Discurso a las Abadesas y Prioras de los Monasterios Benedictinos de Italia

28-10-1966

DISCURSO

DEL SUMO PONTÍFICE

PABLO VI

Recurrir a las raíces de los Institutos para tomar de ellas la autentica linfa vital

Estamos seguros de que adivinamos un primer pensamiento vuestro, que surge en vuestros espíritus en virtud de esta audiencia, de este encuentro de vosotras, queridísimas Hijas en Cristo, de vosotras, Abadesas y Prioras de los Monasterios benedictinos de Italia -reunidas en Roma para la revisión y la renovación de vuestra vida religiosa- con Nos, humilde y verdadero sucesor de San Pedro e indigno y auténtico Vicario de Cristo. Es una novedad hermosa y grande! Seguramente estáis pensando esto ahora. Sí: es un acontecimiento quizá único en la historial monástica, que sucede por primera vez. El hecho de que las Religiosas que están al frente de las comunidades claustrales benedictinas se reunieran, tal como vosotras lo estáis haciendo ahora, es algo que no había sucedido nunca, y nunca, tampoco, Nuestra morada pontificia acogió la visita de las Abadesas. que vuestra austera regla obliga a una residencia retirada y fija, que habitualmente se opone a las distracciones que pudieran atravesar sus cerrados umbrales, distracciones que son inclusive normales a cualquier otro tipo de vida. Y nunca sucedió que fuese precisamente la autoridad de la Iglesia la que hiciera legítima, más aún, obligatoria, una excepción semejante. Sí: es una hermosa y gran novedad, cuya causa conocéis: el Concilio. Verdaderamente, este Concilio debe ser un singular y potente acontecimiento -pensaréis vosotras- si hace que su importancia se advierta incluso en los monasterios benedictinos, protegidos por sus claustros, ajenos a las vicisitudes del mundo exterior, fuertes y tranquilos en su estabilidad interna, y si hace que se la advierta con efectos tan singulares y memorables. Cuando las noticias del Concilio llegaban también a vuestras comunidades, y cuando también vosotras estabais invitadas a rezar por el buen éxito del gran acontecimiento, a lo mejor no pensabais que éste iba a concernir también a vuestra vida religiosa, y que iba a entrar en vuestras invioladas clausuras para dictar ley también allí.

Una renovación, no una revolución

No debéis pensar por esto, queridísimas Hijos, que el Concilio sea una especie de huracán arrollador, casi una revolución, que trastorna ideas y costumbres y que permite novedades inconcebibles y temerarias. No, el Concilio es una renovación, no una revolución; y veréis que el primer criterio que orienta su intervención en vuestro sector es el de la fidelidad a los orígenes más bien que el de un abandono de las genuinas tradiciones. Dice el Concilio: "La renovación adecuada de la vida religiosa abraza a un tiempo, por una parte, la vuelta a las fuentes de toda vida cristiana y a la primitiva inspiración de los Institutos" (Perfectae Caritatis, N 2). No se trata, pues, de arrancar de raíz, sino de recurrir a las raíces de los institutos mismos, para tomar de ellas esa auténtica linfa vital, que no ha sido agotada por los años, ni por los cambios de la historia, y que puede y debe producir novedades también hoy. La vida es una perenne novedad. En vuestro caso, debe ser una novedad de conciencia, una novedad de virtudes, de obras y de amor. De manera que la acción del Concilio no es subversiva, sino renovadora. Vosotras experimentáis esto en estos días, al desarrollar los temas que han sido sometidos a vuestra consideración durante el Congreso. Los hemos examinado personalmente, complacidos por la inteligencia con que fueron elegidos y formulados, y por su amplitud, que abraza todos los aspectos de vuestra vida monástica; creemos que estas consideraciones suscitarán en vosotras mismas una agradable impresión de abundancia, de profundidad, de fervor, de frescura, de belleza y de alegría, es decir, de los dones y las prerrogativas que vuestra vocación puede poseer y cultivar, que puede recuperar y acrecentar, si es coherente con la tradición y si está totalmente empeñada en su realización, según la palabra del divino Maestro, que simboliza la sabiduría del reino de los cielos en el padre de familia, "el cual saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas" (cfr. Mateo, 13, 52).

