
Documentos de los Padres - RIQUEZA - IMPEDIMENTO
-Cuando -me dijo- se recorte de ellos la riqueza que ahora los arrastra, entonces serán útiles para Dios. Porque, al modo que la piedra redonda, si no se la labra y recorta algo de ella, no puede volverse cuadrada; así los que gozan de riquezas en este siglo, si no se les recorta la riqueza, no pueden volverse útiles a Dios. Por ti mismo, ante todo, puedes darte cuenta: cuando eras rico, eras inútil; ahora, en cambio, eres útil y provechoso para la vida. Haceos útiles para Dios, pues tu mismo eres empleado como una de estas piedras.
En cuanto a las otras piedras que viste arrojar lejos y caer en el camino y que rodaban del camino a parajes intransitables, éstas representan a los que han creído; pero luego, arrastrados de sus dudas, abandonan su camino, que es el verdadero. Imaginándose, pues, que son ellos capaces de hallar camino mejor, se extravían y lo pasan míseramente andando por soledades sin senderos.
Las que caían en el fuego y allí se abrasaban representan a los que de todo punto apostataron del Dios vivo y todavía no ha subido a su corazón el pensamiento de hacer penitencia, por impedírselo los deseos de su disolución y las perversas obras que ejercitaron.
¿Quieres saber quiénes son las otras piedras que venían a parar cerca de las aguas y que no podían rodar hasta ellas? Estos son los que, después de oír la palabra de Dios, quisieran bautizarse en el nombre del Señor; pero luego, al caer en la cuenta de la castidad que exige la verdad, cambian de parecer y se echan otra vez tras sus perversos deseos.
Termino, pues, la explicación de la torre. Importunándola yo todavía, le pregunté si a todas aquellas piedras rechazadas y que no encajaban en la construcción de la torre, se les daría ocasión o posibilidad de penitencia y tendrían aun lugar en esta torre.
-Posibilidad de penitencia -me contesto- si que la tienen; pero ya no pueden encajar en esta torre. Sin embargo, se ajustaran a otro lugar mucho menos elevado, y eso cuando hayan pasado por los tormentos de la penitencia y hayan cumplido los días de expiación de sus pecados. La razón de que sean trasladados es porque, al fin y al cabo, participaron de la palabra justa. E incluso para ser trasladados de sus tormentos, es preciso que antes suban a su corazón, por la penitencia, las obras malas que ejecutaron; si no suben, no se salvaran, en castigo de su dureza de corazón.
Los dos ángeles
(Mandamiento VI, n. 2)
-Escucha ahora -me dijo- acerca de la fe. Dos ángeles hay en cada hombre: uno de la justicia y otra de la maldad.
-¿Cómo, pues, señor -le dije-, conoceré las operaciones de uno y otro, puesto que ambos habitan conmigo?
-Escucha -me dijo- y entiende. El ángel de la justicia es delicado, y pudoroso, y manso, y tranquilo. Así, pues, cuando subiere a tu corazón este ángel, al punto se pondrá a hablar contigo sobre la justicia, la castidad, la santidad, sobre la mortificación y sobre toda obra justa y sobre toda virtud gloriosa. Cuando todas estas cosas subieren a tu corazón, entiende que el ángel de la justicia está contigo. He ahí, pues, las obras del ángel de la justicia. Cree, por tanto, a éste y a sus obras.
Mira también las obras del ángel de la maldad. Ante todo, ese ángel es impaciente, amargo e insensato, y sus obras malas derriban a los siervos de Dios. Así pues, cuando éste subiere a tu corazón, conócele por sus obras.
-Señor -le dije-, yo no sé como tengo que conocerle.
-Escucha -me dijo-. Cuando te sobrevenga un arrebato de ira o un sentimiento de amargura, entiende que él está contigo; y lo mismo hay que decir de un deseo de derramarte en muchas acciones, de la preciosidad y abundancia de comidas y bebidas, y embriagueces muchas, y deleites variados y no convenientes, del deseo, y también de mujeres, avaricia, mucho boato de soberbia y altanería y, en fin, de todo cuanto a estas cosas se acerca y asemeja. Siempre, pues, que cualquiera de estas cosas subiere a tu corazón, entiende que el ángel de la maldad está contigo. Tu, pues, ya que conoces sus obras, apártate de él y no le creas en nada, pues sus obras son malas e inconvenientes para los siervos de Dios.
Ahí tienes las operaciones de uno y otro ángel; entiéndelas y cree solo al ángel de la justicia. Apártate, en cambio, del ángel de la maldad, pues su doctrina es totalmente perversa. En efecto, imaginemos a un hombre todo lo fiel que queramos. Si el deseo de este ángel subiere a su corazón, por fuerza ese hombre (o mujer) cometerá algún pecado. Y al revés, por muy malvado que sea un hombre o una mujer, si a su corazón suben las obras del ángel de la justicia, de necesidad aquel hombre o mujer practicaran algún bien. Ya ves que es bueno seguir al ángel de la justicia y renunciar al ángel de la iniquidad.
Habiendo yo ayunado y orado insistentemente al Señor, me fue revelado el sentido de la escritura. Lo escrito era lo siguiente: Tus hijos, Hermas, se enfrentaron contra Dios, blasfemaron contra el Señor y traicionaron a sus padres con gran perversidad, y tuvieron que oírse llamar traidores de sus padres. Y aun cometida esta traición, no se enmendaron, sino que añadieron a sus pecados sus insolencias y sus perversas contaminaciones, con lo que llegaron a su colmo sus iniquidades. Sin embargo, haz saber a todos tus hijos y a tu esposa, que ha de ser hermana tuya, estas palabras. Pues tu esposa no se modera en su lengua, con la que obra el mal. Pero si oye estas palabras, se contendrá y obtendrá misericordia.
