PRIMERAS MORADAS
CASTILLO INTERIOR
INTRODUCCIÓN
PRÓLOGO
MORADAS PRIMERAS
CAPÍTULO 1
En que trata de la hermosura y dignidad de nuestras almas. Pone una comparación para entenderse, y dice la ganancia que es entenderla y saber las mercedes que recibimos de Dios. Cómo la puerta de este castillo es la oración.
CAPÍTULO 2
Trata de cuán fea cosa es un alma que está en pecado mortal y cómo quiso Dios dar a entender algo de esto a una persona. Trata también algo sobre el propio conocimiento. Es de provecho, porque hay algunos puntos de notar. Dice cómo se han de entender estas moradas.
EPÍLOGO
INTRODUCCIÓN
El Castillo interior es una lección magistral de la autora. Fruto maduro de su última jornada terrena, refleja el estadio definitivo de su evolución espiritual, y completa el mensaje de las obras anteriores, Vida y Camino. El relato autobiográfico de Vida tiene ahora una nueva versión, más sobria y discreta, disfrazada de anonimato e integrada por las experiencias del último decenio. Igualmente, la pedagogía del Camino rebasa ahora los tanteos de entreno en la vida espiritual, para bogar hacia lo hondo del misterio: la plenitud de la vida cristiana.
A completar la lección vendrán sucesivamente las Fundaciones y las Cartas, para refrendar la consigna de las séptimas moradas: que la suprema vivencia mística no saca de órbita al cristiano, sino que lo mantiene con pie en tierra, en diálogo con los hermanos.
El punto de partida
El primer proyecto del Castillo empalma con la autobiografía teresiana. Vista a distancia de doce años, la Vida resultaba incompleta. Había que reanudar el relato y ultimarlo. O quizás rehacerlo de sana planta con enfoque teológico nuevo.
En posdata a una de sus cartas, escribe la Santa a su hermano Lorenzo el 17.1.77: "Al obispo (de Avila, Don Alvaro) envié a pedir el libro (la Vida), porque quizá se me antojará de acabarle con lo que después me ha dado el Señor, que se podría hacer otro y grande".
El motivo del "antojo" era doble: los últimos doce años habían aportado un caudal de experiencias netamente superior a las historiadas en Vida. Las ha anotado fragmentariamente en las Relaciones. Pero no se trataba sólo de nuevos materiales de construcción. Las vivencias del último quinquenio especialmente a partir del magisterio de fray Juan de la Cruz (1572) habían suministrado una nueva clave de interpretación de todo el arco de su vida. Con visión más unitaria y profunda. Con mejores posibilidades de síntesis teológica.
De momento, el proyecto fracasó. Don Alvaro no envió el ejemplar de Vida. Y por remate, pocos días después el exceso de trabajo quebraba la salud de la Santa. Fue una crisis de agotamiento, con un profundo trauma físico. Grandes dolores y rumores de cabeza, que la dejan "escarmentada" y temerosa de "quedar inhabilitada para todo" (1). Tiene que recurrir a los servicios de una amanuense casera para despachar la correspondencia, por expresa orden del médico. Así se desvanece el proyecto de refundición de la Vida.
La orden de escribir
Medianamente repuesta del achaque de febrero, la Santa se encuentra a fines de mayo con el padre Gracián. Los dos conversan en el locutorio del carmelo de Toledo. El va de prisa, de Andalucía a Madrid, convocado por el Nuncio. Ella cumple la orden de reclusión, impuesta por el Capítulo General de la Orden. Un retazo de la conversación nos llega directamente, de la pluma de Gracián:
"Lo que pasa acerca del libro de las Moradas es que, siendo yo su Prelado y tratando una vez en Toledo muchas cosas de su espíritu, ella me decía: ¡Oh qué bien escrito está ese punto en el libro de mi Vida que está en la Inquisición!
Yo le dixe: Pues que no lo podemos haber, haga memoria de lo que se le acordare y de otras cosas, y escriba otro libro, y diga la doctrina en común, sin que nombre a quien le haya sucedido aquello que allí dixere.
Y así le mandé que escribiese este libro de las Moradas, diciéndole para más la persuadir que lo tratase también con el Doctor Velázquez, que la confesaba algunas veces. Y se lo mandó" (2).
Años más tarde, Gracián mismo completa el informe:
"Persuadíale yo estando en Toledo a la madre Teresa de Jesús con mucha importunación que escribiese el libro que después escribió que se llama de Las Moradas. Ella me respondía la misma razón que he dicho, y la dice muchas veces en sus libros, casi con estas palabras:
¿Para qué quieren que escriba? Escriban los letrados, que han estudiado, que yo soy una tonta y no sabré lo que me digo: pondré un vocablo por otro, con que haré daño. Hartos libros hay escritos de cosas de oración; por amor de Dios, que me dejen hilar mi rueca y seguir mi coro y oficios de religión, como las demás hermanas, que no soy para escribir ni tengo salud y cabeza para ello, etc." (3).
Gracián y Velázquez vencieron la resistencia de la Madre. Lo recordará ella en el prólogo del Castillo subrayando lo dificultoso de su "obediencia" y repitiendo los motivos de su oposición: desde el dolor de cabeza, hasta la total falta de inspiración literaria; con una velada alusión al libro de su Vida, que sigue preso en la Inquisición, y a la imposibilidad de "traer a la memoria" las muchas cosas contenidas en él, "que decían estaban bien dichas, por si se hubieren perdido". No refundirá el relato autobiográfico. Se atendrá a las consignas de los dos consejeros, sujetándose en todo a su parecer, "que son personas de grandes letras". Escribirá el nuevo libro no para sus confesores como el de la Vida, sino para las lectoras de sus carmelos, gente sencilla y ojos benévolos que acogerán con amor cualquier página suya.
Proyecto modestísimo, que será desbordado desde el primer capítulo del libro.
La tarea de escribir
Grafía firme y redacción rápida. De la aridez del prólogo no queda rastro. La Santa escribe con fluidez, como conversa. En folios amplios, de 210x310 mm. Ha datado el prólogo el 3 de junio de 1577. En quince días de tarea normal, alternando con el coro y el carteo, redacta las moradas primeras, segundas y terceras. De pronto llega de Madrid una noticia fatal: el "nuncio santo", Nicolás Ormaneto ha muerto (1819 de junio). Ella acusa el golpe que prevé catastrófico para la Reforma, y prepara el viaje a su primer carmelo de San José de Avila.
Ha escrito 26 folios (52 páginas llenas). Ha terminado el capítulo primero de las moradas cuartas. Pero tiene que interrumpir la labor y tardará en reanudarla. "Válgame Dios en lo que me he metido! Ya tenía olvidado lo que trataba, porque los negocios y salud me hace dejarlo al mejor tiempo; y como tengo poca memoria, irá todo desconcertado por no poder tornarlos a leer" (4).
Así, entre interrupciones, viajes y sobresaltos, redactará los cinco capítulos siguientes: 19 folios más. Sólo cuatro o cinco meses más tarde reanudará la tarea en firme. Es ya invierno en Avila, y allí, en la gélida celdilla de San José, escribirá de un tirón el resto del libro, a partir del capítulo cuarto de las moradas quintas: 16 capítulos, de los 27 que cuenta la obra. Desde el folio 46r hasta el 110r.
Siguen todavía dos folios con el epílogo o carta de acompañamiento, colocados antes del prólogo en el autógrafo primitivo (páginas 25) (5). Rezuman el sano humor de la autora al terminar la tarea: las lectoras carmelitas, que no siempre disponen de espacio suficiente dentro del monasterio, "sin licencia de la priora podéis entraros y pasearos por él (por este castillo) a cualquier hora".
Para dar forma de libro a esos 113 folios, faltan sólo dos operaciones: estructurarlos internamente en moradas y capítulos, y darles un título. La Santa relee en diagonal los cuadernillos, y busca un hueco entre líneas para intercalar la indicación "moradas primeras", "capítulo" o similares (6). No ha quedado espacio para el epígrafe de cada capítulo, y por lo tanto lo extenderá en folio aparte, hoy perdido. Utilizará el vuelto de la primera hoja en blanco, para titular la obra: "Este tratado, llamado Castillo interior, escribió Teresa de Jesús, monja de nuestra Señora del Carmen, a sus hermanas e hijas las monjas carmelitas descalzas". En el margen superior de cada página ha ido anotando el título corriente, como en los libros de molde: en la página de la izquierda "mdas" (moradas), y en la de la derecha el número correspondiente "primeras", "segundas", etc.
A medida que la Autora redacta los cuadernillo, los va pasando a una amanuense que los transcribe: es la primera copia del Castillo, antes que intervengan las manipulaciones de los censores.
La censura y otros avatares del autógrafo
Falta al manuscrito el espaldarazo de los teólogos. Indispensable para poder presentarse en sociedad y pasar a mano de las lectoras. Se prestan a ejecutar la operación dos amigos de la Santa: el carmelita Gracián, y Diego de Yanguas dominico. Improvisan un tribunal casero en el carmelo de Segovia. Gracián está interesado en prevenir percances y acusaciones al libro. Yanguas es profesor de teología en la ciudad, y para esas fechas ya ha intervenido en la quema del autógrafo de los Conceptos. Entre los dos se reparten los papeles de juez, fiscal y defensor. Cuenta Gracián:
"Después leímos este libro en su presencia el padre fray Diego de Yanguas y yo, arguyéndole yo muchas cosas de él, diciendo ser malsonantes, y el padre fray Diego respondiéndome a ellas, y ella diciendo que las quitásemos; y así quitamos algunas, no porque fuese mala doctrina sino alta y dificultosa de entender para muchos; porque con el celo que yo la quería, procuraba que no hubiese cosa en sus escritos en que nadie tropezase" (7).