No podemos, ahora referirnos detalladamente a los temas, ni comentar exhaustivamente el programa de vuestro Congreso. En esta ocasión, nos basta proponeros algunas exhortaciones que, estamos seguros, encontrarán una perfecta correspondencia en vuestros corazones.

Renovación de la vida religiosa

La primera exhortación es esta: tened confianza en la invitación a la reforma o, mejor dicho -para usar el término empleado por el decreto conciliar- en la invitación a la renovación de vuestra vida religiosa, que la autoridad de la Iglesia os ha dirigido. Que esta invitación no os ofenda, pues no está motivada por la suposición de que exista en vosotras y en vuestros monasterios un estado de decadencia, como la historia monacal conoció, sin embargo, en otros tiempos. Por suerte, vuestras condiciones no son las de las comunidades religiosas femeninas después del Concilio de Trento, que dictó excelentes prescripciones sobre la vida religiosa (cfr. Ses. XXV): por ejemplo, las dificultades encontradas por San Carlos para llamar a la observancia de la regla religiosa a ciertas monjas de su tiempo, y más aún para exhortarlas a la recuperación del espíritu que debe animar a un tipo de vida como el vuestro, por gracia de Dios y por mérito vuestro, no son en absoluto los de la presente reforma que sigue al Concilio Vaticano II, al contrario. Entonces, en el siglo XVI y en gran parte del XVII, fue necesaria una acción extremadamente severa, para purificar las costumbres religiosas de la profanación mundana, que había penetrado libremente en los monasterios: recordad la obra de los Santos, como Santo Teresa y San Francisco de Sales, el rigorismo jansenista, etc. Y hay que decir que siguió sintiéndose la necesidad de un llamamiento constante a la clausura y a la disciplina religiosa, pues los Papas de los tiempos posteriores, como Benedicto XIV, hasta Pío IX, tuvieron que alzar su voz, de vez en cuando, para recordar e imponer la norma propia de las costumbres monásticas. En nuestros tiempos, en cambio, la reforma se plantea en otros términos; suena más como aliento que como reproche; más como confirmación y temperancia, que como corrección y rigor; más como estímulo que como freno.

Pero se trata siempre de una reforma, en virtud de la inexorable necesidad del compromiso que rige vuestra vida: la perfección. Ahora bien: la perfección no es tal, si no vive de caridad; no es tal, sin un esfuerzo continuo; no sostiene el vuelo del espíritu, al cual está consagrada vuestra vida, si las alas del espíritu no renuevan a cada instante su esfuerzo sobrenatural (tanto en el sentido místico como en el ascético no es tal). No es tal, si la mentalidad religiosa cede insensiblemente a la confianza de las formas exteriores y descuida dar a las formas mismas su sentido interior, su valor moral y su lenguaje espiritual. No es tal, si la vida monástica es propensa a aceptar arbitrios particulares, que la Iglesia no controla o no reconoce. No es tal, si el alma consagrada pierde de vista los horizontes de las grandes verdades de la fe y de los problemas de la humanidad: si olvida los dramas de la Iglesia y los sufrimientos del mundo; y, sobre todo, si no vive con plenitud el misterio de Cristo.

Por lo tanto, acoged la invitación que la Madre Iglesia dirige también a vosotras, a renovar con sentimientos, con ideas, con propósitos, con virtudes y con métodos dignos de vuestra vocación, el compromiso de vuestra vida benedictina. Y en cuanto a la práctica se refiere, sed fieles con tenacidad a las directivas de vuestra tradición monástica y observad con devoción la regla áurea y siempre actual de San Benito, apreciando al mismo tiempo su inteligente discreción y su flexibilidad humana, además de la posibilidad que ofrece de manifestarse a través de alguna forma peculiar y original, que concuerde con vuestra condición y que os esté permitida y que responda a determinadas necesidades del monasterio (por ejemplo, para vivir de vuestro propio trabajo), o bien del ambiente (alguna iniciativa de asistencia religiosa).

