Capítulo VII

La formación de alumnos mexicanos en el extranjero

Si el periodo que va de 1910 a 1940 fue especialmente agitado para la vida política y social de México, para la Iglesia significó hacer un esfuerzo más allá de sus posibilidades. La formación del clero diocesano en países extranjeros fue una alternativa, que no siempre estaba al alcance de los recursos económicos de todas las diócesis; y, dentro de esas disyuntivas, tres se revela­ron como las principales: el Colegio Pío Latino Americano de Roma, la fundación de un seminario interdiocesano y, la última, solución desesperada y puntual, sacar a los seminaristas del país, en perenne agitación, para salvaguardar su vocación y asegurarles unos estudios dignos. Esta última posibilidad se dio gracias a la generosidad de los prelados españoles que, a causa del conflicto religioso de 1926 por la implantación de la ley Calles, abrieron sus seminarios a los alumnos mexicanos.

 

1. El Colegio Pío Latino Americano de Roma

América Latina padecía, desde mediados del siglo XIX, la escasez de clero y no sólo eso, sino que se veía necesitada de sacerdotes instruidos, de sólida piedad, que pudieran orientar un movimiento de renovación moral y espiritual. La supresión de la Compañía de Jesús había dejado un hueco difícil de llenar; no sólo México había resentido ese vacío notable en la formación de los sacerdotes diocesanos, sino que, en su conjunto, Iberoamérica necesitaba de un espacio formativo sólido para las vocaciones que llegaban a los seminarios. Las situaciones que habían enfrentado las jóvenes Repúblicas al separarse de España, no habían dado tregua para formalizar una acción de dicha envergadura. La ocasión vino gracias a la iniciativa del sacerdote chileno monseñor José Ignacio Eyzaguirre[1] (1817-1875) que propuso al papa Pío IX la creación de un colegio-seminario para la formación de los futuros sacerdotes de las naciones latinoamericanas. En una carta a Pío IX dicho sacerdote se expresaba en los siguientes términos:

El sacerdote José Ignacio Eyzaguirre, de la República de Chile, hace presente a Vuestra Santidad que, –habiendo conocido por experiencia directa el estado del clero en diversas provincias de la América española y portuguesa, y unido al fuerte influjo que él ejercita sobre el pueblo cristiano que dirige– sería, según su parecer, un servicio muy oportuno y provechoso para la Iglesia Católica aquel que vendría de establecer en la metrópolis del catolicismo un seminario, donde los jóvenes, que más se distinguen entre aquellos que se disponen a abrazar el estado eclesiástico en los seminarios episcopales, vinieran a cumplir sus estudios de filosofía, teología y derecho bajo la misma constitución dada por vuestra santidad a su nuevo seminario Pío.[2]

Pío IX apoyó inmediatamente la iniciativa y el seminario latino americano fue inaugurado oficialmente el día 21 de noviembre de 1858. Se le llamó al principio Colegio Americano del Sur o Colegio Latinoamericano, pero en 1867, en una visita del papa Pío IX al colegio en su tercera sede en San Andrés del Quirinal,[3] un alumno solicitó que se le diera el nombre de Pío al colegio; el papa aceptó gustoso y agradecido el gesto[4] y desde entonces ostentó el nombre de Colegio Pío Latino Americano de Roma.[5] Al principio, se encargó la dirección del colegio al padre Eyzaguirre, pero en el mismo mes de su fundación oficial fue entregado al cuidado de los padres jesuitas por iniciativa del propio Pío IX.[6]

Los primeros años fueron muy difíciles para el colegio porque tuvo que enfrentar muchos problemas y altibajos como la pobreza de las diócesis latinoamericanas, la dificultad del transporte que redundaba en detrimento del pago puntual de los alumnos, la indisciplina y desobediencia de varios seminaristas, la muerte por enfermedad de varios otros, la escasez de alumnos debido sin duda a los costes, etc.[7] Todo esto creó un clima de prevención tanto en los padres jesuitas como en los obispos; y se sumó a la tensión generada entre el fundador del colegio y los directivos del mismo, ya que cuando se tomaron medidas disciplinares contra los alumnos insubordinados, el fundador estaba en discrepancia con los jesuitas. Sin embargo, estos graves problemas iniciales pudieron sortearse gracias a la pericia y experiencia de los padres de la Compañía, habituados a estas lides.[8]

Cabe señalar que desde 1859, o sea al siguiente año de la fundación del colegio, los seminaristas mexicanos empezaron a formar parte de este selecto grupo de alumnos.[9]

La posibilidad de formar sacerdotes doctos y santos en ambiente romano, para México, se vio reforzada por los frutos que daban los primeros alumnos educados en Roma; quizá el grupo más significativo de éstos lo constituyó el encabezado por el padre Antonio Plancarte y Labastida quien, el año de 1876 se dirigió a Roma para llevar un grupo de alumnos del seminario de Zamora para cursar los estudios eclesiásticos. En ese grupo iban, entre otros, Juan Herrera y Piña, futuro obispo de Tulancingo y arzobispo de Linares. José Mora y del Río, después obispo de Tulancingo y arzobispo de México. Francisco Orozco y Jiménez, que fue obispo de Chiapas y arzobispo de Guadalajara. Al año siguiente, ingresó al colegio Ramón Ibarra y González, que sería obispo de Chilapa y primer arzobispo de Puebla. En 1881 entraban al colegio Leopoldo Ruiz Flores, quien después fue obispo de León, arzobispo de Linares, de Michoacán y delegado apostólico y Antonio Paredes, que fue sabio maestro del seminario mexicano y controvertido vicario general durante la persecución carrancista. En 1883, Martín Tritschler y Córdova, último obispo y primer arzobispo de Yucatán, etc. Estos jóvenes clérigos, que regresaron a su país antes de finalizar el siglo XIX, fueron después los dirigentes de una Iglesia en conflicto con el Estado.

La sabia dirección de los padres jesuitas daba sus frutos: el 1 de abril de 1905, por iniciativa de Pío X mediante la Letras Apostólicas «Sedis Apostolicae»[10] concedía al colegio el título de Pontificio[11] y confiaba in perpetuum la dirección del colegio a la Compañía de Jesús.[12] Al mismo tiempo, a través de estas Letras Apostólicas se dotaba al Colegio de unas reglas que habrían de regir su caminar.

Como hemos visto en capítulos anteriores, la vida del Pío Latino, en muchos sentidos orientó e inspiró la vida de los centros de formación eclesiásticos mexicanos; los motivos eran que dicho seminario había sido fundado especialmente para ayudar a las diócesis latinoamericanas a formar su clero con un buen nivel académico y con una seriedad disciplinar y espiritual, aspectos que los padres jesuitas ofrecían al dirigir el colegio y al mandar los alumnos a la Universidad Gregoriana. Los obispos enviaban cada vez más alumnos a prepararse para ejercer su ministerio; al regresar de Roma, para muchos, su trabajo consistió en ayudar en la formación de los futuros sacerdotes en los seminarios. También la persecución obligó a los obispos a buscar esta salida, al menos para algunos seminaristas.

A través de este sencillo cuadro nos podemos dar cuenta de la evolución de los alumnos mexicanos matriculados en el Pío Latino durante el periodo de 1900 a 1940:[13]

 

Año

Nº de alumnos

Año

Nº de alumnos

1900

3

1920

14

1901

6

1921

17

1902

11

1922

15

1903

6

1923

9

1904

5

1924

25

1905

6

1925

42

1906

3

1926

31

1907

5

1927

14

1908

6

1928

32

1909

8

1929

9

1910

11

1930

9

1911

6

1931

9

1912

6

1932

9

1913

10

1933

22

1914

6

1934

13

1915[14]

1

1935

16

1916

-

1936

21

1917

-

1937

17

1918

-

1938

24

1919

5

1939

3[15]

 

 

1940

-

Total

455

1. 1. De 1900 a 1910

1. 1. 1. Los frutos del Concilio Plenario para el Pío Latino

La presencia de los prelados más importantes de América Latina en el Colegio, donde se había celebrado el Concilio Plenario, no podía ser sino favorable a la misma vida del Colegio, ya que se puso en la mira de toda la Iglesia Latinoamericana que cele­brara por primera vez en su historia una reunión para poner en común sus preocupaciones y necesidades. A la vez, los obispos tuvieron la oportunidad de conocer a fondo la precaria situa­ción económica por la que atravesaba la institución, pues se presentó un Memorial a los obispos asistentes sobre la situación económica del mismo. La idea de los padres responsables del Colegio era promover el envío de seminaristas de todas las diócesis latinoamericanas para poder sostener así un nivel de vida y de formación eclesiástica decorosa y también dar la oportunidad al clero de formarse al calor de la Cátedra de Pedro. Los padres conciliares tomaron tan en serio esta propuesta que decidieron incluir un número especial para el cuidado práctico del Colegio Pío Latino; quedó pues incluido en el Título XI: De celo por el bien de las almas y de la caridad cristiana, el capítulo VII: De la protección al Seminario Pío Latino Americano de Roma y su sostenimiento.[16] Con este número querían comprometerse y comprometer a sus futuros hermanos en el episcopado a enviar alumnos al Colegio.

1. 1. 2. ¿También niños en el Colegio?

En el siglo XIX, el Colegio recibía niños pequeños, como el caso de Juan Herrera y Piña que entró a los 11 años o Guillermo Tritschler a los 10 años.[17] No era poca la dificultad que esto presentaba; los padres tenían que encargarse de todo y los obispos, dado lo costoso de la formación, tenían miedo de que sus alumnos no perseveraran y además, los alumnos más pequeños no siempre soportaban el ritmo de estudio y oración impuesto. El padre Medina Ascencio, en su Historia del Colegio Pío Latino Americano comentando el reglamento de 1905, dice que se restringía la entrada a niños menores; se aceptaban no más de diez alumnos con trece años cumplidos para que hicieran el curso de latín en uno o dos años y se pedía a los obispos mandar a los que tuvieran más «asentada su vocación al sacerdocio.»[18] Estas iniciativas de volver a lo que había dado buenos resultados en el siglo XIX pronto iban a resurgir en el Colegio.

Durante el periodo de 1901 a 1907, estuvo en el rectorado del Pío Latino, el padre Luis Capello.[19]

1. 1. 3. Grandes celebraciones por el cincuentenario del Colegio

En 1908 el colegio celebró con grandes fastos sus cincuenta años de fundación. Pío X escribió recordando los grandes beneficios que la institución había prestado a la Iglesia de América Latina. Para la celebración se invitó a todos los obispos y sacerdotes ex alumnos. De México asistieron los exalumnos monseñor Francisco Orozco, obispo de Chiapas y monseñor Ignacio Montes de Oca, obispo de San Luis Potosí. El día del aniversario, 21 de noviembre de 1908, la misa pontifical fue presidida por el brasileño, cardenal Joaquín Arcoverde,[20] primer ex alumno del colegio elevado a la púrpura cardenalicia; acompañó la celebración el cardenal José de Calasanz Vives y Tutó,[21] protector del colegio. Se ofreció una magnífica comida; el papa Pío X se hizo presente a través de un telegrama cuyo texto decía:

Su Santidad hace votos para que el Colegio Pío Latino Americano, manteniéndose siempre fiel a sus gloriosas tradiciones, prosiga con siempre mayor éxito y eficacia en la obra edificante de la formación del clero, conforme a las disposiciones pontificias…[22]

1. 1. 4. Información sobre el Colegio en 1908

Sin embargo, a pesar de las fiestas el Colegio Pío Latino vivía momentos difíciles; el esplendor de las celebraciones ocultaba una realidad bastante dura. Así lo atestigua una información llegada a la Congregación Consistorial el mismo año del cincuentenario.[23]

La situación de este Colegio, aunque aparentemente sea brillante, es en realidad muy crítica, porque en su interior hay graves males que es necesario remediar si se quiere salvar la institución y hacer que produzca los frutos que hay derecho para exigir de un establecimiento que tiene cincuenta años de existencia y que ha costado grandes sacrificios.[24]

En la opinión del informador anónimo, toda la solicitud mostrada por la Santa Sede al Colegio y todo el esfuerzo y la benevolencia de los prelados latinoamericanos era lo que había evitado la clausura, creía que era necesario reformar todo aquello que no andaba bien en la institución. Luego pasaba a analizar lo que a su juicio no estaba funcionando bien: en cuanto a la dirección –según su criterio– los superiores del Colegio, con excepción de los profesores, carecían de las cualidades necesarias para desempeñar bien sus cargos, pues, por ser extranjeros,[25] ignoraban el idioma español y el portugués; por lo tanto, no podían conocer a las personas, necesidades, usos y caracteres de la América Latina. A los alumnos nuevos, por tanto, les era casi imposible entenderse con sus superiores, incluso con el padre espiritual. Además, el cambio continuo de superiores acarreaba trastornos al Colegio, pues con el cambio de superior cambiaba el rumbo y la orientación, en definitiva, la marcha del establecimiento; esto producía un pésimo efecto en los obispos americanos. Luego, los diversos ramos de la administración, estaban, por lo general concentrados en el rector, lo que hacía que todo estuviera mal atendido, amén de debilitar la autoridad que debiera tener el rector.[26] Y continuaba la información describiendo las dificultades:

En los últimos tiempos se han establecido en el Colegio dos obras de propaganda, un oratorio festivo y una especie de centro militar,[27] las que, aunque óptimas en sí mismas, son perjudiciales para el Colegio porque se han desarrollado demasiado y quitan mucho tiempo a los Superiores; estas obras u otras de esta naturaleza, no pueden aceptarse en el Colegio sino en escala muy reducida y solamente con el fin de que los alumnos sacerdotes se ejerciten un poco en el sagrado ministerio.[28]

El visitador pensaba que los superiores del Pío Latino debe- rían esmerarse en su trato con los obispos latinoamericanos, pues por faltar las consideraciones para con ellos, se había perdido una valiosa protección de numerosos prelados. Por lo que el informador sabía, en ese momento los superiores del Colegio no cultivaban las relaciones con los numerosísimos padres jesuitas que había en América, ni con los ex alumnos del Colegio; con lo cual, privaban a éste de los beneficios que podrían obtenerse si dichas personas le hicieran propaganda.[29]

En cuanto a la formación eclesiástica, según la opinión de este informador, desde aproximadamente 1898 a la fecha (1908), faltaba en el Colegio un padre espiritual de primer orden, hábil consejero que con cariño y firmeza ayudara a los alumnos a superar las luchas contra su vocación y les enseñara el camino de la virtud. También pensaba que se debía tener cuidado en la selección de los prefectos de cameratas[30] puesto que los padres del Concilio Plenario de América Latina ordenaron que sólo fueran jesuitas, cosa que en el momento no sucedía. Por otro lado las prácticas de piedad y los ejercicios espirituales debían mejorarse, lo mismo que las exhortaciones espirituales que casi nunca se hacían a los alumnos.[31]

Se daba la voz de alarma en cuanto al abuso de licores, posesión de libros con fotografías inconvenientes, cartas, etc., e invitaba a tomar medidas enérgicas para evitar que los alumnos fueran a hosterías y restaurantes, como lo hacían clandestina­mente tanto en Roma como en vacaciones, ya que se había comprobado que estos elementos habían causado estragos en los alumnos.[32] El visitador proponía abolir por completo las representaciones teatrales en que tomaban parte los alumnos «con trajes de carácter, porque rebajan la dignidad eclesiástica y perturban el criterio.»[33]

En cuanto a los estudios; parece que marchaban bastante bien aunque sería necesario hacer algunas mejoras estableciendo cursos de teología pastoral y sociología; además sugería establecer de manera definitiva un curso de dos años de latín, ya que la preparación que traían los alumnos no era suficiente para seguir los cursos de la Universidad Gregoriana.[34]

Por lo que se refiere a las finanzas; el informador veía tres puntos indiscutibles: uno, el Colegio nunca había tenido dinero suficiente; dos, se habían cometido desaciertos en la adminis-tración; tres, era necesario dotarlo de un grueso capital. A juicio del visitador lo único que realmente interesaba, era el tercer punto por lo que había de aumentarse el número de alumnos, fundar becas y promover donativos.[35]

El informe concluye con algunas pistas que sugiere el autor del reporte: nombrar un rector, no tan sólo que sea americano, sino que sea persona de dotes sobresalientes, capaz de reorganizar el Colegio; lo mismo se dice de sus colaboradores. Se sugiere que en el Colegio existiese un dignatario eclesiástico americano que ayudara al cardenal protector y al rector en sus tareas y que sirviera de unión entre el Colegio y los obispos latinoamericanos, viajando a las principales diócesis de América Latina para recabar fondos, vigilar seminarios y ayudar a la selección de candidatos a formar parte del Colegio Pío Latino Americano de Roma.[36]

Las observaciones hechas por este visitador, surtieron parcialmente su efecto, pues el siguiente rectorado recayó sobre el jesuita peruano, originario de Cuzco, padre Luis Yábar Arteta,[37] que había sido antiguo alumno del mismo Colegio Pío Latino y que conocía muy bien las entretelas del mismo; su rectorado dio comienzo el día 6 de enero de 1911.[38]

1. 1. 5. Los alumnos mexicanos en este decenio

Setenta fueron los alumnos mexicanos matriculados en estos once años que van de 1900 a 1910; 11 alumnos de México, 9 de León y 9 de Zamora; 8 de Guadalajara, 6 de Yucatán, 5 de Michoacán; 4 de Cuernavaca y 4 de Chiapas; 3 de Puebla, 2 de San Luis Potosí, 2 de Linares y 2 de Querétaro; 1 de Durango, 1 de Sinaloa, 1 de Aguascalientes, 1 de Chilapa y 1 de Veracruz.[39] De esta manera los obispos de 18 diócesis hicieron el esfuerzo de enviar a sus seminaristas en este periodo.

1. 2. De 1911 a 1920

Este decenio será especialmente difícil, tanto para México, que enfrentará las destrucciones causadas al país y a la Iglesia por los ejércitos revolucionarios carrancistas, como para Europa por la primera guerra mundial.

1. 2. 1. ¿Niños en el Pío Latino?

 Al iniciar este periodo, el ex rector del Pío Latino, padre Augusto Anzuini tiene una grave inquietud respecto a los estudios; inquietud de la que la Santa Sede estaba al tanto, pues había sido informada por el visitador en 1908. Generalmente todos los alumnos, llegados de los distintos países latinoamericanos, asistían a la Universidad Gregoriana y, como ahí se exigía el conocimiento de la lengua latina. Se podía comprobar que los alumnos llegaban con un conocimiento más que mediocre. Anzuini escribió en junio de 1911 al entonces secretario de la Congregación de Seminarios, el cardenal Gaetano Bisleti[40] haciendo una reflexión sobre la realidad de sus alumnos:

El estudio, sobre todo el práctico del latín, es deficientísimo en América Latina, y en algunas Repúblicas casi nulo. Esta deficiencia no puede ser eliminada si no se restituyen en el colegio las escuelas inferiores en toda regla; porque en la mayor parte de los Seminarios de América o por falta de profesores o por la manera como están establecidos los estudios no se puede esperar que lleguen los jóvenes a aprender convenientemente y mucho menos a hablar latín.[41]

El ex rector se encontraba preocupado porque, salvo los que venían de dos o tres seminarios, el resto de los alumnos prácticamente hacían el ridículo en la Universidad aunque solían ser jóvenes muy inteligentes; además, ya los obispos se habían enterado de la posibilidad de volver a organizar los cursos menores y se mostraban contentísimos; también, para la formación del verdadero espíritu eclesiástico, según el padre Anzuini, era evidente que sería más ventajoso que los alumnos llegaran al Colegio más jovencitos y esta afirmación, creía que también era confirmada por la experiencia.[42]

El padre Anzuini avanza un plan para diseñar la posible escuela menor de humanidades o inferior; según él, debía contarse con tres grados y con tres profesores, divididos de esta manera: a. Pequeña e Inferior, b. Media y suprema, c. Humanidades y retórica. Cada clase debía contar con su profesor y los estudios, debían hacerse en latín y griego, sin descuidar el estudio de matemáticas elementales, historia, geografía y lenguas maternas (español y portugués). Además, las condiciones para el ingreso serían las siguientes: podrían ser admitidos los jovencitos de entre 11 y 16 años, con supuesta vocación eclesiástica o al menos indicios de ella; serían regresados a sus casas en caso de mostrar no tener vocación.

La propuesta, en principio, cayó bien en la Santa Sede, porque era interesante y tenía su lógica; así que el 1 de julio del mismo año el cardenal Bisleti contestaba al padre Anzuini en estos términos:

He referido al S. Padre [Pío X] lo expuesto por la P. V. M. R.[43] acerca de la constitución de un pequeño Seminario para jovencitos en ese Pont. Coleg. Pío Lat. Americano, con escuelas inferiores para la enseñanza del latín y del griego y tengo el gusto de manifestarle que S. Santidad ha acogido –en general– bien la propuesta, y excepto que este Seminario, de constituirse, sea bien distinto del Colegio de los grandes; en caso de aprobar las normas para el funcionamiento práctico de éste.[44]

Esta iniciativa que parecía relativamente fácil de lograr, no fue recibida por todos con el mismo entusiasmo. En agosto de 1911 el rector Luis Yábar, que había continuado con el trámite iniciado por el padre Anzuini, recibía del cardenal Bisleti de la S. C. de Seminarios una carta con una terminante orden sub gravi invitándolo a:

…suspender todo acto acerca de la constitución del pequeño instituto para los jovencitos de la América Latina en Roma. Por tanto de abstenerse de enviar cartas, recoger dinero y tanto menos de dar cualquier paso para la obtención de la casa hasta que no haya recibido de mí nuevas instrucciones.[45]

El rector contestaba al mons. Bisleti el 19 de agosto del mismo año de 1911, asegurando que la orden del cardenal sería estrictamente obedecida. Tal reacción en la curia vaticana quizá fue ocasionada por las malas interpretaciones de la petición. El padre Yábar en su respuesta explicaba la situación e insistía en los beneficios si se realizaban dichos planes:

Pido sin embargo humildemente licencia para observar que no se trataba de fundar un nuevo instituto sino sólo de revitalizar las escuelas inferiores que desde 1870 hasta 1902 o 1904 han funcionado en el Colegio Pío Lat. Americano con reales y grandísimas ventajas.

Por motivos entonces retenidos convenientes fueron suprimidas aquellas escuelas y ordenado que solamente se recibiesen alumnos para la filosofía y para la teología. Pero bien pronto se vieron las muchas y grandes dificultades e inconvenientes que resultaron. Por lo que muchos obispos han pedido esta revitalización.[46]

El proceso de la recuperación de una escuela menor para el Pío Latino, se paró ante la negativa del cardenal Bisleti; sin embargo el padre Yábar había escrito a algunos obispos ofreciendo la posibilidad de recibir a seminaristas jovencitos, como lo hacía el Pío Latino anteriormente. Los prelados, ni tardos ni perezosos habían enviado a los alumnos y entonces el rector se veía en aprietos; pero, como estaba convencido de la bondad del proyecto, escribió al cardenal Bisleti nuevamente tratando de convencerle:

Es ciertamente un deseo casi universal que no solamente se restablezcan como anteriormente las escuelas inferiores, sino que se pongan en las mejores condiciones para hacer resurgir en las Diócesis de América el estudio de las lenguas latina y griega. Y quien conoce el estado de los estudios preparatorios en los seminarios de América, al menos en la mayor parte, cree que esta medida sea de necesidad absoluta.

Los alumnos del Pontif. Col. Pío Lat. Americano, que frecuentan la Universidad Gregoriana, jóvenes de buen ingenio, no quedan la mitad de bien de lo que podrían quedar, por falta de preparación en el estudio del latín y del griego.[47]

Pero la oposición venía de adentro, de casa, puesto que el cardenal protector del Colegio Pío Latino, mons. José de Calasanz Vives y Tutó, escribía una carta riservatissima al cardenal De Lai secretario de la Congregación Consistorial explicándole el asunto: según Monseñor Vives y Tutó, era evidente que el padre Yábar persistía en su idea fija de restituir la escuela para alumnos que no habían hecho los estudios gimnasiales. El cardenal protector estaba verdaderamente molesto, pues según él, las intenciones del rector eran abolir el artículo IV de las Letras Apostólicas del 19 de marzo de 1905, Sedis Apostolicae[48] que prohibía recibir adolescentes y niños en el Colegio y le advertía al cardenal De Lai: «el padre Yábar actúa por sí mismo y busca los medios de evitar la injerencia de Vuestra Eminencia, como Secretario de la Consistorial, y la mía, como Protector del Colegio.»[49] Y continuaba diciendo:

El otro día, con el Padre General de la Compañía de Jesús hemos hablado de esta manía del Padre Yábar, de querer restituir a los jóvenes para las clases domésticas y gimnasiales. El Padre General parecía ignorar tales cosas, y se mostró contrario a los proyectos del P. Yábar. Lo mejor, por tanto, sería imponerle:

                             I.          De escribir a los Obispos Americanos Latinos [sic], que debe observarse absolutamente y en todas sus cláusulas, el artículo IV de las Letras Apostólicas del 19 de marzo de 1905.

                          II.          Que en el mes corriente mande la Relación prescrita en el artículo XI, agregando una tercera copia para la Sagrada Congregación Consistorial.

                        III.          Que dé una lista exacta de todos los jóvenes que haya recibido hasta el momento en el Colegio, sin haber observado las condiciones e las cláusulas contenidas en el artículo IV de las mencionadas Letras Apostólicas, indicando el nombre de cada uno, la diócesis, quién les paga la pensión, la edad, los estudios gimnasiales hechos por cada uno de ellos.

                       IV.          Indique además los nombres y las condiciones de los Profesores que en el Colegio Pío Latino Americano instruyen a estos jóvenes.

                          V.          Ningún programa, ni Reglamento puede ser hecho, ni modificado sin la formal intervención del Padre General de la Compañía y del Cardenal Protector y sin la subsiguiente aprobación del S. Padre, como está expresa­mente prescrito después del artículo XI de las mencionadas Letras Apostólicas.[50]

 

Así que, después de esta intervención, el mismo padre general de la Compañía, Francisco Javier Wernz,[51] escribía al cardenal De Lai diciendo que había recibido la carta que la Santa Sede pensaba mandar al padre rector del Pío Latino Americano y que después de haberla leído, él mismo, la había transmitido «al mencionado P. Rector, y mandé hacer también una copia para el P. Provincial, exhortando a uno y otro a conformarse plenamente a los deseos de la S. Sede.»[52] Pedía además una información sobre la situación en la que se encontraba el Colegio.

El padre Yábar, contestaba rindiendo su juicio al de la Santa Sede[53] y enviaba la información requerida. Y así terminó esta iniciativa. No se volvieron a abrir los cursos de humanidades en el Pío Latino Americano.

 

1. 2. 2. Situación del Colegio en 1911

La información mandada por el rector, nos permite conocer el estado de dicho Colegio en 1911-1912. Había en el Colegio 62 estudiantes de teología, un alumno estudiando en el Instituto Bíblico, 4 en derecho canónico, 45 en filosofía y 13 alumnos estudiando humanidades y gramática.[54] En total 125, de los cuales, 33 eran mexicanos, procedentes de las siguientes diócesis: 6 de México, 5 de Zamora, 5 de Cuernavaca, 3 de Chiapas, 2 de Puebla, 2 de Linares, 2 de Querétaro, 2 de Guadalajara, 2 de León, 2 de Yucatán, 1 de Michoacán y 1 de Tulancingo.[55]

En cuanto al estudio y la disciplina el rector informa que «ha estado laudable la observancia de la disciplina y se ha observado notable mejoramiento.»[56] Atrás iban quedando los días difíciles vividos por el Colegio, el material humano era bueno en general:

Los alumnos son en general muy piadosos y frecuentan con asiduidad los Sacramentos. En general son muy aplicados y el resultado de los exámenes en la Universidad ha estado muy satisfactorio, excepto aquellos del tercer año de filosofía, en el cual se han dado muchas reprobadas, que sin embargo fueron reparadas en la segunda época.[57]

Y, el padre rector vuelve a la carga con su proyecto fallido: «vienen generalmente al Colegio muy mal preparados en latín y peor en griego, cosa que les daña grandemente.»[58] Y después aborda un tema que será recurrente en el Pío Latino; el estado sanitario: «El estado sanitario no ha estado muy lisonjero. Varios alumnos han estado seriamente enfermos, y hemos debido deplorar la muerte de dos de ellos; de un Sacerdote colombiano y de un joven filipino ya ordenado subdiácono.»[59]

En cuanto a las finanzas, el Colegio tampoco estaba para alegrarse pues los precios habían subido excesivamente, sobre todo los de los alimentos; y las cuotas pagadas por los alumnos más otras entradas, [60] no bastaban para cubrir todos los gastos del Colegio.[61] A pesar de tener distintos modos de manutención, el alza de precios hacía difícil la vida económica del Pío Latino.

De los alumnos de clase preparatoria que se habían recibido «sin permiso», pues habían sido mandados por los obispos nada más enterarse del proyecto, se informaba que eran realmente pocos; sólo ocho, de los cuales tres eran mexicanos: Ramón Escalona de 21 años, de la arquidiócesis de México, Gregorio Aguilar de 20 años, de la misma arquidiócesis que el anterior y Pedro Castillo de 19 años, de la diócesis de Cuernavaca.

A partir de esta experiencia ya no se volvió a hablar de traer a Roma alumnos para formar en latín o humanidades, por más que vinieran mal preparados de sus diócesis de origen.

1. 2. 2. Algunos sucesos importantes para el Colegio

1. 2. 2. 1. Mueren el cardenal Vives y Tutó y el papa Pío X

En este periodo sucedieron varias cosas importantes para el Colegio: el 7 de septiembre de 1913 moría el cardenal Vives y Tutó, protector del Pío Latino Americano; a su muerte se eligió un nuevo cardenal protector; éste fue el jesuita Luis Billot,[62] muy conocido porque había sido profesor en la Universidad Gregoriana.

El 20 de agosto de 1914 expiraba el papa Pío X, que se había mostrado tan bondadoso hacía el Colegio. Había concedido numerosas audiencias a los seminaristas, les había hecho regalos y también había concedido al Colegio el título de Pontificio: había nombrado cardenal a un ex alumno, el primero de América Latina, en la persona de monseñor Arcoverde.[63]

1. 2. 2. 2. Economía precaria

La economía será uno de los capítulos más difíciles del Pío Latino. El 9 de junio de 1914, los superiores del Colegio mandaban una circular a todos los obispos de América Latina para recordar que, ya en el pasado junio de 1904 el cardenal Merry del Val había enviado otra circular[64] a los delegados apostólicos y nuncios de esos lugares, con objeto de recordar a los obispos las disposiciones que el papa Pío IX había dado el 15 de abril de 1862; y, se volvían a recordar dichas disposiciones. Estas eran: que de todas las dispensas concedidas en las arquidiócesis, diócesis y vicariatos apostólicos de la América Meridional, Central, y de la República Mexicana: «se destinara a beneficio del Colegio Pío Latino Americano scutatum unum (peso fuerte) iuxta monetam cuiusque regionis.»[65] Y los superiores pretendían ahora unificar los criterios de interpretación a esta norma, pues había sido mal entendida o interpretada de maneras distintas. Algunos obispos no mandaban sino 5 centavos por cada dispensa y las cuotas, aún de las diócesis florecientes, eran muy pobres; por eso ahora, –anunciaban los superiores del Colegio– el papa Pío X se había dignado establecer que la cuota de todas las dispensas apostólicas no gratuitas que se debían destinar como ayuda al Colegio Pío Latino Americano fueran, de ahora en adelante, fija para todos, de tres francos oro.[66] Con esta medida se pretendía paliar los apuros económicos del Colegio, pero como veremos, tampoco estas disposiciones solucionaron los problemas endémicos de índole financiera.

1. 2. 2. 3. La primera guerra mundial

A Pío X sucedía Benedicto XV, y la guerra había ensombrecido ya el panorama que costaría millones de vidas en Europa. En el Colegio, el 19 de agosto de 1915 terminaba el rectorado del padre Luis Yábar y le sustituía en el cargo el padre Pascual Aloisi Masella.[67]

Sucedió entonces que, a causa de la guerra, el número de alumnos descendió drásticamente. Durante el periodo que va de 1911 a 1920 el Colegio tuvo menos alumnos que nunca, salvo en los inicios, después de la fundación. En proporción, durante este periodo fue también cuando las diócesis mexicanas menos alumnos pudieron mandar: México 6, Puebla 6, Michoacán 4, Chiapas 3, Zamora 2, Tulancingo 2, Huajuapan 2, León 1, Yucatán 1, San Luis Potosí 1 Cuernavaca 1; en total 45 alumnos inscritos en todo el decenio.

1. 2. 2. 4. Misa del papa por México

Especial relevancia tuvo para los alumnos mexicanos la iniciativa del papa Benedicto XV que, enterado de las duras persecuciones de la Iglesia en México, quiso ofrecer una misa especial, el 12 de diciembre de 1917 para invocar a Nuestra Señora de Guadalupe en favor de esa nación. El mismo Papa invitó a los alumnos del Pío Latino a la celebración que tuvo lugar en la Capilla Matilde.[68] Después, los recibió en audiencia especial en donde un alumno, procedente de Chiapas, Carlos Guillén, leyó un breve discurso en español ante el papa; el papa respondió también en castellano, animando a los presentes y agradeciendo la visita.[69] El 10 de octubre de 1918 era nombrado nuevo rector del Colegio el padre Juan Bigazzi.[70]

1. 3. De 1921 a 1930

El final de la guerra abrió a los obispos latinoamericanos, otra vez, las posibilidades para seguir mandando alumnos a Roma. El 10 de octubre de 1924 iniciaba su trabajo un nuevo rector, el padre Nicolás Mónaco,[71] que había trabajado en el Colegio Germánico y había sido también profesor de la Universidad Gregoriana enseñando filosofía.

1. 3. 1. Se inicia una época de esplendor para el Colegio

Se inicia un periodo de esplendor para el Colegio por el número de alumnos que lo van a poblar, pero los motivos de esta marea de seminaristas eran más bien tristes; puesto que venían de México donde las cosas se fueron poniendo tan difíciles por la persecución, que estos llegaban prácticamente sin avisar. En todo este periodo el padre rector Mónaco se mostró como verdadero padre. Para acoger a los muchachos que llegaban intempestivamente hubo que sacrificar ciertas comodidades y restringir espacios para dar cabida a los peregrinos;[72] entonces se comenzaron en el Colegio grandes obras de reformas materiales.[73]

Fue durante el rectorado del padre Mónaco que se consiguió para el Pío Latino una casa propia para las vacaciones de los seminaristas, cerca del mar, en Livorno, junto al poblado de Montenero. Había una pequeña casa que había funcionado como hotel; se arregló y ya en el estío de 1925 los muchachos pudieron disfrutar de un descanso comunitario en casa propia; pronto se empezó a construir una casa nueva, adaptada al número y a las necesidades del Colegio y se terminó en el verano de 1926 llamándola Villa de Montenero.[74]

Además, el Año Santo de 1925 había llenado la Ciudad Eterna de gran número de peregrinaciones y de brillantes celebra­ciones; los peregrinos venidos de las repúblicas latinoamericanas, hacían la visita obligada al Colegio. Todo era efervescencia y crecimiento; se iniciaba un periodo brillante para el Pío Latino.[75]

1. 3. 2. El Colegio visto por los superiores

 El archivo de la entonces S. C. de Seminarios, guarda una carta del Prepósito General de la Compañía, P. Wlodimiro Ledóchowski,[76] dirigida al cardenal Bisleti prefecto de la mencionada Congregación, fechada el 11 de mayo de 1927. Parece que uno de los rasgos de la manera de gobernar de este padre general, era estar atento hasta en los detalles, a todas las obras confiadas a la Compañía, por eso se explica su interés. Esta carta, estando dirigida a Bisleti, tenía el fin de hacerle algunas observaciones para instruir a un visitador que la S. Congregación debía mandar al Pío Latino, y muestra, por así decirlo, el punto de vista de la institución sobre el Colegio:

En el Colegio Pío Latino Americano el estado temporal parece ser más feliz, si bien no me es posible decir con más exactitud. De la exuberante actividad del nuevo Padre Rector, entregado con diligencia a la ampliación del Colegio, no he podido todavía tener una relación administrativa minuciosa.

En cuanto al desarrollo espiritual del Colegio me parece que dos son las causas principales que impiden frutos abundantes. La primera es que los Rvmos. Obispos de América del Sur nos mandan los candidatos no suficientemente escogidos, ni suficientemente preparados. Dada además, por una parte, la gran distancia del lugar de origen, y por la otra, la cautela a usar, debido a la susceptibilidad de los Rvmo. Ordinarios, algunos de los cuales reivindican derechos sobre el Colegio, se vuelve muy difícil regresar pronto a los candidatos ineptos. Creo por tanto que se hará un gran beneficio al Instituto, si el Rvmo. Visitador diera sobre ello instrucciones claras, que obliguen en conciencia a los Rectores y sean comunicadas a los Rvmos. Ordinarios de la América.

Sería por ejemplo de inculcar: a) que se manden candidatos que estén ya listos para la filosofía y no, como sucede ahora, jóvenes que no saben todavía suficientemente el latín. b) que aquellos que se presentan para el Colegio sean verdaderamente jóvenes escogidos y los mejores entre aquellos que en las respectivas diócesis aspiran al sacerdocio, como se usa generalmente en los Seminarios externos presentes en Roma.

Un segundo obstáculo de la formación espiritual de los alumnos se encuentra en una cierta debilidad física de ellos, que se refleja sobre lo moral, de tal forma que es muy difícil formar entre ellos los caracteres robustos. Son, es verdad, de índole generosa, inclinados a la piedad, pero que se excita y se desarrolla de preferencia en un campo sensible. El médico del Colegio encuentra casi en todos una constitución ósea muy deficiente. Son en cambio de mucha perspicacia y de buen ingenio y tienen óptimos logros en los estudios.

La procedencia de estos alumnos de regiones, entre ellas muy distintas, saca fuera gran diversidad de temperamentos, diversidad que naturalmente no favorece la unidad de criterios.[77]

Había pues una preocupación creciente de parte de los superiores por la vida del Colegio que en este decenio había crecido tanto y que preveían que seguiría creciendo, puesto que lo alumnos mexicanos que iban llegando con noticias frescas de su país, opinaban que la situación no mejoraría pronto.

Con respecto a los alumnos, se contaba con buen material, pero tampoco podía negarse que la actitud de algunos obispos y la mala preparación de algunos alumnos y su debilidad física entorpecieran la marcha del Colegio en su conjunto.

1. 3. 3. Reformas en el Colegio y economía

El 8 de septiembre de 1928, el padre Gabriel Huarte,[78] originario de Leiza, Navarra, tomaba el mando en la rectoría del Colegio; el padre Huarte había sido profesor de teología de la Universidad Gregoriana desde 1909 hasta 1926 y por ello muchos alumnos lo habían conocido y estimado.[79] El crecimiento del número de alumnos, debido a la situación de la Iglesia en México, obligó a los padres jesuitas a enviar a todos los obispos latinoamericanos una amplia carta explicándoles el tipo de reformas materiales que se habían visto obligados a realizar tanto en el Colegio como en la villa de descanso.[80] Los superiores exponían en la carta que, en el Colegio, «Por invitación de la S. Sede hemos debido construir ex novo los baños modernísimos con agua caliente, a fin de que los alumnos aventajaran en la salud y en la higiene.»[81] Así mismo, para evitar las enfermedades de los alumnos por el rigor del clima invernal, se informaba que se habían implantado termosifones, así que el Colegio tendría su proprio sistema de calefacción. Informaban que todas estas mejoras, se habían hecho debido a la responsabilidad que sentían los superiores de cuidar la salud de los alumnos a ellos confiada. Pero, a causa de los gastos tan ingentes, los superiores proponían no subir las tasas que se tenían, dado que eran conscientes del esfuerzo y los sacrificios que debían afrontar los obispos para mantener a sus seminaristas en Roma, por eso sugerían una modalidad menos gravosa consistente en imponer una tasa al borsino[82] de cada alumno, proporcional al consumo general por los mencionados servicios, aunque sin obligar a los obispos a que aumentaran la cuota del borsino que permanecería siendo la misma.[83] En realidad los superiores estaban proponiendo reducir el gasto personal de los alumnos. Y así lo expresaban en su carta:

Los superiores de nuestro Colegio, bien persuadidos y dispuestos a no permitir de aquí en adelante que los alumnos usen para sus gastos personales más de lo estrictamente necesario, vigilarán enérgicamente con el fin de que no se repitan los inconvenientes, denunciados no pocas veces en los últimos años, de alumnos que gastan demasiado en cosas superfluas. De tal manera que los superiores tienen firme y fundada esperanza que la tasa anual del borsino deba bastar, aunque sí, sobre ella gravará de aquí en adelante un gasto mayor por calefacción, baños, etc.[84]

Por otro lado, los superiores se comprometían a mantener la misma pensión de 5,000 liras anuales, que se venía teniendo desde hacía varios años.[85] Antes de la guerra (1914-1918) se pagaban 1,300 liras oro, suma que en 1920 correspondía a 5,800 liras en papel moneda, y el Colegio sólo cobraba las 5,000. Por último, los superiores finalizaban su carta lanzando una súplica a los obispos invitándolos a ser puntuales en sus pagos, pues esos retrasos en los pagos dañaban los intereses del Colegio.[86]

Así, mostraban sinceramente los aprietos económicos, pero también los esfuerzos por mejorar las condiciones de los estudiantes.