Es cierto que Gracián tachó y enmendó siempre con suma delicadeza, dejando legible el original de la Santa. Pero tachó demasiado, y sus enmiendas pecaron por carta de más: puras quisquillas de teólogo o de humanista. Cuando unos años después cae el autógrafo en manos del primer biógrafo de la Santa, el jesuita Francisco de Ribera, los retoques provocan protestas en cadena: Ribera encuentra que siempre estaba mejor el texto de la Santa que el del censor, y por fin se decide a escribir de propia mano una "contracensura": "...me pareció avisar a quien lo leyere, que lea como escribió la Santa Madre, que lo entendía y decía mejor, y deje todo lo añadido, y lo borrado de la letra de la Santa délo por no borrado..." (8). Afortunadamente, tampoco fray Luis de León dio paso en la edición príncipe a las enmiendas de Gracián.
En cambio, las últimas páginas del autógrafo acogerán la aprobación incondicional de otro censor, hombre de Inquisición, que años atrás afrontó con severidad el caso de la Madre Teresa. Es el jesuita Rodrigo Alvarez. Ha intervenido en el amago de proceso inquisitorial contra la Santa, en Sevilla, por los años 15751576. Ahora es ya entrañable admirador de la Madre y tiene deseos de leer su último escrito, enviado a Sevilla para que la sagacísima madre María de San José esquive los peligros de secuestro. En data 8.11.1581 escribe la Santa a la depositaria del tesoro:
"...Ahora recibí otra (carta)... de mi padre Rodrigo Alvarez, que en forma le tengo gran obligación por lo bien que lo ha hecho en esa casa, y quisiera responder a su carta y no sé... Nuestro padre (Gracián) me dijo había dejado allá un libro de mi letra (que a osadas que no está vuestra reverencia por leerlo); cuando vaya allá, debajo de confesión que así lo pide él con harto comedimento, para sola vuestra reverencia y él léale la postrera "morada", y dígale que en aquel punto llegó a aquella persona y con aquella paz que ahí va, y así se va con vida harto descansada, y que grandes letrados dicen que va bien. Si no fuere leído ahí, en ninguna manera lo dé allá, que podría suceder algo. Hasta que me escriba lo que le parece en esto, no le responderé".
Tres meses más tarde 22.2.1582, María de San José cumple escrupulosamente su cometido. Y el padre Rodrigo Alvarez, luego de escuchar la lectura de los cuatro capítulos de las moradas VII, se hace pasar el autógrafo y escribe, a continuación de la última morada, una página memorable:
"La madre priora de este convento de Sevilla me leyó esta séptima morada o habitación donde llega un espíritu en esta vida: alaben todos los santos a la bondad infinita de Dios que tanto se comunica aquellas criaturas que de veras buscan su mayor gloria y la salvación de sus prójimos. Lo que siento y juzgo de ello es que todo esto que me leyó son verdades católicas según las divinas letras y doctrinas de los santos. Quien fuere leído en la doctrina de los santos, como es el libro de santa Jertrudis, y en las obras de santa Catirina de Sena, y santa Bríxida y otros santos y libros espirituales, entenderá claramente ser este espíritu de la madre Teresa de Jesús muy verdadero, pues que pasan en él los mismos efectos que pasaron en los santos. Y porque es verdad que esto así siento y entiendo, lo firmo de mi nombre hoy, 22 de febrero de 1582. El P. Rodrigo Alvarez".
La aprobación del padre Rodrigo es la primera reacción de la teología tradicional a la nueva interpretación del misterio de la vida cristiana propuesta por el Castillo de la Madre Teresa. Sobrevendrán pronto en ese mismo decenio los primeros ataques violentos: reacción de una teología rutinaria, enquistada en prejuicios antialumbrados, que afortunadamente llegó ya tarde, cuando el libro había sido puesto definitivamente en salvo por las primeras ediciones de Fray Luis de León (Salamanca 1588. Barcelona 1588).
El tema de la obra
El padre Gracián, que decidió la composición del Castillo, está seguro de haber sugerido a la autora la línea temática. Cuando ella se resiste a empuñar la pluma alegando sus obligaciones de coro e hilado, y sus dolores de cabeza, Gracián le arguye:
"Convencíla con el ejemplo de que algunas personas suelen sanar de enfermedades más fácilmente con las recetas sabidas por experiencia que con la medicina de Galeno, Hipócrates y de otros libros de mucha doctrina. Y que de la misma manera puede acaecer en almas que siguen oración y espíritu, que más fácilmente se aprovechan de libros espirituales escritos de lo que se sabe por experiencia, que no de lo que han leído y estudiado en doctores... Porque como estas cosas del espíritu sean prácticas y que se ponen por obra, mejor las declara quien tiene experiencia que no quien tiene solo ciencia, aunque hable en propios términos" (9).
Es cierto: la Santa se rinde a la insistencia de Gracián aceptando su humilde papel de escritora "curandera" de la vida espiritual. Lo confiesa en el prólogo: se propone escribir de cosas prácticas, declarar "algunas dudas de oración", ir hablando con "estas monjas de estos monasterios" carmelitas, "que mejor se entienden el lenguaje una mujeres que otras" y "eal amor que me tienen" hará más fácil la mutua inteligencia.
Pero ese proyecto deslabazado del prólogo contrasta con las páginas que siguen. Desde la primera, quedará focalizado el tema de la vida espiritual en términos originales: misterio del hombre con un alma capaz de Dios, y misterio de la comunicación con la divinidad que habita en él. Surgirá enseguida el proyecto de desembarazarse rápidamente de los temas introductorios primeros pasos de la vida espiritual, para afrontar de lleno el tema difícil, ése de que tan poco se habla en los libros espirituales: últimas fases de la vida cristiana y pleno desarrollo de la santidad (1,2,7).
De hecho, la Autora despacha en solos cinco capítulos iniciales todo el tema ascético que había llenado casi íntegramente el Camino de perfección, y reserva el resto de la obra 22 capítulos para la jornada fuerte: entrada en la tierra santa de la vida mística (moradas IV), unión y santificación inicial (V), el crisol del amor (VI), consumación en la experiencia de los misterios cristológicos y trinitario (VII).
En la apariencia, el trazado del libro se improvisa sobre la marcha. La escritora no se ha concedido una pausa previa para la gestación interior del tema y la esquematización de su exposición. Pero en realidad la nueva síntesis cosechaba en plena granazón la siembra de varios años. Sobre todo, las experiencias del último quinquenio, a partir de su trato espiritual con fray Juan de la Cruz, le han dado una nueva visión del horizonte espiritual. No sólo ha entrado ella misma en la fase final (VII moradas) desde la gracia decisiva de la comunión en la "octava de san Martín" (10), sino que las últimas gracias la han afianzado en un doble plano de experiencia interior: el uno, antropológico, misterio del alma con los cambiantes extremos de gracia y de pecado; y el otro, trinitario: experiencia de la inhabitación y de las palabras evangélicas que la prometen a quien ama y guarda los mandamientos.
A coronar ambos ciclos de experiencia ha sobrevenido una gracia misteriosa, cifrada en la consigna del "búscate en mí": invitación a rebasar el movimiento de interiorización (búsqueda de Dios dentro de Sí, a la manera agustiniana), con una ulterior inmersión en el misterio trascendente de Dios. Es la gracia que, a principios de este mismo año, motiva el Vejamen en que tercia fray Juan de la Cruz, y la misma que inspira el poema teresiano "Alma, buscarte han en Mí / y a Mí buscarme has en ti".
Ha sido esa serie de experiencias la que ha puesto en marcha la gestación interior del libro. De ellas surte ahora el fogonazo que inspira una interpretación original del misterio de la vida cristiana:
una base antropológica: afirmación del hombre y su dignidad; su interioridad espaciosa; dentro, el alma capaz de Dios; y en lo más hondo del alma, el espíritu, sede del Espíritu y de la Trinidad (moradas primeras).
una fase central cristológica: plenitud del misterio de muerte y resurrección, para actuar en el cristiano la inserción y transformación en Cristo (moradas quintas).
y un punto de arribo trinitario: "divinización"; honda experiencia de Dios y de su presencia, para elevar al sumo potencial la acción del hombre a favor de los otros y de la Iglesia (séptimas moradas).
Poco a poco, la Autora ha ido entrando en alta mar: hondura de la vida mística. A cada nuevo paso, la sobrecoge un escalofrío de estupor: "Para comenzar a hablar de las cuartas moradas, bien he menester lo que he hecho, que es encomendarme al Espíritu Santo y suplicarle de aquí adelante hable por mí..." (IV, 1,1). Nueva zozobra al iniciar las moradas quintas: "Creo fuera mejor no decir nada de las (moradas) que faltan...; no se ha de saber decir...; enviad, Señor mío, del cielo luz para que yo pueda..." (V, 1,1). Y antes de comenzar las sextas: "Si Su Majestad y el Espíritu Santo no menea la pluma, bien sé que será imposible... que acierte yo a declarar algo..." (V, 4,11). Por fin un estremecimiento al comenzar las séptimas: "¡Oh gran Dios!, parece que tiembla una criatura tan miserable como yo en tratar cosa tan ajena de lo que merezco entender... Será mejor acabar con pocas palabras esta morada...; háceme grandísima vergüenza...; es terrible cosa" (VII, 1,2).