Actualidad de la contemplación

Y este último consejo no pretende oponerse a la otra exhortación que os tenemos reservada; una exhortación que, como sabemos muy bien, es superflua desde el punto de vista teórico, pero que puede tener cierto valor práctico, por el hecho de escuchárnosla pronunciar a Nos en persona: tened aprecio por la elección de la vida contemplativa que habéis hecho. Es cierto que vosotras tenéis un gran concepto de ella, tanto por el aspecto negativo que ofrece: la renuncia (recordáis?: "hemos dejado todas las cosas" [Mateo, 19, 27]); como por el positivo: la orientación, la aspiración y la fijación de cada facultad humana en el coloquio con Dios, más aún: en el escucharlo silenciosamente: "sentada a los pies del Señor, lo escuchaba hablar" (Lucas, 10, 39). Esto es todo: qué programa sublime para una vida, que suponemos dotada con toda la gama de la sensibilidad humana y disponible para las innumerables y fáciles conquistas que a todos ofrece el mundo moderno, pero que creemos decidida a querer vivir la propia existencia en toda su plenitud Qué amor sabio y potente por "las cosas de arriba" (Colosenses, 3, 1-2) debe absorber al alma que ha hecho suya una elección semejante! Vosotras conocéis, es más, vosotras vivís como un acto único, que se prolonga durante todo el tiempo de vuestra existencia terrena, esta especie de acrobacia espiritual: "suspendido en la contemplación", así dice San Gregorio (Reg. Past.), refiriéndose al prelado obligado a la oración. Y si vivís esta suspensión, ardua pero no dura, sois felices, no es verdad? No hay nada más jubiloso; nada más bello y más simple que esto.

Pero acaso no ha llegado hasta vosotras ese rumor que circula y que define vuestra elección como anacrónica, inhumana, imposible y unilateral? Y las viejas objeciones a la consagración religiosa, que la definían contraria a la libertad humana e inútil para la sociedad, no susurran hoy más que nunca sus dudas respecto a la bondad de este tipo de vida? Y bien: Nos creemos que uno de los motivos principales que os han conducido hasta aquí, es el de escucharnos repetir a Nos en persona la palabra tranquilizadora y embriagadora que el divino Maestro dirigió a la silenciosa María, como si estuviese destinada a vosotras: "ha elegido la parte mejor" (Lucas, 10, 42). Si, Nos os repetimos esta confortadora palabra con los términos amplios y autorizados del Concilio:

"Los Institutos puramente contemplativos, cuyos miembros están entregados totalmente a Dios en la soledad, en el silencio, en la oración constante y en la austera penitencia, por mucho que urja la necesidad del apostolado activo, ocupan siempre una parte preeminente en el Cuerpo Místico de Cristo, donde "todos los miembros no tienen la misma función" (Romanos, 12, 4), ya que ellos ofrecen a Dios el excelente sacrificio de la alabanza, enriquecen al pueblo de Dios con frutos espléndidos de santidad, arrastran con su ejemplo y dilatan las obras apostólicas con una fecundidad misteriosa. De esta manera son el honor de la Iglesia y torrente de gracias celestiales" (Perfectae Caritatis, N 7).

Por lo tanto, Nos confirmamos complacidos el reconocimiento de vuestra ciudadanía en la Iglesia de Dios; y esto no sólo en homenaje a vuestro pasado secular, sino, además, en homenaje a la rica variedad y a la relativa libertad de formas en que puede expresarse en la Santa Iglesia la vida en seguimiento de Cristo, con unívoca profesión de fe, de caridad y de obediencia eclesiástica. Y diremos más: no sólo os está concedido un lugar en la Iglesia católica, sino también una función, como dice el Concilio; no estáis separadas de la gran comunión de la familia de Cristo, sois parte especial; y vuestra especialidad, hoy no menos que ayer, es próvida y edificante para toda la Iglesia, más aún, para toda la sociedad. Vosotras conserváis y afirmáis valores cuya necesidad se siente hoy más que nunca y sabéis muy bien cuáles son estos valores: la búsqueda suprema y exclusiva de Dios, en la soledad y en el silencio, en el trabajo humilde y pobre, para darle a la vida el significado de una oración continua, de un "sacrificum laudis", celebrado y consumado en común, en el aliento de una caridad jubilosa y fraternal.

Y vosotras, igualmente, sabéis lo ejemplar y beneficiosa que puede ser esta fórmula de vida religiosa -probada por siglos de tradición espiritual e ilustrada por una falange de almas santas- para toda la Iglesia y, como decíamos, para toda la sociedad. Pero nos place recordarlo muy brevemente aquí, respondiendo a esta sencilla pregunta: cómo puede ser de beneficio para toda la comunidad de los fieles y de los profanos un tipo de vida como el vuestro, segregado en sus recintos claustrales, que rehuye el trato mundano y que está orientado hacia una cierta autosuficiencia: económica, espiritual y social?