Después que les hubieres dado a conocer estas palabras que me encargo el Señor que te revelara, se les perdonaran a ellos todos los pecados que hubieren anteriormente cometido, así como también a todos los santos que hubieren pecado hasta este día, con tal de que se arrepientan de todo corazón y alejen de sus corazones toda vacilación. Porque el Señor hizo este juramento por su gloria con respecto a sus elegidos: si después de fijado este día todavía cometen pecado, no tendrán salvación, ya que la penitencia para los justos tiene un límite. Los días de penitencia están cumplidos para todos los santos, mientras que para los gentiles hay penitencia hasta el último día. Así pues, dirás a los jefes de la Iglesia que enderecen sus caminos según justicia, para que puedan recibir el fruto pleno de la promesa con gran gloria. Por tanto, los que obráis la justicia manteneos firmes y no vaciléis, para que se os conceda la entrada a los ángeles santos. Bienaventurados vosotros, los que soportáis la gran tribulación que está por venir, así como los que no han de negar su propia vida. Porque el Señor ha jurado por su propio Hijo que los que nieguen al Señor serán privados de su propia vida, es decir, los que lo negaren a partir de ahora en los días venideros. Pero los que hubieren negado antes obtendrán perdón por su gran misericordia.
En cuanto a ti, Hermas, no guardes ya más rencor contra tus hijos, ni abandones a tu hermana, para que tengan lugar a purificarse de sus pecados pasados. Porque si tu no les guardas rencor, serán educados con justa educación. El rencor produce la muerte. Tú, Hermas, sufriste grandes tribulaciones en tu persona a causa de las transgresiones de los de tu casa, pues no cuidaste de ellos, porque tenías otras preocupaciones y te enredabas en negocios malvados. Pero te salva el hecho de no haber apostatado del Dios vivo, así como tu sencillez y tu mucha continencia. Esto es lo que te ha salvado-con tal que perseveres-y lo que salvara a cuantos hagan lo mismo y vivan en inocencia y simplicidad. Estos triunfaran de toda maldad y perseveraran para la vida eterna. Bienaventurados todos los que obran la justicia, porque no se perderán para siempre... (1)
¿No te parece -me dijo el pastor- que el mismo arrepentirse es una especie de sabiduría? Si -dijo-, el arrepentirse es una sabiduría grande, porque el pecador se da cuenta de que hizo el mal delante del Señor, y penetra en su corazón el sentimiento de la obra que hizo, con lo que se arrepiente y ya no vuelve a obrar el mal, sino que se pone a practicar toda suerte de bien, y humilla y atormenta su alma, por haber pecado. Ya ves, pues, como el arrepentimiento es una gran sabiduría...
Señor -le dije- he oído de algunos maestros que no se da otra penitencia fuera de aquella por la que bajamos al agua (del bautismo) y alcanzamos el perdón de nuestros pecados anteriores.
El me dijo: Has oído bien, pues así es: porque el que ha recibido el perdón de sus pecados ya no debiera pecar, sino que debiera vivir puro. Pero ya que quieres enterarte de todo con exactitud, te explicaré también otro aspecto, sin que con ello quiera dar pretexto de pecar a los que en lo futuro han de creer o a los que poco ha creyeron en el Señor. Porque los que poco ha creyeron, o han de creer en lo futuro no tienen lugar a penitencia de sus pecados, fuera de la remisión de sus pecados anteriores (en el bautismo). Pero para los que fueron llamados antes de estos días, el Señor tiene establecida una penitencia: porque el Señor es conocedor de los corazones, y lo sabe todo de antemano, y conoció la debilidad de los hombres y la mucha astucia del diablo con la que había de hacer daño a los siervos de Dios y ensañarse con ellos. Ahora bien, siendo grandes las entrañas de misericordia del Señor, se apiado de su creatura, y dispuso esta penitencia haciéndome a mí el encargado de la misma. Sin embargo, he de decirte esto: si después de aquel llamamiento grande y santo, alguno, tentado por el diablo, cometiere pecado, solo tiene lugar a una penitencia. Pero si continuamente peca y se vuelve a arrepentir, de nada le aprovecha al tal hombre, pues difícilmente alcanzara la vida.
Yo le repliqué: El oír esta explicación tan exacta sobre estas cosas me ha devuelto la vida, pues ahora sé que si no vuelvo a cometer más pecados me salvaré.
Te salvaras -me dijo- tú y todos los que hicieron estas cosas (2)
Así como la piedra redonda no puede convertirse en sillar si no es cortándola y quitando algo de ella, así también los ricos en este siglo no pueden hacerse útiles para el Señor si no se les recorta su riqueza. Por ti mismo puedes saberlo en primer lugar: cuando eras rico eras inútil, pero ahora eres útil y provechoso para la vida... (3)
El rico tiene realmente mucho dinero, pero con respecto al Señor es pobre, arrastrado como anda tras su riqueza. Muy pocas veces hace su acción de gracias y su oración ante el Señor, y aun cuando lo hace es con brevedad, sin intensidad y sin fuerza para penetrar hasta lo alto. Pero cuando el rico se entrelaza con el pobre y le proporciona lo necesario creyendo que podrá encontrar en Dios la recompensa de lo que hubiere hecho por el pobre-ya que el pobre es rico en la oración y en la acción de gracias, y sus peticiones tienen gran fuerza delante de Dios-entonces el rico atiende al pobre en todas las cosas sin reservas. Por su parte, el pobre, atendido por el rico, ruega por él y da gracias a Dios por aquel de quien recibe beneficios. Y entonces el rico todavía toma mayor interés por el pobre, para no hallarse falto de nada en su vida, pues sabe que la oración del pobre es rica y aceptable delante de Dios. De esta suerte, uno y otro llevan a cabo su obra en común: el pobre coopera con su oración, en la que es rico, habiéndola recibido del Señor y devolviéndola al mismo Señor que se la había dado. A su vez, el rico pone a disposición del pobre sin reservas la riqueza que recibió del Señor. Es ésta una gran obra agradable a Dios, con la que muestra que entiende el sentido de sus riquezas poniendo a disposición del pobre los dones del Señor y cumpliendo rectamente el servicio que el Señor le encomendará... De esta forma, los pobres, rogando al Señor por los ricos dan pleno sentido a la riqueza de éstos, y a su vez, los ricos, socorriendo a los pobres alcanzan la plenitud de lo que falta a sus almas. Con ello se hacen unos y otros colaboradores en la obra de justicia. Por tanto, el que así obrare no será abandonado de Dios, sino que quedará escrito en el libro de los vivos. Bienaventurados los que tienen y entienden que sus riquezas las tienen del Señor: porque el que entiende esto podrá cumplir el servicio debido... (4)
Dos ángeles acompañan al hombre, uno de justicia y otro de maldad... El ángel de justicia es delicado y recatado y manso y tranquilo. Así pues, cuando este ángel penetre en tu corazón, te hablara inmediatamente de justicia, de pureza, de santidad, de contentarte con lo que tienes, de toda obra justa y de toda virtud reconocida. Cuando sientas que tu corazón está penetrado de todas estas cosas, entiende que el ángel de la justicia está contigo, porque ésas son las obras del ángel de la justicia. A él pues has de creerle, y a sus obras.
