El Purgatorio
P. Georges Cottier, O.P.

Ya en el Antiguo Testamento, la Sagrada Escritura atestigua la práctica de la oración por los difuntos.

Dice el segundo libro de los Macabeos (12,46): "Por esto mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado".

Al citar este pasaje, el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1032) recuerda que, desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en especial el sacrificio eucarístico, para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios.

Por lo tanto, la Iglesia recomienda limosnas, indulgencias y obras penitenciales en favor de los difuntos.

La doctrina del purgatorio ha sido afirmada, después del segundo Concilio de Lión (1274), por los Concilios de Florencia (1439) y Trento (1563; cfr. DS 856, 1304, 1820).

El Catecismo de la Iglesia Católica expresa la doctrina de la siguiente manera: "Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque estén seguros de su eterna salvación, están sometidos a una purificación después de su muerte, para que puedan obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo".

En lo que se refiere a la purificación, la Tradición de la Iglesia, considerando algunos textos de la Escritura (como 1 Co 1,15 y 1 Pt 1,7), habla de un fuego purificador, que es totalmente distinto del castigo de los condenados (cfr. 1031).

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Es sabido que algunos ponen en duda dicha doctrina de fe, o tienden a reducir su importancia. En cambio, tiene gran importancia, porque, por medio de la piedad reservada a los muertos, el pueblo de Dios profesa su fe en nuestra vocación a la visión beatífica. La cultura contemporánea está surcada por ciertas corrientes de pensamiento que se oponen a esta fe o intentan socavar sus fundamentos: ejemplo elocuente de ello son las teorías materialistas o el éxito que están alcanzando las teorías sobre la reencarnación, sin hablar de la negación de la persona y de su destino trascendental.

La doctrina del purgatorio ofrece un hermoso ejemplo de maduración doctrinal, cuyo punto de partida es la práctica de la piedad en la vida de la Iglesia.

Recordemos lo que dice la Constitución conciliar Dei Verbum (n. 8) sobre la Tradición viva: "... crece, en efecto, la comprensión de las cosas y de las palabras que han sido transmitidas, sea por medio de la contemplación y el estudio de los fieles que las meditan en su corazón (cfr. Lc 2,19.51), sea por la inteligencia dada por una experiencia más profunda de lo espiritual, sea gracias a la predicación de quienes por medio de la sucesión episcopal han recibido un seguro carisma de verdad. A través de los siglos, la Iglesia tiende así incesantemente a la plenitud de la verdad divina, hasta que en ella lleguen a cumplirse las palabras de Dios".

La inteligencia dada por una experiencia más profunda de lo espiritual. Con estas palabras estamos llamados a asumir lo que Juan Pablo II definía en Novo Millennio Ineunte (n. 27) como "el gran patrimonio de la "teología vivida" de los Santos". Debemos, en efecto, a una santa, que fue también una gran mística, Catalina de Génova (1447-1510), una obra maestra que nos permite penetrar, a través de la experiencia que ella misma vivió, en el misterio del purgatorio.

La inteligencia profunda de ese misterio deriva de la intuición, de excepcional intensidad, de la santidad de Dios y de la distancia infinita que separa de ella a la criatura pecadora que, sin embargo, está llamada a vivirla.

Puedo sólo aludir a algunos aspectos de ese hermoso texto (cfr. Caterina di Genova, Dialogo spirituale tra Anima e Corpo - Trattato del purgatorio, a cura di Palmina Trovato, [L'Anima del Mondo 31], Ed. Piemme, 1999, 147 ps.).

1. La santa experimenta en sí misma el efecto purificador del amor ardiente hacia Dios, que la encendía por entero. De esa manera, comprendía la condición de las ánimas del purgatorio, que es obra de la caridad divina. Aquellos que se entregan totalmente al fuego del amor divino viven su purgatorio en esta tierra. Es la misma doctrina de la purificación que emprenderá san Juan de la Cruz.

2. "Unida al amor celestial que la había colocado en el dulce purgatorio del fuego divino, esta alma se regocijaba por todo lo que Dios obraba en ella..." (p. 121).

Así, hallándose en perfecta caridad, las ánimas del purgatorio adhieren plenamente a la voluntad de Dios. Se hallan en la alegría y, a la vez, en el sufrimiento: "... el amor de Dios desborda en el alma y le brinda un gozo inefable, pero esa felicidad no reduce en lo más mínimo el sufrimiento de los que están en el purgatorio. Su castigo, en efecto, es provocado por el ímpetu de amor que encuentra un obstáculo, y es más amargo cuanto mayor es la fuerza del sentimiento del que Dios los ha hecho capaces. De esta manera, las ánimas de purgatorio experimentan, a la vez, alegría y sufrimiento excepcionales, sin que lo uno excluya lo otro" (p. 137).

3. Puede comprenderse, a partir de esa intuición, el sentido de las indulgencias, que, como dice Pablo VI, son "la remisión ante Dios de la pena temporal de los pecados, cuya culpa ya ha sido remitida, (...) que el fiel adquiere gracias a la intervención de la Iglesia" (cfr. AAS, 59, 1967, ps. 5-24).

Se despliega también ante nosotros otro hermoso misterio, el misterio de la Iglesia como comunión de los santos.

4. La meditación del misterio del purgatorio, junto con la oración por los difuntos, nos ayuda en el camino hacia la santidad, a la que es llamado el pueblo de Dios al principio del nuevo milenio (cfr. N.M.I., nos. 30-31).

Los teólogos y los métodos de trabajo a que ellos recurren deben cultivar el conocimiento de los grandes documentos de la "teología vivida de los santos".