1. 3. 4. Separación de los brasileños

La vida del Colegio, que estrenaba rector, sufrió un cambio verdadero; el siguiente año de 1929, el 27 de octubre, se ponía la primera piedra del nuevo colegio para los alumnos venidos del Brasil; esa mística latinoamericana, de unión de todos los países empezaba a desmoronarse con este nuevo proyecto; la convivencia había sido muy estrecha entre los dos grupos, los hispano parlantes y los de lengua portuguesa y por eso se vivió con dolor dicha celebración. Los obispos de Brasil habían decidido fundar su proprio colegio en Roma; aunque la inauguración definitiva tuvo lugar hasta el año de 1934.[87]

1. 3. 5. Los alumnos mexicanos en este decenio

Durante el decenio de 1921 a 1930, se matricularon 176 seminaristas procedentes de México, de las siguientes diócesis: de Guadalajara 55, de México 18, de Zamora 18, de Durango 12, de Puebla 12, de Chihuahua 12, de Linares-Monterrey 8, de Antequera 7, de Tepic 6, de León 4, de Veracruz 4, de Tulancingo 4, de Huajuapan 4, de Yucatán 3, de Tamaulipas 3, de Aguascalientes 2, de Campeche 1, de Chiapas 1, de Tabasco 1, de Tehuantepec 1.[88]

1. 4. De 1931 a 1940

El final de este decenio traerá la terrible convulsión social de la segunda guerra mundial. Pero al inicio, en 1931, el Colegio se encontraba trabajando con fervor.

1. 4. 1. El Colegio en 1931

 Contamos con un informe que el rector, padre Huarte, hace a la S. C. de Seminarios el 16 de mayo de 1931. Los datos principales son los siguientes: el Colegio, ubicado en la calle Gioachino Belli nº 3, en la ribera del río Tiber, cuenta con una capacidad para albergar cómodamente a 250 alumnos; la mitad en cámaras individuales y la otra mitad en dormitorios comunes. Se estima que el edificio valga unas 6.285,000 liras italianas. [89]

El colegio es dirigido por el padre Gabriel Huarte S. I. de 61 años; el padre Giuseppe Macagno S. I. es el director espiritual y la comisión de vigilancia está integrada por los padres Giuseppe Cornaglia S. I. y Savino Sassara S. I.[90]

Los alumnos son 197 en total, de los cuales 47 son sacerdotes, 72 son clérigos; 5 abandonaron el Colegio por falta de vocación, 1 murió. Tres sacerdotes jesuitas son confesores ordinarios del Colegio.[91]

En cuanto a la piedad; el método de meditación usado es el de San Ignacio, normalmente se hace en la capilla, cada alumno por su cuenta; se confiesan cada semana y comulgan diariamente por lo general. Tienen un retiro mensual y ejercicios anuales de 6 días de duración, antes de la fiesta de Cristo Rey. Las obras que ayudan a mantener viva la piedad son; la devoción al Sagrado Corazón, la Congregación Mariana y la Obra de las Misiones.[92]

En cuanto a la disciplina, esta es buena, no ha habido faltas graves, las reglas de urbanidad se observan muy bien y no se leen periódicos excepto el Osservatore Romano. Los alumnos no salen a la calle si no es acompañados de otros compañeros. En este Colegio no les está permitido a los sacerdotes ejercitar el sagrado ministerio. El rector revisa la correspondencia de los alumnos. Las vacaciones se pasan siempre en comunidad. Se cuenta con una villa de vacaciones, cerca del mar, en Livorno, valuada en 2.506,000 liras italianas. Hay en el Colegio 21 servidores domésticos, además de varios hermanos coadjutores jesuitas, que están a cargo de la enfermería, sastrería, guardarropa y despensa. [93]

En cuanto a los estudios, los alumnos frecuentan la Universidad Gregoriana; todos, los 197 están matriculados ahí; 38 frecuentan los cursos de filosofía, 131 los de teología, 25 los de derecho canónico, 2 los estudios bíblicos y 1 los estudios orientales; además varios estudian música sagrada. Se considera que la biblioteca de la casa está suficientemente dotada para el estudio de los alumnos.[94]

En cuanto al capítulo económico, se informa que los alumnos pagan una renta anual de 5,200 £ y que el coste aproximado de cada alumno al día es de 14 £; se explica que la pensión de 14 liras al día, comprende no sólo la alimentación (desayuno, comida, merienda y cena) sino que también cubre el vestuario, calzado, ropa de cama, lavado de ropa, médico ordinario y los gastos generales de luz, culto, impuestos, etc. El colegio cuenta con 30 duchas con agua caliente y fría; la comida es suficiente y es convenientemente preparada.[95]

1. 4. 2. Brotes de tuberculosis

Sin embargo, pese a todos los esfuerzos hechos por los jesuitas en cuanto a las mejoras materiales del Colegio y al cuidado en la alimentación, ese mismo año de 1931 un brote de tuberculosis asoló al Colegio. Algún obispo venezolano, se quejó al nuncio papal en su país, acusando al Colegio de no tener las condiciones sanitarias adecuadas, afirmando que por tal motivo muchos alumnos latinoamericanos habían muerto de tuberculosis. La queja era muy seria y no podía pasarse por alto; la Santa Sede, a través de la S. C. de Seminarios pidió al rector del Pío Latino en funciones, padre Gabriel Huarte, informar sobre el caso.

Por lo tanto, el rector mandaba puntualmente al dicasterio romano su informe; en él afirmaba que la ubicación del Colegio estaba en una parte sana de la ciudad y sus instalaciones obedecían a todas las normas de la higiene, tanto que la mayoría de médicos opinaban que el Pío Latino vencía en este sentido a otros colegios de Roma.[96] Por si fuera poco, en los últimos años, se habían hecho muchos esfuerzos por mejorar las condiciones higiénicas; el rector aporta los siguientes datos estadísticos:

A)    En el decenio 1858 (fundación del Colegio) 1868. Alumnos ingresados 132; muertos en el Colegio o antes de llegar a su patria, 10. En el decenio 1921-1931. Alumnos ingresados 517; muertos 10.

B)     De 1858 a 1893, o sea en los primeros 35 años; alumnos ingresados 502; muertos 25. De 1896 a 1931 (últimos 35 años). Alumnos ingresados 1094, muertos 19.[97]

Se queja el rector de los obispos, pues se han intentado hacer todas las reformas posibles para mejorar las condiciones del Colegio, con un gasto enorme, siendo que «Los Ordinarios que tienen alumnos aquí, deben al Colegio cerca de medio millón de liras del año 1930-31.»[98] El rector Huarte piensa que los 150 jóvenes que están ahora en el Colegio, se encuentran en la edad más crítica, vienen de países de climas muy diferentes al romano, con costumbres muy distintas y «algunos de poblaciones conocidas como físicamente débiles, creer, digo, que no se verifiquen casos de tuberculosis, es quizá demasiado. También en los otros Colegios de Roma se verifican cada años casos similares.»[99]

Y otra cosa que ocurre también, según el rector, es que, mientras en los otros Colegios Romanos pueden enviar a los seminaristas a sus casas en cuanto se ponen malos, en el Pío Latino no es posible debido a la lejanía de la patria de los muchachos, lo costoso del viaje y ocurre que los alumnos del Pío Latino mueren en el Colegio, mientras que los otros mueren en sus casas. El rector termina su carta pidiendo al cardenal Bisleti, prefecto de la S. C. de Seminarios, que exija a los obispos latinoamericanos mandar a los alumnos con un certificado médico de buena salud y que también los manden con el dinero suficiente para pagar el viaje de regreso, en caso de que éste sea necesario, pues –opina el rector– no tener ese dinero ha ocasionado muchos sufrimientos.

Además de lo anterior el padre Huarte quizá también alarmado ante la seriedad de los casos de tuberculosis, que impresionaron a todos los habitantes del Colegio, pidió una explicación escrita, para mandar a la S. C. de Seminarios, al médico ordinario del Colegio, el doctor Tacchi Venturi que dio su opinión sobre los casos. El facultativo dice:

El suceso a mí no me pareció extraordinario, porque por más de 40 años [soy] médico del Colegio, conservando un recuerdo perfecto, no vi jamás transcurrir año escolar sin observar entre los alumnos casos de enfermedad tuberculosa; y fue siempre mi estudio y preocupación descubrir los primerísimos indicios para alejarlos del Colegio y repatriarlos. Los RR. PP. Superiores han siempre recomendado a los Excmos. Obispos que la elección de los jóvenes recayese sobre los sanos y robustos. En estos últimos años fue más rara la llegada de jóvenes con la enfermedad en actividad evolutiva, pero existen aquellos que aparentemente sanos, en buena salud aun revisados técnicamente, conservan en su organismo la disposición, la cual al correr del tiempo podrá o no, dar origen a la enfermedad. Condiciones de ambiente desfavorable a la salud no existen en nuestro Colegio que, a preferencia de algún otro de Roma, responde a las más rígidas exigencias de higiene. Fue siempre provisto de grandes y escrupulosas desinfecciones de los locales al mismo tiempo habitados por tales enfermos (raspado de las paredes, lavado de suelos y muebles con líquidos desinfectantes). Por el género de vida, por la comida, los alumnos se dicen satisfechos de cuanto a ellos se les suministra; y como me ha dicho recientemente V. R., informado por algunos de ellos comparado con la comida que tenían en el Seminario de sus países, resultó siempre a favor de nuestro Colegio, ya sea por cantidad o por calidad. Las horas de escuela y estudio no impiden a los alumnos dedicarse a ejercicios deportivos compatibles con su estado y en las vacaciones de verano que pasan en Montenero, encuentran el mejor medio para revitalizar el organismo. Si a pesar de esto tenemos que deplorar que algunos se enferman de tuberculosis pulmonar, ello no es debido a causas extrínsecas removibles, sino inherentes a constituciones orgánicas débiles sin medios naturales de defensa no resistentes a causas nocivas. Para ver en el porvenir disminuido el número, es necesario exigir que los nuevos alumnos lleguen provistos de un certificado médico comprobante, por cuanto es posible, de una buena salud.[100]

Otra opinión, la del doctor Borromeo, profesor de patología médica de la Universidad de Roma, aporta, finalmente, las conclusiones a las que llegaron superiores y médicos y fue también enviada al cardenal Bisleti:

¡Grande es la pérdida física, moral y económica! ¡Las reparaciones se imponen! El joven de enviarse a Roma debería ser sometido a una revisión cuidadosa, también con análisis radiológicos, que puedan poner en evidencia focos patológicos clínicamente no apreciables; y del joven debería recoger las memorias, directas e indirectas, y la herencia familiar; y el médico designado a cumplir esta tarea de profilaxis, debería pedírsele de extender una constancia precisa de las condiciones físicas del candidato.[101]

En medio de estas dificultades, el Colegio hizo cambio de rector; el 8 de septiembre de 1932 se hacía cargo de la dirección del mismo el padre Ángel Lino Tomé,[102] que estando al corriente de los sucesos narrados anteriormente, extremó el cuidado de la salud de los alumnos; se les proveyó a todos ellos de una capa de paño para protegerse del frío y de la lluvia, se ordenó que todos los alumnos pasasen visita médica periódica para prevenir la enfermedad que había puesto en guardia a todos y se trataron de suprimir los juegos que parecían demasiado agitados, aunque en este último punto no se logró convencer del todo a los alumnos de dejar los juegos acostumbrados en sus países; pero los superiores hicieron todo lo que estuvo en sus manos para evitar los brotes de tuberculosis.

Con todas esas medidas, la mortalidad disminuyó y durante el rectorado del padre Tomé, en cuyo periodo 1932-1937, sólo hubo que lamentar la muerte de un alumno.[103]

1. 4. 3. Aniversarios gozosos

Tres fechas fueron especialmente gozosas para los alumnos mexicanos del Pío Latino Americano: el 12 de diciembre de 1931, celebración del cuarto centenario de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe, el 21 de noviembre de 1933, 75º aniversario de la fundación del Colegio Pío Latino Americano y el 12 de diciembre de 1933 declaración de la Virgen de Guadalupe como Patrona de América Latina.

1. 4. 3. 1. El 12 de diciembre de 1931

Para la primera ocasión, con gran entusiasmo de todos los alumnos, «la fiesta de México, se tornó entonces la fiesta de América.» Se preparó un novenario solemne. Durante el tríduo celebraron la misa los padres generales de los Dominicos, Jesuitas y Franciscanos, respectivamente.

El 12 de diciembre celebró la eucaristía el cardenal Secretario de Estado, monseñor Eugenio Pacelli. Por la tarde, en la velada literario musical, asistieron los cardenales Ehrle y Laurenti; varios miembros del cuerpo diplomático acreditados en el Vaticano y algunos padres generales de órdenes religiosas; hubo discursos, poesías y cantos. El día 13, el cardenal Rossi, secretario de la S. C. Consistorial, celebró una solemne misa pontifical. Por la tarde se rezó un solemne rosario que terminó con una bendición con el Santísimo dada por el cardenal Buenaventura Cerretti[104] y se cantó el Te Deum. Para inmortalizar tan sentidas celebraciones, el arzobispo de Guadalajara Francisco Orozco y Jiménez, regaló un hermoso mosaico[105] para el ábside de la capilla del Colegio, con la aparición de la Virgen a Juan Diego.[106]

1. 4. 3. 2. El 21 de noviembre de 1933

La segunda fue la celebración de los 75 años de fundación del Colegio. Se preparó con un tríduo iniciado el día 18 de noviembre de 1933; a dicha fiesta llegaron ex alumnos de todos los países de habla española. Se celebraron con toda solemnidad las eucaristías; la del día 21 fue presidida por un ex alumno bienhechor del Colegio, el arzobispo de Guadalajara, monseñor Orozco y Jiménez, con la asistencia de colegios y comunidades religiosas de Roma. Se descubrieron dos lápidas conmemorativas; una con los nombres de los cinco Pontífices protectores del Colegio: Pío IX, León XIII, Pío X, Benedicto XV y Pío XI . La otra con una lista de cuarenta y cuatro benefactores.[107] En ocasión tan solemne, se recogían los frutos del Colegio:

En los 15 lustros de vida entre una población total de 1658 jóvenes, 438 han recibido el Doctorado en Teología; 209 en Derecho Canónico; 430 en Filosofía. Más el mérito y la gloria insigne del Colegio es el haber dado a la América Latina una falange de sabios y celosos obispos. Desde el primero, consagrado en 1871 por el mismo Pío IX, Monseñor Montes de Oca y Obregón [México], hasta el último, Monseñor Villarreal[108] (México) electo en estos días, son ochenta y dos los sagrados Pastores que recibieron en el Pío Latino su formación parcial o total.[109]

Se cerraron estas fiestas con una audiencia concedida por el Papa Pío XI a los profesores y alumnos del Colegio el día 25 de noviembre. «Después de saludar el Santo Padre a todos los alumnos con su propia mano, ya en su trono recibió del más pequeño del Colegio un rico Tesoro Espiritual. Después de un afable y paternal discurso dirigido a padres y alumnos, impartió su bendición apostólica.»[110]

1. 4. 3. 3. El 12 de diciembre de 1933

La tercera celebración, muy significativa para todos los mexicanos, fue la solemne proclamación de la Santísima Virgen de Guadalupe como Patrona de América Latina y las Islas Filipinas.[111] Las fiestas, sin precedentes en Roma, se realizaron de la siguiente manera: monseñor Orozco y Jiménez obtuvo la gracia del Papa Pío XI de coronar pontificiamente, dos días antes de la fiesta jubilar, la histórica imagen guadalupana pintada por el oaxaqueño Miguel Cabrera[112] y que había sido presentada al papa Benedicto XIV; dicha imagen estaba, y aun lo está, en custodia con las Visitandinas de Roma. El capítulo vaticano generosamente quiso pagar la corona de oro y la imagen fue solemnemente coronada el día 10 de diciembre de 1933 en la iglesia jesuita del Gesú por el arcipreste del capítulo vaticano y Secretario de Estado, el cardenal Eugenio Pacelli.[113]

Después de la coronación el arzobispo de Guadalajara, Orozco y Jiménez celebró una misa pontifical. El tríduo solemne se cerró con una eucaristía celebrada por el obispo auxiliar de Morelia, Luis María Martínez. La celebración principal se llevó a cabo en la basílica de san Pedro. En la gloria de Bernini, sobre el altar de la Cátedra de san Pedro, se colocó la imagen de María de Guadalupe; asistió el Papa Pío XI, y en un paternal gesto de condescendencia, pidió al arzobispo de Guadalajara, Orozco y Jiménez, que había sido el alma de dicho patronato, que presidiera la celebración eucarística:[114]

Algo inusitado y sin precedentes con que Dios y el Sumo Pontífice retribuían la fe mil veces probada del Episcopado, Clero y pueblo mexicanos, en la persona del ínclito Arzobispo de Guadalajara.[115]

Los alumnos del Colegio tomaron parte activa en estas celebraciones gozosas.

1. 4. 4. La reforma de los estudios

Con la reforma de los estudios emprendida por el Papa Pío XI a través de la constitución apostólica Deus scientiarum Dominus[116] del 14 de mayo de 1931, al igual que a todos los seminarios, para el Pío Latino, se planteó la manera de adaptarse a las exigencias que la Santa Sede pedía a los seminarios con el fin de ponerse a la altura de las universidades civiles. El primer curso en el que la Universidad Gregoriana funcionó según las prescripciones del la Deus scientiarum fue inmediatamente el curso de 1932-1933. Los cambios hechos en filosofía y teología repercutieron necesariamente en los alumnos del Pío Latino. Se fundaron también las facultades de historia eclesiástica y de misiología en la Gregoriana.

En 1934 los padres jesuitas del Colegio enviaron una carta a los obispos latinoamericanos exponiendo los cambios efectuados: las condiciones de admisión exigían que todos los alumnos que vinieran al Colegio, debían traer:

Un certificado médico de buena salud para garantizar que podrían superar el clima romano y las fatigas del estudio.

Debían garantizar también que podían pagar la pensión al Colegio y traer el dinero necesario para su viaje de regreso.

Traer un certificado de los estudios hechos, con notas obtenidas.

Según el nuevo orden de estudios, para quien debía estudiar filosofía:

Se requería: Haber hecho el curso de humanidades superior que comprendía: latín, griego (gramática, sintaxis e historia literaria), álgebra y trigonometría, química y biología.

El alumno que no estuviese en tales condiciones debía hacer un año propedéutico en la Universidad Gregoriana, para ponerse al día.

El curso filosófico, para quien no aspiraba a un grado académico duraba dos años, para doctorado eran necesarios cuatro; tres para el prolitato y dos para bachillerato. Hecho el segundo año, el alumno podía iniciar la teología aunque no hubiese obtenido el bachillerato.

Para la teología se exigía: además de las humanidades, dos años de filosofía y haber aprobado los exámenes regulares en lógica, cosmología, psicología, crítica, ontología, ética, teodicea e historia de la filosofía.

El curso teológico académico, que antes se llamaba «mayor», se desarrollaría en 5 años, después de los cuales se podía obtener el doctorado; la licencia se podía obtener después del cuarto año, el bachillerato, al final del segundo.

Para quienes no aspiraban a los grados académicos, había un curso llamado «seminarístico», el antiguo «menor», que se realizaba en cuatro años.[117] Todos estos avisos fueron mandados a las distintas diócesis latinoamericanas para que tomaran las medidas convenientes.[118]

Estos cambios, fueron trayendo una mejora en el nivel de los estudios y se fue notando poco a poco, también en las diócesis mexicanas, pero también trajo como consecuencia que el número de alumnos que llegaba a conseguir el doctorado, bajara. Aunque, como sostiene el padre Medina Ascensio en su Historia del Colegio Pío Latino Americano: «…su título de Licenciados podía equipararse al antiguo Doctorado que antes se obtenía.»[119] Además, una dificultad grande para obtener el doctorado era que no se disponía de tiempo para realizar una tesis escrita, presentarla y defenderla en la Universidad; eso significaba al menos uno o dos años más de permanencia en Roma, y las necesidades de las diócesis mexicanas, no podían permitírselo.

1. 4. 5. Algunas dificultades

Muchas naciones latinoamericanas, se habían beneficiado de la buena formación dada por los padres jesuitas en el Pío Latino y estaban agradecidas. Los obispos mexicanos en especial, se mostraban contentos de los resultados obtenidos y lo manifestaban abiertamente con elogiosas expresiones: «cuidados paternos», «abundantes frutos», «grandes esfuerzos para formar santos y apostólicos sacerdotes», etc.;[120] sin embargo, no faltaban contrariedades. Un obispo colombiano, de la diócesis de Manizales, en agosto de 1937 se lamentaba de la situación del Colegio; el propio general de los jesuitas, el padre Ledóchowsky salió en defensa de la institución. Entre las quejas hechas por el prelado colombiano, nuevamente estaba la higiene del Colegio. En la respuesta del padre Ledóchowsky, otra vez, se tomaba el mismo argumento ya expuesto hacía unos años:

Los alumnos, efectivamente de este Colegio provienen de climas diferentísimos, además de que en la gran mayoría, a juicio de los médicos, son de una constitución física defectuosa, la cual, como es de notar, no puede no reflejarse en la parte moral, con tendencias pronunciadas al sentimentalismo y a la inconstancia.[121]

En cuanto a la formación espiritual, el padre Ledóchowsky aseguraba que nada venía descuidado y que si había algo que observar era que abundaban, quizá demasiado, los triduos y novenas, y que algunas funciones litúrgicas eran un poco largas. En cuanto a la disciplina, se aseguraba que los padres formadores eran religiosos edificantes que por sus virtudes ejercían un influjo saludable sobre los alumnos. Además aseguraba que no eran muchos los Colegios que tenían un personal tan capacitado como el que trabajaba en el Pío Latino Americano; aunque el padre Wlodimiro reconocía: «Con esto no decimos que no existan ahí defectos a enmendar y progresos a realizar, pero por esto no se puede decir que un Colegio vaya mal.»[122]

1. 4. 6. La visita apostólica de 1938

De todas formas, el Colegio Pío Latino Americano, recibió una visita apostólica del 13 de marzo al 13 de abril de 1938.[123] Las amplias observaciones realizadas por el encargado de ejecutarla nos permiten conocer en detalle la situación de este importante centro de formación del clero en vísperas de la segunda guerra mundial. Realiza la visita monseñor Alberto di Jorio.[124]

1. 4. 6. 1. Los formadores

Los formadores encargados de la dirección del Colegio, en 1937, eran el rector, vicerrector, director espiritual, cuatro prefectos y tres hermanos coadjutores. El rector, era el padre Emanuele Porta S. I.,[125] romano, de 34 años, nombrado por el mismo prepósito general de la Compañía; según el visitador era un religioso observante, de ejemplar piedad sacerdotal, muy estimado de superiores y alumnos. Asumió la rectoría el 22 de agosto de 1937, en un momento delicado del Colegio, pues la anterior dirección del padre Ángel Lino Tomé S. I. había sido rigurosísima[126] y su dureza e inflexibilidad habían causado mucho malestar, especialmente en los alumnos sacerdotes que se habían sentido tratados como niños. En cambio el padre Porta se mostraba equilibrado y prudente.[127]

El vicerrector era el sacerdote argentino Giuseppe Macagno S. I., de 56 años, que al visitador no le pareció el más apto para dicho cargo pues parecía un hombre semidormido, frecuente-mente encerrado en su celda, a veces introvertido, a veces impulsivo. Por eso, el rector le parecía muy cargado de trabajo, pues su vicerrector no siempre estaba disponible.[128]

El visitador advertía que en los Colegios que atiende la Compañía no existían los diputados tridentinos, sino que la misma comunidad de religiosos actuaba como consejera en los asuntos de mayor importancia; aquí había cuatro padres que cumplían religiosamente su deber de aconsejar al rector en asuntos relevantes.[129]

El director espiritual del Pío Latino era nombrado usualmente por el provincial de la provincia romana de los jesuitas. Desde 1932 hasta la fecha (1938) este cargo lo llevaba el padre José Nemesio Guenechea, de 65 años. A juicio del visitador, era un buen religioso, con mucha experiencia, versado en dogmática y ascética, fuerte de carácter pero caritativo; estaba siempre a disposición de los alumnos. A veces se exaltaba con algunas noticias sobre política, pero nada de sustancial, puesto que superiores y alumnos estaban contentos con él.[130]

Confesores en el Colegio había varios ordinarios, que vivían en el Colegio, al menos cuatro, y como extraordinarios, los alumnos podían recurrir a otros padres que vivían en casa o a los profesores de la Universidad Gregoriana, como solía ser lo habitual.[131]

Los prefectos: el Colegio estaba dividido en cuatro cameratas y al frente de cada una de ellas, se ponía un prefecto, ayudado por uno o dos viceprefectos, todos escogidos entre los mejores alumnos. Según la opinión de monseñor di Jorio, tanto prefectos como viceprefectos bajo la vigilancia del rector, aportaban una eficaz cooperación a la actividad desarrollada por los superiores. Los prefectos de la 1a, 2a y 3a cameratas eran sacerdotes y aun el viceprefecto de la 1a, donde estaban los grandes, era también sacerdote. Los demás eran clérigos todavía no ordenados. Los prefectos se quejaban de que su trabajo en casa les reducía el tiempo de estudio y recordaban, lamentándose, de tiempos pasados, donde la vigilancia de las cameratas era también tarea de los Escolásticos de la Compañía de Jesús. Una de las dificultades que veía el visitador era el elevado número de alumnos en cada camerata, pues tenían un promedio de 40 alumnos por cada una y eso dificultaba la vigilancia.[132]

1. 4. 6. 2. Los alumnos

Había 164 alumnos y monseñor di Jorio declara que pudo hablar con 162. Los jóvenes, para ser aceptados en este Colegio, se debían ajustar a las normas dadas por el Papa Pío X el 19 de marzo de 1905 en sus Letras Apostólicas Sedis Apostolicae[133] que pedían para entrar:

Alumni legitimo matrimonio nati et valitudine bona sint, et non deformi corpore. Ad haec voluntatem praeferant exploratam sacerdotalis ineundae vitae, ac non vulgare ingenium discendi studio coniunctum; nec minus eorum debet disciplinae amor et integras morum constare.[134]

También recordaba el visitador que el documento citado disponía que, normalmente no vinieran aceptados, sino aquellos que estuvieren en grado de probar con documentos que podían ser admitidos a los cursos superiores, o sea de filosofía y teología.[135]

El visitador subrayaba que los encargados de seleccionar a los alumnos que entraban al Colegio Pío Latino eran directamente los obispos, los cuales deberían mandar a jóvenes escogidos, pero, –se lamentaba– desgraciadamente, esta norma generalmente no era entendida por los ordinarios. Se recomendaba que los candidatos para entrar al Colegio tenían que estar en condiciones de comenzar la filosofía o la teología; los superiores, después de muchos años de experiencia desaconsejaban mandar alumnos ya ordenados presbíteros, porque no se adaptaban a la disciplina del Colegio.

Los padres jesuitas insistían para que los obispos mandaran sólo jóvenes sanos y robustos, ya que no era fácil adaptarse al clima romano y a la intensa vida de estudio y oración; además, se había venido pidiendo el certificado médico, pero no todos los obispos hacían caso de este requisito. Los alumnos que llegaban al Colegio eran sometidos a un control médico y cada alumno tenía su ficha clínica. Desgraciadamente las condiciones físicas de los alumnos no siempre eran muy resistentes[136] «sea porque algunos traen consigo síntomas de enfermedades locales o hereditarias o sea porque no a todos se adapta el clima inconstante y un poco húmedo de Roma.»[137] Por su parte, –observa mons. di Jorio– los superiores habían buscado prevenir las enfermedades con disposiciones oportunas, como una sobrealimentación, o dando a los alumnos una buena capa de paño de lana para preservarlos de las improvistas variaciones del frío en el invierno. En el último trienio no había habido muertes en el Colegio, sólo dos alumnos habían sido enviados a su país porque tenían tisis. Tampoco había habido expulsados.[138]

Era necesario tener en cuenta en este Colegio –precisa el visitador– que los alumnos presentes en este momento (1938) pertenecían a 15 distintas naciones, que mañana podrían ser 22. Aunque se podía admitir una base étnica común, era inevitable que existiesen entre los diferentes grupos, ciertas fricciones más o menos sensibles, que sólo el sentimiento religioso y una dirección sagaz podían atenuar o eliminar. En opinión del visitador, esta unión era más difícil de lograr cuando aun estaban presentes los brasileños (que habían dejado el Colegio en 1934); desde entonces parecía que la disciplina había mejorado.

Pero habría que tenerse en cuenta la composición del personal que formaba el Colegio; aunque el expreso deseo del Papa Pío X había sido que, de todas las diócesis de América Latina hubiese al menos un estudiante en el Colegio, muchas diócesis no lo tenían, y otras por ejemplo Guadalajara, tenía 28. Lo mismo se podía observar si se hacía un recuento por Estados:

…algunos están completamente ausentes como las Republiquetas de América Central: algún otro, aun políticamente importante, es anémico: Chile con 13 diócesis, tres alumnos; Perú con 10 diócesis, cinco alumnos. Al contrario, México con 32 diócesis, tiene 86 alumnos.[139]

Por eso, según opinión del visitador, se va a otro exceso, pero explicable dadas las condiciones de México, ya que la formación eclesiástica en muchas diócesis mexicanas era por lo menos anormal; y el número habría aumentado de no haber sido abierto el Seminario de Montezuma en los Estados Unidos. De esta realidad nacía una consideración elemental: la mitad de los alumnos del colegio estaba constituida por mexicanos:

Ahora entre Mexicanos y otros pueblos de América Latina le ha parecido al Visitador –a deducirlo de sus observaciones personales a través de los coloquios con los jóvenes– haya notabilísimas diferenciaciones, a comenzar de aquellas somáticas: un Mexicano se distingue netamente a primera vista, porque tiene rasgos notablemente más indígenas.

A esto naturalmente corresponden también las características del espíritu: el Mexicano es tranquilo, sometido, tímido, casi pasivo; al contrario el Argentino por ejemplo es vivaz, y siente de sí del punto de vista personal, como del nacional.[140]

Por eso, monseñor di Jorio sostenía que en el mismo Colegio había climas muy diversos entre sector y sector y podía crearse un clima de incomprensión y sospecha entre los mexicanos y los argentinos, especialmente, pero en su conjunto, según pudo observar, había un espíritu suficientemente cordial, que era la expresión de la caridad reinante. Le parecía al señor visitador que en este Colegio el nacionalismo no adquiría una nota excesiva, quizá como en otros colegios romanos.

Opinaba también que los latinoamericanos, provenientes en su mayoría de países calientes, «tienen una índole emotiva: impresionables, volubles, afectivos, sujetos a simpatías, estrechan fácilmente amistad, pero los Superiores vigilan para prevenir e intervenir a tiempo.»[141] Por otro lado los superiores habían asegurado al visitador, que no había más que decir sobre este tema.

1. 4. 6. 3. La piedad

Las oraciones de la mañana y de la tarde se recitaban, en común o por camerata, en la capilla. Para facilitar la oración a los alumnos cada uno tenía un Enchiridium precum, en italiano y latín, y con un poco de castellano. Cuando los brasileños estaban en el Colegio, para evitar rivalidades, las oraciones se decían en italiano o en latín. Después de la separación, la lengua italiana había sido substituida por la española, bien sea en las oraciones como en las exhortaciones, con un cierto mal humor por parte de los viejos padres italianos de la casa. Por las tardes, se preparaba la meditación en la capilla, que se hacía todas las mañanas después de la misa, durante media hora, cada uno por su cuenta, sobre un libro escogido con el consejo del padre espiritual. Se hacía de rodillas y el visitador pensaba que quizá sería oportuno adoptar un sistema mixto, para no cansar a los alumnos sin motivo suficiente; es decir, una parte de rodillas y la otra como cada uno quisiera. En los días de fiesta el director espiritual daba una exhortación en lugar de la meditación. Los alumnos que no estaban obligados a rezar el Oficio Divino, tenían en la capilla lectura espiritual, en común durante quince minutos; aquellos que tenían órdenes menores, podían hacerla privadamente.[142]

El examen de conciencia, se hacía en común dos veces al día, antes de la comida y al final del día y según mons. di Jorio, con fruto. Durante la semana y por turnos se asignaba un tiempo a cada camerata para las confesiones; también los alumnos podían ir libremente durante el día al cuarto del director espiritual. Pero, observa el visitador, «dado que con una comunidad tan numerosa podrían surgir inconvenientes, para charlas extraordinarias los jóvenes dejan un billetito al padre espiritual; cuando agregan: ‘urgente’ tienen prioridad sobre otras peticiones.»[143] Por otro lado todos los alumnos podían escoger con mucha libertad a su confesor ordinario y aun si pedían uno extraordinario, fuera del Colegio los superiores no se mostraban contrariados; muchos se confesaban con los profesores de la Universidad Gregoriana.

Los alumnos participaban cada día de la misa y comulgaban también a diario. Hacían dos veces al día, en comunidad, visita al Santísimo, después de la comida y después de la cena; y algunos varias veces al día, privadamente. Los alumnos in sacris tenían la buena costumbre de recitar parte del breviario en la capilla.

Cada año había ejercicios espirituales con una duración de seis días completos, después de las vacaciones de otoño; se solían concluir el sábado después de la fiesta de Cristo Rey; cada mes había un retiro espiritual.

Especial relieve tenían en el Colegio la devoción a María, gracias a la Congregación Mariana que funcionaba los domingos; por lo demás –observa el visitador– «la devoción a la Virgen en los países de América Latina es popularísima.»[144] La devoción al Papa también era inculcada, ya que todos los días se hacían oraciones en común por el santo padre y se pedía también por sus intenciones; y, cuando era necesario o se presentaba la ocasión en conferencias o exhortaciones: «se mantiene vivo el sentimiento de filial devoción.»[145]

También el visitador informaba que en el Colegio había una asociación misionera, que buscaba recoger todo cuanto había disponible para enviarlo a las misiones; existía además un pequeño museo misionero. Cada alumno, antes de regresar a su patria regalaba un objeto al fondo de las misiones; objeto que era comprado por otros compañeros y el dinero se empleaba para la propagación de la fe. Además «mantienen también un chinito en el Seminario.»[146] Y, según opinaba el visitador, especialmente en este campo, entre los alumnos había una emulación muy edificante.

1. 4. 6. 4. La disciplina

El seminario tenía su propio reglamento que, según la declaración del visitador: «… se remonta a los inicios de la fundación del Colegio y con algunas modificaciones es el que está vigente todavía. Tanto en el origen, como en su forma actual ha sido aprobado de los superiores de la Compañía de Jesús.»[147] Los alumnos lo debían conocer perfectamente ya que cada uno tenía un ejemplar y se leía varias veces al año en el refectorio. Pero había un problema disciplinar a juicio del visitador, pues según él, era un poco difícil que estos jóvenes dado su carácter se acusaran espontáneamente al superior de las transgresiones a la regla; aunque había ciertamente sus excepciones. «Pero existe un artículo (37)[148] que obliga a los alumnos a avisar a los superiores en los casos graves y si estos desgraciadamente fueran acertados no se deja de tomar oportunas y severas disposiciones.»[149] Observa mons. di Jorio que, no obstante que el rector es jovencísimo, todos los demás superiores y padres de la casa le tienen la máxima deferencia. A los alumnos se les inculcaba también ese espíritu de obediencia y de docilidad; le parecía al visitador que sobre este punto no había nada importante que subrayar aunque, recuerda que el pasado año:

…la disciplina –sobre este punto– dejó mucho que desear y propiamente de parte de los mayores, sacerdotes, casi a punto de regresar a la patria, pertenecientes a la primera camerata. Parece que eso haya dependido de un sistema rígido instaurado por el Rector del momento, P. Tomé, que habría alcanzado el efecto contrario: una reacción de los mayores que se sentían tratados como niños.[150]

Y, de los que pudo averiguar el visitador, no faltaron recursos de los obispos a la Santa Sede contra los métodos rígidos del padre Tomé. Porque los de la 1a camerata, o sea los grandes, cuya mayoría son sacerdotes, tienen cada uno exigencias distintas y piensa el visitador que el artículo 46 del reglamento,[151] que prohibe tener dinero a los alumnos, debe aplicarse con moderación cuando se trate de los alumnos sacerdotes que mañana tendrán que vivir en el mundo. El visitador cree que quitar completamente el dinero a los sacerdotes no responde a los fines de una sana educación; además las rigoristas disposiciones del pasado régimen provocaron un espíritu de intolerancia en las dos primeras cameratas y por ello de crítica y murmuración. Ahora es diferente pues los alumnos, que tienen confianza en el padre Porta, le expresan sus necesidades y éste busca, en cuanto es posible, contentarles.[152]

Con respecto a la prensa, a los periódicos y revistas que se leen en el Colegio, el visitador declaraba que cada camerata recibía todos los días el Osservatore Romano y que ningún alumno tenía permitido recibir o leer periódicos o revistas sin la aprobación del superior. Toda publicación que llegaba al Colegio pasaba por la censura del rector y, si a juicio de éste, podían ser leídas sin peligro, se distribuían a los alumnos sólo en los días de vacaciones. Además, anexa a la biblioteca existía una sala de lectura y consulta donde había muchos periódicos y revistas de varias partes del mundo, que los alumnos podían leer.[153] No se permitía a los alumnos, comprar periódicos; además como no tenían dinero, pues estaba prohibido, no podían hacerlo.[154]

Los recreos principales se tenían después de la comida y de la cena. A veces un paseo substituía el recreo de casa, si no, se hacía en el patio o en la terraza; además, los jueves por la mañana, los muchachos del Pío Latino iban como invitados al campo deportivo de los Caballeros de Colón para jugar al fútbol. Según el visitador, este juego era lo único que realmente podía fatigar a los seminaristas pero se les permitía jugar sólo por tiempo limitado. Otros juegos eran: el tenis, el baloncesto, la petanca, juegos que el visitador considera «siempre decorosos, [en] que los alumnos toman [parte] sin jamás quitarse el hábito talar y sin apostar dinero.»[155]

Para salir del Colegio, ya sea a la universidad o a los paseos, lo hacían en grupos de seis o de ocho. Si eran sacerdotes, po-dían ir solos con permiso del rector, pues eran los que estaban visitando bibliotecas para trabajar en sus tesis doctorales, siempre que no hubiera quien los acompañara. A monseñor di Jorio le parecía que imponer a los sacerdotes salir en grupo, era una medida exagerada; si la disposición se limitara a pedir que los sacerdotes salieran en grupos de tres, se podría lograr la misma finalidad, sin forzar excesivamente las cosas; pensaba que exigir demasiado en este campo dejaba en los alumnos recuerdos poco gratos.

