El desarrollo de la teología trinitaria tras el Vaticano II
La renovación contemporánea de la teología trinitaria encuentra su fundamento en la superación de los planteamientos deístas y racionalistas, así como de su influencia en el pensamiento teológico sobre Dios.
Ya desde inicios del siglo XIX la teología católica subraya muy conscientemente que el cristianismo no puede ser considerado expresión de la mera religiosidad humana –entendida racionalista o sentimentalmente–, sino que es un acontecimiento histórico novedoso, originado por la iniciativa gratuita de Dios, por la que el Hijo eterno se hace hombre por nuestra salvación, para lo cual enviará al Espíritu Santo sobre los suyos. La relación del hombre con el Dios cristiano no puede ser entendida sólo, por tanto, como el conocimiento racional del Creador, de la inmortalidad del alma, de las leyes morales y de la justicia del juicio divino final, que distribuye premios y castigos. En este horizonte, la doctrina trinitaria no podía ser más que un añadido dogmático marginal, sin significado real para la vida del creyente.
La percepción de la urgencia de recuperar la perspectiva histórico-salvífica para salvaguardar la naturaleza verdadera del cristianismo y de la fe, pone de nuevo en el centro de la atención al Dios trino, que, por amor misericordioso, viene personalmente al encuentro del hombre, comunicándose a sí mismo y abriéndole la posibilidad de una relación viva y personal como hijos adoptivos, que viven en un mismo Espíritu Santo.
Estas perspectivas serán hechas propias por el Vaticano II, que fundamenta sobre ellas su enseñanza. La teología trinitaria, por su parte, se renovará asumiendo igualmente como principio metodológico el camino "de la Economía a la Teología".
La adopción sistemática de este horizonte de pensamiento fue vivido teológicamente en primer lugar como superación de un tratado De Deo uno aislado y de corte más filosófico que teológico, y como la urgencia de volver a situar en el centro de la reflexión al Dios trinitario, determinando así radicalmente toda la comprensión de la relación de Dios con el hombre. Consecuencia inevitable fue la revisión de las formas habituales de presentar la teología sobre Dios en la manualística más al uso; si pudo darse también algún exceso en la crítica a determinadas presentaciones de los tratados De Deo uno y De Deo trino, la renovación del planteamiento de fondo era absolutamente necesaria para el pensamiento cristiano y, de hecho, resultó imparable.
Un paso fundamental en este camino fue la distinción entre la teología de nuestros manuales y la de Sto. Tomás de Aquino, punto de referencia y maestro reconocido para todo teólogo católico. Volver la atención a Sto. Tomás con estas preocupaciones, situando su obra de nuevo en la historia de la tradición y no viéndola racionalísticamente como una especie de "ciencia absoluta", había conducido ya durante la primera mitad del siglo XX a una magnífica renovación de los estudios tomasianos. Se pudo constatar que Tomás había hecho obra de teólogo, que tal había sido su intención en todo momento; y, por esta vía, se hizo claro también que su tratado sobre Dios había sido escrito y debía ser leído en horizonte teológico y no meramente filosófico, que estaba enraizado en la Sagrada Escritura y sostenido por las aportaciones de la tradición patrística, así como de los grandes Concilios anteriores.
Ello permitió poder afirmar de nuevo, con mejor comprensión de su trasfondo histórico y teológico, la tradición agustino-tomasiana que había determinado profundamente el camino de la teología trinitaria.
Esta peculiar profundización creyente del ser trinitario del Dios uno y de la unidad del Dios trino, que culmina en la presentación tomasiana de las personas divinas como "relación subsistente" uniendo definitivamente la esencia divina única con las Tres Personas reveladas, constituye una reflexión teológica imprescindible.
Situar la enseñanza tomista en el horizonte histórico-salvífico no significó, pues, desconocer su intención y su valor doctrinal propio; ni pretendió minusvalorar el rigor conceptual de esta magnífica tradición trinitaria, o el método teológico, "analógico", con el que se desarrolla. Esta aportación sigue siendo imprescindible como vía para poder percibir la razonabilidad profunda del misterio trinitario; lo que es una exigencia intrínseca y absoluta del hombre, que, por su misma naturaleza, no puede aceptar aquello que contradiga de pleno a la razón. Este esfuerzo, iniciado por los Padres y que Tomás simboliza, resulta particularmente urgente para la subsistencia de la fe en el Dios trinitario en nuestra época. Pues la tradición de pensamiento moderno, caracterizada como racionalismo, cuyos planteamientos fundamentales siguen vivos e incidentes en nuestro mundo, plantea precisamente tal objeción de fondo: la irracionalidad y el absurdo del dogma trinitario católico, que sería inaceptable para un hombre racional adulto. Acusación de irracionalidad que no ha desaparecido, sino que sigue presente al menos como pregunta y desafío en las relaciones cada vez más frecuentes también con otras culturas y religiones, entre las que destaca ciertamente el Islam.
