
Documentos de los Padres - V. JESUCRISTO
36,1-2. Este es el camino en el que hemos hallado nuestra salvación. Jesucristo, el sumo sacerdote de nuestras ofrendas, el protector y ayudador de nuestra debilidad. A través de él fijamos nuestra mirada en las alturas del cielo. A través de él contemplamos, como en un espejo, la faz inmaculada y soberana de Dios. Por él nos fueron abiertos los ojos de nuestro corazón. Por él nuestra mente, antes ignorante y llena de tinieblas, ha renacido a la luz. Por él quiso el Señor que gustásemos el conocimiento de la inmortalidad...
49,6. Por su caridad nos acogió el Señor a nosotros. En efecto, por la caridad que nos tuvo, nuestro Señor Jesucristo dio su sangre por nosotros según el designio de Dios, dio su carne por nuestra carne, y su vida por nuestras vidas. Ya veis, hermanos, qué cosa tan grande y tan admirable es la caridad, y como es imposible declarar su perfección...
7,2-4. Tengamos los ojos fijos en la sangre de Cristo, y consideremos cuan preciosa es a los ojos de Dios, Padre suyo, hasta el punto de que, derramada por nuestra salvación, mereció la gracia del arrepentimiento.
12,7. Por su fe y hospitalidad se salvo Rahab la ramera. Le dijeron que pusiera en su casa una señal, colgando un paño rojo: con ello quedaba indicado que por la sangre del Señor encontrarían redención todos los que creen y esperan en Dios.
16,1-17. A los humildes pertenece Cristo, no a los que se muestran arrogantes sobre su rebaño. El cetro de la majestad de Dios, el Señor, Jesucristo, no vino al mundo con aparato de arrogancia ni de soberbia, aunque hubiera podido hacerlo, sino en Espíritu de humildad, tal como lo había dicho de él el Espíritu Santo: "Señor, ¿quién lo creerá cuando lo oiga de nosotros?... No tiene figura ni gloria, le vimos sin belleza ni hermosura, su aspecto era despreciable, más feo que el aspecto de los hombres...” (sigue la cita de Is 53,1-12, y Ps 21,5-8). Considerad, hermanos, el modelo que se nos propone: porque si el Señor se humillo hasta este extremo, ¿qué tendremos que hacer nosotros, que nos hemos sometido al yugo de su gracia?
31-34. ¿Por qué fue bendecido nuestro padre Abraham? ¿No lo fue por haber practicado la justicia y la verdad por medio de la fe? Isaac, conociendo con certeza lo por venir, se dejo llevar de buena gana como víctima de sacrificio. Jacob emigro con humildad de su tierra a causa de su hermano, y marcho a casa de Laban y le sirvió, y le fue concedido el cetro de las doce tribus de Israel... En suma, todos fueron glorificados y engrandecidos, no por méritos propios, ni por sus obras o por la justicia que practicaron, sino por la voluntad de Dios. Por tanto, tampoco nosotros, que fuimos por su voluntad llamados en Jesucristo, nos justificamos por nuestros propios méritos, ni por nuestra sabiduría, inteligencia y piedad, o por las obras que hacemos en santidad de corazón, sino por la fe, por la que el Dios que todo lo puede justifico a todos desde el principio... Si esto es así, ¿qué hemos de hacer, hermanos? ¿Vamos a mostrarnos negligentes en las buenas obras y podemos descuidar la caridad? No permita Dios que esto suceda, al menos en nosotros. Al contrario, apresurémonos a cumplir todo género de obras buenas, con esfuerzo y animo generoso. El mismo artífice y Señor de todas las cosas se regocija y se complace en sus obras... Teniéndole a él como modelo, adhirámonos sin reticencias a su voluntad y hagamos la obra de la justicia con todas nuestras fuerzas. El buen trabajador toma con libertad el pan de su trabajo, pero el perezoso y holganza no se atreve a mirar a la cara de su amo. Por tanto, hemos de ser prontos y diligentes en las buenas obras, ya que de él nos viene todo. El nos lo ha prevenido: "He aquí el Señor, y su recompensa delante de su cara, para dar a cada uno según su trabajo" (Is 40,10, etc.). Con ello nos exhorta a que pongamos en él nuestra fe con todo nuestro corazón, y a que no seamos perezosos ni negligentes en ningún género de obras buenas...
30,1-6. Siendo una porción santa, practiquemos todo lo que es santificador: huyamos de toda calumnia, de todo abrazo torpe o impuro, de embriagueces y revueltas, de la detestable codicia, del abominable adulterio, de la odiosa soberbia... Vivamos unidos a aquellos que han recibido como don la gracia de Dios, revistámonos de concordia, manteniéndonos en el Espíritu de humildad y continencia, absolutamente alejados de toda murmuración y calumnia, justificados por nuestras obras, y no por nuestras palabras... Nuestra alabanza ha de venir de Dios, y no de nosotros mismos, pues Dios detesta al que se alaba a sí mismo.
23-27. El que es en todo misericordioso y padre benéfico, tiene entrañas de compasión para con todos los que le temen, y benigna y amorosamente reparte sus gracias entre los que se acercan a él con mente sencilla. Por tanto, no dudemos, ni vacile nuestra alma acerca de sus dones sobreabundantes y gloriosos. Lejos de nosotros aquello que dice la Escritura (pasaje desconocido): "Desgraciados los de alma vacilante, es decir, los que dudan en su alma diciendo: eso ya lo oímos en tiempo de nuestros padres, y he aquí que hemos llegado a viejos y nada semejante se ha cumplido." ¡Insensatos! Comparaos con un árbol, por ejemplo, la vid. Primero caen sus hojas, luego brota un tallo, luego nace la hoja, luego la flor, después un fruto agraz, y finalmente madura la uva. Considerad como en un breve periodo de tiempo llega a madurez el fruto de ese árbol. A la verdad, pronto y de manera inesperada se cumplirá también su designio, tal como lo atestigua también la Escritura que dice: "Pronto vendrá y no tardará: inesperadamente vendrá el Señor a su templo, y el Santo que estáis esperando" (Is 14,1). Reflexionemos, carísimos, en la manera como el Señor nos declara la resurrección futura, de la que hizo primicias al Señor Jesucristo resucitándole de entre los muertos.