Considera por otra parte las obras del ángel de la maldad: en primer lugar, es impaciente, amargado e insensato: sus obras son malas y capaces de abatir a los siervos de Dios. Cuando este ángel penetre en tu corazón, has de saber conocerle por sus obras... Cuando te sobrevenga alguna impaciencia o amargura, entiende que él está dentro de ti: igualmente cuando tengas ansia de hacer muchas cosas, o de muchos y exquisitos manjares, de muchas y variadas bebidas, de embriagueces muelles e inconvenientes; igualmente cuando tienes deseo de mujeres, o de posesiones o de gran soberbia y altanería y de otras cosas por el estilo: cuando estas cosas penetren en tu corazón, sábete que el ángel de la maldad está dentro de ti. Así pues, tu, conociendo sus obras, apártate de él y no le creas para nada, pues sus obras son malvadas y no traen provecho alguno a los siervos de Dios... (5)
¿Cómo se conocerá a un hambre, si es verdadero o falso profeta? ...Al hombre que tiene el Espíritu divino has de examinarle por su vida. En primer lugar, el que tiene el Espíritu divino de lo alto, es manso, tranquilo y humilde; se aparta de toda maldad, así como de los vanos deseos de este siglo, y se hace a sí mismo el más pobre de todos los hombres; no empieza a dar respuestas a nadie solo porque se le pregunte, ni habla en secreto, que no habla el Espíritu Santo cuando el hombre quiere, sino que habla cuando Dios quiere que hable. Así pues, cuando un hombre que tiene el Espíritu divino llega a una reunión de hombres justos que tienen fe en el Espíritu divino, y en aquella reunión se hace oración a Dios, entonces el ángel del Espíritu profético que está en él llena a aquel hombre, y lleno así con el Espíritu Santo habla a la muchedumbre como lo quiere el Señor...
Escucha ahora lo que se refiere al Espíritu terreno y vacuo, que no tiene virtud alguna, sino que es necio. En primer lugar, el hombre que aparentemente tiene el Espíritu, se exalta a sí mismo, y quiere ocupar la silla presidencial; e inmediatamente se muestra como ligero, desvergonzado y charlatán; vive entre muchos placeres y con muchos otros engaños; se hace pagar sus profecías, y si no se le paga no profetiza. ¿Es que el Espíritu divino puede cobrar para profetizar? No puede hacer esto un profeta de Dios, sino que el Espíritu de tales profetas es de la tierra. Además, el falso profeta no se acerca para nada a la reunión de los justos, sino que huye de ellos; en cambio se pega a los vacilantes y vacuos, echándoles sus profecías por los rincones, y los embauca hablándoles conforme a sus deseos, aunque son vacuos, pues responde a hombres vacuos. Cuando una vasija vacía choca con otras igualmente vacías, no se rompe, sino que resuenan todas con un mismo sonido. Cuando el falso profeta llega a una reunión llena de hombres justos que poseen el Espíritu de la divinidad y hacen oración, se queda vacio, y su Espíritu terreno huye de él amedrentado, y el hombre queda mudo y totalmente destrozado, sin poder hablar palabra (6).
Los que nunca han escudriñado la verdad ni han inquirido acerca de la divinidad, sino que se han contentado con creer, agitados con sus negocios, sus riquezas. sus amistades paganas y muchas otras ocupaciones de este siglo, todos los que andan enfrascados en estas cosas. no entienden las parábolas acerca de la divinidad. Es que con todos estos negocios están entenebrecidos, corrompidos y secos. Así como las vinas hermosas, si no se cuidan se secan a causa de las espinas y de toda suerte de yerbas, así también los hombres que después de recibir la fe se entregan a la multiplicidad de acciones dichas, se extravían en sus inteligencias y ya no entienden absolutamente nada acerca de la divinidad. Porque, en efecto, cuando oyen algo acerca de la divinidad su mente se encuentra en sus negocios, y así no comprenden absolutamente nada. Pero los que tienen el temor de Dios, e investigan acerca de la divinidad y de la verdad, y tienen su corazón vuelto hacia el Señor, entienden y comprenden en seguida cuanto se les dice, pues tienen dentro de sí el temor de Dios. Porque donde habita el Señor, allí hay gran inteligencia. Adhiérete, pues, al Señor, y lo comprenderás y entenderás todo (7).
Notas
(1) Visiones 2,2.3. (volver)
(2) Mandamientos 4,2-3. (volver)
(3) Visiones 3,6,6. (volver)
(4) Comparaciones 2,3. (volver)
(5) Mandamientos 6,2. (volver)
(6) Mand. 11,7-14. (volver)
(7) Mand. 10,1, (volver)
Homilía anónima del siglo II
Considerada durante siglos como segunda epístola del Papa San Clemente a los Corintios, este escrito no es ni una epístola ni fue redactado por Clemente Romano. Se trata de una homilía compuesta a mediados del siglo II por un autor desconocido, que tiene el mérito de ser el primer ejemplo de homilía que ha llegado a nuestras manos. El hecho de considerarla entre los escritos del santo Pontífice romano se debe a que, en la tradición manuscrita, se copio siempre después de la epístola de San Clemente a los Corintios.
Este escrito trata de la obra de la salvación realizada por Cristo y comunicada a los hombres en el Bautismo, y de la respuesta que se espera del cristiano: una respuesta adecuada a la misericordia divina, renunciando a lo que no es compatible con la vocación cristiana y peleando para cumplir con obras la Voluntad de Dios. Al Reino de Dios, ya presente en este mundo, se entra por la conversión. La culminación de ese Reino tendrá lugar cuando se realice la resurrección de los muertos y el juicio divino. Mientras el hombre está en vida, es siempre tiempo de convertirse a Dios.
