Sobre la escatología
Bruno Forte

La doctrina de las cosas últimas, que se había convertido en el inocuo capítulo final de la dogmática cristiana, recobra, en el siglo XX, una renovada actualidad y un interés insospechado: "Si para el liberalismo del siglo XIX podía valer la frase de Troeltsch: "La oficina escatológica está por lo general cerrada", puede decirse que, por el contrario, desde principios de este siglo, hace horas extras" (H. Urs von Balthasar, I novissimi nella teologia contemporanea, Brescia 1967, p. 31). La cuestión del futuro penetra, con nueva energía, en todos los aspectos del pensamiento y lo estimula a confrontarse con lo que ha de venir y lo nuevo de la esperanza cristiana: se vuelve a descubrir que "el elemento escatológico no es un mero elemento del cristianismo, sino que, en sentido absoluto, la escatología transmite la fe cristiana, es la nota sobre la que se templa la totalidad, la aurora del nuevo día esperado que tiñe todo con su luz" (J. Moltmann, Teologia della speranza, Brescia 1971², p. 10). En correspondencia con el nuevo descubrimiento de la escatología se percibe también una recuperación de la cuestión del sentido y de sus posibles respuestas, más allá de la crisis de las ideologías y del derrumbe nihilista postmoderno: la nueva reflexión sobre el horizonte último se conjuga así con la búsqueda del sentido perdido.

Como la Pascua de Cristo, que es revelación suprema de la Trinidad, revela también el sentido de la vida y de la historia, se perfila una atención especial hacia la "escatología pascual" para la comprensión de "las cosas últimas". Surge de toda afirmación referida al éschaton un sentido cristológico y trinitario. Aquel que es "el primero y el último, el que vive" (Ap 1,17s) es el fundamento, la norma y el objeto de la esperanza que no decepciona: ¡Él es, en su persona, el éschaton! Por ello, la atención del interés escatológico se desplaza, de los objetos y los lugares de la imaginación, a la relación personal del "estar con Cristo": ya no el "sitio" en que se cumple el destino del hombre y del mundo, sino el "modo" en que se realiza en la relación con el Resucitado, vencedor sobre la muerte, adquiere centralidad. Él, que se ha entregado incondicionalmente al Padre en la Cruz y por ello ha recibido la plenitud del Espíritu de la vida, al final "entregará el reino a Dios Padre", para que "Dios sea todo en todos" (1 Cor 15,24. 28). La Trinidad, origen y morada santa del mundo, será también su patria. En ella y en relación a ella se ha de cumplir el destino eterno de toda criatura. La relación con el Crucificado Resucitado caracteriza, entonces, la existencia personal y comunitaria en la vida como en la muerte: y puesto que Cristo es la Trinidad que se revela y permite ser alcanzada, es, pues, en la Trinidad donde se sitúa el horizonte definitivo de la comprensión no sólo de la muerte, como acontecimiento pascual, sino también de la vida más allá de la muerte, manifestada y fundada en la potencia del Resucitado de entre los muertos. Emerge el carácter relacional, y por tanto personal, de todos los aspectos posibles de esa existencia después de la muerte: "Dios es el fin último de su criatura. Él es el cielo para quien lo gana, el infierno para quien lo pierde, el juicio para quien es examinado por él, el purgatorio para quien es purificado por él. Él es Aquel para quien muere todo lo que es mortal y resucita en Él y por Él. Pero Él lo es, precisamente, en tanto que está orientado hacia el mundo, en su Hijo Jesucristo, que es la revelación de Dios y, por ello compendio de los "fines últimos"" (H. Urs von Balthasar, I novissimi, o.c., ps. 44s).

En la medida en que el evento pascual es el centro que ilumina todo el misterio cristiano, la restitución de la escatología a la Pascua indica que la presencia del éschaton tiene incidencia en todos los aspectos del ser y del obrar de la fe: la superación de toda "escatología sectorial", relegada al final de la dogmática en una especie de "aislamiento espléndido", se conjuga con la exigencia de entender la dimensión escatológica de todas las aserciones teológicas y, al mismo tiempo, la importancia profunda que tiene para toda la vida cristiana la naturaleza escatológica. Por último, estos horizontes de la escatología, precisamente en la medida en que encuentran su fundamento, contenido y forma en el evento pascual trinitario, posibilitan la superación de una separación demasiado estricta entre escatología individual y escatología colectiva. Suprema comunicación del Dios vivo a la historia, la Pascua es, al mismo tiempo, redención del individuo y vida nueva para la Iglesia y el mundo: por ello, más que poner de relieve el dualismo entre el destino individual y el colectivo, la "escatología pascual" requiere una reflexión nueva sobre el futuro del individuo en su solidaridad con el de la comunidad y de todo el cosmos. Respecto de la persona, insertada de manera vital en la comunión interpersonal y, respecto de la comunidad de las personas, la Trinidad se brinda como sentido de la vida y la historia, origen, seno y meta de la existencia redimida, personal y eclesial; frente a la recapitulación cósmica última se presenta como la patria del mundo, el destino último y maravilloso de todo lo que el Dios vivo ha llamado a existir para conducirlo a una vida sin ocaso.