Pero Cristo, Mediador de esta nueva alianza, por su muerte da a los que han sido llamados las promesas de la herencia eterna.
Prueba San Pablo la necesidad de la muerte y del sacrificio de Cristo por la Ley, sombra de los bienes futuros, que en ninguna manera puede con los sacrificios... perfeccionar a quienes los ofrecen (). Cristo, en cambio, con una sola oblación perfeccionó para siempre a los santificados.
Teniendo, pues, hermanos, en virtud de la sangre de Cristo, firme confianza de entrar en el santuario que Él nos abrió, como camino nuevo y vivo a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con sincero corazón, con fe perfecta, purificados los corazones de toda conciencia mala y lavado el cuerpo con el agua pura. Retengamos firmes la confesión de la esperanza, porque es fiel el que la ha prometido (He 10,19-23).
(32) Los profetas nos habían anunciado muchos siglos antes que Cristo nacería de la estirpe real de David (Is 9,7). En los Salmos fue cantado el Mesías como Rey glorioso y poderoso que establecería la justicia en la tierra (Ps 2,6-9 Ps 71,1-20 Ps 109,1-4). En los mismos Evangelios aparecen como sinónimos los títulos de Mesías e Hijo de David (Mt 11,27 Mt 13,23).
Como hijo adoptivo de José - que pertenecía a la casa y familia de David (Mt 7,17 Lc 3,23-28)-, heredó Cristo el carácter legal de descendiente de la estirpe y prosapia davídica. Como verdadero hijo de María - igualmente descendiente de la estirpe de David-, nació Cristo real y propiamente de la descendencia de David (Rm 1,3 He 7,14 Ap 5,5 Ap 22,16).
(33) Padre, llegó la hora; glorifica a tu Hijo, para que el Hijo te glorifique, según el poder que le diste sobre toda carne, pura que a todos los que tú le diste les dé Él la vida eterna (Jn 17,1-2).
Preciso es que Él reine hasta poner a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo reducido a la nada será la muerte, pues ha puesto todas las cosas bajo sus pies... (1Co 15,25-26).
Tiene sobre su manto y sobre su muslo escrito su nombre: Rey de reyes, Señor de señores (Ap 19,16).
Sobre la realeza de Cristo véase la magnífica carta encíclica Quas primas, de Su Santidad Pío XI ().
(34) La Encarnación, es decir, la realidad de un sujeto que se manifiesta como hombre y Dios simultáneamente, es un misterio estricto, cuya existencia y esencia ni podemos probar ni comprender. Por eso precisamente, por la dificultad intrínseca del misterio, nada tiene de extraño que la razón humana, al intentar hacerlo inteligible pe r la analogía, haya errado muchas veces y se haya desviado con facilidad. No se puede olvidar nunca que los misterios tienen una barrera infranqueable, y que
la razón, aun en su potencialidad más clarividente, llega a un punto en que tiene que ceder y humillarse ante la fe.
Ya en los primeros momentos del cristianismo se negó la divinidad de Cristo. Los ebionitas (), los adopcionistas con Artemón y Pablo de Samosata (), Arrio y sus secuaces, y los mismos monofisitas (), no entendían la unión de las dos naturalezas, humana y divina, en Cristo, y negaron que fuera Dios. Es, sí, una criatura adornada de cuantos dones y gracias sobrenaturales puedan imaginarse, adoptada privilegiadamente por Dios, pero al fin y al cabo puro hombre.
En los sglos xvni y xix, los racionalistas y modernistas llegaron a la misma conclusión, aunque por distintos caminos. Las herejías cristológicas de los primeros tiempos vinieron por la imposibilidad para la razón, demasiado exigente al ahondar el misterio, de conciliar a Dios con la naturaleza humana en una verdadera unidad. Los racionalistas, en cambio, al proclamar la autonomía y supremacía absoluta de la razón, rechazaron de plano no sólo la realidad de un Cristo, verdadero Dios, sino todos los misterios del cristianismo.
Todos estos errores han sido condenados reiteradamente poi la Iglesia ().
Al ojo sencillo y sin prejuicios le basta abrir el Evangelio para convencerse de que la divinidad de Cristo es una verdad indiscutible. Divinidad anunciada ya por el Antiguo Testamento (Ps 2,7 Ps 44), pero sobre todo en el Nuevo Testamento. Divinidad proclamada por el Padre en el bautismo y en la transfiguración de Cristo (Mt 3,16-17 Mt 17,5), declarada por el mismo Cristo ante los discípulos (Mt 16,13-20), ante el pueblo (Mt 21,33-34), ante los jueces que le sentenciaron (Mt 26,63 Mc 14,61). Y sobre todo divinidad confirmada y corroborada por el testimonio más fehaciente de todos: los innumerables milagros que realizó, y ciertamente por propia virtud (Mt 9,18).
¿Cabe más explicitud y claridad? Lo que ha ocurrido es que la mente humana, demasiado orgullosa de sí misma, ha pretendido estérilmente introducirse en donde siempre tendrá cortado el paso: la esfera de la fe.
(35) Cristo es Dios, pero al propio tiempo tiene una naturaleza humana perfecta.
Cierto sector de herejes, ante el problema de esa unión de naturaleza que la razón no acierta a comprender, derivaron el error por otro ángulo: admitieron a todo trance la divinidad de Cristo, pero a trueque de negar que fuera verdadero hombre.
Cristo ciertamente es Dios, el Verbo del Padre, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, pero la naturaleza humana asumida, o es algo ficticio (), o al menos está mutilada (). Y como en la naturaleza humana hay un doble elemento esencial, cuerpo y espíritu, también fue doble la derivación herética. Para unos, los docetas y maniqueos (), Cristo, en cuanto hombre, es una quimera; su cuerpo es un fantasma, algo etéreo (), pero no terreno, sin realidad verdadera. Y consiguientemente a elstos principios, negaron que la pasión y muerte del Señor tuvieran realidad cruenta.
Para otros, en cambio - Apolinar y los suyos-, aunque el Verbo asumió un verdadero cuerpo, no asumió una naturaleza humana perfecta, porque a ese cuerpo le faltaba el espíritu con todas sus potencias y operaciones, que estaban suplidas por el mismo Verbo divino. Sólo así - le parecía a Apolinar - podía salvarse la unidad sustancial en Cristo.
La Iglesia condenó estos errores casi simultáneamente a los que afectaban a la divinidad de Cristo, estableciendo siempre la doble y perfecta naturaleza de Jesús, humana y divina. Baste recordar el Símbolo Atanasiano (D 40); los Concilios de Calcedonia, Constantinopolitanos II y III, citados en la nota anterior; la condenación de Maniqueo y Valentín () en el decreto Pro Iacobiíis del Concilio Florentino (D 710). Y por lo que respecta al apolinarismo, los mismos Concilios de Calcedonia, Constantinopolitanos II y III.
De hecho, que Cristo fue hombre y que el Verbo asumió una naturaleza humana perfecta e íntegra, idéntica en todo a la nuestra menos en el pecado, es una verdad tan clara en el Evangelio, y más aún, como su misma divinidad. Toda su vida, desde que nace en Belén hasta que muere en el Calvario, va evolucionando por la linea común y ordinaria a todo hombre. Huelgan los textos, pero recordemos aquel en que Cristo, apareciéndose a los discípulos después de la resurrección, y viendo su temor por creerle un fantasma, les dice: Palpad y ved, por que el espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo (Lc 29,39). Y por lo que se refiere a la existencia del alma humana en Cristo, el Evangelio nos recuerda a cada paso las vivencias sensitivo - intelectivas de Jesús. Cristo ora,, obedece, se humilla, se aira, se entristece; y esto no es explicable sin un alma verdadera en Cristo hombre. Y en el momento cumbre de su vida, cuando va a expirar en el Calvario, nos dice el Evangelio que Jesús entregó su espíritu al Padre (Jn 11,33).
(36) Admitida la doble naturaleza en Cristo, humana y divina, y ciertamente en toda su perfección e integridad, el único reducto que le quedaba a la razón humana para eludir las exigencias del misterio, y, pretendiendo abarcarlo, derivar hacia el error, era negar la unidad substancial en Cristo. Ciertamente en Cristo, según esta posición, habría dos naturalezas perfectas, pero también dos personas unidas sólo accidentalmente, dos sujetos operantes. Ya no podría decirse que el Verbo, Dios, había nacido, padecido, muerto y resucitado; esos predicados sólo podían aplicarse al hombre en Cristo. Y viceversa, tampoco podría afirmarse que el Hijo del hombre, o de María, era Hijo de Dios, increado, etc., porque esos apelativos convienen únicamente a Dios. En Cristo, pues, subsistirían dos personas con una ligazón puramente accidental.
Ésos son, en síntesis, los postulados del nestorianismo, que, arrancando de la escuela antioquena, a través de Diódoro de Tarse (f 394), Teodoro de Mopsuesta (f 428), culminaron en Nestorio (f 451). Éste, el año 428, predicando en Constanti - nopla, dijo que María no podía llamarse con propiedad Madre de Dios (Theotocos), sino sólo madre de Cristo, es decir, del hombre (Cristotocos o Anzroootocos); o a lo más, madre de Dios en un sentido muy amplio y extensivo. Y la razón fundamental de esta afirmación estaba para Nestorio en que donde hay una naturaleza concreta (en Cristo están las dos perfectas e íntegras), necesariamente tenía que haber también una persona.
Frente a esta concepción, que destruía por completo la unidad substancial en Cristo, la Iglesia en el Concilio de Éfeso (), contra el propio Nestorio, y más tarde en Constantino - pla (), defendió que en Cristo no había más que una sola persona, la divina; que la naturaleza humana, carente de su propia persona, era sustentada por la Persona del Verbo; y proclamó también que María era verdaderamente Madre de Dios, con toda propiedad, mientras, según cuenta la tradición, los fieles efesinos, alborozados y con antorchas en la mano, repetían el "Santa María, Madre de Dios...", que ha venido a constituir la segunda parte del Avemaria (cf. D lllss. y 216ss.).
Lo defendió la Iglesia, y lo hizo con plena seguridad, porque, aunque en la Sagrada Escritura no aparecía con palabras expresas el hecho de la doble naturaleza, subsistiendo en unidad de persona, sí ofrecía esta indiscutible realidad: que de un mismo sujeto o individuo se predican simultáneamente atributos divinos y humanos. No es distinto el Cristo proclamado Hijo de Dios por el Padre en el bautismo y en la transfiauración, del que, sudoroso y fatigado, se sienta junto al pozo de Jacob y pide agua a la samaritana. No es distinto el Cristo que se declaró a sí mismo Dios ante sus discípulos, ante el pueblo y ante sus mismos jueces, del que, naciendo pobre en Belén, trabajó como humilde artesano, no tuvo dónde reclinar la cabeza y a la postre murió abandonado en la cruz.
(37) Cf. Ps 67; Is 42; Jn 13; Ap 19.
(38) Fórmula de la administración del bautismo (Ritual Romano).
(39) Ya no os llamo siervos, porque él siervo no sabe lo que hace su señor; pero os digo amigos, porque todo lo que oí de mi Padre, os lo he dado a conocer (Jn 15,15).
Y si hijos, también herederos; herederos de Dios, coherederos de Cristo, supuesto que padezcamos por Él, para ser con Él glorificados (Rm 8,17).
...Ne se avergüenza de llamarlos hermanos, diciendo: "Anunciaré tu nombre a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré" (He 2,12).
(40) La concepción de Jesucristo fue así: estando desposada María, su Madre, con José, antes de que conviviesen, se halló haber concebido María del Espíritu Santo. José, su esposo, siendo justo, no quiso denunciarla, y resolvió repudiarla en secreto. Mientras reflexionaba sobre esto, he aquí que se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo (Mt 1,18-20).
Dijo María al ángel: ¿Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón? El ángel le contestó y dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, u por esto el Hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios (Lc 1,34-35).
(41) Símbolo Niceno (), ecuménico I, contra los arríanos, y Símbolo Niceno - Constantinopolitano (), ecuménico II, contra los macedonianos (D 54 y 86).
(42) SAN LEÓN, Sermón 1 de la Natividad: ML 54,192.
(43) SAN AGUSTÍN, De la Trinidad, 1.1 c.4: ML 42,824.
(44) Cf. SANTO TOMÁS, 3 q.3 a.5-8. Santo Tomás explica bellamente en estos artículos de su Suma Teológica cómo, aunque de suyo la Encarnación pudo realizarse en cualquiera de las tres divinas Personas, convenía que fuera el Verbo el que asumiera la naturaleza humana.
(45) Nos encontramos ante un dogma por diversos conceptos fundamental en la vida de la Iglesia. De él arranca, como de su base y fundamento, toda la doctrina sobre la Santísima Virgen. Con él van unidos íntimamente otros dogmas sobre la Persona del Hijo de Dios y en torno a él gira una de las controversias más duras en la historia de la Iglesia.
En la verdad dogmática de la divina maternidad de María se aprecia un contraste de luces y sombras, formado de una parte, por la clara doctrina de la Iglesia, y de la otra, por las herejías que a través del tiempo se han empeñado en negar a la Virgen el ser Madre de Dios.
A) Errores:
1) Ya desde los tiempos apostólicos hubo herejes que pretendieron arrebatar a María el más esplendoroso de sus títulos: su divina maternidad.
Los docetas (gnósticos o maniqueos) enseñaron una maternidad puramente aparente. Según ellos, el cuerpo de Cristo eS sólo fantástico, o ciertamente real, pero traído del cielo, de tal modo que pasó por la Virgen María como pasa el agua por un acueducto, sin haber sido concebido y formado de ella.
Fueron autores de esta herejía Simón Mago, Basüides, Valentín y Manes. Más tarde - en el s.xvi - intentaron restaurarla los anabaptistas, con Simón Mennón a la cabeza. "Siguen - escribía San Pedro Canisio - los anabaptistas, cuyo número es grande todavía, defendiendo su dogma de que Cristo trajo consigo del cielo un cuerpo espiritual y celeste y que nada tomó de María" (De María Deip. Virg., 1.3 c.4).
2) Pero la verdadera disputa en torno a este dogma tuvo lugar con la aparición de la herejía de Nestorio. Negaba éste la unión hipostática del Verbo con la humanidad, y, consiguientemente, la unidad personal de Jesucristo. Según él, hay en Cristo dos íntegras hipóstasis o personas físicas: la del hombre, Cristo, y la del Verbo, unidas moral, extrínseca o accidental mente por la inhabitación del Verbo en el hombre. Cristo, por consiguiente, es el Deífero. Y si a veces los nestorianos le llaman Dios, jamás lo hacen en nuestro sentido católico, por la unión hipostática, sino sólo por la unión moral, en virtud de la cual Dios es del hombre, y el hombre es de Dios, pero ni Dios es hombre ni el hombre es Dios.
Como consecuencia de tan impía doctrina, lógicamente pudieron afirmar que la Santísima Virgen era Madre de Cristo hombre, pero no Madre de Dios. Debe llamársela no Deípara o Theotocon, sino Cristípara o Ctistotocon, o a lo sumo Theo - dochon: "receptora de Dios".
Conceden los nestorianos que María puede llamarse Madre de Dios, pero sólo en sentido impropio: en cuanto que el hombre Cristo, a quien ella engendró, unido al Verbo de Dios de un modo especial, merece honores divinos. Algo así como decimos que la mujer que dio a luz un niño, sacerdote o santo después, es madre del sacerdote o del santo.
3) No pocos protestantes modernos, fieles herederos de la aversión que Lutero y Calvino profesaron a la Santísima Virgen en otros muchos aspectos, aborrecen el título de Madre de Dos dado a María, y prefieren llamarla Madre del Señor.
B) Doctrina de la Iglesia.-Frente a tales doctrinas enemigas de la divina maternidad de María se levanta el magisterio de nuestra madre la Iglesia, que en diferentes ocasiones y con palabras bien terminantes ha definido solemnemente esta verdad, tan metida, por otra parte, en las entrañas del pueblo cristiano :
"Si alguno no confiesa que Dios es según verdad el Emmanuel, y que por esto la santa Virgen es Madre de Dios (pues dio a luz carnalmente al Verbo de Dios hecho carne), sea anatema" (Conc. de fifeso. en. 1: D 113).
"Si alguien dice que la santa, qloríosa siempre Virqen María es impropia y no verdaderamente Madre de Dios..., sea anatema" (Conc. II de Constantinopla: D 218).
"Si alguno no confiesa, de acuerdo con los Santos Padres, propiamente y según verdad por Madre de Dios a la santa y siempre Virgen María, como quiera que concibió en los últimos tiempos sin semen, por obra del Espíritu Santo, a¡ mísmoí Verbo de Dios propia y verdaderamente, que antes de todos los sialos nació de Dos Padre. e incorruptiblemente le enoendró. permaneciendo ella, aun después del parto, en su virqinidad indisoluble, sea condenado" (Conc. de Le - trán, cn.3r D 256).
(Cf. ALASTRUEY, Tratado de la Santísima Virgen: BAC, p.75ss).
(46) Suelen distinguir en Cristo los teólogos una doble gracia: la de unión y la habitual; o si se quiere triple: porque la gracia habitual se desdobla en la denominada gracia capital.
La gracia de unión, gracia de las gracias, el modo más extraordinario con que Dios puede sublimar la naturaleza humana y unirse a ella, es "el mismo ser personal de Dios gratuitamente comunicado a la naturaleza humana en la Persona del Verbo" (3 q.6 a.6). Esa gracia santifica con la mayor efusión que imaginarse puede la naturaleza humana de Cristo.
La gracia habitual,-Es en sustancia la misma que poseemos nosotros, poroue la naturaleza humana de Cristo, en cuanto tal, necesita también un principio sobrenatural de acción, como nosotros una sobrenaturales; y eso es precisamente lo que confiere la gracia habitual. Gracia que en Cristo, a diferencia de los otros, es plenísima, con plenitud absoluta; e infinita, en cuanto tal gracia - como explican los teólogos -, aunque no por razón de su ser, que al fin y al cabo es creado.
¿No parece superflua esta gracia en Cristo, poseyendo como posee el incomparable don de la gracia de unión, que debe suplir, al parecer con creces, las funciones de la oracia habitual? No sólo no es superflua, sino que es incluso necesaria: porque, aunque la gracia de unión sustancial e increada constituye a Cristo principio personal de acción, si no tuviera la gracia habítual, le faltaría el principio operativo de naturaleza. Es el doble principio que denominan los teólogos quod y quo.
La gracia capital, ¿qué es? No es más que la misma gracia habitual con un respecto distinto en cuanto Cristo, como hombre, es cabeza del Cuerpo místico y nos comunica a nosotros esta gracia de la sobreabundancia de su plenitud. Esta doctrina, que se intuye en la bella alegoría de la vid y de los sarmientos (), la desarrolla después San Pablo, dándole más contenido bajo la analogía del cuerpo, cabeza y miembros (Ep 1,22). Cristo es Cabeza de la Iglesia (Cabeza de todas las cosas en la Iglesia: (Ep 1,22), de todos los hombres y de los ánqeles (1Tm 4,10 Col 2,10); condenación de Hus y Quesneh (D 631, 1422-1430). Y este título le proviene de la gracia capital.
Un precioso compendio de las tres gracias de Cristo nos lo ofrece San Juan en el teolóaico prólogo de su Evangelio: El Verbo se hizo hombre (Jn 1,14) es la expresión de la gracia de unión; Y le vimos lleno de gracia u de verdad (ibid.) indica la gracia habitual; y en las palabras del verso 16: Todos nosotros hemos participado de su plenitud, se insinúa suficientemente la gracia capital.
(47) Cuantos desvirtuaron la integridad v perfección de la doble naturaleza de Cristo (cf. notas 34 y 35) para salvar la unidad, o bien negaron esa unidad admitiendo un doble principio oersonal (cf. nota 36), de uno u otro modo afirmaron también que el Cristo hombre no era ni podía ser Hijo natural de Dios.
Arrio, al neaar la divinidad del Hijo, concibió a Cristo únicamente como Hijo adoptivo de Dios. Los nestorianos, consecuentes con sus principios, afirmaron que Cristo en cuanto Dios poseía una filiación natural con relación a Dios, pero en cuanto hombre sólo una filiación adoptiva. Los adopcionistas españoles Elipando de Toledo y Félix de Urgel predicaron idéntica doctrina. Y, aunque lógicamente había de seguirse de tal afirmación la doble personalidad de Cristo, ellos no lo afirmaron.
La raíz del error estaba en que concebían la filiación como un predicado de La naturaleza y no de la persona. Al haber, por tanto, dos naturalezas, ellos ponían en Cristo dos filiaciones; en cuanto Dios (Deum de Deo), hijo natural; en cuanto hombre (factus ex muliete), Cristo era solamente hijo adoptivo de Dios, como puede ser adoptado cualquier otro hombre.
El magisterio eclesiástico enseña otra verdad en cuantos documentos ha defendido que Cristo, Hijo de Dios, es también verdadero hombre, y que en Cristo hay una sola Perisona. Pues como la generación no compete a la naturaleza, sino a la persona, al no haber más que una sola, no puede haber en Cristo más que una sola filiación, la natural. El Cristo hombre es también, por tanto, hijo natural de Dios.
Entre esos documentos de la Iglesia pueden citarse la epístola de Adriano I (D 299 399s.), el Concilio II de Lyórt (D 462) y las expresivas frases del Concilio de Francfort: "El Hijo de Dios se hizo hijo de hombre, es decir, Aquel que ha sido engendrado verdaderamente, no tuvo al nacer filiación adoptiva, ni una mera denominación, sino que tuvo una verdadera filiación natural en ambas generaciones... Un único Hijo propio, partícipe de la doble naturaleza, y no adoptivo, porque sería absurdo e impío atribuir al Padre eterno, Dios, un Hijo coeterno con Él, que fuera adoptivo..."
En la Sagrada Escritura, los textos saltan a cada paso. Y la base de todas las afirmaciones es siempre la misma: que es un único sujeto, de quien se afirman predicados divinos y humanos: Bste es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias (Mt 3,17), dice el Padre Eterno en el bautismo de Cristo hombre. Expresión en que las palabras Hijo mío, según el sentir de todos los exegetas, explican claramente una verdadera filiación natural. ¿Eres tú el Mesías, el hijo del Bendito?, le preguntó Caifas a Jesús; y Jesús le dijo: Yo soy, y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo (Mc 14,61-62).
(48) Cf. (Mt 1,17-18 Lc 3,23-28).
(49) Cf. (Mt 28,1-10).
(50) La tarde del primer día de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se hallaban los discípulos por temor a los judíos, vino Jesús y, puesto en medio de ellos, les dijo: La paz sea con vosotros (Jn 20,19).
(51) SAN AGUSTÍN, Symbolum ad cathecumenos, 1.3 c,4: ML 40,664.
(52) ASÍ, pues, como por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y asi la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos habían pecado... Mas no es el don como fue la transgresión. Pues, si por la transgresión de uno solo mueren muchos, mucho más la gracia de Dios y el don
gratuito de uno solo, Jesucristo, se difundirá copiosamente sobre muchos (Rm 5,12-15).
Porque como por un hombre vino la muerte, también por un hombre vino la resurrección de los muertos. Y como en Adán hemos muerto todos, así también en Cristo somos todos vivificados (1Co 15,21-22).
(53) Vio, pv.es, la mujer que el árbol era bueno para comerse, hermoso a la vista y deseable para alcanzar la sabiduría, y cogió de su fruto y comió, y dio también de él a su marido, que también con ella comió (Gn 3,6).
(54) Dijo María: He aquí a la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38).
(55) Entre los cuales todos nosotros fuimos también contados en otro tiempo y seguimos los deseos de nuestra carne, cumpliendo la voluntad de ella y sus depravados deseos, siendo por núestra conducta hijos de ira como los demás (Ep 2,3).
(56) Con el paralelismo antitético Eva - María expresaron los Santos Padres, a partir del siglo n, la unión tan estrecha de María con Jesús, contenida en todo el proceso de la revelación divina, respecto del misterio de nuestra salud (Gn 3,15 Is 7,14).
En esa unión íntima de María con Jesús está contenida toda la mariología: la -maternidad divina, centro de toda ella; la plenitud de la gracia de María, su concepción inmaculada, su cooperación a toda la obra de nuestra redención, por la cual se le da el nombre de Corredentora nuestra y Madre espiritual de los hombres; su mediación universal en la distribución de las gracias; y como consecuencia de la maternidad divina y de la corredención, la asunción gloriosa de María en cuerpo y alma a los cielos poco después de su muerte, donde se halla a la diestra del Hijo como Reina de cielos y tierra; y el culto que nosotros debemos a tan excelsa Madre y Señora nuestra.
(57) Llevóme luego a la puerta de fuera del santuario que daba al oriente, pero la puerta estaba cerrada; y me dijo Y ave:
Esta puerta ha de estar cerrada, no se abrirá, ni entrará por ella hombre alguno, porque ha entrado por ella Y ave, Dios de Israel: por tanto, ha de quedar cerrada (Ez 44,1-2).
(58) Tú estuviste mirando hasta que una piedra desprendida, no lanzada por mano, hirió a la estatua en los pies de hierro y barro, destrozándola. Entonces el hierro, el barro, el bronce, la plata y el oro se desmenuzaron juntamente y fueron como tamo de las eras en verano, se los llevó el viento, sin que de ellas quedara traza alguna, mientras que la piedra que había herido a la estatua se hizo una gran montaña, que llenó toda la tierra (Da 2,34-35).
(59) Habló Moisés a los hijos de Israel, y todos sus jefes le entregaron las varas, una por cada casa patriarcal, doce varas; a ellas se unió la para de Arón: y Moisés las puso todas ante Yavé en el tabernáculo de la reunión. Al día siguiente vino Moisés al tabernáculo, y la vara de Arón, de la casa de Leví, había echado brotes, yemas, flores y almendras (Nb 17,6-8).
(60) Apacentaba Moisés el ganado de Jefro, su suegro, sacerdote de Madián. Llevólo un día más allá del desierto; y, llegado al monte de Dios, Horeb, se le apareció el ángel de Yavé en llama de fuego, de en medio de una zarza. Veía Moisés que la zarza ardía y no se consumía... (Ex 3,1-2).