Por otra parte, la fecundidad de una recepción plena y no polémica, en el adecuado horizonte histórico, de las aportaciones de la teología trinitaria clásica ha sido puesta de manifiesto recientemente en el importantísimo acuerdo logrado a propósito de la antigua y dolorosa cuestión del Filioque.
La adopción de las perspectivas histórico-salvíficas condujo inevitablemente a poner en el centro de la teología trinitaria de nuevo el testimonio escriturístico, sobre todo el neotestamentario, que, por otra parte, se había convertido desde finales del s. XVIII en ámbito primario del debate sobre la naturaleza de la revelación de Dios y de la salvación del hombre.
La Escritura testimonia la experiencia israelita de un Dios verdaderamente transcendente y que, al mismo tiempo, toma la iniciativa de acercarse a salvar al hombre que gime en la esclavitud, movido por una benevolencia que, como manifestará cada vez más el anuncio profético, es amor gratuito y misericordioso; esta historia de salvación encuentra su culmen y plenitud en el envío de Jesucristo. El Nuevo Testamento no ofrece, por supuesto, los desarrollos de la posterior teología trinitaria; anuncia, en cambio, el acontecimiento de la comunicación de Dios al hombre en la misión por el Padre del Hijo y del Espíritu, culminando incluso en netas formulaciones trinitarias. La fe apostólica y la de las primeras generaciones cristianas rechazaron siempre reducir el significado del envío del Hijo hecho hombre a "mitos", limitarse a una comprensión "moral"o "metafórica" de la filiación de Jesucristo y, por consiguiente, de la filiación adoptiva ofrecida al hombre. En ello la fe cristiana vio y defendió desde el principio la manifestación sorprendente e inimaginable de la gloria de Dios, que revela realmente su amor al hombre en el Don personal e infinitamente libre de sí mismo, así como la afirmación definitiva de la grandeza de la salvación ofrecida al hombre, de la gloria del destino ofrecido de modo gratuito al que quiera acoger con libertad al Hijo de Dios y a su Santo Espíritu. Renovar la percepción crítica y sistemática de estas afirmaciones primordiales de la fe se hace necesario también en nuestra época, en la que siguen estando presentes interpretaciones reductivas, de matriz sobre todo racionalista, de los acontecimientos de la historia de la salvación y, concretamente, de la divinidad del Hijo y del Espíritu, y de la salvación y el destino humano.
La investigación neotestamentaria, centrada en el acontecimiento mismo que fundamenta la fe trinitaria, se vio continuada por un importante desarrollo del estudio de las primeras tradiciones cristianas, que enriquecieron de modo importante nuestra comprensión de los primeros grandes conflictos teológicos y de las respuestas dadas por los Padres: desde la reflexión sobre el judeocristianismo, al estudio del gnosticismo y de la respuesta de Ireneo, la teología de Tertuliano, el desarrollo del problema arriano, sin olvidar nuevas lecturas de Agustín, etc. Esta investigación histórica ilumina y ayuda a comprender mejor el testimonio escriturístico, y su lectura por la tradición, en la que se conforman las bases de toda la doctrina trinitaria posterior.
Esta renovación de perspectivas de la reflexión sistemática sobre el Dios cristiano tiene un punto culminante en el magisterio mismo del concilio Vaticano II. Dei Verbum, en particular, enseñará que "quiso Dios, con su bondad y sabiduría, revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad: por Cristo, la Palabra hecha carne, y en el Espíritu Santo, los hombre tienen acceso al Padre y son hechos partícipes de la naturaleza divina". Con su enseñanza sobre la naturaleza de la revelación y de la Iglesia, y sobre el destino del hombre, el Concilio confirma y relanza el camino iniciado por la teología católica.