De hecho sucumbirá a esta última tentación: "con pocas palabras" quedará perfilada esa jornada final, precisamente la más rica de todo el proceso.
Trazado de la obra
En el Castillo la Autora se mantiene fiel a sí misma y a las constantes de su magisterio. No hace teología desde teorías propias o ajenas, o desde un sistema. Parte siempre del dato empírico. Su fuente es la experiencia, en cuanto la vida de la gracia es una teofanía del plan salvífico de Dios. Ella posee un modo peculiar de empalmar con el dato bíblico a través de textos incorporados a su experiencia y gracias a la sintonía con los grandes tipos bíblicos. Y por fin, es maestra en el arte de las comparaciones y en la elaboración de los símbolos.
Los tres recursos han servido para organizar y estructurar el Castillo: un sustrato de material autobiográfico; una serie de referencias escriturísticas; y un entramado de símbolos.
a) El soporte autobiográfico. El libro mantiene el proyecto inicial de rehacer y completar la Vida (11). Pero ha cambiado el método. Aquí ya no se hace una narración autobiográfica, para luego ofrecer al lector su profundo sentido teológico. Ese había sido, a grandes trazos, el ensamblaje de "relatos" y "tesis" en Vida. En el Castillo se invierten los dos planos, autobiográfico y doctrinal, y se logra fundirlos. Ante todo, se da una lección de vida espiritual. Latente, bajo ella, hay un encasillado de vivencias personales que sirven de soporte. El libro entero codifica, a nivel de teología espiritual, la historia de la propia vida.
A grandes trazos, es fácil entrever las tres fases de lucha ascética autobiográfica, a que aluden las tres moradas primeras; y con mucha más exactitud, las tres jornadas místicas de la Santa, que respaldan las tres moradas últimas. Es menos discernible el periodo oscilante de transición a que corresponden las moradas centrales: las cuartas.
Igualmente, es fácil identificar en cada morada una o varias vivencias fuertes, que han servido a la Autora para periodizar la correspondiente "etapa" de la vida espiritual. Un estudio comprensivo de la síntesis del Castillo importaría un regreso a los "lugares paralelos" de los restantes escritos de la Santa, en que se halla disperso el material autobiográfico que aquí va siendo codificado morada tras morada. Los materiales más abundantes se hallan en las páginas de Vida y Relaciones.
b) La inspiración bíblica. También aquí la Santa es fiel a su vocación mística.
No hace exégesis ni exhibe una erudición bíblica que no posee. Su regreso frecuente y certero al dato bíblico se hace generalmente siguiendo un proceso de evocación. Hay textos sagrados que han pasado a la sustancia de su saber: hasta convertirse en firmes pilares de su vida espiritual. Generalmente los ha incorporado en un momento crucial de su drama interior; no a través del tamiz del estudio, sino de la experiencia. Ahora, ante el tema correspondiente esos textos emergen y fundan toda una lección. Cada morada está centrada en una o varias de esas unidades bíblicas.
No menos importante es otro género de empalmes escriturísticos: el tipológico. La Santa ha incorporado a su mundo interior una serie de figuras bíblicas. En ellas ve cristalizadas o personificadas, determinadas situaciones del proceso espiritual. La conversión, en Pablo y la Magdalena; el riesgo permanente, en David, Salomón, Judas; la lucha, en los soldados de Gedeón; los comienzos, en el hijo pródigo; la llegada al umbral de la mística, en los jornaleros de la parábola; el misterio de la vida mística, en la esposa de los Cantares... Las figuras jalonan el proceso, pero sin forcejeos por lograr la adaptación, y sin hinchazón alguna. Es la fase misma del proceso espiritual, tal cual se va perfilando en cada morada, la que entra en sintonía con el motivo tipológico de la Biblia, logrando introducirlo en la exposición sin estridencias ni manipulaciones.
Todo ello da al Castillo calado bíblico de gran hondura y originalidad.
c) Los símbolos. Es el recurso literario y doctrinal mejor manejado por la Santa. Ella no llega a elaborarlos tan refinados y profundos como su "Senequita" fray Juan de la Cruz. Pero en su pluma, lo que pierden en finura y densidad lo ganan en sobriedad, transparencia y eficacia pedagógica.
En el libro se destacan cuatro símbolos mayores: el castillo, las dos fuentes, el gusano de seda y el símbolo nupcial. Podríamos calificarlos en este mismo orden: un símbolo antropológico, el castillo; un símbolo tomado de la naturaleza, el de las fuentes; de matiz biológico, el del gusano de seda: sociológico, el símbolo nupcial. Ningún símbolo de envergadura cósmica, como los de san Juan de la Cruz. Pero en las cuatro creaciones teresianas, más que el trazado y el calado, interesa la función de servicio doctrinal. Baste indicarla:
Hay un símbolo base, el castillo (castillo guerrero, o joyel de orfebrería); sirve para plantear la obra; sobre él reposa la versión que la Autora da del misterio de la vida espiritual. Misterio profundamente humano, con extraña correspondencia en el trazado ontológico del alma. Las siete moradas son siete fases del proceso espiritual; pero a la vez corresponden a siete estratos del espíritu. Grado de gracia, y nivel de vida se reclaman. La morada primera presenta una vida espiritual estrechamente ligada al cuerpo y a la sensibilidad. La morada última la describe unificada y en estrecha conjunción con el centro del alma, abertura del espíritu a lo trascendente.
Siguen los otros tres símbolos, con función complementaria. Los introduce la autora para poner a foco un momento crucial del proceso: o el paso a la vida mística (fuentes), o el comienzo de la unión mística (gusano de seda), o la santidad final (símbolo nupcial). El primero de los tres centra el tema de las moradas cuartas y señala la división de vertientes entre lo "natural y lo sobrenatural". Son dos fuentes: una lejana, con el manantial en lo exterior del castillo, la otra dentro, casi entreverada en los pliegues ontológicos de lo humano. El brote de la segunda va a simbolizar el flujo de la gracia mística. Una gracia no condicionada ya por el esfuerzo humano, pero que brota de lo hondo del hombre y lo dilata, lo libera y lo introduce en otra forma de vida: aquí la vida es don y gracia, mucho más que esfuerzo y lucha... como era en las jornadas pasadas, las de la primera fuente.
El gusano de seda es el símbolo más delicado y cuidado. Se lo introduce en las moradas quintas (c. 2, 2) para central el punto focal: la transformación en Cristo como término del proceso de muerteresurrección del cristiano. Las cuatro fases de la metamorfosis del gusano calcan las cuatro jornadas centrales del castillo: el gusano "grande y feo", que se nutre y se arrastra a ras de tierra, señala los humildes comienzos que van hasta las moradas terceras; la reclusión del gusano en el capullo, "con las boquillas van de sí mismos hilando la seda y hacen unos capuchillos muy apretados adonde se encierran" indica el paso a la vida mística, moradas cuartas; muerte (?) de la crisálida y nacimiento de la mariposa dentro del capullo: unión a Cristo y vida nueva, estado de las moradas quintas; vuelo libre y vida nueva de la mariposa: etapas finales, moradas VIVII.
En las moradas finales se entrecruzan el símbolo nupcial y la figura tipológica de la Esposa de los Cantares. Ambos marcan el ritmo del proceso en las tres jornadas postreras, pero apuntan sobre todo al tema culminante de las moradas séptimas. El símbolo queda perfilado ya en las quintas. Observa la Santa: "Ya habréis oído muchas veces que se desposa Dios con las almas espiritualmente... Aunque sea grosera comparación, yo no hallo otra que más pueda dar a entender lo que pretendo que el sacramento del matrimonio" (V, 4,3). Se toma por tanto la más fuerte expresión de comunicación, como símbolo de la unión interpersonal humanodivina. Realismo y trascendencia se funden. La Santa desdobla el símbolo en una versión bivalente. Ya lo había hecho así con el símbolo del castillo: por un lado, bastión guerrero al natural; por otro, castillo de orfebrería a base de cristal y diamente. Aquí se evoca el símbolo bíblico de los Cantares, y a la vez se lo articula según el ritual sociológico de la nobleza castellana, en tres tiempos: vistas, desposorio, matrimonio; o sea, presentación y mutuo conocimiento de los esposos, casamiento y mutua entrega. Corresponden a la temática de las moradas quintas, sextas y séptimas; en un crescendo de fe: experiencia de Dios y penetración en el misterio de Cristo (moradas V); de esperanza y amor: tensión extática y purificaciones profundas (moradas VI); y arribo a la experiencia estable del misterio trinitario (inhabitación) a través del misterio de la Humanidad de Cristo, con nuevo empeño y fecundidad en la acción a favor de la Iglesia (moradas VII).
El proceso: siete jornadas de la vida espiritual
El castillo tiene trazado lineal. Estructura y proceso dinámico coinciden. A grandes trazos, se corresponden los elementos estéticoespaciales (foso, puerta, moradas, hondón, centro...) y los funcionalesvitales: penetración, lucha, interiorización, unión, trascendencia. La Autora ha valorizado intencionadamente el contenido mistérico de la vida cristiana: alma, gracia, Cristo, inhabitación, pecado. Pero sin descuidar el lado práctico. Se ha fijado una doble mira: comunicar su experiencia cristiana, provocándola en el lector, haciéndole hambrearla, dándole cita en la altura final de la unión con Dios; y, en segundo lugar, empeñándolo en un programa concreto: luchar, conocerse a fondo, no perder de vista la exigencia del amor amar a los otros, mantenerse sensible al riesgo, programar y esperar. Son las dos flexiones del magisterio teresiano: mistagógica la primera, pedagógica la segunda.