Observemos, amados, la resurrección que se da en la sucesión del tiempo. El día y la noche nos muestran la resurrección: muere la noche, resucita el día; el día se va, viene la noche. Tomemos el ejemplo de los frutos: ¿Cómo y en qué forma se hace la sementera? Sale el sembrador y lanza a la tierra cada una de las semillas, las cuales cayendo sobre la tierra, secas y desnudas, empiezan a descomponerse; y una vez descompuestas, la magnanimidad de la providencia del Señor las hace resucitar, de suerte que cada una se multiplica en muchas, dando así fruto... Así pues, ¿vamos a tener por cosa extraordinaria y maravillosa que el artífice del universo resucite a los que le sirvieron santamente y con la confianza de una fe auténtica...? Apoyados, pues, en esta esperanza, adhiéranse nuestras almas a aquel que es fiel en sus promesas y justo en sus juicios. El que nos mando no mentir, mucho menos será él mismo mentiroso, ya que nada hay imposible para Dios excepto la misma mentira. Reavivemos en nosotros la fe en él, y pensemos que todo está cerca de él... Todo lo hará cuando quiera y como quiera, y no hay peligro de que deje de cumplirse nada de lo que él tiene decretado...
5-6. Por emulación y envidia fueron perseguidos los que eran máximas y justísimas columnas de la Iglesia, los cuales lucharon hasta la muerte. Pongamos ante nuestros ojos a los santos Apóstoles: Pedro, por emulación inicua, hubo de soportar no uno ni dos, sino muchos trabajos, y dando así su testimonio, paso al lugar de la gloria que le era debido. Por emulación y envidia dio Pablo muestra del trofeo de su paciencia: por seis veces fue cargado de cadenas, fue desterrado, fue apedreado, y habiendo predicado en oriente y en occidente, alcanzo la noble gloria que correspondía a su fe: habiendo ensenado la justicia a todo el mundo, y habiendo llegado hasta el confín de occidente, y habiendo dado su testimonio ante los gobernantes, salió así de este mundo y fue recibido en el lugar santo, hecho ejemplo extraordinario de paciencia. A estos hombres que vivieron en santidad, se agrego un gran número de elegidos, los cuales, después de sufrir muchos ultrajes y tormentos a causa de la envidia, se convirtieron entre nosotros en el más bello ejemplo.
59,2-4. Pediremos con instante suplica, haciendo nuestra oración, que el artífice de todas las cosas guarde integro en todo el mundo el número contado de sus elegidos, por medio de su amado Hijo Jesucristo.
Por él nos llamo de las tinieblas a la luz,
de la ignorancia al conocimiento de la gloria de su nombre,
a esperar en tu nombre, principio de toda creatura,
abriendo los ojos de nuestros corazones para conocerte a ti
el único altísimo en las alturas,
el Santo que tiene su descanso entre los santos;
el que humilla la altivez de los soberbios,
el que deshace los pensamientos de las naciones,
el que levanta a los humildes y abate a los que se enaltecen,
el que enriquece y empobrece,
el que mata y el que da la vida,
el único bienhechor de los Espíritus y Dios de toda carne.
Tú penetras los abismos
y contemplas las obras de los hombres,
auxilio de los que están en peligro
y salvador de los desesperados,
creador y protector de todo Espíritu.
Tú multiplicas las naciones sobre la tierra,
y has escogido entre todas a los que te aman
por medio de Jesucristo tu Hijo amado,
por el cual nos has ensenado,
nos has santificado, nos has honrado.
Te rogamos, Señor, que seas nuestro auxilio
y nuestro protector.
Sálvanos en la tribulación, levanta a los caídos,
muéstrate a los necesitados, sana a los enfermos,
vuelve a los extraviados de tu pueblo,
sacia a los hambrientos, da libertad a nuestros cautivos,
levanta a los débiles, consuela a los pusilánimes;
conozcan todas las naciones que tu eres el único Dios,
y Jesucristo es tu Hijo,
y nosotros tu pueblo y las ovejas de tu rebaño.
60,4-61,2. Danos la concordia y la paz a nosotros
y a todos los que habitan la tierra,
como se la diste a nuestros padres,
cuando te invocaban religiosamente en fe y en verdad.
Que seamos obedientes a tu nombre todopoderoso y glorioso,
y a nuestros príncipes y gobernantes sobre la tierra.
Tú, Señor, les diste a ellos la autoridad real,
por tu poder magnifico e inenarrable,
para que conociendo nosotros el honor y la gloria
que tú les diste,
nos sometamos a ellos sin oponernos en nada a tu voluntad.
Dales, Señor, salud, paz, concordia y estabilidad,
para que ejerzan sin tropiezo
la autoridad que de ti han recibido.
Porque tú, Señor, rey celestial de los siglos,
das a los hijos de los hombres que están sobre la tierra
gloria y honor y autoridad.
Tú, Señor, endereza sus voluntades a lo que es bueno
y agradable en tu presencia,
para que ejerciendo en paz, mansedumbre y piedad,
la autoridad que de ti recibieron,
alcancen de ti misericordia...
SAN CLEMENTE ROMANO
(Epístola a los Corintios,30-34)
Acerquémonos al Señor en santidad de alma, con las manos puras y limpias levantadas hacia Él, amando al que es nuestro Padre clemente y misericordioso, que nos escogió como porción de su heredad. Porque así está escrito: cuando el Altísimo dividió las naciones, y disperso a los hijos de Adán, delimito las gentes según el número de los ángeles de Dios: mas la porción del Señor es el pueblo de Jacob; la porción de su herencia, Israel (Dt 32,8-9). Y en otro lugar, la Escritura dice: he aquí que el Señor toma para sí un pueblo de entre los pueblos, como recoge un hombre las primicias de su era; y de este pueblo surgirá el Santo de los santos (Dt 4,34).
Somos una porción santa: practiquemos obras de santidad. Evitemos la calumnia, la impureza, la embriaguez y el afán de novedades, la abominable codicia, el odioso adulterio, la detestable soberbia: Dios-dice la Escritura-resiste a los soberbios, pero a los humildes da su gracia (Jc 4,6).
Unámonos, pues, a aquellos a quienes Dios ha dado su gracia. Revistámonos de concordia; humildes, castos, apartados de toda murmuración y calumnia, justificados por nuestras obras y no por nuestra palabra; pues el que mucho habla, mucho deberá oír: ¿o es que el charlatán por sus palabras es justificado? (Jb 11,2) (...).
Nuestra alabanza ha de venir de Dios, y no de nosotros mismos, pues Dios detesta a los que a sí mismos se enaltecen. Que los demás den testimonio de nuestras buenas obras, como se ha dado de nuestros padres, varones justos. Dios maldice el descaro, la arrogancia y la temeridad; mientras la modestia, la humildad y la mansedumbre brillan en los bendecidos por el Señor.
Adhirámonos a la bendición de Dios y veamos cuales son los caminos para alcanzarla. Volvamos nuestra vista a los primeros acontecimientos de la historia de la salvación. ¿Por qué fue bendecido nuestro padre Abraham? ¿No lo fue por obrar la justicia y la verdad por medio de la fe? Isaac, aun conociendo con certeza lo que le sucederá, libremente, con confianza, se dejo llevar al sacrificio. Jacob, huyendo de su hermano, humildemente emigro de su tierra, y marcho a casa de Laban; le sirvió y le fueron dadas las doce tribus de Israel (...).