Como un primer gran testigo de los desarrollos trinitarios postconciliares puede citarse, sin duda, a Karl Rahner, que, presentando al hombre con método transcendental como "oyente de la palabra", subrayará de modo muy influyente la urgencia de asumir radicalmente estas perspectivas histórico-salvíficas en el pensamiento teológico. Rahner presenta la revelación como la autocomunicación de Dios, por la que el hombre se encuentra llamado a participar de la verdad y de la vida divina misma, que es la vida trinitaria. Así pues, en la economía se ha revelado el ser eterno de Dios, que se manifiesta y se dona al hombre como principio de salvación.
De la afirmación plenamente consciente de lo acontecido en la historia de la salvación, se deriva el principio de su teología trinitaria: La Trinidad económica es la Trinidad inmanente y viceversa. Se subraya así todo el significado de la Revelación en Cristo y, al mismo tiempo, el de la Trinidad inmanente. Lo que acontece en Cristo es la manifestación y el don al hombre de lo que Dios es en su ser más propio, la presencia y la apertura del ser eterno e inmanente de Dios.
La comprensión del axioma citado, sobre todo en su segunda parte, fue objeto de un amplio debate en la teología católica, al poder prestarse fácilmente a malentendidos. Es cierto, en todo caso, que, también para Rahner, la Economía es fruto de la libre iniciativa divina, del amor gratuito del Dios eterno; su propuesta teológica, por tanto, no ha de ser leída en un horizonte de tipo hegeliano.
Por otra parte, Dios se revela verdaderamente en la Economía; sería un error grave afirmar la Trinidad económica y, al mismo tiempo, hablar del Dios eterno a partir de la imagen deísta del Dios inmutable y no como Misterio personal de amor; en ello se correría el riesgo de un modalismo disimulado. Este peligro sigue vivo en nuestro tiempo, particularmente en los desafíos que presenta la teología pluralista de las religiones. En este sentido, sigue siendo muy necesario subrayar que no se puede hablar adecuadamente de la Trinidad inmanente sin partir de la económica, que en la revelación se ha manifestado verdaderamente la Trinidad en su misterio propio, abriendo gratuitamente acceso a su Ser eterno.
La teología postconciliar va a esforzarse en alcanzar una comprensión del Dios trinitario desde este horizonte de la Economía, releyendo a su luz los principios filosóficos de la inmutabilidad e impasibilidad divinas, y apoyándose en la doctrina trinitaria clásica, cuyos orígenes estaban ya en esta misma voluntad de comprensión de la revelación.
Puede destacarse aquí, en particular, la propuesta amplia y articulada de H. U. v. Balthasar, sobre todo en la segunda y tercera parte de su monumental Trilogía. Construye sobre la base de la tradicional teología de las procesiones y relaciones, y de la comprensión de las misiones temporales del Hijo y del Espíritu en continuidad de las procesiones eternas.
La realización inimaginable y gratuita de la economía de la salvación habría de ser entendida, por tanto, como la manifestación en el tiempo de la verdad y la profundidad infinita de las Relaciones eternas, llegando el autor hasta formular la coincidencia de persona y misión en Jesucristo. En este horizonte puede comprenderse la existencia de una Creación verdadera, en su alteridad para con Dios, expresada principalmente en la existencia de un hombre dotado de libertad real, aunque finita; pues el Padre y el Hijo son ya eternamente Uno y Otro en la unidad de un mismo Espíritu. Todas las facetas de la respuesta libre del hombre a Dios, incluida la distancia que puede generar la negación y el pecado, son incomparables con las dimensiones del Amor eterno, con la riqueza de vida de las Personas divinas. En este horizonte, todo el camino de la Encarnación, culminando en la experiencia del abandono de la cruz, es igualmente manifestación en el tiempo de Aquel que proviene eternamente del Padre y le responde con una entrega igualmente eterna e ilimitada de Sí, en la unidad de un mismo Espíritu.
Puede decirse, sin duda, que la propuesta balthasariana, indebidamente simplificada aquí, constituye una de las contribuciones sistemáticas más enriquecedoras del actual panorama de la teología trinitaria. En todo caso, es cierto que la teología contemporánea ha hecho ya la opción de situar la reflexión sobre la Trinidad en el horizonte del designio salvífico; de modo que el acercamiento primero a la revelación y a la tradición –con todo el rigor del método histórico– permita dar adecuadamente el paso "de la economía a la teología". Ello ha llevado a un florecimiento nuevo de la teología sobre el Dios cristiano, tanto en la presentación sistemática del Misterio trinitario, como en la mayor atención dedicada a su manifestación económica, por ejemplo, a la pneumatología.