Por otro lado el visitador creía que los paseos no estaban bien organizados. Los grupos se formaban en cada camerata a elección de los mismos alumnos: cada grupo iba a donde más le agradara, con la única limitación de evitar los lugares demasiado concurridos o mundanos. Al visitador le parecería conve­niente, que dejando a los alumnos una cierta libertad en agruparse, «fuese en los días de vacaciones, cuando el paseo dura también dos horas, asignada a cada camerata una indicación al menos genérica, por ejemplo santa Inés en la Nomentana.»[156] Y esto –según el visitador– para evitar que en algunos días festivos, no obstante las recomendaciones de los superiores, se vean grupos de seminaristas andar vagando por el Pincio o estorbando en los bancos del Gianícolo, además de que no se favorecía la vigilancia. Para monseñor di Jorio esta vigilancia era necesaria para evitar que los alumnos se entretuvieran en escuchar la música, «a la cual, por su carácter meridional, son muy atraídos, en lugares públicos, ya sea también al descampado, peor aun si fuese entre la gente.»[157] Encauzar los paseos, piensa el visitador, permitiría a los jóvenes una dirección más acorde con la educación eclesiástica y contribuiría en la formación de un espíritu verdaderamente romano, que «ama vivir la vida y los sagrados recuerdos de la vida Cristiana, de esta Alma Mater: el presente y el pasado.»[158]

Para los recreos dentro del Colegio tenían un patio, cerrado, tétrico, frío «muy poco adaptado para estos jóvenes, que sienten la necesidad de luz y de sol: algunas terrazas, libres, menos una sujeta a intromisiones y de la cual no se hace uso.»[159] Además, cada camerata tenía su sala de recreación, que en general las dimensiones no correspondían al número excesivo de alumnos.

Las salidas después de la cena no eran permitidas; rarísima vez asistían a alguna reunión de la Obra del Soldado o a alguna proyección cinematográfica, revisada por los superiores y proyectada únicamente para el Colegio; el visitador aseguraba que en el último año se tuvieron sólo una o dos proyecciones.

Se pudo comprobar que dentro de la casa, los alumnos tienen un comportamiento silencioso y recogido, y se piensa que aun irá mejorando el ambiente a medida que salgan los mayores que habían mostrado cierta indisciplina con el anterior rector.

Los chicos del Pío Latino pasaban las vacaciones en Montenero, Livorno en donde tenían dos villas: Bella Vista y Meyer con parques anexos, se encontraban a 25 minutos del mar y podían albergar a 170 alumnos, más los superiores y el personal de servicio. Durante los últimos tres años, una de las villas hospedó a los alumnos del Colegio Brasileño, unos treinta, pero a partir del año de 1938, el visitador dice que debían ocupar una casa distinta debido a que habían crecido en número.

De la información que el visitador pudo conocer acerca de la vida en las villas de vacaciones, supo que, antes de 1932 hubo inconvenientes porque algunos alumnos iban a dar catecismo en la parroquia de Montenero y ahí coincidían con un instituto femenino de educación dirigido por monjas y daban el catecismo hombres y mujeres mezclados; pero esto se organizó después de otra manera. Los superiores aseguraban que en estos últimos años no se habían dado inconvenientes. Los alumnos pasaban en la villa veraniega desde finales de julio hasta la mitad de octubre.

Estos alumnos no tenían ninguna ocasión ni posibilidad de hacer viajes extraordinarios, vacaciones distintas, de viajar sin la sotana, de frecuentar playas o baños. Durante su estancia en Livorno en vacaciones, –apunta mons. di Jorio– hacían los baños de mar, en un lugar apartado, escondido por los arrecifes y con todas las debidas medidas que impone la decencia ya que no tenían cabinas.

El visitador pensaba que, en cuanto a la disciplina del Colegio, no era conveniente tener cuatro cameratas tan llenas de alumnos; proponía hacer más divisiones para facilitar la vigilancia. Recordaba también en su informe, algunos hechos graves sucedidos en las vacaciones de 1933, en la villa de descanso, entre dos alumnos, un mexicano y un argentino; el primero fue expulsado y el segundo, perdonado y ordenado sacerdote puesto que se comprobó que fue víctima del otro. Además aseguraba que:

El padre Tomé, que en su rectorado ha estado asaltado de una excesiva rigidez, ha puesto en evidencia al Visitador, que para conocer y juzgar a estos jóvenes latinoamericanos, es necesario tener presente, que su carácter y sus inclinaciones están en correspondencia con el clima caliente de los países de los cuales provienen y que no siempre en los Seminarios diocesanos tuvieron precedentes laudables o ejemplos para imitar.[160]

La conclusión de monseñor di Jorio a este respecto, era que los obispos no tenían un concepto adecuado y claro de lo que debería ser el Colegio en relación a las necesidades de sus diócesis. Pensaba que los obispos que enviaban alumnos estaban movidos por motivaciones más bien secundarias: «no tienen presente que el Colegio es para una formación superior, espiritual e intelectual; en consecuencia algunas veces la elección deja que desear.»[161] Quizá las motivaciones secundarias a las que alude el visitador se refieran a la urgente necesidad de clero que tenían los obispos, a las escasas vocaciones, a los pocos medios y por lo tanto no se verificaba una selección exhaustiva de los candidatos. Los obispos miraban más a la urgencia pastoral que a la calidad de los seminaristas enviados. Por eso insistía que era necesario escoger prudentemente a los candidatos, los cuales debían dar posibilidades de esperanza certera; pedía que no enviaran jóvenes sacerdotes, que se adaptaban mal a la vida y a las reglas del Colegio; el rector, padre Porta, estaba convencido que, si debían llegar nuevos alumnos sacerdotes, serían acogidos en la casa sacerdotal, anexa al Colegio.

1. 4. 6. 5. El personal doméstico

El personal doméstico para atender el Colegio era de 25 personas. La dirección se encargaba también de la vida espiritual de los servidores con la misa y el rosario todos los días, catecismo semanal, explicación del evangelio los domingos y un retiro de preparación a la Pascua de tres días. Se ocupaba de ellos un alumno sacerdote que les recomendaba la confesión y comunión mensual. El servicio atendía: la portería, la cocina, la limpieza general de la casa. Los alumnos por su parte debían hacer la limpieza de sus celdas. Les estaba prohibido a los alumnos tener contacto con los sirvientes y el visitador aseguraba que esta regla se cumplía puntualmente. Lo que dejaba mucho que desear era la limpieza de estas personas del servicio en su conjunto porque, según convicción de monseñor di Jorio: era una cuestión ciertamente de cada individuo, pero, al tratarse de gente del pueblo, mal acostumbrada, no había mucho que hacer. En el semisótano del Colegio se encontraba instalada la lavandería mecánica atendida por ocho mujeres, a cuyo cargo estaba la sobrina de uno de los religiosos jesuitas y de la cual se hablaba muy bien. La comunicación entre el Colegio y la lavandería estaba cerrada habitualmente.

1. 4. 6. 6. Los estudios

Los alumnos del Pío Latino asistían a las clases de la Universidad Gregoriana y del Instituto Bíblico. Iban andando desde el Colegio, en grupos, por la mañana y por la tarde. Cada curso tenía un alumno encargado llamado bedel que tenía la responsabilidad del grupo, en cuanto a la disciplina y los estudios; se encargaba también de escoger cursos especiales, ejercitaciones prácticas, etc. Debía contarse necesariamente con la aprobación del rector que dentro del Colegio era tambien el prefecto de estudios, por eso el bedel presentaba la lista de su grupo para ser aprobada. Los alumnos participaban de todas las repeticiones públicas[162] de la Gregoriana y en el propio Colegio había dos repeticiones a la semana.

El visitador afirmaba que en este Colegio había una queja general de los superiores y de los alumnos por la falta absoluta de tiempo para estudiar convenientemente las disciplinas que aprendían en la Universidad. Esto se atribuía un poco a la excesiva cantidad de materias, pero otra causa era que la Universidad estaba lejos del Colegio. Para ir a la Gregoriana desde el Pío Latino, andando, se necesitaban 20 minutos que debían hacerse cuatro veces al día; una hora veinte minutos, sin contar el tiempo de preparación. Y, observaba mons di Jorio: «Se agregue que al regreso a casa por las tardes los jóvenes, también por un poco de distracción, toman el camino más largo –hacia el Pincio– y son al menos un par de horas al día que se pierden.»[163] Y el visitador pensaba que también los alumnos podían repasar las lecciones durante el camino, pero dado el movimiento de la ciudad, esto era prácticamente imposible y además era necesario tener presente que «se trata de muchachos latinoamericanos y no de alemanes; carácter y mentalidades que más difícilmente se concentran.»[164] Sería mejor, sugería el visitador, que los repetidores de teología les enseñaran un buen método de estudio, el uso de los apuntes escolásticos, etc. Además, en casa los alumnos, según pudo comprobar el visitador, no perdían el tiempo ni en dar vueltas ni hablar entre ellos, ni en escribir cartas o en lecturas extrañas o inútiles.[165]

El Pío Latino tenía un buen fondo de libros, cerca de 16,000 volúmenes, distribuidos en tres repartos de una única biblioteca. La biblioteca general, formada desde el comienzo del Colegio, estaba reservada a los sacerdotes, aunque los alumnos podían pedir libros al padre bibliotecario, y ésta tenía 12,000 volúmenes. Había también una sala de consulta para estudiantes de Biblia, teología y derecho canónico con 2,000 volúmenes. En la biblioteca general había un fondo llamado Biblioteca Americana que tenía carácter de cultura nacional, con 2,000 volúmenes y que podían consultar todos los alumnos. En el último trienio, según el visitador, la biblioteca había aumentado en unos 600 libros.[166]

Los alumnos presentaban exámenes semestrales y anuales y no eran dispensados de ellos sino por razones gravísimas, o sea enfermedades muy serias. También en el Colegio había academias con sus ejercitaciones y premios: la academia de Santa Teresa, para la lengua española, también había de retórica, de griego y de italiano. Los superiores trataban de incentivar el estudio con una sana emulación a través de premios anuales, basados sobre los resultados de los exámenes que se publicaban en un Efemérides anual. Se daban premios a la piedad y a la observancia de las reglas. El visitador estaba complacido porque los resultados en los estudios habían sido para el año escolástico de 1937: «78% óptimo, 21% medio y 1% negativo.»[167]

En cuanto a la liturgia, los alumnos eran instruidos de manera práctica en las funciones en las que debían tomar parte; también los que iban a ser ordenados in sacris eran enseñados a usar el Oficio Divino y a celebrar la santa misa.

En cuanto al canto eclesiástico, monseñor di Jorio informaba que en el Colegio había un maestro, que enseñaba canto gregoriano una vez a la semana y también se daba un premio anual al mejor alumno. Había una Schola Cantorum dirigida por un alumno que acompañaba las funciones litúrgicas en la Capilla del Colegio; además del canto gregoriano se enseñaba también música polifónica. Si algún alumno mostraba inclinación y deseo por el estudio del órgano o del armonio, un maestro laico daba clases en el Colegio desde hacía más de cuarenta años.

En tiempos de vacaciones, los alumnos tenían algunos estudios de ejercitación práctica, que no era posible hacer durante el curso escolar por falta de tiempo; se les daba cursos de catequesis, de teología pastoral, práctica de la administración de los sacramentos; semanas de estudio de sociología. A los teólogos se les ordenaba preparar una prédica, asignándoles antes el argumento que desarrollaban en la capilla o en el refectorio. Algunos daban catecismo a los niños de la Congregación Mariana, y en Montenero, a los alumnos de la parroquia y también en una pequeña iglesia rural; el visitador apunta que este ejercicio de verano normalmente se concluía con las primeras comuniones.

En cuanto a la Acción Católica, un sacerdote preparado daba un curso completo cada cuatro años de quince lecciones al año. Según el visitador hacía falta un curso administrativo sobre el manejo de los bienes de la Iglesia y un curso sobre la legislación civil nacional en materia eclesiástica; pero también agrega: «no sería posible con tanta diversidad de Estados.»[168]

1. 4. 6. 7. La urbanidad de los alumnos

Cada quince días los alumnos tenían una lección de urbanidad y según dijeron al visitador los superiores, los alumnos, en sus conversaciones se manifestaban educadamente evitando rudezas e inconveniencias. También en su porte, le parecieron todos decorosos, correctos y gentiles entre ellos y obsequiosos con los superiores. Algunos decían que en la Universidad Gregoriana «los alumnos del Pío Latino Americano pasan por [ser] los jóvenes más educados.»[169] Al visitador, los alumnos le hicieron una impresión, si no óptima sí discreta; aunque todo esto no corresponde con la opinión de algunos huéspedes de la casa que encuentran a los alumnos poco educados, pero el visitador observaba que: «son muchachos a veces un poco tímidos, especialmente los mexicanos, que topándose con un extraño se encuentran tal vez con la vergüenza de [tener que] saludar.»[170]

Por lo que respecta a la comida, monseñor di Jorio observa que se prepara para más de 200 personas; está fuera de duda que es abundante, a discreción y cuatro veces al día, aunque la limpieza podría mejorar. Y observa: «Estos muchachos no raramente provienen de pueblos medio salvajes, de familias pobres, y de climas calientes, que acostumbran al organismo a un nutrimento más limitado.»[171] Por lo que, siempre en opinión de monseñor di Jorio, es inaceptable que no se muestren satisfechos.

Los alumnos le parecieron al visitador bastante distinguidos en cuanto a su vestimenta; solo subrayaba que dentro de la casa, durante el invierno usaban una capa, innovación hecha por el padre Tomé, la cual no siempre estaba en condiciones decentes, y esto se explicaba porque se les asignaba una por cada alumno y les debía durar todo el tiempo de su permanencia en el Colegio.

1. 4. 6. 8. Las instalaciones

En cuanto al edifico del Colegio el visitador apuntaba que era un gran cuadrilátero que tenía todos los defectos de la época en la que había sido construido (1887), y se desahogaba:

Un cuartelón sin gusto y sin criterio; cuartos de una altura desproporcionada, suficiente para dos pisos; ausencia completa de una dirección racional para la vigilancia de un instituto de educación; cámaras en dos pisos visibles, uso de celdas, un solo patio en uso, tétrico como una cárcel. No tiene de bueno sino las terrazas, porque ahí, por buena suerte, el arquitecto no pensó quitar con un techo aquello que nos da el Señor: el sol. Este gran cubo, plantado ahí como el Ministerio de las Finanzas (es de la misma época y parece un hermano menor) es una gran mísera cosa, especialmente en su disposición interna y desde el punto de vista disciplinar.[172]

Para el visitador, lo único bueno del Colegio era la capilla; verdaderamente decorosa, amplia, con una nave central y dos pequeñas naves laterales, rica en mármoles y en pinturas; fue enriquecida gracias a la munificencia de un ex alumno, mons. Orozco y Jiménez,[173] arzobispo de Guadalajara, que había prometido hacer más cosas aun por el Colegio, pero que desgraciadamente había muerto.[174] Otra cosa que destacaba monseñor di Jorio, era el refectorio para 270 personas, grande, bien iluminado por un lucernario que al construirlo en una reforma, había inutilizado el patio de encima. Era además frío, un poco húmedo y los locales adyacentes, o sea la cocina, era sucia, semioscura y poco ventilada. Los domésticos que servían a la mesa poco atendían a la limpieza y a la higiene; cosa por lo demás –observa el visitador– común en todos los institutos.

Para los baños, que estaban colocados en el semi sótano del edificio, había 25 cabinas con ducha, algunas con bañera, que eran reservadas a los superiores. Los alumnos, por turnos de cameratas tomaban la ducha una vez a la semana; en verano, a veces más de una a la semana. El agua, según las necesidades, era calentada por una caldera de gasolina que servía también para la lavandería y la calefacción de la casa.

 En la planta baja se encontraban: las habitaciones de los huéspedes, habituales y extraordinarios, el comedor de los padres y de los huéspedes. A juicio del visitador, en esta planta la higiene también dejaba mucho que desear.[175] Habría muchos trabajos de reforma que emprender en el Colegio; cambiar pisos, blanquear paredes, barnizar puertas, «pero el defecto mayor está en los cuartos excusados. Malamente dispuestos, malolientes, sucios, arruinados; es el trabajo que se impone de absoluta necesidad; sería necesario también aumentar el número de 30 a 40.»[176]

Monseñor di Jorio aconsejaría vender el edificio y construir una nueva sede que respondiera a las exigencias del Instituto.[177] Pensaba que los alumnos ganarían muchísimo en un ambiente más sano. Ganaría la disciplina y los obispos confiarían más en mandar a sus alumnos.

Otra cosa que le pareció desproporcionada al visitador era que, si bien los alumnos pagaban una cuota anual para pagar la lavandería[178] la ropa de cama era cambiada ¡cada cuatro semanas![179] La enfermería del Colegio también le pareció vieja, sucia y con necesidad de reformas, especialmente sugería proveerla de baños nuevos. La cocina que tenía anexa la enfermería tenía una limpieza deficientísima. Un hermano coadjutor hacía de enfermero, y según la opinión del visitador, no estaría mal que se pusiera una bata blanca. Los alumnos estaban muy satisfechos del cuidado del hermano enfermero. «Como es claro, la higiene, en conjunto del Colegio, deja que desear y debe cuidarse de modo especial, dada también las predisposiciones físicas de los alumnos a la tuberculosis.»[180]

1. 4. 7. Los alumnos mexicanos en este decenio

Durante estos diez años, se inscribieron en el Colegio Pío Latino Americano 130 alumnos mexicanos procedentes de las siguientes diócesis: 35 de Guadalajara, 14 de México, 12 de Puebla, 9 de Veracruz, 7 de Monterrey, 7 de San Luis Potosí, 6 de Durango, 5 de Tepic, 5 de Tulancingo, 4 de Aguascalientes, 4 de Zamora, 4 de Chihuahua, 4 de Morelia, 3 de Tamaulipas, 2 de Antequera, 2 de Cuernavaca, 2 de Yucatán, 2 de Sonora, 1 de Chiapas, 1 de Chilpancingo, 1 de Colima, 1 de Huajuapan.[181]

Un alumno mexicano de ese tiempo, sacerdote de la arquidiócesis de Guadalajara, Antonio Gutiérrez Cadena,[182] recuerda su experiencia en el Pío Latino en los años de 1935-1945:

Me fue perfectamente. Lo mejor de los 20,000 jesuitas que tenían, estaban en Roma. Si se ponía uno listo, en la clase se aprendía la lección y si se distraía, se jorobó, porque no había tiempo de estudiar mucho, ya que el horario estaba todo cargado. Clases en la mañana, clases en la tarde y teníamos muy poco tiempo. Por ejemplo en segundo de teología teníamos, veinte minutos para estudiar, pero eran tan claros los profesores que eso bastaba. Me tocaron profesores notables, muchos: Carlos Boyer[183] que fue nada menos que el prefecto de estudios y ese fue el director de mi tesis, Filograssi,[184] Tromp,[185] Zapelena.[186] Una pléyade de grandes profesores; Arnou[187] que era un padre canadiense, luego Fuerst[188] que era norteamericano y muy listo. Un padre viejito alemán Mueller,[189] que nos daba Sagrada Eucaristía y el padre Lennerz,[190] otro alemán de primera clase. Todos autores de sus libros y luego en teología moral el padre Juan [sic] López, un español, Juan López y un alemán,[191] no me acuerdo cómo se llamaba, que daba su materia de teología moral, clarísimo. Sí, grandes profesores me tocaron. Bueno, la Compañía estaba bien, estaba fuerte.[192]

En cuanto a los problemas de que hemos hablado, sobre la disciplina, a este alumno le tocó la transición de rectorados; del padre Tomé al padre Porta y la visita apostólica de 1938; tiene el siguiente recuerdo de su Colegio en el cual estuvo 10 años:

…era una disciplina perfecta, perfecta. Pero mucha caridad, mucha hermandad, mucho orden, mucha disciplina. A nosotros nos tocó bien. Antes de nosotros hubo un tiempo malito, porque los alumnos se enfermaban mucho, no tenían una capa que después ya tuvimos nosotros. Los otros no tenían zapatos de hule, no más con su paragüitas y además, todos traían dinero y a cada rato comían lo que querían, fruta y todo y bebían agua y les hacía daño. Muchos se enfermaron de la pleura y se vinieron. A nosotros ya nos tocó distinto, ya había calefacción en los cuartos y todo. A nosotros nos tocó una época muy buena. Andábamos siempre en grupos de seis. De la Gregoriana al Colegio y del Colegio a la Gregoriana. Entonces el Pío Latino Americano estaba en la vía Gioachino Belli. Y ahí me ordené yo. Cuando yo llegué, el rector era el padre Tomé, Angelo Tomé y después estuvo un padre Giacomo [sic] Porta. Se me hace que después fue hasta cardenal [no lo fue]. Y después estuvo otro padre, en tiempos de la guerra; el padre Perioli. Nosotros sí teníamos trato con el rector y con un padre muy bueno, un argentino, se llamaba, ¿cómo se llamaba?[193] Había sido párroco en Argentina y después había entrado en la Compañía de Jesús y ese era el ministro, no me acuerdo cómo se llamaba el padre ese, muy listo, era poeta y muy juguetón. Y claro, había prefectos en cada camerata, yo por ejemplo, fui prefecto de la cuarta camerata.[194]

En vísperas de la segunda guerra mundial, los obispos hipano-americanos tuvieron la satisfacción de saber que los alumnos enviados a Roma estaban obteniendo buenos resultados en la Gregoriana; durante el curso de 1937-1938 el número total de alumnos que se matricularon en esa universidad fueron 2,316; el número total de los alumnos del Pío Latino Americano fueron 159. Entre los Colegios más numerosos se contaban el Germánico-Hungárico (124 seminaristas), el Francés (162 seminaristas) y el Norteamericano (159 seminaristas). Estos tres Colegios sólo habían obtenido una Summa cum laude ganada por un seminarista del Colegio Germánico.

Los seminaristas de los Colegios Pío Latino Americano y Español sostienen una tradición gloriosa. El curso 1936-1937 habían obtenido cinco y siete calificaciones de Suma cum laude respectivamente; siendo el número total de seminaristas de uno y otro seminario 159 y 162 respectivamente.[195]

1. 4. 8. El Pío Latino Americano y México

El servicio de formación realizado por el Pío Latino en favor de las diócesis de América Latina fue muy importante; especialmente en México. Dio la posibilidad de formar al menos a algunos sacerdotes en otra cultura y en contacto con las preocupaciones de las iglesias hermanas de Latinoamérica y junto al ministerio de Pedro. Pero precisamente este fenómeno por ser parcial acarreó recelos, suspicacias y envidias. Se sabía que los alumnos escogidos para ir a formarse a Roma «debían ser los mejores», los más capaces, los más piadosos e inteligentes. La selección competía al obispo que se apoyaba desde luego en el rector y sus colaboradores para escoger a los muchachos. Los escogidos que se formaban en el extranjero, en relación a los que se quedaban, eran poquísimos y a su regreso frecuentemente solían ocupar cargos importantes en las diócesis. Quizá el fenómeno se agudizó en las diócesis en donde se podían mandar grupos más o menos numerosos como Guadalajara, México o Puebla, pues al regresar les llamaban los «romanos», o los «piolatinos» y formaban un conjunto significativo. En cambio, en las diócesis que sólo podían mandar uno o dos alumnos de vez en cuando, este fenómeno no se dio como algo notable. Por ejemplo, Guadalajara, que pudo enviar grupos numerosos, resintió esta división del clero. Un integrante del cabildo de ese arzobispado, acusaba a su prelado, Francisco Orozco y Jiménez  el año de 1924 en estos términos:

Derrocha un fuerte capital sosteniendo en el Colegio Pío Latino a quince jóvenes, número mayor que el sostenido por cualquiera de las diócesis de la América, con perjuicio de la instrucción de los seminaristas, o de la juventud y la niñez de la clase humilde, o del remedio de tantas necesidades más de la Diócesis. Estimo que más bien reportaría a la Iglesia y la sociedad en el establecimiento de escuelas o talleres bien montados en donde se diera instrucción gratuita a los niños pobres y se les formara el corazón, que en unos cuantos laureados que vienen de Roma llenos de orgullo y a formar casta especial que va destruyendo la unión tan necesaria entre sacerdotes.[196]

Era verdad que se gastaban enormes sumas de dinero para la formación de los alumnos, aunque el arzobispo pensaba que no era derroche sino buena inversión sostener a la mayor cantidad de seminaristas posibles en esa institución que a él le había formado y dado tanto, como declaraba a cada paso; pero quizá lo que más molestaba a algunos sacerdotes de Guadalajara eran las preferencias que mostraba mons. Orozco por este grupo:

Procura y fomenta la división del clero al formar una casta especial con los formados por él en el Colegio Pío Latino y algunos favoritos, que más bien pueden llamarse simoníacos a lingua vel ab obsequio, con perjuicio de la justicia que se debe a sacerdotes ameritados por sus sufrimientos en el ministerio, o por larga vida en él, o por su saber, a quienes posterga por preferir a sus favoritos.[197]

Y estas preferencias del arzobispo, quizá se volvían más agudas pues los alumnos llegados del Pío Latino representaban una nueva generación, más preparada, más abierta, con otras maneras que, el «clero viejo» como ellos se autonombraban, no comprendía y sí reprobaba.

En Cabildo tenemos a dos del Pío Latino con unos cuantos años de ordenados, uno apenas contará diez. Ambos sin ministerio, porque luego que vienen de Roma se les ocupa en los puestos que hasta aquí habíamos visto destinados para sacerdotes de experiencia, de virtud bien probada y de ciencia.

Ni el título de laureados les puede valer, porque sin jactancia, tenemos sacerdotes de este mismo Seminario, o del antiguo clero, de ciencia mayor que los del Pío Latino.[198]

Además, el estilo era diferente e incomprensible para los sacerdotes mayores; para este canónigo, formado en austeridades casi militares no entiende por ejemplo que «El Rector del Seminario, Dr. D. J. Mercedes Esparza, siempre anda perfumado, ¿qué ejemplo para los futuros sacerdotes?» y aun más las orientaciones doctrinales que tienen estos sacerdotes jóvenes y recién llegados rozan, según el canónigo en lo intolerable, pero más siente que todo esto cuente con el apoyo del arzobispo.

El Dr. J. Mercedes Esparza en una conferencia ante más de cien sacerdotes y con asistencia del Prelado, dijo: «En la acción social, lo que primero ha de buscarse es lo temporal», y en efecto, observando bien la acción de estos sacerdotes, se ve marcada preferencia a lo temporal. Los del viejo clero creemos que no envejece aquello de Cristo: No sólo de pan vive el hombre, y así preferimos la acción que procura ante todo el pasto espiritual de las almas, teniendo como medio la acción que procura la felicidad y comodidad temporal en subordinación a la otra; jamás que lo temporal sea lo primero que se busque.Por este desatino mereció el Dr. Esparza muy grandes elogios del Prelado y nos dijo que no tenía otro sacerdote más sabio en su diócesis.[199]

Por su parte, el prelado, requerido por Roma, contesta a las pesadas acusaciones hechas por este canónigo, de la siguiente manera:

Manifiesta Ramírez un criterio no recto al afirmar que yo formo una casta especial en el clero, enviando alumnos al Colegio Pío Latino Americano de esta Ciudad, formando así división. Ciertamente en esta diócesis había la mayor aversión por este Colegio y por todas las nuevas disposiciones de la Santa Sede y del Código, y por eso me he dado prisa desde el primer año de mi Pontificado a mandar una decena de seminaristas y en seguida cada año tres o cuatro más, teniendo actualmente unos veinte, y otros tantos en la Diócesis de regreso. Son las esperanzas mías y de la Iglesia.[200]

Así que, con esta breve y contundente respuesta, el arzobispo responde a la Santa Sede e indirectamente a un miembro de ese cabildo metropolitano de Guadalajara, que ya en otras ocasiones había dado que hablar por su espíritu de pocas sumisión e independencia, además, quedaba claro que la esperanza de la renovación del clero tapatío, según declaraba el proprio ordinario, vendría de afuera.

Pero no todos los prelados actuaban de la misma manera con respecto a los sacerdotes que venían de Roma; por ejemplo, el arzobispo de Linares mons. Francisco Plancarte, cuando se encontraba en Chicago, a causa de la persecución, escribió en 1917 a su vicario el padre José Guadalupe Ortiz, futuro arzobispo de Linares lo siguiente:

Mucho me consuela el bien que hace con los ejercicios; lo único en que tendría algún reparo que poner es que esos ejercicios los da a niñas de los colegios un joven sacerdote que acaba de salir del Colegio [Pío Latino Americano] y no tiene ninguna experiencia. A los Doctores no hay que darles alas; fácilmente se suben y cuando se les quiere bajar, cabestrean: vale más comenzar por abajo y que hagan merecimientos para subir. Si para los hombres formales vale el adagio «entre santa y santo…. ¿qué será para jóvenes?[201]

En Morelia, también el arzobispo Leopoldo Ruiz y Flores, que había sido alumno del Pío Latino y había llegado bastante joven al episcopado, a los 35 años, tenía esta «política» para los alumnos que llegaban de Roma:

Tuvimos profesores muy sabios, por ejemplo el señor, don Fernando Ruiz, el señor Martínez, también fue profesor de este Seminario. Todos ellos eran muy sabios. Tanto que ¿sabe qué? En ese tiempo mandaban muchos de aquí a Roma. Mandaban cuatro o cinco o seis, pero cuando llegaban, no los levantaban mucho. Cuando llegaban, ordinariamente no los ponían en puestos claves, tanto que algunos que vinieron de Roma, tuvieron mejor que irse a otras diócesis.[202]

Los obispos debían actuar con prudencia para no sucitar envidias entre el clero de su diócesis; discernir el momento en que había que confiar cargos importantes a los sacerdotes formados en Roma. No sobrevalorarlos, no «levantarlos» antes de tiempo. Lo que era incuestionable era la calidad de formación que adquirían los «piolatinos».

Por su parte, los alumnos del Pío Latino estaban orgullosos de su formación y cuando se fundó el Seminario Interdiocesano de Nuestra Señora de Guadalupe, en Montezuma, Nuevo México, en septiembre de 1937, atendido también por los padres jesuitas, los obispos acordaron mandar ahí a sus alumnos. A partir de entonces al Pío Latino irían sólo unos cuantos, pero los ex alumnos tenían un alto concepto de la formación que habían recibido y pensaban que el nuevo seminario no era igual a «su Colegio»:

Eso fue para esquivar la persecución [la fundación de Montezuma] que había aquí; pero ahí mandaron ya profesores, diríamos, de segunda clase. Sólo había dos o tres que sí eran de primera. Ellos [los jesuitas] atendían allá a Roma. Lo mejor que tenían del profesorado en todo el mundo iba a dar allá.[203]

2. Seminaristas mexicanos en España

El 29 de junio de 1927, en plena persecución religiosa, desatada por la puesta en vigor de la «Ley Calles», el arzobispo de Puebla, mons. Pedro Vera y Zuria, escribía desde el destierro en Los Ángeles, California:

De México siguen viniendo tristes noticias. Muchos Estados han quedado sin un solo sacerdote, pues han sido aprehendidos, concentrados, expulsados a la fuerza o asesinados. En miles de hogares hay enfermos que miran helados de espanto, cómo la eternidad se les acerca sin tener un sacerdote a muchas leguas a la redonda.[204]

2. 1. Los obispos mexicanos solicitan ayuda a los obispos españoles

La vida de la Iglesia había quedado paralizada, los seminarios habían sufrido incontables atropellos. No era posible pensar en un espacio estable para formar a las vocaciones que, a pesar de la persecución, seguían llegando. El calvario de la Iglesia mexicana había sido acompañado por la solidaridad de otras Iglesias hermanas; entre todas, la Iglesia española se mostró siempre cercana y disponible. De los sacerdotes extranjeros que había en México, la mayoría eran españoles. La expulsión de éstos, de algún modo, sensibilizó aun más a los prelados españoles y así, antes de que se desatara la persecución de Plutarco Elías Calles, los arzobispos de España escribían una carta al arzobispo de México, José Mora y del Río, fechada en Madrid en abril de 1926.[205] Aseguraban que el clero y el pueblo español, estaban al lado de los obispos y católicos mexicanos para elevar una enérgica protesta en torno a los atentados incalificables con que los cristianos eran públicamente escarnecidos. Alababan también la fortaleza de un pueblo que sabía resistir puesto que:

Al lado de la persecución que con saña inaudita va buscando sus víctimas en las almas indefensas, está la admirable fortaleza y el abnegado heroísmo con que se ofrecen éstas en silencioso sacrificio que atraerá indudablemente las bendiciones del Señor sobre esa tierra, honrada en su glorioso pasado por tan santas y nobles hazañas.[206]

Y hacían votos para que Dios velara siempre por esa nación «digna de mejor suerte»[207] y para que amparase y protegiese a su «ejemplar Episcopado a fin de que continúe en la admirable fidelidad con que viene esforzando y alentando a todos sus hijos, para que con santa firmeza cumplan sus cristianos deberes mientras pasa esta nefasta persecución.»[208] Además se mandaba realizar un triduo de rogativas en la parroquia de San Jerónimo el Real de la Villa y Corte de Madrid, los días 10, 11 y 12 de mayo de 1926, haciéndose solidarios a través de la oración.[209]

Con esta preparación el episcopado y el pueblo español estuvieron sensibilizados con respecto a lo que pasaba en México. Cuando estalló la persecución de Plutarco Elías Calles, y se hizo insostenible la situación de los seminarios mexicanos, los obispos solicitaron al cardenal primado de España, Enrique Reig y Casanova,[210] la ayuda concreta para sus seminaristas. El cardenal Reig había sido nombrado legado papal para el Congreso Eucarístico Nacional de España, llevado a cabo en Toledo en octubre de 1926. Fue entonces, que encontró la oportunidad para reunir a todos los prelados españoles asistentes y hacerles presente el deseo de sus hermanos mexicanos. Celebrada la reunión, los obispos, unánimemente resolvieron:

             1.     Recibir en sus diócesis, mediante el pago de la pensión respectiva, los seminaristas mejicanos que designe el Emo. Cardenal Primado.

             2.     Ofrecer en la medida que consienta el estado de cada Seminario, alguna Beca gratuita a los que no pudiesen abonar la pensión señalada.[211]

 

Esta disponibilidad fue comunicada a la S. C. de Seminarios por el nuncio en Madrid, monseñor Tedeschini,[212] pero con un considerable retraso a causa de la enfermedad del cardenal Reig, ya que fue hasta junio de 1927 que el cardenal Bisleti recibía la decisión de los obispos. Éste contestaba al nuncio Tedeschini: «Con viva y profunda complacencia he tomado nota de tales disposiciones mediante las cuales los Ordinarios de España vienen en ayuda de sus Cohermanos de México.»[213] Así, el camino entre México y España se abrió para recibir a los seminaristas que tuvieron la oportunidad de ser enviados por sus obispos. Como es lógico, se escogió a los seminaristas que daban mayores esperanzas de ordenarse y también a los que estaban en los últimos años de su formación.

Las diócesis mexicanas empezaron a mandar seminaristas: Guadalajara, Puebla, Tepic, Linares, Yucatán, Zamora, etc. En España las diócesis que recibieron alumnos mexicanos fueron: Toledo, Madrid, Lugo, Urgel, Mondoñedo, Palencia, Huesca, Pamplona, Badajoz, Córdoba, Cuenca, Segorbe, Vitoria, Sigüenza, Orihuela y Valencia. Se calcula que los seminaristas que estuvieron en España durante el periodo de la persecución de 1927 a 1930 fueron unos 400.[214]

Los periódicos oficiales de las diócesis españolas recogieron esos momentos de solidaridad con sus hermanos católicos perseguidos: fue como una preparación para acoger a los seminaristas que no tardarían en llegar a incorporarse a los seminarios españoles. Son notas llenas de calor y de emoción. La persecución religiosa en México había tenido un interés especial en todo el mundo, quizá porque el gobierno establecido se había mostrado groseramente burdo e intransigente con las creencias de la mayoría del pueblo que gobernaba y esto era publicado en la prensa internacional, pero también por el cuidado con el que los Pontífices rodearon la conflictiva situación de esa iglesia particular. Los católicos en el mundo, sabían lo que pasaba en México. Así expresaba el periódico eclesiástico de la diócesis de Vitoria, una función solidaria en favor de los católicos mexicanos:

Vitoria católica, como un solo hombre, respondió al llamamiento de su Prelado[215] que le invitaba a unir oración y acción por sus hermanos queridísimos que padecen persecución en Méjico, pedazo del solar español. Y el domingo 30 de enero [1927] lo mismo en la parroquia de San Miguel para la comunión general de la mañana y la función de desagravios por la tarde, que en el Teatro Príncipe para el mitin del medio día, fueron muchísimos los que demostraron con su presencia y su plegaria y su aplauso de aprobación a los oradores qué compenetrados estaban con los de allende los mares, y cuánta parte tomaban en sus penas.[216]

Los actos duraron todo el día; misa, rosario, desagravios, sermones apologéticos y un «mitin» en el teatro al cual asistió el obispo Múgica. Hubo tres oradores que hablaron de México:

…la del águila real posada sobre una roca [sic] con una serpiente entre las garras; la de la bandera tricolor, verde blanca y roja por su independencia, por su fe y por su sangre americano-española; la conquistada a Cristo por la predicación del Evangelio, donde desgraciadamente se ha despojado a la Iglesia de sus derechos.[217]

Esta preparación sin duda sirvió para sensibilizar a la población que, llegado el momento, se volcó con los seminaristas. Podemos adivinar tras cada historia de los muchachos expatriados, el sufrimiento por dejar patria y familia y sobre todo tener que dejarla en ese caos.

Cuando los prelados mexicanos, muchos en el exilio, supieron de la acogida favorable a su solicitud, se alegraron. En su destierro, el arzobispo de Puebla, Pedro Vera y Zuria, escribió:

Noticia consoladora es que el Primado de España, Eminentísimo Señor Cardenal Enrique Reig Casanova, acogió con verdadero entusiasmo la iniciativa de fundar un Seminario[218] para mexicanos en España. Ha manifestado […] que no sólo aprueba y bendice la obra, sino que prestará todo su apoyo, «pues responde admirablemente, dice, a nuestra tradicional obra de amor a la Iglesia y a la fraternidad cristiana que nos une a las repúblicas que nacieron a la civilización y al cristianismo por obra de nuestros héroes y de nuestros misioneros. Y ahora es cuando debe mostrarse el amor a la Religión y el amor a nuestros hermanos los católicos de México, inicuamente perseguidos por causa de su fe.»[219]

2. 2. Calurosa acogida a los seminaristas mexicanos

A Puebla llegaron estas noticias recogidas en su boletín oficial eclesiástico el año de 1927; se refieren a una expedición compuesta por 27 seminaristas de la diócesis de Tepic, Nayarit. En marzo de 1927 tuvieron que abandonar el seminario por la persecución, mientras su obispo, Manuel Azpeitia y Palomar, emigraba a la ciudad de Los Ángeles en Estados Unidos. La noticia recogida dice que los seminaristas:

Luego de ocho meses de intranquila estancia familiar, pudo el Obispo anunciarles la partida para España de los que tuvieran esa ejemplar decisión. Los seminaristas mejicanos nombraron agradecidos al Presbítero turolense D. Tomás Lozano,[220] a quien deben que se les haya resuelto favorablemente los pasos adversos de la salida de México y trámites difíciles del viaje.