En suma, fueron glorificados y engrandecidos, no por sus méritos propios, ni por sus obras o por su justicia, sino por la Voluntad de Dios. Por lo tanto, tampoco nosotros -que hemos sido llamados en Jesucristo por su misma voluntad- nos justificamos por nuestros propios méritos, ni por nuestra sabiduría, inteligencia y piedad, o por las obras que hacemos en santidad de corazón, sino por la fe: porque el Dios Omnipotente, de quien es la gloria por los siglos de los siglos, justifico a todos desde el principio.
Entonces, ¿qué haremos, hermanos? ¿Seremos negligentes en las buenas obras y descuidaremos la caridad? No permita Dios que esto suceda. Al contrario, con esfuerzo y ánimo generoso apresurémonos a cumplir todo género de obras buenas.
El mismo artífice y Señor de todas las cosas se regocija y se complace en sus obras. Con su poder soberano afianzo los cielos, y con su inteligencia incomprensible los ordeno. Separo la tierra del agua que la envolvía, y la asentó en el cimiento firme de su propia voluntad. Por su mandato recibieron el ser los animales que sobre ella se mueven, y al mar y a los animales que en él viven, después de crearlos, los encerró con su poder soberano. Finalmente, con sus sagradas e inmaculadas manos, plasmó al hombre, la criatura más excelente y grande por su inteligencia, imprimiéndole el sello de su propia imagen (...). Así que, teniendo a Dios como modelo, adhirámonos sin reticencias a su santa Voluntad, y con todas nuestras fuerzas hagamos obras de justicia.
El buen trabajador toma con libertad el pan de su labor, mientras el perezoso y holgazán no se atreve a mirar el rostro de su amo. Por tanto, seamos prontos y diligentes en las buenas obras, ya que del Señor nos viene todo. Él mismo nos lo ha dicho: he aquí el Señor; y su recompensa delante de su faz, para dar a cada uno según su trabajo (Is 40,10). Con ello, nos exhorta a que pongamos en Él nuestra fe, con todo nuestro corazón, y a que no seamos perezosos ni negligentes en ningún género de obras buenas.
(Epístola a los Corintios,37-38,42,44,46-47,56-58)
Así pues, hermanos, marchemos como soldados, con toda constancia en sus inmaculados mandatos. Reflexionemos sobre los que militan bajo nuestros jefes: ¡qué disciplinada, qué dócil, qué obedientemente cumplen las ordenes! No todos son prefectos ni tribunos, ni centuriones, ni comandantes al mando de cincuenta hombres, y así sucesivamente, sino que cada uno en su propio orden cumple lo ordenado por el rey y los jefes. Sin los pequeños, los grandes no pueden existir, ni los pequeños sin los grandes. En todo hay una cierta composición, y en ello está la utilidad. Tomemos nuestro cuerpo: la cabeza es nada sin los pies y, de igual manera, los pies sin la cabeza. Los miembros pequeños de nuestro cuerpo son necesarios y útiles a todo el cuerpo. Todos colaboran y necesitan de una sola sumisión para conservar todo el cuerpo.
Por tanto, consérvese nuestro cuerpo en Cristo Jesús, y sométase cada uno a su prójimo tal como fue establecido por su gracia. El fuerte cuide del débil, y el débil respete al fuerte; el rico provea al pobre, y el pobre dé gracias a Dios por haber dispuesto que alguien se encargue de suplir su necesidad. El sabio muestre su sabiduría no con palabras, sino con buenas obras. El humilde no se alabe a sí mismo, por el contrario, deje a los demás la alabanza. El casto según la carne no se jacte, sabiendo que es otro el que le otorga la fuerza. Por tanto, hermanos, consideremos de qué materia fuimos hechos, cuáles y quiénes entramos en el mundo, de qué sepulcro y tinieblas nos saco el que nos ha plasmado y creado para introducirnos en su mundo, preparándonos sus beneficios de antemano, antes de que nosotros naciéramos (...).
Los Apóstoles nos anunciaron el Evangelio de parte del Señor Jesucristo; Jesucristo fue enviado de parte de Dios. Así pues, Cristo de parte de Dios, y los Apóstoles de parte de Cristo. Los dos envíos sucedieron ordenadamente conforme a la Voluntad divina. Por tanto, después de recibir el mandato, plenamente convencidos por la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo y confiados en la Palabra de Dios, con la certeza del Espíritu Santo, partieron para anunciar que el Reino de Dios iba a llegar. Consiguientemente, predicando por comarcas y ciudades establecían sus primicias, después de haberlos probado por el Espíritu, para que fueran obispos y diáconos de los que iban a creer (...). Y nuestros Apóstoles conocieron por medio de Nuestro Señor Jesucristo que habría discordias sobre el nombre del obispo. Puesto que por esta causa tuvieron un perfecto conocimiento establecieron a los ya mencionados y después dieron norma para que, si morían, otros hombres probados recibiesen en sucesión su ministerio.
Así pues, no consideramos justo que sean arrojados de su ministerio los que fueron establecidos por aquellos o, después, por otros insignes hombres con la conformidad de toda la Iglesia y que sirven irreprochablemente al pequeño rebaño de Cristo, con humildad, callada y distinguidamente, alabados durante mucho tiempo por todos (...).
¿Por qué hay entre vosotros discordias, iras, disensiones, cismas y guerra? ¿Acaso no tenemos un único Dios, un único Cristo, un único Espíritu de gracia que ha sido derramado sobre nosotros y una única llamada en Cristo? ¿Por qué separamos y dividimos los miembros de Cristo y nos rebelamos contra el propio cuerpo y llegamos a tal locura que nos olvidamos de que somos los unos miembros de los otros? Recordad las palabras de Jesús Nuestro Señor. Pues dijo: ¡ay de aquel hombre! Mejor seria para él no haber nacido que escandalizar a uno de mis elegidos. Mejor seria para él ceñirse una piedra de molino y hundirse en el mar que extraviar a uno de mis elegidos (cf. Mt 26,25 Lc 17,1-2). Vuestro cisma extravió a muchos, empujo a muchos al desaliento, a muchos a la duda, a todos nosotros a la tristeza, y vuestra revuelta es tenaz.