El proceso descrito en el castillo sigue dos líneas: interiorización (línea antropológica) y unión, acercamiento a la persona divina (línea teologal cristológica). Las desarrolla sobre presupuestos sencillos: un punto de partida: presencia de Dios en el hombre; un punto de arribo: unión con Dios, quintaesencia de la santidad; y un camino a recorrer: oración como actuación de la vida teologal, nervio de la vida cristiana. No hay oración sin coherencia con la vida concreta, y ésta tiene su tabla de valores en el amor a los otros. No está el juego en pensar mucho, sino en amar mucho; pero amor es determinación y obras, más que sentimiento y emoción.
Materialmente el proceso de vida espiritual descrito en el libro se divide en dos tiempos, que en nuestro vocabulario teológico podrían definirse: ascético el primero, místico el segundo. La lucha ascética, en que es protagonista el hombre, se extiende a lo largo de las moradas IIIIII; la vida mística, protagonizada por el actor divino, predomina en las moradas VVIVII. Entre ambos grupos, las moradas cuartas hacen de anillo de enlace: jornada en la que se imbrican "lo natural y lo sobrenatural", que en el léxico de la Santa equivalen a "ascético y místico" (IV, 3,14).
Un sumarísimo pergeño de las siete moradas del proceso podría trazarse a base del dato central de cada una, aunque sea con grave riesgo de ofrecer una visión empobrecedora o quizás una caricatura del panorama teresiano.
Primeras moradas: "entrar en el castillo": convertirse, iniciar el trato con Dios (oración), conocerse a sí mismo y recuperar la sensibilidad espiritual.
Segundas moradas: "luchar"; acecha todavía el pecado; persisten los dinamismos desordenados; necesidad de afianzarse en una opción radical; progresiva sensibilidad en la escucha de la palabra de Dios (oración meditativa).
Terceras moradas: la prueba del amor. Logro de un programa de vida espiritual y de oración; estabilidad en él; brotes de celo apostólico; pero sobrevienen la aridez y la impotencia como estados de prueba. "Pruébanos tú, Señor, que sabes las verdades".
Cuartas moradas: brota la fuente interior, paso a la experiencia mística; pero a sorbos, intermitentemente: momentos de lucidez infusa (recogimiento de la mente), y de amor místicopasivo (quietud de la voluntad).
Quintas moradas: muere el gusano de seda; el alma renace en Cristo: "llevóme el Rey a la bodega del vino" (V, 1,12); "nuestra vida es Cristo" (V, 2,4). Estado de unión, bien sea "mística" desde lo hondo de la esencia, bien sea "no regalada", por conformidad de voluntades, y manifestada especialmente en el amor del prójimo (c. 3).
Sextas moradas: el crisol del amor. Periodo extático y tensión escatológica. Nuevo modo de "sentir los pecados". Cristo presente "por una manera admirable, adonde divino y humano junto es siempre su compañía (del alma)" (VI, 7,9). Desposorio místico. El alma queda sellada.
Séptimas moradas: Matrimonio místico. Dos gracias de ingreso en el estado final: una cristológica, otra trinitaria. "Aquí se le comunican (al alma) todas tres personas (divinas)... Nunca más se fueron de con ella, sino que notoriamente ve... que están en lo interior de su alma, en lo muy interior, en una cosa muy honda, que no sabe decir cómo es..." (VI, 1, 67). Plena inserción en la acción: "que nazcan siempre obras, obras" (VII, 4,6). Como Elías, "hambre... de la honra de Dios"; "hambre... de allegar almas" como santo Domingo y san Francisco (VII, 4,11). Plena configuración a Cristo crucificado (VII, 4, 45).
Cristo ha sido el punto de mira a lo largo de todo el proceso. Desde las primeras moradas: "Pongamos los ojos en Cristo nuestro bien (cf. Hbr. 12, 9), y allí aprenderemos la verdadera humildad" (I, 1,11). Hasta la última página de las séptimas: "¡Los ojos en Cristo crucificado!" (VII, 4,8).
NOTAS: INTRODUCCION A LAS MORADAS
1 Carta S. 168, 2 y 7.
2 Notas de Gracián: en ANTONIO DE SAN JOAQUIN, Año Teresiano, t. VII (1758), p. 149.
3 JERONIMO GRACIAN, Dilucidario del verdadero espíritu, I, 5: BMC, t. 15 (Burgos 1932), p. 16.
4 M. V, 2, 1.
5 Comienza en el prólogo la foliación autógrafa de la Santa, que dejó sin numerar las dos hojas del epílogo y la del frontispicio.
6 Empieza equivocándose: "capítulo II", en lugar de capítulo I. Quizás cuenta el "prólogo" como capítulo primero de la obra, y antepone el actual "epílogo" como página introductoria. - A la vez que fracciona el texto y titula los capítulos, va acotando los márgenes con breves anotaciones: "Entiéndese del auxilio particular" (3, 1,2), tristes "como el mancebo del evangelio" (3, 1,7), "o imaginación, por que mejor se entienda" (4, 1,8), ...fructifica "haciendo bien a sí y a otras almas" (5, 4,2), "hase de entender: con la disposición y medios que esta alma habrá tenido, como la Iglesia lo enseña" (6, 4,3), "mas por junto acuérdase que lo vio" (6, 4,8), "también dice el Señor que es luz" (6, 7,6), ...San Agustín en sus Meditaciones " o confesiones" (6, 7,9), "digo 'más y más' cuanto a las penas accidentales" (6, 11,7), "esto es lo ordinario" (7, 2,10), "el 'quitar' se llama aquí cuanto a perder los sentidos" (7, 3,12). - En una ocasión hará una llamada marginal para añadir un suplemento de explicación: "Cuando dice aquí 'os pide' léase luego este papel". El entrefilete se ha perdido, pero los amanuenses nos han trasmitido su contenido.
Por fin, algo anómalo ocurrió al comienzo de las moradas séptimas, exactamente en el paso del capítulo primero al segundo. La Autora hubo de arrancar el folio 97 (=lxlvii, paginado posteriormente con los nn. 198-199), y redactarlo de nuevo. El hecho resulta claro de una serie de indicios anómalos: único folio con filigrana diversa del resto del manuscrito, sin número de foliación autógrafa de la Santa, también sin epígrafe en el margen superior ("moradas" / "séptimas"), anomalías en el incipit y explicit del folio (incipit c. 1, n. 9: "es de preguntar" repetido; explicit c. 2, n. 1: "era tiempo de que sus", concluido a media línea para empalmar con el folio siguiente).
7 Notas de Gracián: en ANTONIO DE SAN JOAQUIN, Año Teresiano, t. VII, (1758), p. 150.
8 Anotación de Ribera en la primera página del autógrafo, bajo el título. Véase el texto íntegro en la página 787 de nuestra edición.
9 JERONIMO GRACIAN, Dilucidario del verdadero espíritu, 1, 5; BMC, t. 15 (Burgos 1932), p. 16-17.
10 Rel. 35: 18 de noviembre de 1572.
11 Cf. el prólogo, n. 2.
PRÓLOGO
CASTILLO INTERIOR
Este tratado, llamado Castillo interior escribió Teresa de Jesús, monja de nuestra Señora del Carmen, a sus hermanas e hijas las monjas Carmelitas Descalzas (1).
JHS
1. Pocas cosas que me ha mandado la obediencia, se me han hecho tan dificultosas como escribir ahora cosas de oración; lo uno, porque no me parece me da el Señor espíritu para hacerlo ni deseo; lo otro, por tener la cabeza tres meses ha con un ruido y flaqueza tan grande, que aun los negocios forzosos escribo con pena (2). Mas, entendiendo que la fuerza de la obediencia suele allanar cosas que parecen imposibles, la voluntad se determina a hacerlo muy de buena gana, aunque el natural parece que se aflige mucho; porque no me ha dado el Señor tanta virtud que el pelear con la enfermedad continua y con ocupaciones de muchas maneras se pueda hacer sin gran contradicción suya. Hágalo el que ha hecho otras cosas más dificultosas por hacerme merced, en cuya misericordia confío.
2. Bien creo he de saber decir poco más que lo que he dicho en otras cosas que me han mandado escribir, antes temo que han de ser casi todas las mismas; porque así como los pájaros que enseñan a hablar no saben más de lo que les muestran u oyen, y esto repiten muchas veces, soy yo al pie de la letra. Si el Señor quisiere diga algo nuevo, Su Majestad lo dará o será servido traerme a la memoria lo que otras veces he dicho, que aun con esto me contentaría, por tenerla tan mala que me holgaría de atinar a algunas cosas que decían estaban bien dichas, por si se hubieren perdido. Si tampoco me diere el Señor esto, con cansarme y acrecentar el mal de cabeza por obediencia, quedaré con ganancia, aunque de lo que dijere no se saque ningún provecho (3).
3. Y así, comienzo a cumplirla hoy, día de la Santísima Trinidad, año de 1577 (4) en este monasterio de San José del Carmen en Toledo adonde al presente estoy, sujetándome en todo lo que dijere al parecer de quien me lo manda escribir, que son personas de grandes letras (5). Si alguna cosa dijere que no vaya conforme a lo que tiene la santa Iglesia Católica Romana, será por ignorancia y no por malicia (6). Esto se puede tener por cierto, y que siempre estoy y estaré sujeta por la bondad de Dios, y lo he estado a ella (7). Sea por siempre bendito, amén, y glorificado.