La expedición que llegó a Vigo el 7 de enero, luego de 9 días de mar, desde Nueva York, se ha repartido entre los seminarios de Lugo, Urgel, Mondoñedo, Toledo, Palencia, Huesca, Pamplona, Valencia, Orihuela, Badajoz, Córdoba, Cuenca, Segorbe.[221]

Así llegaban a destinos diferentes, distribuidos según las posibilidades de cada seminario y según también el número de becas de las que se podían disponer, puesto que los obispos españoles, una vez que aceptaron recibir alumnos mexicanos, promovieron entre sus fieles la creación de becas. Invariablemente la acogida fue muy fraterna:

El recibimiento de los Colegiales del Seminario les ha conmovido dicen, llegando casi a olvidar la lejana patria. Efectivamente, los nuevos compañeros han sido objeto de atenciones delicadas y cordiales, que dicen mucho en favor de los seminaristas valencianos. Además de iniciar una colecta para comprarles los libros, les ofrecen de lo que puede disponer un interno: fruta, fiambres, dulces…[222]

2. 3. La experiencia del seminario de Guadalajara

El rector del seminario de Guadalajara, José Merced Esparza, en su informe rectoral de 1930, narraba el periplo que tuvieron que hacer los seminaristas a causa de la persecución:

Empezaba el año 1925- 1926 […] inscritos ya 291 alumnos, se formalizaron las clases y demás prácticas del Seminario; sólo que, desprovistos de casa y de aulas, por ende, los templos y sacristías de la ciudad y las huertas de los suburbios, nos proporcionaron generoso albergue. Así corrió el año 1925 – 1926 concediéndonos el Señor finalizarlo con unos exámenes que podría decir, nada dejaron por desear. El total de examinados fue de 261 y ordenados sacerdotes 11.[…]

Siguió el año escolar 1926-1927. Este año el Seminario debía gustar las mismas amarguras que gustaba la Iglesia, tropezar con las mismas dificultades con que ella tropezaba. Inscritos 347 alumnos, empezaron las clases, no ya en los templos y sacristías sino en casas privadas y esto apenas por dos meses, al cabo de los cuales, por disposición superior, los latinistas y filósofos suspendieron sus labores, quedando solamente los teólogos, quienes en número de 84 y en varios grupos, cada uno de estos bajo un superior, proseguían sus estudios fuera de la ciudad, en Ranchos más o menos distantes. ¿Quién pudiera pintar aquí, con la viveza de la realidad aquellos cuadros sublimes de virtud heroica de nuestros seminaristas en aquellos días? Pero ni aún así fue posible terminar aquel año. En los primeros días del mes del marzo de 1927, decretaba nuestro Ilmo. Prelado, movido por las circunstancias, la dispersión de esos pequeños grupos. Y podemos decir que, a partir de esa fecha, estaba en suspenso la vida de todo el Seminario; uno o dos pequeños grupos confiados a algún sacerdote que desde su escondite cuidaba de ellos en lo posible y nada más, Dios, sin embargo operaba en el interior de estos jóvenes y los vigilaba y seguramente que entonces fue cuando iba preparando y fortificando a varios de ellos para las grandes pruebas, para los sacrificios supremos. Firmes en su vocación, solicitaron al fin del año y obtuvieron examen 64 y ¡Quién lo creyera! Fueron ordenados sacerdotes 10. ¡Siempre el buen Dios con sus seminaristas!

Llegaba el tiempo en que debería dar principio el año escolar 1927 – 1928; las gravísimas dificultades continuaban y así parecía imposible reanudar cualquier trabajo; pero Nuestro Señor que veía los buenos deseos de nuestros jóvenes y que estaba dispuesto a ayudarlos, les abrió el camino de una manera por completo inesperada.[223]

La manera inesperada llegó a través de un sacerdote español de la diócesis de Monterrey, Enrique Tomás Lozano, «cuyo nombre debe figurar entre los beneméritos de la Iglesia Mexicana»,[224] –en opinión del rector del seminario tapatío– ya que él fue quien gestionó y obtuvo de los obispos españoles el que recibieran en sus seminarios un buen número de seminaristas mexicanos. Y, dice el padre Esparza: «así fue como en noviembre de 1927 partieron para dichos Seminarios diez de nuestros jóvenes.»[225] Los seminaristas mencionados fueron a parar a Vitoria; y las manifestaciones de cariño y solidaridad que se hicieron ahí fueron en verdad generosas, por eso afirmaba el rector:

¡Quién pudiera referir aquí el cariño y generosidad con que fuimos recibidos y tratados siempre! Aquella ternura del Sr. Obispo de la diócesis, el Excelentísimo Dr. D. Mateo Múgica y Urrestarazu, quien más de una vez, conmovido hasta las lágrimas, nos manifestó su amor a México, su admiración por él, sus sentimientos verdaderamente paternales para con aquellos pobres estudiantes a quienes no sabía negar cuantas gracias se le pedían! Aquellos cuidados del Comité Pro-México[226] a los cuales también respondió la ciudad de Bilbao y aún de los lugares vecinos.[227]

Fue tan eficiente la caridad del obispo de Vitoria que poco después de llegado este grupo de diez seminaristas, monseñor Mújica hizo un ofrecimiento al arzobispo de Guadalajara monseñor Francisco Orozco y Jiménez, consistente en una casa y medios económicos para poner un colegio en su diócesis con los seminaristas que se pudieran mandar. Se decidió enviar a 23 teólogos que tuvieron por profesores y superiores a dos sacerdotes de Guadalajara. La aventura que ellos vivieron quedó registrada en una crónica manuscrita que se conserva en la biblioteca del seminario de Guadalajara.[228]

La experiencia se realizó de la siguiente manera: en enero de 1928, el sacerdote José Toral Moreno,[229] comisionado para hacer los preparativos pertinentes, enviaba al presbítero José Miguel Alba, encargado provisional del Seminario en Guadalajara, un cablegrama desde Bilbao, avisándole que podían salir luego tanto los seminaristas, como el Padre que los debería acompañar. El padre Ignacio de Alba,[230] nombrado por el arzobispo, rector del seminario en España, salió por orden del mismo, para Laredo, Texas, a conferenciar con el padre Enrique Tomás Lozano Flores, a quien se debía en gran parte la traslación a España de una parte de ese seminario.[231]

Así, el 26 de enero de 1928 salía para la capital de México, el primer grupo de seminaristas que debía embarcarse. El día 28 salía de Guadalajara el segundo grupo. El día 31 de enero se ultimaban los trámites de arreglo de pasaportes. El 1 de febrero salían de México a Veracruz los 21 alumnos del seminario de Guadalajara a los que se unieron otros dos al día siguiente. El día 3 embarcaron en la nave Alfonso XIII rumbo a La Habana, Cuba a donde llegaron el día 5. Fueron hospedados en la casa noviciado de los padres Salesianos. Al día siguiente embarcaban muy temprano y el día 9 de febrero fueron recibidos en Nueva York por el rector del seminario J. Merced Esparza, quien les ofreció una comida y les exhortó a aprovechar la oportunidad de ir a España para continuar los estudios eclesiásticos: «Les recomienda que estudien la Geografía y la Historia de España: ‘que se hispanicen’ y así serán mejores mejicanos; y que sean perfectos en toda línea. – A la una y treinta levó anclas el barco. –»[232]

El día 11 de febrero, finalmente salían rumbo a Bilbao a donde llegaron el día 23 después de una agitada travesía y de tocar La Coruña, Gijón y Santander. Fueron recibidos con cariño y entusiasmo por los miembros del comité «Pro-México» y llevados a instalar en una casa provisional. Después, por la tarde, al santuario bilbaíno de Nuestra Señora de Begoña para dar gracias del viaje. Ahí se reunió una gran cantidad de clero y fieles para expresar su cariño y solidaridad a la Iglesia Mexicana en las personas de los seminaristas tapatíos. El 27 de febrero de 1928 iniciaban las clases impartidas por los sacerdotes encargados: el padre José Toral impartía teología dogmática y Sagradas Escrituras y el padre Ignacio de Alba la teología moral. El día 4 de marzo empezaban a funcionar las academias de latín y de literatura castellana.[233]

Pero esta experiencia que tuvo tan buena acogida y estuvo arropada por muchos católicos generosos, no dejaba de ser una «limosna» y estaba marcada también por la estrechez. Los alumnos llegaron a resentir las carencias. Las crónicas de esos días veladamente lo dan a entender: «Se nota en algunos algún descontento originado principalmente por escasez pecuniaria. Se les aclaran los puntos.»[234] La aclaración de puntos no pudo consistir en otra cosa que constatar la realidad.

Con esa austeridad continuó la vida de este trasplante del seminario de Guadalajara en Bilbao. Los padres encargados solicitaron a los padres jesuitas que nombraran al padre Joaquín Ibáñes del Ibero,[235] director espiritual del seminario y les fue concedido en los primeros días de marzo de 1928; fue muy querido por los seminaristas.

Es curioso observar que, mientras la mayoría de obispos se mostraban preocupados por las costumbres de sus seminaristas cuando estuvieron en Estados Unidos, prevenidos contra su estilo de vida, ya que no querían que los alumnos se «america­nizaran», sin embargo, cuando estuvieron en España, vieron como naturales, costumbres muy alejadas de los mexicanos como por ejemplo que los propios formadores ofrecieran a los alumnos en días especiales, cigarros, vino en la comida, una copita de licor, etc. Quizá también en eso consistía el consejo del rector Esparza: «que se hispanicen.»[236]

El curso, siguió adelante como se pudo, y terminó el sábado 28 de julio de 1928, continuando con los exámenes. El cronista anotaba escuetamente la sencillez del acto: «Se verifican los exámenes privados de Dogma y Moral formando el tribunal los PP. Toral y de Alba quedando en un solo acto examinados de ambas asignaturas.»[237] Pero no se renunció a tener los exámenes públicos, así que se llevaron a cabo del 6 al 10 de agosto, escogiendo a los mejores alumnos para sustentarlos, e invitando a distintas personalidades del lugar: bienhechores, sacerdotes, amigos. Y las vacaciones, no podían haber sido más austeras; en casa, con paseos a la playa de Santurce, a visitar los lugares ignacianos, Loyola, Manresa, visitas constantes al santuario de Begoña y paseos a las montañas cercanas.[238]

El 5 de octubre de 1928 llegaba a Bilbao un nuevo grupo de seminaristas tapatíos; eran 22 nuevos alumnos que venían a engrosar las filas del seminario en el exilio. El arzobispo de Guadalajara, Monseñor Orozco y Jiménez informaba al papa Pío XI de su seminario fraccionado en tres partes: 33 alumnos se encontraban en el Pío Latino Americano de Roma, 48 alumnos en España, gracias a la benevolencia de los prelados españoles, y 150 alumnos en Guadalajara, estos últimos estudiando humanidades o filosofía, llenos de penurias a causa de la persecución religiosa. Debido a esto, lo más triste era que los alumnos no podían llevar vida común; era imposible, pues el gobierno civil hacía continuas perquisiciones y si descubría que eran alumnos de un colegio eclesiástico, podían ir a la cárcel. Por eso, las clases se daban en casas particulares, esto se tenía que hacer con mucho sigilo, entrando por turnos maestros y alumnos para disimular y así evadir a la policía. Por este motivo el arzobispo Orozco suplicaba al papa dispensar de las sabias normas de la Iglesia que mandaban vivir a todos los seminaristas bajo el mismo techo.[239]

Las angustias en México no tenían fin. Al menos en Roma y en España los seminaristas de teología podían estar a salvo y continuar con sus estudios. Por su parte la S. C. de Seminarios contestó al prelado serenando sus ánimos y dándole confianza en el porvenir: «…no debe preocuparse demasiado V. I. de esta forzada derogación de la ley: el Señor pensará a suplir con su gracia la deficiencia que podría seguirse en los estudios y en la formación.»[240] Por eso, los seminaristas «españoles», aunque con sus dificultades económicas, estaban en un ambiente sano, estable, que les permitía concentrarse en su formación y prepararse para desarrollar su ministerio en México. El curso de 1928-1929 se llevo a cabo con normalidad. El 12 de julio de 1929, las crónicas de este seminario de Bilbao anotan:

Viernes 12, Misa cantada de 1a en acción de gracias por la terminación del año escolar y el comienzo de los arreglos de la cuestión religiosa en Méjico (Te Deum). Después de la Misa telegrama cable del Sr. Orozco ordenando se embarquen los Pbros.[241] El 16 en Santander. Grande sorpresa y emoción.[242]

Este era el principio del fin del seminario de Guadalajara en Bilbao. Después de los arreglos de 1929, se consideró que ya no tenía sentido permanecer en España y no se inició el curso de 1929-1930. Los alumnos regresaron a la patria con la esperanza de encontrar tiempos mejores.

2. 4. La formación en los seminarios españoles

Muy someramente, unas cuantas noticias sobre la situación de la formación en los seminarios españoles de este periodo de 1925-1930, al menos para darnos una idea de lo que recibieron los 400 alumnos que estuvieron durante la persecución.[243] Parece que la situación de los planteles españoles a finales del siglo XIX no era muy halagüeña:[244] en cuanto a lo material, predominaban los edificios viejos, conventos readaptados, incómodos, antihigiénicos, sin capacidad de aceptar a todos los alumnos, por lo que había muchos alumnos externos. En cuanto a los superiores, se opinaba que: «son rarísimos los que reúnen las dotes necesarias de un verdadero superior.»[245] La razón era que había pocos sacerdotes capacitados para la formación o también un exceso de cargos en la misma persona. «En la mayor parte de los seminarios no había directores espirituales estables, los confesores poco seleccionados; los profesores escasos, inestables, pluriempleados, poco remunerados, poco competentes, sin interés por las clases, poco ejemplares como sacerdotes y con escasa respetabilidad, etc.»[246] La solución a un estado tan lamentable vino providencialmente de un hombre: Manuel Domingo y Sol[247] que inició una labor de cuidado y fomento de las vocaciones eclesiásticas a través de los Colegios de Vocaciones de San José y con la fundación de la Hermandad de Sacerdotes Operarios en 1883 para el cuidado de dichos colegios. Poco más tarde, a petición de algunos obispos asumieron la dirección de varios seminarios diocesanos, tomando a su cargo la dirección religiosa, administrativa y disciplinar de los planteles.[248]

El acierto del sistema formativo de los Operarios Diocesanos consistió sobre todo en una formación integral, apuntando a la disciplina sin permitir que la enseñanza, que dejaban a los sacerdotes diocesanos, interfiriera en una vida ordenada. Rompie­ron la diferencia social de trato entre los alumnos, fueran ricos o pobres; impusieron una sola mesa que antes no se tenía. Los superiores trabajaban de común acuerdo, en equipo, diríamos hoy, apuntando todos a la formación de los seminaristas. Se tuvo mayor cuidado en la selección de los candidatos. Se dio primacía a lo espiritual. La labor de los Operarios Diocesanos, a la larga supuso una revolución en la vida de los seminarios españoles. A ellos se debe también las primeras iniciativas de la pastoral vocacional en España: campañas, colectas, oraciones por las vocaciones, folletos, literatura vocacional, revistas, etc.[249]

Cuando los seminaristas mexicanos llegaron a las diócesis españolas, los seminarios ciertamente habían mejorado con respecto a la situación que había a finales del siglo XIX, gracias a la ardua labor de Mosén Sol y de sus Operarios, sin embargo se seguían arrastrando cargas del pasado.

Una idea de cómo se encontraban los seminarios españoles en el periodo que estuvieron los alumnos mexicanos la podemos encontrar en una carta que el nuncio en España, mons. Tedeschini escribió el 24 de noviembre de 1932 a nombre de la S. C. de Seminarios dirigida a los obispos españoles. Dicha carta respondía a la solicitud de una prórroga hecha por el cardenal Vidal y Barraquer[250] en nombre de los metropolitanos españoles a las disposiciones que reiteradamente había dispuesto dicha S. C. con respecto a los seminarios de España.[251] Monseñor Tedeschini, después de gestionar la prórroga, respondió a nombre de la S. C. de Seminarios diciendo lo siguiente:

1º La Sagrada Congregación reconoce que en estos momentos de gravísimas dificultades[252] no es posible llevar a efecto las disposiciones relativas al mejoramiento económico de los Seminarios, y en particular al aumento de la asignación de los Profesores; pero desea y espera, no obstante, la Sagrada Congregación que cada Ordinario haga cuanto esté en su mano para atender a las crecientes necesidades de su proprio Seminario.

2º Comprende así mismo la Sagrada Congregación que las dificultades económicas impiden por el momento la total supresión de los alumnos externos y de las vacaciones fuera del Seminario, debiéndose, sin embargo, tender a dicha supresión de alumnos externos, a la abolición de las vacaciones, durante el curso escolar, fuera del Seminario, y a la reducción de las excesivas vacaciones estivales, en la medida de lo posible.

3º debe proceder sin demora a la supresión de la diferencia de trato, dentro del Seminario, de los alumnos pobres y ricos, a cuyo efecto deben desaparecer la llamada segunda mesa y los alumnos fámulos;[253] y en caso de imposibilidad de sostener el suficiente número de criados, podrán encargarse algunos servicios a todos los alumnos indistintamente, según turnos previamente establecidos por los Superiores.

4º Quedan en todo vigor las disposiciones de dicha Plenaria [de la S. C. de Seminarios del 28 de agosto de 1929] concernientes al mejoramiento de los estudios, en particular del estudio del latín y de la lengua nacional, así como el número de horas de clase, que no será nunca inferior al de 20 semanales, y a la duración del curso escolar, que deberá ser por lo menos de nueve meses.[254]

En esas condiciones, pues, estuvieron los seminaristas mexicanos a la vigilia de cambio de régimen político, pues la monarquía caería el 14 de abril de 1931 para dar paso a la II República. Pero, después de los arreglos de 1929, empezaron a salir de España para incorporarse en México al curso 1929-1930 en la creencia de que la paz había llegado.

3. El Seminario Interdiocesano de Nuestra Señora
de Guadalupe en Montezuma, Estados Unidos

La fundación de un seminario interdiocesano para México llevó una larga preparación y los porqués de la decisión que tomaron los obispos, se encuentran seguramente en el contexto histórico de los años posteriores al gobierno de Plutarco Elías Calles. Hemos visto como después de los arreglos, no hubo soluciones de fondo al problema religioso, porque ninguna ley de las que habían puesto a los católicos en jaque, había sido modificada; quedaba todavía una etapa más en las persecuciones a la Iglesia Católica y esta se libraría en el campo de la educación pública, pero afectaría esencialmente a la formación del clero.

3. 1. Los gobiernos después de los arreglos

La Iglesia gozó poco tiempo de paz, tan sólo unos dos años después de los arreglos de 1929. Durante la administración interina del presidente Emilio Portes Gil, se convocó a elecciones presidenciales para concluir el periodo que él había iniciado a raíz de la muerte de Álvaro Obregón; fue elegido Pascual Ortiz Rubio,[255] quien contendió contra el prestigioso político José Vasconcelos, este había hecho una gira que pareció un plebiscito nacional. La razón de su fracaso, habrá que buscarla en los archivos del servicio secreto estadounidense, cuyos agentes trabajaban para lograr la elección de Ortiz Rubio.[256] Después de conocer el resultado de las elecciones, –manifiestamente fraudulentas– Vasconcelos huyó al extranjero; se instalaba en la presidencia un desconocido político, Pascual Ortiz Rubio, con un margen de victoria de 20 a 1.

Entonces el influjo del ex-presidente Plutarco Elías Calles estaba en todas las decisiones del gobierno; en la sombra actuaba el Jefe Máximo como poder real, por lo que a este periodo de la historia de México se le conocerá como el Maximato. Calles hizo y deshizo a su antojo en los ministerios y en las decisiones del gobierno.

Los obispos en estos años de 1929 a 1931, buscaron ajustarse al gobierno en todo lo posible, según lo pactado en los arreglos, facilitando las cosas para lograr una paz de fondo, condenando a los católicos opuestos al modus vivendi, así como a todo movimiento armado que utilizara pretextos religiosos; se ambicio­naba la paz.

En febrero de 1932 el delegado apostólico Leopoldo Ruiz y Flores publicó una pastoral condenando todo recurso a la violencia.[257] Durante los meses siguientes los obispos multiplicaron las cartas pastorales prohibiendo a los sacerdotes y a los fieles mantener relaciones con el resto de los aun rebeldes cristeros; querían evitar una nueva insurrección que presentían podía ser más violenta. En la práctica, el asesinato de Obregón, el 17 de julio de 1928, había sumido a México en una crisis política constante que se alargaría hasta 1937. Calles desconfió de Ortiz Rubio, a quien manipuló a su placer y lo quitó del gobierno quizá porque temió un golpe de Estado, así que lo obligó a dimitir el 3 de septiembre de 1932, remplazándolo inmediata­mente por el general Abelardo Rodríguez,[258] que fue elegido por aclamación en el Congreso. Éste hombre millonario que había levantado su fortuna administrando aduanas en California, no fue tratado por Calles mejor que Ortiz Rubio. Como era lógico, al llegar a la presidencia Abelardo Rodríguez quiso sacudirse la tutela del patrón, pero sus ministros, todos, seguían las órdenes que Calles les dictaba en privado, antes de pasar por la Cámara; pero al menos pudo terminar su mandato hasta el final del plazo marcado el 30 de noviembre de 1934. Tanto Abelardo Rodríguez como Pascual Ortiz Rubio, se vieron presionados por una situación económica grave originada por razones nacionales e internacionales: la minería y la agricultura estaban en total desorden, el crack financiero de 1929 afectó profundamente a la emigración mexicana; entre 1930 y 1934 fueron deportados de Estados Unidos más de 400,000 mexicanos, el peso mexicano se vino abajo devaluándose en un 50% respecto al dólar; esto provocó pasar de la moneda acuñada en metales preciosos al papel moneda que el pueblo se negó a aceptar causando gran descontento contra el gobierno.[259]

Pero Calles era un hábil político que había creado bases para mucho tiempo y que sabía sortear las crisis. Los gobiernos de Obregón y Calles buscaron dar una prioridad absoluta a la construcción de una economía capitalista moderna, sin embargo, la dependencia del petróleo y la minería, como base de la economía y la recesión económica zarandearon fuertemente la novel estructura y así los años 1927 a 1933 fueron de carestía quedando al descubierto la debilidad de la economía nacional.[260]

Se había gestado también algo nuevo; durante el maximato; la proclamación por parte de Calles del fin del gobierno de «caudillos» trajo un desplazamiento hacia las instituciones; con la fundación del nuevo Partido Nacional Revolucionario (PNR) a principios de 1929,[261] se estaban dando los rieles estables al país para deslizarse por una hegemonía de partido oficial que gobernaría ininterrumpidamente hasta el año 2000 con el nombre de Partido Revolucionario Institucional a partir de 1946. Surgieron muchos inconvenientes, es verdad, pero esta mediada dio una estabilidad política de la que se carecía desde 1911 y por lo tanto ofreció posibilidades de crecimiento en todos los órdenes. Habrá que lamentar que los artífices del Estado Mexicano moderno hayan excluido todo aquello que oliera a católico, dejando una laguna impresionante en las leyes, las instituciones y las personas.

El 30 de noviembre de 1934, el general Lázaro Cárdenas del Río tomaba posesión de la presidencia de la República, obviamente con el permiso de Calles. Empezaba una nueva etapa política y social para México y desde luego, más conflictos para la Iglesia. Cárdenas tenía una estricta formación militar y todos sus cargos giraron en torno al ejército con excepción de dos breves interinatos en la gubernatura de su estado, Michoacán, del 11 de junio al 2 de julio y del 3 de agosto al 15 de septiembre de 1920; en esa experiencia contaba con sólo 25 años de edad. Más tarde fue gobernador de Michoacán, cargo que asumió el 16 de septiembre de 1928 y que ejerció con dos breves ausencias.[262] Después de cumplir su mandato como gobernador, fue designado como jefe de operaciones militares en Puebla y luego como secretario de Guerra y Marina. Renunció a este último puesto, que por aquel entonces era uno de los más importantes de México, para aceptar la candidatura de su partido a la presidencia de la República. Cárdenas había sido desde joven un fiel seguidor de Calles; se reconocía como su discípulo, cosa que seguramente agradaba a Calles y por eso no obstaculizó su carrera política, aunque, de algún modo Calles no dejó de menospreciarlo y Cárdenas, al final, no lo perdonó.[263]

El ideario político y social de Lázaro Cárdenas se fue gestando en su experiencia como militar y como gobernador de Michoacán; tuvo inequívocos tintes populistas, pero tampoco se puede ignorar que intentó una política de masas que favoreciera a los más pobres del país ¿astucia política? ¿oportunismo? ¿coherencia con la realidad social del país?; los medios utilizados, en muchos casos, resultaron discutibles. Sus campos de acción serán: educación, régimen agrario, organización de obreros y campesinos y el fomento del civismo, pero le interesó especialmente la educación, pues llegó a comprender el enorme poder que podían tener los maestros como sacerdotes laicos que podían penetrar en la conciencia popular. Cárdenas, al igual que otros gobernantes mexicanos buscaron adherirse a un jacobinismo extremo e ideologizado que bajo el pretexto de «liberar al pueblo de toda opresión», la emprendían contra la Iglesia Católica, combatiéndola sin tregua. Cuando fue gobernador de Michoacán (1928-1932) hizo que el Congreso local decretara que en el Estado sólo podría haber tres sacerdotes en cada uno de los once distritos en los que fue dividida la entidad. Michoacán tenía tres diócesis: Morelia, Zamora y Tacámbaro y la misma ley prohibía o no permitía que algún sacerdote ejerciera funciones episcopales.[264] También los maestros, los agraristas junto con algunas mujeres, inflamados por el clima anticlerical y la propaganda que hacía el gobierno, organizaron vergonzosos actos vandálicos de agresión contra los católicos.

Cuando Lázaro Cárdenas se vio postulado como candidato a la presidencia de la República, elaboró, junto a expertos y técnicos del gobierno, un Plan sexenal cuyos principios deberían guiar su gestión. Ese plan se dividía en diez secciones que eran consideradas como las grandes áreas del gobierno: agricultura y fomento, trabajo, economía nacional, comunicaciones y obras públicas, salubridad pública, educación, gobernación, ejército, relaciones exteriores, hacienda y crédito público y obras de construcción para las comunidades. En el apartado de educación, contenía el esperpento de lo que dieron en llamar educación socialista, puesto que se declaraba que la escuela primaria debía excluir toda enseñanza religiosa. Este aspecto haría nuevamente crisis frente a la Iglesia Católica. A través de este plan, Cárdenas buscó la manera de justificar la intervención estatal en todos los aspectos de la vida ciudadana. En él se pretendía dotar al Estado de poder efectivo, con una ideología nacionalista en cuanto a la economía y uso de los bienes del país. Cárdenas, enarboló su plan sexenal como bandera de reivindicaciones revolucionarias. Durante su campaña a la presidencia, en un discurso tenido en Gómez Palacio, Durango, dijo:

Si soy llevado por el pueblo a la presidencia de la República, no permitiré que el clero intervenga en forma alguna en la educación popular, la cual es facultad exclusiva del Estado. […] La Revolución no puede tolerar que el clero siga aprovechando a la juventud y a la niñez como instrumento de división en la familia mexicana, como elementos retardatarios en el progreso del país y, menos aun, que conviertan la nueva generación en enemiga de las clases trabajadoras que luchan por su emancipación.[265]

Pocas esperanzas podían albergar los católicos con el advenimiento de este nuevo perseguidor, que era un miembro prominente de la Gran Logia Masónica del Valle de México, al que la voz popular tildó de comunista, pero que hizo todos los esfuerzos por deslindarse también de este grupo ideológico que en Mexico estaba en efervescencia. Cárdenas buscó más bien ser identificado como socialista y esta será su bandera de gobierno.

Al empezar a gobernar, todos pensaron que el influjo del Jefe Máximo seguiría desde la sombra moviendo las piezas del ajedrez político, pero la realidad fue otra, dado que Cárdenas empezó a caminar sin consultar. Se organizaron centrales obreras, sindicatos masivos; hubo sonadas huelgas que asustaron al sector empresarial y, entonces, Calles hizo declaraciones severas criticando las medidas del presidente de la República. La crisis estaba planteada: Calles se hizo la cabeza de la oposición presidencial. Cárdenas no cedió y mediante una hábil maniobra, que consistió en pedir la renuncia colectiva de todo el gabinete el 14 de mayo de 1935 y así prescindir de los callista que había nombrado, también se organizaron manifestaciones de apoyo al presidente Cárdenas en donde se tildó a Calles de «traidor a la causa revolucionaria». El movimiento terminó con la expulsión del país del general Plutarco Elías Calles el 1 de octubre de 1936 y la desaforación de todos los diputados callistas.

Cárdenas tuvo una mentalidad especial respecto al trabajo de los obreros; pretendía que estos tomaran parte en la producción, administración y propiedad de las empresas, y el Estado o más propiamente el gobierno, se comportaría como el árbitro y regulador de la vida social en donde atendería las demandas de los obreros para evitar, a cualquier coste, el paro. Con respecto al problema agrario, Cárdenas quiso solucionarlo a través de la repartición de tierras y así se emprendió un reparto agrario, sin precedentes en todos los gobiernos revolucionarios anteriores. En la política externa protestó ante la Liga de las Naciones por las invasiones de Italia (Mussolini) en Etiopía y Alemania (Hitler) en Austria. Acogió además al gobierno de la República Española en el exilio mostrando solidaridad con los refugiados. Un punto culminante en su gestión política fue el que concluyó el 18 de marzo de 1938, que de acuerdo a su plan de nacionalización de la economía, decretó la expropiación de las compañías petroleras. Tuvo, además, una preocupación especial por los indígenas y organizó el Primer Congreso Indigenista Interamericano, fundando además el Departamento de Asuntos Indígenas que se ocuparía, al menos en la teoría, de todos los intereses de los grupos indígenas mexicanos .[266]

La personalidad y la actuación de Cárdenas es compleja y resiste seguramente varios niveles de análisis, que no son objeto de este trabajo; cuando más, decir que, en su política hacia la Iglesia, continuó la línea de oposición sistemática que tuvieron sus predecesores en la presidencia de la República.

3. 2. Conflictos en torno a la educación

La Constitución de 1917, en su artículo 3º, como ya hemos visto, al establecer la enseñanza libre, introducía también las palabras «pero laica», dando a entender que se deslindaba de todo credo religioso pero estableciendo así una contradicción; la enseñanza es libre, «pero» no puede ser religiosa; tiene que ser atea, o sea ya no es libre. Y de ahí, cambiar el «pero laica», con cualquier otro «pero»: socialista, comunista, anarquista, era cuestión de tiempo y de preferencias. Esta puerta abierta dejada por los constituyentes de 1917 expresaba todo el espíritu jacobino de dicha Carta y sería fuente de innumerables choques del gobierno contra la Iglesia. Tradicionalmente, la Iglesia había tenido en el campo de la educación un espacio de apostolado y también era un escenario privilegiado para el crecimiento interno. El gobierno no terminaba de darse cuenta que, ni siquiera todo el esfuerzo del Estado, en conjunto con el de la Iglesia, habían podido sacar a México de su ancestral retraso cultural; ahora, aniquilando nuevamente la acción de la Iglesia en virtud de una pretendida «desfanatización», el gobierno aseguraba a México seguir en el eterno rezago cultural, y por tanto, social.

Ya hemos visto cómo los obispos hicieron a su tiempo la protesta formal a la Constitución de 1917; pero será en los gobiernos sucesivos a los arreglos de 1929 que el tema de las leyes constitucionales y en concreto del artículo 3º sobre la educación, volverá a tener actualidad.

Por su parte, el papa Pío XI lanzaba, el 31 de diciembre de 1929, su célebre encíclica Divini illius Magistri,[267] sobre la educación en donde mostraba al mundo el ideal de la educación cristiana. En su intención estaba, proclamar la grandeza y trascendencia de una instrucción que ordena al hombre a su fin último, la posesión del Bien Sumo, Dios.[268] El Papa Pío XI manifiesta los derechos de la Iglesia, la proclama «inmune de error; por lo cual es maestra de los hombres suprema y segurísima, y en sí misma lleva el derecho inviolable a la libertad de magisterio.»[269] Indica también el derecho inviolable que tienen las familias para educar a sus hijos; derecho divino que es anterior al del Estado.[270] Habló también de la educación sexual, poniendo en guardia a quienes «Yerran gravemente al no reconocer la nativa fragilidad de la naturaleza humana…»[271] y con grave voz advierte a los padres de familia:

Importa, pues, sumamente que el buen padre, mientras hable con su hijo de materia tan lúbrica, esté muy sobre aviso y que no descienda a particularidades y a los diversos modos con que esta hidra infernal envenena gran parte del mundo, a fin de que no suceda que, en vez de apagar este fuego, lo excite y lo reavive imprudentemente en el pecho sencillo y tierno del niño.[272]

Y también declaraba que la tarea educativa era, por así decirlo, históricamente iniciativa de la Iglesia, antes que del Estado. Y porque aparta de la religión, prohibe asistir a escuelas neutras o laicas, mixtas consintiendo sólo la tolerancia a juicio de los obispos, en determinadas circunstancias y con especial cautela.[273] Esta encíclica estará en el fondo de la lucha por la educación entre la Iglesia y el Estado. Los obispos fueron literalmente aplastados por la máquina legislativa, veían el ideal propuesto por el Papa, muy lejano de sus posibilidades.

El 22 de abril de 1932, durante el gobierno de Pascual Ortiz Rubio, a la sombra de Calles, un importante periódico de la capital daba la siguiente noticia:

El Secretario de Educación Pública, Narciso Bassols,[274] anunció un decreto conforme al cual habrán de funcionar las escuelas particulares del Distrito Federal y territorios federales. Según se desprende de los considerandos de dicho decreto, es muy considerable la influencia que en la enseñanza han podido adquirir los miembros de las órdenes religiosas y ministros de cultos dedicados al magisterio. Y para contrarrestarlas el Gobierno federal ha reformado el Reglamento de Escuelas Particulares que venía fungiendo desde el 22 de julio de 1896. En el citado decreto se advierte que la enseñanza ha de ser laica: que no formen parte del personal docente ministros de cultos ni personas que pertenezcan a corporaciones religiosas; que los planteles no reciban, para su sostenimiento, fondos de procedencia religiosa; que no estén las escuelas locales destinadas a servicios religiosos o de culto. También se señala que la infracción de este reglamento será sancionada por la Secretaría de Educación Pública con multas de diez a quinientos pesos y que se revocará al plantel la autorización para funcionar cuando la falta así lo amerite.[275]

Si bien la Constitución prohibía a las corporaciones religiosas establecer o dirigir escuelas primarias, no prohibía directamente a los sacerdotes o ministros dar clases; por eso, Bassols se propuso llevar hasta sus últimas consecuencias el artículo 3º. Convenció pues a Ortiz Rubio, (eso quiere decir que Calles lo quiso), de que diera su anuencia para publicar un Reglamento, que llevaba la fecha del 19 de abril de 1931, cuyo artículo 4º prohibía expresamente a todo ministro o miembro de cualquier orden religiosa enseñar en escuelas primarias.

En medio de esta agitación se publicó en México la encíclica de Pío XI Acerba animi[276] escrita para los católicos mexicanos, en septiembre de 1932; en ella el papa expresaba su desilusión ante el incumplimiento por parte del gobierno en cuanto a los arreglos de junio de 1929; decía que su pena era intensa al ver que la Iglesia seguía siendo hostigada. Había encarcelamientos y tratos indignos, decía que los templos, seminarios y otros edificios que pertenecían a la Iglesia, no habían sido devueltos, a pesar de la promesas hechas por el gobierno. Denunciaba también la arbitrariedad de los gobernantes que no tenían en cuenta a los obispos al designar a los sacerdotes autorizados. Exhortaba al pueblo a la oración, a la penitencia y a la prudencia. Finalmente acusaba a las leyes por inicuas e impías.[277]

El rechazo a la encíclica por parte del gobierno no se hizo esperar; el 3 de octubre de 1932 el diario El Universal publicaba:

El señor Presidente de la república, general de división, Abelardo L. Rodríguez, protestó oficialmente al Vaticano por la posición contraria que manifiesta hacia las leyes mexicanas. El presidente dijo: «En forma inesperada y absurda se ha publicado la encíclica ‘Acerba Animi’, cuyo tono no nos extraña, por haber sido característica del papado los procedimientos llenos de falsedad en contra del país. Al protestar en contra de las leyes que se conceptúan opresoras de la libertad de la Iglesia, incitaba abiertamente al clero de México a que desobedezca las disposiciones en vigor y a que provoque un trastorno social, dentro de la eterna obra del clero que no puede resignarse a perder el dominio de almas y la posesión de bienes terrenales, mediante las cuales se tuvo en completo letargo a las clases proletarias que eran explotadas impíamente. México entra ahora en un verdadero periodo de instituciones y de gobierno estable, de progreso y adelanto, y no permitirá que se inmiscuya en asuntos del Estado una entidad a la que no se reconoce existencia dentro de nuestros principios legislativos. [.…] Estoy dispuesto a que si continúa la actitud altanera y desafiante que provoca la reciente encíclica, se convertirán los templos en escuelas y talleres para beneficio de las clases proletarias del país.»[278]

A pesar de todo, el arzobispo de Morelia publicó el texto completo de la encíclica y como respuesta, el 4 de octubre de 1932 una comisión del Congreso pidió al presidente de la República la expulsión del delegado apostólico;[279] el presidente acogió la petición y comisionó al subsecretario de Gobernación para que personalmente se encargara del cumplimiento de dicha orden.[280]

También, durante este gobierno se empezó a preparar la ley de educación sexual que se fue gestando de la siguiente manera: en junio de 1930 se había llevado a cabo en Lima, Perú, el VI Congreso Panamericano del Niño en donde se recomendó a los gobiernos latinoamericanos la educación sexual a partir de la primaria; en México se recogió esa «recomendación». La secretaría de Educación Pública realizó algunos estudios al respecto en 1932; uno de estos ensayos se dio a conocer en mayo de 1933, causando un gran alboroto entre el pueblo; el tenso ambiente creado por las leyes irreligiosas y los ensayos en este campo, dieron a la sociedad en general una muy mala impresión.

Sin embargo, a la sombra de todo esto estaba el «maestro» Calles, que declaraba en la capital tapatía, el 20 de julio de 1934, en su famoso «grito de Guadalajara» una de sus fobias y de sus fijaciones más obsesivas, o sea, su rechazo a la Iglesia Católica.

La Revolución no ha terminado. Sus eternos enemigos la acechan y tratan de hacer nugatorios sus triunfos. Es necesario que entremos en el nuevo periodo de la Revolución, al que yo llamaría el periodo de la revolución psicológica o de conquista espiritual; debemos entrar en ese periodo y apoderarnos de las conciencias de la niñez y de la juventud, porque la juventud y la niñez son y deben pertenecer a la Revolución. Es absolutamente necesario desalojar al enemigo de esa trinchera y debemos asaltarla con decisión, porque allí está la clerecía, me refiero a la educación, me refiero a la escuela. Sería una torpeza muy grave, sería delictuoso para los hombres de la Revolución que no supiéramos arrancar a la juventud de las garras de la clerecía, de las garras de los conservadores; y, desgraciadamente, numerosas escuelas, en muchos Estados de la República y en la misma capital, están dirigidas por elementos clericales y reaccionarios.[281]

Era Calles quien conducía realmente el gobierno y por eso sus palabras indicaron a la opinión pública lo que se avecinaba para el país. En su mentalidad estaba la idea de que el Estado debía controlar la educación desde la inicial hasta la superior; de la primaria a la universidad. La idea de calificar la educación pública, y aun la privada, de «socialista» produjo en el interior de las Cámaras algunas divisiones, pues unos querían que fuera «socialismo científico», otros «socialismo nacionalista» otros sólo «socialismo», sin apellidos, puesto que socialismo científico sonaba a «comunismo», y nacionalista, sonaba a fascismo italiano o alemán y eso no era lo que se pretendía. Parece que los legisladores debían contentar a Calles.

La Cámara de Diputados, después la de Senadores y posteriormente las legislaturas de los Estados, aprobaron las reformas hechas al artículo 3º de la Constitución de 1917, y entró en vigor el 1 de diciembre de 1934,[282] habiendo quedado el texto de la siguiente manera:

Artículo 3º. La educación que imparta el estado será socialista, y además de excluir toda doctrina religiosa combatirá el fanatismo y los prejuicios, para lo cual la escuela organizará sus enseñanzas y actividades en forma que permita crear en la juventud un concepto racional y exacto del universo y la vida social.