Tomad la carta del bienaventurado Apóstol Pablo. Ante todo, ¿qué os escribió en el inicio de la epístola? Guiado por el Espíritu os escribió en verdad sobre él mismo, Cefas y Apolo, porque también entonces habíais creado bandos. Pero aquella bandería llevo a un pecado menor, pues estabais apoyados en acreditados Apóstoles y en un hombre probado entre ellos. Ahora considerad quiénes os han extraviado y han debilitado la veneración de vuestro afamado amor fraterno. Amados, vergonzoso, muy vergonzoso e indigno de la conducta en Cristo es oír que la solidísima y antigua Iglesia de los corintios se ha rebelado contra los presbíteros a causa de una o dos personas. Y esta noticia no solo ha corrido hasta nosotros, sino también hasta los que piensan de distinta manera a la nuestra, de modo que por vuestra insensatez también las blasfemias se dirigen al nombre del Señor y os acarreáis un peligro (...).
Amados, asumamos la corrección por la que nadie debe irritarse. La advertencia que mutuamente nos hagamos es muy buena y muy beneficiosa, pues nos une a la Voluntad de Dios. Pues así dice la palabra santa: el Señor me corrigió y no me entrego a la muerte (Ps 140,5). Porque el Señor corrige al que ama y azota a todo aquel que acepta como hijo (Pr 3,12) (…)
Ahora, pues, los que fuisteis causa de que estallara la sedición, someteos a vuestros presbíteros y corregíos para penitencia, doblando las rodillas de vuestro corazón. Aprended a someteros, deponiendo la arrogancia jactanciosa y altanera de vuestra lengua; pues más os vale encontraros pequeños pero escogidos dentro del rebaño de Cristo, que ser excluidos de su esperanza a causa de la excesiva estimación de vosotros mismos.
Cuadrato es el primer apologista. Conoció a algunos "de los que fueron curados o resucitados por Cristo". Es un griego culto, ateniense. Conoció a Pablo y a Juan. Según San Jerónimo fue obispo de Atenas, o por lo menos fue presbítero.
Eusebio menciona un pequeño fragmento de la Apología de Cuadrato (a. 125) dirigida a Adriano (117-138), que encaja en una laguna del "Discurso a Diogneto"; por eso, parece ser que la "Apología de Cuadrato a Adriano" es nada menos que el conocido "Discurso a Diogneto" (o "Epístola a Diogneto").
Clemente de Alejandría, a principios del siglo III, dio el nombre de Epístola de Bernabé a un breve escrito en lengua griega, redactado sin ajustarse a los cánones de la antigua retorica, por lo que se piensa que su autor no era de origen griego. Los estudios modernos han dejado claro que este escrito no fue compuesto por el apóstol San Bernabé, compañero de San Pablo en sus viajes apostólicos, sino que es obra de un autor desconocido, que, a su vez, se valió probablemente de documentos preexistentes de diversas épocas. Su composición se sitúa entre la primera y la segunda destrucción del Templo de Jerusalén (por tanto, entre los años 70 y 130 d.C.).
Aunque utiliza el género epistolar, no se trata de una carta propiamente dicha, sino de un breve tratado destinado a poner en guardia a los cristianos frente al peligro de los judaizantes, aquellos cristianos convertidos del judaísmo que añoraban las practicas de la Ley mosaica y pretendían exigirlas también a los seguidores de la nueva Ley. Con este motivo, el autor se detiene en desentrañar la relación entre la antigua y la nueva alianza, destacando el supremo valor de ésta y la insondable riqueza de su contenido.
La antigüedad cristiana profeso alta estima a este escrito, como lo demuestra el hecho de haber sido descubierto en uno de los más antiguos códices, junto con los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento.
En la primera parte, el autor ahonda en la interpretación de pasajes del Antiguo Testamento a la luz del Nuevo, con un profundo conocimiento de la Escritura. La abundancia de citas es de gran interés para el estudio de la transmisión del texto sagrado y de su utilización como fundamento de los dogmas. La segunda parte, de carácter más didáctico, contiene una descripción de la vida cristiana y un conjunto de normas morales que el Cristianismo exige. De esta segunda parte procede el fragmento que se ofrece a continuación.
Loarte
Este documento, de carácter muy primitivo, llego a ser considerado en ciertas cristiandades como parte de las Escrituras, y se atribuyo a Bernabé, el compañero de Pablo. Tal atribución no es admitida por la crítica moderna, sin que, por otra parte, sea posible determinar quién pudiera ser el autor del escrito. En él se plantea con fuerza particular uno de los problemas que más hubieron de preocupar a los primeros cristianos: el de sus relaciones con el judaísmo. El autor se muestra en actitud simplemente negativa con respecto a todas las instituciones de los judíos, los cuales, según él, habrían pervertido desde el comienzo el sentido que Dios quiso dar a las Escrituras y a la ley, entendiendo en un sentido material lo que Dios había querido solo en un sentido Espiritual. Según esta concepción, el judaísmo seria, no un estadio menos perfecto de la revelación, previo al cristianismo, sino una perversión radical de algo que ya desde un principio debiera de haber alcanzado su plenitud y perfección. De esta forma la polémica antijudía, iniciada por Pablo con notables matizaciones, es ahora llevada a extremos absolutos. El autor de la carta de Bernabé solo admite prácticamente una interpretación alegórica y Espiritual del Antiguo Testamento y esta interpretación es presentada como una gnosis o sabiduría particular, dada al cristianismo por la enseñanza de Jesús: se inicia así la tendencia hacia la alegoría y la gnosis cristiana, que se desarrollara en la escuela de Alejandría, y por ello se ha supuesto que este escrito pudiera proceder de los ambientes alejandrinos. Por algunas de sus referencias parece probable que fuera escrito en el reinado de Adriano, hacia el año 130.
Josep Vives
Los dos caminos
(Epístola de Bernabé,1-20)
Dos caminos hay de doctrina y de poder: el de la luz y el de las tinieblas. Pero grande es la diferencia entre los dos caminos, pues sobre uno están establecidos los ángeles de Dios, portadores de luz, y sobre el otro, los ángeles de Satanás. Uno es Señor desde siempre y por siempre, y el otro es el príncipe del tiempo presente de la iniquidad.
El camino de la luz es éste. Si alguno quiere seguir su camino hacia el lugar fijado, apresúrese por medio de sus obras. Ahora bien, el conocimiento que nos ha sido dado para caminar en él es el siguiente:
Amarás al que te creo, temerás al que te formo, glorificaras al que te redimió de la muerte. Serás sencillo de corazón y rico de Espíritu. No te juntaras con los que andan por el camino de la muerte, aborrecerás todo lo que no es agradable a Dios, odiaras toda hipocresía, no abandonaras los mandamientos del Señor.
No te exaltaras a ti mismo, sino que serás humilde en todo. No te arrogaras gloria para ti mismo. No tomaras determinaciones malas contra tu prójimo, ni infundirás a tu alma temeridad.