(61) Cf. Lc 2,1-20.
(62)Cf. Ps 96,7.
(63) Tomando consigo a Pedro, a SanHaao u a luán, comenzó a sentir temor u annustia, u les decía- Triste p-^á mi alma hasta la muerte; permaneced aquí u velad (Mc 14,33-34).
Sálvame, ¡oh Dios!, porgue amenazan va mi vida las aouas: húndome en un profundo cieno, donde no rynedo hacer nie: me sumerio en el abismo u me ahooo en la hondura Cansado estoy de clamar. Ha enrnvquprido mi narganta y desfallecen mis ojos en esoera de mi Dios (Ps 68,2-4).
Diéronme a comer hiél y en mí sed me dieron a beber vi ñame. En verdad que estnrt aflinido y dolorido; sosténgame, ¡oh Dios!, tu ayuda (Ps 68,22-30).
Por qué, ¡oh Yave!, me rechazas u me escondes tu rostro? Derrámansp sobre mí tus furores y me oprimen tas espantos (Ps 87,15-17).
/"./ora amargamente en la noche v corre el llanto por sus metillasx no tiene entre todos sts atvrfnres auien la mnnudei le fallaron todos sus amigos, y se le volvieron enemigos (LA 1,2).
(64) Te mando ante Dios, qne da vida a todas las cotas, u pnte Cristo )esús, que hizo la buena confesión en presencia de Poncio Pilato, que te conserves sin mancha ni culpa (1Tm 6,13).
(65) Prefacio de la Santa Cruz (Misal Romano).
(66) El santo Evangelio no nos ofrece detalles sobre la forma de la cruz en que fue clavado Cristo ni sobre el mismo modo de la crucifixión.
Pero no resulta difícil llenar esta laguna con datos de 1" historia y de la arqueología. Puede consultarse a este propósito el documentado y exhaustivo artículo de GÓMEZ - PALLETE Cruz y crucifixión (Estudios Eclesiásticos, 20 (1946) 536-544; 21 (1947) 85-109), del que resumimos las siguientes observaciones:
Excluida la cruz "decussata" o "cruz de San Andrés" (en forma de X), que, según Holzmeister, nunca existió - el primer documento que hace mención de ella es del siglo X, y su primera imagen del siglo xiv-, había dos sistemas de cruz: la cruz commissa en la que el madero horizontal descansa sobre el vertical, adquiriendo la forma de una T, y la cruz immissa, o cruz latina, que es casi la única en la actual iconografía.
¿Cuál de estas dos formas tenía la cruz del Salvador? Si bien la inconografía y epigrafía cristianas y los documentos profanos atestiguan el uso de cruces en forma de T, por lo que toca a la de Jesucristo, los Padres, ya desde San Justino, cuyo nacimiento no dista tal vez cincuenta años de la escena de la crucifixión, describen la cruz de Cristo considerándola en su forma latina.
La cruz "es un madero derecho cuya parte superior se eleva como un cuerno cuando se le adapta el otro madero; de cada lado, otros dos cuernos, que forman las extremidades, parecen unidos al primero. En medio lleva como otro cuerno para servir de asiento a los crucificados" (SAN JUSTINO, Dial. 91: MG 6, 693A).
"El formato de la cruz tiene cinco cabos o extremos: dos en longitud, dos en latitud y uno en el medio, en el que descansa el que es enclavado" (SAN IRENEO, A. H., 1,12: MG 7,794-95).
San Agustín, con palabras que nos recuerdan las de San Pablo a los Efesios, dice: "Porque tiene (la cruz) anchura, en la que son fijadas las manos; tiene longura, porque eis prolongado hasta la tierra el madero desde el transverso; tiene alteza, desde el mismo transverso en el que son fijadas las manos, excediendo un tanto, donde se pone la cabeza del crucificado; y
tiene profundidad, esto es, lo que está hincado en tierra y no se ve" (Serm. 165,3; ML 38,904).
Además los Padres comparan la cruz del Salvador con objetos que suponen esta forma latina, v.gr., con la vela del navio, con los estandartes romanos, con la figura tomada por los brazos de Jacob al bendecir a Manases y Efraín.
La cruz llevaba un tercer palo clavado, sedile, hacia la mitad del primero y perpendicular a él. Era de muy corta longitud, y sobre él iba como sentado el cuerpo del crucificado con el fin de evitar que, desgarrándose sus manos, cayese a tierra antes de morir. Es probable que además tuviese un supoedaneum, o trozo de madera, en el que fuesen apoyados los pies.
Respecto de la altura de la cruz parece no había norma fija establecida, y así, unas veces eran tan bajas, que los cuerpos de los crucificados quedaban al alcance de las fieras, mientras que otras la cruz era "altísima". En el caso de Jesús es claro que fue una cruz alta, de modo que sus pies debieron quedar por lo menos a un metro de altura sobre el suelo, pues los que sé mofaban de Él decían: Descienda de la cruz (Mt 27,42 Mc 15,30), y San Mateo y San Marcos nos dicen que uno de los circunstantes, tomando una caña, fijó en ella una esponja empapada en vinagre y dio a beber a Jesús (Mt 27,48 Mc 15,36).
De los dos maderos que formaban la cruz, el vertical solía estar previamente fijado en la tierra. El horizontal era llevado poi el condenado. Es probable que primero fuesen clavadas las manos de Jesús en el madero horizontal, luego levantado con cuerdas hasta encajarlo en el vertical y por fin clavados los pies.
Solemos imaginarnos la crucifixión de Cristo a la manera como la muestran las representaciones icónicas: tendida la cruz en tierra, los esbirros fueron clavando sus pies y manos, después de lo cual aquélla sería levantada en alto.
Esta explicación queda descartada casi con absoluta seguridad por las expresiones que encontramos tanto en los literatos e historiadores profanos como por las empleadas por los Padres a propósito de la crucifixión de Cristo. Dicen éstas: "llevar la cruz", "conducir a la cruz", "elevar hasta la cruz", "ir a la cruz", etc. "Allí los homicidas extendieron con violencia sus manos en un elevado madero erigido sobre la tierra", dice Non - nus Panopolitanos (Paráfrasis in loannem 19,18: MG 43901B).
Todo esto podría indicar que previamente a la crucifixión
estaba erigida en tierra la cruz, a la que, elevado Cristo, fueron clavados sus pies y manos. "Modernamente, sin embargo, empieza a abrise paso una hipótesis que juzgamos más conforme a la realidad de los hechos. Supone que el reo era atado al patíbulo (travesano horizontal) cuando aún estaba delante del juez, y era así atado conducido al suplicio, arrastrado por una cuerda que rodeaba su cuerpo. Al llegar al lugar de la ejecución se clavaban sus manos a este patíbulo y, por medio de las mismas cuerdas, se le izaba hasta encajar el travesano con la hendidura del travesano vertical, de modo que el reo quedaba suspendido o cabalgando sobre el sedile. Entonces bastaba ya atar o clavar los pies".
Con esta explicación están conformes el hecho de que el palo vertical estaba clavado en tierra previamente a las cruci - fixiones y el muy probable de que el reo era cargado solamente con el horizontal.
(67) Para llevar a cabo nuestra redención, Cristo escogió el camino del sacrificio y se inmoló en la cruz por nuestros pecados. Cuando en una ocasión, al anunciar a sus discípulos los sufrimientos que le esperaban en Jerusalén, San Pedro quiso disuadirle de semejante cosa, le reprendió con aquellas duras palabras: Quítate allá, Satán, porque tú no sientes según Dios, smo según los hombres (Mc 8,33).
San Pablo dice que la cruz de Cristo es necedad para los que se pierden, los cuales no pueden comprender que un Hombre - Dios muera colgado en una cruz y muriendo como un malhechor puetía redimir a la humanidad, y escándalo para los judíos, en cuya Ley estaba escrito: Maldito todo el que es colgado del madero (Dt 21,23). Para los creyentes, en cambio, es poder de Dios, pues la cruz de Cristo ha sido la fuerza que ha destruido el pecado, ha vencido al demonio y ha obrado las maravillas de
la santidad cristiana y del heroísmo de tantas legiones de mártires (cf. Ga 5,11; 6,12-14; Ph 3,18; He 12,2).
Pero el sacrificio de Cristo no es un hecho aislado que pasó, sino que tiene que perpetuarse a través de los siglos en los cristianos. Sufrió la Cabeza del Cuerpo místico; es preciso que sufran también los miembros. Padecer con Cristo y morir con Él al hombre viejo es la ley de la vida cristiana. Sólo si padecemos con Él, seremos glorificados con Él, afirma San Pablo. Por eso, para el Apóstol la predicación del Evangelio es esencialmente la predicación de la cruz, el anuncio de un Salvador que muere crucificado por nuestro amor.
Y de ahí dos consecuencias para nuestra vida cristiana:
1) El amor ardiente a la cruz-.Jesucristo derramó en ella su sangre y en medio de los más grandes sufrimientos llevó a cabo nuestra redención. La cruz simboliza para nosotros la redención de la esclavitud del demonio y el amor inmenso de Jesús que se abrazó a ella por nosotros.
"El santo crucifijo debiera ser, por lo mismo, el amor de nuestros amores... En nuestro pecho, en lo secreto de nuestra alcoba, en el lugar de nuestro trabajo, como lo hicieron nuestros antepasados, debiera presidir la imagen de Jesúj clavado en la cruz. El beso primero y último del día debiera ser para el crucifijo. En las manos cruzadas de nuestros difuntos, en las nuestras cuando muramos, sobre nuestro féretro, debiéramos querer al crucifijo" (GOMA, Jesucristo redentor, p.408).
2) La conformidad de nuestra vida con la cruz.-Al amor de la cruz tenemos que añadir una vida de abnegación y sacrificio, llevando la cruz que a cada uno pida Cristo. Soñamos en una vida sin cruz, que nos permita gozar sin límites de las cosas de la tierra. Jesús ha dicho que todo aquel que quiera seguirle ha de negarse y llevar la cruz que una vida de cristiano le impone. Sin sacrificio y sin cruz no se puede alcanzar la salvación, porque sin ella no se pueden vencer las malas inclinaciones.
"Como todos participamos de la ruina espiritual de Adán por relación de generación carnal, porque todos somos hijos suyos, así debemos participar en la restauración por Cristo, no por unión de generación, porque no es Padre nuestro por la carne, sino por nuestra incardinación a la obra que consumó en la cruz" (GOMA l.c, p.409).
(68) y al cabo del tiempo hizo Caín ofrenda a Y ave de los tutos de la tierra, y se la hizo también Abel de los pri).
(69) Y, tomando Abraham la leña para el holocausto, se la cargó a Isaac, su hijo; tomó él en su mano el fuego y el cuchillo, y siguieron ambos juntos. Dijo Isaac a Abraham, su padre: Padre mío. ¿Qué quieres, hijo mío?, le contestó. Y él dijo: Aquí llevamos el fuego y la leña, pero la tes para el holocausto, ¿dónde está? Y Abraham le contestó: Dios se proveerá de res para el holocausto, hüo mío: u siauieron juntos los dos (Gn 22.6-8).
(70) La res será sin defecto, macho, primal, cordero o cabrito. Lo reservaréis hasta el día 14 de este mes y todo Israel lo inmolará entre dos luces (Ex 12,5-7).
(71) Y Yavé dijo a Moisés: "Hazte una serpiente de bronce y ponía sobre un asta; y cuantos mordidos la miren, sanarán". Hizo, pues, Moisés una serpiente de bronce y la puso sobre un asta; y cuando alguno era mordido por una serpiente, miraba a la serpiente de bronce u se curaba (Nb 21,8-9).
A. la manera que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo el que creyere en Él tenga la vida eterna (Jn 3,14-15).
(72) Cf. especialmente:
Ps 2: sobre la divinidad y grandeza del Mesías.
Ps 21: sobre la pasión, muerte y triunfo del Redentor. Es el salmo citado por Jesús moribundo: Dios mío. Dios mío, ¿por aué me has abandonado7 ÍMt 27.46^.
Ps 48: sobre las persecuciones que el Mesías habrá de soportar de parte de su pueblo.
Ps 109: sobre el sacerdocio de Cristo, Mediador entre Dios v los hombres.
(73) Véase, sobre todo, el capítulo 53 fiel profeta y cuanto dejamos ya dicho sobre las profecías mesiánicas.
(74) La muerte del Señor es una verdad histórica tan evidente, que sólo a inteligencias contumaces, aferradas a prejuicios racionalistas, puede ocurrírseles el negarlo. Puestos en la línea del prejuicio, puede lleqar a negarse - no ha faltado quien así pensara - la misma existencia de Jesús.
La muerte verdadera de Cristo la negaron, de acuerdo con sus principios, onósíicos y doceías. Estos últimos, sobre todo, al negar que Cristo tuviera un cuerpo real, lógicamente tuvieron que negar también la realidad de su pasión y muerte.
Pero sobre todo en el siglo XIX los racionalistas, con su prejuicio antisobrenaturalista y primordialmente con la maligna intención de neqar la resurrección de Cristo, que constituye por sí sola el gran fundamento de nuestra fe - Si Cristo no hubiera resucitado, nuestra fe sería vacía (1Co 15,14)-, se atrevieron a sostener, al menos en determinado sector, que la muerte de Cristo no fue real. Gottlob Paulus (1761-1851), con su principio naturalista de que todos los milagros, profecías, etc. del Evangelio son exageración de la fantasía oriental, afirmó que la muerte de Cristo fue sólo aparente y que los discípulos la airearon luego como verdadera para salir gananciosos con una pretendida resurrección. A Paulus siguieron otros varios, Spitta, Herder, Venturino. etc., explicando cada uno con circunstancias diversas ese postulado de la muerte aparente.
En realidad, nada tan absurdo y tan en abierta oposición a la sencillez con aue los Evangelios narran la muerte del Señor como esa pretendida hipótesis. Probarlo sería casi ridículo y ofensivo a la misma verdad histórica. Baste citar las perícopes evangélicas en que se nos da a conocer la muerte de Jesús ÍMt 27 50: Mc 15,37; Lc 23,46; Jn 19,10), y concluir con el propio Renán, en su Vida de Jesús (c.26) hablando de este punto: "A decir verdad, la meior garantía que posee el historiador sobre un tema de tal importancia fia muerte de Jesús) es el odio recalcitrante de los enemigos de Cristo. Es muy inverosímil que los judíos se preocuparan ya entonces por el temor de que Jesús pudiera pasar por un resucitado; pero en todo caso, ellos procurarían darle una muerte verdadera".
Realmente, aunque sólo sea por este argumento indirecto, ¿es concebible, teniendo presente el odio de los judíos, que la muerte de Jesús fuera sólo aparente?
(75) Jesús, dando un fuerte grito, expiró (Mt 27,50).
Jesús, dando una voz fuerte, expiró (Mc 15,37).
Jesús, dando una gran voz, dijo: Padre, en tus manos entrego mi espíritu, u, diciendo esto, expiró (Lc 23,46).
Cuando hubo gustado el vinagre, dijo Jesús: Todo está acabado, e, inclinando la cabeza, entregó el espíritu (Jn 19,30).
76) Llegada la tarde, vino un hombre rico de Arimatea, de nombre José, discípulo de Jesús. Se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Pilato entonces ordenó que le fuese entregado. Él, tomando el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia (Mt 27,57-58).
Llegada la tarde, porque era la Parasceve, es decir, la víspera del sábado, vino José de Arimatea, miembro ilustre del Sanedrín, el cual también esperaba el reino de Dios, que se atrevió a entrar a Pilato y pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato se maravilló de que ya hubiese muerto, y, haciendo llamar al centurión, le preguntó si en verdad había muerto ya. Informado del centurión, dio el cadáver a José, el cual compró una sábana, lo bajó, lo envolvió en la sábana y lo depositó en un monumento que estaba cavado en la peña, y volvió la piedra sobre la puerta del monumento. María Magdalena y María la de José miraban dónde se lo ponían (Mc 15,42-47).
Y, bajándole, le envolvió en una sábana y te depositó en un monumento cabado en la roca, donde ninguno había sido aún sepultado (Lc 23,53).
Después de esto rogó a Pilato José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque secreto por temor a los judíos, que le permitiese tomar el cuerpo de Jesús, y Pilato se lo permitió. Vino, pues, y tomó su cuerpo. Llegó Nicodemo, el mismo que había venido a él de noche al principio, y trajo una mezcla de mirra y áloe, como unas cien libras. Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús y lo fajaron con bandas y aromas, según es costumbre sepultar entre los judíos. Había cerca del sitio donde fue crucificado un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual nadie aún había sido depositado. Allí, a causa de la Parasceve de los judíos, por estar cerca el monumento, pusieron a Jesús (Jn 19,38).
(77) Es el resplandor de la luz eterna, el espejo sin mancha del actuar de Dios, imagen de su bondad (Sg 7,26).
Si nuestro Evangelio queda encubierto, es para los infieles, que van a la perdición, cuya inteligencia cegó el dios de este
mundo para que no brille en ellos la luz del Evangelio, de la gloria de Cristo, que es imagen de Dios (2Co 4,4).
(78) Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna (Jn 3,16).
Pero Dios probó su amor hacia nosotros en que, siendo pecadores, murió Cristo por nosotros (Rm 5,8).
(79) Tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna; pues Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para que juzgue al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él (Jn 3,16-17).
Cristo nos amó y se entregó por nosotros en oblación y sacrificio a Dios en olor suave (Ep 5,2).
(80) Lleno de angustia, oraba con más insistencia, y sudó como gruesas gotas de sangre, que corrían hasta la tierra (Lc 22,44).
(81) Y de nuevo negó (Pedro) con juramento: no conozco a ese hombre... (Mt 26,72).
Y, abandonándole, huyeron todos (Mc 14,50).
(82) Adelantándose un poco, se postró sobre su rostro, orando u diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz; sin embarco, no se haga como yo quiero, sino como quieres tú (Mt 26,39).
Si miro a la derecha, veo que no hau quien mire con benevolencia: no tengo escape, no hay quien vuelva por mi vida (Ps 141,5).
Llora amargamente en la noche, n corre el llanto por sus meiillas; no tiene entre todos sus amadores quien le consuele; le fallaron todos sus amigos, y se le volvieron enemigos... ¡Oh vosofros, cuantos por aquí pasáis, mirad v ved s> han dolor comparable a mi dolor, al dolor con que sotj atormentado!
Afligiome Yave en el día de su ardiente cólera (Lam 1,2.12).
(83) Sí, siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hiio, mnrho más, reconciliados ya, seremos salvos en su vida (Rm 5,10).
Mas todo esto viene de Dios, que por Cristo nos ha reconciliado rnntiao t> nos ha confiado el ministerio de la reconciliación (2Co 5,18).
(84) La asamblea librará al homicida del venerador de la san - gre, le volverá a la ciudad del asito donde se refugió, v allí morará ha*ta la rnnprte del sumo sacerdote ungido con el óleo sagrado (Nb 35,52).
(85) Porque también Cristo murió una vez por los pecadores, el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios. Murió en la carne, pero volvió a la vida por el Espíritu, y en Él fue a predicar a los espíritus que estaban en la prisión (1P 3,18-19).
(86) Posiblemente no hay otro dogma en la Iglesia tan impugnado como el del infierno; y es que en realidad tampoco hay otra verdad cristiana que resulte tan molesta y desagradable; una verdad que se desearía que no lo fuera para poder echarnos ese peso de encima.
Por si esto fuera poco, ciertas corrientes modernistas, demasiado indulgentes con el espíritu de la época, han pretendido paliar las verdades crudas del infierno, o por lo menos quitarles importancia para la vida cristiana, bajo el pretexto de que nuestras relaciones con Dios han de ir por vías de amor y no de terror.
Sin embargo, no podemos olvidar que el temor santo de Dios (de su castigo) es el comienzo de la sabiduría (Ps 110,10) y que, aunque estemos en el siglo xx, las verdades eternas tienen la misma actualidad teológica y pastoral que tuvieron en los primeros momentos de la era cristiana. Es el mismo Pontífice actualmente reinante quien frente a esas desviaciones sospechosas les decía a los predicadores cuaresmeros de Roma en el año 1949:
"... La predicación de las primeras verdades de la fe y de los fines últimos no sólo no ha perdido su oportunidad en nuestros tiempos, sino que ha venido a ser más necesaria y urgente que nunca. Incluso la predicación sobre el infierno. Sin duda alguna hay que tratar ese asunto con dignidad y sabiduría. Pero, en cuanto a la sustancia misma de esa verdad, la Iglesia tiene ante Dios y ante los hombres el sagrado deber de anunciarla, de enseñarla sin ninguna atenuación, como Cristo la ha revelado, y no existe ninguna condición de tiempo que pueda hacer disminuir el rigor de esa obligación... Es verdad que el deseo del cielo es un motivo en sí mismo más perfecto que el temor de la pena eterna; pero de esto no se sigue que sea también para todos los hombres el motivo más eficaz para tenerlos lejos del pecado y convertirlos a Dios" (AAS 41 (1949) 185).
En los límites necesariamente breves de una nota no es posible desarrollar todo el vasto contenido de esta verdad. Reduciendo a síntesis la doctrina, vamos a exponerla a modo de conclusiones, distinguiendo bien claramente, para norma del lector, lo que es de fe y lo que es conjetura más o menos cierta dentro de la teología.
En torno al infierno, que en la Sagrada Escritura recibe diversos nombres: gehenna (Mt 10,28 Mt 5,22 Mt 5,29), abismo (Lc 8,31), horno de fuego (Mt 13,42 Mt 50), fuego eterno (Mt 18,8), tinieblas exteriores (Mt 8,12) etc., la fe con seguridad inconmovible - y tachando, por tanto, de hereje al que lo negare- enseña:
1) Su existencia, como lugar al que descienden inmediata mente las almas que mueren en pecado mortal. Jesús dirá el día del juicio a los que no le hayan servido: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, y los jusfos a la vida eterna (Mt 25,41-46). Pueden verse también Lc 12,22-24; Mt 9,43-44; 10, 28; 13,49-50. Ésa es la indiscutible enseñanza de la Sagrada Escritura, confirmada reiteradamente por el magisterio eclesiástico (cf. Concilio de Lyón: D 464; y la definición de Benedicto XII: "Definimos además que, según la común ordenación de Dios, las almas de los que mueren en actual pecado mortal, inmediatamente después de su muerte descienden al infierno, donde son atormentadas con las penas infernales": D 531).
2) La pena de daño en el infierno, que consiste en la privación de la visión beatífica y de los bienes que de ella se siguen. Es decir, la privación de aquello que constituye el fin y término de nuestra existencia: el gozo y posesión de Dios.
Como la madre arrancada de su hijo, y aún más, porque la comparación eis desvaída, así estará el alma del condenado arrancada de su Dios (cf. Mt 25,41; 25,46; 24,35).
3) A la pena de daño se le une la llamada pena de sentido, que atormenta desde ahora las almas de los condenados y atormentará sus mismos cuerpos después de la resurrección universal. Pena que consiste principalmente en el tormento de fuego (cf. Lc 16,24; Mt 25,41; Símbolo Atanasiano: D 40; C. Arelatense: D 160). Fuego, además, que, cualquiera que sea su naturaleza, atormentará a cuerpos y almas (cf. Lc 16,24, y la citada definición de Benedicto XII).
4) La fe enseña, por fin, que las penas del infierno - y esto es lo que hace más terrible la realidad del mismo - serán eternas. No tendrán nunca fin, y cuando parezca que están terminando, comenzarán siempre de nuevo. Un continuo empezar sin término ni acabamiento posible. Muchos son los textos de la Sagrada Escritura y las enseñanzas del magisterio eclesiástico (cf. Mt 25,41 y la declaración del papa Vigilio contra los errores de Orígenes: "Si alguno dice o siente que el castigo de los demonios o de los hombres impíos es temporal y que en algún momento tendrá fin, o que se dará la reintegración de los demonios o de los hombres impíos, Sea anatema": D 211).
Un lugar de tormentos y para siempre. Sin esperanza alguna de redención, porque ni el pecador se rehabilitará nunca (D 211), ni Dios puede perdonar el pecado sin arrepentimiento del pecador; arrepentimiento que, por lo demás, nunca podrá formular el condenado con valor meritorio, porque se terminó para él la posibilidad de merecer.
Junto a estas verdades dogmáticas, se han erigido otros postulados, que, comunes a todos los teólogos, ofrecen plena certeza dentro de la esfera de la teología:
a) que, aunque hoy nosotros no lo podamos comprender, porque nuestra alma, acostumbrada al cuerpo, parece estar en él como en propia sede, la pena de daño es la más terrible de las penas del infierno. El alma, libre algún día del despojo del cuerpo, querrá volver hacia Dios, imán de atracción infinita, fuente única e inagotable de su felicidad, y no podrá. Toda una eternidad ansiando, y no pudiendo alcanzar lo ansiado (1-2 q.87 a.4).
b) que el fuego del infierno no es metafórico, sino real, verdadero, como se desprende sin dificultad de la misma Sagrada Escritura. Sin embargo, no están de acuerdo los teólogos sobre su naturaleza. Para Santo Tomás y, en general, los teólogos antiguos, es de la misma especie que el fuego de la tierra; los modernos, en cambio, creen que es un fuego análogo al nuestro, creado especialmente por Dios para atormentar a los condenados (Supl 97,6; MICHEL, Feu de lénfer: DTC 5,2223-2224);
c) que, además de la pena del fuego, la pena de sentido abarca otro conjunto de tormentos infernales. Es esta sentencia común en teología, deducida por los teólogos de la misma Sagrada Escritura y de la constante tradición patrística. Entre esas penas se enumeran la compañía de los demonios y demás condenados, el tormento de los sentidos corporales internos y externos ("no hay vicio que no tenga su propio tormento": KEMPIS, Imitación de Cristo, I 24), el gusano roedor de la conciencia (así interpretan los Padres y teólogos los textos escritu - rísticos Is 66,24; Judit 16,21; Ecli. 7,19; Mc 9,43ss.), el llanto y el crujir de dientes, expresión metafórica de la verdadera rabia y desesperación del condenado (Mt 15,50).