Sólo el Estado –Federación, Estados, Municipios– impartirá educación primaria, secundaria y normal.[283]

El mismo artículo preveía conceder autorización a algunos particulares para impartir educación primaria, pero en tales condiciones que no permitían otro tipo de educación que la que propugnaba el Estado. Estaba claro que las intenciones de esta reforma obedecían a la consigna de Calles lanzada en su grito de Guadalajara.

Cuando Lázaro Cárdenas subió al poder, en diciembre de 1934, encontró en vigor la ley que regía la educación pública y privada y se dio a la tarea de buscar los cauces para implementarla. Tampoco perdió la oportunidad para calumniar a la Iglesia con ese estilo típico de los masones; buscaba, como siempre, desprestigiar a la Iglesia Católica y a la vez desmarcarse de las etiquetas de «comunista» con las que el pueblo le identificaba. En enero de 1935 declaraba que:

La Iglesia deprimió al indio en su personalidad y en sus sentimientos –dijo el presidente–. […] Fuera de la acción individual benéfica de ilustres misioneros, la Iglesia contribuyó a perpetuar el régimen de explotación que caracterizó a la Colonia, prueba de ello, que la Revolución ha tenido que plantear e intentar resolver problemas que a pesar de ser vitales, antes se habían desatendido. México ha hecho una revolución política y social, de carácter enteramente nacional; de tendencias e ideologías propias, cuyos principios no van más allá de lo que los pueblos más avanzados de Europa y América están anhelando para sí.[284]

Los obispos protestaron enviando un «ocurso»[285] al presidente Cárdenas en donde manifestaban fundamentalmente su inconformidad a la reforma hecha al artículo 3º de la Constitución de 1917, porque:

Ni el Episcopado mexicano, ni la Iglesia Católica pueden admitir cualquier clase de Socialismo, a no ser el que algunos han llamado impropiamente «Socialismo Católico» (doctrina social católica), pues el Socialismo, por la filosofía materialista que profesa contiene muchos errores en cualquiera de sus aspectos, religioso, social, político, económico, etc., y por lo mismo está condenado desde hace muchos años por la Iglesia como perjudicial a la Religión, al individuo, a la familia, a la sociedad y al mismo Estado.[286]

Los obispos denunciaban como una mentira, que el socialismo enseñado en las escuelas públicas se limitara a lo económico, ya que el mismo texto del reformado artículo 3º, así lo indicaba. Los debates tenidos en las cámaras y las publicaciones hechas por la Secretaría de Educación Pública hablaban claramente de una tenaz campaña antirreligiosa y más propiamente anticatólica. A la vista de todos estaban los murales, frescos y carteles de las escuelas oficiales, abiertamente hostiles a la religión y sus ministros. Los textos de la Secretaría de Educación Pública, combatían abiertamente a la religión, usando mentiras y errores, recurriendo a la burla y la caricatura; las estaciones de radio oficiales, principalmente la de Educación Pública, hacían propaganda a esa educación socialista, impugnando toda religión, especialmente la de la mayoría de los mexicanos, que era la católica. Los obispos terminaban su ocurso con estas tres conclusiones: 1. Existe en México un estado de persecución religiosa. 2. El episcopado ha pedido la derogación de las leyes que provocan ese estado. 3. No se ha hecho justicia, ni se dan razones para no hacerla.[287] También se reiteraban las peticiones hechas ya en distintas ocasiones; esto es: la devolución de los templos incautados desde 1914; «abrogar los decretos y órdenes y circulares anticonstitucionales, que han servido de base para clausurar en toda la República los Seminarios católicos, por ser esta clausura violatoria del Art. 130, que autoriza implícitamente la existencia y funcionamiento de los Seminarios.»[288] Pedían la devolución de los anexos de las iglesias para que pudieran ahí vivir los párrocos y establecer las oficinas pertinentes y, finalmente, pedían suprimir las campañas antirreligiosas.[289]

Esta denuncia y petición al presidente de la República estuvo acompañada, de cara al pueblo, por una carta pastoral colectiva, dirigida a todos los católicos, en donde los obispos indicaban algunos principios a tener en cuenta con respecto a la educación de la niñez y de la juventud, tema que acaparaba la atención tanto del Estado como el de la Iglesia. Los prelados ponían cuatro principios fundamentales: 1. Ningún católico podía ser socialista.[290] 2. Ningún católico podía enseñar o aprender el socialismo. 3. Ningún católico podía suscribir declaraciones admitiendo, aunque sea aparentemente la educación socialista. 4. Ningún católico podía admitir el naturalismo pedagógico y la educación sexual.[291] Y, daban después unas normas concretas para los padres de familia, los profesores, los alumnos y los sacerdotes; en todas ellas se apuntaba a la gravedad de suscribir, aceptar o promover la educación socialista.

Muy duro en verdad debió ser para los padres de familia, afrontar que: «No pueden poner a sus hijos en ningún Colegio o Escuela que enseñe el Socialismo, lo admita o aparente admitirlo; y pecan mortalmente y no pueden ser absueltos si no los sacan de tales establecimientos…».[292] El problema de conciencia para los católicos se volvió gravísimo, puesto que por un lado el Estado promocionaba sólo la educación socialista y prohibía toda aquella educación que no lo fuera, y por otro lado los obispos, movidos por su celo pastoral sin duda, lanzaban estas prohibiciones. Queda siempre la pregunta sobre la oportunidad de este lenguaje episcopal y de esta postura intransigente, ante un callejón sin salida; ¿qué podían hacer los católicos, especialmente los más pobres con respecto a las escuelas? ¿Por qué poner a todo el pueblo, desgastado con tantas contiendas, entre la espada y la pared? La carta se mandó leer en todos los templos de la República.

 La situación se volvía cada vez más tensa porque todos los Estados estaban también legislando, de un modo u otro, las leyes anteriores a 1929 que se referían al ejercicio del culto público. El Estado de Aguascalientes expidió una nueva ley en 1934, Campeche y Coahuila también en 1934; Colima en 1932, 1933 y 1934; Chiapas en 1932, 1933 y 1934; Chihuahua en 1931, 1934 y 1936; el Distrito Federal en 1931, Durango en 1932 y 1934; Guanajuato, Guerrero, Michoacán y Jalisco en 1932; Hidalgo, Morelos, Oaxaca, Puebla y Sinaloa en 1934, el Estado de México en 1932 y 1934; Nayarit en 1934 y 1936; Querétaro en 1933 y 1936; Veracruz en 1931; Yucatán en 1931 y 1932 y Zacatecas en 1933, 1934 y 1935. Las leyes, por lo general, disponían cosas absurdas y contrarias a todo derecho, sancionando el número de ministros en todos los Estados, excluyendo funciones episcopales en Michoacán y hasta la tontería como en Tabasco, bajo el gobierno de Garrido Canabal, que exigía a los ministros, para poder ejercer, estar casados, o en Chiapas que se consideró al mismo nivel, de inmoralidad y malvivencia a las prostitutas y a los sacerdotes que ejercieran sin autoridad.[293] La pretendida separación del Estado con la Iglesia, tan cacareada por el gobierno de entonces, se contradecía con estas legislaciones de flagrante intromisión.

Los obispos denunciaron internacionalmente estas violaciones «legales» en una carta colectiva dirigida a los episcopados de Estados Unidos, Inglaterra, España, Centro y Sudamérica, Antillas y Filipinas, escrita el 11 de febrero de 1936 en donde expresaban:

Según la Constitución vigente, no se le reconoce a la Iglesia ninguna personalidad moral; tampoco se reconoce la Jerarquía; para ejercer el ministerio sacerdotal, es requisito indispensable ser mexicano por nacimiento; el número de Sacerdotes autorizados para ejercer, queda al arbitrio de las Legislaturas de los Estados, las cuales, pasando por encima del precepto Constitucional que manda tener en cuenta las «necesidades locales», ha limitado el número de Ministros en forma irrisoria, pues el total de Sacerdotes autorizados es de : 197 para atender a 16.000,000 de católicos, esparcidos en una extensión de 2.000,000 de kilómetros cuadrados;[294] se nos han clausurado todos los Semina­rios, que con grandes dificultades veníamos sosteniendo, y no obstante que la misma Constitución reconoce su existencia. […] Además, se han expedido dos leyes abiertamente hostiles para la Iglesia: la de Nacionalización de bienes y la del Consejo Superior de Educación. Por la primera pasan a poder de la Nación toda propiedad en que se haga propaganda o en que se practique alguna ceremonia religiosa, habiéndose aplicado ya esta Ley, con retroactividad, a casas particulares, por ejemplo: porque en ellos existió un Colegio Católico hace años, etc. La segunda Ley, monopoliza la instrucción y establece la Escuela única que es socialista, quedando únicamente a salvo hasta ahora, la Universidad y las pocas escuelas a ella incorporadas.[295]

Los obispos denunciaban que, en el empeño que tenía el gobierno por implantar la enseñanza socialista, se recurría a medidas inauditas sobre todo en los pueblos pequeños, apartados de las grandes ciudades, donde los maestros actuaban arbitrariamente castigando a los padres de familia con multas y otras penas si no mandaban a sus hijos a clases. A todo esto había que agregar la intromisión directa en contra de los obispos y sacerdotes pues habían sido expulsados de sus diócesis los de Sonora, Oaxaca, Tabasco, Campeche, Veracruz, Chiapas, Durango, Huajuapan, Tehuantepec, Chilapa, etc. Además, habían sido clausurados los templos en Sinaloa, Sonora, Chiapas, Campeche, Veracruz, Querétaro, etc. Caso extremo el de Tabasco, pues las hordas dirigidas por el impío gobernador, Tomás Garrido, habían derruido hasta los cimientos de prácticamente todos los templos del Estado.[296] Y, quizá una de las constataciones más amargas la hacían los obispos mexicanos comunicando sus penas a sus hermanos en el episcopado al recordar, de forma escueta y tajante: «Nos han clausurado todos los Seminarios».[297] Y más grave aun era que, esta nueva persecución, quedaba, toda ella dentro del marco constitucional, enmarcada dentro de la ley; por eso los obispos justamente se lamentaban: «la persecución es legal y mientras las Leyes existan, seguirán aplicándose.»[298] Oscuro pues, se volvía a presentar el panorama para la Iglesia.

Durante este periodo de 1934 a 1936 los obispos multiplicaron sus cartas, edictos y exhortaciones pidiendo a todos los católicos, oraciones, sacrificios y penitencias. Se les exhortaba, especialmente a los padre de familia a que, sin cobardías ni vacilaciones, cumplieran los grandes deberes que Dios y la Iglesia les imponían, respecto a la educación de sus hijos.[299] El gobierno, por su parte, llegó a dar pasos más graves aun; siempre con pretextos legales, los integrantes de la oficina federal de Hacienda en la ciudad de Puebla, irrumpían en la casa habitación del arzobispo Pedro Vera y Zuria, la noche del 28 de enero de 1936. Le incautaron documentos privados, correspondencia y archivo. La casa fue también expropiada.[300]

Los puntos de violencia llegaban, otra vez a cotas gravísimas como lo sucedido en Chihuahua con el sacerdote Pedro Maldonado[301] que bien podríamos llamar el mártir de la educación socialista, porque, siendo un párroco ejemplar y entregado al bien de sus hermanos, se hizo eco de las disposiciones episcopales en cuanto a la educación socialista, entonces, buscó por todos los medios disuadir a los padres de familia de que mandaran a sus hijos a las escuelas públicas, con tan buenos resultados que, la escuela oficial del poblado de Santa Isabel, Chihuahua, de donde era párroco, se quedó casi sin niños. Fue entonces acusado ante el gobierno del Estado como subversivo en contra de la educación socialista. Un día, el 10 de febrero de 1937, no se sabe cómo,[302] uno de los salones de la escuela pública se incendió, fuego que fue sofocado inmediatamente. Sin investigaciones ni pruebas de ninguna clase, achacaron el incendio al padre Maldonado al que sin mediar explicación alguna prendieron entre doce hombres armados. Al llegar a la presidencia municipal, fue golpeado salvajemente; después lo torturaron hasta dejarlo moribundo;[303] murió al día siguiente, 11 de febrero a causa de la brutal golpiza, en el aniversario de su cantamisa, a los 44 años de edad.[304]

Los católicos quedaban sobrecogidos ante estas nuevas muestras de barbarie por parte de sus gobernantes; parecía una regresión a los álgidos tiempos de la guerra cristera.

Sin embargo, los excesos fueron de los dos lados, pues los católicos, sobre todo en los pueblos, acosados largamente por las imposiciones del gobierno, reaccionaron en ocasiones con violencia. Como telón de fondo estaba la inaceptada educación socialista; terrible parecía a la mayoría que el gobierno quisiera imponer clases de educación sexual, agitando la bandera de la libertad y, además, el recuerdo muy reciente de la sangrienta guerra cristera, mantenía el fuego encendido. Luego, los maestros, servidores públicos, debían adaptar sus actividades a la doctrina socialista, impuesta también para ellos, sin tener ni idea de lo que era eso. El gobierno tampoco dio una preparación previa; por eso, muchos radicalizaron sus enseñanzas. Algunos maestros y maestras fueron mutilados, vejados y algunos también asesinados, aunque en esa marea de excesos, los católicos muchas veces no tenían nada que ver pues eran otros los que aprovechaban la agitación para vengarse:

Las crónicas de aquellos atentados son verdaderamente penosas, y no siempre por la causa socialista, sino por la oposición que representaba a los abusos de los caciques, poderosos terratenientes y políticos del medio rural. Los maestros formaron una avanzada de la Revolución, de las reclamaciones por tierras y de los litigios de los pueblos. Cierto que muchos maestros se afiliaron al Partido Comunista para encontrar una fundamentación de su lucha.[305]

La situación no dejaba de ser conflictiva. El testimonio de un estudiante mexicano en Roma durante este periodo último de persecución (1934-1940) nos ayudará a comprender el ambiente que se vivió entonces.

…inclusive Pío XII, cuando era Secretario de Estado, lo encontramos varias veces en el Pincio; él iba a pasearse ahí para estudiar sus discursos y veía la palomita de nuestro hábito[306] y luego luego se acercaba a platicar con nosotros; nos preguntaba cómo estaba México y le contábamos anécdotas y le daba mucha risa; porque con eso de la enseñanza sexual, en tiempos de Cárdenas, le decíamos cómo en algunos pueblos, le habían cortado la nariz y las orejas a los maestros y le daba mucha risa; nos decía: «Si, ya lo sé, ya me informaron» y le enseñábamos revistas que nos llegaban y sí, era cierto. Porque en los pueblos chicos, los papás no consentían que a sus hijas un maestro les enseñara la cosa sexual, entonces eso era tabú y ya cuando se enteraban, a los maestros les cortaban las orejas.[307]

Cárdenas tuvo que darse cuenta, a través de la experiencia y el buen sentido, que no se podía estar hostigando al pueblo católico impunemente. La paz no podía venir si seguían enfrentándose Iglesia y Estado.

En Jalisco algunos maestros se acercaron al presidente para pedirle protección, pues se hallaban amenazados por los campesinos dirigidos por sacerdotes. Cárdenas aconsejó a los maestros que cesaran toda propaganda antirreligiosa en las escuelas: «Toda nuestra atención –dijo– deberá concentrarse sobre la gran causa de la reforma social únicamente.»[308]

El gobierno consideraba que, cuando los católicos protestaban en defensa de su religión, estaban dirigidos por los sacerdotes; es una afirmación muy general que no se puede sostener. Simplemente los católicos hacían uso de sus derechos como ciudadanos.

Pensar en la estabilidad de los seminarios en medio de estas agitaciones, era un problema más que difícil. No había ningún indicio de que las leyes pudieran modificarse. Una solución para educar a los seminaristas establemente seguía siendo la opción de un seminario interdiocesano fuera del país.

3. 3. Vuelve la idea de un seminario interdiocesano

Como hemos visto en el capítulo III, la situación del país durante la revolución carrancista llevó a los obispos a improvisar la instalación de un seminario interdiocesano en Castroville, Texas, para ofrecer, al menos a algunos alumnos, la posibilidad de tener los estudios eclesiásticos de manera estable. El amago, por parte del gobierno de Estados Unidos, de enrolar en el ejército a los seminaristas para combatir en la guerra mundial, terminó con la experiencia en 1918. Pero en la memoria de los obispos estaba vivo el recuerdo y la posibilidad de lograr una tarea conjunta en favor de la formación sacerdotal.

El 5 de febrero de 1919, el arzobispo de Yucatán, Martín Tritschler y Córdova, desde su exilio en La Habana, Cuba, envió a todos los obispos mexicanos una Memoria acerca de la necesidad de establecer en México un seminario interdiocesano, sobre todo para favorecer a las diócesis que no tenían un seminario proprio. Los motivos que da el arzobispo son: «La suma escasez de clero y de clero competente en muchas diócesis de la República.» Hace conscientes a sus hermanos obispos de que ese problema «es la más grave y urgente e imprescindible necesidad para la mayor parte de la Iglesia mexicana el proveerla cuanto antes del clero suficiente en número y competente en calidad.» Además, los obispos que habían coincidido en Estados Unidos en el exilio, habían hecho una doble experiencia: era posible montar entre todos un seminario y los católicos y algunos obispos del país hermano se habían mostrado receptivos y sumamente generosos con la iniciativa.

Con el regreso de los obispos a sus sedes, entre 1919 y 1920, después de las protestas a la Constitución y ante un incierto panorama político y social, terminando casi el periodo de gobierno de Adolfo de La Huerta, el arzobispo de México, José Mora y del Río, escribía el 22 de noviembre de 1920 al secretario de la S. C. de Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios mons. Bonaventrura Cerretti los planes del episcopado mexicano. Los obispos habían tenido la oportunidad de reunirse en la capital debido a que en octubre de ese año de 1920, habían celebrado el 25º aniversario de la coronación pontificia de la Sma. Virgen de Guadalupe; los planes eran los siguientes:

Durante nuestra permanencia en esta celebramos los obispos repetidas reuniones, nos pusimos de acuerdo en algunos puntos y tomamos las resoluciones siguientes: 1. Fundar un Colegio Interdiocesano, especialmente para las diócesis que no lo pueden tener. Nos comprometimos a ayudar a las diócesis pobres con becas y cuanto más podamos. Este Seminario se fundará en Pátzcuaro, donde ofrecen los RR. PP. Jesuitas una casa suya que tiene toda la extensión para ello. 2. Convenimos solicitar del Santo Padre la erección de un obispado en la Baja California y nos obligamos a prestarle ayuda pecuniaria durante cinco años, mientras puede organizarse y sostener por sí mismo. 3. Nos pusimos de acuerdo en el modo de oponer la doctrina cristiana y católica tanto a la propaganda protestante, como a la del bolseviquismo [sic], o sea los errores sociales.[309]

La idea de tener un seminario interdiocesano, surgió en un principio, más bien como apoyo y solidaridad para las diócesis pobres que como refugio a la situación política y social. A punto de asumir la presidencia de la República el general Álvaro Obregón, quedaban muchas interrogantes y había esperanzas de un futuro mejor, por eso el arzobispo Mora y del Río afirmaba: «No escasean quienes temen mucho para el futuro, mientras otros confían que vendrán mejores tiempos.»[310] Por lo menos el optimismo permitía hacer planes para el futuro, ya que, según le habían asegurado al arzobispo de México: «Tengo promesas de que nada se molestará a la Iglesia y deseo ver cumplidas esas promesas, para que entremos de lleno en una era de paz y de sosiego». [311]

Y esta idea de fundar un seminario interdiocesano, que había sido tan querida por el Papa Pío X para Italia, quedaba en las intenciones de los obispos mexicanos y tenía quizá como base la Memoria que el arzobispo de Yucatán había enviado desde su retiro en Cuba. Así que, en su relación de la visita ad Limina, en diciembre de 1920, el arzobispo de México Mora y del Río informaba al santo padre Benedicto XV la decisión que los prelados habían tomado: «Se construirá un Seminario Interdiocesano para formar sacerdotes destinados a las diócesis desprovistas de clero.»[312]

3. 3. 1. Monseñor Ernesto Filippi presenta el proyecto a la Santa Sede

Estos planes, que no eran sólo del arzobispo de México sino del episcopado en pleno, vinieron a ser secundados por el nuevo delegado apostólico en México, monseñor Ernesto Filippi. Desde la salida de monseñor Tommaso Boggiani, en enero de 1914, había quedado desierta la delegación apostólica a causa de la guerra y la persecución. Ahora la llegada de monseñor Filippi en 1921 volvía a centrar las esperanzas de un nuevo tiempo para la Iglesia, por eso, el delegado recogió ese deseo del episcopado de fundar un seminario interdiocesano y lo presentó a la Congregación Consistorial, en un elaborado proyecto.[313] Se expone al cardenal De Lai la necesidad que tiene el clero mexicano de una formación más completa y sólida, pues, dice: «Al respecto lamenté la escasez y la ineficiencia de estos seminarios y puse en evidencia la necesidad de ayudar eficazmente las diócesis que no tienen, ni pueden tener un seminario propio, mediante la erección de un Seminario central.»[314]

3. 3. 1. 1. Se sugiere un lugar concreto para el seminario interdiocesano

Y, avanzando algunas propuestas, el delegado propone que el seminario no se funde en la capital para evitar rivalidades y otros inconvenientes, sino en la ciudad de León, en el estado de Guanajuato, ya que es un lugar de buen clima, de fácil acceso, relativamente cercano a la capital, y además, los padres jesuitas habían construido ahí un bellísimo edificio destinado para colegio –cumpliendo una disposición testamentaria de una bienhechora muy rica– pero la guerra impidió terminar completamente la obra; es un edificio muy amplio, casi terminado que podría contener 160 alumnos. El delegado, después de consultar el parecer de varios obispos, habló con el padre Camilo Crivelli,[315] provincial de los jesuitas en México, que se mostró no sólo dispuesto a ceder el edificio sino también a asumir la dirección del futuro colegio. Pero, el delegado apostólico, que valoraba el servicio no pequeño de los jesuitas de dar además del edificio, a los profesores para el colegio, veía que el verdadero problema no consistía en montar un plantel sino en conseguir de manera constante los dineros para sostenerlo, pues según decía:

Ya tuve el honor de hacer notar a Vuestra E. R. como esta Nación, en otros tiempos riquísima, por razones demasiado notables, no se encuentra en condiciones tales de poder hacer frente al gasto total que exige una obra tan compleja. Estamos en un periodo de reconstrucción laboriosísima que sigue al periodo álgido de la revolución en la cual todos han perdido una parte más o menos considerable de sus capitales, y ahora se nota gran actividad, para rehacer las riquezas desaparecidas, cosa que no se obtendrá fácilmente dada la absoluta falta de tranquilidad y de seguridad que reina en el país.[316]

Por eso la idea de monseñor Filippi, era acogerse a la generosidad de los católicos de Estados Unidos y pide por conducto de esa S. Congregación que se sirvan suplicar al papa que dirija una carta al arzobispo de Boston o al de Filadelfia, para recomendarles que acojan esa obra tan útil.[317]

3. 3. 1. 2. La situación eclesial en 1922

El Memorándum que enviaba el delegado era un verdadero estudio de la situación eclesiástica mexicana del tiempo que se vivía. Comenzaba haciendo ver la diferencia tan grande que existía entre las diversas diócesis del país; especialmente entre las del centro, comparadas con las del confín norte y las del litoral. Las primeras tenían mejor clima, población más densa, más recursos económicos y más clero; tenían numerosas y hermosas iglesias, buenos seminarios, colegios y obras católicas varias que ayudaban a conservar la fe en medio de los desastres que se estaban viviendo. En cambio las otras diócesis estaban escasas de todo, especialmente de clero, por eso las sectas anticatólicas hacían estragos y la irreligión se difundía a la par que los vicios. Para el delegado apostólico este desequilibrio moral y religioso entre las varias regiones del país había contribuido a preparar la ruina producida por la revolución. En ese momento lo fundamental consistía en proveer lo más pronto posible de clero suficiente, pero clero de calidad y bien instruido. Y se preguntaba el delegado: «¿Cómo remediar un mal tan grande?»[318] Monseñor Filippi recomendaba quitar todo pesimismo al respecto, pues según él, no era cristiano dudar de la providencia de Dios que quiere que todos se salven y luego recomendaba, la oración confiada. Quedaba tambien el recurso de solicitar sacerdotes extranjeros, principalmente de España, pero el delegado creía, justamente, que esa no era una solución definitiva. Restaba el medio ordinario y canónico para atacar el problema, o sea, que cada diócesis tuviera su seminario. Pero, según se había podido constatar, esta solución que sin duda era la mejor y a la que había que tender, no se podía realizar, especialmente en la diócesis de reciente erección, pues les faltaban todos o casi todos los elementos indispensables para poder tener un seminario como eran: suficiente número de vocaciones, superiores competentes, casas adaptadas para el uso de seminarios y medios económicos. Así que, afirmaba el delegado, si en las diócesis antiguas y bien provistas de personal era difícil encontrar un buen rector y algunos profesores para el seminario, en las otras, todo esto resultaba prácticamente imposible.[319] Pero, era verdad que lo que un obispo no podía hacer solo, por sus medios limitados, lo podían hacer entre varios obispos juntos: y se preguntaba monseñor Filippi, tocando uno de los puntos más sensibles del problema y apuntando la solución con lucidez:

¿Por qué los obispos mexicanos ya estrechados por el vínculo de la patria común y de la fraternidad cristiana no deben aprovechar de esta santa unión para trabajar unidos para alcanzar los altísimos fines de su apostolado, que aisladamente no podrían alcanzar? La cooperación del Episcopado Ecle.[siástico es] la llave para resolver los arduos problemas del catolicismo en México. Muchos ya lo señalaban antes de la última revolución, pero hoy, a la luz de este espantoso incendio, en presencia de tantas ruinas, ciertamente no habrá alguien que pueda poner en duda su necesidad y eficacia.[320]

Para el delegado, la solución consistía en establecer un seminario interdiocesano en un punto central de la República, a ser posible, si no, fuera de México, con el fin de proveer de sacerdotes a las diócesis necesitadas. Además, según la opinión de Filippi, un seminario de tal naturaleza, difícilmente podría ser confiado al clero secular, que tendría que estar por fuerza sometido a la obediencia de un obispo; recodaba los inconvenientes surgidos en Castroville al respecto. Mejor sería confiarlo a un instituto religioso que dispusiera en el país de un discreto número de personal.[321] Podría ser conveniente establecerlo en una ciudad del centro donde no hubiera seminario, para evitar rivalidades y en donde hubiera posibilidad de encontrar una casa amplia y cómoda. Cada obispo que no tuviera seminario fijaría el número de puestos que le fueran necesarios y ninguno podría ponerle peros.

3. 3. 1. 3. Los medios para sostener un seminario interdiocesano

La parte más problemática, podría ser la de la financiación; para ello, el delegado sugería algunos medios: 1. Que los arzobispos y obispos dieran una ayuda inicial para montar el seminario. 2. Que se promoviera entre los católicos ricos la fundación de becas para una diócesis en particular o para la obra en general. 3. Hacer una colecta general anualmente, un día fijo, en todas las iglesias de México. 4. La pensión que pagaría cada obispo por sus alumnos, a su vez podrían hacerse pagar a los párrocos mediante una tasa o la pensión conciliar.

3. 3. 1. 4. Posibles objeciones a este proyecto

El delegado se daba cuenta que podría haber muchas objeciones a este proyecto, pero, como se trataba de mirarlo con ojos optimistas, quiso él mismo resolver las eventuales objeciones principales.

        1.          Para los que dijesen que no era necesario crear un seminario nuevo, sino mandar a los alumnos a los seminarios ya existentes en el país, diría: los jóvenes mandados a otro seminario que no era el suyo, estarían como en casa ajena, como de favor, arrimados, cosa que no les ayudaría en nada. El nuevo seminario, sería de ellos, pues para ellos se habría fundado.

        2.          Otra objeción era que se podrían perder muchas vocaciones porque los padres de los seminaristas se resistirían a que sus hijos fueran llevados lejos de la familia por tanto tiempo: para el delegado esto era favorable, pues tendrían la compensación de que, los seminaristas alejados de sus propias familias y de sus pueblos natales tendrían menos ocasiones de perder la vocación.

        3.          Otra dificultad podría ser que la experiencia de reclutar vocaciones de la diócesis del centro para las diócesis periféricas podría ser un intento vano, dado que sus obispos, temerosos de que les faltasen vocaciones a ellos, no los dejarán partir a otros lugares. Para el delegado, aquel que pusiera esta objeción, es que no había entendido el proyecto o es que tenía una idea errónea y ofensiva del episcopado mexicano, puesto que no se pretendía reclutar personal entre los sacerdotes ya formados, ni siquiera entre los alumnos del seminario, ni meter la hoz en el campo ajeno, sino según el delegado:

…a ejemplo de Rut solo espigar en el campo de los otros. Hay en ciertas regiones jóvenes con buenas inclinaciones, que por falta de medios o de quien descubra y fomente en ellos la chispa de la vocación, quedan en el mundo sin utilidad alguna para la Iglesia: a estos especialmente se abrirán las puertas del seminario interdiocesano, ellos serán invitados.[322]

Y para apoyar esta opinión el delegado recordaba que una de las reformas más importantes del Código de Derecho Canónico consistía en que: antiguamente el obispo que debía conferir las órdenes era principalmente el obispo de origen; o sea el ordinario de la diócesis en donde había nacido el candidato y sin su consentimiento con las dimisorias, no podía ordenarlo ningún otro obispo, salvo los casos en los que se pudiera invocar los títulos de domicilio, beneficio o familiaridad. Hoy en cambio se atendía más al domicilio y, –recordaba el delegado–, como cada uno era libre de fijarlo donde más le gustase, el obispo de origen no podía impedir a un seglar que quisiera ordenarse, de ir a otra diócesis.[323] Y los derechos inalienables de un prelado sobre un joven, comenzaban sólo con la tonsura, mediante la cual se verificaba, según el canon 92;[324] de esto se seguía que los jóvenes no tonsurados que pasaban de una diócesis a otra, no violaban ningún canon. Y para incentivar este flujo, recordaba Monseñor Filippi los ejemplos de España y Portugal, que no tuvieron un clero tan selecto como cuando mandaban centenares de misioneros a evangelizar las Indias, o los ejemplos más cercanos en el tiempo, de Francia, Bélgica, Holanda e Irlanda, naciones generosas donde las haya que cedían a sus propios hijos para las misiones extranjeras; por eso, pensaba el delegado, que ese espíritu misionero que ahora estaba animando a los prelados mexicanos, no debía ser sofocado, sino fomentado, puesto que el que permanece encerrado en sí mismo, puede terminar siendo estéril por su egoísmo.

Otra objeción, la última y no menos fuerte: tanto el Derecho Canónico como las Bulas de erección de las diócesis, marcaban la estrecha obligación de erigir los seminarios diocesanos y los obispos debían esforzarse en ello, antes que acometer otras obras. A esto responde el delegado, que efectivamente las sabias disposiciones del Concilio de Trento marcaban esta obligación para cada diócesis, pero admitiendo algunas excepciones. Sin embargo, en vista del estado actual de la Iglesia, sin abandonar las disposiciones tridentinas como regla general, se establecía lo que se estaba proponiendo y así lo marcaba el canon 1354 § 3, «Si no puede establecerse el Seminario diocesano, o en el ya establecido se echa de menos la conveniente formación, sobre todo en las disciplinas filosóficas y teológicas, el Obispo enviará a los alumnos a otro Seminario, a no ser que con autoridad apostólica se haya establecido un Seminario interdiocesano o regional.»[325] El canon, según mons. Filippi, no podría ser más oportuno, pues ponía esta experiencia en el camino mismo de la ley, pues de ahora en adelante un seminario interdiocesano sería para las diócesis pobres tan canónico como lo era el seminario propio de cada diócesis.

Por eso, después de todo lo expuesto, mons. Filippi afirma que habría que recordar también cómo Pío X, después de ordenar aquellas visitas a los seminarios italianos, dándose cuenta de la vida raquítica y estéril que llevaban muchos seminarios de pequeñas y pobres diócesis de la Italia del sur, se decidió a cortar por lo sano suprimiéndolos con un solo golpe de pluma, decretando la erección de algunos seminarios regionales bien provistos de buenos elementos, que sin duda salvaron a la Iglesia italiana.

Así pues, con esta argumentación y larga reflexión, Mons. Filippi presentaba y apoyaba decididamente las inquietudes del episcopado mexicano que soñaba con un seminario vigoroso para todos, pero especialmente para impulsar la raquítica vida de las diócesis más pobres del país, que habían quedado marginadas en muchos sentidos.

3. 3. 1. 5. La opinión del cardenal De Lai

Este proyecto ambicioso, merecía en Roma un estudio serio y un atento análisis para dar respuesta a los deseos de los obispos mexicanos; entonces el cardenal De Lai, secretario de la S. C. Consistorial, envió al cardenal Gaetano Bisleti, prefecto de la S. C. de Seminarios, la carta de petición y el Memorándum enviado por el delegado apostólico en México, monseñor Ernesto Filippi, para que se estudiara y se diera la opinión pertinente, por su parte, el cardenal De Lai expresaba que:

Monseñor Filippi me ha mandado estos papeles diciéndome que él creía la cosa buena si se aceptaba el proyecto anexo a la E. V. Rvma. Ahora yo creo este proyecto no bueno sino indispensable, dadas las condiciones luctuosas de México. En muchas diócesis del Norte y del litoral no hay sino pocos curas, viejos y muchas veces no buenos. Los extranjeros por ley civil son excluidos. ¿Cómo entonces se puede proveer si no se entrena a sacerdotes indígenas? Existe además al momento prefe­rente un estado de cosas que demuestra aún más la urgencia de proveer. El proyecto es ciertamente perfectible: nada nace perfecto, por lo pronto está bien comenzar. Pongo por tanto toda cosa con confianza en las manos de V. E. reservándome de decir más de viva voz.[326]

3. 3. 1. 6. El proyecto no llega a su fin

Mientras en Roma se estudiaba la posibilidad de dar la señal de arranque para este proyecto que se juzgaba como benéfico para asegurar la formación del clero diocesano, la situación política se veía endurecida con la errática postura de Obregón hacía la Iglesia y, como se ha narrado en el capítulo IV ( 1. 3. 3.), cuando el episcopado mexicano llevó a cabo su voto de erigir un monumento a Cristo Rey y el delegado monseñor Filippi bendecía la primera piedra, entonces el gobierno de Obregón, molesto por esa multitudinaria manifestación católica, reaccionó arbitrariamente y con el pretexto de que se habían violado las leyes del país en cuanto al culto que debía tenerse en privado y no en público, se giraba una orden de expulsión en contra del delegado apostólico el 13 de enero de 1923 y este salía del país el día 18 del mismo mes y año.[327] Todos los proyectos que tenía la delegación apostólica en México, se vinieron abajo; además, la situación de la Iglesia frente al Estado mexicano en lugar de mejorar, empeoraba. Los papeles de dicho proyecto se archivaron con una etiqueta manuscrita en gruesas letras rojas: «Sospesa la prattica per l’espulsione del Delegato Apostolico Monseñor Filippi dal Messico.»[328]

3. 4. El segundo Castroville y los Misioneros del Espíritu Santo

Aplazado este proyecto por las circunstancias políticas, la Iglesia, en medio de tantas dificultades seguía formando a los alumnos en los seminarios que quedaban y como hemos visto algunas diócesis hacían el esfuerzo de mandar alumnos a Roma. Pero la idea permanecía en la mente de los prelados mexicanos que, envueltos en el conflicto suscitado por la ley Calles, y con los cultos suprimidos tuvieron que abandonar el país para dirigirse al destierro. Algunos de estos obispos, hallándose en Roma, contaron al Papa Pío XI la triste situación de la Iglesia Mexicana perseguida y sobre todo la aflicción que sentían de ver los seminarios prácticamente aniquilados. Entonces la Santa Sede se interesó directamente por el problema y decidió comprar en Castroville, Texas, el edificio que había ocupado el primer seminario interdiocesano clausurado en 1918. El 1 de enero de 1929, a través del delegado apostólico Pietro Fumasoni Biondi, encargó al entonces arzobispo de San Antonio, Texas, mons. Arturo J. Drossaerts[329] la compra del antiguo edificio para establecer ahí el seminario interdiocesano de México. Una vez comprado el inmueble, se procedió a repararlo y hacerle los arreglos necesarios.[330]

La idea de que los misioneros del Espíritu Santo se hicieran cargo de dicho seminario, surgió de varios obispos que se encontraban en Estados Unidos, exiliados por la persecución Callista: mons. Leopoldo Ruiz y Flores, mons. Martín Tritschler, mons. Juan Navarrete, mons. Pascual Díaz, mons. Genaro Méndez, mons. Emeterio Valverde, etc. La decisión la comunicó el arzobispo de Morelia, mons. Leopoldo Ruiz, gran amigo del fundador de los misioneros del Espíritu Santo: en una carta dirigida a la señora Cabrera de Armida el 27 de marzo de 1929, con la casa seminario recién comprada, le expone:

Hágame favor de decirle a D. Félix que en nombre de los interesados le propongo que se haga cargo de la dirección y si es posible de la enseñanza del nuevo Colegio de Castroville en Texas, y que yo le aconsejo que acepte, y en caso de aceptar que venga él inmediatamente o su representante…[331]

La congregación de los misioneros del Espíritu Santo, era en 1929 sumamente joven pues tenía escasos 14 años de haber sido fundada, y las condiciones desde entonces no habían mejorado para ninguna institución eclesiástica; por esos tiempos contaba sólo con 6 casas de ministerio y tres de formación propia, y el personal era sólo de 45 sacerdotes,[332] pero el padre Rougier respondió: «S. S. I. sabe que para mí, para todos nosotros, sus deseos son órdenes.[333] En consecuencia, acepto, y envío como mi representante al P. Tomás Fallon,[334] ecónomo general de la Congregación.»[335]

De esa manera sencilla, asumía el padre Rougier una fuerte responsabilidad, aunque manifestaba claramente: «Entiendo que no es fundación propiamente dicha, a lo menos por ahora, y que sólo se trata de ayudar por algún tiempo a los Señores Obispos, en estas difíciles circunstancias.»[336] Puesto que también veía dos poderosos motivos en contra, que hacía saber al arzobispo Ruiz y Flores: «1. La escasez de personal, de manera que una nueva fundación parece, a primera vista, un acto de mala administración. 2. No tenemos nosotros esta obra de los Seminarios en nuestras Constituciones.»[337]

También había una poderosa razón para aceptar, que el padre Rougier exponía al escribir al obispo auxiliar de México, gran amigo, para pedirle permiso de aceptar el seminario dado que por aquellos años su congregación era de derecho diocesano: «Es difícil decir que no, a pesar de la escasez de personal, porque mons. L. Ruiz, con muy buena voluntad, ha dado a la Congregación casi todas las mejores vocaciones que tiene, y tanto por gratitud como por nuestro vivo cariño, deseamos seguir sus indicaciones.»[338] El padre Félix envió a Washington a su representante, el padre Tomas Fallon, que ultimó los detalles de la fundación; ahí se encontraba monseñor Leopoldo Ruiz y Flores. Se firmó el convenio entre los obispos mexicanos, representados por el arzobispo de Morelia y la congregación de misioneros del Espíritu Santo el 10 de abril de 1929.[339]

El 8 de septiembre de 1929, abría sus puertas el seminario de Castroville con sólo dos cursos, primero de latín y primero de filosofía, ya que se pensaba ir incrementado los cursos cada año. El personal dirigente quedó integrado por los religiosos: Félix María Álvarez, rector,[340] Felipe Torres, director espiritual, Juan Oñate, ecónomo y David Ramírez, estos dos últimos sacerdotes diocesanos de Durango y de León respectivamente, que ayudaron con las clases.[341] Además otros cuatro hermanos profesos que ayudarían a la vigilancia de los alumnos.[342]

Con mucho fervor se vivieron aquellos tiempos y se esperaba pronto tener también cursos de teología; por lo pronto, el rector informaba al padre Félix Rougier: «El seminario en general parece que va muy bien. Los alumnos han sido dóciles y los profesores también. El gobierno, como su Excia. me lo anunció, ha resultado fácil y como automático…»[343]

Para un mayor entendimiento y claridad, los obispos decidieron hacer un comité para que se encargara de todo lo que sería necesario para el seminario interdiocesano y así lo comunicaba el arzobispo Leopoldo Ruiz y Flores al padre Félix:

Con esta fecha, 1 de febrero, he nombrado, de acuerdo con el V. Episcopado, al Ilmo. y Rvmo. Sr. Arzobispo de Monterrey, Dr. D. José de Jesús Ortiz, [sic][344] Presidente de la junta con la cual se entenderá V. R. para todo lo concerniente al Seminario Interdiocesano de Castroville en Texas. Dicha junta estará formada por los Obispos de la Provincia de Monterrey.[345]

El seminario, pequeño y con dificultades, empezó a caminar en ese año, buscando ofrecer a los obispos necesitados un alivio a su situación. El padre Rougier puso todo su empeño en que este pequeño seminario caminara lo mejor posible; él mismo escribió el Reglamento[346] que después mandó imprimir; se inspiró, según sus propias declaraciones en las Constituciones del Seminario de Zacatecas (1913) y del Reglamento del Seminario de Puebla (1926).[347]

Pero en todo el país cambiaban radicalmente las cosas, pues los arreglos tenidos entre el gobierno de Portes Gil y la Iglesia en junio de 1929, abría un paréntesis a la mayoría de las diócesis; otras en cambio, tardarían años en recuperarse pues habían sido golpeadas mortalmente, como la provincia eclesiástica de Yucatán; así se lo comunicaba el arzobispo Martín Tritschler al padre Félix Rougier:

Aprovechando esta oportunidad, deseo dar a V. R. una pequeña idea de la situación de mi Diócesis en materia de clero y de las necesidades espirituales que nos aquejan. La Diócesis abarca una extención [sic] grandísima y tiene aproximadamente 300,000 habitantes con la Capital del Estado que cuenta como unos 80,000. Para todo esto cuento solamente con 40 sacerdotes, un buen número de ellos ancianos. En la ciudad de Valladolid tengo un sólo sacerdote que atiende a las 5 iglesias de la ciudad y que tiene a su cargo además 21 pueblos distantes hasta diez leguas de la cabecera sin más comunicación que a caballo. Este buen sacerdote tiene ya setenta años y está muy enfermo y tiene que atender a esta región que en otra parte sería una Diócesis. La mitad de mis parroquias no están provistas por falta de sacerdotes. Si vamos a la Diócesis de Campeche, la cosa está peor, pues allí el Ilmo. Sr., Obispo [Francisco González y Arias][348] es al mismo tiempo cura, capellán y hasta sacristán. En cuanto a Tabasco, aquello es horrible, pues en todo el Estado no hay más que un solo sacerdote oculto. ¡Qué situación tan espantosa para las almas![349]

La reestructuración que las diócesis mexicanas necesitaban era en verdad urgente, puesto que la persecución había arrasado con muchos sacerdotes, especialmente todos los extranjeros, que habían debido abandonar el país, dejaban las iglesias en ese lamentable y ruinoso estado; luego, las leyes habían restringido el número de sacerdotes, por lo que ejercitar el ministerio sin licencia era un delito. Por eso la fundación de un seminario interdiocesano significaba una esperanza para el futuro, tabla de salvación, para esas diócesis que habían quedado tan dañadas; para ellas se había fundado esta institución.