No fornicaras, no cometerás adulterio, no corromperás a los jóvenes. Cuando hables la palabra de Dios, que no salga de tu boca tergiversada, como hacen algunos. No harás acepción de personas para reprender a cualquiera de su pecado. Serás manso, serás tranquilo, serás temeroso de las palabras de Dios que has oído. No guardarás rencor a tu hermano.
No vacilaras sobre las verdades de la fe. No tomes en vano el nombre de Dios (Ex 20,7). Amarás a tu prójimo más que a tu propia vida. No mataras a tu hijo en el seno de la madre, ni una vez nacido le quitaras la vida. No dejes sueltos a tu hijo o a tu hija, sino que, desde su juventud, les ensenaras el temor del Señor.
No serás codicioso de los bienes de tu prójimo, no serás avaro. No desearas juntarte con los altivos; por el contrario, trataras con los humildes y los justos. Los acontecimientos que te sobrevengan los aceptaras como bienes, sabiendo que sin la disposición de Dios nada sucede.
No serás doble ni de intención ni de lengua. Te someterás a tus amos, como a imagen de Dios, con reverencia y temor. No mandes con dureza a tu esclavo o a tu esclava, que esperan en el mismo Dios que tu, no sea que dejen de temer al que es Dios de unos y otros; porque no vino Él a llamar con acepción de personas, sino a los que preparo el Espíritu.
Compartirás todas las cosas con tu prójimo, y no dirás que son de tu propiedad; pues si en lo imperecedero sois participes en común, ¡cuánto más en lo perecedero! No serás precipitado en el hablar, pues red de muerte es la boca. Guardarás la castidad de tu alma.
No seas de los que extienden la mano para recibir y la encogen para dar. Amarás como a la niña de tus ojos (Dt 32,10) a todo el que te habla del Señor.
Día y noche te acordarás del día del juicio, y buscaras cada día la presencia de los santos (los demás cristianos), bien trabajando y caminando para consolar por medio de la palabra, bien meditando para salvar un alma con la palabra, bien trabajando con tus manos para rescate de tus pecados.
No vacilaras en dar, ni cuando des murmuraras, sino que conocerás quién es el justo remunerador del salario. Guardarás lo que recibiste, sin añadir ni quitar nada (Dt 12,32). Aborrecerás totalmente el mal. Juzgaras con justicia.
No serás causa de cisma, sino que pondrás paz y reconciliaras a los que contienden. Confesaras tus pecados. No te acercaras a la oración con conciencia mala. Éste es el camino de la luz.
El camino del "Negro" (el demonio) es tortuoso y está repleto de maldición, pues es un camino de muerte eterna en medio de tormentos, en el que se halla todo lo que arruina al alma: idolatría, temeridad, arrogancia de poder, hipocresía, doblez de corazón, adulterio, asesinato, robo, soberbia, transgresión, engaño, maldad, vanidad, hechicería, magia, avaricia, falta de temor de Dios.
Perseguidores de los buenos, aborrecedores de la verdad, amantes de la mentira, desconocedores del salario de la justicia, no concordes con el bien ni con el juicio justo, despreocupados de la viuda y del huérfano, no vigilantes para el temor de Dios, sino para el mal, alejadísimos de la mansedumbre y de la paciencia, amantes de la vaciedad, perseguidores de la recompensa, despiadados con el pobre, indolentes ante el abatido, inclinados a la calumnia, desconocedores del que los ha creado, asesinos de niños, destructores de la obra de Dios, que vuelven la espalda al necesitado, que abaten al oprimido, defensores de los ricos, jueces injustos de los pobres, pecadores en todo.
I. Fe y conocimiento.
...He creído que debía ponerme a escribiros algo aunque fuera brevemente, a fin de que juntamente con vuestra fe tengáis conocimiento perfecto. Pues bien, tres son las doctrinas del Señor: la esperanza de vida, principio y fin de vuestra fe; la justicia, principio y fin del juicio, y la caridad, principio de tranquilidad y de alegría, así como testimonio de las obras de justicia. Porque, en efecto, el Señor nos dio a conocer por medio de los profetas el pasado, y el presente, dándonos además un anticipo del goce de lo por venir. Y viendo que todo se va cumpliendo como él lo dijo, deber nuestro es adelantar, con Espíritu más generoso y levantado, en su temor. En cuanto a mí, no como maestro, sino como uno de vosotros, voy a declararos unas pocas cosas que os puedan dar consuelo en el momento presente. Porque los días son malos, y el Activo tiene el poder en sus manos, y por tanto nosotros debemos atender a nosotros mismos y buscar las justificaciones del Señor. Ahora bien, en ayuda de nuestra fe vienen el temor y la paciencia, y nuestros aliados son la magnanimidad y la continencia. Mientras tengamos estas virtudes santamente en el Señor, tendremos juntamente con ellas el gozo de la sabiduría, la inteligencia, la ciencia y el conocimiento... (1)
¿Qué dice el conocimiento? Aprendedlo: Esperad -dice-, en el que se os ha de manifestar cuando venga en la carne, Jesús. Porque el hombre no es más que tierra que sufre, ya que Adán fue modelado de la faz de la tierra. Pues bien, ¿qué quiere decir Entrad en la tierra que mana leche y miel"? Bendito sea nuestro Señor, hermanos, porque nos ha dado la sabiduría y la inteligencia de sus secretos. Porque el profeta habla del Señor en forma de parábola. ¿Quién lo entenderá, sino el sabio e instruido y el que ama a su Señor? Significa pues aquello que el Señor nos renovó con el perdón de los pecados, haciéndonos de nuevo con un nuevo molde, hasta el punto de que nuestra alma es como de niños, pues realmente él nos ha modelado de nuevo... (2)