4. Díjome quien me mandó escribir (8) que como estas monjas de estos monasterios de nuestra Señora del Carmen tienen necesidad de quien algunas dudas de oración las declare, y que le parecía que mejor se entienden el lenguaje unas mujeres de otras, y con el amor que me tienen les haría más al caso lo que yo les dijese, tiene entendido por esta causa será de alguna importancia, si se acierta a decir alguna cosa; y por esto iré hablando con ellas en lo que escribiré, y porque parece desatino pensar que puede hacer al caso a otras personas. Harta merced me hará nuestro Señor, si alguna de ellas se aprovechare para alabarle algún poquito más: bien sabe Su Majestad que yo no pretendo otra cosa; y está muy claro que, cuando algo se atinare a decir, entenderán no es mío, pues no hay causa para ello, si no fuere tener tan poco entendimiento como yo habilidad para cosas semejantes, si el Señor por su misericordia no la da.
NOTAS: PRÓLOGO
1 A continuación de este título y dedicatoria de la Santa, escribió esta interesante anotación el P. F. RIBERA: "En este libro está muchas veces borrado lo que escribió la Santa Madre, , y añadidas otras palabras, o puestas glosas a la margen. Y ordinariamente está mal borrado, y estaba mejor primero cmo se escribió, y veráse en que a la sentencia viene mejor, y la Santa Madre lo viene después a declarar, y lo que se enmienda muchas veces no viene bien con lo que se dice después, y así se pudieran muy bien excusar las enmiendas y las glosas. Y porque lo he leido y mirado todo con algún cuidado, me pareció avisar a quien lo leyere que lea como escribió la Santa Madre que lo entendía y decía mejor, y deje todo lo añadido, y lo borrado de la letra de la Santa delo por no borrado si no fuere cuando estuviere enmendado o borrado de su misma mano, que es pocas veces. Y ruego por caridad, a quien leyere este libro que reverencie las palabras y letras hechas por aquella tan santa mano y procure entenderlo bien, y verá que no hay que enmendar, y aunque no lo entienda, cre que quien lo escribió lo sabía mejor, y que no se pueden corregir bien las palabras si no es llegando a alcanzar enteramente el sentido de ellas, porque, si no se alcanza, lo que está muy propiamente dicho parecerá impropio, y de esa manera se vienen a estragar y echar a perder los libros".
2 Comienza con una doble alusión: se refiere primero a la orden recibida de Gracián y del Dr. Velázquez, que le "han mandado" escribir este libro. Y luego, a sus achaques de salud, desde el pasado mes de febrero. Cf. Carta del 10.2.1577 a su hermano Lorenzo.
3 Se refiere a los dos libros escritos anteriormente, Vida y Camino, especialmente el primero, que ha sido secuestrado y retenido por la Inquisición desde 1575, hace ya dos años.
4 La fiesta de la SS. Trinidad, cuya liturgia inspira a la escritora, fue el 2 de junio de 1577. Sobre las interrupciones de la redacción, cf. Moradas 5, 4, 1. Concluirá el libro el 29 de nov. de 1577 (cf. epílogo, 5).
5 Los aludidos son Jerónimo Gracián y el Dr. Alonso Velázquez, su confesor y futuro obispo de Osma y arzobispo de Santiago de Compostela. - Los dos son personas de grandes letras: de grandes conocimientos.
6 Las palabras: santa católica romana fueron añadidas entre líneas por la propia Santa, como hará de nuevo en el epílogo de la obra.
7 Parecida "protestación de ortodoxia y catolicidad" puede verse en la primera página del Camino de Perfección. Y en el prólogo de las Fundaciones, n. 6.
8 Fue Gracián quien le hizo la sugerencia que sigue.
MORADAS PRIMERAS
CAPÍTULO 1
En que trata de la hermosura y dignidad de nuestras almas. Pone una comparación para entenderse, y dice la ganancia que es entenderla y saber las mercedes que recibimos de Dios. Cómo la puerta de este castillo es la oración.
1. Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí, porque yo no atinaba a cosa que decir ni cómo comenzar a cumplir esta obediencia, se me ofreció lo que ahora diré, para comenzar con algún fundamento: que es considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas (1). Que si bien lo consideramos, hermanas, no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso adonde dice El tiene sus deleites (2). Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un Rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita? No hallo yo cosa con que comparar la gran hermosura de un alma y la gran capacidad; y verdaderamente apenas deben llegar nuestros entendimientos, por agudos que fuesen, a comprenderla, así como no pueden llegar a considerar a Dios, pues El mismo dice que nos crió a su imagen y semejanza (3).
Pues si esto es, como lo es, no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este castillo; porque puesto que hay la diferencia de él a Dios que del Criador a la criatura, pues es criatura, basta decir Su Majestad que es hecha a su imagen para que apenas podamos entender la gran dignidad y hermosura del ánima.
2. No es pequeña lástima y confusión que, por nuestra culpa, no entendamos a nosotros mismos ni sepamos quién somos. ¿No sería gran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es, y no se conociese ni supiese quién fue su padre ni su madre ni de qué tierra? Pues si esto sería gran bestialidad, sin comparación es mayor la que hay en nosotras cuando no procuramos saber qué cosa somos, sino que nos detenemos en estos cuerpos, y así a bulto, porque lo hemos oído y porque nos lo dice la fe, sabemos que tenemos almas. Mas qué bienes puede haber en esta alma o quién está dentro en esta alma o el gran valor de ella, pocas veces lo consideramos; y así se tiene en tan poco procurar con todo cuidado conservar su hermosura: todo se nos va en la grosería del engaste o cerca de este castillo, que son estos cuerpos (4).
3. Pues consideremos que este castillo tiene como he dicho (5) muchas moradas, unas en lo alto, otras embajo, otras a los lados; y en el centro y mitad de todas éstas tiene la más principal, que es adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma.
Es menester que vayáis (6) advertidas a esta comparación. Quizá será Dios servido pueda por ella daros algo a entender de las mercedes que es Dios servido hacer a las almas y las diferencias que hay en ellas, hasta donde yo hubiere entendido que es posible; que todas será imposible entenderlas nadie, según son muchas, cuánto más quien es tan ruin como yo; porque os será gran consuelo, cuando el Señor os las hiciere, saber que es posible; y a quien no, para alabar su gran bondad; que así como no nos hace daño considerar las cosas que hay en el cielo y lo que gozan los bienaventurados, antes nos alegramos y procuramos alcanzar lo que ellos gozan, tampoco nos hará ver que es posible en este destierro comunicarse un tan gran Dios con unos gusanos tan llenos de mal olor; y amar una bondad tan buena y una misericordia tan sin tasa. Tengo por cierto que a quien hiciere daño entender que es posible hacer Dios esta merced en este destierro, que estará muy falta de humildad y del amor del prójimo; porque si esto no es, ¿cómo nos podemos dejar de holgar de que haga Dios estas mercedes a un hermano nuestro, pues no impide para hacérnoslas a nosotras, y de que Su Majestad dé a entender sus grandezas, sea en quien fuere? Que algunas veces será sólo por mostrarlas, como dijo del ciego que dio vista (7), cuando le preguntaron los apóstoles si era por sus pecados o de sus padres. Y así acaece no las hacer por ser más santos a quien las hace que a los que no, sino porque se conozca su grandeza, como vemos en San Pablo y la Magdalena (8), y para que nosotros le alabemos en sus criaturas.
4. Podráse decir que parecen cosas imposibles y que es bien no escandalizar los flacos. Menos se pierde en que ellos no lo crean, que no en que se dejen de aprovechar a los que Dios las hace; y se regalarán y despertarán a más amar a quien hace tantas misericordias, siendo tan grande su poder y majestad; cuánto más que sé que hablo con quien no habrá este peligro, porque saben y creen que hace Dios aun muy mayores muestras de amor. Yo sé que quien esto no creyere no lo verá por experiencia, porque es muy amigo de que no pongan tasa a sus obras, y así, hermanas, jamás os acaezca a las que el Señor no llevare por este camino.
5. Pues tornando a nuestro hermoso y deleitoso castillo, hemos de ver cómo podremos entrar en él.
Parece que digo algún disparate; porque si este castillo es el ánima claro está que no hay para qué entrar, pues se es él mismo; (9) como parecería desatino decir a uno que entrase en una pieza estando ya dentro. Mas habéis de entender que va mucho de estar a estar; que hay muchas almas que se están en la ronda del castillo (10) que es adonde están los que le guardan, y que no se les da nada de entrar dentro ni saben qué hay en aquel tan precioso lugar ni quién está dentro ni aun qué piezas tiene. Ya habréis oído en algunos libros de oración (11) aconsejar al alma que entre dentro de sí; pues esto mismo es.
6. Decíame poco ha un gran letrado (12) que son las almas que no tienen oración como un cuerpo con perlesía o tullido, que aunque tiene pies y manos no los puede mandar; que así son, que hay almas tan enfermas y mostradas a estarse en cosas exteriores, que no hay remedio ni parece que pueden entrar dentro de sí; porque ya la costumbre la tiene tal de haber siempre tratado con las sabandijas y bestias que están en el cerco del castillo, que ya casi está hecha como ellas, y con ser de natural tan rica y poder tener su conversación no menos que con Dios (13), no hay remedio. Y si estas almas no procuran entender y remediar su gran miseria, quedarse han hechas estatuas de sal por no volver la cabeza hacia sí, así como lo quedó la mujer de Lot (14) por volverla.
