Vivir la vida contemplativa -

Radiomensaje a las religiosas de clausura -

2-8-1958

DEL SUMO PONTÍFICE

PÍO XII (*)

 

INTRODUCCIÓN

LA REALIZACIÓN DE LA VIDA CONTEMPLATIVA EN SUS RELACIONES CON EL CONOCIMIENTO Y EL AMOR A LA CONTEMPLACIÓN

Al tratar del conocimiento y del amor de la vida contemplativa, en las dos primeras partes de esta alocución, no hemos dejado de insistir en los puntos de aplicación práctica de los principios que Nos evocábamos. Para facilitar la inteligencia de nuestra exposición, era importante en efecto no limitarse en absoluto a los aspectos teóricos y abstractos, sino examinar también las repercusiones concretas que un conocimiento más profundo y un amor más puro y más ardiente de la vida contemplativa podían tener en su misma práctica.

No será pues necesario repetir en esta tercera parte lo que Nos hemos explicado ya. Después de recordar la necesidad de traducir en actos lo que se conoce mejor y lo que se ama más, Nos estudiaremos la realización de la vida contemplativa, tanto en su elemento esencial, la contemplación misma, como en sus elementos secundarios, en particular el trabajo monástico.

Como hemos hecho notar en la primera parte de nuestra alocución, el conocimiento de la vida contemplativa se enriquece y profundiza con la práctica diaria de sus obligaciones. El amor de la vida contemplativa entraña necesariamente actitudes en las que ese amor se traduce y sin las cuales, no será más que un engaño. En el conjunto de acciones, que condiciona normalmente el progreso regular de una vida religiosa, el elemento predominante será siempre la vida interior, que confiere a los gestos exteriores su sentido y su valor. Del corazón del hombre proceden los deseos buenos o malos 1; la intención es la que explica sus actos y les confiere un valor moral. Pero esta intención sola no basta; es preciso además que sea realmente ejecutada: "Quien tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama" 2, decía Jesús. Y también: "Vosotros seréis mis amigos" si hacéis lo que yo os mando" 3. Por el contrario el que descuida el cumplimiento efectivo de los divinos preceptos, es excluido del Reino: "No aquel que dice: ¡Señor! ¡Señor!, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre" 4

I.

LA REALIZACIÓN DEL ELEMENTO PROPIO Y ESENCIAL DE LA VIDA CONTEMPLATIVA, ES DECIR, LA CONTEMPLACIÓN INTERIOR

Estos principios se aplican también a la vida contemplativa; no basta solamente desearla, aun ardientemente; es preciso además aplicarse a ella de hecho y aceptar para eso todas las renuncias necesarias. Ahora bien, la contemplación, concebida como adhesión del espíritu y del corazón a Dios, es el elemento esencial de la vida contemplativa; Nos lo hemos establecido en la primera parte de nuestra alocución y citábamos los principales textos que lo prueban. Mencionamos ahora también otros dos tomados de la Instrucción "Inter caetera" del 25 de marzo de 1956, que recuerdan, a propósito de un punto práctico, la excelencia de la contemplación en vuestra vida. "La clausura menor no permite cualquier clase de ministerios, sino solamente aquellos que son compatibles con la vida contemplativa, bien de toda la comunidad, bien de cada una de las monjas" 5. "Que estos ministerios se emprendan con discernimiento y moderación, respetando el carácter y el espíritu de cada Orden, de tal suerte que, en vez de turbar y estorbar la vida auténticamente contemplativa, la sostengan y la consoliden" 6. "Tales son: la enseñanza de la doctrina cristiana, la instrucción religiosa, la educación de las jóvenes y de los niños, lo retiros y ejercicios espirituales para mujeres, la preparación a la primera Comunión, las obras de caridad para alivio de los enfermos, de los pobres" 7. La vida contemplativa no consiste esencialmente en la profesión exterior de una disciplina religiosa; ésta, en efecto, no es sino el marco de la contemplación, la sostiene, la estimula, la preserva, pero no la constituye. Por eso, repitiendo lo que Nos dijimos antes, os exhortamos insistentemente a consagraros, de todo corazón, a la oración contemplativa, vuestra tarea esencial, por la que vosotras habéis renunciado al mundo.

