Amenazas a la
familia
28 de marzo del
2006
Michael F.
Hull
La
familia es el principio y la base de cada sociedad humana. Así ha sido ya desde
la creación: "Después dijo el Señor Dios: "No conviene que el hombre esté solo: voy a hacerle una ayuda
adecuada"(Gn 2,18). Aristóteles expresa un concepto parecido cuando
describe la familia como la comunidad fundamental de los hombres y las mujeres
(Política I.2.). S. Agustín habla del matrimonio como del "primer
vínculo natural de la sociedad humana" (De bono conjugali 1.1).
Las amenazas a la familia son las que ponen en peligro este vínculo,
especialmente cuando está sellado bajo la forma de un sacramento. Quizás las
dos amenazas más graves a la familia son el divorcio y el control artificial de
los nacimientos. El primero destruye la familia lacerándola; el segundo
obstaculiza la natural expansión de la familia y de la comunidad humana.
El
divorcio civil se ha vuelto un "must", un imperativo, un
deber, en muchos países industrializados y está en crecimiento en todo el
mundo. En la mayor parte de los países hoy en día el divorcio es una simple
materia civil, se consigue fácilmente y no es más estigmatizado socialmente. La
separación de las familias es común y se la elige con ligereza, con muy poca
preocupación por las solemnes admoniciones de nuestro Señor contra el divorcio
(Mt. 5, 31–32; 19, 3–9; Mc. 10, 2–12; Lc. 16, 18; cf. 1 Cor. 7, 10–16).
En los
Estados Unidos de América, por ejemplo, los sondeos ubican la porcentual
corriente de los divorcios a aproximadamente el 40% entre la población general
y al 20% entre los católicos. Lo interesante es que estos porcentajes son
significativamente más bajos, más o menos del 10-15%, con respecto a hace diez
años. ¿La razón? El matrimonio está tan caído en desgracia que muchas parejas
eligen vivir en el pecado, temporal o permanentemente. Muchos jóvenes adultos
se empeñan en un cierto número de relaciones a breve o también a largo plazo
antes de casarse — si es que se casan. Muchas parejas, algunas más jóvenes y
otras más ancianas, toman una decisión específicamente contra el matrimonio y
eligen vivir su vida en un así llamado “matrimonio basado en el common
law." Ciertamente la Iglesia debe
llevar adelante un ministerio para los divorciado —como está tan bien
ilustrado en el documento Familiaris consortio del Papa Juan Pablo II
(22 de noviembre de 1981; cf. nn. 83-84)— pero la Iglesia tiene que seguir
haciendo oír su voz clara y fuerte contra la ruptura del matrimonio y, por
consiguiente, de las familias.
Paralelamente
al divorcio, también el control artificial de los nacimientos parece estar a la
orden del día. Por una parte, es utilizado por los que se casan, obstaculizando
o limitando el plan de Dios sobre la procreación. Por la otra, contribuye
sustancialmente al malestar contemporáneo caracterizado por el pecado,
eliminando muchas de las consecuencias de la relación sexual inmoral. Tanto el
Papa Pío XI en la Casti connubii (31 de diciembre de 1930), como el Papa
Pablo VI en la Humanae vitae (25 de julio de 1968) ponen un énfasis
especial sobre el control artificial de los nacimientos, visto como la amenaza
principal contra la santidad del matrimonio y la familia en la época moderna.
Papa Pío
XI habla claro: "cualquier uso del matrimonio, en el que maliciosamente
quede el acto destituido de su propia y natural virtud procreativa, va contra
la ley de Dios y contra la ley natural, y los que tal cometen, se hacen
culpables de un grave delito”(CC n. 21). Pablo VI era profético
cuando observaba a propósito del control artificial de los nacimientos: "qué
camino fácil y ancho que se abriría a la infidelidad conyugal y a la
degradación general de la moralidad" (HV n. 17). No hay duda de
que tal infidelidad resulta en crecimiento en proporción a la decadencia de las
virtudes morales. En efecto, el control artificial de los nacimientos ha
abierto mucho las puertas y ha facilitado tales crisis de los principios
morales que las palabras de Pablo VI parecen solamente modestas y subestimadas.
Para
defender la familia la Iglesia tiene que ser vigilante en proclamar la
santidad, la inviolabilidad y el carácter permanente del matrimonio, así como
la importancia de hacer de modo que el acto conyugal sea abierto a la vida. Las
susodichas amenazas a la familia pueden ser afrontadas mejor recordando lo que
es la familia, es decir, la piedra angular de la sociedad y de la Iglesia
doméstica (Lumen gentium n. 11; FC n. 21) sin la cual el hombre es
privado de su comunidad natural y sobrenatural.