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Cumplir la Voluntad de Dios
(Secunda Clementis,11,1-IV,5; VII,1-IX,11)
Alégrate, estéril, la que no das a luz; rompe a gritar, la que no sufres dolores de parto, porque son más numerosos los hijos de la solitaria que los de la que tiene marido (). Al decir: alégrate, estéril, la que no das a luz, mencionaba a nosotros: pues nuestra Iglesia era estéril antes de que le fueran dados hijos. Al decir: grita, la que no sufres de parto, dice que presentemos sencillamente nuestras oraciones ante Dios para que no desfallezcamos como las que sufren dolores de parto. Al decir: porque son más los hijos de la solitaria que los de la que tiene marido, (daba a entender que) nuestro pueblo parecía un desierto lejos de Dios, pero ahora, al creer, hemos llegado a ser más numerosos que los que creían tener Dios. Otra Escritura dice que no vino a llamar a los justos, sino a los pecadores (Mt 9,13). Esto significa que es necesario salvar a los que se pierden. Pues lo grande y admirable no es sostener lo que está en pie, sino lo que se cae. Cristo quiso salvar lo que se perdía y salvo a muchos, pues vino y nos llamo cuando ya nos estábamos perdiendo.
Habiendo tenido con nosotros tal misericordia, ante todo porque nosotros, los que vivimos, no ofrecemos sacrificios a dioses muertos, ni los adoramos, sino que hemos conocido al Padre de la verdad, ¿qué conocimiento nos conducirá a Él, sino el no negar a Aquél por medio del cual le hemos conocido? Él mismo dice: al que me confiese delante de los hombres, Yo también lo confesaré delante de mi Padre (cf. Mt 10,32 Lc 12,8). Ésta es nuestra recompensa, si confesamos a Aquél por medio del cual hemos sido salvados. ¿Y cómo podemos confesarle? Haciendo lo que dice, no desobedeciendo sus preceptos y honrándolo no solo con los labios, sino con todo el corazón y con toda la mente. Dice también en Isaías: este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mi (Is 29,13).
Por tanto, no nos limitemos a llamarlo Señor, pues esto no nos salvara. Dice, en efecto: no todo el que me diga: "Señor, Señor", se salvara, sino el que obre la justicia (cf. Mt 7,21). Así pues, hermanos, confesémosle con las obras, amándonos mutuamente, no cometiendo adulterio y sin murmurar ni envidiarse los unos a los otros, sino siendo continentes, misericordiosos y buenos. Debemos compadecernos mutuamente y no ser avaros. Confesémosle con estas obras y no con las contrarias. No es necesario temer demasiado a los hombres, sino a Dios. Por ello, si vosotros obráis tales cosas, el Señor dijo: aunque estéis reunidos conmigo en mi seno, si no cumples mis mandamientos, os rechazaré y os diré: "Apartaos de mí, no os conozco, ni sé de donde sois, obradores de iniquidad" (cf. Lc 13,25-27 Mt 7,23) (...).
Hermanos, luchemos sabiendo que el combate está en nuestras manos y que muchos navegan en los combates corruptibles, pero no todos son coronados a no ser que se hayan esforzado mucho y hayan luchado bien. Así pues, luchemos para que todos seamos coronados. Corramos al camino recto, al combate incorruptible; naveguemos muchos hacia él y combatamos para ser también coronados. Y si todos no podemos ser coronados, lleguemos siquiera a estar cerca de la corona. Necesitamos saber que el combatiente en una lucha corruptible, si viola las reglas del combate, tras ser azotado es excluido y expulsado del estadio. ¿Qué os parece? ¿Qué sufrirá quien viole las reglas del combate de la incorruptibilidad? Pues de los que no guardan el sello (1) se dice que su gusano no morirá, su fuego no se extinguirá y serán un espectáculo para toda carne (Is 66,24).
Por tanto, mientras estemos en la tierra, arrepintámonos. Somos barro en las manos del Artífice. Como el alfarero, cuando modela un vaso y éste se tuerce o se rompe en sus manos, lo vuelve a modelar de nuevo, pero, si ya lo ha echado al horno de fuego, ya no lo puede arreglar, así también nosotros: mientras estemos en este mundo, arrepintámonos de todo corazón de todas las maldades que cometimos en la carne, para ser salvados por el Señor mientras hay tiempo de conversión. Después de salir de este mundo, ya no le podremos confesar ni convertirnos. Hermanos, alcanzaremos la vida eterna haciendo la Voluntad del Padre, guardando pura la carne y observando los mandamientos del Señor. Pues dice el Señor en el Evangelio: si no guardasteis lo pequeño, ¿quién os dará lo grande? Pues os digo que el fiel en lo pequeño es también fiel en lo mucho (cf. Lc 16,10-12). Viene pues, a decir: guardad pura la carne e inmaculado el sello para recibir la vida eterna.
No diga ninguno de vosotros que esta carne no es juzgada ni resucita. Sabed: ¿cómo fuisteis salvados, como volvisteis a ver, si no fue cuando estabais en esta carne? Así pues, es necesario que guardemos la carne como templo de Dios. Pues de la misma manera que fuisteis llamados en la carne, iréis (al Reino de Dios) en la carne. Si Cristo, el Señor, el que nos salvo, siendo primeramente Espíritu (2) se hizo carne y nos llamo de esta manera, así también nosotros recibiremos la recompensa en la carne. Por tanto, amémonos los unos a los otros para que todos lleguemos al Reino de Dios. Mientras tengamos tiempo de ser curados, entreguémonos al Dios que nos sana, dándole lo que merece: el arrepentimiento de sincero corazón. Él conoce de antemano todas las cosas y sabe lo que hay en nuestro corazón. Tributémosle, pues, alabanza no solo con la boca, sino también con el corazón, para que nos acoja como a hijos. Pues el Señor dijo también: mis hermanos son los que hacen la voluntad de mi Padre (cf. Mt 12 Mt 50 Lc 8,21 Mc 3,35).