Se trata, en fin, en teología de otras cuestiones complementarias relacionadas con la verdad del infierno: psicología del condenado, desigualdad de las penas, si es posible su mitigación, etc. Para ello, como en general para todo lo relacionado con este dogma, nos remitimos al P. Royo, O.P., o.c, 312-379.
(87) Extractamos también aquí las maravillosas páginas del P.Royo, al que de nuevo nos remitimos (o.c, p.399-472).
La verdad del purgatorio, atacada más duramente que la del infierno, por la menor evidencia con que aparece en la Sagrada Escritura, fue impugnada ya en el siglo II por Basílides, y en el iv por Erio, a quien refutó San Agustín. Negada por al - bigenses, cataros y valdenses en los siglos xn y XHI, puede decirse que los mayores enemigos fueron los protestantes a partir del siglo xvi con Lutero, quien, aunque al principio la admitió, terminó por negarla, al decir - según su opinión - que no constaba en libro alguno canónico.
Frente a esa doctrina, la Iglesia enseña como verdad de fe que exite el purgatorio, es decir, un estado en el que las almas que murieron en gracia de Dios con el reato de alguna pena temporal debida por sus pecados, se purifican enteramente antes de entrar en el cielo. Baste consultar el C. II de Lyón, en 1274 (D 464), la constitución Benedictos Deas, de Benedicto XII, en 1336 (D 530); el C. de Florencia en 1439: "En nombre de la Santísima Trinidad, del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, con aprobación de este Concilio universal de Florencia, definimos que por todos los cristianos sea creída y recibida esta verdad de fe, y asi todos profesen que..., si los verdaderos penitentes salieron de este mundo antes de haber satisfecho con frutos dignos de penitencia por lo cometido y omitido, sus almas son purificadas con penas purificadoras después de la muerte" (D 691-693). A su vez, el C. de Trento, en la sesión VI sobre la justificación, definió esta verdad en el siguiente canon contra los protestantes: "Si alguno dijere que, después de recibida la gracia de la justificación, de tal manera se le perdona la culpa y se le borra el reato de la pena eterna a cualquier pecador arrepentido, que no queda reato alguno de pena temporal que haya de pagarse o en este mundo o en el otro en el purgatorio, antes de que pueda abrirse la entrada en el reino de los cielos, sea anatema" (D 840).
Las afirmaciones de la Iglesia, ¿son arbitrarias, sin fundamento alguno escriturístico, como pretendió Lutero? De ningún modo. Es cierto que la palabra purgatorio no aparece en la Sagrada Escritura; pero no lo es menos que tanto en el Antiguo Testamento (2 Mac. 12,41-46) como en el Nuevo Testamento (Mt 12,31-32 Lc 12,47-48), y sobre todo en el texto clásico de San Pablo a los Corintios (1Co 3,10-15), está suficientemente delineada y definida la realidad de un estado del alma posterior a la muerte tal como lo hemos presentado. Y por lo que se refiere a la tradición patrística, el testimonio se convierte en aplastante y abrumador. Baste citar, entre otros muchos, el testimonio de San Agustín:
"Durante el tiempo que media entre la muerte del hombre y la final resurrección, las almas quedan retenidas en lugares recónditos, según es digna cada una de reposo o de castigo, conforme a lo que hubiere merecido cuando vivía en la carne. Y no se puede negar que las almas de los difuntos reciben alivio de la piedad de sus parientes vivos, cuando por ellas se ofrece el sacrificio del Mediador o cuando se hacen limosnas en la Iglesia" (Enchitidion, 109-110: ML 40,283; cf. también MICHEL, Purgatoire: DTC 13,1179-1237).
Si la existencia del purgatorio constituye para nosotros un dogma sobre el que no puede haber la menor incertidumbre, no podemos decir otro tanto sobre la naturaleza de las penas del mismo. Empecemos por afirmar que la Iglesia no ha definido nada sobre esta cuestión. Sin embargo, es doctrina común, sólidamente fundada en los principios teológicos más firmes, que, a semejanza del infierno, hay en el purgatorio una doble pena, que corresponde a los dos aspectos del pecado (la aversión a Dios y el gozo ilícito de las cosas creadas): la dilación de la gloria y la pena de sentido.
a) Dilación de la gloria.-En todo pecado hay esencialmente una aversión de Dios. El castigo de esa aversión es la pena de daño, que en el infierno consiste en la privación de la visión beatífica y de todos los bienes que se siguen de ella. ¿Puede decirse lo mismo del purgatorio? Los teólogos están acordes en decir que propiamente no hay pena de daño, porque ésta responde esencialmente a una aversión de Dios, aversión que el alma encarcelada en el purgatorio no tiene en modo alguno. ¿En qué consiste, pues, esta impropiamente dicha pena de daño del purgatorio? En una dilación de la gloria. Con la esperanza de alcanzarla ciertamente, porque no es más que una privación temporal, pero con toda la intensidad de dolor y terribilidad ¦-no podemos olvidarlo un momento los cristianos - que supone un destierro, por muy temporal que sea, de algo que estamos ansiando.
"Cuan grande sea este dolor - escribe el teólogo Lesio-, podemos conjeturarlo por cuatro consideraciones. En primer lugar, se ven privadas (las almas del purgatorio) de un tan gran bien precisamente en el momento en que hubieran debido gozarlo. Ellas comprenden la inmensidad de este bien con una fuerza que iguala únicamente a su ardiente deseo de poseerlo. En segundo lugar advierten claramente que han sido privadas de ese bien por su propia culpa. En tercer lugar deploran la negligencia que les impidió satisfacer por aquellas culpas, cuando hubieran podido hacerlo fácilmente, mientras que ahora se ven consfreñidas a sufrir grandes dolores; y este contraste aumenta considerableirente la acerbidad de su dolor. Finalmente se dan perfecta cuenta de qué grados de gloria celestial tan fácilmente accesibles les ha privado su culpable negligencia durante su vida terrestre. Y todo esto, aprehendido con conciencia vivísima, excita en ellos un vehementísimo dolor... Es creíble que aquel dolor sea muchísimo mayor que el que los hombres puedan llegar a conseguir en esta vida por los daños materiales; porque aquel bien es mucho más excelente, y la aprehensión más viva, y más ardiente el deseo de poseerlo" (De per. div., 1.13 c.17).
b) Pena de senhcfo.-Que existe, es una verdad constante en la tradición católica. Es una pena paralela a la misma del infierno por la que se castiga el otro aspecto del pecado: el goce ilícito de las criaturas. ¿En qué consiste esta pena en el purgatorio? Aquí surge una controversia entre los teólogos sobre si el fuego del purgatorio es real y corpóreo o no. Los
Padres latinos, como en general todos los teólogos escolásticos, antiguos y modernos, sostuvieron y sostienen que el fuego del purgatorio es un fuego real y corpóreo; mientras que los Padres griegos, admitida esa naturaleza de fuego para el infierno, la negaban para el purgatorio, porque - y ésta era la razón en que se basaban - no es necesario un fuego corpóreo en el purgatorio, toda vez que allí solamente han de ser castigadas las almas y no los cuerpos. Planteada la cuestión con toda su fuerza en el Concilio de Florencia (1438-1445), se entabló una dura discusión entre los teólogos griegos y latinos. La Iglesia no quiso dirimir la contienda, limitándose a definir la doctrina del purgatorio en la siguiente forma: "Definimos que... los penitentes que salieran de este mundo antes de haber satisfecho con dignos frutos de penitencia por sus acciones y omisiones son purificadas sus almas después de la muerte con penas purifica - doras" (D 693). La fórmula florentina, pues, deja en pie la cuestión. Más tarde el Concilio de Trento tampoco dijo nada sobre la naturaleza de estas penas. Sin embargo, la opinión común en la Iglesia aboga por la existencia de un fuego real en el purgatorio, confirmada además por varios documentos pontificios, aunque no de carácter dogmático (cf. Cuestionario de Clemente VI a los armenios: D 570; declaración de Inocencio IV sobre los ritos griegos en el C. I de Lyón: D 456; la de Benedicto XV al extender a la Iglesia universal el privilegio de las tres misas el día de los Fieles Difuntos: ASS 7 f 1915) p.404).
Se plantean otros temas en torno del purgatorio, que en razón de la brevedad resumimos a simples proposiciones:
1) ¿Qué fin tienen esas penas?-Purificar y limpiar total mente al alma, cual se requiere para la visión beatífica. Eso se consigue mediante la expiación de la culpa de los pecados veniales y la eliminación de los rastros y reliquias del pecado mortal, perdonado ciertamente, pero todavía con la carga de la pena temporal.
Es sentencia cierta también en teología que las penas del purgatorio son de suyo de una intensidad enorme, y que no son para todos iguales por lo que se refiere a su duración; es opinión común entre los teólogos que ninguna se diferirá más allá del juicio final y que está en proporción al diferente reato de pena que corresponde a cada alma.
2) ¿En qué estado están esas almas?-Dentro de las penas descritas, tienen el inefable consuelo de sentirse confirmadas en gracia; no la pueden perder jamás. León X condenó esta proposición de Lutero: "Las almas del purgatorio pecan continuamente deseando el descanso y la liberación de sus penas" (D 799). Precisamente por estar confirmadas en gracia y no poder apartarse de Dios, el pueblo cristiano las designa con el nombre de benditas almas del purgatorio. A esto se añade la certeza de su salvación, la plena conformidad con la voluntad de Dios (en ellas no existe la aversión propia del pecado), el gozo de la progresiva purificación, etc.
3) Por último, con relación a nosotros - y ésta es una derivación muy práctica de la verdad del purgatorio - digamos que nuestra actitud con esas almas ha de ser la de ayudarlas mediante los sufragios. La posibilidad y existencia de tales sufragios por los difuntos ha sido definida por la Iglesia en el Concilio Florentino (D 691-693), como lo hiciera antes el C. II de Lyón (D 464) y después el de Trento (D 950-983). Por lo demás, lo afi - ma claramente la Sagrada Escritura (2 Mac. 12,46: Obra santa y piadosa es orar por los muertos. Por eso hizo que fuesen expiados los muertos para que fuesen absueltos de los pecados).
La obligación de ayudarlas proviene de la caridad, de la piedad y hasta de la misma justicia, pues puede ocurrir muy bien que algunos conocidos y familiares nuestros estén en el purgatorio por culpa nuestra.
Por lo que se refiere al modo de avudarlas, los teólogos están de acuerdo en que reviste una triple forma: la impetración u oración, el mérito (de congruo o conveniencia, claro está, porque en sentido estricto sólo Cristo lo mereció para los demás^ y la satisfacción o compensación por la pena temporal.
Finalmente, cuáles sean los principales sufragios, está en el ánimo de todos los lectores: la santa misa, la comunión, la oración, las penitencias y mortificaciones, las llamadas indulgencias.
Por la especial dificultad, confusión y hasta desorientación que en torno a las indulgencias existe en muchas mentes cristianas, nos detendremos un poco en explicar su sentido, naturaleza y utilidad.
DOCTRINA DOGMÁTICO - ASCÉTICA SOBRE LAS INDULGENCIAS
Sobre las indulgencias hay dos verdades de fe definidas por el Concilio de Trento: 1) que la Iglesia tiene potestad para concederlas; 2) que son útiles al pueblo fiel. Hay otras verdades no definidas, que luego se dirán, que pertenecen al acervo de la doctrina católica.
Conviene recordar dos dogmas en los cuales se basa toda la doctrina de las indulgencias: a) el dogma de la comunión de los santos, y b) el dogma del poder de la Iglesia jerárquica sobre los miembros y los bienes del Cuerpo mstico de Cristo. Del primero de estos dogmas se desprende: 1) que cada uno de los cristianos puede ayudar con sus sufragios a todos aquellos -vivos o difuntos - que forman con él parte del cuerpo místico; 2) que existe en la Iglesia un tesoro espiritual y social, integrado por los méritos de Cristo y de los santos, del que pueden participar, con las debidas condiciones, cuantos son miembros de la Iglesia. Del segundo dogma se sigue que la Iglesia jerárquica, que por otra parte sabemos que puede perdonar los pecados, puede también distribuir aquel tesoro social a cada uno de los miembros de la grey cristiana, según lo considere oportuno.
De aquí dos tesis fundamentales en esta materia: una, que se refiere a los sufragios, y otra, al tesoro espiritual que puede ser dispensado por la Iglesia:
A) El cristiano en gracia, mientras vive, no solamente puede satisfacer por otro cristiano en gracia vivo, de suerte que éste se libre del resto de pena temporal que merecía por sus pecados xja perdonados, sino que puede también ayudar con sus sufragios a las almas del purgatorio.
Como se ve, sólo puede satisfacer un cristiano en gracia por otro que esté también en gracia. La razón es obvia: sin vivir en gracia no se puede merecer ni satisfacer; y, por otra parte, no se puede perdonar la pena temporal, sino de pecados perdonados en lo que tienen de culpa.
Se puede satisfacer por otro, pero no se puede merecer por otro. Los méritos son personales e intransferibles. Ciertamente el justo, cuanto mayores sean sus méritos personales, más eficazmente podrá interceder por los demás y ayudarles de esta manera con su oración; pero esto no es merecer por los demás. En cambio, sí se puede aceptar o tomar voluntariamente un sufrimiento o un trabajo para compensar la pena temporal de sus propios pecados o de los de otro, siendo esto último un acto de caridad grato a los ojos de Dios. Dios ha prometido aceptar estas satisfacciones.
B) Existe en la Iglesia un tesoro constituido por las satisfacciones de Cristo y de los santos, que la Iglesia puede distribuir a los miembros de Cristo, vivos y difuntos.
Las indulgencias son:
a) remisión de la pena temporal. Por tanto, no de la culpa ni de la pena eterna;
b) de la pena temporal que iba a exigir Dios en la otra vida.
No solamente de la pena eclesiástica que se pudiera imponer.
Conviene aclarar este punto. La Iglesia imponía antiguamente, según la gravedad de las culpas, unas penas eclesiásticas, que tenían, por una parte, un valor exterior jurídico (vindicativo, medicinal), y por otra un valor interior espiritual (verdadera satisfacción dolorosa y voluntaria ante Dios). La Iglesia, al conceder la indulgencia, no solamente remitía la pena eclesiástica exterior, sino también la pena temporal merecida ante Dios, supliendo con el tesoro espiritual de la Iglesia la satisfacción per* sonal del pecador. De lo contrario, como dicen Santo Tomás y otros teólogos, si la Iglesia perdonara solamente las penas eclesiásticas, con ello más dañaría que aprovecharía, pues impediría poner unos actos que tendrían un valor satisfactorio ante Dios y, por tanto, habría que pagar con las penas más graves del purgatorio lo que aquí pudo satisfacer más fácilmente.
De lo dicho se entiende qué significan las expresiones siete, treinta, cien días, semanas, años de indulgencia. Significa que se perdona la pena temporal, que se remitiría con una pena eclesiástica de aquella duración. La indulgencia plenaria supone remisión de toda pena temporal y de toda la pena eclesiástica que la Iglesia hubiera impuesto.
c) Es remisión de la pena ex opere operato, aunque no en virtud de un sacramento. Esto quiere decir que la tal remisión de la pena temporal no depende ex opere opecaníis, o del valor satisfactorio o meritorio de la obra que se pone por el que gana . la indulgencia (tantos padrenuestros, un víacrucis, etc.), sino que es independiente del fervor o del mérito subjetivo. Quien j pone las condiciones exigidas, recibe la indulgencia en la medida que la da la Iglesia. Y todos los que ponen dichas condiciones reciben ex opere operato la misma indulgencia.
Se entiende que es distinta la remisión de la pena temporal que se consigue en virtud de la recepción del sacramento de la penitencia y la que se consigue por la indulgencia. En la penitencia se remite la pena temporal tanto por la absolución como por la satisfacción sacramental o penitencia; pero en uno u otro caso la remisión de la pena temporal es proporcionada a la disposición sujetiva del penitente. Pero en el caso de la indulgencia, con tal que el que la va a ganar esté en estado de gracia, la remisión de la pena es independiente de su disposición personal y es proporcionada solamente a la voluntad del que ha concedido la indulgencia.
d) Es remisión por legítima disposición del tesoro de la Iglesia.-Esto es común a toda clase de indulgencias, tanto para vivos como para difuntos.
a) Para concederlas válidamente se requiere:
1) Legítima autoridad. Solamente pueden administrar el tesoro de la Iglesia quienes tienen legítimo poder.
2) Una causa justa y razonable; el que da las indulgencias es administrador, no señor de las mismas.
b) Para ganarlas fructuosamente: 1) Poner diligentemente la obra prescrita; 2) intención de ganarlas (basta una intención habitual); 3) estado de gracia en aquel a quien se aplica la indulgencia, y también en aquel que la gana, si se exige para ganarla "tener el corazón contrito". La devoción o el fervor de la caridad no se requieren propiamente para ganar las indulgencias ni, como se ha dicho, aumentan el fruto que se percibe de las mismas. Indirectamente influyen en cuanto con ese fervor se perdonan los pecados veniales, y, por tanto, se da lugar a que se remita la pena temporal debida por estas faltas veniales.
Por lo que a los difuntos se refiere, es cierto que el Romano Pontífice cuando concede una indulgencia plenaria aplica del tesoro de la Iglesia todo lo que es necesario para una plena remisión de la pena temporal; de parte de Dios no es cierto en (qué grado aplica al alma del difunto esta remisión. Pero, teniendo en cuenta la doctrina de la Iglesia, que ha condenado como falsa, temeraria, perniciosa y ofensiva para la misma Iglesia la opinión contraria, hay que afirmar que los sufragios que se aplican por las almas del purgatorio aprovechan primaria y principalmente a aquellos por quienes se ofrecen, y aun se podría decir que siempre e infaliblemente, sin excepción.
a) Absolutamente: las indulgencias son un gran beneficio de la misericordia divina, con que se completa la remisión del pecado.
Además, por las indulgencias se promueven eficazmente muchas buenas obras tanto en la Iglesia universal como en cada uno de los fieles. En concreto:
1) Es una afirmación práctica de los dogmas en que se basa la concesión de las indulgencias: justicia de Dios, que exige plena purificación aun de los pecados ya perdonados; necesidad de satisfacer por los pecados; existencia del purgatorio; comunión de los santos, con sus mutuos deberes y vínculos de caridad; bienes que se derivan de pertenecer a la Iglesia; potestad grande de la Iglesia y del Romano Pontífice.
2) Invitación a cultivar determinadas virtudes y devociones a las cuales van anejas las indulgencias, y que son de gran valor o para remedio de la flaqueza humana o para llenar las almas del espíritu de Cristo. Tales, por ejemplo, la comunión frecuente, la memoria de la pasión por el viacrucis, la medita ción de los misterios de la vida de Cristo por el rosario, etc.
b) Relativamente: de todos modos, no hay que exagerar de tal suerte la utilidad de las indulgencias, que se consideren como necesarias para la perfección o que lleven a los fieles a tener en tanto el conseguir una indulgencia, que por ello abandonen el cuidado de mortificarse para evitar pecados futuros o abandonen sus deberes de estado y otras obras con las cuales adquieren méritos para la vida eterna. Las indulgencias de sí no tienen valor medicinal, y, por lo mismo, dejan a los fieles con toda la entereza de sus pasiones; de suerte que puede uno ganar muchas indulgencias y no obrar eficazmente contra el pecado, del cual viene luego el débito de la pena temporal a remitir por nuevas indulgencias. Santo Tomás, a quienes, dejadas todas las demás obras, se afanan en ganar indulgencias, con las cuales se quita la pena temporal, que retarda la visión de Dios, les dice que, "aunque las indulgencias sean de mucho valor para la remisión de la pena, sin embargo, hay otras obras satisfactorias de más mérito respecto al bien esencial o visión beatífica de Dios, el cual es mucho mejor que la remisión de la pena temporal". Y así saca esta conclusión para los religiosos: "Por causa de conseguir indulgencias no debe abandonarse la observancia de las reglas, porque los religiosos consiguen más cielo cumpliendo sus deberes de estado que no ganando indulgencias, aunque pueden obtener menor remisión de la pena temporal, que, por otra parte, es un bien menor comparado con el cielo". En una palabra, es preferible un grado mayor de gloria, aunque sea después de algún tiempo de purgatorio, que un grado menor sin pasar por él (c, GALTIER, De paeniteníia).
88 Como cadáver de un reo, el cuerpo de Cristo estaba en poder del juez, que no le entregó hasta haberse certificado de eme estaba ya muerto. Cf. Mt 27,57-58; Mc 15,42-47; Lc 23,50-56; Jn 19,38-42.
(89) Pasado el sábado, va Dará amanecer el día primero de la semana, vino María Magdalena con la otra María a ver el sepulcro. Y sobrevino un gran terremoto, pues un ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose, removió la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella... El ángel, dirigiéndose a las mujeres, dijo: No temáis vosotras, pues sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí, ha resucitado, según lo había dicho. Venid y ved el sitio donde fue puesto (Mt 28,1-6). Cf. Mc 16,1-8; Lc 24, 1-11; Jn 20,1-18.
(90) Pero Dios, rotas las ataduras de la muerte, le resucitó, por cuanto no era posible que fuera dominado por ella (Ac 2,24).
Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos habita en nosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por virtud de su Espíritu, que habita en vosotros (Rm 8,11).
(91) Él es la cabeza del cuerpo de la Iglesia; Él es el principio, el primogénito de los muertos, para que tenga la primacía sobre todas las cosas (Col 1,18).
Jesucristo, el testigo veraz, el primogénito de los muertos (Ap 5).
(92) ¡Oh Yavé, mi Dios! ¿Vas a afligir a la viuda que en su casa me ha hospedado matando a su hijo? Tendióse tres veces sobre el niño, invocando a Yavé y diciendo: ¡Yavé, Dios mío, que vuelva, te ruego, el alma de este niño a entrar en él!
Yavé oyó la voz de Elias y volvió dentro del niño su alma, y revivió (1R 17,20-24).
Mientras les hablaba, llegó un jefe, y acercándose se postró ante Él, diciendo: Mi hija acaba de morir, pero ven, pon tu mano sobre ella y vivirá...
Cuando llegó Jesús a ¡a casa del jefe, viendo a los flautistas y a la muchedumbre de plañideras, dijo: Retiraos, que la niña no está muerta, duerme. Y se retan de Él. Una vez que la mu chedumbre fue echada fuera, entró, tomó de la mano a la niña, y ésta se levantó (Mt 9,18-26).
Joven, a ti te hablo, levántate. Sentóse el muerto y comenzó a hablar (Lc 7,14).
Dijo Jesús: Quitad la piedra. Díjole Marta, la hermana del muerto: Señor, ya hiede, pues lleva cuatro días...
Jesús gritó con fuerte voz: ¡Lázaro, sal fuera! Salió el muerto ligado con fajas pies y manos y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Soltadle y dejadle ir (Jn 11,39-43).
La cortina del templo se rasgó de arriba abajo en dos partes, la tierra tembló y se hendieron las rocas; se abrieron los monumentos y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron (Mt 27,51-52).
Pedro les hizo salir fuera a iodos y, puesto de rodillas, oró; luego, vuelto al cadáver, dijo: Tabita, levántate. Abrió ella los ojos, y, viendo a Pedro, se sentó (Ac 9,36-43)
(93) Pues a la verdad os he transmitido, en primer lugar, lo que yo mismo he recibido: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras (1Co 15,3).
(94) SAN AGUSTÍN, Comentario al salmo 120: ML 37,1609.
(95) Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para sufrir mucho de parte de los ancianos, los principies de los sacerdotes y los escribas, y ser muerto, y al tercer día resucitar (Mt 16,21).
Al bajar del monte les mandó Jesús, diciendo: No deis a conocer a nadie esta visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre ¡os muertos (Mt 17,9).
Y le entregarán a los gentiles para que le escarnezcan, le azoten y le crucifiquen, pero al tercer día resucitará (Mt 20,19).
Pero después de resucitado os precederá a Galilea (Mt 26,32).
(96) Os traigo a la memoria, hermanos, el Evangelio que os he predicado, que habéis recibido, en el que os mantenéis firmes, y por el cuál sois salvos, si lo retenéis tal y como yo os lo anuncié, a no ser que hayáis creído en vano...
Pues si de Cristo se predica que ha resucitado de los muertos, ¿cómo entre vosotros dicen algunos que no hay resurrección de los muertos? Si la resurrección de los muertos no se da, tampoco Cristo resucitó...
Pero no. Cristo ha resucitado de entre los muertos, como primicia de los que mueren... Y como en Adán hemos muerto todos, así también en Cristo somos vivificados... Como llevamos la imagen del terreno, llevaremos también la imagen del celestial... Así, pues, hermanos míos muy amados, manteneos firmes, inconmovibles, abundando siempre en la obra del Señor, teniendo presente que vuestro trabajo no es vano en el Señor (1Co 15,1-58).
(97) No queremos, hermanos, que ignoréis lo tocante a la suerte de los muertos, para que no os aflijáis como los demás, que carecen de esperanza. Pues, si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios por Jesús tomará consigo a los que se durmieron en Él (1Th 4,13).
Tanto en esta Epístola como en la de los Corintios eis claro el pensamiento paulino. A los Colosenses les decía que Cristo es el primogénito de los muertos (Col 1,18), no sólo en cuanto que fue el primero que resucitó, sino en cuanto que es fuente y razón de ser, causa eficiente y ejemplar de nuestra resurrección: todos los demás resucitaremos por su virtud.
Por eso le llama también primicias de los que mueren (1Co 15,20). Las primicias son la promesa y la prenda de otros frutos que las siguen. La resurrección de Cristo lleva consigo la nuestra. Y esto no sólo en cuanto que mereció nuestra resurrección, sino porque en la suya está ya efectivamente la nuestra. Jesús resucitó el primero en el orden de tiempo y de dignidad. Ya están recogidas las primicias, pero su resurrección no será única; al fin de los tiempos resucitarán todos los muertos, siguiendo las primicias.