Cómo puede serlo? No consideraremos ahora (y deberíamos hacerlo) la relación de caridad sobrenatural, que siempre os asocia con el Cuerpo místico, relación que valoriza vuestra vigilante oración y vuestro perseverante sacrificio por todos los hermanos, por todo el mundo; una relación estupenda y misteriosa, una relación operante, que hace de vosotras de cierto modo las delegadas de la familia cristiana y humana a la cual pertenecéis siempre, para la conversación con Dios y para la expiación vicaria. Consideramos, en cambio, solamente dos condiciones, que son sobrenaturales y naturales al mismo tiempo y que, si se realizan, confieren a vuestra vida claustral una singular virtud de irradiación, así como se irradia la luz, como se irradia la música y como se irradia el perfume. Y son éstas: la primera consiste en la pureza y en la belleza que deben estilizar vuestras costumbres claustrales, no ya desde afuera, sino desde adentro, de vuestras personas y de vuestras comunidades. En vuestra vida, todo debe ser tan límpido, tan puro, tan simple y tan bello, que llegue a constituir una especie de secreto. Vuestra vida debe estar estilizada por el silencio, el recogimiento, el fervor, el amor y, sobre todo, por el misterio de gracia al que os habéis consagrado. A través de vuestra consagración contemplativa, deben transparentarse la belleza espiritual, el sabio ascetismo y el arte que tienen que impregnar cada una de las acciones de todos los días. Y si es así, sabed que las paredes de vuestra casa se vuelven de cristal; una diáfana emanación de paz, de alegría y de santidad se difunde alrededor de los monasterios; y la ansiedad, el clamor, el remordimiento, la angustia y la cólera que están en el mundo circunstante, no pueden dejar de sentir su influencia consoladora. En una palabra: es menester que vuestra vida claustral sea como debe ser: perfecta, suave y fuerte, modesta y florida, y, a su modo, santa. Y el prodigio de un hechizo místico que emana de ella se cumplirá también hoy. No os percatáis de que vuestras iglesias están llenas de gente pensativa y estática, cuando celebráis, con exquisito y simple decoro, los ritos litúrgicos? Y no veis que ante las verjas de vuestras clausuras, almas que buscan y que sufren os piden la confortación de vuestra misteriosa paz?

Sentimiento de la iglesia

Y la otra condición? Es fácil de adivinar. Es el "sentido de la Iglesia", de toda la Iglesia, que debe ser muy vigilante en vuestro ordenamiento espiritual. Vuestra vocación monástica requiere la soledad y la clausura; pero no debéis jamás consideraros por esto aisladas y sustraidas de la solidaridad con toda la Iglesia. No estéis separadas, decíamos, de la comunión eclesial; os distinguís para dedicaos al designio especial de vuestra vida religiosa. Es más: debéis nutrir esta vida religiosa con la teología sobre la Iglesia, tal como el Concilio lo recomendó tanto; debéis conocer algo de los hechos que hoy interesan a la Iglesia, como su organización, su renovación, su esfuerzo por la paz y por el orden en el mundo, su afán apostólico y misionero, su sufrimiento siempre grande y dramático en tantas regiones del mundo y su aspiración insomne y amorosa al reino de Dios; y debéis traducir las grandes causas de la Iglesia en oración y en penitencia. Y entonces tendréis asegurado vuestro lugar en su corazón; vuestra misión os hace valiosas y predilectas para su corazón. Y acordaos también del Papa, que ahora os dará su Bendición, pero sin dejar de recomendaros algo más. Narran vuestras historias que había una vez en Francia un célebre monasterio benedictino, el de Marcigny, derivado de Cluny, que había sido fundado en el siglo XI. La primera Priora de este monasterio se llamaba Ermengarda y las crónicas dicen que era santa, aunque no figura en el martirologio romano. El número de las monjas de este convento había sido establecido en 99 (en aquel entonces, esta cifra no era un sueño), para dejar el centésimo lugar, que en el coro y en el refectorio era el primero, a la Abadesa invisible, a la Virgen santísima. Y bien, que la Virgen María dirija todavía hoy, y también entre vosotras, vuestras respectivas comunidades: que las proteja, las edifique y las llene con la presencia de su divino Hijo, Jesucristo, en virtud del Cual os bendecimos a todas vosotras, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amén.

Pablo VI