Que no se confunda en manera alguna esta posición de principio, con la cuestión de la frecuencia y de la duración de los ejercicios de piedad. La intensidad de un ejercicio no es necesariamente proporcional a su duración. Los ministerios permitidos a las monjas no les permiten consagrar cada día largas horas a la oración contemplativa: les quedan no obstante bastante tiempo libre para satisfacer a esta obligación esencial.

II.

LA REALIZACIÓN DE LOS ELEMENTOS SECUNDARIOS QUE LA COMPLETAN

Al lado de "los elementos propios y necesarios, que afectan directamente a la vida contemplativa canónica de las monjas como su fin primero y principal", la Constitución Apostólica "Sponsa Christi" distingue otros no necesarios, pero que la completan y contribuyen a asegurarla, como la clausura, los ejercicios de piedad, de oración, de mortificación 8. En los artículos VI y VII, la misma Constitución se ocupa de la naturaleza y de la estructura jurídica de los monasterios de monjas, de su autonomía y de la posibilidad de formar Federaciones y Confederaciones 9. Respecto a algunos de estos puntos, la Iglesia formula exigencias precisas que es necesario satisfacer; respecto de otros, no expresa más, que una invitación y desea que se reflexione sobre ellos y se les considere con benevolencia. Que los monasterios y las Órdenes de monjas estimen su carácter propio, lo defiendan y permanezcas fieles a él; es su derecho y sería injusto no tenerlo en cuenta; pero deben defenderlo sin estrecheces de espíritu ni rigidez, por no decir sin cierta obstinación que se opondría a toda evolución oportuna y no se prestaría a ninguna adaptación, aun cuando la exija el bien común.

Puede suceder que se invite a una monja a abandonar su monasterio y a establecerse en otra parte, en interés de un bien superior o por un motivo serio. Ciertamente, nadie puede imponer a una Religiosa, contra su voluntad, obligaciones que excedan el compromiso de sus votos; pero puede justamente preguntarse en que medida la estabilidad constituye un punto esencial del derecho de las monjas. La Santa Sede tiene el derecho de modificar las Constituciones de una Orden y sus prescripciones sobre la estabilidad; pero si estos cambios tocan puntos esenciales del derecho en vigor, los miembros no están obligados, en virtud de sus votos, a aceptar las nuevas Constituciones; es necesario darles la posibilidad de separarse de las Órdenes, que sufren cambios de este género. Sin embargo una monja puede renunciar espontáneamente a hacer valer sus derechos, y dar su consentimiento a la petición que se le ha hecho y que la Santa Sede aprueba 10. Nos no ignoramos lo que representa tal paso y lo que él cuesta a la Religiosa; pero Nos la exhortamos a aceptar el sacrificio, a menos que razones más graves aún se opongan a ello.

Cuando se trata de puntos secundarios que no juegan en la vida religiosa mas que un papel de complemento, los monasterios y las monjas deben estar prontos a aceptar los cambios de ideas y la colaboración que la Santa Sede les propusiere. En particular, han de tratar de establecer relaciones tanto de respeto como de confianza con la S. Congregación de Religiosas, tanto más cuanto ésta no pretende en manera alguna pasar por encima de los derechos adquiridos, sino tener en cuenta el parecer de los monasterios y de las Órdenes monacales. Esta colaboración es particularmente de desear, cuando se trata de formar Federaciones de monasterios o de Órdenes, o incluso usan Confederación de Federaciones.

Los textos de la "Sponsa Christi" muestra que no se trata, en manera alguna, de hacer violencia en estas cuestiones a la justa independencia de los particulares, sino de protegerla y asegurarla. Esforzaos pues en colaborar con la Autoridad eclesiástica competente, a fin de favorecer la adaptación y la saludable evolución que la Iglesia desea.

III.

LA REALIZACIÓN DE UN ELEMENTO PARTICULAR, EL TRABAJO

La aplicación de las normas que se refieren al trabajo está muy en nuestro corazón, porque toca el interés de los monasterios contemplativos y de todas las Órdenes contemplativas femeninas, como también el de toda la Iglesia que, en muchos lugares, espera el concurso de todas las fueras disponibles.