Ya comprenderemos las palabras de San Pablo cuando afirmaba la relación existente entre la resurrección de Cristo y la nuestra: Si la resurrección de los muertos no se da, tampoco Cristo resucitó (1Co 15). Y es que la resurrección de Cristo y la nuestra están tan íntimamente unidas, que la negación de la nuestra llevaría consigo la negación de la de Cristo, tan claramente atestiguada por los apóstoles.
¿Dónde pone el Apóstol la fuerza de ese razonamiento? En la unión que el bautismo establece entre Jesucristo y los fieles. Por el bautismo los fieles somos incorporados a Cristo, somos íntimamente unidos a Él, como los miembros a la cabeza, y venimos a formar con Él un cuerpo místico, del que Él es la Cabeza. Ahora bien, cabeza y miembros tienen que seguir unas mismas leyes de vida o muerte. Si la cabeza resucitó, también los miembros tienen que resucitar. No está bien que un cuerpo tenga la cabeza viva y los miembros muertos.
La resurrección de Jesucristo es prenda y modelo de nuestra resurrección. Pero para que un día resucitemos con Cristo para la vida eterna del cielo es preciso que ya en esta vida resucitemos del pecado y, una vez resucitados del pecado todos, vivamos la vida de Cristo por la gracia, que es como la semilla de la vida que eternamente viviremos con Cristo en la patria celestial.
(98) Pues así es la resurrección de los muertos; se siembra en corrupción y resucita en incorrupción. Se siembra en ignominia y se levanta en gloria. Se siembra en flaqueza y se levanta en poder. Se siembra cuerpo animal y se levanta un cuerpo espiritual. Pues, si hay cuerpo animal, también lo hay espiritual (1Co 15,42-44).
(99) Con Él hemos sido sepultados por el bautismo, para participar de su muerte, para que, como Él resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque, si hemos sido injertados en Él por la semejanza de su muerte, así también lo seremos por la de su resurrección (Rm 6,4-5).
(100) por lo demás, hermanos, atended a cuanto hay de verdadero, de honorable, de justo, de puro, de amable, de laudable, de virtuoso, de digno de alabanza; a eso estad atentos, y practicad lo que habéis aprendido y recibido, u habéis oído y visto, v el Dios de la paz será con vosotros (Ph 4,8-9).
(101) Cuando hubieron pasado, dijo Elias a Elíseo: Pídeme lo que quieras que haga por ti antes que sea apartado de ti. Y Elíseo le dijo: Que tenga yo dos partes en tu espíritu. Elias le dijo: Difícil cosa has pedido; si cuando yo sea arrebatado de ti me vieres, así .será; si no, no. Siguieron andando y hablando, y he aquí que un carro de fuego con caballos de fuego separó a uno de otro, y Elias subía al cielo en el torbellino. Elíseo miraba y clamaba: ¡Padre mío, padre mío! /Carro de Israel y auriga suyo! Y no le vio más, y, cogiendo sus vestidos, los rasgó en dos trozos y cogió el manto de Elias, que éste había dejado caer (2R 2,9-13).
(102) Vivía entonces en Judea el profeta Habacuc, el cual, cocida la comida y mojado el pan en la cazuela, se iba al campo para llevarlo a los segadores. Pero el ángel del Señor dijo a Habacuc: Lleva la comida que tienes preparada a Daniel, que está en Babilonia, en el foso de los leones. Y contestó Habacuc: Señor, nunca he visto a Babilonia y no sé qué es el foso de los leones. Y tomándole el ángel del Señor por la coronilla, por los cabellos de su cabeza, le llevó a Babilonia. Encima del foso, con la velocidad del espíritu (Da 14,33-36).
(103) Mandó parar el coche y bajaron ambos al agua. El Es píritu del Señor arrebató a Felipe, y ya no le vio más el eunuco, que continuó alegre su camino. Cuanto a Felipe, se encontró en Azoto, y de jjaso evangelizaba las ciudades hasta llegar a Cesárea (Ac 8,38-40).
(104) Es condición del alma comprensora, o que está doomi nada por la gloria, dominar totalmente al cuerpo (3 q.ll a.2).
(105) En el primer libro, ¡oh caro Teófilo!, traté de todo lo que Jesús hizo y enseñó hasta el día en que fue levantado al cielo, una vez que, movido por el Espíritu Santo, tomó sus disposiciones acerca de los apóstoles que se había elegido; a los cuales después de su pasión se dio a ver en muchas ocasiones, apareciéndoseles durante cuarenta días y habiéndoles del reino de Dios; y comiendo con ellos, les mandó no apartarse de Jeru - salén, sino esperar la promesa del Padre, que de mí habéis escachado; porque Juan bautizó en agua, pero vosotros, pasados no muchoá días, seréis bautizados en el Espíritu Santo. Los reunidos le preguntaban: Señor, ¿es ahora cuando vas a restablecer el reino de Israel? Él les dijo: No os toca a vosotros conocer los tiempos ni los momentos que el Padre ha fijado en virtud de su poder soberano; pero recibiréis la virtud del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea, en Samaría y hasta los extremos de la tierra.
Diciendo esto y viéndole ellos, se elevó, y una nube le ocultó a sus ojos. Mientras estaban mirando a los cielos, fija la vista en el que se iba, dos varones con hábitos blancos se les pusieron delante y les dijeron: Varones galileos, ¿qué estáis mirando al cielo? Ese Jesús que ha sido llevado de entre vosotros al cielo, vendrá así como le habéis visto ir al cielo. Entonces se volvieron del monte llamado Olívete a Jerusalén (Ac 1,1-2).
(106 Pilato contestó: ¿Soy yo judío por ventura? Tu nación y los pontífices te han entregado a mí; ¿que has hecho? Jesús respondió: Mi reino no es de este mundo; si de este mundo fuera mi reino, mis ministros habrían luchado para que no fuese entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí (Jn 18,35-37).
(107) Cuando llegó el día de Pentecostés, estando todos juntos en un lugar, se produjo de repente un ruido del cielo, como el de un viento impetuoso, que invadió todas las casas en que residían. Aparecieron, como divididas, lenguas de fuego, que se posaron sobre cada uno de ellos, quedando todos llenos del Espíritu Santo; y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según que el Espíritu les daba (Ac 2,1-4).
(108) No se turbe vuestro corazón: creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, os lo diría, porque voy a prepararos el lugar. Cuando yo me haya ido y os haya preparado el lugar, de nuevo volveré y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy, estéis también vcsotros. Pues para donde yo voy, vosotros conocéis el camino.
(109) En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará; vosotros os entristeceréis, pero vuestra tristeza se volverá en gozo. La mujer, cuando pare, siente tristeza, porque ha llegado su hora, pero cuando ha dado a luz un hijo, ya no se acuerda de la tribulación por el gozo que tiene de haber venido al mundo un hombre. Vosotros, pues, afto - ra tenéis tristeza; pero de nuevo os veré, y se alegrará vuestro corazón, y nadie será capaz de quitaros vuestra alegría (Jn 16,20-22).
(110) San Pablo escribía: Desde ahora a nadie conocemos según la carne, y aún a Cristo si le conocimos según la carne, pero ahora ya no así (2Co 5,16).
Y nuestra madre la Iglesia nos invita a cantar: "Verdaderamente es digno y justo, equitativo y saludable el que en todo tiempo y lugar te demos gracias a Ti, Señor Santo, Padre todopoderoso, Dios eterno; por Jesucristo, nuestro Señor. El cual, después de su resurrección, se mostró a todos sus discípulos, y en su presencia subió al cielo para hacernos partícipes de su Divinidad" (Prefacio de la Ascensión. Misal Romano).
(111) Cuando hubieron comido, dijo Jesús a Simón Pedro: Simón (hijo) de Juan, ¿me amas más que éstos? Él les dijo: Sí, Señor, Tú sabes que te amo. Díjole: Apacienta mis corderos. Por segunda vez le dijo: Simón (hijo) de Juan, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor. Tú sabes que te amo. Jesús te dijo: Apacienta mis ovejuelas (Jn 21,13-16).
(112) pero vendrá el día del Señor como ladrón, y en él pasarán con estrépito los cielos, y los elementos, abrasados, se disolverán, y asimismo la tierra con las obras que en ella hay (2P 3,10).
(113) El contraste entre estas palabras y los versos anteriores prueba que no se habla sino de la venida de Jesús al fin de los tiempos. Esta venida será repentina, y para ella habrá que estar siempre preparados.
Insiste el Señor sobre su incertidumbre, porque sabía cuánta era la curiosidad humana por averiguar la venida de este día y las ansiedades que podría causar esta curiosidad. Es un secreto del Padre, el cual ni a los ángeles ni al mismo Hijo lo ha comunicado, para que lo anuncien a los hombres.
No es que los ángeles, ni menos el Hijo, lo ignoren; pero, como mensajeros divinos, encargados de dar a conocer la voluntad de Dios, la desconocen absolutamente.
Véase una respuesta semejante en Ac 1,7:
No os toca a vosotros conocer los tiempos y momentos, que el Padre se ha reservado (cf. NÁCARCOLUNGA, Sagrada Biblia: BAC, p.1276).
(114) Cf. 1R 2,10; Ps 95,13; 97,9; Is 12,20; Jr 46,10; Da 7,26; Joel 2,1.31; Sof. 1,7.14; Mal 4,1; Mt 13,40; Lc 17, 24; Ac 1,11; 3,20; Rm 2,16; 1Co 15,51; 1Th 1,10; 2Th 1,10; Ap 20,11.
"La Iglesia católica, fundándose en los datos explícitos de
la divina revelación, ha creído y enseñado siempre que el mundo actual, tal como Dios lo ha formado, y que existe en la realidad, no durará para siempre.
Llegará un día - no sabemos cuándo - en que terminará su constitución actual y sufrirá una honda transformación, que equivaldrá a una especie de nueva creación.
La Sagrada Escritura lo dice expresamente en muchos lugares del Antiguo y Nuevo Testamento. Por vía de ejemplo citamos los siguientes:
Porque voy a crear cielos nuevos y una tierra nueva, y ya no se recordará lo pasado, y ya no habrá de ello memoria (Is 65,17).
Se oscurecerá el sol, y la luna no dará su luz, y las estrellas caerán del cielo, y las columnas del cielo se conmoverán (Mt 24,29).
El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán (Lc 21,33).
Después será el fin, cuando entregue a Dios Padre el reino... (1Co 15,24).
El fin de todo está cercano. Sed, pues, discretos y velad en la oración (1P 4,7).
En la expectación de la llegada del día de Dios, cuando los cielos, abrasados, se disolverán, y los elementos, abrasados, se derretirán... Pero nosotros esperamos otros cielos nuevos y otra tierra nueva, en que tiene su morada la justicia, según la promesa del Señor (2P 3 2P 12-13).
Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido; y el mar no existía ya (Ap 21,1).
Sea de ello lo que fuere, está del todo claro y fuera de duda que la vida del hombre sobre la. tierra no se prolongará eternamente. Después del juicio final no habrá más que cielo o infierno para toda la eternidad. La vida terrestre del hombre sobre la tierra habrá terminado para siempre" (P. ROYO, O.P., Teología de la salvación, 564-566).
(115) Para un detallado estudio de las verdades del más allá recomendamos la espléndida y exhaustiva obra del P. ROYO, O.P., Teología de la salvación (BAC, 1956). De ella entresacamos y resumimos nuestras notas sobre la existencia y naturaleza del juicio, purgatorio e infierno.
A la separación del alma y del cuerpo seguirá inmediatamente el juicio particular: apreciación de los méritos y deméritos contraídos durante la vida terrestre. En virtud de ellos, el supremo Juez pronunciará la sentencia que decida nuestros destinos eternos.
Tampoco han faltado errores acerca de esta materia. En forma más o menos directa, negaron la existencia del juicio particular o al menos pervirtieron su sentido:
1) Los gnósticos y maniqueos, partidarios de la "metempsicosis", o transmigración de las almas de unos cuerpos a otros resoués de la muerte. Este viejo error ha sido renovado por los modernos teósofos y espiritistas.
2) Los hipnosíquicos afirman que el alma humana, al separarse del cuerpo, entra en una especie de modorra o sueño profundo, en el que permanecerá hasta la resurrección final de la carne. Así opinaba Vigilancio - a quien San Jerónimo apellidaba con fina ironía "dormitando"-. y ciertols coptos y armenios, a los que siguen varias sectas protestantes.
3) Otros creían que las almas separadas permanecerán inciertas de su suerte eterna hasta el juicio final, en que se les comunicará la sentencia. Así pensaba, entre los antiguos, Lactancio, y más tarde compartieron su error Lutero y Calvino y los protestantes más modernos. Frente a todos estos errores, enseña la Iglesia católica (como verdad de fe, según no pocos teólogos) que el alma humana (toda alma racional, cristiana o pagana, justa o pecadora, de adulto o de niño, de hombre o de mujer, sin ninguna excepción), al separarse del cuerpo (en el momento de producirse la muerte real, que no coincide con la muerte aparente), será juzgada por Dios (sometida a un acto de justicia, por el cual, en vista de sus buenas o malas obras, Uios pronunciará la sentencia que merece en orden al premio o castigo), inmediatamente (sin demora alguna).
Cierto que casi todos los textos de la Sagrada Escritura que nos hablan del "juicio de Dios" aluden directamente al juicio final o universal; pero no lo es menos que la verdad del juicio particular (que la Iglesia enseña de manera inequívoca) tiene su fundamento en las páginas sagradas, al menos de una manera implícita y remota; son muchas las veces que se nos dice en los pasajes bíblicos que el justo y el pecador reciben inmediatamente después de la muerte el premio o castigo por sus buenas o malas obras, y la Iglesia ha definido como verdad de fe esta retribución inmediata. Y es claro que la adjudicación del premio o castigo a una determinada alma en particular supone necesariamente una previa sentencia y, por lo mismo, un verdadero juicio particular.
Tampoco el magisterio eclesiástico ha formulado explícitamente ninguna declaración dogmática sobre esta materia; pero es una verdad que se desprende implícitamente de otras verdades definidas y se encuentra explícita en multitud de textos de su magisterio ordinario (cf. D 457 464 493-530 693 696..., etc.). El Concilio Vaticano, recogiendo este común sentir de la Iglesia, tenía preparada, para ser definida, la siguiente proposición (que no llegó a definirse por tener que ser suspendidas las sesiones del Concilio antes de ser examinada):
"Después de la muerte, que es término de nuestra vida, compareceremos inmediatamente ante el tribunal de Dios, para dar cuenta cada uno de las cosas que hizo con su cuerpo".
¿Cuándo se celebrará este juicio?-En el instante mismo de producirse la muerte real, es decir, en el momento mismo en que el alma se separa del cuerpo. La Iglesia ha definido la entrada
del alma inmediatamente después de la muerte en el lugar que le corresponde según sus malas o buenas obras (D 464 531 693). Y la adjudicación del destino que le corresponde constituye cabalmente la sentencia del juicio particular. Luego éste tiene lugar en el instante mismo de la muerte.
¿Dónde se realizará?-En el mismo lugar en donde se ha producido la muerte. Allí conocerá el alma su suerte final, y al i unto se dirigirá al lugar designado por la sentencia del Juez.
¿Cuándo se ejecútate la sentencia?-Según doctrina católica expresamente definida como dogma de fe por el papa Benedicto XII en la constitución apostólica Benedictus Deas (D 530-531), la sentencia del Juez se ejecutará inmediatamente, sin un solo instante de demora (cf. P.ROYO, O.P., Le, p.280-298). . /.
(116) La existencia del juicio final es una verdad de fe expresamente contenida en la Sagrada Escritura y definida por la Iglesia de una manera explícita.
Fue negada por multitud de herejes, entre los que destacan los gnósticos, los albigenses y los racionalistas en general.
Prescindiendo de numerosos textos que suelen citarse del Antiguo Testamento, y cuya verdadera interpretación exegética se presta a muchas discusiones, bástennos los no menos numerosos e insignes del Nuevo, en los que la doctrina del juicio final aparece con toda claridad y transparencia. He aquí algunos:
Entonces aparecerá el estandarte del Hijo del hombre en el cielo, y se lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del horrtr bte venir sobre las nubes del cielo con poder y majestad grande. Y enviará sus ángeles con poderosa trompeta y reunirán de los cuatro vientos a los elegidos desde un extremo del cielo hasta el otro (Mt 24,30-31).
Cuando el Hijo del hombre venga en su gloría y todos los ángeles con Él, se sentará sobre su trono de gloria, y se reunirán en su presencia todas las gentes, y separará a unos de otros, como el pastor separa a las ovejas de los cabritos, y pondrá las ovejas a su derecha y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los que están a su derecha: Venid, benditos de mi Padre... (Mt 25,31-46).
Puesto que todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo, para que reciba cada uno según lo que hubiese hecho por el cuerpo, bueno o malo (2Co 5,10).
Ahora, extrañados de que no concurráis a su desenfrenada liviandad, os insultan; pero tendrán que dar cuenta al que está pronto para juzgar a vivos y muertos" (1P 4,4-5).
Y entregó el mar los muertos que tenía en su seno, y asimismo la muerte y el infierno entregaron los que tenían, y fueron juzgados cada uno según sus obras (Ap 20,13).
No cabe hablar más claro y de manera más terminante. La santa Iglesia, por lo demás,, ha definido expresamente la doctrina del juicio universal como perteneciente al depósito de la divina revelación, recogiéndola incluso en los llamados símbolos de la fe. Basten estos testimonios:
"Creo que ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos" (Símbolo Apostólico: D 7 9).
"A cuyo advenimiento todos los hombres han de resucitar con sus propios cuerpos para dar cuenta de sus actos" (Símbolo Atanasiano: D 40).
"Y otra vez ha de venir con gloria a juzgar a los vivos y a los muertos" (Símbolo Niceno - Constantinopolitano: D 86).
"Creemos y confesamos firmemente que al fin de los siglos ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, y dará a cada uno según sus obras" (Concilio IV de Letrán: D 429).
"Definimos, además, que... en el día del juicio todos los hombres comparecerán con sus propios cuerpos ante el tribunal de Cristo para dar cuenta de sus propias obras" (BENEDICTO XII: D 531), etc.
¿Dónde se celebrará el juicio final?-Nada se sabe con certeza. Muchos Santos Padres y teólogos antiguos, fundándose en dos textos del profeta )oel (3,2; 3,12-15) e interpretándolos tal como suenan, señalaron el valle de Josafat como lugar donde habrá de celebrarse el juicio final.
Pero, aparte de que el verdadero sentido literal de los textos citados no parece aludir al juicio final de la humanidad, hay que tener en cuenta que en hebreo la palabra Josfaí significa ¦Dios juzga, con lo cual puede muy bien emplearse este vocablo para designar "el valle del juicio", sea el que fuere, sin ninguna significación geográfica precisa.
Fue mucho más tarde cuando se aplicó el nombre del valle de Josafat al barranco del torrente Cedrón que separa Jeru - salén del monte de los Olivos.
¿Cuándo tendrá lugar?-Tampoco sabemos absolutamente nada. Es secreto que Dios ha querido reservarse. Bástenos recordar las palabras de nuestro Señor:
Cuanto a ese día o a esa hora, nadie la conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre. Estad alerta, velad, porque no sabéis cuándo será el tiempo (Mt 13,32-33).
Ejecución de la sentencia.-Es dogma de fe que la ejecución de la sentencia será instantánea e irrevocable para toda la eternidad (D 211) (cf. P.ROYO., l.c, p.599-624).
(117) ¿O es que desprecias las riquezas de su bondad, paciencia y longanimidad, desconociendo que la bondad de Dios te atrae a penitencia? Pues, conforme a tu dureza y a la impenitencia de tu corazón, vas atesorándote ira para el día de la ira, de la revelación del justo juicio de Dios, que dará a cada uno según sus obras; a los que, con perseverancia en el bien obrar, buscan la gloria, el honor y la incorrupción, la gloria eterna (Rm 2,4-7).
Cierto que de nada me arguye la conciencia, mas no por eso me creo justificado; quien me juzga es el Señor. Tampoco, pues, juzguéis vosotros antes de tiempo mientras no venga el Señor, que iluminará los escondrijos y hará manifiestos los propósitos de los corazones, y entonces cada uno tendrá la alabanza de Dios (1Co 4,4-6).
(118) Todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo, para que reciba cada uno según lo que hubiere hecho con el cuerpo, bueno o malo (2Co 5,10).
(119) Poniendo en mi corazón todo esto, vi bien que el justo y el sabio y sus obras están en las manos de Dios, y ni siquiera sabe el hombre si es objeto de amor o de odio; todo está encubierto ante Él (Si 9,1).
Para que confíen en Él cuantos conocen su nombre, pues no abandonas, ¡oh Y ave!, a los que te buscan (Ps 9,11).
(120) ¿Cómo es que viven los impíos, se prolongan sus días, y se aseguran en su poder? (Jb 21,7).
Muy justo eres tú, Yavé, para que yo vaya a contender contigo; pero déjame decirte una cosa: ¿Por qué es próspero el camino de los impíos y son afortunados los perdidos y malvados? Tú los plantas y ellos echan raíces, crecen y fructifican; te tienen a ti en la boca, pero está muy lejos de ti su corazón (Jr 12,1-2).
Muy limpio de ojos eres tu para contemplar el mal, y no puedes soportar la vista de la opresión. ¿Por qué, pues, soportas a los malva* dos y callas, mientras el impío devora al que es más justo que tú? (Hab. 1,13).
Ya dejamos expuesto en la nota sobre la providencia divina, los fundamentos teológicos para una sana comprensión de la existencia del mal - físico y moral - en el mundo. No queda sino sacar conclusiones.
1) Ante todo, no siempre es verdad que los malos son más felices y los que abundan en bienes de todas clases, mientras los buenos viven constantemente afligidos. Buenos y malos tienen sus ratos de sonrisas y sus horas de lágrimas, porque la felicidad en este mundo es algo muy relativo. Un pobre virtuoso que se contenta con poco y pone su dicha en ser un buen cristiano y vivir en gracia de Dios, es mil veces más feliz que el millonario avariento y malo, con el alma constantemente pendiente del hilo de la desesperación. Hay malos desgraciados y buenos felices, como hay buenos infelices y malos que prosperan.
2) Pero concedamos que los malos que en este mundo prosperan son más numerosos que los buenos. Hasta lo consideraríamos natural y lógico: ahogada la voz de la conciencia y conculcados los valores sobrenaturales, tienen menos estorbos para sus vidas de bajos instintos.
Esto, a lo sumo, probaría que tiene que haber otra vida, donde a cada uno se le dará conforme a sus méritos. A los dignos, premio eterno; a los indignos, pena eterna. La vida es camino, y todos somos peregrinantes. En la orilla de la eternidad nos encontraremos todos. Los buenos, los "pobres de espíritu", "los que sufrieron por la justicia...", sentirán el gozo del premio de Dios (que jamás falla a su palabra), y verán brillar en lontananza una eternidad de paz y de descanso, porque su pieron purgar en la vida sus pecados y vivir los caminos de Dios. Los malos, que acá ríen, porque triunfan y todo les sale bien..., teman, porque ya recibieron en este mundo la recompensa. Hace veinte siglos nos lo anunciaba Jesús: En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará; vosotros os entristeceréis, pero vuestra tristeza se volverá en gozo y nadie será capaz de quitaros vuestra alegría (Jn 16,20). Y el cielo y la tierra pasarán, pero sus palabras no pasarán (Mt 25,35). Creo que no se pueden comparar •-exclamaba San Pablo - los sufrimientos de esta vida con la gloria que nos espera en la otra (Rm 8,18).
Ni debe olvidarse la existencia del pecado original. Esta verdad dogmática arrojará mucha luz sobre nuestras incertidum - bres e inquietudes. En ella hay que buscar la auténtica raíz de muchos de nuestros males presentes.
Pero, para consuelo nuestro, sabemos que Jesucristo convertirá nuestros dolores y sufrimientos, bien llevados, en fuente de méritos y satisfacciones sin cuento.
Recordemos, por último, que Dios sabe escribir muy derecho con renglones torcidos. ¡Cuántos pobres desorientados y alejados de la Verdad y de ía Vida abrieron los ojols del alma y se desengañaron de la caducidad de las cosas terrenas al verse hundidos en la cama de un hospital! La sangre de los mártires es semilla de cristianos y la pasión de Jesucristo trajo como consecuencia la redención del género humano.
No te impacientes por los malvados, no envidies a los que hacen el mal; porque presto serán segados como el heno y cfomo la hierba tierna se secarán... Mejor fe es al justo lo poco que la gran opulencia de los impíos; porque los brazos del impío serán rotos, mientras que Yavé sostiene al justo. Estos no serán confundidos al tiempo malo, y serán saciados en el día del hambre...
Los benditos de Dios heredarán la tierra; los malditos de él serán, exterminados...
He visto al impío altamente ensalzado, u extenderse como árbol vigoroso. Pero pasé de nuevo, y ya no era; le busqué, y no le hallé...
Considera al recto y mira al justo, y verás que su felicidad. Los impíos, por el contrarío, serán exterminados; la posteridad de los malvados será tronchada (Ps 36,1-38).
¿Por qué te abates, alma mía? Por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, que aún le alabaré. ¡El es la alegría de mi rostro. El es mi Dios! Como anhela la cierva las corrientes aguas, asi te anhela a ti mi alma, ¡oh Dios!Mi alma está sedienta de Dios, del Dios vivo. ¿Cuándo vendré y veré la faz de Dios? (Ps 41,1-3).
(121) Las nubes le cubren como velo, y no ve; se pasea por la bóveda de los cielos (Jb 22,14).
(122) Luego, en seguida, después de la tribulación de aquellos días, se oscurecerá el sol, y la luna no dará su luz, y las estrellas caerán del cielo, y las columnas del cielo se conmoverán. Entonces aparecerá el estandarte del Hijo del hombre en el cielo, y se lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con poder y majestad grandes (Mt 24,29-30).
Pero en aquellos días, después de aquella tribulación, se obscurecerá el sol, y la luna no dará su brillo, y las estrellas se caerán del cielo, y los poderes de los cielos se conmoverán. Entonces verán al Hijo del hombre viniendo sobre las nubes con gran poder y majestad. Enviará a sus ángeles, y juntará a sus elegidos de los cuatro vientos, del extremo del cielo (Mc 13,24-27).
... Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y sobre la tierra perturbación de las naciones, aterradas por los bramidos del mar y la agitación de las olas, exhalando los hombres sus almas por el íerror y el ansia de lo que viene sobre la tierra, pues las columnas de los cielos se conmoverán. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube con poder y majestad grandes (Lc 21,25-27).
(123) Según testimonio explícito de la Sagrada Escritura, nadie sabe, ni sabrá, cuándo tendrá lugar el fin del mundo (Mt 24,36).
Pero son los mismos libros sagrados quienes nos ofrecen alosnas señales por las que de alguna manera podrá conjeturarse su mayor o menor proximidad. Ño se nos prohibe examinar esas señales, pero es preciso tener en cuenta que son muy vagas e inconcretas y se prestan a grandes confusiones, sobre todo por el carácter evidentemente metafórico y ponderativo de muchas de ellas. Buena prueba de esto la ofrece el hecho de que la humanidad ha creído verlas ya en diferentes épocas de la historia, que hacían presentir la proximidad de la catástrofe final. Lo único cierto en esta materia tan difícil y oscura es que nadie absolutamente sabe nada: es un misterio de Dios.
Éstas son las principales de que nos habla la Sagrada Escritura :
1) La predicación del Evangelio en todo el mundo.-Lo anunció el mismo Cristo al decir a sus apóstoles: Será predicado este Evangelio del reina en todo el mundo, testimonio para todas las naciones, y entonces vendrá el fin (Mt 24,14).
Deben entenderse estas palabras, no en el sentido de que todas las gentes se convertirán de hecho al cristianismo, sino únicamente que el Evangelio se propagará suficientemente por todas las regiones del mundo, de manera que todos los hombres que quieran puedan convertirse a él.
2) La apostasía universal,-Lo anunció el mismo Cristo y lo repitió después San Pablo:
Y se levantarán muchos falsos profetas, que engañarán a muchos, y por el exceso de la maldad se enfriará la caridad de muchos (Lc 18,8).
Que nadie en modo alguno se engañe, porque antes ha de venir la apostasía, y ha de manifestarse el hombre de la iniquidad, el hijo de la perdición (2Th 2,3).
Ya se comprende que esta apostasía de la fe no será universal y absoluta en todo el género humano, ya que la Iglesia no puede perecer.
3) La conversión de los judíos.-En contraste con esta apostasía casi general, habrá de verificarse la conversión de Israel, anunciada por el apóstol San Pablo (Rm 11,25-26).
4) La aparición del anticristo.
Antes ha de manifestarse el hombre de la iniquidad, el hijo de la perdición, que se opone y se alza contra todo lo que se dice Dios o es adorado (2Th 2,3).
Es muy misteriosa la naturaleza de este anticristo. ¿Se trata de cualquier manifestación del espíritu anticristiano: el pecado, la herejía, la persecución..., etc.? Ello justificaría plenamente y a la letra la expresión de San Juan: El anticristo se halla ya en el mundo (1Jn 4,3). ¿Se trata de una persona individual, que desplegaría - permitiéndolo Dios - un gran poder de seducción con falsos prodigios, que engañarán a muchos? Misterio de Dios. Lo cierto es que al fin será vencido y muerto por Cristo con el aliento de su boca (2Th 2,8) (cf. P.ROYO, O.P., l.c, p 566-569).
(124) Cf. Da 7,7-10.
(125) Cf. Mt 24,29-30 Mc 13,26 2Th 2,11 Rm 2,2-24.
(126) Hay diversidad de dones, peco uno mismo es el Espíritu, Hay diversidad de ministerios, pero uno mismo es el Señor. Hay diversidad de operaciones, pero uno mismo es Dios, que obra todas las cosas en todos. Y a cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad. A uno le es dada por el Espíritu de sabiduría: a otro, la palabra de ciencia, según el mismo Espíritu; a oíro, fe en el mismo Espíritu; a otro, don de curaciones en el mismo Espíritu; a otro, operaciones de milagros; a otro, de profecía; a otro, discreción de espíritus; a otro, género de lengua; a otro, interpretación de lenguas. Todas estas cosas las obra el único y mismo Espíritu, que distribuye a cada uno según quiere (1Co 12,4-11).
(127) Dios es Espíritu, y los que le adoran han de adorarle en espíritu y verdad (Jn 4,24).
El Señor es Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, está la libertad (2Co 3,17).
(128) y los unos a los otros se gritaban y se respondían: ¡Santo, Santo, Santo Yavé Sebaot! ¡Está la tierra toda llena de su gloria! (Is 6,3).
Los cuatro vivientes tenían cada uno de ellos seis alas, y todos en torno y dentro estaban llenos de ojos, y no se daban reposo día y noche, diciendo: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios todopoderoso, el que era, el que es y el que viene (Ap 4,8).
(129) )e ¡os ángeles dicen: El que hace a sus ángeles espíritus y a sus ministros llama fuego (He 1,7).
(130) y se torne en polvo a la tierra que antes era y retorne a Dios el espíritu que Él te dio (Si 12,7).
(131) La santificación:
Elegidos según la presciencia de Dios Padre en la santificación del espíritu para la obediencia y la aspersión de la sangré de Jesucristo (1P 1,2).
La fecundidad:
El Espíritu que es el que da vida (Jn 6,63).
La escrutación de los misterios divinos:
Pues Dios nos la ha revelado pot su Espíritu, que el Espíritu todo lo escudriña, hasta las profundidades de Dios (1Co 2,10).
El hablar por boca de los profetas:
Pues debéis ante todo saber que ninguna profecía de la Escritura ha sido proferida por humana voluntad, antes bien, movidos por el Espíritu Santo hablaron los hombres de Dios (2P 1,20).
El estar en todo lugar:
Porque el Espíritu del Señor llena la tierra, y El, que todo lo abarca, tiene la ciencia de todo (Sg 1,7).
¿Dónde podría alejarme de tu Espíritu? ¿Adonde huir de tu presencia? (Ps 138,7).
(132) Jesús les dijo: Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; id, pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo (Mt 28,18-20).
(133) Macedonio fue obispo de Constantinopla en el año 342. En el 360 fue depuesto, acusado de semiarrianismo. (El arrianismo negaba la divinidad de Cristo, diciendo que el Verbo no era igual al Padre, sino una criatura del Padre. Los semiarrianos sostenían una semejanza del Hijo y el Padre en la voluntad, en la operación, fundándose en la palabra griega omousios; de aquí que se les llamase omousianos.)
Macedonio murió en el año 364, cuando comenzaba a negarse la divinidad del Espíritu Santo.
Fue condenada esta herejía en el Concilio I de Constantinopla (a.381; D 85-86).
(134) Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios; pero vosotros no vivís seqún la carne, sino según el espíritu, si es que de verdad el Espíritu de Dios habita en vosotros. Pero, si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, ése no es de Cristo (Rm 8,8-10).
(135) La procesión del Espíritu Santo fue a partir de Focio caballo de batalla entre griegos y latinos. Los antiguos neumatómacos negaron la divinidad del Espíritu Santo, como Arrio había negado la del Hijo, y le concibieron como una pura criatura; pero propiamente no abordaron el problema de la procesión. Fue Focio quien, queriendo dar contenido dogmático a sus ansias de separación, pretendió fundar la no procesión del Espíritu Santo del Hijo, sino sólo del Padre, en la Sagrada Escritura, porque, según él, nada dice de esta verdad; en los Padres, por idéntica razón; y en el magisterio de la Iglesia, porque, también según él, ni en Constantinopla ni en Nicea se enseñó que el Espíritu Santo procedía del Hijo, y en Éfeso y Calcedonia se prohibió enseñar otra doctrina que la defendida en Nicea.
No es éste el momento oportuno de refutar punto por punto a Focio. Baste decir que:
1) La Sagrada Escritura, aunque no con palabras expresas, expone suficientemente esta verdad ().
2) Los Padres griegos, a los que fundamentalmente se aferraba Focio, no niegan esta verdad dogmática. Al contrario, la afirman de la misma manera que los latinos. Lo que ocurre es que en la concepción analógica que crean de la Trinidad tienen un punto de arranque distinto al de los latinos; ellos insisten en el Padre, como origen fontal, sin que esto suponga prescindir del Hijo en la espiración del Espíritu Santo. Y esto fue lo que no quiso comprender Focio.
3) La prescripción de Éfeso y Calcedonia de no enseñar nada contra lo definido en Nicea no se oponía, como lógica mente se comprende, a un ulterior desarrollo y evolución del dogma. En Nicea no se planteó el problema de la procesión del Espíritu Santo, porque no hubo oportunidad ni necesidad. Pero, puesta la ocasión - y la puso precisamente Focio con sus atre vidas afirmaciones-•, la Iglesia definió lo que siempre había estado en el sentir de toda la tradición:
"El Padre no es por ninguno, el Hijo sólo por el Padre, y el Espíritu Santo de igual modo por los dos: sin principio, siempre y sin fin eL Padre engendrando, el Hijo naciendo y el Espíritu Santo procediendo" (C. Lateranense IV: D 428).
"Confesamos con fiel y devota profesión que el Espíritu Santo se llama al Espíritu Santo "Espíritu de Cristo" 136 unas procede eternamente del Padre y del Hijo... Nosotros, deseando cerrar el camino a los errores acerca de esta verdad, aprobándolo el sagrado concilio, condenamos y reprobamos al que se atreva a negar que el Espíritu Santo procede eternamente del Padre y del Hijo" (C. II de Lyón: D 460).
"Definimos que se crea y reciba esta verdad de fe por todos los cristianos: que el Espíritu Santo es eternamente por el Padre y el Hijo y tiene su esencia y ser subsistente del Padre y del Hijo, y eternamente procede de ambos" (C. Florencia: D 691).
Y que ésta fue la fe de la Iglesia, aunque no estuviera definida, puede comprobarse en otros muchos documentos anteriores a estos Concilios. Cf. C. Rm a.392 (D 83); en el siglo v, la fórmula de fe llamada de San Dámaso (D 15); el Símbolo de fe atribuido a San Atanasio (D 39) y el primer Concilio de Toledo (D 19); en el siglo vi, el Concilio III de Toledo; en el vil, los Concilios IV, VI, VIII, XI (D 275) y XVI de Toledo (D 296); en el vm, los Concilios de Friul y Francfort; en el ix, el Concilio de Aquisgrán, etc.
(136) Atravesada la Frigia y el país de Galacia, el Espíritu Santo les prohibió predicar en Asia, Llegaron a Nisia e intentaron dirigirse a Bitinia, mas tampoco se lo permitió el Espíritu de Jesús; y, pasando de largo por Nisia, bajaron a Tróade (Ac 16,6-8).
(137) Pero vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que de verdad el Espíritu de Dios habita en vosotros (Rm 8,9).
(138) Sabido es que la expresión Filioque fue añadida al Símbolo Niceno - Constantinopolitano en la Iglesia occidental para expresar en ella con más claridad, después de enconadas luchas entre griegos y latinos, la doctrina católica sobre la procesión del Espíritu Santo.
En el fondo, los Padres latinos y griegos sostuvieron siempre idéntica doctrina, aun cuando partieran de una concepción trinitaria diversa. Fue Focio el que, para dar contenido dogmático a su rebelión, tomó pie de las diferencias terminológicas entre unos y otros para iniciar aquellas disensiones que culminarían en las tajantes definiciones de los Concilios IV de Le - trán (D 428), II de Lyón (D 460) y, sobre todo, el de Florencia en su decreto Pro graecis (D 691). Para todos quedaría claro que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, y no sólo del Padre, como de un único principio espirador.
Por lo que se refiere al momento de la inserción del Filioque en el Símbolo y de su carácter oficial, no consta con plena certeza. Parece que empieza a usarse en España en el siglo v; desde luego, hacia mitad del siglo vil ya era común, como se observa en la liturgia mozárabe y en el Concilio IV de Braga (a.675). De España pasa a Francia y a Alemania, hasta que el Concilio de Aquisgrán en 809 pide a León III se introduzca también en la Iglesia romana. Aunque el Papa aprobó la doctrina, no accedió a la petición por no herir a los griegos. En 1014 lo concede Benedicto VIII a petición del emperador San Enrique, siendo por fin admitido el Filioque en el Concilio II de Lyón (D 463) y definida por el Florentino la licitud de su introducción en el Símbolo (D 691).
(139) El Espíritu de Dios me creó, el soplo del Todopoderoso me da vida (Jb 33,4).
(140) Porque el Espirita del Señor llena la tierra, y Él, que todo lo abarca, tiene la ciencia de todo (Sg 1,7).
(141) El organismo completo de la vida sobrenatural comprende la inhabitación del Espíritu Santo, que lleva consigo la abundancia de sus tesoros divinos. Ante todo, la gracia santificante, nuevo principio radical de la vida sobrenatural del alma; después, las gracias actuales, comienzo y sostén de esa misma vida; siguen las virtudes, como facultades o potencias de este organismo vital, a las que se unen los dones del Espíritu Santo. Y todo ello se corona con las bienaventuranzas y los frutos del mismo divino Espíritu, consumación feliz de la vida divina en el hombre.
Nos concentramos ahora en la doctrina más común de los teólogos acerca de los dones del Espíritu Santo, prescindiendo de áquellols puntos más discutidos, candentes por cierto en esta cuestión, sobre todo en lo que se refiere a las derivaciones as - cético - místicas de los dones.
Empecemos por hablar de la existencia de los dones con el texto clásico de Isaías (). Es innegable que tiene una conexión, cualquiera que ésta sea, con la actual doctrina de los dones. Prescindiendo de su relación más o menos directa a esa doctrina, las modernas investigaciones demuestran que los Padres vieron en ese texto los tesoros acumulados en el Mesías, no como persona individual, sino en cuanto Mesías precisamente, Cabeza del Cuerpo místico. Esa plenitud que expresa el texto sería como el desarrollo de aquel lleno de gracia y de verdad de que nos habla San Juan (Jn 1,14). Y, como de su plenitud todos hemos participado (Jn 1,16), sigúese que, en la mentalidad de los Padres, la riqueza de esas gracias singulares atribuidas al Mesías se hace extensiva a todos los miembros del Cuerpo místico. Hoy discuten los teólogos si esa referencia del texto a los dones del Espíritu Santo, como actualmente los entendemos, es en sentido consecuente (Vaccari, etc.) o en sentido pleno (Aldama...). Pero, sea lo que quiera de la discusión, la conexión es indiscutible.
Por lo que atañe al magisterio de la Iglesia, éste ha sido muy parco. El documento fundamental y casi único es la encíclica de León XIII Divinum ¡liad munus (1897, ASS 29,654), en que, como recogiendo toda la evolución anterior, se expone con precisión y exactitud la existencia de los dones, su naturaleza, necesidad, eficacia y duración. La declaración de la encíclica no es una definición "ex cathedra", pero sí una enseñanza pontificia a toda la Iglesia universal; enseñanza que, por lo demás, no es sino el eco de la doctrina tradicional de los Padres, manifestada exuberantemente - por no citar otros órganos - en la liturgia (cf. toda la hermosa liturgia de la fiesta de Pentecostés). La existencia de los dones puede llamarse con toda razón verdad de fe, no definida, pero sí constantemente predicada en ei magisterio ordinario de la Iglesia.
Por lo que se refiere a la naturaleza de los dones y demás cuestiones anejas, digamos que su fijación más o menos determinada fue fruto de una evolución, que llega a su plenitud en Santo Tomás, aunque después descendiese de nuevo vertiginosamente, para subir de manera rápida en nuestros días, en que tanto preocupan los problemas de espiritualidad, con esperanzas de plenitud consolidada.
La gran mayoría de los teólogos sostienen que los dones se distinguen realmente de las virtudes infusas. Las virtudes son hábitos operativos (facultades de la gracia, que viene a ser como una nueva naturaleza) buenos e infusos, es decir, no adquiridos por el esfuerzo repetido y constante de la voluntad, sino infundidos inmediata y sobrenaturalmente por la gracia. Los dones son también hábitos (no algo transeúnte, como pretendieron algunos teólogos, sino permanente), e infusos con toda certeza.
¿En qué estriba esa distinción, suficiente para ser considerada real? Si atendemos a la tradición teológica hasta Santo Tomás, que le da fórmula, observaremos un progreso en las expresiones con que los teólogos explican las relaciones de dones y virtudes infusas. En ese progreso se advierte que los dones se conciben como un auxilio de las virtudes ("in adiu - torium virtutum"), como una ayuda para los actos más perfectos de las virtudes ("ad actus altiores"). Esta perfección y superioridad de los actos de los dones sobre los de las virtudes no es por razón del acto en sí, sino por el modo de realizarlo. Las virtudes siguen en su obrar el dictamen de la razón, por muy infusas que sean; los dones, en cambio, incitan a obrar de un modo sobrehumano; por ellos el alma se hace más dócil y pronta a seguir las mociones del Espíritu Santo en los actos más perfectos de las virtudes. Y por eso se distinguen realmente de ellas, porque vienen a ser como la suplencia en el alma de la imperfección de aquéllos.
Como síntesis de esta doctrina, que viene a ser como el término de una evolución tradicional y, al mismo tiempo, como la más autorizada confirmación de la distinción real respecto de las virtudes, pueden servirnos las mismas palabras de León XIII en la encíclica citada: "Con el beneficio de estos dones se adiestra y dispone el alma para secundar más fácil y prontamente las inspiraciones y mociones del Espíritu Santo".
(Cf. J.A.ALDAMA, LOS dones del Espirita Santo: problemas y controversias en la actual teología de los dones: Rev. Esp. Teol., 9 (1949) 3-30. Mas ampliamente, con toda la capital importancia de los dones en la vida espiritual, P.A.ROYO, Teología de la perfección cristiana: BAC, p.122-172).
(142) Es una verdad de fe, no directamente definida, pero sí presupuesta indirectamente en Trento (cf. s.xiv, De poenitentia, c.4 y 8: D 898 904) y constantemente enseñada por el magisterio de la Iglesia (cf. ene. Divinum illud munus, de León XIII: ASS 29,651, y la Mysiici Corporis Christi, de Pío XII: AAS 35 (1943) 231 ss.), que el Espíritu Santo inhabita en nuestras almas por medio de la gracia. En efecto, la gracia es un accidente que está adherido al alma a modo de naturaleza, confiriéndola, por tanto, la potencialidad de obrar en el orden sobrenatural. Lo que tantas veces nos dice el catecismo de que por la gracia el hombre se convierte en hijo de Dios y heredero del cielo, es porque la gracia es una participación física (no sólo moral, a modo de semejanza) y formal (de la misma vida íntima trinitaria de Dios) de la naturaleza divina.
Ahora bien, esta gracia de un modo misterioso, que los teólogos no aciertan a explicar plenamente (todas las teorías excogitadas tienen en el fondo un fallo), hace presente en el alma 3ustancialmente no sólo el Espíritu Santo, sino toda la Trinidad. No es, pues, una presencia personal, exclusiva del Espíritu Santo, sino de las tres divinas Personas. Y, si se atribuye al Espíritu Santo, es por una apropiación muy conveniente, porque es ésta la gran obra del amor de Dios al hombre; y sabido es que, en el seno de la Trinidad, el Espíritu Santo es el Amor por esencia. Y cuanto en las relaciones con el hombre va imbuido de amor, se le apropia a Él, aunque de suyo sea común a las tres Personas.
Los textos en la Sagrada Escritura brotan con frecuencia, a cuál más expresivo. Y los Padres tienen comentarios bellísimos a este respecto:
Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y en él haremos nuestra morada (Jn 14,23).
¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno prolana el templo de Dios, Dios le des - truirá, porque el templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros (1Co 3,16-17).
Los teólogos pretenden desentrañar las honduras del misterio, sin que en definitiva satisfagan totalmente sus explicaciones. Acaso la teoría tomista, que explica esta inhabitación por medio de la gracia, en cuanto por los hábitos sobrenaturales de fe y amor surge en el alma una nueva relación al Dios trino (un nuevo modo, por tanto, de existir), y presupuesta como fondamento la presencia de inmensidad, es la que menos fallos tiene. Dios trino presente sustancialmente en nuestra alma, en cuanto conocido y amado, objeto de nuestra fe y amor sobrenaturales; y realmente, no sólo de un modo intencional, porque la presencia de inmensidad confiere esa realidad.
Ésta es la realidad de uno de los misterios más dulces y consoladores para nuestra alma. No sólo somos hijos de Dios y herederos de su gloria, sino, cual tabernáculos sagrados, como sagrarios vivientes, somos portadores del mismo Espíritu Santo, que ha querido hacerse, como le cantamos en la secuencia del día de Pentecostés, "el dulce Huésped de las almas", "el dulce refrigerio". Si tuviéramos una fe viva, ¡con qué cuidado procuraríamos no desechar a tal Huésped, no mancillar este templo con pecado alguno que pueda extirpar en nosotros la gracia! ¡Qué pena que vivamos alegremente, sin acordarnos de lo que llevamos dentro! "Conoce, ¡oh cristiano!, tu dignidad", decía San León Magno a los fieles de Roma. Conozcamos nosotros de quién somos portadores. El Espíritu Santo vive en nosotros, mientras nosotros acaso perdemos el tiempo jugando con las cosas. No olvidemos que, en los tiempos modernos, una sencilla religiosa escaló las más altas cumbres de la santidad viviendo intensamente la realidad de un Dios trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo, inhabitando en su alma. Se llamaba sor Isabel de la Trinidad y vivió en un oscuro convento de la Orden del Carmen.
(143) Cf. SAN AGUSTÍN, Comentario al salmo 30: ML 36,226-255.
Vivir a Cristo, sentir con Cristo y actuar con Cristo es la quintaesencia del cristianismo, y debe ser el deseo acuciante y la aspiración suprema de todo cristiano.
Vivir, sentir y actuar con la Iglesia es tanto como decir vivir, sentir y actuar con Cristo, con su Evangelio, con su sacerdocio, con sus sacramentos, porque todo esto es la Iglesia.
Mas, para poder llegar a realizar ese ideal, necesitamos los cristianos, con necesidad urgente, conocer bien a nuestra santa madre la Iglesia. Y no con un conocimiento superficial, raquítico, imperfecto, sino profundo, concienzudo y vital, en sus múltiples partes integrantes y en su no menos maravillosa unidad orgánica. De la vitalidad y fuerza que logren alcanzar en nosotros estas ideas dependerá el verdadero carácter de nuestra misión, el enfoque y sentido de nuestra vida interna y externa, el que sepamos y queramos, o no, hacer Iglesia y cristiandad.
(144) Cf. SAN AGUSTÍN, Comentario al salmo 140: ML 37, 1815-1833.
¿Qué es la Iglesia nuestra madre? A grandes rasgos y en términos generales, la Iglesia es la obra de Cristo, su regalo precioso a la humanidad, la prolongación viva de su obra redentora y salvadora, el vocero perenne de su Evangelio, el relicario precioso de su sangre, el depósito intacto de sus misterios, la aplicación viva de sus tesoros, la concreción espléndida de su doctrina.
Como me envió mi Pade - decía Cristo a los apóstoles- así os envío yo (Jn 20,21).
Id, pues, enseñad a rodas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado. Yo estaré con vosotros hasta la consumación del mundo (Mt 28,19-20). Era el cumplimiento de la promesa, que tantas veces repitiera a lo largo de su vida pública: Tengo otras ovejas que no son de este aprisco, y es preciso que yo las traiga, y oirán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor (Jn 10,16). Y más concretamente a Pedro: Y yo ie digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (Mt 16,18).
Precisando más el concepto de Iglesia, conviene desdoblarlo en su doble elemento constitutivo: el externo o visible y el interno o invisible. De este segundo hablaremos en la nota 148.
Externamente considerada la Iglesia, es una sociedad religiosa, perfecta en su orden, visible, humana y jerárquica. Analicemos brevemente estos conceptos:
Es una sociedad perfecta o agrupación de muchos para conseguir un fin común con medios idénticos. El mismo Cristo, al fundarla, se cuidó muy bien de señalar todos los elementos de su sociedad: a) pluralidad de miembros: Predicad a toda criatura; b) fin común: El que creyere se salvará, c) medios idénticos: El que creyere y fuere bautizado..., d) autoridad úni-:a: Quien a vosotros escuchare, a mí me escucha.
2) Religiosa, por razón de su fin: establecer entre Dios y la humanidad las relaciones mutuas de sumisión, adoración y amor verdadero; salvar las almas, enseñándoles los caminos de verdad y vida; completar - como dice el gran Apóstol - la redención de Cristo en todos los hombres, pues por todos vino y por todos murió. Por esto han podido los Santos Padres llamar a la Iglesia con toda verdad "Palabra viva", "Evangelio perenne", "Encarnación y redención prolongada a través de los siglos".
3) Visible. Indudablemente la Iglesia de Cristo exige en sus miembros un espíritu y trata de inocular en sus almas una mentalidad y una vida que les transforme. Pero, para que esta acción transformante pueda llevarse a cabo, era necesario que los hombres, que son o aspiran a ser sus beneficiarios, pudieran agruparse en una organización visible, la cual se en cargue de hacer llegar hasta ellos, por medios apropiados, ese caudal de riquezas divinas.
4) Humana. Y al decir esto estamos bien lejos de querer asignar a la Iglesia un origen humano: sería incurrir en herejía y equivaldría a buscar su ruina, cuando toda su fuerza y valor derivan precisamente de su origen divino y de los fines eternos que Cristo le confirió al instituirla.
Queremos decir sencillamente que sus miembros componentes son hombres, y, como tales, gravitan tremendamente sobre ella. Característica ignorada o mal entendida por sus adversarios y a veces por muchos de sus hijos puritanos.
La Iglesia de Dios no está constituida por ángeles o espíritus puros, ni por seres impecables, confirmados en gracia desde su cuna e inmunizados contra toda tentación o caída.