Notas
(1) El "sello" es el carácter indeleble recibido en el Bautismo, que distingue al cristiano de quien no lo es. "Guardar el sello" significa ser fiel a las exigencias de la vocación cristiana. (volver)
(2) Dice que Cristo era antes "Espíritu" para afirmar su preexistencia eterna como Verbo en el seno de Dios: no es que lo confunda con el Espíritu Santo. (volver)
Obispo de Esmirna y mártir, nació hacia el año 75, probablemente en el seno de una familia que ya era cristiana.
San Ireneo de Lyon, que lo conoció personalmente, afirma que había recibido las enseñanzas de los Apóstoles y que el mismo San Juan le había consagrado Obispo de Esmirna. Si esto fuera así, la figura de este santo y mártir, tal como la conocemos por la carta que de él conservamos y por el relato de su martirio, es muy congruente con el elogio que el Apóstol hizo del Ángel de la Iglesia de Esmirna en el Apocalipsis. Según los intérpretes de la Sagrada Escritura, con el nombre de Ángel se designa en ese libro inspirado a los Obispos que presidian las Iglesias entonces establecidas en Asia Menor.
La labor pastoral de San Policarpo debió de ser muy fecunda. Acogió con gran afecto a San Ignacio de Antioquía, camino del martirio, y recibió de este santo Obispo una carta muy venerada desde la antigüedad. Conservamos una epístola suya dirigida a la Iglesia de Filipos, en la que con gran solicitud exhorta a la unidad y da consejos llenos de celo pastoral a todos los fieles: los presbíteros, los diáconos, las vírgenes, las casadas, las viudas. No menciona al Obispo, por lo que es lícito pensar que, en esos momentos, la sede de Filipos no tenía al frente a su Pastor.
También fue muy eficaz su actividad contra las herejías, consiguiendo que tornaran numerosos seguidores de diversas sectas gnósticas. Cuando estallo una persecución anticristiana, se escondió en una casa de campo, a ruego de sus fieles, pero fue descubierto por la traición de un esclavo y condenado a la hoguera. Murió en el año 155, a los ochenta y seis de edad. La comunidad cristiana de Esmirna redacto una larga carta dirigida a la de Filomelium, ciudad frigia, al parecer con ocasión del primer aniversario del martirio. Esta carta, conocida con el nombre de Martirio de Policarpo, escrita por testigos oculares, es la primera obra cristiana exclusivamente dedicada a describir la pasión de un mártir, y la primera en usar este título para designar a un cristiano muerto por la fe.
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Policarpo, obispo de Esmirna, es, con su larga vida, como un puente entre la generación de los Apóstoles y las generaciones que vivieron la expansión doctrinal y numérica del cristianismo. Por una parte fue discípulo del apóstol Juan, y por otra fueron discípulos suyos los grandes maestros Papias e Ireneo. Este último, en un pasaje de singular fuerza evocadora, apela a Policarpo como fiel transmisor de la doctrina de los Apóstoles.
Del mismo Policarpo solo se conserva una carta a la cristiandad de Filipos: está escrita en un estilo sencillo y sobrio, y se reduce a una serie de vigorosas exhortaciones, más bien de orden moral.
De particular interés histórico y religioso son las Actas del martirio de Policarpo, generalmente reconocidas como auténticas: son un documento por el que la Iglesia de Esmirna daba a conocer a las Iglesias hermanas la manera como su obispo juntamente con muchos de sus fieles había sufrido una muerte ejemplar en la persecución, probablemente hacia el año 155.
RUIZ BUENO, Padres apostólicos, BAC, Madrid 1950; S. HUBER, Las cartas de san Ignacio de Antioquía y de san Policarpo de Esmirna, Buenos Aires 1945.
I. Testimonio de Ireneo sobre Policarpo.
...Siendo yo niño, conviví con Policarpo en el Asia Menor... Conservo una memoria de las cosas de aquella época mejor que de las de ahora, porque lo que aprendemos de niños crece con la misma vida y se hace una cosa con ella. Podría decir incluso el lugar donde el bienaventurado Policarpo se solía sentar para conversar, sus idas y venidas, el carácter de su vida, sus rasgos físicos y sus discursos al pueblo. Él contaba como había convivido con Juan y con los que habían visto al Señor. Decía que se acordaba muy bien de sus palabras, y explicaba lo que había oído de ellos acerca del Señor, sus milagros y sus enseñanzas. Habiendo recibido todas estas cosas de los que habían sido testigos oculares del Verbo de la Vida, Policarpo lo explicaba todo en consonancia con las Escrituras. Por mi parte, por la misericordia que el Señor me hizo, escuchaba ya entonces con diligencia todas estas cosas, procurando tomar nota de ello, no sobre el papel, sino en mi corazón. Y siempre, por la gracia de Dios, he procurado conservarlo vivo con toda fidelidad... Lo que él pensaba está bien claro en las cartas que él escribió a las Iglesias de su vecindad para robustecerlas o, también a algunos de los hermanos, exhortándolos o consolándolos... (1).
Policarpo no solo recibió la enseñanza de los Apóstoles y converso con muchos que habían visto a nuestro Señor, sino que fue establecido como obispo de Esmirna en Asia por los mismos Apóstoles. Yo le conocí en mi infancia, ya que vivió mucho tiempo y dejo esta vida siendo ya muy anciano con un gloriosísimo martirio. Enseno siempre lo que había aprendido de los Apóstoles, que es lo que enseña la Iglesia y la única verdad. De ello son testigos todas las Iglesias de Asia, y los que hasta el presente han sido sucesores de Policarpo... Éste, en un viaje a Roma, en tiempos de Aniceto, convirtió a muchos herejes... a la Iglesia de Dios, proclamando que había recibido de los Apóstoles la única verdad, idéntica con la que es transmitida en la tradición de la Iglesia. Y hay quienes le oyeron decir que Juan, el discípulo del Señor, una vez que fue al baño en Éfeso vio allí dentro al hereje Cerinto; y al punto salió del lugar sin bañarse, diciendo que temía que se hundiesen los baños, estando allí Cerinto, el enemigo de la verdad. El mismo Policarpo se encentro una vez con Marción, y éste le dijo: "¿No me conoces?" Pero aquél le contesto: "Te conozco como a primogénito de Satanás..."(2).