II. El cristianismo muestra la invalidez del judaísmo.
El Señor por medio de todos sus profetas ha puesto de manifiesto que no tiene necesidad ni de sacrificios ni de holocaustos ni de ofrendas, diciendo en cierta ocasión: "¿Qué se me da a mí de la multitud de vuestros sacrificios? -dice el Señor-. Estoy harto de holocaustos, y no quiero la grasa de vuestros corderos ni la sangre de vuestros toros y machos cabríos... No soporto vuestros novilunios y vuestros sábados" (Is 1,11ss). El Señor invalido todo esto a fin de que la nueva ley de nuestro Señor Jesucristo, que no está sometida al yugo de la necesidad, tuviera una ofrenda no hecha por mano de hombre. Dios, en efecto, en otro lugar: "¿Acaso fui yo el que mandé a vuestros padres cuando salían de la tierra de Egipto que me ofrecieran holocaustos y sacrificios? Más bien lo que les mandé fue que ninguno guardará en su corazón rencor maligno contra su prójimo y que no fuerais amantes del perjurio" (Jr 7,22 Jr 8,17 Jr 7,10). No hemos de ser, pues, insensatos, sino comprender la sentencia de bondad de nuestro Padre, que nos habla manifestando que no quiere que nosotros, extraviados como aquellos, busquemos todavía como acercarnos a él... En otra ocasión les dice a este respecto: "¿Para qué me ayunáis -dice el Señor- de modo que en este día solo se oye la gritería de vuestras voces? No es este el ayuno que yo prefiero, dice el Señor, no es la humillación del alma del hombre. Ni aun cuando doblarais vuestro cuello como un aro, os vistierais de saco y os revolcarais en la ceniza, ni aun así penséis que vuestro ayuno es aceptable" (Is 58,4-5). A nosotros empero nos dice: "He aquí el ayuno que yo prefiero-dice el Señor-: Desata toda atadura de iniquidad, disolved las cuerdas de los contratos por la fuerza, deja a los oprimidos en libertad y rompe toda escritura injusta. Comparte tu pan con el hambriento, y si ves a uno desnudo, vístele. Acoge en tu casa a los sin techo, y si ves a uno humillado no le desprecies, siendo de tu propio linaje y de tu propia sangre... Entonces clamaras, y Dios te oirá, y cuando la palabra está todavía en tu boca te dirá: Aquí estoy, con tal de que arrojes de ti la atadura, y la mano levantada, y la palabra de murmuración, y des con toda tu alma el pan al hambriento y tengas compasión del alma humillada" (Is 58,6-10). Hermanos, viendo de antemano el Señor magnánimo que su pueblo, que él se había preparado en su Amado, había de creer con sencillez, nos manifestó por anticipado todas estas cosas, para que no fuéramos a estrellarnos, como prosélitos, en la ley de aquellos (3).
...No os asemejéis a ciertos hombres que no hacen sino amontonar pecados, diciéndoos que la alianza es tanto de ellos como vuestra. Porque es nuestra, pero aquellos, después de haberla recibido de Moisés, la perdieron absolutamente... Volviéndose a los ídolos la destruyeron, pues dice el Señor: "Moisés, Moisés, baja a toda prisa, porque mi pueblo, a quien saqué yo de Egipto, ha prevaricado" (cf. Ex 32,7 Ex 3,4 Dt 9,12). Y cuando Moisés lo comprobó, arrojó de sus manos las dos tablas, y se rompió su alianza, para que la de su amado Jesucristo fuera sellada en nuestro corazón con la esperanza de la fe en él (4).
En cuanto a la circuncisión, en la que ellos ponen su confianza no tiene valor alguno. Porque el Señor ordeno la circuncisión, pero no de la carne. Pero ellos transgredieron el mandato porque el ángel malo los enredo. Díteles a ellos el Señor: "Esto dice el Señor vuestro Dios: no sembréis sobre las espinas, circuncidaos para vuestro Señor" (Jr 4,3). Además, ¿qué quiere decir: "Circuncidad la dureza de vuestro corazón, y no endurezcáis vuestra cerviz"? Y en otro lugar dice: "...Todas las naciones son incircuncisas en su prepucio, pero este pueblo tiene incircunciso el corazón" (Jr 9,25). Objetaras: La circuncisión es en este pueblo como un sello. Pero te contestaré que también los sirios y los árabes y todos los sacerdotes de los ídolos se circuncidan... (5)
Nuestra salvación en Cristo El Señor soporto que su carne fuera entregada a la destrucción para que fuéramos nosotros purificados con la remisión de los pecados, que alcanzamos con la aspersión de su sangre. Sobre esto está escrito aquello que se refiere en parte a Israel y en parte a nosotros, y dice: "Fue herido por nuestras iniquidades y quebrantado por nuestros pecados: con sus heridas hemos sido sanados. Fue llevado como oveja al matadero y como cordero estuvo mudo delante del que le trasquila" (Is 53,5-7). Por esto hemos de dar sobremanera gracias al Señor, porque nos dio a conocer lo pasado, nos instruyo en lo presente y no nos ha dejado sin inteligencia de lo por venir... Por esto justamente se perderá el hombre que, teniendo conocimiento del camino de la justicia, se precipita a sí mismo por el camino de las tinieblas. Y hay más, hermanos míos: el Señor soporto el padecer por nuestra vida, siendo como es Señor de todo el universo, a quien dijo Dios desde la constitución del mundo: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza" (Gn 1,26). ¿Cómo soporto el padecer por mano de hombres? Aprendedlo: los profetas profetizaron acerca de él, habiendo recibido de él este don: ahora bien, él, para aniquilar la muerte y mostrar la resurrección de entre los muertos, soporto la pasión, pues convenía que se manifestara su condición carnal. Así cumplió la promesa hecha a los padres, y se preparo para sí un pueblo nuevo, mostrando, mientras vivía sobre la tierra, que él había de juzgar una vez que haya realizado la resurrección. En fin, predico enseñando a Israel y haciendo grandes prodigios y señales, con lo que mostro su extraordinario amor. Se escogió a sus propios Apóstoles, que tenían que predicar el Evangelio, los cuales eran pecadores con toda suerte de pecados, mostrando así que "no vino para llamar a los justos, sino a los pecadores" (Mt 9,13): y entonces les manifestó que era Hijo de Dios. Porque, en efecto, si no hubiera venido en la carne, los hombres no hubieran podido salvarse viéndole a él, ya que ni siquiera son capaces de tener sus ojos fijos en el sol, a causa de sus rayos, el cual está destinado a perecer y es obra de sus manos. En suma, para esto vino el Hijo de Dios en la carne, para que llegase a su colmo la consumación de los pecados de los que persiguieron a muerte a sus profetas: por esto soporto la pasión... (6).
Notas
(1) Carta de Bernabé 1,5-2,3. (volver)
(2) Ibid. 6, .9. (volver)
(3) Ibid., cap. 2-3. (volver)
(4) Ibid. 4,6-8. (volver)
(5) Ibid. 9,4-5. (volver)
(6) Ibid. cap. 5 (volver)
Pastor de Hermas
El "Pastor de Hermas" es un libro que fue muy apreciado en la primitiva Iglesia, hasta el punto de que algunos Padres llegaron a considerarlo como canónico, esto es, perteneciente al conjunto de la Sagrada Escritura. Sin embargo, gracias al Fragmento Muratoriano (un pergamino del año 180 que recoge la lista de los libros inspirados, descubierto y publicado en el siglo XV), sabemos que fue compuesto por un tal Hermas, hermano del Papa Pio I, en la ciudad de Roma; por tanto, entre los años 141 a 155. Otros catálogos eclesiásticos posteriores confirman esta noticia. Es el escrito más largo de la época post-apostólica.