La comprensión de la razonabilidad de la fe cristiana en la Trinidad no se pone de manifiesto sólo en la percepción de su no-contradictoriedad, de que, en principio, la aceptación de un Dios uno y trino sería admisible para la razón, y que además es posible también afirmar la concordia entre los rasgos fundamentales de su manifestación histórica en Jesucristo con las exigencias de una razón filosófica crítica. Esta razonabilidad se pone igualmente de manifiesto por la luz poderosa que arroja sobre el ser y las relaciones que constituyen al hombre y a su vida en el mundo.
Así, por ejemplo, la asunción sistemática de la perspectiva trinitaria ha permitido comprender la posibilidad misma de la existencia de una Creación en la que se afirme a la vez la libertad plena del Dios que obra junto con la consistencia y la autonomía real del ser y de la libertad creada, evitando los riesgos cercanos y contrarios del panteísmo y del nihilismo. Enraizado en la gratuidad del Amor trinitario pleno y eterno, el ser creado como tal puede ser visto como un verdadero don, abriéndose el camino, por ejemplo, a una ontología de la donación, que permita valorar plenamente los gestos libres con los que el hombre construye su historia en relación con el dato del ser.
El diálogo con la filosofía contemporánea ha llevado a subrayar con acentos particulares la dimensión personal y comunional del misterio de la Trinidad, en continuidad con datos fundamentales de la revelación y de la tradición teológica (Ricardo de San Victor). Ello permite acercarse más radicalmente al significado de la persona humana, así como al de la presencia del otro para su constitución; abriendo perspectivas interesantes a la antropología en las múltiples dimensiones en que en ella se manifiesta la dinámica de la alteridad: por ejemplo, en la relación hombre-mujer, individuo-sociedad, etc.
En todo caso, junto con la verdad profunda de un dogma capaz de iluminar de modo nuevo y sorprendente el ser y al hombre, se ha manifestado aquí igualmente la necesidad de un verdadero rigor en toda teología de la Trinidad; pues en continuidad con la comprensión moderna de la persona y en relación con el diálogo intentado con planteamientos filosóficos personalistas, se ha desarrollado un importante debate sobre la urgencia de una verdadera purificación del concepto de "persona" para su aplicación a Dios, evitando su asimilación sin más desde las diferentes concepciones filosóficas. De este modo, se ha puesto de manifiesto de nuevo lo imprescindible de un uso cuidadoso del principio de la analogía en la teología trinitaria.
En conclusión, puede decirse que el camino teológico postconciliar ha mostrado que la comprensión del cristianismo como acontecimiento histórico salvífico conduce inevitablemente a situar en el centro de la reflexión el misterio de la Trinidad, partiendo de su manifestación económica, para poder comprender los datos fundamentales de todo el dogma católico: la creación del mundo y del hombre, el acontecimiento de la Encarnación y salvación en Cristo, así como también el sacramento fundamental que lo testimonia en la historia, la Iglesia, que el concilio Vaticano II fundamenta y presenta trinitariamente.
Este horizonte muestra luego su fecundidad fortaleciendo e iluminando a la razón en su trabajo de penetración en la realidad, de comprensión del ser creado y de la naturaleza humana, abriendo perspectivas nuevas allí donde muchas veces el pensamiento del hombre encontraba profundas tensiones y paradojas.
Este camino está siendo recorrido conscientemente por la teología católica postconciliar, que ha llegado ya a proponer verdaderas presentaciones sintéticas de la dogmática desde un punto de vista formalmente trinitario.
Por estas vías, la teología trinitaria está llamada a ofrecer una gran ayuda a la vida de la fe. Pues no sólo presenta al Dios verdadero, uno y trino, como un Misterio inalcanzable para las fuerzas de la razón y sin embargo, a pesar de las apariencias, no contradictorio con sus leyes; sino que, introduciendo al creyente a las perspectivas trinitarias, le permite alcanzar una percepción adecuada de la economía salvífica, de la entrega del Hijo y el Don del Espíritu, de forma que su fe se consolide con la convicción que proviene de la comprensión y crezca en un afecto verdadero por el Dios que le ha venido al encuentro en un gesto inimaginable de amor.
La fe en el Dios trinitario iluminará así toda la realidad, haciendo posible al hombre contemplar el mundo y su propia historia en relación verdadera, libre y personal con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, con la Santísima Trinidad, el único Dios.