II. La carta a los de Filipos.
...Ceñidos vuestros lomos, servid a Dios con temor y en verdad, dejando toda vana palabrería y los errores del vulgo, teniendo fe en aquel que resucito a nuestro Señor Jesucristo de entre los muertos y le dio gloria y el trono de su diestra. A él le fueron sometidas todas las cosas celestes y terrestres; a él rinde culto todo ser vivo; él ha de venir como juez de vivos y muertos, y Dios tomara venganza de su sangre a aquellos que no creen en él...
Principio de todos los males es el amor al dinero. Sabiendo, pues, que así como no trajimos nada a este mundo, tampoco podemos llevarnos nada de él, armémonos con las armas de la justicia, y aprendamos a caminar en el mandamiento del Señor. Adoctrinad a vuestras mujeres en la fe que les ha sido dada, en la caridad, y en la castidad: que amen con toda verdad a sus propios maridos, y en cuanto a los demás, que tengan caridad con todos por igual en total continencia; y que eduquen a sus hijos en la disciplina del temor de Dios. En cuanto a las viudas, que muestren prudencia con su fidelidad al Señor, que oren incesantemente por todos, y se mantengan alejadas de toda calumnia, maledicencia, falso testimonio, avaricia de dinero o de cualquier otro vicio. Que tengan conciencia de que son altar de Dios, y de que él lo escudriña todo, sin que se le oculte nada de nuestras palabras o pensamientos o de los secretos de nuestro corazón... Los diáconos sean irreprochables delante de su justicia, pues son ministros de Dios y de Cristo, no de los hombres. No sean calumniadores ni dobles de lengua; no busquen el dinero, y sean continentes en todo, misericordiosos, diligentes, caminando conforme a la verdad del Señor, que se hizo ministro de todos... Que los jóvenes sean irreprensibles en todo, cultivando ante todo la castidad y refrenando todo vicio, porque es bueno arrancarse de todas las concupiscencias que andan por el mundo... También los presbíteros han de ser misericordiosos, compasivos para con todos, procurando enderezar a los extraviados, visitar a todos los enfermos, sin olvidarse de la viuda o del huérfano o del pobre; atendiendo siempre al bien delante de Dios y de los hombres, ajenos a toda ira, acepción de personas y juicios injustos, alejados de todo amor al dinero, no creyendo en seguida cualquier acusación, ni precipitados en el juzgar, sabiendo que todos tenemos deuda de pecado... (3).
Consejos de un Pastor (Epístola a los Filipenses,4-10)
Principio de todos los males es el amor al dinero. Ahora bien, sabiendo como sabemos que, al modo que nada trajimos con nosotros al mundo, nada tampoco hemos de llevarnos, armémonos con las armas de la justicia y amaestrémonos los unos a los otros, ante todo a caminar en el mandamiento del Señor. Tratad luego de adoctrinar a vuestras mujeres en la fe que les ha sido dada, así como en la caridad y en la castidad: que muestren su cariño con toda verdad a sus propios maridos y, en cuanto a los demás, ámenlos a todos por igual en toda continencia; que eduquen a sus hijos en la disciplina del temor de Dios.
Respecto a las viudas, que sean prudentes en lo que atañe a la fe del Señor, que oren incesantemente por todos, apartadas muy lejos de toda calumnia, maledicencia, falso testimonio, amor al dinero y de todo mal. Que sepan cómo son altar de Dios, y como Dios escudriña todo y nada se le oculta de nuestros pensamientos y propósitos ni de secreto alguno de nuestro corazón.
Como sepamos, pues, que de Dios nadie se burla, deber nuestro es caminar de manera digna de su mandamiento y de su gloria. Los diáconos, igualmente, sean irreprochables delante de su justicia, como ministros que son de Dios y de Cristo y no de los hombres: no calumniadores, ni de lengua doble, sino desinteresados, continentes en todo, misericordiosos, diligentes, caminando conforme a la verdad del Señor, que se hizo ministro y servidor de todos. Si en este mundo le agradamos, recibiremos en pago el venidero, según Él nos prometió resucitarnos de entre los muertos y que, si llevamos una conducta digna de Él, reinaremos también con Él. Caso, eso sí, de que tengamos fe.
Igualmente, que los jóvenes sean irreprensibles; que cuiden, sobre todo, la castidad y se alejen de cualquier mal. Es cosa buena, en efecto, apartarse de las concupiscencias que dominan en el mundo, porque toda concupiscencia milita contra el Espíritu, y ni los fornicarios, ni los afeminados ni los deshonestos contra naturaleza han de heredar el reino de Dios, como tampoco los que obran fuera de ley. Es preciso apartarse de todas estas cosas, viviendo sometidos a los presbíteros y diáconos, como a Dios y a Cristo.
Que las vírgenes caminen en intachable y pura conciencia.
Mas también los presbíteros han de tener entrañas de misericordia, compasivos con todos, tratando de traer a buen camino lo extraviado, visitando a los enfermos; no descuidándose de atender a la viuda, al huérfano y al pobre; atendiendo siempre al bien, tanto delante de Dios como de los hombres, muy ajenos de toda ira, de toda acepción de personas y juicio injusto, lejos de todo amor al dinero, no creyendo demasiado aprisa la acusación contra nadie, no severos en sus juicios, sabiendo que todos somos deudores del pecado. Ahora bien, si al Señor le rogamos que nos perdone, también nosotros debemos perdonar; porque estamos delante de los ojos del que es Señor y Dios, y todos hemos de presentarnos ante el tribunal de Cristo, donde cada uno tendrá que dar cuenta de sí mismo. Sirvámosle, pues, con temor y con toda reverencia, como Él mismo nos lo mando, y también los Apóstoles que nos predicaron el Evangelio, y los profetas que, de antemano, pregonaron la venida de Nuestro Señor. Seamos celosos del bien y apartémonos de los escándalos, de falsos hermanos y de aquellos que hipócritamente llevan el nombre del Señor para extraviar a los hombres vacuos.
Porque todo el que no confesare que Jesucristo ha venido en carne, es un Anticristo, y el que no confesare el testimonio de la cruz, procede del diablo; y el que torciere las sentencias del Señor en interés de sus propias concupiscencias, ese tal es primogénito de Satanás.