Puesto que hemos hablado ya antes de la necesidad del trabajo en general y de su conveniencia para las Órdenes contemplativas, Nos detendremos ahora en la aplicación de las disposiciones de la Constitución "Sponsa Christi".

En la primera parte de la Constitución, decíamos, en efecto: "Nos vemos movidos, y aun apremiados, a llevar a cabo estos ajustes razonables a la Institución de las monjas, por las informaciones que Nos recibimos de todas las partes del mundo, y que Nos dan a conocer la estrechez, en que se encuentran con frecuencia las Monjas. Si, hay monasterios, que, ¡ay! mueren casi de hambre, de miseria, de privación; hay otros que, a causa de dificultades materiales, viven muy penosamente. Hay además monasterios, que, sin vivir en la necesidad, a menudo se delimitan, porque se encuentran separados y aislados de todos los demás. Más aún, las leyes a veces demasiado estrictas de la clausura provocan con frecuencia grandes dificultades" 11. Para poner remedio a esta estrechez, el medio normal y más inmediato es el trabajo de las mismas monjas.

Por tanto, Nos le invitamos a dedicarse a él, a fin de que puedan procurarse por sí mismas los medios de vida, y no tengan que recurrir desde luego a la bondad y a los socorros de los demás. Este llamamiento se dirige asimismo, a aquellas que no están en necesidad, y no están por tanto obligadas a procurarse el pan cotidiano con el trabajo de sus manos 12. Vosotras podréis también, de este modo, ganar los recursos necesarios para satisfacer al precepto de la caridad cristiana con los pobres. Nos, os invitamos igualmente a desarrollar vuestras aptitudes manuales y a perfeccionarlas, así como a adaptarlas a las circunstancias actuales, como se dice en el artículo 8, § 3, N° 2 de la Constitución "Sponsa Christi" 13.

El mismo artículo resumía al mismo tiempo las normas concernientes al trabajo precisando en primer lugar que el trabajo monástico, al que deben dedicarse las monjas de vida contemplativa, debe ser, en cuanto es posible, conforme a la Regla, a las Constituciones, a las tradiciones de cada Orden 14. Ciertas Constituciones preven trabajos determinados en su mayor parte de carácter apostólico; otras por el contrario no determinan nada a este respecto. Este trabajo "debe estar organizado de tal suerte que, unido a las otras fuentes de recursos, asegure a las monjas una subsistencia cierta y conveniente" 15. Los Ordinarios del lugar y los superiores tienen la obligación de velar "para que no falte nunca a las Monjas el trabajo indispensable, conveniente y remunerador" 16. Finalmente el artículo subraya la obligación de conciencia que tienen las monjas, no sólo de ganarse el pan con el sudor de su frente sino aun de perfeccionarse cada día mas como las circunstancias lo exijan en los diversos trabajos 17.

No permitáis que nuestro llamamiento al trabajo sea vano, antes bien, echad mano de todos los medios puestos a vuestra disposición y de todas las posibilidades de formaros más ante todo, para vuestro provecho, o al menos, si vosotras no tenéis una necesidad inmediata para aliviar la penuria de otros. Por lo demás, una ocupación seria, acomodada a vuestras fuerzas, es un medio eficaz para conservar el equilibrio interior o para restablecerlo, si ha sufrido algún daño. De esta forma vosotras evitaréis los efectos nocivos que podrían ejercer en ciertos temperamentos, la reclusión total y la monotonía relativa de la vida diaria del claustro.

CONCLUSIÓN

Nos terminamos Nuestra alocución, renovándoos la invitación al apostolado, con que termina también la Constitución "Sponsa Christi" y que se funda en el gran mandamiento del amor de Dios y del prójimo y de la voluntad de la Iglesia.

La caridad hacia el prójimo abraza a todos los hombres, todas sus necesidades todos sus sufrimientos, y se ocupa especialmente de asegurar su salvación eterna. Este apostolado del que están encargadas por la Iglesia, las monjas lo ejercen de tres maneras: por el ejemplo de la perfección cristiana, que sin palabras atrae los fieles a Cristo, por la oración pública y privada, por el celo en abrazar, además de las penitencias prescriptas por la Regla, las que sugiere el amor generoso del Señor.