El libro refleja el estado de la cristiandad romana a mediados del siglo II. Tras una larga pausa de tranquilidad sin sufrir persecución, parece que no era tan universal el buen Espíritu de los primeros tiempos. Junto a cristianos fervorosos, había muchos tibios; junto a los santos, no faltaban los pecadores, y esto en todos los niveles de la Iglesia, desde los simples fieles a los ministros sagrados. No es de extrañar, pues, que el libro gire en torno a la necesidad de la penitencia.
Se trata de un escrito perteneciente al género apocalíptico: el autor presenta sus ideas como si le hubiesen sido reveladas (apocalipsis = revelación, en griego) por dos personajes misteriosos: una anciana y un pastor. Precisamente de este último personaje toma nombre todo el libro.
En la primera parte, el autor ilustra la doctrina de la penitencia por medio de una serie de Visiones o revelaciones. Se le aparece una anciana matrona que va despojándose poco a poco de la vejez para mostrarse al final como una novia engalanada, símbolo de los elegidos de Dios. Esa matrona, como ella misma explica, es la Iglesia: parece anciana porque es la criatura más antigua de la creación, y porque la afean los pecados de los cristianos; pero se renueva gracias a la penitencia, hasta aparecer sin fealdad alguna. En la segunda parte, los Mandamientos, el ángel de la penitencia enseña a Hermas un resumen de la doctrina moral. En la tercera, llamada Comparaciones o semejanzas, se resuelven algunas cuestiones que inquietaban a los cristianos de aquella época.
En las siguientes líneas se recogen dos textos de esta obra. En el primero, correspondiente a la tercera visión, la anciana explica a Hermas el significado de una torre que se construye con piedras, de las que algunas son desechadas. Es una bella imagen para señalar la construcción de la Iglesia, en la que los cristianos-como decía San Pedro- son piedras vivas edificadas sobre el fundamento que es Cristo. Y para ser piedra viva, tiene una importancia fundamental la penitencia por los pecados.
Loarte
El llamado Pastor, de Hermas, es un escrito complejo y extraño, compuesto en el género apocalíptico y visionario, probablemente hacia la primera mitad del siglo ll, aunque pudiera haber en él elementos de diversas épocas. Consta de una serie de visiones, comparaciones o alegorías, algunas de ellas de sentido bastante confuso, que se refieren a diversos aspectos de la vida cristiana.
Según se desprende del escrito, Hermas, su autor, era un cristiano sencillo y rudo, pero lleno de preocupaciones religiosas y con una particular conciencia de sus propias faltas morales de diversa índole. Pesa sobre él especialmente el remordimiento por no haber sabido mantener debidamente las relaciones familiares con su mujer y sus hijos, y por no haber sabido hacer buen uso de sus bienes de fortuna, que había perdido. Correspondiendo a esta conciencia de culpabilidad, sobresale en el escrito el tema de la penitencia y del perdón que, contra lo que se suponía en concepciones rigoristas, podía ser obtenido al menos una vez después del bautismo, si uno se arrepentía sinceramente. Hermas, simple laico, tiene conciencia de que esto se oponía a la enseñanza de ciertos doctores de la Iglesia que no admitían posibilidad de perdón al que hubiere pecado gravemente después del bautismo, y presenta sus ideas como un anuncio especial de un mensajero de Dios que se aparece en forma de pastor, y que es el que dio a este escrito su nombre.
Además del tema de la penitencia, es prominente en el Pastor, de Hermas, el tema de la Iglesia, la cual aparece balo la alegoría de una torre en construcción, de la que pueden venir a formar parte diversas clases de piedras, que son diversos géneros de fieles. Algunas piedras son temporalmente rechazadas para la construcción, otras lo son definitivamente, representando los fieles que podrán o no a su tiempo hacer penitencia.
Otros muchos temas van apareciendo a lo largo del escrito: de particular interés pueden ser los que se refieren al peligro de las riquezas, a las relaciones entre ricos y pobres, o a la necesidad de saber distinguir los signos de la influencia del bueno o del mal Espíritu en nosotros o en los demás. En este último aspecto Hermas encabeza la copiosa literatura cristiana acerca del "discernimiento de Espíritus".
El Pastor, de Hermas, muestra cierta audacia imaginativa, pero tiene en general poca profundidad teológica y se mantiene más bien en una actitud meramente moralística. Sin embargo, es interesante como reflejo de los problemas religiosos y morales que podía tener entonces un cristiano ordinario.
Josep Vives
Piedras para construir la Iglesia
(Visión III, nn. 2-7)
Dicho esto, (la anciana) hizo ademan de marcharse; mas yo me postré a sus pies y le supliqué por el Señor que me mostrara la visión que me había prometido. Y ella me tomo otra vez de la mano, me levanto y me hizo sentar en el banco a su izquierda. Tomo asiento también ella, a la derecha, y, levantando una vara brillante, me dijo:
-¿Ves una cosa grande?
-Señora -le contesté-, no veo nada.
-¡Cómo! -me replica-; ¿no ves delante de ti una torre que se está construyendo sobre las aguas con brillantes sillares?
En un cuadrilátero, en efecto, se estaba construyendo la torre, por mano de aquellos seis jóvenes que habían venido con ella; y, juntamente, otros hombres por millares y millares, se ocupaban en acarrear piedras -unas de lo profundo del mar, otras de la tierra- y se las entregaban a los seis jóvenes. Estos las tomaban y edificaban.
Las piedras sacadas de lo profundo del mar las colocaban todas sin más en la construcción, pues estaban ya labradas y se ajustaban en su juntura con las demás piedras; tan cabalmente se ajustaban unas con otras, que no aparecía juntura alguna y la torre semejaba construida como de un solo bloque.
De las piedras traídas de la tierra, unas las tiraban, otras las colocaban en la construcción, otras las hacían añicos y las arrojaban lejos de la torre. Había, además, gran cantidad de piedras tiradas en torno de la torre, que no empleaban en la construcción, pues de ellas unas estaban carcomidas, otras con rajas, otras desportilladas, otras eran blancas y redondas y no se ajustaban a la construcción. Veía también otras piedras arrojadas lejos de la torre, que venían a parar al camino, pero que no se detenían en él, sino que seguían rodando del camino a un paraje intransitable; otras caían al fuego y allí se abrasaban; otras venían a parar cerca de las aguas, pero no tenían fuerza para rodar al agua por más que deseaban rodar y llegar hasta ella.
Una vez que me mostro todas estas cosas, quería retirarse. Le digo:
-Señora, ¿de qué me sirve haber visto todo eso, si no sé lo que significa cada cosa?