A los dos meses de haber formado la junta de la provincia de Monterrey, su presidente, el arzobispo José Guadalupe Ortiz, mandó un visitador a Castroville, en la persona del obispo de Saltillo, Jesús María Echavarría, que pasaba sus informes al arzobispo Ortiz y este a su vez informaba a todos los obispos a través de una circular diciendo: «la marcha del establecimiento es buena; el espíritu que reina es de piedad; los principios no merecen censura.»[350] Pero lo fundamental, era sin duda alguna la consolidación tan deseada de lo que empezaba como un pequeña y débil planta, pues aseguraba el arzobispo: «Aunque la enseñanza y la disciplina quedan aseguradas, es preciso consolidar la existencia, lo cual depende de que las diócesis carentes de seminario, para las cuales se ha fundado, lo tomen como suyo, enviando allá sus alumnos.»[351] La invitación estaba clara; o mandaban alumnos para sostener el seminario o aquello corría el riesgo de venirse abajo. Aunque los religiosos que atendían Castroville estaban contentos y veían que se podía hacer mucho bien, si los obispos no aseguraban mandar alumnos para el curso siguiente de 1930-1931, nada podía hacerse.

El padre Rougier, entusiasta y hombre de Iglesia, tomó la obra como suya, así que redactó una nueva circular en mayo de 1930, que remitió a todos los obispos de México, para invitarles nuevamente a que enviaran a sus alumnos; en ella exponía las bondades de tener un centro interdiocesano y resaltaba la finalidad para la que había sido creado dicho seminario con «la licencia y bendición del Santo Padre.»[352] Pero, a pesar de la buena voluntad del padre Rougier, los obispos, muy pocos, empezaron a contestar: el arzobispo de Puebla, Pedro Vera el 9 de junio «Como por favor de Dios nuestro Seminario ha podido continuar con todos sus cursos, digo a V. R. que por ahora no pienso mandar alumnos a Castroville para el próximo mes de septiembre.»[353] El arzobispo de Antequera, el mismo día: «Tengo mi Seminario regido por Sacerdotes Paulinos y actualmente hay en él un poco más de cien alumnos. Naturalmente todos mis esfuerzos se dirigen al sostenimiento y mejoras de este plantel y por eso no puedo enviar alumnos al Interdiocesano.»[354] El 26 de junio el obispo de Chihuahua, «Con gusto los enviaría; pero visto todo, creo más agradable a Dios por ahora continuar aquí con ellos.»[355]

No había nada que hacer; el seminario se había creado porque había una grave necesidad por la persecución, pero, parecía que los arreglos iban a garantizar a los prelados la posibilidad de no hacer esfuerzos adicionales de enviar a sus alumnos a un lugar fuera de la patria y que además, exigía sacrificios económicos fuertes. Ante esa realidad el 11 de julio de 1930, el delegado apostólico y verdadero creador de esta experiencia, mons. Leopoldo Ruiz, escribe al padre Félix: «En vista de todas las dificultades que se han ido acumulando me parece que el único remedio es cerrar el Seminario.»[356] Pero faltaba un paso, el presidente de la junta encargada de Castroville era el arzobispo de Monterrey, por eso, advierte mons. Ruiz: «Para proceder sin embargo a ello es necesario contar con la última resolución del Ilmo. Sr. José Guadalupe Ortiz, como Presidente de la Junta de Obispos encargada de dicho Seminario.»[357] Finalmente llegaba la conformidad con la decisión tomada por el delegado apostólico, de parte del presidente de la junta: «quedo enterado de la clausura del Seminario de Castroville, ordenada por el Excmo. Sr. Delegado Apostólico, en vista de no contar con los alumnos necesarios para su sostenimiento.»[358]

Es comprensible que ni el delegado apostólico monseñor Ruiz y Flores, ni el padre Rougier estuvieran plenamente de acuerdo en clausurar el seminario interdiocesano que había costado tanto trabajo. Con una mirada más profunda veían lo que se avecinaba para el país y sabían que ya se había hecho el esfuerzo de la fundación y no valía la pena echarse para atrás; quizá hubiera bastado con un poco de colaboración solidaria por parte de los obispos para mantener esa llama encendida.

3. 5. En espera de la nueva fundación

3. 5. 1. Primeros intentos

La idea de fundar un seminario interdiocesano, debido a que era una necesidad, volvió a surgir pronto. Con ocasión de las celebraciones del 4º centenario de las apariciones de la Virgen de Guadalupe, en octubre de 1931, el arzobispo de México, Pascual Díaz y Barreto, reunido con sus sacerdotes para tratar algunos problemas de la Iglesia mexicana, sacó nuevamente a consideración la idea de tener un seminario interdiocesano, sobre todo para apoyar a las diócesis más necesitadas de sacerdotes. Esta idea fue comunicada al arzobispo de Morelia y delegado apostólico, mon. Leopoldo Ruiz y Flores, quien tomando nuevamente la idea como suya, porque estaba convencido de la oportunidad, escribió una carta a todos los obispos informándoles de la reunión y pidiendo su opinión sobre la fundación de dicho seminario. Sin embargo no hubo una respuesta pronta de los obispos. Pensaron tal vez que era muy difícil llevar a cabo esa idea debido a los conflictos políticos y económicos, y por lo tanto se abandonó el proyecto por el momento.[359]

3. 5. 2. Interviene el padre Félix Rougier

Por su parte, el padre Félix Rougier, alentado por su director espiritual, mons. Leopoldo Ruiz y Flores, con quien de seguro hablaba sobre la grave necesidad que México tenía de sacerdotes sabios y santos, soñaba con preparar la fundación del seminario interdiocesano, pues sentía como propia la necesidad de la Iglesia mexicana. Así escribió el padre Rougier al superior de los misioneros del Espíritu Santo de la casa de Roma en 1933:

Yo pienso siempre, cada día, y es como un sueño dorado, en la fundación del Seminario Interdiocesano de México. No más que tengamos personal suficiente y capaz. Y luego luego empezaremos. Vamos a ver, los del Consejo, cómo nos las arreglamos para que sea en esta amadísima tierra mexicana y no en los Estados Unidos, o en otra nación. Por los datos que he tomado, la cosa es factible, probablemente. Aunque la fundación no se hará sino dentro de dos años, es preciso prepararla desde ahora, despacio, con tiempo.[360]

Convencido el padre Rougier de la necesidad de un seminario para auxiliar a las diócesis necesitadas de clero, que eran muchas, se dio a la tarea de elaborar un escrito que tituló Idea General del régimen de un Seminario Interdiocesano[361] en donde explicaba y justificaba la necesidad de un plantel de ese tipo; este escrito, destinado a los obispos, recordaba que:

La situación actual, en Méjico, es tan difícil, tal vez más, que en los tiempos del santo Concilio de Trento. En la gran mayoría de las Diócesis de la República no hay Seminarios Mayores.[…] Hemos considerado que en veintitrés o veinticuatro Diócesis no hay sacerdotes, o sólo grupos casi insignificantes. Todos los Obispos desean ardientemente formar cada uno su Seminario Diocesano, pero si sacan profesores, (y los hay muy capaces), del pequeño grupo de sacerdotes que tienen, se quedarán forzosamente Sin culto las más importantes de sus parroquias. ¿Qué hacer? […] La creación de un Seminario Interdiocesano, sería tal vez el principio del remedio[362]

Con esta idea y con la sugerencia y apoyo de monseñor Leopoldo Ruiz, el padre Rougier envió a todos los obispos de México su Idea General para sondear las posibilidades de dicha fundación; las respuestas no se hicieron esperar;[363] la situación política estaba de lo más candente; en 1934 el maximato de Calles estaba en su apogeo y a las puertas del poder político se preparaba el general Lázaro Cárdenas para asumir el poder. La idea fue tan bien aceptada que el delegado apostólico, Leopoldo Ruiz y Flores, desde San Antonio Texas, dirigió una súplica al Papa Pío XI pidiendo que concediese al padre Félix Rougier el permiso de fundar el seminario interdiocesano en el pueblecito de Tlalpan, cercano a la capital y, agregaba el delegado: «Por encargo mío ha escrito a todos los Obispos Mexicanos y ha obtenido la aprobación de 18, faltando la respuesta del resto que serían 11.»[364] Además, el arzobispo de México, el jesuita Pascual Díaz, había ya dado su permiso para fundar el seminario ya que Tlalpan era parte de su arzobispado.[365]

3. 5. 3. Permiso y condiciones de la Santa Sede

En la audiencia del 11 de octubre de 1934, fue presentada la súplica a Pío XI, en la que se le pedía el permiso de fundar el seminario y de que se ocuparan de dicha fundación los padres misioneros del Espíritu Santo, pidiendo que fuera ese mismo año, en el mes de diciembre, la fecha de la inauguración.[366] La S. C. de Seminarios, quizá a sugerencia del mismo papa, envió al padre general de los jesuitas, Wlodimiro Ledóchowsky la petición hecha por el delegado apostólico mexicano monseñor Leopoldo Ruiz y Flores, solicitando su parecer sobre dicho negocio.[367] El padre Ledóchowsky respondía el 22 de octubre diciendo que, «Después de haber considerado todo y haber pedido también el consejo de nuestro Padre Crivelli, antiguo provincial de México que conoce muy bien las condiciones de aquellos lugares»,[368] opinaba que la idea le parecía verdaderamente óptima, suponiendo que la joven congregación pudiese dedicar al seminario por erigir «hombres aptos y bien preparados.»[369] Al padre Ledóchowky la idea le parecía «de veras providencial»[370] sobre todo pensando en las condiciones en las que se encontraban los seminarios de varias diócesis de México, por eso, concluía «…no me maravillo que la propuesta haya encontrado el favor del Excmo. Delegado Apostólico y la aprobación de gran parte del Episcopado Mexicano, incluyendo el Arzobispo de México.»[371]

Así que, con el parecer del padre Ledóchowsky, la S. C. de Seminarios presentó nuevamente la petición al Papa Pío X I el día 26 de octubre de 1934. El papa daba su consentimiento y ponía dos condiciones: 1. Que los obispos mexicanos tomaran el acuerdo de sostener el seminario enviando alumnos, y 2. Que los misioneros del Espíritu Santo tuviesen un personal, por número y competencia, capaz de llevar el seminario.

 

3. 5. 4. Primeras dilaciones en la apertura del seminario

Mientras se daban estas negociaciones, en México estaba la cosa que ardía: se había aprobadoya la ley de educación socialista, que empezaría a entrar en vigor en diciembre y de Roma no contestaban. La tardanza se debió a que les pareció prudente informar también de este proceso al delegado apostólico en Washington, monseñor Amleto Cicognani, [372] puesto que a monseñor Leopoldo Ruiz, lo habían expulsado del país y se había refugiado en Estados Unidos, así que, el seminario, anunciado por el padre Félix Rougier para diciembre de 1934, no podía abrirse sin el permiso del Papa y también debido a las duras condiciones por las que estaba pasando el país.

El 12 de noviembre de 1934, el padre Rougier envió una carta circular a todos los obispos de México diciendo: «…respecto al proyectado Seminario Interdiocesano, que nos vemos obligados a retardar un poco de tiempo su fundación, por las circunstancias del momento.»[373] El motivo: «Ya teníamos contratada una casa a propósito, suficiente, pero las recientes leyes confiscatorias, se niegan a rentárnosla.»[374] Este retraso debido a la situación de México iba a complicar las cosas.

Llegaba la esperada noticia al delegado Cicognani los primeros días de diciembre de 1934 con la súplica de transmitir el permiso y las condiciones que el papa ponía, al arzobispo de Morelia, monseñor Ruiz y Flores.[375] Este recibió la información el día 19 de diciembre e inmediatamente le fue comunicada al padre Rougier.[376] Por el momento, había que pensar en la manera de cumplir los requisitos que el papa ponía y que se podían concretar en dos cosas: la situación del país y las condiciones reales de la joven congregación fundada por el padre Félix.

3. 5. 5. Fundar en Estados Unidos, mejor que en México

El comité episcopal mexicano veía con claridad que el país, por el momento, no ofrecía las garantías necesarias para abrir el deseado centro educativo y así se lo hicieron saber al padre Félix en febrero de 1914: «Dígase al Superior de los Padres del Espíritu Santo, que este comité juzga muy oportuna y de todo encomio la idea que él tiene de fundar un Seminario Interdiocesano…»[377] apoyando pues la iniciativa, el comité sugiere al padre Rougier que mande a uno de sus sacerdotes para tratar del asunto del seminario con el delegado apostólico Ruiz y Flores que ya estaba consiguiendo becas con los obispos de Estados Unidos y agregaba: «Somos de la opinión de que sólo se funde el Seminario Mayor y de que esto se haga en una población no muy lejana de la frontera y de buen clima.»[378] Y, por último agregaban que era de suma importancia la manera de proponerlo a todos los obispos a fin de evitar dificultades para el futuro.[379] Esto respondía, sin duda alguna, a la pasada experiencia de Castroville. Los mismos obispos del comité preveían que la unidad de criterios entre el episcopado no era fácil de lograr.

3. 5. 6. Primeras negociaciones con los misioneros del Espíritu Santo

La congregación de los misioneros del Espíritu Santo, mandó a negociar las condiciones de apertura del seminario interdiocesano con el delegado apostólico, monseñor Leopoldo Ruiz y Flores al padre Tomás Fallon; éste, después de haber tenido las entrevistas pertinentes escribió a su superior general un memorando. El padre Fallon no era ingenuo, se daba cuenta de dos realidades: «Tal invitación es una prueba notable de la confianza en nuestra Obra que existe en el juicio de nuestros Superiores eclesiásticos.»[380] Pero, no se engañaba respecto a la juventud de su congregación fundada hacía tan sólo 24 años y por eso agregaba: «Al mismo tiempo es una proposición tan seria y suscitando problemas tan graves para la Congregación en momentos de su desarrollo que será necesario considerarlo con mucha prudencia y detenimiento.»[381] Y haciendo un repaso del momento de su congregación y las exigencias de personal que se le llegarían a plantear en caso de aceptar el encargo de los obispos opinaba que: «es muy claro que no tenemos personal suficiente, aun sacrificando hasta el último posible nuestras obras propias.»[382] Pero, a pesar de este informe el delegado apostólico seguía creyendo que ese seminario debía ser tomado por los misioneros del Espíritu Santo; ¿no había nacido esa congregación para ayudar a los obispos? ¿no era el seminario una ayuda especialmente dirigida a los sacerdotes? Siguieron pues adelante los trámites. Todo ese primer medio año de 1934 se utilizó en ajustar los cauces para abrir el seminario. Con la aprobación de Monseñor Drossaerts el delegado apostólico acordó erigir el seminario interdiocesano en San Antonio Texas y así lo avisó al prefecto de la S. C. de Seminario, el cardenal Ruffini:

Los Obispos [mexicanos] han decidido abrir el mencionado Seminario en esta Arquidiócesis de San Antonio, Texas, en los Estados Unidos, con el consentimiento de Monseñor Arzobispo […] El Superior General de los Misioneros del Espíritu Santo está listo para suministrar el personal competente requerido por el mismo Seminario.[383]

Monseñor Ruiz y Flores le insistía al padre Rougier que no pensase más en la posibilidad de abrir el seminario en México, porque en Estados Unidos, «habría desde luego más estabilidad y mejores facilidades para la formación de los estudiantes.»[384]

3. 5. 7. La Santa Sede aprueba la fundación del seminario interdiocesano y los obispos mexicanos lo encargan a los misioneros del Espíritu Santo

Por su parte el padre Félix informaba al delegado apostólico sobre una de las cuestiones más espinosas para la nueva fundación y que había sido un requisito del papa: el personal para el seminario. Había mandado ya una lista con el nombre de los padres que pensaba destinar a la nueva fundación y le hacía saber que el número total de sacerdotes en toda la congregación era de cuarenta, diciendo: «la formación ha sido larga, pero tenemos la seguridad de que ha sido bien sólida».[385] La S. C. de Seminarios contestaba en agosto de 1935 al delegado apostólico aprobando la fundación del seminario en San Antonio, Texas.[386] Y a su vez, monseñor Ruiz y Flores daba la buena noticia al padre Rougier en septiembre del mismo año, asegurando que el delegado apostólico en Washington, Monseñor Cicognani, estaba muy interesado en la obra.[387]

El padre Rougier recibió la noticia de la decisión de los obispos mexicanos, en los primeros días de octubre de 1935, y así se lo comunicaba al delegado Ruiz y Flores:

Esta mañana […] recibí una cartita de Monseñor Othón Núñez, Secretario del Comité Ejecutivo Episcopal, llamándome a su domicilio para hacerme una importante comunicación; fuimos esta tarde el P. Edmundo[388] y yo, y el Excmo. Señor nos comunicó con visible alegría la gran noticia: los Misioneros del Espíritu Santo serán los encargados del Seminario.[389]

3. 5. 8. Los obispos discrepan en cuanto a los encargados del seminario

Pero ese mismo mes de octubre de 1935 empezó a haber diversidad de opiniones entre los obispos sobre quiénes debían encargarse del seminario en cuestión. Aunque ya se había tomado una decisión y se había avisado al padre Rougier, el motivo de la discrepancia fue el arzobispo de Guadalajara, monseñor Orozco. Él había sido formado desde su infancia por los padres jesuitas en el Pío Latino Americano, les guardaba un gran cariño y gratitud y pensaba que era necesario que los padres de la Compañía fueran los responsables de la nueva fundación, sin embargo otros pensaban distinto. Ante estas diferencias que empezaban a aflorar, el comité ejecutivo episcopal mexicano, escribía a la S. C de Seminarios diciendo que:

Todos los Rvmos. y Excmos. Arzobispos y Obispos fueron consultados respecto a la necesidad de la fundación del Seminario Interdiocesano y el C. E. E. (Comité Ejecutivo Episcopal) dio el encargo al Excmo. y Rmo. Monseñor Martín Tritschler, arzobispo de Yucatán, de estudiar este proyecto indicando los medios oportunos a la realización de esta obra tan importante. El mismo C. E. E. confió la dirección del futuro Seminario interdiocesano a los RR. PP. Misioneros del Espíritu Santo, los cuales tienen competente número de Profesores laureados en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. No pocos Excmos. y Rvmos. deseaban que los RR. PP. de la Compañía de Jesús asumieran la dirección del Seminario; pero difícilmente podrían los RR. PP. aceptar este encargo, puesto que, ocupados ya en gran número en otros importantes ministerios, la Compañía no podría proveer en número suficiente de Profesores.[390]

El comité episcopal afrontaba la diversidad de pareceres, y además sentía la presión que la misma situación política estaba ejerciendo sobre todas las diócesis, así que habría que darse prisa. El comité ejecutivo episcopal, a través de su secretario el padre José Antonio Romero S. I.,[391] envió al padre Félix Rougier el resumen de las respuestas dadas por los obispos acerca del seminario diocesano, enunciando primero las conclusiones a las que habían llegado: «Es urgente: A. Que empiecen, y encomiende V. R. el asunto a uno de sus activos y celosos Padres. B. Como se pueda. C. En Estados Unidos.» y luego otras informaciones; la más importante era la opinión episcopal sobre quiénes debían encargarse del seminario: 10 obispos querían que fueran los misioneros del Espíritu Santo; 6 obispos preferían a los padres jesuitas; y otros diez eran indiferentes a unos u otros pero se agregarían al parecer de la mayoría.[392] Por lo tanto, según las decisiones tomadas en esa reunión del comité episcopal, 20 obispos querían que se encargaran los misioneros del Espíritu Santo y 6 los padres jesuitas.

3. 5. 9. Se piensa en la casa de Castroville, Texas

Con estas condiciones puestas y los pareceres divididos, el delegado apostólico avisó a la Secretaría de Estado que el seminario interdiocesano para México se abriría, a ser posible, el próximo mes de diciembre de 1935 y que el arzobispo de San Antonio, monseñor Drossaerts aceptaba que se hiciera en el edificio de Castroville, que la Santa Sede había comprado con anterioridad, para lo cual solicitaba el permiso del santo padre para disponer del edificio. Informaba también que los obispos mexicanos estaban dispuestos a enviar de inmediato al menos unos 60 seminaristas.[393]

La casa de Castroville había sido vendida por la Santa Sede a los padres Salesianos el año de 1933, pero estos habían pagado sólo la primera parte del contrato convenido, y habían también abandonado la casa, así que la Santa Sede hace saber a los padres Salesianos que se entendía la recesión del dicho contrato.[394]

3. 5. 10. Se somete la decisión de quiénes se encargarán del seminario al juicio de Pío XI

Sin embargo, no era la cuestión del local lo que verdaderamente estaba en juego, sino el parecer de los obispos sobre los religiosos que deberían encargarse del nuevo seminario. Aunque el comité ejecutivo episcopal había asignado ya la responsabilidad a los misioneros del Espíritu Santo, puesto que la mayoría de obispos así lo pedía, los que estaban en minoría tenían un representante que no se conformaba fácilmente. El arzobispo de Guadalajara, monseñor, Orozco y Jiménez, sin resignarse a perder, escribió a todos los obispos una carta, donde les hacía ver que tratándose de un seminario tan importante, reconsideraran su postura y se confiase más bien a la Compañía de Jesús. Fue entonces que el comité episcopal autorizó una nueva votación en donde resultó que «la mayoría de los Obispos está por la Congregación del Espíritu Santo y en la Conferencia tenida aquí hemos pensado someter este punto a la decisión del Santo Padre.»[395] Por su parte los misioneros del Espíritu Santo: «aceptaron gustosamente esperar la decisión del Santo Padre.»[396]

3. 5. 11. El informe de monseñor Guillermo Piani

Pero la Santa Sede, por expreso deseo de Pío XI, ante la seriedad del caso había mandado un visitador extraordinario para que recabara noticias sobre la situación de la Iglesia mexicana en general, y sobre el caso del seminario interdiocesano en particular; el visitador elegido fue el delegado apostólico en las Islas Filipinas, monseñor Guillermo Piani[397] que después de haber cumplido el encargo, remitió su informe a la S. C. de Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios. El informe es muy jugoso. En mayo de 1935, en el hervor de la lucha sostenida por el Estado contra la educación católica, se informaba que los seminarios todavía existentes eran: Guadalajara, México, Monterrey, Morelia, Oaxaca, Puebla, Yucatán, entre las arquidiócesis, y Aguascalientes, Huajuapan, León Querétaro, Sonora, San Luis Potosí, Tulancingo, Veracruz, Zamora, Chilapa, entre las diócesis.[398] Monseñor Piani aseguraba que en todo el país «el número total de Seminaristas mayores y menores es superior a los 1500.»[399] Sin embargo, las condiciones de casi todos los seminarios, eran muy precarias; los motivos:

Privados de sus edificios (¡algunos seminarios han sido privados dos, tres, cuatro veces sucesivamente!) son obligados a refugiarse en casas incómodas o en locales inadecuados, o cerca de las iglesias en los anexos que el Gobierno ha respetado. No pudiendo los Seminaristas estar todos unidos por la estrechez de las habitaciones, están obligados a dividirse en varios grupos y a ocupar diferentes casas. Algunas veces se está obligado a dejarles regresar a sus casas o cerca de óptimas familias en las condiciones de alumnos externos, reuniéndose en las sacristías de las iglesias para tener las lecciones necesarias. Es admirable el celo de los Obispos, y extraordinarios los sacrificios que hacen para sostener sus seminarios en situaciones tan difíciles.[400]

Después de estas constataciones, el visitador estaba convencido de que el único remedio a estos males podría ser el establecimiento de uno o varios seminarios interdiocesanos, pues los seminarios que subsistían, estaban sólo en pie por una débil tolerancia del gobierno que nadie sabía cuánto iba a durar. Por eso mons. Piani consideraba una verdadera bendición el consejo dado por la Santa Sede a los obispos de Estados Unidos de cooperar con tan justa causa. Sabía además que los prelados estaban ya en acción y recogiendo fondos para ayudar a la fundación.

Todos los obispos mexicanos, menos uno, estaban de acuerdo en que la fundación se hiciera en los Estados Unidos. Pero, informaba monseñor Piani, menos acuerdo hay en cuanto al personal que debe encargarse del seminario; alguno quiere que sean los padres de la Compañía porque, dirigen el Pío Latino Americano de Roma, en donde muchos seminaristas mexicanos se forman y se han formado; además los jesuitas en México, trabajaban con mucho celo –opinaba el visitador– y podían influir en la mayor parte del clero. Y nadie ignoraba que la Compañía: «es desde luego una institución insigne, robusta, que ha dado y sigue dando favores preciosos a la Iglesia en la obra de la formación del Clero.»[401]

No se podía comparar la fuerza y la historia de la Compañía de Jesús, a esa pequeña congregación con 24 años de experiencia, o sea, muy poco y con sólo 40 sacerdotes; sin embargo, el visitador informaba que: «Muchos Obispos se inclinan a favor de los Misioneros del Espíritu Santo, Congregación fundada en México por el Rvmo. P. Félix Rougier[402] Y, para explicar por qué los obispos tenían esta preferencia el visitador ponía en su informe:

Ved cómo se expresa uno de ellos, Monseñor Guillermo Tritschler:[403] «Los Misioneros del Espíritu Santo disponen de personal formado en la Universidad Gregoriana. Así en la interpretación de S. Tomás seguirán más fácilmente las instrucciones de la S. Sede, sin aferrarse a determinada escuela, como puede suceder a los Jesuitas educados más bien en un ambiente español. Después la piedad, bajo la dirección de los Misioneros, tomaría un carácter mayormente apropiado a los sacerdotes del Clero secular. Para tal fin concurriría el espíritu litúrgico que ellos cultivan con particular empeño y que no es característico de los Padres Jesuitas. La misma devoción del Espíritu Santo es cuanto más oportuna para la santificación del Clero. La disciplina finalmente, bajo la dirección de los Padres de la Compañía, vendría a modelarse sobre [una] forma, casi diría, española; mientras los Misioneros del Espíritu Santo asociarían a la formación romana preferentemente los métodos sulpizianos que disponen fortiter et suaviter a la formación interior y a desarrollar el sentimiento de responsabilidad.[404]

La Santa Sede debió quedar desconcertada ante estas opiniones y por eso comprendió que no era tan fácil tomar una resolución.

3. 5. 12. Pío XI decide que los jesuitas dirijan el seminario

Así, en esta incertidumbre y con las inevitables dilaciones para fundar el seminario, la Santa Sede, a través del prefecto de la S. C. de Seminarios, consultaba el espinoso asunto con el prepósito general de la Compañía, el padre Ledóchowsky, sin todavía decirle nada sobre el informe de monseñor Piani, a lo que respondía:

Ya en 1930 habíamos sido interrogados en torno a esta misma cosa y entonces, después de haber oído al Provincial de México, debió responder que nuestras fuerzas ya empeñadas en otras obras no nos permitían asumir esta nueva carga. Pero hoy las condiciones de nuestra Provincia Mexicana están muy cambiadas. […] Por eso creo que la dicha Provincia Mexicana hoy podría sin mucha dificultad tomar al cuidado el Seminario de Castroville […][405]

Posteriormente la S. C. de Seminarios envió el informe de monseñor Piani al prepósito general el día 16 de enero de 1937. La respuesta del padre Ledóchowsky no se hizo esperar y entonces adquirió tonos más severos: es una larga carta de 8 folios en donde hace la defensa del estilo de formación del clero que ofrecía la Compañía en el mundo y en especial en América Latina, pues el padre Ledóchowsky pensaba que el obispo citado por el visitador, monseñor Guillermo Tritschler la presentaba como menos buena.[406] Estaban pues todas las cartas sobre la mesa; tocaba al santo padre la última palabra.

Entre tanto se habían ido sucediendo los días y los meses y no llegaba la hora para fundar el seminario. Por su parte el delegado apostólico monseñor Leopoldo Ruiz y Flores, instaba a la Santa Sede para que tomara una decisión; así escribía al Secretario de Estado, cardenal Pacelli:

Cerca de la mitad de los Obispos no pueden absolutamente tener Seminarios por la pobreza a la que han reducido a las diócesis. La otra mitad ha podido conservar los respectivos Seminarios, pero en medio de graves dificultades […] Pero de todas las maneras parece imposible la debida formación de los Sacerdotes en todos estos Seminarios, por la falta de medios necesarios, de paz y de observancia, debiendo en muchos casos vivir los alumnos dispersos en las casas particulares y reunirse en las sacristías de las iglesias para recibir las lecciones de los maestros.[407]

Finalmente, el 2 de marzo de 1937, Pío XI tomaba una decisión definitiva y era comunicada por la S. C. de Seminarios a la S. C. de Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios en estos términos:

…debo informarle que en la Audiencia del 1º [sic][408] del mes corriente, concedida al Excmo. Secretario de este S. Dicasterio, el Santo Padre se ha dignado confiar la dirección del Seminario Interdiocesano Mexicano, para erigirse en los Estados Unidos, a los RR. Padres de la benemérita Compañía de Jesús.

Con fecha de hoy mismo he comunicado la augusta decisión de Su Santidad al Excmo. Delegado Apostólico de México.[409]

Al enterarse de la decisión del papa, el prepósito general de la Compañía, manifiesta «…nuestra gratitud al Santo Padre por este Su nuevo trato de confianza por nuestra débil obra.»[410] Por su parte, el superior de los misioneros del Espíritu Santo, que había puesto tanto trabajo e ilusión, pero que en realidad su obra era verdaderamente incipiente, contestó como el hombre de virtud que era:

Como sabemos que todo viene de Dios, hemos recibido con entera resignación, y aun con gusto, la comunicación de V. E. Rma. viendo en la decisión de S. S. Pío XI, la voluntad de Nuestro Señor. Hemos admirado la sabiduría y la prudencia de la Santa Sede, al confiar esa obra grandiosa, de la formación del futuro Clero mexicano, a los excelentes maestros que son los Padres jesuitas.[411]

3. 5. 13. Trabajos de preparación inmediata a la apertura

Una vez tomada la decisión sobre la dirección del seminario, el trabajo para llevar a cabo la apertura del seminario comenzó con una reunión el 7 de abril, de 1937, en el San Anthony Hotel de la ciudad de San Antonio Texas. Tomaron parte los cinco obispos de Estados Unidos que constituían el comité para el Seminario Mexicano: monseñor Gannon,[412] obispo de Erie, presidente; monseñor Kelley[413] obispo de Oklahoma y Tulsa, tesorero; el arzobispo de Santa Fe, monseñor Gerken[414] y el arzobispo de San Antonio, monseñor Drossaert; monseñor Griffin,[415] obispo de Springfield, Illinois con los cinco obispos mexicanos autorizados que eran; monseñor delegado apostólico en México Leopoldo Ruiz y Flores, el arzobispo de Guadalajara, monseñor José Garibi Rivera , los obispos Manuel Fulcheri de Zamora, Gerardo Anaya de Chiapas y Jesús María Echavarría de Saltillo. En la reunión se informó de la buena voluntad que tenían el resto de obispos americanos para efectuar una colecta en favor del seminario. Se dijo también que no se había comprado aún la propiedad para el seminario pero que se estaba estudiando adquirir en Montezuma, estado de New Mexico. Se trataba de un viejo hotel que requería serias reformas, pero que tenía muchas cosas a favor de lo que se estaba buscando: barato, aislado, a las puertas de México, grande, con clima sano aunque frío, etc. Se aseguraba que en mayo se tendrían los títulos de propiedad por lo que se aprobaron las reformas al edificio presentadas por el arzobispo de Santa Fe, encargado de las reparaciones. Informó el ecónomo, Monseñor Kelley, que había en caja 300,000 dólares, pero que faltaban todavía por dar su contribución, muchas diócesis americanas; se esperaba completar el medio millón. En esa ocasión, los obispos mexicanos con los estadounidenses llegaron a los siguientes acuerdos:

    A.            Que aceptaban con gratitud la designación que la Santa Sede había hecho de la Compañía de Jesús para la dirección espiritual, científica y disciplinar del seminario.

     B.            Que aceptaban el seminario como obra permanente, aunque las cosas en México se compongan.[416]

    C.            Que los obispos mexicanos consignaran al procurador del seminario aquello que pudieran pagar por cuenta de la pensión de sus alumnos, completando el Comité Americano aquello que falte, y sobre los gastos de los viajes, los obispos recurrirán al procurador y este al Comité en el caso que no puedan hacerlo.[417]

Aseguraba, además, que de las 33 diócesis existentes en México, al menos 11 no podían sostener su seminario por falta de clero y recursos; tales diócesis eran Campeche, Huejutla, Sonora, Tamaulipas, Saltillo, Papantla, Huajuápan de León, Tehuantepec, Chihuahua, Sinaloa y Tabasco. Y, a juicio del delegado apostólico de las 22 diócesis restantes, no contaban con personal satisfactorio para sus seminarios: Cuernavaca, Chiapas, Chilapa y Yucatán. Por lo tanto eran 15 diócesis que debían considerar el seminario interdiocesano como propio y monseñor Ruiz, recordando la experiencia de Castroville, se permitía aconsejar a monseñor Pacelli, Secretario de Estado:

…si no prescribirse a todos los Obispos que usaran del nuevo Seminario enviando a todos sus estudiantes de Filosofía y Teología, concentrando todos sus esfuerzos y cuidados en la formación de los jóvenes que en pequeño grupo podrían hacer los cursos de preparación en la lengua latina y humanidades.[418]

También el delegado informaba que algunos obispos, por alguna u otra razón querían continuar teniendo sus seminarios, que les habían costado tantos sacrificios, aunque era claro que no se podía tener la disciplina, el orden, la vigilancia, en una palabra, la formación debida, a causa de la misma situación creada por el gobierno. Por tal motivo sugería al cardenal Pacelli pedir a todos los obispos de unificarse y que todos tuvieran el seminario a erigirse como único para todas las diócesis.[419] La petición de monseñor Ruiz y Flores, aunque comprensible era delicada pues los obispos podían sentirse coartados en su libertad. La Santa Sede optó por consultar las sugerencias del delegado apostólico mexicano al padre Ledóchowsky quien opinó que no era favorable «ordenar» a los obispos, aun a los que quisieran conservar sus seminarios, de enviar de ahora en adelante a sus seminaristas a Montezuma; sin embargo creía conveniente la sugerencia que hacía el delegado de prescribirlo a las diócesis que no estaban en la capacidad de sostener su seminario y a las otras, de «recomendarlo».[420]

3. 5. 14. Se procura un estilo particular de formación

Monseñor Martín Tritschler, que había tomado parte tan activa en la fundación de este seminario y que, quizá por la misma necesidad que tenía de una buena formación, pues la arquidiócesis de Yucatán había funcionado con la mitad de clero extranjero, que había sido expulsado desde 1926, preparó una propuestas de estilo de formación que mandó al comité episcopal para que fueran puestas en las manos de los padres jesuitas que se iban a encargar de dirigir el seminario. Reflejan la preocupación del pastor ante una experiencia nueva:

Seguro estoy de que el común sentir del Vble. Episcopado es que en el Seminario debe reinar un ambiente del todo mexicano, tanto en el estudio como en las prácticas de piedad, en la alimentación, en el vestir y, en general, en todos los usos y costumbres. Debe procurarse que la vida sea modesta, sencilla y hasta cierto punto pobre, a fin de que los alumnos se preparen a las penalidades y privaciones de nuestra patria.[421]

Monseñor Martín Tritschler pensaba que no era formativo que los seminaristas tuvieran comodidades y lujos, que después no iban a poder tener; y también reflejaba el desacuerdo de la mayoría de los obispos al estilo de vida «americana», por eso, con visión práctica dice:

De consiguiente y para descender a la práctica propongo que se establezcan entre otras cosas lo siguiente: Prohibición de usar ropa de seda (camisas, calcetines, etc.) aunque sea regalada. Prohibición de ir a las playas de California aun en tiempo de vacaciones. Prohibición de tener radios de uso personal. Prohibición de ir a teatros y cines salvo casos extraordinarios y con licencia muy especial.[422]

Y como la formación se iba a hacer en un país libre, el hábito clerical volvería a ser de uso común, por consiguiente, pedía:

Que se acostumbren a usar dentro de la casa habitualmente la sotana bien puesta y abotonada hasta abajo y con el cuello clerical correspondiente; no echada encima de cualquier modo como si fuera bata de baño o una prenda postiza que sólo se usa de vez en cuando y por mera necesidad. Hay que restablecer entre nuestro Clero ese amor religioso a la sotana, que existió entre nosotros y que se conserva todavía en los demás países de raza latina.[423]

En este seminario todo iba a ser diferente, el modo de divertirse y hacer deporte, la vida misma; así que convenía, según opinión del arzobispo de Yucatán, prevenir con cuidado cada aspecto de la vida de los seminaristas.