"Por nosotros, hombres, y para nuestra salvación, el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Credo de la misa). La Iglesia está formada por hombres, que viven sobre la tierra, enfangados muchas veces en la materia, sujetos a la lucha por la vida, emponzoñados todos con el pecado original y más o menos atacados por sus consecuencias. Hombres con libertad, que pueden usar y de la que pueden abusar. Hombres solicitados y ayudados por la gracia, pero al mismo tiempo dueños de rechazarla o correspondería sólo a medias. Hombres todos, desde la cúspide más alta de la jerarquía hasta el más humilde de sus miembros...
Así quiso Cristo a su Iglesia en su constitución externa y así la hizo. Y así fue, es y será.
No se necesita vista de lince para entrever a esta sociedad, a través de sus rasgos esenciales y las grandes líneas de su organización, como la más admirable y grandiosa de las instituciones que hayan existido en la historia de la humanidad, sobre todo si se tiene en cuenta - y no es justo olvidarlo - que es is líneas y trazos iniciales que le diera su Fundador siguen siendo hoy, a lo largo de veinte siglos, lo que fueron cuando la Iglesia salió de sus maros.
(145) SAN AGUSTÍN, Comentario al salmo 77: ML 36,983-984; Comentario al salmo 81: ML 36,1084.
(146) Y yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalece rán contra ella (Mt 16,18).
Porque nosotros sólo somos cooperadores de Dios, y voso tros sois arada de Dios, EDIFICACIÓN de Dios (1Co 3,9).
Sobre todo me he hecho un honor de predicar el Evangelio donde Cristo no era conocido. Para no EDIFICAR sobre fundamentos ajenos, sino según lo que está escrito: Le verán aquellos a quienes no fue anunciado y los que no han oído entenderán (Rm 15,20).
(147) Tengo otras ovejas que no son de este aprisco, y es preciso que yo las traiga, y oirán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor (Jn 10,16).
(148) Es la Iglesia - decíamos más arriba - una sociedad religiosa, perfecta en su orden, visible y jerárquica.
Su fundador divino, Cristo, quiso enriquecerla con poderes los más amplios y universales que imaginarse pueden: potestad de enseñar, de gobernar y de santificar a sus subditos; con prerrogativas milagrosas, inherentes a la misión que le confiaba: indefectibilidad y perennidad en el tiempo, infalibilidad e inmutabilidad en su esencia; con promesas consoladoras y eternas en orden a su perpetuidad y seguridad: iVo temáis... Yo estaré con vosotros hasta la consumación del mundo... Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (Mt 28,20 Mt 16,18).
Todo ello - no obstante su inconcebible grandeza - no es sino un boceto ligero y una de sus caras estructurales: el elemento humano o visible. Y la Iglesia de Cristo - y ésta es la segunda cara - encierra en su esencia más íntima un misterio: el misterio de su divinidad.
Divina, porque es la obra de Cristo, perfecto hombre y perfecto Dios, en unidad sustancial con el Padre y con el Espíritu Santo.
Divina, porque divinos son los poderes, notas y carismas, que su fundador engastó - cual piedras preciosas - en su regia corona.
Divina sobre todo, porque es el Cuerpo místico de Cristo. Esouchad al Apóstol: Pues a la manera que en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, y no todos los miembros tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros (Rm 12,5).
... Porque así como, siendo el cuerpo uno, tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, con ser muchos, son un cuerpo único, así es también Cristo. Porque también todos nosotros hemos sido bautizados en un sólo Espíritu, para constituir un solo cuerpo, y todos, ya judíos, ya gentiles, ya siervos, ya libres, hemos bebido del mismo Espíritu. Porque el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos. Si dijere el pie: Porque no soy mano, no soy del cuerpo, no por esto deja de ser del cuerpo. Si todo el cuerpo fuera ojos, ¿dónde estaría el oído? Y si todo él fuera oídos, ¿dónde esíaría el olfato? Pero Dios ha dispuesto los miembros, en el cuerpo, cada uno de ellos como ha querido. Si todos fueran un miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Los miembros son muchos, pero uno solo el cuerpo. Y no puedt. el ojo decir a la mano: No tengo necesidad de ti. Ni tampoco la cabeza a los pies: No necesito de vosotros.
Aun hay más: los miembros del cuerpo que parecen más débiles son los más necesarios; y a los que parecen más viles, los rodeamos de mayor honor, y a los que tenemos por indecentes, los tratamos con mayor decencia, mientras que los que de suyo son decentes no necesitan de más. Ahora bien, Dios dispuso el cuerpo dando mayor decencia al que carecía de ella, a fin de que no hubiera escisiones en el cuerpo, antes todos los miembros se preocupen por igual unos de ofros. De esta suerte, si padece un miembro, todos los miembros padecen con él; y si un miembro es honrado, todos los otros a una se gozan. Pues vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno en parte.. (1Co 12,12-27).
Misterio sublime, vivido por la Iglesia desde sus orígenes, enseñado solemnemente por los Romanos Pontífices (cf. LEÓN XIII, encl. Divinum illud munus: ASS 29 (18971 650.574; Pío XII, encl. Mystici Corporis Christi: AAS 35,199s.221s.), saboreado con regusto por los verdaderos discípulos del Maestro. Y, por desgracia, escandalosamente olvidado por no pocos cristianos, que, por ignorarlo, no aciertan a vivirlo.
Misterio sublime. La Iglesia, "mi Iglesia", la de hoy, es el Cuerpo Místico de Cristo, es el mismo Jesucristo, que de una manera misteriosa, pero realísima, prolonga hasta nosotros su encarnación, incorporándose a la humanidad con los frutos preciosos de su sangre.
Y yo, cristiano, por serlo de la Iglesia, soy miembro vivo del cuerpo de Cristo: por mis venas circula la sangre y fuerza divinas.
Misterio sublime. Sólo la fe puede descubrirlo, elevándonos -en magnífico vuelo de águila - a la altura de su sublimidad. Así como nunca hubiéramos podido ni siquiera sospechar que en la Persona del Verbo se hallasen misteriosa, pero realísimamen - te unidas dos naturalezas, la humana y la divina, del mismo modo, jamás, si la fe no nos lo hubiera revelado, habríamos podido sospechar que en la Iglesia, sociedad visible y humana, pudiera haberse encarnado de nuevo místicamente Cristo.
Y así como la naturaleza humana y divina se unieron para formar no ya dos personas distintas, sino una y divina, así la Iglesia y Cristo se unen para formar no dos cuerpos o sociedades, sino uno, en unidad perfecta, que es el Cuerpo místico de Cristo.
En la mañana de la Anunciación, la Persona del Verbo se unió-¡y ouán estrechamente!-a la naturaleza humana formada milagrosamente en el seno de María. En la tarde de su existencia mortal, al fundar su reino en la tierra, el Cristo total, Dios y hombre, quiso unirse de nuevo, en unidad perfecta, a su Iglesia, que, por lo mismo, sería, como Él, divina y humana.
Y así como - el paralelismo es completo - no dejaría de incurrir en herejía quien no acertase a ver en el humanidad asumida por el Verbo más que apariencia o simulación, o tratase de explicar el misterio de la unión de ambas naturalezas por confusión, mezcla, absorción o desaparición de alguna de ellas, del mismo modo es necesario salvar, en la unión de Cristo con su Iglesia, el doble elemento, humano y divino, por más antagó nicos que parezcan.
Tal es el misterio de la Iglesia. En consecuencia, todo cristiano, subdito de ésta, se encuentra ligado por un doble vínculo • que imprime un sello inconfundible en su vida espiritual: vinculación por la gracia al Cuerpo místico de Cristo y vinculación externa, por su obediencia y sumisión, a la sociedad visible, fundada por el mismo Cristo. Vínculos invisibles y vínculos visibles, pero unidos en unidad perfecta. Solamente fundiendo ambos en un único acto de fe llegaremos a adquirir la noción verdadera y completa de Iglesia.
Desgraciadamente nos detenemos pocas veces a meditar a fondo el misterio sublime que encierra nuestra Iglesia, organización visible, perfectísima, pero al mismo tiempo Cuerpo vivo de Cristo.
Y, por lo mismo, desconocemos las conclusiones que se derivan de doctrina tan admirable. Sólo algunas, a título de insinuación:
1) Si la Iglesia es el Cuerpo místico de Cristo..., entonces cuantos pertenecemos a la Iglesia somos miembros de Jesucristo, recibimos constantemente la circulación de la sangre divina, vivimos y crecemos en Él... ¡Qué dignidad tan asombrosa! Pero... ¡qué responsabilidad tan tremenda! ¿No sabéis ¦-dice San Pablo - que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¡Y he de abusar yo de los miembros de Cristo, para hacerlos miembros de prostitución! No lo permita Dios...
2) Cada uno de mis hermanos es igualmente miembro del
Cuerpo de Cristo. Quien honra a un miembro de Cristo, a Cristo
honra. Quien persigue a sus miembros, a Él persigue.
3) Cada obra sobrenatural mía es una aportación de vida "al Cuerpo de Cristo. Cada pecado mortal, una herida profunda; cada imperfección o debilidad, un restar vitalidad a toda la Iglesia.
Si somos sinceros y valientes, comprenderemos fácilmente la trascendencia de conocer y vivir el misterio de nuestra Iglesia.
(149) Pero fosoíros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido para pregonar el poder que os llamó de las tinieblas a su luz admirable. Vosotros, que un tiempo no erais pueblo, ahora sois pueblo de Dios; no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis conseguido misericordia (1P 2,9-10).
(150) Si no te escucha, toma contigo uno o dos, para que por la palabra de dos o tres testigos sea fallado todo el negocio.
Si los desoyere, comunícalo a la Iglesia; y si a la Iglesia desoye, sea para ti como gentil o publicano (Mt 18,16-17).
(151) En una casa grande no hay sólo vasos de oro y plata, sino también de madera y de barro; y lo$ unos, para uso de honra; los otros, para usos viles (2Tm 2,20).
(152) Negaron la visibilidad de la Iglesia:
a) Latero, afirmando que la Iglesia es la congregación de los justos: "Creo - dice - que la Iglesia es una minúscula con gregación y comunión meramente de hombres santos, bajo una cabeza que es Cristo, y convocada por el Espíritu Santo". A Lutero se adhirió más tarde Quesnel.
b) Calvino, enseñando que la Iglesia está compuesta únicamente por los hombres predestinados. "¿Qué es la Iglesia? -se pregunta-. El cuerpo y sociedad de los fieles a los que Dios predestinó a la vida eterna".
c) Los racionalistas, que modernamente han llegado a de cir que la Iglesia carece de forma externa y visible. Para ellos se trata de "algo meramente espiritual e interior, constituido por la conciencia de la filiación con Dios...".
La verdad de la visibilidad de la Iglesia, aunque explícitamente no ha sido definida, implícitamente se deduce de la doctrina del C. Vaticano (D 1793 1794 1823). Testimonio de esta implícita definición fueron los esquemas preparados para ser definidos? "Si alguno dijere que la Iglesia de las divinas promesas no es una sociedad externa y visible, sino sólo interna e invisible, sea anatema" (Mansi, 51,551).
La doctrina del Vaticano responde, por lo demás, al pensamiento tradicional de la Iglesia, más explícitamente recogido y afirmado en las encíclicas de León XIII Safe cognitum (ASS 28,709), Mortalium ánimos, de Pío XI (AAS 20,1928), y la Mystici Corporís Christi, de Pío XII (AAS 35 (1943) 199ss.).
(153) ().
(154) ¿Pues qué a mí juzgar a los de fuera? ¿No es a los de dentro a quien os toca juzgar? Dios juzgará a los de fuera; vosotros extirpad el mal de entre vosotros mismos (1Co 5,12).
(155) Te recomiendo, hijo mío, Timoteo, que conforme a los augurios de ti hechos anteriormente, puestos en ellos los ojos, sostengas el buen combate con fe y buena conciencia. Algunos que la perdieron naufragaron en la fe, entre ellos Himeneo y Alejandro, a quienes entregué a Satanás para que aprendan a no blasfemar (1).
De suerte que quien resiste a la autoridad, resiste a la disposición de Dios, y los que la resisten, se atraen sobre sí la condenación (Rm 13,2).
(156) Sí ios desoyere, comunícalo a la Iglesia; u si a la Iglesia desoye, sea para ti como gentil o publicano (Mt 18,17).
Es ya público que entre vosotros reina la fornicación, y tal fornicación, cual ni entre los gentiles, pues se da el caso de tener uno la mujer de su padre. Y vosotros tan hinchados, ¿no habéis hecho luto para que desapareciera de entre vosotros quien tal hizo? Pues go, ausente en cuerpo, pero presente en espíritu, he condenado cual si estuviera presente al que eso ha hecho. Congregados en nombre de Nuestro Señor Jesús a vos otros y mi espíritu, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, entrego a ese tal a Satanás, para muerte de la carne a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús (1Co 5,1-5).
(157) La Iglesia - dejamos dicho - consta de un doble elemento, humano y divino. Elementos - notábamos - no yuxtapuestos o unidos accidentalmente, sino fusionados e identificados en unidad perfecta. Inseparables, como inseparables son las naturalezas divina y humana en la Persona divina de Cristo, Dios verdadero y hombre verdadero.
Sólo así, con los ojos fijos en Cristo, lograremos entender la constitución humana de su Iglesia.
Humana en primer lugar por estar integrada por hombres. Desde el Romano Pontífice hasta el último niño recién bautizado, todos hombres de carne y hueso, hombres con corazón de barro, hombres lisiados y enfermizos por el pecado original. Elementos humanos, que no podrán ser suprimidos sin hacer desaparecer a la misma Iglesia.
Humana, por verse supeditada a esos miembros que la constituyen. Todos, por humanos, no pueden por menos de ser falibles, expuestos a ignorancias, equivocaciones, errores, debilidades y aun caídas comprometedoras. Y ella será lo que ellos sean. Valdrá (en lo que tiene de humano) lo que ellos valgan; llegará a florecer o languidecerá en la misma medida en que ellos se desvivan con entusiasmo por darla a conocer y hacerla amar o se desinteresen de su progreso y expansión.
Serio deber, que pesa no sólo sobre la jerarquía, como más responsable de su dirección y desarrollo, sino sobre cuantos se dicen y son miembros del Cuerpo místico! Una sociedad puede tener cuadros de mando perfectos y fracasar por falta de cooperación en los subditos.
Humana, finalmente, por estar sujeta a influencias humanas de lugar, ambiente, tiempo, carácter, costumbres... Elementos que no pueden por menos de repercutir en una sociedad "viva", que trata de acomodarse a todo tiempo, lugar y personas.
Esto supuesto, se comprenderá ya fácilmente:
a) Que en la historia de la Iglesia, junto a unos siglos de oro, se hallen otros de hierro o cobre; junto a páginas de gloria y triunfo, páginas tristes, tan traídas y llevadas por sus enemigos; junto a las figuras señeras de un León XIII, Pío X, Benedicto XV, Pío XI y Pío XII (por hablar sólo de los últimos tiempos) cuente la Iglesia entre sus pontífices a un Alejandro VI, León X, papas Lunas...
b) Que, frente a una legislación perfectísima y espiritualista, encontremos por parte de muchos fieles y sacerdotes tanta debilidad, mezquindad y rudeza de espíritu.
c) Que, poseyendo la Iglesia tan sublime y conmovedora liturgia, llena de sentido en sus ritos y oraciones, haya liturgos que, en su inconsciencia y precipitación, conviertan las funciones sagradas en recitado cómico, de labios, sin alma ni sentido...
d) Que muchos de sus hijos se dejen atraer más por el brillo exterior, bienes de fortuna, colocaciones humanas, placeres..., que por su vida y espíritu interior.
e) En una palabra, que la Iglesia, al mismo tiempo que divina, eterna, inmutable en lo que tiene de Dios, sea humana, terrena, defectible..., en lo que tiene del hombre. Imagen real de Cristo (cuya continuación es), Dios y hombre verdadero.
¿Cuál debe ser la posición del cristiano frente a esa realidad? Tres reglas de conducta pueden definirla y regularla:
1) Como la Iglesia, tampoco sus hijos deben tener miedo iamás a la verdad. No es lícito negarla o disminuirla, por bueno que sea el fin que nos mueva. Por triste y doloroso que sea, hemos de reconocer que ha habido en la historia de la Iglesia, y desgraciadamente sigue habiendo, personas, fenómenos y casos desagradables y perniciosos para el pueblo de Dios.
Pero advirtamos desde luego que regularmente no es verdad ni la décima parte de los casos escandalosos que suelen propalar los enemigos de la Iglesia, cegados por la pasión. Y al exagerar con tanto placer sus defectos y miserias, suelen olvidarse con espíritu injusto, de ese trabajo de santificación y purificación que constantemente se está realizando en millares y millones de católicos, a despecho de todos los obstáculos.
Postura prudente y cristiana será mantenerse a igual distancia de ese espíritu torvo, que goza en escupir constantemente su cieno y salpicar de basura los sagrados muros de la Iglesia, y de ese otro espíritu exageradamente susceptible y puritano, que se niega a admitir las menores debilidades, cuyo sólo nombre les escandaliza.
La realidad es mucho más sencilla; nos presenta a la Iglesia tal cual Cristo la instituyó, sin escandalizarse por su humanidad ni poner en duda su dignidad; sin dejarse halagar por un éxito demasiado fácil ni desesperar de la victoria final.
Las miserias y debilidades sólo pueden escandalizar a quienes ignoren que la Iglesia no es una comunidad invisible, sino encarnación de lo divino en lo humano; que los hombres gozan, como su más noble distintivo, del don de la libertad; que la Iglesia en su esencia, en su espíritu, sigue siendo y ha sido siempre sin mancilla, sin arrugas, inmaculada, santa, eternamente virgen y eternamente joven, indefectible e invariable.
Sus posibles arrugas le vienen de fuera, de sus miembros. Son muchos los que tropiezan, guiados por una fe mal instruida, en este punto, con un escándalo insoportable. Al fin, el mismo escándalo de la cruz y de la encarnación, transplantado al campo de la vida mística de Cristo.
2) No es lícito, más aún, es injusto, universalizar lo concreto o particular. Porque un católico, un sacerdote o un Papa... sea así o asá, no puede ni debe concluirse que la Iglesia haya de ser así. Como no concluímos en lo humano de defecciones o perversidades individuales la maldad, o perversión de la sociedad o corporación.
3) Por último, lejos de escandalizarnos, debería más bien el elemento humano de la Iglesia enardecernos y confirmarnos en la divinidad y grandeza de nuestra madre, que a pesar de ello sigue tan invariable en sus rasgos fundacionales. Y a la vez reconocer y agradecer la condescendencia infinita de Cristo, que, olvidándolo todo, se ha dignado asociarnos a su obra y confirmarnos sus tesoros, como no dudó en tomar la humanidad para redimirnos.
Y cuando la duda o inquietud venga a turbar la paz de algún alma, recuerde las palabras del Apóstol: Eligió Dios la necedad del mundo para confundir a los sabios, y eligió Dios la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes; y lo plebeyo, el deshecho del mundo, lo que es nada, lo eligió Dios para destruir lo que es, para que nadie pueda gloriarse ante Dios (1Co 1,27-29).
(158) Cf. 1Co 1,2 Ga 1,2 Col 4,6 1Th 1,1.
(159) Cf. Rm 16,4.
(160) Cf. Phm 1,2
(161) Cf. 1Co 11,18
(162) La unidad de la iglesia puede ser considerada desde un triple punto de vista:
Filosóficamente.-Porque toda sociedad, en cuanto tal. exige una unidad "externa" (porque debe distinquirse de las demás sociedades), e "interna" (exiqe su misma constitución eme cada uno de sus miembros ocupe orqánicamente el puesto que le corresponde y ejerza sus específicas funciones en perfecta armonía con los restantes miembros que la inteqran).
Teólógicamenté - a) Por su unidad de fe. Uno es el doq - ma oue fortalece y quía a cuantos forman parte de ella, una la moral, unos los conseios evangélicos de perfección.
b) Por su unidad de gobierno. Uno sólo es el papa, cabeza suprema de la Iglesia. Único el episcopado. Único y eterno el sacerdocio.
c) Por su unidad de culto. Uno el gran sacrificio de la misa. Unicos sacramentos. Unica la misión.
Antitéticamente.-En la Iqlesia se afirma una unidad de fe contra la herejía y una unidad de gobierno contra el cisma, que igualmente rompe la unidad.
(163) Tan fundamental y evidente fue siempre el hecho del Primado Romano, que ha sido pacíficamente admitido, sin dudas ni repugnancias, en toda la Iglesia durante los nueve primeros siglos. Mas a partir de- Focio, en él se han ensañado todos los impugnadores de la Iglesia, por valorarlo justamente como fundamento de la misma Iglesia de Cristo. Pero notemos como apunte interesante para la solución del problema que las dudas surgieron casi siempre por motivos ajenos a la Teología - muy frecuentemente políticos o de más bajos intereses personales-, y sólo después se intentó buscar razones en que apoyar aquella actitud de rebelión.
Pero era difícil rechazar el Primado Romano admitiendo el primado de San Pedro en la naciente Iglesia, constituida como sociedad perfecta, jerárquica y monárquica. Y, porque era preciso, también se negó el primado de San Pedro.
Notemos, sin embarqo, que no todos los enemigos del Primado del Romano Pontifice negaron igualmente el de San Pedro. Además de los orientales, separados de Roma en el siglo IX por instigación de Focio, han rechazado el primado del Romano Pontífice, tal como lo entiende la Iglesia, los llamados concíliaristas de los siglos xiv y XV y los galicanos, richerianos, jansenistas, etc.. concediendo, sin embarqo, al Pontífice de Roma el orimado de honor, en virtud del cual el papa sería el primero entre los iguales ("primus inter pares"); los llamados católicos piejos en la Alemania del siqlo XIX, y en general, por unos u otros motivos, todos los modernos racionalistas y modernistas. El Primado, tal como Cristo lo nuiso v la Mesia siemore lo entendió, importa en el obispo de Roma la suprema autoridad sobre toda la Iglesia, que abarca la triple potestad concedida por Cristo a la Iglesia de regir, enseñar y santificar.
Estableceremos por partes la verdad católica:
1) Cristo prometió a San Pedro el primado. Nos consta por el Evangeilo de San Mateo: Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esía piedra edificaré mi Iqlesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos (Mt 16,18-19). El furor racionalista del primer momento, que llegó a negar la autenticidad e historicidad de la narración evangélica, ha quedado vencido por la evidencia de los argumentos históricos, y hoy no se atreve nadie a negarlas. El verdadero sentido de las palabras de Cristo que contienen la promesa del Primado a San Pedro lo definió el Concilio Vaticano en la sesión IV, capítulo 1.
"Enseñamos, pues, y declaramos que, según los testimonios del Evangelio, el Primado de jurisdicción sobre la Iglesia universal de Dios fue prometido y conferido inmediata y directamente al bienaventurado Pedro por Cristo Nuestro Señor. Porque sólo a Simón - a quien ya antes había dicho: "Tú te llamarás piedra" (Jn 1,42)-después de pronunciar su confesión; "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo , se dirigió el Señor con estas palabras: "Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque ni la carne..." (D 1822).
2) Cristo cumplió la promesa.-Es San Juan quien nos ha transmitido su cumplimiento, cuando nos narra en el capítulo 21 de su evangelio que Cristo concedió a Pedro "apacentar sus ovejas". La expresión evangélica, examinada a la luz de la tradición bíblica, no tiene otro sentido que la concesión de la suprema potestad en la sociedad por él fundada. El mismo Concilio definió en la sesión y capítulo anteriormente citados que éste era su verdadero sentido.
La Tradición reconoció siempre ambas verdades.
3) El Primado debe ser perenne en la Iglesia:
a) porque la Iglesia fundada por Cristo había de ser perenne, y por lo mismo también el Primado, que es su fundamento: la piedra sobre la que está edificada;
b) porque Cristo concedió a Pedro el Primado sobre todos los fieles, sin ninguna restricción ni en el espacio ni en el tiempo.
4) el Primado lo posee el Romano Pontífice, como sucesor de San Pedro.
Como consecuencia de las afirmaciones precedentes, deducimos que en la Iglesia ha de existir una autoridad suprema que ostente el Primado que Cristo fundó; ahora bien, si no lo tuviera el Romano Pontífice, no existiría en ninguna otra parte de la Iglesia; luego necesariamente hemos de concluir que el obispo de Roma es el sucesor legítimo de San Pedro en la suprema potestad de la Iglesia.
En efecto, sólo el Romano Pontífice lo ha reclamado para sí, y solamente a él se lo reconoció la Iglesia en todos los tiempos; luego él es el sucesor de Pedro en dicho primado. No olvidemos que la Tradición es también, como la Sagrada Escritura, fuente de verdad y de revelación.
No permiten los cortos límites de una nota exponer este argumento en toda su amplitud. Notemos solamente: a) hasta el siglo ix no se dieron dudas en toda la Iglesia sobre esta verdad; b) desde los primeros días de la Iglesia se reconoció expresamente; San Clemente Romano, primer sucesor de San Pedro, decide autoritativamente en la cuestión del cisma de Corinto, y la iglesia de Corinto acepta su decisión; San Justino, uno de los primeros Padres, reconoce a La iglesia de Roma su suprema autoridad; como testimonio de mayor autoridad, aducimos, por último, el de la Iglesia universal, representada en el Concilio de Éfeso, III de los ecuménicos:
"A nadie es dudoso, antes bien por todos los siglos fue conocido que el santo y muy bienaventurado Pedro, Principe y cabeza de los Apóstoles, columna de la fe y fundamento de la Iglesia católica, recibió las llaves del reino de manos de Nuestro Señor Jesucristo... Y él, en sus sucesores, vive y juzga hasta el presente y siempre" (D 112).
Es también verdad definida en el C. Vaticano que el Romano Pontífice es el sucesor de San Pedro en el Primado:
"Si alguno dijere, pues, que no es de institución de Cristo mismo, es decir, de derecho divino, que el bienaventurado Pedro tenga perpetuos sucesores en el Primado sobre la Iglesia universal, o que el Romano Pontífice no es el sucesor del bienaventurado Pedro en el Primado, sea anatema" (C. Vat., ses.IV, cn.l: D 1825).
(164) SAN JERÓNIMO, Coníra ]oviniano: ML 23,258; SAN JERÓNIMO, Epist. 15, ad Damasum Papam: ML 22,355.