Por lo tanto, dando de mano a la vanidad del vulgo y a las falsas enseñanzas, volvámonos a la palabra que nos fue transmitida desde el principio, viviendo sobriamente para entregarnos a nuestras oraciones, siendo constantes en los ayunos, suplicando con ruegos al Dios omnipotente que no nos lleve a la tentación, como dijo el Señor: Porque el Espíritu está pronto, pero la carne es flaca.
Mantengámonos, pues, incesantemente adheridos a nuestra esperanza y prenda de nuestra justicia, que es Jesucristo, el cual levanto sobre la cruz nuestros pecados en su propio cuerpo: Él, que jamás cometió pecado, y en cuya boca no fue hallado engaño, sino que, para que vivamos en Él, lo soporto todo por nosotros.
Seamos, pues, imitadores de su paciencia y, si por causa de su nombre tenemos que sufrir, glorifiquémosle. Porque ése fue el dechado que Él nos dejo en su propia persona y eso es lo que nosotros hemos creído.
Os exhorto, pues, a todos a que obedezcáis a la palabra de la justicia y ejecutéis toda paciencia, aquella, por cierto, que visteis con vuestros propios ojos, no solo en los bienaventurados Ignacio, Zósimo y Rufo, sino también en otros de entre vosotros mismos, y hasta en el mismo Pablo y los demás Apóstoles. Imitadlos, digo, bien persuadidos de que todos éstos no corrieron en vano, sino en fe y justicia, y que están ahora en el lugar que les es debido junto al Señor, con quien juntamente padecieron. Porque no amaron el tiempo presente, sino a Aquél que murió por nosotros y que, por nosotros también, resucito por virtud de Dios.
Así, pues, permaneced en estas virtudes y seguid el ejemplo del Señor, firmes e inmóviles en la fe, amadores de la fraternidad, dándoos mutuamente pruebas de afecto, unidos en la verdad, adelantándoos los unos a los otros en la mansedumbre del Señor, no menospreciando a nadie. Si tenéis posibilidad de hacer bien, no lo difiráis, pues la limosna libra de la muerte. Estad sujetos los unos a los otros, manteniendo una conducta irreprochable entre los gentiles, para que recibáis alabanza por causa de vuestras buenas obras y el nombre del Señor no sea blasfemado por culpa vuestra. Mas ¡ay de aquél por cuya culpa se blasfema el nombre del Señor! Enseñad, pues, a todos la templanza, en la que también vosotros vivís.
El martirio de Policarpo
(Carta de la Iglesia de Esmirna a la Iglesia de Filomelium,1,7-11,13-16)
Os escribimos, hermanos, la presente carta sobre los sucesos de los mártires, y señaladamente sobre el bienaventurado Policarpo, quien, como el que estampa un sello, hizo cesar con su martirio la persecución. Podemos decir que todos los acontecimientos que le precedieron no tuvieron otro fin que mostrarnos nuevamente el propio martirio del Señor, tal como nos relata el Evangelio. Policarpo, en efecto, espero a ser entregado, como lo hizo también el Señor, a fin de que también nosotros le imitemos, no mirando solo nuestro propio interés, sino también el de nuestros prójimos (Ph 2,4). Porque es obra de verdadera y solida caridad no buscar solo la propia salvación, sino también la de todos los hermanos (...).
Sabiendo que habían llegado sus perseguidores, bajo y se puso a conversar con ellos. Se quedaron maravillados al ver la edad avanzada y su enorme serenidad, y no se explicaban todo aquel aparato y afán para prender a un anciano como él. Al momento, Policarpo dio órdenes de que se les sirviera de comer y de beber cuanto apetecieran, y les rogo, por su parte, que le concedieran una hora para orar tranquilamente. Se lo permitieron y, puesto en pie, se puso a orar tan lleno de gracia de Dios, que por espacio de dos horas no le fue posible callar. Todos los que le oían estaban maravillados, y muchos sentían remordimientos de haber venido a prender a un anciano tan santo.
Una vez terminada su oración, después de haber hecho en ella memoria de cuantos en su vida habían tenido trato con él, lo montaron sobre un pollino y así le condujeron a la ciudad, día que era de gran sábado. Por el camino se encontraron al jefe de policía Herodes, y a su padre Nicetas, que lo hicieron montar en su carro y sentándose a su lado, trataban de persuadirle, diciendo: "¿Pero qué inconveniente hay en decir: César es el Señor, y sacrificar y cumplir los demás ritos y con ello salvar la vida?"
Policarpo, al principio, no les contesto nada; pero como volvieron a preguntar de nuevo, les dijo finalmente: "No tengo intención de hacer lo que me aconsejáis". Ellos, al ver su fracaso de intentar convencerle por las buenas, comenzaron a proferir palabras injuriosas y le hicieron bajar tan precipitadamente del carro, que se hirió en la espinilla. Sin embargo, sin hacer el menor caso, como si nada hubiera pasado, comenzó a caminar a pie animosamente, conducido al estadio, en el que reinaba tan gran tumulto que era imposible entender a alguien.
En el mismo momento que Policarpo entraba en el estadio, una voz sobrevino del cielo y le dijo: "ten buen ánimo, Policarpo, y pórtate varonilmente". Nadie vio al que dijo esto; pero la voz la oyeron los que de los nuestros se hallaban presentes. Seguidamente, mientras lo conducían hacia el tribunal, se levanto un gran tumulto al correrse la voz de que habían prendido a Policarpo.
Al llegar a presencia del procónsul, le pregunto si él era Policarpo. Respondiendo afirmativamente el mártir, el procónsul trataba de persuadirle para que renegase de la fe, diciéndole: "Ten consideración a tu avanzada edad", y otras cosas por el estilo, según tienen por costumbre, como: "Jura por el genio del César; muda de modo de pensar; grita: ¡Mueran los ateos!".
A estas palabras, Policarpo, mirando con grave rostro a toda la muchedumbre de paganos que llenaban el estadio, tendiendo hacia ellos la mano, dando un suspiro y alzando sus ojos al cielo, dijo:
-Sí, ¡mueran los ateos!