Se procurará regular el uso de los deportes (base-ball, tennis, etc.) de manera que sirva para el desarrollo físico, sin convertirse en una pasión y sin usar los trajes especiales tan opuestos a la modestia clerical; al efecto deberán prohibirse los desafíos con otros colegios, que tanto apasionan a la juventud. Es tendencia característica de nuestra raza cultivar el espíritu mucho más que los músculos.

La alimentación será semejante a la mexicana, excluyéndose los refinamientos americanos, como el uso diario de la mantequilla, el jamón, el ice cream y cosas por el estilo, las cuales se reservarán para ciertos días extraordinarios.[424]

Los motivos para estas prácticas ascéticas, el arzobispo los tenía claros; ya que no se trataba de fastidiar a nadie, sino de ser coherentes con la realidad del país en el que iban a regresar a trabajar.

Aunque se ha de procurar hacer muy grato a nuestros jóvenes el voluntario destierro a que van a sujetarse, sin embargo, cuidarán los Superiores de que no se adquieran nuevas necesidades que no pueden satisfacer después en México, como sería el cuarto de baño individual y otras comodidades exóticas para nosotros.[425]

La formación de Montezuma, con el correr de los años, se distinguió por su austeridad, pobreza y también por su alegría. Muchas de estas tempranas propuestas, fueron después llevadas a la práctica y los prelados pudieron comprobar que el american way of life nada tuvo que ver con sus seminaristas, cuando menos en los primeros años de vida del seminario.

3. 6. Apertura y funcionamiento del Seminario Interdiocesano de Montezuma

3. 6. 1. Un buen lugar para el seminario

El sitio elegido para el seminario no podía ser mejor; se había escogido la localidad de Montezuma, en el estado de Nuevo México, situada sobre las faldas de las Montañas Rocosas, a una altura de un poco más de 2,000 metros sobre el nivel del mar; un clima salubre con tiempo casi siempre sereno. El lugar dista apenas unas seis millas de la pequeña ciudad de Las Vegas, que contaba en 1937 con 20,000 habitantes, la mitad de los cuales eran mexicanos. Por Las Vegas pasaba la línea ferroviaria que unía la ciudad de San Francisco con la de Chicago y que se encontraba en Santa Fe con la vía proveniente de México, por el Paso, Texas. La propiedad constaba de 1,200 acres, (500,000 metros cuadrados o 50 hectáreas) tenía una construcción central hecha de piedra, con cuatro plantas, había 225 cuartos, un amplio refectorio para unas 500 personas, cocinas, lavandería y otros accesorios. Junto al edificio principal había otro edificio de madera, aparte, con un gran salón para unas 1000 personas, que se adaptó para capilla; además, había un tercer edificio con unos 75 cuartos; tenía su establo propio, un cuarto con la caldera para la calefacción, su propio generador de electricidad y un depósito para hielo.[426] La propiedad costó $19,000 dólares, que era una verdadera ganga, pero el estado de los edificios requirieron una severa reparación y un gasto muy superior al costo de la propiedad; así se lo explicaba el delegado apostólico en Washington, Amleto Cicognani al prefecto de la S. C. de Seminarios:

Los distintos edificios tienen necesidad de reparaciones y modificaciones, por una suma total de cerca de $ 50.000 dólares. En los distintos módulos podrán acomodarse 500 alumnos, modificando algunos cuartos y dormitorios; pero, para el primer año, los Obispos Mexicanos enviarán solo 300 jóvenes.[427]

En su informe, el delegado Cicognani hacía tres precisiones que aconsejaba tener en cuenta y no olvidar: 1. Los obispos de Estados Unidos tenían el mérito de la fundación y el financiamiento del seminario; el episcopado americano había ya nombrado un comité, formado por cinco obispos[428] con el encargo de administrar los fondos recogidos en las colectas y los que enviarían los obispos mexicanos, con eso se sostendría el plantel. 2. A los obispos mexicanos les tocaría enviar alumnos y la parte económica que pudieran dar para mantenimiento de sus alumnos. Por su parte debían nombrar un comité episcopal encargado del seminario con la responsabilidad específica de vigilar sobre la formación disciplinar, espiritual e intelectual de los alumnos. 3. A los padres Jesuitas, responsables directos de la formación eclesiástica, se les fijaría una cantidad mensual; el padre ecónomo debía presentar un informe de los gastos e ingresos cada tres meses, que debía aprobar la comisión de obispos mexicanos.[429]

3. 6. 2. Preparativos inmediatos a la apertura

En la importante reunión de los comités episcopales americano y mexicano del 7 de abril de 1937, se habían hecho también unas Normas[430] que regirían las relaciones entre el episcopado mexicano, el seminario y la Compañía de Jesús; estas fueron elaboradas por el delegado apostólico, monseñor Ruiz y Flores y el comité episcopal mexicano para el seminario y revisadas por el delegado apostólico en Washington, monseñor Cicognani, la Secretaria de Estado y por el prepósito general de la Compañía, padre Wlodimiro Ledókowsky; finalmente fueron aprobadas por la S. C. de Seminarios el 8 de mayo del mismo año.

En mayo de 1937, la S. C. de Seminarios enviaba a todos los obispos mexicanos una carta invitando a que enviaran a sus alumnos al nuevo seminario.[431] Los obispos respondieron con prontitud, pero también en México estaba teniendo lugar un cambio en la política de Lázaro Cárdenas; parece que se empezaba un nuevo estado de tolerancia entre el gobierno y la Iglesia; la elección del nuevo arzobispo de México en la persona del michoacano Luis María Martínez[432] tendría que ver con esa nueva tolerancia. Daba la impresión de que la solución al conflicto de la formación eclesiástica llegaba demasiado tarde y esto pronto lo habría de resentir el seminario de Montezuma. Volvía a pasar como en 1929 en Castroville, que se abría el seminario a las puertas de los arreglos.

3. 6. 3. El seminario abre sus puertas

Después de tantos avatares, se llegaba finalmente a la fecha de la deseada fundación del seminario; tres ciudades de México fueron el punto de encuentro para los alumnos que habían de viajar a Montezuma: México, Morelia y Guadalajara. Los alumnos fueron llegando al seminario entre los días 15 y 20 de septiembre de 1937; el número total de alumnos que llegó fue de 337 alumnos; teólogos, filósofos y latinistas provenientes de 27 diócesis de la República.[433] El jueves 23 de septiembre tuvo lugar la solemne inauguración del seminario. La prensa del lugar dio la noticia: estuvieron presentes como invitados de honor los arzobispos de San Antonio, Texas, y de Morelia, Arturo Drossaerts y Leopoldo Ruiz y Flores. Presidió el arzobispo de Santa Fe, Rudolph A. Gerken, en cuya arquidiócesis estaba el seminario; predicó el padre Claude Ballanet, párroco de Las Vegas, pueblo al que pertenece el seminario que, con un «inspirado sermón en español», dio en nombre del pueblo norteamericano la bienvenida a profesores y alumnos:

El Arzobispo Gerken dio la bienvenida a los más de 300 seminaristas en nombre de la Jerarquía Americana y el Arzobispo Ruiz respondió, agradeciendo a los Obispos de Estados Unidos por lo que ellos han hecho por sus perseguidos fieles católicos de México. Él pidió a los estudiantes de hacer patente su gratitud a través de la perseverancia en el estudio. Un coro de 60 voces estudiantiles cantaba himnos.[434]

El periódico del lugar informaba que el nuevo rector, el padre Ramón Martínez Silva,[435] agradecido, mostraba las instalaciones del seminario a los 500 visitantes llegados para tan importante ocasión y anunciaba que las clases empezarían dentro de cuatro días, o sea el día 27 de septiembre.[436]

Con mucho entusiasmo se emprendió el estudio; en todos los estudiantes se notaba un fervor inusitado. A los pocos días de haber empezado las clases quedaban establecidas todas las cátedras. Además de las materias principales; teologías dogmática y moral, Sagradas Escrituras, filosofía, se iniciaron las academias de lenguas: latín, español, inglés, italiano y hebreo. Las materias secundarias, que así se llamaban, para el curso de filosofía, eran: física, química y biología, geología, cosmografía y matemáticas.

Contaban con magníficos laboratorios regalados por el arzobispo de Santa Fe, monseñor Gerken. Había disputas mensuales de teología y filosofía. Entre los filósofos se fundó un Círculo de estudios literarios para fomentar el amor a la literatura y estimular la producción de escritos varios y al poco tiempo de iniciar su andadura se fundó la revista Albores que narraba la vida del seminario.[437] Durante el primer curso de 1937-1938, los alumnos que llegaron, eran de las siguientes diócesis:[438]

 

Aguascalientes

23

México

15

Tacámbaro

6

Campeche

5

Morella

80

Tamaulipas

9

Chihuahua

14

Oaxaca

10

Tehuantepec

1

Chilapa

11

Papantla

1

Tepic

12

Colima

11

Puebla

34

Tulancingo

6

Cuernavaca

3

Saltillo

4

Veracruz

4

Guadalajara

20

San Luis Potosí

6

Yucatán

17

Huejutla

2

Sinaloa

1

Zacatecas

42

León

4

Sonora

8

Zamora

17

 

Los obispos podían estar contentos; finalmente se había conseguido tener un lugar seguro para la formación seria de los futuros sacerdotes.

3. 6. 4. Los primeros informes sobre Montezuma

La importancia que tuvo para la Iglesia de México la fundación del seminario de Montezuma, quedó reflejada de muchas maneras; una de las principales fueron los informes que se hicieron al poco tiempo de su nacimiento. Había un sano interés por cuidar esa experiencia que había pedido el esfuerzo de tantas personas.

 

3. 6. 4. 1. Monseñor Cicognani informa a Roma

El comité de obispos norteamericanos había tomado muy en serio su papel y su presidente, el arzobispo de Santa Fe, monseñor Gannon informaba al delegado apostólico en Estados Unidos, monseñor Cicognani de la buena marcha del nuevo seminario; todo eran aciertos y renovadas esperanzas; había valido la pena tanto esfuerzo. El delegado apostólico Cicognani transmitió este primer informe al secretario de la S. C. de Seminarios monseñor Ernesto Ruffini,[439] con fecha del 18 de julio de 1938. Habían pasado sólo 10 meses desde la apertura y ya se palpaban los buenos resultados: los dos comités episcopales, norteamericano y mexicano escucharon la relación hecha por el rector del nuevo seminario y quedaron profundamente impresionados de lo que escucharon.

Monseñor Cicognani les comunicaba también que esa información sería pasada a toda la conferencia episcopal de los Estados Unidos que se reunía el mes de octubre de 1938 en Washington para interesar a los prelados en esta buena obra.[440]

Monseñor Cicognani destacaba en su informe enviado a Roma varias cosas: el nivel de estudios alcanzado en tan poco tiempo en Montezuma era el más alto que los jesuitas podían ofrecer; la disciplina y la piedad eran edificantísimas; el canto litúrgico de estos seminaristas mexicanos, en opinión del delegado, era probablemente el más bello del continente. Además un aspecto notable del curso había sido lo que se llamó La Academia, esta contenía la especial nota americana y era característica de la formación; en esa Academia se explicaba un hermoso curso de Apología moderna; así los alumnos podían comprender las actitudes sociales que había que desarrollar ante las distintas corrientes sociales y problemas políticos que enfrentaba México. También recibían un curso sobre las Confraternidades y sobre la metodología catequética; esta última buscaba preparar a los seminaristas a trabajar con los jóvenes. El delegado Cicognani creía, que con esos medios: «Ellos así afrontarán y vencerán la activa filosofía marxista y la influencia atea de las Universidades que ahora dominan toda la política pública y mucha parte de la vida privada mexicana.»[441] Además el delegado subrayaba la importancia de formar a los seminaristas en este campo para después hacer un gran servicio social cristiano a su país. Con mucho entusiasmo, los jóvenes de este seminario son calificados por el delegado de «espléndidos», pues los alumnos mostraban buena voluntad para todo, especialmente para los estudios. Afirmaba que los abundantes frutos que daría este seminario serían también fuente de gozo y alegría para toda la jerarquía de Estados Unidos. Así, con estos buenos auspicios y mejores frutos prácticos comenzaba la aventura montezumense.

3. 6. 4. 2. El rector Martínez Silva informa a la jerarquía
de Estados Unidos

Por su parte, el rector del seminario de Montezuma, en el completo informe entregado a los prelados de Estados Unidos, reunidos en Washington ampliaba las buenas noticias. A partir de septiembre de 1938 el número de seminaristas había crecido, pues habían empezado el curso 443 alumnos de 26 diferentes diócesis; las que más alumnos habían mandado eran: Morelia con 87, Zacatecas con 54, Puebla con 42 y Guadalajara con 39.[442]

El primer año de funcionamiento del seminario, –aseguraba el rector– había sido fuente de alegría para todos ver que los 15 alumnos graduados en Montezuma salieran con la frente bien alta y los corazones encendidos, ya que:

…ellos forman el primer escuadrón de avance y comienzo de la conquista de México para regresar a Su Majestad Jesucristo. Sus prelados quieren ordenarlos sacerdotes en sus propios pueblos. De este número 5 eran de Oaxaca, 4 de Sonora, 3 de Morelia, 1 de Zamora, 1 de Tehuantepec y 1 del lejano Yucatán.

Otros siete seleccionados entre los más brillantes, recientemente partieron a Roma para conseguir su grado de Doctor en la Universidad Gregoriana.[443]

El rector informa que, por el caudal de alumnos que habían venido este año, se habían visto precisados a encontrar la destreza necesaria para usar cada rincón utilizable de la casa como alojamiento. Pero lo más importante, el espíritu del seminario había sido de lo más alentador; para el rector había sido un consuelo que el carácter de los seminaristas se estaba desarrollando favorablemente gracias al refugio de paz que había prestado la gran nación de Estados Unidos. Los seminaristas habían recibido una provechosa lección cuando el coro del seminario tuvo la oportunidad de hacer su primera aparición pública en una fiesta de Santa Fe; pudieron ver –aseguraba el rector– cómo las autoridades civiles del país más progresista, y entre ellas había también de otros credos, estrechaban las manos de los altos dignatarios de la Iglesia Católica y todo esto en el marco del gran esplendor y solemnidad de la celebración. El coro había cantado no sólo en la catedral sino en la misma plaza del pueblo.[444]

Otro de los signos del buen espíritu del seminario consistía, a juicio del rector, en que los seminaristas estaban disponibles para todo tipo de trabajo manual y en que dedicaban parte de su tiempo de recreación a la sastrería, la carpintería, la zapatería o a la mejora de los jardines; y esto sucedía aun los domingos. Se mostraban entusiastas también para el deporte; especialmente se sentían atraídos hacia el baloncesto y el béisbol. Sin embargo, para el rector lo fundamental consistía en el vigoroso espíritu sobrenatural que se palpaba. Los alumnos recurrían con frecuencia a los sacramentos y el Apostolado de la Oración y la Congregación Mariana desde el inicio habían estado florecientes.

Las vacaciones de verano, las primeras, fueron un éxito, pues los chicos durante 20 días tuvieron un merecido descanso; el orden del día era: después de la meditación y de la misa matutina, salir de paseo a las montañas llevando cada uno su comida para no volver a casa sino hasta la caída de la tarde. Además hubo intensas actividades durante las 6 semanas de verano puesto que fueron impartidos cursos en latín, inglés y francés. Para alegría los obispos norteamericanos, el rector aseguraba que el inglés había sido el idioma preferido por la mayor parte de los chicos y que habían continuado estudiándolo a lo largo del año con fruto y gran entusiasmo.[445]

Los ejercicios espirituales anuales de los seminaristas fueron dados por el director espiritual del seminario jesuita de Ysleta[446] del 5 al 11 de septiembre; los alumnos mostraron una sincera piedad y gran recogimiento. El rector se mostraba emocionado ya que en las témporas de septiembre había sido testigo, la primera vez en la historia de Montezuma, de la ordenación de sus alumnos. Fue impresionante la ceremonia en la que el arzobispo Gerken, ordenó 8 subdiáconos, habiendo conferido los días previos las órdenes menores y la primera tonsura a 36 candidatos.[447]

Los departamentos de ciencias y letras se habían mantenido particularmente ocupados, pues aparte del trabajo ordinario, habían tenido lugar tres seminarios para fomentar la iniciativa privada: la investigación directa de trabajo en ciencias sociales, filosofía escolástica y literatura moderna. Los primeros frutos de la Academia de Filosofía de santo Tomás de Aquino fueron mostrados cuando tres jóvenes filósofos deleitaron a la audiencia con los textos que ellos leyeron sobre la orientación de la Filosofía Escolástica y otros dos sobre problemas modernos íntimamente conectados con sus estudios. Los teólogos –informa el rector– también salieron al frente poniendo en escena algunos actos públicos de reuniones de Acción Católica, reuniones sindicales, Congreso Misionero, etc. Este trabajo fue preparado y llevado a cabo en los diferentes grupos de estudio. De todos estos grupos, los más destacados eran los de Elocuencia Sagrada y de Lenguas Modernas; les seguía inmediatamente la Academia de Sociología. Y, entre todos, el más popular y que más asistencia obtuvo fue la Academia de Inglés, hábilmente llevada por tres miembros de la facultad: dos padres graduados en Saint Mary, Kansas y un tercero de Jersey, Inglaterra. El trabajo de las academias literarias de los filósofos consistió en elaborar la revista mensual llamada Albores, que comprendía tres secciones: literatura, noticias del seminario, y deportes en Montezuma. Todo este trabajo –aseguraba el rector– será llevado en el futuro, con renovado entusiasmo y con más especializada dirección, gracias al incremento del número de miembros de la facultad, en 5 sacerdotes más, 4 de ellos, formados profesores en seminarios pontificios y tres de ellos especialistas en escolástica. Todo era acertado en este seminario, pues el rector opinaba que, alguna persona que hubiera conocido hace un año Montezuma quedaría agradablemente sorprendida si hiciera una segunda visita. Al acercase a los edificios, ahora se encontraría con variadas y artísticas jardineras, pintorescos prados, limpias y bien restauradas veredas que se dirigían de la entrada al edificio principal; por no hablar de la sólida y larga escalinata construida en piedra por los filósofos durante las vacaciones de verano, que acortará el camino desde sus apartamentos a la capilla y al refectorio. Todas estas reparaciones, así como las nuevas aulas y dormitorios para acomodar al gran número de nuevos estudiantes que habían llegado, fue posible gracias a –recuerda el rector–, la energía del arzobispo Rodolfo A. Gerken quien vigilaba con ojo alerta sobre las necesidades de los futuros sacerdotes. Y, un detalle de suma importancia:

Los superiores, desde el principio, se han tomado muy a pecho, mentalizar a los seminaristas sobre la magnitud del favor que están recibiendo de parte de los católicos americanos y especialmente de la Jerarquía americana que es tal que no puede ser fácilmente comprendida. Su respuesta incondicional y rápida necesitaba una oportunidad para expresarse y hablar elocuentemente a través de obras y acciones. Esta ocasión llegaba con la venida de Vuestras Excelencias cuando los estudiantes tuvieron el privilegio de encontrarse con sus bienhechores: entonces el amor oculto y la gratitud afloraron en una clamorosa expresión de alegría, devoción filial y duradera gratitud.[448]

Por todo esto, tanto benefactores como beneficiados y en general la Iglesia de México, valoraban la importancia de esta fundación que tanto había costado, pero que era ya una realidad concreta.

3. 7. La visita apostólica de 1939

Durante los últimos días del mes de febrero y los primeros de marzo del año de 1939, la S. C. de Seminarios encargaba la primera visita apostólica al Seminario Interdiocesano de Montezuma. Fue llevada a cabo por monseñor Thomas K. Gorman,[449] obispo de Reno, California. La abundante información obtenida nos permitirá conocer este seminario y su funcionamiento desde una mirada crítica y ajena a la institución en el comienzo de su existencia.[450]

3. 7. 1. Las cosas generales del seminario

La visita empieza haciendo una breve historia del nacimiento del seminario. Se señala que a causa de las leyes mexicanas y la confiscación de los seminarios, el delegado apostólico Leopoldo Ruiz y Flores se interesó por fundar un seminario interdiocesano y la jerarquía de los Estados Unidos, con fraterna y cristiana caridad, ayudó a que el proyecto se realizara. Recuerda que la Santa Sede ordenó que la dirección quedara en manos de la provincia mexicana de lo padres jesuitas.

Después –informa el visitador– se elaboraron unas Normas para que gobernaran la relación entre la jerarquía mexicana y los padres de la Compañía de Jesús. La jerarquía americana compró un antiguo hotel en Montezuma, New Mexico y lo rehabilitó para que pudiera acoger a los alumnos; abrió sus puertas el 14 de septiembre de 1937. Por lo tanto este año de 1939 es el segundo de vida del seminario.[451] En ese momento había 16 profesores y 436 alumnos.[452]

3. 7. 2. Las personas

Para empezar, el visitador hacía constar que en ese seminario se seguían los mismos lineamientos y costumbres que los que estaban en uso en el Colegio Pío Latino Americano de Roma. Muchos de los padres del seminario de Montezuma que estaban en este momento, tuvieron algún cargo en el Pío Latino o fueron también alumnos de él.[453] El cuadro de padres y hermanos responsables de esta primera etapa de Montezuma fue el siguiente: Ramón Martínez Silva, rector y prefecto de estudios; Pedro Maina,[454] padre ministro (vicerrector) y director espiritual de latinistas, José Plancarte,[455] prefecto de teología; Emilio Fernández,[456] prefecto de filosofía; el hermano escolar Rodolfo Mendoza,[457] prefecto de latinistas; Luis Mendoza Guízar,[458] director espiritual de teólogos; Rafael Pérez Vargas,[459] secretario; Camilo Argüello,[460] director espiritual de filósofos, José Bravo Ugarte,[461] confesor ordinario de filósofos y latinistas y Luis Martínez Camberos,[462] ecónomo. Como en otros colegios jesuitas, la comunidad funcionaba en lugar de los diputados mandados por el Concilio de Trento para asuntos de economía y disciplina.[463] En cuanto a las cualidades del personal, el visitador constataba que: «Todos son suficientemente graves y maduros.»[464] Sin embargo, no faltaron los problemas pues aunque el obispo Gorman pudo constatar que del rector: «…es opinión común que posee un espíritu eclesiástico superior»,[465] había también ciertas habladurías respecto a su comportamiento.[466] Se le acusaba de ser ligero en su trato con las mujeres; y aunque el padre en todo parecía edificante, es de comprender que un rector de seminario, obligado a dar ejemplo, no podía permitirse tales libertades.[467] A raíz de estos hechos, el rector Martínez Silva[468] fue sustituido el 2 de agosto de 1939 por el padre Agustín Waldner.[469]

En cuanto a los profesores, desde el principio Montezuma gozó de un elenco de buenos profesores, 16 en total: 10 doctores en teología y filosofía, 4 licenciados en filosofía y dos no tenían título alguno. Pero, observaba el visitador, el número de profesores era apenas suficiente para atender a grupos tan nume­rosos de alumnos y esto provocaba que estuvieran siempre necesitados de tiempo y que difícilmente pudieran emprender algún otro trabajo además de impartir sus clases.[470] El visitador sugería que se buscara mayor número de profesores para corregir este defecto. Otra laguna a llenar en el claustro de profesores era la falta de un doctor en Sagradas Escrituras, aunque el profesor que tenía dicha disciplina era, a juicio de todos, competente, y además ya se estaban preparando algunos alumnos en el Instituto Bíblico de Roma.[471]

Los prefectos de disciplina, que eran tres, uno para teólogos, otro para filósofos y otro para latinistas, eran sacerdotes, maduros, excelentes en todo y atentos a su responsabilidad.[472]

Los alumnos, que ese año eran 436; habían ingresado al seminario cumpliendo los requisitos fijados para ello, pero el visitador no veía clara la definición de dichos requisitos; en general se pedían dos años de latín para entrar al seminario en la división llamada de Latinos o de Humanidades, pero había escuchado de varios profesores la queja de que los alumnos que llegaban de los seminarios mexicanos, no siempre estaban adecuadamente preparados; venían deficientes en latín. Por otro lado –lo comprendía el visitador– era difícil ponerse exigentes debido a que en México era casi imposible llevar un seminario adecuadamente. Este defecto en la formación inicial repercutía haciendo más difícil la enseñanza en Montezuma. El visitador opinaba que a los alumnos muy jóvenes, principalmente entre los latinistas, habría que detenerlos más tiempo en esa etapa, ya que se encontraban, por ejemplo, muchachos de catorce años en primero de filosofía. [473]

La situación sanitaria general de los alumnos, a monseñor Gorman le pereció buena. Informaba que hasta el momento no habían tenido expulsiones de alumnos y que si algún alumno llegaba a tener problemas con los estudios, se le comunicaba a su obispo para que lo retirara del seminario.

El visitador encontró una «gran deficiencia»[474] en cuanto al uso de la vestidura talar y explicaba la causa de esta laguna: era debido a que la mayoría de los alumnos eran tan pobres, por las condiciones de México, que no podían permitirse una sotana, pero cuando podían, entonces la llevaban normalmente. A monseñor Ganon le parecía comprensible este defecto teniendo en cuenta las circunstancias mencionadas.

La separación de los alumnos menores y mayores al visitador le pareció estrictísima ya que cada división, es decir entre latinistas, filósofos y teólogos, tenían dormitorios en edificios distintos, cada uno con su sala de recreo. El refectorio era común, aunque también dentro de él cada división tenía su lugar separado y esto era observado estrictamente. En cuanto a los dormitorios, había cuartos individuales, otros de ocho alumnos, otros de seis, pero no había menores de cuatro; usaban sus cuartos también para estudiar. La mayoría tenía cuarto individual. La vigilancia en los dormitorios se ejercía de la siguiente manera: los cuartos individuales tenían un prefecto entre los alumnos al que llamaban «jefe» que informaba al prefecto de disciplina de cualquier anomalía en su división. En este campo –informaba monseñor Gorman– no había abusos.[475]

En cuanto a la atención de los alumnos, había 15 religiosas Franciscanas de María que se ocupaban de la cocina y del aseo de los cuartos de huéspedes, pero debido al crecido número de alumnos, eran insuficientes.[476]

Cinco hermanos coadjutores de la Compañía de Jesús estaban al cuidado de la portería, del mantenimiento eléctrico del seminario y de los automóviles. Los hermanos encargados de la portería, no permitían jamás la entrada a visitantes sin permiso del superior. Había además 5 chicas domésticas que ayudaban a las hermanas con la cocina; ni a las religiosas, ni al servicio doméstico, les estaba permitido el trato con los seminaristas; toda la relación que podían tener era a través del padre ministro y efectivamente, observa el visitador, nunca se comunicaban con nadie más del seminario ya que estaba estrictísimamente prohibido y en este sentido se ejercía una gran vigilancia.[477]

3. 7. 3. La piedad

En cuanto a la vida espiritual de los alumnos de Montezuma, estos recitaban todos los días en comunidad las preces matutinas y vespertinas; tenían el rosario, las visitas al Santísimo, etc. Cada semana tenían todos juntos las vísperas y la misa solemne. Mensualmente, cada día 11, se dedicaba a honrar a la Sma. Virgen de Guadalupe; cada primer viernes al Sagrado Corazón de Jesús; cada día 19 en honor de san José y se tenía una hora santa cada primer jueves. Anualmente se solemnizaban con una novena, las fiestas de san José, de san Francisco Javier y del Nacimiento de nuestro Señor Jesucristo; también las fiestas de la Asunción de María, del S. Corazón de Jesús, de san Ignacio de Loyola y del Espíritu Santo. Con especial pompa y ceremonia se celebraba la fiesta anual de nuestra Señora de Guadalupe el 12 de diciembre.

La meditación se preparaba la noche anterior dando los puntos para tenerla a la mañana siguiente durante media hora y se hacía en la capilla principal; era habitualmente leída pero en las fiestas principales, la meditación era guiada por el director espiritual.[478]

En cuanto a la confesión, los alumnos accedían regularmente cada ocho días. Cada uno podía elegir libremente a su confesor y podían también confesarse con los profesores. Los alumnos recibían la sagrada comunión cotidianamente durante la misa. Hacían dos visitas al Santísimo en comunidad.[479]

Todos los años, en septiembre, se realizaban los ejercicios espirituales, durante seis días, y, cada mes había un retiro en donde participaban además de los alumnos, los profesores.

La Congregación Mariana en el seminario se encargaba de promover la devoción a la Virgen María celebrando especialmente los meses de mayo y de octubre; también se rezaba a diario el rosario y cada sábado se cantaba la Salve Regina o el Regina Coeli.

La devoción al Romano Pontífice era fomentada de varias maneras: a través de los mismos estudios, mediante pláticas o exhortaciones; además, el visitador pudo comprobar que todos los días los alumnos decían la oración Oremus pro Pontifice.

3. 7. 4. La disciplina

El visitador decía que en ese momento el seminario de Montezuma no contaba con un reglamento disciplinar escrito, dado que estaba recientemente abierto. Los alumnos se guiaban a través de reglas temporales, emanadas todas ellas del Derecho Canónico referentes a las obligaciones de los clérigos. Monseñor Gorman declaraba que, según lo que pudo observar, todos los alumnos tenían una actitud de obediencia y respeto hacia el padre rector y en general una óptima disposición: no supo de algún problema grave en relación a la disciplina; más bien los alumnos tenían entre ellos una notable caridad. Además, observaba monseñor Gorman, era de hacer notar el ambiente de concordia que reinaba en el seminario puesto que los alumnos, de por sí variopintos, venían de toda la geografía mexicana. Al principio de la experiencia del seminario, se temió tener conflictos en este aspecto pues los alumnos empezaron a hacer pequeños grupos de acuerdo a la procedencia de las diócesis y los seminarios; pero esos grupillos fueron desapareciendo, gracias a la vigilancia y la supervisión atinada de los superiores. En cuanto a las amistades particulares, nada grave se ha sabido al respecto; si se descubría alguna, inmediatamente se trataba de romper; aunque también reconocía el visitador, que en parte era difícil detectar y eliminar todas estas relaciones al mismo tiempo.[480]

Respecto a la prensa el visitador aseguraba que no era permitida ninguna, y en cuanto a que los alumnos pudieran leerla, ya sea en el seminario o fuera de él, observaba que las revistas que en este lugar se podían conseguir, todas eran en lengua inglesa, la cual ningún alumno conocía suficientemente como para leer los artículos. Sólo se leían los periódicos y revistas católicas aprobadas y permitidas a los alumnos. Informaba también que en este seminario, las cartas que entraban y salían eran revisadas por los superiores respectivos y hasta el momento nada grave había sido descubierto en este renglón.[481]

Los recreos de los seminaristas eran en común y no eran juegos indecorosos sino que: «juegan los juegos Americanos ordinarios.»[482] Nunca apostaban dinero, primero, porque no lo tenían y segundo porque estaba estrictamente prohibido hacerlo.

No se consentía que los alumnos fueran a la ciudad; si había una expresa necesidad de acudir a ella, entonces les acompañaba siempre alguno de los hermanos coadjutores con el permiso del prefecto de disciplina. Y cuando salían los chicos a pasear a los campos aledaños al seminario, vestían adecuadamente, pero como ya se dijo, a causa de la pobreza, pocos podían llevar la sotana. En este seminario jamás se había dado el caso de que los alumnos deambularan por tabernas, hoteles, restaurantes, etc. Cuando salían, nunca lo hacían después de la caída del sol. En los recreos vespertinos estaba prohibido salir a los campos que rodeaban el seminario. También estaba estrictamente prohibido a los seminaristas visitar casas privadas y, según el visitador, el rector dudaba qué criterio tomar, cuando se daba el caso que los seminaristas tuvieran amigos o parientes de visita pues no sabía, si éstos debían entrar al seminario o no.

Estaba estrictísimamente prohibido que cualquier externo entrara a un dormitorio. También estaba prohibida la visita, entre los seminaristas, en sus dormitorios; para hacerla, se necesitaba el permiso del prefecto y en tal caso el «jefe» debía supervisar. En este seminario, según pudo observar el visitador, se guardaba adecuadamente el silencio.[483]

Las vacaciones de verano duraban dos meses; de este tiempo se dedicaban quince días al descanso y los días restantes tenían lecciones de varias lenguas; muchos de los alumnos permanecían en el seminario. El rector no aprobaba las vacaciones fuera del seminario, en sus casas, sin embargo, las Normas que regían el seminario, abrían esa posibilidad.[484]

Montezuma, en 1939 no contaba con una casa para las vacaciones, aunque afirmaba el visitador que esa cuestión ya había sido discutida entre los padres jesuitas y habían tomado la decisión de que, dadas las circunstancias presentes, no era ni necesaria, ni posible tenerla, porque el seminario era idóneo para las vacaciones al encontrarse rodeado de hermosísimos parajes y porque no era posible hacer un gasto de tal magnitud en esos momentos.[485]

La disciplina parecía marchar bien, aunque hubo algo que puso en guardia a los padres formadores, y de lo cual da su opinión el visitador; no deja de tener gracia e ironía el hecho y también la preocupación de los formadores.[486]

3. 7. 5. Los estudios

El curso de humanidades o latín, impartido en este seminario era de dos años y las condiciones para ingresar a él eran haber hecho al menos un año de latín. Debido a la deficiente preparación con que llegaban los alumnos, se tenía especial cuidado en el estudio de esta lengua; cada semana había cuatro horas de composición y once horas de estudio. El curso estaba dividido en tres semestres con un examen al final de cada semestre. El caso de Montezuma era especial, pues según observaba el visitador, el plan de estudios no era como el de las escuelas públicas de Estados Unidos, ni como el de las escuelas públicas de México. La diferencia estaba especialmente en las humanidades impartidas: latín, griego, religión. En filosofía la diferencia estaba en que la orientación filosófica era distinta, además se veían clases de religión y se veían menos ciencias aplicadas y matemáticas que en las escuelas públicas; la ratio studiorum del seminario estaba adaptada especialmente para quienes iban a recibir el presbiterado. En cuanto a las humanidades cursadas en el seminario no eran reconocidas por ninguna autoridad civil o acreditadas por algún instituto. El visitador pudo darse cuenta que tal reconocimiento o acreditación debía pedirse para que el estudio de los alumnos fuera reconocido.[487]

En cuanto a la filosofía se cursaba en tres años, según el método escolástico y las clases se impartían en latín; el prefecto de estudios se había mostrado cercano a los alumnos para corregir las deficiencias en el estudio y todos, sin excepción, habían presentado los exámenes que se realizaban al final de cada semestre y de cada año; los exámenes semestrales eran tanto orales como escritos y el examen anual era sólo oral.[488]

La teología se estudiaba en cuatro años, con el método escolástico y también en latín. A los teólogos se les daban dos horas a la semana de clases de Acción Católica; los mayores estudiaban el catecismo en inglés puesto que a las parroquias a las que iban tenían que darlo en esa lengua. Las clases de oratoria sagrada se daban durante todo el curso teológico y se hacían prácticas en la clase y en el refectorio. La preparación sobre visita a enfermos y atención de moribundos era sólo teórica y la instrucción se recibía en las lecciones de teología pastoral. Se daba una cuidadosa enseñanza sobre las ceremonias litúrgicas y se entrenaba a los alumnos en el servicio del altar. En Montezuma el canto gregoriano, según opinión del visitador, era impartido por un competente maestro y los resultados eran óptimos pues los seminaristas tenían clases de canto todas las semanas; había una Schola Cantorum que en varias ocasiones había cantado en diversas funciones de Denver y Santa Fe. [489]

Los teólogos habían hecho los exámenes de todas las materias; tanto escritos como orales. Había una academia para la lengua española en donde se ejercitaban los alumnos escribiendo sermones y otros escritos especiales. A juicio del visitador, los alumnos tenían un razonable tiempo disponible para el estudio, aunque algunos se quejaban de estar sobrecargados de trabajo. A los seminaristas se les permitía escribir cartas dos veces por mes y el rector daba todas las cartas a los prefectos para que las revisaran.[490]

En Montezuma, informa el visitador, había dos bibliotecas; una para los profesores y otra para los alumnos aunque los alumnos también podían pedir libros de la biblioteca de profesores. El visitador pudo constatar que la mayoría de los libros eran obras serias, conforme a los estudios superiores que se perseguían; los libros con que contaba esta biblioteca eran las grandes fuentes y las grandes obras de la teología y la filosofía católica. Había unos 15,000 volúmenes, se informaba que aún no tenían un catálogo completo de los libros de la biblioteca.[491]

El seminario contaba con laboratorios de física, química y biología, con sus instrumentos bien conservados aunque al visitador le parecieron más que modestos, en los mínimos, pues según él, eran deficientes; faltaban aparatos, instrumentos, implementos adecuados para las distintas demostraciones.[492]

3. 7. 6. La urbanidad y la higiene

En este seminario los alumnos recibían varias veces al mes, clases de urbanidad y según pudo observar el visitador, los alumnos eran óptimos en este aspecto, todos atentos. En cuanto a modestia y gravedad al visitador le parecieron ejemplares: decentes, abnegados, caritativos. Eran también respetuosos con los superiores y maestros.[493]

Por lo que respecta a la higiene de los cuartos personales, el visitador opinaba que estaban muy bien; la comida era saludable y suficiente; en cuanto a la salubridad del edificio, opinaba que, mejor imposible. Además, eran los mismos alumnos los que cuidaban de la preservación del edificio y siempre le estaban haciendo mejoras. Los baños que tenía el seminario eran suficientes y muy limpios. Respecto a los enfermos, estos eran atendidos por un hermano coadjutor que tenía 37 años de experiencia en el campo sanitario; y si hubiere alguno seriamente enfermo, entonces era transportado al hospital de Las Vegas.

3. 7. 7. Otros aspectos

Aunque se había dicho que el edificio era magnífico, también, observaba monseñor Gorman, era preciso reconocer que, debido a las condiciones de México, los obispos estaban económicamente muy limitados, por lo cual era difícil tener dinero para crecer el plantel. El padre ministro, Pedro Maina, opinaba que los alumnos eran muchos y a veces se veían obligados a poner más alumnos, en los dormitorios, de los que podían contener, dificultando la disciplina. El visitador declaraba que la propiedad del edifico del seminario pertenecía al comité de la jerarquía americana y era una magnífica propiedad: grande, aislada, aunque una pequeña parte del terreno del seminario quedaba rodeada por otra propiedad que pertenecía a los protestantes, pero eso no representaba –a juicio de monseñor Gorman– un inconveniente serio.

En cuanto al edificio, todo había sido perfectamente reparado a expensas del comité de la jerarquía americana y por el momento los superiores habían expresado la necesidad de construir una capilla nueva debido a que la que había en la actualidad resultaba insuficiente para contener a todos los alumnos; además hacía falta construir más aulas para las clases y otros dormitorios nuevos, aunque no se sabía de dónde podría venir el dinero para acometer esos trabajos.[494]

Por este motivo el visitador encontró un poco agitado el ambiente ya que el rector opinaba que en el seminario podían ser alojados unos 450 alumnos. El procurador decía que podían ser alojados hasta unos 500, otros opinaban que con los 430 alumnos que había, apenas podía funcionar el seminario. El visitador era de ésta última opinión, ya que no se deberían admitir más alumnos que los que pudieran ser perfectamente acomodados. Sin embargo, esto era verdaderamente difícil por la postura de los obispos mexicanos, dada la necesidad urgente de sacerdotes en el país.[495]

En cuanto a los sitios para el deporte y juego de los alumnos, el seminario los tenía suficientes aunque el visitador opinaba que los campos del instituto deberían estar mejor cuidados.[496]

3. 8. El estilo formativo de Montezuma

Larga fue la génesis de este seminario que, de alguna manera se vio desbordado por la cantidad de alumnos y las necesidades formativas. La pobreza de las diócesis mexicanas, inmoladas por tantos años de guerras y leyes injustas, no permitían grandes inversiones económicas y, aunque la exquisita caridad de los católicos americanos suplió con creces estas carencias, psicológicamente, para los obispos y los seminaristas mexicanos debió significar un peso añadido estar siempre en actitud de recibir. Quizá los obispos se sentirían abrumados ya que es más fácil dar que recibir; por eso, en la historia de Montezuma hubo muchos intentos de trasladar el seminario a territorio mexicano, para ahorrar dinero, desgastes en viajes, o también para no verse precisados a estar siempre recibiendo, etc., pero la formación, el estilo, había sido valorado y había dado óptimos frutos.