(165) SAN IRINEO, Coníra Haeteses: MG 7,848-855.
(166) SAN CIPRIANO, De la unidad de la Iglesia: ML 4,513-514.
(167) OPTATO MILEVITANO, 2 ad Parmenianum: ML 11,947.
(168) SAN BASILIO, Homilía 29 de Penitencia: MG 31,1482-1483.
(169) SAN AMBROSIO, Comentario a San Lucas, c.ll: ML 15, 17-80.
(170) En su primera Carta a los Corintios, nos dice el apóstol San Pablo: En cuanto al fundamento, nadie puede poner otro sino el que está puesto, que es Jesucristo (1Co 3,11). Y en el versículo 4 del capítulo 10 de la misma Carta insiste de nuevo: Y la roca era Cristo. De estos y otros textos similares han pretendido valerse los enemigos del Papado Romano - especialmente los protestantes - para negar la realidad de su auténtica existencia.
Ya dejamos expuesta más arriba y probada la verdad dogmática: Jesucristo constituyó a Pedro príncipe de los apóstoles y cabeza visible de toda la Iglesia militante. Por lo demás, el sentido preciso de los pasajes evangélicos es demasiado evidente.
Respecto al pensamiento paulino en su Carta a los Corintios, tampoco vemos dificultad alguna, si no es que nos empeñamos en retorcer la letra a gusto de nuestros prejuicios. Es gana de sacar las cosas de su exacto quicio. San Pablo habla aquí de la solidez de la doctrina predicada a los fieles de Corintio; les recuerda que el cimiento puesto por él en sus predicaciones es la fe en Jesucristo muerto y resucitado, única esperanza de nuestra salvación. Toda construcción que descanse sobre este ci - niento será sólida; pero si quisiera edificarse con materiales puramente humanos (ciencia terrena, elocuencia..., etc.), será destruido el edificio por el fuego, aunque los cimientos queden a salvo. Jesucristo, es decir, la fe en su divinidad y redención, es el fundamento primario del cristianismo. Pero de aquí no se deduce que Pedro no sea el fundamento secundario por divino nombramiento.
(171) yo no ie conocía; pero el que me envió a bautizar en agua me dijo: Sobre quien vieres descender el Espíritu y posarse sobre Él, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo (Jn 1,33).
(172) Es preciso que los hombres vean en nosotros ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios (1Co 4,1).
(173) Cí. cuanto dejamos dicho en la nota 163 sobre la institución del Primado de Pedro y su perennidad en el Romano Pontífice.
(174) UNIDAD DE LA IGLESIA.-Apasionado deseo del Corazón de Cristo en la hora suprema de la despedida de este mundo: Padre santo, guarda en tu nombre a estos que me has dado para que sean uno, como nosotros (]n. 17,11).
Unidad de la Iglesia. Sublime verdad impregnada de luz y de vida. No basta hablar de solidaridad, de compañerismo. Si no queremos tergiversar y destruir nuestro Evangelio, es preciso lleqar a la inteligencia, a la - apasionada elaboración de una unidad viviente.
Nada hay en la Iglesia que no la proclame, que no la realce: una la fe, una la jerarquía, uno el culto, una la esperanza que a todos alienta, una la caridad que a todos liga y dilata, una la Eucaristía que a todos alimenta, uno el Evangelio, uno el origen y destino de todos, uno el Padre común que está en los cielos, uno el Cuerpo de Cristo que formamos.
Griegos o romanos, esclavos o libres, hombres o muieres, blancos o rojos..., ¡denominaciones externas, accidentes superficiales Todos hermanos, porque todos formamos con Cnsto un solo Cuerpo. Así lo predicaba el Apóstol hace veinte sinlos, haciéndose eco de l?ls palabras v deseos del Maestro. Así nos lo ha repetido hasta la saciedad Pío XII en nuestros tiempos. Todos y cada uno, células del mismo maravilloso organismo: todos y cada uno, piedras vivas del mismo espléndido edificio. Todos, por consiguiente, por el mero hecho de integrarla, cooperamos -queramos o no - a la edificación o a la destrucción de la Iglesia.
Lo olvidamos con demasiada frecuencia. En tanto crecerá y progresará el cuerpo común en cuanto todos y cada uno nos interesemos por él. Y en tanto arrastrará una vida más lánguida y deficiente en cuanto nos repleguemos sobre nosotros mismos los cristianos. Todos somos solidariamente responsables: las repulsas, cobardías y defecciones - vengan de donde vinieren - se traducirán irremisiblemente en un alto en el camino del triunfo del plan salvador.
De ahí la gravedad tremenda de toda falta contra la caridad. Separarnos los cristianos, enfrentarnos, dividirnos..., ¿qué es sino dividir y como dislocar a Cristo? ¡Con lo bueno y hermoso que es - canta la Iglesia - que los hermanos vivan en unidad!
(175) Moisés los mandó al combate, mil hombres por tribu, y con ellos mandó a la lucha a Finés, el hijo de Eleazar, el sacerdote, que lleva consigo los ornamentos sagrados y las trompetas resonantes (Nb 31,6).
Harás a Arón, tu hermano, vestiduras sagradas, para gloria y ornamento. Toma la sangre del novillo, y con tu dedo unta de ella ¡os cuernos del altar, y la derramas al pie del altar. Lo revestirás de oro puro por arriba, por los lados todo en torno y los cuernos, y harás todo en derredor una moldura de oro. Todo primogénito es mío. De todos los animales, de bueyes, de ovejas, mío es (Éx. 28,2; 29,12; 30,3; 34,19).
(176) A iodos íos amados de Dios, ííamados santos, que estáis en Roma, la gracia y la paz con vosotros de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo... Subvenid a las necesidades de los santos, sed solícitos en la hospitalidad... Mas ahora parto para ]erusalén en servicio de los santos, porque Macedonia y Acaya han tenido a bien hacer una colecta a beneficio de los pobres de entre los santos de Jerusalén... Para que me libre de los incrédulos en Judea y que el servicio que me lleva a lerusafén sea grato a los santos (Rm 1,7 Rm 12,13 Rm 15,25).
(177) Pablo, por la voluntad de Dios apóstol... a la iglesia de Dios en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, con todos los que invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo en todo lugar, suyo y nuestro (1Co 1,2).
Todo cristiano es "santo", porque por el bautismo: a) viene a ser miembro de Cristo y templo del Espíritu Santo (1Co 3,16 2Co 6,16); b) amigo de Dios (Col 3,12; Rm 1,7); c) llamado a la santidad con vocación eficaz (2Co 5,17 Ep 2,10 Col 3,10).
(178) porqUe Sois todavía carnales. Si, pues, hay entre vos otros envidias y discordias, ¿no prueba esto que sois carnales y vivís a lo humano? (1Co 3,3).
(179) Abrazados a la verdad, en todo crezcamos en caridad, llegándonos a Aquel que es nuestra -cabeza, Cristo, de quien todo el cuerpo, trabado y unido por todos los ligamentos que lo unen y nutren para la operación propia de cada miembro, crece y se perfecciona en la caridad (Ep 4,15-16).
(180) SAN AGUSTÍN, Comentario al salmo 85: ML 37,1084.
(181) Es de fe, por positiva institución divina, es decir, porque Dios así lo ha querido (aunque podía haber ordenado otra cosa), que fuera de la Iqlesia no hay posibilidad de salvación.
Los teólogos, al exolicar esta necesidad de pertenecer a la Iglesia para salvarse, la llaman de medio, es decir, qre, aun preterida o ¡añorada la Iaiesia inculpablemente, no puede conseguirse la salvación sin ella.
No obstante, esa necesidad de medio no es absoluta ("in re" que dicen los teólogos), de modo que el pertenecer a la Icrlesia no pueda ser sustituido por otra cosa, sino distruntrva fin re vel in voto"), o lo que es lo mismo, que tiene suplencia. En otras palabras: cuando ese medio íla Iglesia) no puede alcanzarse realmente en sí mismo, puede suplirse por alqo (el acto de caridad, por ejemplo, el martirio...) que entraña el deseo de emplear ese medio como único para conseguir el fin; en nuestro caso, la Ialesia con relación a la salvación Ese deseo lo llaman los teólogos voto, que puede ser explícito, como acto expreso de la voluntad, e implícito, como incluido en otro acto de caridad, martirio... etc., o simplemente en el deseo aún confuso, supuesta la base de la buena fe, de recurrir a ese medio necesario, si se conociera.
Ése es el caso, tan problemático en Teología, de los infieles llamados negativos: los que, sin culpa por su parte, desconocen la revelación, la Iglesia... En todo caso, siempre es cierto que, si de hecho se condenaran, habrá sido por culpa propia. Porque, supuesta la voluntad salvífica de Dios y la universalidad de la redención, Dios no puede menos de proporcionar los medios necesarios para salvarse al que pone lo que está de su parte, siguiendo los dictámenes de la recta razón, reflejo siempre de la lev natural ("facienti quod est in se, Deus non denegat gra - tiam", en términos teológicos). Y aunque se tratara de una persona que habita en la selva o entre brutos animales, con tal que observara la ley natural, dice Santo Tomás "que Dios le revelaría, por alguna inspiración interior, todo lo que es necesario para creer, o le enviaría algún predicador de la fe, como hizo a Cornelio enviándole a Pedro" (S. THOM., De vetit., q.14 a.11 ad 1).
(182) Nuestra Iglesia es santa:
a) Porque es la obra de Cristo, el Santo de los santos, la santidad por esencia, origen y modelo acabado de toda virtud.
"¿Quién de vosotros - argüía a sus enemigos - me convencerá de pecado?" Y... todos callaron.
b) Porque santos y admirables son los medios que proporciona a sus hijos en la consecución de sus fines. Santos sus preceptos, su doctrina, su Evangelio, sus sacramentos, su sacrificio...
c) Porque santas son sus obras. Su primera misión fue sacar al mundo de las tinieblas del paganismo. Su misión actual, la de siempre: proyectar luz, calor y vida sobre tanta ignorancia, frialdad y muerte. De todas las formas, por todos los medios y en todos los ambientes: misioneros, apóstoles, ángeles de la caridad, universidades católicas, instituciones benéficas, propaganda, literatura, cine, radio... etc.
d) Porque santos son sus hijos.-Los de ayer y los de hoy.
Como sociedad humana ha de albergar en su seno buenos y malos, pecadores y justos, trigo y cizaña. Ya lo predijo el Maestro. Pero es un hecho cierto - confesado por sus mismos enemigos - que la santidad ha sido, es y será realidad espléndida y gozosa en la Iglesia de Cristo. El estilo puede variar, y de hecho varía, pero la santidad es la misma. Y en nuestros días el Espíritu divino - podemos decirlo con gozo - ha provocado y sigue provocando en todas las esferas y escalas sociales una verdadera efervescencia de santidad, tan fecunda, rica y variada como tal vez pocas veces conoció la historia de la Iglesia.
Santidad de la Iglesia en su doctrina. Y i qué valiente, casi diría qué osada en su exposición y defensa! El Evangelio puro. Lo mismo que Cristo y los apóstoles predicaron hace veinte siglos. No le importa la tilden por eso de anticuada. Frente a todos los errores y perversiones de los tiempos modernos, sigue defendiendo, como lo hizo el Maestro divino, la indisolubilidad del matrimonio, la vida de los niños aun no nacidos, la flor de la pureza, el espíritu de abnegación, la riqueza de la cruz... Con firmeza, con intransigencia, sin eme sean capaces esos diluvios de lemas a la moda de torcer la línea segura de su pensamiento o la norma trazada en su conducta.
Santidad de la Iglesia en sus miembros. He aquí su programa v aspiración última: hacerlos santos. Hace veinte siglos, ésta fue la consiqna de Pedro a su pequeña grey: Sed sanios. Haced penitencia. Salvaos de la generación pecaminosa y recibid el es - phitu de Dios. ¡Qué parecido tan exacto guardan estas palabras de la primera encíclica con los últimos documentos de la Iglesia y las actuales consignas lanzadas al mundo católico por Pío XII!
Fieles a doctrina tan santa y santificadora, en el seno de la Iglesia se han formado siempre los mejores, los valientes, los abnegados, "los santos". Y al contrario, de ella renegaron y apostataron los peores: quienes consideraron excesivas sus exigencias de santidad.
Santidad de la Iglesia en su acción. Recién nacidos nos toma en sus manos de madre y, haciéndonos sus hijos, nos encamina hacia el cielo. Niños aún, nos enseña a juntar las manecitas y levantar los ojos y corazones hacia el Padre de toda bondad. Jóvenes ya, nos conforta y alienta en los duros combates y fuertes crisis de la adolescencia. Siempre y en todo momento nos inculca ánimo, generosidad, perseverancia, alegría... Y en el último trance de la vida, cierra con su esperanza nuestros ojos vidriosos y coloca en nuestra tumba la cruz de la resurrección.
¡Santidad de la Iglesia! ¡Cómo aleccionas también y cómo urges y apremias a cuantos se dicen tus hijos!
(183) SAN AGUSTÍN, Serm. 242 (en el apéndice): ML 39,2193.
(184) La Iglesia es católica:
a) En el tiempo.-Veinte siglos de existencia son pocos en su historia. Tan antigua como el mundo, remonta sus orígenes al principio de los tiempos. La Iglesia católica no es sino el coronamiento del imponente edificio cuya primera piedra fue colocada oor el Artífice supremo en el día de la creación. Con sus gigantescos brazos abarca - ansias incontenidas e incontenible de catolicidad - la triple revelación primitiva, mosaica y cristiana.
b) En el espacio.-Los cinco continentes del mundo resultan píemenos para contener sus anhelos ecuménicos de expansión En los pueblos más remotos, en IPS islas menos conocidas del CVéano, en el corazón de África en las selvas de América, en todas partes, se encuentran católicos, se predica el Evangelio, se invoca el nombre de jesús, se renueva el sacrificio de la misa.
c) En el número -Desde la mañana de Pentecostés no ha cesado la Iglesia de Cristo ni un solo instante en sus afanes de conquista. Sus hijos han ido creciendo. Hoy son ya 400 millones de católicos extendidos por todo el mundo. La catolicidad numérica de la Iglesia de Roma no es un mero título honorífico, desprovisto de fundamento real. Es un hecho viviente, auténtico, que atrae todas las miradas, aun las torvas y displicentes, y se impone con la irrefutable lógica de las matemáticas. Como San Paciano en el siglo IV, puede repetir el último miembro de la Iglesia de Cristo en el siglo XX: "Cristiano es mi nombre, católico mi apellido".
Al fin y al cabo no tenemos de qué extrañarnos; es la realidad espléndida de la generosa palabra de Cristo: Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo (Mt 28,20); Es preciso que yo los traiga, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor (Jn 10,16); Y el cielo y la tierra pasarán, pero las palabras de Cristo no pasarán (Mt 24,35).
(185) Por lo cual, acordaos de que un tiempo vosotros, gentiles según la carne, llamados incircuncisión por la llamada circuncisión, que se hace en la carne, estuvisteis entonces sin Cristo, alejados de la sociedad de Israel, extraños a la alianza de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo; mientras que ahora, por Cristo Jesús, los que un tiempo estabais lejos, habéis sido acercados por la sangre de Cristo, pues Él es nuestra paz, que hizo de los dos pueblos uno, derribando el muro de separación, la enemistad; anulando en su carne la ley de los mandamientos formulada en decretos, para hacer en sí mismo de los dos un solo hombre nuevo, y estableciendo la paz, y reconciliándolos a ambos en un solo cuerpo con Dios por la cruz, dando muerte en sí mismo a la enemistad. Y, viniendo, nos anunció la paz a los de lejos y la paz a los de cerca, pues por Él tenemos los unos y los otros el poder de acercarnos al Padre en un mismo Espíritu. Por tanto, ya no sois extranjeros y huéspedes, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo piedra angular el mismo Cristo Jesús, en quien bien trabada se alza toda la edificación para templo santo en el Señor, en quien vosotros también sois edificados para morada de Dios en el Espíritu (Ep 2,11-21).
(186) ¡CATOLICIDAD DE LA IGLESIA!-¡Cómo urges los deberes misionales y misioneros de todos tus hijos! Serás católica por la colaboración de todos. Las palabras de Cristo, cual eco apremiante, siguen resonando: "Id e instruid a todos los pueblos". Y desde la cruz y desde los sagrarios de nuestras iglesias sigue repitiendo a sus apóstoles, con los brazos abiertos y el corazón henchido de ansiedad divina: "¡Sitio!" Frente a los 400 millones de católicos surgen las siluetas negras de 1.300 millones de paganos y 300 desviados del verdadero camino. Estos números no pueden dejarnos impasibles, encastillados muellemente en nuestras posiciones egoístas... Sería tanto como despreocuparnos de Cristo.
Catolicidad de la Iglesia. ¡Cómo urges en todos tus hijos la obligación de ser apóstoles siempre y en todas partes! Apóstoles en la familia, en la calle, en los espectáculos..., donde sea y como sea. Nuestros pueblos, nuestras familias - diréis quizás-, no son paganos. No lo son, es cierto, en el sentido jurídico - eclesiástico de la palabra. Pero cuántas veces, para la mayoría de los bautizados, Cristo es el gran desconocido. Nunca quizá como ahora ha sido más amenazadora la invasión del materialismo y de la sensualidad. Por todo ello nunca más apremiante la necesidad y obligación de cuantos se dicen católicos de hacer por Cristo y para Cristo Iglesia y cristiandad.
Catolicidad de la Iglesia. ¡Cómo urges en todos tus hijos la obligación de crecer en santidad personal! Te sobran los católicos partidos, a medias, por fuera. Te sobran fachadas y apariencias. Necesitas, en cambio, y con urgencia, católicos perfectos, integrales, almas de temple, corazones generosos, en los cuales vaya destacándose cada vez con más reciedumbre el reino de Cristo. De ese Cristo que no entiende de entregas a medias ni se contenta con corazones partidos.
Sólo así, católicos de verdad, por dentro y por fuera, en público y en privado, haremos Iglesia Católica.
(187) Es apostólica la Iglesia:
a) En su origen.-Es un postulado histórico, reconocido por sus mismos adversarios, que la Iglesia de Roma se remonta en sus orígenes hasta Cristo, y en su propagación a los apóstoles, con Pedro a la cabeza. Ninguna otra confesión de las muchas que se dicen cristianas se atreverá a poner en el haber de su historia dos mil años de existencia.
b) En la sucesión ininterrumpida de sus pastores.-Sólo los de Roma pueden hacer remontar su misión, a través de los siglos, hasta las palabras de Cristo: "Yo os envío; id por todo el mundo y predicad mi Evangelio a toda criatura... El que os creyere se salvará y el que os rechazare se condenará"...
El protestantismo es posterior a Lutero; el cisma griego, fruto de Focio; la Iglesia anglicana no es anterior a Enrique VIII, mientras el Pontífice de Roma, y con él todos los obispos y sacerdotes católicos, entroncan directamente con Pedro y, a través de él, con Cristo.
c) Apostólica en su doctrina, idéntica en Pedro y en Pío XII. Únicamente ella, la Iglesia de Roma, después de veinte siglos, sigue repitiendo el bimooio de los Apóstoles y cantando en su Misa el Credo que entonaron los Padres del primer Concilio general de Nicea.
(188) Apostolicidad de la Iglesia.-¡Cómo alientas y confortas a cuantos hemos tenido la dicha de nacer y crecer en tu seno! No somos de ayer; somos hijos de una madre multisecular. Mientras en torno nuestro todo se derrumba y tambalea, solamente la Iglesia de Cristo sigue firme.
Por ser católicos, somos invencibles sobre la roca dura de Pedro, contra la cual nada han podido, ni pueden, ni podrán las fuerzas del infierno y todas las furias desatadas. Por ser católicos, podemos gloriarnos de pisar siempre tierra firme, aunque el mundo se desquicie y amenace ruina. Por ser católicos, nos sentimos iluminados por los rayos de la Verdad eterna en un mundo que vive de engaños, ilusiones y oscuridad de muerte.
Vieja con veinte siglos de existencia y joven rebosante de vida. Así quieres a tus hijos: apostólicos, con solera de Evangelio y Tradición, y nuevos, con juventud perenne, que sepa afrontar y vivificar los tan arduos y varios problemas que agitan al mundo de hoy. ¡Siempre antiguos y siempre nuevos! Como la vida, que corre pujante y lozana por las ramas de este grandioso árbol milenario que llamamos Iglesia apostólica.
(189) Cf. Gn 6.14-22; 1P 3,20.
(190) Cf. Ps 121,1; Is 38; 40; 42f Ga 4,25.
(191) ¡Qué pena que a la mayor parte de nuestros cristianos, aun a aquellos que se dicen o creen ser cristianos de cateaoría, les sobre tiempo para todo. Tiempo para leer, saborear y aun devorar toda la literatura, revistas y novelnchas que caen en sus manos, por más que la mayor parte de las veces no consigan con ello más oue salpicar de rieno v basura sus almas, que habían de ser blancas e inmaculadas. Tiempo para conocer al detalle los títulos y argumentos de la incontable producción cinematográfica, por más insulsa, intrascendente v aun obscena y pecaminosa que sea las más de las veces. Tiempo para aprender de memoria el lugar y fecha de nacimiento, el color y peinado de los cabellos, el figurín y modelo de los vestidos, zapatos o sombreros... de las estrellas y artistas que palsan por las tablas y pantallas...
Y, en cambio, desconozcan, por falta de tiempo y de oración -donde vemos las cosas con oíos de fe-, estas espléndidas y vivificadoras realidades de la Iglesia.
Y qué desgracia que aun en los círculos y reuniones piadosas se piense y hable tantas veces de temas frivolos e insubstanciales (cines, trapos, novios), sin que apenas se toauen temas de tan gran actualidad y trascendencia como el de la grandeza y sublimidad de nuestra Iglesia: una, santa, católica y apostólica!
(192) Pídeme, u haré de las gentes tu heredad: te daré en posesión los confínes de ?a tierra (Ps 2,81). ¡Salva a tu pueblo y bendice tu heredad, sé su pastor y condúcelos por siempre! (Ps 27,9).
(193) Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto afares en la tierra será atado en los cielos y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos (Mt 16,18).
(194) Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, íes serán retenidos (Jn 20,23).
(195) Pues yo, ausente en cuerpo, pero presente en espíritu, he condenado ya, cual si estuviera presente, al que eso os ha dicho (1Co 5,3). Tomando el cáliz, dio gracias y diio: Tomadlo y distribuidlo entre vosotros... Tomando el pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Éste es mi cuerpo, que es entregado por vosotros; haced esto en memoria mía (Lc 22,17-19).
(196) Cf Rm 12 Rm 45 etc.
(197) SAN AMBROSIO, Comentario al salmo 118, serm. 8: ML 15,1387.
(198) Cf. Rm 12,4-5 1Co 12,13 Ep 4,16.
(199) Cf. 1Co 12,15.
(200) 1Co 12,26.
(201) Cf. Ep 1,23 Col 1,18.
(202) Cf. 1Co 12,23 Ep 4,11.
(203) No ameis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en la caridad del Padre. Porque todo lo que hay en el mundo, concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de la vida, no viene del Padre, sino que procede del mundo. Y el mundo pasa, u también sus concupiscencias; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre... Se han hecho anticristos... De nosotros han salido, pero no eran de los nuestros ().
(204) A uno le es dada por el Espíritu la palabra de sabiduría; a otro, la palabra de ciencia, seaún el mismo Espíritu; a otro, don de curaciones en el mismo Espíritu; a otro, operaciones de milagros; a otro, profecía; a otro, discreción de espíritus; a otro, género de lenguas; a otro, interpretación de lenguas. Todas estas cosas las obra el único y mismo Espíritu, que distribuye a cada uno según quiere (1Co 12,8-11).
(205) La comunión de los santos es el íntimo y espiritual lazo que a todos nos une y entrelaza: a los fieles de la tierra, a las almas del purgatorio y a los bienaventurados del cielo. Todos formamos un mismo y único Cuerpo místico, cuya cabeza es Jesucristo. Todos participamos de una misma e idéntica vida sobrenatural. Los santos, por su proximidad a Dios, obtienen de Él gracias innumerables tanto para los fieles de la Iglesia militante como para las almas del purgatorio; nosotros acá en la tierra, con plegarias y buenas obras, amamos y honramos a los santos y socorremos con sufragios a las almas del purgatorio.
Cf. cuanto dejamos dicho en el artículo "Creo en la santa Iglesia" sobre la constitución íntima y las exigencias prácticas de esta maravillosa doctrina.
(206) Setenta semanas están prefijadas sobre tu pueblo y sobre tu ciudad santa para acabar las ttansgresiones y dar fin al pecado, para expiar la iniquidad y traer la justicia eterna, para sellar la visión y la profecía y ungir una santidad santísima ().
Darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre ]esús, porque salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1,21).
Al día siguiente vio venir a Jesús y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo (Jn 1,29).
Sabed, pues, hermanos, que por Éste se os anuncia la remisión de los pecados y de todo cuanto por la ley de Moisés no podíais ser justificados (Ac 13,38).
(207) "Si alguno dice que por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, que se confiere en el bautismo..., no se destruye todo aquello que tiene verdadera y propia razón de pecado, sino que sólo se rae o no se imputa, sea anatema...
Ahora bien, que la concupiscencia o fomes permanezca en los bautizados, este santo Concilio lo confiesa y siente; la cual, como haya sido dejada para el combate, no puede dañar a los que no la consienten si virilmente la resisten por la gracia de Jesucristo" (C. Trid., ses.V cn.5: D 792).
(208) Siento otra ley en mis miembros, que repugna la ley de mi mente y me encadena a la ley del pecado, que está en mis miembros (Rm 7,23).
(209) Absolutamente hablando, no hay pecado que no pueda ser perdonado por Dios o por la Iglesia, que absuelve en nombre y con la potestad de Dios. La misericordia divina es infinita, y quiere que todos los hombres se salven.
Jesucristo nos habla, sin embargo, del pecado contra el Espíritu Santo que no será perdonado ni en este siglo ni en el venidero (Mt 12,31-32). ¿Quiere esto decir que son imperdona bles tales pecados?