-Jura y te pongo en libertad. Maldice de Cristo.
Entonces Policarpo dijo:
-Ochenta y seis años hace que le sirvo y ningún daño he recibido de Él; ¿cómo puedo maldecir de mi Rey, que me ha salvado?
Nuevamente insistió el procónsul, diciendo:
-Jura por el genio del César.
Respondió Policarpo:
-Si tienes por punto de honor hacerme jurar por el genio, como tú dices, del César, y finges ignorar quién soy yo, óyelo con toda claridad: yo soy cristiano. Y si tienes interés en saber en qué consiste el cristianismo, dame un día de tregua y escúchame.
Respondió el procónsul:
-Convence al pueblo.
Y Policarpo dijo:
-A ti te considero digno de escuchar mi explicación, pues nosotros profesamos una doctrina que nos manda tributar el honor debido a los magistrados y autoridades, que están establecidas por Dios, mientras ello no vaya en detrimento de nuestra conciencia; mas a ese populacho no le considero digno de oír mi defensa.
Dijo el procónsul:
-Tengo fieras a las que te voy a arrojar, si no cambias de parecer.
Respondió Policarpo:
-Puedes traerlas, pues un cambio de sentir de lo bueno a lo malo, nosotros no podemos admitirlo. Lo razonable es cambiar de lo malo a lo justo.
Volvió a insistirle:
-Te haré consumir por el fuego, ya que menosprecias las fieras, como no mudes de opinión.
Y Policarpo dijo:
-Me amenazas con un fuego que arde por un momento y al poco rato se apaga. Bien se ve que desconoces el fuego del juicio venidero y del eterno suplicio que está reservado a los impíos. Pero, en fin, ¿a qué tardas? Trae lo que quieras (...).
Enseguida fueron colocados en torno a él todos los instrumentos preparados para la pira y como se acercaban también con la intención de clavarle en un poste, dijo:
-Dejadme tal como estoy, pues el que me da fuerza para soportar el fuego, me la dará también, sin necesidad de asegurarme con vuestros clavos, para permanecer inmóvil en la hoguera.
Así pues, no le clavaron, sino que se contentaron con atarle. Él entonces, con las manos atrás y atado como un cordero egregio, escogido de entre un gran rebaño preparado para el holocausto acepto a Dios, levantando sus ojos al cielo dijo:
-Señor Dios omnipotente, Padre de tu amado y bendecido siervo Jesucristo, por quien hemos recibido el conocimiento de Ti, Dios de los ángeles y de las potestades, de toda la creación y de toda la casta de los justos, que viven en presencia tuya:
Yo te bendigo, porque me tuviste por digno de esta hora, a fin de tomar parte, contado entre tus mártires, en el cáliz de Cristo para resurrección de eterna vida, en alma y cuerpo, en la incorrupción del Espíritu Santo.
¡Sea yo con ellos recibido hoy en tu presencia, en sacrificio pingüe y aceptable, conforme de antemano me lo preparaste y me lo revelaste y ahora lo has cumplido, Tu, el infalible y verdadero Dios!
Por lo tanto, yo te alabo por todas las cosas, te bendigo y te glorifico, por mediación del eterno y celeste Sumo Sacerdote, Jesucristo, tu siervo amado, por el cual sea gloria a Ti con el Espíritu Santo, ahora y en los siglos por venir. Amén.
Apenas concluida su suplica, los ministros de la pira prendieron fuego a la leña. Y levantándose una gran llamarada, vimos un gran prodigio aquellos a quienes fue dado verlo; aquellos que hemos sobrevivido para poder contar a los demás lo sucedido. El fuego, formando una especie de bóveda, rodeo por todos lados el cuerpo del mártir como una muralla, y estaba en medio de la llama no como carne que se abrasa, sino como pan que se cuece o como el oro y la plata que se acendra al horno. Percibíamos un perfume tan intenso como si se levantase una nube de incienso o de cualquier otro aroma precioso.
Viendo los impíos que el cuerpo de Policarpo no podía ser consumido por el fuego, dieron orden al verdugo para que le diese el golpe de gracia, hundiéndole un puñal en el pecho. Se cumplió la orden y broto de la herida tal cantidad de sangre que apago el fuego de la pira, y el gentío quedo pasmado de que hubiera tal diferencia entre la muerte de los infieles y la de los escogidos.
Al número de estos elegidos pertenece Policarpo, varón admirable, maestro en nuestros tiempos, con Espíritu de apóstol y profeta; obispo, en fin, de la Iglesia católica de Esmirna. Toda palabra que salió de su boca, o ha tenido ya cumplimiento o lo tendrá con certeza.
Pero el maligno... dispuso las cosas de modo que no nos fuera dejado su cuerpo, aunque muchos eran los que deseaban apoderarse de sus santos restos. En efecto, Nietas... fue a suplicar al gobernador que no se nos diera el cadáver, diciendo: No vaya a suceder que abandonen al crucificado y empiecen a adorar a éste. Esto era una sugerencia de los judíos, quienes insistían en ello y aun montaron una guardia cuando nosotros fuimos a recogerlo de la pira. Ignoraban que nosotros ni jamás podremos abandonar a Cristo, que padeció por la salvación del mundo entero de los que se salvan, él inocente, por nosotros, pecadores, ni jamás daremos culto a otro alguno. Porque a él le adoramos porque es hijo de Dios, mientras que a los mártires les tributamos un justo homenaje de afecto como a discípulos e imitadores del Señor, a causa del amor insuperable que mostraron por su rey y maestro. ¡Ojala que nosotros pudiéramos también acompañarles y llegar a ser discípulos con ellos!
Así pues, el centurión, viendo la porfía de los judíos, hizo colocar el cadáver en el centro y lo hizo quemar, a la manera como ellos suelen hacerlo. Así nosotros más tarde pudimos recoger sus huesos, más valiosos que las piedras preciosas y más estimables que el oro, y los colocamos en lugar adecuado. Allí, nos concederá el Señor celebrar el natalicio de su martirio, reuniéndonos todos en cuanto nos sea posible con júbilo y alegría, para celebrar la memoria de los que ya terminaron su combate, y para ejercerlo y preparación de los que aun han de combatir...
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