7. Porque, a cuanto yo puedo entender, la puerta para entrar en este castillo es la oración y consideración, no digo más mental que vocal, que como sea oración ha de ser con consideración; porque la que no advierte con quién habla y lo que pide y quién es quien pide y a quién, no la llamo yo oración, aunque mucho menee los labios; porque aunque algunas veces sí será, aunque no lleve este cuidado, mas es habiéndole llevado otras. Mas quien tuviese de costumbre hablar con la majestad de Dios como hablaría con su esclavo, que ni mira si dice mal, sino lo que se le viene a la boca y tiene deprendido por hacerlo otras veces, no la tengo por oración, ni plega a Dios que ningún cristiano la tenga de esta suerte; que entre vosotras, hermanas, espero en Su Majestad no lo habrá, por la costumbre que hay de tratar de cosas interiores, que es harto bueno para no caer en semejante bestialidad (15).
8. Pues no hablemos con estas almas tullidas, que si no viene el mismo Señor a mandarlas se levanten como al que había treinta años (16) que estaba en la piscina, tienen harta malaventura y gran peligro, sino con otras almas que, en fin, entran en el castillo; porque aunque están muy metidas en el mundo, tienen buenos deseos, y alguna vez, aunque de tarde en tarde, se encomiendan a nuestro Señor y consideran quién son, aunque no muy despacio; alguna vez en un mes rezan llenos de mil negocios, el pensamiento casi lo ordinario en esto, porque están tan asidos a ellos, que como adonde está su tesoro se va allá el corazón (17), ponen por sí algunas veces de desocuparse, y es gran cosa el propio conocimiento y ver que no van bien para atinar a la puerta. En fin, entran en las primeras piezas de las bajas; mas entran con ellos tantas sabandijas, que ni le dejan ver la hermosura del castillo, ni sosegar; harto hacen en haber entrado.
9. Pareceros ha, hijas, que es esto impertinente, pues por la bondad del Señor no sois de éstas. Habéis de tener paciencia, porque no sabré dar a entender, como yo tengo entendido, algunas cosas interiores de oración si no es así, y aun plega al Señor que atine a decir algo, porque es bien dificultoso lo que querría daros a entender, si no hay experiencia; si la hay, veréis que no se puede hacer menos de tocar en lo que plega al Señor no nos toque por su misericordia.
NOTAS MORADAS, I, c. 1
1 Alusión a Jn 14, 2.
2 Nueva alusión a Prov. 8, 21, pasaje fuertemente sentido por la autora: cf. V 14, 10 y Exc 7.
3 Gen 1, 26-27.
4 Engaste o cerca: La Santa irá desarrollando ocasionalmente la alegoría del castillo, sin precisarla nunca del todo; aquí, el uso de engaste y cerca simultáneamente, deja entrever a la par un castillo de orfebrería y un castillo de guerra. - Como elementos complementarios, irán apareciendo enseguida el cerco y arrabal (n. 6; y M VII, c. 4, n. 1), puerta de entrada (n. 7 y M V, c. 1, n. 2; M VI, c. 4, nn. 4, 9, 13; M VII, c. 2, n. 3); moradas, aposentos y piezas, con significado aproximadamente igual (c. 2, n. 8; M II, c. 4, n. 6; M III, c. 1, n. 8...); la cámara o palacio del Rey, cielo empíreo de Dios en el centro del castillo (c. 2, nn. 8 y 14; M VI, c. 19, n. 3; y c. 4, n. 8; M VII, c. 1, n. 3); y por fin, toda una serie de guardas, alcaides, mayordomos, maestresalas, amigos y parientes (símbolos de las potencias: M I, c. 1, n. 5; y c. 2, nn. 4 y 15; M II, n. 9), gente que vive en los aposentos bajos (los sentidos del cuerpo; cf. M I, c. 2, n. 4: M V, c. 2, n. 3); vasallos y criados del alma (potencias y sentidos indistintamente) (cf. M I, c. 2. n. 12; y M III, c. 1, n. 5); legiones de demonios (M I, c. 2, nn. 11, 12, 15; M II, c. 3, n. 5); culebras y víboras (representaciones demoníacas de las cosas del mundo: M II, n. 2; y M I, c. 2, n. 14); sabandijas ponzoñosas (cuidados de honra o hacienda o negocios; malos pensamientos, etc.: M I, c. 1, n. 8; c. 2, nn. 11 y 14; M II, nn. 2, 5, 8; M III, c. 1, n. 8); bestias y fieras (apetitos, pasiones, vicios: M I, c. 2, n. 14; M II, n. 9); lagartijillas agudas que son los pensamientillos de la imaginación (M V, c. 1, n. 5), etc.
5 Lo ha dicho en el n. 1 de este cap.
6 Vayáis: la Santa escribe vays como en otras ocasiones: cf. 6, 7, 5.
7 Alude al "ciego de nacimiento", Jn 9, 2-3.
8 San Pablo y la Magdalena: dos ejemplares de "conversión" y de experiencia mística, reiteradamente aludidos en el Castillo: San Pablo en M 6, 9, 10; 7, 1, 5; 7, 2, 5; 7, 3, 9; 7, 4, 5. La Lagdalena en M 6, 7, 4; 6, 11, 12; 7, 2, 7.
9 Se es él mismo: el hombre es el propio castillo. Expresiones similares: "se es todo desconcierto (M 4, 2, 1), "son flacas de complexión" (M 4, 3, 11).
10 Ronda del castillo: nuevo elemento del símbolo base. Está tomado del castillo bélico: ronda es "el espacio que hay entre la parte interior del muro, y las casas de la ciudad o villa". - "Ronda se toma algunas veces por los soldados que van rondando y asegurándose de lo que puede haber..." (Cobarruvias). Aquí simboliza el entorno corporal del alma: la exterioridad.
11 Libros de oración: alude a los que le sirvieron de iniciación: Francisco de Osuna, Tercer Abecedario; Bernardino de Laredo, Subida del Monte Sión, y quizás los de San Pedro de Alcántara y Bernabé de Palma...
12 Véase la Rel 24: experiencia mística del alma. - A continuación: perlesía, "tullimiento o parálisis". "Vulgarmente le llaman perlático y a la enfermedad perlesía, escribía Cobarruvias.
13 Alusión bíblica a Fil 3, 20.
14 Alude al episodio narrado en el Génesis 19, 26.
15 En el autógrafo, Gracián borró "bestialidad" y escribió "abominación". Frey Luis mantuvo el vocablo original. Por "bestialidad", la autora entiende aquí "vida a la manera animal, sin conciencia de la propia dignidad de hombres" (cf. n. 2).
16 Episodio del paralítico, narrado en Jn 5, 2-8: eran 38 años, como efectivamente corrigió Gracián en el autógrafo.
17 Alusión al dicho de Jesús, en Mt 6, 21.
CAPÍTULO 2
Trata de cuán fea cosa es un alma que está en pecado mortal y cómo quiso Dios dar a entender algo de esto a una persona. Trata también algo sobre el propio conocimiento. Es de provecho, porque hay algunos puntos de notar. Dice cómo se han de entender estas moradas.
1. Antes que pase adelante, os quiero decir que consideréis qué será ver este castillo tan resplandeciente y hermoso, esta perla oriental, este árbol de vida que está plantado en las mismas aguas vivas de la vida, que es Dios, cuando cae en un pecado mortal: no hay tinieblas más tenebrosas, ni cosa tan oscura y negra, que no lo esté mucho más (1). No queráis más saber de que, con estarse el mismo sol que le daba tanto resplandor y hermosura todavía en el centro de su alma (2), es como si allí no estuviese para participar de El, con ser tan capaz para gozar de Su Majestad como el cristal para resplandecer en él el sol. Ninguna cosa le aprovecha; y de aquí viene que todas las buenas obras que hiciere, estando así en pecado mortal, son de ningún fruto (3) para alcanzar gloria; porque no procediendo de aquel principio, que es Dios, de donde nuestra virtud es virtud, y apartándonos de El, no puede ser agradable a sus ojos; pues, en fin, el intento de quien hace un pecado mortal no es contentarle, sino hacer placer al demonio, que como es las mismas tinieblas, así la pobre alma queda hecha una misma tiniebla.
2. Yo sé de una persona (4) a quien quiso nuestro Señor mostrar cómo quedaba un alma cuando pecaba mortalmente. Dice aquella persona que le parece si lo entendiesen no sería posible ninguno pecar, aunque se pusiese a mayores trabajos que se pueden pensar por huir de las ocasiones. Y así le dio mucha gana que todos lo entendieran; y así os la dé a vosotras, hijas, de rogar mucho a Dios por los que están en este estado, todos hechos una oscuridad, y así son sus obras; porque así como de una fuente muy clara lo son todos los arroyicos que salen de ella, como es un alma que está en gracia, que de aquí le viene ser sus obras tan agradables a los ojos de Dios y de los hombres, porque proceden de esta fuente de vida, adonde el alma está como un árbol plantado en ella (5), que la frescura y fruto no tuviera si no le procediere de allí, que esto le sustenta y hace no secarse y que dé buen fruto; así el alma que por su culpa se aparta de esta fuente y se planta en otra de muy negrísima agua y de muy mal olor, todo lo que corre de ella es la misma desventura y suciedad.
3. Es de considerar aquí que la fuente y aquel sol resplandeciente que está en el centro del alma no pierde su resplandor y hermosura que siempre está dentro de ella, y cosa no puede quitar su hermosura. Mas si sobre un cristal que está al sol se pusiese un paño muy negro, claro está que, aunque el sol dé en él, no hará su claridad operación en el cristal (6).