Es evidente que no. Ya en el siglo m, los novacianos pretendieron limitar a la Iglesia el poder de perdonar, y fueron condenados por el papa Cornelio. De ellos escribía San Agustín: "Fueron excluidos de la Iglesia y se hicieron herejes. Nuestra piadosa madre la Iglesia siempre es misericordiosa, por graves que sean los pecados cometidos". También Tertuliano enseñó, antes que éstos, que la Iglesia no tiene poder para perdonar ciertos pecados, tales como la idolatría, el asesinato y el adulterio; y tuvo que salirle al paso el Papa Calixto (D 43). Posteriormente quedó de una manera clara el pensamiento de la Ialesia en numerosos Concilios y Decretos (cf. D 424 430 464 671 699 840 894 896 911...).
¿Cómo entender, pues, el citado texto evangélico y otros pasajes parecidos de San Pablo? (He 6,4-6). El pecado contra el Espíritu Santo va directa y conscientemente contra la verdad; y como de ella ha de venir la salud (reconocimiento y confesión humilde de la culpa), el que la impugna se cierra a sí mismo la puerta de la salvación, y así viene a ser su pecado irremisible. Semejantes pecadores rehusan descaradamente el arrepentimiento, a pesar de las gracias que Dios les está constantemente dispensando. No pueden alcanzar el perdón, porque ni lo piden, ni cumplen los requisitos necesarios para obtenerle: cerrados en su soberbia, se nieqan a postrarse delante de Dios y a reconocerse pecadores. Tal fue el caso de los fariseos, que rechazaban a sabiendas los milagros obrados por Tesús para probar su divinidad, y los atribuyeron maliciosamente a Belce - bú, príncipe de los demonios.
(210) ¿Cómo habla así éste? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios? (Mc 2,7).
Pues para que veáis que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra poder para perdonar los pecados, dijo al paralítico: Levántate, toma tu lecho y vete a casa (Mt 9,6).
(211) SAN AGUSTÍN, Comentario al Evangelio de San Juan, 72; ML 35,1822-1824.
(212) A quien perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos (Jn 20,23).
(213) Y ahora son justificados gratuitamente por su gracia, por la redención de Cristo Jesús (Rm 3,24).
Y de Jesucristo, el testigo veraz, el primogénito de los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra, el que nos ama y nos ha absuelto de nuestros pecados por la virtud de su sangre (Ap 1,5).
En quien tenemos la redención por la virtud de su sangre, la remisión de los pecados, según la riqueza de su gracia (Ep 1,7).
(214) Porque también Cristo murió una vez por los pecados, el Justo por los injustos, para llevarlos a Dios. Murió en la carne, pero volvió a la vida por el Espíritu (1P 3,18).
(215) ¿No sabéis que los injustos no poseerán el reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los ebrios, ni los maldicientes, ni los rapaces poseerán el reino de Dios (1Co 6,9-10).
He aquí que vengo preso, y conmigo mi recompensa, para iar a cada uno según sus obras. Yo soy el alfa y la omega, el primero y el último, el principio y el fin. Bienaventurados ios que lavan sus túnicas para tener derecho al árbol de la vida y a entrar por las puertas que dan acceso a la ciudad. Fuera perros, hechiceros, fornicarios, homicidas, idólatras y todos los que aman y practican la mentira (Ap 22,12-15).
(216) y no digas: Grande es su misericordia: Él perdonará sus muchos pecados: porque, aunque es misericordioso, también castiga, y su furor caerá sobre los pecadores. No difieras convertirte al Señor y no lo dejes de un día para otro (Si 5, 6-8).
(217) Dichosos los siervos aquellos a quienes el amo hallare en vela; en verdad os digo que se ceñirá, y los sentará a la mesa y se prestará a servirles. Ya llegue a la segunda vigilia, ya a la tercera, si los encontrare así, dichosos ellos. Vosotros sabéis bien que, si el amo de casa conociera a qué hora habría de venir el ladrón, velaría y no dejaría horadar su casa. Estad, pues, prontos, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del hombre (Lc 12,37-40).
(218) Cf. Da 12,1-3 2M 7,9-14 2M 7,22-29 2M 12,42-45 Jb 19,25-26 Lc 20,34-36 Jn 5,28-29 Jn 6,40-44 Jn 11,23-26 2Co 4,14 1Th 4,13-18.
(219) Una de las verdades fundamentales de la religión católica es que nuestra alma sobrevivirá después de la muerte. A nadie se le ocultará su importancia y trascendencia práctica para la vida.
Ha sido definida repetidas veces por la Iglesia esta doctrina como dogma de fe (cf. D 16 40 86 738 1797...). Mas no es necesario recurrir al campo estrictamente dogmático; desde un punto de vista puramente filosófico resulta también evidente. Insinuemos algunos argumentos:
1) Es una creencia universal.-No hay en el globo tributan bárbara que no crea más o menos vagamente en la inmortalidad del alma. Y esto desde los tiempos prehistóricos, como lo están confirmando las excavaciones y dólmenes de recientes descubrimientos. Una creencia tan general y de tan vital influencia en la vida del hombre, necesariamente tiene que tener un fundamento: de lo contrario, la razón humana sería incapaz de adquirir con certeza verdad alguna.
2) Por la misma naturaleza del alma.-Que el alma humana sea esencialmente independiente del cuerpo, al que informa y da vida, lo demuestra el hecho de que nuestra mentalidad puede formar conceptos abstractos y sacar conclusiones lógicas.
Luego de que el cuerpo muera no se sigue que también muera el alma. Además, el cuerpo se compone de partes extensas, mientras el alma es una substancia simple, indivisible y espiritual: incorruptible. Podría en absoluto ser aniquilada por Dios, pero la razón y la fe de consuno nos dicen que Dios no la aniquilará jamás. Jesucristo nos dijo en San Mateo: Éstos (los malos) irán al tormento eterno; pero los justos, a la vida perdurable (Mt 25,46).
3) La naturaleza de la mente y de la voluntad.-Una y otra buscan la verdad infinita y la felicidad perfecta. Y ni una ni otra se dan en esta vida, donde el bien nunca es perfecto. Negada la vida de ultratumba y la inmortalidad del alma, estas ansias y aspiraciones del espíritu iserían un contrasentido.
4) La prueba ética.-Dios, legislador santo y justo, al promulgarnos la ley moral, reservó para la otra vida una sanción eficaz. No hay ley sin sanción. Y basta abrir los ojos para comprobar que las sanciones que acá abajo se aplican a los transgresores no responden a una regla de equitativa justicia; no es infrecuente que se premie el pecado y el vicio, mientras se vitupera y desprecia al virtuoso. La razón perdería el tino si le dijesen que la Hermana de la Caridad y la prostituta serán medidas por el mismo rasero. El mundo se nos convertiría en un caos (cf. CONWAY, C. S. P., Buzón de preguntas, p.49-50).
(220) "La resurrección de la carne fue negada por los gentiles, que se reían de San Pablo oyéndole hablar de ella en el areó - pago de Atenas (Ac 17,32). Entre los judíos la negaron los saduceos, a quienes confundió el Señor (Mt 22,23). Desde los tiempos apostólicos comenzaron a surgir las herejías en contra de la resurrección. San Pablo tuvo que reargüir a ciertos habitantes de Corinto que la negaban también (1Co 15,12), y a Himeneo y Fileto, que, extraviándose de la verdad, decían que la resurrección se ha realizado ya (2Tm 2,17). Posteriormente negaron la resurrección o enseñaron doctrinas falsas en torno a ella los seleucianos, herminianos, gnósticos, maniqueos, priscilianistas, valdenses, albigenses, socinianos y otros herejes, entre los que destaca Celso. Entre los protestantes circulan también errores relativos a la resurrección, sobre todo entre los liberales. Finalmente, los modernos racionalistas, materialistas y panteístas se hacen eco de aquellos viejos errores y herejías" (P. Royo, O, P., Teología de la salvación, p.576).
(221) Cf. 1R 17,22 2R 4,34.
(222) Cf. Mt 9,25; Lc 7,13-15, yJn 11,43.
(223) Cf. Ac 9,40.
(224) SAN AMBROSIO, Sean. 48, en la fiesta de Santa Inés, virgen y mártir (ML 17,725s.).
(225) y cuanto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que Dios os ha dicho: Yo soy el Dios de Abvaham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos (Mt 22,31-32).
Porque, cuando resuciten de entre los muertos, ni se casarán ni serán dados en matrimonio, sino que serán como ángeles en los cielos. Por lo que toca a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en lo de la zarza, cómo habló Dios, diciendo: Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, u el Dios de Jacob? No es Dios de muertos, sino de vivos. Muy errados andáis (Mc 12,25-26).
(226) Jesús les dijo: En verdad os digo que vosotros, los que me habéis seguido en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente sobre el trono de su gloria, os sentaréis vosotros también sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel (Mt 19,28).
En verdad, en verdad os digo que llega la hora, y es ésta, en que los muertos oirán la voz del Hijo, y los que la escucharen vivirán; pues así como el Padre tiene la vida en sí mismo, así dio también al Hijo tener la vida en sí mismo, y le dio poder de juzgar, por cuanto Él es el Hijo del hombre. No os maravilléis de esto, porque llega la hova en que cuantos están en los sepulcros oirán su voz (Jn 5,25-28).
(227) pero ¿irá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo volverán a la vida? ¡Necio! Lo que siembras no nace si no muere. Y lo que siembra no es el cuerpo que ha de nacer, sino un simple grano, por ejemplo, de trigo, o algún otro tal. Y Dios le da el cuerpo seqún ha querido, a cada una de las semillas el propio cuerpo. No es toda carne la misma carne, sino que una es la de los hombres, otra la de los ganados, otra la de las aves, y otra la de los peces. Y hay cuerpos celestes y cuerpos terrestres, y uno es el resplandor de los cuerpos celestes y otro el de los terrestres. Uno es el resplandor del sol, otro el de la luna y otro el de las estrellas; y una estrella se diferencia de la otra en el resplandor.
Pues así en la resurrección de los muertos: se siembra en corrupción y se resucita en incorrupción (1Co 15,35-42).
Sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús, también con ]esús nos resucitará y nos hará estar con vosotros (2Co 4,14).
No queremos, hermanos, que ignoréis lo tocante a la suerte de los muertos, para que no os aflijáis como ios demás que carecen de esperanza. Pues, si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios por Jesús tomará consigo a ¡os que áe durmieron en Él (1Th 4,13-18).
(228) SAN GREGORIO, Moral, 1.14 c.55: ML 75.1076.
(229) Cf. Mt 22,31-32.
(230) CRISÓSTOMO, Hom. 44 in loannem: MG 59,247-250.
(231) Las propiedades de la muerte sobre lals que hablan los teólogos son dos: su unicidad y su universalidad. Que es única, todos están convencidos. Nadie murió por segunda vez; y los casos milagrosos de resurrección narrados en el Evangelio y aun en las mismas vidas de los santos no pueden ser juzgados a tenor de la ley ordinaria. Por lo mismo que milagrosos, son casos que escapan la actual ordenación de las cosas y que Dios puede querer para alguno de sus fines providenciales: probar la divina misión de Cristo, la santidad de algún siervo suyo, etcétera.
Respecto a la universalidad, la Sagrada Escritura ofrece algunas dificultades, que conviene aclarar. Vayamos por partes:
1) Todos los hombres, procedentes de Adán por vía de generación natural, están condenados a morir. Y esta obligación vige en virtud de la ley impuesta por Dios al género humano como castigo del pecado original.
Así, pues, como por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos habían pecado (Rm 5,12).
Porque, como por un hombre vino la muerte, también por un hombre vino la resurrección de los muertos. Y como en Adán hemos muerto todos, así también en Cristo somos todos vivificados (1Co 15,21-22).
Por cuanto a los hombres les está establecido morir una vez, y después de esto el juicio (He 9,7).
2) ¿Es posible que esta ley general sufra de hecho alguna excepción? Hay tres textos difíciles de San Pablo (1Co 15,51 1Th 4,15-18 2Co 5,4), de los que el primero, para mayor confusión, ofrece en el original griego un sentido muy distinto del que presenta la Vulgata.
¿Cómo deben interpretarse? Los PP. Colunga y Bover (cf. Sagrada Biblia de Nácar - Colunga y Bover - Cantera en las notas correspondientes a estos textos) dan la interpretación tal como la prefieren los partidarios de la excepción de la ley: en favor de los justos que vivan cuando sobrevenga el fin del mundo. Consiguientemente, según esta interpretación, la universalidad de la muerte no es absoluta; aquéllos que estén con vida cuando se acerque el fin del mundo, no morirán.
3) Sin embargo, como, por una parte, puede darse una interpretación de esos textos suficientemente coherente con la universalidad de la muerte sin forzarlos para nada; y como, por otra, está la opinión unánime de todos los Padres latinos y algunos griegos, de los escolásticos antiguos, con Santo Tomás a la cabeza; de la mayor parte de los exegetas antiguos y bastantes modernos, que no conceden excepción alguna a la ley de la muerte, parece que es más probable concluir en favor de una total universalidad que no admite excepción. Santo Tomás aduce razones muy fuertes sobre esta universalidad, que no parece deba tambalearse por la dificultad, ciertamente real, en explicar unos textos (cf. Supl. 78,1). En esta cuestión, como en otras complementarias al tratado de la muerte, nos remitimos una vez más al P.ROYO (O.C, p.239ss.), en donde con la amplitud necesaria puede saciarse cumplidamente el lector.
(232) SAN JERÓNIMO. Epíst. 52, a Mimerio y Alejandro: ML 22, 966-980.
(233) SAN AGUSTÍN, De civitate Dei, 1.20 c.20: ML 41,687.
(234) SAN AMBROSIO, Epístola I aTes., c.4: ML 17,473.
(235) SAN JUAN DAMASCENO, De fide orthodoxa, 1.4 c.28: MG 94,1219.
(236) SAN AGUSTÍN, De civitate Del, 1.22 el9,20 y 21: ML 41.780-784.
(237) SAN AGUSTÍN, De civitate Dei, 1.22 c.20: ML 41,782.
(238) No padecerán hambre ni sed, calor ni viento solano que los afliia. Porque los guiará el que de ellos se ha compadecido, y los llevará a sus aguas manantiales (Is 49,10).
Ya no tendrán hambre, ni tendrán ya sed, ni caerá sobre ellos el sol ni ardor alguno, porque el Cordero, que está en medio del trono, los apacentará y los guiará a las fuentes de aguas vivas y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos (Ap 7,16-17).
Y enjugará las lágrimas de sus ojos, y la muerte no existirá más, ni habrá duelo, ni gritos, ni trabajo, porque todo esto es ya pasado (Ap 21,4).
(239) y se transfiguró ante ellos; brilló su rostro como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz (Mt 17,2).
(340) Cuando bajó Moisés de la montaña del Sinaí, traía en sus manos las dos tablas del testimonio, y no sabía que su faz se había hecho radiante desde que había estado hablando con Y ave (Éx. 34,29).
Pues si el ministerio de muerte escrito con letras sobre piedras fue glorioso, hasta el punto de que no pudieran los hijos de Israel mirar el rostro de Moisés a causa de su resplandor, con ser transitorio... (2Co 3,7).
(241) En la casa de mi Padre hay muchas moradas (Jn 14,2).
(242) Al tiempo de su recompensa brillarán y discurrirán como centellas en cañaveral (Sg 3,7).
Pero los que confían en Y ave renuevan sus fuerzas y echan alas como de águila, y vuelan velozmente sin cansarse, y corren sin fatigarse (Is 40,31).
Se siembra en ignominia, y se levanta en gloria. Se siembra en flaqueza, y se levanta en poder (1Co 15,43).
(243) SAN AGUSTÍN, De civitate Dei, c.18: ML 41,390-391.
(244) SAN JERÓNIMO, C.40 de Isaías: ML 24,413-424.
(245) No queremos, hermanos, que ignoréis lo tocante a la suerte de los muertos, para que no os aflijáis como los demás que carecen de esperanza (1Th 4,13).
(246) Y después que mi piel se desprenda de mi carne, en mi carne contemplaré a Dios.
¡Yo le veré, veránle mis ojos, no otros! ¡Abrásense en mi seno mis entrañas! (Jb 19,26-27).
(247) Saldrán los otie han obrado el bien, para la resurrección de la vida, y los que han obrado el mal, para la resurrección del juicio (Jn 5,29).
(248) Pues por la momentánea y ligera tribulación nos prepara un peso eterno de gloria incalculable (2Co 4,17).
Pues sabemos que, si la tienda de nuestra mansión terrena se deshace, tenemos de Dios una sólida casa, no hecha por mano de hombres, eterna en los cielos (2Co 5,1).
(249) Cf. Mt 25,46 Mc 10,17 Lc 10,25.
(250) Para que todo el que creyere en Él tenga la vida eterna (Jn 3,15).
Ésta es la vida eterna, que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo (Jn 17,3).
A los que con perseverancia en el bien obrar buscan la gloría, el honor y la incorrupción, la gloria eterna (Rm 2,7).
Pues la soldada del pecado es la muerte; pero el don de Dios es la vida eterna en nuestro Señor Jesucristo (Rm 6,23).
(251) En los primeros tiempos de la Iglesia, algunos escritores eclesiásticos enseñaron el Milenarismo, doctrina abiertamente herética en algunas de sus manifestaciones, y en todas absolutamente rechazable.
Según los milenaristas, al final de los tiempos, Cristo descenderá glorioso a la tierra y resucitará a la vida a todos los justos para reinar con ellos en este mundo durante mil años antes del juicio final.
Este error parece traer su origen, en parte, de algunas fábulas y libros apócrifos de los judíos.y en parte, de algunas profecías del Apocalipsis (Ap 20,1-8) mal interpretadas.
Ofrece el milenarismo dos formas principales: el craso o material, que presenta un milenio de goces sensuales, y el espiritual o sutil, que se lo imagina a base de vida honesta y goces espirituales.
El primero es francamente herético (se opone a Mt 22,30 1Co 15,50 Rm 14,17), y fue defendido por Cerinto, los marcionitas, apolinaristas y otros herejes. El segundo fue enseñado incluso por algunos Santos Padres (Ireneo, Justino..., etcétera), pero fue combatido por todos los demás y ha sido rechazado por la Iglesia, incluso en sus formas más modernas (cf. la respuesta de la Sagrada Congregación del Santo Oficio en AAS 36 (1944) 212). (P.ROYO, O.P., o.c, p.598).
(252) Y si tu ojo te escandaliza, sácatelo; mejor te es entrar tuerto en el reino de Dios que con ambos ojos ser arro/acfo en la gehenna (Mc 9,47).
¿No sabéis que los injustos no poseerán el reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los ebrios, ni los maldicientes, ni los rapaces poseerán el reino de Dios (1Co 6,9-10).
Pues habéis de saber que ningún fornicario, o impuro, o avaro, que es como adorador de ídolos, tendrá parte en la heredad del reino de Cristo y de Dios (Ep 5,5).
Por lo cual, hermanos, tanto más procurad asegurar vuestra vocación y elección cuanto que, haciendo así, jamás tropezaréis y tendréis ancha entrada al reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo (2P 1,10-11).
No iodo el que dice: ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos (Mt 7,21).
Él le dijo: En verdad te digo, hoy serás conmigo en el paraíso (Lc 23,43).
Al vencedor yo le haré columna en el templo de mi Dios, y no saldrá ya jamás fuera de él, y sobre él escribiré el nombre de Dios y el nombre de la ciudad, de mi Dios, de la nueva Je - rusalén, la que desciende del cielo de mi Dios y mi nombre nuevo (Ap 3,12).
En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, os lo diría, porque voy a prepararos el lugar (Jn 14,2).
(253) Cf. SAN AGUSTÍN, 1.22 De civitate Dei, c.30: ML 41.801.
(254) SAN AGUSTÍN, Sevm. 64, De Verbo Dotnini: ML 39,1868.
(255) SAN AGUSTÍN, 1.15 De Trinítate, c.9: ML 43,1068-1069.
(256) SAN DIONISIO, c.l De divinis nominibus: ML 122,1113-1119.
(257) Al hablar del conocimiento de Dios en teología, se plantea el problema de la posibilidad de un conocimiento intuid tivo de la esencia divina, en el orden sobrenatural claro está, pues todo conocimiento natural es siempre analógico y mediato, a través de las criaturas. Conocimiento intuitivo quiere decir conocimiento inmediato, claro y distinto de la esencia divina.
La Iglesia, frente a los errores de los neoplatónicos, de los palamitas del siglo xiv y de Rosmini en el siglo pasado, afirmó claramente la posibilidad y existencia del conocimiento intuitivo de Dios (cf. constitución de Benedicto XII: D 530; C. Florentino Pro Graecis: D 693; la condenación de Rosmini: D 1891ss.). El texto clásico de la Escritura en esta cuestión es aquel de San Pablo en que afirma que cuando todo haya desaparecido: la ciencia, el don de lenguas, la profecía, etc., la caridad aún continuará, y en toda su plenitud. Ahora vemos por un espejo y obscuramente - dice el Apóstol-; entonces veremos cara a cara. Al presente conozco sólo en parte, entonces conoceré como soy conocido (intuitivamente, pues así nos conoce Dios) (1Co 13,8-12).
Los teólogos se entretienen luego en desentrañar la naturaleza de ese conocimiento intuitivo de Dios. Partiendo de las nociones de especie impresa y expresa que, por parte del objeto, son indispensables para nuestros conocimientos creaturales, se preguntan si en el conocimiento de Dios se dan tales especies. Responden que no, porque es imposible que pueda haber una reproducción creada - eso sería la especie - de la esencia divina, que es el mismo Ser subsistente.
Pasando luego a examinar la cuestión desde el ángulo de la potencia cognoscitiva, niegan que Dios pueda ser conocido intuitivamente por medio de las potencias sensitivas (ojos..., etc.). Luego sólo queda la potencia intelectual.
Pero surge de nuevo el problema: ¿Cómo conoce intuitivamente a Dios el entendimiento humano? ¿Con sus solas fuerzas? ¿Elevado sobrenaturalmente? Los beguardos y beguinos en el siglo xiv, Bayo en el xvi, y los ontologistas en el xix sostuvieron que el conocimiento intuitivo de Dios es accesible al entendimiento humano por sus propias fuerzas. Todos fueron condenados; el Concilio Viennense lo hizo con los beguardos y y beguinos (D 475), Pío V con Bayo (D 1021), y el Santo Oficio con los errores de los ontologistas (D 1659ss.). Y por si etso fuera poco, el C. Vaticano reaiirmó las condenaciones indirectamente al implantar, frente al racionalismo del siglo xix, las inconmovibles verdades de la fe y la razón, sus esferas distintas, la imposibilidad por parte de la razón de conocer el orden sobrenatuial, etc. (cf. D 1795-1796 1808 1816 1786).
La razón última está en que todo conocimiento supone una verdadera fusión del objeto conocido y el sujeto cognoscente. Y esta fusión no puede realizarse si entre ambos términos no existe proporción adecuada. Y como en este caso la esencia divina (objeto conocido) dista infinitamente de nuestro entendimiento (sujeto cognoscente), sigúese que, aunque la razón tenga poder radical para conocer intuitivamente a Dios, no lo tiene poi sus propias fuerzas; lo tiene en cuanto que es elevada y robustecida por un auxilio especial, que llaman los teólogos lumen gloriae. Como un toco potentísimo por el que la luz de nuestra razón se eleva a un grado infinito, y así el hombre se capacita para poder conocer intuitivamente a Dios.
Discuten los teólogos sobre la naturaleza de ese lumen gloriae - cuestión menos trascendental-, pero su existencia no puede ponerse en duda. Contra las pretensiones de beguardos y beguinos, la definió Ulemente V en el Concilio de Viena, a.1311-12, condenando la siguiente proposición: "Cualquier naturaleza intelectual es en sí misma naturalmente bienaventurada, y el alma no necesita de la luz de gloria (lumen gloriae) que la eleve para ver a Dios y gozarle bienaventuradamente" (D 475).
(258) yosofrOs sois mis amigos si hacéis lo que os mando (Jn 15,14). Porque todos, así el que santifica como los santificados, de uno sólo vienen, y, por tanto, no se avergüenza de llamarlos hermanos (He 2,11).
Mas a cuantos le recibieron dióles poder de venir a ser hijos de Dios (Jn 1,12).
Porque los que son movidos por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios (Rm 8,14).
(259) pues a todo el que me confesare delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre, que está en los cielos (Mt 10,32).
(260) Sácianse de la abundancia de tu casa, u los abrevas en el torrente de tus delicias. Porque en ti está la fuente de la vida y en tu luz vemos la luz (Ps 35,9-10).
(261) Pues así en la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, y resucita en incorrupción. Se siembra en ignominia, y se levanta en qloria. Se siembra en flaqueza, y se levanta en poder (1Co 15,42-43).
(262) Dichosos los siervos aquellos a Quienes el amo hallare en vela; en verdad os diao que se ceñirá, y los sentará a la mesa, y se prestará a servirles (Lc 12,37).
(263) Porqae es preciso que lo corruptible se revista de incorrupción y que este ser mortal se revista de inmortalidad (1Co 15,53).
Después de esto miré y vi una muchedumbre grande, que nadie podía contar, de toda nación, tribu, pueblo y lengua, que estaban delante del trono y del Cordero, vestidos de túnicas blancas y con palmas en sus manos (Ap 7,9).
(264) Y quien se prepara para la lucha, de todo se abstiene, y eso para alcanzar una corona corruptible; mas nosotros para alcanzar una incorruptible (1Co 9,25).
Porque la gimnasia corporal es de poco provecho; pero la piedad es útil para todo y tiene promesas para la vida presente y para la futura (2Tm 4,8).
(265) Ellos reedificarán las ruinas antiguas y levantarán los asolamientos del pasado. Restaurarán las ciudades asoladas, los escombros de muchas generaciones (Is 61,4-5).
Y todo el que dejare hermanos o hermanas, o padre o madre, o hijos o campos, por amor de mi nombre, recibirá el céntuplo y heredará la vida eterna (Mt 19,29).
CATECISMO ROMANO 1100