Me respondió diciendo:
-Astuto eres, hombre, queriendo conocer lo que se refiere a la torre.
-Sí, señora -le respondo-; quiero conocerlo para anunciarlo a los hermanos y que así se pongan más alegres. Y, una vez que hayan conocido estas cosas, reconozcan al Señor en mucha gloria.
Y ella me dijo:
-Oírlas, las oirán muchos; pero, después de oídas, unos se alegrarán y otros llorarán. Sin embargo, aun éstos, si oyeren y se arrepintieren, se alegrarán también. Escucha, pues, las comparaciones acerca de la torre, pues voy a revelártelo todo. Y ya no me molestes más pidiéndome revelación, pues estas revelaciones tienen un término, puesto que están ya cumplidas. Sin embargo, tú no cesarás de pedir revelaciones, pues eres importuno.
Ahora bien, la torre que ves que se está edificando, soy yo misma, la Iglesia, la que se te apareció tanto ahora como antes. Así, pues, pregunta cuánto gustes acerca de la torre, que yo te lo revelaré, a fin de que te alegres junto con los santos (...).
Le pregunté entonces:
-¿Por qué la torre está edificada sobre las aguas, señora?
-Ya te dije antes -me replico- que eres muy astuto y que inquieres con cuidado; inquiriendo, pues, hallas la verdad. Ahora bien, escucha por qué la torre está edificada sobre las aguas. La razón es porque vuestra vida se salvo por el agua y por el agua se salvara; mas el fundamento sobre el que se asienta la torre es la palabra del Nombre omnipotente y glorioso y se sostiene por la virtud invisible del Dueño.
Tomando la palabra, le dije:
-Señora, esto es cosa grande y maravillosa. Y los seis jóvenes que están construyendo, ¿quiénes son, señora?
-Éstos son aquellos santos ángeles de Dios que fueron creados los primeros, y a quienes el Señor entrego su creación para acrecentar y edificar y dominar sobre la creación entera. Así pues, por obra de éstos se consumara la construcción de la torre.
-Y los otros que llevan las piedras, ¿quiénes son?
-También éstos son ángeles santos de Dios; pero aquellos seis los superan en excelencia. Por obra de unos y otros se consumara, pues, la construcción de la torre, y entonces todos se regocijaran en torno de ella, y glorificaran a Dios porque se termino su construcción.
Hícele otra pregunta:
-Señora, quisiera saber el paradero de las piedras y qué significación tiene cada una de ellas.
Me respondió diciendo:
-No es que seas tú más digno que nadie de que se te revele, porque otros hay primero y mejores que tu a quienes debieran revelárseles estas visiones. Mas, para que sea glorificado el nombre de Dios, se te han revelado a ti, y se te seguirán revelando, por causa de los vacilantes, de los que oscilan en sus discursos consigo mismos sobre si estas cosas son o no son. Diles que todas estas cosas son verdaderas y nada hay en ellas que esté fuera de la verdad, sino que todo es firme y seguro y bien asentado.
Escucha ahora acerca de las piedras que entran en la construcción. Las piedras cuadradas y blancas, que ajustaban perfectamente en sus junturas, representan los Apóstoles, obispos, maestros y diáconos que caminan según la santidad de Dios, los que desempeñaron sus ministerios de obispos, maestros y diáconos pura y santamente en servicio de los elegidos de Dios. De ellos, unos han muerto, otros viven todavía. Éstos son los que estuvieron siempre en armonía unos con otros, conservaron la paz entre sí y se escucharon mutuamente. De ahí que en la construcción de la torre encajaban ajustadamente sus junturas.
-Y las piedras sacadas de lo hondo del mar y sobrepuestas a la construcción, que encajaban en sus junturas con las otras piedras ya edificadas, ¿quiénes son?
-Éstos son los que sufrieron por el nombre del Señor.
-Quiero saber, señora, quiénes son las otras piedras, traídas de la tierra.
Respondióme:
-Los que entraban en la construcción sin necesidad de labrarlos son los que aprobó el Señor, porque caminaron en la rectitud del Señor y cumplieron sus mandamientos.
-Y las que eran traídas y puestas en la construcción, ¿quiénes son?
Éstas son los neófitos, nuevos en la fe, pero creyentes; son amonestados por los ángeles a obrar el bien, pues se hallo en ellos alguna maldad.
-Y los que rechazaban y tiraban, ¿quiénes son?
-Éstos son los que han pecado, pero están dispuestos a hacer penitencia; por esta causa, no se los arrojaba lejos de la torre, pues cuando hicieren penitencia serán útiles para la construcción. Los que tienen intención de hacer penitencia, si de verdad la hacen, serán fortalecidos en la fe; a condición, sin embargo, de que hagan penitencia ahora, mientras se está construyendo la torre. Mas si la edificación llega a su término, ya no tienen lugar a penitencia. Solo se les concederá estar puestos junto a la torre.
¿Quieres conocer las piedras que eran hechas trizas y se las arrojaba lejos de la torre? Éstos son los hijos de la iniquidad; se hicieron creyentes hipócritamente y ninguna maldad se aparto de ellos. De ahí que no tienen salvación, pues por sus maldades no son buenos para la construcción. Por eso se les hizo pedazos y se los arrojo lejos. La ira del Señor pesa sobre ellos, pues le han exasperado.
Respecto a las otras, que viste tiradas en gran número por el suelo y que no entraban en la construcción, las piedras carcomidas representan a los que han conocido la verdad, pero no perseveraron en ella ni se adhirieron a los santos. Por eso son inútiles.
-¿Y a quiénes representan las piedras con rajas?
-Éstos son los que guardan unos contra otros algún resentimiento en sus corazones y no mantienen la paz mutua. Cuando se hallan cara a cara, parecen tener paz; mas apenas se separan, sus malicias siguen tan enteras en sus corazones. Éstas son, pues, las hendiduras que tienen las piedras.
Las piedras desportilladas representan a los que han creído y mantienen la mayor parte de sus actos dentro de la justicia, pero tienen también sus porciones de iniquidad. De ahí que están desportillados y no enteros.
-Y las piedras blancas y redondas y que no ajustaban en la construcción, ¿quiénes son, señora?
Me respondió diciendo:
-¿Hasta cuándo serás necio y torpe, que todo lo preguntas y nada entiendes por ti mismo? Éstos son los que tienen, si, fe; pero juntamente poseen riqueza de este siglo. Cuando sobreviene una tribulación, por amor de su riqueza y negocios, no tienen inconveniente en renegar de su Señor.
Le respondí, por mi parte:
-Señora, ¿cuándo serán, pues, útiles para la construcción?
Documentos de los Padres - V. JESUCRISTO