4. ¡Oh almas redimidas por la sangre de Jesucristo! ¡Entendeos y habed lástima de vosotras! ¿Cómo es posible que entendiendo esto no procuráis quitar esta pez de este cristal? Mirad que, si se os acaba la vida, jamás tornaréis a gozar de esta luz. ¡Oh Jesús, qué es ver a un alma apartada de ella! ¡Cuáles quedan los pobres aposentos del castillo! ¡qué turbados andan los sentidos, que es la gente que vive en ellos! Y las potencias, que son los alcaides y mayordomos y maestresalas, ¡con qué ceguedad, con qué mal gobierno! En fin, como adonde está !plantado el árbol que es el demonio, ¿qué fruto puede dar?
5. Oí una vez a un hombre espiritual que no se espantaba de cosas que hiciese uno que está en pecado mortal, sino de lo que no hacía. Dios por su misericordia nos libre de tan gran mal, que no hay cosa mientras vivimos que merezca este nombre de mal, sino ésta, pues acarrea males eternos para sin fin. Esto es, hijas, de lo que hemos de andar temerosas y lo que hemos de pedir a Dios en nuestras oraciones; porque, si El no guarda la ciudad, en vano trabajaremos (7), pues somos la misma vanidad.
Decía aquella persona (8) que había sacado dos cosas de la merced que Dios le hizo: la una, un temor grandísimo de ofenderle, y así siempre le andaba suplicando no la dejase caer, viendo tan terribles daños; la segunda, un espejo para la humildad,mirando cómo cosa buena que hagamos no viene su principio de nosotros, sino de esta fuente adonde está plantado este árbol de nuestras almas, y de este sol que da calor a nuestras obras. Dice que se le representó esto tan claro, que en haciendo alguna cosa buena o viéndola hacer, acudía a su principio y entendía cómo sin esta ayuda no podíamos nada; y de aquí le procedía ir luego a alabar a Dios y, lo más ordinario, no se acordar de sí en cosa buena que hiciese.
6. No sería tiempo perdido, hermanas, el que gastaseis en leer esto ni yo en escribirlo, si quedásemos con estas dos cosas, que los letrados y entendidos muy bien las saben, mas nuestra torpeza de las mujeres todo lo ha menester; y así por ventura quiere el Señor que vengan a nuestra noticia semejantes comparaciones. Plega a su bondad nos dé gracia para ello.
7. Son tan oscuras de entender estas cosas interiores, que a quien tan poco sabe como yo, forzado habrá de decir muchas cosas superfluas y aun desatinadas para decir alguna que acierte. Es menester tenga paciencia quien lo leyere, pues yo la tengo para escribir lo que no sé; que, cierto algunas veces tomo el papel como una cosa boba, que ni sé qué decir ni cómo comenzar. Bien entiendo que es cosa importante para vosotras declarar algunas interiores, como pudiere; porque siempre oímos cuán buena es la oración, y tenemos de constitución tenerla tantas horas (9), y no se nos declara más de lo que podemos nosotras; y de cosas que obra el Señor en un alma declárase poco, digo sobrenatural (10). Diciéndose y dándose a entender de muchas maneras, sernos ha mucho consuelo considerar este artificio celestial interior tan poco entendido de los mortales aunque vayan muchos por él. Y aunque en otras cosas que he escrito (11) ha dado el Señor algo a entender, entiendo que algunas no las había entendido como después acá, en especial de las más dificultosas. El trabajo es que para llegar a ellas como he dicho (12) se habrán de decir muchas muy sabidas porque no puede ser menos para mi rudo ingenio.
8. Pues tornemos ahora a nuestro castillo de muchas moradas. No habéis de entender estas moradas una en pos de otra, como cosa en hilada (13), sino poned los ojos en el centro, que es la pieza o palacio adonde está el rey, y considerar como un palmito (14), que para llegar a lo que es de comer tiene muchas coberturas que todo lo sabroso cercan. Así acá, enrededor de esta pieza están muchas, y encima lo mismo. Porque las cosas del alma siempre se han de considerar con plenitud y anchura y grandeza, pues no le levantan nada, que capaz es de mucho más que podremos considerar, y a todas partes de ella se comunica este sol que está en este palacio. Esto importa mucho a cualquier alma que tenga oración, poca o mucha, que no la arrincone ni apriete. Déjela andar por estas moradas, arriba y abajo y a los lados, pues Dios la dio tan gran dignidad; no se estruje en estar mucho tiempo en una pieza sola. ¡Oh que si es en el propio conocimiento! Que con cuán necesario es esto (miren que me entiendan), aun a las que las tiene el Señor en la misma morada que El está, que jamás por encumbrada que esté le cumple otra cosa ni podrá aunque quiera; que la humildad siempre labra como la abeja en la colmena la miel, que sin esto todo va perdido. Mas consideremos que la abeja no deja de salir a volar para traer flores; así el alma en el propio conocimiento, créame y vuele algunas veces a considerar la grandeza y majestad de su Dios. Aquí hallará su bajeza mejor que en sí misma, y más libre de las sabandijas adonde entran en las primeras piezas, que es el propio conocimiento; que aunque, como digo, es harta misericordia de Dios que se ejercite en esto, tanto es lo de más como lo de menos suelen decir (15). Y créanme, que con la virtud de Dios obraremos muy mejor virtud (16) que muy atadas a nuestra tierra.
9. No sé si queda dado bien a entender, porque es cosa tan importante este conocernos que no querría en ello hubiese jamás relajación, por subidas que estéis en los cielos; pues mientras estamos en esta tierra no hay cosa que más nos importe que la humildad. Y así torno a decir que es muy bueno y muy rebueno tratar de entrar primero en el aposento adonde se trata de esto, que volar a los demás; porque éste es el camino, y si podemos ir por lo seguro y llano, ¿para qué hemos de querer alas para volar?; mas que busque cómo aprovechar más en esto; y a mi parecer jamás nos acabamos de conocer si no procuramos conocer a Dios; mirando su grandeza, acudamos a nuestra bajeza; y mirando su limpieza, veremos nuestra suciedad; considerando su humildad, veremos cuán lejos estamos de ser humildes (17).
10. Hay dos ganancias de esto: la primera, está claro que parece una cosa blanca muy más blanca cabe la negra, y al contrario la negra cabe la blanca; la segunda es, porque nuestro entendimiento yvoluntad se hace más noble y más aparejado para todo bien tratando a vueltas de sí con Dios; y si nunca salimos de nuestro cieno de miserias, es mucho inconveniente. Así como decíamos de los que están en pecado mortal cuán negras y de mal olor son sus corrientes, así acá (aunque no son como aquéllas, Dios nos libre, que esto es comparación), metidos siempre en la miseria de nuestra tierra, nunca la corriente saldrá de cieno de temores, de pusilanimidad y cobardía: de mirar si me miran, no me miran; si, yendo por este camino, me sucederá mal; si osaré comenzar aquella obra, si será soberbia; si es bien que una persona tan miserable trate de cosa tan alta como la oración; si me tendrán por mejor si no voy por el camino de todos; que no son buenos los extremos, aunque sea en virtud; que, como soy tan pecadora, será caer de más alto; quizá no iré adelante y haré daño a los buenos; que una como yo no ha menester particularidades (18).
11. ¡Oh válgame Dios, hijas, qué de almas debe el demonio de haber hecho perder mucho por aquí! Que todo esto les parece humildad, y otras muchas cosas que pudiera decir, y viene de no acabar de entendernos; tuerce el propio conocimiento y, si nunca salimos de nosotros mismos, no me espanto, que esto y más se puede temer. Por eso digo, hijas, que pongamos los ojos en Cristo, nuestro bien, y allí deprenderemos la verdadera humildad, y en sus santos, y ennoblecerse ha el entendimiento como he dicho y no hará el propio conocimiento ratero (19) y cobarde; que, aunque ésta es la primera morada, es muy rica y de tan gran precio, que si se descabulle de las sabandijas de ella, no se quedará sin pasar adelante. Terribles son los ardides y mañas del demonio para que las almas no se conozcan ni entiendan sus caminos.
12. De estas moradas primeras podré yo dar muy buenas señas de experiencia. Por eso digo (20) que no consideren pocas piezas, sino un millón; porque de muchas maneras entran almas aquí, unas y otras con buena intención. Mas, como el demonio siempre la tiene tan mala, debe tener en cada una muchas legiones de demonios para combatir que no pasen de unas a otras y, como la pobre alma no lo entiende, por mil maneras nos hace trampantojos, lo que no puede tanto a las que están más cerca de donde está el rey, que aquí, como aún se están embebidas en el mundo y engolfadas en sus contentos y desvanecidas en sus honras y pretensiones, no tienen la fuerza los vasallos del alma (que son los sentidos y potencias) que Dios les dio de su natural, y fácilmente estas almas son vencidas, aunque anden con deseos de no ofender a Dios, y hagan buenas obras. Las que se vieren en este estado han menester acudir a menudo, como pudieren, a Su Majestad, tomar a su bendita Madre por intercesora, y a sus Santos, para que ellos peleen por ellas, que sus criados poca fuerza tienenpara se defender. A la verdad, en todos estados es menester que nos venga de Dios. Su Majestad nos la dé por su misericordia, amén.
13. ¡Qué miserable es la vida en que vivimos! Porque en otra parte dije mucho del daño que nos hace, hijas, no entender bien esto de la humildad y propio conocimiento, no os digo más aquí, aunque es lo que más nos importa y aun plega al Señor haya dicho algo que os aproveche (21).