En su parte dispositiva, la Constitución "Sponsa Christi" distingue diversas formas de apostolado en relación con las diversas formas de vida contemplativa. Algunas monjas en virtud de sus Constituciones, se dedican a obras de apostolado exterior; continúen este apostolado; otras no están destinadas por sus Constituciones más que a la vida contemplativa, pero ejercen de hecho ciertas formas de apostolado exterior o las ejercían antiguamente; deben continuarlas o reanudarlas, adaptándolas a las circunstancias actuales; otras en fin, no viven, de derecho y de hecho, más que la vida contemplativa. Estas se atendrán a ello, a menos que no deban, por necesidad y por tiempo limitado, aceptar ciertas actividades apostólicas. Es evidente que estas monjas exclusivamente contemplativas participan en el apostolado del amor del prójimo en sus tres formas, del ejemplo, de la oración, y de la penitencia.

Nos desearíamos, no obstante, para terminar, evocar un apostolado más vasto y más elevado aún, el de la Iglesia, Esposa de Cristo, en el sentir del Apóstol de los Gentiles 18 y de San Juan 19.

El apostolado de la Iglesia está fundado en su misión respecto del mundo entero, es decir respecto de los hombres de todos los pueblos y de todos los tiempos, cristianos y paganos, creyentes y no creyentes. Esta misión, procede del Padre: "Dios ama tanto al mundo, que le dio a su Hijo Unigénito, para que todos los que creen en él no perezcan, sino que tengan la vida eterna. Pues Dios no envió su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él" 20. La misión es transmitida por Cristo: "Como mi Padre me envió, yo os envío" 21. "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id pues y enseñad a todos los pueblos y bautizadlos...! Yo estoy con vosotros siempre hasta el fin del mundo" 22. La misión se hace en el Espíritu Santo: "Vosotros recibiréis la virtud del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros, y vosotros seréis mis testigos... hasta los confines de la tierra" 23. Esta misión apostólica de la Iglesia procede pues primordialmente de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y no puede concebirse nada más elevado, más santo, más universal, tanto en su origen como en su objeto.

¿Cuál es, en efecto, el objetivo de esta misión, sino hacer conocer a los hombres al verdadero Dios, uno en la Trinidad de personas, el designio de la Redención que él ha realizado por su Hijo, y la Iglesia fundada por Cristo para continuar su obra? La Iglesia ha recibido en su totalidad el depósito de la fe y el de la gracia, toda la verdad revelada y todos los medios de la salvación legados por el Redentor: el bautismo 24, la Eucaristía y el sacerdocio; "Haced esto en memoria mía" 25; la comunión del Espíritu Santo por la imposición de las manos de los Apóstoles 26; la remisión de los pecados: "Recibid el Espíritu Santo. Aquellos a quienes vosotros perdonéis los pecados, les serán perdonados" 27; el gobierno de los fieles por el poder de jurisdicción, ejercido en nombre de Cristo y con la asistencia permanente del Espíritu Santo 28. He aquí evocadas en pocas palabras las riquezas divina, de que el Señor ha dotado a su Iglesia, para que ella pueda cumplir sus tareas apostólicas en medio de las vicisitudes de la vida terrena y recorrer los siglos, sin que las puertas del infierno prevalezcan jamás contra ella 29.

¡Dejad que la fuerza invencible, que anima el apostolado de la Iglesia, se adueñe de vuestro espíritu y de vuestro corazón! ¡Ella os llenaré de paz y de gozo! "Tened confianza, yo he vencido al mundo" 30. Al elevaros cada vez más, siempre más cerca de Dios, vosotras ampliáis vuestros horizontes y os hacéis tanto más aptas para orientaros en esta tierra. Lejos de encerraros estrechamete en vosotras mismas entre los muros del monasterio, vuestra unión con Dios os ensancha el espíritu y el corazón con las dimensiones del mundo y la obra redentora de Cristo, que se prolonga la Iglesia; he aquí lo que os guía, sosteniendo vuestros esfuerzos y haciéndolos fecundos en todo bien.

Nos suplicamos al Señor se digne colmaros de sus dones y acabar la obra que él ha comenzado en vosotras para su mayor gloria; como prenda de sus beneficios, Nos os concedemos de todo corazón, nuestra paternal Bendición Apostólica.

Pío XII