Un profesor del seminario montezumense, el padre Alfredo Méndez Medina S. I. desde su visión como «parte de la institución», aporta su experiencia: Cuando los seminaristas se ven lejos de la patria, se estrecharían entre sí a pesar de venir de distintas partes.[497] Y así lo describe un seminarista, Estanislao Alcaraz[498] que lo vivió en 1937, o sea en el año de la fundación: «…sí, se conjuntaron seminaristas de la mayor parte de México; al principio se pensó que podría haber tensiones, pero precisamente la atingencia de los formadores fue tal que pronto hubo una integración formidable.»[499]

La diferencia se tenía que notar porque los niveles en los seminarios mexicanos eran ciertamente acusados; este es el recuerdo de un seminarista de Morelia, cuyo seminario gozaba la fama de ser uno de los más disciplinados del país:

…cuando llegamos a Estados Unidos, allá con todos los seminaristas, nos distinguimos. No lo digo por hacer menos a los demás, pero el Seminario mejor, de todos los Seminarios de la República, era el nuestro, el de Morelia, tanto que a los de Morelia, nos dieron los cargos principales los jesuitas. […] Había Seminarios que estaban muy mal, por ejemplo el de Colima, era un Seminario de gentes pues... casi no habían tenido formación. Buenos Seminarios, en cuanto a la formación, pues el de Puebla, el de México, pero los del norte, el de Zacatecas, el de Chihuahua, y todos aquellos, íban muy mal formados, no tenían formación. Hubo algunos problemas que se suscitaron cuando estuvimos ya todos reunidos, que fueron causados por ellos. Una noche, por ejemplo, se perdieron varios, porque se habían metido por allá a un cuarto y se pusieron bueno...a...bueno, yo no quiero decir. Sobre todo los del norte…[500]

Problemas, desde luego no faltaron, sin embargo, el padre Méndez Medina pensaba que esa especie de «exilio» vivido por los alumnos montezumenses, ayudaba a que se acercaran con confianza y cariño a sus formadores y por todo ello sentían un estímulo para prepararse y llegar al país de origen par desarrollar un apostolado que les esperaba sembrado de retos:

Se nos insistía también mucho en el estudio, en la generosidad, en la humildad y se nos preparaba precisamente para el ministerio acá en estas tierras mexicanas en donde había y sigue habiendo tantas turbulencias, tantos problemas de todo tipo: de tipo económico, de tipo social, de tipo político y aun de tipo religioso.[501]

El contacto directo con la naturaleza, el clima riguroso y sanamente frío, los frecuentes y recios vendavales, la austera pobreza que imponía la limitación económica y que llevó a los alumnos a convertirse en sastres, zapateros, carpinteros, albañiles, impresores, electricistas, mecánicos, encuadernadores, contribuyó todo esto a dar un carácter especial al seminario interdiocesano mexicano; el padre Méndez Medina lo resume en cuatro palabras: pobreza, cooperación, esfuerzo, alegría.[502]

Para los alumnos de Montezuma, esta experiencia resultó un acierto a todos los niveles y en reflexión a posteriori también se puede destacar lo fundamental de la formación. En cuanto al aspecto académico:

Debo decir que en ese momento [1937], se conjuntó lo mejor de la Provincia de México de la Compañía de Jesús. Los profesores que estaban en el Pío Latino, de la Provincia Mexicana, se vinieron a Montezuma, los que estaban en el Seminario de América Central, también se vinieron a Montezuma y lo mejor del Ysleta College, que era el centro de formación académica de los jesuitas y en todos aspectos para ellos. En ese momento la Compañía, realmente era un emporio en todos sentidos. Se conjuntó un claustro de profesores de primerísima categoría. De manera que sin el título, ni mucho menos, pero estaba a la altura de cualquiera de las mejores Universidades de Europa, con un programa académico enteramente idéntico al de la Gregoriana de Roma, entonces, tuvimos una formación excelente, excepcional.[503]

En el aspecto disciplinar y en la formación espiritual, también hubo logros.

…la Compañía tenía ya un sistema extraordinario; también en Montezuma, había una disciplina grandiosa y excepcional. Todavía lo más notable, que en mi división de filósofos, que éramos doscientos alumnos, había solamente un prefecto y nadie más metía las manos y él, ayudándose de bedeles, de jefes de cuarto, llevaba aquello con un orden, con una rectitud y con una eficacia extraordinaria. De manera que, en ese aspecto, no se insistía, se vivía. Se nos insistía mucho en la espiritualidad, los Padres Espirituales. Había un orden grandísimo en Montezuma; fue un gran Seminario en todos los aspectos. Los actos de piedad, igualmente, bien diseñados y bien llevados.[504]

La formación de Montezuma aportó muchos valores esenciales en la vida y ministerio de los sacerdotes:

La abnegación, sobre todo eso, que adquirimos los muchachos, los compañeros de entonces, yo lo veo muy bien. Ahora ya no tienen abnegación los padres [sacerdotes].[505]

El Colegio Pío Latino Americano de Roma, demostró servir efectivamente y llenar una laguna en la formación eclesiástica mexicana, por eso el envío de alumnos será constante.

La celebración del Concilio Plenario de América Latina el año de 1899 en las instalaciones del Colegio, ayudó a los obispos en conjunto a aquilatar la validez de ese medio formativo que estaba bajo su responsabilidad. Por eso decidieron protegerlo «legalmente» incluyendo un capítulo dedicado a su cuidado.

Como toda institución humana, el Colegio debió enfrentar innumerables dificultades, casi desde su fundación. Por otro lado, las persecuciones intestinas en México, especialmente la orquestada por el gobierno de Plutarco Elías Calles hicieron que las plazas del Pío Latino para los mexicanos, crecieran. Tener el Pío Latino, para los obispos mexicanos, significó una buena solución, aunque en verdad sólo para una insignificante cantidad de futuros sacerdotes.

El estilo formativo del Colegio Pío Latino Americano, que inspiró a tantos seminarios mexicanos, consistió principalmente en tres elementos: a. Una disciplina severa, controlada por la vigilancia que se facilitaba al repartir a los alumnos por cameratas, siguiendo todas las actividades desarrolladas dentro y fuera del Colegio. b. Una piedad cronometrada, utilizando la sabiduría de las fuentes jesuitas. c. Finalmente unos estudios serios y bien organizados, quizá los mejores que podían ofrecerse en el mundo católico, al frecuentar la Universidad Gregoriana. A la formación básica, debe agregarse ese aspecto no fácil de describir que llamaron «romanidad» pero que en esencia me parece que consistía en un amor y lealtad a la persona y las enseñanzas del Papa, a toda prueba; un aprecio por la obra del papado en la sociedad, la ciencia y la cultura, especialmente en las artes y un amor por las celebraciones litúrgicas solemnes y grandiosas. Quizá algunos después dieron otros matices a la «romanidad»,[506] que chocaron con la visión y experiencia de los que se habían formado en los seminarios mexicanos y que, en ciertos casos, llegaron a dividir al clero.

La persecución religiosa desatada en 1926 por la puesta en vigor de la «Ley Calles», puso otra vez en peligro la formación de los futuros sacerdotes. Por este motivo los obispos mexicanos recurrieron a la benevolencia de sus hermanos obispos de España, quienes habían seguido de cerca las injustas situaciones en las que se hallaba envuelta la Iglesia de México.

Aunque el espacio de tiempo en el que permanecieron la mayoría de los seminaristas mexicanos en España fue muy corto, sin embargo fue saludable y beneficioso para ellos. En especial el seminario mexicano de Guadalajara realizó una experiencia significativa al transplantar una parte de sus alumnos a Bilbao.

Se puede decir que los mexicanos estuvieron en España en una etapa de renovación espiritual y disciplinar iniciada a fines del siglo XIX por el beato Manuel Domingo y Sol, que repercutió ampliamente en todos los seminarios españoles. Problemas los hubo, y por cierto muy parecidos a los de los seminarios mexicanos.

La Iglesia Mexicana quedó gratamente impresionada con lo que recibió de sus hermanos españoles, confiando en sus usos y costumbres y agradecida por el socorro cristiano prestado en tiempos de necesidad.

Mayor trascendencia tuvo la fundación de un seminario interdiocesano, puesto que era una necesidad antigua y real, y que tenía dos raíces principales: las diócesis pobres, escasas de clero que no podían tener un seminario y las constantes persecuciones religiosas que ponían en peligro la estabilidad de la formación sacerdotal.

Habría que decir que Montezuma nació por una razón especial: la persecución religiosa en México. La Iglesia mexicana pudo tener ese espacio de formación eclesiástica, gracias a la clarividencia, empeño y solicitud del arzobispo de Morelia, Leopoldo Ruiz y Flores y a la simpatía, generosidad y trabajo asiduo de algunos obispos norteamericanos que se declararon «amigos de México» y lo demostraron con creces.

A los dos años de abierto, en 1939, Montezuma había acogido en su seno casi tantos alumnos mexicanos como el Colegio Pío Latino Americano de Roma en sus 81 años de fundación. El seminario de Montezuma se reveló, desde el inicio, de gran utilidad para la Iglesia mexicana: su ubicación geográfica, a las puertas de México y su relativamente fácil acceso por estar conectado por ferrocarril; su edificio grande, austero, que permitió un gran número de plazas a disposición para todas las diócesis; su programa de estudios bien organizado, la piedad seria y bien guiada; la continuidad de las tradiciones mexicanas y la posibilidad de una estabilidad en todo momento, volvieron a dar esperanzas a los obispos, tan atacados en sus seminarios. Es también notable que, a pesar de las difíciles condiciones de la Iglesia mexicana, de sus sufrimientos y miserias pudiera mandar tal número de vocaciones sacerdotales. Con los años, muchas de ellas se revelarían excelentes.

 


 

Capítulo VIII

Los frutos de la formación eclesiástica

Después de haber repasado la agitada historia de la formación del clero diocesano en México en esos cuarenta primeros años del siglo XX surgen las preguntas: ¿qué cosa quedó de todo aquello? ¿Qué fue de la Iglesia? ¿Hubo algún fruto? Porque la Iglesia en México permaneció. A pesar de todo, la fe del pueblo no se apagó. Las tareas de los obispos y de los sacerdotes se consolidaron y se multiplicaron. México, no obstante los pronósticos de algunos, permaneció católico.

Cada proceso histórico tiene sus causas y sus consecuencias. En este estudio las consecuencias, en consonancia bíblica, prefe-rimos llamarlas «frutos». Porque, pensando en las palabras de Jesucristo: «Cada árbol se conoce por su fruto».[507] Analizar los que hubo nos permitirá considerar la vitalidad y la fuerza de la Iglesia. Y así también alargar la mirada para descubrir la trascendencia de su misión, que sobrepasa los simples aconteci-mientos. Para revelarnos su dimensión metahistórica: la presencia de la fuerza oculta del Espíritu que guía a la Iglesia hacia la plenitud. Esta mirada, necesariamente pide la fe; habrá pues que pedirla a quien la tenga.

En las muchas historias escritas sobre este periodo me ha parecido descubrir dos posturas muy diferenciadas: los que de alguna manera simpatizaron con la «gesta oficial», a los que podríamos llamar «gobiernistas» porque, aunque tratan de ocultarlo, ven a la Iglesia como a un ente del pasado, rémora que atrancó al país en la edad media, y por lo tanto, todas las acciones que le quitaron a la Iglesia poder e influjo sobre el pueblo y penetración en la sociedad, son vistas con simpatía. Parecen ignorar toda la cultura generada en múltiples formas, el sustrato evangélico de caridad, la acogida del otro (alma de nuestro pueblo), el sentido de responsabilidad, la opción por lo bueno y noble que la fe católica ha dado al pueblo, forjando su manera de ser. Y la otra postura, de los que simpatizando abiertamente con la Iglesia (nos contamos ahí), pretender ver en las acciones de la revolución y del gobierno, sólo arbitrariedad, cinismo y deseo de destruir (no estamos tan seguros de contarnos aquí). Creo que es difícil sustraerse a una u otra postura. Me afectan especialmente las palabras del historiador y filósofo Enrique Dussel: «La historia dominante, es la historia de la clase dominante». En otras palabras: la historia la escriben los que triunfan. La Iglesia, aparentemente en este proceso no triunfó y sin embargo su historia se ha escrito y se sigue escribiendo.

 Las leyes que marginaban a la Iglesia desde la Constitución de 1857, no sólo no se abrogaron sino que se radicalizaron con la Constitución de 1917 y con las siguientes leyes Estatales que pusieron a la Iglesia entre la espada y la pared, quedando aun más arrinconada.

El gobierno mexicano «emanado de la revolución» mandó escribir su historia oficial. La Iglesia, por su parte, ha ido escribiendo la suya. Me ha parecido que en este complejo tejido de situaciones, cada protagonista ha tenido su oportunidad y su responsabilidad. En el fondo de cada uno de ellos está la formación recibida, la fe religiosa o la falta de ella y las oportunidades que va dando la vida. En muchas ocasiones no nos queda más que pensar, refiriéndonos a los distintos protagonistas de las dos partes de esta historia: «hicieron lo que creyeron conveniente», aunque no nos parezca agradable. Sólo condenaríamos los abusos de poder, las imposiciones y la preferencia del bien particular por encima del bien común, en cualquiera de los campos y de los protagonistas.

En este capítulo, el último, nos gustaría considerar como fruto de la formación del clero diocesano a todos los sacerdotes, a todos los obispos, y sobre todo al pueblo que supo mantener la fe de sus mayores aun a costa de grandes sacrificios y de su vida. En último término, es al pueblo a quien está destinada la acción de los sacerdotes; por él se forman y para él trabajan y se entregan. Pero como es imposible medir y cuantificar ese dinamismo, sólo tomaremos en cuenta para hacer un breve análisis, tres tipos de «frutos», que son de los que tenemos documentación fiable: los obispos que gobernaron la Iglesia de 1901 a 1940; los 22 sacerdotes mártires que fueron canonizados por el papa Juan Pablo II en mayo de 2000, y los seminarios después de la tormenta.

1. Los obispos de 1900 a 1940

Hemos escogido presentar este apartado a través de cuadros sinópticos por parecernos más fácil y práctico el manejo de un conjunto tan numeroso de prelados. Consideramos obispos de este periodo, a los que estuvieron en alguna diócesis, ya sea como residentes o titulares, de 1901 a 1940. Excluimos deliberadamente a los vicarios apostólicos, u obispos de la Baja California por considerar que ellos no se encargaron directamente de la formación del clero.

En el primer cuadro podremos darnos cuenta a simple vista de quiénes fueron los obispos de México de 1901 a 1940, a los que tocó en suerte gobernar a la Iglesia en tiempos difíciles. Anotamos, por orden alfabético, su nombre y apellidos, sus fechas de nacimiento y muerte y las diócesis que gobernaron. Ofrecemos también alguna selección de bibliografía[508] sobre sus vidas y obras.

1. 1. Datos generales de los obispos

 

Nombre

Nació en

nacimiento / muerte

Gobernó la diócesis de

1

Agustín Aguirre y Ramos.[509]

Mineral de San Sebastián. Nay.

1867/1942

Sinaloa 1922-1942

2

Próspero María Alarcón y Sánchez de la Barquera.[510]

Lerma, Edo. de México.

1828/1908

México 1891-1908

3

José Ignacio Alba y Hernández.[511]

San Juan de los Lagos, Jal.

1890/1979

Colima (coadjut.) 1939

4

Luis María Altamirano y Bulnes.[512]

Chalchicomula, Pue.

1887/1970

Huajuapan 1923

Tulancingo 1933

Morelia (coadj.) 1937 (resid.) 1942

5

José Guadalupe de Jesús Alva y Franco OFM. [513]

La Unión de San Antonio, Jal.

1867/1910

Yucatán 1898

Zacatecas 1900

6

Rafael Amador y Hernández.[514] 

Chila, Pue.

1856/1923

Huajuapan 1903-1923

7

Gerardo Anaya y Díez de Bonilla.[515]

Tepexpan, Edo. de México

1881/1958

Chiapas 1920 S. L. Potosí 1941 –1958

8

Homobono Anaya y Gutiérrez.[516]

Tepatitlán, Jal.

1836/1906

Sinaloa 1898

Chilapa 1902-1906

9

Serafín María Armora González.[517]

Olinalá, Gro.

1876/1955

Tamaulipas 1923-1955

10

Manuel Azpeitia y Palomar.[518]

Guadalajara, Jal.

1862/1935

Tepic 1919-1935

11

Francisco Banegas y Galván.[519]

Celaya, Gto.

1867/1932

Querétaro 1913-1932

12

Luis Benítez y Cabañas.[520]

Puebla, Pue.

1863/1933

Tulancingo (aux.) 1926-1933

13

Rómulo Betancourt y Torres.[521]

Irapuato, Gto.

1858/1901

Campeche 1900-1901

14

Rafael Sabás Camacho y García.[522]

Etzatlán, Jal.

1826/1908

Querétaro 1885-1908

15

Vicente Camacho y Moya.[523]

Guadalajara, Jal.

1886/1943

Tabasco 1930-1943

16

Francisco Campos y Ángeles.[524]

Actopan, Hgo.

1860/1945

Tabasco 1897

Chilapa 1907-1923

Tit. de Doara 1923-1945

17

Silvano Carrillo y Cárdenas.[525]

Pátzcuaro, Mich.

1861/1921

Sinaloa 1921

18

Venerable Leonardo Castellanos y Castellanos.[526]

Ecuandureo, Mich.

1862/1912

Tabasco 1908-1912

19

Vicente Castellanos y Núñez.[527]

Mazamitla, Jal.

1870/1939

Campeche 1912

Tulancingo 1921-1932. Ob. Tit. de Marciana 1932-1939

20

Siervo de Dios José María Cázares y Martínez.[528]

La Piedad, Mich.

1832/1909

Zamora 1878-1908. Ob. Tit. de Cízico 1908-1909

21

Nicolás Corona y Corona.[529]

Autlán, Jal.

1877/1950

Papantla 1922-1950

22

Siervo de Dios Leopoldo Díaz Escudero.[530]

Alcozauca, Gro.

1880/1955

Chilapa 1929-1955

23

Pascual Díaz y Barreto S. I.[531]

Zapopan, Jal.

1875/1936

Tabasco 1922

México 1929-1936

24

Ignacio Díaz y Macedo.[532]

Guadalajara, Jal.

1853/1905

Tepic 1893-1905

25

Siervo de Dios

Jesús María Echavarría y Aguirre.[533]

Bacubirito, Son.

1858/1955

Saltillo 1904-1955

26

José de Jesús Fernández y Barragán.[534]

Tarécuaro, Mich.

1865/1928

Zamora (coadj.)

1899-1907

Ob. Tit. Cárpatos 1921-1928

27

Filemón Fierro y Terán.[535]

Durango, Dgo.

1859/1905

Tamaulipas 1896-1905

28

Manuel Fulcheri y Pietrasanta.[536]

San Ángel, México, D. F.

1871/1946

Cuernavaca 1912

Zamora 1922-1946

29

José Garibi y Rivera.[537]

Guadalajara, Jal.

1889/1972

Guadalajara (aux.) 1929, (coadj.) 1935

(resid.) 1936-1969

30

Santiago Garza y Zambrano.[538]

Monterrey, N. L.

1837/1907

Saltillo 1893

León 1898

Linares 1900 –1907

31

Eulogio Gregorio Gillow y Zavalza.[539]

Puebla, Pue.

1841/1922

Antequera 1887-1922

32

Francisco González y Arias.[540]

Cotija, Mich.

1873/1946

Campeche 1922

Cuernavaca 1931 –1946

33

José María González y Valencia.[541]

Cotija, Mich.

1884/1959

Durango 1922 –1959

34

Luis Guízar y Barragán.[542]

Cotija, Mich.

1895/1981

Campeche 1931

Saltillo (coadj.) 1938-1955 (resid.) 1955-1975 (emerit.) 1975-1981.

35

Antonio Guízar y Valencia.[543]

Cotija, Mich.

1879/1971

Chihuahua 1920-1958 (arzob.) 1958-1969 (emerit.) 1969-1971

36

Beato Rafael Guízar y Valencia.[544]

Cotija, Mich.

1877/1938

Veracruz 1919 1938

37

José de Jesús Guzmán y Sánchez.[545]

Sta. María de las Mercedes del Oro. Dgo.

1864/1914

Tamaulipas 1909-1914

38

Antonio Hernández y Rodríguez.[546]

Hda. Lubianos, Tejupilco, Edo. de México

1864/1926

Tabasco 1912-1922 Ob. Tit. de Tralli 1922-1926

39

Juan de Jesús Herrera y Piña.[547]

Valle de Bravo, Edo. de México

1865/1927

Tulancingo 1907

Linares 1921 –1927

40

Anastasio Hurtado y Robles.[548]

Mascota, Jal.

1890/1972

Tepic 1935-1970 (emerit.)1970-1972

41

Venerable Ramón Ibarra y González.[549]

Olinalá, Gro.

1853/1917

Chilapa 1890

Puebla 1902-1917

42

Leopoldo Lara y Torres.[550]

Quiroga, Mich.

1874/1939

Tacámbaro 1920 –1932 Ob. Tit. Helicarnaso 1932-1939

43

Herculano López y de la Mora.[551]

Encarnación, Jal.

1830/1902

Sonora 1887 -1902

 

44

Manuel Pío López y Estrada.[552]

Jojutla, Mor.

1891/1971

Tacámbaro 1934

Veracruz-Jalapa 1939-1951 arzob. 1951-1968 (emerit.) 1968-1971

45

Siervo de Dios José de Jesús López y González.[553]

La Asunción, Ags.

1872/1950

Aguascalientes (aux.)1928

(resid.) 1929-1950.

46

José de Jesús Manríquez y Zárate.[554]

León, Gto.

1884/1951

Huejutla 1922 – 1938 Ob. Tit. de Verbe 1938-1951

47

José Ignacio Márquez y Toriz.[555]

Tlaxcala, Tlax.

1895/1950

Puebla (aux.) - 1934 (coadj.) 1934 (resid.) 1945-1950

48

Siervo de Dios Luis María Martínez y Rodríguez.[556]

Maravatío, Mich.

1881/1956

Morelia (aux.)- 1923 (coadj.) 1934

México- 1937-1956

49

Salvador Martínez Silva.[557]

Zamora, Mich

1889/1971

Zamora (aux.)- 1940 Morelia (aux.)

50

Carlos de Jesús Mejía y Laguna C.M.[558]

Jalapa, Ver.

1851/1937

Tehuantepec 1902-1907 Ob. Tit. Cinna de Galazia 1907-1937

51

Jenaro Méndez y del Río.[559]

Pajacuarán, Mich.

1867/1952

Tehuantepec 1922

Huajuapan 1933-1952

52

Francisco de Paula Mendoza y Herrera.[560]

Tingüindín, Mich.

1852/1923

Campeche 1904

Durango1909-923

53

Miguel Darío Miranda y Gómez.[561]

León, Gto.

1895/1986

Guadalajara

(aux.) 1929

(coad.) 1934

Arz. res. 1936-1969

54

Ignacio Montes de Oca y Obregón.[562]

Guanajuato, Gto.

1840/1921

Tamaulipas 1871

Linares 1879

S. L. Potosí 1884 Arz. Tit. Cesarea del Ponto 1921.

55

Siervo de Dios Miguel María de la Mora y Mora.[563]

Ixtlahuacán del Río, Jal.

1874/1930

Zacatecas 1911

S. L. Potosí 1922-1930

56

José Mora y del Río.[564]

Pajacuarán, Mich.

1854/1928

Tehuantepec 1891

Tulancingo 1901

León 1907

México 1908-928

57

Juan Navarrete y Guerrero.[565]

Oaxaca, Oax.

1886/1982

Sonora 1919-1963 Arz. Hermosillo 1963-1968. Emérito1968-1982

58

José Othón Núñez y Zárate.[566]

Oaxaca, Oax.

1867/1941

Zamora- 1909

Antequera- 1922-1941

59

Siervo de Dios Francisco Orozco y Jiménez.[567]

Zamora, Mich.

1876/1936

Chiapas 1902

Guadalajara 1912-1936

60

José Guadalupe Ortiz y López.[568]

Momax, Zac.

1867/1947

Tamaulipas 1920

Chilapa 1923

Monterrey (aux.)- 1926 (resid.) 1929 Arz. Tit. Pompeyópolis 1940-1947

61

José de Jesús Ortiz y Rodríguez.[569]

Pátzcuaro, Mich.

1849/1912

Chihuahua 1893

Guadalajara 1901-1912

62

Joaquín Arcadio Pagaza y Ordóñez.[570]

Valle de Bravo. Edo. de México

1839/1918

Veracruz 1895-1918

63

Nicolás Pérez Gavilán y Echeverría.[571]

Durango, Dgo.

1856/1919

Chihuahua 1902-1919

64

Ignacio Placencia y Moreira.[572]

Zapopan, Jal.

1867/1951

Tehuantepec 1907

Zacatecas 1922-1951

65

Francisco Plancarte y Navarrete. [573]

Zamora, Mich.

1856/1920

Campeche 1895

Cuernavaca 1898

Linares 1911-1920

66

José María de Jesús Portugal y Serratos, OFM.[574]

México, D. F.

1838/1912

Sinaloa 1888

Saltillo 1898

Ags . 1902-1912

67

 

Maximiano Reynoso y del Corral[575]

Silao, Gto.

1841/1910

Tulancingo 1898-1901 Ob. Tit. Neo Cesarea 1903-1910

68

Manuel Rivera y Muñoz. [576]

Querétaro, Qro.

1859/1914

Querétaro (coad.) 1904 (resid.) 1908-1914

69

Leopoldo Ruiz y Flores.[577]

Santa María de Amealco, Qro.

1865/1942

León 1900

Linares 1907

Michoacán 1911-1942

70

Maximino Ruiz y Flores.[578]

Atlacomulco, Edo. de México

1875/1945

Chiapas 1913

México (aux.) 1920-1945

71

Enrique Sánchez Paredes.[579]

Amozoc, Pue.

1876/1923

Puebla 1919-1923

72

Andrés Segura y Domínguez.[580]

León, Gto.

1850/1918

Tepic 1906-1918

73

Atenógenes Silva y Álvarez Tostado.[581]

Guadalajara, Jal.

1848/1911

Colima 1892

Michoacán 1900-1911

74

Marciano Tinajero y Estrada.[582]

Apaseo, Gto.

1871/1957

Querétaro 1933-1957

75

Guillermo Tritschler y Córdova.[583]

San Andrés,
Chalchicomula, Pue.

1878/1952

S. L. Potosí 1931

Monterrey 1941-1952

76

Martín Tritschler y Córdova.[584]

San Andrés, Chalchicomula, Pue.

1868/1942

Yucatán (obisp.) 1900-1906 (arzob.) 1906-1942

77

Francisco Uranga y Sáenz.[585]

Santa Cruz de los Rosales, Chih.

1863/1930

Sinaloa 1903

Guadalajara (aux.) 1919

Cuernavaca 1922-1930

78

Ignacio Valdespino y Díaz.[586]

Chalchihuites, Zac.

1861/1928

Sonora 1902

Aguascalientes 1913-1928

79

Emeterio Valverde y Téllez.[587]

Villa del Carbón, Edo. de México

1864/1948

León 1909-1948

80

Amador Velasco y Peña. [588]

Villa de Purificación, Jal.

1856/1949

Colima 1902-1949

81

Pedro Vera y Zuria.[589]

Querétaro, Qro.

1874/1945

Puebla 1924-1945

82

Jesús Villareal y Fierro.[590]

Durango, Dgo.

1884/1965

Tehuantepec 1933 San Andrés Tuxtla 1959-1965

83

Santiago de Zubiría y Sánchez de Manzanera.[591]

Durango, Dgo.

1834/1909

Durango 1895-1909

Por lo tanto, de los 83 obispos que gobernaron la Iglesia en estos cuarenta años, eran oriundos de los siguientes estados de la República Mexicana:

ORIGEN

%

Michoacán

18

21.7%

Jalisco

17

20.5%

Guanajuato

 8

 9.7%

Estado de México

 7

 8.3%

Puebla

 7

 8.3%

Durango

 5

 6.0%

Guerrero

3

3.6%

Querétaro

3

3.6%

México D. F.

2

2.5%

Oaxaca

2

2.5%

Zacatecas

2

2.5%

Aguascalientes

1

1.2%

Chihuahua

1

1.2%

Hidalgo

1

1.2%

Morelos

1

1.2%

Nayarit

1

1.2%

Nuevo León

1

1.2%

Sonora

1

1.2%

Tlaxcala

1

1.2%

Veracruz

1

1.2%

La mayor representatividad corresponde a los estados del centro; Michoacán, Jalisco, Guanajuato, Estado de México y Puebla.

En la siguiente tabla anotamos: en la tercera columna los centros de estudios en los que se formaron estos obispos y, en la medida que nos fue posible investigarlo, los años que emplearon en su formación. Al conocer el lugar donde los obispos realizaron sus estudios, podremos evidenciar posiblemente el influjo recibido. En la cuarta columna ponemos los grados académicos obtenidos y las responsabilidades que tuvieron en los seminarios, cuando las hubo, antes de ser consagrados obispos.

1. 2. Formados y formadores

Nombre

Estudió en:
Durante:

Grados académicos obtenidos / Cargos en el seminario

1

Agustín Aguirre y Ramos.

Seminario de Guadalajara. ¿-1893

Ninguno/ Profesor del Seminario de Guadalajara y Aguascalientes 1894-1922.

2

Próspero María Alarcón y Sánchez de la Barquera.

Seminarios de México y Tulancingo. PUM. 1844-1855

Doctorado en teología / Prefecto de estudios, profesor y vicerrector en el Seminario de México

3

José Ignacio Alba y Hernández.

Seminario de Guadalajara y Pío Latino A. de Roma. PUG. 1903-1918.

Doctorado en teología y derecho canónico/ Prefecto de disciplina, secretario, encargado del seminario de Bilbao 1928-1929 y rector
del seminario de Guadalajara (1920-1935)

4

Luis María Altamirano y Bulnes.

Seminario de Puebla y Pío Latino A. de Roma. PUG 1906-1913

Doctorado en filosofía y teología /Catedrático de la Universidad Católica Angelopolitana.

5

José Guadalupe de Jesús Alva y Franco, OFM.

Formación en Colegio de N. Señora de Guadalupe, Zac. 1857-1864

Ninguno/Ninguno

6

Rafael Amador y Hernández. 

Seminario de Puebla y Pío Latino A. de Roma. PUG. 1885-1888.

Doctorado en teología/ Catedrático, secretario, prefecto y vicerrector del Seminario de Puebla.

7

Gerardo Anaya y Díez de Bonilla.

Pío Latino A. de Roma. PUG. 1893-1906.

Doctorado en filosofía, teología y derecho canónico/Vicerrector 1907-1913, rector 1913-1920 del Seminario de México.

8

Homobono Anaya y Gutiérrez.

Seminario de Guadalajara. APG.

¿-1873.

Doctorado en Teología/ Rector del Seminario de Guadalajara 1892-1898

9

Serafín María Armora González.

Seminario de Chilapa.

¿-1899.

Ninguno/ Catedrático y rector 1910 del Seminario de Chilapa.

10

Manuel Azpeitia y Palomar.

Escuela de jurisprudencia Seminario de Guadalajara. APG. 1873-1885.

Abogado y doctorado en derecho canónico/ Catedrático del seminario de Guadalajara.

11

Francisco Banegas y Galván.

Seminarios de Querétaro y Morelia. 1883-1891.

Ninguno/ Catedrático, vicerrector y rector del seminario de Morelia. 1890-1913.

12

Luis Benítez y Cabañas, S. I.

1884 Zamora, México, Oña, Burgos, 1896 -1899 Zamora y México.

Ninguno/ Prefecto de estudios y Director espiritual del seminario de León.

13

Rómulo Betancourt y Torres.

Colegio del Estado de Guanajuato; Escuela de Medicina de México, 1876-1879. Seminario de Morelia. 1880-1885.

Profesor de Farmacia/ Catedrático y vicerrector del Seminario de Morelia 1885-1889.

14

Rafael Sabás Camacho y García.

Seminario de Guadalajara 1841-1851

Escuela de jurisprudencia

Doctorado en derecho civil/ Catedrá­tico del seminario de Guadalajara. 1851-1857.

15

Vicente Camacho y Moya.

Seminario de Guadalajara 1897-1909.

Ninguno/ Catedrático en el seminario de Guadalajara 1908-1914.

16

Francisco Campos y Ángeles.

Seminario de Tulancingo 1876-1881.

Ninguno/ Catedrático seminario de Tulancingo. 1879-1896.

17

Silviano Carrillo y Cárdenas.

Seminarios de Zamora y de Guadalajara 1873-1884

Ninguno/ Ninguno.

18

Venerable Leonardo Castellanos y Castellanos.

Seminario de Zamora.

Ninguno/ Catedrático y Rector del seminario de Zamora 1905-1908.

19

Vicente Castellanos y Núñez.

Seminarios de Sahuayo y de Zamora 1885-1894.

Ninguno/ Ninguno

20

Siervo de Dios José María Cázares y Martínez.

Seminarios de Zamora y Morelia y Universidad de Michoacán 1848-1864.

Licenciado en derecho civil/ Rector del seminario de Morelia 1875-1878.

21

Nicolás Corona y Corona.

Seminarios de Guadalajara y de Colima 1890-1901.

Ninguno/ Catedrático del seminario de Colima. 1901-1908.

22

Siervo de Dios Leopoldo Díaz Escudero.

Seminario de Chilapa, 1895-1905

Ninguno/ Catedrático del seminario de Chilapa 1922.

23

Pascual Díaz y Barreto S. I.

Seminario de Guadalajara, 1887-1899. Oña, Burgos, 1905-1907. Enghien, Bélgica. 1910-1913.

Doctorado en filosofía/ Catedrático del seminario de Guadalajara. 1899-1902. Profesor en Col. de Tepozotlán 1913. Prefecto de estudios Col. de Mascarones, México, D. F. 1913-1915.

24

Ignacio Díaz y Macedo.

Escuela de jurisprudencia, Seminario de Guadalajara. APG. 1864-1875.

Abogado y doctorado en teología/ Catedrático y vicerrector del seminario de Guadalajara 1874-1881.

25

Siervo de Dios Jesús María Echavarría y Aguirre.

Seminario de Culiacán. 1878-1886

Ninguno/ Catedrático y rector del seminario de Culiacán. 1903-1904.

26

José de Jesús Fernández y Barragán.

Seminarios de Cotija y Zamora. 1883-1890

Ninguno/ Catedrático, vicerrector de 1897-1899 y rector 1899-1904 del seminario de Zamora.

27

Filemón Fierro y Terán.

Seminario de Durango

Ninguno/ Ninguno

28

Manuel Fulcheri y Pietrasanta.

Seminario de México 1888-1896 y Pío Latino A. de Roma. PUG. 1897-1901.

Doctorado en teología y derecho canónico/ Catedrático, vicerrector 1902 y rector en 1907 -1912 del seminario de México.

29

José Garibi y Rivera.

Seminario de Guadalajara y Pío Latino A. de Roma. PUG. 1913-1916.

Doctorado en derecho canónico/ Catedrático de 1911-1913 del seminario menor de Guadalajara y catedrático y director espiritual del mayor. 1918-1920.

30

Santiago Garza Zambrano.

Seminario de Monterrey

¿-1860.

Ninguno/ Catedrático del seminario de Monterrey

 

31

Eulogio Gregorio Gillow y Zavalza.

Inglaterra, Bélgica y Pío Latino A. de Roma. PUG y «La Sapienza». 1851-1866

Doctorado en utroque iure/ Ninguno

32

Francisco González y Arias.

Seminarios de Cotija y de Zamora. 1884-1897.

Ninguno/ Catedrático del seminario de Zamora y en El Paso, Tex. 1927

33

José María González y Valencia.

Seminario de Zamora y Pío Latino A. de Roma. PUG y PASTA.1904-1910

Doctorados en filosofía, teología y derecho canónico / Catedrático, prefecto de disciplina, vicerrector del seminario. 1910-1914.

34

Luis Guízar y Barragán.

Colegio Pío Latino A. de Roma. PUG. 1910-1919.

Doctorado en filosofía y teología. Catedrático del seminario de Chihua-hua y rector del seminario de Veracruz. 1920-1922.

35

Antonio Guízar y Valencia.

Seminario de Cotija 1895-1903 y Pío Latino A. de Roma. PUG y PASTA. 1910-1913.

Doctorado en filosofía, teología y derecho canónico/ Catedrático, director espiritual 1913-1914 y rector 1919-1920 del seminario de Zamora..

36

Beato Rafael Guízar y Valencia.

Seminarios de Cotija 1894-1895 y de Zamora. 1896-1901.

Ninguno/ Director espiritual del seminario de Zamora. 1904

37

José de Jesús Guzmán y Sánchez.

Seminario de Durango

¿-1888

Ninguno/ Catedrático del seminario de Durango.

38

Antonio Hernández y Rodríguez.

Seminario de Chilapa 1884-1889.

Ninguno/ Catedrático, director espiritual y rector del seminario de Chilapa.

39

Juan de Jesús Herrera y Piña.

Pío Latino A. de Roma. PUG. 1876-1890.

Doctorado en filosofía, teología y dere­cho canónico/ Profe­sor del Col. Clerical Josefino en San Joaquín, Tacuba.[592] 1890. Catedrático y rector del seminario de Mé-xico. 1898-1907. Funda en 1914 el seminario de Castro-ville, Texas, E. U. A.

40

Anastasio Hurtado y Robles.

Seminario de Tepic. ¿-1914

Ninguno/ Catedrático del seminario de Tepic. 1913.

41

Venerable Ramón Ibarra y González.

Seminario de Puebla y Pío Latino A. de Roma. PUG y PASTA.

Doctorado en filosofía, teología y utroque iure/ Catedrático del seminario de Puebla. 1884-1889. Fundó la Universidad Cat. Angelopolitana 1907.

42

Leopoldo Lara y Torres.

Seminario de Morelia

Ninguno/ Catedrático del seminario de Morelia. Funda el seminario de Tacámbaro en 1920.

43

Herculano López y de la Mora.

Seminario de Morelia. 1853-1863.

Ninguno/ Catedrático en el seminario auxiliar de Celaya. 1863 y del seminario de Morelia 1880.

44

Manuel Pío López y Estrada.

Seminario de Cuernavaca y Pío Latino A. de Roma.

PUG. 1905-1917

Doctorado en filosofía, teología y derecho canónico/ Catedrático del seminario de Cuernavaca. 1917.

45

Siervo de Dios José de Jesús López y González.

Seminarios de Aguasca-lientes y Guadalajara. ¿-1897.

Ninguno/ Catedrático del seminario de Aguascalientes 1903-1914.

46

José de Jesús Manríquez y Zárate.

Seminario de León. 1896-1903 y Pío Latino A. de Roma. PUG y PASTA. 1909-1920.

Doctorados en filosofía, teología y derecho canónico/ Catedrático y prefecto del seminario del León.

47

José Ignacio Márquez y Toriz

Seminario de Puebla 1909-1913 y Pío Latino A. de Roma. PUG 1913-1920.

Doctorado en filosofía, teología y derecho canónico/ Catedrático y director espiritual del seminario de Puebla.

48

Siervo de Dios Luis María Martínez y Rodríguez.

Seminario de Morelia. 1891-1901.

Ninguno/ Celador 1904, prefecto de disciplina 1905, vicerrector 1906, y rector 1919 del seminario de Morelia.

49

Salvador Martínez y Silva

Seminario de Zamora 1903-1910 y Pío Latino A. de Roma. PUG1910-1913.

Doctorado en teología/ Catedrático del seminario de Zamora. 1914

50

Carlos de Jesús Mejía y Laguna. C.M.

Seminario de Jalapa y estudios con los padres paúles.

Doctorado en teología/ Catedrático, vicerrector y rector 1883-1902 y 1907-1908 del seminario de Mérida.