14. Habéis de notar que en estas moradas primeras aún no llega casi nada la luz que sale del palacio donde está el Rey; (22) porque, aunque no están oscurecidas y negras como cuando el alma está en pecado, está oscurecida en alguna manera para que no la pueda ver el que está en ella digo y no por culpa de la pieza que no sé darme a entender, sino porque con tantas cosas malas de culebras y víboras y cosas emponzoñosas que entraron con él, no le dejan advertir a la luz. Como si uno entrase en una parte adonde entra mucho sol y llevase tierra en los ojos, que casi no los pudiese abrir. Clara está la pieza, mas él no lo goza por el impedimento o cosas de esas fieras y bestias que le hacen cerrar los ojos para no ver sino a ellas. Así me parece debe ser un alma que, aunque no está en mal estado, está tan metida en cosas del mundo y tan empapada en la hacienda u honra o negocios como tengo dicho que, aunque en hecho de verdad se querría ver y gozar de su hermosura, no le dejan, ni parece que puede descabullirse de tantos impedimentos. Y conviene mucho, para haber de entrar a las segundas moradas, que procure dar de mano a las cosas y negocios no necesarios, cada uno conforme a su estado; que es cosa que le importa tanto para llegar a la morada principal, que si no comienza a hacer esto lo tengo por imposible; y aun estar sin mucho peligro en la que está, aunque haya entrado en el castillo, porque entre cosas tan ponzoñosas, una vez u otra es imposible dejarle de morder.
15. Pues ¿qué sería, hijas, si a las que ya están libres de estos tropiezos como nosotras y hemos ya entrado muy más dentro a otras moradas secretas del castillo, si por nuestra culpa tornásemos a salir a estas baraúndas, como por nuestros pecados debe haber muchas personas, que las ha hecho Dios mercedes y por su culpa las echan a esta miseria? Acá libres estamos en lo exterior; en lo interior plega al Señor que lo estemos y nos libre. Guardaos, hijas mías, de cuidados ajenos. Mirad que en pocas moradas de este castillo dejan de combatir los demonios. Verdad es que en algunas tienenfuerza las guardas para pelear como creo he dicho que son las potencias (23), mas es mucho menester no nos descuidar para entender sus ardides y que no nos engañe, hecho ángel de luz; (24) que hay una multitud de cosas con que nos puede hacer daño entrando poco a poco, y hasta haberle hecho no le entendemos.
16. Ya os dije otra vez (25) que es como una lima sorda, que hemos menester entenderle a los principios. Quiero decir alguna cosa para dároslo mejor a entender.
Pone en una hermana unos ímpetus de penitencia, que le parece no tiene descanso sino cuando se está atormentando. Este principio bueno es; mas si la priora ha mandado que no hagan penitencia sin licencia, y le hace parecer que en cosa tan buena bien se puede atrever, y escondidamente se da tal vida que viene a perder la salud y no hacer lo que manda su Regla, ya veis en qué paró este bien.
Pone a otra un celo de la perfección muy grande. Esto muy bueno es; mas podría venir de aquí que cualquier faltita de las hermanas le pareciese una gran quiebra, y un cuidado de mirar si las hacen, y acudir a la priora; y aun a las veces podría ser no ver las suyas por el gran celo que tiene de la religión. Como las otras no entienden lo interior y ven el cuidado, podría ser no lo tomar tan bien.
17. Lo que aquí pretende el demonio no es poco, que es enfriar la caridad y el amor de unas con otras, que sería gran daño. Entendamos, hijas mías, que la perfección verdadera es amor de Dios y del prójimo, y mientras con más perfección guardáremos estos dos mandamientos, seremos más perfectas. Toda nuestra Regla y Constituciones no sirven de otra cosa sino de medios para guardar esto con más perfección. Dejémonos de celos indiscretos, que nos pueden hacer mucho daño. Cada una se mire a sí.
Porque en otra parte os he dicho harto sobre esto (26), no me alargaré.
18. Importa tanto este amor de unas con otras, que nunca querría que se os olvidase; porque de andar mirando en las otras unas naderías, que a las veces no será imperfección, sino, como sabemos poco, quizá lo echaremos a la peor parte, puede el alma perder la paz y aun inquietar la de las otras: mirad si costaría caro la perfección. También podría el demonio poner esta tentación con la priora, y sería más peligrosa. Para esto es menester mucha discreción; porque, si fuesen cosas que van contra la Regla y Constitución, es menester que no todas veces se eche a buena parte, sino avisarla, y si no se enmendare, al prelado (27). Esto es caridad. Y también con las hermanas, si fuese alguna cosa grave; y dejarlo todo por miedo si es tentación, sería la misma tentación. Mas hase de advertir mucho (porque no nos engañe el demonio) no lo tratar una con otra, que de aquí puede sacar el demonio gran ganancia y comenzar costumbre de murmuración; sino con quien ha de aprovechar, como tengo dicho (28). Aquí, gloria a Dios, no hay tanto lugar, como se guarda tan continuo silencio; mas bien es que estemos sobre aviso.
NOTAS MORADAS I, c. 2
1 Todo este pasaje está entretejido de alusiones bíblicas: castillo resplandeciente y hermoso, cf. Ap 21, 2 y 10 (textos sobre la Jerusalén celeste); perla oriental, cf. Mt 13, 45 (textos sobre la preciosa margarita, o bien los pasajes apocalípticos correspondientes a la alusión anterior: Ap 22, 1 y ss); tinieblas tenebrosas, cf. la parábola del banquete (Mt 22, 13; 8, 12).
2 "Por esencia, presencia", añadió Gracián entre líneas.
3 Por escrúpulo teológico, Gracián tachó fruto y escribió "merecimiento" (cf. M VII, nota).
4 Ella misma: véase la Rel 24 que refiere al vivo esta visión.
5 Prosiguen el léxico y simbolismo bíblicos: fuente clara, fuente de vida, frescura y fruto, negrísimas aguas, sol resplandeciente (n. 3).
6 Textos y experiencias anteriores a este pasaje pueden verse en Vida 40, 5-6; y Relación 57.
7 Clara reminiscencia del Salmo 126, 1-2.
8 Aquella persona: es la autora, ya aludida en el n. 2.
9 Alusión a las Constituciones de las Carmelitas, escritas por la Santa: nn. 2. 7 y 8. La Regla carmelitana les prescribía "meditar día y noche en la Palabra de Dios".
10 Sobrenatural en el léxico teresiano equivale a "místico". Ella misma lo definió así: "sobrenatural... llamo yo lo que con industria ni diligencia no se puede adquirir, aunque mucho se procure, aunque disponerse para ello sí" (Rel 5, 3: escrita algo más de un año antes, 1576). - La Santa lamenta que haya pocos libros que expliquen a fondo la oración sobrenatural, es decir, "mística". De ahí su intencionada orientación hacia temas místicos en el presente libro.
11 Nueva alusión a Vida y a Camino, y al influjo divino en la composición de esos escritos. Cf. V 39, 8: "Muchas cosas de las que aquí escribo no son de mi cabeza, sino que me las decía mi Maestro celestial".
12 Lo ha dicho en esyte mismo número.
13 En hilada: en hilera, en fila. La Santa quiere evitar que se conciban las moradas del alma como secciones estratificadas y monótonas: el símbolo del castillo debe facilitar una visión de la profundidad y riqueza del espíritu.
14 Según Cobarruvias, "Palmitos: redrojos de palma, cuya médula y hijuelos se comen. De uno que está con muchos vestidos decimos que está vestido como un palmito".
15 Recoge un dicho popular (cf. Correas, p. 493).
16 Alusión al Salmo 59, 14 ( o el 107, 14), que ella leía en la Vulgata: "In Deo faciemus virtutem". Su biógrafo Ribera anotó este pasaje: "esta sentencia de David traía la Madre escrita en la tabla de su breviario, porque gustaba mucho de ella".
17 Pasaje que es un condensado de lo que ha sido llamado "socratismo teresiano": reconocerse a sí mismo, pero a la luz del amor que Dios nos tiene.
18 Pasaje alusivo a la polémica de la oración, en tiempo de la autora. Compárese con Camino 20, 2, claro eco de situaciones vividas por ella misma.
19 Lo ha dicho en el n. anterior. - Conocimiento ratero: Cobarruvias definía así este término: "ratero: el hombre de bajos pensamientos, tomada la metáfora de ciertas aves de rapiña que cazan ratones". - Poco antes, la Santa ha formulado uno de sus lemas preferidos: "los ojos en Cristo" (o bien, "los ojos en vuestro Esposo", C 2, 1). Lo repetirá en las moradas finales: "poned los ojos en el Crucificado" (M VII, 4, 8; cf. V, 4, 10).
20 Alude a lo dicho en el n. 8.
21 Reitera lo dicho en otra parte, es decir, en Camino 39, 5, y en Vida 13, 15.
22 Al margen del autógrafo anotó Gracián: "Esto se entiende cuando el alma no ha llegado a las otras de más adelante; que si habiendo caminado hasta las postreras, a veces vuelve a las primeras para fortalecerse en la humildad, muy llenas están de luz".
23 Remite a los nn. 4 y 12.
24 El demonio hecho ángel de luz, según el texto paulino de 2 Cor 11, 14. Lo repetirá más adelante: V, 5, 1.
25 Lo ha escrito en Camino 38 y 39.
26 Probablemente remite a Camino 4-7, y a Vida 13, 8 y 10.
27 Prelado: es el provincial o el obispo; priora es la superiora de la comunidad en cada Carmelo.
28 Lo ha dicho en este mismo n.